Desde el siglo pasado se vienen produciendo conflictos entre distintos grupos que responden a una nacionalidad, etnia, religión, secta, partido, etc. Algunos de los sectores contendientes lograron independizarse, otros intentan hacerlo, quedando el resto resignados a convivir en una misma ciudad con un sector opositor. Andrea Riccardi escribe respecto del conflicto entre hutus y tutsis en Ruanda: “¿Cómo fue posible que vecinos asesinaran a personas que conocían de toda la vida? Los asesinos no venían de fuera, sino que eran personas que habían vivido siempre juntos a las víctimas. Jean Hatzfeld, en un hermoso y trágico libro titulado «Una temporada de machetes» dio la palabra a los ejecutores del genocidio. No parecen monstruos. A menudo son gente normal, transformada por la propaganda y por un desquiciado conformismo colectivo. Los asesinos tenían la convicción de que ya no era posible convivir con los tutsis, pues constituían una amenaza permanente para los hutus. Por tanto, había que eliminarlos” (De “Convivir”-RBA Libros SA-Barcelona 2007).
Para describir el proceso elemental de la vinculación de un individuo a un grupo, puede mencionarse el caso de un club del fútbol italiano. Una vez formado, surgen diferencias de criterios entre sus integrantes. Así, un sector agrupa a quienes pretenden que en el primer equipo puedan incorporarse jugadores extranjeros y otro sector que niega tal posibilidad. Al no haber acuerdo, se produce la ruptura; el primero funda el Internazionale F. C. y el segundo el A. C. Milán. Los interistas sostienen que los colores del Inter son el negro y el azul del cielo, mientras que los del Milán son el negro y el rojo del infierno. De todas formas, y al menos desde la distancia, pareciera que la relación entre los «tifosis» es bastante civilizada, ya que, incluso, juegan en un mismo estadio, el San Siro, o Giuseppe Meazza.
Cuando los integrantes del otro sector son considerados rivales ocasionales, se advierte que el aficionado considera la existencia de instancias superiores, siendo la afición al fútbol una más entre varias. Por el contrario, para otros no existen tales instancias y el éxito o el fracaso de sus vidas quedan ligados al éxito o al fracaso de su club. Si estos individuos no poseen estabilidad emocional llegando a sentir odio y frustraciones, tal malestar será volcado en sus rivales, que dejan de ser ocasionales para convertirse en enemigos. Este proceso se establece, con algunas variantes, en el caso de la nación, de la religión, incluso en las adhesiones políticas y culturales. Alberto Benegas Lynch escribió: “El afecto al terruño es natural, y es saludable el apego a las buenas tradiciones, pero muy distinto es el declamar un amor telúrico y agresivo para con otros países. Como destaca Fernando Savater, «cuanto más insignificante se es en lo personal, más razones se buscan de exaltación en lo patriótico», opinión que coincide con lo consignado por Juan Bautista Alberdi: «El entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de guerra, no de la libertad»”.
Entre las soluciones propuestas para suavizar la ausencia de coincidencias se encuentra la tolerancia, actitud promovida por quienes suponen estar en un nivel más alto y deciden conceder tolerancia al inferior. “Los derechos se respetan no se toleran, lo contrario trasmite el mensaje del error en la conducta del tolerado, que se «tolera» desde un plano «superior» que dictamina sobre si debe o no tolerarse determinada creencia. De más está decir que el respetar la conducta del otro que no lesiona derechos no significa suscribir su proceder ni adherir al relativismo epistemológico” (De “El Instituto Independiente”-Internet).
Tampoco han servido de mucho las prohibiciones, bajo sistemas totalitarios, de nacionalidades, idiomas o religiones, ya que sólo lograron encubrirlos momentáneamente, como se advirtió con la caída de la URSS o de la ex-Yugoslavia, resurgiendo los nacionalismos con mayor fuerza que antes.
La solución de los conflictos ha de provenir esencialmente de la adhesión de todo individuo a instancias superiores, sintiéndose ciudadano del mundo y guiándose por las leyes naturales de validez universal. Al dejar de ser un integrante exclusivo de algún subgrupo, tiende a surgir la individualidad, que se opone a la masificación que surge ante la exclusiva pertenencia a uno de los subgrupos en que se divide la sociedad y la humanidad.
La importancia social de cada individuo vendrá asociada a la sumatoria de las actividades desarrolladas dentro de los distintos subgrupos de los que forma parte, ya que individualismo no implica desvincularse de todo subgrupo, sino de reconocer instancias superiores que le permitirán considerar a sus oponentes como rivales circunstanciales y nunca como enemigos. Pero la mayor importancia la adquirirá cuando sea consciente de que forma parte del grupo de la humanidad y del proceso de adaptación cultural, ya sea como partícipe directo o bien como simple espectador que colabora de alguna manera con la difusión de la cultura universal.
La escala de valores adoptada por el ciudadano del mundo es similar a la del docente. En este caso, el educador valora a cada alumno principalmente por sus atributos éticos e intelectuales, dejando de lado alguna otra valoración, como la que puede provenir de la escala social, del origen étnico, la creencia religiosa o la predisposición política. Ello concuerda con la valoración cristiana en la que aparecen sólo dos categorías: justos y pecadores, necesarias para mejorar a los últimos, dejando de lado toda posibilidad de conflicto. En realidad, no significa que un ciudadano del mundo o un cristiano auténtico no participe de ningún conflicto, ya que, la vez que participa, ha de ser en calidad de “invitado” a defenderse, pero nunca como iniciador de conflicto alguno.
Cuando un individuo contempla la realidad como ciudadano del mundo, teniendo presentes las leyes naturales invariables, puede decirse que ve la realidad “bajo una perspectiva de eternidad”, tal la expresión de Baruch de Spinoza. También puede interpretarse al mandamiento cristiano del amor a Dios como una insinuación a ver la realidad bajo esa perspectiva. Por el contrario, cuando un individuo desconoce instancias superiores y siente que poco vale, trata de trascender como integrante de un subgrupo de la humanidad, ya sea de origen nacional, étnico, religioso, político, deportivo, o lo que sea.
Las grandes catástrofes sociales, promovidas por los totalitarismos, fueron acciones promovidas por individuos que trataban de trascender a través de algo importante, ya que creían que podrían conquistar el poder mundial. El aparente interés mostrado por los sectores humildes siempre fue un pretexto para justificar su accionar. Incluso en la actualidad permanece la constante difamación marxista hacia el capitalismo cuando, en realidad, la mayor parte de las economías ni siquiera intentan cumplir con los requisitos básicos sugeridos por el liberalismo. Alberto Benegas Lynch escribió: “Los problemas que tienen lugar hoy en el planeta se deben a deudas públicas colosales (sean internas o externas), gastos gubernamentales astronómicos, déficit fiscales alarmantes, impuestos insoportables, regulaciones absurdas y asfixiantes, manipulaciones monetarias y cambiarias y otras restricciones persistentes al comercio libre. Sin embargo, como una manifestación tragicómica y grotesca, se endosan los problemas a un capitalismo inexistente o raquítico, situación en la que los mencionados partidos políticos (y muchísimos otros) reclaman la intensificación del estatismo y la xenofobia, esto es, más de lo mismo”.
Se aduce que el proceso de la globalización implica un avance sobre las distintas culturas locales, lo que implicaría una pérdida de la identidad nacional; de ahí que, para contrarrestar tal tendencia, se pretende acentuar y consolidar los atributos típicos y característicos. Tal proceso, en lugar de mirarse como una tendencia a desplazar tradiciones, puede verse desde su aspecto positivo, ya que el hecho de existir intercambios comerciales entre dos pueblos, descarta toda posibilidad de conflictos. Tan es así que la razón principal, que dio origen a la Unión Europea, fue mantener juntos a Francia y Alemania, para alejarlos definitivamente de los conflictos armados como los ocurridos a fines del siglo XIX y durante el siglo XX. Benegas Lynch escribió:
“[El Mediterráneo, de Emil Ludwig] es uno de los libros de historia más profundos que he abordado hasta el presente, fruto de una magnífica pluma …. con la mira puesta en las ocurrencias de lo privado y no circunscripto a los menesteres de los gobernantes. Su ejemplo favorito de civilización son los fenicios quienes no buscaban conquistas militares sino las ventajas del libre comercio y la consiguiente expansión de la riqueza recíproca y el conocimiento que brinda el contacto con otras poblaciones, los modales que enseñan las relaciones mercantiles como el cumplimiento de la palabra empeñada y la cortesía junto al abandono de los siempre destructivos sentimientos nacionalistas y con un adecuado sistema de pesas y medidas en el contexto de un lenguaje propicio para la comunicación eficaz (ellos fueron los fundadores de los puertos-ciudades más descollantes de la época como Cartago, Cádiz y Trípoli). Es en realidad llamativo y resultado de las ideas socialistas que muchas veces se recurre a la expresión “fenicio” para hacer referencia peyorativa al espíritu empresarial (de la misma manera que se usa con ironía la expresión “burgués” para aludir a una persona sin iniciativas, cuando en verdad los burgos eran los pueblos liberados del sistema feudal en donde los valores supremos eran los de la propiedad privada, la familia y el fomento a la creatividad)”.
El colectivismo y la masificación resultan totalmente opuestos al universalismo y al individualismo, ya que, de la misma manera en que un tumor crece hasta destruir el organismo sano, los totalitarismos crecen hasta poner en peligro la civilización. Actualmente, el mundo se asemeja a un cuerpo constituido por muchos sectores enfermos que impiden establecer la “buena salud” del planeta, situación que ha de lograrse cuando predomine el hombre universal, o el ciudadano del mundo.
El avance del totalitarismo teológico islámico sobre Europa, requiere ser detenido mediante una visión científica de la realidad. Por el contrario, todo parece indicar que se intenta detener tal proceso mediante los antiguos y tradicionales nacionalismos. Alberto Benegas Lynch escribió: “Es alarmante el parecido con los nazis que ponen de manifiesto las plataformas de los partidos políticos europeos que han obtenido éxitos electorales varios en los recientes comicios para lograr escaños en el Parlamento Europeo; esto ratifica las tendencias que se vienen observando de un tiempo a esta parte. Todos los medios de comunicación mundiales informan acerca de estos hechos bochornosos para el futuro de la humanidad. Así, los recuentos de votos dan por resultado un espectáculo lamentable, sobrecogedor y realmente triste. Es como si la humanidad no hubiera padecido (y los padece) los estragos de la xenofobia nacionalista. Con suerte diversa, pero siempre mostrando incrementos notables en el caudal electoral, el proceso electoral europeo ha exhibido resultados llamativos en favor de los nacionalismos”.
jueves, 16 de octubre de 2014
domingo, 12 de octubre de 2014
Éticas de la felicidad y de las otras
Se supone, acertadamente, que todo lo bueno que adquirimos y que disponemos tiene un costo, que es la contrapartida necesaria que pagamos por aquello que mucho vale. De ahí que la felicidad, lo que más “cotiza” entre los valores perseguidos por el hombre, habrá de tener también un costo asociado bastante alto, siguiendo la tendencia general del costo proporcional al valor asignado.
El camino que hemos de emprender para llegar a la felicidad ha de ser arduo, aunque no por ello deberá ser sacrificado, es decir, requerirá mucho trabajo intelectual sin que necesariamente deba padecerse un sufrimiento comparable. Esto puede asegurarse por cuanto en el pasado se han puesto a prueba una gran cantidad de métodos de los cuales disponemos sus resultados, por lo que no es necesario ponerlos a prueba nuevamente. Sin embargo, siguen teniendo vigencia tanto los métodos con una buena relación costo-beneficio como aquellos con una pobre relación de ese tipo.
Podemos considerar, en primer lugar, las éticas con beneficios indirectos, como aquella de carácter religioso en la cual la satisfacción no proviene en forma directa de la buena acción realizada, o el sufrimiento de una mala acción, sino que se considera que el Dios que interviene en los acontecimientos humanos ha de considerar las acciones individuales con su incuestionable justicia para distribuir luego el premio o el castigo correspondiente.
Los mandamientos de Moisés consisten esencialmente de prohibiciones; como no matar, no robar, etc. De ahí que desalienten hacer el mal aunque no sugieran explícitamente hacer el bien. Si uno se encierra en una habitación sin establecer comunicación alguna con el resto de la sociedad, cumple los mandamientos estrictamente, ya que no hace el mal a nadie, pero tampoco tiene posibilidades de hacer el bien, al menos en forma directa. De ahí que sean éticamente neutros en un balance entre el bien y el mal realizados.
Los mandamientos de Cristo, especialmente el que sugiere “amar al prójimo como a uno mismo”, apuntan a hacer el bien en forma directa y excluyen la posibilidad de hacer el mal sin necesidad de una posterior recompensa divina. El primer mandamiento, el del amor a Dios, es el vehículo necesario para promover el cumplimiento del posterior mandamiento, que tiene un carácter estrictamente ético.
El amor al prójimo, entendido como la actitud por la cual compartimos las penas y las alegrías ajenas como propias, recompensa con la felicidad inmediata a quienes lo cumplen. Mayor ha de ser la felicidad para quienes la palabra “prójimo” implica personas más allá de su ambiente familiar e incluso social. Cuando se posee tal actitud, la relación costo-beneficio es inmensa. Lo que cuesta bastante trabajo es llegar hasta esa actitud, especialmente para quienes comenzaron con una actitud opuesta a esa tendencia.
Quienes, tratando de cumplir los mandamientos cristianos, no logran un aceptable nivel de felicidad, son aquellos que no lo interpretaron adecuadamente, poniendo en práctica otras actitudes distintas. Incluso algunos “elevan el costo” artificialmente infligiéndose castigos físicos ante la creencia de que un “pago adelantado” les reportará beneficios posteriores. Si bien esto acontece en casos aislados, debe tenerse presente que el cristianismo es una religión para todos los hombres y no sólo para predicadores. Toda creencia, o toda acción, deben ser factibles de realización por parte de cualquiera.
Por lo general, se enfatiza que la carencia de bienes materiales es la principal causa de infelicidad, lo cual puede ser cierto. Sin embargo, no se tiene en cuenta que quien posee bienes materiales suficientes, careciendo de afectos humanos, se encuentra en un estado de pobreza quizás mucho mayor. Esta vez se trata de una pobreza espiritual. La Madre Teresa de Calcuta escribió: “Hay pobres en todas partes, pero la pobreza mayor consiste en no ser amados. Los pobres a quienes hemos de buscar pueden vivir cerca o lejos. Pueden ser pobres materiales o espirituales. Pueden tener hambre de pan o hambre de amistad. Pueden tener necesidad de vestidos o de la sensación de riqueza que representa el amor que Dios les tiene. Pueden necesitar el cobijo de una casa de ladrillo y de cemento o el cobijo de tener un lugar en nuestro corazón” (De “La alegría de darse a los demás”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1995).
