domingo, 10 de diciembre de 2017

El muro ¿símbolo de nuestra época?

Un muro representa la imposibilidad de vincularnos con otras personas, o con la sociedad, ya que están del otro lado de una barrera ideológica infranqueable y que algunas veces se materializa con vallas, alambradas y fronteras que dividen en sectores a nuestro planeta. Por el contrario, el mundo ideal, surgido de las posibilidades que brindan las leyes naturales que nos rigen, y no meramente surgido de las diversas utopías sin fundamento que surgen de un absurdo subjetivismo, implica un planeta en el que podemos vincularnos con el resto de sus habitantes, no existiendo barreras creadas por los hombres que impiden la conformación de una verdadera comunidad humana.

Dos son los muros que simbolizan las tragedias humanas del siglo XX. El primero es el que individualmente levantamos a nuestro alrededor para protegernos de la temible sociedad que nos rodea: es el mostrado en la película “The Wall”, de Pink Floyd; el segundo es el Muro de Berlín, que nos hace recordar los totalitarismos de ese siglo. Roger Waters escribió: “En algunos sectores, entre los intelectualoides, existe una visión cínica de que los seres humanos, como entidad colectiva, son incapaces de desarrollar «humanismo», es decir, más amabilidad, más generosidad, más cooperación, mejor empatía con los demás”.

“No estoy de acuerdo. Desde mi punto de vista es demasiado prematuro para nuestra historia llegar a semejante conclusión: después de todo, somos una especie muy joven. Creo que por lo menos tenemos la chance de aspirar a algo mejor que a una lucha despiadada en ceremonia ritual como respuesta a nuestro miedo institucionalizado por el otro. Siento que es mi responsabilidad como artista expresar, aunque con cautela, mi optimismo y alentar a otros a hacer lo mismo. Citando al gran hombre: «Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único»”.

En la película mencionada, se evidencian algunos aspectos negativos en la vida de Roger Waters, como la muerte de su padre y la influencia de una madre sobre-protectora. También aparecen escenas de consumo de drogas y los subsiguientes problemas psicológicos, aunque esta vez son sugeridos por lo que le aconteció a Syd Barrett, otro de los integrantes de Pink Floyd. Cada uno de esos aspectos fue considerado como un ladrillo que conformaba la pared que separaba a Pink (el personaje de la película) del resto de la sociedad. Sebastián Duarte escribió: “Pink se reprime debido a los traumas que la vida le va deparando: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, la sobreprotección materna, la opresión de la educación británica, los fracasos sentimentales, la presión de ser una figura famosa en el mundo de la música, su controvertido uso de drogas sumado a su asma, etc., son convertidos por él en «ladrillos de un muro» que lo aísla, construido con el fin de protegerse del mundo y de la vida, pero que lo conduce a un mundo de fantasía autodestructiva” (De “Pink Floyd. Derribando muros”-Distal SRL-Buenos Aires 2012).

La idea de un planeta sin fronteras ha sido “generosamente” ofrecida por los diversos conquistadores e imperios, pero no para que todos los hombres nos guiáramos por las leyes naturales, o leyes de Dios, sino para ser gobernados por líderes al mando de esos imperios. El Muro de Berlín fue el símbolo de la separación existente entre el Imperio Soviético y el resto no dominado aún.

La barbarie totalitaria mantiene su vigencia a través de “intelectuales” embaucadores (y embaucados), obsecuentes con ideologías que poco o nada tienen de científicas, por cuanto poco o nada concuerdan con la realidad. Mientras que algunas décadas atrás confiaban en que la violencia era el camino que llevaba a la solución de los males sociales, en la actualidad utilizan el disfraz democrático para arribar a fines similares: el totalitarismo. Chantal Millon-Delsol escribió: “La extraordinaria ceguera histórica de los intelectuales occidentales representa uno de los enigmas de la historia de las ideas del siglo XX. Mientras Stalin asesinaba y deportaba millares de inocentes, los espíritus más destacados de Europa bendecían el sovietismo en nombre de los derechos del hombre”.

“Los testimonios contrarios nada podían: eran acusados de mentirosos y traidores. La ideología no aceptaba crítica alguna: se constituyó la crítica en crimen. Se produjo finalmente una situación asombrosa: en la Francia posterior a los «gloriosos treinta», es decir, en un país colmado de comodidades y libertad, los intelectuales en forma casi unánime, y la opinión pública detrás de ellos, confesaban una indulgencia sonriente frente a un régimen responsable de genocidios y de la desesperanza de todo un pueblo” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1998).

Para ocultar la promoción de la violencia y el terror, los marxistas-leninistas adoptan la actitud de víctimas inocentes, como ocurrió en el caso de los guerrilleros de los setenta cuando relatan solamente la represión que sufrieron mientras que jamás hacen referencia alguna a los miles de atentados y a los cientos de secuestros y asesinatos por ellos cometidos. También el chavismo trata de encubrir la destrucción que ocasiona a Venezuela aduciendo defender al país del imperialismo de EEUU, victimizándose en forma cínica y descarada. La citada autora agrega: “Argumento del cerco, tomado en la propaganda stalinista: los soviéticos están hasta tal punto amenazados por los países capitalistas que apelan a todos los medios de defensa. Un régimen que tiene miedo ejerce la violencia. Este argumento está construido en forma artificial: desde 1917, ningún país amenaza a la URSS. Fue invadida por Hitler, pero Hitler invadió casi toda Europa: no hay entonces que hacer de ello un delirio de persecución”.

“Cuando el Ejército Rojo invadió Afganistán, a los reclutas se les decía que iban a pelear contra ejércitos chinos y americanos que intentaban entrar a través de cortes de barreras en las fronteras de la URSS. La invención del enemigo justifica los medios utilizados por el terror interior y el imperialismo exterior. Lo más creíble es que los occidentales, y entre ellos los más instruidos, se hayan prestado complacientes a semejantes delirios”.

Para mantener vigente la idea socialista, sus promotores culparon unánimemente a Stalin por la barbarie comunista, olvidando que Lenin fue quien creó los métodos utilizados desde los inicios del socialismo ruso. Alexander Solyenitsin escribió al respecto: “Fue Lenin quien despojó a los campesinos de la tierra, no Stalin. Lenin jamás borró de su programa la violencia y el terror, como elementos básicos de gobierno. «La dictadura –dice Lenin- es el poder estatal que se apoya directamente sobre la violencia». Y los campos de concentración y las represiones de la Cheka sin tribunal alguno fueron obras de Lenin…Lenin fue quien eliminó totalmente a la nobleza, al clero y a los estratos sociales dedicados al comercio, y puso a los sindicatos al servicio del Estado. Y toda la presión antiteísta, que como demuestra Agurski es el eje de la colectivización, la concibieron Lenin y Trotski”.

“Luego Stalin recogió de Trotski las ideas básicas: los ejércitos de obreros en trabajos forzados…; la superindustrialización sobre el aplastamiento de los derechos vitales del pueblo; la explotación de los campesinos…Lo único que Stalin hace por innovación propia, independientemente, es la represión masiva contra partes de su propio partido. ¡Por eso maldicen los comunistas sólo a Stalin!” (Citado en “Así sangraba la Argentina” de Antonio Petric-Ediciones Desalma-Buenos Aires 1980).

El siglo XX introduce una innovación respecto de los siglos anteriores, ya que, mientras que los antiguos conquistadores asesinaban sólo a los extranjeros que se oponían a sus ambiciosos planes de poder y dominio, como Napoleón, los totalitarios del siglo XX no sólo mataban extranjeros, sino también a sectores de su propia población, en cantidades aún mayores. En todos los casos, nunca faltaron “intelectuales” ni una opinión pública que dejara de aplaudir y admirar a tales nefastos personajes. Thérèse Delpech escribió: “La aceleración de la historia de la que somos herederos comenzó hace poco más de dos siglos. Desde entonces, la humanidad parece lanzada a una loca epopeya, cuyo curso comprende cada vez menos”.

“Con el talento de los rusos para el drama histórico, el autor de «La guerra y la paz» es el escritor que ha proporcionado la imagen más convulsiva sobre dicho devenir. Al referirse a las campañas de Napoleón ocurridas sesenta años antes, Lev Tolstoi no compartía el romanticismo con el que sus compatriotas solían referirse al Emperador. Esa cabalgada fantástica a través de Europa, que ilusionó a tantos grandes espíritus, sólo era para él una espantosa matanza: «Por razones conocidas o veladas, los franceses comienzan a matarse entre ellos. Este hecho es acompañado por su justificación: el bien de Francia, la libertad, la igualdad. Cuando dejan de matarse, aparecen la unidad del poder y la resistencia a Europa. Luego, masas humanas avanzan de Occidente a Oriente exterminando a sus prójimos. Se habla entonces de la gloria de Francia y de la bajeza de Inglaterra. Pero la historia muestra que estas justificaciones no tienen sentido. Todas ellas se contradicen, como lo prueba la masacre de millones de rusos para humillación de Inglaterra»”.

“Tolstoi no tenía forma de concebir las masacres que fueron cometidas después de su muerte, en su propio país o lejos de tierra rusa. Tampoco pudo oír las demenciales explicaciones esgrimidas como justificativo. De haber ocurrido así, es posible imaginar el sentimiento de horror que hubiera experimentado. Pero es notable que Tolstoi atribuya a la Revolución Francesa y a las campañas napoleónicas un papel que en los libros de historia casi siempre está reservado para la guerra de 1914: la salvajización de los europeos” (De “El retorno a la barbarie en el siglo XXI”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2006).

viernes, 8 de diciembre de 2017

El mérito propio y la culpa ajena

Tanto en el proceso de adaptación biológica como en el de la adaptación cultural al orden natural, se emplea el método de prueba y error. El conocimiento humano avanza principalmente por medio de hipótesis descriptivas y de una posterior verificación experimental, mientras que el proceso de mejoramiento individual y social no ha de diferir esencialmente de este último. Sin embargo, es muy común encontrar personas, incluso sociedades y pueblos, que son incapaces de aprender de sus errores por cuanto atribuyen sus éxitos a méritos propios y sus fracasos a culpas ajenas.

El alumno tiende a decir: “me saqué un 10” o “me pusieron un 1”; pocas veces dirá “me pusieron un 10” o “me saqué un 1”. La mujer dirá: “elegí un gran marido” o “me tocó un pésimo marido”; pocas veces dirá “me tocó un excelente marido” o “elegí un pésimo marido”. En forma subconsciente surge la idea del mérito propio en el éxito y la culpa ajena, o el azar, en el fracaso. También los pueblos tienden a atribuir sus éxitos a méritos propios, mientras que los fracasos casi siempre son asignados a “ellos”, los extranjeros, con la colaboración de un sector interno “traidor”.

La aceptación y simpatía que despierta el socialismo en los países subdesarrollados se debe esencialmente a que los ideólogos marxistas hacen recaer todas las culpas en el sistema capitalista, el imperialismo norteamericano o el egoísmo de la burguesía. Luego, se le induce a los sectores humildes que sus problemas económicos y sociales no dependen de sus errores, ya que, como pobres, no tienen culpas ni defectos, y, por ello mismo, no deben cambiar en lo más mínimo, sino que, por el contrario, deben colaborar con la destrucción del sistema capitalista, es decir, con la sociedad existente, para instalar el tan aclamado paraíso socialista.

La asignación permanente del fracaso a las culpas ajenas, es el seguro camino hacia el fracaso personal y social, ya que el individuo, en lugar de tratar de enmendar sus errores e intentar cambiar sus actitudes erróneas, busca el cambio de los demás. Este es también el camino hacia la violencia, ya que todo error causa sufrimientos; y si el culpable de nuestro sufrimiento es otro, surgirá de inmediato una actitud adversa contra ese alguien. Ludwig von Mises escribió: “La «mentira piadosa» tiene doble utilidad para el neurótico. Le consuela, por un lado, de sus pasados fracasos, abriéndole, por otro, la perspectiva de futuros éxitos. En el caso del fallo social, el único que en estos momentos interesa, consuela al interesado la idea de que, si dejó de alcanzar las doradas ambiciones, ello no fue culpa suya, sino efecto obligado del defectuoso orden social prevaleciente”.

