viernes, 1 de mayo de 2026

El panfleto como reacción a los totalitarismos

En los países gobernados por líderes totalitarios, la libertad de expresión queda reducida a un mínimo. Incluso los medios masivos de comunicación han sido silenciados por el gobierno quedando sólo el panfleto anónimo como único medio de expresar descontento o bien para hacer consciente a la población de la situación del país, de su presente y de su futuro. El anonimato se adopta ante una segura reacción gubernamental que detiene y encarcela a toda opositor al sistema.

En la etapa soviética, los panfletos que circulaban se conocían como samizdat (del ruso sam "uno mismo", e izdat, "publicación"), realizados con máquinas de escribir y papel carbónico, también reproducidos con mimeógrafos. Este proceso era prácticamente el único que permitía mantener la clandestinidad, ya que las reproducciones se hacían en varios lugares, a medida en que recibían alguna copia del panfleto.

En la etapa totalitaria en la Argentina, durante el peronismo de los años 40 y 50, cuando los pocos diarios y las pocas radios independientes se cuidaban de emitir información verdadera, que podía afectar la imagen del tirano, sólo quedaba la posibilidad del panfleto como medio de reacción. Este es el caso de Juan Carlos Goyeneche, uno de los escritores que realizaban escritos breves para su difusión clandestina. Tales escritos dejan de ser anónimos luego de la caída del gobierno totalitario.

A continuación se mencionan fragmentos de tres "Cartas abiertas del Pueblo Argentino al general Perón", del mencionado autor, distribuidas durante el año 1955:

CARTAS ABIERTAS

Hay momentos cruciales en que es mejor de una vez por todas poner las cartas boca arriba sobre la mesa. ¿No te parece que ya es hora de que hablemos claro? De lo contrario podrías creer que todavía continúas engañando. Pues bien: no engañas, ya no engañas a nadie. Y menos aún a este pueblo que con tanta falsedad invocas.

Porque tu gran recurso es la palabra Pueblo. Detrás de ella, ¡Cuánta miseria ocultas! Es la bandera que enarbolas en el mástil de tu astucia para distraer la atención de las mercancías averiadas que abarrotan tus bodegas.

El pueblo manda, dices. ¿Acaso el pueblo te ordena que estés rodeado de incompetentes y ladrones?

¿Te pide el Pueblo que arranques de los niños la fe en Dios, que dignifica, y la reemplaces por una adulación a tu persona que degrada y envilece?

¿Te pide el Pueblo que le quites jornales de unos salarios cada día más insuficientes para que tu efigie de ególatra se levante en mármol, en bronce, en oro, en arcos de triunfo y en monumentos gigantescos por todo el ámbito del país?

¿No crees que el Pueblo preferiría que el cemento empleado para ensalzar tu vanidad sirviera para hacer transitables las calles de la ciudad o para evitar que muchos caminos del país sean otras tantas "rutas de la muerte"?

¿No crees que si hubiera menos mármol en tus estatuas y menos dinero en tu cuenta particular en los Bancos de Suiza o de Nueva York podría haber más remedios en los hospitales?

¿Es quizás el Pueblo el que pide que periódicamente te organices atentados y complots, exponiendo la vida de pobres gentes para avivar un poco una popularidad que se extingue?

¿Acaso te pide el Pueblo que te dirijas como un "padre" a la juventud y corrompas a tus elegidas con dádivas fastuosas propias de las que hacen los gangsters a sus queridas, mientras sube la vida para el resto de la población, se multiplica el costo de los teléfonos y el precio de los transportes amenaza irse a las nubes?

No. Ese Pueblo que invocas como bandera no es el pueblo argentino. Es un pretexto para tu sensualidad, una falsa bandera de pirata.

El verdadero pueblo es el que no te permitirá que, después de haber sido engañado una vez oyéndote hablar de soberanía e independencia económica, lo vuelvas a engañar ahora con persecuciones clericales para disimular la entrega del patrimonio nacional, del petróleo, del subsuelo del país y de sus lugares estratégicos, con el fin de mantenerte unos días más sobre un sitial que ya consume la carcoma.

"Son los mismos adversarios de siempre", gritas intranquilo al oír estas razones. ¡Cuánto te equivocas!, si es que en realidad te equivocas...

No. No son los mismos. No son los de siempre. Ahora son todos aquellos que han descubierto tu mentira los que te rechazan. Es ese pueblo noble al que engañaste con palabras nobles. Son los obreros traicionados por una oligarquía sindical que goza de tu favor en la medida que aumenta su fortuna y sus vicios. Son los jóvenes que están dispuestos a demostrarte que su conciencia no se compra con autos o motonetas, ni su patriotismo se apaga con carne de prostíbulo.

En toda esa gente honrada del país que tantas veces creyó que eras sincero cuando hablabas de principios cristianos y de amor a una patria que hoy humillas. Son los hombres honrados que manifiestan con tristeza su desengaño porque has llevado lo más oscuro del hampa a tus diarios para que te canten loas y organicen la mentira como sistema. Son las mujeres honradas a las que has ofendido dándoles como representantes en el parlamento a mujerzuelas reclutadas en lupanares. Son los militares dignos que ven con vergüenza al más alto uniforma servir como pantalla de todas las bajezas. Es, en fin, todo el noble pueblo argentino trabajador y sufrido, honrado y leal, el que hoy te repudia.

El 1 de mayo de 1955 murió en la Plaza de Mayo tu sueño de eterna popularidad y de perpetuo halago de pobre criatura ensoberbecida. En esa ocasión el pueblo argentino hizo presente su rechazo con su frialdad, con su silencio y, sobre todo, con su ausencia.

No te equivoques, sin embargo, con los últimos aplausos que aún puedas encontrar provenientes del mundo irregular del resentimiento y la amargura. Allí se agrupan, para corear tus fraudes, los malos hijos que has enconado contra sus padres; los malos alumnos que has incitado contra sus maestros; los malos obreros que has comprado para que traicionaran a sus camaradas; los malos ciudadanos que participan de la voracidad de riqueza de los que te adulan; los malos militares que has enfrentado contra sus superiores.

¿y quién no ha presenciado con dolor a tu mujer moribunda convertida por ti en una trágica marioneta para aprovechar hasta lo último su popularidad? ¿Cómo explotaste, luego, durante días, su cadáver para hundirla más tarde en el olvido o sacarla a la luz cuando ello convenía a tus planes?

(De "Ensayos, artículos, discursos" de Juan Carlos Goyeneche-Ediciones Dictio-Buenos Aires 1976).

No hay comentarios: