lunes, 18 de junio de 2018

Acerca de la soberbia

La actitud de la soberbia no es solamente considerada como el primero de los pecados capitales, sino que incluso los abarcaría a todos. Como todo pecado, o defecto moral, resulta ser una debilidad humana. Actualmente es descripta como un complejo de superioridad que surge como una necesidad para compensar un previo complejo de inferioridad. La soberbia es un egoísmo extremo que genera en los demás una actitud de rechazo o de repugnancia.

El soberbio ve a la persona cooperativa como alguien débil, que se rebaja ante los demás. De ahí que uno de los síntomas de la vagancia sea la ausencia de toda intención de cooperación, que impide realizar trabajos que han de llevar, de alguna forma, a beneficiar a los demás. Es por ello que los habitantes de los países subdesarrollados muestran mayores niveles de soberbia que los habitantes de los países desarrollados, más predispuestos al trabajo cotidiano.

El soberbio, como persona egoísta, es incapaz de reconocer méritos ajenos, mientras que exagera los propios. Casi siempre se lo ve descender desde su imaginario pedestal para ponerse a la altura de los simples mortales, no sin cierto esfuerzo. En el ámbito de la ciencia, en donde aparecen investigadores que muestran niveles de inteligencia abismalmente superiores al del ciudadano común, no debería haber soberbios (en caso de ser honestos y de no ser ignorantes de las realizaciones de otros).

Giovanni Papini realizó una síntesis respecto de la soberbia a través de un sermón imaginario dentro de una Iglesia, escribiendo al respecto: “Hermanos y hermanas. Vimos en los días precedentes cuál es la forma y gravedad de los siete pecados capitales o pecados mortales. Hoy deseo deciros una verdad que nadie ha dicho hasta ahora al pueblo cristiano. Quiero anunciar, en esta iglesia consagrada a Nuestra Señora de la Humildad, que en realidad de verdad esos siete pecados se reducen a uno solo: el pecado de la soberbia”.

“Considerad, por ejemplo, los modos y los motivos de la ira. Este horrible pecado no es más que un efecto y un escape de la soberbia. El hombre soberbio no tolera ser contrariado, se siente ofendido por cualquier contraste y hasta por la más justa reprensión; el hombre soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior, y por esto se ve arrastrado a las injurias, a la cólera y la rabia”.

“Pensad en otro pecado igualmente odioso y maldito: la envidia. El soberbio no puede concebir que otro hombre tenga cualidades o fortunas de las que él carece; no puede soportar, a causa de su ilusión de que está sobre todos, que otros estén en sitios más elevados que el suyo, que sean más alabados y honrados, que sean más poderosos y ricos. Por lo tanto la envidia no es más que una consecuencia y manifestación de la soberbia”.

“También se manifiesta claramente la soberbia en el repugnante pecado de la lujuria. El lujurioso es el que quiere someter a su capricho y a su placer el mayor número posible de mujeres dóciles y complacientes. La mujer lujuriosa es la que quiere someter a su carne y a su vanidad al mayor número de hombres robados al derecho o al deseo de otras mujeres. El frenesí de la posesión carnal se funda en la ilusión de una dominación recíproca, o sea, en la «libido dominandi» que es, a su vez, el verdadero fundamento de la soberbia. Poseer quiere decir ser dueño, o sea, superior; ser amado significa ser preferido a los demás, es decir: ser considerado y adorado como criatura privilegiada. Y todo esto no es otra cosa que manifestación y satisfacción de ciega soberbia”.

“Ya es más difícil reconocer a la soberbia en el innoble pecado de la gula. Mas, como de costumbre, también en esto viene en nuestra ayuda la Sagrada Biblia. Cuando la serpiente, símbolo de la soberbia, quiso tentar a Eva, ¿a qué medio recurrió además de mentirosas promesas? Presentó a la mujer una fruta deseable a la vista y dulce para comer. Recordad también que en la última Cena Nuestro Señor ofreció pan mojado, es decir, el bocado preferido, al traidor, y esto después de haber dicho que Satanás, o sea, la soberbia, había entrado antes en Judas. Por lo tanto, los que ponen sus delicias en llenar el vientre más allá de lo que se precisa para saciar el hambre, están emparentados con los soberbios; en tal bestial proeza o manía buscan una prueba de su riqueza, de su capacidad o valer, de su arte de engullir y saborear, resumiendo, de su superioridad”.

“También la avaricia, hermanos míos, o la voracidad por el dinero y demás bienes terrenos, se halla estrechamente relacionada con el pecado de la soberbia. El hombre avaro desea hacer todo suyo y no ceder a los hermanos ni siquiera una parte mínima de su tesoro. Su sueño supremo consiste en llegar a ser el más rico de todos en medio de una turba de pobres, pues sabe que en nuestro mundo idiota y perverso el rico es respetado, es adulado, honrado, implorado y servido como un monarca. Para el avaro la riqueza es antes que nada un medio para saciar su avidez de dominio, su torpe vanidad, su loca soberbia”.

“Ahora no nos queda más que volver nuestra consideración hacia la vergonzosa pereza. Como bien lo pensáis, el perezoso es el ser humano que anhela o pretende vivir a costa del trabajo de los demás, como si tuviera un derecho natural al tributo de seres que le son inferiores, como si el trabajo fuera algo indigno de su orgullosa superioridad; perezoso es el que nada hace y nada emprende para mejorarse a sí mismo, para mejorar su alma y su condición, y en esto fácil es descubrir la implícita persuasión de que ya es perfecto, de que es mejor que quienes están a su alrededor, pero en esa su loca certeza notáis fácilmente la diabólica afirmación de la omnipresente soberbia”.

“Espero haber demostrado, aunque haya hablado brevemente, la verdad de mi aserto: hay un solo pecado en séptuple forma, el homicida y deicida pecado de la soberbia” (De “El libro negro”-Editorial Mundo Moderno-Buenos Aires 1952).

sábado, 16 de junio de 2018

La envidia como motor del socialismo

Las contradicciones entre la prédica socialista y las acciones concretas establecidas por sus seguidores se deben esencialmente a que la envidia es un defecto personal encubierto con muchos disfraces. De ahí que el combate ideológico contra el socialismo debería comenzar con el esclarecimiento de la envidia. Se mencionan a continuación fragmentos de un artículo esclarecedor de tal actitud predominante entre los adeptos al socialismo.

ENVIDIOSOS

Por Giovanni Papini

El que envidia es un venenoso que se envenena. Destila de su ser un licor maligno que después se bebe todo, gota o gota.

Se regocija en el dolor ajeno y siente dolor por la alegría de los demás –pero sus placeres están turbados y son breves en tanto que su sufrimiento es acerbo y constante. Sufre por el bien –o lo que a él le parece el bien- recaído en los otros; sufre por la ansiedad de ver que ese bien les sea quitado; sufre por el temor de que el envidiado obtenga un bien más; sufre cuando oye elogiar a alguien, fuera de sí mismo; sufre cuando alguien deplora el daño recaído en el envidiado y que a él lo reconfortó.

La extrema envidia lo lleva a veces al odio, tormento y peligro de los mayores; o lo condena a la amarga masticación de la misantropía segregadora; o lo impulsa, para superar a los envidiados, a una inquieta y tal vez fraudulenta conquista de riquezas y de fama. Pero el mal mayor le viene de su imaginación que de tal manera agiganta la fortuna de los demás y empequeñece la suya; y hasta tal punto que él no ve ni goza los bienes propios, ni los siente, aprisionado y tenso en la tarea de espiar y envidiar los de los prójimos. No puede soportar la riqueza ajena y mientras tanto se empobrece; no puede tolerar la grandeza de sus semejantes y pierde la poca que posee o que podría poseer.

La envidia, en suma, consiste en quitarse a sí mismo lo que se quisiera quitar a los otros, y en procurarse a sí mismo el desagrado y la indignidad que se desea a los demás. Y es tan dura la punición por sí misma que los envidiados, si tienen alma generosa, se compadecen de quienes los envidian. Estos atormentadores de sí mismos, en sus casos más graves amarillos como atacados de ictericia, con la boca torcida por las arrugas del desprecio perpetuo, sujetos a la melancolía persecutoria y al insomnio, desheredados de toda alegría dentro de sí y fuera, que sólo esperan de las desventuras ajenas un fugaz y amargo consuelo, mueven por cierto a piedad, aun pensando en la justicia inmanente de sus castigos.