“El malcontento confía en que la desaparición del sistema le deparará el éxito que anteriormente no consiguiera. Vano, por eso, resulta evidenciable que la soñada utopía es inviable y que sólo sobre la sólida base de la propiedad privada de los medios de producción cabe cimentar una organización acogida a la división social del trabajo. El neurótico se aferra a su tan querida «mentira piadosa» y, en el trance de renunciar a ésta o a la lógica, sacrifica la segunda, pues la vida, sin el consuelo que el ideario socialista le proporciona, resultaría insoportable. Porque, como decíamos, el marxismo le asegura que de su personal fracaso no es él responsable; es la sociedad la culpable. Ello restaura en él la perdida fe, liberándole del sentimiento de inferioridad que, en otro caso, le acomplejaría” (De “Liberalismo”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1994).

El marxismo atacó siempre al cristianismo, a quien dirigió, especialmente, aquello de que “la religión es el opio de los pueblos” (lo que adormece para hacer daño). Sin embargo, puede decirse también que “el marxismo es el veneno de los pueblos” (el que estimula el odio). Mises agrega: “El socialismo, para nuestros contemporáneos, constituye divino elixir frente a la adversidad; algo de lo que pasaba al devoto cristiano de otrora, que soportaba mejor las penas terrenales confiando en un feliz mundo ulterior, donde los últimos serían los primeros. La promesa socialista tiene, sin embargo, muy diferentes consecuencias, pues la cristiana inducía a las gentes a llevar una conducta virtuosa, confiando siempre en una vida eterna y una celestial recompensa. El partido, en cambio, exige a sus seguidores disciplina política absoluta, para acabar pagándoles con esperanzas fallidas e inalcanzables promesas”.

Con tal de lograr el poder y descalificar a sus rivales, los marxistas promueven tanto el relativismo moral, como el cognitivo y el cultural, aunque asociados a sus opositores, para reemplazarlos posteriormente por el absolutismo del materialismo dialéctico. Incluso promueven cierto relativismo lingüístico, ya que alteran y tergiversan arbitrariamente el significado de las palabras con tal de lograr ventajas ideológicas. Veamos un ejemplo: “La gente tendría que aprender que los jóvenes idealistas no cometían «crímenes», sino «ajusticiamientos», no robaban sino que recuperaban el dinero que los ricos le habían sacado a los oprimidos; no secuestraban, sino que custodiaban a sus enemigos en las «cárceles del pueblo», no usaban el terror, sino la violencia” (De “Ataque a la República” de Javier Vigo Leguizamón-Santa Fe 2007).

Para confirmar la veracidad de lo anterior debe tenerse presente la reciente (Diciembre 2017) acusación de traición a la Patria a quienes intentaron encubrir a los terroristas iraníes autores del atentado a la AMIA hace algunos años atrás. Sin embargo, pocas veces se han considerado “traidores a la Patria” a quienes encubrieron a los integrantes de Montoneros y del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), debido a que cometieron muchísimos más atentados y provocaron muchísimas más víctimas. En la Argentina se distingue todavía entre un “terrorismo bueno” (el que intenta establecer el socialismo) y el “terrorismo malo”, el que lleva otros fines. Mientras que la sociedad detesta a los terroristas iraníes, alaba a otros con mayor poder destructivo, como es el caso de Fidel Castro, Al respecto, Leguizamón escribió: “¿No ves como lo reverencian cada vez que visita la Argentina? ¿Acaso alguien le exige rendir cuentas por los miles de fusilamientos? ¿Algún juez se ha animado a ordenar su captura internacional por comandar la acción guerrillera en Latinoamérica?”.

Los terroristas de los 70 fueron las primeras víctimas de los intelectuales de izquierda, ya que, mediante sus libros y su influencia, los convirtieron en asesinos despiadados, mientras que, a la vez, fueron combatidos de la misma forma por los sectores que intentaban la defensa de las “sociedades injustas”. Uno de esos ideólogos es Noam Chomsky. Javier Vigo Leguizamón escribió: “En el afán de crear el «hombre nuevo», Pol Pot había decidido «purificar» su pueblo eliminando el 21% de su población”.

“¿Podría un defensor de los derechos humanos justificar semejante matanza? ¿Podría hacerlo un pacifista militante que convocara a miles de jóvenes a formar una cadena humana alrededor del Pentágono, imputándole ser la institución más atroz del planeta? La respuesta no se hizo esperar”.

“A pesar de estar al tanto de las terribles matanzas cometidas por los comunistas al llegar al poder, Chomsky se había empeñado en encontrar una «justificación» razonable. El pacifismo con que falsamente se había vestido, derrumbábase al leer: «No me parece que sea aceptable que condenemos el periodo de terror del Frente de Liberación Nacional, simplemente porque fue algo horrible. Creo que lo que tendríamos que hacer es preguntarnos por los costes comparativos, por espantoso que suene; y si queremos tomar una posición moral en este asunto (y creo que deberíamos hacerlo), tendremos que poner en una balanza cuáles fueron las consecuencias de que se usara el terror, y cuáles habrían sido de no haberse usado. Si es cierto que las consecuencias de no haber utilizado el terror hubieran sido que el campesinado vietnamita habría seguido viviendo como el de Filipinas, creo que, entonces, el terror estaría justificado».

«Puede que haya habido casos de violencia, pero han sido comprensibles, dadas las condiciones del cambio de régimen y de revolución social». «Lo ocurrido era algo que cabía esperar, un pequeño precio en comparación con los cambios positivos que había traído en nuevo gobierno de Pol Pot»”.

“¿Un pequeño precio? ¿Exterminar a casi toda la clase media incluyendo a funcionarios, profesores, intelectuales y artistas podía calificarse tan absurdamente? ¿Aniquilar a 68.000 monjes budistas; asesinar a 1,67 millones de personas, de una población total de 7,89 millones merecía tan sólo ese juicio moral para Chomsky?”.

Los medios violentos, para lograr mejoras, han fracasado en todas partes, ya que tales métodos surgen esencialmente de la creencia de que los culpables son los demás y de que los individuos mejoran luego de establecer cambios en la sociedad. Por el contrario, toda mejora individual y social se logra a partir del reconocimiento y corrección posterior de nuestras actitudes erróneas.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La esencia del capitalismo

La palabra “capitalismo” se asocia al concepto de “capital productivo” y se identifica con el ahorro productivo. La mentalidad capitalista se opone al “consumismo” ya que implica abstenerse de gastar dinero en bienes y servicios considerados superfluos priorizando la adquisición de bienes de producción. El ahorro, además, implica abstenerse de gastar en el presente pensando en el futuro.

El progreso económico individual proviene de la posibilidad de invertir la diferencia favorable entre lo que se gana y lo que se gasta, según la siguiente expresión cuantitativa:

Lo que se gana - Lo que se gasta = Lo que se ahorra

Al renunciar a todo lo que puede considerarse prescindible, el individuo adopta un estilo de vida simple, alejado de todo tipo de lujo y ostentación. De ahí que la esencia del capitalismo sea la mentalidad que lo favorece, que es la actitud del hombre trabajador y ahorrativo. Cuando, luego, se adviertan las diferencias económicas entre quienes adoptaron el camino del trabajo y el ahorro y quienes eligieron priorizar el presente al futuro, surgirán críticas de todo tipo hacia aquéllos, siendo la envidia la actitud menos favorable al capitalismo.

El ahorro no significa simplemente no gastar dinero, sino establecer prioridades productivas bajo el viejo criterio de que “la unión hace la fuerza”. En lugar de hacer varios pequeños gastos en cosas prescindibles, se prioriza la adquisición de una herramienta, por ejemplo, o de un libro que favorecerá el incremento de capital humano apto para la producción. Orison Swett Marden escribió: “El ahorro es el amigo del hombre y un factor potente de la civilización, porque su práctica enaltece conjuntamente la vida individual y colectiva, sosteniendo y conservando el bienestar de la humanidad”.

“La costumbre del ahorro es una de las señales del dominio propio, de la superioridad individual, pues demuestra que el hombre no es esclavo de sus pasiones ni víctima de sus apetitos ni juguete de su debilidad, sino que sabe gobernarse a sí mismo con tanta prudencia como administra su caudal”.

“Haciéndonos eco de las declamaciones de un notable economista, podemos afirmar que el ahorro no requiere valor extraordinario ni inteligencia descomunal ni virtudes sobrehumanas, sino solamente sentido común, talento natural y suficiente fuerza de voluntad para rechazar y resistir las acometidas de la tentación concupiscente”.

“Herbert Spencer dice que la diferencia más notable entre el hombre salvaje y el civilizado es que aquél vive al día sin pensar en el mañana y éste trata de prever el futuro” (De “Economía y Ahorro”-Editorial TOR SRL-Buenos Aires 1946).

También Juan Bautista Alberdi encuentra en las actitudes humanas las causas principales de la riqueza y de la pobreza: “La economía política, que es el estudio de esas causas morales de la riqueza, es una de las ciencias morales y sociales. Adam Smith dio con ella, estudiando y enseñando, como profesor, las ciencias de la filosofía moral”. “Los hechos en que consisten las dos causas naturales de la pobreza, son: la ausencia de trabajo, por la ociosidad u otra razón accidental, y el dispendio o la disipación de los productos del trabajo, por vicio o por error”.

“Ausentes, por cualquiera de estas causas, el trabajo y el ahorro, la pobreza es el resultado natural de esa situación, y ella coexiste con la posesión de los más felices climas y territorios, cuyos poseedores arrogantes pueden presentar el cómico espectáculo de una opulencia andrajosa”.

“El trabajo y el ahorro son esas causas naturales de la riqueza, como la ociosidad y el dispendio son las causas de la pobreza. Esas cuatro palabras expresan cuatro hechos a que está reducida toda la gran ciencia de Adam Smith” (De “Estudios económicos”-Librería La Facultad-Buenos Aires 1927).

En una investigación sociológica realizada en los EEUU, se llegó a la conclusión de que la mayoría de los millonarios en dólares lograron su posición económica en base al trabajo, al ahorro y a la capacidad de innovación. Thomas J. Stanley y William D. Danko escribieron: “La gente opulenta normalmente mantiene un estilo de vida que lleva a acumular dinero. En el transcurso de nuestras investigaciones, descubrimos siete denominadores comunes a quienes logran generar riqueza:

1- Viven muy por debajo de sus posibilidades
2- Invierten su tiempo, energía y dinero de una manera eficiente que lleva a generar riqueza
3- Consideran que la independencia económica es más importante que exhibir una posición social alta
4- No recibieron atención económica de los padres
5- Sus hijos adultos se autoabastecen económicamente
6- Son hábiles para detectar oportunidades en el mercado
7- Eligen la ocupación correcta
(De “El millonario de al lado”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1998).

La mayor parte de las personas realiza sus vidas bajo la elección de una escala de valores que ubica al dinero en un lugar prioritario. Cuando esas personas no logran sus metas, aducen estar orientados por cierta espiritualidad, aunque inexistente, mientras proceden a descalificar y a denigrar a quienes lograron lo que ellos no pudieron. Incluso llegan al extremo de simpatizar con el socialismo para que el Estado le quite riquezas a los que mucho trabajan y ahorran, para que las distribuya “equitativamente” entre los consumistas y dispendiosos.

Como la envidia predomina en la mayoría de los hombres, existe cierta simpatía por los líderes totalitarios que han de ser soportados por todos los integrantes de la sociedad, especialmente por aquellos que valoran su independencia económica. Giovanni Papini, en una imaginaria entrevista, pone en boca de Adolf Hitler: “Yo soy un hombre del pueblo, y conozco mejor que los señores y los politiqueros cuáles son los humores del pueblo. En los Estados modernos el pecado dominante es la envidia, ya sea de un Estado respecto a otro, ya de las clases entre sí dentro de cada país”.

“En las democracias, y a causa de la multiplicidad de cuerpos legislativos, de consejos y comisiones, los que mandan son demasiados, y sin embargo son demasiado pocos. La masa que se ve excluida, por eso mismo se siente atormentada por celos y envidias continuos. Si la suma del poder se concentra en manos de un solo hombre, entonces las envidias se atenúan y casi desaparecen”.

