miércoles, 23 de agosto de 2017

Crisis de la sociedad ¿o del hombre?

Cuando una sociedad entra en crisis, se advierte que nada escapa a esa condición, como en el caso de la política, la economía, la cultura, la ciencia, el deporte, la educación, etc. Ya que todos estos ámbitos se sustentan en individuos, y están todos en crisis, se llega a la conclusión de que los defectos individuales predominan sobre las virtudes; es decir, predominan las actitudes competitivas y negligentes sobre aquellas de tipo cooperativas.

Como toda enfermedad, la enfermedad social está provista de defensas que se oponen a los remedios que pretenden desterrarla. La principal defensa implica el encubrimiento que proviene de gran parte de los intelectuales, quienes tienden a ignorar los defectos individuales ya que por lo general piensan en base a grupos sociales como entidades independientes de los individuos que los componen. De ahí que asocian las crisis a los defectos (que también existen) de los diversos sistemas organizativos sugiriendo cambiarlos por otros mejores, sin apenas promover en los individuos un cambio en sus conductas.

Distinguiendo entre los filósofos sociales que profundizan acerca de las causas de las crisis y los sociólogos que repiten lo que se pone de moda, o que adoptan lo que mejor entienden, Pitirim A. Sorokin escribe: “Cualesquiera que sean sus errores, esta escuela no elude los problemas verdaderamente cruciales. Por esta razón, aun sus errores tienen que ser igualmente más fructíferos que las trivialidades correctas o las perogrulladas penosamente exactas de la gran mayoría de los «investigadores» precisos de las disciplinas sociales y humanistas de hoy” (De “Las filosofías sociales de nuestra época de crisis”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1954).

La sociedad en crisis se defiende de las críticas adversas descalificando a quienes repiten sugerencias morales aplicadas en el pasado aduciendo su falta de originalidad, por cuanto niegan que lo que funciona bien en una época puede muy bien servir para otras épocas. Eduardo A. Valdovinos escribió: “No tengo pretensiones de originalidad. El afán de originalidad depara mucho mal a la ciencia y al arte porque impele a desdeñar las más simples evidencias. Pero es preferible repetir una vieja verdad olvidada que inventar una teoría para halago personal. De todas maneras, la frivolidad de la vida moderna demuestra cabalmente que las voces vertidas no han resultado suficientes para apartar al hombre del mal camino y, siendo así, la continuidad de la prédica no resulta excesiva. Compréndase que con tales razones no persigo eludir responsabilidades por mis ideas personales escudándolas en las de mis predecesores, pues aquéllas y éstas, íntimamente entrelazadas, conforman el campo de mis convicciones sin distinción alguna” (De “La crisis moral”-Editorial Troquel SA-Buenos Aires 1965).

Expresiones tales como “todos somos pecadores”, tienden a justificar los defectos personales que, agregados unos a otros, derivan luego en las crisis sociales y en la “caída de las civilizaciones”. Es evidente que todos tenemos defectos, aunque existen dos actitudes distinguibles, que pueden observarse cotidianamente en los conductores de automóviles. En un caso tenemos al individuo cauteloso y responsable que se esfuerza por no cometer errores, aunque alguna vez, a pesar suyo, los ha de cometer. En el otro caso tenemos al conductor irresponsable y temerario que pone en riesgo su propia vida, y la de los demás, jactándose incluso de su actitud. Los dos cometen errores, pero el primero actúa en forma civilizada no así el segundo. Valdovinos agrega: “Estamos acostumbrados a oír que errar es humano y que nadie es perfecto; consecuentemente, nos hemos hecho a la idea de que nuestro perfeccionamiento moral encuentra una valla en la viciosa conformación humana. No nos detenemos a pensar hasta qué punto nuestras claudicaciones son producto de errores que pudimos evitar; es más fácil atribuirlas a la imposición de un determinismo ineluctable. Existe una cobarde resignación frente a los desaciertos habituales y una estólida pretensión de justificarlos racionalmente”.

El relativismo cultural actúa como un camuflaje de la crisis moral por cuanto establece que todas las culturas son igualmente legítimas y respetables, por lo cual, toda sociedad en decadencia moral no es más que otra sociedad distinta a la que antes fue, por lo cual se disolvería la crisis supuesta.

El mayor escollo para salir de una crisis la constituye el relativismo moral, que descarta la existencia de una moral objetiva válida para todos los tiempos y para todos los pueblos. Sus defensores advierten que en un mismo pueblo, la escala de valores adoptada cambia con las épocas, lo cual es cierto, pero no advierten que las consecuencias de esos cambios también cambian. De ahí que pueda afirmarse que las mismas actitudes producen los mismos efectos, en forma independiente del lugar y de la época, por lo cual el relativismo moral sólo sirve para desorientar a todo individuo impidiéndole realizar esfuerzos para lograr el bien y evitar el mal. Para colmo se acepta también la validez del relativismo cognitivo, por el cual no existiría una verdad común a todos los hombres. Esta desorientación constituye el principal síntoma mostrado por los individuos que componen una sociedad en crisis. Alexander Solyenitzin escribió: “El comunismo nunca ocultó su negación de los conceptos morales absolutos. Se mofa de las nociones de bien y mal como categorías absolutas. Considera la moralidad como un fenómeno relativo a la clase. Según las circunstancias y el ambiente político, cualquier acción, incluyendo el asesinato de millares de seres humanos, puede ser mala como puede ser buena. Depende de la ideología de clase que lo alimente”.

“El comunismo ha progresado. Logró contagiar a todo el mundo con esta noción del bien y del mal. Ahora no sólo los comunistas están convencidos de esto. En una sociedad progresista se considera inconveniente usar seriamente las palabras bien y mal. El comunismo supo inculcarnos a todos la idea de que tales nociones son anticuadas y ridículas. Pero si nos quitan la noción de bien y mal, ¿qué nos queda? Nos quedan sólo las combinaciones vitales. Descendemos al mundo animal. Y por esto, la teoría y la práctica del comunismo son absolutamente inhumanas” (De “En la lucha por la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1976).

El predominio del relativismo moral lleva a la sociedad al reino del “todo vale”, a un egoísmo cínico, ilimitado y grotesco, ya que todo individuo tiende a orientarse por el principio del placer. Se dejan de lado los valores morales (o afectivos) y también los intelectuales. Aparece así el hombre mutilado por propia decisión. Apunta a las satisfacciones que deleitan al cuerpo y a los sentidos dejando de lado los aspectos afectivos y mentales. El ser humano mutilado espiritualmente, deja de ser un alma y una mente sustentadas por un cuerpo, sino un cuerpo que adicionalmente trae incorporados algunos procesos empáticos e intelectuales a los que poco uso les da.

Además de las defensas que la sociedad mantiene para continuar su situación de crisis, aparecen las ideologías que tratan de estimularla, como algunas surgidas en el ámbito de la política y la religión. Las principales están asociadas a los totalitarismos, como el político (marxismo) y el teocrático (islamismo). Mientras que el marxismo pretende introducirse por métodos democráticos promoviendo el odio entre sectores sociales, el islamismo hace otro tanto promoviendo el odio hacia quienes profesan otras religiones, como acontece en Europa.

El creyente musulmán no trata de adaptarse a las leyes y costumbres de los pueblos a donde va, ni tampoco trata de mantenerse en su lugar de origen por cuanto tiene ambiciones expansionistas. Por ello presiona a los pueblos originarios a adoptar su propio estilo de vida. La periodista Oriana Fallaci escribió: “En este planeta nadie defiende su identidad y se niega a integrarse tanto como los musulmanes. Nadie. Porque Mahoma prohíbe la integración. La castiga. Si no lo sabe, échele un vistazo al Corán. Que le trascriban las suras que la prohíben, que la castigan. Mientras tanto le reproduzco un par de ellas. Ésta, por ejemplo: «Alá no permite a sus fieles hacer amistad con los infieles. La amistad produce afecto, atracción espiritual. Inclina hacia la moral y el modo de vivir de los infieles, y las ideas de los infieles son contrarias a la Sharia. Conducen a la pérdida de la independencia, de la hegemonía, su meta es superarnos. Y el Islam supera. No se deja superar». O esta otra: «No seáis débiles con el enemigo. No le ofrezcáis la paz. Especialmente mientras tengáis la superioridad. Matad a los infieles dondequiera que se encuentren. Asediadlos, combatidlos con todo tipo de trampas». En otras palabras, según el Corán tenemos que ser nosotros los que nos integremos. Nosotros los que aceptemos sus leyes, sus costumbres, su maldita Sharia [moral islámica]” (De “La Fuerza de la Razón”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2004).

Una posible solución a la crisis individual y social implica la orientación hacia una adaptación al orden natural acatando sus principios subyacentes, que conforman su espíritu, que no difiere esencialmente de la voluntad de Dios invocada por las diversas religiones. El hombre en crisis parece ignorar la principal referencia de su vida: Dios, en su versión de Dios personal o como materialización de las leyes naturales que rigen todo lo existente.

Víktor Frankl afirmaba que el principal problema que aflige al hombre actual es la carencia de un sentido de la vida. La desorientación que proviene de esa ausencia puede llevar al individuo al suicidio. Al respecto escribió: “Las estadísticas han demostrado que, entre los estudiantes americanos, el suicidio ocupa –a renglón seguido de los accidentes de tráfico- el segundo lugar entre las causas más frecuentes de defunciones. El número de intentos de suicidio (no seguidos de la muerte) es quince veces más elevado”.

“Me presentaron una notable estadística, referida a 60 estudiantes de la Idaho State University, en la que se les preguntaba con gran minuciosidad por el motivo que les había empujado al intento de suicidio. De ella se desprende que el 85 % de los encuestados no veían ya ningún sentido en sus vidas. Lo curioso es que el 93 % gozaba de excelente salud física y psíquica, tenían buena situación económica, se entendían perfectamente con su familia y estaban satisfechos de sus progresos en los estudios” (De “Ante el vacío existencial”-Editorial Herder SA-Barcelona 1986).

Mientras en el pasado todo individuo encontraba en la religión una guía moral adecuada y, principalmente, un sentido de la vida, el hombre actual, poco adepto a la religión, no encontró su reemplazo y ahí, posiblemente, radique la causa primera de toda crisis y el principio de su solución. También la religión está en crisis, por lo que el primer paso para una mejora ética generalizada ha de provenir de una renovación religiosa que, por el momento, sólo se vislumbra en las profecías bíblicas de cumplimiento futuro.

lunes, 21 de agosto de 2017

Modelo de hombre vs. Modelo de sociedad

Cuando una sociedad entra en crisis, surgen diversas opiniones respecto a una posible solución. Mientras que unos piensan en el individuo ideal que debemos adoptar como meta, otros piensan en una sociedad ideal como objetivo al que deberíamos llegar en el futuro. Como ejemplo de la primera postura se tiene al cristianismo, mientras que, como ejemplo de la segunda, puede mencionarse al marxismo. Así, el hombre nuevo cristiano es el hombre cooperativo que comparte las penas y las alegrías de los demás como propias, mientras que el hombre nuevo soviético es el que se adapta al lema “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”.

El hombre nuevo propuesto por Cristo es el que genera una sociedad denominada simbólicamente como el Reino de Dios, de la cual no existe una descripción precisa por cuanto se trata del efecto que se produce luego de que la mayoría de los hombres acata los mandamientos bíblicos. Por el contrario, el hombre nuevo soviético es el que ha de surgir luego de establecer el socialismo; sociedad caracterizada por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Manuel García Pelayo escribió: “Las concepciones políticas operaban con arreglo a un sistema de pensamiento que podemos llamar arquetípico, es decir, que partía del supuesto de que hay un modelo permanente de las cosas bajo cuya pauta habían de ser comprendidas y organizadas de modo que la misión del hombre no consistía en inventar nuevas formas, sino en descubrir el sentido del modelo y en tratar de realizarlo”.

