sábado, 8 de diciembre de 2018

Actualidad del pensamiento de Álvaro C. Alsogaray

Diversas situaciones sociales y económicas se repiten en un mismo país. De ahí que opiniones expresadas décadas atrás sigan teniendo plena vigencia en la actualidad, especialmente cuando los problemas de fondo siguen sin resolverse,

Puede sintetizarse la decadencia argentina como el efecto inevitable del saqueo generalizado que la sociedad sufre, a través del Estado, ya sea por medio del robo directo del sector político, por la asignación clientelista de cientos de miles de puestos de trabajo estatales superfluos y ayudas sociales de todo tipo, que exceden ampliamente las posibilidades de ser cubiertas por el sector productivo. Además, el ocio y el consumo tienden a superar ampliamente al trabajo y la producción.

A continuación se transcribe parte de una entrevista que el periodista Néstor Montenegro (NM) le realizara a Álvaro C. Alsogaray (AA) en 1988:

NM: Diputado Alsogaray, ¿cómo influye la expansión de la base monetaria en la economía argentina?

AA: Lo que verdaderamente influye es el crecimiento de la cantidad de moneda. Pero hay muchas maneras de medirlo, una de ellas es establecer la base monetaria, otra es hablar de circulación monetaria, de agregados monetarios…Simplificando esto le diré que lo que importa es la creación monetaria. Cuando esta creación se realiza sin una contrapartida de bienes producidos, o de expectativas del público a querer conservar dinero en estado líquido, es artificiosa y es la que produce los efectos inflacionarios.
Este crecimiento monetario, en la Argentina y en todos los países del mundo, influye directamente sobre la inflación. En nuestro país, a partir del Plan Austral hasta la fecha, ese crecimiento ha sido del orden del 1000 %, cuando en condiciones normales no debería haber sobrepasado el 20 o el 30 %. De ahí que la inflación en la Argentina no necesita ninguna explicación misteriosa, sino que se debe a un crecimiento monetario desproporcionado.

NM: ¿Y cuáles serían las principales medidas a tomar para evitar ese fenómeno inflacionario?

AA: La inflación se debe siempre a la creación espuria de moneda en los bancos centrales, no existe otra explicación real. Y uno se puede preguntar por qué el Banco Central emite moneda en esas condiciones, porque no se puede suponer que lo hace a propósito, por una perversidad. El Banco Central emite moneda en esas condiciones porque los gobiernos gastan más de lo que pueden financiar a través de impuestos, tasas y contribuciones. Cuando les queda un déficit, directa o indirectamente, recurren al Banco Central, el cual, indebidamente, crea moneda para solventar los distintos déficit del Estado.
Y si se quiere evitar la inflación hay que dejar de emitir moneda, hay que terminar con los déficit del Estado, y para terminar con éstos o se cobran más impuestos –en la Argentina probablemente ya se ha colmado la capacidad impositiva- o hay que reducir el gasto. Acá llegamos a la clave del problema: el gobierno en la Argentina debe gastar mucho menos de lo que gasta actualmente, porque de lo contrario va a terminar emitiendo moneda y, consecuentemente, haciendo inflación y financiándose a través de ella. Lo cierto es que hay que reducir el gasto público porque más impuestos no se pueden cobrar; al reducirlo se reduciría el déficit, y de esta manera no habría necesidad de emitir moneda.

NM: Son muchos déficit, indudablemente.

AA: Son numerosos. Está el déficit del presupuesto nacional, el de las provincias, el de las empresas del Estado…Entre todos configuran un déficit general del Estado, que es el que, de una manera u otra se financia a través de la emisión de moneda.

NM: Al ser el Estado empresario, si el gobierno dejara de financiar a ciertas empresas, ¿no se podría producir el fenómeno de que mucha gente quedara sin trabajo?

AA: Ese es un falso argumento que se utiliza para no hacer las cosas que se deben hacer. Nadie está pensando en clausurar empresas del Estado ni de despedir a la gente, porque por otra parte se están prestando servicios que se deben prestar. De lo que se trata es de transferir a la actividad privada el mayor número posible de empresas y actividades que hoy realiza el Estado.
El Estado no tiene por qué ser industrial, comerciante o prestador de servicios, porque no es esa su función. Hay capitales en el mundo entero interesados por tomar estas actividades, con lo cual tendríamos una baja en los gastos del Estado y además, buenos servicios, que es lo que le interesa fundamentalmente a la población. El Estado tiene otras funciones que cumplir: debe ocuparse de las relaciones exteriores, de la defensa nacional, de la seguridad personal –que hoy está tan atrasada en el país-, de la salud pública, de los maestros y de todo aquello que le concierne directamente.

NM: Citando como ejemplo a ENTel, ¿usted está de acuerdo con la privatización que se está haciendo a través del Ministerio de Obras Públicas, por ejemplo?

AA: ¿De qué privatización me habla?

NM: Haciendo referencia al intento de privatización, así como el de Aerolíneas Argentinas.

AA: Esto es erróneo. No se está privatizando nada Aerolíneas Argentinas, ni siquiera en parte. Lo único que se está haciendo es transformar un monopolio estatal argentino en un monopolio estatal argentino-escandinavo, y argentino-español en el caso de ENTel. Utilizar la palabra privatización para esto es crear confusión en la opinión pública.

NM: ¿Cuál sería la mejor forma para efectuar las privatizaciones?

AA: Establecer las condiciones en que estamos dispuestos a transferir estas empresas al capital privado, y llamar a concurso internacional para ver quién ofrece más por esos bienes, como se está haciendo en otros países.

NM: Sin embargo hay cuestionamientos. En el caso de la provincia de Mendoza, por ejemplo, se han privatizado los teléfonos, y parece que el servicio anda mal, que ha habido muchas quejas al respecto…

AA: Los teléfonos de Mendoza no han sido privatizados ahora. Esa compañía hace muchos años que existe, pero como permanentemente ha estado con la “Espada de Damocles” de que le iban a cancelar la concesión, no hace inversiones y procede como cualquier compañía que está sobreviviendo. Entréguese en concesión un buen servicio telefónico y van a ver cómo la situación mejora, y si no mejora se cancela la concesión y que venga otra empresa. Pero no estemos pagando las pérdidas y además teniendo malos servicios.

NM: Diputado: entre dos temas que preocupan a la opinión pública, especialmente al hombre de clase media y al empresario común, son los del funcionamiento de los mercados cambiario y financiero en el país, su organización…¿Cuál es su opinión al respecto?

AA: Con el actual sistema cambiario y financiero es evidente que el empresario –no sólo el de la pequeña y el de la mediana empresa, sino el de todas- ve reducida su actividad a la de ser casi un funcionario, porque todas las empresas están sometidas a una verdadera dictadura por parte del Banco Central, y porque las tasas de interés surgen de las disposiciones que éste toma. Con este sistema que hace que no sepamos cuál es el verdadero valor de la divisa y cuál es la verdadera tasa de interés, porque estas tasas de interés nominales son sencillamente extravagantes, los empresarios tienen muy poco margen para actuar y están cautivos de lo que no vacilo en calificar como la dictadura del Banco Central.

NM: También nos aflige mucho a los argentinos el tema de la deuda externa, ¿qué se puede hacer, se paga, se propone moratoria?

AA: Desde 1978 no estamos pagando un solo centavo de la deuda externa. Estamos pagando solamente una parte de los intereses, porque la otra parte –a veces más del 50 %- nos es financiada de nuevo con préstamos del exterior. Esto aumenta la deuda, y este gobierno la ha aumentado en más de 10.000 millones de dólares en sus cuatro años de gestión. La deuda externa es pesada, es cierto, pero quienes dicen que por su culpa estamos en la situación actual están diciendo una falsedad. Todos los años estamos pidiendo de 2.500 a 3.000 millones de dólares para pagar la mayor parte de los intereses, de manera que el desorden que estamos viviendo es producto de malas políticas económicas, y no de la deuda externa.

NM: ¿Qué hay que hacer entonces?