“El campesino, el obrero, el empleado inferior, el comerciante modesto, todos ellos saben que deben obedecer, pero saben también que incluso sus amos de ayer, banqueros, políticos, demagogos, nobles, están sometidos lo mismo que ellos a ese poder único. La dictadura restablece una cierta justicia de igualdad y aminora las torturas y sufrimientos causados por la envidia. Esto explica la fortuna de que gozan los jefes absolutos de nuestros tiempos y el favor rayano en adoración que les dispensan los países más diversos entre sí” (De “El libro negro”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952).

El éxito económico del emprendedor resulta imperdonable para los envidiosos. De ahí la difamación permanente hacia el sector creador mayoritario de la riqueza de una sociedad. Así como un edificio se destruye con eficacia ubicando explosivos en cada una de sus columnas, la sociedad se destruye eficazmente combatiendo al sector empresarial. Ludwig von Mises escribió: “No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidiosa malevolencia. Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también, por su parte, padecerán. ¡Cuántas veces oímos decir que la penuria socialista resultará fácilmente soportable ya que, bajo tal sistema, todos sabrán que nadie disfruta de mayor bienestar!” (De “Liberalismo”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1994).

Bajo el socialismo, la expresión cuantitativa se transforma en:

Lo que se recibe del Estado – Lo que se consume = 0

Cada individuo se ve liberado de las preocupaciones del trabajo y del ahorro, por cuanto es el Estado quien le ha de proveer de lo necesario. La ausencia de incentivos para el trabajo y la eliminación del sector empresarial, reducen el nivel productivo y la disponibilidad de bienes, por lo cual la mayor parte de la población tiene que recurrir al intercambio y la producción en la economía marginal, o mercado negro. Los resultados del socialismo son por todos conocidos, pero la vigencia del ideal socialista se mantiene por cuanto la envidia es una actitud propia de nuestra naturaleza humana que resulta imposible de anular, si bien es posible compensar o relegar a niveles aceptables.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Cultura japonesa y economía

Los países subdesarrollados, por lo general, tienden a imitar a los desarrollados en cuestiones económicas y políticas, observando los métodos o sistemas utilizados sin advertir el fundamento cultural subyacente. Aun así, existen sistemas de producción y distribución que mejor se adaptan a la mayoría de los pueblos, de la misma manera en que algunas religiones producen mejores resultados que otras.

Quienes pretenden implantar una economía de mercado, deben previamente adoptar actitudes éticas adecuadas, como la predisposición generalizada individual de intentar producir más de lo que se consume. Por el contrario, si predomina la idea de intentar vivir a costa del trabajo ajeno, esperando ser mantenidos por el Estado redistribuidor de lo que otros producen, la adaptación al mercado y el posterior desarrollo serán imposibles.

El empresario Luis Menotti Pescarmona destaca algunos de los atributos observados en los japoneses: “Para intentar conocer al Japón y sus costumbres es necesario saber que, desde el año 600 AC, ha tenido una dinastía de emperadores que generó un subconsciente común para todos basado en la obediencia, disciplina y una conducta ética y moral no escrita, pero sí vigente”.

“¿Cuál es el milagro japonés? Este país surge hace 45 años luego del holocausto de Hiroshima y Nagasaki, sin poseer petróleo, ni alimentos, ni materia prima y ahora invade al mundo con sus productos, incluyendo a los EEUU y Europa, su tecnología de punta y de alta calidad, cuyas raíces curiosamente están en EEUU”.

“¿Cómo hicieron? Algunos piensan que empezaron por una cohesión y coordinación muy grande, que les permitió sumar la inteligencia y los esfuerzos de toda su población en forma voluntaria o por tradición. Limitaron las ambiciones personales a favor del grupo, es decir, del país. Sus actitudes tienen poco de la competencia que internamente existe en las sociedades occidentales democráticas liberales y tiende a reproducir la conducta imperial y feudal. Con ello logran lo que más le cuesta concretar a un gobernante: unir la voluntad de la población detrás de un objetivo común, superior a su interés individual. En otros términos, logran una coordinación física y mental, pero también moral. Además, y principalmente, apostaron a la inteligencia y a la voluntad” (De “Menotti” de Mónica Pescarmona de Baldini-Mendoza 1998).

En cuanto a la competitividad requerida por una economía de mercado, puede decirse que debe ser una competencia que apunte a una mejor cooperación hacia la sociedad, triunfando el que más coopera con los demás. La actitud del japonés, según la descripción del citado autor, se parece más a la del competidor olímpico que la del competidor en un campeonato mundial de fútbol. Recordemos el lema olímpico: “Lo importante no es triunfar sino competir”.

Pescarmona agrega: “No es que los japoneses utilicen elementos mejores, sino que están conquistando el mercado extendiendo las mismas prácticas de los EEUU, que se podrían resumir en 1°) un análisis muy meticuloso del mercado y de las oportunidades que presenta, 2°) satisfacerlas con productos de costos accesibles y de muy alta calidad, 3°) normalizar la producción para reducir los costos y 4°) hacer fuertes inversiones en desarrollos tecnológicos avanzados”.

“La austeridad de la vida personal de los japoneses, aún en los niveles superiores, les permite una tasa de ahorro significativo, muy superior a la de los EEUU, con su sociedad de consumo y su vida distinta organizada sobre bases diferentes. Han logrado integrar al hombre en la empresa, creando empleos para toda la vida, eliminando el miedo del presente y la angustia por el futuro. Las metas empresarias y de las organizaciones intermedias son subordinadas a la meta principal que persigue la Nación entera”.

“La idea acertada es primordial, pero tiene que plasmarse en hechos. Aquí discutimos si el Estado es la solución o el problema; ellos no se fijarían en eso, sólo evaluarían si tiene éxito y hay prosperidad o no. Esa sería la única garantía que asegura la continuidad de un gobierno. Nosotros tenemos como un mal crónico la falta de concreción de lo que se habla, del discurso político hueco sin que eso signifique el reemplazo del pontificador. Parece que la gente está tan acostumbrada a que casi nada se cumpla, que se conforma con escuchar voces….Si se hiciera un listado de lo que se dijo en las últimas décadas y otro con lo que realmente se hizo, nos asombraríamos de la tremenda y piadosa capacidad de olvido que tiene la población y de cómo, en vez de prevalecer el interés solidario han prevalecido los intereses y las ambiciones de poder y de gloria personales. Toda una sinfonía para nuestros funerales”.

“El fundamento de la sociedad latinoamericana, y especialmente de la Argentina, es el individuo. Actitud típicamente europea: primero el individuo. Pero hay algo más, el deseo, casi podríamos decir la pasión por realizarse, de cada individuo. Este deseo de realizarse como persona es y fue la base del éxito de los países democráticos, así como la obediencia lo fue de los países imperiales. En los japoneses no es así: está el grupo, la familia. El obrero que trabaja en fábrica se siente miembro de ella, como parte del feudo. Todos actúan como si participaran en el negocio de la empresa y no se les ocurre hacer prevalecer un interés personal en detrimento del conjunto”.

Puede hacerse una síntesis de las actitudes predominantes en las distintas sociedades:

Actitud egoísta: Cada individuo se interesa sólo en sí mismo y se desinteresa en los demás.
Actitud cooperativa: Cada individuo se interesa simultáneamente en sí mismo y en los demás.
Actitud altruista: Cada uno se desinteresa de sí mismo mientras sólo se interesa en los demás.

En el primer caso tenemos el denominado capitalismo salvaje; en el segundo caso tenemos el capitalismo promovido por el liberalismo, como es el propuesto por Ludwig von Mises, quien, en muchos de sus escritos, destaca la palabra “cooperación”. Finalmente tenemos la postura socialista en la cual se relega toda ambición personal en beneficio de la sociedad, siendo la propuesta liberal la más adecuada y la que mejor se adapta a la naturaleza humana. La cultura japonesa, según se ha visto, tiende a identificarse con la propuesta liberal.

En los países subdesarrollados predomina el egoísmo y la negligencia, ya que gran parte de la población trata de vincularse con el Estado de manera de usarlo como un intermediario que les permita vivir del resto de la sociedad. No sólo se advierte un desinterés por el bienestar ajeno, sino que se trata de extraer los recursos que los demás logran. Pescarmona agrega: “Nosotros estamos lejos de aprovechar en su totalidad los recursos de que disponemos; solamente en energía hidráulica arrojamos al mar más de 10.000 millones de dólares anuales. Peor estamos con los recursos humanos; más de dos millones de argentinos, económicamente activos y la mayoría de ellos muy capaces o profesionales, han emigrado. No tomamos una actitud estratégica para aprovechar con coraje, imaginación y esfuerzo lo que tenemos y acrecentarlo. Cuando de trabajar se trata somos capaces de hacerlo muy duro, pero hemos caído en la desesperanza, luego de haber sufrido sucesivas frustraciones”.

“Tenemos que defendernos del exceso de regulaciones y del Estado paternalista para dejar abierto un amplio campo operativo a nuestra capacidad creativa, que es infinita cuando el hombre puede actuar con libertad para su propio beneficio y ver los resultados reales de su esfuerzo y trabajo. Sacarnos de encima esta burocracia estatal que va contra cualquier iniciativa modernizante ante el miedo de que se ponga en descubierto el laberinto burocrático. Tenemos que dejarnos de especulaciones enanas y redescubrir el valor del esfuerzo, del trabajo de las iniciativas, de lo pragmático y también -¿no será arriesgado pedirlo?- del ahorro. No se trata de que nos transformemos en esclavos, pero debe comprenderse que la competencia es indispensable para que el hombre exija lo mejor de sí mismo, lo mejor de su talento y de su excelencia”.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

El pensamiento de Robert Lucas

Puede decirse que la ciencia económica evolucionó desde la contabilidad y las estadísticas, en la cual se resaltaban los aspectos cuantitativos de la producción y el consumo, hasta la psicología, en la que el interés recae en el comportamiento del individuo. Mientras que en épocas pasadas se sostenía que los sistemas de producción y distribución constituían el factor preponderante de la economía, se advierte en la actualidad que los sistemas son eficaces en cuanto permiten el libre accionar humano y que el capital humano en acción resulta finalmente el principal factor de la producción.

UN PREMIO NOBEL PARA USTED

Por Carlos Alberto Montaner

Robert Lucas, el Premio Nobel de Economía de 1995, mereció con creces el galardón. Al señor Lucas lo distinguieron por trabajar con acierto en la hipótesis de las expectativas racionales. (Le ruego que no se asuste. Siga leyendo porque el tema no es tan complicado como parece y usted, además, verá cómo lo afecta). Grosso modo, esta escuela de análisis ha podido demostrar que, en donde funcionan la libertad y el mercado, los seres humanos reaccionan inteligentemente y toman o revocan sus decisiones a partir de una información cambiante que transforma constantemente el panorama económico.

¿Qué quiere decir esta aparente simpleza y en dónde radica su valor? Quiere decir que las predicciones de los econometristas, tan en boga desde los años cincuenta, han perdido casi todo su valor. Las tablas de input-output de Leontieff –Nobel también, por cierto-, que pretendían reflejar en gigantescas ecuaciones las actividades comerciales de regiones, países y hasta del planeta completo, y que supuestamente podían servirnos para adivinar el comportamiento económico futuro con sólo analizar en el terreno de las matemáticas lo que sucedía cuando subían o bajaban los precios o la oferta y la demanda de determinados productos, han demostrado su minuciosa inutilidad. ¿Por qué? Porque las expectativas racionales de las personas –o de los «agentes económicos», como ahora se dice-, siempre a la búsqueda de optimizar los beneficios, cambian constantemente a la luz de la información disponible y del juicio subjetivo que ésta le merece. Los políticos y los tecnócratas, pues, ya no pueden continuar soñando con las manipulaciones macroeconómicas porque, sencillamente, no nos conducen adonde se pretende.

