jueves, 8 de enero de 2015

El anticapitalismo clerical

La elección del sistema económico adoptado por una sociedad es un caso similar al del automovilista que llega a una bifurcación con dos alternativas posibles, debiendo optar por una de ellas. A la derecha tiene la posibilidad del mercado (economía capitalista); a la izquierda la planificación económica estatal (socialismo), o bien su variante más benigna (intervencionismo estatal). No existen otras alternativas, sino distintas posibilidades conformadas por diversos porcentajes de ambos sistemas, con la condición de que la reducción de capitalismo implica aumento de socialismo, y viceversa, que puede simbolizarse como:

x (Capitalismo) + y (Socialismo) = 1

En donde x e y son números comprendidos entre 0 y 1, cuya suma ha de dar 1. De esta manera, cuando el Estado no interfiere al proceso del mercado, se trata de una economía capitalista pura, o de mercado. Por el contrario, cuando la economía se planifica desde el Estado, y son prohibidos los intercambios fuera de su ámbito, se trata de una economía socialista pura. Por lo general, las economías reales son mixtas, con distintos porcentajes regidos por la igualdad mencionada.

Debe advertirse que, si en un país, las empresas estatales se rigen por las leyes del mercado, puede decirse que se trata de una economía de mercado. Por el contrario, si las empresas estatales son subvencionadas, cubriendo el Estado sus posibles pérdidas, se trata de una economía intervenida. Adviértase que, si en un momento dado, tal Estado expropia diez empresas privadas, la reducción porcentual del sector regido por el mercado es el mismo porcentaje de incremento del sector intervenido. De ahí que quienes claman por la reducción o eliminación de la economía capitalista, o de mercado, aunque no lo mencionen, están clamando también por un aumento de la economía socialista.

Otro ejemplo, si un gobierno decide congelar el precio de los alquileres de viviendas, anulando el libre intercambio entre propietarios e inquilinos, ha reducido parcialmente el libre mercado en la misma medida en que ha incrementado el intervencionismo.

Respecto de la economía de mercado, o capitalista, puede decirse que se basa en el ahorro por el cual el individuo opta por sacrificar parte del consumo del presente previendo una utilización futura. El ahorro, cuando se convierte en inversión productiva (capital), produce crecimiento económico. Por otra parte, cuando dos personas intercambian libremente el producto de su trabajo, ya sean bienes o servicios, a través del dinero, establecen un intercambio que beneficia a ambas partes, de lo contrario una de ellas hubiese optado por no realizarlo.

Este tipo de economía, que apunta al trabajo, al ahorro productivo y al intercambio que beneficia a ambas partes, resulta compatible con la ética cristiana. Sin embargo, cuando la conducta del hombre se desvía bastante de dicha ética, el sistema económico tiende a distorsionarse. Leonardo Boff escribió: “Puebla denuncia el sistema capitalista como sistema de pecado, debido principalmente al cual cuajan en el continente latinoamericano «estructuras de pecado» y «surge así un conflicto estructural grave: la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas». Este sistema crea sus coyunturas económicas y políticas conflictivas: represión sindical y política, regimenes de seguridad nacional, crisis sociales, etc. Los acontecimientos políticos que leemos en los diarios son concreciones de semejante trasfondo. Las personas que adoptan como proyecto de vida social este sistema que de suyo es excluyente, acumulador de riqueza y de los beneficios en pocas manos y con escasa responsabilidad social, pasando de tal modo a ser agentes mantenedores del sistema y participando de su iniquidad. Así se establece el circuito del mal” (De “El padrenuestro”-Ediciones Paulinas-Buenos Aires 1986).

Al atribuirse al capitalismo cierta pecaminosidad intrínseca, se apoya tácitamente una economía socialista que anula los libres intercambios y la propiedad privada de los medios de producción, quedando toda actividad productiva supeditada a la planificación estatal. En realidad, cabe la duda acerca de cuáles acciones de la economía de mercado son pecaminosas; si es el trabajo individual, el ahorro productivo o el libre intercambio. El Papa Pablo VI dijo: “¿Quién se atrevería a sostener que el fenómeno sociológico, derivado de la organización moderna del trabajo es un fenómeno de perfección, de equilibrio y de tranquilidad? ¿No es verdad precisamente lo contrario? ¿No lo demuestra nuestra historia de forma evidente? ¿No sois vosotros mismos quienes experimentáis ese decepcionante resultado de vuestro esfuerzo, la aversión, queremos decir, que surge contra vosotros precisamente de parte de aquellos hombres a quienes habéis ofrecido vuestras nuevas formas de trabajo? Vuestras empresas, fruto maravilloso de vuestros esfuerzos, ¿no son acaso para vosotros fuente de disgustos y conflictos? Las estructuras técnicas y administrativas funcionan perfectamente, las estructuras humanas todavía no. La empresa, que es por su propia exigencia constitucional, una colaboración, un acuerdo, una armonía, ¿no es todavía hoy un choque de espíritus y de intereses? ¿No se la considera a veces como base de acusación contra quien la ha constituido, la dirige y la administra? ¿No se dice de vosotros que sois los capitalistas y los únicos culpables? ¿No sois con frecuencia el blanco de la dialéctica social? Ha de tener algún vicio profundo, una radical insuficiencia, este sistema, cuando desde sus comienzos cuenta con semejantes reacciones sociales”.

“Es verdad que quien hoy habla, como tantos hacen, del capitalismo, con los conceptos que lo han definido en el siglo pasado, da pruebas de estar retrasado con respecto a la realidad de las cosas; pero es un hecho que el sistema económico-social nacido del liberalismo manchesteriano y que todavía perdura en la unilateralidad de la propiedad de los medios de producción, y de la economía orientada al prevalerte beneficio privado, no es la perfección, no es la paz, no es la justicia, puesto que todavía divide a los hombres en clases irreductiblemente opuestas y caracteriza a la sociedad por disensiones profundas y desgarradoras que la atormentan, apenas reprimidas por la legislación y por la tregua momentánea de algún comprimido en la lucha sistemática e implacable que habría de llevarla al dominio de una clase sobre la otra” (Citado en “Comunión y participación”-Centro de Investigación y orientación social-Editorial Guadalupe-Buenos Aires 1982).

Puede decirse que el problema ético no debe ser resuelto por los economistas, sino por la religión, las ciencias sociales o la filosofía. Si la Iglesia fracasó al predicar el cristianismo, no debiera luego culpar al “sistema económico” por el accionar de sus fieles. Además, si en una economía subdesarrollada hay muy pocos empresarios, porque la mayoría prefiere el empleo en relación de dependencia, el empleo en el Estado, o bien ser mantenidos por el resto de la sociedad, inevitablemente se producirá una desigualdad económica y social en la que una minoría dispondrá de mayores recursos que los demás. Pero la culpa por esa situación de subdesarrollo no debe atribuirse a los empresarios existentes, sino a los que renunciaron a serlo. Es un caso similar a culpar a los atletas olímpicos por no traer medallas suficientes en lugar de hacerlo con quienes ni siquiera practican algún deporte, y menos a nivel competitivo.

Bajo sistemas socialistas, en los que al individuo sólo se le permite obedecer al burócrata, la única alternativa que le queda, cuando su situación económica es mala, es refugiarse en el mercado, o economía libre, paralela o “ilegal”, es decir, ilegal según el criterio marxista, pero legal contemplando los derechos humanos naturales como es el voluntario intercambio de bienes realizados bajo la libre elección de lo que se ha de producir. Rubén Zorrilla escribió: “Con todas las coerciones que ejerció siempre el poder sobre el mercado, éste era, sin embargo, el espacio social donde las personas y los grupos marginales podían ser más libres de las cargas y restricciones que existían contra ellos. El mercado –aunque contrarrestado por factores políticos y culturales- tiende irresistiblemente a crear condiciones de igualdad práctica en los intercambios, pero no en las ganancias que originan”.

“Desde la antigüedad clásica…el incremento de los intercambios fuera del endogrupo, las crecientes intermediaciones, la aplicación de la neutralidad afectiva, la prescindencia de la religión, la impersonalidad, y el impulso de la individuación, todos elementos esenciales y dinámicos del mercado ampliado (aquel que excede el endogrupo) provocaron una virulenta reacción de la intelectualidad sacerdotal, los guerreros, la aristocracia y parte de la intelectualidad secular unida a ellos por servicios, intereses, o fuertes emociones, implantadas en el proceso de socialización. Los pobres, los marginales, los excluidos, en cambio, encontraron en el desarrollo del mercado y el vehículo del dinero, prácticamente el único medio, o el principal, para superar o compensar su minusvalía, o la terrible discriminación que sufrían, como lo demuestra la experiencia de los judíos y los extranjeros, entre otros grupos” (De “Sociedad de alta complejidad”-Grupo Editor Latinoamericano SRL-Buenos Aires 2005).

La incompatibilidad esencial de la postura de algunos sectores de la Iglesia y del nacionalismo católico, radica en que se oponen tanto al socialismo como al mercado, de la misma forma en que se oponen tanto al marxismo como al liberalismo, por lo cual deberían indagar un poco más acerca de los aspectos básicos del mercado. De ahí que el anticapitalismo junto al antisocialismo resulta ser una postura insostenible.

Otros sectores de la Iglesia, por el contrario, adoptan posturas abiertamente socialistas y marxistas, como es el caso de los partidarios de la Teología de la Liberación, que poco o nada tiene de cristiana si se tiene en cuenta tanto al Evangelio como al Manifiesto Comunista. Gustavo Gutiérrez escribió: “El proyecto histórico, la utopía de la liberación como creación de una nueva conciencia social, como apropiación social no sólo de los medios de producción sino también de la gestión política y en definitiva de la libertad, es el lugar propio de la revolución cultural, es decir, el de la creación permanente de un hombre nuevo en una sociedad distinta y solidaria. Por esta razón esa creación es el lugar de encuentro entre la liberación política y la comunión de todos los hombres con Dios”.

Ricardo de la Cierva comenta al respecto: “Apropiarse -¿desde dónde?- no sólo de los medios de producción sino «también de la gestión política y en definitiva de la libertad» no es sólo marxismo; es marxismo-leninismo concentrado y brutal”. “La obra principal de Gustavo Gutiérrez [Teología de la Liberación, perspectivas], promovida teórica y prácticamente por el sector liberacionista y socialista de la Compañía de Jesús en España y en América, no es un tratado de teología nueva sino una adaptación pseudo-teológica del marxismo clásico elemental con un barniz de teología política superado desde el propio marxismo” (De “Oscura rebelión en la Iglesia”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1987).

El apoyo a los sectores liberacionistas, por parte de la actual conducción del Vaticano, entraña un alejamiento de la Iglesia tanto del espíritu como de la letra de las Sagradas Escrituras y un simultáneo acercamiento al totalitarismo marxista.

martes, 6 de enero de 2015

Ideología de clase vs. ideas del individuo

Mientras que en épocas pasadas se consideraba que la raza era el factor determinante del desarrollo de cada ser humano, incluso de sus atributos éticos y conductuales, en la actualidad, por no tener un fundamento biológico sustentable, tal concepto sólo tiene vigencia para unas pocas minorías. Sin embargo, todavía persiste una idea similar respecto de las clases sociales, ya que se supone que la pertenencia a una clase social determina las ideas y comportamientos de sus integrantes, tal como lo sugiere el marxismo.

Tanto el determinismo racial, como el de clase, favorecieron las grandes catástrofes sociales del siglo XX. En un caso, los nazis trataron de establecer una “nueva raza”; purificada y exenta de la contaminación que pudiese provenir de las “razas inferiores”, mientras que los marxistas intentaron conformar al “hombre nuevo soviético” que habría de ser el sustento de una sociedad sin clases en la que no habría lugar para la lucha de clases existentes en toda otra sociedad.

Además de ser difícil de definir con precisión a la “clase”, resulta poco sencillo encontrar atributos que distingan a los integrantes de las clases poseedoras de los medios de producción de las no poseedoras, que serían las clases participantes en tales luchas. Luis Ratinoff C. escribió: “En cada periodo histórico las ideas dominantes de la sociedad son aquellas sustentadas por las clases detentadoras del poder: el control efectivo de la producción material implica el control de la producción de las ideas. Cuando una clase se adueña del poder impone a la sociedad sus concepciones, que han sido previamente desarrolladas como conciencia teórica de la situación durante el proceso de la organización de la clase”. “Puede decirse que en la sociología marxista las clases sociales son la consecuencia inevitable de las fuerzas económicas, políticas y sociales puestas en movimiento por el sistema de producción prevaleciente. Esta sociología de las clases es, antes que nada, una teoría de la evolución y cambio de las sociedades, en la cual el concepto de clase juega un rol estratégico como puente de unión entre las instituciones del orden político, económico y social, y entre éstas y la estructura cultural” (Del “Diccionario de Ciencias Sociales”-Instituto de Estudios Políticos-Madrid 1975).

Para verificar la validez del determinismo ideológico asociado a la pertenencia a cierta clase social, podemos considerar algunos casos típicos. Si bien unos pocos casos que escapan a la regla general pueden no ser más que excepciones, la experiencia cotidiana indica que son casos bastante frecuentes. Uno que viene a la memoria es el de un ex gobernador de la provincia de San Juan, Juan Luis Alvarado, de filiación peronista, con un hermano comunista y otro democrático. Este último se sentía muy apenado por cuanto sus propios hermanos militaban en sectores políticos totalitarios. En la década de los 40, tales posturas resultaban poco menos que irreconciliables, a menos que nunca hablaran de política. En este caso se advierte que quienes sustentaban ideas incompatibles no sólo pertenecían a una misma “clase social”, sino que habían surgido de una misma familia.

Un caso más conocido es el de Leopoldo Lugones, su hijo y su nieta. Mientras que Leopoldo Lugones es reconocido ampliamente por sus méritos literarios, adhiere al fascismo durante las primeras décadas del siglo XX, y es quien redacta el discurso que ha de ser leído por José Félix Uriburu al asumir el mando, siendo el militar que derroca a Hipólito Yrigoyen. Su hijo Leopoldo (Polo), es el tristemente célebre inventor de la picana eléctrica, dispositivo utilizado para torturar a los detenidos, mientras era Jefe de Policía durante el gobierno de Uriburu. Magdalena Ruiz Guiñazú escribió: “Mientras Leopoldo Lugones padre atraviesa todo el espectro ideológico para adherir al ascendente fascismo, su hijo Polo crece y se vincula con violentos grupos de ultraderecha”. “El escritor implacable destina sus horas a difundir la actualidad y el pensamiento del movimiento fascista que ya fermentaba en Europa. Leopoldo Lugones se concibe a sí mismo como un intelectual integral. Alguien con influencia tanto en la vida política y periodística como en el mundo literario y científico. En 1924 pronuncia su proclama más polémica: «La hora de la espada».Tristemente, resulta el presagio de la oleada antidemocrática que envolverá al continente en la siguiente década”.

Posteriormente, su nieta Susana (Pirí) Lugones, hija de Polo, integra Montoneros, grupo de tendencia marxista. Se opone al nacionalismo y al fascismo de su abuelo, mientras que adhiere a un grupo terrorista cuyo ritual de iniciación consistía en asesinar a traición a un policía para quitarle el arma y el uniforme. Es evidente que las tres generaciones pertenecían a una misma “clase social”, sin embargo, resulta absurdo intentar describir sus pensamientos y acciones desde ese punto de vista. Por el contrario, es posible que su elección combativa haya surgido como reacción a la influencia de su padre y de ahí la necesidad de adoptar una postura opuesta, aunque siempre dentro de la orientación violenta de la familia. Tanto Leopoldo, como Polo y un hijo de Pirí, terminan sus vidas suicidándose.

La adopción de posturas opuestas a las de sus padres, desmienten el determinismo que surgiría de la clase social o económica a la cual pertenecen. Para el marxismo, existen dos clases sociales antagónicas, la de los poseedores de medios de producción y la de los no poseedores. De ahí que la lucha de clases provendría del levantamiento de los no poseedores (proletarios) contra los poseedores (burguesía), previa concientización de clase promovida por el ideólogo marxista. Sin embargo, las cosas no son siempre así. Juan José Sebreli escribió: “La base social de Montoneros era de clase alta, clase media y algunos sectores lumpen. Entre los doce miembros fundadores sólo había un obrero y éste provenía de la militancia católica. Una encuesta de opinión efectuada entre 1971 y 1972 mostraba que las clases media y alta, en especial sus sectores juveniles, eran más proclives a justificar el terrorismo que la clase baja. Se destacaba, sobre todo, un sector constituido por descendientes de la clase alta patricia aunque algunos venidos a menos”. “Algunos de los primeros Montoneros caídos –antes de que se empleara la técnica de la «desaparición»- fueron sepultados en el aristocrático cementerio de la Recoleta y sus exequias constituían una reunión de gente elegante que se retiraba discretamente antes de que entrara la policía a reprimir a los jóvenes” (De “Critica de las Ideas Políticas Argentinas”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2002).

También hubo familias en las que se llegó al extremo de tener entre sus integrantes tanto a militares como a terroristas. Este es el caso de Julio Rodolfo Alsogaray, el general del Ejército que destituyó a Arturo Illia, con sus dos hijos integrantes de Montoneros, uno de los cuales murió en combate en territorio tucumano. Por otra parte, Álvaro Alsogaray, hermano de Julio Rodolfo, fue una figura destacada del liberalismo, tendencia opuesta al totalitarismo impulsado por sus sobrinos. Maria Julia, hija de Álvaro, sigue de cerca la tendencia paterna, aunque luego resulta funcionaria en el gobierno de Menem. De todo esto se deduce que, aunque todos los Alsogaray pertenecían a una misma “clase social”, o “clase económica”, sus destinos no fueron establecidos por esta pertenencia, sino por aspectos propios de sus personalidades individuales. En una entrevista con Magdalena Ruiz Guiñazú, Julio Jorge Alsogaray, ex Montonero, expresó respecto de su hermano fallecido: “Mi hermano es enviado castigado a Tucumán…porque él fue partícipe y responsable de la muerte de Kraiselburd, el dueño del diario El Día, que estaba secuestrado. Fue un error garrafal….”. “La conducción nacional de Montoneros lo manda a Tucumán, que era el frente ruso. Era como un castigo” (De “Secretos de familia”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2010).