Así como existen personas que les cuesta ceder algo de su dinero ante el necesitado, existen muchos que les cuesta ceder una sonrisa o un pequeño gesto que le indique a un desconocido “sé que estás ahí”. Posiblemente tal persona, luego de recibir pequeños gestos de reconocimiento vuelva a su casa un poco mejor que si no los hubiese recibido. Una gota de agua no cambia el nivel del mar, pero el mar no es el mismo de antes.
Cuando un país sufre una severa crisis moral, que tarde o temprano se traducirá en la aparición de muchos pobres, tanto en el sentido espiritual como material, surge la opinión coincidente de que todo ello se solucionará con una mejor “redistribución de las riquezas” o con la creación de bienes materiales abundantes. Si nos atenemos a la “especialista en pobres”, como es el caso de la autora citada, advertimos que coloca en un pie de igualdad a la carencia de afectos como a la carencia de bienes materiales. De ahí que deba encararse la solución de ambos tipos de carencia en forma simultánea.
En cuanto a la prioridad para reiniciar el camino de la recuperación de las personas, puede advertirse que quienes disponen de bienes materiales suficientes, y a veces más que suficientes, pueden carecer de una actitud espiritual adecuada tanto para ser felices como para ayudar a que otros lo sean, ya que no tienen una clara orientación en la vida. Al carecer de tales valores, tampoco podrán dar bienes materiales a quienes los necesiten, aunque a ellos les sobre. De ahí que aparece como prioritaria la adquisición de valores morales como el primer requisito para la salida de toda crisis moral y material. “Es necesario que comprendamos a los pobres porque no sólo existe la pobreza material sino también la pobreza espiritual, más dura y profunda, que anida hasta en el corazón de los hombres más llenos de riquezas”.
Por lo general, uno se “asusta” al conocer la labor realizada por la Madre Teresa de Calcula ya que no todos estamos dispuestos a abandonar nuestra vida confortable para emprender una tarea semejante. Sin embargo, para que las cosas mejoren notablemente, podrán lograrse importantes mejoras en toda la sociedad cuando, sin abandonar muestra vida actual, intentemos orientarnos en la dirección señalada por la monja católica. “Es fácil amar a los que viven lejos. No siempre lo es amar a quienes viven a nuestro lado. Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar el hambre de un necesitado que confortar la soledad y la angustia de alguien que no se siente amado dentro del hogar que con él mismo compartimos”.
Adviértase que cada acción que beneficia a alguien al menos un poco, nos beneficia también a nosotros en forma simultánea, ya que existe en el ámbito de las interacciones sociales una especie de ley de acción y reacción similar a la vigente en la mecánica. Debemos ayudar a los demás mientras uno sea feliz al hacerlo, porque de esa manera buscaremos la continuidad de nuestra tarea. Cuando aparecen los primeros síntomas de sacrificio, es un indicio de que se termina el amor, y tarde o temprano, finalizará la ayuda. “Si hoy se da una cierta crisis de credibilidad con respecto a organizaciones católicas o de inspiración católica, las causas quizá puedan localizarse en falta de celo y en las motivaciones que tienen que servir de base para el deseo de construir un mundo caritativo. En tanto el amor y la piedad no dejen de informar el trabajo de caridad, ninguna obra fracasará jamás por dificultades económicas o financieras. Por el contrario, apenas se pierda este empuje de amor y piedad, todo trabajo está destinado a sucumbir”.
Además de la poca eficacia que los predicadores cristianos tienen en la difusión religiosa, debido principalmente a la competencia de la publicidad comercial que ofrece al hombre una gran variedad de opciones para mejorar su nivel de felicidad más allá de las pequeñas acciones cotidianas destinadas a los demás, aparecen las ideologías de izquierda que combaten intensamente los dos pilares que tienden a disminuir tanto la pobreza espiritual como la material, tales los ataques al cristianismo y al capitalismo.
El marxismo siempre ha combatido al cristianismo por cuanto, según aducen sus difusores, la religión es un engaño promovido por los capitalistas para explotar de manera más efectiva a los pobres. Pretenden incluso reemplazar la actitud del amor por el altruismo socialista, el cual implica sacrificarse por los demás trabajando arduamente para compensar el trabajo deficitario de quien no puede o no quiere hacerlo. La vida, y el trabajo socialista, sin motivaciones individuales (excepto por el reconocimiento de los lideres políticos) pronto pierde todo interés y valor, de donde provienen los pobres resultados obtenidos por el socialismo.
También el marxismo combate al capitalismo, o economía de mercado, promoviendo de esa manera la pobreza material, ya que se trata de prescindir nada menos que de la actividad empresarial privada. Una sociedad en la que falten empresarios, competencia entre los mismos, creatividad e innovación, nunca logrará buenos resultados. Si bien la economía de mercado por si sola no puede producir milagros, al menos es un marco o ámbito que permite que las acciones de los hombres logren el mejor rendimiento.
La mayoría reclama que sea redistribuida la riqueza poseída por productores y empresarios, pero pocas veces reclama que sea repartida la riqueza mal habida de políticos que utilizan al Estado para enriquecerse a través del robo legalizado por leyes humanas, pero no así por las leyes naturales que contemplan la moralidad de las acciones.
El populismo emergente de las ideologías totalitarias favorece el derroche y la vagancia generalizada, desalentando la inversión, ya que los medios económicos para ese fin han ido a parar previamente al Estado para financiar tanto la corrupción como el pseudo-trabajo con utilidad nula, favoreciendo mayores niveles de pobreza.
La persona decente se preocupa tanto del que sufre por carecer de alimentos como del que sufre por carecer de afectos. El hipócrita, por el contrario, finge sufrir por los pobres por cuanto éstos ocupan un lugar inferior en la escala de valores comúnmente aceptada, mientras que es indiferente al sufrimiento del rico, que ocupa un lugar superior en tal escala. Incluso promueve la sublevación de los pobres en contra de los ricos, ya que el odio y la envidia orientan sus acciones.
El camino que hemos de emprender para llegar a la felicidad ha de ser arduo, aunque no por ello deberá ser sacrificado, es decir, requerirá mucho trabajo intelectual sin que necesariamente deba padecerse un sufrimiento comparable. Esto puede asegurarse por cuanto en el pasado se han puesto a prueba una gran cantidad de métodos de los cuales disponemos sus resultados, por lo que no es necesario ponerlos a prueba nuevamente. Sin embargo, siguen teniendo vigencia tanto los métodos con una buena relación costo-beneficio como aquellos con una pobre relación de ese tipo.
Podemos considerar, en primer lugar, las éticas con beneficios indirectos, como aquella de carácter religioso en la cual la satisfacción no proviene en forma directa de la buena acción realizada, o el sufrimiento de una mala acción, sino que se considera que el Dios que interviene en los acontecimientos humanos ha de considerar las acciones individuales con su incuestionable justicia para distribuir luego el premio o el castigo correspondiente.
Los mandamientos de Moisés consisten esencialmente de prohibiciones; como no matar, no robar, etc. De ahí que desalienten hacer el mal aunque no sugieran explícitamente hacer el bien. Si uno se encierra en una habitación sin establecer comunicación alguna con el resto de la sociedad, cumple los mandamientos estrictamente, ya que no hace el mal a nadie, pero tampoco tiene posibilidades de hacer el bien, al menos en forma directa. De ahí que sean éticamente neutros en un balance entre el bien y el mal realizados.
Los mandamientos de Cristo, especialmente el que sugiere “amar al prójimo como a uno mismo”, apuntan a hacer el bien en forma directa y excluyen la posibilidad de hacer el mal sin necesidad de una posterior recompensa divina. El primer mandamiento, el del amor a Dios, es el vehículo necesario para promover el cumplimiento del posterior mandamiento, que tiene un carácter estrictamente ético.
El amor al prójimo, entendido como la actitud por la cual compartimos las penas y las alegrías ajenas como propias, recompensa con la felicidad inmediata a quienes lo cumplen. Mayor ha de ser la felicidad para quienes la palabra “prójimo” implica personas más allá de su ambiente familiar e incluso social. Cuando se posee tal actitud, la relación costo-beneficio es inmensa. Lo que cuesta bastante trabajo es llegar hasta esa actitud, especialmente para quienes comenzaron con una actitud opuesta a esa tendencia.
Quienes, tratando de cumplir los mandamientos cristianos, no logran un aceptable nivel de felicidad, son aquellos que no lo interpretaron adecuadamente, poniendo en práctica otras actitudes distintas. Incluso algunos “elevan el costo” artificialmente infligiéndose castigos físicos ante la creencia de que un “pago adelantado” les reportará beneficios posteriores. Si bien esto acontece en casos aislados, debe tenerse presente que el cristianismo es una religión para todos los hombres y no sólo para predicadores. Toda creencia, o toda acción, deben ser factibles de realización por parte de cualquiera.
Por lo general, se enfatiza que la carencia de bienes materiales es la principal causa de infelicidad, lo cual puede ser cierto. Sin embargo, no se tiene en cuenta que quien posee bienes materiales suficientes, careciendo de afectos humanos, se encuentra en un estado de pobreza quizás mucho mayor. Esta vez se trata de una pobreza espiritual. La Madre Teresa de Calcuta escribió: “Hay pobres en todas partes, pero la pobreza mayor consiste en no ser amados. Los pobres a quienes hemos de buscar pueden vivir cerca o lejos. Pueden ser pobres materiales o espirituales. Pueden tener hambre de pan o hambre de amistad. Pueden tener necesidad de vestidos o de la sensación de riqueza que representa el amor que Dios les tiene. Pueden necesitar el cobijo de una casa de ladrillo y de cemento o el cobijo de tener un lugar en nuestro corazón” (De “La alegría de darse a los demás”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1995).
Así como existen personas que les cuesta ceder algo de su dinero ante el necesitado, existen muchos que les cuesta ceder una sonrisa o un pequeño gesto que le indique a un desconocido “sé que estás ahí”. Posiblemente tal persona, luego de recibir pequeños gestos de reconocimiento vuelva a su casa un poco mejor que si no los hubiese recibido. Una gota de agua no cambia el nivel del mar, pero el mar no es el mismo de antes.
Cuando un país sufre una severa crisis moral, que tarde o temprano se traducirá en la aparición de muchos pobres, tanto en el sentido espiritual como material, surge la opinión coincidente de que todo ello se solucionará con una mejor “redistribución de las riquezas” o con la creación de bienes materiales abundantes. Si nos atenemos a la “especialista en pobres”, como es el caso de la autora citada, advertimos que coloca en un pie de igualdad a la carencia de afectos como a la carencia de bienes materiales. De ahí que deba encararse la solución de ambos tipos de carencia en forma simultánea.
En cuanto a la prioridad para reiniciar el camino de la recuperación de las personas, puede advertirse que quienes disponen de bienes materiales suficientes, y a veces más que suficientes, pueden carecer de una actitud espiritual adecuada tanto para ser felices como para ayudar a que otros lo sean, ya que no tienen una clara orientación en la vida. Al carecer de tales valores, tampoco podrán dar bienes materiales a quienes los necesiten, aunque a ellos les sobre. De ahí que aparece como prioritaria la adquisición de valores morales como el primer requisito para la salida de toda crisis moral y material. “Es necesario que comprendamos a los pobres porque no sólo existe la pobreza material sino también la pobreza espiritual, más dura y profunda, que anida hasta en el corazón de los hombres más llenos de riquezas”.
Por lo general, uno se “asusta” al conocer la labor realizada por la Madre Teresa de Calcula ya que no todos estamos dispuestos a abandonar nuestra vida confortable para emprender una tarea semejante. Sin embargo, para que las cosas mejoren notablemente, podrán lograrse importantes mejoras en toda la sociedad cuando, sin abandonar muestra vida actual, intentemos orientarnos en la dirección señalada por la monja católica. “Es fácil amar a los que viven lejos. No siempre lo es amar a quienes viven a nuestro lado. Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar el hambre de un necesitado que confortar la soledad y la angustia de alguien que no se siente amado dentro del hogar que con él mismo compartimos”.
Adviértase que cada acción que beneficia a alguien al menos un poco, nos beneficia también a nosotros en forma simultánea, ya que existe en el ámbito de las interacciones sociales una especie de ley de acción y reacción similar a la vigente en la mecánica. Debemos ayudar a los demás mientras uno sea feliz al hacerlo, porque de esa manera buscaremos la continuidad de nuestra tarea. Cuando aparecen los primeros síntomas de sacrificio, es un indicio de que se termina el amor, y tarde o temprano, finalizará la ayuda. “Si hoy se da una cierta crisis de credibilidad con respecto a organizaciones católicas o de inspiración católica, las causas quizá puedan localizarse en falta de celo y en las motivaciones que tienen que servir de base para el deseo de construir un mundo caritativo. En tanto el amor y la piedad no dejen de informar el trabajo de caridad, ninguna obra fracasará jamás por dificultades económicas o financieras. Por el contrario, apenas se pierda este empuje de amor y piedad, todo trabajo está destinado a sucumbir”.
Además de la poca eficacia que los predicadores cristianos tienen en la difusión religiosa, debido principalmente a la competencia de la publicidad comercial que ofrece al hombre una gran variedad de opciones para mejorar su nivel de felicidad más allá de las pequeñas acciones cotidianas destinadas a los demás, aparecen las ideologías de izquierda que combaten intensamente los dos pilares que tienden a disminuir tanto la pobreza espiritual como la material, tales los ataques al cristianismo y al capitalismo.
El marxismo siempre ha combatido al cristianismo por cuanto, según aducen sus difusores, la religión es un engaño promovido por los capitalistas para explotar de manera más efectiva a los pobres. Pretenden incluso reemplazar la actitud del amor por el altruismo socialista, el cual implica sacrificarse por los demás trabajando arduamente para compensar el trabajo deficitario de quien no puede o no quiere hacerlo. La vida, y el trabajo socialista, sin motivaciones individuales (excepto por el reconocimiento de los lideres políticos) pronto pierde todo interés y valor, de donde provienen los pobres resultados obtenidos por el socialismo.
También el marxismo combate al capitalismo, o economía de mercado, promoviendo de esa manera la pobreza material, ya que se trata de prescindir nada menos que de la actividad empresarial privada. Una sociedad en la que falten empresarios, competencia entre los mismos, creatividad e innovación, nunca logrará buenos resultados. Si bien la economía de mercado por si sola no puede producir milagros, al menos es un marco o ámbito que permite que las acciones de los hombres logren el mejor rendimiento.
La mayoría reclama que sea redistribuida la riqueza poseída por productores y empresarios, pero pocas veces reclama que sea repartida la riqueza mal habida de políticos que utilizan al Estado para enriquecerse a través del robo legalizado por leyes humanas, pero no así por las leyes naturales que contemplan la moralidad de las acciones.
El populismo emergente de las ideologías totalitarias favorece el derroche y la vagancia generalizada, desalentando la inversión, ya que los medios económicos para ese fin han ido a parar previamente al Estado para financiar tanto la corrupción como el pseudo-trabajo con utilidad nula, favoreciendo mayores niveles de pobreza.
La persona decente se preocupa tanto del que sufre por carecer de alimentos como del que sufre por carecer de afectos. El hipócrita, por el contrario, finge sufrir por los pobres por cuanto éstos ocupan un lugar inferior en la escala de valores comúnmente aceptada, mientras que es indiferente al sufrimiento del rico, que ocupa un lugar superior en tal escala. Incluso promueve la sublevación de los pobres en contra de los ricos, ya que el odio y la envidia orientan sus acciones.
sábado, 11 de octubre de 2014
Éticas y objetivos
De la misma manera en que un empresario establece una estrategia para la producción y venta de un producto, con el objetivo de lograr buenas ganancias, cada ser humano establece su propia estrategia con el objetivo de lograr la felicidad. Puede decirse que existe una cantidad comparable de estrategias como de hombres. Así, la ética individual elegida corresponde a la estrategia mencionada mientras que el objetivo mayoritariamente elegido es el logro de la felicidad. A partir del objetivo y de la estrategia elegida, se establece la acción humana correspondiente, cuya moralidad dependerá de tal elección. Como no todas las estrategias son convincentes, algunos hombres difunden sus éticas personales para compartirlas con los demás, siendo este proceso, de prueba y error, el disponible para adaptarnos a las circunstancias que nos impone la realidad cotidiana.
De todas las éticas posibles, habrá alguna que produzca el mejor resultado. Será también la que mejor nos adapte al orden natural, por lo que podremos denominarla “ética natural”, por cuanto pareciera ser la respuesta que dicho orden requiere de nosotros como pago por el precio impuesto a nuestra supervivencia. Todas las éticas posibles constituyen la respuesta a la pregunta de “cómo somos” los hombres, mientras que la mejor de ellas responderá al “cómo debemos ser”. De ahí que el “cómo debemos ser” sea la optimización del “cómo somos”, obteniéndose por prueba y error y posterior selección artificial.
Si hemos de describir las éticas posibles, puede hacerse una gran simplificación por cuanto casi todas apuntan a tres objetivos básicos, o a una superposición de dos o más de ellos. Entre esos objetivos se encuentra la felicidad y también los disfraces que la encubren:
a) La búsqueda de placeres y sensaciones agradables orientadas al cuerpo y a los sentidos
b) La búsqueda de satisfacciones provenientes del conocimiento y del intelecto
c) La búsqueda de gratificaciones emocionales provenientes de la interacción social
Las éticas destinadas a la búsqueda del placer y las sensaciones agradables, se conocen como éticas hedonistas, cuya figura representativa es Epicuro. Si bien algunos historiadores aducen una injusta y errónea interpretación del filósofo, se lo tomará como referencia siguiendo la tradición. Jaime Balmes escribió: “Sardanápalo creía hacer una cosa que le era muy útil embriagándose de placeres, lo que consideraba como el sumo bien, supuesto que hacía poner en su busto la famosa inscripción, de la cual dijo con verdad Aristóteles que no era de un rey, sino de un buey: «Tengo lo que comí, bebí y gocé; lo demás, ahí queda»”. “Al poner el fin del hombre en los placeres sensibles es trastornar el orden de la naturaleza, tomando los medios por fines y los fines por medios. El placer de la comida se nos ha concedido para impelernos a satisfacer esta necesidad y hacernos el alimento más saludable: no nos alimentamos para sentir placer: sentimos placer para que nos alimentemos”.
“La prueba de que el fin no es el placer sensible, se ve en la limitación de las facultades para gozar: el gastrónomo más voraz está condenado a privarse de muchas cosas, si no quiere morir; y, para la inmensa mayoría de los hombres, los placeres de la mesa se reducen a un círculo mucho más estrecho. Todos los demás goces algo vivos están sujetos a la misma ley: quien la infringe, sufre, si continúa, pierde la salud, y, si se obstina, muere”.
“El epicúreo consecuente debiera hablar de este modo: «mi fin es el placer: ésta es la única regla de mi moral; gozo cuanto puedo; y sólo ceso cuando temo morir: sin este peligro no pondría ningún límite a la sensualidad; los festines, las orgías, los desórdenes de toda clase formarían el tejido de mi vida, y entonces sería yo el hombre moral por excelencia, porque me atendría con rigor al principio de la moralidad: el goce»” (De “Ética”-Editorial TOR-Buenos Aires 1960).
Respecto de la ética orientada a la satisfacción intelectual, el citado autor agrega: “¿La moralidad se fundará en la inteligencia, de suerte que sea moral todo lo que conduzca al desarrollo de las facultades intelectuales, e inmoral lo que a esto se oponga?”. “No cabe duda en que esta opinión no ofrece la repugnante fealdad de las anteriores: el desenvolver las facultades intelectuales es una acción noble, digna del ser que las posee; el sentido moral no se subleva contra quien nos presenta el término del hombre en la esfera intelectual. La contemplación de la verdad es un acto noble, digno de una criatura racional. Sin embargo, esta idea, por sí sola, no nos explica el cimiento de la moralidad: nos agrada la acción de entender, pero todavía preguntamos en qué consiste ese carácter moral de que la inteligencia se reviste, en qué la inmoralidad que con frecuencia la afea y la degrada”.
“Imaginen un filósofo que, dominado por la pasión del saber, no perdona medio ni fatiga para acrecentar sus conocimientos, y que, con el fin de proporcionarse lo que desea, olvida los deberes de su familia y sociedad, y es, además, injusto, reteniendo libros que no le pertenecen, usurpando propiedades de otros para acudir a los gastos de sus experimentos….¿será moral? ¿Le bastará para la moralidad su ardiente pasión por la ciencia? Es evidente que no”. “La combinación de la utilidad con la moralidad nos la indica nuestro deseo innato de ser felices. Respetamos, amamos la belleza moral: éste es un impulso de la naturaleza; pero también esa misma naturaleza nos inspira un irresistible deseo de la felicidad: el hombre no puede desear ser infeliz; los mismos males que se acarrea, los dirige a procurarse bienes o a liberarse de otros males mayores; es decir, a disminuir su infelicidad. Así, la moral no está reñida con la dicha, aun cuando la razón no nos lo enseñara, nos lo indicaría la naturaleza, que nos inspira a un mismo tiempo el amor de la felicidad y el de la moral".
Habiendo mostrado que la búsqueda de placeres y de conocimientos no basta para el logro de la felicidad, queda como alternativa final la búsqueda de los afectos. De ahí que la ética cristiana, o natural, consista en el amor al prójimo como búsqueda prioritaria, sin necesidad de anular los restantes objetivos pero sin permitir que anulen la búsqueda espiritual. De esa manera, la felicidad se identifica con la moralidad.
Adviértase que, por lo general, se siente envidia por quienes poseen todo aquello que no constituye la esencia de la felicidad, como son los medios materiales para lograr placeres y poder, es decir, para alejarse de los demás seres humanos. También se puede sentir envidia por quienes poseen conocimientos, pero casi nunca se la siente por quienes han logrado la felicidad plena, que son las personas simples, predispuestas al vínculo afectivo con todas las personas. De ahí que el sufrimiento asociado a la envidia sea un síntoma de que se ha errado en la elección de la estrategia que nos orientará en la vida. Cuando se la elige bien, desaparece toda posibilidad de sentir envidia. La reserva moral de un individuo, que le permite sobrellevar las adversidades en forma poco conflictiva, implica la adopción preponderante de valores espirituales, o afectivos, dejando de lado aquellos que corresponden a la búsqueda de placeres y comodidades para el cuerpo. De esa forma se libera efectivamente de muchos contratiempos que, amargando la vida del hedonista, para él sólo significan pequeñas incomodidades.
Para conocer la escala de valores predominantes en una persona, podemos observar qué aspectos de su vida sacrifica y cuáles conserva. Esto se hace evidente en las personas con exposición pública, como los políticos. Así, en los países en decadencia moral, el político populista tiende a sacrificar su dignidad y su prestigio mintiendo públicamente y difamando a sus rivales de turno. Hace evidente que en su escala de valores no predominan precisamente los valores éticos, o afectivos. Por el contrario, en los países normales se advierte que los políticos tienden a colaborar con sus ocasionales rivales por cuanto sobreentienden que la patria y sus propios valores éticos deben predominar sobre sus mezquinos intereses personales. José M. Goñi Moreno relata una experiencia vivida en Nueva Zelanda: “Hace quince años se celebraba en Wellington, capital de Nueva Zelanda, la reunión de expertos de la Oficina Internacional del Trabajo. Al inaugurarse las deliberaciones el Primer Ministro neozelandés dijo a los expertos reunidos: «Las realizaciones sociales que ustedes elogian, justifican nuestro orgullo. Pero debemos advertir que esta legislación social fue implantada antes de que nosotros llegásemos al gobierno»”.
“Terminado el discurso se escuchó una voz desde el fondo de la sala: «Pido la palabra en mi carácter de ex Primer Ministro. Es verdad, señores, que nosotros, los laboristas, planeamos el sistema de seguridad social que se aplica en este país. Pero esta es una parte de la verdad. Las realizaciones que ustedes admiran son obra de los conservadores, que se caracterizan por perfeccionar las instituciones que les dejamos»”.
“Y ante la sorpresa de muchos expertos, agregó; «Nosotros también conocemos, señores, la lucha política. Combatimos por el triunfo. Pero después de las elecciones, los neozelandeses somos llamados a colaborar con prescindencia de nuestra militancia, en un esfuerzo de conjunto en bien del país»”. “Me encontraba entre los expertos convocados. Fue la enseñanza más inolvidable que recibí en una reunión internacional. Me parecían increíbles esas palabras. Y desde entonces imaginé que una escena semejante, demostrativa de una auténtica y sincera cultura política, podría vivirse algún día en los niveles dirigentes de la Republica Argentina” (De “La hora decisiva”-A. Peña Lillo Editor-Buenos Aires 1967).
La escala de valores predominante en la Argentina, acentuada desde la dirigencia política populista, es la que conduce al agravio y la difamación. Incluso resulta frecuente escuchar opiniones en las cuales se evidencia un desacuerdo a que en el fútbol se incorporen tecnologías que eliminen los errores arbitrales y, sobre todo, las trampas realizadas por los jugadores porque, se aduce, ello le quitaría la “picardía” al fútbol. Esto hace recordar las palabras de Jorge Luis Borges: “La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama «viveza criolla»”.
En cierta ocasión, el autor del presente escrito tuvo la oportunidad de hablar con un jugador de fútbol cuya actividad deportiva se remontaba a algunas decenas de años atrás. En tal conversación advirtió, con cierta sorpresa, que el deportista relataba algunas trampas e incorrecciones deportivas jactándose por ello, lejos de arrepentirse. De ahí que, posiblemente, en un país en que una gran parte de sus integrantes trate de demostrar a los demás que es una persona “viva” (inteligente, mentalmente hábil) se deba precisamente a la necesidad de contrarrestar la real ausencia de tal capacidad.
De todas las éticas posibles, habrá alguna que produzca el mejor resultado. Será también la que mejor nos adapte al orden natural, por lo que podremos denominarla “ética natural”, por cuanto pareciera ser la respuesta que dicho orden requiere de nosotros como pago por el precio impuesto a nuestra supervivencia. Todas las éticas posibles constituyen la respuesta a la pregunta de “cómo somos” los hombres, mientras que la mejor de ellas responderá al “cómo debemos ser”. De ahí que el “cómo debemos ser” sea la optimización del “cómo somos”, obteniéndose por prueba y error y posterior selección artificial.
Si hemos de describir las éticas posibles, puede hacerse una gran simplificación por cuanto casi todas apuntan a tres objetivos básicos, o a una superposición de dos o más de ellos. Entre esos objetivos se encuentra la felicidad y también los disfraces que la encubren:
a) La búsqueda de placeres y sensaciones agradables orientadas al cuerpo y a los sentidos
b) La búsqueda de satisfacciones provenientes del conocimiento y del intelecto
c) La búsqueda de gratificaciones emocionales provenientes de la interacción social
Las éticas destinadas a la búsqueda del placer y las sensaciones agradables, se conocen como éticas hedonistas, cuya figura representativa es Epicuro. Si bien algunos historiadores aducen una injusta y errónea interpretación del filósofo, se lo tomará como referencia siguiendo la tradición. Jaime Balmes escribió: “Sardanápalo creía hacer una cosa que le era muy útil embriagándose de placeres, lo que consideraba como el sumo bien, supuesto que hacía poner en su busto la famosa inscripción, de la cual dijo con verdad Aristóteles que no era de un rey, sino de un buey: «Tengo lo que comí, bebí y gocé; lo demás, ahí queda»”. “Al poner el fin del hombre en los placeres sensibles es trastornar el orden de la naturaleza, tomando los medios por fines y los fines por medios. El placer de la comida se nos ha concedido para impelernos a satisfacer esta necesidad y hacernos el alimento más saludable: no nos alimentamos para sentir placer: sentimos placer para que nos alimentemos”.
“La prueba de que el fin no es el placer sensible, se ve en la limitación de las facultades para gozar: el gastrónomo más voraz está condenado a privarse de muchas cosas, si no quiere morir; y, para la inmensa mayoría de los hombres, los placeres de la mesa se reducen a un círculo mucho más estrecho. Todos los demás goces algo vivos están sujetos a la misma ley: quien la infringe, sufre, si continúa, pierde la salud, y, si se obstina, muere”.
“El epicúreo consecuente debiera hablar de este modo: «mi fin es el placer: ésta es la única regla de mi moral; gozo cuanto puedo; y sólo ceso cuando temo morir: sin este peligro no pondría ningún límite a la sensualidad; los festines, las orgías, los desórdenes de toda clase formarían el tejido de mi vida, y entonces sería yo el hombre moral por excelencia, porque me atendría con rigor al principio de la moralidad: el goce»” (De “Ética”-Editorial TOR-Buenos Aires 1960).
