El hombre necesita de la religión, ya que no puede vivir sin el sentido de la vida que ella puede ofrecer, aunque muchas veces tampoco puede vivir satisfactoriamente con ella. Si el vínculo que une a los hombres se deteriora, no cumple con la función esencial que debe cumplir, por lo que tampoco la sociedad podrá lograr la armonía que es deseable que posea. De ahí que debamos indagar sobre la actitud óptima que debe promover la religión para advertir, luego, que la ausencia parcial de algunos de sus atributos ha de conducir a algún tipo de conflicto. Se habrá establecido así una especie de introspección religiosa que podrá ayudar a comprenderlos y a superarlos. Antonio G. Birlán escribió: “La palabra religión significa, según su etimología, lo que une. Pocas veces el sentido de una palabra ha estado más en contradicción con la realidad. Que la religión, en realidad, no es lo que une, basta echar una ojeada sobre el presente y el pasado para comprobarlo. Ha unido, cuando más, parcialmente, y los unidos parcialmente se han enfrentado en todos los tiempos con otros unidos asimismo parcialmente. ¿Por qué esa unión parcial no se ha extendido? ¿Por qué lo que, según su sentido, y según sus orígenes, de donde su sentido, une, ha unido siempre tan imperfectamente?” (De “La religión”-Editorial Américalee-Buenos Aires 1956).
Puede decirse que la actitud óptima debe ser ascendente, lateral e igualitaria; ascendente porque mira hacia lo alto, hacia Dios, o el orden natural; lateral porque mira hacia los demás seres humanos, regidos por el mismo Dios, o por la misma ley natural. Finalmente, la actitud a adoptar, respecto de los “laterales”, ha de ser igualitaria, lo que implica que no habrá gobierno del hombre sobre el hombre. Así se logrará, no sólo la igualdad, sino también la libertad esencial requerida para desarrollar plenamente nuestras potencialidades individuales.
La actitud ascendente resulta similar, en algunos aspectos, a la advertida en otras especies. Charles Darwin escribió: “El sentimiento de afecto religioso es muy complejo; consiste en un amor, en una sumisión plena a un ser superior elevado y misterioso, en un vivo sentimiento de dependencia, de temor, de respeto, de gratitud en cuanto al pasado, de piadosa esperanza en cuanto al porvenir y, acaso, de otros elementos aún. Ningún ser podría tomar conciencia de una emoción tan compleja del alma antes de que sus facultades intelectuales y morales hayan alcanzado un nivel relativamente elevado. Sin embargo, vemos algo que parecería aproximarse a eso en el afecto profundo del perro por su amo, afecto al que acompañan una sumisión completa, cierto temor y, acaso, otros sentimientos aún. La marcha del perro cuando vuelve hacia su amo después de algún tiempo de ausencia, y también la del mono, puedo añadir yo, volviendo hacia su guardián favorito, difiere mucho de lo que manifiestan esos animales con respecto a sus semejantes. En este caso, los transportes de alegría parecen un poco menores y un sentimiento de igualdad aparece en cada acción”.
Vladimir Soloviev comenta el escrito anterior: “Así, el representante del transformismo en las ciencias naturales reconoce, pues, que en las relaciones casi religiosas del perro o del mono con el águila que les parece superior hay, además de miedo y la salvaguardia del interés propio, un elemento moral, y éste muy diferente de los sentimientos de simpatía que esos animales testimonian a sus semejantes. Este sentimiento específico con respecto a lo superior es precisamente lo que yo llamo reverencia. Si alguien lo admite en los perros y en los monos, sería extraño negarlo en el hombre y no deducir la religión humana sino del temor y el cuidado del interés propio. Sin duda, no puede negarse la parte que toman estos sentimientos inferiores en la formación y en el desenvolvimiento de la religión, pero de todos modos ésta encuentra su fundamento más íntimo en ese sentimiento moral específicamente religioso por el cual el hombre siente con respecto a lo que es más excelente que él mismo un amor matizado de respeto” (De “La religión”).
Desde el punto de vista de la religión natural, el vínculo entre Dios y los hombres es la ley natural, por lo que la validez de toda religión ha de provenir de su compatibilidad con dicha ley. Por el contrario, cuando no es compatible, se cae en el gobierno del hombre sobre el hombre, donde no hay igualdad ni libertad, es decir, es el caso en que el supuesto enviado de Dios, al no gobernar según la ley de Dios, gobierna según su propio criterio, constituyendo un “falso profeta”. Si el profeta, en realidad, predica en función de la ley natural mientras que sus difusores lo distorsionan, se produce la deformación de la “religión verdadera” que pasa a ser también una “falsa religión”, es decir, se trata de un caso semejante al de los gobiernos democráticos que, para ser eficaces, deben ser legítimos no sólo en cuanto al acceso al poder, sino también en cuanto a su desempeño. Si son ilegítimos bajo cualquiera de esos aspectos, las cosas tienden a no andar bien.
De todo esto puede decirse que la actitud ascendente óptima implica la intención de adaptarnos a la ley natural, dejando de lado el resto de las actitudes que derivan de la suposición de que Dios es un ser superior de forma humana al cual se lo debe alabar, o se lo puede adular, engañar y todas las restantes maniobras que el hombre hace para eludir el cumplimento de la ley estricta que nos ha impuesto el orden natural, o de los mandamientos religiosos. Toda religión que no contemple dicha ley, constituye un simple y vulgar paganismo.
Un error frecuente es el de la persona “elevada”, que observa a sus semejantes como seres inferiores, por cuanto en él predomina la actitud ascendente, anulando prácticamente toda posible actitud lateral e igualitaria. Este es el caso de las religiones contemplativas establecidas principalmente para religiosos antes que para hombres comunes. Albert Schweitzer escribió: “El pensamiento brahmán y budista sólo puede ofrecer algo a quienes están en condiciones de alejarse del mundo y vivir en el inactivo autoperfeccionamiento”.
También en Occidente se han propuesto religiones en que la fe (ascendente) es considerada prioritaria a las obras (laterales e igualitarias). Peter Stanford escribió: “Cuando, a principios del siglo XVI, Martin Lutero planteó públicamente la corrupción de la Iglesia, descubrió que había muchos creyentes desilusionados. Su rebelión tenía un fundamento teológico, tal como se advierte en su célebre obra «Las noventa y cinco tesis», un texto que clavó en la puerta de la iglesia alemana de Wittenberg en el año 1517. En este escrito negaba la idea de que mediante los buenos actos el individuo contribuyera a ganarse un lugar en el cielo tras la muerte. Para Lutero la salvación sólo era posible gracias a la fe en Dios: no era la santidad individual lo que importaba, sino el amor de Dios” (De “50 cosas que hay que saber sobre religión”-Ariel-Buenos Aires 2013).
Al identificar la ley natural con la ley de Dios, es posible valorar y analizar las distintas posturas religiosas. Por ejemplo, el Islam admite hasta cuatro esposas por cada hombre. Si nace, aproximadamente, la misma cantidad de hombres que de mujeres, muchos hombres se quedarán sin ninguna; no se tiene en cuenta un aspecto tan elemental. Si no se tiene en cuenta la ley natural, se está en camino del gobierno del hombre sobre el hombre a través de “leyes artificiales”, lo que aleja al hombre de la ley de Dios. Tampoco el Islam sugiere una actitud igualitaria hacia el prójimo, ya que establece una clara distinción entre los “fieles” a su doctrina y el resto, existiendo un “nosotros” y un “ellos” como el practicado por los políticos totalitarios. Se atribuye a Mahoma lo siguiente: “La espada es la llave del cielo y del infierno: todos los que la sacan en defensa de la fe serán recompensados con beneficios temporales; cada gota de sangre que derramen, cada peligro y tribulación que padezcan quedarán registrados en lo alto y se les atribuirá más mérito que el ayuno y la oración”. Puede decirse que, si esa es la voluntad de Dios, a la humanidad le espera un futuro violento.
Cuando, en lugar de adherir a la religión objetiva, basada en la ley natural, un individuo elige cualquiera de las posibles variantes subjetivas, se produce una divergencia de opiniones esencial que induce discusiones y conflictos posteriores. De ahí que pueda decirse que la actitud lateral e igualitaria se ha de dar principalmente luego de que se haya adoptado la óptima actitud ascendente. La ley esencial, accesible tanto a nuestras decisiones como a nuestro conocimiento, es la cercana e inmediata actitud característica que constituye el atributo esencial de la personalidad de todo hombre. De ella se deriva la elección del amor al prójimo como la actitud lateral óptima que es, además, igualitaria.
La adopción de la actitud cooperativa, por la cual tratamos de compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, tiende a ser el fundamento de lo que denominamos “la civilización Occidental”, ya que ella da lugar tanto a la democracia política como a la económica (mercado). Así, la democracia política apunta esencialmente a impedir el gobierno del hombre sobre el hombre promoviendo el gobierno de la ley sobre todo individuo, tratando de que la ley humana sea compatible con la ley natural. Por otra parte, el intercambio libre, que favorece a ambas partes en el acto económico elemental, tiene sentido a partir de una previa y predominante actitud cooperativa. Ludwig von Mises escribió: “Como filosofía del mundo, y no solamente como Iglesia, la religión es un producto de la cooperación social de los hombres, exactamente lo mismo que cualquier otra manifestación de la vida espiritual. Nuestro pensamiento no se presenta como un hecho individual, independiente de las relaciones y las tradiciones sociales…nuestro pensamiento tiene un carácter social”.
“La religión es también un hecho social en el sentido de que considera las relaciones sociales desde un ángulo determinado y de que fija reglas a la acción del hombre en sociedad. No puede abstenerse a tomar posición en las cuestiones de moral social. Ninguna religión cuidadosa de dar a los creyentes una respuesta a los enigmas que plantea la vida y de aportarles las consolaciones de que tiene más necesidad, puede contentarse con dar una interpretación de las relaciones del hombre con la naturaleza, el llegar a ser y la muerte. Si olvida dirigir su atención sobre las relaciones de los hombres entre sí, es incapaz de formular reglas para la vida terrestre y abandona al creyente a sí mismo cuando se pone a reflexionar en la imperfección de la sociedad”.
“Cuando quiere saber por qué hay ricos y pobres, poderes públicos y tribunales, periodos de guerra y de paz, la religión debe poder darle una respuesta, so pena de obligarle a buscar una respuesta en otra parte y de perder así su poder sobre los espíritus. Sin moral social, la religión es una cosa muerta” (De “El socialismo”-Editorial Hermes SA-México 1961).
viernes, 20 de febrero de 2015
martes, 17 de febrero de 2015
Libre examen y subversión
El surgimiento del protestantismo trajo asociada la propuesta del Libre Examen, esto es, la posibilidad de una interpretación libre de las Sagradas Escrituras sin atenerse a las directivas provenientes de la Iglesia Católica. Teniendo presente el principio de que “todos los extremos son malos”, puede decirse que no es lo ideal que un individuo pierda su libertad de pensamiento para someterse a la autoridad intelectual de otros hombres como tampoco es lo ideal que cada uno interprete y piense de la Biblia lo que le venga en ganas. Jordán Bruno Genta escribió: “Le debemos a Lutero la primera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, esto es, del Libre Examen aplicado a las cosas de Dios: «Libertad del individuo y derecho de cada cual a guiarse por la experiencia de su propio espíritu…Si has recibido la Palabra por la Fe, considera cumplidos todos los preceptos y considérate a ti mismo libre en todo…Todos los sacramentos quedan entregados a tu libertad personal»” (De “Libre examen y comunismo”-Ediciones Dictio-Buenos Aires 1976).
En realidad, si uno concurre a cualquier congregación protestante y propone practicar el “libre examen” de lo que allí se dice, pronto le sugerirán que se vaya a otra congregación en la que uno pueda adaptarse mejor a la “libre interpretación” de la Biblia. Por lo general, se busca la disolución de la autoridad, en una primera etapa en la que surge el caos, para ser suplantada luego por otra nueva. El citado autor agrega: “La subversión de lo divino y sobrenatural promovido por la dialéctica del Libre Examen tenía que continuarse necesariamente con el arrasamiento de todas las distinciones y jerarquías naturales en lo político y social, tal como nos ilustra el sutil ingenio de Juan Luis Vives: «¿Qué diré de la dignidad, del honor, del Imperio? Suprime hoy los senadores, los cónsules, el príncipe y mañana existirán por cada doce senadores suprimidos, doce mil; por cada dos cónsules, dos mil: y mil príncipes por el que suprimieras»”. “Y por esta pendiente se llega finalmente a la negación de la Propiedad Privada, la distinción y jerarquía externas de la persona y sostén de la libertad familiar”.
Juan Luis Vives advertía sobre los efectos del Libre Examen ya en 1535: “En otro tiempo, en Alemania, las cosas de la piedad estaban de tal suerte constituidas que se mantenían firmes y estables…Mas alguien advino que se atrevió a discutir algunas, al principio moderada y medrosamente, muy luego sin rebozo…para negarlas, suprimirlas o rechazarlas, mostrando tanta seguridad como si el objeto hubiese bajado del cielo conociendo los secretos designios de Dios, o se tratase de coser un zapato o un vestido…De las discrepancias de opiniones surgió la discordia de la vida…y entonces, a los que habían suscitado la guerra en el fementido nombre de libertad e injustísima igualdad de los inferiores con los superiores sucedieron los que decretaron, pidieron y exigieron no ya aquella igualdad, sino la comunidad de todos los bienes”.
“Crea, pues, hombres nuevos y entonces esa República de Platón, no solamente zaherida por los filósofos sino rechazada por la naturaleza misma de las cosas, podría tener existencia. Porque con los hombres tales como son y con las pasiones que les mueven, en vez de la comunidad se obtendrán odios, discusiones, pendencias, contiendas y guerras, ya que nuestra naturaleza repudia la comunidad de bienes, la rehúye, la repele” (“De la comunidad de los bienes”).
La actitud de protestantismo contempla la “justificación por la Fe”, antes que por las obras, lo que en cierta forma transforma la religión ética en una religión contemplativa. Jordán Bruno Genta escribe al respecto: “Lutero es también el precursor del hombre nuevo, con su famosa tesis de la justificación por la sola Fe, sin las obras: de que el hombre no es libre para el bien; y la razón no alcanza verdaderamente lo espiritual”. “Aparentemente hace radicar la salvación en el mérito exclusivo de Cristo; pero, en verdad, divide la ciencia y la vida temporales de la Fe y de la Iglesia de Cristo. Si ya estamos justificados o condenados y nada significan nuestras obras para la salvación o perdición en la eternidad, esta vida de aquí abajo nada tiene que ver con la vida de allá arriba. El único punto de incidencia es la experiencia íntima de la Fe que para lo único que sirve es para la piedra libre del pecado: «Sé pecador, un verdadero pecador, y peca de firme: pero cree más firmemente todavía» (Lutero)”.
Se advierte que la labor destructiva de Lutero no apuntaba sólo a la Iglesia Católica, que ya realizaba su propia tarea autodestructiva, sino al cristianismo, ya que relegar la ética cristiana a un lugar secundario implica su debilitamiento total. La prioridad de la fe sobre las obras, o sobre la conducta, tiende a empeorar a las personas en lugar de mejorarlas. Esto se advierte especialmente en los adolescentes, que por lo general fingen menos que los adultos, cuando cometen errores voluntariamente, en especial cierto trato irrespetuoso hacia los mayores por cuanto creen estar previamente “purificados por el Espíritu Santo”, quien les otorgaría cierta libertad para cometer pecados estando disculpados de antemano por dicha creencia. Es decir, lo que comúnmente se denomina “hipocresía del creyente”, tiene su sustento y justificación en la creencia de la prioridad de la fe a la conducta.
