martes, 17 de octubre de 2017

Entrevista a Henry Ford

La siguiente entrevista ficticia permite vislumbrar el pensamiento que orientó la vida y las acciones del destacado empresario estadounidense.

VISITA A FORD

Por Giovanni Papini

Había ya encontrado tres o cuatro veces al viejo Henry Ford en los tiempos en que me ocupaba de negocios, pero esta vez he querido hacerle una visita personal y “desinteresada”.

Le he encontrado fresco de aspecto y de buen humor, por consiguiente, dispuesto a hablar y expansionarse.

-Usted sabe- me ha dicho- que no se trata de desarrollar una industria, sino de realizar un vasto experimento intelectual y político. Nadie ha comprendido bien los místicos principios de mi actividad. Sin embargo, no pueden ser más sencillos: se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro y a sus relaciones. El Menos Cuatro son: disminución proporcional de los operarios, disminución del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible, disminución de tipos de los objetos fabricados, y, finalmente, disminución progresiva de los precios de venta.

“El Más Cuatro, relacionado íntimamente con el Menos Cuatro, son: aumento de las máquinas y de los aparatos, con objeto de reducir la mano de obra, aumento indefinido de la producción diaria y anual o aumento de la perfección mecánica de los productos, aumento de los jornales y los sueldos”.

“A un espíritu superficial y anticuado estos ocho objetivos pueden aparecer como contradictorios entre sí, pero usted, hombre práctico, podrá comprender seguramente su perfecta armonía”.

“Aumentar la cantidad y el rendimiento de las máquinas significa poder disminuir el número de operarios; reducir el tiempo necesario para la fabricación de un objeto quiere decir producir mucho más durante el día; disminuir el número de los «tipos», obligando a los consumidores a renunciar a sus gustos individuales, tiene como consecuencia un aumento de la producción y una reducción de los precios de costo; y, finalmente, disminuyendo los precios y aumentando los salarios, se aumenta el número de aquellos que tienen posibilidad de comprar y capacidad de adquirir, con lo que se puede aumentar la producción sin peligro”.

“Si los automóviles son caros y mis dependientes ganan poco, muy pocos podrán comprarlos. Pague usted mucho y venda a bajo precio y todos se convertirán en sus clientes. El secreto para enriquecerse es pagar como si se fuese pródigo y vender como si estuviese en vísperas de quiebras. Esta paradoja que asusta a los tímidos, es el secreto de mi fortuna”. “Volviendo a mis ocho principios, es fácil deducir que el ideal máximo sería el siguiente: Fabricar sin ningún operario un número cada vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. Reconozco que serán precisas todavía algunas decenas de años antes de que se consiga este ideal. Soy un utopista, pero no un loco. Me voy, sin embargo, preparando para ese día. Estoy construyendo en Detroit una nueva fábrica que llevará por nombre La Solitaria. Una verdadera alhaja, un sueño, un milagro: la fábrica donde no habrá nunca nadie”.

“Cuando esté terminada y hayan sido montadas las máquinas del más reciente modelo, en parte absolutamente nuevo, que se está preparando, no habrá necesidad de obreros. De cuando en cuando un ingeniero hará una breve visita a La Solitaria, pondrá en movimiento algunos engranajes y se marchará. Las máquinas harán todo por sí solas y trabajarán no únicamente durante el día, como hacen ahora los hombres, sino también toda la noche, y aun los domingos, pues ninguna ley de Michigan prohíbe el trabajo de los motores y de los tornos en día de fiesta”.

“Un tren eléctrico llevará automáticamente a los depósitos los miles de automóviles y los miles de aeroplanos producidos en La Solitaria. Dentro de veinte años todas mis fábricas serán iguales a ésta y podré lanzar al mercado millones de aparatos al mes con sólo la ayuda de algunas decenas de técnicos, de mozos de almacenes y de contables”. -La idea es genial- manifesté- y el sistema sería excelente, si no hubiese una dificultad. ¿Quién comprará esos millones de automóviles, de tractores y de aeroplanos? Si usted suprime la mano de obra reduce también el número de compradores.

Una sonrisa cordial iluminó el bello rostro de viejo juvenil de Ford.

“Ya he pensado también en esto –respondió-. Produciré tantas máquinas y a precios tan modestos que a ningún otro industrial del mundo le tendrá cuenta fabricar lo que yo fabrique. Mis fábricas surtirán por eso a los cinco continentes. En muchas partes del mundo el automóvil y el aeroplano no son todavía de uso general. Con la potencia de la publicidad y del control bancario obligaremos a todos los pueblos a usarlos. Mis mercados son prácticamente ilimitados”.

-Pero, perdone: si sus métodos anulan, en gran parte, la industria de los otros países. ¿De dónde sacarán éstos el dinero necesario para comprar sus máquinas?

“No hay que tener miedo –repuso Ford-. Los clientes extranjeros pagarán con los objetos producidos por sus padres y que nosotros no podemos fabricar en nuestras fábricas: cuadros, estatuas, joyas, tapices, libros y muebles antiguos, reliquias históricas, manuscritos y autógrafos. Todo cosas únicas que no podemos reproducir con nuestras máquinas. En Asia y en Europa, existen todavía colecciones privadas y públicas llenas hasta rebosar de esos tesoros que no se pueden imitar, acumulados durante setenta siglos de civilización”.

“Entre los europeos y los asiáticos aumenta cada día la manía de poseer aparatos mecánicos más modernos y disminuye al mismo tiempo el amor hacia los restos de la vieja cultura. Llegará pronto el momento en que se verán obligados a ceder sus Rembrandt y Rafael, sus Velásquez y Holbein, las Biblias de Maguncia y los códices de Homero y los joyeles de Cellini y las estatuas de Fidias, para obtener de nosotros algunos millones de coches y de motores. Y de este modo el almacén retrospectivo de la civilización universal deberán venir a buscarlo a los Estados Unidos, con gran ventaja, por otra parte, para las industrias del turismo”.

“Además, mis precios como consecuencia de la reducción del coste, serán de tal modo bajos, que hasta los pueblos más pobres podrán comprar mis aeroplanos de deporte y mis automóviles de familia. Yo no busco, como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que yo haga con los millones? Si vienen no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi sistema altruista y filántropo”.

“Personalmente vivo como un asceta: tres dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme. Soy el místico desinteresado de la producción y de la venta: las ganancias excesivas me fastidian y no aprovechan más que al fisco. Mi ambición es científica y humanitaria; es la religión del movimiento sin reposo, de la producción sin límites, de la máquina liberadora y dominadora. Cuando todos puedan poseer un aeroplano y trabajar una hora al día, entonces yo figuraré entre los profetas del mundo y los hombres me adorarán como al auténtico redentor. Y ahora, viejo Gog, ¿un drink? ¿Es cierto que pertenece usted secretamente a los «húmedos», o le han calumniado?”.

No había bebido nunca un whisky tan perfecto y no había hablado nunca con un hombre tan profundo. No olvidaré fácilmente esta visita en Detroit.

(De “Gog” de Giovanni Papini-Ediciones Ercilla-Santiago de Chile 1937)

lunes, 16 de octubre de 2017

Socialistas para dar, ¿o para recibir?

De la misma manera en que Albert Einstein establecía experimentos imaginarios (como el de un hombre que puede desplazarse a la velocidad de la luz) para vislumbrar lo que habría de suceder en ese hipotético caso, podemos intentar validar las diversas actitudes políticas (como la actitud socialista), suponiendo lo que habría de ocurrir si todos los hombres del mundo fuesen socialistas. Luego, los beneficios o los perjuicios que se producirán serán proporcionales al porcentaje real de socialistas.

Podemos distinguir algunas variantes que orientan a los hombres hacia el socialismo. La primera de ellas es la de quien carece de suficiente confianza en sí mismo, o del que carece de suficiente fuerza anímica para enfrentar la dura y cotidiana lucha por la vida. En estos casos, aspira a que el Estado confisque las riquezas producidas por las empresas, o bien las empresas mismas, previendo que de esa manera habrá de mejorar su seguridad económica.

Una gran parte de quienes anhelan el socialismo la integran los envidiosos, que no tendrían inconvenientes en vivir una vida con mayores necesidades materiales y espirituales con tal que los envidiados vayan a padecer esas mismas incomodidades o sufrimientos. Ven en el socialismo un camino rápido para liberarse del castigo auto-infligido que los persigue en forma permanente.

