sábado, 23 de febrero de 2019

Carta de Keynes a Hayek (Acerca de “Camino de servidumbre”)

Querido Hayek:

Mi viaje me ha dado la oportunidad de poder leer su libro prolijamente. En mi opinión es un magnífico libro. Todos debemos estarle agradecidos por decir tan bien algo que era muy necesario decir. No esperará Ud. que yo acepte completamente todas las opiniones económicas contenidas en él. Pero moral y filosóficamente estoy de acuerdo virtualmente con todo, y no sólo de acuerdo con él, sino también con un profundo y conmovido acuerdo.

Yendo hacia algunos pocos puntos especiales, yo creo que Ud. golpea fuera del clavo en la página 69 donde Ud. desaprueba todo lo que se ha dicho acerca de la abundancia al alcance de la mano. Indudablemente esto se debe en parte a tener yo puntos de vista diferentes de los suyos sobre los hechos. Pero fuera de esto, ¿no estaría más de acuerdo con su argumentación general recalcar que el hecho de que el problema económico esté más en vías de solución ahora de lo que estaba hace una generación, es en sí una razón de por qué somos más capaces de permitirnos sacrificios económicos, si es que realmente se necesitan, con el fin de asegurarnos ventajas no económicas?

Me parece que es sobre todo en esta precisa cuestión que la doctrina comunista está irremediablemente fuera de época al menos en su aplicación a los EEUU y Europa Central. Nos piden concentrarnos en la situación económica más exclusivamente que en cualquier periodo previo de la historia del mundo, precisamente en el momento en que por lo que ellos mismos muestran, las realizaciones técnicas están haciendo cada vez más innecesario ese sacrificio. Esta preocupación con el problema económico se lleva a su punto más intenso en una fase de nuestra evolución en la que se está volviendo cada vez menos necesario.

Su argumentación se basa en el muy dudoso presupuesto de que el planeamiento no es más eficiente. Verosímilmente, desde el punto de vista puramente económico es eficiente. Por eso es que yo digo que estaría más de acuerdo con su argumentación señalar que aun si los planificadores extremistas pueden sostener que su técnica será la más eficiente, sin embargo el avance técnico aun en una comunidad menos planificada es tan considerable, que hoy ya no necesitamos el superfluo sacrificio de libertades que aun ellos admitirían que tiene cierto valor.

Un punto que quizá Ud. debería haber profundizado es la tendencia de hoy a desacreditar el deseo de lucro mientras se depende todavía de él y no se pone nada en su lugar. Los párrafos al respecto en la página 97 son realmente muy buenos, no podrían ser mejores, pero me hubiera gustado haber visto ese tema algo más desarrollado.

En la controvertida cuestión moral encuentro extraordinariamente bueno y fundamental el último párrafo de la página 156.

Llego finalmente a lo que es en realidad mi única objeción seria al libro. Ud. admite en varias partes que se trata de una cuestión de saber distinguir los casos colocándolos de uno u otro lado del límite. Ud. concede que el límite debe ser establecido en algún lado y que el extremo lógico no es posible. Pero Ud. no nos da ninguna guía en parte alguna acerca de cómo establecerlo. En cierto sentido esto es eludir el problema práctico. Es cierto que probablemente Ud. y yo lo fijaríamos de diferente manera. Sospecho que de acuerdo con mis ideas Ud. subestima enormemente la posibilidad y conveniencia del compromiso. Pero tan pronto como Ud. admita que el extremo no es posible y que un límite debe ser establecido, Ud. está atrapado en su propio argumento, dado que Ud. está tratando de persuadirnos que tan pronto como uno se mueva un centímetro en la dirección de la planificación, está necesariamente lanzado en la resbalosa pendiente que lo lleva inconteniblemente hacia el precipicio.

Yo hubiera, sin embargo, concluido su tema muy diferentemente. Yo hubiera dicho que lo que nosotros queremos no es falta de planificación, verdaderamente yo diría que nosotros casi ciertamente queremos más. Pero el planeamiento debe hacerse en una comunidad en la cual la mayor cantidad posible de gente, tanto conductores como seguidores, compartan enteramente su propia posición moral. Un planeamiento moderado será sin riesgos si los que lo llevan a cabo están rectamente orientados en sus propias mentes y corazones hacia lo moral.

De hecho, esto es ya cierto en algunos de ellos. Pero la desgracia es que hay también un importante sector del cual se podría decir que quiere la planificación, no para gozar de sus frutos sino porque moralmente sostienen ideas exactamente opuestas a las suyas y quieren servir no a Dios sino al demonio. Leyendo «New Statesmen and Nation» uno piensa a veces que los que escriben allí, dado que no pueden oponerse sin peligro al planeamiento moderado, están realmente deseando en su interior, que fracase y así abrir la senda para acciones más violentas. Ellos temen que si las medidas moderadas tienen suficiente éxito, esto permitirá una reacción hacia la dirección moral que Ud. cree buena y ellos creen mala. Probablemente les estoy haciendo una injusticia, pero probablemente no.

Lo que necesitamos, pues, en mi opinión, no es tanto un cambio en nuestros programas económicos, que en la práctica sólo llevarían a una desilusión sobre los resultados de su filosofía; sino probablemente hasta lo contrario, es decir, una ampliación de estos programas. El mayor peligro que le acecha es el probable fracaso de la aplicación de su filosofía en los EEUU en forma bastante completa. No, lo que necesitamos es la restauración del recto pensar moral, una vuelta a adecuados valores en nuestra filosofía social. Si Ud. pudiera volcar su cruzada en esa dirección, no se parecería o se sentiría tanto como un Don Quijote.

Yo lo acuso, tal vez, de confundir un poco los problemas morales con los materiales. Actos peligrosos pueden llevarse a cabo sin riesgos en una comunidad que piensa y siente correctamente, los mismos actos que serían el camino al infierno si fueran ejecutados por aquellos que piensan y sienten incorrectamente.

Suyo afectísimo

Keynes



Claridge Hotel
Atlantic City, N.Y.
28 de Junio de 1944.

(Del libro “Sociología Económica” de José Enrique Miguens-Roque Depalma Editor-Buenos Aires 1958).

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