Un impacto similar al provocado por la aparición del protestantismo, se derivó del Concilio Vaticano II (1963 a 1965). Los cambios que se introdujeron fueron abriendo las puertas de la Iglesia a la intromisión del marxismo-leninismo haciéndose evidente que la destrucción de la Iglesia conducía en forma inmediata a la destrucción de la sociedad. La apertura mencionada consistía en la adhesión al pluralismo y a la libertad religiosa mediante los cuales la Iglesia admitía cierta igualdad respecto de otras religiones. Le negaba a Cristo aquello de “Yo soy la verdad, el camino y la vida” por cuanto supone que existe algún camino paralelo al amor al próximo que ha de producir efectos similares en los seres humanos, incluso admite tácitamente que los caminos alternativos pueden ser varios.
Excluyendo las actitudes del fanático que afirma que su propia religión es la mejor y la verdadera, resulta evidente que todas las religiones son distintas y que su seguimiento ha de producir también distintos efectos. De ahí que, en un momento histórico determinado, una de ellas ha de estar más cerca de la verdad que otras y ha de producir mejores efectos que las demás. Cuando un sacerdote católico no está convencido que el cristianismo es la mejor religión, debe dejar los hábitos y dedicarse a otra cosa en lugar de aceptar el pluralismo cuya idea subyacente es que “todas las religiones son iguales” o que “cualquiera de ellas produce similares efectos”. Mons. Marcel Lefebvre escribió: “Dos esquemas habían sido elaborados antes del Concilio Vaticano II en la Comisión Central Preparatoria. Uno, intitulado «De la tolerancia religiosa», era sostenido por el cardenal Ottaviani. Era un texto muy bello, muy ceñido a la doctrina tradicional”. “El otro estaba presentado por el cardenal Bea. Se intitulaba «De la libertad religiosa» y contenía, a mi parecer y al de un número no desdeñable de padres, afirmaciones insostenibles y hasta groseros errores con respecto a la Verdad y a la Iglesia eterna. Por ejemplo, mientras la Iglesia proclamó siempre que no había salvación fuera de Jesucristo, el esquema del cardenal Bea afirmaba que todo hombre, siguiendo simplemente a su conciencia, puede alcanzar su salvación eterna” (De “Sí y no”-Editorial Iction-Buenos Aires 1978).
Los diversos conflictos religiosos se han producido, históricamente, entre los defensores de la verdad en contra de los defensores del error y la mentira, si bien las cosas nunca estuvieron del todo claras respecto a quién poseía la verdad y quién estaba en el error, por lo que el cardenal Agustín Bea supone que quien aduce tener la verdad debe en cierta forma atenuar sus pretensiones de difundirla entre los demás. Al respecto escribió: “En el nivel práctico, puede objetarse que aun garantizada la revelación de Dios, un cuerpo organizado que pretende ser el fiel depositario del mensaje de Dios, o sea la Iglesia Católica, en realidad se convirtió en una entidad monárquica, monolítica, centralizada, que reforzó una especie de férrea disciplina de tipo militar, que sofoca la libertad de pensamiento, de iniciativa y de decisión personal”.
“El principio de la supremacía e infalibilidad papal contiene en sí mismo una teoría absolutista, con las inherentes posibilidades de abuso de autoridad y prácticamente, de tiranía. Además, el presente Concilio sólo alivia el autoritarismo esencial, diluyéndolo un poco. Pero sigue todavía en pie la objeción principal de que la Iglesia Católica pretende someter las conciencias de los hombres, de una manera contraria al pensamiento moderno y a los principios democráticos, que se aceptan cada vez más como normativos, y que son los únicos que mantienen la dignidad y libertad humanas” (De “Unidad en la libertad”-Editorial Troquel-Buenos Aires 1965).
La “dictadura” de los Papas pronto fue cediendo a la de los cardenales hasta llegar el momento de entronarse los propios marxistas-leninistas en lugares claves de la Iglesia. Mons. Marcel Lefebvre escribió: “«Comunistas, ¿qué solicitáis para que podamos tener la felicidad de recibir a algunos representantes de la Iglesia Ortodoxa rusa en el Concilio?, ¡algunos emisarios de la KGB!». La condición exigida por el patriarcado de Moscú fue la siguiente: «No condenéis al Comunismo en el Concilio, no habléis de este tema», y además «manifestad apertura y diálogo hacia nosotros». Y el acuerdo se hizo, la traición fue consumada: «De acuerdo, no condenaremos al comunismo». Esto se ejecutó al pie de la letra; yo mismo llevé, junto con Mons. Proenca Sigaud, una petición con 450 firmas de Padres conciliares al Secretario del Concilio Mons. Felici, pidiendo que el Concilio pronunciara una condenación de la más espantosa técnica de esclavitud de la historia humana, el comunismo. Después, como nada ocurría, pregunté qué había sido de nuestro pedido. Buscaron y finalmente me respondieron con una desenvoltura que me dejó estupefacto: «Oh, su pedido se extravió en un cajón…». Y no se condenó al comunismo; o más bien, el Concilio cuya intención era discernir los «signos de los tiempos», fue condenado por Moscú a guardar silencio sobre el más evidente y monstruoso de los Signos de estos tiempos!”. “Está claro que hubo en el Concilio Vaticano II un entendimiento con los enemigos de la Iglesia, para terminar con la hostilidad existente hacia ellos. ¡Es un entendimiento con el diablo!” (De “Le destronaron”-Ediciones San Pío X-Buenos Aires 1987).
De la misma manera en que la Iglesia Católica pidió disculpas ante los reiterados abusos sexuales cometidos por algunos de sus sacerdotes, debe también hacerlo por los asesinatos de miles de victimas inocentes inducidos por curas marxistas-leninistas, como principales promotores ideológicos de la subversión. Sólo de esa manera demostrará la Iglesia que aun le queda algo de la dignidad de otras épocas, o de la que debería haber tenido.
En realidad, si uno concurre a cualquier congregación protestante y propone practicar el “libre examen” de lo que allí se dice, pronto le sugerirán que se vaya a otra congregación en la que uno pueda adaptarse mejor a la “libre interpretación” de la Biblia. Por lo general, se busca la disolución de la autoridad, en una primera etapa en la que surge el caos, para ser suplantada luego por otra nueva. El citado autor agrega: “La subversión de lo divino y sobrenatural promovido por la dialéctica del Libre Examen tenía que continuarse necesariamente con el arrasamiento de todas las distinciones y jerarquías naturales en lo político y social, tal como nos ilustra el sutil ingenio de Juan Luis Vives: «¿Qué diré de la dignidad, del honor, del Imperio? Suprime hoy los senadores, los cónsules, el príncipe y mañana existirán por cada doce senadores suprimidos, doce mil; por cada dos cónsules, dos mil: y mil príncipes por el que suprimieras»”. “Y por esta pendiente se llega finalmente a la negación de la Propiedad Privada, la distinción y jerarquía externas de la persona y sostén de la libertad familiar”.
Juan Luis Vives advertía sobre los efectos del Libre Examen ya en 1535: “En otro tiempo, en Alemania, las cosas de la piedad estaban de tal suerte constituidas que se mantenían firmes y estables…Mas alguien advino que se atrevió a discutir algunas, al principio moderada y medrosamente, muy luego sin rebozo…para negarlas, suprimirlas o rechazarlas, mostrando tanta seguridad como si el objeto hubiese bajado del cielo conociendo los secretos designios de Dios, o se tratase de coser un zapato o un vestido…De las discrepancias de opiniones surgió la discordia de la vida…y entonces, a los que habían suscitado la guerra en el fementido nombre de libertad e injustísima igualdad de los inferiores con los superiores sucedieron los que decretaron, pidieron y exigieron no ya aquella igualdad, sino la comunidad de todos los bienes”.
“Crea, pues, hombres nuevos y entonces esa República de Platón, no solamente zaherida por los filósofos sino rechazada por la naturaleza misma de las cosas, podría tener existencia. Porque con los hombres tales como son y con las pasiones que les mueven, en vez de la comunidad se obtendrán odios, discusiones, pendencias, contiendas y guerras, ya que nuestra naturaleza repudia la comunidad de bienes, la rehúye, la repele” (“De la comunidad de los bienes”).
La actitud de protestantismo contempla la “justificación por la Fe”, antes que por las obras, lo que en cierta forma transforma la religión ética en una religión contemplativa. Jordán Bruno Genta escribe al respecto: “Lutero es también el precursor del hombre nuevo, con su famosa tesis de la justificación por la sola Fe, sin las obras: de que el hombre no es libre para el bien; y la razón no alcanza verdaderamente lo espiritual”. “Aparentemente hace radicar la salvación en el mérito exclusivo de Cristo; pero, en verdad, divide la ciencia y la vida temporales de la Fe y de la Iglesia de Cristo. Si ya estamos justificados o condenados y nada significan nuestras obras para la salvación o perdición en la eternidad, esta vida de aquí abajo nada tiene que ver con la vida de allá arriba. El único punto de incidencia es la experiencia íntima de la Fe que para lo único que sirve es para la piedra libre del pecado: «Sé pecador, un verdadero pecador, y peca de firme: pero cree más firmemente todavía» (Lutero)”.
Se advierte que la labor destructiva de Lutero no apuntaba sólo a la Iglesia Católica, que ya realizaba su propia tarea autodestructiva, sino al cristianismo, ya que relegar la ética cristiana a un lugar secundario implica su debilitamiento total. La prioridad de la fe sobre las obras, o sobre la conducta, tiende a empeorar a las personas en lugar de mejorarlas. Esto se advierte especialmente en los adolescentes, que por lo general fingen menos que los adultos, cuando cometen errores voluntariamente, en especial cierto trato irrespetuoso hacia los mayores por cuanto creen estar previamente “purificados por el Espíritu Santo”, quien les otorgaría cierta libertad para cometer pecados estando disculpados de antemano por dicha creencia. Es decir, lo que comúnmente se denomina “hipocresía del creyente”, tiene su sustento y justificación en la creencia de la prioridad de la fe a la conducta.
Un impacto similar al provocado por la aparición del protestantismo, se derivó del Concilio Vaticano II (1963 a 1965). Los cambios que se introdujeron fueron abriendo las puertas de la Iglesia a la intromisión del marxismo-leninismo haciéndose evidente que la destrucción de la Iglesia conducía en forma inmediata a la destrucción de la sociedad. La apertura mencionada consistía en la adhesión al pluralismo y a la libertad religiosa mediante los cuales la Iglesia admitía cierta igualdad respecto de otras religiones. Le negaba a Cristo aquello de “Yo soy la verdad, el camino y la vida” por cuanto supone que existe algún camino paralelo al amor al próximo que ha de producir efectos similares en los seres humanos, incluso admite tácitamente que los caminos alternativos pueden ser varios.
Excluyendo las actitudes del fanático que afirma que su propia religión es la mejor y la verdadera, resulta evidente que todas las religiones son distintas y que su seguimiento ha de producir también distintos efectos. De ahí que, en un momento histórico determinado, una de ellas ha de estar más cerca de la verdad que otras y ha de producir mejores efectos que las demás. Cuando un sacerdote católico no está convencido que el cristianismo es la mejor religión, debe dejar los hábitos y dedicarse a otra cosa en lugar de aceptar el pluralismo cuya idea subyacente es que “todas las religiones son iguales” o que “cualquiera de ellas produce similares efectos”. Mons. Marcel Lefebvre escribió: “Dos esquemas habían sido elaborados antes del Concilio Vaticano II en la Comisión Central Preparatoria. Uno, intitulado «De la tolerancia religiosa», era sostenido por el cardenal Ottaviani. Era un texto muy bello, muy ceñido a la doctrina tradicional”. “El otro estaba presentado por el cardenal Bea. Se intitulaba «De la libertad religiosa» y contenía, a mi parecer y al de un número no desdeñable de padres, afirmaciones insostenibles y hasta groseros errores con respecto a la Verdad y a la Iglesia eterna. Por ejemplo, mientras la Iglesia proclamó siempre que no había salvación fuera de Jesucristo, el esquema del cardenal Bea afirmaba que todo hombre, siguiendo simplemente a su conciencia, puede alcanzar su salvación eterna” (De “Sí y no”-Editorial Iction-Buenos Aires 1978).
Los diversos conflictos religiosos se han producido, históricamente, entre los defensores de la verdad en contra de los defensores del error y la mentira, si bien las cosas nunca estuvieron del todo claras respecto a quién poseía la verdad y quién estaba en el error, por lo que el cardenal Agustín Bea supone que quien aduce tener la verdad debe en cierta forma atenuar sus pretensiones de difundirla entre los demás. Al respecto escribió: “En el nivel práctico, puede objetarse que aun garantizada la revelación de Dios, un cuerpo organizado que pretende ser el fiel depositario del mensaje de Dios, o sea la Iglesia Católica, en realidad se convirtió en una entidad monárquica, monolítica, centralizada, que reforzó una especie de férrea disciplina de tipo militar, que sofoca la libertad de pensamiento, de iniciativa y de decisión personal”.
“El principio de la supremacía e infalibilidad papal contiene en sí mismo una teoría absolutista, con las inherentes posibilidades de abuso de autoridad y prácticamente, de tiranía. Además, el presente Concilio sólo alivia el autoritarismo esencial, diluyéndolo un poco. Pero sigue todavía en pie la objeción principal de que la Iglesia Católica pretende someter las conciencias de los hombres, de una manera contraria al pensamiento moderno y a los principios democráticos, que se aceptan cada vez más como normativos, y que son los únicos que mantienen la dignidad y libertad humanas” (De “Unidad en la libertad”-Editorial Troquel-Buenos Aires 1965).
La “dictadura” de los Papas pronto fue cediendo a la de los cardenales hasta llegar el momento de entronarse los propios marxistas-leninistas en lugares claves de la Iglesia. Mons. Marcel Lefebvre escribió: “«Comunistas, ¿qué solicitáis para que podamos tener la felicidad de recibir a algunos representantes de la Iglesia Ortodoxa rusa en el Concilio?, ¡algunos emisarios de la KGB!». La condición exigida por el patriarcado de Moscú fue la siguiente: «No condenéis al Comunismo en el Concilio, no habléis de este tema», y además «manifestad apertura y diálogo hacia nosotros». Y el acuerdo se hizo, la traición fue consumada: «De acuerdo, no condenaremos al comunismo». Esto se ejecutó al pie de la letra; yo mismo llevé, junto con Mons. Proenca Sigaud, una petición con 450 firmas de Padres conciliares al Secretario del Concilio Mons. Felici, pidiendo que el Concilio pronunciara una condenación de la más espantosa técnica de esclavitud de la historia humana, el comunismo. Después, como nada ocurría, pregunté qué había sido de nuestro pedido. Buscaron y finalmente me respondieron con una desenvoltura que me dejó estupefacto: «Oh, su pedido se extravió en un cajón…». Y no se condenó al comunismo; o más bien, el Concilio cuya intención era discernir los «signos de los tiempos», fue condenado por Moscú a guardar silencio sobre el más evidente y monstruoso de los Signos de estos tiempos!”. “Está claro que hubo en el Concilio Vaticano II un entendimiento con los enemigos de la Iglesia, para terminar con la hostilidad existente hacia ellos. ¡Es un entendimiento con el diablo!” (De “Le destronaron”-Ediciones San Pío X-Buenos Aires 1987).
De la misma manera en que la Iglesia Católica pidió disculpas ante los reiterados abusos sexuales cometidos por algunos de sus sacerdotes, debe también hacerlo por los asesinatos de miles de victimas inocentes inducidos por curas marxistas-leninistas, como principales promotores ideológicos de la subversión. Sólo de esa manera demostrará la Iglesia que aun le queda algo de la dignidad de otras épocas, o de la que debería haber tenido.
sábado, 14 de febrero de 2015
Literatura, arte y política
Gran parte de los escritores realiza sus actividades literarias con el objetivo de recrear la realidad, en lugar de describirla tan exactamente como podrían hacerlo; lo que constituiría esencialmente la labor del científico. Así, mientras que el novelista se identifica con el artista, el ensayista tiende a identificarse con el científico social. En materia de esculturas se observan también distintas tendencias que varían dentro de ambos extremos, como es el caso de las estatuas romanas en las que se advierte una tendencia a dejar impresas en piedra las facciones y la figura de los emperadores en forma fidedigna, lo que constituye un arte con un ideal cercano al de la ciencia. Sin embargo, algunos comentan que el Octavio Augusto real no lucía tan vistoso como el que pasó a la posteridad, en cuyo caso se sacrificó un poco (o bastante) la verdad para recrearla con la intención de que fuese contemplada con mayor admiración.
