martes, 27 de junio de 2017

Camus, el moralista vs. Sartre, el maquiavélico

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la opinión pública fustigaba tanto al nazismo como al fascismo, mientras que la aceptación del comunismo crecía en muchos círculos de intelectuales, ya que, erróneamente, se lo consideraba como un sistema opuesto a aquéllos, cuando en realidad se les asemejaba bastante.

Comienza la etapa de la “guerra fría”, consistente en una lucha ideológica entre los partidarios de la democracia contra los del comunismo (denominado indistintamente socialismo), bandos liderados por EEUU y la URSS, respectivamente. Ante las noticias de asesinatos en masa por parte de Stalin, surgen moralistas, como Albert Camus, que rechazan todo sistema político que utilice el terror como medio para gobernar. También aparecen los maquiavélicos, como Jean Paul Sartre, que adhieren y justifican la violencia política coincidiendo con el conocido lema de Maquiavelo: “El fin justifica los medios”, considerando legítimos los actos violentos siempre que sean justificados por una “buena” finalidad.

Para los moralistas, “son los medios los que definen los fines”, conduciendo los medios violentos a fines poco favorables al hombre. Esta actitud coincide esencialmente con la advertencia bíblica que indica: “Por sus frutos los conoceréis”. Los medios violentos son los “frutos” inmediatos de personalidades violentas, resultando improbable que tales medios puedan conducir a buenos fines.

Luego de algunos años de amistad entre Albert Camus y Jean Paul Sastre (a quienes se les otorga el Premio Nobel de Literatura, rechazado por el último) se produce la ruptura. Ello se debió, posiblemente, al rechazo por parte de Camus del estalinismo, y la adhesión de Sartre al considerar que el terror justificaba los elevados objetivos del socialismo. Si bien resulta arriesgado asegurar que el conflicto entre ambos escritores se debió a sus tendencias políticas, y no a otras causas, tal conflicto simboliza las posturas antagónicas entre los que abandonan el socialismo y los que persisten a pesar de sus acciones y resultados concretos.

Puede establecerse un paralelo entre el existencialista Sastre, que apoya a Stalin, con el existencialista Martin Heidegger, que apoya a Hitler. Envueltos en sus propios devaneos mentales, no fueron capaces de advertir lo evidente y lo elemental. Matthew Stewart escribió sobre el primero: “Su prolongado e incuestionado apoyo al estalinismo, posición que compartió con gran parte de la intelligentsia francesa de la posguerra, ha de ser considerado como otro episodio triste en la historia intelectual. Pues demuestra claramente, y quizá como un efecto cruel sobre las víctimas de aquellos tiempos, que incluso aquellos que aprecian el pensamiento libre y la responsabilidad individual pueden cegarse con sus propios prejuicios de grupo”.

En cuanto al segundo, Matthew escribe: “Heidegger llevó una mortecina y apagada vida, con una excepción: el episodio nazi. Cuando Hitler llegó al poder, el rector de la Universidad de Friburgo fue obligado a dimitir, y Heidegger lo reemplazó. Sus discursos y escritos hacían palmario que no sólo se felicitó por la llegada de los nazis al poder, sino que lo consideró como la culminación de su destino filosófico. Rápidamente puso su filosofía, completada con sus expresiones personales y su jerga sobre la autenticidad, al servicio del Reich”.

“Diez meses más tarde, una vez que había demostrado ser un administrador ineficiente, abandonó su cargo. Aunque su relación con el partido se deterioró, nunca dejó Alemania, y prosiguió afirmando en varias formas una creencia en la «grandeza intrínseca» del movimiento”. (De “La verdad sobre todo”-Taurus-Madrid 1998).

El maquiavelismo izquierdista perdura en la actualidad, ya que, a pesar de la mayor información disponible sobre lo sucedido en la URSS, China, Camboya, Cuba, etc., tales experiencias trágicas no alcanzan para debilitar en lo más mínimo la creencia en la utopía socialista. Aun siendo plenamente conscientes de las catástrofes producidas por el socialismo, consideran que es el camino necesario para construir un mundo mejor. Aldous Huxley escribió: “El principal resultado de la violencia es la necesidad de emplear mayor violencia. Tal es pues el planteamiento de los Soviets; está bien intencionado, pero emplea medios inicuos que están produciendo resultados totalmente distintos de los que se propusieron los primeros autores de la revolución” (De “El fin y los medios”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2000).

Huxley, al considerar que los “primeros autores de la revolución” (Lenin, Trostki) estaban “bien intencionados”, ignoraba que la extrema violencia desarrollada por Stalin constituyó la continuidad de un proceso perverso iniciado por Lenin. Le faltó agregar que los nazis estaban también “bien intencionados”, por cuanto existe un paralelismo cercano entre ambos totalitarismos. Ello se debe a que tales regímenes colectivistas adoptan una escala de valores que prioriza al Estado, luego a la Nación y finalmente al individuo, cuya vida carece de valor por cuanto sólo cuentan los objetivos colectivos. Salvador de Madariaga escribió: “La exaltación de la nación por encima del individuo es un proceso psicológico peligroso que lleva a la tiranía y por ella a la muerte de la nación. El fascismo en todas sus formas lleva a la trituración de todos los valores humanos que deben sobrepasar a la nación y, por tanto, es incompatible con la libertad de pensamiento. Añádase que el fascismo, no contento con poner a la nación por encima del individuo, le pone también encima al Estado. Que no es lo mismo. En los Estados fascistas no quedan al poco tiempo más que la oligarquía gobernante, reducida a un cortísimo número de adictos, y la tribu o turba, uniformada y encadenada. La nación ha desaparecido al querer imponerse”.

“Porque la nación no es el Estado, sino el espíritu que al Estado anima. Y así como el Estado se nutre de cuerpos, la nación se nutre de espíritus. Pero el espíritu es libre. La Nación, pues, se justifica por los hombres, que no los hombres por la nación. Y por eso la solución del problema de las relaciones entre el individuo y la colectividad podría resumirse en la ecuación siguiente: Los ciudadanos sirven al Estado para que el Estado sirva a la nación, para que la nación sirva a los hombres que la constituyen. En último término está el hombre, única encarnación del verbo” (Del Prólogo de “Tercer frente” de Alicio Garcitoral-Editorial Claridad-Buenos Aires 1939).

Es común entre los intelectuales, y no tanto en el ciudadano común, tomarse en serio las promesas y los escritos de los ideólogos de la violencia, por cuanto, al igual que hace el estafador, enmascaran sus verdaderas intenciones con palabras dulces, pacíficas y conmovedoras. Aun así, Hitler mostraba sinceridad al enunciar sus macabros planes en una forma más o menos explícita, mientras que los marxistas-leninistas, pocas veces exteriorizan en palabras su odio a la sociedad y a la humanidad.

En cuanto al conflicto entre Camus y Sartre, Annie Cohen-Solal escribió: “Las divergencias ideológicas hubieran bastado para alimentar sus disensiones. En realidad, todo el debate giraba en torno al problema de las libertades en la URSS: el equipo de Les Temps Modernes [revista filosófica] había denunciado los campos de trabajo forzado, negándose al mismo tiempo a caer en un anticomunismo indiscriminado; si se aceptaban las críticas contra la opresión en Rusia, también había que hablar de los demás países, de América, por ejemplo: «que se denuncie en todas partes o en ninguna»”.

“En el abanico de las corrientes de pensamientos que coexistían en Les Temps Modernes, Sartre estaba de acuerdo con Merleau-Ponty en una necesidad casi instintiva de preservar todavía por algún tiempo la imagen de un país socialista diferente a todos los demás. Para Camus, la denuncia del estalinismo tenía que llegar sin reticencias hasta el fondo de sus crímenes, de la forma más radical. Sartre era partidario de la verdad, pero con ciertas circunstancias atenuantes. Camus, de la ecuación estalinismo es igual a fascismo. Sartre intentaba, de manera compleja y sofisticada, encontrar articulaciones entre moral y política. Camus pretendía conceptuar los mismos datos, pero de forma mucho más antagónica. Sartre buscaba por el lado del pragmatismo ético. Camus, por el más radical del rechazo de cualquier violencia, viniera de donde viniera y en nombre de lo que fuera”.

“Dos formas, pues, de considerar la ética en política, según niveles de comprehensión diferentes: Sartre buscará la comprehensión moral de la política, pero intentará también integrar en ella la dimensión de las decisiones estratégicas (a corto plazo-a largo plazo; estrategia internacional-estrategia nacional; oportunidad política-inoportunidad política, etc.); Camus, en cambio, se limitará siempre al plano de los principios y de la exigencia moral, negándose a poner sus principios al servicio de una polémica política. Una tentativa de articulación contra una conceptualización rigurosamente antagónica. Un intento de diálogo con lo concreto frente a una determinación en los principios éticos: un diálogo de sordos, pues, entre Sartre y Camus que, tras esas públicas discrepancias, se hundirá en el silencio hasta la muerte de Camus en 1960 [accidente automovilístico]” (De “Sartre”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1990).