Lamentablemente, el gobierno kirchnerista y la mayor parte de la izquierda política, sólo relatan una parte de la verdad, o bien sostienen la “inocencia” del sector terrorista presuponiendo que la vida de sus víctimas no valía absolutamente nada. Cuando en la Argentina se habla de “derechos humanos”, se hace mención directa a personajes como Juan Carlos Alzogaray, asesino y Montonero, mientras que a la vida de su víctima, el periodista Kraiselburd, no se le concede el menor valor, como si se tratara de la vida de un insecto. Todo se legitimó en nombre de la “lucha de clases”, excepto el instinto de conservación de la vida de quienes prefirieron no morir en tal contienda. Juan José Sebreli escribió: “El culto de la propia personalidad tenía su contrapartida en el desprecio por la individualidad de los demás. A los trabajadores cubanos, el Che los consideraba «dientes de una rueda» y a los guerrilleros, «abejas de un colmenar». El idilio campesino de las leyendas de izquierda tampoco era real; ante la hostilidad de los campesinos cubanos, africanos o bolivianos no había, para el Che, otro medio que «el terror planificado»”.

Héctor Oesterheld, geólogo y autor de historietas, como “El eternauta”, ingresa a Montoneros junto a sus cuatro hijas. Eran conscientes de ingresar en un conflicto en donde ambos bandos buscaban, por cualquier medio, la aniquilación del opositor. Tal es así, que todos terminan asesinados. Vicente Massot escribió: “Cuando, a caballo del marxismo, la idea de que todo se resolvería con la destrucción del enemigo se enancó en formaciones guerrilleras que asaltaron el Estado, comenzó una segunda guerra civil, en la que el otro no fue considerado como un adversario. Ni siquiera como un enemigo. Pasó a ser criminal. El choque, pues, entre las organizaciones subversivas, de un lado, y las Fuerzas Armadas y de seguridad y sus aliados civiles, del otro, no consintió sobrevivientes. La naturaleza del conflicto radicó en que ambos bandos podían recurrir a cualquier medio para aniquilar al contrario” (De “Matar y morir”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2011).

Al igual que en Chile, los principales promotores ideológicos del marxismo surgen de círculos católicos. Así, el sacerdote tercermundista fue el arma ideológica de mayor peligrosidad debido a que se trataba de un marxista disfrazado de cristiano. La lucha de clases no implicaba una lucha natural que surgía en toda sociedad entre poseedores y desposeídos, sino una lucha de clases artificial promovida por el odio prevaleciente en muchos sectores. La esposa de Oesterheld comenta sobre sus hijas: “Eran muy jóvenes, a ellas las influenciaron como a toda una generación de adolescentes. Porque no nos olvidemos que estaban en el secundario. En ese momento una iba al Nacional San Isidro y las otras a un colegio de hermanas que habían elegido, y ahí es donde hubo personas. Una sobre todo, que era hijo de un amigo de casa, de mucho cariño y confianza. Era un muchacho que había sido aspirante a sacerdote, que luego dejó, se apartó, para meterse con los curas del Tercer Mundo, y bueno, ahí empezaron todos…”.

lunes, 5 de enero de 2015

Perseverando en el error

Una actitud frecuente es la de quienes defienden sistemas sociales erróneos atribuyendo los fracasos a una “mala aplicación” de la doctrina respectiva, suponiendo que, de aplicarse correctamente, se verificaría su adecuación a la sociedad. Tal es el caso del socialismo, puesto a prueba en distintos pueblos y en distintas épocas, aunque siempre con resultados negativos.

Una variante ha sido la de efectuarle algunos cambios, aunque basándose en los mismos principios y apuntando hacia los mismos objetivos, como es el caso de la socialdemocracia que reemplaza la nacionalización de los medios privados de producción por la más benévola confiscación parcial de las ganancias producidas por tales medios, siendo los resultados bastante menos negativos que los ocasionados por el socialismo pleno. La socialdemocracia, con su Estado de bienestar, es quizás la tendencia política y económica más aceptada en la actualidad por los diversos países.

Resulta conveniente conocer la opinión de quienes creyeron y apoyaron el sistema, por cuanto confirman mejor los errores que las opiniones de sus detractores, que pueden adoptar cierto subjetivismo. Mijail Gorbachov, quien pretendió subsanar las fallas del sistema socialista, escribió: “Un serio obstáculo en el camino de las transformaciones fue el inmenso estrato intermedio de la administración, los funcionarios políticos y estatales para los que el régimen creado bajo Stalin era algo «propio», el medio natural, una fuente de privilegios y de poder prácticamente incontrolable sobre los individuos” (De “Memorias de los años decisivos: 1985-1992”-Globus Comunicación-Madrid 1994).

El primer problema que se advierte es que la “sociedad sin clases” (al menos en teoría), genera una clase privilegiada que explota laboralmente al resto. Como tal clase es la “dueña efectiva” del Estado, el ciudadano común tiene pocas esperanzas y posibilidades de revertir la situación. Andrei Amarik, uno de los disidentes más conocidos, escribió: “La sociedad contemporánea soviética puede ser comparada con un sándwich triple cuya parte superior es la burocracia gobernante, la parte central está integrada por la «clase media» o «clase de especialistas»; mientras la parte inferior, la más numerosa, está compuesta por obreros, campesinos, empleados menores, etcétera. La cuestión de que la sociedad soviética pueda reorganizarse a sí misma de una manera pacífica y sin dolor alguno, y supere el futuro cataclismo con bajas mínimas, dependerá de la rapidez con que la parte central del sándwich se agrande en perjuicio de las dos restantes así como de la rapidez con que la «clase media» y su organización crezcan: si este proceso resultara más veloz o más lento que la desintegración del sistema”.

“Es de observar, no obstante, que existe otro factor potente que se opone a la probabilidad de cualquier clase de reconstrucción pacífica, e igualmente negativo para toda categoría de la sociedad: es éste el aislamiento extremo en que el régimen ha puesto tanto a la sociedad como a sí mismo. Tal aislamiento no solamente ha separado al régimen de la sociedad, y a cada uno de los sectores sociales de los restantes, sino que, a raíz del mismo, también el propio país se encuentra completamente aislado del resto del mundo. Dicho aislamiento ha creado para todos –desde la elite burocrática hasta las capas sociales más bajas- una imagen casi surrealista acerca del mundo, y acerca de su ubicación dentro del mismo. Pero cuanto más tiempo tal estado de cosas permita que se perpetúe el status quo, será más rápido y decisivo su colapso una vez que la confrontación con la realidad haya resultado inevitable” (De “La voz de los valientes” de Mario Ferzetti-Editorial Intercontinental-Buenos Aires 1971).

Mientras que, en un sistema democrático, todo está permitido excepto lo que la ley prohíbe, en los sistemas totalitarios, todo está prohibido excepto lo que el Estado permita. Amarik agrega: “Los obreros, por ejemplo, están amargados por no tener derechos frente a la dirección de la fábrica. Los campesinos están resentidos a causa de su dependencia absoluta del presidente del kolkhoz (granja colectiva), el que, a su vez, depende completamente de la administración del distrito. Todo el mundo está enfadado a raíz de las grandes desigualdades en los bienes, los salarios ínfimos, las graves condiciones de viviendas, la falta de los bienes de consumo más elementales, el registro obligatorio en su lugar de residencia y de trabajo, etcétera”.

Gorbachov confirma tal situación: “Un serio defecto del sistema político fue la estatización de la vida social. La regulación estatal se había extendido prácticamente a todas las actividades de la sociedad. La tendencia a la minuciosa planificación y al control centralizado de todos los aspectos de la vida encorsetó literalmente al país, frenó la iniciativa de las personas, de las organizaciones, de las colectividades. Eso dio origen, entre otras cosas, a una economía «paralela» que se aprovechaba de la incapacidad de los órganos estatales para satisfacer las necesidades de la población”. “La esencia de los cambios efectuados, tal como los entiendo hoy, es liberar a la sociedad de la sumisión, garantizar las condiciones que permitan a la gente tomar libremente sus decisiones en función de sus propios intereses y sobre la base del sentido común sin la presión de la ideología oficial. Y eso referido a todos los ámbitos de la realidad, es decir, a la economía, la política, la satisfacción de las necesidades culturales, etc.”.

El peor defecto que tiene el socialismo es la delegación total y absoluta de poder en una sola persona. Al estatizar los medios de producción, y todo lo demás, cuando tal persona padece de alguna anormalidad psíquica, se producen las grandes catástrofes sociales, como las ocurridas bajo los mandatos de Lenin y Stalin, o con Hitler en el caso del nacional-socialismo, sistema que compartía el mismo defecto señalado. Gorbachov agrega: “La amarga experiencia me ha convencido decididamente del anti-humanismo y de la ausencia de futuro del modelo de «socialismo» impuesto por Stalin y que, en realidad, no tenía nada de socialismo”.