AA: Obtener los plazos más largos posibles, y la verdadera moratoria. Que un país, unilateralmente, diga “no pago más” es un absurdo que aísla a ese país y le trae penosas consecuencias. Los que han intentado hacer eso han fracasado; entre ellos Brasil, y no hablemos de Perú, que está en pleno desastre financiero, entre otras razones, por esto. Cuando hablo de conseguir los mayores plazos y las menores tasas de interés se trata de una operación formal como cualquier operación financiera, que se hace en el orden privado o en el público. Pero la manera de atender el problema es produciendo y exportando más. La Argentina está exportando actualmente de 6 a 7 mil millones de dólares, y con esas cifras es muy difícil pagar 4.900 millones de dólares de intereses. Si en cambio estuviéramos exportando 15 mil millones de dólares, no tendríamos problema de deuda externa.

NM: ¿Cómo se hace para alcanzar esa cantidad?

AA: Dejando trabajar a la gente, atrayendo capitales, haciendo que los empresarios vuelvan a invertir. Para eso se necesita cambiar de raíz el sistema económico que viene destruyendo al país desde hace cuarenta años. Esa es la tesis fundamental que sostenemos nosotros. Es necesario poner en marcha un sistema liberal basado en la economía social de mercado. Si implantamos esa economía habrá abundancia de recursos, bajará la tasa de interés, el empresario volverá a invertir, el país producirá y exportará más y no tendremos ya el problema de la deuda externa ni muchos otros que estamos soportando ahora.

NM: Usted se refiere a la inversión en el país, pero, ¿es la Argentina un país confiable para invertir?

AA: En estos momentos no lo es, y por eso no hay inversión. Por eso yo digo que para que esto ocurra habría que provocar un shock de confianza, y eso solamente lo puede conseguir el auténtico intento de implantar una economía de libre de mercado.

NM: ¿Por qué no es confiable?

AA: Porque durante cuarenta años se han seguido políticas contradictorias pero con una constante: la intervención abusiva del Estado sobre la marcha de los negocios. A nadie le gusta invertir a riesgo para que el Estado le venga a manejar las cosas, de manera que mientras no se cambie totalmente el sistema no habrá recuperación ni progreso del país. Una prueba clara está en que la Argentina, que estuvo entre los diez primeros países del mundo antes de la Segunda Guerra Mundial, hoy está entre el lugar ochenta y noventa.

NM: ¿Considera que las huelgas son un factor influyente sobre la confianza externa?

AA: No demasiado. Huelgas hay en todos los países, y tenemos el caso de Inglaterra, que ha tenido que soportar tremendas huelgas en una época. Sí pueden molestar ciertas leyes sindicales que creen trabas internas y que pueden ser un factor en contra de la inversión…Pero no es lo único que determina esto.

NM: Diputado, la situación financiera de las provincias es en general bastante mala, ¿a qué se debe esta crisis?

AA: Eso es muy simple: las provincias se dedicaron a hacer la alegre vida de nombrar empleados públicos y despilfarrar el dinero. Tenemos casos de provincias muy pobres que se permiten contar con aviones súper jet, y sus funcionarios viajan al exterior. Tanto éstos como otros gastos constituyen actitudes de despilfarro que en algún momento hay que pagar, y el momento llegó. La Rioja, Salta y Tucumán están a la cabeza del desorden, pero hay otras que se encuentran en situaciones muy parecidas, de manera que es un problema general.
Se trata de un Estado sobredimensionado que ya no se puede sostener con los impuestos, y como las provincias no tienen un banco central propio –a pesar que algunas lo inventaron con los bonos y las loterías- hoy tienen que confesar la quiebra. La mayoría de los Estados provinciales está técnicamente en quiebra.

(De “La alternativa liberal en la Argentina” de Néstor Montenegro-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1988).

viernes, 7 de diciembre de 2018

Educación pública vs. Educación privada

Uno de los principales motivos del deterioro, o destrucción, de la educación pública, es el reemplazo de contenidos culturales y científicos por contenidos ideológicos. De ahí que hayan surgido voces que reclaman la abolición definitiva de la educación pública. Teniendo presente los beneficios promovidos por tal tipo de educación en décadas pasadas, tal propuesta resulta excesiva ya que resulta similar a la actitud del médico que propone eliminar al paciente para, así, eliminar la enfermedad.

En lugar de promover el resurgimiento de la educación pública hasta alcanzar el nivel de épocas pasadas, sectores anti-estatistas, o bien anarquistas, proponen una masiva privatización de la educación en todos sus niveles. Sin embargo, figuras representativas del pensamiento liberal proponían el retiro del Estado de las actividades económicas justamente para poder cumplir mejor con su misión de ofrecer seguridad, salud, educación, etc. Álvaro C. Alsogaray respondía a una requisitoria periodística: “El Estado no tiene por qué ser industrial, comerciante o prestador de servicios, porque no es esa su función. Hay capitales en el mundo entero interesados por tomar estas actividades, con lo cual tendríamos una baja en los gastos del Estado y además, buenos servicios, que es lo que le interesa fundamentalmente a la población. El Estado tiene otras funciones que cumplir: debe ocuparse de las relaciones exteriores, de la defensa nacional, de la seguridad personal –que hoy está tan atrasada en el país-, de la salud pública, de los maestros y de todo aquello que le concierne directamente” (De “La alternativa liberal en la Argentina” de Néstor Montenegro-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1988).

Es oportuno mencionar que, en países como Estados Unidos, coexisten universidades privadas junto a estatales, con la clara intención de intensificar la creación de capital humano, principal función de la educación universitaria. El reciente ascenso de empresas informáticas como las más valiosas del mundo, muestra la preponderancia del capital humano sobre el capital material.

La educación pública en la Argentina surge ante la evidente necesidad de reinsertar sectores marginados (u automarginados) dominados por la negligencia y la irresponsabilidad. Manuel Belgrano escribía al respecto en 1796: “He visto con dolor, sin salir de esta capital, una infinidad de hombres ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudez: una infinidad de familias que sólo deben su subsistencia a la feracidad del país, que está por todas partes denotando las riquezas que encierra, esto es la abundancia; y apenas se encuentra alguna familia que esté destinada a un oficio útil que ejerza un arte o que se emplee de modo que tenga alguna comodidad más en su vida. Esos miserables ranchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de la pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad deben ser atendidos hasta el último punto”.

“La lana es bien abundante en este país, el algodón del Paraguay, Chaco, etc., otras infinitas materias primas que tenemos y podemos tener con nuestra industria, pueden proporcionar mil medios de subsistencia a estas infelices gentes que acostumbradas a vivir en la ociosidad, como llevo expuesto, desde niños, les es muy penoso el trabajo en la edad adulta o resultan unos salteadores o unos mendigos: estados seguramente deplorables que podrían cortarse si se les diese auxilio desde la infancia proporcionándoles una regular educación, que es el principio de donde resultan ya los bienes ya los males de las sociedades”.

“Uno de los principales medios que se deben aceptar a este fin son las escuelas gratuitas donde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción, allí se les podría dictar buenas máximas e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde no reina éste, decae el comercio y toma su lugar la miseria, las artes que producen la abundancia que la multiplica después en recompensa, perecen y todo en una palabra desaparece cuando se abandona la industria porque se cree que no es de utilidad alguna”.

“Para hacer felices a los hombres es forzoso ponerlos en la precisión del trabajo con el cual se precave la holgazanería y ociosidad que es el origen de la disolución de las costumbres. A muy poco costo podría esta junta tomar medidas para llevar a efecto estas ideas. Después que ya los niños salieran de aprender los rudimentos de las primeras letras, podrían ser admitidos por aquellos maestros menesterales que mejor sobresaliesen en su arte, quienes tendrían la obligación de mandarlos a la escuela de dibujo, velando su conducta, consignándoles una cierta cantidad, por su cuidado, en la enseñanza y además señalando cierto premio al que en determinado tiempo diese a sus discípulos en esto, aquello, etcétera”.

