martes, 25 de julio de 2017

Redistribución populista (Eva Perón) vs. Distribución vía mercado (Ludwig Erhard)

A mediados de la década de los años 40 e inicios de los 50, en la Argentina se instala el peronismo, con una economía de tipo nazi y una posterior redistribución de tipo populista encabezada por Eva Perón. El país provenía de una época de solvencia económica, entrando en un declive que nos llevó al subdesarrollo del que todavía no podemos salir. Los gobiernos posteriores, tanto civiles como militares, alentados por la efectividad política del peronismo, siguieron parcialmente el rumbo marcado por Perón.

En la misma época, en la entonces Alemania Occidental, se produjo el fenómeno inverso. Dicho país, destruido por los efectos de la Segunda Guerra Mundial, provenía de una economía y de un régimen político totalitarios y adopta una economía social cuya distribución estaba asociada al mercado. Encabezado su gobierno por Ludwig Erhard, los alemanes abandonan una etapa de padecimientos y penurias para entrar en el camino del pleno desarrollo.

Para llevar a cabo un proceso exitoso, todo gobernante debe conocer la conducta de quienes habrá de conducir. En ese caso advertirá que tanto las buenas como las malas personas coexisten en los diversos sectores, por lo que no deberá menospreciar a ninguno de ellos, y así promoverá la unidad necesaria e imprescindible para llevar a cabo su misión. Por el contrario, cuando se supone que el rico es distinto del pobre, en su esencia humana, y se le asocian todos los defectos, mientras todas las virtudes se asocian al segundo, se cae en el absurdo de que una alteración inversa de la situación económica transformará al rico en buena persona y al pobre en mala persona, por lo cual convendría que todos fuesen pobres.

Eva Perón ambicionaba el lujo y hacía ostentación con sus joyas y su vestimenta. Trataba de ser más rica que los ricos que ella despreciaba, precisamente por sus riquezas. Los pobres, o muchos de ellos, por otra parte, admiraban a Eva por haber logrado el ideal material de quienes carecen de bienes materiales suficientes. James Neilson escribió: “Muchos ven en el robo un buen modo de vengarse de la sociedad cruel que los ha marginado. Para quienes piensan así, el aura de corrupción que rodea a Cristina y sus adláteres es un atractivo más. Reaccionan frente a las denuncias que en teoría deberían hundirlos como hicieron sus antecesores ante las joyas coleccionadas por Evita; lejos de indignarse por las revelaciones acerca de los gustos carísimos de «la abanderada de los pobres», se sintieron reconfortados y reivindicados cuando les informaron que en tal ámbito había logrado hacer sombra a muchas ricas” (De “La venganza de los humildes” en http://noticias.perfil.com/2017/07/01).

El odio de Eva hacia las mujeres destacadas era sorprendente. John Barnes escribió: “En las puertas del periódico La Nación, entonaron las estrofas del Himno Nacional con aquel verso del estribillo que dice: «Libertad, libertad, libertad»…Los vítores y los cantos de aquellas damas de la sociedad porteña muy pronto atrajeron la atención de los guardias de asalto. Siete señoras fueron arrestadas…Todas ellas pasaron la noche en la cárcel, para ser puestas en libertad a la mañana siguiente con una seria advertencia del juez de turno. Durante todos estos acontecimientos, Evita había estado ausente de la ciudad. Cuando regresó y se enteró de lo ocurrido, inmediatamente ordenó que se arrestara nuevamente a las mujeres”.

“Fueron conducidas y amontonadas en celdas que generalmente se reservan para las prostitutas..., un cruel toque de venganza de Evita. Ya lo había hecho antes con un grupo de adolescentes que habían sido arrestadas por reírse del rústico acento de un gobernador de provincia peronista…Por tanto, repitió el mismo castigo con las mujeres mayores y luego las hizo comparecer ante un juez designado por Perón, quien las sentenció a treinta días de cárcel” (De “Eva Perón”-Ultramar Editores Argentina SA-Buenos Aires 1987).

El principal inconveniente de la redistribución populista es la actitud antagónica hacia el sector empresarial (los ricos) que son justamente los principales generadores de las riquezas a redistribuir. Si se los ataca o se les confiscan sus empresas o sus ganancias, sus aportes a la sociedad tenderán a disminuir. El otro inconveniente implicó orientar la ayuda social hacia los pobres que se afiliaban al partido peronista, mientras que el resto era despreciado y considerado como “enemigos del pueblo”. Barnes agrega: “En tres años, la Fundación de Eva Perón había ido aumentado sus ingresos hasta alcanzar los diez millones de pesos anuales, y se había convertido en la empresa más importante de la Argentina”.

“Cada persona del país –embajadores, doncellas, multimillonarios- contribuía «voluntariamente» al fondo. Los miembros de la CGT controlada por Evita, colaboraban con dos días de su paga completa al año. Hubo grandes muestras de protestas de los mismos voluntarios….Pero al mismo tiempo, una Evita encolerizada y dolorida hizo correr la voz de que lo pensaría dos veces antes de conceder más aumentos de sueldo a las centrales sindicales. Como por arte de magia, las protestas cesaron…Desde ese momento también aceptó un porcentaje determinado sobre los aumentos salariales que ella misma les proporcionaba y además, cuando concedía un aumento era con efectos retroactivos de un mes, mes sobre el que la Fundación de Evita cobraba la mitad del total del aumento”.