El citado autor parece ignorar que Stalin fue un continuador de la obra de Lenin y que “socialismo” implica “estatización de los medios de producción”. En los casos de Lenin y Stalin se dio la peor alternativa; que el Estado soviético cayera en manos de líderes nefastos, mientras que en una situación en que el líder es una persona normal, en el sentido de que no implanta el terror (como fue el caso del propio Gorbachov), el sistema cayó rápidamente. La vigencia actual del socialismo en Cuba, es un indicio del nivel de terror implantado por los Castro, sistema que seguramente caerá en cuanto suba al poder una persona normal. Andrei Sajarov escribió: “El nazismo duró 12 años en Alemania. El stalinismo duró 24 en la Unión Soviética. Ambos periodos tienen muchas cosas en común y algunas diferencias. El stalinismo exhibió una hipocresía mucho más sutil y demagógica sin mostrar un programa caníbal como el de Hitler sino que se fundamentó en una ideología progresista, científica, socialista y popular”. “Esto le sirvió como pantalla eficaz para engañar a los trabajadores, para hacer bajar la guardia a los intelectuales y a otros rivales en la lucha por el poder, con el traidor y fulminante uso de su maquinaria de ejecución y torturas, sus informantes, intimidando y engañando a millones de personas, la mayoría de las cuales no eran ni cobardes ni tontas. Como consecuencia de este «tópico específico» del stalinismo, el pueblo soviético, en la carne de sus representantes más activos, talentosos y honestos, sufrió los peores golpes”.

“Entre 10 y 15 millones de personas murieron en las cámaras torturadoras de la NKVD (policía secreta), víctimas de torturas y ejecución, en los campos para kulaks exiliados (campesinos ricos) y los llamados «semi-kulaks» y los miembros de sus familias encerrados en campos «sin derecho a recibir correspondencia» que, en realidad, fueron el prototipo de los campos de concentración nazis y donde, por ejemplo, se asesinaron decenas de miles de prisioneros por razones de «congelamiento» o simplemente a causa de órdenes especiales” (De “La voz de los valientes”).

Para Gorvachov, socialista al fin, las millones de víctimas del stalinismo fueron un “detalle” que no impidió el progreso del país: “Lo paradójico de la situación consistía en que, pese a los increíbles abusos de la confianza del pueblo, del desprecio de sus intereses y de sus más elementales necesidades que llevó a la miseria y a la hambruna, pese al escarnio y al exterminio físico de una cantidad ingente de seres del todo inocentes, el país avanzaba. ¡Tan grande era el impulso de la Revolución de Octubre, tan grande la fe en el socialismo! Del socialismo se hacían depender todas las esperanzas y el futuro de un gran país, lo que demostraba cuán acertada había sido la elección histórica hecha en 1917”.

Esto suena parecido al caso de que alguien se admirara hoy de las carreteras alemanas y de otras obras de envergadura realizadas en la época nazi sin tener en cuenta el costo de vidas asociadas a su construcción; generalmente prisioneros que terminaban siendo asesinados. El valor de la vida humana, para marxistas y nazis, vale muy poco si se trata de alguien que se opone a sus planes y proyectos. Los ideales colectivos, materializados en obras concretas, les resultan bastante más valiosos.

La excesiva militarización de la economía, junto a la ambición soviética de expandir mundialmente el imperio, impidió que gran parte de los recursos se utilizaran para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Gorbachov agrega: “Los primeros pasos por los caminos de la perestroika nos convencieron, a mí y a mis compañeros, de que no lograríamos nuestro objetivo sin liberar al país del peso de la super-militarización, que se había vuelto insoportable y destructiva, del dominio sobre la economía del complejo militar industrial, así como de los gastos exorbitantes para mantener nuestra posición de superpotencia fuera del país: en los Estados aliados y en el tercer mundo. Esa interpretación nos llevó enseguida a la necesidad de cambiar radicalmente la política exterior, orientándola hacia el cese urgente de la «guerra fría», de la confrontación global con los EEUU y con Occidente en su conjunto”.

El socialismo sueco difiere de los socialismos impuestos por la fuerza o por el engaño, ya que se trata de una elección voluntaria. Sin embargo, se observaron inconvenientes similares. Roger Pasquier escribió: “El «modelo sueco» ha seducido al mundo no comunista, que ve en él uno de los mayores éxitos de organización social. Existe la fácil inclinación a creer que los suecos han resuelto los grandes problemas de la sociedad industrial moderna y que su ejemplo puede ser útil para inspirar a otros pueblos grandes y pequeños, europeos o no. Incluso los mismos suecos tienen la evidente tendencia a auto-otorgarse el premio a la excelencia y, según una fórmula que los corifeos de la socialdemocracia proclaman de buen grado en sus discursos, Sverige visar vägen, «Suecia muestra el camino»”. “Pero se han puesto de manifiesto también los aspectos menos luminosos, a veces incluso muy inquietantes, que tal modelo presenta, y problemas como el alcoholismo, la droga, la delincuencia juvenil o el suicidio han llamado frecuentemente la atención, mientras que su reputación de extrema libertad sexual causaba perplejidad en la opinión extranjera. Estos fenómenos evidencian que todos los «progresos» suecos están acompañados de una crisis moral” (Del Prólogo de “La semilla y la cizaña” de Tage Lindbom-Taurus Ediciones SA-Madrid 1980).

sábado, 3 de enero de 2015

Carlos Nino vs. Eugenio Zaffaroni

En la Argentina asistimos a un debate permanente entre quienes advierten que una causa importante del incremento de la violencia urbana radica en el accionar de un sistema penal poco neutral, ya sea por estar absurdamente a favor del delincuente (situación criticada por Carlos Nino) o bien por estar excesivamente en contra del delincuente (situación criticada por Eugenio Zaffaroni). Los citados autores son las figuras representativas de ambas posturas, pretendiendo el primero corregir la situación restringiendo las ventajas otorgadas al delincuente, mientras que el segundo avala una corrección concediendo ventajas al delincuente. Carlos Nino escribió: “El profesor Zaffaroni expone la posición que llama «realismo jurídico-penal marginal», que parte de la deslegitimación del sistema penal vigente, sobre todo en los países subdesarrollados (que pertenecen a lo que él llama «margen»). La causa fundamental de la deslegitimación de tales sistemas estaría dada por el hecho de que ellos irremisiblemente provocan más violencia que la que previenen, principalmente a través de los abusos represivos, prisiones preventivas que se convierten en penas, accidentes de tránsito y abortos que el sistema no impide, etcétera. Frente a ello el abolicionismo se presentaría como una alternativa atractiva; sin embargo ella resulta utópica dada la realidad actual de los países marginales. Según Zaffaroni más razonable sería optar por un principio de reacción penal mínima, que trate de minimizar a la violencia generada por el mismo sistema penal” (Del “Debate entre Carlos Nino y Eugenio Zaffaroni” en www.stafforini.com/nino/zaffaroni1.htm ).

En general, ambos juristas coinciden en el estado deficitario del sistema penal y penitenciario, aunque difieren en la propuesta para mejorar la situación. Al fallecer Carlos Nino en 1993, la influencia de Zaffaroni fue la predominante. Si tuviésemos que definir las posturas de ambos, podríamos sintetizarlas en las siguientes actitudes:.................. Nino: ‘La justicia penal y el sistema penitenciario no funcionan bien. Deben mejorarse ambos para el bien de los detenidos y de la sociedad’.

Zaffaroni: ‘La justicia penal y el sistema penitenciario no funcionan bien. Deben reducirse las penas para el bien de los detenidos’.

En cuanto al estado del sistema penal y penitenciario, Nino escribió: “La violencia que genera el Estado en algunos países como el nuestro a través de abusos de sus fuerzas de seguridad –muertes y lesiones en situaciones no claramente justificadas, apremios ilegales, detenciones arbitrarias, regimenes de arresto indignos, intimidaciones, etcétera- debe ser motivo de preocupación profunda para toda persona honestamente comprometida con la preservación de los derechos humanos. Lo mismo ocurre con aspectos aberrantes de nuestro procedimiento penal, como las prisiones preventivas que se convierten en verdaderas penas a presuntos inocentes, gracias a procedimientos de excarcelación extremadamente rígidos [escrito en 1991], un procedimiento judicial atrabiliario en cuanto a su lentitud, burocratismo y opacidad, y un régimen de detención que pervierte gravemente los fines aseguradores de la prisión preventiva de los procesados”.

“Sin embargo, el problema principal que advierto respecto del razonamiento de Zaffaroni es que, cuando los males anteriores generados por nuestro sistema penal lo llevan a la conclusión a que éste es irredimible, se está suponiendo, primero, que tales males no pueden ser de ningún modo evitados o atenuados, y que, segundo, el sistema no tiene una capacidad para prevenir otros males, de modo que, si los anteriores se atenuaran, esta capacidad podría legitimar el sistema. Este es un punto crucial porque no puede proponerse como punto ideal la abolición del sistema penal y como solución intermedia realista su inmunización si no se hace un examen minucioso y aquí sí apoyado por amplias pruebas empíricas sobre la imposibilidad de sanear tal sistema y sobre su eficacia preventiva”.

“Creo que muchos de nosotros percibimos que la amenaza de pena es efectiva en muchos casos para prevenir la comisión de actos dañosos (sin ir más lejos, pensemos, por ejemplo, cómo se han limpiado últimamente las calles de Buenos Aires de autos mal estacionados ante la amenaza combinada de grúa y el «cepo»). Me parece que muchos de nosotros no estaríamos muy tranquilos si se indultaran, por ejemplo, a todos quienes cometieran homicidios, tormentos, secuestros, atentados, violaciones, y se anunciara que en el futuro no se aplicará por esos hechos ninguna medida coercitiva y se permitirá que sus autores sigan desarrollando una vida normal”.