Respecto de la ética orientada a la satisfacción intelectual, el citado autor agrega: “¿La moralidad se fundará en la inteligencia, de suerte que sea moral todo lo que conduzca al desarrollo de las facultades intelectuales, e inmoral lo que a esto se oponga?”. “No cabe duda en que esta opinión no ofrece la repugnante fealdad de las anteriores: el desenvolver las facultades intelectuales es una acción noble, digna del ser que las posee; el sentido moral no se subleva contra quien nos presenta el término del hombre en la esfera intelectual. La contemplación de la verdad es un acto noble, digno de una criatura racional. Sin embargo, esta idea, por sí sola, no nos explica el cimiento de la moralidad: nos agrada la acción de entender, pero todavía preguntamos en qué consiste ese carácter moral de que la inteligencia se reviste, en qué la inmoralidad que con frecuencia la afea y la degrada”.
“Imaginen un filósofo que, dominado por la pasión del saber, no perdona medio ni fatiga para acrecentar sus conocimientos, y que, con el fin de proporcionarse lo que desea, olvida los deberes de su familia y sociedad, y es, además, injusto, reteniendo libros que no le pertenecen, usurpando propiedades de otros para acudir a los gastos de sus experimentos….¿será moral? ¿Le bastará para la moralidad su ardiente pasión por la ciencia? Es evidente que no”. “La combinación de la utilidad con la moralidad nos la indica nuestro deseo innato de ser felices. Respetamos, amamos la belleza moral: éste es un impulso de la naturaleza; pero también esa misma naturaleza nos inspira un irresistible deseo de la felicidad: el hombre no puede desear ser infeliz; los mismos males que se acarrea, los dirige a procurarse bienes o a liberarse de otros males mayores; es decir, a disminuir su infelicidad. Así, la moral no está reñida con la dicha, aun cuando la razón no nos lo enseñara, nos lo indicaría la naturaleza, que nos inspira a un mismo tiempo el amor de la felicidad y el de la moral".
Habiendo mostrado que la búsqueda de placeres y de conocimientos no basta para el logro de la felicidad, queda como alternativa final la búsqueda de los afectos. De ahí que la ética cristiana, o natural, consista en el amor al prójimo como búsqueda prioritaria, sin necesidad de anular los restantes objetivos pero sin permitir que anulen la búsqueda espiritual. De esa manera, la felicidad se identifica con la moralidad.
Adviértase que, por lo general, se siente envidia por quienes poseen todo aquello que no constituye la esencia de la felicidad, como son los medios materiales para lograr placeres y poder, es decir, para alejarse de los demás seres humanos. También se puede sentir envidia por quienes poseen conocimientos, pero casi nunca se la siente por quienes han logrado la felicidad plena, que son las personas simples, predispuestas al vínculo afectivo con todas las personas. De ahí que el sufrimiento asociado a la envidia sea un síntoma de que se ha errado en la elección de la estrategia que nos orientará en la vida. Cuando se la elige bien, desaparece toda posibilidad de sentir envidia. La reserva moral de un individuo, que le permite sobrellevar las adversidades en forma poco conflictiva, implica la adopción preponderante de valores espirituales, o afectivos, dejando de lado aquellos que corresponden a la búsqueda de placeres y comodidades para el cuerpo. De esa forma se libera efectivamente de muchos contratiempos que, amargando la vida del hedonista, para él sólo significan pequeñas incomodidades.
Para conocer la escala de valores predominantes en una persona, podemos observar qué aspectos de su vida sacrifica y cuáles conserva. Esto se hace evidente en las personas con exposición pública, como los políticos. Así, en los países en decadencia moral, el político populista tiende a sacrificar su dignidad y su prestigio mintiendo públicamente y difamando a sus rivales de turno. Hace evidente que en su escala de valores no predominan precisamente los valores éticos, o afectivos. Por el contrario, en los países normales se advierte que los políticos tienden a colaborar con sus ocasionales rivales por cuanto sobreentienden que la patria y sus propios valores éticos deben predominar sobre sus mezquinos intereses personales. José M. Goñi Moreno relata una experiencia vivida en Nueva Zelanda: “Hace quince años se celebraba en Wellington, capital de Nueva Zelanda, la reunión de expertos de la Oficina Internacional del Trabajo. Al inaugurarse las deliberaciones el Primer Ministro neozelandés dijo a los expertos reunidos: «Las realizaciones sociales que ustedes elogian, justifican nuestro orgullo. Pero debemos advertir que esta legislación social fue implantada antes de que nosotros llegásemos al gobierno»”.
“Terminado el discurso se escuchó una voz desde el fondo de la sala: «Pido la palabra en mi carácter de ex Primer Ministro. Es verdad, señores, que nosotros, los laboristas, planeamos el sistema de seguridad social que se aplica en este país. Pero esta es una parte de la verdad. Las realizaciones que ustedes admiran son obra de los conservadores, que se caracterizan por perfeccionar las instituciones que les dejamos»”.
“Y ante la sorpresa de muchos expertos, agregó; «Nosotros también conocemos, señores, la lucha política. Combatimos por el triunfo. Pero después de las elecciones, los neozelandeses somos llamados a colaborar con prescindencia de nuestra militancia, en un esfuerzo de conjunto en bien del país»”. “Me encontraba entre los expertos convocados. Fue la enseñanza más inolvidable que recibí en una reunión internacional. Me parecían increíbles esas palabras. Y desde entonces imaginé que una escena semejante, demostrativa de una auténtica y sincera cultura política, podría vivirse algún día en los niveles dirigentes de la Republica Argentina” (De “La hora decisiva”-A. Peña Lillo Editor-Buenos Aires 1967).
La escala de valores predominante en la Argentina, acentuada desde la dirigencia política populista, es la que conduce al agravio y la difamación. Incluso resulta frecuente escuchar opiniones en las cuales se evidencia un desacuerdo a que en el fútbol se incorporen tecnologías que eliminen los errores arbitrales y, sobre todo, las trampas realizadas por los jugadores porque, se aduce, ello le quitaría la “picardía” al fútbol. Esto hace recordar las palabras de Jorge Luis Borges: “La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama «viveza criolla»”.
En cierta ocasión, el autor del presente escrito tuvo la oportunidad de hablar con un jugador de fútbol cuya actividad deportiva se remontaba a algunas decenas de años atrás. En tal conversación advirtió, con cierta sorpresa, que el deportista relataba algunas trampas e incorrecciones deportivas jactándose por ello, lejos de arrepentirse. De ahí que, posiblemente, en un país en que una gran parte de sus integrantes trate de demostrar a los demás que es una persona “viva” (inteligente, mentalmente hábil) se deba precisamente a la necesidad de contrarrestar la real ausencia de tal capacidad.
viernes, 10 de octubre de 2014
Confianza y libertad
La confianza es uno de los valores que permite el desarrollo de los pueblos y es el que debe predominar entre sus integrantes en toda acción y actitud. La confianza mutua generalizada surge solamente en sociedades en las que predominan los valores éticos elementales. Por el contrario, en un país en donde los delincuentes son dejados en libertad, a la espera de una pronta “reinserción social”, impera temor y desconfianza. Así, cada ciudadano tiende a protegerse de cualquier desconocido ante la presunción de que pueda asaltarlo o matarlo. De ahí que exista una precautoria marginación social hacia la gente “sospechosa” aunque el gobierno proclame que está promoviendo la inclusión social y la igualdad. Alain Peyrefitte escribió:
“En cuarenta años de observaciones, la actitud de confianza o desconfianza de la persona nos ha aparecido -bajo formas muy diversas- como la médula de las conductas culturales, religiosas, sociales y políticas que influyen decisivamente en el desarrollo”. “Nuestra hipótesis es que el motor del desarrollo radica en último término en la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva; a una libertad que conoce sus contrapartidas, sus deberes, sus límites: en síntesis, su responsabilidad, es decir, su capacidad para responder por sí misma. Pero como la práctica de tal libertad es aun exigua en el mundo, es dable temer que la hambruna, la enfermedad y la violencia merodeen largo tiempo en nuestro planeta”.
“Incluso pueden retornar con pleno vigor en zonas que hasta ahora se han librado de esos males por decenios. El progreso perpetuo no existe, los agentes dinámicos de nuestras sociedades pueden ser asfixiados o extenuados, aunque sólo fuera por el peso de un Estado invasivo, de un igualitarismo excesivo, de una reivindicación de «siempre más» cual un derecho adquirido; por el olvido de los deberes, que son la contrapartida indispensable de los derechos; o por la competencia insostenible de pueblos atrasados que, para escapar de la miseria, despliegan sus noveles capacidades de producir mucho más a menor precio e igualmente bien” (De “La sociedad de la confianza”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1996).
La confianza surge como una consecuencia inmediata del nivel moral existente en una sociedad. Mariano Grondona escribió: “En una sociedad en donde imperan comportamientos morales, cada ciudadano cumple sus obligaciones a la espera de que los otros también lo hagan; de tal forma, la sociedad progresa. En una sociedad en donde abundan comportamientos inmorales, la expectativa contraria induce a cada ciudadano a resguardarse, a «cubrirse», contra el inesperado incumplimiento del otro. Si el otro no va a pagar sus impuestos, ¿por qué voy a hacerlo yo por mí y por él? Arrastrada por la desconfianza, la sociedad inmoral anula sus mejores posibilidades”.
Respecto de las diferencias entre países desarrollados y subdesarrollados, agrega: “Como parte de un más amplio fenómeno cultural, la diferencia entre las sociedades desarrolladas y las que no lo son es también una diferencia moral. ¿En qué sentido? En varios. Primero, porque las sociedades desarrolladas sólo exigen una moral media: que cada uno busque sus objetivos individuales sin violar el derecho de los demás. Al proponerse esa meta moderada, en general la alcanzan, mientras las sociedades subdesarrolladas exageran el reclamo moral, exigiendo a sus miembros que todo lo den en nombre de un alto ideal –ya sea la solidaridad, Alá o el Estado- y desdoblándose a partir de ahí entre la moral que se proclama –todo- y la moral efectiva –poco o nada-”.
“La segunda diferencia entre los dos mundos en cuanto a la moral va al corazón del asunto. Se trata nada menos que de lo siguiente: en los países subdesarrollados la moral es por lo general derivada, dependiente de otras influencias culturales como la religión o la ideología. La moral no es en ellos la de cada cual, sino aquella que impone el partido, una iglesia o el Estado. Pero el fenómeno moral consiste precisamente en lo contrario: que cada individuo se sienta obligado, por lo pronto, consigo mismo. La persona auténticamente moral se da sus propias normas, se atiene a ellas. Es … autónoma (del griego autós, ‘uno mismo’, y nomos, ‘ley’). Un ser es autónomo cuando se obliga ante sí mismo aunque nadie lo vea, cuando «ha decidido tener una conciencia», según la expresión de Martin Heidegger”.
“En tal sentido, la vigencia de la moral individual, al margen de una religión o una doctrina oficiales, es un fenómeno estrictamente moderno. Podríamos decir que una sociedad es moderna cuando sus miembros se dictan a sí mismos su código moral, cuando nadie desde afuera y por encima de ellos les dice lo que tienen que hacer. En las sociedades subdesarrolladas, el hecho de que Alguien, con mayúscula, dicte a los demás las normas del comportamiento bloquea el formidable despliegue de energía que nace de la motivación individual. Pero las sociedades desarrolladas existen justamente porque ellas cuentan con esa infinita reserva de energía. Al permitir que cada uno formule «autónomamente» su plan de vida, las sociedades modernas permiten la explosión de las ambiciones y los sueños personales”.
“Imaginemos para ilustrar estas ideas que nos hallamos frente a dos sociedades, una de ellas equipada con la vigencia de una moral y la otra dependiente en cambio de un sistema de castigos exterior a la conciencia de los individuos para lograr que cumplan al menos parte de sus deberes morales. Las ventajas de la primera sociedad serán decisivas. En una sociedad donde la mayoría de los individuos cumple habitualmente con sus obligaciones –trabaja, respeta lo ajeno, paga sus impuestos…- porque cada cual se siente obligado ante sí mismo sin necesidad de que lo vigilen, el Estado puede dar un paso atrás; la libertad, la creatividad individual, resultan posibles. Hay más sociedad y menos Estado. A través del proceso educativo, cada persona se instala entonces dentro de su propio rigor en lo que ella se exige a sí misma aunque nadie la vea, y entonces dar libertad a las personas ya no resulta sinónimo de anarquía sino, por el contrario, de trabajo y productividad. En una sociedad dotada de educación moral, sus miembros piden libertad para llegar a ser más y no menos que lo que son; para ponerse a la altura de sus osados sueños” (De “Bajo el imperio de las ideas morales”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1987).
Cuando existe un nivel moral y de confianza adecuado, aparece el ámbito ideal para la libertad individual, posibilitando que cada uno pueda realizar sus potencialidades personales. Tal es, en definitiva, la tendencia compatible con el liberalismo. Fulton J. Sheen escribe sobre la libertad de elección: “Hay tres definiciones de libertad, dos de ellas son falsas y una es verdadera. La primera definición falsa es: «Libertad es el derecho a hacer cualquier cosa que me agrade». Esta es la doctrina liberal de la libertad, que la reduce a un poder físico más que moral. Por supuesto, somos libres para hacer cualquier cosa que nos dé la gana, por ejemplo: descargar una ametralladora sobre las gallinas del vecino, conducir un automóvil sobre la vereda, llenar el colchón del vecino con hojas de afeitar usadas y clavos, pero ¿debemos hacer estas cosas? Esta clase de libertad, por la que cada cual tiene el derecho de procurar su propio beneficio y gusto, produce confusión y males. No hay liberalismo de esta clase especial sin un mundo de egotismos en conflicto, en el que nadie quiere sumergirse por el bien común”.
Al respecto, puede decirse que el citado autor, quizás sin quererlo, difama al liberalismo e incurre en una mentira, ya que las actitudes antes ejemplificadas y consideradas como “liberales”, se refieren en realidad a una persona inmoral, psíquicamente enferma, que nada tiene que ver con el pensamiento de las figuras representativas del pensamiento liberal, que son quienes promueven los valores de la libertad. Este tipo de difamación gratuita tiende a fortalecer la postura totalitaria que busca anular y reemplazar al liberalismo. Incluso tal libertinaje mencionado ni siquiera podría asignarse al anarquismo, ya que tampoco los ideólogos respectivos promueven una libertad incondicional que habilita a todos a hacer lo que les venga en ganas. De ahí que sea conveniente leer al menos un poco a los autores representativos del liberalismo. Si hemos de valorar toda tendencia del pensamiento por algunos casos concretos observados en la vida diaria, entonces hasta el propio cristianismo podría ser calumniado y difamado; lo que ocurre muchas veces al no tener en cuenta que cristianismo implica lo que su fundador dijo e hizo.