“Semejante premio les estimulará a tener muchos aprendices, y por el contrario atenidos a aquel salario desmayarían en la enseñanza o lo recatarían” (Citado en “Historia de la Educación argentina” de Manuel H. Solari-Editorial Paidós-Buenos Aires 1984).

Existen coincidencias entre los diversos sectores de la sociedad en cuanto a que la educación ha de ser el medio efectivo para la solución de nuestros graves problemas. Sin embargo, debe distinguirse entre educación y adoctrinamiento, ya que es distinto apuntar hacia la potenciación de atributos personales que a una simple ideologización de las masas para obedecer consignas sectoriales que siempre condujeron a nefastos resultados. Si bien todo contenido impartido en establecimientos educativos consiste en un conjunto de información sustentado en ciertas ideas básicas (ideología), cuando tal ideología resulta compatible con la ciencia y con la realidad, pierde todo su carácter subjetivo o sectorial para constituir la verdadera educación. Gustavo F. J. Cirigliano escribió: “La educación no es un problema exclusivo de los pedagogos, ni siquiera de los docentes, es algo de interés y responsabilidad de todos. Así como la salud no es una cuestión que atañe solamente a los médicos sino a todos, a la comunidad, a cada uno”.

“¿Por qué nos preocupa que no haya conciencia pública sobre educación? Por algo muy simple: un país es realmente los recursos humanos que tiene”.

“Un país, una nación, es los profesionales, los técnicos, los especialistas, los operarios, los artesanos, los consumidores, los productores, etcétera, que ha formado. Un país existe sobre la base de recursos naturales, pero es la calidad del personal humano la que da cuenta del destino de tales recursos. Y esa calidad humana es resultado principal de la educación” (De “Educación y política”-Librería del Colegio SA-Buenos Aires 1975).

Desde el punto de vista de la libertad y de la igualdad, valores buscados por las diversas corrientes ideológicas, resulta ser la educación la actividad intermediaria que ha de permitir, o no, el cumplimiento de esos objetivos. Para que los padres tengan la posibilidad de elegir libremente la educación que desean para sus hijos, debe existir la educación privada. Para dar igualdad de oportunidades a quienes carecen de suficientes medios económicos, debe existir la educación pública. Es decir, no resulta admisible la existencia de un solo tipo de educación ya que se estaría incumpliendo con alguno de los objetivos sociales mencionados. Federico Clerici expresaba al respecto: “Nuestra Constitución es una especie de himno a la libertad. Nos dice que la libertad de cada uno de nosotros termina donde empieza la libertad de los demás”.

“En lo que hace a la parte relacionada con el derecho de enseñar y aprender, esto significa partir de la libertad que tenemos cada uno de nosotros de elegir la enseñanza que queremos para nosotros mismos y también para nuestros hijos. Este concepto, unido al de igualdad de oportunidades, deja atrás una discusión que se planteó a fines de la década del ’50 y que se volvió a replantear con motivo de la realización del Congreso Pedagógico: la vieja discusión entre la educación estatal y la educación privada. Porque ambas, dentro de esta concepción, tienen una misión fundamental que cumplir. El Estado tiene en primer lugar una obligación de tipo constitucional de asegurar nuestro derecho como ciudadanos a aprender. Y por otro lado, en el artículo 5to de la Constitución las provincias se obligan a brindar la educación primaria a todos los habitantes de cada provincia”.

“Esto tiene mucho que ver con otro principio que está relacionado con el de la libertad: es el principio de la igualdad de oportunidades, porque ninguno de nosotros puede aspirar a la libertad si no tiene las mismas oportunidades del vecino. Esto es, mientras cada uno de nosotros no pueda acceder a los beneficios básicos de la vida sobre la tierra, no va a estar en condiciones de competir con los demás porque no habremos tenido las mismas oportunidades que han tenido los demás para llegar a ese nivel de competencia que es uno de los aspectos inevitables de la vida humana” (De “La alternativa liberal en la Argentina”).

martes, 4 de diciembre de 2018

La violencia social

En la suma de los odios personales existentes entre los integrantes de un grupo social, se tiende a la anulación de los efectos colectivos debido a la compensación generada por la variedad de destinatarios posibles. Por el contrario, cuando aparecen promotores y orientadores del odio individual, se advierten los efectos no compensados y la violencia social propiamente dicha comienza a vislumbrarse. También existen sociedades con niveles reducidos de odio personal, que son poco proclives a la violencia.

El proceso mencionado ha sido sintetizado por Albert Einstein, quien escribió: “La minoría que está alternativamente en el poder tiene en sus manos ante todo la escuela, la prensa y lo más a menudo también las organizaciones religiosas. A través de estos medios domina y dirige los sentimientos de la gran masa y hace de ésta su propio abúlico instrumento”.

“Pero tampoco esta respuesta agota el conjunto de la situación, pues se presenta la cuestión: ¿cómo es posible que la masa se deje, con estos medios, inflamar hasta el frenesí y el sacrificio de sí misma? La respuesta sólo puede ser la siguiente: existe en el hombre una necesidad de odio y destrucción. Esta tendencia, en tiempos normales, es sólo latente, y sale a la luz en momentos excepcionales; pero puede ser con relativa facilidad despertada y elevada a psicosis de masa. Aquí parece esconderse el problema más íntimo de todo el nefasto complejo de influencias. Este es el punto que sólo el gran entendedor de los instintos humanos puede esclarecer”.

“Esto conduce a una última cuestión: ¿existe una posibilidad de enderezar el desarrollo psíquico de los hombres de modo que se los haga capaces de resistir a las psicosis de odio y de destrucción? Y no pienso sólo en la llamada gente inculta. La experiencia de la vida me ha enseñado que precisamente son más bien los llamados «intelectuales» los que sucumben más fácilmente a las sugestiones colectivas, porque éstos no suelen abrevar directamente en la vida vivida, pero en cambio se dejan seducir del modo más cómodo y completo en el lazo del papel impreso” (De “El psicoanálisis frente a la guerra”-Varios autores-Rodolfo Alonso Editor-Mar del Plata 1970).

El proceso de masificación, por el cual todo individuo tiende a repetir y a aceptar lo que la mayoría afirma y cree, no sólo se manifiesta en los sectores poco instruidos, sino también en los sectores que se autodenominan y reconocen como “intelectuales”. Cuando estos sectores masificados coinciden en sus creencias y proclamas, influyen en el resto de la sociedad siendo posible la escalada de la violencia social.

Quien accede a un grado universitario, tiende a considerarse un “especialista” en todos los temas humanos y sociales, generalmente sin haberse dedicado a estudiarlos minuciosamente. Si a ello se le agregan las pasiones o fanatismos ideológicos, termina distorsionando la realidad, promoviendo directa o indirectamente la violencia entre sectores.

El intelectual auténtico, como el docente auténtico, se impone tanto el “no mentir” como el “no despertar el odio” entre la gente, y menos dirigirlo en algún sentido, sino que trata de atenerse siempre a la verdad. Por el contrario, el pseudo-intelectual tiende a distorsionar toda la información que recibe para luego transmitirla con el objetivo de favorecer la difusión de la ideología con la cual simpatiza. De ahí que haya sido bastante frecuente escuchar de los sectores marxistas que “el muro de Berlín fue construido para evitar la entrada de extranjeros”, para impedir así el ingreso de seres impuros provenientes de las corruptas sociedades capitalistas, para mantener la inmaculada sociedad comunista libre de toda contaminación.

El odio generalizado a la sociedad es otro factor de violencia y se hace evidente en la permanente actitud denigrante hacia el resto de sus integrantes. Reaccionamos anticipadamente presuponiendo que quien tenemos enfrente es “culpable hasta que demuestre lo contrario”. Esta actitud negativa se acentúa cuando se la dirige hacia alguien que pertenece a un sector social o grupo antagónico.

La tendencia mencionada surge como consecuencia del egoísmo reinante y de la corrupción generalizada, ya que debemos estar a la defensiva para evitar situaciones desagradables. La cooperación social se restringe a un mínimo. Para colmo, las sociedades en crisis publicitan la existencia de “derechos” de todo tipo, mientras que pocas veces se mencionan los deberes respectivos. Luego, la mayoría adopta una actitud exigente si no se cumple con sus derechos apareciendo nuevos motivos para el odio hacia la sociedad.