Lo que a Nino le parecía una imposibilidad casi absoluta, es decir, que delincuentes peligrosos anduviesen libremente por las calles, en este siglo se ha vuelto algo cotidiano. Y ello se debe al triunfo de las ideas de Zaffaroni en el ámbito de la “justicia”. Nino agrega: “El profesor Zaffaroni tiene razón cuando señala los gravísimos males que surgen del sistema penal vigente. Sin embargo, para llegar a las conclusiones normativas a las que llega –la abolición como ideal y la minimización como meta inmediata realizable del sistema penal- necesitaría además demostrar que los males del sistema penal no pueden ser evitados o contenidos y que ese sistema no produce ningún efecto beneficioso que deba ser tomado en cuenta antes de llegar a conclusiones normativas y adoptar cursos de acción. Sin esa demostración la propuesta que se nos hace es la de dar un salto al vacío, y ella simplemente resulta inocua por el hecho de que no hay muchos que estén dispuestos a darlo”.

“La obra que comentamos parte de la base de que el abolicionismo, o sea la desaparición lisa y llana del sistema penal, es el ideal al que se debe intentar llegar, por más que haya obstáculos considerables para su concreción inmediata”. “Frente a la objeción obvia sobre la indefensión en que se dejaría a la sociedad –e incluso más aún a sus sectores más débiles- sin ningún recurso a instrumentos coercitivos, objeción que reconoce la observación de sentido común de que la pena tiene alguna eficacia preventiva, el profesor Zaffaroni apela a los cambios que deberían producirse en la misma sociedad. Aquí está obviamente presente la imagen que ha alimentado a tantas utopías de una comunidad fraternal de hombres y mujeres, movidos por impulsos altruistas”.

De la misma manera en que el marxismo impulsa la implantación de una economía planificada a la cual el hombre debería adaptarse, en lugar de sugerir una economía que se adapte a los hombres reales, el abolicionismo de Zaffaroni pretende que la sociedad se adapte a esa ausencia de justicia penal en lugar de apoyar a la que se adapta a los hombres reales. Mientras que la implantación del marxismo se realizó bajo el alto costo de millones de víctimas inocentes, sin lograr éxito alguno, la implantación del abolicionismo, en la Argentina, se ha realizado hasta ahora bajo el alto costo de miles de víctimas inocentes, y en constante aumento. “El profesor Zaffaroni recomienda no tratar de alcanzar de inmediato la utopía abolicionista, no –como dice Ferrajoli- porque ello conllevaría el riesgo de venganzas privadas [justicia por mano propia], sino porque acarrearía el riesgo de que se recurra a medios aún más violentos que la pena para «disciplinar» a la sociedad. Por lo tanto, el autor recomienda adoptar la táctica de la intervención penal mínima tratando de reducir la violencia del sistema penal”. “A sus ejemplos [de Jon Elster] de que un poquito de socialismo o un poquito de racionalidad pueden ser peligrosos en un contexto capitalista o irracional, yo agregaría que un poquito de abolicionismo (aún suponiendo que éste sea bueno en un mundo ideal), en la forma de intervención penal mínima, puede ser sumamente riesgoso en un marco de considerable violencia”.

Zaffaroni llega incluso a dudar del carácter preventivo de las penas: “El que Zaffaroni no parezca dar importancia al efecto preventivo general no sólo del cepo y de la grúa sino de penas más importantes, como la prisión, francamente me desconcierta. Sostiene que no hay pruebas positivas ni negativas sobre ese efecto. Sin embargo, todos vivimos múltiples circunstancias de la vida cotidiana en que la gente deja de cometer un delito o una falta por temor a la aprehensión policial, al procesamiento, al castigo, y a la exposición pública a que todo ello da lugar”. “El que Zaffaroni asocie el efecto preventivo general no con la gente que está afuera sino con la que está dentro de la cárcel es demostrativo de una extraña resistencia a percibir ese efecto. Como, en un momento, la insistencia de alguien con tanta experiencia teórica y práctica en temas criminológicos como Zaffaroni me hizo dudar de si lo que yo veo como tan obvio no sería el resultado de una alucinación; en una encuesta realizada por el Centro de Estudios Institucionales sobre diversos aspectos de la ilegalidad en la Argentina, hice incluir una pregunta sobre si alguna vez el encuestado dejó de cometer una falta o delito por temor a la sanción. Aunque es obvio que se trata de una pregunta demasiado directa como para evocar respuestas sinceras en la afirmativa, aún así el 37,3% de los encuestados contestó afirmativamente. Por lo tanto, ¡por fin ahora tenemos la prueba positiva del efecto preventivo general de la pena que, según Zaffaroni, nunca se obtuvo!”.

“Ni siquiera me opongo a que se experimente cautelosamente en este sentido, aun antes de tener las complejísimas pruebas indirectas que nos permitirían ir sobre seguro. Pero sí me opongo a que se generalice sostener que toda pena es inherentemente ineficaz (al menos en una medida que hace que sus efectos beneficiosos nunca puedan compensar sus costos), a que se ignore que la pena puede ser un medio de protección a los derechos humanos (y no sólo usada como táctica en algunos casos de violaciones aberrantes), a que se desconozca el obvio efecto preventivo general de algunas penas, y a que se desprecie la necesidad de corroborar las conclusiones teóricas con pruebas empíricas fehacientes, y a que no se distinga suficientemente entre orden jurídico legítimo (como se hace cuando se insiste en asimilar las penas con secuestros)”.

Mientras que Carlos S. Nino puede descansar en paz por haber propuesto ideas que benefician a toda la sociedad, no podrá decirse lo mismo de Eugenio Zaffaroni al final de sus días, ya que carga sobre su conciencia con numerosas vidas truncadas de inocentes que fueron víctimas de asesinos que recuperaron la libertad, ante sus influyentes planteos, en lugar de quedar encerrados en una cárcel por un tiempo razonable y necesario. Diana Cohen Agrest, cuyo hijo fue asesinado, y revocada la condena a prisión perpetua del asesino, escribió: “Esta historia no es sólo mía. Porque en nuestro territorio arrasado, convivimos cientos de miles de enlutados, que lloramos a los miles de nombres silenciados, condenados a una ausencia perpetua. Mancillados por manos asesinas y por sentencias impunes que, valiéndose de las trampas de la (in)justicia, desconocen el valor de la dignidad humana” (De “Ausencia perpetua”-Debate-Buenos Aires 2013).

viernes, 2 de enero de 2015

La segunda naturaleza

Las distintas formas de vida implican procesos en los que los cambios asociados a todo ser viviente se encaminan a lograr mayores niveles de adaptación, es decir, que buscan ser aptos para la vida en un determinado medio circundante. Con el nombre de “segunda naturaleza” se designa al proceso por el cual el hombre establece innovaciones culturales y tecnológicas que requieren de cada uno de nosotros un posterior esfuerzo de adaptación. E. Donato y Prunera escribió: “Se ha dicho con razón que el hombre, biológicamente considerado, es un callejón sin salida, pero que la inteligencia le abre la salida del callejón en que le colocó la mezquindad de los medios orgánicos o físicos con que la naturaleza le ha dotado. Quiere decirse que el hombre «natural», que a la desnudez de su carne añade la desnudez que supone en él la falta de pelaje abundante y protector, si no fuera por la inteligencia sería uno de los animales más desamparados del orbe. El último gusano, la amiba más insignificante estaría más perfectamente adaptada a «su» medio que el ser humano, pese a su mayor corpulencia y vigor”.

“Pero la misma naturaleza que dio al hombre una carne harto frágil y accesible a todas las hostilidades imaginables de su medio, le dotó también de algo que le separa radicalmente del resto de los organismos vivientes. El hombre hace algo que no hace ningún ser vivo: piensa y razona. Y es esta facultad del pensar la que le fragua el camino de la liberación de la miseria física en que estaría si sólo dispusiera de lo que orgánicamente está en él a la vista. Si el hombre fuera «animal» sin más, sólo podría vivir –como les ocurre a otros animales- en zonas limitadísimas del planeta. Y aun allí, acosado por mil peligros y armado sólo con lo que físicamente posee en cuanto a organismo, estaría menos adaptado al reducido ambiente material de lo que lo está, por ejemplo, el mono, más capaz que él de huir de efectivos ataques de otros animales más fuertes” (Del Prólogo de “La segunda creación del mundo” de Joachim G. Leithäuser-Ediciones Destino-Barcelona 1958).

Puede hacerse una síntesis de los distintos procesos adaptativos:

1- Adaptación biológica al orden natural (Evolución biológica)

2- Adaptación cultural al orden natural (Evolución cultural)

3- Adaptación cultural a la innovación tecnológica (Segunda naturaleza)

Mientras que la biología describe el proceso de adaptación biológica, la antropología y las restantes ciencias sociales describen el proceso de adaptación cultural, quedando principalmente para la historia de la ciencia y de la tecnología la descripción del proceso por el cual aparecen las distintas innovaciones que favorecen y permiten nuestra supervivencia.