También simpatizan con el socialismo quienes, aun con medios económicos suficientes, odian a los empresarios. En la competencia egoísta existente en muchas sociedades, no faltan quienes no soportan ser superados ampliamente por otros, y ven en la expropiación de los medios de producción la posibilidad de sacarse de encima a varios empresarios que los superan. Al no ser ellos mismos empresarios, suponen que las expropiaciones masivas no los afectarán, como es el caso de los empleados públicos con bastante jerarquía.

Finalmente encontramos a quienes aspiran al socialismo para desempeñar un cargo ejecutivo, para llegar a detentar un poder casi ilimitado que les permitirá repartir desde el Estado lo confiscado al sector productivo. Desean repartir lo de otros; nunca de lo propio. Como en todos los casos, el socialista tiene una amplia vocación por distribuir las riquezas ajenas, y de lo único que habla es de esa distribución. Pero nunca habla de distribuir sus propias riquezas y mucho menos de producirlas personalmente para redistribuirlas luego. En este caso cabe agregar que “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”.

Si todos los hombres del mundo adhirieran al socialismo, todos tratarían de distribuir las riquezas ajenas, o las que otros producen, y nadie intentaría producirlas en forma eficiente y suficiente. El caos se adueñaría de la humanidad ante la falta de producción de bienes y servicios.

El socialista por lo general argumenta en contra de la competencia promovida por el sistema capitalista, sin advertir que la competencia en el mercado sirve para proteger al consumidor y al trabajador de los excesos que puedan cometer los empresarios, por cuanto se trata de impulsar una competencia para una mayor cooperación. El socialista, por el contrario, es competitivo preferentemente en cuestiones estrictamente materiales, como la posesión de riquezas, ignorando cualquier otro tipo de valores. Vladimir Bukovsky escribió: “El socialismo es una idea que ahora está en el candelero, pero que carece de sentido. Simplemente, la gente tiene el antojo de llamar con este nombre a todo lo bueno e inasequible. Incluso se ha llegado a decir que los primeros cristianos también fueron socialistas. ¿Cómo no, si estuvieron luchando por la igualdad?”.

“Como decía un amigo mío, el parecido es puramente superficial: porque los cristianos proponían repartir lo que tenían ellos mismos y voluntariamente, mientras los socialistas tienen sus miras puestas en lo que tienen los otros y quieren obtenerlo por la fuerza. Para hacer donaciones voluntarias, no hace falta ningún socialismo. Podría prescindirse por completo de la burocracia y el mundo sería mucho mejor”.

“En el fondo, jamás he podido entender del todo a los socialistas”. “¿Por qué esta reacción enfermiza ante la desigualdad material? ¿De dónde les viene a los socialistas tanta envidia, tanto espíritu mercantil? La mayor parte de ellos son intelectuales, se supone que viven en un mundo de ideas y no de cosas. Su teoría asombra por su incoherencia: por una parte, no dejan de criticar el consumismo, el materialismo y los intereses creados; por otra, es precisamente este aspecto de la vida el que más los emociona, es precisamente en el consumismo donde pretenden establecer la igualdad. ¿Acaso creen que si se da a todos una ración igual de pan, en el acto se convierten en hermanos? A los hombres los hacen hermanos los sufrimientos y esperanzas compartidos, la ayuda y el respeto mutuos, el reconocimiento de la personalidad del otro. ¿Pueden ser hermanos los que cuentan celosamente los ingresos de los demás, los que no apartan su envidiosa mirada de cada bocado engullido por el vecino? No, yo no quisiera tener por hermano a un socialista”.

“Ésta es la igualdad social que, por algún motivo, siempre se ha de conseguir al precio de destruir lo bueno sin mejorar lo malo. No sé porqué será así. Por lo visto, es más fácil. Destruir no es lo mismo que construir. Si usted tiene una buena casa y la de su vecino es mala, para ser iguales es más fácil destruir la casa de usted que reformar la de su vecino. Si usted tiene más dinero que su prójimo, es más fácil quitárselo a usted que dar más al otro. ¿Dirá que estoy exagerando? En absoluto. Por ejemplo, en Inglaterra hay educación privada que es considerada como buena, y la estatal, que tiene la fama de ser mala. ¿Qué nos proponen los socialistas? Claro, suprimir la buena. Mejor si no es para nadie que sólo para unos cuantos. Esto también es igualdad. Al fin y al cabo, de esta forma se estableció la igualdad en todos los países socialistas, a costa de una penuria total y uniforme” (De “El dolor de la libertad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).

El avance del socialismo se vislumbra también en el predominio absoluto de la promoción de los derechos, de todo tipo, y la casi inexistente promoción de los deberes individuales. Imaginemos una sociedad en la cual todos esperan que el Estado protector satisfaga los derechos de cada uno, mientras que ninguno tenga la predisposición para cumplir con sus deberes. Se advierte que, en el caso considerado, el Estado no dispondrá de recursos suficientes para satisfacer los derechos de todos. La sociedad tenderá hacia su autodestrucción. El citado autor escribió al respecto: “Una de sus consecuencias más negativas [de transferir los deberes al Estado] es, sin duda, la virtual entrega de las responsabilidades personales en las manos del Estado, lo cual equivale a renunciar a toda responsabilidad y a la libertad, a la vez. Porque las dos cosas están profundamente vinculadas. Por ejemplo, una persona normal entiende que debe socorrer a los que están peor que ella. Pero en nuestra ansia por una igualdad institucional remitimos esta función al Estado, de forma que ahora es éste el que se compromete a socorrer a los necesitados. Si pago impuestos por ello, deja de ser asunto mío. Como resultado, la obligación moral de ayudar se ha convertido en una obligación jurídica, y yo he perdido el derecho a decidir si quiero o no ayudar a alguien”.

“Primero, las desdichas humanas me resultan indiferentes, pues he pagado por ellas un rescate. Segundo, ahora el necesitado no espera ayuda, sino exige lo que se le debe, y que es algo que pertenece a todos, es decir, a nadie. De esta forma, el número de los necesitados va en alza. Tercero, mi participación en la vida de la sociedad se convierte en mera formalidad, porque no soy yo quien controla la distribución del dinero procedente de los impuestos. Cuarto, lo peor, es que la burocracia crece en forma monstruosa, se fortalece el papel del Estado y ello absorbe una parte considerable del dinero (y como consecuencia, los impuestos suben)”.

“En general, un rasgo inevitable del socialismo es el crecimiento de la burocracia. Parece que dejamos de tener confianza en nosotros mismos, en nuestro sentido del deber, en la justicia, en nuestra capacidad para resolver nuestros problemas. El Estado, personificado en la burocracia, se convierte en nuestro árbitro, en nuestro controlador y, por fin, en nuestro opresor”.

“La burocracia tiene la propiedad de tender a un crecimiento en proporciones geométricas. Es el Frankenstein de nuestro tiempo que empieza a cobrar una existencia independiente, obedeciendo a unas leyes que desconocemos y proponiéndose unos objetivos que desconocemos también. El funcionario es igual en todas partes. No se interesa por el trabajo que debería hacer. Su interés se centra en su propia existencia. De ahí vienen la ineficacia y la corrupción”.

Como resulta casi imposible convencer, acerca de los defectos inherentes al socialismo, tanto al deprimido, al envidioso o al aspirante al poder absoluto, ya que tienen una gran urgencia por destruir la sociedad capitalista que se opone a sus planes y esperanzas, sólo queda la alternativa de concienciar a las personas responsables de que el socialismo es el camino seguro hacia la destrucción social e individual de toda nación.

viernes, 13 de octubre de 2017

Pensamiento individual vs. pensamiento de grupo

El pensamiento individual, considerado como un pensamiento libre de toda influencia exterior, es poco frecuente. Incluso resulta indeseable por cuanto todo individuo debería basar sus pensamientos en el conocimiento aportado por las generaciones anteriores, luego de adoptar como referencia a la propia realidad. De ahí que debe distinguirse entre un pensamiento compartido y coincidente, como el de quienes muestran una preferencia por la verdad, del pensamiento coincidente de grupo, caracterizado por una pobre predisposición de sus integrantes a pensar individualmente.