El citado autor prosigue: “A fin de superar esta confusión en la que cada uno haría lo que le pluguiera, surgió la segunda falsa definición de libertad: «Libertad es el derecho de hacer lo que tenemos que hacer». Esta es la libertad totalitaria, así expuesta y desarrollada para destruir la libertad individual en beneficio de la sociedad. Engels, quien junto con Marx escribió la Filosofía del Comunismo, dijo así: «Una piedra es libre para caer porque tiene que obedecer a la ley de gravedad». Así, el hombre es libre en la sociedad comunista porque debe obedecer a la ley del dictador”.
“El verdadero concepto de libertad es: «Libertad es el derecho de hacer lo que debemos hacer», y ese debemos implica objetivo, finalidad, moralidad y ley de Dios. La verdadera libertad está dentro de la ley, no fuera de ella. Yo soy libre para diseñar un triángulo si le doy a esa figura tres lados, pero no, si procediendo con amplitud de miras le doy cincuenta y siete lados. Yo soy libre para volar con la condición de que obedezca a las leyes de la aeronáutica. Y en el reino espiritual, tengo la mayor libertad posible cuando obedezco a la ley de Dios” (De “El primer amor del mundo”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1953).
Si se considera que la ley natural es la ley de Dios, el liberal la contempla prioritariamente, por cuanto tiende a acatar las descripciones de las leyes naturales establecidas por las distintas ciencias sociales, como la economía. Además, la compatibilidad entre liberalismo y cristianismo se advierte en el hombre occidental cuya civilización se ha establecido a partir del liberalismo, con la democracia política y económica, y del cristianismo, con su ética natural. También confirma tal compatibilidad el hecho de que, las principales figuras totalitarias, atacan tanto al liberalismo como al cristianismo; ataque que implica todo un elogio teniendo en cuenta de donde proviene. Ludwig von Mises escribió:
“Desde tiempos inmemoriales, el Occidente ha valorado la libertad como el bien más precioso. La preeminencia occidental se basó precisamente en su obsesiva pasión por la libertad, ideario social éste totalmente desconocido por los pueblos orientales. La filosofía social de Occidente es, en esencia, la filosofía de la libertad. La historia de Europa, así como la de aquellos pueblos que expatriados europeos y sus descendientes en otras partes del mundo formaron, casi no es más que una continua lucha por la libertad. Un individualismo «a ultranza» caracteriza a nuestra civilización” (De “La Acción Humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).
“En cuarenta años de observaciones, la actitud de confianza o desconfianza de la persona nos ha aparecido -bajo formas muy diversas- como la médula de las conductas culturales, religiosas, sociales y políticas que influyen decisivamente en el desarrollo”. “Nuestra hipótesis es que el motor del desarrollo radica en último término en la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva; a una libertad que conoce sus contrapartidas, sus deberes, sus límites: en síntesis, su responsabilidad, es decir, su capacidad para responder por sí misma. Pero como la práctica de tal libertad es aun exigua en el mundo, es dable temer que la hambruna, la enfermedad y la violencia merodeen largo tiempo en nuestro planeta”.
“Incluso pueden retornar con pleno vigor en zonas que hasta ahora se han librado de esos males por decenios. El progreso perpetuo no existe, los agentes dinámicos de nuestras sociedades pueden ser asfixiados o extenuados, aunque sólo fuera por el peso de un Estado invasivo, de un igualitarismo excesivo, de una reivindicación de «siempre más» cual un derecho adquirido; por el olvido de los deberes, que son la contrapartida indispensable de los derechos; o por la competencia insostenible de pueblos atrasados que, para escapar de la miseria, despliegan sus noveles capacidades de producir mucho más a menor precio e igualmente bien” (De “La sociedad de la confianza”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1996).
La confianza surge como una consecuencia inmediata del nivel moral existente en una sociedad. Mariano Grondona escribió: “En una sociedad en donde imperan comportamientos morales, cada ciudadano cumple sus obligaciones a la espera de que los otros también lo hagan; de tal forma, la sociedad progresa. En una sociedad en donde abundan comportamientos inmorales, la expectativa contraria induce a cada ciudadano a resguardarse, a «cubrirse», contra el inesperado incumplimiento del otro. Si el otro no va a pagar sus impuestos, ¿por qué voy a hacerlo yo por mí y por él? Arrastrada por la desconfianza, la sociedad inmoral anula sus mejores posibilidades”.
Respecto de las diferencias entre países desarrollados y subdesarrollados, agrega: “Como parte de un más amplio fenómeno cultural, la diferencia entre las sociedades desarrolladas y las que no lo son es también una diferencia moral. ¿En qué sentido? En varios. Primero, porque las sociedades desarrolladas sólo exigen una moral media: que cada uno busque sus objetivos individuales sin violar el derecho de los demás. Al proponerse esa meta moderada, en general la alcanzan, mientras las sociedades subdesarrolladas exageran el reclamo moral, exigiendo a sus miembros que todo lo den en nombre de un alto ideal –ya sea la solidaridad, Alá o el Estado- y desdoblándose a partir de ahí entre la moral que se proclama –todo- y la moral efectiva –poco o nada-”.
“La segunda diferencia entre los dos mundos en cuanto a la moral va al corazón del asunto. Se trata nada menos que de lo siguiente: en los países subdesarrollados la moral es por lo general derivada, dependiente de otras influencias culturales como la religión o la ideología. La moral no es en ellos la de cada cual, sino aquella que impone el partido, una iglesia o el Estado. Pero el fenómeno moral consiste precisamente en lo contrario: que cada individuo se sienta obligado, por lo pronto, consigo mismo. La persona auténticamente moral se da sus propias normas, se atiene a ellas. Es … autónoma (del griego autós, ‘uno mismo’, y nomos, ‘ley’). Un ser es autónomo cuando se obliga ante sí mismo aunque nadie lo vea, cuando «ha decidido tener una conciencia», según la expresión de Martin Heidegger”.
“En tal sentido, la vigencia de la moral individual, al margen de una religión o una doctrina oficiales, es un fenómeno estrictamente moderno. Podríamos decir que una sociedad es moderna cuando sus miembros se dictan a sí mismos su código moral, cuando nadie desde afuera y por encima de ellos les dice lo que tienen que hacer. En las sociedades subdesarrolladas, el hecho de que Alguien, con mayúscula, dicte a los demás las normas del comportamiento bloquea el formidable despliegue de energía que nace de la motivación individual. Pero las sociedades desarrolladas existen justamente porque ellas cuentan con esa infinita reserva de energía. Al permitir que cada uno formule «autónomamente» su plan de vida, las sociedades modernas permiten la explosión de las ambiciones y los sueños personales”.
“Imaginemos para ilustrar estas ideas que nos hallamos frente a dos sociedades, una de ellas equipada con la vigencia de una moral y la otra dependiente en cambio de un sistema de castigos exterior a la conciencia de los individuos para lograr que cumplan al menos parte de sus deberes morales. Las ventajas de la primera sociedad serán decisivas. En una sociedad donde la mayoría de los individuos cumple habitualmente con sus obligaciones –trabaja, respeta lo ajeno, paga sus impuestos…- porque cada cual se siente obligado ante sí mismo sin necesidad de que lo vigilen, el Estado puede dar un paso atrás; la libertad, la creatividad individual, resultan posibles. Hay más sociedad y menos Estado. A través del proceso educativo, cada persona se instala entonces dentro de su propio rigor en lo que ella se exige a sí misma aunque nadie la vea, y entonces dar libertad a las personas ya no resulta sinónimo de anarquía sino, por el contrario, de trabajo y productividad. En una sociedad dotada de educación moral, sus miembros piden libertad para llegar a ser más y no menos que lo que son; para ponerse a la altura de sus osados sueños” (De “Bajo el imperio de las ideas morales”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1987).
Cuando existe un nivel moral y de confianza adecuado, aparece el ámbito ideal para la libertad individual, posibilitando que cada uno pueda realizar sus potencialidades personales. Tal es, en definitiva, la tendencia compatible con el liberalismo. Fulton J. Sheen escribe sobre la libertad de elección: “Hay tres definiciones de libertad, dos de ellas son falsas y una es verdadera. La primera definición falsa es: «Libertad es el derecho a hacer cualquier cosa que me agrade». Esta es la doctrina liberal de la libertad, que la reduce a un poder físico más que moral. Por supuesto, somos libres para hacer cualquier cosa que nos dé la gana, por ejemplo: descargar una ametralladora sobre las gallinas del vecino, conducir un automóvil sobre la vereda, llenar el colchón del vecino con hojas de afeitar usadas y clavos, pero ¿debemos hacer estas cosas? Esta clase de libertad, por la que cada cual tiene el derecho de procurar su propio beneficio y gusto, produce confusión y males. No hay liberalismo de esta clase especial sin un mundo de egotismos en conflicto, en el que nadie quiere sumergirse por el bien común”.
Al respecto, puede decirse que el citado autor, quizás sin quererlo, difama al liberalismo e incurre en una mentira, ya que las actitudes antes ejemplificadas y consideradas como “liberales”, se refieren en realidad a una persona inmoral, psíquicamente enferma, que nada tiene que ver con el pensamiento de las figuras representativas del pensamiento liberal, que son quienes promueven los valores de la libertad. Este tipo de difamación gratuita tiende a fortalecer la postura totalitaria que busca anular y reemplazar al liberalismo. Incluso tal libertinaje mencionado ni siquiera podría asignarse al anarquismo, ya que tampoco los ideólogos respectivos promueven una libertad incondicional que habilita a todos a hacer lo que les venga en ganas. De ahí que sea conveniente leer al menos un poco a los autores representativos del liberalismo. Si hemos de valorar toda tendencia del pensamiento por algunos casos concretos observados en la vida diaria, entonces hasta el propio cristianismo podría ser calumniado y difamado; lo que ocurre muchas veces al no tener en cuenta que cristianismo implica lo que su fundador dijo e hizo.
El citado autor prosigue: “A fin de superar esta confusión en la que cada uno haría lo que le pluguiera, surgió la segunda falsa definición de libertad: «Libertad es el derecho de hacer lo que tenemos que hacer». Esta es la libertad totalitaria, así expuesta y desarrollada para destruir la libertad individual en beneficio de la sociedad. Engels, quien junto con Marx escribió la Filosofía del Comunismo, dijo así: «Una piedra es libre para caer porque tiene que obedecer a la ley de gravedad». Así, el hombre es libre en la sociedad comunista porque debe obedecer a la ley del dictador”.
“El verdadero concepto de libertad es: «Libertad es el derecho de hacer lo que debemos hacer», y ese debemos implica objetivo, finalidad, moralidad y ley de Dios. La verdadera libertad está dentro de la ley, no fuera de ella. Yo soy libre para diseñar un triángulo si le doy a esa figura tres lados, pero no, si procediendo con amplitud de miras le doy cincuenta y siete lados. Yo soy libre para volar con la condición de que obedezca a las leyes de la aeronáutica. Y en el reino espiritual, tengo la mayor libertad posible cuando obedezco a la ley de Dios” (De “El primer amor del mundo”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1953).
Si se considera que la ley natural es la ley de Dios, el liberal la contempla prioritariamente, por cuanto tiende a acatar las descripciones de las leyes naturales establecidas por las distintas ciencias sociales, como la economía. Además, la compatibilidad entre liberalismo y cristianismo se advierte en el hombre occidental cuya civilización se ha establecido a partir del liberalismo, con la democracia política y económica, y del cristianismo, con su ética natural. También confirma tal compatibilidad el hecho de que, las principales figuras totalitarias, atacan tanto al liberalismo como al cristianismo; ataque que implica todo un elogio teniendo en cuenta de donde proviene. Ludwig von Mises escribió:
“Desde tiempos inmemoriales, el Occidente ha valorado la libertad como el bien más precioso. La preeminencia occidental se basó precisamente en su obsesiva pasión por la libertad, ideario social éste totalmente desconocido por los pueblos orientales. La filosofía social de Occidente es, en esencia, la filosofía de la libertad. La historia de Europa, así como la de aquellos pueblos que expatriados europeos y sus descendientes en otras partes del mundo formaron, casi no es más que una continua lucha por la libertad. Un individualismo «a ultranza» caracteriza a nuestra civilización” (De “La Acción Humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).
miércoles, 8 de octubre de 2014
El conductismo social
Mientras que el conductivismo psicológico se caracteriza por utilizar el vínculo E-R (estímulo-respuesta) para la descripción del comportamiento individual, el conductivismo social se caracteriza por utilizarlo a través del concepto de actitud. Mientras que el vínculo E-R, en el primer caso, se aplica al campo de las respuestas de tipo emocional o fisiológico, en el segundo caso se lo aplica a la respuesta completa de un individuo contemplando tanto la interacción social como el aspecto cultural asociado.
El conductivismo de John B. Watson, aplicado al hombre, aparece como una ampliación de su empleo en la descripción de la conducta animal, en la cual no existe la introspección. George H Mead escribió: “Quedaba, sin embargo, el campo de la introspección, de las experiencias que son privadas y que pertenecen al individuo mismo –experiencias comúnmente llamadas subjetivas. ¿Qué había que hacer con ellas? La actitud de John B. Watson fue la de la Reina en «Alicia en el País de las Maravillas»: «¡Cortadles la cabeza!»; tales cosas no existían. No existía la imaginación ni la conciencia” (De “Espíritu, persona y sociedad”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1972).
El conductismo social es el ámbito adecuado tanto para la descripción del individuo como del grupo social. Ello se advierte a partir de la utilización del concepto de actitud, por cuanto implica el vínculo existente entre individuo y grupo social. “En psicología social no construimos la conducta del grupo social en términos de la conducta de los distintos individuos que lo componen; antes bien, partimos de un todo social determinado de compleja actividad social, dentro del cual analizamos (como elementos) la conducta de cada uno de los distintos individuos que lo componen. Es decir, que intentamos explicar la conducta del individuo en términos de la conducta organizada del grupo social, en lugar de explicar la conducta organizada del grupo social en términos de la conducta de los distintos individuos que pertenecen a él”.
En realidad, resulta difícil priorizar al individuo o al grupo social por cuanto sin los primeros no existe el segundo, mientras que si no existe el grupo social, la actitud del individuo prácticamente no puede formarse, excepto a un nivel cultural muy limitado. Gino Germani escribió: “Una actitud se define como una disposición psíquica, para algo o hacia algo, disposición que representa el antecedente interno de la acción y que llega a organizarse en el individuo a través de la experiencia –vale decir, es adquirida- y resulta de la integración de elementos indiferenciados biológicos y de elementos socioculturales específicos” (De “Psicologías del Siglo XX” de Edna Heidbreder-Editorial Paidós-Buenos Aires 1967).
