viernes, 17 de febrero de 2017

El lujo populista

Los líderes populistas, por lo general, se caracterizan por una predisposición al lujo y la ostentación junto a ilimitadas ambiciones de poder. Posiblemente ello se deba a que las masas asocian el éxito personal sólo a la posesión de dinero y al poder. De ahí que esperan de sus líderes señales de ese éxito. Juan José Sebreli escribió: “En otros tiempos, la vestimenta de reyes, prelados y aristócratas fue símbolo de su dignidad y poderío. En los tiempos modernos, la ropa se convirtió en señal de distinción entre las clases sociales. En la importancia otorgada por Evita a la ropa se mezclaban los motivos políticos con los personales: la necesidad de competir con la clase alta que la despreciaba”.

“Pero el vestuario respondía también a motivaciones más complejas: su majestuosidad de reina de cuento de hadas y, más específicamente, de Cenicienta rescatada por el príncipe, fascinaba a las masas populares por el mecanismo psicológico de proyección e identificación. Ella repetía incansablemente que era la «más humilde de las mujeres» para que los pobres se identificaran con ella, pero, a la vez, había llegado a lo más alto, cumpliendo simbólicamente los deseos insatisfechos de los desposeídos” (De “Comediantes y mártires”-Debate-Buenos Aires 2008).

Si tomamos como referencia una persona equilibrada, para quien es tan importante su cuerpo, como su intelecto y sus afectos, puede decirse que ambiciona para su vida sólo lo necesario. En cambio, si consideramos esta vez a una persona poco equilibrada, que tiene poca o ninguna meta intelectual y afectiva, seguramente ambicionará la mayor cantidad de bienes materiales, que serán considerados por la persona equilibrada como superfluos, por cuanto no son esenciales para una vida plena. Pelet de la Lozére escribió: “Hay más gente desgraciada por la falta de lo superfluo que por la carencia de lo necesario” (Del “Diccionario de Citas” de C. Goicoechea Romano-Editorial Labor SA-Barcelona 1955).

Se supone, en general, que lo superfluo es ambicionado por los ricos y lo necesario por los pobres. Sin embargo, quienes logran una buena posesión económica son, por lo general, quienes mejor administran sus bienes y son propensos a gastar sólo en lo necesario, mientras que el pobre, apenas sobrepasa el nivel de lo necesario, aspira al lujo y al poder, ya que pocas veces tuvo esa posibilidad. De ahí la expresión: “Si quieres conocer a alguien, dadle poder”.

El requerimiento de lo superfluo orienta la producción hacia el consumo mientras que la demanda de lo necesario la orienta hacia la inversión. La búsqueda exclusiva de lo necesario casi siempre genera un excedente que permite la capitalización individual. La cultura del trabajo se establece principalmente entre los sectores que priorizan la producción al consumo. Mariano Grondona escribió: “La revolución del desarrollo económico se produce cuando la gente sigue trabajando, compitiendo, invirtiendo e innovando, incluso cuando ya no lo necesita para ser rica. Esto es posible sólo cuando los valores que se persiguen, que promueven la prosperidad, no se disipan con la llegada de la prosperidad. Así, los valores imperantes en los momentos cruciales en que hay que tomar decisiones que conduzcan al desarrollo económico deben ser intrínsecos, dado que los segundos son, por definición, temporarios: únicamente los valores intrínsecos son inagotables. Ningún instrumento sobrevive a su propia utilidad, pero un valor intrínseco nos llama desde una cumbre siempre distante” (De “La cultura es lo que importa” de S. P. Huntington y L. E. Harrison-Ariel-Buenos Aires 2001).

En un mundo con bastante pobreza, a pesar de que los porcentajes han caído en los últimos tiempos, no se justifica la demanda de lo superfluo y mucho menos del lujo. Sin embargo, las figuras políticas que se autodenominan “defensoras de los pobres”, ambicionaban el lujo y el poder en una forma desmedida, contradiciendo aquél objetivo, o bien mostrando que no es auténtico, ya que tan sólo les sirve para fines electorales promoviendo el odio contra los ricos. Mary Main escribió sobre Eva Perón: “En la recepción del Círculo de Latinoamérica fue tratada, por única vez, con la deferencia a que estaba acostumbrada, ya que los representantes de Sud América que le fueron presentados sabían que sus deseos no eran los de una mujer bonita y caprichosa. Llevaba en esa oportunidad el más lujoso de todos sus atuendos; dorado de los pies a la cabeza. El traje dorado cubría su cuerpo como la piel de una sirena; un manto de lamé del mismo color coronaba los rizos para deslizarse sobre los hombros y el cuello, las orejas, las muñecas, las manos –todos los lugares donde podía exhibirse una joya- lucían pesadas alhajas, mientras las sandalias doradas aparecían tachonadas de piedras. No es de extrañarse que los diplomáticos latinoamericanos se comportaran como ante un miembro de la realeza y las señoras retrocedieran unos pasos para efectuar una cortesía”.

“A la noche, cuando fue a cenar al «Pre Catalán», del «Bois de Boulogne», los indisciplinados parisinos se trepaban sobre las mesas para observar a esa magnífica dama de traje dorado y daban a conocer su admiración en la más irrespetuosa y apreciativa de las formas” (De “La mujer del látigo: Eva Perón”-Ediciones La Reja-Buenos Aires 1955).

Por lo general, se considera legítimo el derroche de recursos económicos adquiridos legalmente. Sin embargo, tanto el empresario que los produjo como el político que los extrajo del Estado mediante un procedimiento legal, tienen obligaciones morales que son prioritarias sobre la legalidad de sus acciones. Tales obligaciones implican no derrochar los recursos que tanto necesitan otras personas.

La citada autora sigue su descripción del viaje a Europa de Eva Perón: “Los preparativos para la recepción oficial en Roma no alcanzaron la escala de Madrid. La embajada argentina sin embargo se superó para el magno recibimiento y reacondicionó, reamoblando, doce salones. Su dormitorio fue puesto en su estilo favorito, Luis XVI, y alhajado con dos óleos, uno de Perón y otro de Jesucristo. La fachada se refaccionó, iluminándola con proyectores y el costo de los arreglos alcanzó la cifra de doscientos cincuenta mil dólares”.

Los ataques frecuentes e interminables del peronismo hacia la oligarquía resultan llamativos e incomprensibles por cuanto pareciera que la mayor ambición de Eva Perón consistía en convertirse en oligarca, adquirir un poder ilimitado y hacer una obscena ostentación de sus riquezas (no generadas por ella, sino extraídas del Estado). “La representante de la clase trabajadora viajaba con un guardarropa tan costoso como el de una princesa hindú motivo de sus bodas y joyas tan magníficas que hubieran sido dignas de Cleopatra. Contaba con tres trajes y arreglos diferentes por cada uno de los sesenta días de su alojamiento”.

“El programa que le habían preparado en Madrid no le dejó tiempo libre para pensar en quejas y su ostentación debe haber satisfecho, por lo menos temporariamente, hasta su insaciable afán exhibicionista y rendido de cansancio a doña Carmen [la esposa de Francisco Franco], que tenía que acompañarla a todos lados”.

La gente que odia a los ricos, pero que quiere ser como ellos, imagina que llegar tarde a una reunión y hacerse esperar implica un “toque de distinción”, en lugar de ser una falta de respeto. Cuando Eva se desempeñaba como actriz, llegaba tarde a las filmaciones, impidiendo comenzar el trabajo de todo un equipo. Ello provocó un reproche de Libertad Lamarque, actitud que posteriormente le costó tener que abandonar el país. Una vez en el poder, en su viaje por Europa, Eva llegó tarde a la audiencia que le había concedido el Papa. Mary Main agrega: “Se dice que Eva, del brazo del príncipe Alessandro Rúspoli, que tenía un solo ojo, llegó veinte minutos tarde y que Su Santidad, con digno reproche, la hizo esperar el mismo tiempo. La Iglesia no iba a abandonar su rutina para agasajarla, no hubo la menor insinuación sobre marquesados y la audiencia, celebrada en la biblioteca del pontífice, duró la media hora usualmente concedida a las mujeres de los potentados extranjeros”.

Más adelante, agrega: “Eva había alcanzado lo que debería constituir la cumbre de sus ambiciones: ser la primera dama del país. La megalomanía, sin embargo, no cesa nunca de hostigar a sus víctimas, ya que ningún poderío puede satisfacerla y Eva, como el náufrago que bebe agua del mar, se veía devorada por una sed insaciable, acrecentada por cada aumento de influencia, que habría de conducirla, si la muerte no se le adelantaba, a la insanía”.

“Muchos estaban convencidos en esa época que si la aristocracia argentina –esos mismos terratenientes oligárquicos entre los que se contaban sus más acerbos enemigos- la hubiera recibido, ella no habría ambicionado más poder. Afirmaban también que era su inescrupuloso presente y no su turbio pasado lo que la hacía inaceptable”.

Sus ambiciones personales la impulsaban a lograr poder dentro del poder establecido por Perón. Al respecto, Mary Main escribió: “Por mucho que ocultara y se ocultara sus verdaderas motivaciones, lo cierto es que se hicieron más evidentes a medida que se acercaba a su meta. En este sentido la delató el afán de colocar a sus parientes e incondicionales en las posiciones clave del gobierno, tratando así de llevar las fuentes del poder de su marido a sus propias manos. En esos momentos se encontraba consolidando su posición y no la de él”.

“Ya había colocado a Nicolini, el amigo de su madre, en el cargo de ministro de comunicaciones, de manera que controlaba prácticamente todos los medios de comunicaciones. Tan pronto como se retiró Farell, persuadió a Perón que designara a su único hermano [varón], Juancito, como su secretario privado, ya que el anterior, Freude, estaba a cargo de la jefatura del departamento de investigaciones de la presidencia, su organización privada de espionaje. Juancito no había tenido otras experiencias que su actuación como comerciante en Junín”.

“Luego usó su influencia para conseguir que se eligiera como senador de la provincia de Buenos Aires al amigo de su hermana mayor, el mayor Arrieta. Blanca se había casado con un abogado, el doctor Álvarez Rodríguez, y Eva se preocupó de que fuera nombrado miembro de la Suprema Corte más tarde. El marido de su tercera hermana, un tal Orlando Bertolini, empleado como ascensorista, recibió el cargo de director de aduanas”.

“De esta manera, a través de sus parientes, obtuvo el control de la radiotelefonía, correos y telégrafos y disponiendo, asimismo, de aliados en el Senado y en la Suprema Corte, logró más tarde un contralor en el programa diario del presidente. Al ubicar a sus parientes no se guió por la capacidad que pudieran haber demostrado y mucho menos por afecto familiar, sino porque al hacerlo así vinculaba su porvenir al suyo propio y los obligaba, por interés, a una entera fidelidad".