sábado, 20 de diciembre de 2025

Acerca de Ayn Rand

Entre los promotores del capitalismo y detractores del socialismo, encontramos a la escritora y novelista Ayn Rand, quien es la autora, entre otros libros, del titulado La virtud del egoísmo. De ahí que muchos adopten la creencia que el egoísmo es necesario para el desarrollo capitalista. Por el contrario, Ludwig von Mises escribe siempre acerca de la “cooperación social”, como base de la economía de mercado.

Si tenemos presente que todo intercambio en el mercado, que se prolonga en el tiempo, requiere que las dos partes intervinientes se han de beneficiar, de lo contrario, de predominar el egoísmo en una o en ambas partes, los intercambios cesarán. De ahí que la cooperación social sea el motor de la economía de mercado y no el egoísmo, que no es una virtud, sino un defecto.

En realidad, los sectores de izquierda consideran a Ayn Rand como la voz representativa del capitalismo, ya que los sectores marxistas critican al capitalismo justamente por suponer que es el egoísmo su motor, lo que está a un paso de la explotación laboral, algo que para los marxistas es inherente al sistema capitalista, o economía de mercado. En realidad, cuando existen varias empresas en competencia, a ninguna le conviene ejercer tal explotación por cuanto perdería a su principal capital, que es el capital humano. Para peor, lo cedería casi gratuitamente a las empresas competidoras.

Ayn Rand, creyente obsesiva de la razón, un tanto reticente de lo emocional, resultó creadora de una postura filosófica poco compatible con los actuales descubrimientos de la neurociencia, según los cuales el aspecto emocional resulta fundamental en el proceso que orienta nuestras decisiones. Además, fue defensora del aborto legal mientras rechazaba al cristianismo, posiblemente por ser la ética bíblica principalmente asociada a la empatía emocional.

A continuación se menciona un análisis psicológico acerca de la mencionada escritora:

AYN RAND: UNA VIRTUOSA OBSESIONADA CONSIGO MISMA

Por Linda Martínez-Lewi

Ayn Rand, la extravagante filósofa y novelista escritora de superventas como El manantial y La rebelión de Atlas, desempeñó un papel convincente como supernarcisista clásica. Ostentosa, patológicamente absorbida por sí misma, astuta y vengativa. Rand creó una secta intelectual de seguidores que adoraban su elaborado trono. Rand, que fue la niña mimada de un grupo leal de intelectuales del nordeste y de la costas oeste de EEUU, de líderes empresariales, académicos y estudiantes universitarios, ascendió a la fama durante las décadas de 1950 y 1960 como la creadora de un nuevo sistema filosófico llamado objetivismo.

El objetivismo escoge el proceso de razonamiento como el sine qua non [condición sin la cual no] del comportamiento humano. La irracionalidad y la expresión espontánea de los sentimientos son rechazadas como cualidades inferiores. Las necesidades y los deseos del individuo dominan sobre los beneficios para el grupo. Las acciones deben ser dirigidas por el propio interés. En el campo de la economía, el capitalismo y el mercado libre tienen la supremacía sobre el Estado.

The Passion of Ayn Rand, escrito por Barbara Branden, buena amiga y seguidora de Rand durante diecinueve años, nos ofrece un retrato desgarrador de una mujer incapaz de mostrar empatía. Branden habla de su primer encuentro y de cómo quedó sorprendida por los ojos penetrantes de Rand y por todo el rango de sus expresiones: inteligente, ingenua, cruel, fría, desesperada, vengativa, encolerizada y sentenciosa. Branden describe, no obstante, lo que faltó en todos los años que pasaron juntas, a través del triunfo, la traición y la tragedia. «Hay algo que nunca vi en los ojos de Ayn Rand. Nunca mostraron una mirada interior: una mirada propia de volverse hacia dentro para aprender sobre el espíritu y la conciencia propios. Miraban sólo y siempre hacia fuera».

El 2 de febrero de 1905 nació en San Petersburgo (Rusia) Alissa Zinovievna Rosenbaum. Alissa sería conocida a nivel mundial como Ayn Rand. Desde el principio, Alissa tuvo una relación muy tensa con su madre, Anna. Nunca hubo ni una traza de amor ni de verdadero afecto entre ellas. Anna dijo abiertamente a sus hijos que no eran deseados y que cuidaba de ellos simplemente como fruto de un sentido de deber. Madre e hija eran polos opuestos. Anna era frenéticamente social, no intelectual y estaba constantemente ocupada. Anna apreciaba a su hija seria y misántropa por su capacidad intelectual y sus logros académicos.

La relación de Alissa con su padre, un exitoso químico hecho a sí mismo, era tolerable, aunque formal y distante. Se enzarzaron en discusiones intelectuales cuando Alissa llegó a la adolescencia. Alissa era una solitaria. En la escuela, los niños la evitaban y rechazaban por ser rara y excéntrica, y fue apartada del entorno social normal. «A partir de sus progenitores y de los otros adultos se encontró con que el amor y la admiración eran adquiridos por las cualidades de su mente».

Ayn Rand vivió un periodo tumultuoso que vio la caída del zar y el ascenso de los violentos bolcheviques. Forzados a huir de su cómodo entorno de San Petersburgo, los Rosenbaum se fueron a Crimea, donde llevaron una vida de subsistencia. Ahí, Rand se vio sujeta a dosis diarias de hambre, frío y miedo. Sus años de infancia bajo el aplastante yugo del comunismo hicieron crecer en ella sentimientos de desesperanza y humillación. No era la falta de comida lo que provocó a Ayn su dolor psicológico en esa época y durante el resto de su vida. Fue la desolación, la ausencia de esperanza y la incesante adustez de la vida diaria: la total futilidad de la propia existencia.