Un problema típico surgido de tal innovación es justamente el de la desocupación tecnológica, que ocurre principalmente en sociedades con mercados poco desarrollados. Al surgir una innovación que reduce costos, pero también mano de obra, perjudica en el corto plazo al trabajador reemplazado por la una máquina, e incluso en el largo plazo si se trata de sociedades como las mencionadas. Al respecto resulta conveniente citar algún ejemplo, como el de la industria textil inglesa del siglo XVIII. Joachim G. Leithäuser escribió: “John Kay inventó en 1733 el «tiro rápido»….El resultado fue que un tejedor podía fabricar un tejido doble de ancho; que los tejedores, temiendo el paro forzoso, destruyeran los primeros ejemplares de tales aparatos y que, a pesar de todo, después de algunas mejoras técnicas el nuevo invento se extendiera irrefrenablemente a partir de 1760, requiriéndose de las hilaturas mayor cantidad de material para la fabricación. Desde ese momento empezó una carrera de mecanización entre la industria del hilado y la textil: unas veces las rápidas máquinas de tejer exigían más hilo, otras las hilaturas rápidas producían tanto que se hacía necesario acelerar el proceso textil. Pero los obreros, al principio, trataron con toda energía de hacer fracasar la mecanización”.

Las cosas cambian cuando se establecen mercados desarrollados capaces de reabsorber a los trabajadores que perdieron momentáneamente su trabajo, mientras que la reducción de los costos permite al empresario disponer de excedentes para la inversión que permitirá luego generar puestos de trabajo adicionales.

La suerte de los inventores e innovadores no siempre fue la esperada por cuanto, a las protestas por parte de los trabajadores desplazados, se sumaba la competencia feroz de quienes utilizaban sus creaciones a veces sin reconocer derechos de invención, especialmente cuando no eran solicitadas a tiempo las respectivas patentes. Este fue el caso de James Hargreaves, el inventor de la máquina de hilar denominada Jenny. Leonard M. Fanning escribió: “El invento de Hargreaves había surgido por accidente. Un día su hija Jenny, en una travesura infantil, derribó su torno de hilar. Éste cayó de tal forma que el huso, normalmente horizontal, quedó vertical. Continuó girando, y el pobre hilandero pensó: -¿Por qué no instalar una serie de husos verticales, conectados mecánicamente, de manera de poder hilar varios hilos al mismo tiempo?”. “Con ocho usos verticales, fue el primer mecanismo que hiló más de una hebra en forma simultánea. En un momento aumentó ocho veces su producción. Pero le fue imposible ocultar su secreto. Su gran producción despertó las sospechas y la furia de los hilanderos. Atacaron su casa y destruyeron su nuevo invento. Después de eso Hargreaves abandonó Standhill para radicarse en Nottingham”.

“Imitando los husos verticales de Hargreaves, Richard Arkwright desarrolló el torno de hilar hasta obtener una máquina que no solamente producía de modo múltiple como la «Jenny» de Hargreaves, sino que también fabricaba un hilado superior, fuerte y resistente”. “El 3 de julio de 1769 Arkwright recibió su primera patente y, él también, se trasladó a Nottingham, centro de calcetería”.

“Un año después Hargreaves se presentó a patentar su máquina. Sus máquinas de hilar lograron gran popularidad y superaron en número a las de Arkwright durante casi un cuarto de siglo…Pero su creador no vivió lo suficiente para presenciar el triunfo de su invento, o para disfrutar de las ganancias. Murió en una modesta granja en 1778” (De “Padres de la industria”-Plaza & Janés SA-Buenos Aires 1965).

De casos como este se infiere que no sólo el trabajador común debe adaptarse a la innovación tecnológica a partir de una previa adquisición de conocimientos laborales que lo protejan de la desocupación, sino que también el inventor debe adaptarse a la sociedad en que vive solicitando a tiempo las patentes respectivas y anticipándose a lo que pueda hacer la competencia, especialmente cuando disponga de armas no del todo legales.

En oposición a la tendencia mencionada, y, en lugar de adaptarnos al orden natural o a la segunda naturaleza creada por el hombre, el socialismo propone una adaptación al un modelo de sociedad creado por un ideólogo que incluso en forma coercitiva elimina el proceso de “destrucción creativa” reeditando en cierta forma la actitud de los hilanderos ingleses del siglo XVIII, quienes destruían toda innovación creativas. A pesar de los fracasos reiterados, en países como la Argentina, predomina una opinión favorable hacia el socialismo que condujo al Muro de Berlín y un rechazo al tipo de economía que produjo el Milagro Alemán, que de aplicarse en el país, habría de constituir toda una innovación. Konrad Adenauer escribió: “El comunismo ha levantado una pared que atraviesa Berlín. La vigila con soldados, tal como se vigilan los muros de las cárceles para que no escapen los reos”. “De haberse necesitado mayor prueba del desdén de los derechos humanos de que hace gala Moscú y sus sátrapas de Berlín oriental, esta oprobiosa muralla sería esa prueba. Moscú habla de tranquilidad y paz, pero día tras día hombres, mujeres y hasta niños que intentan escapar de la prisión comunista y unirse a sus parientes en la parte libre de la ciudad, son muertos a tiros en la pared”.

“Rusia Soviética quiere extender este inhumano sistema a Berlín occidental. El primer paso hacia los fines de Moscú es «una ciudad libre y desmilitarizada», o sea, dicho con otras palabras, una ciudad indefensa. Sin embargo, la firme determinación de Occidente desbaratará todos los ataques a la justicia y a la libertad”. “El hormigón y el alambre de púa son los únicos argumentos con que el régimen comunista ha contenido la atracción que ejerce el mundo libre. En este triunfo aparente es donde la fuerza bruta denota su flaqueza innata frente a la lucha del hombre por la libertad. Lo que no es natural no puede sobrevivir. Por eso un día tendrá que caer la Muralla de Berlín” (Citado en “El muro de Berlín” de Deane y David Heller-Plaza & Janés SA-Buenos Aires 1963).

Uno de los objetivos perseguidos por la educación técnica actual es la de formar profesionales con una rápida velocidad de adaptación ante las innovaciones, ya que éstas, a su vez, responden a una imperante necesidad de supervivencia empresarial en todo mercado desarrollado y competitivo. En tal aptitud radica principalmente el éxito de la adaptación laboral a la segunda naturaleza. Joseph A. Schumpeter escribió: “La historia del proceso de producción de la industria del hierro y acero, desde el horno de carbón vegetal hasta el tipo actual de alto horno, y la historia del proceso de producción de energía, desde la rueda hidráulica hasta la turbina, y la historia del transporte, desde la silla de postas hasta el aeroplano. La apertura de nuevos mercados, extranjeros o nacionales, y el desarrollo y la organización de la producción, desde el taller de artesanía y la manufactura……ilustran el mismo proceso de mutación industrial –si se me permite usar esta expresión biológica- que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo ininterrumpidamente lo antiguo y creando continuamente elementos nuevos. Este proceso de destrucción creativa constituye el dato de hecho esencial del capitalismo. En ella consiste en definitiva el capitalismo y toda empresa capitalista tiene que amoldarse a ella para vivir” (De “Capitalismo, socialismo y democracia” (I)-Ediciones Folio-Barcelona 1996).

La analogía que hace Schumpeter entre economía y biología, al hablar de “mutación industrial”, no es casual, ya que el propio Charles Darwin elabora su teoría de la evolución por selección natural contemplando los procesos del mercado. Edmund Conway escribió: “En 1838, Darwin, inspirado por los escritos de Thomas Malthus, imaginó un mundo en el que los ejemplares más aptos sobrevivían y podían evolucionar en especies nuevas, más sofisticadas y mejores. «Tenía por fin», escribió, «una teoría por la cual trabajar». Y cuando se las observa con atención, las fuerzas que dan forma al mundo natural y a la economía del libre mercado se revelan asombrosamente similares” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2011).

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Justicia social vs. justicia natural

Mientras que muchos individuos tratan de eludir la elemental búsqueda de un trabajo genuino y productivo, y la posterior inversión parcial de recursos logrados, los distintos países buscan soluciones a sus problemas haciendo trampas a las leyes del mercado, que pronto se rebelan cuando ignoran sus normas. La búsqueda insistente de créditos, la redistribución de la producción o la excesiva emisión monetaria son algunas de las alternativas buscadas en reemplazo del trabajo y de la inversión genuina. De ahí que tengamos dos posturas extremas, denominando justicia natural a la situación emergente del trabajo, la inversión y el mérito, y justicia social a la situación emergente de la distribución de la producción por personas ajenas a la misma.

“Justicia social: Se refiere fundamentalmente a la justicia distributiva, en donde juega un papel importante el poder político, ya que es precisamente la autoridad del Estado la que está especialmente obligada en virtud de este tipo de justicia. En este caso es al individuo a quien se le es debido”.

“La obligatoriedad que entraña la norma de justicia distributiva o social va dirigida a la sociedad global: a quien gobierna, a quien legisla, a quien «administra» el bien común general”. “La justicia social es la justicia propia de la función de gobernar, la cual debe tender no solamente al logro del bien general sino también a salvaguardar y respetar la dignidad de cada individuo, facilitándole el acceso a los bienes y servicios fundamentales (a él y a quienes de él dependan)” (Del “Diccionario de Sociología” de Enrique del Acebo Ibáñez y Roberto J. Brie-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 2006).

La justicia social así considerada, coincide bastante con el ideal de los regímenes totalitarios en donde el Estado, o quienes lo dirigen, sustentan la creencia de que ellos, los políticos, están capacitados tanto ética como intelectualmente para redistribuir las riquezas producidas por otros y que, a la vez, quienes las producen no poseen la mencionada capacidad. Esta creencia implica cierta descalificación al sector empresarial a favor de una sobre-valoración del sector político, creencia que nadie, desde la psicología, ha podido justificar todavía.