“Junto a esta concepción cósmica del Reino de Dios está la del pueblo hebreo como una comunidad político religiosa gobernada por Dios mismo. El hombre ha tratado siempre de eludir, de neutralizar o de sublimar el hecho terrible y radical de estar sometido a otro hombre. Y la primera de las soluciones ofrecidas ha sido la teocracia: ningún hombre mandará sobre otro, pues su dignidad y libertad sólo permite la sumisión al señorío de Dios” (De “El Reino de Dios, arquetipo político”-Revista de Occidente-Madrid 1959).

Cada ser humano se une a los demás a través de un vínculo, siendo el vínculo algo que une y algo que se comparte. Si no existe ese vínculo, no existe sociedad, sino un simple agrupamiento de seres humanos. Mientras que la sociedad propuesta por el cristianismo adopta a los afectos como vínculo interpersonal, el socialismo propone para ese fin a los medios de producción. En la sociedad cristiana se busca que cada ser humano sea tratado como un integrante de su propia familia, mientras que en el socialismo cada ser humano ha de ser un socio con quien se han de realizar diversos trabajos.

Mientras que el cristianismo dirige sus prédicas a cada individuo, para producir una mejora ética generalizada, el socialismo posterga la supuesta mejora ética para después de logrado el socialismo, ya que antes debe colaborar con la destrucción de la sociedad existente. De ahí que Lenín expresara: “Moral es lo que favorece el advenimiento del socialismo; inmoral lo contrario”.

El cristianismo propone una sociedad que adopta como vínculo de unión entre los hombres a un proceso natural como la empatía. El marxismo, en cambio, propone un vínculo material: el trabajo, si bien también puede considerarse como natural ya que es el utilizado por las hormigas y las abejas, siendo éste el precio que se paga por tratar de establecer una “sociedad humana” sin apenas contemplar los atributos propios del hombre, siendo éste quien deberá “transformarse” para adaptarse al socialismo. Si el sufrimiento implica una desadaptación al orden natural, el socialismo es el medio adecuado para ese logro negativo.

Entre las herejías consideradas por el socialismo se encuentra el simple hecho de trabajar por cuenta propia y tener ambiciones individuales, ya que de esa forma se “destruye” el vínculo de unión propuesto. Al desconocer el vínculo afectivo que une a las sociedades verdaderamente humanas, se sacrifica la libertad personal y se limita la efectividad de la economía. La búsqueda de ganancias y la acumulación de capital productivo (ahorro) son miradas también como un grave pecado antisocial.

Para establecer una economía estatal centralmente planificada, el gobierno autoritario socialista requiere de la obediencia incondicional de todos los miembros de la sociedad, de lo contrario la planificación pierde su eficacia. De ahí que la promovida “igualdad” entre los hombres sea una consecuencia directa del lugar subalterno que ocupa la mayoría. En este caso puede hacerse una analogía con una colmena: la abeja reina (el Partido Comunista) produce los huevos, que son cuidados por las abejas obreras (la clase trabajadora) quienes también producen los alimentos. Los zánganos (la burocracia estatal) fecundan a la reina y luego mueren por cuanto no saben alimentarse por sus propios medios.

La diferencia entre los modelos propuestos involucra a la elección del tipo de gobierno que se ejercerá sobre todo individuo. La forma elemental de gobierno del hombre sobre el hombre puede simbolizarse así: H1 => H. En donde H1 es el “gobernante” de H. Se advierte, como primera conclusión, que se establece un vínculo no igualitario. Este gobierno tiende a mejorar si se lo reemplaza por leyes humanas establecidas previamente: LH => H. Sin embargo, si tales leyes poco o nada tienen en cuenta a la ley natural, no existe una mejora perceptible. Recordemos que bajo el régimen nazi era el propio Hitler quien dictaba o decidía las leyes del Estado. De ahí que las formas anteriores se adaptan a un sistema totalitario.

Los sistemas monárquicos, por otra parte, podían simbolizarse de la siguiente forma: D => H1 => H. En este caso, el monarca H1 debía responder por sus actos a Dios (D), mientras que, como su cargo provenía de Dios, podía adoptar decisiones irrevocables respecto de los demás hombres. Como las interpretaciones de la voluntad de Dios eran subjetivas, tal teocracia indirecta tenía serias limitaciones.

Un paso adelante se logra con el liberalismo, y la democracia, cuya propuesta puede simbolizarse así: LN => LH => H, en donde, en lugar de suponer un Dios que interviene en los acontecimientos humanos, se adopta como referencia la ley natural (LN). Para permitir la libertad del hombre respecto de sus semejantes, se busca un gobierno a través de las leyes humanas (LH), siempre y cuando éstas sean compatibles con la ley natural. De lo contrario se podría caer en los excesos de los diversos totalitarismos.

Finalmente, suponiendo una mejora para el futuro, se ha de llegar a una teocracia directa, en la cual el hombre será gobernado por la ley natural, que ha sido explicitada en una forma accesible para todos. Esta vez el símbolo será: LN => H. En donde todo individuo, al intentar adoptar una actitud cooperativa, se orienta por la ley natural (LN) pudiendo liberarse de la influencia perturbadora de otros hombres. Es oportuno mencionar que el autogobierno personal es equivalente al gobierno de Dios sobre su persona, por cuanto se trata de una decisión consciente y voluntaria. Puede hacerse un resumen de estas posibilidades:

H1 => H, LH => H Totalitarismos
D => H1 => H Monarquías (teocracias indirectas)
LN => LH => H Liberalismo (democracia)
LN => H Autogobierno (teocracia directa)

Mientras que los modelos de sociedad propuestos tienden a ser legitimados por la sociología, aun cuando sean establecidos con total ignorancia de las leyes psicológicas que gobiernan las acciones humanas, los modelos de hombre tienden a ser legitimados por la psicología social, que es la rama de la ciencia social que se ocupa preferentemente de las actitudes. Más aún, es posible decir que la labor del científico social se reduce a describir las actitudes básicas del hombre para elegir finalmente la que nos orienta hacia la cooperación.

La actitud, definida como una relación entre respuesta y estímulo, caracteriza a cada individuo y es el vínculo concreto que existe entre individuo y sociedad. Es posible describir las diversas actitudes, en base a una desigual proporción entre individuos, de las cuatro actitudes básicas que cubren todas las respuestas afectivas posibles. Así, supongamos que alguien sufre un accidente: alguien compartirá ese dolor (amor), alguien se alegrará (odio), otro será indiferente (egoísmo) mientras que a otro nada le interesa (negligencia). Estas actitudes básicas responden a las dos tendencias principales que orientan nuestras acciones: cooperación y competencia. Eligiendo a la primera, se elige la tendencia cooperativa, el autogobierno y la teocracia directa antes mencionada.

Todo parece indicar que las preferencias de la gente se orientan hacia las sociedades que más se acercan al predominio del autogobierno, tal es así que la gente huye (cuando puede) de los regímenes socialistas tratando de refugiarse en los países capitalistas. Incluso los políticos socialistas que buscan refugio en el exterior, casi nunca eligen a Cuba, sino a los EEUU. En cuanto a la mentalidad imperante en las primeras etapas de este último país, Adolf A. Berle escribió: “Se aceptaba perfectamente la idea de que el sirviente honrado debía ser bien pagado y salir de su condición de servidor para elevarse a la de empresario rico. Que el comerciante acumulara una fortuna, está perfectamente de acuerdo con la teoría de que el trabajador era digno de su sueldo, y de que el Señor velaría por la fortuna de sus fieles servidores”.

“Naturalmente, el hecho de hacer dinero no significaba necesariamente que el interesado hubiera sido un verdadero servidor del Señor, pues también el diablo podía ayudar; pero a su debido tiempo los inescrutables procesos de la justicia divina se encargarían de dilucidarlo. Prima facie, la prosperidad debida a la actividad económica, no se consideraba como prueba de culpabilidad. Por el contrario, demostraba más bien que el Señor destinaba a los afortunados a mayores empresas y a más altos servicios”.

“Esto no significaba, sin embargo, que el afortunado, una vez recibida su recompensa, pudiera obrar a su capricho. Por el contrario, cuanto mayor fuera la recompensa, tanto mayor era la obligación. En el acto mismo de recibirse la recompensa por la virtud, era convocado al mayor servicio del más grande ideal, esto es, al servicio de la comunidad con arreglo al sistema de valores a la sazón dominante. La ética protestante no socializaba en lo más mínimo la producción, pero imponía servicios al ingreso y utilidades de una manera raras veces igualada en la historia”.

“Sin duda, no existía una obligación directa en cuanto a lo que había de hacerse con la abundancia derivada de un buen salario o de elevadas utilidades. El principio general era: «Amarás al prójimo como a ti mismo»; y el derecho y los profetas insistían en este corolario del Primer Mandamiento. Era incumbencia de los adeptos del sistema de ética el buscar las circunstancias y la forma en que había de manifestarse ese amor impersonal y altruista” (De “La República económica norteamericana”-Tipográfica Editora Argentina-Buenos Aires 1968).

sábado, 19 de agosto de 2017

Religión de la creencia vs. Religión de la evidencia

A la religión tradicional podemos denominarla como la “religión de la creencia”, ya que proclama que la verdad ha sido confiada por el Creador a algunos elegidos que tienen como misión orientar al resto de los hombres con la sabiduría que de Él proviene. Ese resto deberá abstenerse de indagar por su propia cuenta acerca de esa verdad, por cuanto puede contradecirla, debiendo acatarla bajo el riesgo de un posible castigo eterno en caso de no hacerlo.

La religión de la creencia, o de la fe, tiene varios inconvenientes por cuanto siempre aparecen individuos que aducen ser los “verdaderos” elegidos, por lo cual no existe un criterio, inherente a este tipo de religión, capaz de permitirnos adoptar a uno y rechazar al resto, porque todos dicen cosas similares. Este es un caso análogo al de los políticos, que pronuncian palabras semejantes, pero, mientras unos dicen la verdad, los otros mienten. Sin embargo, mirando lo que hacen los gobernantes, podremos finalmente advertir si dijeron o no la verdad (aunque a veces lo sepamos demasiado tarde), mientras que en el caso de la religión resulta casi imposible advertir la veracidad o la falsedad de las promesas realizadas, especialmente cuando se trata acerca de promesas de ultratumba, no así en el caso de las normas éticas sugeridas.

En nuestra época, el nivel de conocimientos aportado por la ciencia experimental nos permite afirmar, con pocas dudas, que todo lo existente está regido por leyes naturales, y que estas leyes son accesibles, en principio, a la indagación científica. Desde las diminutas partículas fundamentales, hasta los pequeños organismos y el propio ser humano, todo está regido por leyes naturales invariantes. Esta invariancia en el tiempo y el espacio puede advertirse cuando se extrapolan hacia el pasado y hacia lo muy lejano, las leyes de la física, comprobándose que mantienen su validez.

Ello implica que las leyes naturales (como vínculos invariantes entre causas y efectos) constituyen una instancia superior respecto de la cual debe toda religión ser compatible. Aun cuando pueda decirse que la religión tradicional “sólo es verificable en el más allá”, debe tenerse presente que el camino hacia ese “más allá” implica el cumplimiento de mandamientos en el “más acá”. En el caso del cristianismo, los efectos del cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo son verificables observando el grado de felicidad logrado.