En el año 1956 se producen dos sucesos que atentan contra la credibilidad de los líderes soviéticos y que provocan el alejamiento masivo de los comunistas europeos, incluido Sartre, mientras que los cínicos siguen fieles a pesar de todo. Tales acontecimientos son, en primer lugar, el reconocimiento de Nikita Kruschev de los crímenes cometidos en la era de Stalin y, en segundo lugar, la noticia del aplastamiento militar de la rebelión húngara por las tropas soviéticas. Alain Minc escribió al respecto: “Hasta 1956 no comienza la abjuración. Tal como funciona la intelligentsia comunista, con sus mecanismos destinados a transformar a los escépticos en ovejas negras y a los que dudan en renegados, el descalabro no puede llegar más que de La Meca, es decir, Moscú. Por ello el informe Kruschev tiene un efecto catártico. Cuando Le Monde publica el texto en forma de capítulos, la primera tentación de los epígonos es negar: aparecerá la sorprendente retahíla de expresiones como «el supuesto informe», «el informe atribuido a», mientras que los intelectuales oficiales están al tanto de la realidad y saben perfectamente que el texto se pronunció en reunión secreta ante el XX Congreso. Es difícil imaginar hoy la intensidad del impacto”.

“Proclamar los crímenes de Stalin en 1956 en un recinto comunista se parecería a la decisión de un concilio que, reunido en el Vaticano, negara la resurrección de Cristo. Aunque la maniobra fuera hábil a fin de permitir al nuevo equipo del Kremlin hacer tabla rasa de sus rivales relacionados con el pasado, tiene efectos devastadores sobre el clero en misión que representan los intelectuales comunistas en el seno de los países capitalistas”.

“Apenas superado el traumatismo, explota el caso húngaro. Con la desestalinización en marcha en Moscú, el deseo de autonomía no puede sino llegar a las puertas del imperio, donde moran naturalmente los más reacios al orden comunista” (De “Una historia política de los intelectuales”-Duomo Ediciones-Barcelona 2012).

domingo, 25 de junio de 2017

La trampa populista

El subdesarrollo crónico que afecta a la Argentina surge de una mentalidad que prevalece tanto en la mayoría del pueblo como en la mayoría de los políticos. Puede decirse que tal mentalidad se opone totalmente a la del astrónomo. Esto se debe a que un astrónomo está acostumbrado a pensar en una escala de tiempo del orden de los miles o los millones de años, mientras que el político populista piensa en el corto plazo, que es el que abarca las próximas elecciones. Mientras que el astrónomo expande su imaginación por el inmenso espacio, el político populista piensa sólo en sus ventajas personales y sectoriales; mientras que el astrónomo se siente una pequeña parte del universo, con el orgullo de poder comprenderlo parcialmente, el político populista se siente tan importante que no admite límites a sus ambiciones de poder; mientras el astrónomo considera a sus semejantes como a sus iguales, y como miembros de una humanidad que lucha por su adaptación y por su supervivencia, el político populista considera a los demás seres humanos bajo una perspectiva de desigualdad, ya que pretende dirigir incondicionalmente a sus seguidores tanto como a dominar a sus opositores.

Los países populistas no pueden crecer, económicamente hablando, por cuanto tal crecimiento implica un aumento del capital productivo invertido per capita. Ello se debe a que los líderes concentran sus esfuerzos en el consumo mientras desatienden el mantenimiento de lo existente y la inversión productiva; la que genera puestos de trabajo genuinos. De esa forma extraen del sector productivo los recursos que convendría destinar a la inversión mientras que el pueblo populista aplaude fervorosamente tales decisiones por cuanto no advierte el estancamiento y el retroceso presente y futuro, ya que, en lugar de pensar que el Estado extrae la riqueza a quienes trabajan y producen, interpretan que el Estado extrae riquezas de los ricos para dárselas a los pobres.

Desde el Estado populista se reparten beneficios y subsidios a diversas agrupaciones y sectores de la sociedad. En una lista parcial se pueden mencionar los siguientes destinatarios: jubilaciones sin aportes a las amas de casa, pensiones graciables, pensiones a la invalidez, subsidio universal por hijo, asistencia al travesti, asistencia a la familia de delincuentes encarcelados, asistencia a familiares de los terroristas de los 70, asistencia a los hijos de padres desaparecidos, asignación por familia numerosa, asistencia a los miembros de la Iglesia Católica, asignaciones a diversas fundaciones (pantallas para evadir impuestos), boleto escolar, eximición de pago de impuestos a los jueces, descuento a los remedios de jubilados, jubilaciones de privilegio para los políticos, y muchas otras más.

El problema de estos gastos es que tienden a ser “universales”, es decir, que son destinados tanto a quienes los necesitan como a quienes pueden ganarse la vida trabajando. Por ejemplo, en el país se otorgaron alrededor de 1.080.000 jubilaciones por incapacidad (algunas versiones indican 1.800.000). Según parece, cualquier problema de salud permite solicitar tal tipo de jubilación (además de las otorgadas en forma fraudulenta para obtener votos a cambio). No se discuten los casos reales de incapacidad.

Es oportuno mencionar el caso de un tío abuelo del autor del presente escrito, de nombre Román Juárez, que tuvo que padecer desde niño la amputación de un brazo y de una pierna (en lados opuestos), debido a que en las primeras décadas del siglo XX todavía no habían aparecido los antibióticos. A pesar de su “invalidez”, formó una familia, con cuatro hijos, que pudo llevar adelante con su trabajo de químico.

Silvia Freire publicó una fábula ilustrativa, que pueda ayudar a esclarecer el tema de la “ayuda solidaria”, o “justicia social”: “Una mañana, una pequeña abertura apareció en un capullo de mariposa. Un hombre se sentó y observó por varias horas cómo la mariposa se esforzaba para pasar por el pequeño agujero. En un momento, al hombre le pareció que la mariposa ya no podía más y decidió ayudarla. Entonces, tomó una tijera y cortó el resto del capullo y así la mariposa pudo salir; pero el cuerpito estaba como atrofiado y tenía las alitas aplastadas. El hombre la miraba con la esperanza de que extendiera sus alas, sin embargo ella nunca fue capaz de volar”.

“El hombre, que lo había hecho «por su bien», no entendió que el capullo apretado era un estímulo para que, en el esfuerzo, la mariposa se desarrollara; porque pasar por esa pequeña abertura hace que el fluido del cuerpo de la mariposa llegue a sus alas para poder volar. Es imprescindible que ella se esfuerce por salir. La reflexión de este cuentito es: «Algunas veces el esfuerzo es justamente lo que precisamos en nuestra vida. Si Dios nos permitiera pasar a través de nuestras vidas sin obstáculos, Él nos dejaría lisiados; no seríamos tan fuertes y nunca podríamos volar»” (De “Mis charlas con Hanglin”-Editorial Del Nuevo Extremo SA-Buenos Aires 2001).

Hace unos años, llegó a Mendoza un grupo de familias rumanas, acostumbradas al socialismo de su país de origen. Tal era la incapacidad laboral y mental que les produjo tal sistema, que se limitaban a pedir limosna en la calle, acompañados de sus pequeños hijos, mostrando una inmovilidad llamativa y mirando al piso constantemente. Luego de cierto tiempo, se fueron (o los llevaron) a otra parte.

Si se aplicara un estricto concepto de “incapacidad laboral”, seguramente se reduciría la cantidad de marginados del trabajo, que no sólo perjudican al resto, al dejar de trabajar pudiendo hacerlo, sino que se perjudican ellos mismos por cuanto se sentirían mucho mejor haciendo aportes a la sociedad que viviendo a costa de ella. Mientras que hay personas que se aburren si no están haciendo algo, en la Argentina existen millones que pueden tranquilamente pasar sus días tomando mate y mirando televisión, al mismo tiempo que una minoría debe trabajar arduamente para compensar a quienes optaron por no hacerlo.

El populismo, al igual que toda forma de socialismo, no sólo tiende a malgastar recursos materiales que genera la sociedad, sino que destruye parcialmente el capital humano, impidiendo que las personas desarrollen sus aptitudes laborales y creativas que potencialmente poseen.

Ingenuamente se espera que desde el exterior lleguen los “capitales de inversión”, ya que a pocos inversores les atrae saber que no podrán disponer de la mayor parte de sus posibles ingresos por cuanto les serán confiscados por el Estado para que los políticos puedan seguir manteniendo a muchos que optaron por no trabajar. Debe mencionarse que en países con elevadas tasas de impuestos, como Suecia, son los particulares y no las empresas quienes los pagan. De lo contrario, las empresas pronto se irían a otros países y la economía entraría en colapso.

La cultura del trabajo ha sido reemplazada por la incultura de la vagancia; la cultura del cumplimiento de deberes ha sido reemplazada por la incultura del reclamo continuo por los derechos (sin apenas intentar cumplir primero con aquellos). El Estado confisca y reparte; desalienta la producción mientras promueve la vagancia y el consumo. A ello se le agrega el inusitado aumento de los juicios laborales, lo que se conoce como la “industria del juicio”, que desalienta a las empresas a seguir creciendo y a seguir produciendo. Tampoco le ha de resultar atractivo tal sabotaje generalizado a los inversores extranjeros, por cuanto, además del inconveniente antes mencionado, no les parece adecuado que sean los empleados los que impongan los importes mensuales que deben ganar presionando a la empresas mediante paros laborales y extorsiones que atentan contra la seguridad de las inversiones.

La mentalidad antiempresarial, promovida tanto por el peronismo como por las tendencias socialistas, ha logrado que, en la Argentina, de cada 100 empresas que inician sus actividades, al cabo de 10 años sólo 2 de ellas sobrevive a la adversidad populista. Puede decirse que el desarrollo de un país se logra cuando el pueblo y el Estado favorecen la producción, mientras que el subdesarrollo implica lo opuesto.