La envidia despierta la caridad justamente porque es lo opuesto de la caridad, que se alegra por el bien de los demás y padece sus males más que los propios. Y es lo opuesto de los sentimientos más altos: del amor, que goza con la dicha del amado aun a costa del propio dolor; de la generosidad, que llega a sufrir ante el mal del enemigo mismo; del entusiasmo, que todo lo engrandece mientras que la envidia todo lo envilece. La magnificencia es de los grandes así como la mezquindad es de los pequeños.

Y es contrario también a la emulación que no detesta ni rebaja el bien ajeno pero quiere conquistarlo para sí sin quitárselo a quien ya lo posee; a los celos, que por lo menos tienen como disculpa el miedo de que alguien arrebate lo que se posee justicieramente; y hasta el odio, que reconoce el valor del adversario y lo combate a cara descubierta mientras que la envidia, avergonzada de sí misma, se oculta bajo centenas de máscaras y no tiene siquiera el coraje de la guerra franca. El hombre confiesa cualquier pecado menos el de la envidia, tan repugnante y humillante le parece a él mismo.

¿De dónde nace este pecado que aun siendo tortura para quien lo comete es tan común entre los hombres?

Muchos creen que su raíz está en el orgullo, pero se equivocan. El verdadero orgullo no envidia, no se siente inferior a nadie y si ve la grandeza ajena no sufre porque se propone superarla ya que se siente capaz de obtenerla en mayor grado. La envidia, por el contrario, viene de una especie de humildad involuntaria y acre que reconoce la superioridad de los otros y la propia incapacidad para alcanzarla. Más aún, casi siempre es una admiración acompañada por la tristeza de la impotencia. Al igual que el soberbio, el envidioso no tolera a quien está más elevado que él, y resignado a su miseria y pequeñez querría que todos fuesen pequeños y míseros como él y más que él; pero el soberbio se mide con los grandes y hasta desearía que lo fuesen más porque mayor sería su orgullo de sobrepasarlos.

La envidia es el efecto de una múltiple imbecilidad. Imbecilidad en el sentido originario de debilidad, o sea, en la confesión interior de ser inhábiles para conquistar lo que los más fuertes o afortunados poseen. Imbecilidad en el sentido de miopía porque las más de las veces se envidia a quien no merece ser envidiado, ya sea porque el bien aparente es un mal efectivo, ya sea porque en realidad goza y posee menos que nosotros. Imbecilidad porque se envidia inclusive el mal y el pecado o cosas que verdaderamente no querríamos tener, o ciertos bienes propicios a otros que para nosotros serían una carga y un daño. Imbecilidad porque por lo general se envidian los bienes materiales, es decir, los inferiores, y que por su naturaleza son limitados hasta tal punto que una parte dada a nosotros es sustraída a los otros; mientras que raramente se envidian los bienes espirituales, tanto más preciosos, y que a diferencia de los primeros más se acrecientan si son más sus poseedores.

Imbecilidad ciega, en fin, porque el envidioso ignora la comunión universal que hace que cada uno de nosotros sea partícipe de la felicidad o del padecimiento de los demás –y no recuerda, si es cristiano, que siendo todos nosotros miembros de un solo cuerpo viviente, cada alegría del hermano debería ser nuestra alegría, gracias al amor que nos hace tomar parte.

Pero el imbécil envidioso no conoce otro amor más que el amor a sí mismo, y como no encuentra en su mínima alma, casi desaparecida, ni en su pobreza, suficiente sustancia de amor, la ausente adoración del yo se convierte en detestación de los otros. Si hubiese descubierto en sí virtudes y riquezas se habría sentido por encima de todos, como un ídolo sobre la columna del orgullo, y hubiese gastado toda su fuerza en acrecentar su grandeza, pero se siente por debajo y emplea su poder para rebajar a quien tiene más. Yo soy feo, por lo tanto, no es verdad que tú seas bello. Yo soy pobre, pero tus riquezas son mal adquiridas y peor gastadas. Yo soy impotente pero tus obras valen menos que nada o son inferiores a las antiguas. Yo no sirvo pero tu fama está usurpada y tu renombre es injusto. Yo soy malo pero tu bondad es hipócrita, falaz e interesada. Yo soy cobarde pero tus arrojos están exagerados por tus aduladores y fueron cumplidos por amor a alabanzas y ganancias.

El envidioso, que con frecuencia es agudo, no es capaz de amor y, en consecuencia, de dicha, y no pudiendo gozar de sí, sufre por los júbilos y triunfos ajenos. Como el toro ante el rojo, se irrita ante el color de la alegría. Odia a quien ama, odia a quien es amado, y ama solamente a quien odia con él.

Pero no se puede odiar a los distantes y a los ignotos –por eso el envidioso está forzado a envidiar a aquéllos con quienes convive, los más próximos, sus propios hermanos.

Generada en una maligna y cobarde humildad, la envidia raramente obtiene lo que desea, es decir, el mal del envidiado. A los envidiados los entristece el odio que sienten en torno: si son orgullosos, por temor de un daño, y si son generosos, por piedad hacia aquellos que envidian. Pero pronto se regocijan. Si me envidian quiere decir que tengo valor, méritos, dones; quiere decir que sienten y reconocen mi grandeza, mi triunfo. La envidia es la sombra obligada del genio y de la gloria, y los envidiosos no son sino, dentro del odio, los admiradores rebeldes y los testigos involuntarios. No cuesta mucho perdonarlos cuando se tiene el derecho de complacerse o despreciarlos.

Más aún, podemos estarles agradecidos porque con frecuencia el veneno de la envidia es para los perezosos un vino generoso que proporciona nuevo vigor para nuevas obras y nuevas conquistas. La mejor venganza contra aquéllos que nos quieren rebajar es emprender vuelo hacia una cima más alta. Y tal vez más de uno no hubiera ascendido tanto sin el aguijón de quien lo quería ver por tierra.

El verdadero sabio hace más: se sirve de la misma denigración para perfeccionar el propio retrato y quitar las sombras que mancillan la luz. El envidioso se vuelve, sin saberlo, el colaborador de su perfección.

Las almas malignas –frecuentes también entre los envidiados- se complacen tanto en ese homenaje indirecto y forzado que es la envidia, que se divierten al provocarla con la ostentación y la cultivan vanagloriándose de sus triunfos antes aquéllos que los sufren. Gozan al ver el padecimiento del envidioso y caen, por lo tanto, en su mismo pecado que es la anticaridad. Otros, en cambio, por prudencia o compasión, ocultan lo mejor que pueden lo mejor de ellos mismos y la ventura, si les llega, y terminan siendo simuladores por querer hacer el bien.

La envidia, por consiguiente, puede nutrir el orgullo, desarrollar la crueldad o constreñir al fingimiento, pero solamente cuando los envidiados ya son, en potencia, soberbios, crueles o capaces de fingir. Si el envidiado es de veras superior, el envidioso nada puede contra él: para ser contagiado, el grande debe descender hasta lo pequeño. Pero cuando la envidia, en vez de ser un mal secreto de los solitarios, infecta a las multitudes, entonces es funesta en cuanto a lo universal. La envidia de la plebe hacia los oligarcas es el origen primero de la mediocracia. La envidia de las clases bajas, más numerosas, contra los poderosos, enciende el fuego de las revoluciones; la envidia de los pobres hacia los ricos es causa de saqueos y de todo hurto legal. La envidia de los pueblos contra los pueblos es una de las razones de las guerras de exterminio. Si individualmente es veneno que intoxica, destilado en las mayorías es bacilo de peste que destruye también a los inocentes.

(De “Informe sobre los hombres”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1979).

miércoles, 13 de junio de 2018

Economía ¿ciencia formal o fáctica?

Las diversas ramas de la ciencia pueden agruparse en dos grupos principales: formales y fácticas (o factuales). Las ciencias formales son la lógica y la matemática, mientras que el resto son calificadas como fácticas. Tanto la lógica como la matemática tienen una validación interna, es decir, se aceptan como ciencias por cuanto resultan compatibles, o no contradictorias, con los axiomas básicos que las sustentan. Ello no significa, sin embargo, que se busquen o se acepten estructuras formales que tengan poca, o ninguna, cabida en el mundo real; de ahí la expresión de Henri Poincaré: “Descubrir es elegir”.

La lógica, que describe el pensamiento humano de tipo “verdadero” o “falso”, describe también el comportamiento de circuitos eléctricos en los cuales los interruptores admiten dos estados posibles: “abierto” o “cerrado”. Ello ha favorecido el desarrollo de la electrónica digital y el advenimiento de la computadora digital.