Debemos distinguir entre la coincidencia que surge entre los científicos, quienes aceptan conocimientos verificados experimentalmente, de la coincidencia existente entre los políticos que integran un partido, por cuanto en este caso, generalmente tienden a repetir lo que ha sido impuesto por los ideólogos más influyentes. A pesar de las coincidencias, en ambas situaciones, los primeros tienen la predisposición a pensar individualmente, mientras que los políticos abandonan esa “saludable” predisposición.

El pensamiento de grupo, que en realidad es la difusión del pensamiento individual de uno de sus integrantes, aparece preferentemente en la religión y en la política, aunque también surge en otros ámbitos, como en la filosofía e incluso en la ciencia experimental. En este último caso, el sectarismo se observa en las fronteras de la ciencia, es decir, en el campo de las teorías en gestación, y no tanto en el campo de lo ya verificado, como es el caso de las interpretaciones filosóficas de las teorías verificadas.

Podemos distinguir entre quienes viven para la ciencia y quienes viven de la ciencia, ya que, cuando ésta constituye una actividad que permite la supervivencia individual, puede aparecer la predisposición a priorizar el trabajo a la verdad. Esto ha pasado en años recientes con la “teoría de cuerdas”, en física, cuyos adeptos tienen mayores posibilidades de lograr trabajos universitarios que aquellos que optan por teorías alternativas. Lee Smolin escribió al respecto: “En nuestros intentos de evaluar objetivamente el trabajo de nuestros colegas, los profesores tendemos de una forma casi refleja a premiar a los que están de acuerdo con nosotros y a penalizar a los que no lo están…Las modas intelectuales han adquirido demasiada importancia y la carrera académica de quienes las ignoran conlleva una cierta dosis de riesgo”.

“Aun cuando la mayoría de los teóricos de cuerdas son personas íntegras que llevan a cabo su trabajo con la mejor de las intenciones, algunos aspectos de la sociología de este ámbito son aberrantes, comparados con los ideales que definen a la más amplia comunidad científica, y han llevado a patologías en la metodología de la física teórica que retrasan el progreso. No se trata de si vale la pena seguir apoyando a la teoría de cuerdas o seguir trabajando en ella, sino de por qué la teoría de cuerdas, a pesar de la acuciante carestía de predicciones experimentales, ha monopolizado los recursos disponibles para hacer adelantar la física experimental y, por tanto, bloqueado la investigación de otros enfoques alternativos igual de prometedores” (De “Las dudas de la física en el siglo XXI”-Crítica-Barcelona 2007).

La actitud sectaria de varios de los partidarios de la teoría mencionada ha sido descripta por JoAnne Hewett de la siguiente manera: “La arrogancia de algunos teóricos de cuerdas me parece pasmosa, incluso según los patrones de los físicos. Algunos creen de verdad que todos los teóricos que no estudian las cuerdas son científicos inferiores, algo que se refleja en las cartas de recomendación que se envían entre ellos, incluso alguno de ellos me lo ha dicho a la cara…Se percibe que la teoría de cuerdas tiene tanta importancia que debe ser practicada a expensas de cualquier otra teoría. Dos son las manifestaciones de esta actitud: por una parte, los teóricos de cuerdas han sido contratados en los cuerpos docentes a un nivel desproporcionadamente alto, que no se corresponde necesariamente con la capacidad de todos los candidatos, y por la otra, los jóvenes teóricos de cuerdas no suelen estar bien formados en física de partículas; algunos tienen graves problemas en nombrar partículas fundamentales de la naturaleza. Ambas manifestaciones resultan preocupantes para el futuro a largo plazo de nuestra disciplina”.

Smolin relata el caso de un ganador del Nobel que fue criticado por un adepto a la teoría de cuerdas: “La arrogancia que describe la doctora Hewett constituye una característica de la comunidad de los teóricos de cuerdas desde sus inicios. A Subrahmanyan Chandrasekar, sin duda el más grande de los astrofísicos del siglo XX, le encantaba explicar la historia de una visita que realizó a Princeton a mediados de la década de 1980 donde fue festejado con motivo de su reciente premio Nobel. Durante la cena se encontró sentado junto a un joven de aspecto serio y, tal como hacen los físicos a menudo para entablar conversación, Chandrasekar preguntó a su compañero de mesa: «¿En qué está usted trabajando?». El joven respondió: «Trabajo en teoría de cuerdas, el avance más importante de la física del siglo XX», tras lo cual el joven físico pasó a recomendarle a Chandra que dejara lo que fuera que estuviera haciendo y se pasara a la teoría de cuerdas si no quería arriesgarse a convertirse en igual de obsoleto que aquellos físicos que en los años veinte no se pasaron de inmediato a la teoría cuántica”.

“«Joven –contestó Chandra-, yo conocí a Werner Heisenberg y puedo asegurarle que Heisenberg nunca habría sido tan maleducado, ni le habría dicho a nadie que abandonara lo que fuera que estuviera haciendo y que se dedicara a la teoría cuántica. Y desde luego, nunca se habría mostrado tan irrespetuoso diciéndole a alguien que consiguió su doctorado hace cincuenta años que estaba a punto de convertirse en obsoleto»”.

“Cualquiera que frecuente a los teóricos de cuerdas tropieza regularmente con este tipo de confianza sublime. No importa cual sea el problema que se esté debatiendo, la única opción que nunca aparece (a menos que la introduzca alguien ajeno a la comunidad) es la posibilidad de que la teoría pueda ser errónea. Si la discusión se desvía hacia el hecho de que la teoría predice un amplio horizonte y que, en consecuencia, no realiza predicciones, algunos teóricos de cuerdas mostrarán gran entusiasmo en intentar cambiar la definición de ciencia”.

El comportamiento sectario y fanático, tan común en política, e incluso en sociología, ha sido descrito por Lee Smolin, a partir de sus observaciones personales en el ámbito de la física, de la siguiente manera:

1- «Una tremenda confianza en sí mismos» de los miembros de la comunidad, que conduce a la sensación de sentirse privilegiados y de pertenencia a una comunidad de elite de expertos.
2- Una «comunidad monolítica poco habitual», con un sentido muy fuerte de consenso, alentado o no por las pruebas, y una rara uniformidad de puntos de vista acerca de cuestiones por resolver. Estos puntos de vista parecen estar relacionados con la existencia de una estructura jerárquica donde las ideas de unos pocos dirigentes dictan los puntos de vista, la estrategia y la dirección a seguir en este campo.
3- En algunos casos, «un sentido de identificación con el grupo», similar a la identificación con una fe religiosa o con una plataforma política.
4- Un fuerte sentido de la existencia de una «línea divisoria entre el grupo y otros expertos»
5- El «desdén y la falta de interés hacia» las ideas, opiniones y trabajo de expertos que no formen parte de este grupo, y una preferencia a restringir la comunicación a los otros miembros de la comunidad.
6- Tendencia a «interpretar las pruebas de un modo optimista», a creer afirmaciones o resultados exagerados o incorrectos, y a desdeñar la posibilidad de que la teoría esté equivocada, lo que enlaza con una tendencia a creer que los resultados son ciertos porque «se creen ampliamente», aun cuando uno no haya verificado (ni siquiera visto) por sí mismo la comprobación.
7- Falta de apreciación por el punto hasta el cual un programa de investigación debería de implicar riesgo.

El pensamiento de grupo no es otra cosa que una forma de gobierno mental del hombre sobre el hombre. Se establece tal tipo de gobierno cuando se imparte información falsa que surge de quienes tratan de destacarse de los demás, posiblemente para compensar algún complejo de inferioridad, o bien surge de quien padece de negligencia para pensar por cuenta propia. Este proceso es esencialmente el de la masificación del hombre y del acceso posterior al gobierno por parte del totalitarismo; o el que lleva a conflictos religiosos y a los nacionalismos exagerados que generan guerras.

Una descripción general de este proceso es citado por Smolin, advirtiendo la semejanza con sus propias conclusiones: “He aquí una descripción de pensamiento de grupo extraído de un sitio web de la Universidad del Estado de Oregón que trata del tema de la comunicación. Esta lista no coincide punto por punto con mi caracterización de la cultura de la teoría de cuerdas, pero se acerca lo suficiente para ser preocupante”: «Los miembros de la comunidad se ven a sí mismos como formando parte de un grupo hacia el que sienten un deber de lealtad y de respeto, que trabaja en contra de un clan externo, por el que se siente desprecio, oposición o el deseo de competir, que se opone a sus objetivos. Se puede diagnosticar que un colectivo padece de pensamiento de grupo si:

1- Sobreestima su invulnerabilidad o su postura altamente moral;
2- Racionaliza colectivamente las decisiones que toma;
3- Demoniza o crea estereotipos de los grupos externos y de sus líderes;
4- Tiene una cultura de uniformidad donde los individuos se censuran a sí mismos y a los otros de modo que se mantenga la fachada de unanimidad del grupo, y
5- Algunos de sus miembros asumen por sí mismos la protección del líder del grupo ocultándole información, suya o de otros miembros del grupo»”.

Puede concluirse que, si tal proceso distorsivo del pensamiento se produce en un sector racional como es el de la física teórica, no debe extrañar a nadie que un proceso similar se dé en el caso de los intelectuales y la política, ámbitos en donde predomina el pensamiento de grupo influenciado ampliamente por el marxismo-leninismo. Sin embargo, mientras que la teoría de cuerdas todavía no ha sido descartada por los experimentos, el socialismo ha constituido un fracaso indiscutible. Chantal Millon-Delsol escribió: “El error del totalitarismo es haber identificado sociedad y comunidad, haber soñado con un consenso natural o fabricado. El pensamiento del Estado de derecho, por el contrario, funda su política en la existencia inevitable de la sociedad/diversidad”. “Era de desprecios: las esperanzas de sociedad perfecta desembocan en la opresión, mientras la política somete rápidamente lo que pretendía liberar. El sovietismo, que sin duda representaba la más grande esperanza del siglo, no deja un solo logro positivo, lo que revela una suerte de éxito sin par en el fracaso” (De “Las ideas políticas del siglo XX”-Editorial Docencia-Buenos Aires 1997).

miércoles, 11 de octubre de 2017

¿Para qué sirve la astronomía?

Luego de un análisis superficial, no son pocos los que sostienen que la astronomía constituye una actividad carente de sentido práctico; que absorbe recursos económicos que podrían destinarse a resolver problemas prioritarios. Sin embargo, al igual que las restantes ramas de la ciencia experimental, la astronomía ha brindado conocimientos que no sólo permitieron incrementar el nivel intelectual medio de la humanidad (implicando por ello también un “sentido práctico”), sino que además favorecieron el desarrollo de otras ramas de la ciencia, además de la tecnología.

La aplicación inicial de las observaciones astronómicas involucró la medida del tiempo. La rotación aparente del sol y su posición relativa, brindaron la posibilidad de medir la duración del año solar. La estimación de la duración del año, en las épocas de Rómulo (hace unos 27 siglos), fue de 304 días, por lo que el año se dividió en 10 meses comenzando en marzo. De ahí que septiembre proviene de siete, octubre de ocho, noviembre de nueve y diciembre de diez. Una mejora en las observaciones, por parte de los astrónomos romanos, se produjo cuando el sucesor de Rómulo, es decir, Numa Pompilio, introdujo los meses de Enero y Febrero. El nombre Enero (Jannuary, Gennaio, Janeiro, en inglés, italiano y portugués, respectivamente) proviene del dios Janos, que tenía dos caras: una que miraba al año viejo y otra al año nuevo.

Un perfeccionamiento posterior se establece en épocas de Julio César, al corregir las diferencias observadas mediante el agregado de un día en los años bisiestos. Al quedar todavía una diferencia de 11 minutos y 3,7 segundos, no advertido por los astrónomos de Julio César, en el lapso de unos siglos se acumulan algunos días, algo no aceptable para la Iglesia Católica, por cuanto se observaba un corrimiento temporal de las festividades religiosas. Ello conduce a que el Papa Gregorio XIII decida suprimir 10 días en octubre de 1582.

El calendario gregoriano, por ser de origen católico, no fue aceptado por los países protestantes. Incluso se da el caso en que Isaac Newton nace en el día de Navidad de 1642, en Inglaterra, mientras que, en varios países del continente europeo, los almanaques indican en 4 de enero de 1643. Daniel Castro Landeira escribió: “La reforma, estudiada por una comisión ad hoc convocada por el Papa Gregorio XIII y que dio lugar al calendario gregoriano, inaugurado en 1582, fue motivo de profundas discusiones, aun en los mismos países católicos (los cristianos ortodoxos orientales y protestantes directamente la rechazaron). Es que no hubo un proyecto único de reforma y cada autor buscaría que el suyo fuera el que se impusiera; y el que finalmente se adoptó representaba una solución de compromiso entre la exactitud y la simplicidad”.

“Finalmente, el método que se adoptó fue el que había ideado el médico calabrés Luigi Giglio (en latín Aloisius Lilius), que había muerto en 1576, y por lo cual el sistema, antes de ser conocido universalmente como calendario gregoriano, había sido designado con el nombre de calendario liliano” (De “Fronteras del tiempo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2000).

La astronomía promovió también el desarrollo de la trigonometría (tri-gono-metría, tres-ángulos-medir, es decir, medición de triángulos). Tanto los astrónomos como quienes realizan mediciones de terrenos y construyen mapas, utilizan la “triangulación” como operación básica para sus cálculos. Francisco Arago escribió: “Hiparco, a quien el mundo científico unánimemente ha otorgado el glorioso título del más grande astrónomo de la antigüedad, nació en Nicea, Bitinia, en fecha que no ha podido precisarse con exactitud…Sólo sabemos, a través de Ptolomeo, que hacia los años de 127 y 128 de nuestra era, el ilustre astrónomo gozaba de la plenitud de su vida”.

“Al principio, para sus observaciones, procedió Hiparco por la vía de la ascensión recta y de la declinación. Ideó métodos a fin de transformar estas dos coordenadas de los astros en longitud y latitud; en una palabra, se le debe la invención de la trigonometría esférica” (De “Grandes astrónomos anteriores a Newton”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1944).

La síntesis entre física y astronomía fue establecida por Isaac Newton cuando pudo enunciar las leyes de la mecánica junto a la ley de gravitación universal. La mecánica newtoniana, que fue el soporte teórico de la Revolución industrial, junto a la máquina de vapor, surgió, no tanto porque su descubridor pensaba en sus aplicaciones posteriores, sino para describir en forma aceptable al sistema planetario solar.

Los avances de la óptica se vieron favorecidos por el perfeccionamiento del telescopio de refracción, por parte de Galileo Galilei, quien fue el primer observador del cielo con ese instrumento, y también con la invención del telescopio de reflexión por parte de Newton.

La fundamentación adicional de la física del calor, la termodinámica, se logró con la mecánica estadística. Los pioneros trabajos de James Clerk. Maxwell estuvieron relacionados con un estudio previo de los anillos de Saturno. Miguel Ángel Sabadell escribió: “En 1857, un problema absorbió prácticamente todo el tiempo libre de Maxwell, una incógnita que había estado intrigando a los astrónomos durante más de doscientos años: los anillos del gigante gaseoso Saturno. Su sistema de anillos desafiaba las leyes de la dinámica celeste y este misterio fue llevado al centro de la arena científica cuando se convirtió en tema para un premio”.

“Considerar el rozamiento como algo que perturbaba la estabilidad del sistema le llevó a reflexionar sobre la viscosidad de los gases y, de ahí, saltó a investigar la teoría cinética de los gases, una de sus obras más importantes” (De “Maxwell. La síntesis electromagnética”-RBA Coleccionables SA-Buenos Aires 2013).

También las observaciones astronómicas permitieron a los químicos conocer un nuevo elemento; el helio, descubierto en el Sol antes de ser observado en la Tierra. D. N. y V. D. Trífonov escribieron: “El hallazgo del helio ocupa un lugar excepcional en la historia de los elementos químicos. Es que, en el año 1868, en el espectro de las protuberancias solares fue descubierta una línea que no correspondía a ningún elemento existente en la Tierra. Precisamente este hecho permitió a los científicos afirmar que en el Sol existía un elemento desconocido denominado helio. Pero en objetos terrestres el helio fue encontrado sólo a los 27 años y por primera vez separado en forma material” (De “Cómo fueron descubiertos los elementos químicos”-Editorial MIR-Moscú 1984).