En cuanto a los empresarios argentinos, puede decirse que padecen debilidades similares a los padecidos por quienes reciben del Estado medios económicos que les permiten vivir sin trabajar, ya que el limitado nivel logrado en muchos sectores de la producción se debe a que buscan el apoyo de los políticos para no tener la necesidad de competir en el mercado. Si se cierra el ingreso de productos del exterior, y además, se consiguen ventajas adicionales desde el Estado, no tienen necesidad de competir ni tampoco de mejorar sus productos y sus precios, siendo la circunstancia ideal para cobrar elevados precios por bienes y servicios de pobre calidad.

El exceso de empleos públicos, concedidos para la obtención de votos a cambio, es otro de los componentes de la trampa populista de la cual resulta cada vez más difícil salir. Algunas versiones indican que existe un exceso de 1,5 millones de empleos superfluos, o innecesarios. Si al menos los políticos de turno se encargaran de hacerlos trabajar productivamente, encarando, por ejemplo, la construcción de viviendas económicas gestionadas por las municipalidades, se ayudaría a mucha gente que carece de vivienda. Sin embargo, como la mayoría de los políticos se ocupa de asegurar su propia situación económica antes de que pueda perder el puesto en una próxima elección, poco o nada hace por desarmar la trampa populista.

La ausencia total de patriotismo, que resulta de la ausencia total de valores morales mínimos, requeridos para llevar una vida civilizada, no sólo afecta a los sectores relegados, sino que afecta también a los sectores políticos, empresariales e intelectuales de la nación. Para colmo de males, el sistema político y económico propuesto por el liberalismo, que podría orientar a la nación hacia una salida del subdesarrollo y la decadencia, es difamado y distorsionado de tal manera que la opinión pública lo considera, mayoritariamente, como el “mayor peligro” que puede afrontar la sociedad. Para gran parte de los argentinos, no ha sido el socialismo el que ha fracasado, sino el capitalismo.

La búsqueda de la igualdad es el mejor pretexto para el avance y consolidación del populismo. William E. Simon escribió: “El igualitarista busca una igualdad colectiva, no igualdad de oportunidades sino de resultados. Desea tomar los beneficios que otros han ganado y repartirlos entre quienes no los ganaron. El sistema que busca crear es lo opuesto a la meritocracia. El que más logra, más castigado resulta; el que menos logra, más recibe. El igualitarismo es un ataque mortal contra el esfuerzo personal y la justicia. Su objetivo no es realzar los logros individuales sino nivelar a todos los hombres” (De “La hora de la verdad”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1980).

viernes, 23 de junio de 2017

La época del fascismo

Las décadas del 20 y del 30, del siglo pasado, constituyen la época de gestación y apogeo del fascismo, debilitándose en los 40 ante la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Al igual que el comunismo, surge como una postura política y económica que pretende reemplazar al liberalismo, es decir, a la democracia política y a la democracia económica (mercado). Ambos totalitarismos, fascismo y comunismo (incluido el nazismo como una forma de fascismo), luchan entre sí para sustituir a la democracia y al capitalismo, al que culpan por la Primera Guerra Mundial cuando fueron los nacionalismos los principales causantes de esa contienda. El comercio internacional, propuesto por el liberalismo, tiende a evitar las guerras.

Los sistemas políticos y económicos propuestos deben ser puestos en práctica para observar sus efectos, si bien es posible, para el conocedor del comportamiento humano, prever sus resultados antes de aplicarlos a la sociedad. Cuando fracasan, sus adeptos dirán que “estuvo mal aplicado” o que “el hombre no está preparado mentalmente” para aceptarlo, cuando en realidad se trata de propuestas que implican la esclavitud mental y física de quienes las han de soportar, ya que resultan incompatibles con nuestra naturaleza humana. Incluso la propuesta liberal requiere de un nivel moral básico y adecuado para que pueda tener éxito. De lo contrario, llegaríamos a la conclusión de que el sistema político y el económico habrán de lograr, con su aplicación, el renacimiento espiritual del hombre, relegando los políticos y los economistas la importancia tanto de la religión como de la filosofía y el resto de las ciencias sociales.

Ambos candidatos a reemplazar al liberalismo, comunismo y fascismo, se oponen al individualismo promoviendo el colectivismo, dirigiéndose al hombre-masa antes que al individuo pensante, intentado reemplazar las metas y objetivos individuales por metas y objetivos colectivos. En ambos casos, el Estado (o quienes lo dirigen) se inmiscuyen en la vida individual y familiar de los integrantes de la sociedad, restringiendo libertades personales, ya que el hombre-masa sólo debe obedecer directivas del Estado. Carlos Ibarguren, un adherente al fascismo, escribió: “Las fuerzas motrices de estas dos corrientes son las revoluciones rusa e italiana, respectivamente, a las que se ha agregado ahora la alemana. Los matices intermedios entre esas dos grandes corrientes resultan híbridos y van borrándose. Ambas procuran un cambio fundamental en las instituciones; ambas transforman al Estado en el que implantan un poder fuerte, ambas son anti-individualistas; en las dos los intereses sociales priman y gobiernan sobre los particulares” (De “La inquietud de esta hora”-Librería y Editorial La Facultad-Buenos Aires 1934).

Puede decirse que el fascismo y el comunismo “se ponen de moda” en la mayor parte de los países occidentales, llegando el fascismo a predominar entre la clase dirigente política y militar argentina. La mayor parte de los nacionalistas profesan el catolicismo, incluso la Iglesia da muestras de aceptación del fascismo, pudiendo establecerse la siguiente relación:

Nacionalismo argentino = Fascismo + catolicismo

El peronismo implica una continuidad en esa línea ideológica hasta que sus extralimitaciones generan el rechazo de varios de los sectores que lo apoyaban. Carlos Ibarguren agrega: “El individualismo predominante del siglo XIX desaparece y está siendo reemplazado por el grupo; la persona por la masa, la célula por el grupo coordinado, la acción aislada por la colectiva, el interés de cada uno por el del conjunto solidario en el terreno político, económico y en las nuevas concepciones filosóficas. Es la hora de las masas organizadas”.

“Otro de los fenómenos predominantes en la hora actual es la destrucción de los mitos proclamados por la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad. La libertad en el viejo concepto individualista y romántico desaparece tras la disciplina mantenedora del grupo. La igualdad del mito liberal es reemplazada no por el privilegio, sino por la jerarquía indispensable a la organización colectiva. La fraternidad y la lírica expresión de ternura utópica son sustituidas por el arrebato combativo de la generación hija de la guerra. Al juego tranquilo y a los vaivenes incruentos de los intereses y de las tendencias políticas de la era pacífica y liberal anterior a la guerra ha sucedido el violento choque de combate y la acción directa de las masas. Los partidos políticos se van debilitando al empuje de columnas cívicas militarizadas”.

“El concepto del Estado estático, simple guardián de la libertad y del orden, de vidas y de haciendas de los individuos, se transforma en el eje sostenedor, regulador y animador de la sociedad entera, en la síntesis de la vida de la nación en todas sus fases”.

“Todos estos hechos indiscutibles que sólo pueden ser negados por los ciegos o los ignorantes, cuya realidad vemos, palpamos y sufrimos, nos muestran la bancarrota del individualismo, tanto en la economía capitalista, como en la política basada en el sufragio personal y universal”.

El fascismo reemplaza, como medio de representación de los ciudadanos, a los partidos políticos, colocando en su lugar al sindicato. Luego se integra en una corporación que responde a las directivas del Estado, que ha de ser dirigido por el partido único: el fascista. “El sindicato es la célula primaria. La corporación es la reunión de los sindicatos patronales y obreros de una misma actividad o profesión en un organismo disciplinado y solidario. Arriba de las corporaciones está el Estado que las vincula en el cuadro de la unidad nacional y coordina la actividad intercorporativa para el bienestar general, así como la corporación regula la actividad intersindical para el bien de la profesión”.

“El fascismo considera a patrones y obreros como absolutamente iguales, y las corporaciones profesionales legalmente reconocidas aseguran la paridad jurídica entre empleados y empleadores, mantienen la disciplina y la producción del trabajo y aseguran su perfeccionamiento”.

“La corporación compuesta de los sindicatos patronales y obreros fija en los contratos colectivos las condiciones del trabajo. Las huelgas y el «lock-out» se han suprimido. La magistratura del trabajo es el tribunal que juzga, resuelve y arregla conforme a un procedimiento simple las cuestiones emergentes de los contratos colectivos”.

