Cuando se habla acerca de la compatibilidad entre ciencia y religión, no es posible encontrar una respuesta convincente a menos que se especifique a cuál de todas las religiones se hace referencia, ya que puede ser la ciencia compatible con alguna de ellas e incompatible con otras.
Debido a que la ciencia experimental tiene por objetivo la descripción de las leyes naturales existentes, las cuales son invariantes en el espacio y en el tiempo, será compatible con la religión natural, que surge de un similar punto de partida. En este caso se tiene presente que tales leyes naturales son las leyes de Dios. La ética bíblica, desde este punto de vista, resulta compatible con la ciencia experimental. La incompatibilidad surge en el caso de las religiones que consideran que las leyes naturales son suprimidas o interrumpidas por la voluntad de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos, lo que constituye el milagro. Otra religión que afirma su adhesión a los resultados de la ciencia es el budismo tibetano del Dalai Lama.
Es oportuno decir que no todo lo que no sea compatible con la ciencia ha de ser necesariamente erróneo o negativo para los seres humanos. De ahí que toda religión debe valorarse en función de sus efectos sociales antes que valorarse en función de su compatiblidad con la ciencia experimental.
Quienes adoptan una posición adversa a la religión, son por lo general individuos que no se han tomado el trabajo de advertir las enormes diferencias entre las distintas religiones. Tal ignorancia resulta incompatible con la supuesta adhesión que profesan hacia la ciencia. El ateo activo ignora que una parte importante de la ciencia fue establecida por cientificos cristianos, siendo éste un síntoma de una compatibilidad posible. Por otra parte, quienes adoptan una postura adversa a la ciencia, desde la religión, son ignorantes o fanáticos que rechazan las evidencias de los efectos positivos de la ciencia a lo largo de los años. La mala utilización de la ciencia es, en realidad, una mala aplicación tecnológica, algo inevitable especialmente en épocas de severa crisis moral.
Uno de los últimos ejemplos de compatibilidad entre ciencia y religión lo encontramos en el sacerdote Georges Lemaître, uno de los creadores de la teoría cosmológica del Big Bang (o Gran Explosión), respecto de la cual hace referencia el siguiente artículo:
UN DÍA SIN AYER: GEORGES LEMAITRE Y EL BIG BANG
Por Mark Midbon
En el verano de 1998, dos grupos independientes de astrónomos de Berkeley, California, hicieron un sorprendente descubrimiento en forma simultánea. Ambos observaban las supernovas -estrellas que estallan que se distinguen desde grandes distancias- para ver cuán rápido se expandía el universo. Según las ideas científicas corrientemente aceptadas, los astrónomos esperaban que la tasa de expansión fuese en disminución. En cambio, vieron que iba en aumento -un descubrimiento que, desde entonces, "ha sacudido a la astronomía hasta los cimientos" (Astronomy, octubre de 1999).
Este descubrimiento no habría sorprendido a Georges Lemaître (1894-1966), matemático belga y sacerdote católico que desarrolló la teoría del big bang. Lemaître comparó el inicio del universo al estallido de fuegos artificiales, comparando las galaxias a pavesas ardientes que se esparcían en una esfera creciente desde el centro del estallido. Creía que ese estallido de fuegos artificiales había sido el comienzo del tiempo, ocurrido en un "día sin ayer".
Tras décadas de enfrentamientos, otros científicos aceptaron que el big bang fue un hecho. Pero la mayor parte de los científicos -incluyendo al matemático Stephen Hawking- predijeron que finalmente la gravedad retrasaría la expansión del universo, haciendo que éste se derrumbara sobre su propio centro, mientras que Lemaître creía que el universo continuaría su expansión. Afirmó que el big bang era un evento único, mientras que los demás científicos creían que el universo se contraería hasta que llegara el momento de otro big bang y así sucesivamente. Las observaciones realizadas en Berkeley confirmaron la afirmación de Lemaître de que el big bang realmente fue "un día sin ayer".
Cuando Lemaître nació en Charleroi, Bélgica, la mayor parte de los científicos creían que el universo tenía una edad infinita y un aspecto general inmutable. Las investigaciones de Isaac Newton y de James Clerk Maxwell sugerían un universo eterno. Cuando Albert Einstein dio a conocer su teoría de la relatividad general en 1916, ésta pareció confirmar que el universo siempre había existido, estable e inmutable.
