viernes, 27 de enero de 2017

Librepensadores vs. fanáticos

Especialmente en los ámbitos de la religión y la política, se pueden encontrar dos posturas extremas; la del librepensador, que adopta como referencia la propia realidad, y la del fanático, que se somete a una creencia, o un dogma, careciendo de pensamiento propio y de creatividad. Mientras que, para el primero, la verdad está al final de una cuidadosa elaboración mental de la información disponible, el segundo se considera poseedor definitivo de la verdad.

André Gide expresa la actitud del librepensador ante el dogmatismo. Respecto de “El Capital”, de Karl Marx, escribió: “Sin otro deseo que convencerme a mí mismo, y aun ceder y aprender: pero cada vez que volvía a él me sentía como dolorido y con la inteligencia como magullada por instrumentos de tortura…Lo que especialmente me disgusta en él es su teoría y todo lo que tiene de artificial, si no de irracional…falaz e inhumano. Creo que gran parte del prestigio de Marx procede del hecho de ser difícil de entender, con lo que el marxismo requiere una iniciación, y generalmente sólo se lo conoce mediante intermediarios. Es como la misa en latín: los que menos la comprenden, más la reverencian”.

“Tanto el catolicismo como el comunismo exigen –o, al menos, procuran- la sumisión de la mente. Cansados de las luchas de ayer, los jóvenes (y muchos de sus mayores) buscan –y creen haber encontrado- en tal sumisión descanso, seguridad y alivio intelectual…Es así como, sin ser realmente consciente de ello, o sabiéndolo demasiado tarde, van a contribuir a la derrota, la retirada y el destierro del espíritu, para implantar alguna forma de totalitarismo que no será mejor que el nazismo contra el que están luchando”.

“El mundo sólo será salvado, si es que puede serlo, por los insumisos. Sin ellos, se desmoronaría nuestra civilización, nuestra cultura, lo que amamos y lo que da a nuestra presencia sobre la Tierra su secreta justificación” (Citado en “Interpretaciones de la vida” de Will y Ariel Durant-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1973).

El librepensamiento, limitado y restringido sólo por el veredicto de la propia realidad, es combatido por el pensamiento único, sustentado por el dogmatismo y el control de quien impone, desde el Estado o desde el poder, las creencias elaboradas por quienes son incapaces de confrontarlas con otros pensamientos y con la propia realidad. Bertrand Russell escribió: “La libertad de opinión está estrechamente relacionada con la libertad de palabra, pero tiene mayor alcance. La Inquisición investigó, mediante la tortura, las opiniones secretas que los hombres trataban de guardar para sí. Cuando los hombres confesaban opiniones heterodoxas, eran castigados aun cuando no se probase que antes las hubieran expuesto. Dicha práctica ha sido restablecida en los países dictatoriales como Alemania, Italia y Rusia [se refiere al nazismo, fascismo y comunismo]. En cada caso, la razón es que el gobierno no se siente seguro. Una de las más importantes condiciones de libertad, en materia de opinión, como en otras materias, es la seguridad gubernamental”.

“Se puede decir que el pensamiento es libre cuando está expuesto a la libre competencia de las ideas, es decir, cuando todas las creencias pueden tener libertad de expresión, y no hay unidas a ellas ventajas o desventajas legales o pecuniarias” (Del “Diccionario del Hombre Contemporáneo”-Santiago Rueda Editor-Buenos Aires 1963).

En los sistemas totalitarios, en los cuales el Estado prohíbe disentir de sus directivas y elaborar pensamientos propios, surge de sus gobernantes la sospecha de complot o rebelión, lo que promueve las purgas preventivas contra los sospechosos. Tanto en el caso de la religión como en el de la política, la violencia surge necesariamente de la previa restricción de la libertad de pensamiento. Lo que resulta sorprendente, en todo esto, es que el socialista critica lo que la Iglesia promovía hace varios siglos atrás, mientras simultáneamente admite y apoya algunos regimenes actuales, o recientes, en donde la acción inquisitorial se acentuó notablemente. Zbigniew K. Brzezinski escribió: “El ciudadano totalitario vive en realidad una vida sumamente nerviosa. Está constantemente empeñado en alcanzar fines inalcanzables”.

“Presencia la eliminación o exterminio de sus conciudadanos, que han pasado a convertirse en «enemigos del pueblo». Y un sistema que combina la certidumbre ideológica con la conducción infalible sólo conoce un camino para desembarazarse de los obstáculos que encuentra a su paso: sacarlos. La infalibilidad en la conducción siempre significa que aquellos a quienes se purga tienen que haber estado excesivamente equivocados e implica que no se puede poner en tela de juicio ningún sacrificio, que no se debe lamentar ninguna eliminación y que no se debe escatimar derramamientos de sangre. El acierto histórico justificará la brutalidad transitoria”.

“La consecuencia característica del aislamiento de la jefatura totalitaria es la constante sospecha y, por ende, los constantes esfuerzos por eliminar las causas de esa sospecha. Cierto tipo de dirigente totalitario, comprendiendo astutamente la característica coercitiva del apoyo aparentemente unánime de que goza su régimen, busca enemigos reales, imaginarios o aún potenciales de su organización y procede a liquidarlos. La historia de la Unión Soviética, por ejemplo, es una singular colección de presuntos complots, conspiraciones y traiciones que culmina con las célebres purgas de 1936-38. Un dirigente totalitario así, no puede evitar una sensación de pánico porque para él frecuentemente lo real es lo desconocido, y lo conocido inspira temor”.