Al constituir dicho mandamiento una adaptación del hombre a la elemental ley psicológica de la empatía, se observa que resulta compatible con la instancia superior antes considerada. Por ello Cristo indicaba que “por sus frutos los conoceréis”, como criterio para distinguir entre verdaderos y falsos profetas, es decir, el profeta verdadero tiene en cuenta las leyes naturales mientras que el falso profeta no las tiene en cuenta. Jaime Balmes escribió: “Aquí no hay [término] medio: o la religión procede de una revelación primitiva, o de una inspiración de la naturaleza: en uno u otro caso hallamos su origen divino: si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha escrito la religión en el fondo de nuestra alma. Es indudable que la religión no puede ser invención humana, y que, a pesar de la desfigurada y adulterada que la vemos en diferentes tiempos y países, se descubre en el fondo del corazón humano un sentimiento descendido de lo alto: a través de las monstruosidades que nos presenta la historia, columbramos la huella de una revelación primitiva” (De “El criterio”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952)

Muchos predicadores cristianos parecen ignorar la simplicidad de la empatía, la cual nos permite compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. Tal fenómeno psicológico, simple e inmediato, no requiere de una revelación directa desde Dios hacia un enviado. De ahí que, para darle un justificativo al proceso de la revelación, los predicadores aducen que el amor al prójimo implica un proceso mucho más complejo, inaccesible al individuo común y sólo accesible a los “elevados”; los que están vinculados a lo sobrenatural. Por ello establecen luego planteos de tipo filosófico que resultan inaccesibles al hombre común, careciendo de toda utilidad debido a la ambigüedad y oscuridad de sus deducciones.

Cuando en religión se habla de la fe, se sobreentiende que se trata del medio cognitivo para acceder a lo sobrenatural. Rajos Rolda escribe al respecto: “La Fe es el conocimiento cierto y perfecto de lo sobrenatural llevado a cabo por el entendimiento en cuanto inmaterial y divino. El conocimiento sobrenatural es un modo de conocer que excede a las fuerzas de la razón humana; puede darse por la Fe y por visión; concretamente es el orden de la Gracia; por ejemplo, un acto de Fe”.

“La Fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado; es lo que tiene una persona respecto de algo que, a pesar de no estar siéndole evidente, es afirmado con seguridad por ella; comienza por un acto, un acto de conciencia: el de asentir con seguridad, sin ver la razón intrínseca de que ese algo sea verdadero. Opinar y creer son actos esencialmente diferentes; lo primero es una afirmación insegura, con cierto temor a equivocarse; la ausencia de ese temor es esencialmente la Fe” (De “L‘Etat c‘est moi”-Editorial Dunken-Buenos Aires 2008).

Mientras que la religión tradicional requiere de la existencia de una interacción entre el hombre y lo sobrenatural, la religión de la evidencia (o religión natural) no se distingue esencialmente de la ciencia experimental, rechazando la hipótesis de lo sobrenatural por cuanto advierte que no hace falta complicar lo simple. Si tenemos en cuenta que la ciencia experimental describe las leyes naturales, o leyes de Dios, constituye una forma directa de conocer a Dios, a través de su obra. De ahí que, en lugar de suponer la existencia de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos y se comunica con algunos hombres a través de lo sobrenatural, supone un mundo ordenado mediante leyes naturales invariantes al cual nos debemos adaptar. Así, el Reino de Dios sobre el hombre es interpretado como el gobierno de Dios a través de las leyes naturales, que se instalará plenamente cuando el hombre se disponga a acatar dichas leyes, es decir, cuando el hombre se decida a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.

A quienes se oponen a la religión natural por cuanto no coincide con sus creencias y opiniones personales, se les puede recordar que tienen todo el derecho a seguir manteniendo y predicando sus ideas. A la vez, se les puede preguntar acerca de cuánto tiempo consideran necesario para hacer que la mayoría de los seres humanos adopten el “mandamiento empático” que permitirá el resurgimiento del hombre. Todo indica que los antagonismos y divisiones que generan las religiones de la fe no tienen solución en ese ámbito, ya que sólo la descripción y el entendimiento de las leyes naturales constituye el camino efectivo y seguro para la supervivencia de la humanidad.

Este planteo resulta inobjetable teniendo presente las propias profecías bíblicas, ya que predicen un cambio importante en el futuro. Si actualmente predomina la religión de la fe y de lo sobrenatural, el cambio importante ha de conducir a la religión de lo evidente y de lo natural. De lo contrario, no ha de haber ningún cambio esencial por lo que tampoco la profecía bíblica ha de ser verdadera (los que promueven la fe en la Biblia no creen entonces en la validez de la profecía apocalíptica por cuanto tampoco creen en el cambio que la ha de justificar).

El filósofo romano Epicteto advirtió hace varios siglos respecto de la diferencia existente entre el conocimiento puramente contemplativo y aquél que nos sugiere acciones accesibles a nuestras decisiones. Debemos distinguir entre religión moral y religión contemplativa. La primera implica priorizar nuestra actitud cooperativa mientras que la segunda implica priorizar nuestra actitud cognitiva. Incluso se ha llegado al extremo de considerar que la virtud del creyente está asociada a la postura filosófica adoptada en lugar de vincularla al cumplimiento de los mandamientos. Se puede ser creyente sin cumplir con los mandamientos, mientras que se puede ser no creyente y cumplir con ellos. Jaime Balmes escribió: “Son muchas y muy varias las religiones que dominan en los diferentes puntos de la Tierra: ¿sería posible que todas fuesen verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido, los cristianos afirman que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta, los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral, los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes, unos y otros se engañan. Luego es un absurdo decir que todas las religiones son verdaderas”.

Desde el punto de vista de la religión natural se sostiene que el resurgimiento moral del hombre no sólo requiere del conocimiento y acatamiento de la ley natural, sino también de una decidida búsqueda de una mejora intelectual, ya que la predisposición a mantener nuestra mente ocupada con pensamientos importantes, deja poco tiempo y lugar para el pensamiento superfluo e incluso negativo hacia los demás. De ahí que el amor a Dios puede interpretarse, no como un proceso empático similar al destinado a los demás seres humanos, sino como “el amor intelectual de Dios” propuesto por Baruch de Spinoza.

El predominio de la religión moral sobre la religión contemplativa implica un todo coherente con la ética y con las ciencias que estudian al hombre. Jaime Balmes escribe al respecto: “Las ideas morales no se nos han dado como objetos de pura contemplación, sino como reglas de conducta: no son especulativas, son eminentemente prácticas: por esto no necesitan del análisis científico para que puedan regir al individuo y a la sociedad. Antes de las escuelas filosóficas había moralidad en los individuos y en los pueblos”.

“Así, pues, al entrar en el examen de la moral, es preciso considerar que se trata de un hecho; las teorías no serán verdaderas si no están acordes con él. La filosofía debe explicarle, no alterarle; pues no se ocupa de un objeto que ella haya inventado y que puede modificar, sino de un hecho que se le da para que lo examine. Por ese motivo, los elementos constitutivos de las ideas morales es necesario buscarlos en la razón, en la conciencia, en el sentido común. Siendo reguladores de la conducta del hombre, no pueden estar en contradicción con los medios perceptivos del humano linaje: debiendo dominar en la conciencia, han de encontrarse en la conciencia misma”.

“La razón, el sentido común, la conciencia, no son exclusivo patrimonio de los filósofos: pertenecen a todos los hombres, por lo que la filosofía moral debe comenzar interrogando al linaje humano, para que de la respuesta pueda sacar qué es lo que se entiende por moral o inmoral, y cuáles son las condiciones constitutivas de estas propiedades” (De “Ética”-Editorial TOR-Buenos Aires 1947).

jueves, 17 de agosto de 2017

1917-2017 Centenario de la Revolución Rusa

La palabra “revolución”, en el ámbito de la política, da la idea de un cambio abrupto desde un despotismo hacia alguna forma democrática, o bien desde una democracia hacia alguna forma de despotismo. De ahí que la Revolución Rusa, en este sentido, parece haber constituido un cambio desde un despotismo monárquico a uno totalitario, con pocas variantes para quienes los debieron padecer.

La mayor parte de la población rusa anhelaba mejoras sociales ante la opresión del sistema monárquico de los zares; ambición que fue traicionada por Lenín y sus seguidores en forma semejante a la traición que sufrió el pueblo cubano unos cuarenta años después, cuando es sometido por un totalitarismo bastante peor que la dictadura de Fulgencio Batista. Recordemos que la Revolución Cubana tuvo mucho apoyo inicial por cuanto se aspiraba a derrocar esa dictadura y no a instalar el comunismo.

Una revolución comunista implica que el proletariado (los que trabajan junto a sus hijos) se rebela contra la explotación laboral de la burguesía (los dueños de los medios de producción), tal la impulsada por el marxismo. Sin embargo, en la Rusia anterior a la revolución, no existía un sistema capitalista sino un sistema similar a un feudalismo. Por ello, la “revolución comunista” de Rusia, no fue revolución (sino un cambio de despotismo), ni fue comunista, tal como el marxismo-leninismo ha intentado hacer creer para exaltar las aptitudes proféticas de Marx. Y cuando existe un capitalismo desarrollado, no hace falta ninguna revolución. Alan Moorehead escribió: “Inclusive al presente, en un mundo familiarizado con los dictadores y las camarillas gobernantes, es un poco difícil comprender plenamente cuán absoluto era el poder de los zares rusos cuando nació Nicolás en 1868. El Zar ocupaba su puesto como jefe de Estado con la misma naturalidad con que un padre asume la responsabilidad por su familia, y la idea del derecho divino de los reyes era algo más que una supervivencia de la época medieval; era un dogma en el que se creía apasionadamente, y no sólo la familia imperial misma. Para la gran mayoría del pueblo ruso ajeno a la corte era también un dogma tan inalterable y absoluto como el Manifiesto Comunista y la tesis de Lenín lo han sido posteriormente para los bolcheviques”.

“La tradición mogólica sobrevivía todavía con gran fuerza en la década de 1860 y la naturaleza misma de los rusos –la indolencia y pereza de los campesinos y la falta de cultura entre la nobleza- puede haber hecho inevitable que hubiera un gobernante central y que tuviera que gobernar mediante la fuerza y la violencia. Se podría decir, por supuesto, que ese atraso les fue impuesto a los rusos por la fuerza, que fue una tiranía de los zares la que convirtió a la mayoría de ellos en una raza de esclavos anónimos, pero no por eso dejaba de ser cierto que se trataba de un Estado que servía de presa al Zar y a un pequeño grupo de nobles y burócratas que lo gobernaban en su beneficio exclusivo”.

“El campesino era un siervo que no podía tener otra ambición que la de morir temprana y pacíficamente o sobrevivir con un mínimo de trabajo, impuestos, hambres y palizas. El grupo gobernante poseía toda la riqueza, gozaba de todos los privilegios y monopolizaba todo el poder político, y no se proponía ceder ninguna de sus prerrogativas. Consideraba que los campesinos (alrededor del 95% de la población) eran poco más que animales a los que no se podía confiar la menor responsabilidad” (De “La Revolución Rusa”-Ediciones Peuser-Buenos Aires 1959).

La abolición de la propiedad privada de los medios de producción (y a veces de todo tipo de propiedad), propuesta tanto por el marxismo como por los socialismos utópicos, al ser impuesto contra la voluntad de gran parte de la población (como lo propone el marxismo) despierta rechazos y genera conflictos que sólo pueden ser sofocados mediante un régimen de terror. La uniformidad requerida por la planificación estatal de la economía anula las metas y libertades individuales, surgiendo un sistema similar al de una cárcel a la cual sólo puede adaptarse un pequeño sector de la sociedad.

Los diversos personajes al mando del régimen socialista imponían sus criterios personales hasta que, finalmente, al acceder una persona normal, que pretendía abolir el terror, el sistema se disuelve. Leonid Gosman escribió: “No ser amado por su pueblo fue también un mérito de Gorbachov. El régimen «orwelliano» que primaba en la URSS, exigía que el pueblo amara a sus dirigentes. Terror, miedo y amor, no eran términos antagónicos. Se amaba al dirigente porque se le temía a causa del terror. Desapareciendo el terror y el miedo, desaparecía el amor” (Citado en “El orden del caos” de Fernando Mires-Libros de la Araucaria SA-Buenos Aires 2005).

