martes, 21 de febrero de 2017

Un Estado sin religión, una sociedad sin familia

En las primeras épocas del comunismo, no son pocos los escritores occidentales que se entusiasman con la idea de una sociedad distinta a la tradicional, especialmente por el hecho de que el Estado ha de reemplazar a la religión y la familia dejará de constituir la célula básica de la sociedad. El socialismo es esencialmente un proyecto destructor, que no sólo involucra a la religión y la familia, sino al sistema económico, el político y a la libertad personal. Los defectos de la religión, de la familia y de toda institución social son evidentes para la mayor parte de las personas. Sin embargo, existe la posibilidad de subsanarlos en lugar de destruirlos para reemplazarlos por otras formas menos efectivas de organización.

André Gide es uno de esos entusiastas con el socialismo, escribiendo al respecto en 1931: “Me gustaría vivir lo suficiente como para ver lograrse el plan de Rusia, y a los Estados de Europa obligados a inclinarse ante lo que se obstinaban en no reconocer. ¿Cómo una reorganización tan nueva habría podido obtenerse sin un periodo de desorganización profunda al principio? Jamás me he inclinado sobre el futuro con una curiosidad más apasionada”.

“Querría gritar muy fuerte mi simpatía por Rusia; y que mi grito se oiga, que tenga importancia. Querría vivir lo suficiente para ver el logro de este enorme esfuerzo; su éxito que deseo con toda mi alma, en el que me gustaría trabajar. Ver lo que puede dar un Estado sin religión, una sociedad sin familia. La religión y la familia son los dos peores enemigos del progreso” (Citado en “Una historia política de los intelectuales” de Alain Minc-Duomo Ediciones-Barcelona 2012).

En 1936 decide realizar un viaje a Rusia para ver de cerca la marcha de la nueva sociedad. Mientras que el auténtico intelectual no puede dejar de decir la verdad, la mayor parte de los escritores sigue confundiendo el socialismo teórico con el real, ayudando a prolongar el sufrimiento de las víctimas inocentes que deben padecer las novedosas experiencias de quienes suponen que basta con la expropiación de los medios de producción para resolver todos los problemas sociales. Gide escribe luego de su retorno: “La inercia de las masas, la dictadura intelectual, la presión policial, el culto a la personalidad, los fracasos económicos…”. “Y dudo que en ningún otro país hoy día, aunque fuera la Alemania de Hitler, el espíritu sea menos libre, más inclinado, más temeroso, más avasallado”.

A pesar de los nefastos resultados, gran parte de los “intelectuales” se oponen a Gide por decir la verdad sobre la URSS. Alain Minc escribió: “La condena es pues absoluta. Procedente de un compañero de viaje, es insoportable. Por ello el régimen lanza a sus batallones intelectuales contra Gide, como no dejará de hacerlo más tarde contra el inmenso ejército de comunistas decepcionados. Burgués, fascista, trotskista, esos epítetos formarán la trinidad de las injurias en un futuro. Y según un principio simplísimo, es necesario que otro gran escritor, dentro de los cánones esta vez, fustigue al renegado. Romain Rolland inaugura el papel: «Ese libro malo [Regreso de la URSS] es por cierto un libro mediocre, sorprendentemente pobre, superficial, pueril, contradictorio. Es un ruido hecho alrededor del nombre de Gide y a la explotación de su celebridad por parte de los enemigos de la URSS siempre al acecho y dispuestos a servirse contra ella de todas las armas que se ofrecen a su maldad»”.

“El redactor de ‘Regreso de la URSS’ se niega a sacrificar la verdad a la comodidad acogedora que había encontrado”. “Esa ida y vuelta se convertirá en la herencia de muchos intelectuales comunistas y luego anticomunistas. Gide lo hizo con una majestuosidad poco corriente y un sentido del matiz sin equivalente. Convertido en el primero de esta especie –de la tribu de los renegados, dirán los comunistas-, es el más respetable, porque no cedió, como lo harían tantos otros, a la alegría perversa de quemar con demasiada violencia lo que habían adorado con demasiada credulidad”.

Los decepcionantes resultados de la puesta en práctica de la abolición de la propiedad privada de los medios de producción generaron en el adepto al socialismo unas ansias desmedidas por destruir toda sociedad capitalista. Esta actitud es la misma que la del individuo que no le alcanza el dinero para comprarse un automóvil similar al del vecino y le resulta más sencillo, para obtener la “igualdad social”, incendiar en un descuido el vehículo de aquel por quien siente envidia. André Gide escribió: “Aunque no se ha concretado la tan pregonada Dictadura del Proletariado, existe cierto tipo de dictadura: la de la burocracia soviética. Es esencial advertir esto y no dejarse engañar. Esto no es lo esperado: casi podría decirse que era lo que menos esperaba la gente. Los obreros ni siquiera tienen la libertad de elegir a sus propios representantes para defender sus intereses amenazados”.

“El libre sufragio –público o secreto- es una burla y una patraña; los electores tienen simplemente el derecho a votar a los que han sido elegidos para ellos de antemano. A los obreros se les engaña, amordaza de pies y manos, para que la resistencia resulte virtualmente imposible. La partida ha sido bien jugada por Stalin y los comunistas del mundo entero lo aplauden, creyendo que, en la Unión Soviética por lo menos, han logrado una gloriosa victoria y llaman a todos los que no están de acuerdo con ellos enemigos públicos y traidores”.