La síntesis última de este debate –y es aquí donde usted, lector, participa de la discusión- nos remite a la única pregunta seria que hizo la ciencia económica desde que a fines del siglo XVIII nuestro padre Adam Smith bautizara a la criatura: cómo se crea la riqueza de las personas y de las naciones. O –por la otra punta- por qué muchas personas y naciones son terriblemente pobres. Y ese debate, casi desde sus inicios, ha generado dos grandes visiones: una teñida de mecanicismo, generalmente expresada en un lenguaje matemático, que busca su respuesta en las ciencias exactas; y otra, mucho más cerca de las ciencias sociales, que convierte al ser humano, siempre impredecible y rodeado de incertidumbres, en el objeto de su análisis. Los primeros, de cierta manera, coinciden con una percepción socialista en el diagnóstico y en las recetas. Los segundos son francamente liberales en el sentido que se le da en Europa y América Latina a esta palabra.

Afortunadamente, desde hace un cuarto de siglo los hechos parecen darles la razón a los pensadores liberales, y de ahí la constelación de premios Nobel procedentes de esta escuela de pensamiento: Hayek, por su persuasiva defensa de la libertad personal como elemento básico para la creación de riqueza; Buchanan, por sus fundadas advertencias sobre el peligroso papel que suele desempeñar el gobierno cuando intenta establecer por decreto la justicia social; Coase, por la demostración del peso que tienen la seguridad jurídica y la confianza en el desarrollo de los pueblos; Becker, por el papel tremendamente importante de los valores y las costumbres para explicar el grado de prosperidad o miseria que afectan a las gentes; Friedman, por establecer de una manera irrefutable las funestas consecuencias inflacionistas que provocan las manipulaciones políticas de la masa monetaria cuando se ignoran las realidades del mercado.

No hay duda: el éxito o el fracaso de las sociedades radica en las personas. En lo que esas personas creen, saben o aprenden, en las instituciones que han segregado, en los valores que suscriben, en los mitos y estereotipos que mantienen, y en las formas en que se relacionan. Y ese oscuro amasijo de racionalidad y emociones, totalmente insondable, cuya pista se pierde en el pasado histórico y se reconstituye en la carga genética, determina cómo se percibe la realidad y, por ende, cómo se formulan las expectativas racionales que luego determinan nuestra conducta económica.

¿Adónde nos precipita esta conclusión? A la certeza de que, si queremos cambiar nuestro destino personal y el de la sociedad en la que vivimos, no hay otro camino que el muy largo de poner el acento en la formación de capital humano hasta parir una masa crítica de ciudadanos portadores de los valores, las creencias y la información que hacen posible el milagro de gozar de una vida pacífica en medio de una prosperidad creciente. Los problemas de fondo no están en los partidos políticos ni se resuelven con fórmulas mágicas. Están en el corazón de las personas. Los economistas no pueden decirnos lo que hay que hacer para multiplicar las riquezas. Es eso, fundamentalmente, lo que se deriva de cuanto han escrito Lucas y los otros grandes pensadores liberales con una admirable dosis de humildad. Y es eso, exacta y paradójicamente, por lo que les han concedido el premio Nobel.

(De “Las columnas de la libertad”-Edhasa-Buenos Aires 2007)

martes, 28 de noviembre de 2017

¿Es el sufrimiento el camino hacia la felicidad futura?

Es bastante frecuente escuchar expresiones tales como que debemos “sacrificarnos” para lograr éxito en el futuro o bien para ayudar a los demás. La palabra “sacrificio” la asociamos a alguna forma de sufrimiento en lugar de asociarla a alguna forma de incomodidad. Es importante distinguir entre ambas, ya que en cierta forma alejamos a las personas del cumplimiento de sus deberes, ya que son revestidos de un carácter “doloroso”, mientras que nuestra naturaleza humana nos presiona al logro de mayores niveles de felicidad.

Es un error frecuente considerar como un sacrificio el hecho de finalizar una carrera universitaria, ya que la adquisición de conocimientos ayuda a lograr cierto atractivo intelectual y personal, resultando una tarea exigente que produce beneficios de diversos tipos. Quien sufre, o se sacrifica, estudiando una carrera universitaria, es el que no posee una vocación definida por la especialidad elegida, o es incapaz de valorar las ventajas que su capacitación le permitirá lograr en el futuro.

Dedicación, trabajo y disciplina son conceptos que no deben asociarse al sufrimiento, ya que las motivaciones y las esperanzas de un futuro mejor compensan los pequeños o los grandes inconvenientes y las incomodidades cotidianas. Incluso una etapa preparatoria como los estudios mencionados, debe considerarse como una finalidad en sí misma, y no sólo como una etapa previa a otra posterior.

Respecto de la Madre Teresa de Calcuta, se dice que tuvo el “mérito de sacrificar su vida” por los demás, por lo que se la propone como un ejemplo a seguir. En realidad es un ejemplo a seguir porque no tuvo el “mérito” mencionado, ya que fue feliz ayudando a los demás, cumpliendo al pie de la letra el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, compartiendo las penas y alegrías ajenas como propias. Desde el cristianismo se confunde el verdadero sacrificio que tuvieron que hacer los primeros cristianos para imponer la, entonces, nueva religión, con las ventajas que tuvo el resto de las generaciones, ya que pudieron lograr un elevado grado de felicidad en cuanto fueron capaces de cumplir dicho mandamiento.

La fe religiosa implica, en cierta forma, creer en la garantía que ofrece la religión de compensar en el más allá los sacrificios hechos en esta vida, especialmente en el caso de los primeros cristianos. Para los restantes, la fe implica creer en la garantía que la religión ofrece como medio para alcanzar la felicidad junto a la inmortalidad posterior. Como el mandamiento es el mismo, se han de lograr, o no, ambas cosas simultáneamente, en caso de que exista la vida de ultratumba.

Mientras que el cristianismo exigía a los primeros cristianos dar hasta su vida por la religión, el Islam considera que el sacrificio ha de implicar, además, ser impuesto a los infieles, ya que promete compensar a quienes defienden la fe con la espada. No sólo llegan a sacrificar sus propias vidas sino también las de los infieles. El marxismo, por otra parte, propone sacrificar la vida del revolucionario junta a las vidas de los integrantes de toda una clase social (la burguesía) con la esperanza de establecer el paraíso socialista. Puede hacerse una síntesis de las posturas mencionadas:

Cristianismo primitivo: exige el auto-sacrificio que será compensado con la vida eterna.
Cristianismo normal: ofrece la felicidad y la vida eterna a quien cumple con los mandamientos
Islam: impone sacrificar la vida del creyente junto a la de los infieles (quienes irán al infierno), mientras que el creyente irá al paraíso
Marxismo: impone el sacrificio del revolucionario junto a toda una clase social en caso de rechazar la instauración del socialismo.

El marxismo es la religión del odio, ya que sugiere, como primer paso, la destrucción de la sociedad tradicional. En el Manifiesto Comunista se afirma: “Los comunistas desdeñan disimular sus ideas y proyectos. Declaran abiertamente que no pueden alcanzar sus objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social. ¡Tiemblan las clases dirigentes a la idea de una revolución comunista”. Víctor Massuh escribe al respecto: “Marx mismo cierra significativamente su libro «Miseria de la filosofía» con los siguientes versos de George Sand: «Lucha o muerte; guerra sangrienta o nada. Así está la cuestión implacablemente planteada»”.

“A partir de la obra y la prédica de Marx, la violencia aparece como la condición misma del cambio revolucionario. Con ello se quiere advertir, sobre todo, que ya no se piensa en modificar partes de la sociedad, sino totalmente. La magnitud de la violencia asegura la profundidad del cambio. Esto hace que la doctrina de Marx se caracterice por un fuerte rasgo apocalíptico, que no podemos dejar de lado por su enorme significación”.

“Las revoluciones anteriores se remiten al triunfo de una clase sobre otra, apenas sustituyen grupos dominantes dentro de un mismo contexto histórico. Pero la revolución social suprime todo el contexto, elimina para siempre la posibilidad de la opresión, procura «liberar al mismo tiempo y para siempre a la sociedad entera de la explotación, de la opresión y de la lucha de clases» (Manifiesto comunista)”.

“«La violencia, agrega Marx, es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva». Ella no sólo viene a ser el instrumento de una destrucción completa sino de una creación completa también. La violencia de Marx es apocalíptica porque arrasa un mundo viejo y barre con él, es redentora porque libera al hombre de sus alienaciones y lo rehumaniza, y es creadora puesto que engendra un nuevo orden” (De “La libertad y la violencia”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1976).

En realidad, el cuadro apocalíptico que aparece en la Biblia no debería ser interpretado como efecto de la acción de Dios que castiga a los hombres, sino de la barbarie promovida por individuos como Marx, Lenin, Stalin, Hitler y otros líderes totalitarios que con sus ideas promovieron los asesinatos masivos de decenas de millones de personas. Respecto de la violencia política, Massuh escribió: “Me limito a examinar la violencia como forma de acción política, es decir, como aquel comportamiento que trata de integrar sus componentes irracionales en el marco de cierta racionalidad histórica, en el seno de una exigencia normativa supraindividual. Me refiero a la que es asumida por grupos o individuos y puede definirse como la imposición, por la fuerza, de una voluntad sobre otra. La violencia es el modo por el cual yo avasallo la voluntad de otro, invado su mundo, sus pautas sociales y sus intereses, su estilo de vida, sus valores, y trato de someterlo a mi arbitrio. Implica, además, poseer ciertos instrumentos de coacción que pueden tener un carácter destructivo e intimidatorio; en este último caso se procura paralizar al adversario mediante el terror, se intenta destruir su capacidad de resistir y se busca que ceda por el reconocimiento de su impotencia. Y cuando todo este ejercicio es asumido con miras a la realización de definidos objetivos históricos, entonces la violencia aparece como una elección del hombre, como el camino de su dignificación”.

Existe algo incomprensible en el mundo actual. Por un lado, cuando surge un movimiento político nazi, o cuando tiene posibilidad de ganar unas elecciones, surgen protestas, indignación y temor en los diversos ámbitos sociales. Ello se justifica por la simple evaluación de la actuación de los nazis durante el siglo XX y por las violentas directivas que surgen de los escritos de Adolf Hitler. Sin embargo, cuando surge un movimiento socialista o gana una elección, las reacciones son completamente diferentes, a pesar de que la cantidad de asesinatos promovidos por los comunistas, durante el siglo XX, fue entre 4 y 5 veces superior a la promovida por los nazis. El “creyente” en Marx, al seguir sus “científicas” directivas, procede a destruir la impura sociedad capitalista por cuanto supone que de ello surgirá espontáneamente un mundo y una sociedad mejor, aunque en realidad sólo produce víctimas inocentes al por mayor. Carlos Alberto Montaner escribió: “En 1848, hace más de ciento cincuenta años, cuando Europa se estremecía en medio de una revolución que sacudió todas las estructuras políticas, Marx dio a conocer su breve ensayo y vaticinó que un día, para él no muy lejano, los proletarios del mundo, unidos, crearían sobre la Tierra el paraíso comunista. Marx, qué duda cabe, ardía en deseos de justicia y estaba persuadido de que había dado con el modo definitivo de implantar la felicidad y la prosperidad entre los hombres”.

“Siglo y medio más tarde, apareció en las librerías de lengua española un excelente balance de lo que fue ese sueño comunista. se titula «El libro negro del comunismo» y en un tomazo de ochocientas sesenta y cinco páginas legibles y muy bien organizadas, publicado por Planeta-Espasa, la historia de esta utopía se resume en una cifra pavorosa: cien millones de muertos. Una carnicería mayor que la suma de todas las guerras registradas por los historiadores desde el brumoso episodio de la «Ilíada» hasta las últimas barbaridades balcánicas. Los realizadores de este inventario de horrores son respetadísimos miembros de la comunidad universitaria francesa, y los encabeza Stéphane Courtois, el editor de la revista «Communisme», una de las mayores autoridades del mundo en esta triste materia” (De “Las columnas de la libertad”-Edhasa-Buenos Aires 2007).