Mientras que el hombre necesita imperiosamente de la verdad, que es el objetivo a alcanzar por las distintas ramas de la ciencia, e incluso por la religión, necesita también vivir de los placeres que brindan las distintas actividades artísticas. Imaginemos que nos faltara la música, por ejemplo, y advertiremos que la vida sería bastante distinta. Mario Vargas Llosa escribió: “Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”.
“En efecto, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es”. “Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo insatisfecho” (De “La verdad de las mentiras”-Alfaguara SA de Ediciones-Buenos Aires 2009).
La lectura requiere una inversión de tiempo y dinero, de ahí que todo individuo, al igual que hace en toda inversión, trata de vislumbrar si ha de ser fructífera para el futuro. Si alguien lee solamente novelas, conocerá una mezcla de verdades y mentiras que posiblemente no le permitirán construir interiormente un esquema cognitivo como el que podrá derivarse del conocimiento de alguna rama de la ciencia. De ahí que, como en todo tipo de actividad, los extremos suelen ser malos. Los “buenos inversores” de tiempo y dinero, en cierta forma temen leer novelas ante la permanente duda de si aquello que leyó era cierto o era sólo una ficción literaria, mientras que encuentran en los libros de ciencia la posibilidad de adquirir conocimientos con bases firmes aunque sólo puedan permitirle una visión limitada de la realidad.
No deben dejarse de lado, sin embargo, las ventajas que ofrece la literatura existente ya que en ella pueden encontrarse las motivaciones que orientarán posteriormente las acciones individuales. “Documentar los errores históricos de «La guerra y la paz» sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui géneris, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte «enajenante», es de constitución anti-brechtiana: sin «ilusión» no hay novela”.
Debido a la influencia que tienen los novelistas en la sociedad, no resulta extraño que hayan sido censurados bajo los sistemas totalitarios. El citado autor agrega: “Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida desconfíen de las ficciones y las sometan a censura. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad”.
La novela histórica por lo general tiende a expresar de una manera fiel los acontecimientos, con el agregado del atractivo que puede asociarle el escritor. Irvin D. Yalom escribió: “He intentado escribir una novela que podría haber ocurrido. Sin apartarme más de lo necesario de los hechos históricos, he abrevado en mi experiencia profesional como psiquiatra para imaginar los mundos interiores de mis protagonistas, Bento Spinoza y Alfred Rosenberg. He inventado dos personajes, Franco Benítez y Friedrich Pfister, para que sirvieran de vías de acceso a la psiquis de mis protagonistas. Todas las escenas que los involucran son, por supuesto, ficción”.
“Prácticamente nada se sabe de la reacción emocional de Spinoza al ser expulsado de su comunidad. Mi descripción de su reacción es completamente ficticia pero, en mi opinión, es una reacción posible ante una separación radical de todos aquellos a los que alguna vez había conocido. Las ciudades y las casas que Spinoza habitó, su trabajo de pulir lentes, su relación con los estudiantes, su amistad con Simon de Vries, sus publicaciones anónimas, su biblioteca, y, finalmente, las circunstancias de su muerte y funeral, todo esto tiene bases en la historia”. “Después de todo, como dijo André Gide: «La historia es ficción que en efecto ocurrió; la ficción es historia que podría haber ocurrido»” (De “El enigma Spinoza”-Emecé-Buenos Aires 2012).
De la misma manera en que el docente resulta ser el intermediario entre el alumno y quien crea el conocimiento, el escritor es el que mejor transmite los hechos políticos al gran público. Este ha sido el caso de los disidentes durante el régimen soviético, capaces de sintetizar en una novela toda una realidad vivida por los prisioneros en un campo de concentración. Vargas Llosa escribió: “Quien lee ahora, por vez primera, «Un día en la vida de Iván Denisovich» queda perplejo. ¿Es posible que este breve relato provocara, al aparecer, en 1962, semejante conmoción? Un cuarto de siglo después nadie ignora la realidad del Gulag y los genocidios de la era Stalin, que el propio Nikita Jruschov denunció en el XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Pero en 1962, innumerables progresistas del mundo entero se resistían todavía a aceptar aquel brutal desmentido de la quimera del paraíso socialista. El discurso de Jruschov era negado, atribuido a maniobras del imperialismo y sus agentes. En estas circunstancias, A. Tvardovski, con autorización del propio Jruschov, publicó en «Novy Mir» el texto que daría a conocer al mundo a Alexandr Solzhenitsin y marcaría el inicio de su carrera literaria”.
“El relato es, desde el punto de vista formal, de un realismo riguroso que no se toma jamás la menor libertad respecto a la experiencia vivida, muy en línea de lo que fue siempre la gran tradición literaria rusa. Y está impregnado, además, como una novela de Tolstoi, de Dostoievski o de Gorki, de indignación moral por el sufrimiento que causa la injusticia humana. ¿Puede este sentimiento llamarse «socialista»? Sí, sin duda. Una actitud ética y solidaria del pobre y de la víctima, del que por una u otra razón queda al margen o atrás o derrotado en la vida, es la última bandera enhiesta de una doctrina que ha debido arriar, una tras otra, todas las demás, luego de comprobar que el colectivismo conducía a la dictadura en vez de a la libertad y el estatismo planificado y centralista traía, en lugar de progreso, estancamiento y miseria. Por esos extraños pases de prestidigitación que tiene a menudo la existencia, Alexandr Solzhenitsin, el más feroz impugnador del sistema que crearon Lenin y Stalin, podría ser, sí, el último escritor realista socialista”.
La sociedad colectivista quedó plasmada en “1984”, novela aparecida en 1949. Christiane Zschirnt escribió: “El Gran Hermano de Orwell es la autoridad del totalitarismo, que no puede ser vista pero que controla todo. Es el fantasma del control oculto, el espíritu del miedo omnipresente y el demonio de la policía secreta, que aparece a las cuatro de la madrugada en la puerta de la casa para llevarte a la cámara de torturas o al campo de trabajos forzados”. “El gobierno controla a la población mediante vigilancia constante, la manipulación y el lavado de cerebro. Se habla el lenguaje propagandístico Newspeak («neolengua»), en el que los significados originarios devienen en su contrario o son embellecidos…”.
“El gobierno opera con ayuda de sus cuatro ministerios: el de la paz (que se ocupa de la guerra), el del amor (encargado de mantener la ley y el orden), el de la abundancia (competente para los asuntos de la arruinada economía) y el de la verdad (que se dedica a producir las noticias, el entretenimiento y el arte). El Estado espía a sus ciudadanos en todas partes, tergiversa la verdad y falsea la historia” (De “Libros. Todo lo que hay que leer”-Punto de Lectura SL-Madrid 2006).
Resulta llamativo que el propio Orwell, capaz de describir en detalles los defectos de los sistemas colectivistas, haya incluso intervenido en la Guerra Civil Española a favor del bando que habría de profundizar, en caso de vencer, un sistema similar al soviético. En realidad, se trata de una actitud bastante generalizada y que incluye prácticamente a todo el espectro político de izquierda, por cuanto promueve la estatización de los medios de producción y la concentración de poder en el Estado ante la ingenua suposición de que va a ser dirigido por “gente honesta”. En caso de acertar con la ilusión, se logrará un sistema carcelario y mediocre, mientras que en caso de caer en manos de algún dictador, conducirá a una catástrofe social como las ocurridas en varios países. Mario Vargas Llosa escribe al respecto: “El uso tendencioso que las fuerzas políticas conservadoras hicieron, durante la guerra fría, de las ficciones antitotalitarias de George Orwell –«Animal Farm» y «1984»- ha distorsionado la imagen de este escritor, al extremo de que muchos ignoran, hoy, que fue un severísimo crítico de la Unión Soviética y el comunismo, no en nombre del statu quo, sino de una revolución socialista que él creía compatible con la democracia y la libertad, y el único sistema capaz de dar a estos valores un contenido real y compartido por todos los miembros de la sociedad. Ignoran también, que el combatiente voluntario de la República española contra la sublevación franquista, al mismo tiempo que denunciaba los crímenes y la represión en el régimen de Stalin, era un crítico implacable del sistema capitalista y del imperialismo…”.
Mientras que el hombre necesita imperiosamente de la verdad, que es el objetivo a alcanzar por las distintas ramas de la ciencia, e incluso por la religión, necesita también vivir de los placeres que brindan las distintas actividades artísticas. Imaginemos que nos faltara la música, por ejemplo, y advertiremos que la vida sería bastante distinta. Mario Vargas Llosa escribió: “Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos –es decir, mentirosos- podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios”.
“En efecto, las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es”. “Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo insatisfecho” (De “La verdad de las mentiras”-Alfaguara SA de Ediciones-Buenos Aires 2009).
La lectura requiere una inversión de tiempo y dinero, de ahí que todo individuo, al igual que hace en toda inversión, trata de vislumbrar si ha de ser fructífera para el futuro. Si alguien lee solamente novelas, conocerá una mezcla de verdades y mentiras que posiblemente no le permitirán construir interiormente un esquema cognitivo como el que podrá derivarse del conocimiento de alguna rama de la ciencia. De ahí que, como en todo tipo de actividad, los extremos suelen ser malos. Los “buenos inversores” de tiempo y dinero, en cierta forma temen leer novelas ante la permanente duda de si aquello que leyó era cierto o era sólo una ficción literaria, mientras que encuentran en los libros de ciencia la posibilidad de adquirir conocimientos con bases firmes aunque sólo puedan permitirle una visión limitada de la realidad.
No deben dejarse de lado, sin embargo, las ventajas que ofrece la literatura existente ya que en ella pueden encontrarse las motivaciones que orientarán posteriormente las acciones individuales. “Documentar los errores históricos de «La guerra y la paz» sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui géneris, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte «enajenante», es de constitución anti-brechtiana: sin «ilusión» no hay novela”.
Debido a la influencia que tienen los novelistas en la sociedad, no resulta extraño que hayan sido censurados bajo los sistemas totalitarios. El citado autor agrega: “Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida desconfíen de las ficciones y las sometan a censura. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad”.
La novela histórica por lo general tiende a expresar de una manera fiel los acontecimientos, con el agregado del atractivo que puede asociarle el escritor. Irvin D. Yalom escribió: “He intentado escribir una novela que podría haber ocurrido. Sin apartarme más de lo necesario de los hechos históricos, he abrevado en mi experiencia profesional como psiquiatra para imaginar los mundos interiores de mis protagonistas, Bento Spinoza y Alfred Rosenberg. He inventado dos personajes, Franco Benítez y Friedrich Pfister, para que sirvieran de vías de acceso a la psiquis de mis protagonistas. Todas las escenas que los involucran son, por supuesto, ficción”.
“Prácticamente nada se sabe de la reacción emocional de Spinoza al ser expulsado de su comunidad. Mi descripción de su reacción es completamente ficticia pero, en mi opinión, es una reacción posible ante una separación radical de todos aquellos a los que alguna vez había conocido. Las ciudades y las casas que Spinoza habitó, su trabajo de pulir lentes, su relación con los estudiantes, su amistad con Simon de Vries, sus publicaciones anónimas, su biblioteca, y, finalmente, las circunstancias de su muerte y funeral, todo esto tiene bases en la historia”. “Después de todo, como dijo André Gide: «La historia es ficción que en efecto ocurrió; la ficción es historia que podría haber ocurrido»” (De “El enigma Spinoza”-Emecé-Buenos Aires 2012).
De la misma manera en que el docente resulta ser el intermediario entre el alumno y quien crea el conocimiento, el escritor es el que mejor transmite los hechos políticos al gran público. Este ha sido el caso de los disidentes durante el régimen soviético, capaces de sintetizar en una novela toda una realidad vivida por los prisioneros en un campo de concentración. Vargas Llosa escribió: “Quien lee ahora, por vez primera, «Un día en la vida de Iván Denisovich» queda perplejo. ¿Es posible que este breve relato provocara, al aparecer, en 1962, semejante conmoción? Un cuarto de siglo después nadie ignora la realidad del Gulag y los genocidios de la era Stalin, que el propio Nikita Jruschov denunció en el XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Pero en 1962, innumerables progresistas del mundo entero se resistían todavía a aceptar aquel brutal desmentido de la quimera del paraíso socialista. El discurso de Jruschov era negado, atribuido a maniobras del imperialismo y sus agentes. En estas circunstancias, A. Tvardovski, con autorización del propio Jruschov, publicó en «Novy Mir» el texto que daría a conocer al mundo a Alexandr Solzhenitsin y marcaría el inicio de su carrera literaria”.
“El relato es, desde el punto de vista formal, de un realismo riguroso que no se toma jamás la menor libertad respecto a la experiencia vivida, muy en línea de lo que fue siempre la gran tradición literaria rusa. Y está impregnado, además, como una novela de Tolstoi, de Dostoievski o de Gorki, de indignación moral por el sufrimiento que causa la injusticia humana. ¿Puede este sentimiento llamarse «socialista»? Sí, sin duda. Una actitud ética y solidaria del pobre y de la víctima, del que por una u otra razón queda al margen o atrás o derrotado en la vida, es la última bandera enhiesta de una doctrina que ha debido arriar, una tras otra, todas las demás, luego de comprobar que el colectivismo conducía a la dictadura en vez de a la libertad y el estatismo planificado y centralista traía, en lugar de progreso, estancamiento y miseria. Por esos extraños pases de prestidigitación que tiene a menudo la existencia, Alexandr Solzhenitsin, el más feroz impugnador del sistema que crearon Lenin y Stalin, podría ser, sí, el último escritor realista socialista”.
La sociedad colectivista quedó plasmada en “1984”, novela aparecida en 1949. Christiane Zschirnt escribió: “El Gran Hermano de Orwell es la autoridad del totalitarismo, que no puede ser vista pero que controla todo. Es el fantasma del control oculto, el espíritu del miedo omnipresente y el demonio de la policía secreta, que aparece a las cuatro de la madrugada en la puerta de la casa para llevarte a la cámara de torturas o al campo de trabajos forzados”. “El gobierno controla a la población mediante vigilancia constante, la manipulación y el lavado de cerebro. Se habla el lenguaje propagandístico Newspeak («neolengua»), en el que los significados originarios devienen en su contrario o son embellecidos…”.
“El gobierno opera con ayuda de sus cuatro ministerios: el de la paz (que se ocupa de la guerra), el del amor (encargado de mantener la ley y el orden), el de la abundancia (competente para los asuntos de la arruinada economía) y el de la verdad (que se dedica a producir las noticias, el entretenimiento y el arte). El Estado espía a sus ciudadanos en todas partes, tergiversa la verdad y falsea la historia” (De “Libros. Todo lo que hay que leer”-Punto de Lectura SL-Madrid 2006).