En cuanto a la validez de las estructuras matemáticas, puede decirse que son modelos formales que se establecen sin hacer referencia al mundo real, no porque no tengan cabida, sino porque tienen muchas aplicaciones (por lo general). Incluso existen vínculos entre las diferentes ramas de la matemática, que surgen dentro de ese ámbito, y que pueden reflejar lo que acontece en el mundo real. Este ha sido el caso de la mecánica cuántica, descripta en sus distintas versiones, equivalentes entre sí. En la versión de Edwin Schrödinger se utilizan ecuaciones diferenciales, en la de Werner Heisenberg se utilizan matrices y en la Paul Dirac, álgebras no conmutativas. Tales vínculos no sólo hacen atractiva a las matemáticas sino también a la física teórica.

En cuanto a la economía, se acepta que es una ciencia social que estudia las formas en que el productor satisface las demandas del consumidor. De ahí que aparecen entidades observables y concretas, como el mercado y los individuos que componen la sociedad por lo cual resulta ser una ciencia fáctica. Sin embargo, algunos economistas consideran que se trata de una ciencia formal, como la lógica o las matemáticas. Mario Bunge escribió: “Algunos eruditos, en particular los miembros de la escuela austriaca, sostienen que las teorías económicas son verdaderas a priori por lo que no es necesario someterlas a prueba. Hayek afirmó que la única parte empírica de la economía concierne a la adquisición del conocimiento. Otros, particularmente quienes consideran la economía como una ciencia de decisiones, aducen que las teorías económicas no son descriptivas sino normativas, y por lo tanto inverificables” (De “Las ciencias sociales en discusión”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1999).

En realidad, una teoría es verdadera si resulta compatible con la realidad aunque esté insuficientemente fundamentada o deficientemente axiomatizada. Eduardo A. Zalduendo escribió: “La escuela austriaca considera que la bondad de una teoría no depende del realismo de los supuestos que componen sus variables, sino de sus buenas predicciones; por eso se ha difundido la expresión «economía positiva»” (De “Breve Historia del Pensamiento Económico”-Ediciones Macchi-Buenos Aires 1998).

En alguna parte, Louis de Broglie comentaba que “en los fundamentos de una teoría física aparecen postulados arbitrarios” y que “los resultados legitiman su empleo”. En el caso de la economía, resulta evidente que es necesario establecer postulados básicos para toda la economía, que sean compatibles, no sólo con la realidad, sino con el resto de las ciencias sociales. Debido a la consideración de la economía como ciencia formal, no existiría dicho vínculo, que en realidad existe en toda sociedad real, tal el caso de los fenómenos descriptos por la psicología social, sociología, política, y por la propia economía. Friedrich von Hayek escribió: “Nadie puede ser un gran economista si es solamente un economista –y me veo incluso tentado de agregar que un economista que es solamente un economista puede ser una calamidad, hasta un verdadero peligro” (Citado en “Los profetas de la felicidad” de Alain Minc-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2005).

El hombre libre tiende a establecer intercambios voluntarios con otros hombres libres. Esto da lugar a un sistema autoorganizado (la mano invisible de Adam Smith) que se establece en forma espontánea (mercado). La ley de oferta y demanda es una consecuencia de la búsqueda de calidad y precio por parte del comprador y de satisfacer esas demandas por parte del productor.

Los detractores de la economía aducen que no existe tal cosa como el mercado, y menos aún el mercado idealizado por los economistas. Tal procedimiento de idealización de entes cercanos a la realidad se utiliza también en la teoría de los circuitos eléctricos, una rama del electromagnetismo. En este caso, entre las principales entidades utilizadas aparecen resistencias, bobinas y capacitores. En el mundo real no existen tales elementos circuitales en estado “puro”, ya que todo bobinado tiene inductancia y también algo de resistencia y de capacidad eléctrica; algo similar ocurre con las resistencias y los capacitores. Sin embargo, se establece una teoría de amplio alcance en base a tales elementos idealizados.

Es posible, por lo tanto, considerar la existencia del mercado como el primer postulado de la economía en vista de una axiomatización compatible con las ciencias fácticas. Como segundo axioma ha de considerarse la “acción humana”, siguiendo la tendencia propuesta por Ludwig von Mises. Desde el momento en que se establece la teoría del valor subjetivo, comienza a tenerse presentes los atributos individuales de los seres humanos que intervienen en el proceso económico. Mises escribió: “Hay quienes sólo se interesan por su propio bienestar personal. A otros, en cambio, las desgracias ajenas cáusales tanto o más malestar que sus propias desventuras. Hay personas que no aspiran más que a satisfacer el deseo sexual, la apetencia de alimentos, bebida y vivienda y demás placeres materiales. No faltan, por el contrario, quienes se interesan en mayor grado por aquellas satisfacciones generalmente calificadas de «superiores» o «espirituales». Existen seres dispuestos a acomodar su conducta a las exigencias de la cooperación social; y, sin embargo, también hay quienes propenden a quebrantar las normas en cuestión. Para unas gentes el tránsito terrenal es camino que puede conducir a la bienaventuranza eterna; pero también hay quienes no creen en las enseñanzas de religión alguna y para nada las toman en cuenta”.

“La praxeología [estudio de la acción humana] no se interesa por los objetivos últimos que la acción pueda perseguir. Sus enseñanzas resultan válidas para todo tipo de actuación, independientemente del fin a que se aspira. Constituye ciencia atinente a los medios; en modo alguno a los fines” (De “La acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).

Los economistas tienden a unificar las respuestas posibles de los individuos en el mercado bajo la denominada “elección racional”, que vendría ser una respuesta o actitud generalizada que sirve para describir las decisiones individuales. Mario Bunge escribió: “La teoría de la elección racional trata de valoración, intención, decisión, elección y acción; en especial, intercambio o comercio. Está basada en dos ideas simples y atractivas. La primera es el Postulado de Racionalidad, según el cual las personas saben lo que es mejor para ellas y actúan en conformidad. La segunda idea maestra es el postulado del Individualismo Metodológico. Según éste, todo lo que necesitamos para dar cuenta de cualquier hecho social en cualquier lugar y tiempo son las creencias, decisiones y acciones de los individuos implicados en él” (De “La relación entre la sociología y la filosofía”-Editorial EDAF SA-Madrid 2000).

En psicología social, la tendencia a la acción viene establecida por las actitudes. De ahí que la economía debería considerar, como postulado adicional, no la acción un tanto incompleta propuesta por Mises, o la “elección racional”, sino a las actitudes que los seres humanos mostramos en todos los aspectos de la vida social.

Cada persona posee una actitud característica, que es una respuesta típica que imprime nuestra individualidad. Tal actitud posee cuatro componentes básicas (amor, odio, egoísmo y negligencia), en distintas proporciones en cada persona, que son las causales por las cuales nos orientamos hacia las dos tendencias posibles adoptadas socialmente: cooperación y competencia.

Debido a que la optimización del comportamiento social implica acentuar nuestra actitud cooperativa, resulta también una optimización económica, ya que el buen desempeño económico del conjunto de la sociedad depende esencialmente del buen desempeño moral.

Los individuos poseen, en una determinada etapa de su vida, una actitud o respuesta característica por la cual, al participar en el mercado, tienden a buscar beneficios simultáneos en todo intercambio (cooperación social) o bien a buscar beneficios en forma unilateral (lo que lleva a la interrupción de futuros intercambios). Ludwig von Mises escribió: “La sociedad implica acción concertada, cooperación”.

La ciencia económica, como ciencia social, ha de tener como objetivo la descripción del proceso del mercado como de los factores que promueven, o bien limitan, su estabilidad, como así también la descripción de las actitudes individuales de sus participantes, con el objetivo de optimizar el comportamiento individual y social.

En caso de las posturas que promueven la destrucción del mercado, para imponer vínculos y normas sociales diferentes a las establecidas por los individuos en libertad, se desvirtúa el método descriptivo de la ciencia experimental, por cuanto ya no se describen comportamientos espontáneos sino impuestos exteriormente, como es el caso del socialismo; en cuyo caso, se inducen comportamientos coercitivos que distorsionan las condiciones iniciales de libertad impidiendo los intercambios voluntarios.

De ahí que podría intentarse definir la ciencia económica en función de su finalidad y sus objetivos descriptivos, como “la rama de la ciencia social que describe el funcionamiento del mercado como también la manera en que cada individuo ha de adaptarse al mismo en la búsqueda de una optimización del proceso de producción, consumo e intercambios”.

Para que la economía se ubique entre las ciencias fácticas, debe fundamentarse en los siguientes aspectos:

1- Mercado (democracia económica)
2- Teoría de la acción (Psicología social)
Objetivos: promover la adaptación de todo individuo, y de la sociedad, al proceso del mercado

domingo, 10 de junio de 2018

Ideas medievales

Al existir un vínculo de tipo causal entre ideas y acciones, o entre creencias y actitudes, una descripción completa del acontecer histórico no debe prescindir de las ideas dominantes ni tampoco de los hechos concretos. Incluso resulta bastante menos dificultoso seguir el desarrollo histórico de un pueblo, no tanto por la secuencia de los hechos, sino por la descripción de las ideas predominantes en cada época.