Bajo el dogma del “derecho que otorga la historia”, las etapas del socialismo soviético estuvieron ligadas a las distintas personalidades que lo gobernaron y fueron resumidas en una ficción popular. Fernando Mires escribió: “La imaginación popular resolvió el problema de la periodización con un chiste que es más o menos así: a un tren le es imposible continuar debido a que faltan rieles. ¿Qué hace Lenin? Decreta un domingo rojo voluntario a los soviets a fin de construir más rieles. ¿Qué hace Stalin? Deporta a un pueblo, lo hace construir rieles y después manda fusilar a todos con el fin de que «el imperialismo» no se entere de que en la URSS faltaban rieles. ¿Qué hace Kruschev? Ordena poner los rieles de atrás, adelante. Y al regresar, lo mismo. ¿Qué hace Breznev? Ordena cerrar las cortinas de los vagones y que los pasajeros se muevan hacia atrás y adelante como si el tren estuviera funcionando. ¿Qué hace Gorbachov? Abre una ventana y grita desesperado ¡No hay rieles! ¡No hay rieles!....Me han contado que el chiste continuó: ¿Qué hace Yelsin? Pues, vendió el tren para comprar rieles”.

En cuanto a los lemas, o paradigmas, salientes en cada periodo, el mencionado autor escribe: “Si hubiera que buscar una fórmula clave para designar el sentido de las reformas propuestas originariamente ella es: informática + democratización o, en la terminología de Gorbachov, Perestroika + Glasnost. Esa fórmula buscaba expresarla Gorbachov en otra, aún mucho más llamativa: La Segunda Revolución, que es precisamente el subtítulo de su libro escrito en 1987: Perestroika. La primera revolución era naturalmente la de octubre de 1917. La de Gorbachov y una fracción bastante numerosa del PCUS [Partido Comunista de la Unión Soviética], buscaba establecer continuidad con la primera, y cumplir el sueño leninista-estalinista-kruscheviano de desarrollar las fuerzas productivas y transformar la Unión Soviética en una potencia moderna”.

“En este sentido la fracción gorbachiana no se apartaba un ápice de la ideología modernizadora de sus principales predecesores. No olvidemos que para Lenín el socialismo era electrificación + soviets. Para Stalin había sido Gulag + industria pesada. Para Kruschev era conquista del espacio + bomba atómica. En esa carrera loca para emular al enemigo, al «capitalismo imperialista», sólo la era de Breznev echaba a perder el juego, pues su política no estaba dirigida a desarrollar las fuerzas productivas, como al mantenimiento precario del orden establecido”.

“Es por eso que en sus primeros momentos, los cañones ideológicos de Gorbachov estaban dirigidos no contra el estalinismo, sino contra el periodo Breznev, bautizado como la estagnación, lo que en cierto modo implicaba una justificación ideológica indirecta del estalinismo. Y en efecto: la ideología del bolchevismo, aún presente en los años ochenta, podía tolerar los crímenes de Stalin y Lenín, pero no la falta de «crecimiento económico». Debido a esa razón, la constatación del principal asesor económico de Gorbachov, Abel Aganbegian, relativa a que el último plan económico (1981-1985) arrojaba un saldo de cero, no podía sino constituir un escándalo político en el interior de la «Nomenklatura». El desarrollo de las fuerzas productivas era, entre otros puntos, parte de la racionalidad interna del marxismo soviético; «la guerra económica» que, a fin de cuentas, debía de ser tanto o más decisiva que la política o la militar frente al «mundo capitalista»”.

Puede decirse que la política adoptada desde la Revolución fue una política maquiavélica, ya que a los gobernantes sólo les interesaba el poder y muy poco el bienestar de la población. Ello se debió a dos factores principales: a la búsqueda de objetivos colectivos (en lugar de individuales) y a la persistente competencia con el enemigo (el capitalismo). Sin embargo, la mayor crítica hacia el capitalismo, realizada por los socialistas, implica justamente su característica competitiva, sin advertir que la competencia en el mercado es una competencia para una mejor cooperación con el consumidor. De ahí que puede hacerse la siguiente síntesis: URSS = Poder + Terror + Expansión imperialista

La instauración del socialismo en Rusia se debió a varios factores, como el deterioro de al imagen de la monarquía zarista en épocas de la Primera Guerra Mundial, cuando los consejos del trastornado monje Rasputin, sobre la supersticiosa esposa del zar, influían en forma alarmante sobre los destinos de la nación. También los revolucionarios tuvieron un fuerte apoyo de Alemania, por cuanto a ese país, en guerra contra Rusia y otros países, esperaban la retirada de las tropas rusas de esa guerra.

También influyeron los errores cometidos por los sectores rivales a Lenín, luego de la caída del gobierno zarista, como fue el caso de Alexandre Kerensky. Al respecto, Fabio V. X. Da Silveira escribió: “La personalidad y la vida de Kerensky se podrían resumir así: un sofisma para encubrir una traición. El sofisma: el mejor medio de desarmar al adversario es destruir su agresividad, y el mejor medio para destruir la agresividad consiste en atenderle indefinidamente sus exigencias. Así es que, jefe del gobierno ruso después de la caída del zarismo, Kerensky representó frente al comunismo una política de sucesivas concesiones. Fortalecidos gradualmente los bolcheviques por estas concesiones, aconteció lo inevitable: acabaron siendo lo suficientemente fuertes como para derribar a Kerensky y lo derribaron”.

“Socialista y enemigo acérrimo del régimen imperial, participó activamente en la Revolución de marzo de 1917 que obligó al Zar Nicolás II a abdicar. Al formarse el primer gobierno provisional, Kerensky es nombrado Ministro de Justicia. El 20 de julio del mismo año, asume el Poder como Primer Ministro con facultades dictatoriales”.

“Existía en esta ocasión gran divergencia entre las distintas corrientes izquierdistas. Los bolcheviques, cuyo líder era Lenín, son los más extremistas entre los socialistas, que en marzo tenían una fuerza enorme, pero que entonces estaban en completo desprestigio. Ninguno de sus periódicos circulaba, por el hecho de negarse a imprimirlos las tipografías. Sus principales líderes estaban fuera de acción: Lenín vivía prófugo, Trotsky y Stalin estaban presos”.

“Kornilov, general de gran prestigio y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, considerado como hombre de derecha, se dispuso a liquidar por completo el bolchevismo. Era la última oportunidad para hacerlo. Con toda razón acusa a Lenín del crimen de traición y propone un plan enérgico de acción. Kerensky, el socialista moderado, tenía reservas en cuanto a la posición ideológica de los bolcheviques, pero repudia la propuesta radical de Kornilov. Acaba indisponiéndose con éste y lo encarcela. Más o menos simultáneamente –la mayor de las incongruencias- pone en libertad a una serie de presos políticos de Siberia, entre los cuales se encontraba Stalin. Por concesión a los socialistas avanzados proclama la república. Casi enseguida Lenín vuelve a Rusia y el bolchevismo comienza a crecer de nuevo en prestigio. Kerensky inicia su decadencia política, víctima de su pusilanimidad. O de su connivencia….” (De “Frei, el Kerensky chileno”-Ediciones Cruzada-Buenos Aires 1968).

martes, 15 de agosto de 2017

Asociacionismo en psicología

Todo razonamiento implica una asociación de ideas mientras que las ideas están materializadas en imágenes mentales que llevamos depositadas en nuestra memoria. Este proceso elemental lo compartimos con otras especies del reino animal, lo que puede comprobarse en el caso de los animalitos domésticos, si bien existe una diferencia esencial por cuanto el animal relaciona lo que observa con lo que tiene en su memoria, mientras que el ser humano, además, puede relacionar información ubicada en distintos sectores de su memoria sin que esté involucrada información captada por los sentidos. Michel Denis escribió: “Esta escuela filosófica [asociacionista], en estrecha relación con el empirismo inglés de Locke y Hume, se basa en la convicción de que los acontecimientos de la vida mental provienen, más o menos directamente, de los sentidos. Las «ideas» son imágenes mentales que, con distintos grados de precisión, reproducen o representan sensaciones. Así pues, la imagen es un elemento esencial del pensamiento. La doctrina asociacionista explica el funcionamiento del espíritu humano mediante el establecimiento más o menos mecánico de relaciones entre las unidades mentales, que son las imágenes” (De “Las imágenes mentales”-Siglo XXI de España Editores SA-Madrid 1984).

El asociacionismo surge con Aristóteles y tiene una influencia duradera, si bien ha sido ampliado convenientemente. A manera de síntesis, Emilio Mira y López enuncia sus leyes básicas:

a- Ley de asociación por simultaneidad o continuidad temporal: Esta ley afirma que todos los contenidos psíquicos que han impresionado conjuntamente, o en rápida sucesión, nuestra conciencia tienden a ser más tarde evocados conjuntamente, o sea, que el recuerdo de uno cualquiera de ellos hace surgir los demás. Así, por ejemplo, el olor de una flor nos recuerda su imagen visual, el sonido de una campana nos evoca una iglesia o la misa, la vista de un despertador nos hace pensar en el esfuerzo matutino para acudir puntualmente al trabajo, etc.

b- Ley de la asociación por continuidad o contigüidad espacial: Según esta ley, los contenidos psíquicos correspondientes a objetos que han aparecido juntos o muy próximos en el espacio tienden a evocarse recíprocamente. Esto significa que dos cosas o personas que hemos visto en una misma área o sector del espacio quedan conectadas en nuestra mente de tal modo que la imagen de una nos hace pensar en la otra. Por ejemplo, la vista del mar, o su recuerdo, nos hace pensar en barcos, en peces o en gaviotas, la imagen de la Luna nos recuerda involuntariamente a Venus, a Pierrot, o a una pareja de enamorados (es claro que en este último caso la distancia real que separa las imágenes asociadas es muy grande, mas no lo es la distancia aparente).

c- Ley de la asociación por semejanzas o contrastes de forma: Todo cuanto se parece exteriormente o cuanto, inversamente, es opuesto externamente (y por ende puede ser complementario) tiende a evocarse de un modo conjunto. Así, objetos cuyo tamaño, color, forma o consistencia son semejantes, pueden aparecer seguidamente en nuestra conciencia, aun cuando no lo deseemos en ese momento. Pero también quedan asociados los objetos opuestos en su forma. En este caso la asociación se llama «contraste». Así, por ejemplo, la imagen de lo blanco nos hace pensar en la imagen de lo negro, del mismo modo como la imagen o la presencia de un pañuelo rojo nos hace pensar en la sangre.

d- Ley de asociación por semejanzas o contrastes de significado: Todo cuanto posee significados similares u opuestos tiende a ser evocado conjuntamente, aun cuando no se haya presentado con apariencias de semejanza o contraste ni haya estimulado nuestra mente por su proximidad en el tiempo o en el espacio. Sin duda esta ley es tanto más válida cuanto mayor es el desarrollo mental del individuo y cuanto mayor es su cultura y su poder de abstracción, pues a medida que progresamos y evolucionamos mentalmente nos vamos desprendiendo cada vez más de lo que podríamos denominar recursos ingenuos o primarios del pensamiento y vamos diferenciando la forma o apariencia de la sustancia o esencia de los objetos e imágenes reales.

Así, para un niño de 3 o 4 años o para un salvaje, la imagen o la presencia de una antena, por ejemplo, evocará la de un bambú, la de un poste o, quizás, la de un extraño arbusto, mientras que para un adulto civilizado evocará una conversación radiofónica, un programa de televisión, etc., del propio modo, si un niño o un salvaje oyen ruidos de un telégrafo Morse pensarán en algún animal escondido, pero no asociaran tales ruidos con un mensaje del hombre. (De “El pensamiento”-Editorial Kapeluz SA-Buenos Aires 1966).

El asociacionismo se amplía significativamente al considerar el vínculo existente entre causas y efectos, y también cuando existe cierta correlación de sucesos (vínculo frecuente pero no causal). La conocida experiencia de Iván Pavlov con el perro que escucha una campana cuando recibe comida y segrega saliva aun cuando no reciba comida y sólo escucha la campana, es una evidencia más del fenómeno asociativo.