Resulta llamativo que el propio Orwell, capaz de describir en detalles los defectos de los sistemas colectivistas, haya incluso intervenido en la Guerra Civil Española a favor del bando que habría de profundizar, en caso de vencer, un sistema similar al soviético. En realidad, se trata de una actitud bastante generalizada y que incluye prácticamente a todo el espectro político de izquierda, por cuanto promueve la estatización de los medios de producción y la concentración de poder en el Estado ante la ingenua suposición de que va a ser dirigido por “gente honesta”. En caso de acertar con la ilusión, se logrará un sistema carcelario y mediocre, mientras que en caso de caer en manos de algún dictador, conducirá a una catástrofe social como las ocurridas en varios países. Mario Vargas Llosa escribe al respecto: “El uso tendencioso que las fuerzas políticas conservadoras hicieron, durante la guerra fría, de las ficciones antitotalitarias de George Orwell –«Animal Farm» y «1984»- ha distorsionado la imagen de este escritor, al extremo de que muchos ignoran, hoy, que fue un severísimo crítico de la Unión Soviética y el comunismo, no en nombre del statu quo, sino de una revolución socialista que él creía compatible con la democracia y la libertad, y el único sistema capaz de dar a estos valores un contenido real y compartido por todos los miembros de la sociedad. Ignoran también, que el combatiente voluntario de la República española contra la sublevación franquista, al mismo tiempo que denunciaba los crímenes y la represión en el régimen de Stalin, era un crítico implacable del sistema capitalista y del imperialismo…”.
jueves, 12 de febrero de 2015
Fe sobrenatural vs. razón natural
Ante la evidente crisis moral que afecta a las sociedades actuales, se advierte que la religión tradicional, basada en la fe en lo sobrenatural, no resulta suficiente para revertir la situación. De ahí que sea necesario fortalecerla, no reemplazarla ni destruirla, mediante la religión natural, como un conjunto de ideas y de conocimientos que llega a conclusiones similares con la ventaja de ser accesible a una cantidad de personas bastante mayor. En definitiva, la religión de la fe se sintetiza en unos pocos mandamientos éticos, accesibles a nuestras decisiones, que pueden también ser sugeridos por una religión basada en lo evidente, incluso en aquello que puede ser verificado bajo experimentación.
De la misma forma en que el médico que no puede sanar a un paciente debe aceptar que otro pueda hacerlo, siempre y cuando lo esencial para él sea la vida del enfermo, la institución religiosa que no pueda llegar a la sociedad para mejorar su condición moral, tampoco debe oponerse a que otras lo hagan, siempre y cuando la “salud espiritual” de la población sea para ella lo más importante.
Ante padecimientos originados por enfermedades incurables, accidentes o violencia urbana, se advierte que el sacerdote, pastor o rabino, en lugar de dedicarse a aliviar el dolor de quien sufre, se preocupa por defender la postura filosófica predominante en su religión, casi como si se tratara de un partido político en el cual no se cede fácilmente ante las críticas de los rivales. Harold Kushner escribió: “Es posible que el objeto de la mayoría de las respuestas religiosas no sea tanto aliviar el dolor de la persona sufriente sino defender y justificar a Dios, para persuadirnos de que lo malo es en realidad bueno, de que nuestra aparente desgracia sirve a los designios más grandes de Dios”. “Los libros a los cuales recurrí se ocupaban más de defender el honor de Dios, con pruebas lógicas de que lo malo es en realidad bueno y de que el mal es necesario para que este mundo sea bueno, que de calmar la preocupación y angustia del padre de un niño moribundo. Tenían respuestas para todas sus preguntas, pero ninguna para las mías”.
La religión tradicional de la fe, que supone la existencia de lo sobrenatural, se basa esencialmente en la creencia en un Dios que interviene en los acontecimientos humanos interrumpiendo las leyes naturales, es decir, como si los milagros se sucedieran en forma continua y permanente. Esta visión lleva a serias contradicciones lógicas que hace que sus promotores, para sostenerla, deban recurrir a inverosímiles recursos. Por el contrario, la religión de la razón, al rechazar lo ilógico y lo incoherente, supone que Dios no interviene en los acontecimientos humanos, sino que existen leyes naturales invariantes que deben ser respetadas por el hombre buscando adaptarse a las mismas.
Ante el acontecimiento inesperado, que no respeta méritos ni afiliaciones previas, pueden surgir actitudes de rebeldía contra el Dios, ya que, supuestamente, interviene en los acontecimientos cotidianos pudiendo por lo tanto haber evitado fácilmente alguna tragedia. Jorge Luis Borges escribió: “Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones…”.
Si tenemos presente la existencia de un mundo regido por leyes naturales, seguramente trataremos de proteger nuestra vida contemplando esa realidad. Por el contrario, quienes suponen que al adoptar una actitud cooperativa hacia los demás estarán exentos de sufrimientos ante la correspondiente protección de Dios, estarán expuestos, no sólo a un exceso de confianza que podrá perjudicarlos, sino a una gran desazón al advertir que el sufrimiento puede ser padecido aun cuando nuestra conducta sea la mejor. Harold Kushner, cuyo hijo padeció una enfermedad incurable, agrega: “Creía que estaba siguiendo los designios de Dios y haciendo Su trabajo. ¿Cómo era posible que le estuviera sucediendo eso a mi familia? Si Dios existía, si era mínimamente justo y, más aún, afectuoso e indulgente, ¿cómo era posible que me hiciera eso?” (De “Cuando la gente buena sufre”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1994).
Si consideramos al sufrimiento como una consecuencia de nuestra desadaptación al orden natural, podremos encontrar un alivio a nuestro dolor estableciendo vínculos afectivos adicionales con personas del medio social, además de las ya existentes en el propio medio familiar. Posiblemente allí encontremos el milagro que antes no sucedió. “El milagro puede ser que la fe de la comunidad sobreviva aún después de comprobar que en este mundo los niños inocentes enferman y mueren. Cuando vemos que gente débil se vuelve fuerte, que gente tímida se vuelve valiente y que gente egoísta se vuelve generosa, sabemos que estamos presenciando un milagro. Yo he visto esos milagros (muchos de ellos me sucedieron a mí). Sospecho que todos los hemos visto”.
Si bien el título del presente escrito muestra un posible antagonismo entre fe y razón, no siempre es así. Por lo general el partidario de la religión tradicional descalifica y rechaza la religión natural, mientras que los partidarios de esta última concentran sus pensamientos y sus esfuerzos en lograr la mejor descripción del mundo real priorizando la obra de Dios y sus leyes a las creencias subjetivas que los hombres podamos tener al respecto. En el Concilio Vaticano I, se manifestó: “Y no sólo no pueden jamás disentir entre sí la fe y la razón, sino que además se prestan mutua ayuda, como quiera que la recta razón demuestra los fundamentos de la ley y, por la luz de ésta, ilustrada, cultiva la ciencia de las cosas divinas; y la fe, por su parte, libra y defiende a la razón de los errores, «la provee de múltiples conocimientos»” (Citado en “Le destronaron” de M. Marcel Lefebvre-Ediciones San Pío X-Buenos Aires 1987).
Entre los intentos por compatibilizar el cristianismo con los conocimientos aceptados en el ámbito de la ciencia experimental, aparece la postura de Pierre Teilhard de Chardin, quien advierte que no sólo existe la evolución y adaptación biológica, sino también una tendencia general que involucra la evolución desde la materia a la vida hasta llegar a la vida inteligente. El citado autor escribió: “La Materia, abandonada a sí misma durante mucho tiempo bajo el juego prolongado y universal de los azares, manifiesta la propiedad de disponerse en grupos cada vez más complejos y, al mismo tiempo, cada vez más revestidos de conciencia; este doble movimiento conjugado de enrollamiento físico e interiorización psíquica continúa, se acelera y se extiende hasta el máximo posible, una vez iniciado”.
“Hasta ahora, en el Hombre sólo hemos considerado el edificio individual: el cuerpo con sus mil billones de células, y sobre todo el cerebro, con sus [cien] mil millones de núcleos nerviosos. Pero el Hombre, al mismo tiempo que un individuo centrado respecto de sí mismo (es decir, una «persona»), ¿no representa un elemento con relación a una síntesis nueva, y mucho más elevada? –conocemos los átomos, suma de núcleos y de electrones; las moléculas, suma de átomos; las células, suma de moléculas…-. ¿No habrá por delante de nosotros una Humanidad en formación, suma de personas organizadas?”.
“Se le ha reprochado a esta «filosofía» que no es más que un concordismo generalizado. A esta crítica, el P. Teilhard responde que conviene no confundir concordismo y coherencia. Religión y Ciencia representan evidentemente, en la esfera mental, dos meridianos diferentes que sería falso no separar (error concordista). Pero esos meridianos han de encontrarse necesariamente en alguna parte, en un polo de visión común (coherencia): de otro modo, todo se hunde en nosotros en el terreno del pensamiento y del conocimiento” (De “Yo me explico”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1968).
El Punto Omega de Teilhard, o punto de convergencia entre fe y razón, o entre religión y ciencia, habrá de coincidir esencialmente con el Juicio Final, que ha de ser el punto de encuentro entre ambas corrientes del pensamiento, dejando atrás etapas en que desde la fe se pretendía controlar a la razón o desde ésta someter aquélla. Este punto de encuentro implicará mirar hacia la ley natural bajo “una perspectiva de eternidad” en lugar de mirar solamente a los Libros Sagrados bajo la perspectiva que da la tradición y la fe. Tal punto de encuentro ha de implicar tanto lo afectivo como lo cognitivo, exaltando al amor junto a la verdad, siendo la verdad el vehículo que transporta al amor. Ambas son imprescindibles y podemos imaginar una humanidad que no solamente se vuelca hacia una actitud cooperativa, sino también hacia una actitud contemplativa en respuesta a la conciencia creciente que ha de implicar tal acontecimiento.
La etapa de surgimiento pleno de lo espiritual será la resultante del cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo, constituyendo una comunidad de individuos conscientes de tu tarea de adaptación cultural al orden natural en contraste con un agrupamiento de hombres-masa que delegan su libertad ante el tirano que gobierna el Estado totalitario.
Gran parte de los religiosos han desviado su camino creyendo que la lucha esencial no es entre el Bien y el Mal, sino entre fe y razón. De la misma manera en que no existe un vínculo evidente entre virtud y nivel económico, tampoco existe una relación evidente entre virtud y actitud filosófica adoptada en tales cuestiones. Teilhard escribió: “Lo sobrenatural es un fermento, un alma, no un organismo completo. Viene a transformar «la naturaleza»; pero no puede prescindir de la materia que ésta le ofrece”. “La espera del Cielo no puede existir más que si se encarna. ¿Qué cuerpo podremos darle a nuestra espera de hoy?”.
“En el mundo no puede haber dos cimas, como en un círculo no caben dos centros. El Astro que el mundo espera, sin saber todavía pronunciar su nombre, sin apreciar exactamente su auténtica trascendencia, sin poder siquiera distinguir los más espirituales, los más divinos de sus rayos, es por fuerza el mismo Cristo que esperamos nosotros. Para desear la Parusía basta con que dejemos que lata en nosotros, cristianizándolo, el propio corazón de la Tierra” (De “El medio divino”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1965).
El punto de encuentro entre ciencia y religión también implicará la transición definitiva desde una religión subjetiva, basada en la fe y en razonamientos derivados de la lectura de los Libros Sagrados, a una religión objetiva, basada en evidencias y en razonamientos establecidos a partir de la observación directa de la ley natural.
De la misma forma en que el médico que no puede sanar a un paciente debe aceptar que otro pueda hacerlo, siempre y cuando lo esencial para él sea la vida del enfermo, la institución religiosa que no pueda llegar a la sociedad para mejorar su condición moral, tampoco debe oponerse a que otras lo hagan, siempre y cuando la “salud espiritual” de la población sea para ella lo más importante.
Ante padecimientos originados por enfermedades incurables, accidentes o violencia urbana, se advierte que el sacerdote, pastor o rabino, en lugar de dedicarse a aliviar el dolor de quien sufre, se preocupa por defender la postura filosófica predominante en su religión, casi como si se tratara de un partido político en el cual no se cede fácilmente ante las críticas de los rivales. Harold Kushner escribió: “Es posible que el objeto de la mayoría de las respuestas religiosas no sea tanto aliviar el dolor de la persona sufriente sino defender y justificar a Dios, para persuadirnos de que lo malo es en realidad bueno, de que nuestra aparente desgracia sirve a los designios más grandes de Dios”. “Los libros a los cuales recurrí se ocupaban más de defender el honor de Dios, con pruebas lógicas de que lo malo es en realidad bueno y de que el mal es necesario para que este mundo sea bueno, que de calmar la preocupación y angustia del padre de un niño moribundo. Tenían respuestas para todas sus preguntas, pero ninguna para las mías”.
La religión tradicional de la fe, que supone la existencia de lo sobrenatural, se basa esencialmente en la creencia en un Dios que interviene en los acontecimientos humanos interrumpiendo las leyes naturales, es decir, como si los milagros se sucedieran en forma continua y permanente. Esta visión lleva a serias contradicciones lógicas que hace que sus promotores, para sostenerla, deban recurrir a inverosímiles recursos. Por el contrario, la religión de la razón, al rechazar lo ilógico y lo incoherente, supone que Dios no interviene en los acontecimientos humanos, sino que existen leyes naturales invariantes que deben ser respetadas por el hombre buscando adaptarse a las mismas.
Ante el acontecimiento inesperado, que no respeta méritos ni afiliaciones previas, pueden surgir actitudes de rebeldía contra el Dios, ya que, supuestamente, interviene en los acontecimientos cotidianos pudiendo por lo tanto haber evitado fácilmente alguna tragedia. Jorge Luis Borges escribió: “Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones…”.
Si tenemos presente la existencia de un mundo regido por leyes naturales, seguramente trataremos de proteger nuestra vida contemplando esa realidad. Por el contrario, quienes suponen que al adoptar una actitud cooperativa hacia los demás estarán exentos de sufrimientos ante la correspondiente protección de Dios, estarán expuestos, no sólo a un exceso de confianza que podrá perjudicarlos, sino a una gran desazón al advertir que el sufrimiento puede ser padecido aun cuando nuestra conducta sea la mejor. Harold Kushner, cuyo hijo padeció una enfermedad incurable, agrega: “Creía que estaba siguiendo los designios de Dios y haciendo Su trabajo. ¿Cómo era posible que le estuviera sucediendo eso a mi familia? Si Dios existía, si era mínimamente justo y, más aún, afectuoso e indulgente, ¿cómo era posible que me hiciera eso?” (De “Cuando la gente buena sufre”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1994).
Si consideramos al sufrimiento como una consecuencia de nuestra desadaptación al orden natural, podremos encontrar un alivio a nuestro dolor estableciendo vínculos afectivos adicionales con personas del medio social, además de las ya existentes en el propio medio familiar. Posiblemente allí encontremos el milagro que antes no sucedió. “El milagro puede ser que la fe de la comunidad sobreviva aún después de comprobar que en este mundo los niños inocentes enferman y mueren. Cuando vemos que gente débil se vuelve fuerte, que gente tímida se vuelve valiente y que gente egoísta se vuelve generosa, sabemos que estamos presenciando un milagro. Yo he visto esos milagros (muchos de ellos me sucedieron a mí). Sospecho que todos los hemos visto”.
Si bien el título del presente escrito muestra un posible antagonismo entre fe y razón, no siempre es así. Por lo general el partidario de la religión tradicional descalifica y rechaza la religión natural, mientras que los partidarios de esta última concentran sus pensamientos y sus esfuerzos en lograr la mejor descripción del mundo real priorizando la obra de Dios y sus leyes a las creencias subjetivas que los hombres podamos tener al respecto. En el Concilio Vaticano I, se manifestó: “Y no sólo no pueden jamás disentir entre sí la fe y la razón, sino que además se prestan mutua ayuda, como quiera que la recta razón demuestra los fundamentos de la ley y, por la luz de ésta, ilustrada, cultiva la ciencia de las cosas divinas; y la fe, por su parte, libra y defiende a la razón de los errores, «la provee de múltiples conocimientos»” (Citado en “Le destronaron” de M. Marcel Lefebvre-Ediciones San Pío X-Buenos Aires 1987).
Entre los intentos por compatibilizar el cristianismo con los conocimientos aceptados en el ámbito de la ciencia experimental, aparece la postura de Pierre Teilhard de Chardin, quien advierte que no sólo existe la evolución y adaptación biológica, sino también una tendencia general que involucra la evolución desde la materia a la vida hasta llegar a la vida inteligente. El citado autor escribió: “La Materia, abandonada a sí misma durante mucho tiempo bajo el juego prolongado y universal de los azares, manifiesta la propiedad de disponerse en grupos cada vez más complejos y, al mismo tiempo, cada vez más revestidos de conciencia; este doble movimiento conjugado de enrollamiento físico e interiorización psíquica continúa, se acelera y se extiende hasta el máximo posible, una vez iniciado”.