La violencia parece no ser el camino hacia la felicidad futura. Por el contrario, es el camino seguro del sufrimiento. Pero esta elección conciente que realizan muchas personas, no surge de una ignorancia de lo que ha pasado históricamente con los intentos totalitarios, sino que apuestan a la destrucción de una humanidad a la que odian y de la cual quisieran ver su fin.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Peornismo, o gobierno de los peores

En la ciencia política se habla del gobierno de los mejores, del gobierno del pueblo y de otras formas políticas, sin advertir que también puede hablarse del gobierno de los peores, que podría muy bien denominarse “peornismo”, utilizando la forma simbólica con que Fernando A. Iglesias designa al peronismo; movimiento político que se identificó plenamente con el gobierno de los peores, ya que no sólo constituyó un movimiento totalitario, sino que su líder elegía a sus funcionarios, no teniendo presentes sus capacidades individuales para la gestión del Estado, sino en función de su obsecuencia y obediencia a sus directivas. El mencionado autor escribió: “El peronismo ha sido, por una parte, el representante local de lo peor del campo político mundial; y por la otra, el aparato de consolidación política de las peores características de la sociedad nacional; el verdadero hecho maldito del país burgués mencionado por el compañero Cooke”.

“La oposición (entendida como oposición al peronismo) representa al conjunto de la sociedad nacional, con sus virtudes y defectos. El peronismo, en cambio, representa sólo lo peor de ella; su arribismo oportunista, su sectarismo providencialista, su mesianismo demagógico, su falta de respeto por la ley y las instituciones, su sumisión serial a sucesivos salvadores de la Patria, su autoritarismo, su gregarismo anti-individualista y a la vez egoísta, su completa falta de autocrítica, su dependencia del Estado, su victimismo y resignación, su fanático cinismo y su cínico fanatismo, su resentimiento, su necrofilia, su tendencia al egoísmo y a la unanimidad, su corporativismo disfrazado de solidaridad, su apego por las mentiras y las falsas ilusiones” (De “Es el peronismo, estúpido”-Galerna-Buenos Aires 2015).

Italia, país en el que la mayoría de los periodistas e intelectuales dijo la verdad sobre Mussolini, relegó al fascismo como un error histórico, al igual que Alemania lo hizo con Hitler y el nazismo, mientras que en la Argentina ha predominado la tendencia a encubrir al peronismo asegurando su continuidad y la del subdesarrollo correspondiente. Es importante conocer lo bueno, para alcanzarlo; y también lo malo, para evitarlo. Así como muchos han leído “El Príncipe”, de Maquiavelo, para seguir sus nefastos consejos, otros lo leyeron para detectarlos a tiempo. Una gran parte de los políticos y militares argentinos, en lugar de aprender de los errores de Perón, para evitarlos, intentaron por el contrario a emularlo. Nicolás Maquiavelo escribió al respecto (en una carta a un amigo): “Llego ahora a la última rama de la acusación: que enseño villanías a los príncipes y cómo esclavizar a los hombres. Si alguien lee mi libro…con imparcialidad y caridad corrientes, se apercibirá fácilmente de que no abrigo la intención de recomendar al mundo, ni el gobierno ni los hombres que en él he descrito y mucho menos la de enseñar a los hombres cómo pisotear a hombres buenos y a todo lo que es sagrado y venerable en la Tierra, leyes, religión, honradez y demás. Si he sido un poco demasiado preciso al describir esos monstruos en todos sus aspectos y colores, espero que la humanidad podrá reconocerlos para mejor evitarlos, ya que mi tratado es, al mismo tiempo, una sátira contra ellos, y una descripción de su verdadero carácter…” (Citado en “La revolución de los directores” de James Burnham-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1943).

El peronismo fue calificado como un “fascismo de las clases bajas”, ya que esencialmente consistió en promover el odio entre los sectores más pobres en contra de la clase media y de los sectores adinerados. Incluso con la intención de desplazar del lugar social alcanzado por méritos propios. Seymour Martin Lipset escribió: “A diferencia de las tendencias antidemocráticas del ala derecha, que se apoyaban en los estratos más acomodados y tradicionalistas, y de aquellas tendencias que preferimos llamar fascismo «verdadero» -autoritarismo centrista apoyado en las clases medias liberales, fundamentalmente los trabajadores independientes-, el peronismo, en gran parte como los partidos marxistas, se orientó hacia las clases más pobres, principalmente los trabajadores urbanos, pero también hacia la población rural empobrecida” (De “El hombre político”-EUDEBA-Buenos Aires 1963).

Elena Castelli describe a grandes rasgos el proceso peronista: “El enriquecimiento personal, primer gran error de Perón y origen de toda la cadena que se sucederá luego. Para lograrlo tuvo que rodearse de colaboradores que le fueran absolutamente adictos, obedientes, más que capaces, y favorecer en ellos también la ocasión para el lucro ilícito”.

“El espectáculo no pudo ser más grotesco, más que las autoridades de un Estado civilizado esto era un festín de buitres hambrientos; con la diferencia que en vez de picotazos para arrebatarse el mejor bocado se utilizó la adulación extrema, el endiosamiento, el servilismo en su más alta expresión, homenajes pediluviales con cualquier motivo que daban ocasión a los mayores excesos”.

“El pueblo observa que los designados para cargos de mayor responsabilidad son seleccionados por incapacidad manifiesta y otras cualidades personales ajenas a las virtudes. Al asombro sigue la observación atenta y se descubre la causa: deben ser ciegos y obedientes. Ciegos son por su ignorancia, sólo ven a su lado que se les brinda la ocasión de enriquecerse superlativamente según sus ambiciones y que su única tarea es obedecer”.

“Toda esta maquinación se cubre con el velo de que es el pueblo el que gobierna y por eso se eligen representantes de las más bajas esferas sociales”. “A los seis años de estos comienzos se nota, por los mismos que dieron vida a tales desmanes un puritanismo grotesco. Llenas en todo cuanto es posible las propias arcas hacen alarde de desprendimiento, de honestidad, de honradez. Perón renuncia a su sueldo (¡!) manoseada artimaña demagógica realizada por Rosas y otros más. Pero hasta los más ignorantes ya descubrieron el juego; la «industria» del funcionario público se extendió rápidamente y aquellos que no tenían virtudes que perder treparon hasta escalar las posiciones que dan pingües ganancias. Ya los diques están rotos, el ejemplo cundió rápidamente y nadie de sanos principios ocupará un cargo público, pues sabe que deja en él su probidad, su honradez”.

“Hay sagacidad, hay rapidez, hay astucia, hay perspicacia, destreza, habilidad, previsión para el cambio rápido, para la acción oportuna. Es que quien está al frente de nuestro destino es militar y ha debido estudiar estrategia y táctica en el arte de hacer la guerra (o para hacer de la guerra un arte). Todos sus conocimientos técnicos están al servicio de esta pobre guerra que hace contra su patria: «Hay que distraer al enemigo, esto le resta fuerza»” (De “Segunda tiranía”-D’Accurzio-Mendoza 1955).

La labor de encubrimiento, junto a la actitud aparentemente pacífica de olvidar el pasado, permitieron la reedición del peronismo, esta vez en manos del kirchnerismo. Ante un atroz aumento del exceso de funcionarios estatales designados “legalmente”, puede afirmarse que resultará casi imposible para los gobiernos futuros revertir la situación. A la trampa populista se le agrega la cínica exigencia de esperar que un gobierno no peronista arregle las fechorías kirchneristas, por lo cual se lo culpará de todos los errores preparando el regreso futuro de alguna variante del peronismo. La intelectualidad y el periodismo, como siempre, acompañarán el proceso con la actitud encubridora de siempre.

El gobierno de los peores es en realidad el gobierno de las masas a través de su sumisión incondicional a los mandatos de un líder totalitario. La citada autora agrega: “Cuando el individuo entre en una multitud su estructura psíquica sufre modificaciones hasta acomodarse con la de la masa, deja su personalidad individual y adquiere la del grupo. Desciende desde su desarrollo alcanzado hasta la base común a todos y adquiere las características propias de la misma: al deseo de superación individual se opone el sentimiento primitivo de potencia invencible del grupo y entonces todos los instintos, ese «substratum» inconsciente formado por los residuos ancestrales que constituyen el alma de la raza, que aisladamente está adormecido, dominado por el poder del espíritu, quedan sueltos: desaparece la personalidad consciente y en su lugar predomina la inconsciente: puede ceder a los más bajos instintos crueles, brutales y destructores por la influencia del medio, porque su razonamiento está enmudecido y acallada su responsabilidad. La masa impone sus cualidades”.

El proceso de la rebelión de las masas, descrito por Ortega y Gasset, encuadra con el fenómeno peronista. El psicólogo William Mac Dougall sintetiza atributos y comportamiento del hombre masa: “Tal masa es sobre manera excitable, impulsiva, apasionada, versátil, indecisa y también inclinada a llegar en su acción a los mayores extremos; accesible sólo a las pasiones violentas y a los sentimientos elementales, extraordinariamente fácil de sugestionar, superficial en sus reflexiones, violenta en sus juicios, capaz de asimilar tan sólo argumentos y conclusiones más simples e imperfectos, fácil de conducir y conmover. Carece de todo sentimiento de responsabilidad y respetabilidad, y se halla siempre pronta a dejarse arrastrar por la conciencia de su fuerza hasta violencias propias de un poder absoluto e irresponsable”.

“Inclinada, por naturaleza, a todos los excesos, la multitud no reacciona sino a estímulos muy intensos. Para influir sobre ella es inútil argumentar lógicamente, no comprenderá. En cambio será preciso presentar imágenes de vivos colores y repetir una y otra vez la misma cosa. Se muestra muy accesible al poder verdaderamente mágico de las palabras las cuales son capaces de despertar en el alma colectiva las más violentas tempestades como de apaciguarlas de inmediato”. “Y por último, las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad; demandan ilusiones, dan siempre preferencia a lo irreal” (Citado en “Segunda tiranía”).

La inteligencia de un líder democrático se refleja en su capacidad de influir sobre ciudadanos normales diciendo la verdad, mientras que la supuesta inteligencia de un líder totalitario se refleja en su capacidad de influir sobre las masas utilizando mentiras.

El peronismo deja como herencia el derroche de recursos económicos y humanos, el exceso de funcionarios y empleos públicos, el inicio de la etapa de la inflación crónica y es el creador indiscutible del odio de las masas contra los sectores democráticos. Como también otros partidos y gobiernos cometieron algunos de sus errores, y ante un razonamiento propio de adolescentes, se afirmará que los errores compartidos no son errores, por lo que la predisposición a superar la era peronista no parece ser la requerida para superar las actuales circunstancias.

martes, 21 de noviembre de 2017

La predictibilidad de las matemáticas

Una persona que no sepa realizar cálculos aritméticos, no podría saber cuántas bolsas con 6 manzanas podría llenar si dispone de 120 de ellas. Sabemos que 6 x 20 = 120, por lo que la respuesta es 20 bolsas. En este ejemplo advertimos que, una vez que disponemos de la información de la cantidad total de manzanas disponibles, podemos prever, sin necesidad de agruparlas, la cantidad de grupos de 6 manzanas, lo que constituye una forma elemental de predicción. Se advierte, a partir de la aritmética, lo que sucede en el mundo real sin necesidad de realizar agrupamientos concretos.

Lo interesante en este caso radica en que, en otras ocasiones, cuando asociamos un ente matemático a una magnitud física, como masa, volumen, fuerza, etc., y encontramos un vínculo entre ellas, es posible conocer de antemano, realizando deducciones matemáticas, las cantidades de esas magnitudes que intervendrán en los fenómenos físicos reales. Incluso de esa manera será posible prever la existencia de fenómenos no conocidos aún. Por ejemplo, se sabe que la “intensidad de corriente eléctrica en un circuito es directamente proporcional a la tensión aplicada e inversamente proporcional a la resistencia eléctrica en dicho circuito”. Los miles de millones de circuitos eléctricos que existen a lo largo y a lo ancho del mundo siguen estrictamente esta ley de la naturaleza (Ley de Ohm) de tal manera que, conocidas dos de esas magnitudes, puede calcularse la otra. También aquí existe predictibilidad de las matemáticas.

Cuando algunos astrónomos observaron ciertas perturbaciones en la trayectoria del planeta Urano, intuyeron que debía existir otro planeta, desconocido aún, y que, por los efectos gravitacionales producidos, sería el causante de esas perturbaciones. Disponiendo de las leyes de la mecánica y de la gravitación universal de Newton, pudieron realizar cálculos precisos y prever así el lugar y el momento en que podría observarse el nuevo planeta, como ocurrió con Neptuno.

