Respecto de la idea de Dios, podemos establecer diversas imágenes mentales, ya que gran parte de nuestros pensamientos se realizan en base a tal tipo de imágenes. En el caso considerado, algunas veces utilizamos, sin saberlo, el concepto de “caja negra”, esto es, empleamos un proceso similar al que, por medio del cual, describimos cómo funciona un televisor. Ello implica que podemos ignorar todo el complejo circuiterío interno y aún así podemos utilizarlo a través de los controles accesibles a nuestro comando.
De ahí que por lo general se simboliza a Dios representándolo como un ser humano, y que, además, se supone que interviene en los acontecimientos humanos. Esta simbolización, que para muchos es una realidad concreta, ha sido una de las causas de los conflictos religiosos que han existido a lo largo de la historia. Ello se debe a que se trata de procesos totalmente subjetivos, ya que surgen varios “enviados” de Dios, o intérpretes de su voluntad, que nunca se ponen de acuerdo, incluso algunas veces con propuestas violentas, como es el caso del Islam.
Ante la complejidad y la inaccesibilidad que presenta la idea de Dios ante la intención de introducirnos en aquella “caja negra”, en el Antiguo Testamento aparece una prohibición a formarnos imágenes concretas de Dios. Un paso importante dado para solucionar los conflictos derivados del subjetivismo reinante, implica la propuesta de Baruch de Spinoza, quien rechaza la idea antropomórfica de Dios sugiriendo la identidad “Dios o la naturaleza”.
Por “naturaleza” entiende Spinoza el conjunto de leyes naturales que rigen todo lo existente, incluida la vida inteligente. Esta postura resulta enteramente compatible con el objetivismo reinante en el ámbito de la ciencia experimental, brindando la única alternativa posible para comenzar una etapa de superación de la actual decadencia a nivel planetario. De esta forma será posible expresar la ética evangélica, o bíblica, a partir de aspectos observables de la realidad cotidiana.
A Spinoza se lo ha descalificado como “panteísta”, como si se tratara de alguien que diviniza desde los insectos hasta los animales superiores, mientras que, en realidad, por naturaleza entiende las leyes naturales básicas que conforman el orden natural. También se lo ha calificado de “ateo” por el hecho de adoptar como referencia a las leyes naturales, o leyes de Dios, dejando de lado toda forma de subjetivismo religioso. Quienes lo critican son los teístas que han permitido la proliferación del peligroso totalitarismo islámico, siendo incapaces de influenciar en las sociedades actuales; no arreglan nada pero se oponen a que otros lo hagan.
Seguramente muchos aducirán que su base filosófica personal y su fundamento de vida es el Dios vivo, al cual pueden recurrir, especialmente en los casos de emergencia. Esta es la postura esencialmente pagana, que se diferencia totalmente de la religión moral. Con la visión de Spinoza, y de los promotores de la religión natural, se prioriza el comportamiento ético, por lo cual se establece un camino alternativo hacia los mandamientos bíblicos. Recordemos que Cristo expresó: “Porque Dios sabe qué os hace falta antes que se lo pidáis”, protegiendo la religión moral de toda posible paganización; lo que, lamentablemente, ocurrió.
Albert Einstein alguna vez expresó: “Mi Dios es el Dios de Spinoza”, lo cual no debe extrañar a nadie por cuanto, en la visión de los científicos, se advierte un universo estrictamente regido por leyes naturales invariantes, siendo la ley natural el vínculo existente entre causas y efectos, o entre estímulo y respuesta, si bien a nivel del micromundo aparece tal concepto sólo en el comportamiento de gran cantidad de partículas.
El Dios que responde de igual manera ante iguales circunstancias, estaría regido por una actitud característica similar a la que rige a los seres humanos, es decir, si fuese una persona conformada “a imagen y semejanza” de los seres humanos, también estaría regido por leyes invariantes, por lo que se advierte cierta compatibilidad entre la visión de Spinoza y la postura teísta.
Es oportuno decir que la deseable universalidad de la religión, es decir su validez y su accesibilidad a todo habitante del planeta, debe contemplar la existencia del pensamiento científico, ya que un científico no puede fácilmente cambiar de una visión similar a la de Spinoza cuando realiza su trabajo, a una visión en la cual Dios interrumpiría las leyes naturales invariantes ante los diversos pedidos humanos. Sería una especie de reedición de la situación de quienes viven en un sistema totalitario y deben manejar dos visiones simultáneamente: la del tirano de turno y la que brinda la propia realidad.
Se menciona a continuación un escrito al respecto:
Por Michel Onfray:
Los nombres de Dios: Es de esperar que el Dios de Spinoza no tenga nada que ver con el de los judíos y el de los cristianos. Éstos imaginan un Dios anterior al mundo, ya que un día decide crearlo. El creador está separado de su criatura y ostenta derecho de antigüedad sobre ella. Dios es preexistente a todo, y lo real deriva de su voluntad. Deístas y teístas comparten esta manera de pensar, al igual que los fideístas. Judíos, católicos y protestantes, filósofos creyentes, la inmensa mayoría, cree en esta vieja idea de un primer motor inmóvil, en una causa incausada separada de sus efectos consecuenciales.
El genio de Spinoza se manifiesta en una ruptura fundamental: no cree en un Dios separado del mundo. Pese a que la comparación entre sus distintos libros arroja ciertos cambios o alteraciones, jamás presenta variación alguna en lo que respecta a la idea capital de la identidad de Dios y la naturaleza.
En vano se intentará hallar ateísmo en el pensamiento de Spinoza. Un ateo es un negador de Dios, no aquel que lo define al margen de la ortodoxia. El Dios spinocista es efectivamente heterodoxo, pero tiene una existencia real. Se trata, es cierto, de un dios que no agrada ni a rabinos ni a sacerdotes, que molesta a los pastores, pero que no por eso deja de tener una existencia real. Sólo los enemigos del pensamiento libre han intentado durante siglos desacreditar esta filosofía poderosa, hacerla pasar por su contrario: el colmo de la inmoralidad, la absoluta imposibilidad ética.
La correspondencia ofrece huellas al respecto. Spinoza se irrita toda vez que lo tratan de ateo -aun cuando sólo se trate de sospechas-, o cuando se presenta su sistema filosófico como una oculta máquina de guerra al servicio de la negación de Dios. Un simple recuento permite registrar en la Ética más de quinientas apariciones del nombre de Dios. Siempre que la ocasión lo permite, Dios es nombrado, definido, circunscrito, se le da una entidad real y, sobre todo, se precisa lo que no es.
Según la manera en que se capte la naturaleza, se puede distinguir una natura naturans y una natura naturata. La primera es en sí, y concebida por sí, como sustancia y causa. Los atributos de la sustancia expresan una esencia eterna, infinita: Dios en cuanto causa libre. La segunda -como efecto y modo- define lo que deriva de cada uno de los atributos de Dios, los modos de sus atributos, como cosas que son en Dios y que no pueden ser ni ser concebidas sin Dios. (Extractos de "Los libertinos barrocos" de Michel Onfray-Editorial Anagrama SA-Barcelona 2009).
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