En Francia también aparecen proyectos fascistas, como el propuesto por François Le Grix en 1934:

1- Confiar el destino de Francia a hombres nuevos, fuera de los miembros de los partidos, de los comités y de los políticos profesionales. El parlamentarismo es el enemigo que debe ser combatido.
2- Reconstruir una Francia no sobre los principios de una falsa ideología desmentida por un siglo de fracasos, sino sobre las bases históricas de nuestras tradiciones: la familia, la profesión, la corporación como células sociales, y la región como célula administrativa.
3- La representación nacional no debe emanar de un sufragio cuantitativo, no diferenciado, irresponsable, sino de un sufragio cualitativo y que sea altamente responsable. La representación no debe ser de sectas políticas decoradas con el nombre de partidos, sino de intereses profesionales y corporativos.
4- El sufragio cívico se ejercerá dentro del cuadro de profesión. De tal manera cada uno participa en la gestión de los negocios de su profesión y de los intereses públicos.
5- Ni «estatismo», ni socialismo. Un Estado fuerte y una armonía social que borre la lucha de clases y asegure la colaboración del patrón con el obrero en el bien de la profesión. Nada de proletariado. Un pueblo jerarquizado en un ordenado trabajo. Repudio del capitalismo de especulación, anónimo, internacional y antinacional que es un instrumento de agio, de fraude y de acaparamiento y que enmascara a una plutocracia. Fomentar el capital de empresa fruto del trabajo y del ahorro.
6- Repudio del individualismo anárquico y restauración de la persona humana en sus derechos dentro de los deberes para con la Nación (De “La inquietud de esta hora”).

Tanto en el fascismo como en el comunismo, la identificación del Estado con el partido gobernante, deja desprotegida totalmente a todo posible opositor. De ahí que resulta imprescindible, no sólo conocer el plan original, sino los resultados que produce. Juan Roque Edwards escribió: “Cuando los fascistas lograron el poder no sólo procedieron de inmediato a desembarazarse de sus programas, sino que se dedicaron especialmente a la destrucción de quienes se le oponían y a hacer tabla rasa de todas las organizaciones que en lo porvenir pudieran significar un obstáculo para su propósito”.

“Sin una sola excepción fundaron el Estado de un solo partido cuyo rasgo más sobresaliente ha sido la compenetración de ese partido con el Estado. De ahí que toda oposición al fascismo se convirtiera en alzamiento contra el Estado, con la consecuencia de que más o menos prontamente los aspectos de la vida nacional –política, cultura, economía, sociedad- quedaron supeditados a la única y exclusiva manutención del poder en manos del partido”.

“Por supuesto que esto trajo implícito el derrocamiento instantáneo de las normas constitucionales que el sistema democrático representativo estableció desde los albores de la Revolución Francesa. Y ello trajo aparejado una rotunda negación a la premisa de que el individuo es un fin en sí mismo, con derechos inherentes…El individuo en el Estado fascista se convirtió, pues, en medio para los fines del Estado”.

“El incremento del poder estatal creció así en forma ilimitada. El Estado era, de acuerdo a tales normas, la expresión sin réplica de todo propósito nacional. Y teniendo en cuenta que para cuanto significara algo esencial, el Estado no era sino el propio Partido fascista, la sujeción del individuo a dicho partido fue la razón misma de ser de la revolución fascista”.

“La orientación política tanto externa como interna partió de ahí. En lo interno llevó a extremos increíbles su intervención para evitar disensiones que tarde o temprano pudiesen aminorar su poder, ofreciendo de paso a la multitud ciertas compensaciones por la supresión lisa y llana de cuanto hasta entonces habían constituido las instituciones básicas del Estado”.

“En lo exterior basta enunciar el hecho de que el fascismo fuera alimentado por la defraudación, más íntimas ambiciones nacionales, para que se explique sobradamente el que su política no pudiera ser sino detonante y agresiva. Al procurar la gloria de empresas en el extranjero desviaba la atención colectiva de los problemas interiores. Pero la búsqueda de tal gloria, su logro total, obligaba al incremento armamentista, y ese incremento se tradujo en algo así como una forma de obras públicas que tuvo como hecho fehaciente el aminoramiento de la desocupación”.

“Al crear trabajo el fascismo se envanecía de su triunfo en el orden económico. Pero es lo cierto que toda gloria requiere algo tangible en qué basarse. Y en consecuencia al fascismo le llegó a ser inevitable no sólo la necesidad de amenazar sino también la de desplazarse hacia el objeto propuesto. ¿Cómo lograrlo? Pues eligiendo un contrincante lo suficientemente débil como para obligarlo a ceder rápidamente, o en el caso de que se resistiera, como para que los azares de la guerra resultaran fáciles y breves…” (De “Harold J. Laski y el gobierno del hombre del pueblo”-Editorial Tor SRL-Buenos Aires 1946).

martes, 20 de junio de 2017

Patriotas y traidores

Se considera al patriotismo como una virtud por cuanto implica, dentro del ámbito de la moral social, el predominio de una actitud cooperativa, mientras que la traición, como grave defecto, implica acciones voluntarias contra la nación o contra la sociedad a las que se pertenece. Entre ambos extremos encontramos posturas indiferentes, o falta de patriotismo, que tienden a producir serios inconvenientes en la comunidad. José Ingenieros escribió: “La nación es la patria de la vida civil. Su horizonte es más amplio que el geográfico del terruño, sin coincidir forzosamente con el político, propio del Estado. Supone comunidad de origen, parentesco racial, ensamblamiento histórico, semejanza de costumbres y de creencias, unidad de idioma, sujeción a un mismo gobierno. Nada de ello basta, sin embargo. Es indispensable que los pueblos regidos por las mismas instituciones se sientan unidos por fuerzas morales que nacen de la comunidad en la vida civil” (De “Las fuerzas morales”-Ediciones Meridion-Buenos Aires 1955).

Generalmente se confunde patriotismo con nacionalismo, de la misma manera en que se confunde amor propio con egoísmo. Un nacionalista, que dice amar sólo a su nación y muy poco, o nada, a otras naciones, puede ser patriota o puede no serlo, ya que lo importante no son las declamaciones, sino las acciones con sus efectos concretos. Así, un personaje nefasto como Adolf Hitler, dejó un saldo negativo para Alemania y para Europa, a pesar de repetir que realizaba sus acciones para engrandecerlas.

En la mayor parte de los países existen patriotas y traidores. Los franceses daban muestras de gran patriotismo cuando muchos de ellos partieron de la Argentina, sin que fueran convocados, para luchar a favor de su patria en épocas de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cuando los nazis ocupan Francia, no todos luchan contra el invasor sino que algunos, como el Mariscal Pétain, rechaza ese accionar, posiblemente con la intención de salvar vidas humanas ante un diagnóstico pesimista respecto de los posibles resultados de una resistencia combativa. Alain Decaux escribió: “El general de Gaulle nunca le había perdonado al Mariscal Pétain el armisticio de 1940. Para el jefe de la Francia libre, se había cometido allí un crimen sin expiación posible. ¿La política de Vichy? Reprobaba casi todos los episodios. Pero todo eso, en su fuero interno, pasaba a segundo plano. Según explicaba siempre, «Para mí, la falta capital de Pétain y de su gobierno fue haber concluido con el enemigo, en nombre de Francia, el presunto ‘armisticio’. Verdad es que, en la fecha en que se firmó, la batalla de la metrópoli indiscutiblemente se había perdido….Pero haber retirado de la guerra el imperio indemne, la flota sin mengua, la aviación en gran parte intacta, las tropas de África y del Levante sin haber perdido un solo soldado…; haber traicionado nuestras alianzas; y por sobre todo, haber sometido al Estado a la discreción del Reich, eso es lo que debería condenarse, de tal manera que Francia quedara libre de la deshonra»” (De “La Historia secreta de la Historia”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).

Algo similar ocurre con el empresario Louis Renault, “colaboracionista” de los nazis, que prefiere fabricar vehículos para el ejército invasor con tal de no ver destruidas sus fábricas, algo que ocurrió indefectiblemente al ser bombardeadas luego por los ingleses. El citado autor escribe al respecto: “El 18 de agosto de 1944 comienzan en París los combates por la Liberación. El 19, Louis Renault abandona su departamento…El 20 ya no aguanta más: parte a Billancourt, que los alemanes han abandonado, Louis quiere contemplar la fábrica finalmente liberada. Su fábrica”.

“El 22, ‘L’Humanité’, que ha vuelto a aparecer, lo ataca directamente: «Renault se dedica desde 1940 a fabricar en beneficio del enemigo. Los dirigentes de la fábrica Renault deberán pagar por los soldados de las Naciones Unidas que han muerto, por culpa de su voluntarioso empeño en equipar al enemigo; deberá pagar por los centenares de inocentes muertos en los bombardeos que su traición había hecho inevitables; deberá pagar por los obreros entregados a los verdugos»” (De “Destinos fabulosos”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1989).

No debería decirse que Pétain y Renault fueron traidores a su patria por cuanto su colaboracionismo con los nazis no tuvo como objetivo beneficiar al invasor, sino solamente tratar de proteger vidas, industrias y puestos de trabajo, si bien sus decisiones pueden haber provocado resultados similares a los que habría provocado un adherente a los nazis. Tal es así, que en una encuesta realizada en 1944 en Francia, en la cual se preguntaba a los participantes si Pétain debería ser castigado, por la negativa hubo un 58%, por la afirmativa un 32% y el 10% no opinó. Pétain fue condenado a muerte mientras que Renault murió en la cárcel en circunstancias poco claras, presumiéndose que falleció por los efectos de una golpiza.