Con la expansión de la física teórica al ámbito del núcleo atómico, se fueron requiriendo aceleradores de partículas cada vez más potentes. Se ha llegado al extremo de que la verificación experimental de las teorías de gran unificación exige energías mucho más altas que las disponibles en los aceleradores de partículas actuales, e incluso de los que podrán construirse en un futuro. Esta imposibilidad, que antes se compensaba con los rayos cósmicos (el acelerador de partículas “de los pobres”), sólo puede solventarse con el estudio que los astrónomos y astrofísicos realizan sobre los instantes iniciales del big-bang, es decir, del universo en sus inicios, mediante confirmaciones indirectas manifestadas con la radiación existente en el universo.

El sentido práctico de todo esto se vislumbra ante la certeza de que tanto el petróleo como el uranio se agotarán en cuestión de decenas de años, o a lo sumo, en pocos siglos, por lo que la única alternativa de supervivencia de la humanidad radica en la posibilidad de obtener energía de la fusión nuclear, cuyo “combustible” es el hidrógeno. Y no sería del todo descabellado pensar que, para lograr éxito en ese proceso tecnológico, sea necesario contar con una teoría unificada de las fuerzas de la naturaleza; teoría que sólo podrá verificarse por su compatibilidad con las condiciones iniciales del universo. La astronomía habrá cumplido nuevamente la misión de permitir un nuevo avance en el conocimiento científico.

domingo, 8 de octubre de 2017

Igualdad vs. Igualitarismo

La palabra “igual” nos indica que dos o más objetos pueden intercambiarse sin que se note la diferencia. Es por ello que el signo “igual”, empleado en matemáticas, consiste en dos líneas de la misma forma y longitud. En el caso de los seres humanos, “igualdad” implicará que lo bueno o lo malo que le suceda a alguien, afectará en forma similar a quienes le rodean. De ahí que la igualdad promovida por el cristianismo no es otra cosa que el efecto inmediato del cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo, entendiéndose como “prójimo” a cualquier persona.

Debido a que las acciones y las actitudes humanas dependen esencialmente de la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, o a la ausencia de esa predisposición, la igualdad de mayor importancia será justamente la asociada a nuestros afectos, de donde surge la moral natural.

Sin embargo, hay quienes suponen que la igualdad, o la desigualdad, entre los hombres dependen de otros aspectos, por lo que dejarán de lado la igualdad promovida por el cristianismo y buscarán la igualdad en aspectos económicos, sociales o intelectuales. A estas nuevas formas de búsqueda de la igualdad se les podrá denominar “igualitarismos”, ya que los resultados obtenidos llevan a mayores situaciones de desigualdad, además de impedir la preponderancia de los valores éticos.

Entre los casos de igualitarismo se pueden mencionar las diversas utopías, o socialismos voluntarios, en los cuales la igualdad consistía esencialmente en una igualdad económica. El siguiente paso fue el socialismo involuntario, o “socialismo científico”, mediante el cual se obligó a mucha gente a vivir en sistemas colectivistas con un criterio similar, pero con resultados mucho peores.

Cundo un tirano somete, contra la voluntad de la gente, a vivir según su criterio y sus gustos personales, se establece una desigualdad esencial entre un sector, o clase, dirigente y una clase dirigida. Sólo existe libertad para el tirano mientras que la clase dirigida es presionada a adoptar un igualitarismo respecto a la vestimenta, la comida, las costumbres, las expresiones verbales e incluso los pensamientos. Los sistemas socialistas promueven y publicitan una “igualdad” que no es tal.

En estos casos, existe un fundamento teórico, incompatible con las conclusiones de la genética, por el cual se considera a la educación y a la influencia social, como los únicos determinantes de las conductas individuales, sin tener en cuenta los aspectos hereditarios que tienen una influencia similar. Incluso algunos suponen que la influencia recibida por un individuo podrá incorporarse a sus genes de manera que tal influencia podrá transmitirse en forma hereditaria a las próximas generaciones. Tal fue el proyecto llevado a cabo de la Unión Soviética con la esperanza de que el “hombre nuevo soviético” constituiría la base de la humanidad futura.

La teoría del hombre que nace con una mente como una pizarra en blanco, en la cual se podrá inscribir lo que el educador decida, ha sido el fundamento erróneo de quienes no pierden las esperanzas de establecer al “hombre nuevo soviético” bajo el nombre de “marxismo cultural”. De ahí que la palabra “igualdad” suena y resuena en todas partes, pero no se trata de la igualdad propuesta por el cristianismo, sino el igualitarismo que surge del socialismo involuntario. Henry de Lesquen escribió: “La tesis utópica según la cual la sociedad perfecta es posible, se apoya en la tesis igualitaria, que puede resumirse en la fórmula siguiente: «la justicia se confunde con la igualdad» o, mejor aún, «toda desigualdad es por naturaleza injusta». Afirmar que abolir todas las desigualdades es deseable, equivale a sugerir que la cosa es concebible. Esta tesis extremista, esta concepción extraordinariamente simplista de la justicia y de la antropología, insostenible, que las fundamenta constituyen el núcleo del discurso ideológico contemporáneo. La utopía igualitaria se ha constituido en la ideología dominante”.

“Afectiva y lógicamente, el igualitarismo no es viable más que, si renunciando a ser una individualidad, el hombre acepta fusionarse con las «vastas masas»: el colectivismo es el corolario del igualitarismo. Éste, al pretender poner fin a la alienación, culmina en la disolución de la individualidad en el Gran Todo, lo cual representa la alienación suprema y la fórmula del totalitarismo” (De “La política de lo viviente”-EUDEBA-Buenos Aires 1981).

Cuando se comienza a poner a prueba la tesis igualitaria, aparecerán opositores y será necesaria la represión, ya que se supone que el opositor es alguien que lleva encima la mala influencia, o mala educación, recibida de las sociedades poco igualitarias del pasado, y ello no debe tolerarse. El citado autor agrega: “La utopía, por poco que se crea sinceramente en ella, legitima las dictaduras más implacables. Porque a la fascinación de la fuerza se añade, para justificar el horror, el atractivo de una meta paradisíaca; la edad de hierro lleva en sí la promesa de una nueva edad de oro”.

Si las generaciones anteriores vivieron en sociedades injustas, ello se debe, como se dijo, a la mala educación, es decir, a las ideas erróneas reinantes. Por ello debería buscarse al “hombre natural”, no contaminado por la sociedad, para corregir los errores acumulados por la humanidad a través de la historia. Dos de esos autores fueron Jean Jacques Rousseau y Karl Marx. “Para ellos, la sociedad es culpable por haber ocultado, siempre y en todas partes, la verdadera naturaleza humana. En tales condiciones, se estiman autorizados para excluir de su respectivo sistema a esta realidad embarazosa. Según Rousseau, el hombre auténtico es, claro está, el buen salvaje; pero ya no hay buenos salvajes. El hombre auténtico según Marx es el elegido futuro de la sociedad sin clases, pero tampoco hay ahora sociedades sin clases. Entre los dos, los hombres se encuentran despojados de su ser genuino, «alienados» por y en las instituciones sociales”.

Para purificar de una vez y para siempre a la sociedad enferma, deben destruirse todas las instituciones existentes, para instalar luego una tiranía; proceso que se ha dado muchas veces en la historia. “Para ilustrar la constante relación entre igualitarismo y tiranía, también podría remontarse la Historia hasta la antigüedad griega. He aquí, por ejemplo, en qué términos describe Jean Rouvier el régimen instaurado por Clístenes, tío de Pericles, en la Atenas de fines del siglo VI AC: «Asistimos a la primera tabla rasa, a la primera gran violación de la naturaleza…Una sola palabra de orden: unidad por medio de la uniformidad en la igualdad…¡Al diablo con la historia y la geografía, con los problemas raciales, psicológicos, fisiológicos de una sociedad determinada!»”.

Las revoluciones comunistas del siglo XX también fueron realizadas con la esperanza de que luego de la destrucción de la sociedad enferma habría de surgir la buena sociedad, sin tener en cuenta que el hombre siguiera siendo el mismo de siempre. En cuanto a tales objetivos, Henry de Lesquen agrega: “Su objetivo no apunta a sustituir a un hombre por otro, una institución por otra, sino a hacer tabla rasa, y de una vez por todas, de las jerarquías. En estado puro, esto da por resultado, como en China, la Revolución Cultural. La amplitud que puede revestir una revolución tal se mide en una óptica donde la cultura es todo y la naturaleza, por decir así, nada”.