“El Instituto Massone, una de las fábricas más importantes de Sudamérica dedicada a los productos bioquímicos, se negó a colaborar con la Fundación porque el presidente de la compañía, Arnaldo Massone, despreciaba a Juan y a Eva Perón y no estaba dispuesto a darles ni un solo peso de su bolsillo. Bajo una fuerte presión, aún se resistió. La respuesta ante esta negativa no se hizo esperar demasiado. Él y otros importantes directores de la Compañía fueron acusados de falsificación en la composición química de un gran número de sus productos bioquímicos. Fueron condenados a tres meses de prisión y su empresa tuvo que pagar severísimas multas. Como solía suceder en estos casos, la Policía sólo dio a Arnaldo Massone el tiempo suficiente para que rápidamente hiciera sus maletas y huyera al otro lado del río para reunirse con la creciente colonia de argentinos refugiados en Uruguay”.

“Muy pronto le siguieron los directores de la compañía Mu Mu de caramelos. Evita Perón les había pedido una contribución de cien mil paquetes de caramelos. La compañía envió un delegado indicando que estaban dispuestos a vender esos paquetes al precio de costo. La respuesta inmediata fue que la señora del presidente esperaba que los caramelos le fueran regalados. Cuando la empresa se negó a hacerlo, se persono en la fábrica un inspector del gobierno. El informe del encargado oficial de inspecciones, por cierto publicado en todos los periódicos peronistas, fue que habían encontrado pelos de rata en varias de las mezclas con las que se producían los caramelos”.

Se advierte que el peronismo apoyaba a la industria nacional siempre y cuando las empresas adhirieran al mismo. En caso contrario, trataba de destruirlas. Una redistribución que no apoya a las industrias ni a los trabajadores “enemigos”, debilita la creación de riquezas, ya que los políticos a cargo del Estado sólo son capaces de redistribuir lo que otros producen, siendo incapaces de toda creatividad empresarial.

En cuanto al caso alemán, puede decirse que Ludwig Erhard era plenamente consciente que los empresarios son los que producen las riquezas y que debe tratar de cobrarles impuestos limitados, por cuanto es necesario que dispongan de capitales suficientes para la inversión y el consiguiente crecimiento. Advierte, además, que el Estado puede producir efectos negativos en las personas que se acostumbran a depender de su intermediación para vivir a costa del trabajo ajeno. Al respecto escribió: “Si los esfuerzos de la política social tienden a dar al hombre, ya desde la hora de su nacimiento, seguridad plena contra las contrariedades de la vida, es decir, a protegerle de un modo absoluto contra las vicisitudes del vivir, entonces ya no se podrá exigir a esos hombres que desplieguen fuerza, actividad, iniciativa y otros altos valores humanos en la proporción que es decisiva para la vida y el porvenir de la nación y que constituye además el supuesto fundamental de una «economía social de mercado» basada en la iniciativa de la persona”.

En cuanto a la posibilidad de que la gente se acostumbre a “meter la mano en el bolsillo ajeno”, Erhard agrega: “Contra semejante peligro hay que actuar resueltamente. En esta disputa se dividen los ánimos más que en cualquier otra cuestión. Los unos dicen que el bien y la felicidad de los hombres se fundamentan en alguna forma de responsabilidad colectiva y que hay que avanzar por este camino, al final del cual está siempre, naturalmente, la omnipotencia del Estado. La vida tranquila y cómoda a que se tiende por esta ruta no será tal vez demasiado opulenta, pero a cambio de eso, tanto mejor asegurada. Esta forma de vida y pensamiento se condensa en el proyecto del llamado Estado benefactor. Del otro lado está la natural aspiración de los individuos a proveer por propia responsabilidad, a pensar de su porvenir, en su familia, en su vejez; aspiración que no se puede borrar por más que se pretenda ahogar la íntima conciencia del hombre”.

“Me alarma haber comprobado en estos últimos tiempos por doquiera con qué enorme poder repercute en el ámbito social el llamamiento a la seguridad colectiva. Pero ¿adónde vamos a parar y cómo queremos mantener el progreso si nos entregamos cada vez más a una forma de convivencia humana en que ya nadie quiere responder de sí mismo y todos buscan seguridad en lo colectivo? Esta evasión ante la propia responsabilidad creo haberla caracterizado gráficamente al decir en cierta ocasión que si esa obsesión seguía ganando terreno terminaríamos por resbalar hacia un orden social en el que cada cual tendría la mano en el bolsillo del otro. El principio rector sería entonces: ¡Yo velo por los otros y los otros velan por mí!”.

“El justo deseo de dar al individuo mayor seguridad sólo puede cumplirse, en mi opinión, proporcionando a cada uno, con el aumento de la prosperidad general, el sentimiento de su dignidad humana y la conciencia cierta de su independencia respecto a cualquier poder. El ideal que yo sueño es que cada cual pueda decir: «Yo quiero afianzarme por mi propia fuerza, quiero correr yo mismo el riesgo de la vida, quiero ser responsable de mi propio destino. Vela tú, Estado, porque esté en condiciones de ello». El grito no debería ser: «¡Estado, ven en mi ayuda, protégeme, asísteme!», sino: «No te metas tú, Estado, en mis asuntos, sino dame tanta libertad y déjame tanta parte del fruto de mi trabajo, que pueda yo mismo organizar mi existencia, mi destino y el de mi familia»”.

“Digamos finalmente que la seguridad social en sí buena y altamente deseable, pero que la seguridad social debe surgir de la propia fuerza, de la propia productividad y el propio esfuerzo. Seguridad social no significa lo mismo que seguro social para todos, ni significa tampoco la transposición de la responsabilidad humana individual a una entidad colectiva cualquiera. Lo primero de todo es la propia responsabilidad, y sólo allí donde ésta no baste o tenga que fallar, deberá entrar en funciones la obligación del Estado y la colectividad” (De “Bienestar para todos”-Ediciones Omega SA-Barcelona 1957).

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