“De este modo la jefatura totalitaria se encuentra en una situación en cierto modo dual: disfrutando del poder absoluto, se ve obligada a recurrir a él por el hecho mismo de que lo posee. La posesión del poder aísla; el aislamiento fomenta la inseguridad; la inseguridad fomenta el recelo y el miedo; el recelo y el miedo fomentan la violencia. Por esta razón el totalitarismo ha sido caracterizado por muchos expertos en ciencias políticas como un sistema de terror: se ve obligado a amedrentar debido a la naturaleza a él inherente” (De “La purga permanente”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1958).

Por lo general, la sumisión que se impone a sí mismo el fanático, respecto de sus superiores, ha de ser la misma que impone, o trata de imponer, a los de menor rango jerárquico. El mundo real poco le importa, por cuanto en su mente ha sido desplazado, como referencia, por la ideología en cuestión. Mientras que el cristianismo original consiste en unos pocos mandamientos de fácil entendimiento y de difícil cumplimiento, la mayor parte de sus seguidores olvidaron la prioridad inicial y reemplazaron lo que Cristo dijo a los hombres por lo que los hombres dicen sobre Cristo, de donde surgen los dogmas de difícil entendimiento y de dudosa utilidad. Ignacio de Loyola expresó: “Por esta razón, si aparece blanco a nuestros ojos algo que la Iglesia ha definido como negro, debemos también declarar que es negro” (De “Ejercicios espirituales”).

Cuando la herejía se castiga con la muerte, aparece la posibilidad de encontrar herejes donde se los quiera encontrar, y más todavía cuando no se contemple la ley natural (de donde surgen los mandamientos bíblicos) sino que la referencia adoptada es originada en convenciones y disputas filosóficas. Santo Tomás de Aquino escribió: “Acerca de los herejes deben considerarse dos aspectos: uno por parte de ellos; otro por parte de la Iglesia. Por parte de ellos está el pecado, por lo que no sólo merecieron ser separados de la Iglesia por la excomunión, sino aun ser excluidos del mundo por la muerte; pues mucho más grave es corromper la fe, vida del alma, que falsificar la moneda, con que se sustenta la vida temporal. Y si tales falsificadores y otros malhechores justamente son entregados sin más a la muerte por los príncipes seglares, con más razón los herejes, al momento de ser convictos de herejía, podían no sólo ser excomulgados sino ser entregados a justa pena de muerte” (Citado en “Crítica de la religión y la filosofía” de Walter Kaufmann-Fondo de Cultura Económica-México 1983).

En la actualidad es posible advertir los deseos de exclusión que mantienen algunos fanáticos católicos, ya que si alguien emite una opinión que no coincide con sus creencias personales, se apresura a decir: “usted no es católico”. Incluso califica como “no cristiano” al sector protestante. Si ser cristiano implica cumplir, o al menos, intentar cumplir, los mandamientos de Cristo, resulta evidente la injustificada exclusión anterior.

El fanático religioso se asemeja un tanto al fanático del fútbol, personificado en el “barra brava”. Este tipo de aficionado tiende a desplazar a la persona normal, ya que, ante la violencia impuesta por los fanáticos, debe dejar de concurrir a la cancha. El fanático religioso supone que, mientras menos cristianos existan, mayor será su mérito para acceder a la “vida eterna”. “El fanatismo comporta la entrega exagerada y desmedida a una idea. Significa, por tanto, una exaltación de la inteligencia y de la voluntad. La exaltación fanática en la línea de la inteligencia es la obcecación; la exaltación de la voluntad, la terquedad”.

“Se ha considerado como componentes del fanatismo los tres elementos siguientes: obcecación extrema y rigidez temperamental, fuerte impulso a la acción (por ejemplo, al nivel de la propaganda) e impasibilidad ante el sufrimiento ajeno, fácilmente transformable en crueldad. Por otra parte, el fanatismo es contagioso: sobre todo en el fenómeno de masas” (Del “Diccionario de Ciencias Sociales”-Instituto de Estudios Políticos-Madrid 1975).

La soberbia está considerada como el principal pecado capital, siendo el fanático esencialmente soberbio, ya que no sólo se considera dueño de la verdad sino también depositario exclusivo del bien. De ahí la similar soberbia de los fanáticos totalitarios y religiosos. Nicola Abbagnano escribió: “La palabra fanatismo se ha usado a partir del siglo XVIII, en sustitución y a la vez que «entusiasmo» para indicar el estado de exaltación del que se cree penetrado por Dios y, por tanto, inmune al error y al mal. En el uso moderno y contemporáneo, fanatismo ha sustituido a «entusiasmo», para indicar la certeza de quien habla a nombre de un principio absoluto y que, por lo tanto, pretende que sus palabras tengan esta misma calidad de absoluto” (Del “Diccionario de Filosofía”-Fondo de Cultura Económica SA-México 1986).

El deterioro de la religión moral se establece principalmente cuando cae en manos de fanáticos que la conducen hacia un vulgar paganismo asociado a la superstición y a la irracionalidad. Así como el Islam ha caído en manos de quienes pretenden imponer un totalitarismo teocrático, la Iglesia Católica se identifica con la ideología promotora de la mayor catástrofe social de toda la historia de la humanidad; el marxismo-leninismo.