Lemaître comenzó su carrera científica en la Facultad de Ingenieria de Lovaina en 1913. Sin embargo, se vio obligado a interrumpirlos para servir en la artillería belga durante la Primera Guerra Mundial. Cuando terminó la guerra, ingresó en la Maison Saint-Rombaut, un seminario de la arquidiócesis de Malines, donde, en su tiempo libre, enseñó matemáticas y ciencia. Tras ordenarse en 1923, Lemaître estudió matemáticas y ciencia en la Universidad de Cambridge donde uno de sus profesores, Arthur Eddington, dirigía el observatorio.
Durante sus investigaciones en Cambridge, Lemaître estudio la teoría general de la relatividad. Como en el caso de los cálculos de Einstein diez años antes, los cálculos de Lemaître demostraban que el universo estaba en permanente expansión o contracción. Pero mientras que Einstein imaginaba una fuerza desconocida -una constante cosmológica- que mantenía estable al mundo, Lemaître decidió que el universo se expandía. Llegó a esa conclusión tras observar el fulgor rojo, conocido como desplazamiento al rojo, que rodea a los objetos externos a nuestra galaxia. Si se interpreta como efecto Doppler, ese desplazamiento significa que las galaxias se están alejando de nosotros. Lemaître publicó sus cálculos y su razonamiento en Annales de la Societé Scientifique de Bruxelles en 1927. Pocos se dieron por enterados. Ese mismo año habló con Einstein en Bruselas, pero éste no se mostró impresionado y le dijo "sus cálculos son correctos, pero su comprensión de la física es abominable".
Sin embargo, fue la comprensión que Einstein tenía de la física la que no tardó en ser cuestionada. En 1929, las observaciones sistemáticas de otras galaxias realizadas por Edwin Hubble confirmaron el desplazamiento al rojo. En Inglaterra, la Real Sociedad Astronómica se reunió para analizar esa aparente discrepancia entre la observación visual y la teoría de la relatividad. Sir Arthur Eddington se ofreció para encontrar una solución. Cuando Lemaître leyó sobre estos procedimientos, le envió a Eddington una copia de su trabajo de 1927. El astrónomo británico se dio cuenta de que Lemaître había explicado la brecha entre observación y teoria. A sugerencia de Eddington, la Real Sociedad Astronómica publicó una traducción del documento de Lemaître en sus noticias mensuales de marzo de 1931.
La mayor parte de los científicos que leyeron el trabajo de Lemaître aceptaron que el universo estaba en expansión, pero se resistieron a la conclusión de que tenía un comienzo. Estaban habituados a la idea de que el tiempo siempre había existido. Parecía ilógico que hubieran pasado infinitos millones de años antes de que el universo llegara a existir. El propio Eddington escribió en la revista inglesa Nature que la noción de un comienzo del mundo era "repugnante".
El sacerdote belga le contestó a Eddington con una carta publicada en Nature el 9 de mayo de 1931. Lemaître sugería que el mundo tenía un comienzo definido en el cual toda la materia y energía estaban concentradas en un solo punto: "Si el mundo hubiera comenzado con un único quántum, las nociones de tiempo y espacio simplemente no tendrían sentido al comienzo; sólo habrían comenzado a tener un sentido inteligible cuando el quántum original se hubiera dividido en una suficiente cantidad de quanta. Si esta sugerencia es correcta, el comienzo del mundo ocurrió poco antes del comienzo del espacio y el tiempo".
En enero de 1933, Lemaître viajó a California para dar una serie de seminarios. Después de que el belga expuso en detalle su teoría, Einstein se puso de pie aplaudiendo, diciendo: "Ésta es la más bella y satisfactoria explicación de la creación que nunca haya escuchado". Dunkan Aikman cubrió estos seminarios para el New York Times Magazine. Un artículo sobre Lemaître apareció allí el 19 de febrero de 1933. Incluía una gran foto de Einstein y Lemaître juntos. El epígrafe decía: "Tienen profundo respeto y admiración el uno por el otro".
Por sus investigaciones, Lemaître fue elegido miembro de la Real Academia de Bélgica. Una comisión internacional le otorgó el Premio Francqui. El arzobispo de Malines, cardenal Josef Van Roey hizo a Lemaître canónigo de la catedral en 1935. Al año siguiente, el Papa Pío XI designó a Lemaître como integrante de la Pontificia Academia de Ciencias.