Desde el punto de vista de la justicia natural, se supone que la distribución de la producción se ha de realizar a través del intercambio de bienes, servicios y trabajo en el ámbito del mercado. Como no todas las personas están capacitadas para la actividad laboral, el Estado se ha de encargar de esos casos con la contribución empresarial por medio de impuestos. De ahí que esta postura contemple, además, las obligaciones morales que surgen de la comunidad para cubrir las necesidades que no pudo el mercado o el Estado. De esta forma, se tiende a buscar mejores resultados ya que, por lo general, el proceso de redistribución de las riquezas (justicia social) tiene rendimientos del 30% en países con mediana corrupción (EEUU) y bastante menores en aquellos con elevada corrupción. Milton Friedman escribió: “Los programas estatales de asistencia a los pobres son un fracaso, a los que se agrega el fraude y la corrupción”.

La situación ideal implica una integración y coordinación entre Estado y mercado para intentar solucionar los problemas concretos. Sin embargo, quienes defienden el sistema de ayuda estatal, pretenden la exclusividad como benefactores, desalentando la ayuda voluntaria e individual, actividad que enaltece a las personas. El reemplazo de la justicia natural por la justicia social no sólo produce malos resultados económicos, sino también sociales. Wilhelm von Humboldt escribió: “En la medida en que cada individuo descansa en el asistencialismo del Estado, abandona su responsabilidad sobre la suerte y el bienestar de sus semejantes”.

La prioridad redistributiva, en lugar de la productiva, señala una actitud favorable hacia el subdesarrollo en lugar del desarrollo. Ella surge de la idea de que la riqueza no se genera, sino que está ahí, disponible para todos. Carlos Mira escribió: “La inclinación valorativa de una sociedad a generar riqueza por oposición a otra en la que el sesgo sea hacia la distribución de lo que hay, determinará cuál posee valores compatibles con el desarrollo económico y cuál manifiesta hábitos contrarios a él”.

“Caer en la conclusión de que ser socialmente justos es repartir esa riqueza entre los que viven en la Argentina es muy fácil. Si la riqueza es una especie de montaña estática de activos, lo más justo es tomarlos y dividirlos entre todos. También es una consecuencia derivada de este pensamiento que, hasta que no se haga esa división aritmética, si unos tienen más que otros, es señal que ésos se han «apoderado» (presumiblemente de modo ilegal) de una porción desproporcionada de riqueza común, por lo que el camino para igualar los tantos será ir y arrancarles de su patrimonio lo que antes arrancaron ellos del patrimonio de todos”.

La asistencia estatal se ha desvirtuado al ser utilizada como medio político para la compra de votos (clientelismo), que incluso puede alcanzar a varias generaciones que responden con una actitud de eterno agradecimiento. La búsqueda de la exclusividad distributiva caracterizó la labor de Eva Perón y su Fundación, mientras que la caridad cristiana, la verdadera, exige silencio y humildad incluso para repartir de lo propio.

La Fundación Eva Perón publicitaba exageradamente su “generosidad” repartiendo lo ajeno. Alberto Benegas Lynch (h) y Enrique Krause escribieron: “A partir del protagonismo de la Fundación Eva Perón y de la Secretaría de Trabajo y Previsión se impuso, mediante una abrumadora campaña masiva de difusión, un «nuevo concepto de beneficencia». Se intentó por todos los medios eliminar el concepto de ayuda al necesitado para reemplazarlo por el criterio de «justicia» al damnificado”. “Según esta concepción, la pobreza no era una cuestión que demandara ayuda de los benevolentes sino que requería ser «indemnizada» por tratarse de un acto de injusticia. La «ayuda social» era más bien un acto de «justicia» que de benevolencia. El Estado era el encargado de remediar, de equiparar el daño realizado al pobre”.

“El cambio fue llevado a cabo de una manera violenta, a pesar de que ya se estaba insinuando en los escritos y las demandas de los socialistas de los años veinte. No obstante el odio impulsado desde la Fundación Eva Perón hacia las entidades voluntarias de beneficencia fue determinante del cambio de mentalidad”. “Las entidades de beneficencia y los socorros mutuos fueron desapareciendo paulatinamente a medida que crecía el protagonismo del Estado benefactor y de su brazo privado, la Fundación”. “Es más, dichas entidades fueron victimas de persecuciones físicas y de una fuerte campaña de desprestigio que las relegó a tareas marginales y acaso ocultas” (De “En defensa de los más necesitados”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1998).

Ahora no sólo se busca remediar la pobreza, sino la desigualdad (para que no se sienta envidia). Sin embargo, al culpar a un sector de la sociedad por la pobreza y la desigualdad, se promueve la violencia urbana. Carlos Mira escribió: “Desde las iglesias de las grandes ciudades hasta las capillas más humildes de los más ocultos rincones del país, se ha llevado a los oídos de los fieles la creencia en el reparto de la riqueza existente (solidificando la imagen de la riqueza como una montaña de bienes inmutables) y en la superioridad moral de la pobreza”. “El repiquetear constantemente sobre la mente de personas, ya bastante castigadas por las condiciones a las que el subdesarrollo las obliga a vivir, con la idea de que lo que a ellas les falta lo tienen otros, puede transformarse en algo muy peligroso para la tranquilidad pública. Del mismo modo, intentar una explicación económica del delito por la vía de justificar (o explicar) la delincuencia como una especie de consecuencia lógica de la pobreza puede llevar a la sociedad a experimentar hechos constantes de desasosiego al encontrar los delincuentes casi una licencia sociológica que justificaría y explicaría su accionar”.

“Este peligro se ha verificado y profundizado en la Argentina de los últimos años. Una extendida ola de explicadores profesionales de la delincuencia ha deslizado la idea de que la sociedad injusta ha marginado a los pobres y que éstos han salido a la calle, cargados con armas y municiones, para arrancar lo que creen que otros le privaron de disfrutar. Acto seguido, casi justifican ese accionar como la consecuencia de situaciones sociales de privaciones que parecerían justificar el robo, el asesinato, el secuestro y hasta la violación. Para estos cráneos, estas acciones vendrían a «equiparar los tantos» de una Justicia Divina a la que se ha desconocido”.

“No resulta extraño entonces, que sean, justamente, las tendencias izquierdistas de la sociedad las que más se destacan a la hora de elaborar las «teorías socioeconómicas del delito», porque ellas deben ver a los delincuentes como a los proletarios que están «arrancándole a la burguesía todo el capital» en una especie de avanzada hacia su consolidación como «clase dominante»”. “Haber llegado a elaborar, con pretensiones de seriedad, teorías que justifican el delito y la delincuencia; haber elevado a posiciones trascendentes a propagadores de esas teorías y haber insinuado que la delincuencia es una especie de compensación por la injusticia social, es suficiente como para demostrar en qué línea está la Argentina. Es obvio que, siguiendo esa línea, no habrá desarrollo económico” (De “Así somos…y así nos va”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2007).

Quien está a favor de los pobres, y de toda la sociedad, es el que trabaja y produce; quienes están en contra de los pobres, y de la sociedad, son los que pretenden repartir lo ajeno (quedándose con la mejor parte) y sin siquiera intentar producir algo por sus propios medios. Quizás la manifestación más escandalosa del relativismo moral es aquella que otorga al “redistribuidor” un supuesto mérito, mientras que descalifica al productor asignándole cierta culpabilidad. Ésta es la escala de valores predominante en el subdesarrollo. Incluso el sector redistribuidor promueve la violencia urbana, con los mismos autores ideológicos del avance guerrillero de los setenta, con una finalidad aparente similar: destruir la sociedad.

La violencia urbana, como reacción a la falta de respuestas ante la justicia social, elimina a ricos y pobres, a empresarios y obreros, a policías y militares, produciendo efectos similares a los que en su momento produjo la guerrilla de los 70, pero con menores dificultades, ya que esta vez, sin el apoyo de la URSS y sin tener que enviar unos 6.000 guerrilleros a adiestrarse a Cuba, pero con el apoyo del garanto-abolicionismo penal y el kirchnerismo, la izquierda ha logrado mantener intactos los ideales destructivos que Marx y Lenin promovieron respecto de la sociedad capitalista. De ahí la opinión de Marcos Aguinis cuando caracterizaba a la acción kirchnerista como “la venganza de los Montoneros”.

martes, 30 de diciembre de 2014

Exclusión social e hipocresía

En los regímenes de tipo populista o totalitario, por lo general no se cumple con la mayoría de las promesas gubernamentales, de ahí que se pretenda compensar esa ausencia con la propaganda oficial haciéndole creer a la opinión pública en el cumplimiento efectivo de tales objetivos, mientras que la realidad es todo lo contrario a lo que dicen las autoridades. Por ello se ha dicho: “Dime de qué te jactas y te diré de qué careces”. Andrei Sajarov escribió respecto de la Unión Soviética: “La tesis que afirma la pretendida excepcionalidad del sistema político y económico soviético ha constituido siempre un «dogma de fe» para la propaganda soviética y prosoviética…Este dogma se defiende con tanta mayor insistencia cuanto más evidente se hace el completo fracaso de la mayoría de las promesas que contiene” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).

