miércoles, 31 de diciembre de 2025

Rusia y la tradición totalitaria

Recientes declaraciones, atribuidas a Vladimir Putin, vislumbran la posibilidad de que este líder político busque en realidad reconstruir Rusia incorporando todos aquellos territorios que alguna vez pertenecieron a este extenso país. Ello implica que las guerras de expansión territorial seguirán en el futuro. De esa manera, el mencionado líder podrá competir con otros gobernantes del pasado, como Alejandro Magno o los emperadores romanos, respecto de los kilómetros cuadrados bajo su mando o la cantidad de población bajo sus órdenes.

La actual invasión a Ucrania implica un proceso similar al establecido algunas décadas atrás respecto de Chechenia, un país que declaró su independencia luego de la disolución de la URSS, pero que Putin se opuso a la separación iniciando guerras de reconquista.

La periodista Anna Politkovskaya describe la situación de Rusia luego de la segunda guerra contra Chechenia, con críticas concretas hacia Putin y a los rusos en general. Como era de esperar, la mencionada periodista fue asesinada posteriormente. Se transcribe parte de su libro que, seguramente, mantiene su vigencia luego de transcurridos algunos años.

UNA RESTAURACIÓN NEOSOVIÉTICA

Como estamos viendo, los métodos soviéticos vuelven a aplicarse en el presente. No es mi intención volver al pasado, pero Putin me obliga a ello, y obliga al resto del país. Putin se siente más a sus anchas en el pasado, tanto por su educación como a consecuencia de su anterior cargo. Yo no.

No me gusta Putin por lo que éste representa.
No me gusta por multitud de razones.
Porque ha «formateado» a una «aplastante mayoría» para que vote a favor de la guerra sin preocuparse por las víctimas.

Porque ha aumentado sus cuotas de popularidad a costa de la sangre de miles de sus conciudadanos, asesinados en esta guerra. Su manera de cebar al país con discursos sobre «la necesidad de hacer sacrificios» y alusiones a «nuestra gran nación» es imperdonable.

No me gusta porque no centra sus esfuerzos en la paz y en la prosperidad de su país, en la expansión del comercio y de la industria, en el éxito de las ciencias y de las artes, sino en la segunda guerra chechena, una de las más crueles y medievales jamás conocida en Rusia.

No me gusta por las fracturas terribles y difícilmente subsanables que está padeciendo Rusia; fiel al modelo zarista (así son las cosas después de siglos), Rusia se ha convertido en un país profundamente racista, que aprueba todo cuanto el jefe supremo de las Fuerzas Armadas permite a sus militares en Chechenia.

No me gusta porque el pueblo, que en un primer momento admiró la «fortaleza» de Putin, no tardó en temblar ante él (la educación del KGB deja huella) hasta el punto de profesarle un respeto incondicional y de creer que tal respeto es sincero.

No me gusta porque, fruto de su cinismo, la mayoría de los chechenios ya no sabe cómo vivir. No saben qué espera de ellos el Estado del que son ciudadanos. Los originarios del Cáucaso se encuentran hoy en peor situación que los inmigrantes ilegales. Hablamos de centenares de miles de personas condenadas a la ilegalidad.

¿En qué nos hemos convertido tras dos años de sometimiento a Putin? ¿Qué transformación hemos sufrido? ¿Ha cambiado a su vez el propio Putin al contemplar la servil docilidad de su país, donde una vez más, como en la época soviética, ni siquiera los instintos biológicos resisten ante el deber cívico impuesto por el Estado? Me refiero a los miles de madres de soldados que han perdido a sus hijos en la guerra y que no sólo no se atreven a levantar la voz contra la incesante hecatombe en el Cáucaso norte, sino que ni siquiera piensan en ello e incluso están dispuestas a besar la mano de los responsables de los asesinatos de sus hijos y a manifestarles su devoción …

Putin ha pasado de ser nombre propio a ser nombre común. Se ha convertido en el símbolo de la restauración del régimen neosoviético en Rusia.

¿Y nosotros? Nosotros somos su pueblo. Garantizamos esta restauración. Somos un grupo de «camaradas» a quienes durante algún tiempo se ha tomado por «señores», y que desean volver a su situación anterior. No hemos cambiado por desfilar bajo las banderas de Putin, sino que nos hemos quedado en casa. Y eso es lo principal. No ha habido ninguna transformación; sencillamente, hemos dado marcha atrás para volver a nuestro reciente pasado soviético. Putin nos ha tocado la fibra sensible y, como ranas de laboratorio, hemos reaccionado a esta débil descarga eléctrica con un estremecimiento colectivo.