Distinto es el caso de los partidarios marxistas para quienes su patria fue la Unión Soviética y no tenían inconvenientes en atentar contra su propio país, o promover su destrucción, con tal de que se instalara el socialismo. Cipriano Reyes fue un gremialista que conocía el accionar de los comunistas, reprochándoles tal tipo de conducta. Pedro Santos Martínez escribió: “Establecido en Berisso hacia 1940, entró en el frigorífico Armour. Retomó la lucha gremial, formando el sindicato. Allí tropezó con los comunistas. Para Reyes, los comunistas no eran de esta tierra, porque no la sienten con intuición y lealtad criollas. Giraban al ritmo de la política exterior del Gobierno soviético. Sus huelgas eran políticas y la miseria obrera era un pretexto de agitación cuando así convenía a la línea política de Moscú. No quiso saber nada con ellos. Su gremio se encontraba absorbido por una lucha continua contra los comunistas. Las escaramuzas no sólo eran verbales, sino también de lucha abierta a muerte en todos los lugares. Los comunistas atentaron contra la vida de Reyes dentro del frigorífico. Planearon que un enorme guinche cayera sobre él en el momento preciso, una voz amiga gritó: «¡Cuidado!». Cipriano atinó a moverse. El guinche cayó a su lado, y así salvó la vida” (De “La Nueva Argentina”-Ediciones La Bastilla-Buenos Aires 1976).

Cipriano Reyes fue convencido por Perón a unirse a sus filas. Sin embargo, luego de un tiempo advierte que los fines del tirano eran principalmente políticos, ya que apuntaban a favorecer sólo a los trabajadores peronistas, por lo cual se aleja del movimiento. Debe haber sido un gremialista auténtico, ya que su obra consistía en lograr mejoras laborales para los trabajadores, siendo encarcelado, por directivas de Perón, por un periodo total de unos siete años. “Cipriano Reyes acaudillaba las columnas obreras que desde todos los lugares se dirigían hacia la plaza de Mayo para rescatar a Perón. Creían que de esa manera estaban librando una lucha contra la injusticia capitalista en la cual aparecía Perón como símbolo de esos afanes. Cipriano fue, pues, el gran protagonista del 17 de octubre de 1945”.

“En Berisso combatió contra los comunistas y contra las empresas; en el Congreso, contra Perón. Todo era demasiado para un solo hombre. En julio de 1947 sufrió un atentado del que resultó ileso”.

Los comunistas tuvieron a la Unión Soviética como su verdadera patria y como centro de su religión atea. En forma semejante a los musulmanes, intentaban hacer un viaje a su patria adoptiva por lo menos una vez en la vida. Es oportuno destacar que no es malo tener dos patrias, en lugar de una, como es el caso de los inmigrantes que nunca olvidan su patria de origen. El inconveniente radica en que los marxistas aman a su patria adoptiva mientras simultáneamente conspiran contra su patria de origen; lo que constituye esencialmente una traición. Víctor José Llaver, quien viajó a la URSS con un grupo de argentinos, escribió: “Del grupo de treinta y dos viajeros por lo menos las dos terceras partes eran marxistas, muchos miembros del Partido Comunista Argentino. Ni qué decir que, para ellos, el viaje a «la Patria Socialista» constituía lo que para un mahometano la peregrinación a La Meca. Su ánimo, el fervor y el entusiasmo permanentemente resultaban envidiables, no obstante que en ocasiones ese estado de excitación era reemplazado abruptamente por un estado opuesto depresivo cuando la observación de algo negativo resultaba inocultable e inexcusable ante los no comunistas como testigos” (De “La URSS hoy”-Editorial Plus Ultra-Buenos Aires 1989).

Como la URSS tenía planes expansivos para establecer su imperio a nivel mundial, sus adherentes se convierten en traidores en sus lugares de nacimiento, como ocurrió con Montoneros y el ERP. Los miles de atentados, bombas, asesinatos, secuestros extorsivos y asaltos perpetrados muestran claramente sus intentos de destruir totalmente a su nación de origen para ver cumplido el sueño expansionista de la “Patria Socialista”. Carlton J. H. Hayes escribió: “El imperialismo soviético no era exclusivamente la expresión del nacionalismo ruso, sino un interesante reconocimiento del nacionalismo de otros pueblos. Esto atraía especialmente a pueblos «atrasados», tanto de Asia como de África, que habían estado sometidos a las potencias coloniales de Europa occidental. La infiltración comunista fue creciendo también por toda América Latina y ejerció una influencia cada vez mayor, aparentando ser un movimiento nacionalista popular y llevando a cabo una inescrupulosa campaña en contra del «imperialismo y la explotación de los yanquis». Este fue el lema que Fidel Castro esgrimió para establecer un régimen revolucionario en Cuba y para iniciar su coqueteo con la Unión Soviética” (De “El nacionalismo, una religión”-UTEHA-México 1966).

En similitud al pacto Hitler-Stalin, con Hitler traicionando sus propias promesas, se establece el pacto entre el nazi-fascista Perón con los marxistas-leninistas Montoneros, con Perón traicionando sus propias promesas una vez que los utilizó como apoyo involuntario para sus propias ambiciones personales. Toda la violencia destructiva de los años 70, tuvo el apoyo de Perón, por lo cual siguió siendo el traidor a la patria que siempre fue. Así como Hitler rompió el pacto con Stalin invadiendo la URSS, Perón rompe el pacto con Montoneros dando posteriormente la orden presidencial de exterminio.

Cuando una nación tiene como héroes nacionales a traidores que promovieron su destrucción material y humana, necesariamente ha de transitar por caminos decadentes, ya sea porque la pudrición contagiada desde esos “héroes” afectó a la población o bien porque la pudrición enquistada en la población no le permite elegir otros gobernantes que no hayan sido traidores a la patria.

Todo individuo tiene el derecho a elegir la ciudadanía que desee y a renunciar a la que naturalmente posee, aunque por ello no tiene el derecho a colaborar con algún imperialismo extranjero en la destrucción de su propio lugar de origen, tal como ocurre con la izquierda política. En el caso argentino, puede decirse que ya hemos padecido varios gobiernos, bien intencionados, con gente incapaz, que no nos hace falta ninguna ayuda de extranjeros ni de traidores locales para autodestruirnos en una forma efectiva.

domingo, 18 de junio de 2017

Permitido lo no prohibido vs. Prohibido lo no permitido

La postura liberal se distingue de las posturas totalitarias en muchos aspectos, y no sólo en lo económico y en lo político. Tal divergencia surge de la opinión respecto de cómo está hecho el mundo; bajo las siguientes dos posibilidades: a) Está bien hecho, en el sentido de que el hombre puede adaptarse plenamente asegurando su felicidad y su supervivencia, siendo “culpable” por el sufrimiento existente, y b) Está mal hecho porque es una trampa que impide que el hombre logre sus objetivos, por lo que la humanidad no debería orientarse por las leyes naturales que lo rigen, sino que deberá ser guiada por hombres que han sido capaces de desenmascarar dicha trampa.

Como ejemplo de postura optimista, puede mencionarse el comentario bíblico asociado al Génesis en el cual, luego de cada acto creativo, se añade: “Y vio Dios que era bueno”. Como ejemplo de postura pesimista, puede citarse un texto de Platón, uno de los primeros ideólogos del totalitarismo: “De todos los principios, el más importante es que nadie, ya sea hombre o mujer, debe carecer de un jefe. Tampoco ha de acostumbrarse el espíritu de nadie a permitirse obrar siguiendo su propia iniciativa, ya sea en el trabajo o en el placer. Lejos de ello, así en la guerra como en la paz, todo ciudadano habrá de fijar la vista en su jefe, siguiéndolo fielmente, y aun en los asuntos más triviales deberá mantenerse bajo su mando. Así, por ejemplo, deberá levantarse, moverse, lavarse, o comer…sólo si se le ha ordenado hacerlo. En una palabra: deberá enseñarle a su alma, por medio del hábito largamente practicado, a no soñar nunca actuar con independencia, y a tornarse totalmente incapaz de ello” (Citado en “La sociedad abierta y sus enemigos” de Karl R. Popper-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1992).

Si existe una ley natural invariante que rige todo lo existente, sin que nada que excluido del orden natural, sólo nos queda la posibilidad de adaptarnos de la mejor manera a ese orden, si bien primeramente debemos describir las leyes que lo conforman, como lo hace la ciencia experimental. Tanto si el universo está “bien hecho” como si está “mal hecho”, el camino es el mismo. Si en muchos aspectos es el orden natural una trampa, deberemos tratar de eludirla, pero nunca resulta conveniente someterse a la voluntad y al gobierno de otros hombres por cuanto nadie es capaz de disponer de toda la información acerca de cómo funciona dicho orden. R. M. MacIver escribió: “Indudablemente, hay leyes de la sociedad como las hay de toda naturaleza animada o inanimada. Donde no hay leyes, no hay realidad ni universo, y donde falta el conocimiento de las leyes, no hay experiencia ni comprensión del universo. No existe caos en el mundo, pues las formas de la ley penetran por doquier, y el caos de nuestra experiencia se transforma en orden, según el grado del conocimiento. A medida que avanzamos en el proceso de conocer, vemos que todas las cosas se relacionan y que el mundo está cruzado de identidades y reciprocidades; que todo lo particular se transforma, en sus aspectos, a un principio válido para otros particulares. Tales principios son las leyes” (De “Comunidad”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1944).

Si existen leyes naturales invariantes, que rigen todo lo existente, debemos aceptar su mandato, siendo ésta la idea básica de la Biblia, por cuanto la sugerencia de aceptar el gobierno de Dios, denominado como el Reino de Dios, no es otra cosa que nuestro acatamiento a la ley natural, que es precisamente la ley de Dios. Esta idea no ha prosperado como se esperaba porque muchos predicadores suponen que un Dios con atributos humanos comunica a algunos hombres sus deseos, por lo que éstos se confunden con los deseos y las ideas propias. Thomas Hobbes describía tal situación afirmando “que Dios nos habla en sueños no es lo mismo que soñar con que Dios nos habla”.