Como lo que más le importa a un líder populista o totalitario no es la realidad, sino la opinión que se tenga de esa realidad, en lugar de intentar realizar las promesas, crea un relato que cuesta menos trabajo y esfuerzo, manteniendo contenta a la población hasta que pueda advertir el engaño recién cuando llegue la etapa de un próximo gobierno, en cuyo caso el líder mentiroso ya no estará allí. Incluso es posible que trate de encubrir sus actos culpando a los “enemigos” con las intención de volver al poder en el futuro. La propaganda oficial ayuda a los gobernantes a encubrir errores, ya que parecieran sufrir un severo complejo de inferioridad que será compensado con un consiguiente complejo de superioridad. Los habitantes, eso sí, tendrán que soportar las consecuencias de los desajustes psicológicos de quienes eligieron para que los gobiernen. El citado autor agrega: “La realidad soviética no soporta la comparación con los países capitalistas adelantados; de ahí la imperiosa necesidad de sustentar el dogma y mantener a nuestra sociedad bajo la hipnosis de una fe ciega, responsable, entre otras causas, de la atmósfera de secreto a que aquélla está sometida. Al socaire de tal estado de cosas, se han elaborado alegaciones como la siguiente, que muchos recordamos todavía: «¿Qué sentido tiene aprender de nadie si, a fin de cuentas, llevamos sobre los demás una era histórica de adelanto?»”.

En la Argentina kirchnerista, la propaganda oficial menciona bastante seguido la “inclusión social” y la “igualdad”, de donde surge cierta sospecha por la veracidad del cumplimiento de tales objetivos. En primer lugar, se advierte una tendencia a buscar nuevos destinatarios de las ayudas sociales. Los gastos excesivos del Estado favorecen tanto el proceso inflacionario como la vagancia y desalientan la inversión, ya que el empresario, presionado excesivamente con impuestos, dispone de menores recursos para la inversión. Al reducirse la inversión, se reduce la posibilidad de crear empleos genuinos. El propio Aníbal Fernández, político representativo del kirchnerismo, advirtió la efectividad provisoria de tales planes. Guillermo Laura y Adolfo Sturzenegger escribieron: “A mediados del 2003, el ministro del interior, Aníbal Fernández, reconoció que el Plan Jefes y Jefas de Hogar «es una porquería ya que significa la demostración más acabada del fracaso de la política», aunque advirtió que se implementó para «resolver el hambre de 15 millones de habitantes». «El mejor momento va a ser el día que lo saquemos. Va a ser bárbaro, porque los beneficiarios van a tener trabajo y con su plata harán lo que se les antoje y darán de comer en el mejor comedor que existe en el mundo: el de su casa, con la vieja al lado» (La Nación, 25/8/2003)” (Citado en “Abundancia de lo indispensable”-Pearson Education SA-Buenos Aires 2004).

Como las ayudas sociales generan muchos votos, ya que el receptor puede sentir temor a que un cambio de gobierno lo deje sin ese recurso, son utilizadas por el populismo como una manera de mantener el poder. De ahí que tal dependencia respecto del Estado, implica una forma concreta de exclusión social, ya que la persona incluida en la sociedad no es aquel que requiere de una ayuda mensual, sino quien es capaz de ganarse el sustento por sus propios medios.

Es oportuno mencionar alguna de las costumbres predominantes en países avanzados. Es frecuente, en los EEUU, que los padres ricos concedan a sus hijos nada más que lo necesario para sobrevivir, buscando que aprendan a ganarse la vida por sus propios medios sin depender de los demás. Por el contrario, brindándoles comodidades y seguridad suficientes, impiden que se capaciten para una verdadera inclusión social.

Ante una desmedida búsqueda de igualitarismo (igualdad ficticia, o no natural), se han eliminado premios y castigos en los distintos establecimientos educativos estatales, de tal forma que los buenos alumnos deban adaptarse a los peores, o bien irse a colegios privados. Los resultados en los exámenes que se toman a nivel internacional muestran la grave decadencia de la educación argentina, siendo una causa de exclusión social masiva, dado que el bajo nivel adquirido por los alumnos los hace ineptos para desempeñarse en trabajos que requieran de ciertas habilidades intelectuales. Alejandro Katz escribió: “De todos los factores necesarios, la educación es el que más efectos produce en el largo plazo. No es extraño, por tanto, que haya sido el más desatendido por el Gobierno, tal como demuestran, más allá del gasto realizado y con una contundencia que no admite respuestas, todas las pruebas de evaluación de calidad educativa. El derecho de acceder a una escuela pública de calidad ha sido expropiado. A tal punto lo ha sido que los sectores populares que aún pretenden dar a sus hijos una buena educación aspiran a enviarlos a escuelas privadas, aunque éstas sean escuelas parroquiales: la continuada decadencia de la educación pública y la consiguiente migración de la escuela estatal a la privada no son prueba del fracaso de la política gubernamental, son prueba de su éxito, del triunfo de una concepción de la sociedad que, más allá de los discursos, se ha desinteresado del derecho que tienen a acceder al futuro aquellos que no lo han recibido de sus mayores como herencia” (De “El simulacro”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2013).

Otra forma de exclusión social generada por el kirchnerismo es la que distingue entre aliados y opositores al gobierno, es decir, a amigos y enemigos. En los medios masivos de difusión oficialistas, los políticos, periodistas o empresarios que den muestras de no coincidir con el gobierno, son denigrados y difamados en forma permanente. De ahí que la persona de pensamiento independiente, cuando es catalogada como enemigo, no tendrá la menor predisposición a tener vinculo alguno con alguien que esté de acuerdo con el odio masivo que se siembra desde el propio gobierno nacional.

Para reforzar la división de la sociedad se recurre a dos factores adicionales: la unificación del enemigo y la mentira histórica. La primera implica unificar en un enemigo común al capitalista, empresario, pro-occidental, burgués, católico, neoliberal, etc., de manera que los defectos asociados a cada categoría puedan asignarse a las restantes. En cuanto a la distorsión de la verdad histórica, se ha procedido a ignorar la acción terrorista de los grupos subversivos de los 70 con más de 20.000 atentados, unos 1700 secuestros extorsivos y alrededor de 1.000 asesinatos. Se ha optado por silenciar el hecho de que tales terroristas recibían apoyo de una potencia extranjera, a favor de la que luchaban, mientras que el sector argentino sólo intentaba cumplir con la misión que por ley le corresponde a todo militar. Que haya habido excesos en la represión, no justifica que gran parte de la población manifieste abiertamente haber preferido el triunfo del invasor que del propio sector nacional. Pretender que la Argentina haya formado parte de la URSS, viviendo como actualmente viven los cubanos, es una muestra más del intenso odio que sienten los kirchneristas por el sector “enemigo”.

La exclusión del país del contexto internacional, debida a la necesidad del gobierno de entrar en conflicto con alguien, ha debilitado nuestra imagen cerrando puertas para el comercio global. La imagen del país no es la mejor cuando oficialmente se hace ostentación de soberanía no pagando las deudas contraídas, o no respetando fallos judiciales y ni siquiera la persona y la investidura de los miembros de una justicia que fue admitida previamente para casos de posibles litigios.

Finalmente tenemos la exclusión social del peligroso delincuente, principalmente por obra de Eugenio Zaffaroni y de sus secuaces, quienes pretenden incluirlo socialmente a costa de las víctimas inocentes que no sólo quedan marginadas de la sociedad, sino de la vida. El peligroso delincuente en libertad despierta sensaciones similares a las que provoca un perro rabioso, ya que sólo puede sentirse temor y deseos de estar lo más lejos posible, de ahí que no pueda decirse que por ese camino se lo ha de reinsertar en la sociedad o que en el futuro se lo haya de lograr.

Puede hacerse un resumen de las distintas formas de exclusión que caracterizan a la “década ganada”:

1- Exclusión laboral: autonomía vs. dependencia

2- Exclusión educativa: privada vs. estatal

3- Exclusión política: amigo vs. enemigo

4- Exclusión histórica: militarismo vs. guerrilla

5- Exclusión nacional: nacionalismo vs. internacionalismo

6- Exclusión en seguridad: delincuencia vs. decencia

Puede decirse que el kirchnerismo promueve la desintegración social tanto como la nacional, aunque un sector importante de la población no tenga el menor inconveniente en que ello ocurra. Alejandro Katz agrega: “El progresismo reaccionario kirchnerista no se propuso explorar los modos en que los individuos puedan gozar de autonomía, participar así de la vida política y decidir sobre sus propios destinos personales: su problema, una vez más, no es enfrentar la laboriosa tarea de contribuir a una sociedad justa, es tan sólo la acumulación y el mantenimiento del poder. La concentración de riqueza tiene su correlato en una concentración inaudita de poder porque una economía de consumidores –y no de propietarios- se corresponde con una democracia de clientes-y no de ciudadanos”.

“El progresismo reaccionario lo sabe: sabe que mayor autonomía para las personas, que una mejor distribución de la riqueza, que un incremento en el grado de libertad de los ciudadanos entraña una pérdida de la libertad del gobernante. Y es allí donde opera la teoría del poder kirchnerista según la cual el líder es el único que debe gozar de una libertad total, a expensas de la libertad de los demás. Opera, justamente, a contramano de una teoría de la sociedad justa, integrada por individuos autónomos, propietarios, dueños de sus destinos individuales”.