Puede decirse que, mientras el grupo social tiende a formar las componentes afectivas y cognitivas de la actitud característica de cada individuo, tales componentes se proyectan hacia el grupo social para caracterizarlo mediante una especie de actitud característica grupal predominante. Sin embargo, no todo individuo es influenciable de la misma manera por el grupo social ni es influyente de la misma manera sobre el grupo, sino que existe un equilibrio dinámico entre individuo y sociedad. Gino Germani escribe: “Entre otras ventajas, el concepto de actitud presenta la de constituir el nexo entre las dos ramas de que se compone la psicología social actual: la psicología social de los grupos o psicología colectiva, y la psicología social del individuo”.
A partir del punto de vista de las actitudes, puede determinarse el concepto de personalidad. Como cada individuo posee las mismas componentes afectivas y cognitivas básicas que los demás, aunque en distintas proporciones, tales proporciones definirían su personalidad. Germani escribe al respecto: “Un grupo de investigadores interpreta la personalidad simplemente como una colección de actitudes altamente específicas”. “Sus principales autores, Cattel, Woodworth y Thorndike, sostienen que es posible reducir la personalidad a un cierto número mínimo de componentes básicos y uniformes, análogos en todos los hombres”. “El punto de vista común de los autores de esta tendencia es que la personalidad debe considerarse como una función de la sociedad, pero que al mismo tiempo es capaz de trascenderla. Afirman que si, por un lado, ella representa el «aspecto subjetivo de la cultura», por el otro posee la capacidad de trascender las formas culturales para transformarse de simple receptora en creadora de nuevas formas. La tarea de la psicología social consiste justamente en describir y explicar cómo se efectúa este incesante proceso de transmisión y creación de formas culturales a través de la personalidad humana”.
Lo interesante del conductismo social aparece en la forma en que George H. Mead describe la interacción social, para quien el acto psíquico social “es aquel en el que el individuo sirve en su acción como estímulo a la respuesta de otro individuo”. “El carácter más importante de la organización social de la conducta no es que un individuo en el grupo social hace lo que los demás, sino que la conducta de un individuo constituye un estimulo para que otro individuo realice determinado acto, y que a su vez este último acto se transforme en estímulo para una posterior reacción por parte del primer individuo, y así continuando en una interacción sin fin”.
Tal interacción social, denominada por Mead como una “conversación de actitudes”, es la que conforma la individualidad asociada a la personalidad de los seres humanos. Germani agrega: “El surgimiento del «yo» obedece a un proceso de interacción de esta misma naturaleza. Según Mead lo característico del «yo» es su capacidad de erigirse en objeto para sí mismo: en ello reside su esencia, la esencia de la individualidad misma. Esto es lo que lo diferencia de los animales, pues también la razón depende de esta capacidad que tiene el individuo de colocarse en el mismo campo de experiencia que los demás seres, hacia los cuales actúa en la interacción. Con otras palabras, la interacción social –es decir, la sociedad- se traslada en el interior mismo del individuo, y su esencia como ser humano consiste en tal capacidad de interacción consigo mismo”.
Desde el conductismo social se establece también la forma en que un niño va conformando su propia personalidad. Tal proceso ocurre cuando el individuo “asume la actitud o emplea el gesto que otro individuo emplearía, y además responde o tiende a responder a tal gesto. El niño se vuelve gradualmente un ser social a través de su propia experiencia y actúa hacia sí mismo de un modo similar al que emplea cuando se dirige a los demás”.
Germani agrega: “De ningún modo debe confundirse este proceso con la imitación. Mead la critica extensamente, afirmando, entre otras cosas, que ella supone ya la emergencia del «yo» como cumplida. Ejemplos de esta interestimulación se encuentran en el comportamiento del niño hacia la madre, o en el juego. Así, el niño adopta las palabras, los gestos, los tonos de la madre, es decir adopta en sí mismo el papel de ella. En los juegos del niño pequeño la interacción es todavía rudimentaria. En esta fase hay ya una tendencia a asumir un papel; así, el niño juega a ser alguien, policía, indio, etc.”. “En el juego organizado se pasa a un estadio en el que la asunción de un papel ya no se realiza al azar y al arbitrio del individuo, en este caso es necesario respetar ciertas reglas, las cuales establecen claramente el conjunto de respuestas que hay que dar frente a determinadas actitudes. Al tomar el ego cierta actitud se requiere en el alter cierta respuesta definida. Por lo tanto, el niño debe tener la capacidad de incorporar a su propia psique las actitudes de todos los demás incluidos en el juego. Tales actitudes asumen en el juego una especie de unidad organizada y esta organización de las actitudes ajenas, de los papeles ajenos en un todo unitario, es lo que Mead llama característicamente «el otro generalizado»”.
Para establecer la interacción social es necesaria una previa interacción simbólica. Francis A. Merrill escribió: “La interacción de los seres humanos no es como la de las bolas de billar, que chocan entre sí y se repelen, sino que se realiza a través de símbolos significativos comprendidos mutuamente por los participantes. La interacción social se lleva a efecto dentro de un conjunto de expectativas, reglas y normas aprendidas en la infancia a las que el individuo adapta su comportamiento después. La interacción social se caracteriza, por tanto, por «la presencia de actos expresivos por parte de una o más personas, la percepción consciente o inconsciente de esos actos por otras y la observación final de que esos actos expresivos han sido percibidos por otros» (Jurgen Ruesch)”.
“Los entes sociales realizan esta interacción conservando cada uno una personalidad propia y la condición de ente social adquirida a través del contacto con otros individuos de evolución similar. En ese proceso de socialización, el individuo aprende a «asumir el papel del otro» y a ponerse mentalmente en el lugar de aquel ante el que reacciona (George H. Mead). De esta manera, cada uno de ellos sopesa el impacto que producen sus propias palabras o gestos sobre el otro y al suponerse en su sitio se estimula a sí mismo. Consecuentemente, la interacción social no sólo incluye la que tiene lugar entre dos personas, sino también la de cada persona consigo misma” (De “Introducción a la Sociología”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1967).
Uno de los objetivos de las ciencias sociales es el logro de una visión general que abarque la mayor parte de los fenómenos descriptos, es decir, se trata de establecer una teoría general del individuo y de la sociedad. Se advierte que ello es posible a partir del conductismo social. Así, desde las componentes afectivas de la actitud característica (amor, odio, egoísmo, negligencia) puede extraerse cierta ética natural, constituyendo una teoría de la acción ética. Luego, desde las componentes cognitivas de la actitud característica (referencia en la realidad, en uno mismo, en otro o en lo que todos dicen), y empleando el método de prueba y error de la ciencia experimental, puede extraerse una lógica analógica, constituyendo una teoría del conocimiento. Desde la interacción simbólica y el lenguaje es posible la interacción social y la formación de la personalidad. Luego, la personalidad se proyecta hacia la cultura. Se advierte que, en principio, es posible abarcar varios conceptos asociados al individuo y a la sociedad desde la visión descriptiva emergente del conductismo social. Puede hacerse un resumen:
Actitud característica => Componentes afectivas => Ética natural
Actitud característica => Componentes cognitivas => Lógica analógica
Lenguaje => Interacción simbólica => Interacción social => Personalidad => Cultura
El conductivismo de John B. Watson, aplicado al hombre, aparece como una ampliación de su empleo en la descripción de la conducta animal, en la cual no existe la introspección. George H Mead escribió: “Quedaba, sin embargo, el campo de la introspección, de las experiencias que son privadas y que pertenecen al individuo mismo –experiencias comúnmente llamadas subjetivas. ¿Qué había que hacer con ellas? La actitud de John B. Watson fue la de la Reina en «Alicia en el País de las Maravillas»: «¡Cortadles la cabeza!»; tales cosas no existían. No existía la imaginación ni la conciencia” (De “Espíritu, persona y sociedad”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1972).
El conductismo social es el ámbito adecuado tanto para la descripción del individuo como del grupo social. Ello se advierte a partir de la utilización del concepto de actitud, por cuanto implica el vínculo existente entre individuo y grupo social. “En psicología social no construimos la conducta del grupo social en términos de la conducta de los distintos individuos que lo componen; antes bien, partimos de un todo social determinado de compleja actividad social, dentro del cual analizamos (como elementos) la conducta de cada uno de los distintos individuos que lo componen. Es decir, que intentamos explicar la conducta del individuo en términos de la conducta organizada del grupo social, en lugar de explicar la conducta organizada del grupo social en términos de la conducta de los distintos individuos que pertenecen a él”.
En realidad, resulta difícil priorizar al individuo o al grupo social por cuanto sin los primeros no existe el segundo, mientras que si no existe el grupo social, la actitud del individuo prácticamente no puede formarse, excepto a un nivel cultural muy limitado. Gino Germani escribió: “Una actitud se define como una disposición psíquica, para algo o hacia algo, disposición que representa el antecedente interno de la acción y que llega a organizarse en el individuo a través de la experiencia –vale decir, es adquirida- y resulta de la integración de elementos indiferenciados biológicos y de elementos socioculturales específicos” (De “Psicologías del Siglo XX” de Edna Heidbreder-Editorial Paidós-Buenos Aires 1967).
Puede decirse que, mientras el grupo social tiende a formar las componentes afectivas y cognitivas de la actitud característica de cada individuo, tales componentes se proyectan hacia el grupo social para caracterizarlo mediante una especie de actitud característica grupal predominante. Sin embargo, no todo individuo es influenciable de la misma manera por el grupo social ni es influyente de la misma manera sobre el grupo, sino que existe un equilibrio dinámico entre individuo y sociedad. Gino Germani escribe: “Entre otras ventajas, el concepto de actitud presenta la de constituir el nexo entre las dos ramas de que se compone la psicología social actual: la psicología social de los grupos o psicología colectiva, y la psicología social del individuo”.
A partir del punto de vista de las actitudes, puede determinarse el concepto de personalidad. Como cada individuo posee las mismas componentes afectivas y cognitivas básicas que los demás, aunque en distintas proporciones, tales proporciones definirían su personalidad. Germani escribe al respecto: “Un grupo de investigadores interpreta la personalidad simplemente como una colección de actitudes altamente específicas”. “Sus principales autores, Cattel, Woodworth y Thorndike, sostienen que es posible reducir la personalidad a un cierto número mínimo de componentes básicos y uniformes, análogos en todos los hombres”. “El punto de vista común de los autores de esta tendencia es que la personalidad debe considerarse como una función de la sociedad, pero que al mismo tiempo es capaz de trascenderla. Afirman que si, por un lado, ella representa el «aspecto subjetivo de la cultura», por el otro posee la capacidad de trascender las formas culturales para transformarse de simple receptora en creadora de nuevas formas. La tarea de la psicología social consiste justamente en describir y explicar cómo se efectúa este incesante proceso de transmisión y creación de formas culturales a través de la personalidad humana”.
Lo interesante del conductismo social aparece en la forma en que George H. Mead describe la interacción social, para quien el acto psíquico social “es aquel en el que el individuo sirve en su acción como estímulo a la respuesta de otro individuo”. “El carácter más importante de la organización social de la conducta no es que un individuo en el grupo social hace lo que los demás, sino que la conducta de un individuo constituye un estimulo para que otro individuo realice determinado acto, y que a su vez este último acto se transforme en estímulo para una posterior reacción por parte del primer individuo, y así continuando en una interacción sin fin”.
Tal interacción social, denominada por Mead como una “conversación de actitudes”, es la que conforma la individualidad asociada a la personalidad de los seres humanos. Germani agrega: “El surgimiento del «yo» obedece a un proceso de interacción de esta misma naturaleza. Según Mead lo característico del «yo» es su capacidad de erigirse en objeto para sí mismo: en ello reside su esencia, la esencia de la individualidad misma. Esto es lo que lo diferencia de los animales, pues también la razón depende de esta capacidad que tiene el individuo de colocarse en el mismo campo de experiencia que los demás seres, hacia los cuales actúa en la interacción. Con otras palabras, la interacción social –es decir, la sociedad- se traslada en el interior mismo del individuo, y su esencia como ser humano consiste en tal capacidad de interacción consigo mismo”.
Desde el conductismo social se establece también la forma en que un niño va conformando su propia personalidad. Tal proceso ocurre cuando el individuo “asume la actitud o emplea el gesto que otro individuo emplearía, y además responde o tiende a responder a tal gesto. El niño se vuelve gradualmente un ser social a través de su propia experiencia y actúa hacia sí mismo de un modo similar al que emplea cuando se dirige a los demás”.
Germani agrega: “De ningún modo debe confundirse este proceso con la imitación. Mead la critica extensamente, afirmando, entre otras cosas, que ella supone ya la emergencia del «yo» como cumplida. Ejemplos de esta interestimulación se encuentran en el comportamiento del niño hacia la madre, o en el juego. Así, el niño adopta las palabras, los gestos, los tonos de la madre, es decir adopta en sí mismo el papel de ella. En los juegos del niño pequeño la interacción es todavía rudimentaria. En esta fase hay ya una tendencia a asumir un papel; así, el niño juega a ser alguien, policía, indio, etc.”. “En el juego organizado se pasa a un estadio en el que la asunción de un papel ya no se realiza al azar y al arbitrio del individuo, en este caso es necesario respetar ciertas reglas, las cuales establecen claramente el conjunto de respuestas que hay que dar frente a determinadas actitudes. Al tomar el ego cierta actitud se requiere en el alter cierta respuesta definida. Por lo tanto, el niño debe tener la capacidad de incorporar a su propia psique las actitudes de todos los demás incluidos en el juego. Tales actitudes asumen en el juego una especie de unidad organizada y esta organización de las actitudes ajenas, de los papeles ajenos en un todo unitario, es lo que Mead llama característicamente «el otro generalizado»”.
Para establecer la interacción social es necesaria una previa interacción simbólica. Francis A. Merrill escribió: “La interacción de los seres humanos no es como la de las bolas de billar, que chocan entre sí y se repelen, sino que se realiza a través de símbolos significativos comprendidos mutuamente por los participantes. La interacción social se lleva a efecto dentro de un conjunto de expectativas, reglas y normas aprendidas en la infancia a las que el individuo adapta su comportamiento después. La interacción social se caracteriza, por tanto, por «la presencia de actos expresivos por parte de una o más personas, la percepción consciente o inconsciente de esos actos por otras y la observación final de que esos actos expresivos han sido percibidos por otros» (Jurgen Ruesch)”.
“Los entes sociales realizan esta interacción conservando cada uno una personalidad propia y la condición de ente social adquirida a través del contacto con otros individuos de evolución similar. En ese proceso de socialización, el individuo aprende a «asumir el papel del otro» y a ponerse mentalmente en el lugar de aquel ante el que reacciona (George H. Mead). De esta manera, cada uno de ellos sopesa el impacto que producen sus propias palabras o gestos sobre el otro y al suponerse en su sitio se estimula a sí mismo. Consecuentemente, la interacción social no sólo incluye la que tiene lugar entre dos personas, sino también la de cada persona consigo misma” (De “Introducción a la Sociología”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1967).