La tendencia bíblica, que se opone a todo gobierno del hombre sobre el hombre, implica “permitir todo lo que no esté prohibido”, en oposición a la sugerencia establecida por Platón, que “prohíbe todo lo que no esté permitido” por el gobierno humano. Lo que prohíbe la Biblia está comprendido en los mandamientos de Moisés; no matar, no robar, no mentir, etc. La síntesis ética que nos asegura la libertad individual, si ha de ser respetada por la mayoría, la constituye el mandamiento de Cristo por el cual nos sugiere compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, que implícitamente abarca las prohibiciones de Moisés.

Es oportuno mencionar que el liberalismo es la tendencia filosófica que se identifica con la postura básica de la religión judeocristiana, ya que la libertad propuesta es, justamente, la no dependencia respecto del mando de otros hombres. Friedrich Hayek escribió: “Esta obra hace referencia a aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo. Tal estado lo describiremos a lo largo de nuestra publicación como estado de libertad”.

“El estado de virtud del cual un hombre no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros se distingue a menudo como libertad «individual» o «personal»”. “La expresión que el tiempo ha consagrado para describir esta libertad es, por tanto, «independencia frente a la voluntad arbitraria de un tercero»” (De “Los fundamentos de la libertad”).

La libertad política como la libertad económica, que constituyen la esencia de la democracia, resultan compatibles con el cristianismo; de ahí que la civilización occidental tiene como atributo principal su adhesión al cristianismo, a la democracia política y a la democracia económica (mercado), produciéndose graves perturbaciones sociales cuando los países occidentales dejan de lado alguno de estos principios, como ha sido el surgimiento o aceptación de los totalitarismos políticos o teocráticos.

El gobierno del hombre sobre el hombre, a través del Estado totalitario, surge también de la mente de Thomas Hobbes ante la necesidad de proteger al individuo del caos existente ante el alejamiento de la sociedad respecto de los mandamientos bíblicos, suponiendo la intrínseca maldad del hombre. Ignacio Iturralde Blanco escribió: “¿Cómo abordar la filosofía de Thomas Hobbes? ¿Cómo enfrentarse a su elevada figura, aquella que, mientras que algunos la consideran propia de un ángel, una gran mayoría abomina por haber ayudado a justificar la tiranía y el poder más absolutista? ¿Cuál era su verdadera intención al imaginar y describir un estado presocial como una situación de guerra sin cuartel, en la que los hombres convierten la vida en un espectáculo vil y esperpéntico? ¿Por qué puso tanto empeño en convencernos de que el poder soberano, sin cortapisas, es bueno por definición, y de que nuestra obligación es obedecer en todo al gigante Leviatán, el Estado, por encima de todas las cosas”.

“Tal vez le resulte chocante al lector que una de las claves que da respuesta a muchas de estas preguntas sea la búsqueda de la paz y el mantenimiento del orden social. No en balde el principal objetivo de la filosofía política de Hobbes fue intentar convencer a los súbditos de las ventajas que tenía obedecer al soberano, y así evitar la guerra civil que se avecinaba en Inglaterra. Además, si nos atrevemos aquí a nombrarlo como príncipe de la paz no es por su bravura, sino por todo lo contrario. Como él mismo no tuvo ningún pudor en reconocer, la mayoría de los actos que emprendió a lo largo de su vida partieron de un rasgo de su carácter mucho más común que la valentía: «la gran pasión de mi vida fue el miedo». De hecho, este mismo sentimiento –al que jocosamente consideraba su hermano gemelo- se constituiría en la piedra angular de su ciencia política sobre la que erige toda una sofisticada teoría de la autoridad suprema” (De “Hobbes”-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).

Hobbes considera que un mal gobierno es mejor que la ausencia de gobierno, por lo cual puede justificarse cierto totalitarismo en situaciones caóticas circunstanciales, siendo injustificado como tendencia u objetivo ideal a lograr en el futuro. Mientras que supone que en la mayoría de los hombres predomina la maldad sobre la bondad, otros autores suponen que la maldad y la bondad están distribuidas, no a nivel de los individuos, sino a nivel de las clases sociales o de las razas. Así, para justificar el totalitarismo, Marx supone que la maldad no es generalizada, sino que hay clases sociales buenas y clases malas, mientras que Hitler supone que hay razas buenas y razas malas. Como ambas clases y ambas razas pueden coexistir en un mismo país o en una misma sociedad, promovieron, mediante sus desafortunadas teorías, las mayores catástrofes sociales que recuerda la historia.

Para fortalecer sus respectivas teorías, los marxistas se encargan de difamar y mentir sobre la clase social burguesa, mientras que excluyen de todo defecto a la clase proletaria. En forma semejante, los nazis se encargaban de difamar y mentir sobre las razas supuestamente “inferiores”, mientras exaltaban las virtudes, ciertas o no, de la raza “superior”. En la actualidad se combate arduamente la discriminación racial, pero no así la discriminación social, o de clases, que, por el contrario, se la admira por ser el camino previo al advenimiento del socialismo.

En una sociedad democrática, en la que está todo permitido, menos matar, robar y otras acciones perjudiciales para los demás, existe un castigo para quienes cometen tales actos. Se intenta lograr, de esa manera, encauzarlos por el camino de la moral natural. Sin embargo, quienes promueven la destrucción de la sociedad democrática (destrucción del capitalismo), buscando instaurar la sociedad totalitaria, aducen que tanto el crimen como el robo se deben a que el asesino o el ladrón “fueron previamente marginados por una sociedad regida por un sistema injusto” y que sus actos delictivos constituyen una “justa venganza” ante el resto. Mientras que, desde el punto de vista democrático, el asesino o el ladrón son culpables por sus actos, para el marxista-leninista los culpables son sus víctimas. De esta visión surge el abolicionismo penal.

Mediante las leyes penales (alejadas de la moral natural), establecidas bajo el criterio del positivismo jurídico, se tiende a minimizar las penas a los delincuentes favoreciendo de esa manera el robo y el crimen. Aducen que el castigo por los actos delictivos no mejoran al delincuente, a lo que debe agregarse que los premios ante ese accionar tampoco lo mejoran, sino que lo estimulan, como fácilmente puede comprobarse en el caso de los delincuentes que recuperan la libertad rápidamente volviendo a reincidir en sus fechorías.

Una vez establecida la sociedad totalitaria, las leyes morales de origen biológico, que son justamente las de la moral bíblica (interpretadas generalmente como provenientes de una revelación), son reemplazadas por leyes dictadas por quienes dirigen el Estado totalitario, estando orientadas a prohibir todo aquello que no ha sido previamente permitido, como ocurrió en la Alemania nazi y en la Rusia comunista. Si bien en la actualidad son pocos los países con regímenes totalitarios vigentes, son muchos los que están en “vías del totalitarismo” (mientras que, hasta hace unos años, estaban en “vías de desarrollo”).

jueves, 15 de junio de 2017

Origen biológico vs. Origen cultural de la ética

El debate entre absolutismo y relativismo moral puede establecerse también como un debate entre un origen biológico de la ética y uno puramente cultural. En el primer caso indicaría que existe una moral objetiva, de validez universal, mientras que en el segundo caso implicaría la posibilidad de que fuese un conjunto de normas derivadas de convenciones subjetivas. Joachim Bauer escribió: “La empatía como «fundamento» de la moral: La investigación de los sistemas morales es relativamente reciente. Una de sus tareas consiste en estudiar científicamente las conductas humanas en situaciones moralmente relevantes, análogas a las de la vida cotidiana. Se pueden sacar también conclusiones interesantes reproduciendo los procesos de acompañamiento neurobiológicos cuando, por ejemplo, una persona tiene que tomar una decisión moralmente relevante”.

“Que la moral es una competencia humana natural con anclaje biológico es algo que ya vio Charles Darwin. Éste calificó de «instinto básico» la capacidad y propensión del hombre a empatizar con los demás. En su opinión, esta capacidad natural del hombre es el fundamento mismo («foundation-stone») de la moral. La moral y los sistemas morales no son, por tanto, la causa sino la consecuencia de la capacidad humana para colaborar y empatizar. Así pues, y por lo que a su origen se refiere, no son constructos ideados por intelectuales o religiosos fanáticos (aun cuando éstos abunden entre zelotes y apóstoles de la moral), sino un fundamento natural y por tanto perteneciente al mundo real”.

En cuanto al significado de la empatía, Robert A. Baron y Donn Byrne escribieron: “Empatía: capacidad de respuesta al estado afectivo de otra persona con una reacción emocional correspondiente que se asemeja a cualquier emoción que experimenta el otro individuo. Por ejemplo, una persona empática percibe que otra es infeliz y como consecuencia experimenta infelicidad”.

“El hecho de mostrar tensión emocional en respuesta de la tensión emocional de otros se ha llegado a observar en niños de tan sólo doce meses de edad e incluso también en monos y simios. Los seres humanos difieren tremendamente en empatía, desde los que se preocupan profundamente de todo malestar experimentado por otros, hasta los individuos sociopáticos que se muestran totalmente indiferentes ante el estado emocional de los que les rodean, sin que esto les pueda afectar”.

