domingo, 26 de julio de 2015

Iglesia de los pobres ¿o de la pobreza?

El mensaje de la Iglesia se acerca cada vez más al del marxismo-leninismo, esta vez materializado en la Teología de la Liberación. Tal “liberación” no implica deshacerse de las actitudes erróneas que promueven los pecados, como supone el cristianismo auténtico, sino liberarse de los “explotadores capitalistas”. De ahí que las exhortaciones de la Iglesia pocas veces se dirijan a los pobres, para que traten de abandonar su situación económica, ya que, al suponerlos exentos de defectos, considera que sólo deben cambiar los empresarios; deben producir cada vez más y comer cada vez menos, para que alcance para todos.

Para la Iglesia resulta pecaminoso establecer intercambios que benefician a ambos participantes en la transacción; lo que constituye el acto fundamental del tan denostado mercado. El mercado se desvirtúa cuando existe el beneficio unilateral, dejando de predominar la actitud cooperativa. Por ello, previamente los individuos deben predisponerse a compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, tal el mandamiento del amor al prójimo. Esa es la forma en que la ética cristiana se hace presente, resultando imprescindible para el buen funcionamiento del mercado. Sin embargo, cuando los predicadores no han sido capaces de explicar este sencillo proceso, proponen el poco natural intercambio socialista, con intermediación; la persona A entrega sus bienes al Estado para que éste los redistribuya a B, C, D,…etc. Y así cada uno de los integrantes de la sociedad.

La Iglesia parece haber abandonado la intención de promover la actitud cooperativa como vínculo de unión entre los hombres para reemplazarla por el vínculo material propuesto por el marxismo-leninismo; el trabajo a través del Estado totalitario. Cuando el hombre pierde su libertad, y sólo debe obedecer a la autoridad, decae la producción y aumenta la pobreza, además de convertirse en un esclavo del sistema.

Es oportuno mencionar una carta abierta, dirigida en su momento a Juan Pablo II, que podría, con pocos cambios, ser dirigida al actual papa Francisco. Sus autores son Jacques Paternot y Gabriel Veraldi, y dice lo siguiente:

“Santidad: ¿La Iglesia quiere a los pobres hasta tal punto que procura producir muchos más por temor a quedarse sin ellos?”.
“Ésta es la inquietante pregunta que se plantean muchos católicos que ejercen responsabilidades económicas. De hecho, ellos ven que las autoridades cristianas promueven teorías que conducen a un auténtico sabotaje del desarrollo y que resultan particularmente desastrosas para los desheredados de nuestros países del Tercer Mundo. Un número creciente de obispos, sacerdotes y pastores regresan a una ideología que no sólo aplasta las libertades políticas y religiosas en todos los sitios en que accede al poder, sino que además se revela incompatible con la prosperidad”.
“Su Santidad lo sabe mejor que nadie, dicho cristianismo-leninismo, especialmente a través del tercermundismo y la «teología de la liberación», amenaza la unidad de la Iglesia. Y también vulnera su credibilidad”.
“Puesto que las leyes del desarrollo son en la actualidad muy conocidas, no se puede opinar seriamente en economía ignorándolas. Además, dichas leyes muestran que el progreso económico y social depende de tres componentes indisociables, de orden político y económico ciertamente, pero también de orden cultural, ético y espiritual”.
“Este conocimiento, que se confirma con el fracaso de las ideologías materialistas, invita al cristianismo a recuperar la misión de guía, de esclarecedor a la cabeza de la civilización. Cien años después de Rerum novarum, dos milenios después de la Buena Nueva, ha llegado el momento de formular una «teología del progreso»”.
“Los cristianos no pueden sino aprobar «la opción preferencial por los pobres»; pero el desconocimiento de las realidades económicas se convierte en una «opción por la pobreza», y eso no es lo mismo para los pobres ni para las Iglesias ni para nuestro mundo occidental injustamente calumniado”.
“Su santidad ha titulado su última encíclica Sollicitudo rei socialis («Preocupación por los problemas sociales»). Convendría agregar aquello que permitiría transformar las intenciones en acciones: Sapientia rei economicae («Sabiduría en materia económica»)”.
“Por lo tanto nos tomamos la libertad, santidad, de someteros estas reflexiones con la esperanza de que la Iglesia se proveerá finalmente de una doctrina económica coherente que aporte eficacia a la doctrina social. Sin ello, la virtud distintiva de la enseñanza cristiana, la caridad, es vana”.
(De “¿Está Dios contra la economía?”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1991).

La democracia política implica la renovación periódica de las autoridades, mediante el voto, además del respeto de todos a las leyes y la Constitución. La democracia económica implica la “renovación periódica” de los proveedores, mediante la compra efectuada, además del respeto de todos a las leyes y a la Constitución. Así, el proceso democrático propuesto por el liberalismo es idéntico, ya se trate de política como de economía.

Quienes se oponen a esta propuesta son los partidarios del totalitarismo político y económico, como es el caso del fascismo, el nazismo y el marxismo-leninismo. De ahí que la mayoría de los países hayan adoptado, o al menos vayan en camino de hacerlo, a la democracia plena, política y económica. Aunque hay también excepciones, como es el caso de Cuba, Corea del Norte, Venezuela, Argentina y, podemos agregar, el Vaticano.