Uno de los objetivos de las ciencias sociales es el logro de una visión general que abarque la mayor parte de los fenómenos descriptos, es decir, se trata de establecer una teoría general del individuo y de la sociedad. Se advierte que ello es posible a partir del conductismo social. Así, desde las componentes afectivas de la actitud característica (amor, odio, egoísmo, negligencia) puede extraerse cierta ética natural, constituyendo una teoría de la acción ética. Luego, desde las componentes cognitivas de la actitud característica (referencia en la realidad, en uno mismo, en otro o en lo que todos dicen), y empleando el método de prueba y error de la ciencia experimental, puede extraerse una lógica analógica, constituyendo una teoría del conocimiento. Desde la interacción simbólica y el lenguaje es posible la interacción social y la formación de la personalidad. Luego, la personalidad se proyecta hacia la cultura. Se advierte que, en principio, es posible abarcar varios conceptos asociados al individuo y a la sociedad desde la visión descriptiva emergente del conductismo social. Puede hacerse un resumen:
Actitud característica => Componentes afectivas => Ética natural
Actitud característica => Componentes cognitivas => Lógica analógica
Lenguaje => Interacción simbólica => Interacción social => Personalidad => Cultura
domingo, 5 de octubre de 2014
Gino Germani vs. Arturo Jauretche
La sociología argentina llega a la mayoría de edad, o la comienza, con la llegada al país de Gino Germani, quien huye del fascismo de Mussolini para caer más tarde en las redes del fascismo criollo de Perón. Luego de haber permanecido una treintena de años en el país, finaliza su labor en la Universidad de Harvard. Para sintetizar las diferencias entre ambos totalitarismos, puede decirse que el fascismo fue apoyado por la clase media con ambición de llegar a clase alta, menospreciando a la clase baja, mientras que el peronismo fue apoyado por las clase baja intentando destruir la media y la alta. José M. Goñi Moreno escribió:
“La inclinación de tono agraviante, traducida en el desprecio de ciertos poderosos por los humildes, se reprodujo en la soberbia de la «revancha despreciativa» de algunos repentinamente ascendidos. Y cuando una parte de las manifestaciones peronistas se desataba en el desahogo de las pasiones, ordenando violentamente a los indiferentes a compartir sus ideales, en sectores de grandes ciudades no acostumbradas a tal suerte de desbordes, provocaba reacciones inútiles y contraproducentes en contra del desarrollo de una idea de merecida justicia. Muchos sectores proclives a reconocer un adecuado avance social se definieron en contra por la forma en que se exteriorizaba” (De “La hora decisiva”-Buenos Aires 1967).
En cuanto a la labor del sociólogo, Ana A. Germani escribió: “Germani había hecho de la renovación de las ciencias del hombre su proyecto de vida. El fundador de la Sociología en la Argentina se enfrentaba una vez más con sus temores más profundos. Sus teorizaciones acerca de las contradicciones de los procesos de secularización en sociedades en transición se vieron trágicamente verificados”. “Autoritarismo, crisis de la democracia, contradicciones de la modernidad, fascismos y neofascismos constituyeron las experiencias maduradas del sociólogo entre un exilio y otro. Fueron estas mismas experiencias las que conformaron la materia prima de su vocación sociológica. La obsesión por construir una ciencia social rigurosamente científica, lejos de la retórica y de la ideología, estaba fuertemente ligada a su temor a los estragos de los autoritarismos y los totalitarismos en la sociedad moderna” (De “Gino Germani. Del antifascismo a la Sociología”-Taurus-Buenos Aires 2004).
Los estudios sociológicos, previos a la etapa científica, realizados en el país, podían considerarse como una filosofía social que poco tenía en cuenta al método de la ciencia experimental. Ello no implicaba, sin embargo, que fuesen necesariamente erróneos. La transición hacia la etapa científica fue criticada por cuanto Germani proponía para las ciencias sociales el mismo método aplicado a las ciencias naturales; afirmando la unidad metodológica de la ciencia experimental. Sostiene, además, que la sociología debe fundamentarse, o ser compatible, con la psicología social, en oposición a la tendencia a considerar al fenómeno social prioritario al individual.
“Por sociología Germani entiende «el sistema de las ciencias sociológicas y, como expresión de la tendencia unificadora inherente a toda ciencia, la sociología general. Tanto ésta como las disciplinas sociológicas especiales son ciencias positivas […] Su fundamento metodológico no se diferencia del que rige para el conocimiento científico en general»”. “En las actas del Instituto … se encuentra una declaración de Germani donde expresa su deseo de dedicarse al estudio de «algunos fenómenos de psicología social (sentimientos, opinión colectiva)» de la manera como lo estaba llevando a cabo la sociografía estadounidense”. “En el artículo sobre investigación en opinión pública y actitudes sociales, predomina el concepto psicosocial de actitud, que es un «claro y preciso indicador de su futuro enfoque del estudio de los fenómenos sociales»”.
Arturo Jauretche fue un pensador nacional y popular que apoya a Yrigoyen, en su momento, como a Perón posteriormente. En cuanto a su postura respecto del liberalismo, escribió: “Se trataba de aplicar el análisis a los maestros del liberalismo y descubrir la falacia maliciosa, que señalara Litz, por medio de la cual Adam Smith llegó a ser un conquistador más terrible que Napoleón, conduciendo las doctrinas delante de los mercaderes, para desarmar a los naturales de los países conquistados, como iba el lenguaraz delante de nuestro ejército de línea, entre los salvajes”.
Con un criterio similar podría criticarse a Henry Ford por las muertes producidas por los automóviles, y al propio Cristo por las fechorías de sus aparentes seguidores. Su actitud nacionalista explica el rechazo tanto al extranjero como al supuesto colaborador local. En una carta enviada a Ernesto Sábato expresa: “Nuestras diferencias en este momento dramático son adjetivas con respecto a lo fundamental; pero entretanto, una mano extranjera organiza el cipayaje y los vendepatrias”.
Así como en el ámbito del fútbol encontramos simpatizantes civilizados y también fanáticos “barra-bravas”, en la política encontramos demócratas y también populistas y totalitarios, que son los que promueven la violencia y la desarticulación de países y pueblos. De ahí que el desprecio que Jauretche manifiesta por algunos sectores de la clase media sea similar al que existe desde barra-bravas a simpatizantes de un mismo club. María Ignacia Padilla escribió: “Germani, entre otros sociólogos, sostenía que la existencia de la clase media era un requisito fundamental para el desarrollo económico del país y proclamaba una correlación positiva entre urbanización, sectores medios emergentes y desarrollo económico”. “Significaba el recurso fundamental para la modernización de la Argentina”.
“Jauretche criticaba enérgicamente a los sectores intermedios porque no se habían hecho cargo de su función histórica debido a su postura «antinacional». Él consideraba que sólo la unión de todas las clases sociales podría vencer los intereses egoístas para que al fin el país pudiera evolucionar”. “Cabe aclarar que Jauretche, cuando habla de estos sectores medios, se refiere a dos subgrupos, que juntos conforman «el medio pelo», y no incluye a la clase alta tradicional ni a gran parte de lo que se entiende por clase media. Por un lado, están los «desclasados» de la alta sociedad o «primos pobres de la oligarquía», que vendrían a ser la tercera generación de inmigrantes, aquellos que no lograron ser parte de la clase alta argentina terrateniente pero siempre añoraron serlo. Su ideología tradicional se entremezcla con una más moderna para definir esta nueva “especie” que aunque no tiene una buena situación económica se empeña en disimularlo. Por el otro, están comprendidos la clase media alta que es la económicamente mejor acomodada, la intelligentzia y la burguesía industrial-comercial de los últimos ascensos”.
“Señala a estos intelectuales que desde la época de Sarmiento asimilaron los valores de la cultura europea como propios llevando al país hacia la dependencia civilizatoria que tanto repudia el autor. A su vez Germani, al describir a la clase media incluye dentro de esta categoría a la clase alta por considerar que, debido a su escasa proporción, no incidiría en los resultados finales; es decir: la clase media es para este autor toda la población excepto la clase obrera”.
Jauretche culpa a sectores de la clase media el fracaso del peronismo, sin advertir que el odio populista nunca puede unir al pueblo, sino sólo a desunirlo. “Buscan, por sobre todas las cosas, «parecer», porque todavía no descubrieron quiénes «son» realmente. Conservan un resabio de las ideologías conservadoras que se confunden con las pautas culturales de la burguesía, y la rapidez del despegue no colabora para nada a la afirmación de la personalidad. Esta desorientación es la causa de la búsqueda de prestigio, entonces la burguesía y la alta clase media copian a los primos pobres porque los confunden con la clase alta, y estos últimos imitan a la clase alta porque simplemente no se reconocen como clase social”.
“Arturo Jauretche se ensaña con estos neófitos porque persiguen el éxito de su propio negocio, son egoístas, ambiciosos, y principalmente porque no cumplen su función conductora dentro del Proyecto Nacional. Despotrica contra el «medio pelo» utilizando todo tipo de adjetivos descalificadores porque lo que realmente condena es la supuesta falta de interés colectivo de este grupo, adjudicándole por esta causa la derrota del «Proyecto Nacional» del año 1955, al cual adhiere. Él considera que este sector fue el más incapacitado para comprender la nueva realidad por su falsa ubicación entre la clase alta y la clase media en general. A diferencia de la clase obrera, que se expresaba en la organización sindical, la burguesía y la clase media alta no formaron un medio de expresión política para defender sus intereses. Tanto fue así que en lugar de aliarse como un todo y pensar en términos nacionalistas, eligieron sus intereses egoístas intentando mantener desesperadamente el status de imagen de la clase alta”.
“Gino Germani sostiene que la clase media actuó en un comienzo junto con las clases bajas por medio del partido radical, y juntos obtuvieron grandes logros al romper con la concentración política y económica de la elite conservadora. Aun valorando estos logros, acepta sus limitaciones al reconocer la capacidad de consentir los golpes militares cuando las necesidades económicas apremiaron”. “A partir de estas consideraciones, podemos decir entonces que por un lado se encuentra Germani, que desde una teoría científica espera que la clase media lleve a cabo su rol estabilizador en el proceso desarrollista, y por el otro Jauretche, que desde el rencor que le produce el final del peronismo por lo que representaba inculpa a este sector social porque no se reconocieron como clase, dividieron a la Argentina, y no defendieron el Proyecto Nacional” (De http://p3.usal.edu.ar ).
Otro punto de desencuentro entre ambas posturas se encuentra en el universalismo de la actitud científica de Gino Germani, para quien los planteamientos de las ciencias sociales tienen similar validez en los distintos pueblos mientras se tengan presentes las particularidades regionales. Por el contrario, la actitud nacionalista-populista asocia lo extranjero a “la colonización pedagógica”, especialmente si proviene de un país por el que se siente cierta adversión. Para el nacional-populista no existe una cultura universal a la cual los distintos pueblos deben realizar aportes, sino que debería buscarse una cultura propia que nos diferencie y nos separe de los demás. Refiriéndose a la figura más importante de la ciencia nacional y de la clase media (Bernardo Houssay), Jauretche escribe:
“Este descubrimiento [del Dr. Alvarado] es técnicamente mucho más importante que el que se atribuyó el Dr. Houssay, producto, como se ha visto de la casualidad y la comprobación ajena. Y lo es mucho más si se lo considera del punto de vista social y nacional”. En cuanto a un matemático peronista, le atribuye haber demostrado algo que la comunidad internacional de matemáticos le reconoce varios años después a un británico, observando conspiraciones y traiciones cipayas en la ciencia como lo hace en política y economía: “En la más extrema pobreza Carlos Biggeri trabajó hasta sus últimas horas en su especialidad”. “Entre sus muchos trabajos había resuelto el llamado «teorema de Fermat», propuesto hace ya más de 300 años” (De “Los profetas del odio”-A. Peña Lillo Editor SRL-Buenos Aires 1973).
“La inclinación de tono agraviante, traducida en el desprecio de ciertos poderosos por los humildes, se reprodujo en la soberbia de la «revancha despreciativa» de algunos repentinamente ascendidos. Y cuando una parte de las manifestaciones peronistas se desataba en el desahogo de las pasiones, ordenando violentamente a los indiferentes a compartir sus ideales, en sectores de grandes ciudades no acostumbradas a tal suerte de desbordes, provocaba reacciones inútiles y contraproducentes en contra del desarrollo de una idea de merecida justicia. Muchos sectores proclives a reconocer un adecuado avance social se definieron en contra por la forma en que se exteriorizaba” (De “La hora decisiva”-Buenos Aires 1967).
En cuanto a la labor del sociólogo, Ana A. Germani escribió: “Germani había hecho de la renovación de las ciencias del hombre su proyecto de vida. El fundador de la Sociología en la Argentina se enfrentaba una vez más con sus temores más profundos. Sus teorizaciones acerca de las contradicciones de los procesos de secularización en sociedades en transición se vieron trágicamente verificados”. “Autoritarismo, crisis de la democracia, contradicciones de la modernidad, fascismos y neofascismos constituyeron las experiencias maduradas del sociólogo entre un exilio y otro. Fueron estas mismas experiencias las que conformaron la materia prima de su vocación sociológica. La obsesión por construir una ciencia social rigurosamente científica, lejos de la retórica y de la ideología, estaba fuertemente ligada a su temor a los estragos de los autoritarismos y los totalitarismos en la sociedad moderna” (De “Gino Germani. Del antifascismo a la Sociología”-Taurus-Buenos Aires 2004).
Los estudios sociológicos, previos a la etapa científica, realizados en el país, podían considerarse como una filosofía social que poco tenía en cuenta al método de la ciencia experimental. Ello no implicaba, sin embargo, que fuesen necesariamente erróneos. La transición hacia la etapa científica fue criticada por cuanto Germani proponía para las ciencias sociales el mismo método aplicado a las ciencias naturales; afirmando la unidad metodológica de la ciencia experimental. Sostiene, además, que la sociología debe fundamentarse, o ser compatible, con la psicología social, en oposición a la tendencia a considerar al fenómeno social prioritario al individual.