“Pero en Rusia esto ha llevado a un nuevo género de traición. Una manera excelente de progresar es hacerse delator, lo cual lo pone a uno en buenos términos con la peligrosa policía, que lo protege a uno mientras lo usa. Cuando se ha empezado por ese camino fácil y resbaladizo, ninguna relación de amistad o lealtad puede detenerlo; en cada caso, uno se ve obligado a avanzar, resbalando más y más al abismo de la vergüenza. El resultado es que cada cual sospecha de cada uno de los demás y que las observaciones más inocentes –aun las de los niños- pueden provocar la destrucción, de modo que todos están en guardia y nadie se expansiona”.

“Durante mi gira por Rusia me llevaron a ver la ciudad modelo de Bolchevo, única en su género, porque todos sus integrantes son presidiarios: asaltantes, carteristas y asesinos….donde no sólo hay fábricas, sino también bibliotecas, centros de descanso y clubes. Cuando la visité, me pareció uno de los experimentos más nobles de mayor éxito de la Unión Soviética y una gran realización. Sólo más tarde descubrí, cosa que ignoraba al principio, que únicamente a los delatores –a los que denunciaran a sus compañeros de presidio a las autoridades- se les concedía el privilegio de vivir en esa colonia modelo. ¿Podía llegar más bajo el cinismo moral?” (De “El Dios que fracasó” de R. Crossman-Plaza & Janés Editores-Buenos Aires 1966).

Si existe algo parecido a un pequeño infierno en la Tierra, es el de los establecimientos educativos dirigidos por un directivo que escucha chismes y alcahueterías, promoviéndolas de esa forma. Los afectados por la difamación y las calumnias anónimas, comienzan a sospechar de todos, por cuanto no tienen la certeza de quién o quiénes pueden haberlo perjudicado, por lo cual tiende a separarse del grupo del personal de la institución. En la etapa soviética, los delatores no eran los “arrepentidos” que confesaban para reducir sus penas, como se hace actualmente en algunos países, sino que se promovía en niños y jóvenes la denuncia a sus propios familiares en caso de oposición política contra el régimen imperante. La familia quedaba relegada, como célula social básica, para darle lugar y prioridad absoluta al Estado y sus dirigentes.

Aun cuando el Papa Francisco exprese que “son los comunistas los que se parecen a los cristianos”, resulta bastante difícil entenderlo, ya que el socialista se opone a toda religión y considera más importante al Estado que a la familia, adoptando el disfraz de “cristiano” cuando las circunstancias políticas le muestren cierta conveniencia. Podemos hacer una comparación entre ambas actitudes:

Cristiano: propone mejorar al individuo; propone repartir las propias riquezas; propone dar su vida por la fe; propone la prédica universal del amor.
Marxista: propone instalar el socialismo previa destrucción de la sociedad existente; propone repartir las riquezas ajenas, nunca las propias; propone quitar la vida de los opositores al socialismo; propone la prédica universal del odio entre sectores.

Habría que preguntarle a Francisco y a sus seguidores en qué circunstancias observan la “igualdad” mencionada. Todo parece indicar que se trata de alguien que, como André Gide en un comienzo, creyó en las palabras atractivas del socialismo teórico sin atender al socialismo real. Mientras que Gide mantuvo su creencia en las primeras décadas del socialismo, Francisco tiene a su disposición los hechos innegables de la catástrofe socialista de China y de la URSS.

Una de las características de las ideologías poco compatibles con la realidad es que impiden que el adepto tome como referencia la propia realidad para reemplazarla por la ideología. Luego, las acciones y decisiones no serán buenas o malas según los efectos que provoquen, sino por la compatibilidad que tengan con la ideología. Es así que a veces se elige lo que produce el peor resultado. Jean-François Revel escribió: “Este proceso se repitió durante los años sesenta, porque en sus comienzos Breznev, como ahora Andropov, entonó el himno de la productividad, de la iniciativa, de la honradez; según el rito propio de semejantes situaciones, se inyectó un poco de vitamina capitalista en el comunismo, se toleró cierto beneficio, un poco de iniciativa en el seno de las empresas, se quiso volver a dar la palabra al mercado. Fue el momento de gloria de un tal Iván Kudenko, alto funcionario de la sección financiera del consejo de ministros y viceministro, que obtuvo resultados inesperados instaurando en ciertas granjas colectivas un sistema fundado en la libertad comercial y la gestión independiente”.

“Tuvo émulos, hasta el punto de que una verdadera oleada de capitalismo clandestino recorrió el país, constituyéndose una «oposición económica», dice Vladimir Bukovski, cosa, añade, que el poder no pudo soportar, pues «la superioridad del principio capitalista sobre el principio socialista de gestión era demasiado visible». Los innovadores fueron perseguidos, llevados a los tribunales, encarcelados. El propio Kudenko fue condenado a seis años bajo la acusación soberbiamente ingeniosa de «depredación de la propiedad socialista». Siempre ocurre lo mismo desde el momento, y este momento llega muy pronto, en que la introducción de estímulos económicos normales entra en conflicto con los fundamentos políticos del sistema” (De “El rechazo del Estado”-Sudamericana-Planeta-Buenos Aires 1985).

En la actualidad, la debilidad de las religiones pacíficas y el afianzamiento de las violentas, ha contribuido a debilitar los fundamentos morales de la sociedad, cuya primera consecuencia ha sido el debilitamiento de la familia y del matrimonio; vínculo poco respetado entre sus integrantes y poco respetado por terceros.