Pero el pensamiento humano no se limita sólo a relacionar imágenes, ya que también puede relacionar símbolos, como es el caso de los números y de otros entes matemáticos. Así como todo ser humano asocia diversas imágenes en función de sus atributos, en el sentido antes indicado, es posible que también asocie diversos símbolos en función de los atributos propios que los caracterizan. Así como es posible encontrar leyes que rigen los pensamientos en base a imágenes (como las mencionadas), es posible encontrar leyes que rigen los pensamientos del tipo “verdadero” o “falso”, conocidas como lógica simbólica.

Es oportuno mencionar el hecho de que, en algunas personas, predomina netamente el razonamiento en base a imágenes mientras que en otros predomina el razonamiento en base a símbolos. Henri Poincaré lo advierte en el caso de los matemáticos: “Es imposible estudiar las obras de los grandes matemáticos, y aun las de los pequeños, sin observar y sin distinguir dos tendencias opuestas o, más bien, dos clases de espíritus enteramente diferentes. Unos están preocupados, ante todo, por la lógica; al leer sus trabajos, se siente la tentación de creer que no han avanzado sino paso a paso, con el método de un Vauban que lleva adelante sus trabajos de acceso a una fortaleza, sin abandonar nada al azar. Los otros se dejan guiar por la intuición y, desde el primer momento, hacen conquistas rápidas, pero a veces precarias, como osados caballeros de vanguardia”.

“No es la materia que tratan la que les impone uno u otro método. Si de los primeros se dice, a menudo, que son analistas, y si se llama geómetras a los otros, esto no impide que unos permanezcan analistas aun cuando estudien geometría, mientras que los otros son todavía geómetras, aun cuando se ocupen de análisis puro. Es la propia naturaleza de sus espíritus quien los hace lógicos o intuitivos, y no pueden despojarse de ella cuando abordan un asunto nuevo”. “Tampoco es la educación quien ha desarrollado en ellos una de las dos tendencias y ha sofocado a la otra. Se nace matemático, pero no se llega a serlo, y parece también que se nace geómetra o que se nace analista”.

“Mientras habla, Bertrand está siempre en acción; ora parece discutir con algún enemigo exterior, ora dibuja con un ademán las figuras que estudia. Evidentemente, él ve y trata de describir; por eso llama al ademán en su auxilio. Con Hermite ocurre todo lo contrario; sus ojos parecen huir del contacto con el mundo. No es fuera, es dentro donde busca la visión de la verdad” (De “El valor de la ciencia”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1947).

Tanto el pensamiento en base a imágenes como el establecido en base a símbolos deben disponer de información grabada en la memoria. Incluso el especialista necesita disponer de una memoria artificial constituida por su biblioteca personal. Es frecuente escuchar que Internet permite disponer de una memoria artificial colectiva que hace innecesarias las bibliotecas personales; incluso se exagera diciendo que Internet debe proveer el conocimiento y que el docente sólo debe acompañar el proceso de aprendizaje. Sin embargo, toda memoria artificial ha de cumplir eficazmente su función si se trata de una memoria “manejable” por el individuo, es decir, que puede lograr suficiente conocimiento de ella y que puede existir parcialmente en su memoria natural. El problema de Internet es que, al ser tan amplia, resulta poco manejable, al menos para el estudiante o el profesional poco adaptado.

Las operaciones que realiza la mente, para establecer el razonamiento, han de ser las mismas tanto si se trata de asociar imágenes como de asociar símbolos. De ahí que, en el caso de las imágenes disponemos de una operación básica que podemos denominar AGRUPAR, que implica una selección, por nuestra parte, de la información que habremos de llevar en la memoria y, además, de un agrupamiento interno espontáneo. Los agrupamientos neuronales se caracterizan por la activación de las neuronas vecinas cuando ha sido activada alguna de ellas en forma individual. Esto implica que la conversación o la lectura, sobre un tema en especial, tenderán a hacer surgir la respectiva información que llevamos depositada en la memoria.

La segunda operación ha de ser la de COMPARAR, la que nos permitirá establecer el proceso básico de “prueba y error”, típico de todo proceso evolutivo y de todo sistema complejo adaptativo, como es el hombre. Tanto el proceso del conocimiento como el de la creatividad son orientados por la propuesta personal de ciertas hipótesis que podrán ser comparadas con el objetivo a lograr, o a describir. Mientras que los animales pueden comparar las imágenes que se les presentan con aquellas que guardan en la memoria, como en el caso del reconocimiento de rostros y personas, el ser humano tiene la posibilidad de comparar diversas imágenes situadas en su memoria aun sin la presencia de ninguna imagen percibida por sus sentidos durante el proceso del razonamiento.

La asociación de ideas no es otra cosa que la comparación entre imágenes y símbolos ya existentes en la memoria. El conocimiento implica información acumulada que ha sido seleccionada en forma conveniente por cada individuo. Si esa información en fidedigna y compatible con la realidad, el individuo que la posee dispondrá de las mejores condiciones para continuar incrementado su nivel de conocimientos. De ahí que las estrategias educativas deben priorizar la transmisión de conocimientos por parte del docente en lugar de intentar que el alumno lo logre por sus propios medios durante las etapas estrictamente formativas. Sin este aporte del docente, el proceso del aprendizaje se verá truncado o bien limitado a las aptitudes y voluntades individuales hacia el autoaprendizaje.

viernes, 11 de agosto de 2017

El derrumbe moral de la izquierda política

Durante las primeras etapas del socialismo (siglo XIX), predomina en sus adeptos la idea de establecer compensaciones sociales, a los trabajadores, no contempladas en el proceso del mercado. La libertad inherente a una economía de libre mercado hace necesaria la existencia de leyes laborales que impidan excesos que puedan surgir del sector empresarial, especialmente cuando los mercados son poco desarrollados y la competencia empresarial no alcanza para limitar los egoísmos puestos en juego en toda competencia.

La izquierda política carece de sentido sin su oponente: el capitalismo, o economía de mercado. De ahí que todos sus planteamientos estén asociados a su mejoramiento, o bien a su destrucción y posterior reemplazo por el socialismo. “El sentido del socialismo, tanto lógica como sociológicamente, sólo puede ser entendido como contraste con el individualismo”. “El ataque contra el individualismo empezó a cobrar fuerza desde la perspectiva católica y socialista. Bonald y de Maistre, ambos teócratas, militaron contra el «protestantismo político» y afirmaron que el hombre sólo existe para la sociedad”. “Contra la atomización y el «egoísmo» de la sociedad, como Saint-Simon gustaba de decir, los críticos sociales propusieron un nuevo orden basado en la asociación, la armonía y el altruismo y, finalmente, la palabra que acabó imponiéndose a todas ellas: el socialismo” (De la “Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1977).

Desde sus inicios aparece cierta tergiversación de la realidad social por cuanto lo opuesto al individualismo no es el altruismo, como se aduce generalmente, sino el colectivismo, por el cual se avanza hacia el hombre-masa, es decir, el hombre despojado de sus atributos morales e intelectuales. No es lo mismo una virtud, como es el individualismo, que un defecto, como lo es el egoísmo. Y si la economía de mercado puede funcionar a pesar del egoísmo de los hombres, ello no implica que el liberalismo lo promueva, y mucho menos que lo genere. Como consecuencia de tal tergiversación, el socialismo propone uniformar, desde el Estado, un ejército de hombres-masa indiferenciados. H. G. Wells ironiza al respecto: “Un Estado organizado tan seguro y poderoso como la ciencia moderna…El individualismo significaba confusión, una multitud de pequeños personajes aislados e indisciplinados, obstinándose en hacer las cosas desorganizadamente, cada uno a su manera…El Estado organizado habría de terminar con la confusión para siempre”.

Puede establecerse una síntesis de los objetivos y medios de las diferentes tendencias políticas:

1- Mejorar la sociedad a través del mejoramiento ético individual (propuesta liberal)
2- Mejorar la sociedad a través del colectivismo sin destruir el sistema capitalista (socialdemocracia)
3- Mejorar la sociedad previa destrucción violenta del sistema capitalista (marxismo-leninismo)
4- Mejorar la sociedad previa destrucción cultural e ideológica de la sociedad (marxismo cultural)

Los ideales tradicionales de justicia se van dejando de lado cuando los sectores socialistas ya no exigen compensaciones razonables sino que buscan mejoras sectoriales que exceden las posibilidades económicas empresariales, no tanto de las grandes empresas, sino de las pequeñas y de las que podrán surgir en el futuro. Con empresas que no pueden crecer y con otras que no podrán surgir, la desocupación, la pobreza y el subdesarrollo serán las consecuencias inevitables de tales exigencias.

La igualdad es el valor promovido por los socialistas; una igualdad esencialmente económica. Esta igualdad la proponen repartiendo equitativamente la cosecha, sin que previamente hayan propuesto una igualdad para la tarea de la siembra. Por ello se cae en una situación de injusticia, ya que, en lugar de proteger al trabajador de la explotación laboral ejercida por el sector empresarial, se promueve la explotación del sector empresarial, por parte del Estado, del sector de los empleados y de los obreros. Incluso admiten una postura totalitaria promoviendo la “dictadura del proletariado”.

Los socialistas basan sus planteos en teorías económicas vigentes a comienzos del siglo XIX, cuando se admitía que el valor de un bien dependía del trabajo empleado para su realización. Eran épocas en las que el factor de la producción más importante era el trabajo manual. En la actualidad, por el contrario, el trabajo manual y rutinario “compite” con otros factores como la tecnología, el capital, la gestión empresarial y la información asociada al trabajo mental innovador, de ahí que la distribución igualitaria no contempla los méritos ni las capacidades laborales individuales.

Ante una legislación laboral que resulte muy buena para el empleado, pero mala para el empleador, la oferta de nuevos empleos será muy limitada. Incluso tal legislación promueve la vigencia de contratos temporales por lo cual los empleos permanentes tienden a ser reemplazados por los transitorios. El avance desmedido hacia la “seguridad social y laboral” a veces logra efectos totalmente opuestos a los buscados.

Entre los defectos morales advertidos en los adeptos al socialismo encontramos la difamación hacia los sectores productivos, lo que constituye una permanente siembra de odio y de discriminación social que promueve el antagonismo entre sectores sociales. Puede observarse además la tendencia a “ser generosos repartiendo lo ajeno”, aunque nunca de lo propio. Si los socialistas se interesaran por los pobres, tal como pregonan, se dedicarían a trabajar y a producir personalmente para poder repartir con dignidad y orgullo lo realizado por sus propios medios.

Otro defecto advertido implica la permanente emisión de mentiras respecto de lo que aconteció bajo el socialismo en la URSS, China, Cuba y otros países, y la negación de los éxitos del capitalismo en los países desarrollados. La permanente tarea difamatoria hacia todo lo que implique civilización Occidental, incluido el cristianismo, contempla el reemplazo de los valores éticos universales por otros esencialmente destructivos y perversos. Esto se advierte en el “culto de la personalidad” hacia el guerrillero Ernesto Che Guevara, quien expresó: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal” (Citado en “Por amor al odio” de Carlos Manuel Acuña-Ediciones del Pórtico-Buenos Aires 2000).

Lo que caracteriza a un psicópata es la carencia de empatía, ya que es incapaz de ubicarse en el lugar de otro y así poder compartir sus penas y alegrías. Puede decirse que gran parte de la sociedad idolatra a un psicópata que promueve abiertamente su severa limitación afectiva y psicológica. Cuando leemos en el Apocalipsis que las “estrellas caerán”, intuimos que no se refiere a un fenómeno astronómico sino a un fenómeno moral. Posiblemente no haya algo más grave y denigrante en cuestiones humanas que el seguimiento y la idolatría destinada a personajes violentos que sugieren que los hombres se conviertan en “frías máquinas de matar”.

Mientras que lo ético está asociado a una actitud cooperativa que surge de la predisposición de compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, lo inmoral está asociado a la actitud destructiva del odio, ya que implica alegrarse del mal ajeno (que se manifiesta en la burla) y entristecerse por el bien ajeno (que implica la envidia). Cuando se afirma que existe un derrumbe moral de la izquierda política, se está diciendo que la mayor parte de los socialistas son admiradores del Che Guevara, o simpatizan con él, pero nunca se oponen a su esencia psicopática, ya que fue fiel con sus acciones a sus pensamientos, y estos a sus bajos sentimientos.

