Durante la vigencia del Imperio Soviético, un jerarca del Partido Comunista de la URSS, terminaba sus discursos con la arenga: “Debemos destruir Occidente”, en cierta forma imitando al senador romano que terminaba sus discursos expresando: “Es menester destruir Cartago”. Como la caída del muro de Berlín no alcanzó a convencer a los sectores de izquierda, en muchos países se mantiene viva la esperanza en tal destrucción, siendo actualmente Europa el principal sector apuntado por los políticos socialdemócratas para continuar con el propósito que orienta sus vidas.
Como el fundamento de la cultura occidental es la moral judeo-cristiana (no siempre respetada en Occidente), aparece un importante aliado de la izquierda política, que es el Islam. Se dice que dos personas, o dos grupos, que tienen un mismo enemigo, tienen también la predisposición a hacerse amigos. Esta sociedad marxista-islámica parece encontrar en el cambio poblacional de Europa la forma efectiva y final para destruirla completamente.
Ello se logra fácilmente, a través de los años, con una pobre natalidad en los países europeos y una importante natalidad de los inmigrantes islámicos asentados en el continente europeo. A medida que crece el porcentaje de musulmanes, aumentan las persecuciones contra judíos y cristianos, que los llevará a refugiarse en países fuera de Europa.
Los “estímulos” que los organismos internacionales le dan a los europeos, para la consiguiente limitación o disminución poblacional, es el aborto legal, la homosexualidad, el cambio de género, la hiper-sexualización de los niños y todo lo que implique disminuir la natalidad autóctona. Por otra parte, amparados en el “sagrado” relativismo cultural, se les concede a los musulmanes la posibilidad de ignorar estas limitaciones a la fertilidad.
Se dice que la mejor arma que usa el diablo para pasar inadvertido, consiste en hacer que se niegue su existencia. En forma similar, los promotores internacionales de la destrucción de Europa, y de Occidente en general, califican de paranoicos a quienes aducen la existencia de una “batalla cultural” y, de ahí, del proceso destructivo que está viviendo Europa.
Se ha llegado al extremo de que el cristianismo casi se ha prohibido en Europa, junto a toda manifestación individual y colectiva, ya que los símbolos cristianos “ofenden” a los invasores musulmanes. Simultáneamente, los gobiernos socialdemócratas europeos promueven la expansión del Islam permitiendo todo tipo de manifestación pública.
La desigualdad ante la ley es notoria, ya que, si un cristiano, o un ciudadano europeo, ejerce violencia contra su mujer, podrá ser castigado por la ley. Pero un musulmán, ante las mismas acciones, podrá decir que tales acciones son permitidas por el Corán, que no es otra cosa que las directivas que el mismísimo Dios le expresó verbalmente a Mahoma.
Cuando los sistemas judiciales europeos amparan y encubren los delitos cometidos por inmigrantes, se aduce que tal actitud judicial desalienta la discriminación contra tales grupos. Sin embargo, tal encubrimiento favorece la continuidad de los delitos, de donde se hace evidente que, en cierta forma, el delito contra europeos nativos es algo favorecido por los sistemas legales mencionados.
No es de extrañar que en estos tiempos, en los que aún faltan algunos años para que la población musulmana supere a la europea, los musulmanes de Alemania claman por la creación de un Califato, es decir, de una autoridad islámica paralela a las autoridades del Estado alemán. Cuando los musulmanes sean mayoría, amparados por los derechos democráticos, podrán instaurar el Califato por vías legales, por cuanto las leyes vigentes, para ese tiempo futuro, serán las establecidas en el pasado por Mahoma mediante el Corán.
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