Teniendo presente las ideas imperantes en el medioevo europeo, es posible entender con poca dificultad el posterior surgimiento del capitalismo, de la Reforma religiosa y del Renacimiento cultural. La Edad Media europea estuvo ligada al dominio de la Iglesia Católica, que impone una especie de totalitarismo teocrático, similar, en algunos aspectos, a los totalitarismos vigentes en el siglo XX, especialmente en lo que respecta a su intromisión en aspectos inherentes al ámbito estrictamente personal, como es el de las ideas o creencias adoptadas a nivel individual. Jeremy Rifkin escribió: “La lucha entre la Iglesia medieval cristiana y la incipiente clase burguesa de comerciantes y artesanos era, en gran medida, una lucha sobre orientaciones temporales competitivas y, fundamentalmente, una lucha sobre distintas imágenes del futuro”.

“Con respecto a la Iglesia, el tiempo terrenal no tenía mayor importancia. Cuando mucho, el tiempo era concebido como un mal necesario, algo que debía soportarse. Para el cristiano devoto, esta existencia en el mundo debía servir para preparar la vida eterna que los esperaba después de la muerte. Nunca se mencionaba el hecho de usar el tiempo para mejorar su suerte o el bienestar de la sociedad. En verdad dichos pensamientos podrían haber sido considerados una herejía. Sostener la noción de que este mundo podía ser mejorado era, a los ojos de la Iglesia, un pecado de orgullo. Después de todo, Dios, en su infinita sabiduría concibió su creación terrenal tal como la había deseado”.

“Cualquier hombre o mujer que se atreviera a desafiar el talento artístico de Dios tratando de efectuar cambios, corría el riesgo de recibir el castigo de la Iglesia y del Poder Divino”.

“En la Europa medieval, la Iglesia había establecido un orden apropiado para el funcionamiento de todos los aspectos de la vida social, dejando poco espacio para cambios. Cada cosa tenía su lugar apropiado y su función adecuada en el esquema cristiano de las cosas y, tal como lo señala Frederick Polak, «rebelarse contra el lugar asignado por Dios al Hombre en este mundo equivalía a cometer un pecado mortal y a desafiar al mismo trono de Dios»”.

“Aunque el creyente cristiano se encontraba firmemente situado en el mundo de la carne, su corazón, su mente y su alma siempre se ubicaban en los cielos, donde lo esperaba la salvación. Dado que esta imagen del futuro se basaba tan poco en las fortunas mundanas de las existencias terrenales, el paso del tiempo nunca fue un tema de gran preocupación o de gran importancia. La Iglesia formalizó esta imagen espiritual del futuro elogiando todas las búsquedas divinas y denigrando cualquier esfuerzo secular, especialmente aquellos que amenazaban alterar el panorama económico, social o cultural”.

“La Iglesia publicó una lista de actividades prohibidas y deshonrosas. «Virtualmente todas las profesiones medievales» fueron consideradas, en un grado u otro, inadecuadas, deshonestas e inaceptables ya que todas estaban asociadas a «los caminos de la carne». Sólo la agricultura y unas pocas actividades selectas –que incluían al orfebre, el herrero y al fabricante de espadas y, por supuesto, al clero mismo- eran eximidas de la condena de la jerarquía de la Iglesia. Mientras los bañeros y taberneros eran condenados por alentar la vida licenciosa; los carniceros, bataneros, tintoreros y cocineros eran castigados por ser impuros, y los cirujanos y barberos eran evitados por derramar sangre, la Iglesia reservaba su mayor desprecio para la clase comerciante”.

“Se suponía que el trabajo del hombre debía ser a imagen de Dios, y como el trabajo de Dios es la creación, cualquier profesión que no creara algo tangible debía ser condenada. La Iglesia atacaba a la incipiente clase comerciante acusándola de fuerza parasitaria, un grupo de conspiradores que no creaban nada de valor y que solamente explotaban el trabajo de otros” (De “Las guerras del tiempo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1989).

La primera etapa de una pesadilla totalitaria aparece con la consolidación de un sector que se considera “poseedor de la verdad”, pero no de una verdad parcial, sino de una verdad absoluta sobre todas las cosas. Mientras que los Evangelios sugieren una actitud a adoptar respecto de Dios y de los demás seres humanos, la Iglesia medieval los interpretó como que ella era la depositaria de una misión que excedió ampliamente la tarea de difusión de una propuesta ética para ser reemplazada por un gobierno terrenal despótico ejercido sobre toda la sociedad.

La segunda etapa implica actuar con la pretensión de imponer a toda costa la “verdad absoluta” poseída. Como siempre surgen disidencias, habrá de utilizarse la violencia necesaria para lograr consenso hasta, finalmente, imponer la unanimidad. Los totalitarismos del siglo XX repiten parcialmente el proceso mencionado, aunque lo llevan a una escala mucho mayor, ya que, tanto el nazismo como el marxismo-leninismo, produjeron niveles de violencia catastróficos. John Bagnell Bury escribió: “Los cristianos, durante los dos siglos en los que fueron una secta prohibida, reclamaban la tolerancia basándose en que la creencia religiosa es voluntaria y no puede ser impuesta. Cuando su fe llegó a ser el credo dominante y tuvieron el poder del Estado detrás, cambiaron de criterio. Se embarcaron en la empresa prometedora de llevar a cabo una uniformidad completa de opiniones de los hombres sobre los misterios del universo y comenzaron una política más o menos declarada en contra de la libertad del pensamiento”.

“Los Emperadores y los Gobiernos adoptaron en parte este sistema por razones políticas; las diferencias religiosas, tan enconadas, les parecían peligrosas para la unidad del Estado. Pero el principio fundamental descansaba en la doctrina de que la salvación se encontraba exclusivamente en la Iglesia cristiana. La convicción profunda de que aquellos que no creían en sus doctrinas se condenarían eternamente, y de que Dios castiga el error teológico como si fuese el más nefasto de los crímenes, condujo naturalmente a la persecución”.

“Se consideró un deber el imponer a los hombres la única doctrina verdadera, ya que sus propios intereses eternos estaban en juego, y el evitar que los errores se extendiesen. Los heréticos eran peores que criminales ordinarios, y las penas que el hombre podía inflingirles, no era nada en comparación con las torturas que les aguardaban en el infierno. Librar la tierra de hombres que, si bien virtuosos, eran por sus errores religiosos enemigos del Todopoderoso, fue simplemente un deber” (De “Historia de la Libertad de Pensamiento”-Ediciones Populares Argentinas-Buenos Aires 1957).

La Iglesia logra el máximo poder en el siglo XII y consigue que los diversos emperadores se sumen a la lucha contra los herejes. Bury agrega: “La Iglesia introdujo en el Derecho público de Europa, el principio nuevo de que un soberano conservaba su corona a condición de que extirpase la herejía. Si vacilaba en perseguirla desobedeciendo el mandato del Papa, debía ser forzado a ello, perdía sus tierras, y sus dominios quedaban expuestos a que se incautase de ellos cualquiera a quien la Iglesia pudiera inducir a que los atacase. Los Papas establecieron así un sistema teocrático en el que todos los intereses se subordinaban al gran deber del mantenimiento de la pureza de la fe”.

El sistema totalitario impuesto por la Iglesia medieval, comienza a desmoronarse con el surgimiento de los comerciantes (burgueses) que proliferaban por las ciudades. “Burguesía: originariamente designó al habitante del burgo o de la villa que rodeaba al burgo. Posteriormente se lo identifica con el estamento social y político denominado «tercer Estado», y se lo identifica con «ciudadanía»: el «citoyen» es el ciudadano políticamente emancipado, económicamente independiente por ser propietario y con voz y voto como miembro de la nación. En los siglos XVIII y XIX es el típico representante del pensamiento ilustrado y del liberalismo” (Del “Diccionario de Sociología” de E. del Acebo Ibáñez y R.J. Brie-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 2006).