Una variante de la utilización de las matemáticas consistió en observar ciertas leyes de la física, advertir que “algo les faltaba”, incluir ese algo, y luego verificar que dicho cambio realmente existía en el mundo real. James Clerk Maxwell advirtió que las leyes conocidas del electromagnetismo mostraban un rol diferente cumplido por el campo eléctrico respecto del cumplido por el campo magnético; y que si ese rol fuese el mismo, existiría la posibilidad de que tales campos de fuerza pudieran propagarse en forma de ondas. Agrega el término matemático faltante y, posteriormente, se llega a la conclusión de que efectivamente existían las ondas electromagnéticas.

Es interesante advertir que dichas ondas, que permiten establecer comunicaciones inalámbricas (radio, televisión, etc.) son descubiertas utilizando lápiz y papel antes de verificar su existencia. De ahí que pueda ponerse en duda su posible descubrimiento por medios intuitivos, dado lo alejado que está dicho fenómeno de las observaciones cotidianas. Si bien la luz, que es también una propagación electromagnética, es algo observable a simple vista, no parece sencillo que alguien hubiese pensado que se trataba de una propagación de campos eléctricos y magnéticos variables sin disponer de las leyes matemáticas que los rigen.

En los inicios del siglo XX, las leyes matemáticas que describían la distribución de energía entre las distintas frecuencias de la radiación existente dentro de una cavidad cerrada, no concordaban con los resultados experimentales. Esta vez había que “corregir” matemáticamente esas leyes para que hubiese correspondencia entre teoría y realidad. Mientras que Maxwell había ampliado las leyes del electromagnetismo previendo la existencia de un fenómeno concreto, Max Planck corrige las leyes de la termodinámica a ciegas, con el único propósito de restablecer tal correspondencia. Si lograba su objetivo, tendría luego que encontrar el significado físico subyacente a la innovación realizada. Esta es la manera en que entra en la física la constante de acción de Planck, que es la mínima cantidad de acción (Acción = Energía x Tiempo) que interviene en un fenómeno físico. Tal discontinuidad de la cantidad de acción interviniente en los fenómenos naturales, seguramente hubiese pasado inadvertida si no hubiese surgido a partir de una predicción matemática.

Por ser el reposo y el movimiento rectilíneo uniforme equivalentes e indistinguibles, las leyes de la física deberían tener una misma forma matemática si las describimos en un sistema de coordenadas (x, y, z) en reposo que si lo hacemos respecto de un sistema de coordenadas en movimiento rectilíneo uniforme respecto del primero. A las leyes conocidas de la física había que aplicarles ciertas correcciones, o transformaciones, para que fueran matemáticamente idénticas en ambos casos.

Albert Einstein encuentra una inconsistencia en la física de su tiempo, ya que las leyes de la mecánica mantenían su misma forma matemática si se les aplicaba la “transformación de Galileo”, mientras que las leyes del electromagnetismo mantenían su misma forma matemática si se les aplicaba la “transformación de Lorentz”. Einstein pensaba que no existían fenómenos mecánicos ni fenómenos electromagnéticos puros, sino sólo fenómenos naturales. De ahí que todas las leyes de la física deberían resultar invariantes respecto de una de las dos transformaciones vigentes en la física.

Guiado por razonamientos matemáticos, Einstein pensaba que el dilema podría solucionarse cambiando las leyes de la mecánica para que mantuvieran su misma forma matemática con la transformación de Lorentz, o bien cambiando las leyes del electromagnetismo para que mantuvieran su misma forma con la transformación de Galileo. Lo primero no llevaba a incompatibilidades observables mientras que lo segundo era incompatible con la realidad. De ahí que cambia, o corrige, las leyes de la mecánica advirtiendo que la masa inercial de un cuerpo no es constante sino que cambia con la velocidad. Mediante cálculos posteriores, advierte que la energía y la masa eran equivalentes (E = m c²), resultado poco accesible a una predicción intuitiva.

Se llegó también a la conclusión de que el ordenamiento espacial y el temporal, de un mismo fenómeno, para los diversos observadores en movimiento, eran distintos, mientras que lo común para todos era el intervalo espacio-tiempo de 4 dimensiones (x, y, z, t), con el tiempo cumpliendo un rol similar al del espacio.

Galileo había advertido que todos los cuerpos físicos caen con una misma aceleración en el campo gravitacional terrestre, en forma independiente a su masa, aunque despreciando los efectos del aire. Debido a que Einstein había estudiado en detalle la forma matemática de las leyes físicas descritas en sistemas de coordenadas en movimiento rectilíneo uniforme, tuvo la idea de describir los fenómenos gravitacionales vinculándolos a sistema de coordenadas acelerados. Finalmente, tras ardua tarea, logra publicar la Teoría de la Relatividad Generalizada, que coincide con la gravitación newtoniana en campos gravitacionales débiles, pudiendo describir adecuadamente los fenómenos gravitacionales en campos intensos, donde la gravitación newtoniana falla.

Esta vez no busca corregir leyes para hacerlas compatibles con los diversos sistemas de coordenadas, sino que elabora matemáticamente un intervalo espacio-tiempo distorsionado por la presencia de masas gravitacionales y energía, constituyendo tal distorsión la causa de los diversos efectos gravitacionales.

Con la nueva teoría gravitacional, Alexander Friedmann y George Lemaitre llegan a la conclusión, mediante deducciones matemáticas, que nuestro universo debe expandirse. Tal predicción fue confirmada experimentalmente cuando pudieron observarse los indicios de la expansión de las galaxias.

Al existir ciertas semejanzas matemáticas entre la óptica geométrica y la mecánica, Louis de Broglie supuso que había allí algo más que una simple coincidencia, llegando finalmente a predecir en forma teórica la existencia de las ondas de materia, asociadas a las micropartículas que poseen masa. Al respecto escribió: “Esta analogía entre la dinámica clásica de los corpúsculos y la óptica geométrica, tan claramente puesta en evidencia por los trabajos de Hamilton, y luego por los un poco posteriores de Jacobi, hasta entonces sólo habían parecido una curiosa equivalencia analítica que permitía desarrollar en forma muy elegante y a menudo muy útil las teorías generales de la dinámica….Llegué inmediatamente a convencerme de que era preciso, al contrario, intentar desenvolver el paralelismo entre la dinámica corpuscular y la propagación de las ondas dándole un sentido físico y haciendo intervenir en ellos a los quanta” (De “Física y microfísica”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1951).

Las relaciones matemáticas entre magnitudes físicas pueden considerarse como atributos únicos y objetivos que caracterizan a los fenómenos naturales. Incluso podría pensarse que si, en civilizaciones inteligentes extraterrestres, describieran los fenómenos naturales, llegarían a leyes físicas similares, difiriendo sólo en la simbología empleada para representar los diversos entes matemáticos.

Las matemáticas no son como una herramienta que ayuda al científico a resolver sus problemas, sino que son como una brújula que lo orienta hacia objetivos que no pudo definir con claridad. Las herramientas responden a la voluntad del hombre, mientras que el hombre debe responder a las directivas de la brújula. Louis de Broglie escribió: “Guiado por sus intuiciones personales, impulsado por la fuerza interna de las analogías matemáticas, es arrastrado, casi a pesar suyo, a una senda de la cual él mismo ignora adónde lo conducirá por último. Teniendo hábitos espirituales debidos en gran parte a las enseñanzas recibidas y a las ideas que reinan a su alrededor, a menudo duda en romper con ellos y se esfuerza en conciliarlos con las nuevas ideas cuya necesidad advierte. Sin embargo, poco a poco se ve constreñido a llegar a interpretaciones que al principio no había previsto absolutamente y de las cuales termina muchas veces por estar más convencido cuanto más tiempo intentó en vano huirlas”.

lunes, 20 de noviembre de 2017

El difamado burgués

El típico burgués es el pequeño o mediano empresario que, en caso de ser exitoso con su emprendimiento, puede llegar a ser un gran empresario. El sector empresarial, denominado por los sectores de izquierda como “la burguesía”, es la base económica de una sociedad por cuanto produce bienes y servicios y da trabajo a mucha gente. Un país con pocos empresarios, será un país con poca, o ninguna, competencia empresarial y con mercados subdesarrollados; por lo que será, justamente, un país subdesarrollado.

Cuando se desea destruir una nación, ya sea capitalista (con mercados desarrollados) o bien mercantilista (con ausencia de mercados competitivos), se comienza descalificando y difamando a todo el sector empresarial suponiendo que necesariamente “explota laboral de los trabajadores” (lo que puede ser parcialmente cierto cuando no existe competencia). La explotación mencionada se debería esencialmente a la desigualdad social entre empresario y trabajador por cuanto, según los socialistas, el empresario debería compartir con sus empleados todas las ventajas económicas y sociales logradas, sin tener en cuenta que el empresario se ha capacitado, ha trabajado arduamente para establecer su empresa y corre siempre el riesgo de fracasar con su emprendimiento.

Proclaman una sociedad igualitaria para la época de la cosecha, pero no para la época de la siembra. Mientras que la empresa no tiene ninguna seguridad en cuanto a su supervivencia, se supone que el empresario deberá dar seguridad laboral a todos sus empleados. Para colmo, cuando tiene que cerrar sus puertas, el empresario corre el riesgo de que sea declarada “empresa recuperada” y pierda toda su inversión, como ocurre en la Argentina. Al burgués se le asigna la obligación de producir y compartir sus beneficios “según su capacidad”, mientras que al trabajador se le asigna el derecho de compartir beneficios “según sus necesidades”. Como ello es imposible de cumplir, surge la propuesta de establecer el socialismo. Las empresas pasarán a manos del Estado y serán dirigidas por políticos con poca o ninguna capacidad empresarial y con pocos méritos laborales. El derrumbe económico será inevitable.

En las sociedades capitalistas y en las mercantilistas, la gente se indigna cuando se entera de algún empresario exitoso, enriquecido por sus aptitudes empresariales y su eficacia. Sin embargo, el ciudadano común poco problema se hace cuando desde el Estado se otorgan jubilaciones de privilegio a miles de políticos y ex-funcionarios, cuyos montos, en algunos casos, llegan a 52 veces el importe de una jubilación mínima, como ocurre en la Argentina. Esta es una variante socialismo en la cual no se expropian las empresas, pero se expropia gran parte de sus ganancias (vía impuestos), que va a parar al sector privilegiado.

Los movimientos totalitarios se fundamentan esencialmente en la envidia. Mientras que los socialistas establecen una discriminación social contra los sectores que logran cierto éxito empresarial, en la Alemania y en la Austria nazis, centraban su discriminación contra grupos étnicos exitosos, como es el caso de los judíos. Stefan Zweig describe a su propia familia, caracterizada por su aptitud empresarial y su capacidad de trabajo, que condujo al éxito económico y social, pero que atrajo el repudio de los sectores poco adeptos a la creatividad y la responsabilidad empresarial, como ocurre en muchos países. Al respecto escribió: “Mientras mi abuelo, como representante típico de la época anterior, sólo servía al comercio intermedio con productos manufacturados, mi padre dio resueltamente el paso hacia los tiempos nuevos, fundando a los treinta años de edad, en el norte de Bohemia, una pequeña fábrica de tejidos que con el correr de los años se convirtió poco a poco y prudentemente en una empresa respetable”.

“Esta manera cautelosa de engrandecimiento, no obstante la coyuntura seductoramente favorable, correspondía en absoluto al espíritu de la época. Coincidía, además, y de modo especial, con el carácter reservado y de ningún modo ávido de mi padre. Él había abrazado el credo de su época: Safety first; prefería poseer una empresa «sólida» -ésta era también una palabra favorita de aquellos tiempos-, mantenida con sus propias fuerzas económicas, a darle grandes dimensiones sobre la base de créditos bancarios o hipotecas”.

“El único orgullo de su vida consistía en que jamás su nombre figuraba al pie de un pagaré o de una letra y sólo quedaba registrado en el debe de su banco –que, desde luego, era el mejor fundamentado-, el banco de los Rothschild, el Kreditanstalt. Cualquier ganancia con la más leve sombra de riesgo, le repugnaba, y en todos sus años jamás participó de negocios ajenos. Si, no obstante, llegó poco a poco a ser rico, y cada vez lo fue más, no lo debió de ningún modo a especulaciones atrevidas o a operaciones que probasen una visión particularmente amplia, sino que lo debió a la adaptación al método común de aquel tiempo previsor, según el cual nunca se gastaba más que una parte modesta de los recursos, para agregar, por consiguiente, año tras año, un importe cada vez más considerable al capital”.