Como muy pocos se preocupan por cumplir con sus deberes, los derechos tampoco son satisfechos. Sergio Sinay escribió: “En nuestros días y en nuestra sociedad, se percibe una tendencia creciente a invocar derechos como los derechos de una parte desinteresada del todo. Hay un creciente desinterés por cómo afecta esa invocación, según los medios que se utilicen para ella, sobre el resto del cuerpo social o de la comunidad humana. Los derechos de parte empiezan a prevalecer sobre los derechos del todo bajo la creencia de que, en el árbol de nuestra sociedad, los derechos de la rama que reclama son más importantes y prioritarios que los demás gajos del mismo árbol y de que, si para lograr la reivindicación, otros brotes, la raíz o el mismo tronco se ven perjudicados, poco importa. A la hoja no le importa la rama, a la rama no le importa el tronco. Este modelo se ha instalado sin prisa y sin pausa en nuestras interacciones”.

“Esto se multiplica hasta el infinito en la vida diaria de una sociedad donde la invocación de la palabra derecho parece habilitar cualquier conducta y cualquier método. Pero ocurre que esa palabra forma parte de un árbol en el cual florecen, también, los deberes”.

“El momento en el que se corre detrás de los derechos olvidando que por cada uno de ellos hay un deber, o más, es un momento trágico. ¿De quién se pide, en definitiva, el respeto de los derechos que invocamos? De los demás. ¿Con quién tenemos deberes? Con los demás. Ese es, si se quiere, el costo del beneficio de vivir entre otros seres humanos. Que es, por otra parte, el único modo en que un ser humano puede vivir y trascender”.

“Jean Daniel decía hace poco, a sus lúcidos 84 años, que, en una sociedad democrática, los ciudadanos tienen más deberes que derechos y que recordarlo es lo que puede garantizar el desarrollo y la supervivencia de esa sociedad. Por su parte, el filósofo y novelista Jostein Gardner, reflexionaba, también recientemente, sobre el siguiente punto. Así como el siglo XX, decía, fue el de los Derechos Humanos, ¿no debería ser el siglo XXI aquel en el cual se proclame la Declaración de los Deberes Humanos?” (De “Elogio de la responsabilidad”-Editorial del Nuevo Extremo SA-Buenos Aires 2006).

Existe cierto paralelismo entre libertad y responsabilidad, por una parte, y derechos y deberes, por la otra. Así, si el niño o el adolescente disponen de mucha libertad y de poca responsabilidad, las cosas no andarán bien. Si, por el contrario, son muy responsables pero carecen de libertad, no podrán realizar sus potencialidades personales.

Si al niño, al adolescente o al adulto se les otorgan muchos derechos y se le exigen pocos deberes, la mayoría quedará con sus derechos insatisfechos. Por el contrario, si se les exigen muchos deberes y se les conceden muy pocos derechos, no tendrán motivaciones suficientes para afrontar la vida cotidiana.

Para disminuir o eliminar la violencia social, es imprescindible adoptar una actitud empática respecto de todas las personas, como una predisposición a compartir sus penas y alegrías, en lugar de la permanente predisposición a la queja, la crítica o la descalificación de cuanto individuo aparezca ante nuestros ojos. Alejandro Castro Santander escribió: “La empatía es la capacidad de apreciar los sentimientos y las emociones que está sintiendo nuestro interlocutor en un proceso de interacción o comunicación con él. Es así como los niños dan muestras de estar desarrollando su empatía desde pequeños pero, para que se produzca un adecuado proceso de aprendizaje en este ámbito, es necesario que el entorno social sea suficientemente bueno como para que los adultos les muestren el camino”.

“Cuando un niño se educa en un contexto social en el que predominan las malas relaciones interpersonales o una comunicación poco adecuada, los aprendizajes sociales se deterioran y las habilidades sociales indispensables no se logran, se adquieren hábitos negativos cuando estos mismos niños podrían haber aprendido habilidades que no poseen”.

“Este es el caso de la empatía; cuando se han realizado aprendizajes sociales negativos a través de experiencias de desprecio, agresividad injustificada o violencia, la capacidad empática no sólo se reduce, sino que aumentan las dificultades para su reeducación, y se hace imprescindible que estos niños o adolescentes establezcan mediante procesos educativos, su sensibilidad emocional y afectiva hacia sí mismos y hacia los demás” (De “Desaprender la violencia”-Editorial Bonum-Buenos Aires 2008).

sábado, 1 de diciembre de 2018

Orientarse por leyes naturales vs. Orientarse por ideologías

Poco a poco se va acentuando la división social entre quienes tratan de orientarse por las leyes naturales que rigen los fenómenos humanos y sociales, por una parte, y quienes se orientan por ideologías que apenas contemplan esas leyes. Es decir, existen ideologías religiosas, filosóficas y científicas, con sus aciertos y limitaciones, que contemplan la existencia de leyes naturales, y también ideologías que las niegan y proponen modelos de hombre o de sociedad que desconocen tales leyes. En el primer caso se trata principalmente de posturas religiosas (creyentes en un Dios que establece reglas definidas o bien creyentes en la existencia de leyes naturales sin intervenciones divinas), mientras que en el segundo caso se trata de una visión atea del mundo real, propuesta esencialmente por el marxismo.

A lo largo de la historia de la humanidad se han dado ambas posturas, si bien antiguamente predominaba la idea de cumplir con la voluntad de Dios, aun cuando esa voluntad fuese interpretada subjetivamente. Con los totalitarismos del siglo XX ya no se intenta cumplir con esa voluntad ya que incluso se busca construir el “hombre nuevo soviético” para que, mediante la “herencia de los caracteres adquiridos” (proceso incompatible con la genética mendeliana) vaya consolidando una nueva humanidad; proceso que puede simbolizarse como el deseo del ateo de reemplazar a Dios.

Tanto las leyes que legitiman el aborto, como el “matrimonio” igualitario o la ideología de género, tienden a ignorar las leyes de la biología y la genética; incluso muchas veces de la moral elemental. Bajo estas nuevas convenciones sociales se advierte una división social de cierta importancia, que se agrega a otros antagonismos vigentes. Mientras un sector se pregunta, simbólicamente, qué “diría” Dios, o el orden natural, acerca de las nuevas propuestas, el otro sector no se lo “pregunta”.

Como los comportamientos o prácticas en discusión atañen principalmente al comportamiento privado o íntimo de los individuos, la sociedad no debería entrometerse imponiéndoles limitaciones; pero tampoco quienes se desvían de las conductas compatibles con la biología o la genética, deberían intentar promover en toda la sociedad sus comportamientos de índole privada. De ahí que debe quedar en claro que quienes están en contra de la homosexualidad, por ejemplo, no siempre lo están en forma discriminatoria contra sus adeptos, sino a su masiva promoción, especialmente a través del Estado y buscando imponerlas a los niños en los ámbitos educativos.

La peligrosidad de los totalitarismos radica, no sólo en la intromisión del Estado en la privacidad y las ideas y creencias de cada ciudadano, sino en las absurdas ideas de “transformar la naturaleza”, especialmente la naturaleza humana. Uno de los últimos ejemplos al respecto fue el de Ernesto Che Guevara, cuyas ideas no se limitaban a imponer un nuevo sistema económico, sino a imponer a los cubanos, y luego al resto del mundo, sus propios atributos personales. Carlos Alberto Montaner escribió al respecto: “La revolución cubana solamente ha parido dos hombres realmente importantes: Fidel Castro y Ernesto Guevara. Sin Fidel, ni hubiera habido revolución; sin el Che, probablemente, hubiera sido distinta”.

“Esencialmente, el Movimiento 26 de Julio era un grupo de acción. Unos jóvenes que hablaban constantemente de pistolas y tiros. El Che, en cambio, dominaba otro idioma. Traía otra formación…Se trataba de un diletante revolucionario de veintiséis años, recién salido de la Facultad de Medicina, que se concebía a sí mismo como una especie de asceta trascendente, a mitad de camino entre el Mahatma Gandhi y León Trotski”.