La Iglesia nunca perdonó a la burguesía y al liberalismo su acción desestabilizadora de la sociedad feudal; y no porque el liberalismo, con su democracia política y económica, haya sido negativa para la humanidad, sino porque fue el principal artífice de la caída del totalitarismo teocrático. Es oportuno destacar que incluso Santo Tomás de Aquino promovía la posibilidad de eliminar a los herejes, escribiendo al respecto: “Acerca de los herejes deben considerarse dos aspectos: uno por parte de ellos; otro por parte de la Iglesia. Por parte de ellos está el pecado, por el que no sólo merecieron ser separados de la Iglesia por la excomunión, sino aun ser excluidos del mundo por la muerte; pues mucho más grave es corromper la fe, vida del alma, que falsificar moneda, con que se sustenta la vida temporal. Y si tales falsificadores y otros malhechores justamente son entregados sin más a la muerte por los príncipes seglares, con más razón los herejes, al momento de ser convictos de herejía, podían no sólo ser excomulgados sino ser entregados a justa pena de muerte. Por parte de la Iglesia, está la misericordia para la conversión de los que yerran. Por eso no condena luego, sino ‘después de una primera y segunda corrección’, como enseña el Apóstol Pablo. Pero, si todavía alguno se mantiene pertinaz, la Iglesia, no esperando su conversión, lo separa de sí por la sentencia de excomunión, mirando por la salud de los demás. Y aún va más allá, legándolos al juicio seglar para su exterminio del mundo por la muerte” (Citado en “Crítica de la religión y la filosofía” de Walter Kaufmann-Fondo de Cultura Económica-México 1983).

Los humanistas, promotores del Renacimiento, vuelven a poner la atención en los antiguos filósofos griegos y romanos, como Lucio Anneo Séneca y Marco Tulio Cicerón, que fueron descalificados durante la Edad Media como simples paganos, aunque sus ideas morales eran compatibles con los Evangelios. La Reforma protestante, por otra parte, significó el reemplazo de un totalitarismo por otro distinto. Bury escribió: “La justificación intelectual del levantamiento protestante con la Iglesia, había sido el derecho a la libertad de conciencia, es decir, el principio de la libertad religiosa. Pero los Reformadores lo afirmaron sólo para sí mismos, y tan pronto como elaboraron sus propios artículos de fe lo repudiaron prácticamente. Esta fue la inconsistencia más notoria de la posición protestante; pero la aspiración que ellos abandonaron no podía quedar suprimida permanentemente”.

jueves, 7 de junio de 2018

El objetivismo de la ciencia experimental

Siendo la ciencia la actividad cognitiva por la cual describe leyes naturales, sus resultados dependen tanto del hombre como de la propia realidad. Decimos que una descripción tiene un carácter objetivo cuando su validez resulta ser la misma para cualquier ser humano que repita la experiencia verificadora. Así, las leyes de la física tienen una validez universal, no sólo en el sentido de que son convalidadas en todo el planeta, sino que presentan una validez independiente del espacio y del tiempo, ya que las observaciones astronómicas confirman las leyes de la física para enormes distancias y para épocas remotas.

Puede decirse que el realismo es la postura predominante en el científico, ya que supone la existencia de leyes naturales aun cuando el hombre no las pueda describir y aun en épocas en que no había rastros de vida inteligente. Esta actitud contrasta con la de algunos filósofos que suponen que el orden natural observado depende de las formas del pensamiento humano. Leonhard Euler escribió: “Cuando mi cerebro provoca en mi alma la sensación de un árbol o de una casa, yo afirmo, sin dudar, que un árbol o una casa existen realmente fuera de mí, de los cuales conozco la ubicación, el tamaño y otras propiedades. De conformidad, no hay hombre o animal que cuestione esta verdad. Si a un campesino se le metiera en la cabeza concebir una duda tal y dijera, por ejemplo, que no cree que el alguacil exista, aunque lo tuviera delante, lo tomarían por loco, y con razón. Pero cuando un filósofo formula tales pensamientos, espera que admiremos su sabiduría y su sagacidad, las cuales sobrepasan infinitamente las aprehensiones del vulgo” (Citado en “Más allá de las imposturas intelectuales” de Alan Sokal-Ediciones Paidós Ibérica SA-Barcelona 2009).

Mientras que el científico supone y busca un conocimiento que pueda compartir con el resto de los seres humanos, producto de su visión realista, el filósofo poco adepto al realismo científico tiende a suponer que existe una interacción diferente entre el hombre y su mundo circundante. Gaston Bachelard escribió: “Si un filósofo habla de conocimiento, lo quiere directo, inmediato, intuitivo. Se acaba convirtiendo a la ingenuidad en una virtud, en un método. Toma cuerpo el juego de palabras de un gran poeta que quita una letra n a la palabra connaissance (conocimiento) para sugerir que el verdadero conocimiento es ya un co-naissance (co-nacimiento). Y se profesa que el primer despertar se hace a plena luz, que el espíritu posee una lucidez innata”.

“Si un filósofo habla de la experiencia ocurre lo mismo, se trata de su propia experiencia, del desarrollo tranquilo de un temperamento. Se acaba por describir una visión personal del mundo como si encontrara ingenuamente el sentido de todo el universo. Y la filosofía contemporánea es así una borrachera de personalidad, una borrachera de originalidad. Y esta originalidad pretende ser radical, arraigada al propio ser, afirma una existencia concreta, crea un existencialismo inmediato. De este modo cada uno va inmediatamente del ser al hombre. Es inútil buscar más allá un tema de meditación, un tema de estudio, un tema de conocimiento, un tema de experiencia. La conciencia es un laboratorio individual, un laboratorio innato. Es terreno abonado para los existencialismos. Cada cual tiene lo suyo, cada cual encuentra su gloria en su singularidad” (De “Epistemología”-Editorial Anagrama-Barcelona 1973).

Mientras el filósofo acentúa su atención en el sujeto que observa y describe la realidad (subjetivismo), el científico acentúa su atención en el objeto a describir (objetivismo). Como consecuencia, los filósofos construyen “viviendas de baja altura” mientras que los científicos construyen “edificios imponentes” (uno por cada rama de la ciencia) que se levantan con el aporte de todos. Mientras el filósofo tiende a razonar en base a símbolos y palabras (cercanos a su mente) el científico tiende a razonar en base a imágenes extraídas de la propia realidad (cercanas a las leyes naturales).

Por las razones mencionadas, es contradictorio expresar que exista una “filosofía objetiva” o una “ciencia subjetiva”. En el primer caso, tiene sentido solamente cuando el filósofo adopta la propia realidad y los resultados de la ciencia como punto de partida. En el segundo caso, tiene sentido la expresión “ciencia subjetiva” cuando en alguna rama de la ciencia social se abandona la verificación experimental dejando de ser precisamente “ciencia”. Mario Bunge escribió: “La estrategia o método general de la ciencia nació hace tres siglos y medio, y se desarrolló y no tiene miras de estancarse en su evolución. Además de desarrollarse, se expandió y sigue expandiéndose. Ya domina las ciencias sociales y la tecnología, y está comenzando a presidir algunas zonas de la filosofía. El día que el método científico las domine a todas podremos hablar de filosofía científica, no ya como de un embrión, sino como de un organismo maduro”.

“Incluso la ontología (o metafísica o cosmología filosófica) puede ser empírica de este modo indirecto. No realizaremos, claro está, experimentos ontológicos; pero sí exigiremos que nuestras teorías estén de acuerdo con nuestras teorías científicas. No se trata de la fácil compatibilidad de teorías ontológicas que no tienen nada que ver entre sí, como podría ser el caso de una teoría astrofísica y una teoría sociológica. El acuerdo que exigimos exista entre la filosofía y la ciencia es más exigente: pedimos que las teorías filosóficas sean contrastables o comprobables, así sea indirectamente” (De “Epistemología”-Editorial Ariel SA-Barcelona 1985).

Las justificadas pretensiones de la filosofía de adecuarse a la ciencia y al realismo, pretensiones compartidas por los diversos estudios humanísticos y sociales, se debe principalmente a que el subjetivismo y el relativismo cognitivo abren las puertas a pseudo-intelectuales que terminan por hacer de las humanidades una especie de basurero de errores y de falacias.

No falta quienes aducen que las ciencias sociales son “subjetivas por naturaleza”. En ese caso no deberían denominarse “ciencias”, como actualmente se hace con la ciencia política, la ciencia económica, la ciencia jurídica, etc. En realidad, partes de estas ramas de la ciencia social encubren teorías incompatibles con la realidad, lo que no implica que la totalidad haya de ser errónea. Recordemos algunas teorías verificadas, como la del suicidio en sociología, la ley de oferta y demanda en economía, la del mejor desempeño con competencia, en psicología social, etc.

Entre las justificaciones esgrimidas por los opositores al realismo, se encuentran algunas interpretaciones de la mecánica cuántica por las cuales se asocia al proceso de observación cierto carácter subjetivo. En realidad, en las ecuaciones verificadas de la mecánica cuántica no aparece ninguna variable matemática asociada a la psicología humana, ya que sólo aparecen variables propias de la física. Mario Bunge escribió: “Es posible eliminar el lastre subjetivista que abruma a la mecánica cuántica, convirtiendo a ésta en una teoría enteramente física libre de elementos psicológicos. Al hacer tal, la mecánica cuántica no se ha quedado soltera sino que ha contraído nuevas nupcias filosóficas: el realismo” (De “Filosofía de la Física”-Editorial Ariel SA-Barcelona 1978).

En cuanto al realismo crítico, propuesto por Bunge, se puede sintetizar en lo siguiente:

1- Hay cosas en sí, esto es, objetos cuya existencia no depende de nuestra mente. (Notemos que el cuantificador es existencial, no universal: los artefactos dependen obviamente de mentes).
2- Las cosas en sí son cognoscibles, bien que parcialmente y por aproximaciones sucesivas antes que exhaustivamente y de un solo plumazo.
3- El conocimiento de una cosa en sí se alcanza conjuntamente mediante la teoría y el experimento, ninguno de los cuales puede pronunciar veredictos finales sobre nada.
4- Este conocimiento (conocimiento factual) es hipotético más que apodíctico, por lo que es corregible y no final: mientras que la hipótesis filosófica de que existen cosas, y pueden ser conocidas, constituye una presuposición de la investigación científica, toda hipótesis científica acerca de la existencia de un tipo esencial de objeto, sus propiedades, o leyes, es corregible.
5- El conocimiento de una cosa en sí, lejos de ser directo y pictórico, es indirecto y simbólico
(De “Filosofía de la Física”).

Entre los detractores de la ciencia experimental predomina la creencia de que la ciencia es una “construcción social” y que el rumbo que ha de seguir cada una de sus ramas se decide en congresos científicos que tienen presente, no tanto la búsqueda de la verdad, como la adquisición de más poder por parte de las multinacionales patrocinantes. Esto implicaría que tales congresos adoptarían funciones similares a las de los concilios de la Iglesia Católica. De esa manera los grupos de poder enturbiarían la sagrada misión de la ciencia, que debería ser organizada y dirigida por personas capacitadas, como es el caso de algún político socialista que también habría de dirigir la cultura, la economía, la política, etc. Mario Bunge escribió: “Hace medio siglo se discutió apasionadamente la cuestión de si el conocimiento, en particular la ciencia, es personal o social”.

“¿Cuál de las dos opiniones es la verdadera? Creo que se trató de un malentendido. Los unos se referían al conocer o investigar, en tanto que los otros se referían al conocimiento, o conjunto de resultados de ese proceso. Obviamente, ambos son compatibles entre sí: el individuo conoce, y la sociedad posee un fondo de conocimientos. A su vez, el investigador no parte de cero, sino del fondo de conocimientos acumulados, y aspira a enriquecerlos”.

“Los internalistas sostienen que todo conocimiento sale de la cabeza y los externalistas, que el conocimiento entra en ella. Los primeros apuestan al ingenio, los segundos, al ambiente, y ninguna de las partes acepta que la otra pueda tener algo de razón. En particular, los psicólogos cognitivos creen poder ignorar el contexto social del aprendizaje, y los sociólogos del conocimiento de nuevo cuño afirman que todas las ideas son construcciones sociales. Esto justifica terciar en esta vieja disputa” (De “100 ideas”-Debolsillo-Buenos Aires 2009).

La afirmación de que la ciencia es una “construcción social”, en cierta forma resulta compatible con el relativismo cognitivo, o con el subjetivismo, siendo poco compatible con el proceso descriptivo que se acerca paulatinamente a la verdad mediante “prueba y error”.

Los avances de la física teórica, por ejemplo, son establecidos por una elite intelectual selecta, y no precisamente selecta porque rechace el ingreso de nuevos integrantes, sino porque se trata de una tarea mental muy exigente siendo muy pocos los que desean dedicar su vida a tamaña empresa. Esto implica que la ciencia se construye mediante el aporte de individuos capaces y de cuya tarea poco o nada conoce o intuye el resto de la sociedad.

martes, 5 de junio de 2018

La drogadicción como enfermedad social

Existen enfermedades hereditarias que no dependen de las acciones o hábitos de quienes las padecen. Otras, en cambio, dependen de la personalidad heredada, aunque original e irrepetible, que lleva a un individuo a una forma de vida que puede ser favorable, o no, a padecer alguna enfermedad. Finalmente, aparecen enfermedades que dependen de la influencia del medio social, de la que cuesta liberarse.

Una enfermedad social es el suicidio. Si bien nos parece un acontecimiento individual, del que poco o nada tendría que ver el resto de la sociedad, las investigaciones de Emile Durkheim muestran que se trata en realidad de un fenómeno social que se transmite a todos los individuos, como cualquier enfermedad contagiosa, aunque sólo afecta a las personas que tienen predisposición a padecerla. George Ritzer escribió: “Una corriente social de «lánguida melancolía» no puede derivarse de un solo individuo, sino que mana de la actitud conjunta de un segmento significativo de la población total. Las «actitudes» colectivas, o corrientes sociales, varían de una colectividad a otra y en consecuencia producen variaciones en las tasas de ciertos comportamientos, entre ellos el suicidio. Igualmente, si estas «actitudes» colectivas cambian, se producen variaciones también en las tasas de suicidios” (De “Teoría Sociológica Clásica”-McGraw-Hill/Interamericana de España-Madrid 1993).

En el caso de la drogadicción, pareciera que se trata de una enfermedad social propia de nuestra época posmoderna y nihilista, en la cual la ausencia de un sentido de la vida hace que muchos individuos se refugien en la búsqueda de diversión para la mente y placer para el cuerpo. Debido a que la diversión y el placer constituyen una “artificial” finalidad de la vida, no propuesta por las leyes que conforman el orden natural, se admite la normalidad de la homosexualidad, el consumo de drogas y todo hábito que apunte a esos fines. Armando Roa escribió: “El nihilismo de fondo sólo tranquiliza mientras no se piense en él y se constituya entonces en serio problema. No deja de ser inquietante, a su vez, para una perduración de esta nueva época, el que la familia, institución básica en que se ha fundamentado la historia de Occidente, y quizás toda la historia, esté en franco quebranto y que la necesidad de acudir a la drogadicción para liberarse de la supuesta ventura de los actuales tiempos sea cada vez más perentoria y amenace los cimientos mismos de lo humano”.

“Siendo el placer sexual lo que, en medio de una atmósfera nihilista, le da cierta consistencia y atractivo a la vida dentro de su brevedad antes de que se hunda en la nada, privar a alguien de él resulta una discriminación suma, igual o peor quizás que la discriminación de razas; por eso, propio de algo posmoderno es dar igualdad de derechos a homosexuales y lesbianas para contraer matrimonio si eso les apetece…”.

“Se trata pues de un hedonismo que no tiene mucha similitud con el de edades anteriores; este hedonismo posmoderno propicia la venta libre de drogas, argumentando que no hay motivos para privar de un placer y aún más, que es la prohibición la originante de consumos excesivos perniciosos, pues toda prohibición provoca atracción desmedida sobre lo prohibido” (De “Modernidad y Posmodernidad”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1995).

Siendo la moral el hábito o la costumbre de favorecer el bien como desalentar el mal, puede decirse que tales hábitos cambian en función de los valores predominantes en una sociedad. Así, cuando la búsqueda de la felicidad o de la vida eterna fueron valores predominantes, la ética cristiana dio respuesta a esos valores. Cuando predomina la búsqueda de diversión y placer, también cambian los hábitos y costumbres respecto de los anteriores mencionados.

Se dice que “la moral cambia con las épocas”, lo que es cierto. Pero también cambian los resultados logrados. De ahí que no tiene sentido atribuir validez al relativismo moral, ya que tendría validez si distintos hábitos y costumbres produjeran los mismos resultados. Si la “ética indolora” de la posmodernidad lograra similares resultados que la ética previa de los deberes y los derechos, se les daría la razón a los relativistas morales. Sin embargo, resulta bastante evidente (al menos para algunos) que existe un absolutismo moral impuesto por las leyes naturales que conforman al orden natural.