“Hasta ahora, en el Hombre sólo hemos considerado el edificio individual: el cuerpo con sus mil billones de células, y sobre todo el cerebro, con sus [cien] mil millones de núcleos nerviosos. Pero el Hombre, al mismo tiempo que un individuo centrado respecto de sí mismo (es decir, una «persona»), ¿no representa un elemento con relación a una síntesis nueva, y mucho más elevada? –conocemos los átomos, suma de núcleos y de electrones; las moléculas, suma de átomos; las células, suma de moléculas…-. ¿No habrá por delante de nosotros una Humanidad en formación, suma de personas organizadas?”.
“Se le ha reprochado a esta «filosofía» que no es más que un concordismo generalizado. A esta crítica, el P. Teilhard responde que conviene no confundir concordismo y coherencia. Religión y Ciencia representan evidentemente, en la esfera mental, dos meridianos diferentes que sería falso no separar (error concordista). Pero esos meridianos han de encontrarse necesariamente en alguna parte, en un polo de visión común (coherencia): de otro modo, todo se hunde en nosotros en el terreno del pensamiento y del conocimiento” (De “Yo me explico”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1968).
El Punto Omega de Teilhard, o punto de convergencia entre fe y razón, o entre religión y ciencia, habrá de coincidir esencialmente con el Juicio Final, que ha de ser el punto de encuentro entre ambas corrientes del pensamiento, dejando atrás etapas en que desde la fe se pretendía controlar a la razón o desde ésta someter aquélla. Este punto de encuentro implicará mirar hacia la ley natural bajo “una perspectiva de eternidad” en lugar de mirar solamente a los Libros Sagrados bajo la perspectiva que da la tradición y la fe. Tal punto de encuentro ha de implicar tanto lo afectivo como lo cognitivo, exaltando al amor junto a la verdad, siendo la verdad el vehículo que transporta al amor. Ambas son imprescindibles y podemos imaginar una humanidad que no solamente se vuelca hacia una actitud cooperativa, sino también hacia una actitud contemplativa en respuesta a la conciencia creciente que ha de implicar tal acontecimiento.
La etapa de surgimiento pleno de lo espiritual será la resultante del cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo, constituyendo una comunidad de individuos conscientes de tu tarea de adaptación cultural al orden natural en contraste con un agrupamiento de hombres-masa que delegan su libertad ante el tirano que gobierna el Estado totalitario.
Gran parte de los religiosos han desviado su camino creyendo que la lucha esencial no es entre el Bien y el Mal, sino entre fe y razón. De la misma manera en que no existe un vínculo evidente entre virtud y nivel económico, tampoco existe una relación evidente entre virtud y actitud filosófica adoptada en tales cuestiones. Teilhard escribió: “Lo sobrenatural es un fermento, un alma, no un organismo completo. Viene a transformar «la naturaleza»; pero no puede prescindir de la materia que ésta le ofrece”. “La espera del Cielo no puede existir más que si se encarna. ¿Qué cuerpo podremos darle a nuestra espera de hoy?”.
“En el mundo no puede haber dos cimas, como en un círculo no caben dos centros. El Astro que el mundo espera, sin saber todavía pronunciar su nombre, sin apreciar exactamente su auténtica trascendencia, sin poder siquiera distinguir los más espirituales, los más divinos de sus rayos, es por fuerza el mismo Cristo que esperamos nosotros. Para desear la Parusía basta con que dejemos que lata en nosotros, cristianizándolo, el propio corazón de la Tierra” (De “El medio divino”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1965).
El punto de encuentro entre ciencia y religión también implicará la transición definitiva desde una religión subjetiva, basada en la fe y en razonamientos derivados de la lectura de los Libros Sagrados, a una religión objetiva, basada en evidencias y en razonamientos establecidos a partir de la observación directa de la ley natural.
lunes, 9 de febrero de 2015
La complicidad de los tibios y de los imparciales
De la misma manera en que el fanatismo por alguna bandería política resulta negativo por cuanto se renuncia a rechazar acciones y actitudes erróneas, el éxito de sectores mal intencionados requiere también de la actitud pasiva de aquellos que se jactan por mostrar cierta imparcialidad negándose a distinguir entre quienes actúan bajo intenciones nefastas y quienes no. Para el imparcial sólo existen dos bandos en disputa, sin hacer distingo entre quien empezó un conflicto o quien está más cerca de lo ético. J. F. Castelli escribió: “Cuando se sabe que la justicia está de una parte, es indecoroso mantenerse neutral”.
Quien responde con cierta vehemencia ante una injusticia, es calificado por el neutral como el único culpable, mientras que quien inició el conflicto queda encubierto bajo la vistosa reacción. Durante una entrevista efectuada al escritor Ernesto Sabato, el interlocutor comenta que algunos lo consideran una “persona violenta”, respondiendo que no lo es, sino que “cuando se me ataca con munición gruesa, respondo de la misma forma”. Pedro Calderón de la Barca escribió: “Si la neutralidad sigo, a andar solo me condeno, porque el neutral nunca es bueno para amigo ni enemigo”.
El caso más ilustrativo de esta actitud fue la reacción desmedida con la que Zidane responde al agravio personal por parte de un jugador italiano, en la final del Mundial de Fútbol de 2010. En ese caso, debe decirse que “violento” es el que inicia el conflicto con la agresión verbal, mientras que la victima de tal agresión es quien responde exageradamente, sin que por ello se lo deba considerar una persona violenta. Si no se tiene en cuenta este aspecto, como lo hace el observador “imparcial”, se advierte erróneamente la situación como que “una persona violenta aplica un cabezazo a una persona pacífica y normal”.
Durante la final del 78, un jugador holandés, que hablaba español, en una actitud similar, provoca a Leopoldo J. Luque hablándole sobre su hermano recientemente fallecido, buscando una reacción fuerte para que fuera luego expulsado. Esta vez, el jugador argentino adopta una actitud distinta a la de Zidane. En lugar de tener como objetivo el triunfo argentino, agregó otro objetivo adicional: que perdiera Holanda, quedando doblemente motivado para la lucha deportiva.
La reacción inmediata, o en el corto plazo, puede muchas veces impedir la violencia posterior, mientras que en el largo plazo ya no puede considerarse reacción, sino venganza, con lo que comienza una violencia que no tiene fin. En ello se observa la delgada línea que divide el bien del mal. Morris West escribió: “En un momento crítico, los hombres y las mujeres buscan instintivamente soluciones pragmáticas: el juego de poder de la diplomacia y la presión económica. Cuando estos recursos fracasan, el método siguiente e inevitable es la represalia: la respuesta violenta ante el acto violento. Tan pronto se da ese paso, el resto del escenario es inevitable. Una muerte determina otra, y la violencia se agrava en una curva exponencial por referencia a las dimensiones de una amenaza global”.
El dilema al que nos enfrentamos casi cotidianamente implica elegir entre dos alternativas igualmente negativas, debiendo optarse por la que nos parece menos mala. “Descubrí que la sencilla pregunta se había convertido en un enigma más complejo y terrorífico que lo que yo había esperado: Si actúo, me convierto en uno de ellos. Si no actúo, llego a ser su esclavo” (De “Desde la cumbre”-Javier Vergara Editor-Buenos Aires 1996).
Bajo el slogan utilizado por religiosos acerca de que “todos somos pecadores”, en cada conflicto existente no se distingue entre culpable e inocente, o entre agresor y agredido, sino que se trata de un conflicto en el cual se enfrentan “dos pecadores”. De esa forma, en lugar de ser la Iglesia una institución que tiende a favorecer el bien, actúa como una encubridora de culpables que tiende a favorecer el mal. Si se le perdonan sistemáticamente las malas acciones a quienes ni siquiera hacen el menor intento por corregirse, se les está induciendo a perseverar en el mal. Tal actitud se admite generalmente en un partido político que busca lograr la mayor cantidad de votos posibles, pero no en instituciones que tienen por finalidad favorecer el bien y desalentar el mal.
Tanto el relativismo moral como el cultural tienden justamente a amparar las actitudes erróneas por cuanto se supone que “no existe el bien ni el mal” en sentido absoluto, ni mucho menos actitudes personales que orienten a los individuos hacia tales tendencias. Mientras que para la Iglesia “somos todos pecadores”, para el relativista moral “nadie es pecador ni nadie es justo” sino que todo depende de las circunstancias, por lo cual se termina absolviendo a quien inicia un conflicto y se culpa a quien reacciona al mismo.
Como generalmente se considera violento y culpable al que habla en voz alta, hay gente que trata de hablar en forma suave y pausada simulando una actitud noble y pacífica, aunque a la vez esté inoculando veneno e ironía a través de sutiles mensajes, mientras que quien los recibe se verá presionado a responder como una persona mal educada.
Las palabras sirven muchas veces para enmascarar actitudes y para poner a todos en un mismo nivel, tal es el caso del que ataca primero con las mismas palabras que luego ha de recibir con justicia por sus acciones deshonestas. Este cinismo aparece en las sugerencias de Joseph Goebbels: “Transponer al adversario todo aquello de lo que puedan acusar a uno. Ganarles de mano”.
También en el caso del terrorismo se adopta cierta imparcialidad al no distinguir claramente entre agresor y agredido. Gustavo D. Perednik escribió: “Adolfo Pérez Esquivel encabezó una solicitada del 21 de septiembre de 2001, fecha en la que……correspondía solidarizarse con el pueblo norteamericano, que había sido objeto de una feroz agresión. Por el contrario, la mentada solicitada explicaba que la respuesta a «un ataque demencial no puede ser el terrorismo de Estado contra los pueblos». Es decir, que si EEUU lanzaba una operación contra Afganistán, en donde se refugiaba Bin Laden, sería ipso facto terrorista. En cuanto a Bin Laden, bueno, fue sólo «demencial». El mismísimo adjetivo pareciera condonar el crimen. Habrá que pedir que Osama sea internado en un psiquiátrico, pero a Bush hay que castigarlo por cómo iba a responder” (De “Matar sin que se note”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2009).
En la Argentina se da el caso de que hombres nacidos en este suelo simpatizan con Estados que provocaron atentados terroristas en su propia patria, como es el caso de Irán. Llega a tanto el sentido de la “imparcialidad” que tienden a favorecerlos. El citado autor escribió: “D’Elia, junto con el Diputado Mario Cafiero y el sacerdote Luis Farinello, viajaron a Teherán para reunirse con el presidente Ahmadineyad. El 28 de febrero de 2007 le entregaron un documento de apoyo”. “Apoyan explícitamente, de Irán, su plan nuclear”. “Entre los firmantes del documento que dejaron en Teherán, están Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas (la de la otra línea), los cineastas Fernando «Pino» Solanas y Alejandro Fernández, los escritores Osvaldo Bayer y Eduardo Pavlovsky. Con tantas muestras de apoyo, el 30 de agosto de 2007 Irán aceptó, por primera vez, dar una pequeña respuesta sobre la causa AMIA, aunque sea un guiño”.
Los terroristas de los años 70, varios de los cuales forman parte del gobierno nacional, advirtiendo la cantidad dominante de “imparciales” existente en la población, crearon la “ley antiterrorista” mediante la cual se ha de castigar, por ejemplo, al economista que crea “terror” en la población cuando afirma que el dólar va a duplicar su valor en cierto tiempo, y así se lo coloca al mismo nivel de quienes colocaban bombas y cometían secuestros extorsivos y asesinatos.
Entre los factores destructivos del sistema educativo puede mencionarse la tendencia a considerar “igualitariamente” la palabra del alumno a la del docente luego de que surge algún conflicto. Por lo general, algunos alumnos van a la escuela con pocas ganas de hacerlo y tratan de divertirse recurriendo a lo que no está permitido, mientras que los docentes van con otra actitud y otros objetivos, de ahí que resulta inadecuada la postura del directivo imparcial que no presume la culpabilidad de uno ni la inocencia del otro.
Los tibios e imparciales, se consideran justos y equitativos por cuanto nunca toman partido por nada, ni por el bien ni por el mal. Esta actitud favorece el ascenso de políticos totalitarios que tratan de imponer sistemas políticos y económicos que favorecen tan sólo a quienes administran el Estado. Aplicando la sugerencia de Goebbels antes mencionada, se han adjudicado al sistema democrático todos los aspectos y atributos negativos con que, con justicia y verdad, caracterizan al totalitarismo.
Gran parte del problema asociado a nuestra adaptación cultural al orden natural estriba en la resolución del conflicto entre en bien y el mal. Mientras que el bien está asociado a la cooperación y a la actitud del amor, el mal está asociado al odio con la complicidad del egoísmo y de la negligencia. Así, el tibio es el egoísta que carece de empatía suficiente y pretende asimismo pasar por virtuoso encubriendo su indiferencia bajo un falso sentido de la justicia. “La indiferencia es la disposición de quien se halla en estado de completa neutralidad afectiva con respecto a otro o a los demás en general; en particular, que es insensible a lo que de feliz o desgraciado acontezca a sus semejantes” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).
También los indiferentes tratan de esconder su egoísmo a través de una sobreactuación o exageración afectiva. E. Mounier escribió: “Los emotivos-activos-primarios engañan con la cordialidad que a los cuatro vientos distribuyen: su egoísmo de «buen chico» es una confesión de indiferencia: expresa su desprecio en la propia inflación de sus sonrisas” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico”).
El bien y la verdad asociados a la interacción social, se dan simultáneamente, ya que para conocer a alguien debemos necesariamente compartir su actitud y sus afectos. Edgar Alan Poe escribió: “Cuando quiero saber cuán sabio, o cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malvado es alguien, o cuáles son sus pensamientos en ese momento, adecuo la expresión de mi rostro lo más exactamente posible a la expresión del suyo, y luego espero a ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, que se adecuen o correspondan con mi expresión” (De “La carta robada”).
Quien responde con cierta vehemencia ante una injusticia, es calificado por el neutral como el único culpable, mientras que quien inició el conflicto queda encubierto bajo la vistosa reacción. Durante una entrevista efectuada al escritor Ernesto Sabato, el interlocutor comenta que algunos lo consideran una “persona violenta”, respondiendo que no lo es, sino que “cuando se me ataca con munición gruesa, respondo de la misma forma”. Pedro Calderón de la Barca escribió: “Si la neutralidad sigo, a andar solo me condeno, porque el neutral nunca es bueno para amigo ni enemigo”.
El caso más ilustrativo de esta actitud fue la reacción desmedida con la que Zidane responde al agravio personal por parte de un jugador italiano, en la final del Mundial de Fútbol de 2010. En ese caso, debe decirse que “violento” es el que inicia el conflicto con la agresión verbal, mientras que la victima de tal agresión es quien responde exageradamente, sin que por ello se lo deba considerar una persona violenta. Si no se tiene en cuenta este aspecto, como lo hace el observador “imparcial”, se advierte erróneamente la situación como que “una persona violenta aplica un cabezazo a una persona pacífica y normal”.
Durante la final del 78, un jugador holandés, que hablaba español, en una actitud similar, provoca a Leopoldo J. Luque hablándole sobre su hermano recientemente fallecido, buscando una reacción fuerte para que fuera luego expulsado. Esta vez, el jugador argentino adopta una actitud distinta a la de Zidane. En lugar de tener como objetivo el triunfo argentino, agregó otro objetivo adicional: que perdiera Holanda, quedando doblemente motivado para la lucha deportiva.
La reacción inmediata, o en el corto plazo, puede muchas veces impedir la violencia posterior, mientras que en el largo plazo ya no puede considerarse reacción, sino venganza, con lo que comienza una violencia que no tiene fin. En ello se observa la delgada línea que divide el bien del mal. Morris West escribió: “En un momento crítico, los hombres y las mujeres buscan instintivamente soluciones pragmáticas: el juego de poder de la diplomacia y la presión económica. Cuando estos recursos fracasan, el método siguiente e inevitable es la represalia: la respuesta violenta ante el acto violento. Tan pronto se da ese paso, el resto del escenario es inevitable. Una muerte determina otra, y la violencia se agrava en una curva exponencial por referencia a las dimensiones de una amenaza global”.