“Guevara fue el primer, último y único «hombre nuevo» que dio el proceso revolucionario. Ese cubano del futuro, desinteresado, laborioso, honesto, crítico, no era otro sino él. Esa criatura que vendría, y para la cual el trabajo era como un privilegio, no encontrando mejor remuneración que la satisfacción de llevarlo a cabo, era él mismo. El Che quería multiplicar su imagen. Pretendió –acaso sin tener conciencia de ello- preñar a millones de cubanos con su particular sementera. Como todos los apóstoles, proyectaba en los demás la concepción heroica de sí mismo”.

“Convirtió su tipo en arquetipo repitiendo un fenómeno tan viejo como los hombres. Sin embargo, con la búsqueda del «hombre nuevo» le confirió dignidad a la empresa revolucionaria. Casi nadie notaba entonces el atropello de los hombres viejos. De todos aquellos bípedos que no podían ni querían parecerse a Guevara. De toda la gente que entiende que trabajar es un incordio para quienes el «futuro de la humanidad» es una abstracción mucho más frágil que el futuro de la familia”.

“Guevara era un héroe y quería poner una fábrica de héroes. La ingeniería de su nuevo bicho revolucionario se le antojaba sencilla por ese inusitado mecanismo simplificador que opera en las neuronas de los apóstoles. Si él, con un asma que se caía, y unas piernas flacas que apenas lo levantaban, había hecho la revolución, ¿por qué no los demás? ¿Por qué no todo el mundo? Para Savonarola, para Ignacio de Loyola, para Robespierre, estas cosas son fáciles”.

“El Che ha sido uno de los peores funcionarios en la historia de la administración pública de Cuba. Si un ministro de Industria o un director del Banco Nacional de cualquier país civilizado cometen los disparates que cometió Guevara, tendría que suicidarse. Más o menos lo que hizo Guevara. Tan pronto comprobó que «el hombre nuevo» no era viable y que él mismo había fracasado en las tareas del gobierno, se encaramó en Rocinante y se largó a atacar nuevos molinos de viento” (De “Víspera del final: Fidel Castro y la Revolución Cubana”-Globus Comunicación-Madrid 1994).

La idea del hombre nuevo ya aparece en la Biblia, pero, en lugar de ser un hombre plenamente adaptado a las leyes morales de Dios, o atribuidas a Dios, el hombre nuevo colectivista ha de ser un hombre plenamente adaptado a las leyes propuestas por algún inventor de utopías. Michel Heller escribió: “Durante siglos, el sueño del hombre nuevo fue indisociable de la idea de Dios. La gracia divina permite el renacimiento del hombre que se convierte en un ser perfecto. Pero en el siglo XIX, el sueño se transformó. Persistió el deseo de un hombre nuevo, pero no encarnó ya el designio de Dios, sino que fue producto de un proyecto científico. Para renacer, para alcanzar la perfección, los hombres tenían que someterse a las leyes de la ciencia y la historia”.

“En los años veinte, el Estado soviético buscó sus «ancestros» en el seno de los movimientos revolucionarios del pasado. Entre los predecesores encontró a los anabaptistas, que en 1534 se apoderaron de Munster para fundar un Estado comunista: «la Nueva Jerusalén». Los ideólogos soviéticos hallaron paralelismos entre las iniciativas de Lenin después de golpe de Estado de Octubre y las decisiones del jefe de los anabaptistas, Johann Bockelson, en Munster: Bockelson instauró «algunos principios comunistas» -trabajo obligatorio, expropiación de una parte de los medios de producción y bienes de consumo-, y «para asegurar la defensa de la ciudad y la seguridad en el interior de las murallas, hizo reinar el terror»”.

“Se han consagrado centenares de obras a la «idea rusa» del bolchevismo y a los antepasados rusos de la Revolución de Octubre y del poder soviético. No es menos cierto que si una revolución semejante se produjera en Francia, Inglaterra o en cualquier parte, también se le encontrarían con facilidad antecedentes en la historia del país, como se viene haciendo en las naciones donde se instauró cuarenta años atrás un sistema soviético: se buscan –y se encuentran- precursores del socialismo en la historia de China o Polonia, de Albania o de Cuba, de Camboya o Checoslovaquia. Como es obvio, los ancestros rusos del bolchevismo han sido objeto de mejores estudios que los otros. Apasionantes para el historiador, esos precursores son también de interés inmenso para el hombre del siglo XX” (De “El hombre nuevo soviético”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1985).

Así como cada ética propuesta define el bien y el mal en función de los objetivos morales propuestos, cada tipo de sociedad define su “hombre nuevo” según las características que se desean lograr en tal sociedad. Mientras que Marx, y el Che Guevara, proponen llegar al socialismo mediante la violencia para conformar luego el “hombre nuevo socialista”, Antonio Gramsci propone conformar al “hombre nuevo socialista” para, luego, establecer el socialismo sin necesidad de revolución. El denominado “marxismo cultural” no es otra cosa que la silenciosa “revolución fría” de tipo gramsciano que se lleva a cabo sin prisa pero sin pausa.

La humanidad, mientras tanto, está embarcada en el proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural, siendo el orden natural, evidentemente, algo mucho más importante e impersonal que cualquiera de los “iluminados” que padecen la extrema locura de querer ocupar el lugar de Dios, o del orden natural.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

La falsa espiritualidad del materialista sin éxito

En una sociedad que valora prioritariamente lo material, en desmedro de lo afectivo y lo intelectual, es frecuente encontrar personas que, al no lograr éxito en cuestiones materiales, adopta una actitud pseudo-espiritual de manera de justificar ante los demás, y ante sí mismo, este fracaso. Adopta, además, actitudes hostiles hacia el exitoso en lo material y, sobre todo, hacia el “sistema socioeconómico” que le impide estar en una posición social preeminente.

Mientras que el materialista exitoso resulta ser una persona que tiene como único y exclusivo tema de conversación sus “proezas” u logros personales en esos aspectos, el pseudo-espiritual adopta como tema principal las críticas contra el materialismo reinante y las supuestas (y reales) maniobras ilegales que realiza todo aquel que logra éxito empresarial.

Incluso los socialistas, en vez de aceptar la ineficacia de la economía que proponen, tienden a asociar al socialismo ciertos objetivos “espirituales”, inexistentes en la ideología básica, Se llega así a una permanente descalificación de la economía de mercado y a un sistemático elogio al socialismo bajo la máscara de esa falsa actitud adoptada. Este ha sido el caso de la Cuba castrista, proceso descrito por Carlos Alberto Montaner y que a continuación se transcribe:

La retórica del no consumismo

A mitad de camino, en medio del fracaso económico, el castrismo cambió de cabalgadura. Originariamente, el comunismo era una fórmula perfecta para el desarrollo fulminante de la Isla. Luego, el gobierno ha dicho que ya no se propone construir una sociedad de consumo. La primera impresión de esta paladina declaración es buena. La «sociedad de consumo» tiene mala prensa. Entre las cosas que se consumen en las sociedades de consumo hay una buena dosis de literatura contra las sociedades de consumo. Parece un trabalenguas, pero no pasa de ser una tontería.

Lo cierto es que el desarrollo, el progreso, no es otra cosa que la creciente lista de objetos, aparatos e ingenios a disposición del hombre a través del tiempo. Las únicas necesidades reales del hombre son alimento, descanso, y sexo para perpetuar la especie. La sociedad de consumo comenzó con el garrote de la edad de piedra, el fuego, la rueda, y no ha parado hasta las naves espaciales. Puede ser muy poético eso de clamar contra las sociedades de consumo –a mí me parece francamente reaccionario- pero no encaja en la historia del hombre.