Mientras que el igualitarista supone que el recién nacido nada traería en su mente, y que la desigualdad posterior proviene de la desigual educación, al pretender establecer una educación que habría de incorporarse a la herencia genética, se estaría admitiendo que esta vez los niños sí habrían de traer ciertas pautas cognitivas en el momento del nacimiento. En realidad, el comportamiento de todo ser humano tiene una componente hereditaria y una componente cultural. Pero para que se puedan manifestar todas las potencialidades individuales, es preciso que la vida se desarrolle en un ámbito de libertad. Michel Poniatowski escribió: “La única igualdad verdadera es la de las oportunidades brindadas a cada individuo para expandir al máximo sus dones y desarrollar sus aptitudes y no una igualdad de situaciones impuesta artificialmente a seres que por su esencia son diferentes. Una sociedad justa no es una sociedad en la cual todos los individuos son colocados al mismo nivel y considerados idénticos, sean cuales fueren sus talentos y méritos personales. Por el contrario, es aquella en la cual cada uno puede elevarse en la escala social en mérito a sus aptitudes personales y su trabajo, independientemente de toda consideración social, cultural o financiera” (De “El futuro no está escrito en ninguna parte”-EUDEBA-Buenos Aires 1981).

También los ámbitos educativos sufren los efectos del igualitarismo, ya que, en lugar de promover el libre desarrollo de las potencialidades individuales, se busca “igualar” a los alumnos preparándolos, en muchos casos, para el socialismo. Poniatowski agrega: “Sociología, psiquiatría y ciencias de la educación funcionan hoy todavía como si la genética no existiera. Las reformas a la enseñanza han sido elaboradas partiendo de la creencia de que las diferencias de aptitudes comprobadas entre los niños podrían ser corregidas por la educación. Puede observarse a propósito de las múltiples experiencias de «pedagogía nueva», un hecho significativo: las únicas que se han desarrollado de manera satisfactoria en el campo científico (condiciones de experimentación, criterios de apreciación de resultados) han desembocado en un resonante fracaso. Ningún mejoramiento del C.I. [coeficiente intelectual] del individuo ha podido ser observado”.

“Ha llegado el momento de sacar moralejas de esos fracasos y determinar las causas. Provienen de una obstinación. La de no concebir la política social o educacional sino como resultante del medio. Los sostenedores de esta tesis se resisten a integrar cierto número de descubrimientos científicos a su concepción del mundo. No quieren tener en cuenta las experiencias de la genética moderna en la elaboración de la política de la enseñanza, de la orientación y de la selección profesionales. Hay allí un verdadero oscurantismo anticientífico, que se extiende por otra parte a sectores como la criminología y el tratamiento de los trastornos mentales, cuyos progresos retarda sensiblemente. En este último caso, por ejemplo, la negación de toda predisposición hereditaria a los problemas psicosomáticos y la testarudez por no averiguar más que causas y remedios relacionados con el ambiente (cf. psicoanálisis), han demorado el progreso de la quimioterapia, cuya eficacia en la actualidad nadie osaría discutir”.

“Esta controversia sobre la igualdad se beneficiaría, por otra parte, si fuera esclarecida. Frecuentemente se muestra una tendencia a confundir, con el vocablo general de «igualdad», nociones totalmente distintas: la igualdad genética de las aptitudes, que es una vieja utopía; el igualitarismo, que es la aspiración ideológica, la cual conviene determinar en qué medida es compatible con la realidad biológica y con la libertad individual; finalmente la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, que constituyen derechos humanos universalmente deseables y valederos”.

jueves, 5 de octubre de 2017

De la propiedad privada a la propiedad colectiva

Puede hacerse un análisis comparativo de las principales posturas políticas y económicas en función de la propiedad, comenzando con el caso ideal en que unas 1.000 familias conforman una sociedad en la cual la propiedad es privada, o individual, careciendo de Estado. Los intercambios comerciales se establecen según el proceso del mercado. Se supone que todos sus integrantes son éticamente cooperativos con niveles normales de egoísmo y de negligencia. Esta sociedad posible, vendría a ser la promovida por algunos sectores anarquistas.

En toda sociedad real, sin embargo, aparecen ladrones y estafadores. De ahí que la sociedad anterior debe contratar policías y establecer un poder judicial para poder mantener las condiciones inicialmente indicadas. Como todavía no existe el Estado benefactor, cada integrante de la sociedad sabe que si alguien no puede trabajar circunstancialmente deberá ayudarlo económicamente. De lo contrario, sentirá el cargo de conciencia de no haberlo ayudado pudiendo hacerlo. Esta sociedad se orienta por principios morales que surgen de la empatía existente en toda persona normal.

Supongamos que, con el tiempo, el egoísmo adquiere mayor importancia. Esta vez el Estado mínimo (que sólo contaba con policías y justicia) debe encargarse también de ayudar a los necesitados. El ciudadano que antes sólo pagaba impuestos por seguridad y justicia, deberá ahora pagar un porcentaje mayor de sus ingresos. A medida que crecen los defectos morales, crece también el Estado y también los impuestos, y es menor la posibilidad de inversión productiva, deteriorándose la economía.

Mientras que algunos interpretan que todos los hombres son buenos, o que tienen una parte buena que es necesario despertar, y que la sociedad deberá volver a intentar un comportamiento cooperativo, reduciendo tanto los defectos morales como el Estado, existen los sectores socialistas que aducen que el hombre es egoísta por naturaleza y que sólo un Estado grande puede encauzarlo por el buen sendero.

Por el camino socialista, el Estado cobra cada vez mayores impuestos, ya que no sólo ayuda al que quedó imposibilitado circunstancialmente de trabajar sino también a quienes tienen poca predisposición o pocas aptitudes para el trabajo. Con ello el Estado llega a cobrar impuestos cercanos al 50% de los ingresos del sector productivo, siendo como un socio pasivo que se lleva la mitad de las ganancias. Las empresas disponen de menor posibilidad de crecimiento y existen menores posibilidades de crear nuevos empleos. Comienza a haber desocupación laboral, mientras que pocos tienen la predisposición a ayudar a los demás por cuanto no disponen de dinero suficiente, además de que el Estado ha tomado bajo su responsabilidad dicha función social.

Si el Estado sigue aumentando los impuestos, recaudará menos que antes por cuanto habrá menos predisposición a pagarlos. De ahí surge la idea socialista de colectivizar (o estatizar) la propiedad individual por lo cual será ahora el Estado el dueño de todo y es el que decidirá el porcentaje de retorno que concederá a los antiguos dueños como pago por la producción realizada. Bajo el lema “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad” establecerá premios morales (no económicos) a quienes más produzcan, ya que no permite la búsqueda de objetivos individuales, sino sólo colectivos.

Aquí existe cierta contradicción, ya que se llegó al socialismo por suponer que el hombre es egoísta por naturaleza y que no es capaz de ayudar al prójimo aun cuando tenga posibilidades de hacerlo. Pero si antes, en la etapa anárquica, no era capaz de ayudar teniendo todas las posibilidades de hacerlo, bajo el socialismo, contando con muchos menos recursos, menor aún será su predisposición, ya sea en forma voluntaria o involuntaria. Como consecuencia de ello desde el Estado se impondrá la coerción, el castigo y el terror.

Las mayoría de las sociedad actuales, aun cuando se las denomine como “capitalistas”, están lejos de serlo, por cuanto existen varias formas de monopolio que impiden establecer verdaderos mercados libres y competitivos, como lo sugiere el liberalismo. Los monopolios naturales aparecen cuando hay pocas empresas y ello impide la competencia posterior con las ventajas correspondientes. Los pocos empresarios eficaces no deberían ser criticados como “monopolistas”, ni tampoco por generar “desigualdad social” por cuanto esa situación depende también de los empresarios ausentes.