¿Cuál es esa fibra sensible?

Es el servilismo, actitud muy querida por nosotros. Como es bien sabido, hacia el final de la época de Yelsin la mayor parte de los ciudadanos rusos tenía la sensación de que la era soviética había sido un tiempo feliz. La URSS se les parecía como un gigantesco imperio que hacía temblar al mundo entero, donde los ciudadanos vivían seguros del futuro…

No sabiendo asimilar la nueva situación económica, la mayoría de la población, en lugar de arremangarse para construir una sociedad democrática, comenzó a sentir nostalgia de esos tiempos tan cómodos en los que no éramos responsables de casi nada, en los que apenas trabajábamos pero siempre teníamos pan y salchichón. Esta nostalgia ha sido bautizada con el nombre de «salchichón a dos rublos con veinte», en honor al indigesto producto que en los tiempos soviéticos estaba al alcance de todos.

Se equivocan ustedes si piensan que Putin ha comprendido magistralmente los deseos de la multitud y se ha apoyado en ella para construir su política chovinista del Estado fuerte. Putin no es un genio; está cortado con el mismo patrón que el resto de la ciudadanía, es pro soviético y postsoviético al mismo tiempo, y de ahí vienen nuestros problemas actuales. Estrictamente hablando, la gente lo aprecia porque forma cuerpo con ella. Él mismo es el «salchichón a dos rublos con veinte», sinceramente convencido de que la era soviética era la mejor y por ello debería ser restaurada.

Por aquel entonces el KGB se encontraba en el apogeo de su poder y todo el mundo tenía miedo sin saber exactamente por qué. Era la época de la doble vida y la triple moral. La época en la que el jefe tenía un rostro que miraba hacia Occidente y otro que miraba hacia su pueblo. La época en que una poderosa maquinaria para lavar cerebros funcionaba día y noche bajo la dirección del partido. La época en que sólo los cínicos tenían una posibilidad de triunfar.

A decir verdad, éste es el retrato del pueblo ruso a comienzos de este siglo XXI. El pasado ha regresado. Los trenes vuelven a circular sobre raíles baratos, pero transportan la carne tan codiciada ahora como entonces. El KGB, que hoy se llama FSB, ha comenzado a renacer en el curso de la segunda guerra chechena, a la vista de todos, y a cosechar un fracaso tras otro en la lucha contra el terrorismo. Y ello a pesar de que la actuación de sus agentes era cada vez menos correcta, de que anhelaban cada vez más la vieja y querida tradición totalitaria de los «nuevos enemigos de la nación», tanto exteriores como interiores, y organizaban principalmente «procesos por espionaje» contra quienes «vendían secretos nacionales a Occidente».

¿Y nosotros? Nos alegramos de volver a la situación en la que no necesitábamos reflexionar. Porque Putin piensa por todos nosotros.

Se preguntarán ustedes por qué Putin es el culpable de todo. ¡No se le puede acusar de todos los pecados!

Sí, se le puede acusar. Incluso es necesario. El pasado de nuestro país está marcado por un profundo servilismo, y todo el mundo tiene la costumbre de alinearse con el zar, nuestro padre. Cuanto dice, hace o insinúa el jefe sirve de modelo de comportamiento e indica a qué ídolos adorar. Que Putin dice «¡A por los judíos, salvemos a Rusia!», y de inmediato comienzan los pogromos antijudíos. Que dice «Me gustan los judíos; son los caucasianos los culpables de todo», y entonces dejamos en paz a los judíos, el Kremlin convoca a los rabinos, éstos quedan extasiados ante la erradicación total del antisemitismo (tal como ocurrió en la primavera de 2002) y entre todos buscamos nuevos chivos expiatorios entre los caucasianos, destruimos sus comercios, sus quioscos y sus mercados. Y la policía no reacciona ante este tipo de delitos. Así es nuestro país. La esclavitud es nuestra perdición. Pero también nuestro fetiche. Nos encanta ser esclavos. «La mayoría aplastante» sueña con esto como si se tratase de la forma de existencia más cómoda.

(De “La deshonra rusa” de Anna Politkovskaya-RBA Libros SA-Barcelona 2004)

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