Este derrumbe moral podemos comprobarlo fácilmente en el caso de Venezuela y su destrucción premeditada y consciente por parte del chavismo gobernante. Mientras que muchos comunistas de los años 50 renunciaban al Partido Comunista, luego de conocerse los crímenes de Stalin y la represión soviética en Hungría, muy pocos izquierdistas manifiestan en la actualidad indignación alguna ante los atropellos y la violencia destructiva dirigida por Nicolás Maduro. Por el contrario, sólo se escuchan voces de apoyo ante esa deplorable gestión.

Así como los virus que generan enfermedades atacan con éxito los organismos con pocas defensas, la izquierda totalitaria avanza con éxito gracias a la poca predisposición de los hombres a vivir en la verdad y a la mala costumbre de olvidarla pronto. El olvido prematuro de las acciones y de los efectos que los totalitarismos producen, lleva a la repetición de situaciones de severo sufrimiento colectivo. Marco Tulio Cicerón advertía: “Las naciones que ignoran la historia están condenadas a repetir sus tragedias”.

También Stefan Zweig advierte sobre “La tragedia del olvido”, escribiendo al respecto: “Este impulso hacia la verdad, esta pasión por el conocimiento es algo innato en el hombre y en la humanidad, pero al mismo tiempo también lo es un contra-instinto que trabaja secretamente en dirección opuesta y que con su peso impide la ascensión hasta el infinito. Que esta voluntad inconsciente (y a menudo también consciente en hombres aislados, pueblos y generaciones enteras) de olvidar por la fuerza la verdad con tanta pena conquistada, de rechazar voluntariamente los progresos del conocimiento y volver a refugiarse en la antigua locura, más salvaje pero al mismo tiempo más cálida, existe no cabe ni siquiera ponerlo en duda”,

“En cada uno de nosotros, este instinto de rechazar la verdad actúa en oposición a nuestra conciencia, porque la verdad tiene el rostro de Medusa, hermoso y espantable a la vez, y, en nuestro recuerdo, entresacamos tal sólo lo agradable de cualesquiera experiencias, conservamos únicamente los rasgos simpáticos de ellas. Este proceso de selección y falseamiento unilaterales hace que todo hombre tienda a considerar su juventud como hermosa y todo pueblo repute a su pasado de grandioso. Es posible que este fortísimo impulso de embellecimiento, de idealización de la vida, represente, en la mayoría de los hombres, una condición previa para soportar la realidad y su propia existencia”.

Zweig relata lo que ocurre en Europa un año después de finalizada la Segunda Guerra Mundial: “Desde entonces ha transcurrido un año, un solo año, un año sin sangre y sin crimen. Y ya volvemos a vivir en medio de las viejas mentiras, en medio de la locura. Más que nunca, los Estados se abroquelan unos contra otros; los generales, incluso los vencidos, se convierten nuevamente en héroes…”. “Todos siguen hablando de la amenaza a la patria y al honor nacional, mas, como ellos mismos no creen, el mundo también se ha hecho desconfiado y la niebla grisácea de las mentiras se cierne sobre nuestros días. Nuestro mundo se ha hecho oscuro porque ellos se han refugiado en la oscuridad del olvido, porque no han querido seguir soportando por más tiempo la verdad que conocieron una vez” (De “Legado de Europa”-Editorial Juventud SA-Barcelona 1968).

martes, 8 de agosto de 2017

Evolución de las ideas económicas

De la misma forma en que los biólogos reconstruyen la secuencia seguida desde los primeros organismos hasta llegar a las actuales especies vivientes, la historia de la ciencia permite seguir la secuencia de ensayos y errores que llevó a una determinada rama de la misma hasta su estado actual. De ahí que la epistemología evolucionista permita establecer una analogía cercana al proceso de la evolución por selección natural. En ese caso, los investigadores proponen diversas hipótesis que luego serán aceptadas si se adaptan a la realidad o desechadas en caso contrario. Karl R. Popper escribió: “Puede decirse que el origen y la evolución del conocimiento coinciden con los de la vida, y que están íntimamente ligados a los de nuestro planeta Tierra. La teoría evolutiva vincula el conocimiento, y con él a nosotros mismos, con el cosmos; y de este modo el problema del conocimiento pasa a ser un problema de cosmología” (De “Un mundo de propensiones”-Editorial Tecnos SA-Madrid 1992).

Mientras que los científicos especializados en ciencias exactas son conscientes de este proceso, gran parte de los “científicos” sociales permanece en una etapa pre-científica. Ello se debe a que el científico acepta la objetividad de los fenómenos y de las leyes naturales a describir, mientras que tales “científicos” sociales suponen que su misión consiste en diseñar sistemas políticos y económicos surgidos de sus mentes sin tener presente el proceso evolutivo del que surgieron las ideas previas en determinada rama del conocimiento.

Mientras Aristóteles trata de describir comportamientos observables, Platón busca diseñar sociedades utópicas. El nuestra época, el cientificismo liberal se opone al utopismo socialista. Daniel Villey escribió: “Mientras que Platón no presenta más que problemas de moral pública, Aristóteles se inquieta por la moral privada: esto es lo que lo inclina a librar sus ideas económicas del cuadro de la política –aunque el libro en donde las veremos expuestas tenga precisamente por título «La política»-. En fin la moral de Aristóteles no es tan racional como la de Platón, sino ‘natural’. Para conocer el deber interroga la naturaleza y pasa insensiblemente de las preocupaciones de orden normativo a las consideraciones de orden especulativo, es decir, científico”.

“En un pasaje célebre de su «Política», Aristóteles critica el comunismo de Platón con argumentos psicológicos. La comunidad de bienes haría desaparecer el principal estimulante del trabajo. La idea de propiedad es ‘deliciosa’ a los hombres, para los cuales es ‘natural’ amarse a sí mismos, querer la posesión de dinero, querer dar”.

La propiedad privada viene implícita en el Antiguo Testamento por cuanto los mandamientos bíblicos prohíben robar y codiciar los bienes ajenos, advirtiendo, seguramente, los mismos inconvenientes que Aristóteles observa en el sistema propuesto por Platón. Con la propiedad colectiva, se piensa que ya no existirá el robo ni la envidia. Sin embargo, en los regímenes socialistas el robo al Estado resulta ser la fuente de la economía paralela mientras que la envidia sigue existiendo. Si bien la propiedad privada genera conflictos, existe la posibilidad de ampliarla para la mayoría de las personas, mientras que la propiedad colectiva genera mayores conflictos aún, sin que quepa la posibilidad de liberarse de la dependencia material que le impone a todo individuo.

La propiedad individual de los hebreos resulta limitada, ya que se trataba de evitar la concentración excesiva de riquezas. El citado autor escribe: “No se trata de la propiedad romana. La propiedad en Israel no es ni perpetua ni absoluta. Se afirma el dominio eminente de Dios sobre las tierras. Cada cincuenta años hay un año de jubileo: todas las ventas son anuladas y la tierra vuelve a su propietario anterior. Cada siete años el ‘año sabático’ borra el conjunto de las deudas”.

Mientras que los hebreos se inspiran en ideales religiosos y los griegos en la sabiduría de los filósofos, los romanos buscan orientación en la naturaleza. “Séneca, Marco Aurelio, Epicteto y todos los estoicos enseñaron que hay que someterse a la naturaleza y no ensayar locamente vencerla. Para ser feliz hay que moderar los deseos, y no buscar de extender sus satisfacciones. Tal es la solución antigua al problema que presenta la tensión entre las necesidades de los hombres y la parsimonia de la naturaleza, es decir el problema económico”.

La Edad Media recibe la influencia de los antiguos y bajo los ideales de la caridad cristiana y la justicia, le impone restricciones y algunos cambios. Villey agrega: “La tradición individualista del derecho romano, la tradición ‘socialista’ de los socráticos, los análisis de Aristóteles sobre la moneda, el intercambio, la crematística [comercio] y el préstamo a interés: he aquí lo que la Antigüedad deja hecho en ideas económicas. Con la Biblia hebraica y alejandrina, prolongada con el Nuevo Testamento y los comentarios patrísticos: éstas serán las fuentes de las ideas económicas medievales. Fervientes del método de autoridad, los pensadores de la Edad Media invocarán sin cesar sus fuentes, y tratarán de hacer una síntesis de todos estos legados heterogéneos que ellos han recogido confusamente. A veces les costará mucho. Quizás el choque de las tradiciones opuestas hará brillar la luz; aunque a menudo promoverán confusiones inextricables, que harán difícilmente inteligibles las ideas económicas de esa época” (De “Historia de las grandes doctrinas económicas”-Editorial Nova-Buenos Aires 1960).

El problema que tratan de resolver los pensadores medievales es el del valor, ya que se busca el precio “justo” para los diversos intercambios comerciales. “¿Está permitido vender una cosa por más de su valor? ¿Y cómo responder a tal pregunta sin definir el valor? Economista sin saberlo y sin haberlo querido, santo Tomás se embarca decididamente en la discusión armado de Ulpiano, de Aristóteles y de los Evangelios. El ‘filósofo’ ha dicho que la causa del valor está en la necesidad que nosotros tenemos de las cosas: santo Tomás y todos los escolásticos profesan –como diríamos hoy- una teoría psicológica del valor. Disertan a porfía sobre la utilidad común, objetiva, la utilidad particular para cada individuo, y la rareza…Solamente la necesidad, a fin de cuentas, tiene algo de subjetivo”.

“Si el valor debiera medirse por la necesidad, cada cosa tendría tantos valores diferentes como individuos hay. O hace falta a nuestros teólogos un precio objetivo único, indisputable, que se imponga moralmente a las partes. Y es así que se encuentran llevados a ver el costo de producción –es decir en esa época esencialmente en el trabajo- la norma del ‘precio justo’”.

En cuanto a la legitimidad, o no, de cobrar intereses por un préstamo de dinero, debe tenerse presente el valor del mismo en función del tiempo, ya que el dinero disponible en el presente tiene más valor que el dinero que se dispondrá en el futuro. Émile James escribió: “El dinero no es más que una fachada; lo que verdaderamente se presta es capital y este no es consumible o, al menos, no lo es necesariamente. Santo Tomás añadió un nuevo argumento que no supo desarrollar con lógica: el interés, afirmó, anticipándose en esto a Böhm-Bawerk, es el precio del tiempo; ahora bien, el tiempo pertenece a Dios; por tanto, al propietario no le es lícito percibir ese precio” (De “Historia del pensamiento económico”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1963).

La siguiente etapa de la economía involucra al Estado y no tanto a los individuos, comenzando la época de la macroeconomía y del mercantilismo. Bajo la ambición del oro y del poder, su principal característica implica promover las exportaciones y limitar las importaciones, sin advertir que tal decisión, adoptada por todos los países, impediría el comercio internacional. James escribe al respecto: “En el siglo XVI, el estudio de los problemas económicos, cambió de signo. En vez de analizar las consecuencias de la idea de justicia en las relaciones entre particulares, los grandes autores de la época trataron de averiguar cómo se podía ayudar al enriquecimiento del Estado. Quizá sea acertado decir que todos ellos, en mayor o menor grado, eran discípulos indirectos de Maquiavelo y deseaban hacer, en relación con la organización económica del Estado lo que aquel había hecho en relación con la organización política. Esta evolución se relacionó, sin duda, con algunos sucesos de trascendencia histórica general”.

Los historiadores consideran a la economía anterior a 1750 como el periodo no científico; a partir de ahí surge el periodo clásico con los fisiócratas. Aun con sus limitaciones y errores, abandonan la filosofía y la religión como fuentes de las ideas intentando vincular lo económico a la ley natural. Émile James escribió: “En realidad ya se había hablado de «ley natural» y de «derecho natural» mucho antes del siglo XVIII. Sin embargo, estas expresiones no tenían entonces el mismo sentido que se les atribuye actualmente. A lo largo de los siglos dominados por el pensamiento aristotélico, la noción de ley natural había sido normativa y no analítica. Aristóteles había confundido lo natural y lo justo…Los juristas de la Antigua Roma, cuando hablaban de ius naturale, oponían este al ius civile, derecho positivo”.