“Como la mayoría de los hombres de su generación, mi padre hubiera considerado como terrible disipador a quien consumiera despreocupadamente la mitad de sus entradas sin «pensar en el porvenir» -que éste era otro de los conceptos continuamente invocados en aquella era de seguridad. Gracias a esta constante retención de los beneficios, en aquella época de creciente prosperidad, en que, por otra parte, el Estado no pensaba ni remotamente en reclamar, ni aún de los réditos más importantes, sino un pequeño porcentaje en concepto de impuestos, y en que además los valores industriales y del Estado reportaban unos intereses muy crecidos, el hacerse más rico representaba para el hombre de fortuna, en rigor, nada más que un esfuerzo pasivo”.

“Y valía la pena hacerlo. Aún no se robaba, como en tiempos de la inflación, a los ahorrativos; no se engañaba a los prudentes, y precisamente los más pacientes, los que no especulaban, lograban los mejores beneficios. Gracias a esta adaptación al sistema común de su tiempo, se podía considerar a mi padre, al llegar a los cincuenta años de edad, como un hombre de mucha fortuna, aun de acuerdo al concepto internacional. Pero el modo de vivir de nuestra familia seguía muy despacio al aumento cada vez más rápido de su fortuna. Se permitía poco a poco pequeñas comodidades; nos trasladamos de una casa pequeña a otra mayor; alquilábamos durante la primavera un coche para pasear por las tardes; viajábamos en segunda clase, en coche cama; pero sólo a los cincuenta años se permitió mi padre, por primera vez, el lujo de pasar en invierno un mes en Niza, en compañía de mi madre” (De “El mundo de ayer”-Editorial Claridad-Buenos Aires 1942).

El ideólogo marxista dirá que, en realidad, la riqueza lograda por el mencionado empresario no se debió a su iniciativa personal, a su buena gestión empresarial, a su moderación, al hábito de ahorrar e invertir, a prever el futuro, a adaptarse a la libertad económica de la Austria de fines del siglo XIX e inicios del XX, sino, exclusivamente al robo que continuamente le hizo a sus empleados mediante el proceso denominado plusvalía, ya que, para Marx, el único factor que determina el valor de una mercancía es el trabajo manual requerido para su fabricación. De ahí que tal ideólogo sostiene que sería justo expropiar la empresa para que sea parte de la sociedad.

Si se expropia la empresa, se comete una injusticia porque se desconocen los méritos de su creador. Aunque tampoco serán los empleados los nuevos dueños, ya que los medios de producción serán parte del Estado, que habrá de ser dirigido por políticos marxistas, quienes dispondrán a su criterio y antojo de lo que fue realizado por gestión y trabajo ajeno. Los trabajadores serán utilizados por los ideólogos revolucionarios para realizar el traspaso de las empresas desde sus dueños a la clase dirigente que tomará el poder en nombre de esos trabajadores. Las consecuencias de esta barbarie son por todos conocidas. Sin embargo, la prédica intensiva y generalizada puede cambiar la realidad en la mayoría de las mentes individuales.

sábado, 18 de noviembre de 2017

La violencia y sus causas

Las acciones humanas dependen esencialmente de dos factores principales: herencia genética e influencia cultural. La herencia genética, de donde proviene nuestra “naturaleza humana”, es el resultado de millones de años de evolución biológica, mientras que la influencia cultural está asociada al proceso de adaptación cultural que surgió hace algunos miles de años. Mientras que la naturaleza humana está definida por un conjunto de atributos típicos, la influencia cultural presenta avances y retrocesos que impiden que el proceso adaptativo progrese en forma sostenida. Si la violencia fuera esencialmente “natural”, no habría solución posible para los conflictos humanos. En cambio, al depender de aspectos culturales, es posible alcanzar la solución esperada. Salvador E. Luria escribió respecto del lenguaje: “La experiencia personal podía ser comunicada a otros mediante la palabra oral a fin de suscitar admiración, pasar avisos o enseñar técnicas valiosas, y esta comunicación no era tal sólo horizontal, entre miembros de una generación, sino vertical, de una generación a la siguiente. Por primera vez en la historia de la vida pudo ser transmitido a la prole, para su educación, el fruto de la experiencia acumulada. Al lado de la evolución biológica –la acumulación de diferencias entre genes-, había comenzado la evolución cultural: la acumulación de experiencias e ideas en forma simbólica”.

“En la especie Homo Sapiens acababa de surgir una nueva forma de adaptación, mucho más rápida que la morosa selección natural. La inteligencia era capaz de acumular conocimiento y procurar con ello una aptitud de nuevo cuño, permitiendo así al hombre modificar su medio antes que limitarse a ser seleccionado por él. Asociado con la inapreciable evolución de la mano humana, la más primorosa y delicada de todas las herramientas, el desarrollo de la inteligencia permitió al hombre extender su especie sobre la Tierra, desde los trópicos a las regiones polares, haciendo del planeta entero su dominio” (De “La vida, experimento inacabado”-Alianza Editorial SA-Madrid 1975).

No son pocos los autores que piensan que la violencia surge de nuestra propia naturaleza humana y que la generamos individualmente, en mayor o menor cantidad, siendo a veces necesario descargarla de alguna manera, resultando inevitable que exista cierta dosis de violencia en la mayoría de nosotros. Santiago Genovés y Jacques F. Passy escribieron: “¿Es la agresividad algo biológicamente determinado o es más bien el resultado de una cada día mayor presión cultural y tecnológica a la que no sabemos cómo adaptarnos? «Algunos fisiólogos hablan de la agresión como si constituyese algo así como una batería eléctrica que una vez cargada tiene, por fuerza, que descargarse. Si bien es cierto que experimentalmente podemos producir comportamiento violento y/o antisocial en diversos animales tanto como en el hombre, la realidad es que dicho comportamiento no es más el producto de impulsos ‘innatos’que la música de una sonata para piano es ‘innata’ al piano. Posiblemente contenemos tanta agresividad como el radiorreceptor contiene la música que de él sale….». Así piensa un gran hombre de ciencia, P. H. Klopfer” (De “Comportamiento y violencia”-Editorial Diana SA-México 1976).

Por otra parte, la neurobióloga Rita Levi-Montalcini escribió: “¿Representa la perpetuación de las guerras y las matanzas, actividades funestas y exclusivas de nuestra especie, una consecuencia inevitable de una agresividad irreductible y transmitida por vía genética, como afirman los etiólogos y los sociobiólogos, que han gozado en las últimas décadas de amplio consenso? ¿O es que se trata de un resultado de factores no sólo biológicos, sino también sociales y culturales, que en nuestra especie, y sólo en ella, determinan la conducta de los individuos y de las masas?” (De “Elogio de la imperfección”-Ediciones B SA-Barcelona 1989).

Para Arthur Koestler, la agresividad del hombre depende de un “afán excesivo de trascendencia”. De ahí que, si así fuese, los conflictos se generarían por un afán desmedido de trascendencia individual. En caso de no lograrlo, produciría cierta disconformidad personal y baja autoestima, por lo que la solución habría de buscarla asociándose a grupos con diversas finalidades, incluso finalidades que no favorecen la adaptación ni la supervivencia. Al respecto escribió: “Uno de los rasgos principales de la condición humana es la necesidad perentoria de identificarse con un grupo social o un sistema de creencias que es ajeno a la razón, a los intereses del individuo e incluso al instinto de conservación…Lo cual nos lleva a la conclusión, en contraste con la opinión preponderante, de que el problema de nuestra especie no es un exceso de agresividad defensiva, sino un afán excesivo de trascendencia”.

Rita Levi-Montalcini opina al respecto: “Este afán de trascendencia, que se pone de manifiesto en la obediencia ciega y es uno de los rasgos principales del comportamiento humano, conduce a la aceptación estúpida. Estas tendencias innatas, más que el instinto agresivo como desahogo del llamado «imperativo territorial», son las responsables de la universalidad de la guerra en todas las sociedades humanas. El mismo autor afirma que «sin lenguaje no habría poesía, pero tampoco habría guerra». Con esta breve frase resume la condición unitaria del hombre. El lenguaje ha dotado al hombre del sistema más eficaz de comunicación para unir a los miembros de las tribus primitivas y, más tarde, a los de las sociedades más avanzadas, pero al mismo tiempo ha hecho que sean sumamente receptivos a los mensajes que proceden del medio circundante”.

“Es así como el lenguaje, supremo privilegio del hombre, que le ha abierto infinidad de horizontes mentales, también le arroja al abismo del oscurantismo cuando la palabra es usada por caudillos fanáticos o cínicos para incitar al odio, o cuando los símbolos provocan reacciones místicas e inhiben las facultades intelectuales del lejano descendiente del Australopithecus” (De “Tiempo de cambios”-Ediciones Península-Barcelona 2005).

El “afán desmedido de trascendencia” se materializa con el ingreso de un individuo a algún sector social o algún movimiento religioso, político o de otro tipo. A partir de ellos busca compartir su importancia y su trascendencia social. Este es el caso de los diversos nacionalismos, que por lo general constituyen una fuente segura de conflictos. Incluso algunos especialistas aducen que la motivación principal de los violadores radica en el hecho de intentar pertenecer al “selecto club de violadores”, un “prestigioso” grupo según la deformada escala de valores que orienta la vida de tales individuos.

Tanto los totalitarismos, como los diversos terrorismos, surgen esencialmente del odio masivo inducido por los ideólogos respectivos. La citada autora agrega: “En las últimas décadas del siglo pasado se han sucedido, en continuo aumento y en todos los continentes, sangrientos conflictos causados por dictadores y caudillos que recurrieron y recurren a «subterfugios momentáneos en la lucha por una hegemonía de corta duración» y fomentan el odio contra otras poblaciones señaladas como distintas o de raza inferior”.

“Un índice de la perversión del comportamiento humano se manifestó con toda su crudeza a propósito de los sucesos del 11 de septiembre de 2001. Mientras miles de personas sucumbían bajo toneladas de escombros de las Torres Gemelas en llamas, en otras partes del planeta los desheredados de la Tierra celebraban esta victoria. ¿Victoria o venganza contra los pueblos de Occidente, a quienes se consideraba culpables de la miseria que asola a los países del Sur?”.

“El regocijo de los desheredados de la Tierra se debía a que, a través de la acción terrorista, se había infligido un duro golpe a quienes consideraban responsables de sus sufrimientos, y por eso estaban ingenuamente convencidos de que la hegemonía terrorista traería el anhelado bienestar. La motivación de los terroristas es diferente. Para ellos, los pueblos de Occidente representan una cultura diametralmente opuesta a sus ideologías”.

El antídoto contra el veneno psicológico al que está expuesto el individuo común, consiste en la adopción de un individualismo que lo lleve a sentirse un ciudadano del mundo, renunciando a ser parte de subgrupos con intereses sectoriales y, sobre todo, dejando de ser obedientes incondicionales a los líderes de esos subgrupos de la sociedad. Tanto el marxismo, como algunos grupos islámicos, por ser ideologías incompatibles con la cultura occidental, son los principales promotores del odio y de la violencia destructiva. Sus adeptos, o victimas ideológicas, son quienes mayoritariamente festejaron, y festejan todavía, los diversos atentados terroristas contra personas comunes. La citada autora agrega: “En el siglo XXI irrumpen síndromes letales como el sida, el ébola y una epidemia quizá más mortífera, que se ha llamado «martiriomanía». Este nuevo síndrome difiere de los anteriores en el hecho de que no lo causa un agente externo –virus, bacterias o parásitos-, que podría ser neutralizado con vacunación o terapia farmacológica. Consiste en la devoción total y obediencia ciega a una causa o una ideología con la que se compromete el individuo, jurando cometer el acto suicida y homicida”. “La «martiriomanía» no se propaga por contacto, sino por un sistema de comunicación oral, el lenguaje, que predispone a millones de individuos a padecer privaciones, sufrimientos y la muerte en nombre de la ideología proclamada”.