La mentalidad generalizada de la sociedad tiende a imponer creencias, hábitos y costumbres y, por lo tanto, a dominar mentalmente a las personas más influenciables, que son una mayoría. De ahí que la posmodernidad no sea otra cosa que el predominio del nihilismo, como ausencia del sentido de la vida, del egoísmo extremo y de la búsqueda prioritaria de placer y diversión. El resto (drogadicción, consumismo, negligencia, libertinaje, irresponsabilidad, etc.) es una consecuencia necesaria e inevitable de las ideas y creencias dominantes. Gilles Lipovetsky escribió: “La autonomía de la moral respecto de la religión se erigía como principio pero de alguna manera era «negada» en su funcionamiento real vía la absolutidad intransigente del deber. El fin de esta separación: al organizarse en lo esencial fuera de la forma-deber, la ética alcanzaba en adelante en su plena radicalidad la época de la «salida de la religión». Las democracias han oscilado en el más allá del deber, se acomodan no «sin fe ni ley» sino según una ética débil y mínima, «sin obligación ni sanción»; la marcha de la historia moderna ha hecho eclosionar una formación de un tipo inédito: las sociedades posmoralistas” (De “El crepúsculo del deber”-Editorial Anagrama SA-Barcelona 1994).

Algunos aspectos asociados al proceso de la drogadicción masiva son descritos por Enrique Rojas: “Los jóvenes empiezan a drogarse por curiosidad, para saber qué es eso, en qué consiste, qué se experimenta. Como esto sucede en un círculo juvenil muy contagioso, los que en principio no la prueban son tachados de personas no abiertas a la realidad, retrógrados y atrasados, con lo que enseguida abandonan esa postura”.

“Los jóvenes empiezan a drogarse porque está de moda y se lleva. Este argumento no tiene valor para las personas con criterio, pero en la adolescencia es casi sustancial. Y las modas se contagian más que las infecciones; éste es un dato extraído de la psicología diaria. Hay que tener mucha personalidad y un entorno en donde uno se pueda sentir arropado para no dejarse llevar por esa corriente”.

“El mundo de la droga significa para el joven satisfacer su sed fáustica de aventuras, su necesidad de nuevas experiencias….Hay también un deseo de escapar uno mismo de vez en cuando, abandonarse en una pasividad que repudia todo lo que significa esfuerzo y responsabilidad”.

“La droga siempre es evasión. Los adolescentes y los jóvenes tienen como una especie de sismógrafo interior capaz de detectar muchas cosas negativas de la sociedad de los mayores. Se produce una reacción contra los adultos y la sociedad que ellos han creado: racionalista, centrada en el éxito y en el dinero, burocrática, montada sobre el consumo, muy alejada de los valores y de lo espiritual. Rematan diciendo: «Esta sociedad no me gusta y quiero escapar de ella, ir haciendo otra distinta que no tenga estas coordenadas». Así se inicia esta fuga hacia los paraísos artificiales que la droga promete y que arrancan de su crítica del «stablishment» de los mayores: buscando una nueva libertad que a mediano-largo plazo termina en una sugestiva prisión donde va a ir quedándose atrapado física, psicológica y socialmente”.

“Evasión y protesta son dos notas claves para comprender la psicología de esta plaga social. Por eso podemos descubrir un cierto fondo positivo: el que se droga rechaza conformarse con el mundo y pretende otro mejor. Desaprueba una realidad considerada como prisión. Y aquí caben muchas observaciones que ciertamente son atinadas: la moral interpretada como hipocresía, la felicidad como autoengaño y la vida como tener y acumular. Eso es lo que ellos captan y el mensaje cifrado que transmiten”.

“La droga es también una reacción al vacío espiritual de nuestro tiempo. El hombre necesita del misterio, decía Heidegger. Hay en su fondo más íntimo una aspiración hacia lo trascendente. Y para muchos esta inquietud se sosiega en estos parajes…La droga es una pseudomística en un mundo materialista, hedonista y de consumo. Por eso podemos decir que la droga subraya el vacío de nuestra sociedad. La falta de consistencia en algo sólido y que sea capaz de llenar tantos huecos como tiene el corazón del hombre”.

“La droga permite alejar el dolor y el sufrimiento, desterrar los sentimientos de fracaso y frustración –al menos momentáneamente. Pero no hay que perder de vista que el sufrimiento es la vía regia de aprendizaje…El drogadicto ha renunciado a luchar, quiere sólo sensaciones evanescentes de flotar y suspenderse en el océano de las vivencias nirvánicas”.

“Una vez instalado en la droga de una manera más o menos estable, las motivaciones cambian. Se combate con ella el aburrimiento y la falta de un proyecto de vida coherente y realista. El joven se va viendo empujado por una psicología de personas que se arremolinan en torno a este dios mágico y maravilloso que todo lo arregla de inmediato, pero que pasa una terrible factura por ello; la dependencia y la tolerancia”.

“Por la primera el sujeto no puede dejar de consumirla, ya que si no aflora el célebre síndrome de abstinencia o «mono». La dependencia es la progresiva adaptación biológica del organismo, de tal forma que si se interrumpe el consumo se alteran algunas constantes biológicas. Esto tiene una base metabólica, que no es otra cosa que una protesta celular. La tolerancia aparece en una fase posterior y consiste en la necesidad de ir incrementando progresivamente la dosis para producir los efectos del principio”.

“La drogodependencia es la expresión permanente del mito de la ambrosía: aquella sustancia que, al tomarla los dioses, les hacía inmortales sin esfuerzo alguno” (De “El hombre light”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2012).

sábado, 2 de junio de 2018

Protección arancelaria para “vivir con lo nuestro”

Existen dos tendencias extremas, tanto a nivel individual como a nivel de los países; una de ellas implica aislarse del resto de la sociedad o del resto del mundo, respectivamente, mientras que la otra actitud implica vincularse con el resto de la sociedad y con el resto de los países. En el primer caso sería una actitud antisocial y egoísta en el individuo y nacionalista extrema en el caso de un país.

Este aislamiento nacionalista, en el plano económico, se logra con una protección arancelaria aduanera que impide parcial o totalmente la entrada de productos del extranjero. Si bien cierta protección puede admitirse en algunas circunstancias, no resulta ser una medida aconsejable para el largo plazo. Cuando un país carece de empresarios eficaces, capaces de competir en el mercado mundial, no se requiere protección alguna. De ahí que el aislamiento económico tiende a ser un reflejo de la incapacidad empresarial de una nación. “El aislacionismo sólo puede conducir, tanto en el individuo como en las naciones, a la misantropía, al embrutecimiento y a la guerra, que es una forma colectiva de locura”.

“Encerrarse dentro de sí mismo, rechazar todo contacto con el mundo exterior, es destruir voluntariamente los puntos de referencia de nuestro espíritu de superación. Sin coordenadas comparativas, queda uno ligado al propio eje, cuya gravitación centrípeta confunde todo juicio equilibrado, y, sin darse cuenta, corre el riesgo de pasar el tiempo girando perpetuamente en torno de aquél”.

“Que tal experiencia le haya ocurrido a pueblos enteros por falta de medios técnicos y abundancia de obstáculos materiales para relacionarse con otras civilizaciones, como pasó con los salvajes australianos, las tribus indias del Amazonas, los pieles rojas, etc., y que otros hayan quedado detenidos en su avance cultural por análogas causas, a ejemplo de los incas y aztecas, es comprensible. Pero que, en pleno siglo XX, con tantos instrumentos a nuestra disposición, por propia ceguera o por falta de energías nos dejemos conducir hacia una situación semejante, induce a colegir que nos pasa algo parecido a los ratones de las praderas, cuando, sin saber por qué, emprenden una carrera suicida hacia el mar” (Del Prólogo de “La protección arancelaria” de W. M. Curtiss-Centro de Estudios Sobre la Libertad-Buenos Aires 1963).

Frederic Bastiat propuso una forma sencilla de mostrar los débiles fundamentos de la protección arancelaria. W. M. Curtiss lo presenta de esta manera: “Hace más de un siglo, el economista francés Frederic Bastiat, ardiente opositor del proteccionismo, tomó como base el inmortal clásico «Robinson Crusoe» de Daniel Defoe para ilustrar los males de las restricciones comerciales, y al efecto escribió el siguiente diálogo:

-¿Recuerdas cómo hizo Robinson Crusoe para hacer una planchada sin tener una sierra?
-Sí; derribó un árbol y luego, cortando el tronco a derecha e izquierda con el hacha, lo redujo al espesor de una tabla.
-¿Y eso le costó mucho trabajo?
-Quince días completos de trabajo.
-¿Y de qué vivió durante ese tiempo?
-Tenía provisiones.
-¿Y qué le sucedió al hacha?
-Quedó desafilada.
-Sí, pero quizá tú no sepas que cuando Robinson comenzaba el trabajo, vio que la marejada había depositado una planchada en la costa.
-¡Feliz accidente! Supongo que habrá acudido corriendo para recogerla….
-Ese fue su primer impulso, pero se detuvo y razonó para sus adentros: «Si recojo esta planchada, solamente me costará la molestia de llevarla, y el tiempo necesario para bajar y subir el acantilado. Pero si hago una planchada con el hacha, tendré, ante todo, quince días de ocupación. Después, el hacha se desafilará, lo cual me dará más ocupación para afilarla. Por último, se me agotarán las provisiones, lo cual será una tercera fuente de empleo reponerlas. Pero como sucede que el trabajo es riqueza, es evidente que si recojo la planchada me arruinaría a mí mismo. Debo proteger mi trabajo personal, y ahora que lo pienso, hasta podría aumentar ese trabajo tirando la planchada de nuevo al mar».