A pesar de tan importantes reconocimientos, había algunos problemas con la teoría de Lemaître. Para empezar, la tasa de expansión calculada por éste no funcionaba bien. Si el universo se expandiera a un ritmo uniforme, el periodo que le había llevado alcanzar su actual radio era demasiado breve para que en éste se hubieran podido formar las estrellas y planetas. Lemaître resolvió este problema incorporando la constante cosmológica de Einstein. Mientras que éste la había empleado para procurar mantener el universo de un tamaño invariable, Lemaître la empleó para acelerar la expansión temporal del universo.
A Einstein no le agradó el empleo de su constante cosmológica que hizo Lemaître. Consideraba que la constante era el peor error de su carrera, y lo incomodó el empleo hecho por Lemaître de ese factor de variación supergaláctico.
Tras la muerte de Arthur Eddington en 1944, la Universidad de Cambridge se convirtió en centro de oposición a la teoría del big bang de Lemaître. De hecho, fue Fred Hoyle, un astrónomo de Cambridge quien inventó, con intención irónica, el término big bang. Hoyle y otros defendían un enfoque de la historia del universo conocido como el estado estable, en el cual se creaban continuamnente átomos de hidrógeno que gradualmente se conglomeraban y formaban nubes de gas, que luego formaban estrellas.
Pero en 1964 hubo un significativo descubrimiento que confirmó algunas de las teorías de Lemaître. Empleados de los Laboratorios Bell de Nueva Jersey se dedicaban a reparar un telescopio cuando descubrieron una molesta interferencia de microondas. Era igualmente fuerte cuando apuntaban el telescopio al centro de la galaxia o en la dirección opuesta. Además, siempre tenía la misma longitud de onda y siempre expresaba la misma temperatura en su punto de origen. Pasaron varios meses hasta que alguien se diera cuenta de la importancia de este hecho. Eventualmente, le valió a Arno Penzias el Premio Nobel de Física. Esta interferencia de microondas terminó por ser reconocida como radiación cósmica de fondo, un remanente del big bang. Lemaître recibió la buena noticia mientras se recuperaba de un ataque cardíaco en el hospital Saint-Pierre de la Universidad de Lovaina. Murió en Lovaina en 1966, a la edad de setenta y un años.
Tras su muerte, los fuegos artificiales de Lemaître llegaron a ser generalmente aceptados. Pero aún había dudas: ¿realmente ese episodio ocurrió en un día sin ayer? Tal vez la gravedad pudiera suministrar una explicación alternativa. Algunos teorizaban que la gravedad podía detener la expansión del universo y hacer que se volviera a desplomar sobre su propio centro, donde se produciría una enorme compresión (en inglés, big crunch) y otro big bang. Por lo tanto, el big bang no era un evento único que marcaba el comienzo del tiempo, sino sólo una parte de una secuencia infinita de big bangs y big crunches.
Cuando le llegaron a Stephen Hawking noticias del descubrimiento realizado en Berkeley en 1998 en el sentido de que el universo se expande a una tasa creciente, éste dijo que era demasiado preliminar para ser tomado en serio. Más tarde, cambió de idea: "Ahora he tenido más tiempo para considerar las observaciones y parecen muy buenas" le dijo a la revista Astronomy en octubre de 1999. "Ello me ha llevado a reconsiderar mis prejuicios teóricos".
En realidad, Hawking estaba siendo modesto. Se adaptó muy velozmente al alboroto científico producido por los resultados de las supernovas. Pero la frase "prejuicios teóricos" recuerda las actitudes que entorpecieron a los científicos hace treinta años. Hizo falta un matemático, que además era sacerdote católico para observar la evidencia con mente abierta y crear un modelo que funcionara.
¿Hay una paradoja en esta situación? A Lemaître no le parecía que fuera así. Duncan Aikman, del New York Times, resumió así la opinión de Lemaître: "No hay conflicto entre ciencia y religión' ha dicho una y otra vez Lemaître ante distintos públicos, y ahora lo dice en nuestro país...Esta opinión es importante e interesante no porque sea un sacerdote católico ni porque sea uno de los principales matemáticos físicos de nuestra época, sino porque es ambas cosas".
(Del libro "Los secretos de Ángeles y Demonios" de Dan Burstein y Arne de Keijzer-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2005).
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