“El objetivo del pensamiento fisiócrata no fue tanto el descubrimiento de las leyes naturales (en el sentido de «relaciones necesarias») de la actividad económica, como el de las bases y condiciones del orden natural y esencial de las sociedades. Este punto de vista dio a sus especulaciones una especie de equilibrio inestable entre la pura descripción y el consejo, entre la realidad y el ideal. Así se explica que pasaran tan a menudo de la investigación de lo verdadero a la de lo bueno, o, al revés, sin preocuparse demasiado de advertir al lector el cambio de enfoque”.

La gran innovación presentada por Adam Smith implica el descubrimiento del mercado como sistema autorregulado, que puede funcionar aceptablemente sin la ingerencia estatal, si bien debe previamente existir una adaptación, esencialmente moral, de quienes en él intervienen. Incluso estima que, aun con el inevitable egoísmo existente en los individuos reales, tal proceso puede producir resultados beneficiosos para toda la sociedad.

El próximo paso de importancia aparece con la teoría del valor subjetivo, que corrige las anteriores teorías sobre el valor. Así como existe una escala de valores morales, que orientan a los individuos en sus relaciones sociales, existe también una escala de prioridades subjetivas acerca de las necesidades individuales, que son las que en definitiva orientan la producción y el intercambio posterior. “Para Carl Menger, solo en relación con una necesidad humana se puede hablar de «bienes», desde el punto de vista económico…Se debe considerar como bien a «toda cosa apta para la satisfacción de una necesidad humana y disponible para tal función»”. “El valor de un bien se basa en la importancia que presenta para el hombre. No es una cualidad intrínseca de las cosas; sólo existe en las relaciones entre el hombre y las cosas. Si desaparece la necesidad que puede ser satisfecha por un objeto, el valor de este también desaparece”.

sábado, 5 de agosto de 2017

El pensamiento liberal en los EEUU

Los principales filósofos liberales surgen de una Europa que trata de salir del feudalismo y de las monarquías absolutas, mientras que la democracia se establece con pocas dificultades en el nuevo continente, por cuanto en este caso no había necesidad de luchar contra esas formas políticas establecidas. Mientras que en Sudamérica y Centroamérica las ideas liberales tardan mayor tiempo en instalarse, y mucho mayor tiempo en ponerse en práctica, en los Estados Unidos se instalan desde la etapa de la independencia respecto del dominio inglés. Frank Thistlethwaite escribió: “Las primeras colonias norteamericanas eran una especie de arco, proyectado a través del Atlántico, con su centro en Londres. Con el desarrollo de la individualidad, de intereses separados, de conflictos y, a la postre, con el advenimiento de la independencia, los Estados Unidos se convirtieron en continente, en lugar de simple cabeza de puente. Volvieron la espalda a Inglaterra y se enfrentaron a la inmensa labor de poblar el corazón del país y prosperar en esas tierras nuevas. Aunque el arco que partía de la costa se ensanchaba y se internaba, por él seguía afluyendo la corriente de la inmigración europea, que renovaba la pulsación del Viejo Mundo. Ese latir no llegaba, como antes, a una colonia, sino al lado occidental de la cuenca del Atlántico” (De “El gran experimento”-Editorial Letras SA-México 1959).

Puede decirse que con la democracia es el sistema político que invierte la escala de valores en cuanto a la estima e importancia social que se le da al sector productivo. Mientras que, bajo el feudalismo y las monarquías, predominan en la sociedad los nobles, los militares, los sacerdotes y los burócratas estatales, con la aparición de los comerciantes surge la burguesía como nueva clase social. En los EEUU, con el predominio de los pequeños empresarios, se menosprecia al Estado al que se considera como un mal necesario. De ahí que el éxito económico, asociado al trabajo productivo, es el más valorado en el nuevo país.

La búsqueda de un Estado mínimo marca una débil línea divisoria entre liberales y anarquistas, ya que éstos apuntan a una sociedad que carece de la tutela estatal; algo admisible como tendencia, pero no tanto como práctica concreta. Rudolf Rocker escribió: “Una corriente de pensamiento tan poco comprendida y peor interpretada hoy en Estados Unidos como el anarquismo, no fue introducida de ninguna manera del extranjero, sino que se ha desarrollado lógicamente de las condiciones de este país y de sus tradiciones liberales. Sus representantes eran todos «cien por cien» americanos, con más derecho a ese título que la mayoría de sus adversarios actuales en el país. Aquellas ideas tuvieron en América partidarios convencidos cuando en Europa no se podía imaginar todavía un movimiento anarquista. Más aún: las aspiraciones de los primeros anarquistas de Estados Unidos fueron el resultado directo de las corrientes liberales de pensamiento en este país y un desenvolvimiento lógico de esas ideas” (De “El pensamiento liberal en los EEUU” en la Revista Timón-Buenos Aires Noviembre 1939).

Thomas Jefferson, fuertemente influenciado por John Locke, incluye en la “Declaración de la Independencia”, las siguientes palabras: “Consideramos estas verdades enteramente naturales: que todos los hombres han nacido iguales, que han sido dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables; que entre esos derechos están la defensa de la vida, de la libertad y la aspiración a ser felices; que para defender esos derechos han sido instaurados los gobiernos entre los hombres, cuyas legítimas atribuciones están fundadas en la aprobación de los gobernados; que cuando una forma de gobierno se manifiesta destructivamente alguna vez respecto de esos objetivos, el pueblo tiene derecho a cambiarla o a abolirla y a instaurar un gobierno nuevo, sobre la base de tales principios y de las atribuciones que le parezcan convenientes para su seguridad y su felicidad”.

“Es ciertamente un imperativo de la prudencia el no someter a un cambio de formas gubernativas existentes desde hace mucho tiempo en base a causas ínfimas o pasajeras; pues la experiencia nos ha mostrado que los hombres están propensos a adaptarse a ciertos padecimientos soportables más bien que a procurarse justicia por la supresión de las formas a que están habituados. Pero cuando una larga serie de abusos y de pretensiones arbitrarias del poder se propone evidentemente someter a los hombres a un despotismo absoluto, entonces está en su derecho, más aún, es su deber, derribar ese gobierno y establecer nuevas garantías para su seguridad”.

Rocker agrega: “Sobre la base de las concepciones desarrolladas por Locke, surgió poco a poco la interpretación mundial del liberalismo, que quería restringir a un mínimo las atribuciones del Estado. La concepción liberal de la sociedad era la de una cooperación orgánica de los hombres sobre el cimiento de los pactos libres para la satisfacción de sus necesidades. Cuanto menos perturbadas sean sus relaciones por influencias extrañas, tanto más rica, libre y feliz era la vida del individuo, que para el liberalismo representaba la medida de todas las cosas. La sociedad se crea su propio equilibrio. Toda regulación mecánica paraliza la iniciativa personal y la responsabilidad individual y debilita el lazo natural que une la vida social en torno a los seres humanos. Por esta razón el Estado no debía tener más de dos tareas:

1- Proteger la seguridad del ciudadano dentro de la comunidad contra los ataques criminales.
2- Defender al país contra las invasiones enemigas del exterior.”

“Pero no se le habría de permitir, bajo ninguna circunstancia, inmiscuirse en la vida espiritual, religiosa y social de los hombres. O siguiendo las palabras de un gran representante del liberalismo: «Como el esqueleto es el cuadro en torno al cual se agrupan los tejidos, arterias, nervios y órganos del cuerpo, sin perjudicarse en sus funciones, así habría de ser el Estado el cuadro externo de la sociedad, para protegerla contra el mal». Pero cuando ese cuadro se transforma en camisa de fuerza, destruye el equilibrio interno y trastrueca todas las relaciones sociales”.

Thomas Paine fue quien trajo desde Inglaterra las ideas liberales que fueron aceptadas por los pioneros de la democracia en el nuevo continente. Dicho autor escribió: “Ciertos autores han entremezclado de tal modo los conceptos de gobierno y sociedad que entre ellos apenas existe alguna diferencia o no existe ninguna. Y sin embargo son muy distintos, no sólo por su esencia, sino también por su origen. La sociedad es el resultado de nuestras necesidades, el gobierno es el producto de nuestra corrupción. La primera fomenta nuestra dicha de una manera positiva al asociar nuestras inclinaciones; el último de un modo negativo, al poner dique a nuestros vicios. La una estimula el tráfico social, la otra crea las barreras y las diferencias sociales. La primera es un protector, el último un guardián. La sociedad es, en todo caso, un beneficio; el gobierno es, en el mejor de los casos, un mal necesario, y en el peor de los casos un mal intolerable; pues si por un gobierno somos expuestos a la misma miseria que esperamos en un país sin gobierno, nuestra desdicha es todavía mayor por la conciencia de haber creado nosotros mismos el látigo con que se nos fustiga” (Del “Sentido común”).

“El orden que impera entre los seres humanos, no es, en gran parte, obra del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes de la aparición del gobierno en la historia, y continuaría existiendo si desapareciera toda forma de gobierno. La dependencia mutua y los múltiples intereses que unen a los hombres entre sí en una comunidad civilizada, crean aquella gran cadena de relaciones que lo cohesiona todo…Intereses comunes regulan sus asuntos y forman sus leyes; y las leyes que crea el hábito cotidiano y la costumbre social, tienen una influencia mayor que las leyes del gobierno. En una palabra, la sociedad hace por sí misma todo lo que se atribuye al gobierno”.

“Cuanto más perfecta es la civilización, tanto menos necesidad tiene de gobierno, y eso porque, en ese caso, regula por sí misma sus intereses y se gobierna a sí misma. Pero los viejos gobiernos están tan lejos de eso que aumentan los gastos para su sostenimiento en la misma proporción en que habrían de reducirlos. Hay muy pocas leyes generales que se pueden considerar como exigencia de la vida civilizada, y esas son de tal utilidad general que se imponen sin importar en ello que las pongan en vigor o no determinadas formas de gobierno” (De “Los derechos del hombre”).

Mientras que lo primero que hace un gobierno totalitario es la supresión de la libertad de prensa, junto al establecimiento de un monopolio estatal de la información, la postura liberal promueve la libertad de expresión ya que la considera esencial para la vida democrática. Rudolf Rocker escribió: “Jefferson sostenía que una administración sana de la cosa pública depende del interés que le dedique el hombre del pueblo. Cuanto más dispuesto esté el pueblo a velar por sus derechos y libertades, tanto más está forzado el gobierno a tener en cuenta las exigencias de la opinión pública y a convertirlas en regla de su conducta. La indiferencia del pueblo para con los asuntos públicos es el comienzo de toda tiranía. Sólo donde la palabra es libre se puede mantener sana la opinión pública, pues la verdad resulta siempre de la comparación de las cosas. «Una opinión errónea puede ser tolerada mientras la razón tenga libertad de combatirla»”.