Hay, además, una contradicción evidente en dedicarse frenéticamente a desarrollar un país, mientras se le dice que se renuncia a la sociedad de consumo. El desarrollo es (únicamente) un instrumento de consumo, salvo que todos hayamos perdido la razón. Sólo las sociedades contemplativas –los monjes budistas, los trapenses- pueden honestamente proclamar su renuncia al consumo de bienes materiales y, por lo tanto, su renuncia al progreso. Renunciar al consumo es renunciar a la dialéctica del progreso.

Por supuesto, en Cuba esa proclamada renuncia es la versión tropical de la fábula del zorro y las uvas. Se renuncia al consumo porque la producción está verde. No podía ser de otro modo, dados los escasos incentivos del trabajador, la torpeza de sus jefes y la absurda estructura económica del socialismo. En todo caso, antes de aceptar como válida la proposición que hace el castrismo de crear para los cubanos una sociedad no consumista, alguien deberá contestar las siguientes preguntas:

Primero: ¿en qué versículo de El Capital se recetan las bondades de la pobreza ascética permanente? Eso más bien huele a cierto renunciamiento de corte religioso, muy próximo a la teología de la pobreza que en los sesenta se debatía en el seno de la Iglesia Católica, o en las tradiciones místicas orientales.

Segundo: aceptemos, pues, que el no consumismo es un objetivo ajeno, extraño y hasta contrario a la esencia del marxismo. Pero ¿de qué misteriosa manga ha surgido el mandato para decretar el ascetismo no consumista para los cubanos? ¿Cuándo y cómo los cubanos han seleccionado la austeridad como objetivo vital? ¿Cómo puede atreverse un gobierno a decretar el no consumo como norma vital permanente? Puede admitirse el no consumo como fatalidad pasajera ante una catástrofe, pero de ahí a establecer esa desdicha como «modo de vida» va un largo trecho que ciertos revolucionarios o ciertos monjes de clausura obtengan recompensas espirituales a consecuencia del voto de pobreza, pero este tipo de ser humano peculiar es sólo un mínimo porcentaje de la población y me parece una total locura convertirlo en arquetipo.

Tercero: pero admitamos -¿qué más da no admitirla?- la impuesta arbitrariedad, sólo que exigiendo cierta precisión: ¿qué tipo de consumo se va a prohibir? ¿Se prohíbe la televisión a color, el video, el estéreo, los juegos electrónicos, las computadoras de bolsillo, la lavadora, el congelador familiar, el automóvil, el reloj de cuarzo, la máquina de escribir o de afeitar eléctrica? ¿Se prohíben las lentes de contacto blandas, la cirugía cosmética o las prótesis de siliconas? ¿El papel higiénico, los desodorantes o las compresas femeninas son objetos consumibles o no consumibles? ¿Por dónde pasa la raya entre la necesidad legítima y la superficial? ¿Cuántas camisas, faldas, chaquetas o guayaberas se pueden poseer sin infringir la ley? ¿Cuáles son los objetos non-sanctos y por qué son ésos y no otros? Es muy fácil salir del paso con el estribillo de que no-vamos-a-construir-una-sociedad-de-consumo, pero esto requiere una multitud de aclaraciones que los cubanos no piden porque –supongo- las aclaraciones también deben ser racionadas.

Cuarto: comoquiera que los objetos y su manipulación son los que determinan la contemporaneidad de las sociedades y su relativa situación en el tiempo, sería interesante que los funcionarios cubanos aclararan a cuál estadio de desarrollo pretenden remitir a los cubanos. Supongo que los gobernantes cubanos se han percatado de que la esencial diferencia que existe entre los londinenses y los hotentotes es la posesión o el usufructo de ciertos objetos y la destreza en su utilización. ¿En qué punto exacto del no consumo y uso de los objetos deben permanecer los cubanos? ¿A qué distancia de los hotentotes o de los londinenses les corresponde existir a los habitantes de la isla? ¿A qué grado de complejidad social les ha destinado la preclara cúpula dirigente revolucionaria? Las bicicletas en que ahora se transportan, ¿son definitivas, o también pueden ser prohibidas?

Quinto: quienes viven en España han podido ver en infinidad de ocasiones a los funcionarios cubanos comprando con incontenible avaricia toda clase de objetos, con el propósito de trasladarlos a Cuba para disfrute personal. ¿Quiere eso decir que el no consumo es sólo para los cubanos que no pueden viajar al exterior? ¿Quiénes pueden disfrutar del consumo y por qué? ¿Cuáles son los límites y la racionalidad de los privilegios? Más aún: ¿cómo deben comportarse los funcionarios que viven en el exterior? ¿Deben sucumbir a la alienación del consumo occidental o deben mantenerse dentro de las coordenadas éticas de la isla, o sea, sometidos a la austeridad y pobreza ascéticas del «espartanismo» propuesto por La Habana? ¿Por qué los miembros de la nomenclatura, encabezados por el propio Fidel, están exentos del no consumismo y poseen toda clase de objetos?

Habría muchas más preguntas que hacer, pero prefiero poner fin a este «cuestionario» con una observación final: es comprensible que los funcionarios y los partidarios, siempre a la búsqueda de coartadas y pretextos, enarbolen las virtudes del ascetismo y el no consumo como justificación de la pobreza y el atraso imperante en Cuba, pero las personas realmente serias que indagan sobre la naturaleza íntima de la sociedad cubana no deben aceptar sin más esa explicación. La cubanología, como cualquier otro apéndice de la ciencia social, debe comenzar por dudar de las premisas y los axiomas que de entrada le obsequian. (De “Víspera del final: Fidel Castro y la Revolución cubana”-Globus Comunicación-Madrid 1994).

domingo, 25 de noviembre de 2018

Gimnasia progresiva con pesas

En épocas en que muchos jóvenes tienden a destruir su mente y su cuerpo mediante el consumo de drogas, resulta interesante mencionar la existencia de un deporte que apunta a la “construcción del cuerpo” (body-building), conocido en los países de habla hispana como fisicoculturismo.

Algunos deportistas profesionales, sin embargo, olvidan la “construcción del cuerpo” y emplean drogas que permiten ejercitar con mayores pesos. La utilización de estimulantes atenta contra el espíritu del deporte, ya que toda competencia deportiva debe caracterizarse por la no utilización de aquello previamente prohibido, olvidando además de que el deporte apunta a lograr un beneficio general para el deportista. Si bien puede entenderse que alguien arriesgue su salud por vencer en una competencia de alto nivel, resulta incomprensible que lo haga para triunfar en competencias locales, o casi familiares.

Las primeras exhibiciones de fisicoculturistas se establecen como complemento en los torneos de levantamiento de pesas. Aunque el, entonces, nuevo deporte utiliza pesas, el objetivo a lograr es puramente estético. La denominación que lo define con mayor precisión es el de “gimnasia progresiva con pesas”. Una de las ventajas de este deporte radica en que no se necesitan aparatos costosos para su práctica, ya que tales elementos sólo implican facilitar el arduo, y a veces tedioso, trabajo implicado en cada entrenamiento. Por ejemplo, Arnold Schwarzenegger empleaba en sus primeras etapas solamente barra, pesas y mancuernas.

El entrenamiento consiste esencialmente en realizar 3 series de 10 repeticiones, que puede simbolizarse como:

3 x 10

Ello implica:

10 repeticiones de un ejercicio (descanso) + 10 repeticiones (descanso) + 10 repeticiones (descanso)

El descanso aconsejable es de 30 segundos a 2 minutos, mientras que el peso adecuado es aquel que permite llegar a la décima repetición con el músculo extenuado. Como cada músculo posee varias fibrillas que actúan al todo o nada, se trata de llegar a ese estado para darle oportunidad a todas las fibrillas a que actúen. El crecimiento posterior del músculo ha de ser la respuesta natural ante la adaptación requerida para una tarea no realizada anteriormente.

Adviértase que normalmente no se recomiendan pesos concretos para ejercitar, ya que ellos dependen de cada deportista. La idea es entrenar con el 60 % del mayor peso que uno pueda levantar en determinado ejercicio. Sin embargo, no hace falta conocer ese mayor peso, ya que resulta más sencillo ejercitar con un peso cualquiera y tratar de llegar a la extenuación a la décima repetición. Si se llega a ese estado a la 6ª, por ejemplo, implica que deber reducir ese peso. Si llega a la 15ª, implica que debe aumentarlo.