“Además del sentimiento de malestar personal ante el malestar del otro, el individuo empático tiene otras tres características que lo definen. Una es el sentimiento de simpatía: sentir una afectuosa preocupación por las necesidades de otro. Otra es la toma de perspectiva: son capaces de meterse en la piel de otro. Finalmente presentan una mayor fantasía: sentir empatía ante un personaje de ficción, representada por conductas tales como llorar en una película triste” (De “psicología Social”-Prentice Hall Iberia-Madrid 1998).

Si interpretamos el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, la base de la ética cristiana, como “compartirás las penas y las alegrías de los demás como propias”, observamos un origen biológico por no ser otra cosa que el mencionado proceso psicológico de la empatía. Incluso se advierte que no hace falta algo tan complicado como la revelación para conocer y describir un proceso elemental y accesible a la observación. El cristianismo sugiere una ética objetiva, de validez universal, por cuanto tiene un origen biológico, descartando el relativismo moral.

La ética cristiana pierde efectividad en cuanto tal mandamiento admite interpretaciones diversas por las cuales es adaptado a las conductas individuales en lugar de proceder a la inversa, esto es, adaptar las conductas al mandamiento. Incluso se llega al extremo de que las creencias en sí mismas generan una supuesta “elevada espiritualidad” que le ha de permitir al creyente cometer algunas contravenciones que se les deberían perdonar por dicha supuesta “elevación”. Joachim Bauer escribió: “Las personas que se proclaman explícitamente seguidoras de un sistema moral suelen tender a considerar la profesión de fe como una especie de «activo en su cuenta particular», como una especie de «licencia» para comportarse en lo sucesivo de manera inmoral”.

“Quien quiera que las personas tengan un comportamiento moralmente aceptable ha de procurar que tengan también pocas ocasiones de sentirse moralmente buenas. Paradójicamente, las personas que más parecen comportarse de manera moralmente aceptable suelen ser las que más tienen presente la miseria ética de la existencia” (De “La violencia cotidiana y global”-Plataforma Editorial-Barcelona 2013).

Por lo general, se supone que el hombre es malo por naturaleza y que esa deficiencia puede ser corregida mediante reglas morales derivadas de éticas con fundamento exclusivamente cultural. Sin embargo, todo parece indicar que en el hombre existe tanto la tendencia hacia la cooperación como a la competencia, mientras que las éticas propuestas tienden generalmente a favorecer la cooperación ya existente en nuestra naturaleza humana. Jeremy Rifkin escribió: “Los descubrimientos recientes en el ámbito de las neurociencias y en el del desarrollo infantil nos obligan a cuestionar la creencia, tan arraigada, según la cual los seres humanos son agresivos, materialistas, utilitaristas y egoístas por naturaleza. Ahora, por el contrario, empezamos a darnos cuenta de que somos una especie fundamentalmente empática, y ello tiene unas implicancias profundas y de largo alcance para la sociedad” (De “La civilización empática”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2010).

Quienes suponen que el hombre es malo por naturaleza, son los que sostienen que es necesario dirigirlos desde el Estado restringiéndoles la mayor parte de sus libertades individuales, tal como lo sugieren las ideologías totalitarias. Si alguien inquiere acerca de quienes están exentos de defectos y plenos de sabiduría para desempeñar desde el Estado esa misión “caritativa” hacia los hombres imperfectos, surgirá seguramente un marxista-leninista debido a su supuesta “supremacía ética”, para justificar tal desempeño. Como, por lo general, los socialistas “exentos de defectos” tienen muy poca paciencia, se producen las grandes catástrofes sociales como las ocurridas en la URSS, China comunista y otros países.

En realidad, los comunistas son defensores de su propio absolutismo moral, a la vez que consideran la validez del relativismo moral como una táctica empleada para desvirtuar otras éticas rivales. Incluso llegan al extremo de considerar a la empatía cristiana como una maniobra de las clases dominantes para explotar más fácilmente al proletariado. Intentan, además, reemplazar el amor al prójimo por el altruismo socialista. Por este medio, al tener el individuo que sacrificarse laboralmente por los demás (concretamente a favor del Estado), perjudicándose materialmente para lograr cierta satisfacción personal, se advierte una situación poco atractiva que ha de durar muy poco tiempo; algo absurdo si se considera que los intercambios que se establecen en el mercado tienden a beneficiar a ambas partes simultáneamente, sin necesidad de que alguien deba sacrificarse por los demás.

La propuesta del relativismo moral tiende a destruir el orden social por cuanto, si el bien y el mal son conceptos puramente convencionales y subjetivos, no valdría la pena buscar el bien y rechazar el mal. Ello implica una desorientación en cada individuo. Antonio Fornés escribió: “¿Tenemos clara nuestra escala de valores y nuestro código de comportamiento? Y mucho más importante todavía, ¿basándonos en qué certezas somos capaces de establecer nuestro presunto orden moral?”.

“Probablemente, la dificultad para contestar a esta última pregunta en la mayoría de nosotros es una de las causas subyacentes al avance del relativismo, es decir, de la teoría de que todos los posicionamientos morales son respetables y admisibles, pero…esta posición en realidad no parece acabar con los problemas pues, de un lado, no nos aclara qué camino ético personal hemos de tomar, ¿debemos dejarnos llevar simplemente por la tradición o la moda? De otro, las teorías relativistas acaban abogando por una ética de mínimos que debe ser aceptada por todos, lo que dicho desde una postura relativista no deja de ser una contradicción, además ¿cómo se fundamenta esta imposición de un mínimo común denominador ético?”.

La ausencia de un fundamento objetivo de la ética fue planteada por Protágoras, quien afirmaba que “El hombre es la medida de todas las cosas”. Fornés agrega al respecto: “El sabio griego nos propone al hombre como juez único y personal de todos sus actos. En una línea de pensamiento que pese a tener más de dos mil años resulta muy actual, afirma que la moral no es más que una decisión cultural alejada de cualquier valor absoluto, que la ética carece de cualquier fundamentación, es decir, de cualquier posibilidad de dar una razón última, incontestable, a nuestros actos” (De “Las preguntas son respuestas”-Plataforma Editorial-Barcelona 2009).

Víktor Frankl sostiene que el principal conflicto psicológico de nuestra época es la ausencia de un sentido de la vida; conflicto que no existía en el pasado por cuanto la religión le brindaba a cada individuo respuestas al respecto, con una orientación ética definida, como un objetivo concreto que debería lograr. “El relativismo no responde personalmente a la gran pregunta de qué debo hacer, pues si todas las posiciones son iguales, ¿cuál es la que elijo? Además plantea otro problema, si debemos admitir la pluralidad de propuestas, pues no hay ninguna mejor que otra, planteamientos éticos como los que aboguen por la desigualdad racial, por sistemas antidemocráticos, o por el integrismo religioso deberán ser admitidos, ¿deberemos, por tanto, tolerar al intolerante?” (“Las preguntas son respuestas”).

Todo indica que debemos orientarnos en lo posible por las conclusiones de las ciencias sociales verdaderas, por cuanto existen pseudo-ciencias que pretenden lograr reconocimientos como si fuesen ciencia experimental seria, sin ser factible la posibilidad de verificar sus conclusiones, y muchas veces sin que esas conclusiones tengan una mínima coherencia lógica.

Si el hombre tiene como atributo cierta actitud característica, por la cual responde de forma semejante en iguales circunstancias (al menos durante una etapa de su vida), sólo queda la posibilidad de elegir la actitud cooperativa por la cual hemos de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, no tanto como objetivo concreto sino como tendencia u orientación.

Si, desde la psicología, se describe el fenómeno de la empatía como principal atributo que disponemos para consolidar el vínculo social, corroborado por la neurociencia a través del descubrimiento de las neuronas espejo, y coincidente con la ética propuesta por el cristianismo, el problema está resuelto. En realidad está resuelta una parte del problema, por cuanto no resulta nada sencillo divulgar este conocimiento hasta que sea aceptado mayoritariamente por los integrantes de la sociedad. El “vehículo” que ha de llevar esa información, por la cual se identifica religión y ciencia experimental, ha de ser la religión natural.

martes, 13 de junio de 2017

Perturbaciones psicológicas producidas por los regimenes totalitarios

Son dos los sectores afectados por las ideologías y prácticas totalitarias; en primer lugar lo serán los adeptos y en segundo lugar sus víctimas u opositores. Los primeros desarrollarán actitudes de soberbia y desprecio antes sus dominados por cuanto los totalitarismos son equivalentes a imperialismos internos, o en una misma sociedad, mientras que los imperialismos propiamente dichos implican el dominio de un país sobre otro.

Los adeptos al régimen totalitario menosprecian la moral aceptada por la sociedad, e incluso valoran los actos violentos e ilegales de los integrantes de tal movimiento, ya que, por estar dirigidos contra la sociedad que no les ha dado el lugar que creen merecer, tienden a justificarlos. Hannah Arendt escribió: “Los futuros dirigentes totalitarios comienzan usualmente sus carreras jactándose de sus delitos pasados y perfilando sus delitos futuros. Los nazis «estaban convencidos de que en nuestro tiempo el hacer el mal posee una morbosa fuerza de atracción». Las afirmaciones bolcheviques, dentro y fuera de Rusia, de que no reconocían a las normas morales ordinarias se convirtieron en eje de la propaganda comunista, y la experiencia ha demostrado una y otra vez que el valor de la propaganda de hechos canallescos y el desprecio general de las normas morales es independiente del simple interés propio, supuestamente el más poderoso factor psicológico de la política”.