El dilema al que nos enfrentamos casi cotidianamente implica elegir entre dos alternativas igualmente negativas, debiendo optarse por la que nos parece menos mala. “Descubrí que la sencilla pregunta se había convertido en un enigma más complejo y terrorífico que lo que yo había esperado: Si actúo, me convierto en uno de ellos. Si no actúo, llego a ser su esclavo” (De “Desde la cumbre”-Javier Vergara Editor-Buenos Aires 1996).
Bajo el slogan utilizado por religiosos acerca de que “todos somos pecadores”, en cada conflicto existente no se distingue entre culpable e inocente, o entre agresor y agredido, sino que se trata de un conflicto en el cual se enfrentan “dos pecadores”. De esa forma, en lugar de ser la Iglesia una institución que tiende a favorecer el bien, actúa como una encubridora de culpables que tiende a favorecer el mal. Si se le perdonan sistemáticamente las malas acciones a quienes ni siquiera hacen el menor intento por corregirse, se les está induciendo a perseverar en el mal. Tal actitud se admite generalmente en un partido político que busca lograr la mayor cantidad de votos posibles, pero no en instituciones que tienen por finalidad favorecer el bien y desalentar el mal.
Tanto el relativismo moral como el cultural tienden justamente a amparar las actitudes erróneas por cuanto se supone que “no existe el bien ni el mal” en sentido absoluto, ni mucho menos actitudes personales que orienten a los individuos hacia tales tendencias. Mientras que para la Iglesia “somos todos pecadores”, para el relativista moral “nadie es pecador ni nadie es justo” sino que todo depende de las circunstancias, por lo cual se termina absolviendo a quien inicia un conflicto y se culpa a quien reacciona al mismo.
Como generalmente se considera violento y culpable al que habla en voz alta, hay gente que trata de hablar en forma suave y pausada simulando una actitud noble y pacífica, aunque a la vez esté inoculando veneno e ironía a través de sutiles mensajes, mientras que quien los recibe se verá presionado a responder como una persona mal educada.
Las palabras sirven muchas veces para enmascarar actitudes y para poner a todos en un mismo nivel, tal es el caso del que ataca primero con las mismas palabras que luego ha de recibir con justicia por sus acciones deshonestas. Este cinismo aparece en las sugerencias de Joseph Goebbels: “Transponer al adversario todo aquello de lo que puedan acusar a uno. Ganarles de mano”.
También en el caso del terrorismo se adopta cierta imparcialidad al no distinguir claramente entre agresor y agredido. Gustavo D. Perednik escribió: “Adolfo Pérez Esquivel encabezó una solicitada del 21 de septiembre de 2001, fecha en la que……correspondía solidarizarse con el pueblo norteamericano, que había sido objeto de una feroz agresión. Por el contrario, la mentada solicitada explicaba que la respuesta a «un ataque demencial no puede ser el terrorismo de Estado contra los pueblos». Es decir, que si EEUU lanzaba una operación contra Afganistán, en donde se refugiaba Bin Laden, sería ipso facto terrorista. En cuanto a Bin Laden, bueno, fue sólo «demencial». El mismísimo adjetivo pareciera condonar el crimen. Habrá que pedir que Osama sea internado en un psiquiátrico, pero a Bush hay que castigarlo por cómo iba a responder” (De “Matar sin que se note”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2009).
En la Argentina se da el caso de que hombres nacidos en este suelo simpatizan con Estados que provocaron atentados terroristas en su propia patria, como es el caso de Irán. Llega a tanto el sentido de la “imparcialidad” que tienden a favorecerlos. El citado autor escribió: “D’Elia, junto con el Diputado Mario Cafiero y el sacerdote Luis Farinello, viajaron a Teherán para reunirse con el presidente Ahmadineyad. El 28 de febrero de 2007 le entregaron un documento de apoyo”. “Apoyan explícitamente, de Irán, su plan nuclear”. “Entre los firmantes del documento que dejaron en Teherán, están Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas (la de la otra línea), los cineastas Fernando «Pino» Solanas y Alejandro Fernández, los escritores Osvaldo Bayer y Eduardo Pavlovsky. Con tantas muestras de apoyo, el 30 de agosto de 2007 Irán aceptó, por primera vez, dar una pequeña respuesta sobre la causa AMIA, aunque sea un guiño”.
Los terroristas de los años 70, varios de los cuales forman parte del gobierno nacional, advirtiendo la cantidad dominante de “imparciales” existente en la población, crearon la “ley antiterrorista” mediante la cual se ha de castigar, por ejemplo, al economista que crea “terror” en la población cuando afirma que el dólar va a duplicar su valor en cierto tiempo, y así se lo coloca al mismo nivel de quienes colocaban bombas y cometían secuestros extorsivos y asesinatos.
Entre los factores destructivos del sistema educativo puede mencionarse la tendencia a considerar “igualitariamente” la palabra del alumno a la del docente luego de que surge algún conflicto. Por lo general, algunos alumnos van a la escuela con pocas ganas de hacerlo y tratan de divertirse recurriendo a lo que no está permitido, mientras que los docentes van con otra actitud y otros objetivos, de ahí que resulta inadecuada la postura del directivo imparcial que no presume la culpabilidad de uno ni la inocencia del otro.
Los tibios e imparciales, se consideran justos y equitativos por cuanto nunca toman partido por nada, ni por el bien ni por el mal. Esta actitud favorece el ascenso de políticos totalitarios que tratan de imponer sistemas políticos y económicos que favorecen tan sólo a quienes administran el Estado. Aplicando la sugerencia de Goebbels antes mencionada, se han adjudicado al sistema democrático todos los aspectos y atributos negativos con que, con justicia y verdad, caracterizan al totalitarismo.
Gran parte del problema asociado a nuestra adaptación cultural al orden natural estriba en la resolución del conflicto entre en bien y el mal. Mientras que el bien está asociado a la cooperación y a la actitud del amor, el mal está asociado al odio con la complicidad del egoísmo y de la negligencia. Así, el tibio es el egoísta que carece de empatía suficiente y pretende asimismo pasar por virtuoso encubriendo su indiferencia bajo un falso sentido de la justicia. “La indiferencia es la disposición de quien se halla en estado de completa neutralidad afectiva con respecto a otro o a los demás en general; en particular, que es insensible a lo que de feliz o desgraciado acontezca a sus semejantes” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).
También los indiferentes tratan de esconder su egoísmo a través de una sobreactuación o exageración afectiva. E. Mounier escribió: “Los emotivos-activos-primarios engañan con la cordialidad que a los cuatro vientos distribuyen: su egoísmo de «buen chico» es una confesión de indiferencia: expresa su desprecio en la propia inflación de sus sonrisas” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico”).
El bien y la verdad asociados a la interacción social, se dan simultáneamente, ya que para conocer a alguien debemos necesariamente compartir su actitud y sus afectos. Edgar Alan Poe escribió: “Cuando quiero saber cuán sabio, o cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malvado es alguien, o cuáles son sus pensamientos en ese momento, adecuo la expresión de mi rostro lo más exactamente posible a la expresión del suyo, y luego espero a ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, que se adecuen o correspondan con mi expresión” (De “La carta robada”).
jueves, 5 de febrero de 2015
Optimismo vs. pesimismo
Respecto de la realidad cotidiana, podemos adoptar tres posturas; la de quienes la ven mejor de lo que es (optimismo), la de quienes la ven tal cual es (realismo) y la de quienes la ven peor de lo que es (pesimismo). La actitud que adoptamos frente a la vida estará ligada a la forma en que observamos la realidad, y dependerá tanto de la realidad como de la opinión que tengamos sobre ella. El pesimista es el que observa con preponderancia la ausencia de lo bueno bajo una especie de daltonismo anímico y moral. “Nunca pensamos en lo que tenemos, sino siempre en lo que nos falta” (Schopenhauer). El optimista, por el contrario, tiende a contagiar a los demás con su permanente búsqueda de la alegría. Baruch de Spinoza escribió: “La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimirlas porque gozamos de ella” (De “Ética”).
Podemos vincular las raíces psicológicas, tanto del capitalismo como del socialismo, a la visión que tengamos de la realidad. Así, quien cree en la bondad y perfectibilidad del hombre, considerará a la libertad como el valor esencial de la vida, mientras que quienes sólo observan maldad e imperfección, abogarán por la existencia de un Estado que limite todo accionar individual. Louis Pauwels escribió: “El pesimista lo es porque ha profetizado que todo irá muy mal. El optimista, porque todo irá muy bien. Lo cierto es que ambos son dos imbéciles; el uno triste; el otro alegre. Y si fueran inteligentes al extremo, lamento tener que decirlo, uno sería Marcuse y el otro Teilhard. Y esto por la perentoria razón de que la inteligencia se malgasta cada vez que pretende ser oráculo antes que instrumento”.
“Sin embargo, siendo la siniestrosis, como su nombre lo indica, una enfermedad de la izquierda (siniestra), este filósofo de lo anticolectivo es marxista. Tal vez para ser fiel al proverbio rumano: «Todo está mal con el mal; pero está peor sin el mal»”.
Además de las actitudes personales que podamos adoptar, existen posturas filosóficas asociadas al orden natural que podemos calificar como pesimistas u optimistas. Así, tenemos a quienes observan un universo sin sentido, sin finalidad, sin presente ni futuro; a esta postura se la denomina “pesimista”. Por otra parte, quienes observan un universo en donde se vislumbra un sentido, o una finalidad, en donde el hombre es considerado un actor importante, se dice que se trata de una postura “optimista”. Todavía siguen vigentes las discusiones acerca de cuál es la postura más cercana al realismo filosófico.
También las actitudes religiosas tienen relación con el optimismo y el pesimismo; el creyente supone la existencia de un mundo bien hecho por Dios, al cual nos debemos adaptar. El ateo supone que el mundo es una trampa y, por lo tanto, debemos transformarlo para adaptarlo a la medida del hombre. El citado autor agrega: “La siniestrosis recubre el espíritu de la época. Se siente angustia, se ve sólo lo peor. Porque ésta es la supermoda, porque así se hace ahora. La conciencia en duelo, porque así se hace ahora, es una conciencia condenada”.
“En lugar de confesar sinceramente: «Ay, ¡ya no valgo nada!», el pervertido abre la boca y grita: «¡Ya no hay nada que valga algo!». El corazón más vil, y que sabe de su falsedad, busca así y todo una justificación. El pervertido se persuade de que su posición es enteramente nueva en un mundo que cambia. Por unos cuantos centavos de lectura sabría que desde hace mucho tiempo ya se ha dicho todo sobre su caso”.
“En su delectación sombría y en la rebelión, este hijo de burgueses se hace vocero, no de la clase trabajadora que él ignora –la cual a su vez lo ignora- sino de su propia capa social en decadencia. En su cólera expresa el dolor agobiador de sentirse pobre en la vida. Bajo la presión de su incultura moral, que lo enceguece sobre las causas de su dolor, se lanza contra la sociedad perversa y la civilización inhumana, y entonces reclama, no mejoras, sino un gran desbarajuste que haga sufrir al mayor número posible de gente aparentemente feliz”.
“Habiendo perdido la alegría, que es un atributo de la relación consigo mismo y con Dios, cualquiera sea nuestra condición en el mundo y la sociedad, él considera que esa condición es el mal absoluto. Dice que quiere la justicia, pero invoca una tiranía que lo libera del tiránico sufrimiento de su fracaso como ser humano. Esperar la ayuda de otros y esperar circunstancias que le ayuden a cambiar, ¡que va! Arruina las circunstancias, pudre a los demás: él no cambia, se agrava” (De “Carta abierta a la gente feliz”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1972).
Puede decirse que el revolucionario es el pesimista terco e intransigente que, en lugar de buscar adaptarse a la sociedad y al orden natural, como toda persona normal, trata de que la sociedad y la naturaleza se adapten a sus preferencias personales. El problema no radica en que existan individuos con tales atributos psicológicos, sino que lo grave es que existan sectores de la sociedad que comparten tales atributos. Friedrich Nietzsche escribió: “Existe un instinto de causalidad que lo impulsa a razonar: fuerza es que alguien tenga la culpa si él se encuentra en situación tan triste. Esta hermosa indignación por sí mismo ya le hace bien. Para un pobre diablo es un verdadero placer poder injuriar. Encuentra aquí una cierta embriaguez de potencia. La queja, el solo hecho de quejarse puede dar a la vida un atractivo que ayuda a soportarla. En toda queja hay una dosis refinada de venganza. El hombre reprocha su malestar, y en ciertos casos hasta su bajeza, como una injusticia, a quienes se encuentran en otras condiciones. Puesto que soy un canalla, tú deberías ser también un canalla. Con esta lógica se hacen las revoluciones” (“El crepúsculo de los ídolos”).
Entre los ataques disimulados a la cultura occidental aparece un llamativo “interés” por el cuidado del medio ambiente. Por lo general, ello no va más allá de las palabras y de los deseos, ya que puede advertirse derroche de energía eléctrica, que contamina adicionalmente el ambiente, en sectores que claman a viva voz por el cuidado ambiental. “Seguramente estoy inquietando a las almas buenas que experimentan un amor sincero por el agua de manantial y los pajaritos. Yo acompaño ese amor; sólo que, buenas almas, no os dejéis engañar. Lo que se quiere es que maldigáis este mundo. El mito de la contaminación os embauca e introduce en vosotros, con el desaliento y el hastío, fermentos de anticivilización. Quieren que lleguéis a un estado de la menor resistencia a la propaganda antioccidental. El abecé de la persuasión guerrera consiste en utilizar a los inocentes y en hacer servir las peores intenciones por los mejores sentimientos”.
Tanto el optimista como el pesimista creen ser realistas, de lo contrario modificarían sus posturas, aunque siempre tiende a predominar el pesimismo por cuanto resulta más fácil destruir que construir, ya que en cuestiones humanas hay varias maneras de destruir y sólo una forma efectiva para construir. Tanto el optimismo como el pesimismo son contagiosos; el primero proviene de la fe o bien de la evidencia de que existe un orden natural benévolo o, al menos, accesible, mientras que el segundo proviene de la ausencia de sentido asociada a las pretensiones de imponer a los demás algún sentido artificial. De ahí que las sociedades, en etapas de severas crisis se arriesgan a caer, no bajo el criterio de la razón, sino detrás del que “grita más fuerte”. Hannah Arendt escribió:
“La fascinación es un fenómeno social, y la fascinación que Hitler ejerció sobre su entorno tiene que ser comprendida atendiendo a quienes le rodeaban. La sociedad se muestra siempre inclinada a aceptar inmediatamente a una persona por lo que pretende ser, de forma que un chiflado que se haga pasar por genio tiene unas ciertas probabilidades de ser creído. En la sociedad moderna, con su característica falta de discernimiento, esta tendencia ha sido reforzada de manera que cualquiera que no sólo posea opiniones, sino que las presente en un tono de convicción inconmovible, no perderá fácilmente su prestigio aunque hayan sido muchas las veces en que se ha demostrado que estaba equivocado. Hitler, que por una experiencia de primera mano conocía el moderno caos de opiniones, descubrió que la inutilidad del examen de las diferentes opiniones y «el convencimiento…, de que todo es un disparate» podían evitarse, adhiriéndose a una de las muchas opiniones corrientes con «inquebrantable firmeza». Esta aterradora arbitrariedad de semejante fanatismo ejerce una gran fascinación en la sociedad, porque durante la reunión social se ve liberada del caos de opiniones que constantemente genera. Sin embargo, este «don» de la fascinación tenía solamente una importancia social…Creer que los éxitos de Hitler estuvieron basados en sus «poderes de fascinación» es totalmente erróneo; con aquella cualidad solamente, jamás hubiera podido ser algo más que una figura destacada en los salones" (De "Los orígenes del totalitarismo"-Aguilar-Buenos Aires 2010).
