lunes, 8 de diciembre de 2025

La barbarie aceptada

Luego de finalizado el siglo XX, en el cual se rompieron todos los record de asesinatos masivos a nivel mundial, debidos principalmente a los totalitarismos y a las guerras de expansión, se suponía que las experiencias pasadas servirían para la construcción de sociedades y países predominantemente pacíficos. Sin embargo, las adhesiones a los totalitarismos y a las ideologías que promueven el odio a nivel generalizado, mantienen su vigencia.

En muchos casos, ni siquiera se dan muestras de cierto arrepentimiento, como es el caso de Turquía cuando ni siquiera reconoce el genocidio efectuado contra los armenios. Durante la vigencia del Imperio Otomano, una mayoría musulmana asesina a 1.500.000 armenios, adherentes al cristianismo. Posiblemente, siguiendo las enseñanzas del Corán, tal “limpieza” religiosa en contra de los “infieles”, recibirían recompensas en el más allá.

En épocas de Stalin, y bajo su mando, se decide el asesinato de 11.000 militares polacos, culpando en su momento a los nazis por esos crímenes. Con el tiempo aparece la verdad. Al respecto leemos: “El 14 de octubre de 1992, Boris Yeltsin envió oficialmente al presidente de Polonia, Lech Walesa, los documentos que probaban que la masacre de Katyn había sido decidida desde Moscú, a propuesta de la NKVD, en el más alto nivel del poder soviético. En el montón de papeles clasificados como «ultrasecretos» figuraba, con fecha del 5 de marzo de 1940, la decisión del Politburó del PCUS relativa, entre otras cosas, a la suerte de los catorce mil setecientos oficiales encarcelados en Kozielsk, Starobielsk y Ostachkov”.

“Además de la firma de Beria, y en ausencia de Kalinin y Kaganóvich, que lo aprobarían más tarde, figuraban además las firmas de Stalin, Voroshilov, Molotov y Mikoyan. No había ninguna ambigüedad: «Dado que todos estos individuos son enemigos encarnecidos e irreductibles del poder soviético, el NKVD de la Unión Soviética considera que es necesario aplicarles el castigo supremo: la pena de muerte por fusilamiento»”.

“Algunas semanas más tarde, al visitar el sitio de Katyn, donde dejó una corona de flores, Boris Yeltsin se dirigió a los polacos: -Perdónennos…si pueden” (De “Los secretos del Kremlin” de Bernard Lecomte-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2017).

Lo trágico del caso es que si alguien recrimina a un socialista por su apoyo incondicional a todo país comunista, por lo general aduce que los asesinatos masivos fueron “necesarios”, es decir, la ideología es más importante que las vidas humanas. Algo similar ocurre con los musulmanes, quienes aceptan toda violencia contra los “infieles” por cuanto suponen que es un mandato directo de Alá (Dios).

El nivel de ignorancia histórica de los marxistas es llamativa, ya que, para ellos, lo peor es el fascismo, aunque los mayores asesinos de la historia hayan sido Mao, Stalin y Hitler, es decir, la lista es encabezada por dos de sus correligionarios, mientras que Mussolini casi nunca aparece en los primeros quince lugares del ranking de asesinos de masas. Daniel Muchnik escribió: “Stalin fue el responsable de la muerte –por desplazamientos de poblaciones, por hambre y por traslados a Siberia- de casi sesenta millones de ciudadanos rusos, checos, polacos, alemanes, asiáticos y de distintas regiones de Europa”.

“Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Rojo había vencido a las tropas nazis a un costo de veinticinco millones de muertos entre civiles y militares. Stalin se convirtió en un héroe adorado por los europeos occidentales y el resto del mundo. Fue considerado el salvador, figura que ocultaba los rasgos totalitarios del régimen y asesinos de su persona. Se multiplicaron por centenares de miles las afiliaciones al Partido Comunista” (De “La humanidad frente a la barbarie”-Ariel-Buenos Aires 2017).

La causa principal de la violencia existente en el mundo, se identifica con las ideologías que promueven el odio masivo hacia todo aquel ajeno a la ideología en cuestión; como es el caso de los nacionalismos, el marxismo y el Islam. Erich Kahler escribió: “Cuando, después de nuestro estudio de la historia del hombre, contemplamos el mundo de hoy, vemos que las condiciones actuales son, en cierto modo, similares a las de las primeras etapas del desarrollo humano. La gran curva de la evolución humana parece –aunque en diferente nivel- volver a su punto de partida, a un estado de caótica participación. El hombre se encuentra irremediablemente ensartado en una red de relaciones universales y reacciones recíprocas que ni comprende ni controla”.

“Está continuamente atormentado y agitado por el miedo. Su respuesta a los implacables efectos de esa maraña fantasmal universal se traduce en una bárbara y descarriada reacción: personaliza, demoniza las fuerzas objetivas, hace las razas, clases y personas responsables de sus sufrimientos y las persigue con ciega furia. Y como de antiguo, la lucha de pueblos y grupos asume el carácter de venganza de sangre. Se hace al individuo responder por su raza, a la raza por el individuo; los apetitos animales quedan en libertad, los hombres son considerados y tratados como ganado. El individuo queda ahogado por el grupo”.

“La vida humana pierde su valor y se eliminan los derechos y la dignidad del individuo. De más en más. El cuadro de la vida psíquica del hombre y su reflexión sobre las diversas artes llega a parecerse, cada vez más a un nuevo paisaje primitivo en el cual fragmentos de una civilización técnica, porciones de conciencia racionalizada y una vegetación salvaje de instintos incontrolados se entrelazan, en forma incoherente, en la confusión de la anarquía. Todo está en flujo, se ponen en duda todas las cosas, todo está sujeto a un cambio y disolución perpetuos” (De “Historia Universal del Hombre”-Fondo de Cultura Económica-México 1965).

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