También existen grupos de empresas que tienden a formar monopolios de manera de imponerle al mercado los precios que les convengan, por lo que el mecanismo del mercado deja de funcionar como tal. Ello lo consiguen estableciendo una distinta cantidad de votos por cada acción, en las votaciones para la toma de decisiones empresariales, asegurando siempre la tenencia del control. Agustín Edgardo Digier escribió: “Se constituye una SA [Sociedad anónima], que llamaremos Alfa, con un capital de 100 unidades monetarias. Se emiten 100 acciones de una (1) unidad monetaria cada una. De ellas, 20 acciones tienen derecho a cinco (5) votos cada una, y las 80 restantes derecho a (1) un voto por acción (no olvidar que las decisiones más importantes, las de política empresaria, se toman en las asambleas por mayoría de votos). El grupo promotor suscribe el 20% (veinte por ciento) del capital, 20 acciones con derecho a 5 votos cada una. El 80% restante del capital se ofrece a la comunidad por oferta pública o privada, que suscriben y aportan capital por 80 representado por igual número de acciones con derecho a un voto cada una”.

“Veamos qué sucede en una asamblea de accionistas, suponiendo que se encuentren presentes todos ellos, el 100% del capital (llamado «asamblea unánime»).

20 acciones presentes por 5 votos por acción, total votos = 100
80 acciones presentes por 1 voto por acción, total votos = 80

Tiene la mayoría e impone «su política» el 20% del capital que dispone de mayoría de votos, ¡decide!”.

“Por este mecanismo se conforman «grupos económicos», constituyendo varias empresas, en cada una de las cuales aportan sólo el 20% del capital. Estas empresas vinculadas por la propiedad de las mayorías de votos concentradas en una o pocas manos conforman el holding, dedicando su actividad a diferentes producciones de bienes y/o servicios o a distintas etapas de una actividad” (De “Economía para no economistas”-Valletta Ediciones SRL-Buenos Aires 1999).

Esta indeseada concentración de poder económico no es del agrado de los sectores liberales ni tampoco de los sectores socialistas. Sin embargo, mientras los liberales abogan por la vigencia de un mercado libre auténtico, los socialistas aspiran a establecer una concentración económica mucho mayor aún, ya que, suponen, el empresario monopolista es malo por naturaleza mientras que el socialista a cargo del Estado es bueno por naturaleza. Carlos Becker escribió: “La propiedad colectiva de los medios de producción es una simple ficción. La «socialización» de los medios de producción es un ideal cuya realización con el desarrollo económico moderno no es posible. El propietario de los medios de producción sería el Estado, vale decir, una institución política. Se reemplazaría el monopolio privado, parcial, por el monopolio total gigantesco y burocrático. A los monopolios particulares siempre se les podría controlar si se quisiera. No sería posible hacer lo mismo con el monopolio universal del Estado”.

“Además, mirando de más cerca, vemos que las dificultades no se pueden atribuir al hecho de la propiedad privada de los medios de producción, sino a su parcial y progresiva «socialización». El productor cartelizado no dispone libremente de sus medios de producción y las más de las veces el productor no cartelizado tampoco. El primero está controlado por el Cartel, el segundo por el Estado. Este hecho nos parece más significativo y determinante que la propiedad privada de los medios de producción en la evolución de la economía de la posguerra. En efecto, no es el productor, ni el intermediario individual el que impide la utilización integral de su capacidad de producción o distribución, son las organizaciones o el Estado. Éste y aquellas son las principales y, casi las únicas causas de la crisis permanente de las salidas y de todos los efectos que de ella se derivan”.

“¿Entregar el derecho de disponer de los medios de producción a la colectividad? Muy bien. Ello sería el verdadero socialismo, pero no es el de los socialistas o comunistas en su gran mayoría, necesariamente. Ellos no saben sino confiar los medios de producción al Estado. Naturalmente, no al Estado que ellos llaman «capitalista», sino al Estado de ellos, al Estado «socialista». Pero ese Estado, una vez propietario de los medios de producción, sería mucho más capitalista que cualquier otro Estado lo hubiera sido jamás”.

“Ese Estado no sería el Estado de ellos, los socialistas, sino que ellos pertenecerán al Estado, como todos aquellos que vivirán bajo la dominación de ese tal Estado. Ese Estado será el peor de los capitalistas, porque será más fuerte y más voraz que todos los capitalistas privados en su conjunto, porque disfrutará de un verdadero monopolio absoluto. Este grado de dominación no puede ser alcanzado nunca por los monopolios privados cuyo poder de destrucción es grande, pero cuyo poder de dominación quedará siempre incompleto y, las más de las veces, pasajero” (De “La economía mundial en tinieblas”-Buenos Aires 1952).

Mientras mayor sea la concentración de poder, mayor será la pérdida de libertad del ciudadano común, y mayor será la situación de servidumbre o esclavitud. Por otra parte, se acentuará netamente la división de clases sociales ya que habrá una minoría que predominará sobre una mayoría; algo totalmente opuesto a lo prometido por el marxismo a través de la colectivización de los medios de producción. Hilaire Belloc escribió: “Si se niega el derecho a la propiedad, si se elige el atajo de orillar sus males presentes transfiriendo la fiscalización de la tierra y de las máquinas de la minoría actualmente poseedora, a los llamados servidores públicos, no se hará otra cosa que poner en manos de éstos la vida y hacienda de todos”.

“Cabe imaginar alguien a quien el despotismo de un hombre perfectamente justo e idealmente bueno y a un tiempo inteligente, no le incomodaría; el tal de muy diferente pasta sería la generalidad de la raza humana. Hay que convenir, con todo, que quien entrega su libertad de acción a un amo tan completo es un caso excepcional, pero algo queda por decir de esa actitud. Es de presumir que sabrá el amo más que el propio interesado lo que es bueno y justo para éste; pero, ¿qué aprovechará, nos preguntamos, ponerse en manos de gente que por definición está a la caza del poder?” (De “La restauración de la propiedad”-Ediciones Dictio-Buenos Aires 1979).

martes, 3 de octubre de 2017

La actitud anticientífica del marxismo

Lo esencial del método científico radica en la actitud del investigador quien debe estar predispuesto a reconocer sus errores tratando de solucionarlos e, incluso, predispuesto a dejar de lado una teoría equivocada aun cuando le haya demandado varios años de intenso trabajo. Richard Feynman escribió: “No importa lo bella que sea tu teoría ni lo listos que seas; si no explica el experimento, está mal”.

La esencia del método es la hipótesis y la verificación posterior (prueba y error). El matemático Andrew Wiles, quien pudo demostrar el último teorema de Fermat, resultado que le demandó a los matemáticos unos 350 años de investigaciones, lo describía haciendo una analogía en la cual alguien ingresa a una pieza a oscuras, tantea, se lleva por delante algunos muebles, hasta que encuentra el interruptor de la luz; para ingresar luego a otra pieza oscura…

Es frecuente advertir que eminentes científicos han debido renunciar a teorías muy elaboradas al advertir su incompatibilidad con el mundo real, como fueron los intentos de Albert Einstein, por una parte, y de Erwin Schrödinger, de establecer una teoría que vinculara los campos electromagnéticos con los gravitacionales. Cuando alguien le preguntó a Einstein por el tiempo perdido, contestó diciendo que, en realidad, no había sido tiempo perdido “por cuanto he descubierto varios caminos que no conducen a ninguna parte”. Tal respuesta implicaba que, cuando otros científicos le consultaran por ciertas hipótesis, Einstein habría de advertirles cuáles fallas podrían encontrar en el camino, haciéndoles ahorrar esta vez tiempo valioso de investigación.

Es importante distinguir entre el científico serio que establece una teoría errónea y acepta las fallas advertidas por él mismo o por otros científicos, del que desconoce los errores cometidos y trata de engañar a la sociedad haciéndole creer que se trata en realidad de una teoría comprobada; actitud que podría denominarse “anticientífica”.

No toda descripción no verificable experimentalmente ha de ser necesariamente errónea, ya que sólo podrá decirse que no es científica, sino filosófica o religiosa, y que en el futuro, posiblemente, podrá ingresar en el campo de la ciencia experimental. En el caso del marxismo, puede advertirse que, por ser una descripción que prioriza la acción humana, es verificable en su mayor parte, aunque la mayor parte resulta errónea. Sus seguidores no admiten que pueda serlo y siguen engañados; engañando a la vez a la sociedad, haciéndole creer que la aplicación del método científico asegura su veracidad.

Existe un principio acatado por la mayoría de los científicos, no escrito en ninguna parte, el cual indica que todo lo existente está regido por leyes naturales invariantes y que la labor del científico consiste en describir dichas leyes. De ahí que el proceso de prueba y error requiere de una referencia, ya que todo error es una diferencia entre la descripción realizada y la realidad a describir. El marxismo, por el contrario, considera que toda descripción verdadera (o científica) es aquella compatible con el “materialismo histórico”.