Mientras que la discriminación racial, que dio origen al nazismo, está siendo superada, persiste todavía la discriminación social impulsada por el marxismo. No existe mayor pesimista que aquel que supone la existencia de razas o de clases que necesariamente han de tener serios defectos morales y que por ello se las debe combatir. Si en el futuro predominara la alegría, la virtud y la felicidad, habría de desaparecer toda una rama del pensamiento político, por cuanto no habría personas pesimistas para sustentarla. Louis Pauwels agrega: “Lo romántico histórico: [Che] Guevara. La ilusión lírica: la Comuna [de París]. La indignación: Mayo [68]. Lo romántico histórico no embellece la historia: la disfraza. La ilusión lírica no galvaniza las energías: las echa a perder. No se opone a una sociedad de indignación. Lo que se le opone es otra sociedad”.
“Lo romántico histórico, la ilusión lírica y la indignación no son valores de civilización, ni en la selva ni bajo las luces de neón. Son valores literarios; y es más aún, propios de la literatura convertida al nihilismo. Desde hace un siglo es esta literatura la que ocupa el campo. Como los que influyen son literatos, nada asombroso es el hecho de que un izquierdismo de sonámbulos falsee situaciones. Esos influyentes enseñaron a los niños de todas las naciones que no hay nada más hermoso que un mito negativo. Les dieron ese sentimiento singular que excita a la rebelión y engendra el amor por las causas perdidas: la pasión de la impotencia”.
Podemos vincular las raíces psicológicas, tanto del capitalismo como del socialismo, a la visión que tengamos de la realidad. Así, quien cree en la bondad y perfectibilidad del hombre, considerará a la libertad como el valor esencial de la vida, mientras que quienes sólo observan maldad e imperfección, abogarán por la existencia de un Estado que limite todo accionar individual. Louis Pauwels escribió: “El pesimista lo es porque ha profetizado que todo irá muy mal. El optimista, porque todo irá muy bien. Lo cierto es que ambos son dos imbéciles; el uno triste; el otro alegre. Y si fueran inteligentes al extremo, lamento tener que decirlo, uno sería Marcuse y el otro Teilhard. Y esto por la perentoria razón de que la inteligencia se malgasta cada vez que pretende ser oráculo antes que instrumento”.
“Sin embargo, siendo la siniestrosis, como su nombre lo indica, una enfermedad de la izquierda (siniestra), este filósofo de lo anticolectivo es marxista. Tal vez para ser fiel al proverbio rumano: «Todo está mal con el mal; pero está peor sin el mal»”.
Además de las actitudes personales que podamos adoptar, existen posturas filosóficas asociadas al orden natural que podemos calificar como pesimistas u optimistas. Así, tenemos a quienes observan un universo sin sentido, sin finalidad, sin presente ni futuro; a esta postura se la denomina “pesimista”. Por otra parte, quienes observan un universo en donde se vislumbra un sentido, o una finalidad, en donde el hombre es considerado un actor importante, se dice que se trata de una postura “optimista”. Todavía siguen vigentes las discusiones acerca de cuál es la postura más cercana al realismo filosófico.
También las actitudes religiosas tienen relación con el optimismo y el pesimismo; el creyente supone la existencia de un mundo bien hecho por Dios, al cual nos debemos adaptar. El ateo supone que el mundo es una trampa y, por lo tanto, debemos transformarlo para adaptarlo a la medida del hombre. El citado autor agrega: “La siniestrosis recubre el espíritu de la época. Se siente angustia, se ve sólo lo peor. Porque ésta es la supermoda, porque así se hace ahora. La conciencia en duelo, porque así se hace ahora, es una conciencia condenada”.
“En lugar de confesar sinceramente: «Ay, ¡ya no valgo nada!», el pervertido abre la boca y grita: «¡Ya no hay nada que valga algo!». El corazón más vil, y que sabe de su falsedad, busca así y todo una justificación. El pervertido se persuade de que su posición es enteramente nueva en un mundo que cambia. Por unos cuantos centavos de lectura sabría que desde hace mucho tiempo ya se ha dicho todo sobre su caso”.
“En su delectación sombría y en la rebelión, este hijo de burgueses se hace vocero, no de la clase trabajadora que él ignora –la cual a su vez lo ignora- sino de su propia capa social en decadencia. En su cólera expresa el dolor agobiador de sentirse pobre en la vida. Bajo la presión de su incultura moral, que lo enceguece sobre las causas de su dolor, se lanza contra la sociedad perversa y la civilización inhumana, y entonces reclama, no mejoras, sino un gran desbarajuste que haga sufrir al mayor número posible de gente aparentemente feliz”.
“Habiendo perdido la alegría, que es un atributo de la relación consigo mismo y con Dios, cualquiera sea nuestra condición en el mundo y la sociedad, él considera que esa condición es el mal absoluto. Dice que quiere la justicia, pero invoca una tiranía que lo libera del tiránico sufrimiento de su fracaso como ser humano. Esperar la ayuda de otros y esperar circunstancias que le ayuden a cambiar, ¡que va! Arruina las circunstancias, pudre a los demás: él no cambia, se agrava” (De “Carta abierta a la gente feliz”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1972).
Puede decirse que el revolucionario es el pesimista terco e intransigente que, en lugar de buscar adaptarse a la sociedad y al orden natural, como toda persona normal, trata de que la sociedad y la naturaleza se adapten a sus preferencias personales. El problema no radica en que existan individuos con tales atributos psicológicos, sino que lo grave es que existan sectores de la sociedad que comparten tales atributos. Friedrich Nietzsche escribió: “Existe un instinto de causalidad que lo impulsa a razonar: fuerza es que alguien tenga la culpa si él se encuentra en situación tan triste. Esta hermosa indignación por sí mismo ya le hace bien. Para un pobre diablo es un verdadero placer poder injuriar. Encuentra aquí una cierta embriaguez de potencia. La queja, el solo hecho de quejarse puede dar a la vida un atractivo que ayuda a soportarla. En toda queja hay una dosis refinada de venganza. El hombre reprocha su malestar, y en ciertos casos hasta su bajeza, como una injusticia, a quienes se encuentran en otras condiciones. Puesto que soy un canalla, tú deberías ser también un canalla. Con esta lógica se hacen las revoluciones” (“El crepúsculo de los ídolos”).
Entre los ataques disimulados a la cultura occidental aparece un llamativo “interés” por el cuidado del medio ambiente. Por lo general, ello no va más allá de las palabras y de los deseos, ya que puede advertirse derroche de energía eléctrica, que contamina adicionalmente el ambiente, en sectores que claman a viva voz por el cuidado ambiental. “Seguramente estoy inquietando a las almas buenas que experimentan un amor sincero por el agua de manantial y los pajaritos. Yo acompaño ese amor; sólo que, buenas almas, no os dejéis engañar. Lo que se quiere es que maldigáis este mundo. El mito de la contaminación os embauca e introduce en vosotros, con el desaliento y el hastío, fermentos de anticivilización. Quieren que lleguéis a un estado de la menor resistencia a la propaganda antioccidental. El abecé de la persuasión guerrera consiste en utilizar a los inocentes y en hacer servir las peores intenciones por los mejores sentimientos”.
Tanto el optimista como el pesimista creen ser realistas, de lo contrario modificarían sus posturas, aunque siempre tiende a predominar el pesimismo por cuanto resulta más fácil destruir que construir, ya que en cuestiones humanas hay varias maneras de destruir y sólo una forma efectiva para construir. Tanto el optimismo como el pesimismo son contagiosos; el primero proviene de la fe o bien de la evidencia de que existe un orden natural benévolo o, al menos, accesible, mientras que el segundo proviene de la ausencia de sentido asociada a las pretensiones de imponer a los demás algún sentido artificial. De ahí que las sociedades, en etapas de severas crisis se arriesgan a caer, no bajo el criterio de la razón, sino detrás del que “grita más fuerte”. Hannah Arendt escribió:
“La fascinación es un fenómeno social, y la fascinación que Hitler ejerció sobre su entorno tiene que ser comprendida atendiendo a quienes le rodeaban. La sociedad se muestra siempre inclinada a aceptar inmediatamente a una persona por lo que pretende ser, de forma que un chiflado que se haga pasar por genio tiene unas ciertas probabilidades de ser creído. En la sociedad moderna, con su característica falta de discernimiento, esta tendencia ha sido reforzada de manera que cualquiera que no sólo posea opiniones, sino que las presente en un tono de convicción inconmovible, no perderá fácilmente su prestigio aunque hayan sido muchas las veces en que se ha demostrado que estaba equivocado. Hitler, que por una experiencia de primera mano conocía el moderno caos de opiniones, descubrió que la inutilidad del examen de las diferentes opiniones y «el convencimiento…, de que todo es un disparate» podían evitarse, adhiriéndose a una de las muchas opiniones corrientes con «inquebrantable firmeza». Esta aterradora arbitrariedad de semejante fanatismo ejerce una gran fascinación en la sociedad, porque durante la reunión social se ve liberada del caos de opiniones que constantemente genera. Sin embargo, este «don» de la fascinación tenía solamente una importancia social…Creer que los éxitos de Hitler estuvieron basados en sus «poderes de fascinación» es totalmente erróneo; con aquella cualidad solamente, jamás hubiera podido ser algo más que una figura destacada en los salones" (De "Los orígenes del totalitarismo"-Aguilar-Buenos Aires 2010).
Mientras que la discriminación racial, que dio origen al nazismo, está siendo superada, persiste todavía la discriminación social impulsada por el marxismo. No existe mayor pesimista que aquel que supone la existencia de razas o de clases que necesariamente han de tener serios defectos morales y que por ello se las debe combatir. Si en el futuro predominara la alegría, la virtud y la felicidad, habría de desaparecer toda una rama del pensamiento político, por cuanto no habría personas pesimistas para sustentarla. Louis Pauwels agrega: “Lo romántico histórico: [Che] Guevara. La ilusión lírica: la Comuna [de París]. La indignación: Mayo [68]. Lo romántico histórico no embellece la historia: la disfraza. La ilusión lírica no galvaniza las energías: las echa a perder. No se opone a una sociedad de indignación. Lo que se le opone es otra sociedad”.
“Lo romántico histórico, la ilusión lírica y la indignación no son valores de civilización, ni en la selva ni bajo las luces de neón. Son valores literarios; y es más aún, propios de la literatura convertida al nihilismo. Desde hace un siglo es esta literatura la que ocupa el campo. Como los que influyen son literatos, nada asombroso es el hecho de que un izquierdismo de sonámbulos falsee situaciones. Esos influyentes enseñaron a los niños de todas las naciones que no hay nada más hermoso que un mito negativo. Les dieron ese sentimiento singular que excita a la rebelión y engendra el amor por las causas perdidas: la pasión de la impotencia”.
lunes, 2 de febrero de 2015
La libertad religiosa y sus excesos
Respecto de las acciones humanas, se dice que un hombre es libre cuando puede hacer lo que quiere sin perjudicar a los demás. Esto implica tener como límite lo que indica la moral previamente aceptada. En cuestiones religiosas, la libertad de pensamiento y de acción presenta limitaciones adicionales por cuanto, por lo general, predomina la fe sobre la razón. Así, cuando se habla de la libertad religiosa, debemos considerar varios casos. Uno de ellos es la libertad que concede la sociedad, o el Estado, a las diversas religiones. Si bien en muchos países existe la posibilidad de realizar actividades libres en materia religiosa, se destacan aquellos que financian la construcción de templos de su propia religión en el exterior pero no aceptan que otras religiones lo hagan en el propio; constituyendo una postura similar al nacionalismo, en donde se prioriza lo propio y se desprecia lo ajeno.
Un caso distinto es el de la libertad de pensamiento y de acción dentro de determinada religión. Así, se tiene un caso extremo cuando una institución impone a sus adeptos desde las creencias básicas hasta los pequeños detalles, no dejando prácticamente ninguna opción a quienes deberán someterse a las reglas establecidas. Este es un caso indeseado por cuanto es importante que el individuo no pierda la sensación de libertad, de lo contrario su situación será incómoda y buscará cambiar de religión, o la rechazará.
Resulta conveniente establecer una comparación con la ciencia experimental. En este caso, se considera importante la libertad de pensamiento y de acción de manera de permitir que varios individuos pensantes ofrezcan diversas hipótesis para la solución de algún problema, ya que luego la experimentación decidirá acerca de cuál de ellas se adapta mejor. Se dice por ello que la ciencia funciona como un organismo vivo, por cuanto se establece en forma similar al proceso biológico en donde se producen cambios genéticos que son luego seleccionados facilitando la evolución posterior, aceptándose aquellos cambios que permiten una mejor adaptación al medio.
En el caso de la religión, varias propuestas distintas pueden hacer que una Iglesia mantenga su vitalidad y ofrezca las respuestas que les son demandadas en cada época. Sin embargo, no debe olvidarse que son los adeptos quienes primero deben adaptarse a las reglas, siendo la adaptación entre Iglesia y creyente similar a la existente entre docente y alumno. Así, el alumno debe aprender lo que se le enseña mientras que el docente, a su vez, debe contemplar las dificultades que cada alumno le plantea. No es bueno que el docente trate de imponer el conocimiento en forma inflexible ni tampoco es bueno que el alumno pretenda imponer su criterio acerca de lo que se le enseña, o de lo que se le debería enseñar.
La Iglesia Católica pasa por una época de rebelión entre sus “alumnos aventajados” cuando ponen en duda incluso las reglas básicas de la institución desoyendo las sugerencias del Papa y de la tradición. El problema que surge de este planteo es la duda instalada sobre los fundamentos en que se asienta el cristianismo, lo que resulta tan inadmisible como si los científicos dudaran de la existencia de leyes naturales invariantes, lo que implicaría negar su búsqueda y la razón de ser de tal actividad cognitiva. Justamente, en el caso del catolicismo, se pierde de vista la existencia de una ley natural eterna que rige a los seres humanos, y de ahí que tal referencia impida que los cambios propuestos sean totalmente libres o subjetivos.
En toda institución podemos encontrar diversas actitudes respecto de los cambios. Los conservadores se oponen a cualquier cambio, los obedientes se adaptan a cualquier cambio, mientras que los progresistas lo promueven por el cambio mismo. John Eppstein escribió: “Hoy es difícil encontrar fuera de la Iglesia muestras abundantes de ese respeto. En tan sólo ocho años es mucho lo que hemos visto que hace pensar que la Iglesia Católica se está destrozando a sí misma”. “Los apóstoles de esta hostilidad son casi siempre miembros de órdenes religiosas, entre los que encontramos incluso a la Compañía de Jesús, de la que siempre se creyó que destacaba por su lealtad al Papa, pero cuya total falta de disciplina es hoy mundialmente notoria. Se invoca contra él la autoridad de los obispos, hoy organizados en conferencias nacionales” (De “¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?”-Ediciones Guadarrama SA-Madrid 1973).
Mientras que, por lo general, se rechazaba a los herejes cuando proponían cambios “negativos”, la Iglesia expulsa en estas épocas de cambio a figuras representativas del conservadorismo, como fue el caso de Mons. Marcel Lefebvre. El cardenal Gabriel Garrone escribe respecto de los progresistas: “Tienen razón los católicos al sentirse desazonados y al protestar cuando ven a un sacerdote tomarse libertades sin escrúpulo con los sacramentos y erigirse en árbitro de las señales de la fe. Pues, en tales casos, la propia se siente amenazada y se rebela contra las imprudencias pecaminosas. Si se abandonan los sacramentos de la fe a los arbitrarios caprichos de cualquier cura, corren el peligro de dejar de ser sacramentos de la fe. El resultado es que el creyente que rehúsa someterse a la ley del juicio personal de un hombre puede apartarse paulatinamente de un mundo sacramental que ha perdido todo valor para él”.