“No es nada nueva la atracción que para la mentalidad del populacho supone el mal y el delito. Ha sido siempre cierto que el populacho acogerá satisfecho los «hechos de violencia con la siguiente observación admirativa: serán malos, pero son muy hábiles». El factor inquietante en el éxito del totalitarismo es más bien el verdadero altruismo de sus seguidores: puede ser comprensible que un nazi o un bolchevique no se sientan flaquear en sus convicciones por los delitos contra las personas que no pertenecen al movimiento o que incluso sean hostiles a éste; pero el hecho sorprendente es que no es probable que ni uno ni otro se conmuevan cuando el monstruo comienza a devorar a sus propios hijos…” (De “Los orígenes del totalitarismo”-Aguilar-Buenos Aires 2010).

En la Argentina, los partidarios del líder totalitario Juan D. Perón adoptaban una actitud que podía sintetizarse en la expresión: “Criminal o ladrón, queremos a Perón”. Ese “amor” por el líder provenía, no tanto por haberles dado un sentido a sus vidas, sino por haberles dado un motivo para dirigir el odio y el resentimiento social que llevaban dentro, además de haberles otorgado medios materiales de subsistencia alejados del trabajo honesto y productivo. Incluso en la actualidad, luego de haberse confirmado que el kirchnerismo no fue tanto un movimiento político como una organización delictiva, poco o nada ha variado el porcentaje de seguidores, por lo que tal movimiento posee varios atributos que lo acercan más a un totalitarismo que a un populismo, si bien no existe una línea definida entre ambos.

Cuando se habla de la dictadura de Perón, no faltan quienes rechazan tal designación por cuanto se sostiene que “fue electo por la mayoría de los votos”. Tal legitimidad de acceso al poder no se discute, lo que en realidad se discute es la legitimidad de los actos llevados a cabo desde su gobierno. También Hitler subió al poder mediante los votos mayoritarios del pueblo, si bien su régimen mostró ser totalitario y opresivo tanto para Alemania como para Europa. La citada autora escribió: “La elevación de Hitler al poder fue legal en términos de Gobierno de la mayoría. Esta fue, desde luego «la primera gran revolución de la Historia realizada mediante la aplicación del código formal legal existente en el momento de la conquista del poder» (Hans Frank)”. “Se ha señalado frecuentemente que los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas”.

Perón es admirado por su habilidad política por seguidores y opositores. En realidad fue un imitador de Hitler y de Mussolini que aseguró el subdesarrollo argentino por muchos años. No tiene mucho sentido admirar a alguien por ser eficaz en una tarea embaucadora y destructiva; más bien debemos reservar los elogios para quienes muestran habilidad en tareas constructivas. Fiel a sus colegas totalitarios, Perón favoreció el encubrimiento y huida de varios criminales de guerra nazi cobijándolos en la Argentina. Alberto Sarramone escribió: “A partir de 1946, nuevamente comienzan a llegar a la Argentina alemanes que ya no tenían lugar en Alemania. Esta vez se trataba de dirigentes nacionalsocialistas de distintas jerarquías y profesionales alemanes comprometidos con el Tercer Reich. El Gobierno de Perón los mandó a buscar, montó una organización especial para traerlos y les dio albergue en universidades, la función pública y en empresas, y se creó una organización especial para ubicar a los ahora jerarcas y burócratas nazis en Argentina. Con la caída de Perón en 1955, muchos emigraron hacia otros países…Pero además durante su Gobierno vinieron más de veinte mil alemanes, austriacos y Volksdeuchche de otros países de Europa central y oriental cantidad que incluía una proporción mayor de individuos con niveles diferentes de afinidades con el nazismo”.

“Lo cierto es que no fueron ni los nazis ni sus socios europeos los organizadores y sustentadores de esta organización que seguiremos llamando Odessa [por una novela de Frederick Forsyth], aunque ese nombre es una mera ficción del novelista. Todo indica que la figura clave de esta organización no era otra que el Presidente argentino Juan Domingo Perón, en connivencia con la Iglesia Católica desde el Vaticano, y algunos funcionarios de ciertos Estados europeos” (De “Alemanes en la Argentina”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2011).

Mientras que en la Alemania nazi se denigraba a los opositores obligándolos a hacer el saludo partidario, recibiendo alguna forma de castigo por no hacerlo, durante la dictadura peronista fue obligatorio llevar luto por la muerte de Eva Perón como también fue obligatorio, para los empleados públicos, afiliarse al partido Justicialista bajo amenazas de ser despedidos en caso de no hacerlo. Bruno Bettelheim escribió: “Mientras que en las dictaduras del pasado un oponente podía sobrevivir dentro del sistema manteniendo una considerable independencia de pensamiento y con frecuencia, hasta cierto punto, de acción, lo cual le permitía conservar el respeto de sí mismo, en el moderno estado totalitario no es posible conservar ese respeto de sí y vivir en oposición interna al sistema. Todo anticonformista moderno se enfrenta a un dilema: exponerse como enemigo del gobierno, ser víctima de la persecución del mismo y, la mayoría de las veces, resultar destruido; o fingir externamente que cree en algo que por dentro rechaza y desprecia por completo”.

“La consecuencia de esto es que a la fuerza el súbdito de una sociedad totalitaria llega a engañarse a sí mismo, a buscar excusas y subterfugios. Y al hacerlo pierde precisamente el respeto de sí mismo que trata de mantener, un respeto de sí mismo que necesita desesperadamente para conservar su sentimiento de autonomía. Un ejemplo de ello lo tenemos en el saludo hitleriano, que fue introducido deliberadamente para que dondequiera que se encontrasen las personas –en lugares de reunión públicos y privados como restaurantes, vagones de tren, oficinas o fábricas y por la calle- resultara fácil reconocer a los que se aferraban a las viejas formas «democráticas» de saludar a los amigos. Para los seguidores de Hitler saludar de aquella manera muchas veces al día era expresar su autoafirmación, su poder. Cada vez que un súbdito leal lo practicaba, su ego resultaba fortalecido”.

“Para el oponente al régimen el saludo producía exactamente el efecto contrario. Cada vez que tenía que saludar a alguien en público vivía una experiencia que convulsionaba su ego y debilitaba su integración. De haber sido sólo su superego el que se oponía al saludo, le habría resultado más fácil; pero la exigencia del saludo escindía su ego justamente por la mitad”

“Así el oponente del régimen totalitario, que necesitaba un ego fuerte para poder sobrevivir en una sociedad hostil y aferrarse a sus convicciones pese al continuo y despiadado bombardeo de los medios de comunicación con sus mensajes encaminados a invalidar todo aquello en lo que creía, se encontraba en situaciones que desintegraban su ego al obligarlo a luchar en dos frentes opuestos: para afirmar el deseo de libertad y para protegerse a sí mismo de ser destruido por el Estado por oponerse a las exigencias del mismo” (De “Educación y vida moderna”-Editorial Crítica-Barcelona 1981).

Ante el esfuerzo cotidiano y permanente de tener que vivir bajo la lucha constante contra la presión ideológica del medio y las propias convicciones opositoras, muchos terminaban renunciando a la oposición interior y aceptando la ideología exterior. “Y esto el individuo se veía obligado a hacerlo por el hecho de tener que saludar muchas veces cada día, no sólo ante todos los funcionarios –maestros, policías, carteros, etc.- sino también al reunirse con sus amigos más íntimos. Pese a que el individuo creyera que el amigo pensaba igual que él –cosa de que raramente se podía estar seguro-, las otras personas que le veían saludando en forma distinta a la hitleriana podían denunciarlo y con frecuencia así lo hacían”.

“Negarse a saludar resultaba aún más difícil porque uno no sólo ponía en peligro su propia vida, sino también la de la otra persona, toda vez que era obligatorio denunciar ante las autoridades todos los casos en que no se saludase de aquella manera. Así, pues, varias veces al día el antinazi tenía que escoger entre convertirse en un mártir, y al mismo tiempo poner a prueba el valor y las convicciones de la otra persona, o perder el respeto de sí mismo”.

Otro de los métodos utilizados por los peronistas r inspirado en los nazis, es la promoción de la delación, por lo que los antiperonistas debían hablar en voz baja ante la presencia de algún posible partidario del dictador. “En la mayoría de los casos el oponente del sistema no encontraba respiro ni siquiera en el seno de su propia familia. Eran muy raras las familias formadas en su totalidad por elementos no nazis. Los niños eran especialmente susceptibles al adoctrinamiento en la escuela, las juventudes hitlerianas, etc. los engatusaban para que espiasen a sus padres y los denunciaran a las autoridades. No fueron muchos los niños que así lo hicieron. Pero los niños cuyos padres eran antinazis se encontraban en un verdadero aprieto al tener que decidir entre la lealtad a sus padres y las obligaciones para con el Estado, el cual les había inculcado la idea de que tenían el deber de denunciar a las personas desleales. Estos conflictos de lealtades son un tormento para los niños y les mueven a odiar a quienes les han metido semejante dilema psicológico”.

El totalitarismo es la peor enfermedad de la sociedad por cuanto destruye todo vínculo existente entre sus integrantes, pasando a ser un conjunto de individuos aislados y temerosos de los demás.