A los veintiún años, después de acabar sus estudios universitarios, Alissa Rosenbaum obtuvo un visado y se mudó a Chicago a vivir con sus tías. Poco después de su llegada a EEUU, Alissa se cambió de nombre. Escogió Ayn, el nombre de una escritora finlandesa y eligió Rand cuando observó su máquina de escribir Remington-Rand. Sabía que sonaba bien. La estancia de Ayn con sus familiares judíos en Chicago fue muy variopinta. Eran una familia cálida y muy religiosa. Ayn se sentía rara y sola en el seno de un grupo tan cercano y cariñoso. Su estancia con ellos fue difícil debido a su inclinación por el egocentrismo y su completa falta de conciencia y consideración por los sentimientos de los demás.

Ayn se mudó a Hollywood, donde sobreviviría con trabajos poco cualificados que despreciaba. Fue durante esa época cuando Ayn conoció a Frank O'Connor en el plató Rey de Reyes, de D.W. Griffith. Ella actuaba como extra y él como actor con un pequeño papel. Sintieron una rápida atracción mutua. Ayn siempre dijo que estaba locamente enamorada de Frank. Él le tenía mucho cariño y admiraba su inteligencia. Sus amigos siempre se preguntaron si su matrimonio estaba motivado por el problemático estatus de Ayn como inmigrante. Pronto tendría que regresar a Rusia. El matrimonio con Frank resolvería este problema.

Durante el periodo en el que estaba escribiendo su novela más ambiciosa, La rebelión de Atlas, Ayn conoció a una pareja joven, Barbara Weidman y Nathaniel Branden. Los Branden se convirtieron en el centro de un círculo de adoración llamado el Colectivo que giraba en torno a Ayn Rand. Tras varios años sumergidos en este movimiento filosófico, se hizo muy obvio que Ayn y Nathaniel, un estudiante de psicología veinticinco años más joven que ella, sentían una atracción sexual mutua.

A medida que la relación progresó, Ayn celebró una reunión con Frank y sus «dos queridos amigos», Nathaniel y Barbara. Sin emociones ni fanfarrias, Ayn anunció claramente que ella y Nathaniel se verían a solas una tarde y una noche por semana, sin excepción. Al poco tiempo decidió que su unión sería total: sexual, intelectual y románticamente hablando. Aseguró a todas las partes que los dos matrimonios no se romperían y que el vínculo entre ella y Nathaniel era necesario e inviolable. Ayn insistió en que había una norma que no podía romperse: el trato entre ella y Nathaniel debería mantenerse en secreto para siempre.

Frank consintió calladamente el acuerdo, dando la bienvenida a Nathaniel en la puerta de su hogar dos veces por semana y yéndose de su casa mientras ese hombre joven, hermoso y viril le hacía el amor a su esposa. Frank se guardó su dolor para sí mismo. Se dirigió al único lugar que podría proporcionarle un respiro temporal: un bar. Allí se distrajo con licor y con compañeros cordiales en forma de un patrón destructivo repetitivo que le llevó por el camino de un alcoholismo intratable que destrozó su salud y mató su espíritu.

Barbara sufrió, durante años, ataques de pánico paralizantes como resultado del egoísmo de Ayn Rand. Como respuesta al dolor psicológico de Barbara, Ayn escribió un artículo sobre el asunto de las excesivas reacciones emocionales de Barbara. Ayn alcanzó un nuevo nivel de crueldad un día en el que ella y Nathaniel estaban juntos. Debido a su terror intratable y en aumento, Barbara llamó y preguntó si podría hablar con Ayn y Nathan en persona. Como respuesta al desesperado ruego de Barbara, Ayn dijo bruscamente: «¿Cómo te atreves a invadir mi tiempo con Nathan? ¿Eres indiferente a mi contexto? ¡Nadie me ayudó a mí cuando lo necesitaba!».

Ayn Rand, la autoproclamada sacerdotisa de la moralidad y la razón, conducía frecuentemente su vida profesional y personal sin poseer estas cualidades. Ayn, que era explosiva, venenosa y sádica, atacaba a sus amigos íntimos y a los seguidores de su culto como un león que mastica una presa recién cazada. Mientras predicaba la razón, su dios, Ayn actuaba impulsiva y temerariamente siguiendo sus fantasías sin la menor consideración al daño que provocaba en los demás. Ayn sólo aceptaba la obediencia ciega. Los que cuestionaban sus principios filosóficos eran criticados severamente y humillados al instante. Era incapaz de admitir errores. La narcisista falta de empatía de Ayn y su reflexiva capacidad para echar las culpas a los demás se mantuvieron bien firmes.

Cuando Ayn descubrió que Nathaniel había tenido una relación en secreto con Patricia Gullison, una joven miembro del Instituto Nathaniel Branden, y que le había ocultado la información, Ayn se volvió vengativa y usó la violencia física. Durante una fea discusión, reprendió a Nathaniel y le pegó una bofetada. Durante una interminable arenga, Ayn gritó: «¡Tu representación ha acabado! ¡Yo te creé y yo te destruiré!» y «¡No habrías sido nada sin mí y no serás nada cuando haya acabado contigo!».

(Extractos de “Liberarse del narcisismo” de Linda Martínez-Lewi-Ediciones Obelisco SL-Barcelona 2010).

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