Una crítica que se dirigía hacia Lefebvre aducía su defensa de la continuidad de la misa en latín. En algunos lugares, como en África, con la presencia de integrantes de diversas tribus, que hablaban varios dialectos, la utilización del latín solucionaba ese problema. Al utilizar los idiomas locales, se le quitó a la misa el carácter universal, o católica, que postula el propio nombre de la institución. Se supone, además, que el adepto a la religión debe interesarse por conocer algo más sobre la historia de su Iglesia y de ahí que aprender algo de latín no venía nada mal. Su abolición produjo también inconvenientes en quienes viajan a distintos lugares en un mundo globalizado. Para muchos innovadores, el latín era más peligroso que el “Manifiesto comunista”. Marcel Lefebvre escribió: “Actualmente el demonio está desencadenado contra la Iglesia, pues precisamente de eso se trata: quizás estamos asistiendo a una de sus últimas batallas, una batalla general. El demonio ataca en todos los frentes y si Nuestra Señora de Fátima dijo que un día el mismo demonio llegaría hasta las más altas esferas de la Iglesia, eso significa que tal cosa podría ocurrir. No afirmo nada por mí mismo, sin embargo se perciben signos que pueden hacernos pensar que en los organismos romanos más elevados hay quienes han perdido la fe”.
“El orden social cristiano se sitúa en el extremo opuesto de las teorías marxistas que nunca aportaron, en las partes del mundo en que fueron aplicadas, más que miseria, opresión de los más débiles, desprecio del hombre y muerte. El orden cristiano respeta la propiedad privada, protege la familia contra todo lo que la corrompe, fomenta el desarrollo de la familia numerosa y la presencia de la mujer en el hogar, deja una legítima autonomía a la iniciativa privada, alienta a la pequeña y a la mediana industria, favorece el retorno a la tierra y estima en su justo valor la agricultura, preconiza las uniones profesionales, la libertad escolar, protege a los ciudadanos contra toda forma de subversión y de revolución” (De “Carta abierta a los católicos perplejos”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1986).
Quienes promueven reforzar la religión mediante la razón, los “razonantes de Cristo”, no atribuyen a la tradición y a los ritos el mismo valor que les otorgan los “creyentes de Cristo”. Sin embargo, lejos están de consentir la destrucción de la religión tradicional como se viene haciendo desde hace varios años. John Eppstein escribió: “Es importante recordar que, aparte de la libertad que se les ha concedido, los obispos de varios países han venido haciendo otras dos cosas. Una de ellas es la modificación del culto público autorizada oficialmente por etapas. La otra, las instrucciones y los consejos oficiosos acerca de la «renovación litúrgica» emanados con intervalos de la Comisión Litúrgica de Roma”. “Los entusiastas han dado las interpretaciones más radicales y a menudo no autorizadas en absoluto a esas pautas. Y eso es lo que ha causado más estupefacción y escándalo, especialmente en países como Bélgica y Chile, en donde la jerarquía dio rienda suelta incluso cuando el Concilio Vaticano aún continuaba sus deliberaciones. En realidad, no se habían expresado en ninguna parte deseos de que se abandonara la liturgia latina, ni de que se eliminasen los ornamentos de culto a los que estaban habituados los fieles; y horrorizó a gran número de ellos ver que no sólo los crucifijos, las estatuas de los santos y los candelabros de los altares, sino también los cálices, copones y ornamentos sagrados se ponían en venta en el mercado de lance de los chamarileros de Bruselas y en las tiendas de antigüedades de París y Santiago. Las buenas gentes se juntaron para comprarlos y librarlos de lo que consideraron una profanación sacrílega”.
Recordemos que el accionar destructor hacia la Iglesia se observó luego del ascenso de Vladimir Lenin al poder, en la Unión Soviética. Si tenemos presente que la Iglesia de Chile fue la promotora ideológica del ascenso de Salvador Allende, no resulta sorprendente enterarse de tal accionar. Incluso la destrucción esencial de la Iglesia va más allá de los ritos y de los símbolos, ya que apunta a reemplazar los Evangelios por un disimulado y encubierto marxismo-leninismo bajo el rótulo de Teología de la Liberación.
Al punto de contacto entre cristianismo y marxismo se lo busca en el caso de los pobres. Así, el rico no entrará en el Reino de los Cielos por cuanto en su escala de valores predomina lo material relegando lo afectivo (moral) y lo cognitivo (intelectual). Tampoco entrará al Reino de los Cielos el pobre que en su escala de valores predomina lo material, y relega lo moral y lo intelectual. De lo contrario, la religión sería una rama derivada de la economía y no una cuestión asociada a los valores humanos. Para ser por siempre pobre, basta con ser vago, o con no tener miedo a la miseria ni tener ningún tipo de ambición material. Si algunos consideran que ése es el camino hacia la vida eterna, se trataría de un absurdo. El pobrismo eclesiástico favorece la pobreza y desalienta la generación de riqueza, y es la mentalidad que favorece tanto al populismo político como al subdesarrollo económico.
El paso siguiente es atribuir al rico todos los defectos y al pobre todas las virtudes, estando de esa manera más próximos del marxismo que del cristianismo. El pobrismo se “perfecciona” cuando se afirma que el rico es el único culpable de los males existentes en la sociedad por lo que se ingresa de lleno en el marxismo, promoviendo la violencia y el asesinato en gran escala, en caso de ser efectiva la prédica. Se relega la actitud del amor, que es la base del cristianismo, para reemplazarlo por la lástima que se ha de sentir por el “inferior”. Quien no pueda compartir las penas y las alegrías ajenas necesita “testigos” para hacer el bien en público, al más puro estilo populista.
La actitud cristiana hacia los pobres implica hacer algo concreto para ofrecerles trabajo, como es el caso de la formación de una nueva empresa. Por el contrario, sentir lástima por ellos, o bien odiar a los que sí pueden brindarles alguna solución, implica alejarse totalmente de lo que sugieren los mandamientos bíblicos.
Un caso distinto es el de la libertad de pensamiento y de acción dentro de determinada religión. Así, se tiene un caso extremo cuando una institución impone a sus adeptos desde las creencias básicas hasta los pequeños detalles, no dejando prácticamente ninguna opción a quienes deberán someterse a las reglas establecidas. Este es un caso indeseado por cuanto es importante que el individuo no pierda la sensación de libertad, de lo contrario su situación será incómoda y buscará cambiar de religión, o la rechazará.
Resulta conveniente establecer una comparación con la ciencia experimental. En este caso, se considera importante la libertad de pensamiento y de acción de manera de permitir que varios individuos pensantes ofrezcan diversas hipótesis para la solución de algún problema, ya que luego la experimentación decidirá acerca de cuál de ellas se adapta mejor. Se dice por ello que la ciencia funciona como un organismo vivo, por cuanto se establece en forma similar al proceso biológico en donde se producen cambios genéticos que son luego seleccionados facilitando la evolución posterior, aceptándose aquellos cambios que permiten una mejor adaptación al medio.
En el caso de la religión, varias propuestas distintas pueden hacer que una Iglesia mantenga su vitalidad y ofrezca las respuestas que les son demandadas en cada época. Sin embargo, no debe olvidarse que son los adeptos quienes primero deben adaptarse a las reglas, siendo la adaptación entre Iglesia y creyente similar a la existente entre docente y alumno. Así, el alumno debe aprender lo que se le enseña mientras que el docente, a su vez, debe contemplar las dificultades que cada alumno le plantea. No es bueno que el docente trate de imponer el conocimiento en forma inflexible ni tampoco es bueno que el alumno pretenda imponer su criterio acerca de lo que se le enseña, o de lo que se le debería enseñar.
La Iglesia Católica pasa por una época de rebelión entre sus “alumnos aventajados” cuando ponen en duda incluso las reglas básicas de la institución desoyendo las sugerencias del Papa y de la tradición. El problema que surge de este planteo es la duda instalada sobre los fundamentos en que se asienta el cristianismo, lo que resulta tan inadmisible como si los científicos dudaran de la existencia de leyes naturales invariantes, lo que implicaría negar su búsqueda y la razón de ser de tal actividad cognitiva. Justamente, en el caso del catolicismo, se pierde de vista la existencia de una ley natural eterna que rige a los seres humanos, y de ahí que tal referencia impida que los cambios propuestos sean totalmente libres o subjetivos.
En toda institución podemos encontrar diversas actitudes respecto de los cambios. Los conservadores se oponen a cualquier cambio, los obedientes se adaptan a cualquier cambio, mientras que los progresistas lo promueven por el cambio mismo. John Eppstein escribió: “Hoy es difícil encontrar fuera de la Iglesia muestras abundantes de ese respeto. En tan sólo ocho años es mucho lo que hemos visto que hace pensar que la Iglesia Católica se está destrozando a sí misma”. “Los apóstoles de esta hostilidad son casi siempre miembros de órdenes religiosas, entre los que encontramos incluso a la Compañía de Jesús, de la que siempre se creyó que destacaba por su lealtad al Papa, pero cuya total falta de disciplina es hoy mundialmente notoria. Se invoca contra él la autoridad de los obispos, hoy organizados en conferencias nacionales” (De “¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?”-Ediciones Guadarrama SA-Madrid 1973).
Mientras que, por lo general, se rechazaba a los herejes cuando proponían cambios “negativos”, la Iglesia expulsa en estas épocas de cambio a figuras representativas del conservadorismo, como fue el caso de Mons. Marcel Lefebvre. El cardenal Gabriel Garrone escribe respecto de los progresistas: “Tienen razón los católicos al sentirse desazonados y al protestar cuando ven a un sacerdote tomarse libertades sin escrúpulo con los sacramentos y erigirse en árbitro de las señales de la fe. Pues, en tales casos, la propia se siente amenazada y se rebela contra las imprudencias pecaminosas. Si se abandonan los sacramentos de la fe a los arbitrarios caprichos de cualquier cura, corren el peligro de dejar de ser sacramentos de la fe. El resultado es que el creyente que rehúsa someterse a la ley del juicio personal de un hombre puede apartarse paulatinamente de un mundo sacramental que ha perdido todo valor para él”.
Una crítica que se dirigía hacia Lefebvre aducía su defensa de la continuidad de la misa en latín. En algunos lugares, como en África, con la presencia de integrantes de diversas tribus, que hablaban varios dialectos, la utilización del latín solucionaba ese problema. Al utilizar los idiomas locales, se le quitó a la misa el carácter universal, o católica, que postula el propio nombre de la institución. Se supone, además, que el adepto a la religión debe interesarse por conocer algo más sobre la historia de su Iglesia y de ahí que aprender algo de latín no venía nada mal. Su abolición produjo también inconvenientes en quienes viajan a distintos lugares en un mundo globalizado. Para muchos innovadores, el latín era más peligroso que el “Manifiesto comunista”. Marcel Lefebvre escribió: “Actualmente el demonio está desencadenado contra la Iglesia, pues precisamente de eso se trata: quizás estamos asistiendo a una de sus últimas batallas, una batalla general. El demonio ataca en todos los frentes y si Nuestra Señora de Fátima dijo que un día el mismo demonio llegaría hasta las más altas esferas de la Iglesia, eso significa que tal cosa podría ocurrir. No afirmo nada por mí mismo, sin embargo se perciben signos que pueden hacernos pensar que en los organismos romanos más elevados hay quienes han perdido la fe”.
“El orden social cristiano se sitúa en el extremo opuesto de las teorías marxistas que nunca aportaron, en las partes del mundo en que fueron aplicadas, más que miseria, opresión de los más débiles, desprecio del hombre y muerte. El orden cristiano respeta la propiedad privada, protege la familia contra todo lo que la corrompe, fomenta el desarrollo de la familia numerosa y la presencia de la mujer en el hogar, deja una legítima autonomía a la iniciativa privada, alienta a la pequeña y a la mediana industria, favorece el retorno a la tierra y estima en su justo valor la agricultura, preconiza las uniones profesionales, la libertad escolar, protege a los ciudadanos contra toda forma de subversión y de revolución” (De “Carta abierta a los católicos perplejos”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1986).
Quienes promueven reforzar la religión mediante la razón, los “razonantes de Cristo”, no atribuyen a la tradición y a los ritos el mismo valor que les otorgan los “creyentes de Cristo”. Sin embargo, lejos están de consentir la destrucción de la religión tradicional como se viene haciendo desde hace varios años. John Eppstein escribió: “Es importante recordar que, aparte de la libertad que se les ha concedido, los obispos de varios países han venido haciendo otras dos cosas. Una de ellas es la modificación del culto público autorizada oficialmente por etapas. La otra, las instrucciones y los consejos oficiosos acerca de la «renovación litúrgica» emanados con intervalos de la Comisión Litúrgica de Roma”. “Los entusiastas han dado las interpretaciones más radicales y a menudo no autorizadas en absoluto a esas pautas. Y eso es lo que ha causado más estupefacción y escándalo, especialmente en países como Bélgica y Chile, en donde la jerarquía dio rienda suelta incluso cuando el Concilio Vaticano aún continuaba sus deliberaciones. En realidad, no se habían expresado en ninguna parte deseos de que se abandonara la liturgia latina, ni de que se eliminasen los ornamentos de culto a los que estaban habituados los fieles; y horrorizó a gran número de ellos ver que no sólo los crucifijos, las estatuas de los santos y los candelabros de los altares, sino también los cálices, copones y ornamentos sagrados se ponían en venta en el mercado de lance de los chamarileros de Bruselas y en las tiendas de antigüedades de París y Santiago. Las buenas gentes se juntaron para comprarlos y librarlos de lo que consideraron una profanación sacrílega”.
Recordemos que el accionar destructor hacia la Iglesia se observó luego del ascenso de Vladimir Lenin al poder, en la Unión Soviética. Si tenemos presente que la Iglesia de Chile fue la promotora ideológica del ascenso de Salvador Allende, no resulta sorprendente enterarse de tal accionar. Incluso la destrucción esencial de la Iglesia va más allá de los ritos y de los símbolos, ya que apunta a reemplazar los Evangelios por un disimulado y encubierto marxismo-leninismo bajo el rótulo de Teología de la Liberación.
Al punto de contacto entre cristianismo y marxismo se lo busca en el caso de los pobres. Así, el rico no entrará en el Reino de los Cielos por cuanto en su escala de valores predomina lo material relegando lo afectivo (moral) y lo cognitivo (intelectual). Tampoco entrará al Reino de los Cielos el pobre que en su escala de valores predomina lo material, y relega lo moral y lo intelectual. De lo contrario, la religión sería una rama derivada de la economía y no una cuestión asociada a los valores humanos. Para ser por siempre pobre, basta con ser vago, o con no tener miedo a la miseria ni tener ningún tipo de ambición material. Si algunos consideran que ése es el camino hacia la vida eterna, se trataría de un absurdo. El pobrismo eclesiástico favorece la pobreza y desalienta la generación de riqueza, y es la mentalidad que favorece tanto al populismo político como al subdesarrollo económico.
El paso siguiente es atribuir al rico todos los defectos y al pobre todas las virtudes, estando de esa manera más próximos del marxismo que del cristianismo. El pobrismo se “perfecciona” cuando se afirma que el rico es el único culpable de los males existentes en la sociedad por lo que se ingresa de lleno en el marxismo, promoviendo la violencia y el asesinato en gran escala, en caso de ser efectiva la prédica. Se relega la actitud del amor, que es la base del cristianismo, para reemplazarlo por la lástima que se ha de sentir por el “inferior”. Quien no pueda compartir las penas y las alegrías ajenas necesita “testigos” para hacer el bien en público, al más puro estilo populista.
La actitud cristiana hacia los pobres implica hacer algo concreto para ofrecerles trabajo, como es el caso de la formación de una nueva empresa. Por el contrario, sentir lástima por ellos, o bien odiar a los que sí pueden brindarles alguna solución, implica alejarse totalmente de lo que sugieren los mandamientos bíblicos.
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