Algunos deportistas entrenan con pesos cercanos al 80 % del máximo, aunque este criterio no es recomendable para quienes no son profesionales. La natación, por ejemplo, vendría a ser un “fisicoculturismo atenuado”, ya que implica ejercitar con un 30 % de la fuerza total.

Además de estas sugerencias debe prestarse atención al descanso de un día requerido luego de cada entrenamiento. De ahí que se recomienda asistir a un gimnasio, o en su propia casa, sólo tres veces por semana. Ernesto Piñeyro escribió: “Quien comienza piensa que si la gimnasia con pesas es tan buena, ¿por qué no hacerla todos los días para desarrollar más rápido? El hecho de entrenar lunes, miércoles y viernes o martes, jueves y sábado, dejando día de por medio, responde a una de las leyes biológicas claves e inviolables del culturismo, que es el proceso de RECUPERACIÓN: un principiante tiene que respetar estrictamente el principio de un día de descanso después de uno de actividad”.

“Contrariamente a lo que él piensa, su desarrollo no se produce cuando entrena, pues en ese momento está rompiendo células. El desarrollo viene como sobre-compensación al día siguiente del ejercicio, con el DESCANSO: este maravilloso mecanismo de mantenimiento, ajuste y crecimiento, es hecho por nuestro cuerpo en previsión de nuevos «ataques». Resulta tan perfecto, que prepara al cuerpo cada vez con mayor fuerza, volumen y energía” (De “Rutina de iniciación”-Músculo y salud-Buenos Aires 1980).

También es necesario advertir que el deportista debe salir “entero” al finalizar cada entrenamiento y no “arrastrando las piernas” como síntoma de agotamiento. Piñeyro agrega: “La energía muscular de una persona dura entre hora y hora y media, en consecuencia no sobrepase este límite, especialmente si está bajo de peso. Si continúa, llevará al cuerpo a un «stress» muscular, es decir a un futuro sobre-entrenamiento, lo cual significa estancamiento en su desarrollo y alteración en su sistema nervioso. Más allá de ese límite es su energía nerviosa la que actúa, con la secuela negativa que este hecho proporciona”.

A medida que el músculo se va adaptando a las nuevas condiciones exigidas, el peso utilizado deberá ir en aumento, para seguir con la rutina mencionada. En esto se advierte el origen de la denominación de “gimnasia progresiva con pesas”. Es también posible lograr mejoras sin utilizar pesas, barras y mancuernas, sino utilizando el peso del propio cuerpo. Para hacer trabajar la mayor parte de los músculos se recomiendan los dos siguientes:

a- Músculos superiores (arriba de la cintura): disponer de dos mesas, o dos sillas resistentes, o algo en forma de “V”. Ubicarse dentro de la “V”, con los pies en el aire, y hacer flexiones subiendo y bajando.

b- Piernas: realizar la “sentadilla francesa”, elevando los talones con una madera o similar. Este ejercicio implica sentarse (apoyando solamente los pies y los talones) y flexionando los músculos superiores a las rodillas desde una posición horizontal, descendiendo desde allí, recuperando luego la horizontal.

Como el peso del cuerpo es esencialmente fijo, se debe aumentar el número de repeticiones por serie, o aumentar el número de series o bien disminuir el tiempo de descanso. El fisicoculturista Frank Zane sugería anotar todos los detalles de un entrenamiento buscando luego mejorar el record anterior, variando algunos de los aspectos antes mencionados.

Uno de los aspectos destacables de este deporte surge del hecho de que un ganador del Mister Olympia logró triunfar con 43 años de edad (Shawn Rhoden). Incluso Albert Beckles venció en una competencia amateur con 52 años. Este deporte, aconsejable para personas adultas, no lo es para adolescentes en pleno crecimiento ya que el desarrollo muscular puede interferir con el proceso natural de crecimiento, por lo que algunos gimnasios prohíben la entrada a menores de 18 años.

viernes, 23 de noviembre de 2018

¿Cómo funciona una economía socialista?

Por Carlos Alberto Montaner

La batalla de la producción

La «producción» es la fijación neurótica del socialismo. Es una misteriosa manía que consiste en perseguir metas, cumplirlas –o no cumplirlas- y luego fijar otras metas. Claro que lo producido se reparte, y toca a más -o a menos, si no hay suerte, o lluvias, etc.-, pero en el fondo no es tan importante lo que se produce como el espíritu deportivo que se trata de insuflar al proceso productivo. En medio de la barahúnda, nadie repara en el absurdo esencial que comporta la conducta de unos señores persiguiendo unas metas que flotan en el horizonte. Eso es tan alienante como los peores aspectos del capitalismo y la sociedad de consumo.

En Cuba, el honor de la patria está en las chimeneas. Es como si Calderón fuera ministro de Industria. Cada fracaso, un luto; cada triunfo, una fiesta y otra meta. La vida, más que un sueño, es trabajo voluntario. La zafra de los diez millones, como sólo llegó a ocho, y como comprometía el honor nacional, dejó a los cubanos sin honra. Fidel se rasgó las vestiduras, cesó a un ministro providencialmente apellidado Borrego, y el país se sumió en la tristeza.

Es cierto que esta atmósfera delirante de metas, emulaciones, tablas de producción y batallas fantasmales contra imperialismos existía en todas las latitudes del socialismo, pero en Cuba la fiebre alcanzó su más alta temperatura. El secreto está en la personalidad de Fidel. Fidel es un competidor por naturaleza. Un hombre en perpetua lucha con otros hombres, sin reparar demasiado en el objeto de la lucha. Fidel ha cogido de su cuenta la batalla de la producción. Personalmente vigila la eficiencia de las vacas lecheras, de las gallinas ponedoras y de los obreros azucareros. Todo esto le entusiasma tremendamente…El presidente, que juega al béisbol y al baloncesto y practica la pesca submarina, transmite a la nación su carácter fieramente competitivo. Cuando era apenas un niño del colegio Belén –cuentan regocijados sus partidarios- se hizo famoso entre los compañeros porque por ganar una apuesta trató de abrir un portón de hierro lanzándose a toda velocidad con su bicicleta. Se abrió la cabeza, pero el llanto sobrevino por el fracaso, no por el dolor. Alterando la divisa olímpica, la cuestión es competir y ganar.

Este chismorreo no tendría importancia si el destino de Cuba no estuviera tan ligado a la personalidad de Fidel. Fidel, como el Che con su dichoso «hombre nuevo», quiere hacer el país a su imagen y semejanza. Desea, y se desespera porque no lo logra, legiones de cubanos que cumplan metas igual a cómo los corredores saltan vallas. El problema es que, salvo en espíritus excepcionalmente tenaces, el entusiasmo tiene unos límites bastante precisos. Varias décadas de entusiasmo son demasiados años. Amanecer día tras día, semana tras semana, año tras año, con el espíritu radiante porque-se-está-cumpliendo-un-deber-y-unas-metas, es una tarea de elegidos o de oligofrénicos.

El entusiasmo deportivo –da igual que sea revolucionario, religioso o futbolístico: el fanático y su entusiasmo patológico son uno y lo mismo en cualquier actividad– requiere éxitos y pausas para perpetuarse. No es posible mantener una tensión competitiva permanente como ha exigido la revolución. La gente sencillamente se cansa de todo ese fastidio de cortar tantas arrobas, apilar tantos ladrillos a apretar tantas tuercas por minuto. La primera vez que se gana un concurso de rapidez y eficiencia en el trabajo -¡oh las medallas stajanovistas!- se tiene la sensación de que se es un héroe; la segunda vez se sospecha que uno está haciendo el idiota. George Orwell describe bien este fenómeno en su delicioso Rebelión en la Granja.