En cuanto al “tercermundismo”, como ideología imperante en la Iglesia, los citados autores escriben: “Ese brillante éxito se explicaría, en última instancia, si reposara en una verdad teórica y concreta demostrada por la ciencia y por las aplicaciones sobre el terreno. Ahora bien, cualquiera que haya producido en los países subdesarrollados algo que no sean palabras y realizaciones folklóricas sabe lo que es en realidad el tercermundismo: un conglomerado de estadísticas adulteradas, análisis superficiales, hechos anecdóticos y dispares, proyectos utópicos, manipulaciones y propaganda. Ese mito incapacitante no sólo no ayuda en el combate contra la pobreza, sino que además paraliza. Es sólo una herramienta para la guerra política, pero, como tal, de una eficacia notable: en menos de veinte años ha sabido tomar el relevo del marxismo extenuado”.

“En nuestra primera obra en común hemos estudiado minuciosamente dicho sistema y demostrado que sería más exacto llamarlo «cristianismo-leninismo». En tal sentido veremos que la adhesión a la praxis leninista es literalmente reivindicada por los «teólogos de la liberación» que quieren fundar una «Iglesia popular» contra la Iglesia «burguesa». Se trata, en suma, de la forma desnuda, hard, del tercermundismo. La forma soft evita las palabras crudas y los actos a plena luz, pero se trata de la misma historia y del mismo problema desconcertante, puesto que el componente estrictamente político de la doctrina es relativamente fácil de comprender. La voluntad de poder y sus métodos inmemoriales –llevados por Lenin a un grado tal de eficacia que en 1917 abrieron un nuevo periodo histórico- bastan para explicarlo. Pero con el componente cristiano no ocurre lo mismo. ¿Por qué las Iglesias, especialmente la Iglesia romana, la más antigua institución centralizada, que existe desde hace dos milenios, se prestan a una aventura tan destructiva? Si esta extraña política sirviese a sus intereses particulares se podría hablar de frío maquiavelismo, tan frecuentemente achacado al Vaticano por sus enemigos. No obstante, la doctrina ha contribuido –y ello puede demostrarse- a alejar a muchos fieles y a hacer que la descristianización progresara de una manera dramática. ¿Para qué sirve entonces?”.

Los citados autores presagian, con varios años de anticipación, un gran cisma dentro de la Iglesia que habría de concretarse con la asunción como Papa de algún cardenal afín al cristianismo-leninismo, como parece ser el caso del actual Papa Francisco. Escribieron al respecto: “Si se tiene en cuenta la actual composición del Sacro Colegio, no faltarían ni candidatos ni electores para la elección de un cardenal adscrito a la ideología tercermundista”.

“O bien un sínodo que reuniese en Iberoamérica algunos centenares de obispos del Norte y del Sur, más simpatizantes llegados de otros continentes, que proclamarían una secesión en el transcurso de un carnaval estruendoso, como el que suele gustar allí, con la fundación de la Iglesia Popular y la eventual nominación de un papa de los oprimidos”.

“O bien, en cambio, después de unas maniobras que obligaran a la Santa Sede a convocar un concilio, la toma del poder «democráticamente» mediante una mayoría de obispos debidamente preparados, como ocurriera en ocasión de los Estados Generales de 1789 que desataron la Revolución Francesa. Casualmente, resulta curioso observar que el primero de esos parlamentos provisionales conducidos por un rey de Francia, en 1301, tenía como objetivo recusar la soberanía temporal del papa”.

“Pero, sea cual fuere su forma, un golpe de Estado en la Iglesia tendría fatalmente como consecuencia un segundo Gran Cisma de Occidente”. “Otro caso previsible: un papa de Roma marxista provocaría fatalmente la disidencia de buena parte de los sacerdotes y de los fieles. El modelo de este tipo de cisma también existe hoy”.

La economía de mercado es la que mejor resultado produce en su tarea de ofrecer una respuesta, en forma de oferta, a las demandas establecidas por el consumidor. Sin embargo, si el consumidor requiere lo inútil o lo superfluo, ello se debe, no a la ineficacia de la economía de mercado, sino a la ineficacia de la educación o de la religión, incapaces de orientar al individuo ofreciéndoles un adecuado sentido de la vida.

La religión cristiana, que en otras épocas orientaba al individuo mediante las enseñanzas del Evangelio, ha descuidado su función esencial para dedicarse a criticar al “sistema económico” imperante. Es un caso similar al del padre irresponsable que, en lugar de admitir sus culpas ante la ineficaz educación de sus hijos, descarga todo su malestar en el “sistema educativo” llegando incluso a ejercer la violencia contra los integrantes visibles de tal sistema. La economía de mercado requiere de un nivel ético básico, como lo afirman las figuras representativas del liberalismo, esperanzados en la religión y en las ciencias sociales, mientras que la Iglesia, por el contrario, tiende a promover la violencia contra el sector productivo de la sociedad, logrando de esa forma que haya cada vez más pobres.

1 comentario:

Bruno Schneider dijo...

Leí un libro de este señor, fue una pérdida de tiempo, lo tiré.