Razonamiento absurdo

-Pero ese razonamiento era absurdo.
-Ni cabe la menor duda. Sin embargo, es el razonamiento de toda nación que se protege a sí misma mediante prohibiciones. Tira al mar la planchada que le ofrecen por una pequeña cantidad de trabajo, con el fin de realizar un trabajo más grande. Hasta en el trabajo de los funcionarios de las aduanas se descubre una ganancia. Esa ganancia está representada por las molestias que se toma Robinson para devolver a las olas el regalo que le han ofrecido. Si consideras a la nación como un ser colectivo, no hallarás un ápice de diferencia entre su razonamiento y el razonamiento de Robinson.
-¿Robinson no comprendía que podía dedicar a otra cosa el tiempo que economizaba?
-¿A qué otra cosa?
-Mientras el hombre tenga necesidades que satisfacer y tiempo a su disposición, siempre hay alguna tarea que realizar. Y no soy el indicado para especificar el tipo de trabajo que haría en un caso así.
-Comprendo claramente qué trabajo podría haberse evitado.
-Y sostengo que Robinson, con increíble ceguera, confundió el trabajo con su resultado, el fin con el medio, y voy a probarte…
-No hace falta. Tenemos aquí el sistema de restricciones o prohibiciones en su forma más sencilla. Si te parece absurdo planteado así, es porque las dos capacidades de producir y consumir se hallan en este caso mezcladas en el mismo individuo.
-Pasemos, entonces, a un ejemplo más complicado.
-De todo corazón. Cierto tiempo después, habiéndose encontrado Robinson con Viernes, ambos unieron su trabajo en una tarea común. De mañana cazaban seis horas y traían cuatro cestos de caza. De tarde trabajaban seis horas en el huerto y obtenían cuatro cestos de hortalizas.

Un visitante extranjero

-Cierto día llegó a la isla una canoa. Desembarcó de ella un apuesto forastero y fue admitido a la mesa de nuestros dos reclusos. Este forastero probó la producción del huerto, la elogió mucho y antes de despedirse de sus anfitriones habló como sigue: «Generosos isleños, habito un país donde la caza es mucho más abundante que aquí, pero donde la horticultura es completamente desconocida. Sería fácil traeros todas las tardes cuatro cestos de carne si vosotros me entregaseis a cambio dos cestos de hortalizas».

-Al escuchar estas palabras Robinson y Viernes se retiraron para consultar, y la discusión que tuvo lugar es demasiado interesante como para no consignarla íntegramente:

VIERNES: -¿Qué le parece?
ROBINSON: -Si aceptamos la proposición, estamos arruinados
V: -¿Está seguro? Considerémoslo.
R: -El caso es evidente. Aplastada por la competencia, nuestra caza como rama de la industria, quedará aniquilada.
V: -¿Pero eso qué importa, si tendremos los venados?
R: -¡Teorías! Ya no serán el producto de nuestro trabajo.
V: -Perdone, señor, porque para tener los venados tendremos que entregar hortalizas.
R: -¿Qué ganaremos entonces?
V: -Los cuatro cestos de carne nos cuestan seis horas de trabajo. El extranjero nos lo da a cambio de dos cestos de hortalizas, que solamente nos cuestan tres horas de trabajo. Esto nos deja tres horas libres.
R: -Diga más bien, que esas horas son restadas a nuestros esfuerzos. Ahí está la pérdida. El trabajo es riqueza, y si perdemos la cuarta parte de nuestro tiempo, seremos la cuarta parte menos ricos.
V: -Usted está muy equivocado, mi querido amigo. Tendremos la misma cantidad de carne, la misma cantidad de hortalizas, y tres horas de más a nuestra disposición. Esto es progreso, ¿o eso no existe?
R: -¡Usted se pierde en generalidades! ¿Qué haremos con esas tres horas?
V: -Haríamos alguna otra cosa.
R: -¡Ah! Comprendo. Usted no puede concretar. Alguna otra cosa, alguna otra cosa, eso es fácil decirlo.

Alternativas

V: -Podemos pescar, adornar nuestra cabaña, leer la Biblia.
R: -¡Utopía! ¿Hay alguna certeza de que debamos hacer lo uno o lo otro?
V: -Muy bien, si no tenemos ninguna necesidad que satisfacer, podemos descansar. ¿Acaso el descanso no es nada?
R: -Pero mientras descansáramos nos moriríamos de hambre.
V: -Mi querido amigo, usted se ha metido en un círculo vicioso. Hablo de un reposo que no substraiga nada a nuestro abastecimiento de carne y hortalizas. Usted siempre olvida que mediante nuestro comercio exterior, nueve horas de trabajo nos proporcionarán la misma cantidad de provisiones que obtenemos en la actualidad con doce.
R: -Es muy evidente, Viernes, que usted no ha sido educado en Europa y que usted nunca ha leído el “Moniteur Industriel”. Porque entonces habría aprendido que todo ahorro de tiempo es pérdida pura. Lo importante no es comer ni consumir, sino trabajar. De nada sirve lo que consumimos si no es el producto directo de nuestro trabajo. ¿Quiere saber si usted es rico? Nunca considere los goces que obtiene sino el trabajo que debe hacer. Esto es lo que el “Moniteur Industriel” le enseñaría. En cuanto a mí, no tengo pretensiones de teórico y sólo me preocupa la pérdida de nuestras actividades de caza.

Idea extraña

V: -¡Qué manera de invertir las ideas! Pero…
R: -Nada de peros. Además, hay razones políticas para rechazar las ofertas interesadas del pérfido extranjero.
V: -¡Razones políticas!
R: -Sí: él sólo nos hace estas ofertas porque son ventajosas para él.
V: Tanto mejor, dado que también son ventajosas para nosotros.
R: Entonces con este tráfico nos colocaríamos en una situación de dependencia con respecto a él.
V: -Y él se situaría en situación de dependencia con respecto a nosotros. Nosotros necesitaremos su carne, él necesitará nuestras hortalizas y todos viviremos en términos de amistad.
R: -¡Sistema! ¿Quiere que le tape la boca?
V: -Eso lo veremos. Todavía no he escuchado ninguna buena razón.
R: -Supongamos que el extranjero aprende a cultivar un huerto y que su isla resulta ser más fértil que la nuestra. ¿No ve las consecuencias?
V: -Sí, nuestras relaciones con el extranjero cesarían. Ya no se llevarían nuestras hortalizas, dado que podría tenerlas en su isla con menos trabajo. Ya no nos podría traer carne, dado que nada podríamos darle a cambio, y entonces nos encontraríamos precisamente en la situación en que usted nos quiere colocar ahora.

Temores

R: -¡Salvaje imprevisor! Usted no comprende que después de haber aniquilado nuestra caza inundándonos de carne, él aniquilaría nuestros huertos inundándonos de hortalizas.
V: -Pero esto sólo duraría mientras estemos en condiciones de darle otra cosa, o sea mientras encontremos otra cosa que producir con economía de trabajo para nosotros mismos.
R: -¡Otra cosa, otra cosa! Usted siempre vuelve a lo mismo. Usted está en la luna, mi estimado amigo Viernes; sus opiniones no tienen sentido práctico.

El debate fue muy prolongado y, tal como sucede a menudo, cada cual siguió aferrado a su propia opinión. Pero como Robinson ejercía gran influencia sobre Viernes, su opinión prevaleció, y cuando llegó el extranjero para conocer la respuesta, Robinson le dijo:

«Mire extranjero, para inducirnos a aceptar su proposición debe usted darnos dos seguridades: Primero, que su isla no tiene mejores existencias de animales de caza que la nuestra, porque queremos pelear con armas iguales solamente. Segundo, que usted pierda en la operación. Porque, tal como sucede en todo intercambio, por fuerza hay una parte que gana y otra parte que pierde, y nosotros seríamos tontos si usted no perdiera. ¿Qué me dice?»
«Nada», respondió el extranjero, y echándose a reír volvió a subir a su canoa.