Cuba ha renunciado a la sociedad de consumo. Eso –de acuerdo- es una aberración de la sociedad capitalista. Pero en las sociedades de consumo el trabajador, alienado y todo, alcanza a ver una relación entre su esfuerzo y la recompensa, aunque esa recompensa sea una necesidad artificialmente creada. En Cuba, pasada la euforia y el rito público, no es muy obvio por qué hay que producir más cemento por persona o dedicarle sábado y domingo al trabajo voluntario. Los comunistas, que le tienen horror a las abstracciones, acaban por sucumbir a los fetiches más deletéreos. La producción es uno de ellos. No discuto la necesidad de que se produzcan más gallinas o huevos para atender las necesidades de la población, sino el hecho monstruoso de que ese objetivo se convierta en un leitmotiv de la nación.

Poner a todo un pueblo con sus implacables medios de comunicación (cine, televisión, periódicos, radio) a girar en torno a la aritmética de la producción es alienante, absurdo, aburrido y esterilizador. Las batallas avícolas y porcinas suelen ser soporíferas. Un viejo y un cándido camarada alguna vez me contaba su estupor: «No entiendo, cuando son niños no tienen madurez para interesarse por estas cosas, y cuando son maduros no muestran interés». Y venga entonces a culpar a los hombres y a darle a la historia de la «conciencia revolucionaria» para intentar justificar lo injustificable: el total FRACASO del sistema como método para la creación de riquezas.

Escasez y sociedad de consumo

En todo caso, la libreta de racionamiento me parece lo más justo del mundo. Eso está bien: que lo que haya, se reparta entre todos. En momentos de crisis (la Europa de la guerra y la posguerra, los náufragos de un barco) es inexcusable un racional acopio y reparto de los bienes materiales. Sólo que una crisis de este tipo no puede durar indefinidamente sin que cuestione la capacidad de los responsables. En 1959, Cuba no había pasado por una guerra civil. Batista huyó tras las primeras escaramuzas. El país estaba intacto y podía exhibir la tercera tasa per cápita de ingestión de proteínas en el continente. Más alta, por cierto, que el límite mínimo que señala la FAO.

Tres años después de tomado el poder por los comunistas, comenzó el racionamiento de comida, ropa, calzado, y la escasez de todo lo demás. Se dirá que Cuba perdió mucho con el bloqueo norteamericano, pero se supone que ganó con la Unión Soviética, Europa Oriental, China, Corea, y la familia de semisatélites. Con Europa, Japón y Canadá estrechó lazos económicos. Con América Latina ha comerciado más que nunca en su historia. En ningún momento Cuba ha tenido más puertas abiertas. La imagen del pequeño David luchando por mantener su desarrollo contra la CIA, los ciclones y la confabulación internacional sólo sirve para enmascarar una verdad rotunda: el país está en manos de una legión de incapaces.

Hace treinta años, cuando la libreta de racionamiento de Castro era mucho más generosa que la de hoy, algún economista curioso comparó la libreta de racionamiento con la dieta obligatoria otorgada por España a los esclavos. El pasmoso resultado fue que los esclavos, entonces, estaban más y mejor alimentados que los cubanos de estos tiempos azarosos. La escasez y el racionamiento prolongado tienen una penosa consecuencia: en medio de una sociedad idealista, el «hombre nuevo» cubano vive pendiente de los bienes materiales. Allí se vive por y para adquirir dos libras de manteca, media docena de huevos y una suela porque-se-me-sale-el-dedo-gordo. Para sintetizar la nada metafísica angustia a esta modalidad de la ansiedad obsesiva, algún psicólogo cubano la ha llamado «el trauma del picadillo». El picadillo, plato nacional por excelencia, ha cedido su nombre a la epidemia nacional por excelencia: la búsqueda de comida.

Es deprimente escuchar las letanías de «este año van a dar un calzoncillo extra» o «en la tienda Mónaco hay sardinas por la libre», o la idiota historia de los Kotex que se robaron, la vitamina que mandan por correo para Chicho-que-está-transparente, la lata de leche que era agua, cambiada por la botella de ron, que también era agua. Típico intercambio entre dos deshonestos negociantes del vendaval revolucionario. Lo peor de la escasez es la manía. La manía de hablar de eso, o de dedicarse a burlarla. Toda la alienante picaresca que la circunda.

Fidel y su equipo justificaron la implantación del comunismo en Cuba como una fórmula mágica para el desarrollo. Prometieron villas y castillas. Automóviles de fabricación nacional en diez años, techo, comodidades, industrialización. La panacea. Casi opulencia. «En la próxima década –dijo Guevara en medio de un ataque de alucinación- sobrepasaremos la renta per cápita norteamericana». Treinta años después, si no llueve, si no hay frío, si la gente trabaja, si la cosecha se recoge a tiempo y –sobre todo- si los rusos no dejan de comprar azúcar y vender petróleo, a lo mejor aumenta la cuota de yuca, boniato o huevos. El parto de los montes. O el ridículo, que es peor y menos literario.

¿Había en aquellas promesas desaforadas la intención de engañar al pueblo, o pura ignorancia? Yo me temo que lo segundo. Y lo temo porque no hay nada más peligroso que un ignorante eufórico. Los gobernantes cubanos carecían de experiencia laboral y tenían un demencial punto de referencia que daba origen a cualquier decisión atolondrada: la aventura de la Sierra Maestra. ¿Vamos a fabricar automóviles? Claro que sí: más difícil era derrotar a Batista y lo logramos. ¿Vamos a desecar la Ciénaga de Zapata? Claro que sí. ¿Vamos a cosechar diez millones? Claro que sí. ¿A convertir los Andes en Sierra Maestra? Claro que sí. El éxito contra pronóstico de la guerrilla, dotó a los dirigentes cubanos de una inagotable confianza en sus iniciativas. En unas mentalidades «tira tiros», poco reflexivas, y escasamente formadas, no podía concebirse que fuera mucho más difícil fabricar automóviles que volarlos. Cualquier proyecto, cualquier plan, por complicado que fuera, era más fácil que lo otro. Más sencillo que la mitología de la secta.

Se ha dicho que la pobreza y el racionamiento son armas al servicio de la represión totalitaria. Hay algo de esto. El «trauma del picadillo» convierte al hombre en un obseso desenterrador de huesos. No le preocupa nada más que vestirse y alimentarse. El racionamiento, además, es un formidable chantaje. Cuando se acude con la libreta a buscar la cuota, se tiene la sensación de que nos mantenemos vivos gracias a la generosidad del gobierno. Es un poco lo que piensa el pobre cuando recibe sobras de comida de manos del rico.

La libreta de racionamiento fomenta la abyecta mentalidad del limosnero: el gobierno pasa a ser un ente poderoso de cuya bondad llega a depender el hambre o la satisfacción. Si se rebelan –miles de cubanos han sido privados de su libreta de racionamiento por diversas razones- pueden dejarlos sin comida o sin ropa. Si obedecen, no les negarán la cuota. Cualquier persona puede darse cuenta del enorme poder que emana del hecho brutal de tener y controlar la llave de la despensa de un país en el que nadie puede acaparar más alimentos que los que les permiten subsistir setenta y dos horas.

No obstante lo anterior, el gobierno cubano hubiera dado sus barbas por evitarse el espinoso problema del racionamiento, las colas y la escasez de cuanto objeto –desde palillos de dientes hasta ventiladores- hace más llevadera la existencia. Es muy difícil explicar concretamente por qué se ha racionado el café, el tabaco, el azúcar o el ron en una isla que se pasó la vida exportando esas cosas.

Las insoportables colas para el restaurante, el helado, el arroz, la leche, la ropa, -para todo hay que hacer cola-, han acabado por irritar al más fanático de los mortales. En Cuba no es posible consumir sin esperar pacientemente. Reparar un paraguas es cuestión de meses; una nevera, de años. Los televisores, como las ovejas negras, no tienen arreglo. La producción es un desastre, pero la distribución es peor; sin embargo, ambas palidecen ante la increíble ineficacia de los servicios. Es el caos dentro del orden.

(Extractos de “Víspera del final: Fidel Castro y la Revolución Cubana”-Globus Comunicación-Madrid 1994).