La Iglesia de antaño rechazaba el modelo heliocéntrico de Copérnico, no por ser incompatible con la realidad, sino por ser incompatible con las descripciones bíblicas, mientras que la biología del soviético Trofim Lysenko era aceptada en la URSS por ser compatible con el materialismo histórico. Los biólogos cuyas investigaciones resultaban compatibles con la realidad, eran desprestigiados. Roger Caillois escribió: “Como sucedió antes con la Iglesia católica durante todo el curso de su historia, es la Iglesia la que definió la ortodoxia [afín al dogma] y no la ortodoxia la Iglesia. Es decir que, llegado el caso, sólo el partido comunista tiene derecho a definir el marxismo verdadero, más exactamente, el marxismo actualmente verdadero. El imprudente quien intenta juzgarlo fuera del partido, por principio sólo llegará al error, aun cuando por casualidad llegara a las conclusiones de los exegetas acreditados, porque justamente se trata de no llegar a ellas por casualidad. En ningún caso la Iglesia podría remitirse a las luces del fiel aislado, ni, con mayor razón, al juicio del laico que ni siquiera acepta su disciplina”.

“Cada vez se apela menos a las ciencias para resolver el fundamento del marxismo; a la inversa es el marxismo el que decide sobre el fundamento de tal o cual hipótesis biológica, sobre la oportunidad de tal o cual investigación física o de psicología. Tal concepción es denunciada como culpable y burguesa, a tal otra por el contrario se le declara útil a los intereses de la revolución, en consecuencia conforme a la verdad. En cuanto a la economía política posterior a Marx, se la condena hasta aniquilarla pura y simplemente, un poco como hacen los matemáticos cuando arrojan al canasto sin leerlas las memorias que reciben sobre la cuadratura del círculo”.

“La gravedad del triunfo de Lysenko en modo alguno procede del contenido de su tesis; procede de la naturaleza de sus argumentos. No dice a sus adversarios: «Las experiencias de ustedes no son válidas, las mías lo son y prueban lo contrario a las suyas. Repitamos unas y otras en las más rigurosas condiciones de vigilancia. Los hechos decidirán». Les grita: «Las conclusiones de ustedes no concuerdan con el materialismo histórico. En consecuencia son burguesas, reaccionarias, metafísicas y formalistas». Y obtiene contra ellos una condena política que concluye en la destitución, a veces la deportación”.

“Como método se jacta de constituir una disciplina superior a la ciencia misma, da a la investigación su fecundidad, inspira al sabio y lo preserva del error. En último término, se considera que todo descubrimiento es debido a la aplicación anticipada o subsiguiente, inconsciente o deliberada del método marxista. Éste se reconoce en el empleo de la dialéctica, cuya definición no existe como no la hay de la gracia, y por las mismas razones. Sin duda se habla a veces de tesis, antítesis y síntesis, o bien de acción o de reacción, o aun de pasaje de la cantidad a la cualidad, pero estas fórmulas sólo son susceptibles de un uso totalmente escolástico; su alcance práctico es rigurosamente nulo, por la simple razón de que no puede existir más que un solo método de investigación científica, del cual se sirven todos los sabios, sean marxistas o no, católicos o no, profesen o no, en el secreto de su corazón, las creencias más excéntricas” (De la Revista “Sur” Nº 207-208-Buenos Aires 1952).

En algunas religiones se acepta la posibilidad del fatalismo, proceso por el cual el Dios imaginado determina desde un comienzo lo que le ha de suceder en la vida a cada uno de los seres humanos. Si ese futuro está previamente determinado, hagamos lo que hagamos, poco sentido tiene preocuparse por el futuro o intentar un mejoramiento personal. De ahí que en una sociedad fatalista predomine la negligencia y la despreocupación.

Marx es partidario de un determinismo similar, el determinismo histórico, que no afecta a cada individuo en particular, sino a toda la humanidad, previendo que el comunismo (el Reino de Marx) será la sociedad final a la que nos ha de llevar ese determinismo, quedando a cada uno la posibilidad de adelantar o de retrasar ese acontecimiento. Como consecuencia de esta creencia, la verdad, el bien y otros valores humanos dependen esencialmente de su adaptación a dicho fatalismo histórico. Roger Caillois escribe al respecto: “Aquí aparece la verdadera función de la doctrina. Garantiza la justeza y la legitimidad de cada decisión de la jerarquía. Más aún: asegura a los fieles que luchan por una causa cuya victoria final es inevitable y está como inscrita en la naturaleza de las cosas, no con la precisión de los eclipses y las mareas, por cierto, pero casi con el mismo derecho; como todo depende del esfuerzo de cada partidario, les basta querer para que el destino se cumpla; su celo marcha en el mismo sentido que la historia”.

“En otro lenguaje, se hubiera dicho que era conforme a la voluntad divina: «Ayúdate y Dios te ayudará». Tal es el consejo constante al que se reduce para cada militante una teoría difícil y casi inabordable para un espíritu poco preparado. Las tropas sacan de esta doctrina lejana, que sólo conocen de oídas, la certeza de triunfar y la convicción de que obran de acuerdo con el orden mismo del mundo. De este modo su energía se multiplica. No obstante, su ardor no debe adormecerse en la esperanza perezosa de un feliz desenlace que sobrevendrá a su hora, sin que sea necesario hacer nada para apresurarlo. La victoria es fatal únicamente si los comunistas no ahorran esfuerzo. Por eso desde el principio los jefes del partido reaccionaron firmemente contra una desviación quietista, según la cual bastaba que la clase obrera aguardara el veredicto de la historia, que no podía dejar de venir ni podía dejar de serle favorable”.

Existe un paralelismo entre las profecías bíblicas y el marxismo; en una se espera la aparición del Mesías, el otro considera al proletariado con conciencia de clase en ese papel. “Se ve cuán útil es la fórmula; parece preverlo todo. No hay que asombrarse de que los comunistas la hayan preferido también. Una doctrina promete al hombre una suerte mejor y en cierto modo el Reino de Dios. Lo sitúa en la Tierra o en otro mundo. Una iglesia o un partido pretenden después sacar de esta doctrina mandamientos y reglas de conducta. Los caminos abiertos no son numerosos. Pueden contarse muchos matices, me imagino, pero lo único posible son dos teologías bien distintas: la que afirma que las obras del hombre son vanas y que es menester dejar hacer a Dios o a la Historia; la que pide al hombre que emplee todas sus fuerzas para realizar la voluntad de Dios o la de la Historia”.

En realidad, el Reino de Dios previsto en la Biblia ha de ser de “validez terrestre”, ya que implica el cumplimiento colectivo del mandamiento del amor al prójimo, y no sólo un reino de ultratumba. Esta última interpretación ha hecho que muchos adhieran al “paraíso terrestre” prometido por Marx, sin advertir que la construcción del Reino de Marx se ha de establecer odiando al prójimo y destruyendo las sociedades actuales, sin intentar un mejoramiento ético individual.

El marxismo-leninismo tiene la pretensión de dirigir a la humanidad sin tener como base una teoría adecuada del hombre, ya que parte de razonamientos filosóficos de dudosa validez pretendiendo incluso la creación del “hombre nuevo soviético”, el que, siguiendo las creencias de Lysenko, habría de predominar en el futuro gracias a la (errónea) teoría de la herencia de los caracteres adquiridos. Resulta ser “una gran idea”, porque (como afirmó un escritor español), “llena todo un cerebro”. Henry de Lesquen escribió: “La visión global que de la sociedad propone el marxismo, de su evolución necesaria (el sentido de la Historia) y de su estado ideal (la sociedad comunista sin clases) reposa sobre dos pilares: un a priori filosófico, la dialéctica, cuyas recientes investigaciones, sobre todo en el campo de la biología molecular, han demostrado que decididamente no puede aplicarse a la realidad, y cierta cantidad de nociones económicas, acerca de las cuales lo menos que se puede decir es que casi no han sido confirmadas por los hechos. La ideología marxista en ningún momento se refiere a un conocimiento real del hombre. El desprecio original del factor humano explica buena parte el carácter propiamente inhumano de los regímenes que han intentado llevarla a la práctica” (De “La política de lo viviente”-EUDEBA-Buenos Aires 1981).