“Donde la opinión del pueblo es proscripta, sucumbe el espíritu, y el ciego fanatismo ocupa el puesto del pensamiento propio. Como Paine, así reconoció también Jefferson que «argumentar con un hombre que ha renunciado a la razón es lo mismo que administrar medicinas a un muerto». Por eso veía en una prensa libre, sin influencia extraña, la mayor significación para la educación del pueblo y escribió en ese sentido a Edward Carrigton: «La opinión del pueblo es la base de nuestro gobierno, y nuestra primera misión debería consistir en mantener ese derecho. Si yo tuviese que decidir entre un gobierno sin prensa y una prensa sin gobierno, no vacilaría un instante en resolverme por lo último. Soy de opinión que la prensa debe ser accesible a todos y todo el mundo habría de poseer la capacidad de leerla. Estoy convencido de que aquellas sociedades (como los indios) viven sin gobierno, en su gran mayoría disfrutan de una dicha incomparablemente mayor que las que están forzadas a vivir bajo el dominio de los gobiernos europeos. En las primeras ocupa la opinión pública el puesto de la ley y ofrece a la moral un cimiento mucho mayor de lo que podrían hacer en cualquier parte las leyes. En las últimas, bajo el pretexto del gobierno, han dividido sus naciones en dos clases: en lobos y en corderos. No exagero. Este es el verdadero retrato de Europa. ¡Alimentad por tanto el espíritu en nuestro pueblo y conservad su vigilancia! ¡No seáis demasiado severos con sus errores, sino mejoradlos más bien por la instrucción! En el momento en que el pueblo ceda en la vigilancia respecto de los asuntos públicos, Ud. y yo, el congreso, la asamblea legislativa, los jueces y jefes de los Estados, todos nosotros nos transformamos en lobos»”.

jueves, 3 de agosto de 2017

El líder incendiario

Se dice que a las personas se las debe amar con sus virtudes y defectos, o a pesar de sus defectos, aunque ello puede traer consecuencias negativas cuando se trata del amor de un pueblo por un líder político que promueve la violencia. Este es el caso de los líderes totalitarios (fascistas y socialistas) que dividen al pueblo en amigos y enemigos, debilitándolo en una forma tan efectiva que ni siquiera los rivales extranjeros pueden lograr. Rudolf Rocker escribió: “En los llamados Estados fascistas, donde fueron aplastados despiadadamente todos los partidos políticos y todas las tendencias sociales para elevar a un solo partido a la categoría de vehículo del «principio nacional», se ha llegado hasta subordinar todas las manifestaciones de la vida social a la unidad del Estado totalitario y a sofocar toda vida particular o a adaptarla a las necesidades de la máquina del Estado”.

“El hombre mecánico, que se considera una parte del Estado y acata sin resistencia los imperativos de la dictadura nacional, como obedece la máquina a las presiones del maquinista, es el tipo ejemplar inanimado del fascismo. El famoso «principio de la jefatura» se convierte en cómodo sucedáneo por el cual anormales incurables quieren someter la rica diversidad de la vida social a la llamada nivelación, que en realidad es sólo la expresión de su limitación espiritual”.

“Y como la cortedad espiritual y la violencia brutal van siempre juntas, el despotismo ilimitado contra los propios ciudadanos, que lleva lógicamente a la amenaza continua contra naciones extrañas, es la consecuencia inevitable de un sistema que no respeta ninguna consideración humana, y cuyos portavoces están poseídos por la ilusión de suplantar por la mecánica muerta de los conceptos políticos de dominio todo lo orgánico, lo animado”.

“Es esa manera de pensar la que fue siempre fundamento espiritual de toda tiranía; pues el despotismo del pensamiento lleva siempre al despotismo de la acción. El que cree poder prensar en formas determinadas todas las manifestaciones de la vida intelectual y social, tiene que considerar lógicamente como enemigo al que no quiera renunciar al propio pensamiento y a la propia acción. Así la independencia espiritual se convierte en alta traición contra el país o, mejor dicho, en alta traición contra aquellos que detentan el poder, que interpretan a su manera la voluntad de la nación y la imponen al pueblo como idea nacional. El que contradice esa interpretación es arrojado del territorio nacional, encerrado en campos de concentración o reducido de otro modo más eficaz” (De la Revista “Timón”-Buenos Aires-Noviembre 1939).

El peronismo no sólo constituyó un gobierno de tipo totalitario en lo político y en lo económico, ya que pretendió imponer a la sociedad una doctrina que buscaba sustituir al cristianismo y un derecho constitucional que apuntaba a sustituir la Constitución de 1853. El tirano expresó: “La República Argentina tiene ahora, por primera vez, una doctrina nacional…que no es, como se ha dicho con mucha intención, la doctrina de un partido político. Es la doctrina de un pueblo que la hizo suya. Es la doctrina de la Patria misma, porque la Patria no es, ¡no puede ser! solamente sus fronteras y sus símbolos que son elementos inertes. La Patria vive y se hace permanente y eterna en sus hijos…Por eso insisto tanto en crear un alma en nuestro pueblo que necesita vencer sobre todas las vicisitudes de la historia. El alma de nuestro pueblo debe ser conformada sobre los principios de la doctrina nacional que él ha aceptado plenamente a través de su inmensa mayoría, por su eminente contenido humanista y cristiano”.

Cuando Perón habla de “pueblo”, se refiere a sus seguidores, mientras que al resto de la población lo considerada como la “antipatria”. En cuanto a la compatibilidad de su “doctrina” con el cristianismo, puede decirse que el odio peronista siempre fue incompatible con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Respecto del discurso antes mencionado, Raanan Rein escribió: “Este discurso expone con claridad el intento de Perón de unificar a todo el pueblo bajo sus convicciones y su única ideología, el justicialismo. No cabe en este esquema ninguna otra concepción ni hay lugar para posturas divergentes, dado que el peronismo y la nacionalidad son una misma cosa, y quien se opone a una traiciona a la otra” (De “Peronismo, populismo y política: Argentina 1943-1955”-Fundación Editorial de Belgrano-Buenos Aires 1998).

Perón instigaba a las masas a agredir a los “enemigos” (los anti-peronistas), incitándolos a incendiar locales y hasta templos católicos, algo impropio de un “cristiano”, como manifestaba serlo. Entre tales incitaciones a la violencia puede mencionarse la siguiente: “Compañeros: cuando haya que quemar, voy a salir yo a la cabeza de ustedes a quemar. Pero entonces, si eso fuera necesario, la historia recordará la más grande hoguera que haya encendido la humanidad hasta nuestros días. Los que creen que nos cansaremos se equivocan. Nosotros tenemos cuerda para cien años” (7-5-53)

Sus más fieles seguidores, amparados en la policía y los bomberos, también peronizados, en varias ocasiones dan rienda suelta a la labor pirotécnica encomendada. Hugo Gambini escribió: “Respondiendo a la incitación presidencial («¿Por qué no empiezan ustedes con la leña?», los grupos de choque del peronismo se tomaron un costoso desquite. Al desconcentrarse la multitud, una columna enfiló por Avenida de Mayo vociferando «¡Vamos a quemar la Casa del Pueblo!». Eran las seis y media de la tarde cuando los primeros grupos peronistas llegaron hasta ese edificio, situado en Rivadavia 2150, y comenzaron a corear sus estribillos. Pero pronto se despendió de ellos el sector encargado de «dar la leña», cuya identificación era fácilmente detectable por los gritos («¡Judíos! ¡Váyanse a Moscú! ¡Patria sí, colonia no!»). Allí se puso en funcionamiento un operativo largamente codiciado por los militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista: incendiar la sede de los socialistas”.

Las personas que estaban en el interior del local, huían para no perder la vida en el incendio que se preparaba. “Cuando esto se ponía en práctica, los evadidos vieron cómo la policía enseñaba a un grupo de aliancistas el camino de la anterior salida, para que pudieran penetrar por el lado de atrás, con botellas llenas de nafta”. “Simultáneamente, un camión de la Municipalidad fue estrellado contra la puerta de hierro, para abrir paso a los incendiarios”.

“En ese mismo tiempo también ardieron otros edificios, porque el grupo aliancista decidió repetir la hazaña con el resto de los opositores. Una vez que el fuego había tomado vigor en la sede socialista, el equipo incendiario se corrió hasta la Casa Radical….”.

“El edificio ocupado por el Partido Demócrata Nacional fue el menos afectado, pues los atacantes se conformaron con una hoguera que alcanzó a tener ocho metros de altura, alimentada con los muebles y los libros sacados del interior”.

“«¡Ahora le toca al Jockey Club! ¡Vamos para allá», oyó decir Carlos Aubone, mientras presenciaba la hoguera encendida frente a la Casa Radical”. “Ese 15 de abril de 1953 fue una de las jornadas más estremecedoras y sombrías de la época historiada. Los inocentes que murieron como consecuencia de las bombas colocadas por un grupo terrorista de la oposición y la actitud vengativa de los incendiarios, demostraba hasta qué punto el enfrentamiento político se había convertido en una batalla cada vez más feroz” (De “Historia del peronismo. La obsecuencia (1952-1955)”-Vergara-Buenos Aires 2007).

Tampoco la bandera nacional se salvó de la quema peronista. El incidente se produjo cuando algunos grupos católicos izaron una bandera argentina junto a otra del Vaticano. Luego, para que la culpa cayese sobre tales individuos, Perón ideó la quema de la insignia nacional. El citado autor agrega: “Según pudo determinarse, la orden al jefe de policía provino directamente de Borlenghi. Por su parte, Teisaire, cuando dejó de ser vicepresidente reveló que «dicha felonía se ejecutó no sólo con la autorización de Perón, sino bajo su inspiración»”.

El 16 de Junio de 1955 se produjo un bombardeo naval sobre la Casa Rosada, con la muerte de más de dos centenares de personas; quienes ahí trabajaban y los que ocasionalmente transitaban por el lugar. Perón salva su vida por cuanto se entera a tiempo del atentado a perpetrarse y se traslada a otro lugar. Gambini escribe al respecto: “Si realmente [Perón] lamentaba lo ocurrido al pueblo más que a sí mismo, cabía preguntarle por qué no hizo evacuar el edificio y sus alrededores, en lugar de refugiarse silenciosamente en un sótano. Pero nadie se atrevió a decírselo. No hay dudas de que el operativo aéreo sobre la casa de gobierno fue un acto de grave irresponsabilidad castrense, por las muertes civiles que ocasionaría dentro y fuera del edificio –como ocurrió-, pero la actitud del ministro de Ejército al sacar de allí al presidente tres horas antes, sin alertar al personal de la casa y sin evacuar la zona aledaña, indica una evidente falta de interés por proteger a los transeúntes y a los propios empleados de la Presidencia”.

La venganza de los incendiarios no se hizo esperar y se inicia un masivo incendio de templos católicos de Buenos Aires y de algunas ciudades del interior, comenzado por la Curia. Perón no hace nada por detenerlos por cuanto la policía y los bomberos se limitan a observar las fechorías. Ernesto Sábato escribió: “La soledad era lúgubre y en la noche los incendios echaban un resplandor siniestro sobre el cielo plomizo. Se oía el bombo como un carnaval de locos. Ahora estaba frente a la Iglesia, arrastrado por gente enloquecida y confusa. Algunos llevaban revólveres y pistolas. ‘Son de la Alianza’, dijo alguien. Pronto ardió la nafta que habían echado sobre las puertas. Entraron en tumulto, gritando. Arrastraron bancos contra las puertas y la hoguera creció. Otros llevaban reclinatorios, imágenes y bancos a la calle. La llovizna caía indiferente y frígida. Echaron nafta y la madera ardió furiosamente, en medio de las heladas ráfagas. Gritaron, sonaron tiros por ahí, algunos corrían, otros se refugiaban en los zaguanes de enfrente, contra las paredes, fascinados por el fuego y el pánico” (De “Sobres héroes y tumbas”).

La violencia, que involucraba a ambas partes, fue motivada e iniciada, sin embargo, por una de ellas. Lucas Lanusse menciona una proclama al respecto: “La Unión Cívica Radical afirma que la revolución del 16 de junio es producto del Régimen. Mientras no cese el sistema totalitario que lo caracteriza, subsistirán las causas del estallido…La corrupción que aqueja a la República, peculado, espionaje y delación, encarcelamientos discrecionales, torturas, supresión de libertades, la degradación de la escuela y de la Universidad, puestas al servicio de los fines subalternos del Régimen, el sometimiento de la vida sindical, convertida en instrumento de opresión de los trabajadores, son algunas manifestaciones del sistema que está empobreciendo las reservas materiales y espirituales de nuestra Nación, y constituyen otros tantos motivos de explosión de las fuerzas morales que, no hallando los caminos de la paz para las soluciones armónicas, apelan, desesperadas, a la violencia” (De “Sembrando vientos”-Vergara-Buenos Aires 2009).