“Este siniestro comportamiento de algunas personas, sobre todo jóvenes, se puede atajar, pues el hombre es un primate inteligente y su acción obedece no sólo a un rígido programa genético, sino también a su experiencia y capacidad cognitiva que en él alcanza el máximo desarrollo”. “Para ello la estrategia debe ser similar a la del terrorismo, que consiste en el reclutamiento de jóvenes, pero con fines diametralmente opuestos”.

La violencia social tiende a incrementarse cuando se la promueve desde los propios sectores estatales. Así, desde gran parte del sector judicial se afirma que la violencia urbana resulta “una justa venganza contra una sociedad que excluyó previamente al delincuente”. Se considera al terrorista como “joven idealista”, mientras el Estado indemniza a los familiares del terrorista caído como consecuencia de sus andanzas violentas, mientras que nunca se interesa por las víctimas de esa violencia.

La “gran idea”, promotora de la violencia sin fin, es la que aduce que los pobres carecen totalmente de defectos y que, por lo tanto no deben cambiar ni mejorar en lo más mínimo, mientras que los sectores productivos, por el contrario, carecen totalmente de virtudes, y sólo generan desigualdad social, siendo tal desigualdad la que finalmente promueve la violencia. Una vez instalada esta creencia, no hace falta que alguien dirija la rebelión armada de pobres contra ricos, sino que tal rebelión se ha de dar en forma espontánea, con distintos niveles de violencia, según la habilidad para convencer a las masas que tenga el ideólogo marxista o el sacerdote tercermundista.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Parusía

El acontecimiento más importante, en toda la historia de la humanidad (en caso de producirse), será el cumplimiento de la profecía del propio Cristo acerca de su Segunda Venida, o Parusía; palabra que significa “presencia”. En la actualidad, con conflictos de todo tipo, pareciera que tal acontecimiento implica la única opción para comenzar una nueva etapa de la humanidad. Tal etapa requiere de un mejoramiento ético e intelectual generalizado, que deberá involucrar a todo ser humano. Giovanni Papini escribió: “¿Cuándo volverá el Hijo del Hombre, sobre la nube, precedido por las tinieblas, anunciado por las clarinadas evangélicas? Nadie, declara Jesús, puede anunciar el día de su venida. El Hijo del Hombre es comparado a un relámpago que, repentinamente, cruza el cielo de oriente a occidente; a un ladrón que viene a escondidas, de noche; a un patrón que se ha ido lejos y regresa inesperadamente y sorprende a sus criados. Hay, pues, que vigilar y estar preparados. Purificaos, porque ignoráis cómo llega y ¡ay de quien no sea digno de presentársele! «Mirad por vosotros, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y de embriaguez y de los afanes de esta vida, y se os eche encima de repente aquel día como un lazo: porque de esta manera vendrá sobre los habitantes de la Tierra entera» (Luc. 21.34.35)”.

Siendo la religión una cuestión ética, tenderá en el futuro a identificarse con la psicología y con las ciencias sociales. De ahí que, nos imaginamos, tal profecía ha de ser cumplida por alguien capaz de sintetizar eficazmente toda la información disponible sobre cuestiones éticas para hacerla accesible a la mayor parte de los seres humanos. Para lograr tal objetivo, esa síntesis deberá atraer la atención de numerosos lectores y divulgadores, constituyendo esencialmente una parte de las ciencias sociales.

Cuando aparezca el hábil sintetizador, deberá disponer previamente de material suficiente para establecer una ideología de adaptación al orden natural que resulte convincente y capaz de impulsar sentimientos y acciones para conformar los cimientos de una Segunda Era Cristiana y el establecimiento definitivo del Reino de Dios.

Tal Reino implica una adhesión masiva al cumplimiento del “Amarás al prójimo como a ti mismo”; considerado bajo el proceso natural de la empatía, por lo que significa intentar compartir las penas y las alegrías de quienes nos rodean como si fuesen propias. Si bien en la Biblia se dice que el cumplimiento de la profecía es cercano, podría ocurrir en un año, en cien o en mil. Debido a que el avance del conocimiento científico se ha acelerado en los últimos decenios, es posible que las condiciones actuales sean favorables para que se produzca en una época cercana. Papini agrega: “Pero si Jesús no anuncia el día, nos dice las cosas que han de acontecer antes de aquel día. Dos son estas cosas: que el Evangelio del Reino sea predicado a todos los pueblos y que los Gentiles no hollen más el suelo de Jerusalén. Estas dos condiciones se han cumplido en nuestros tiempos y, acaso, el gran día se aproxima. Ya no hay más en el mundo nación civilizada o tribu bárbara donde los descendientes de los Apóstoles no hayan predicado el Evangelio. Desde 1918 los turcos no mandan más en Jerusalén y se habla de una verdadera resurrección del antiguo Estado judío. Cuando, según las palabras de Oseas, los hijos de Israel, privados por tanto tiempo del rey y del altar, se conviertan al Hijo de David y vuelvan, temblando a la bondad del Señor, el fin de los tiempos está próximo”.

“Si las palabras de la segunda profecía de Jesús son verídicas como se han demostrado verídicas las palabras de la primera, la Parusía no debería estar lejos. Una vez más, en estos años, las naciones se han movido contra las naciones y la Tierra ha temblado haciendo estragos de vidas, y las pestes y carestías y las convulsiones han diezmado a los pueblos. Las palabras de Cristo, de un siglo a esta parte, son traducidas y predicadas en todas las lenguas. Soldados que creen en Cristo, aunque no todos fieles a los herederos de Pedro [se refiere a los británicos anglicanos], mandan en aquella ciudad que, después de su ruina, estuvo a merced de romanos, de persas, de árabes, de egipcios y de turcos” (De “Historia de Cristo”-Ediciones del Peregrino-Rosario 1984).

Si bien la Biblia utiliza analogías y simbolismos, se debe tratar de comprender su significado tomando como referencia el mundo real y las leyes naturales que lo rigen. Cuando se escribe, en la profecía apocalíptica, acerca del “fin de los tiempos”, implica el fin de una época mala (como fue el siglo XX con las grandes guerras y los totalitarismos) para dar inicio a una etapa mucho mejor. Los “castigos divinos” que aparecen en la Biblia, como las catástrofes mencionadas, son en realidad obra y decisión exclusivamente humana. “Pero los hombres no recuerdan a Jesús y su promesa. Viven como si el mundo tuviera que durar como hasta aquí, y no se muestran afanosos sino por sus intereses terrenales y carnales. «En efecto, dice Jesús, como en los días antes del diluvio estaban los hombres, comiendo y bebiendo y tomando maridos y mujeres, hasta el mismo día en que entró Noe en el arca, y no conocieron el diluvio hasta que vino y se llevó a todos; así será la venida del Hijo del Hombre. Así también en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y hacían casas. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los mató a todos. Lo mismo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre»”.

Si ha de acontecer la Parusía, habrá de estar asociada a grandes cambios en la religión, o en la forma en que ha sido interpretada con preponderancia. Quienes creen que sólo habrá cambios leves, o simplemente burocráticos, en cierta forma niegan tal posible suceso ya que suponen que la actual decadencia religiosa ha de revertirse con pequeños cambios. Recordemos que toda propuesta debe tener validez para todos los hombres, incluso para los adeptos de otras religiones.

Si existe un solo Dios, o un solo orden natural, necesariamente deberá existir una sola religión, cuyos contenidos no han de diferir demasiado de los de las ciencias sociales (en aquellos aspectos verificados). De ahí que el cambio principal posiblemente sea el de la interpretación del cristianismo como una religión natural, que surge del hombre y no de Dios. Toda supuesta intervención de Dios en los acontecimientos humanos, excepto el de establecer las leyes que rigen todo lo existente, conduce necesariamente a contradicciones lógicas y abre la posibilidad al ingreso de todo tipo de formas paganas. George Santayana escribió: “Si Dios se ajustase a la moral humana, ¿podría ser bueno? Si estuviera obligado, por ejemplo, a obrar en toda ocasión como el buen samaritano, ningún hombre ni animal alguno sufriría jamás desgracia ninguna, con lo que quedaría abolido totalmente el orden de la Naturaleza y las presuposiciones de la moral humana, al abolir así al mundo bajo la presión de su supuesta conciencia humana, Dios aboliría sus propias funciones de creador, gobernador y padre, dejando de ser, por tanto, el objeto ideal de la religión” (De “La idea de Cristo en los Evangelios”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1966).

Entre los autores que se aventuran a suponer los cambios que vendrán, encontramos a Roger Hasseveldt, quien escribió: “Elementos que cambiarán: a) No existirá más la actual jerarquía de gobierno: papa, obispos, sacerdotes. Esta jerarquía será reemplazada por la igualdad de los hijos de Dios. O más bien, esta jerarquía será reemplazada por otra jerarquía, la de la santidad. Por lo mismo, ya no habrá leyes, ni obediencia a las mismas. b) No habrá más Sacramentos, ya que la vida divina estará definitivamente en el interior de los elegidos. c) La Fe desaparecerá para hacer lugar a la Visión de Dios. d) La Esperanza, igualmente, cederá su sitio a la Posesión de Dios. e) La mezcla actual de Buenos y Malos en la Iglesia de la Tierra se terminará, por la separación definitiva de Malos y Buenos. f) Igualmente, el pecado y la muerte habrán definitivamente desaparecido para los elegidos resucitados…” (De “El misterio de la Iglesia”-Educaciion y Vida-Buenos Aires 1964).

El citado autor llega a algunas conclusiones sosteniendo una continuidad de la religión teísta o revelada. De ahí que, al hacer una interpretación textual de la profecía, admite la posibilidad de una resurrección generalizada de los muertos, proceso que va en contra de las leyes naturales conocidas. Seguramente que tal resurrección ha de ser espiritual, y será para quienes han “muerto por el pecado” y necesitan “nacer de nuevo”.

La Segunda Venida ha de estar asociada al Juicio Final, es decir, a una descripción del hombre y de la sociedad de tipo axiomático, que constituirá un umbral de conocimientos que marcará una etapa similar a la establecida en la física con la aparición de la mecánica de Isaac Newton. Este ha de ser el requisito principal, ya que no sólo deberá promover una mejora ética generalizada sino también deberá producir una mejora en el nivel intelectual de la mayoría de las personas. Toda descripción o teoría de las ciencias sociales que no cumpla con estos requisitos, aún cuando sea en gran parte válida, constituirá un aporte a tener presente para una futura síntesis.

Quien finalmente logre encuadrarse dentro de los requisitos de la profecía, posiblemente ha de ser una persona éticamente normal, antes que excepcional, ya que deberá sugerir normas de convivencia adecuadas para personas normales, con virtudes y defectos. Es oportuno mencionar el caso de Adam Smith, quien da la impresión de no haber sentido ni conocido el odio, ya que en su “Tratado de los sentimientos morales” sólo describe el amor y el egoísmo; de ahí que su descripción sea incompleta.

La excepcionalidad, como se dijo, no ha de ser ética, sino esencialmente intelectual, ya que se deberá establecer una descripción que en forma convincente dé respuestas concretas a las opciones capitalismo-socialismo, democracia-totalitarismo, deísmo-teísmo, etc. Este objetivo habrá de lograrse, además, cuando la forma en que se exprese sea lo suficientemente clara y atractiva para el lector, que puede ser cualquier persona con una formación humanística no especializada. Así, aun cuando Baruch de Spinoza haya cumplido gran parte de tales requisitos, y aun cuando tuviese la hipotética posibilidad de escribir en la actualidad acerca de temas y problemas inexistentes en su época, su obra presenta una enorme dificultad para su comprensión por parte del lector no especializado y aun para el especialista.

Cada intento realizado para modificar la religión tradicional, será observado y considerado como una herejía. Sin embargo, la religión, con su estructura actual, resulta completamente ineficaz. Todo cambio o innovación podrá ser benéfico o perjudicial, pero proponer una continuidad de lo existente implica prolongar el sufrimiento de un gran sector de la humanidad. El intelectual debe intentar hacer todo lo posible para mejorar el mundo en que vive. Con ello logrará, al menos, tener la conciencia tranquila al haber hecho todo lo que estaba a su alcance.