“Por sociología Germani entiende «el sistema de las ciencias sociológicas y, como expresión de la tendencia unificadora inherente a toda ciencia, la sociología general. Tanto ésta como las disciplinas sociológicas especiales son ciencias positivas […] Su fundamento metodológico no se diferencia del que rige para el conocimiento científico en general»”. “En las actas del Instituto … se encuentra una declaración de Germani donde expresa su deseo de dedicarse al estudio de «algunos fenómenos de psicología social (sentimientos, opinión colectiva)» de la manera como lo estaba llevando a cabo la sociografía estadounidense”. “En el artículo sobre investigación en opinión pública y actitudes sociales, predomina el concepto psicosocial de actitud, que es un «claro y preciso indicador de su futuro enfoque del estudio de los fenómenos sociales»”.
Arturo Jauretche fue un pensador nacional y popular que apoya a Yrigoyen, en su momento, como a Perón posteriormente. En cuanto a su postura respecto del liberalismo, escribió: “Se trataba de aplicar el análisis a los maestros del liberalismo y descubrir la falacia maliciosa, que señalara Litz, por medio de la cual Adam Smith llegó a ser un conquistador más terrible que Napoleón, conduciendo las doctrinas delante de los mercaderes, para desarmar a los naturales de los países conquistados, como iba el lenguaraz delante de nuestro ejército de línea, entre los salvajes”.
Con un criterio similar podría criticarse a Henry Ford por las muertes producidas por los automóviles, y al propio Cristo por las fechorías de sus aparentes seguidores. Su actitud nacionalista explica el rechazo tanto al extranjero como al supuesto colaborador local. En una carta enviada a Ernesto Sábato expresa: “Nuestras diferencias en este momento dramático son adjetivas con respecto a lo fundamental; pero entretanto, una mano extranjera organiza el cipayaje y los vendepatrias”.
Así como en el ámbito del fútbol encontramos simpatizantes civilizados y también fanáticos “barra-bravas”, en la política encontramos demócratas y también populistas y totalitarios, que son los que promueven la violencia y la desarticulación de países y pueblos. De ahí que el desprecio que Jauretche manifiesta por algunos sectores de la clase media sea similar al que existe desde barra-bravas a simpatizantes de un mismo club. María Ignacia Padilla escribió: “Germani, entre otros sociólogos, sostenía que la existencia de la clase media era un requisito fundamental para el desarrollo económico del país y proclamaba una correlación positiva entre urbanización, sectores medios emergentes y desarrollo económico”. “Significaba el recurso fundamental para la modernización de la Argentina”.
“Jauretche criticaba enérgicamente a los sectores intermedios porque no se habían hecho cargo de su función histórica debido a su postura «antinacional». Él consideraba que sólo la unión de todas las clases sociales podría vencer los intereses egoístas para que al fin el país pudiera evolucionar”. “Cabe aclarar que Jauretche, cuando habla de estos sectores medios, se refiere a dos subgrupos, que juntos conforman «el medio pelo», y no incluye a la clase alta tradicional ni a gran parte de lo que se entiende por clase media. Por un lado, están los «desclasados» de la alta sociedad o «primos pobres de la oligarquía», que vendrían a ser la tercera generación de inmigrantes, aquellos que no lograron ser parte de la clase alta argentina terrateniente pero siempre añoraron serlo. Su ideología tradicional se entremezcla con una más moderna para definir esta nueva “especie” que aunque no tiene una buena situación económica se empeña en disimularlo. Por el otro, están comprendidos la clase media alta que es la económicamente mejor acomodada, la intelligentzia y la burguesía industrial-comercial de los últimos ascensos”.
“Señala a estos intelectuales que desde la época de Sarmiento asimilaron los valores de la cultura europea como propios llevando al país hacia la dependencia civilizatoria que tanto repudia el autor. A su vez Germani, al describir a la clase media incluye dentro de esta categoría a la clase alta por considerar que, debido a su escasa proporción, no incidiría en los resultados finales; es decir: la clase media es para este autor toda la población excepto la clase obrera”.
Jauretche culpa a sectores de la clase media el fracaso del peronismo, sin advertir que el odio populista nunca puede unir al pueblo, sino sólo a desunirlo. “Buscan, por sobre todas las cosas, «parecer», porque todavía no descubrieron quiénes «son» realmente. Conservan un resabio de las ideologías conservadoras que se confunden con las pautas culturales de la burguesía, y la rapidez del despegue no colabora para nada a la afirmación de la personalidad. Esta desorientación es la causa de la búsqueda de prestigio, entonces la burguesía y la alta clase media copian a los primos pobres porque los confunden con la clase alta, y estos últimos imitan a la clase alta porque simplemente no se reconocen como clase social”.
“Arturo Jauretche se ensaña con estos neófitos porque persiguen el éxito de su propio negocio, son egoístas, ambiciosos, y principalmente porque no cumplen su función conductora dentro del Proyecto Nacional. Despotrica contra el «medio pelo» utilizando todo tipo de adjetivos descalificadores porque lo que realmente condena es la supuesta falta de interés colectivo de este grupo, adjudicándole por esta causa la derrota del «Proyecto Nacional» del año 1955, al cual adhiere. Él considera que este sector fue el más incapacitado para comprender la nueva realidad por su falsa ubicación entre la clase alta y la clase media en general. A diferencia de la clase obrera, que se expresaba en la organización sindical, la burguesía y la clase media alta no formaron un medio de expresión política para defender sus intereses. Tanto fue así que en lugar de aliarse como un todo y pensar en términos nacionalistas, eligieron sus intereses egoístas intentando mantener desesperadamente el status de imagen de la clase alta”.
“Gino Germani sostiene que la clase media actuó en un comienzo junto con las clases bajas por medio del partido radical, y juntos obtuvieron grandes logros al romper con la concentración política y económica de la elite conservadora. Aun valorando estos logros, acepta sus limitaciones al reconocer la capacidad de consentir los golpes militares cuando las necesidades económicas apremiaron”. “A partir de estas consideraciones, podemos decir entonces que por un lado se encuentra Germani, que desde una teoría científica espera que la clase media lleve a cabo su rol estabilizador en el proceso desarrollista, y por el otro Jauretche, que desde el rencor que le produce el final del peronismo por lo que representaba inculpa a este sector social porque no se reconocieron como clase, dividieron a la Argentina, y no defendieron el Proyecto Nacional” (De http://p3.usal.edu.ar ).
Otro punto de desencuentro entre ambas posturas se encuentra en el universalismo de la actitud científica de Gino Germani, para quien los planteamientos de las ciencias sociales tienen similar validez en los distintos pueblos mientras se tengan presentes las particularidades regionales. Por el contrario, la actitud nacionalista-populista asocia lo extranjero a “la colonización pedagógica”, especialmente si proviene de un país por el que se siente cierta adversión. Para el nacional-populista no existe una cultura universal a la cual los distintos pueblos deben realizar aportes, sino que debería buscarse una cultura propia que nos diferencie y nos separe de los demás. Refiriéndose a la figura más importante de la ciencia nacional y de la clase media (Bernardo Houssay), Jauretche escribe:
“Este descubrimiento [del Dr. Alvarado] es técnicamente mucho más importante que el que se atribuyó el Dr. Houssay, producto, como se ha visto de la casualidad y la comprobación ajena. Y lo es mucho más si se lo considera del punto de vista social y nacional”. En cuanto a un matemático peronista, le atribuye haber demostrado algo que la comunidad internacional de matemáticos le reconoce varios años después a un británico, observando conspiraciones y traiciones cipayas en la ciencia como lo hace en política y economía: “En la más extrema pobreza Carlos Biggeri trabajó hasta sus últimas horas en su especialidad”. “Entre sus muchos trabajos había resuelto el llamado «teorema de Fermat», propuesto hace ya más de 300 años” (De “Los profetas del odio”-A. Peña Lillo Editor SRL-Buenos Aires 1973).
jueves, 2 de octubre de 2014
Sin principios ni finalidad
Puede describirse la crisis padecida por una sociedad a partir de la ausencia de principios éticos o, en otras palabras, por la existencia de una situación de anomia generalizada. Así como la anemia es un síntoma de la debilidad corporal de una persona, la anomia es un síntoma de debilidad social. La ausencia de principios, que deberían predominar y respetarse a todo nivel, conlleva a establecer una gran diversidad de normas restrictivas que limitan el libre accionar de todos. Publio Cornelio Tácito escribió: “El Estado más corrompido es el que más leyes tiene”.
La ausencia de normas éticas proviene de la falta de objetivos en la vida y éstos de la falta de valores que se pretende lograr. Así, en el caso de un científico, el valor que motiva su vida es el conocimiento. De ahí que tenga un objetivo, o una finalidad, que orientará sus acciones. Luego, amoldará su vida a esa finalidad adoptando principios éticos que le facilitarán su logro. Puede decirse que el trío valores-objetivos-principios se presenta, o no, en cada individuo, bajo una similar proporción de cada uno de los componentes. Por ello, toda crisis social implica la ausencia generalizada de valores, de objetivos y de principios.
En el caso general, para llevar una vida feliz, se deberá adoptar un sentido de la vida, valores y ética que sean compatibles con cierta finalidad implícita en el propio orden natural. Cuando ello no se logra, aparece el sinsentido o bien el reemplazo del conocimiento orientador por ideologías que incluso pueden ir en contra de ese sentido. Claude Tresmontant escribió: “Si hay fracaso, la culpa no deberá ser imputada al Universo, ni a la Creación, sino al hombre. Y Teilhard veía en las filosofías del absurdo y en la derelicción los signos inquietantes de un «aburrimiento» que, para él, es el más grande, el único peligro que puede amenazar a la evolución” (De “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1966).
Si los objetivos individuales fuesen opuestos a los colectivos, entonces estaríamos en un serio problema. Sin embargo, la actitud cooperativa tiende a producir mayores niveles de felicidad que las actitudes competitivas, o la indiferencia, desapareciendo tal incompatibilidad. Como se dijo, los conflictos sociales se deben principalmente a la ausencia de valores-objetivos-principios, y al reemplazo o sustitución por otros incompatibles con la ley natural, pudiendo hacerse el siguiente esquema:
a) Sociedad sin crisis: valores, objetivos y principios individuales se proyectan a la sociedad
b) Sociedad en crisis: predomina la ausencia de valores, objetivos y principios a nivel individual
c) Profundización de la crisis: se reemplazan valores, objetivos y principios compatibles con la ley natural por ideologías que imponen otros distintos, incompatibles con aquella
Al desconocerse la validez de la religión, se ignoran los mandamientos a ella asociados, sin advertir que las leyes naturales tienen vigencia tanto para los creyentes como para los no creyentes en su existencia. De esa manera se llega al reemplazo de las normas éticas por las leyes hechas por abogados y políticos. Por este camino se ha establecido en la Argentina una especie de experimento social a gran escala por el cual se trata de reinsertar en la sociedad a peligrosos delincuentes, con un alto precio para las victimas inocentes, que están sentenciadas a soportar las acciones de quienes optaron por excluirse de la sociedad y que están motivados por sentimientos de odio y venganza contra el éxito aparente de los demás.
Desde el propio gobierno, junto a los ideólogos que promueven al populismo, se ha establecido que la delincuencia urbana implica una justa venganza desde el delincuente hacia la ciudadanía que, supuestamente, lo excluyó previamente de la sociedad. Se concluye que la desigualdad social es la causa principal de la delincuencia, por lo cual todo empresario, o todo trabajador exitoso, son los grandes culpables de la inseguridad por cuanto crean riquezas (y desigualdad social) y no las comparten con el vago, el irresponsable o el poco asiduo al trabajo productivo. Ante semejante alternativa, quienes captan el mensaje populista, tienen motivos adicionales para autoexcluirse de la sociedad, y estiman conveniente intentar la “justicia social por mano propia” y cada vez que roban, suponen que están tomando aquello que por derecho les pertenece y que les ha sido arrebatado injustamente bajo el amparo de un sistema social y económico excluyente. Cada vez que asesinan, suponen que es un acto de justa venganza, ya que adoptan como referencia un socialismo amplio, sin propiedad privada, de manera que no existiría el robo y tampoco la necesidad de venganza contra quien “no comparte” sus pertenencias con el próximo, ya que tal situación quedaría excluida.
Quienes no le encuentran lógica alguna al hecho de que un delincuente, luego de ser filmado cometiendo un asalto a mano armada, siga en libertad, promoviendo incluso que muchos otros piensen en las ventajas económicas de cometer asaltos similares sin ser detenidos, deben tener presente que se trata de la consecuencia inevitable de la alta aceptación que el ideal del socialismo tiene en jueces y políticos, y que son quienes aplican y hacen las leyes, respectivamente. Suponen que bajo un sistema en el cual el Estado expropia el total de lo producido y lo redistribuye con justicia, es decir, igualitariamente, le ha de tocar casi lo mismo al productor que al vago. Luego, no habrá desigualdad social, no habrá exclusión, ni envidia, ni tampoco habrá necesidad que el delincuente tome un arma para exigir que le sea entregado lo que le corresponde “según sus necesidades”. Tampoco el productor se ha de sentir mal ya que ha producido “según su capacidad”, que es la sugerencia básica del socialismo. Si bien puede resultar fácil convencer al vago acerca de las ventajas del socialismo, ya que podrá vivir igualitariamente a costa del trabajo ajeno, resulta bastante menos sencillo convencer al trabajador de que debe trabajar arduamente para compensar la producción deficitaria de quienes tienen poca predisposición por el trabajo y que ni siquiera se lo han de agradecer, porque la propia “recompensa moral” les tiene que bastar y sobrar.
La igualdad social, entendida como igualdad económica, es un falso valor que tiende a provocar violencia social y severos deterioros económicos, mientras que la igualdad social, entendida como igualdad surgida de aspectos afectivos, como la proveniente del amor al próximo predicado por el cristianismo, constituye el punto de partida para la superación de toda crisis, tanto a nivel individual como colectivo.
¿Cómo hemos llegado a esto? Por lo general se trata de realizar un análisis histórico contemplando la secuencia que va desde el pasado hasta el presente, observando deficiencias y aciertos, tratando de evitar las primeras y repetir los segundos. Sin embargo, todo análisis de este tipo requiere de una interpretación adecuada, que muchas veces está determinada por la ideología predominante en la mente del historiador. Incluso autores cuyas acciones a favor de la nación fueron meritorias, pueden diferir en cuanto a la valoración de los distintos hechos de nuestra historia.
Si bien la historia resulta ser una valiosa fuente de ejemplos, no es necesario ni conveniente adoptarla como única referencia para corregir los errores incurridos en el presente, ya que éstos son esencialmente morales, es decir, que están asociados al trío valores-objetivos-principios. De ahí que ese trío debe ser tomado como principal referencia para orientarnos en cualquier momento de la historia. Sin embargo, es necesario tener presente la historia cuando se trata de adoptar posturas similares a las adoptadas en otras épocas, o en otros países, especialmente cuando produjeron malos resultados.
La tragedia de los pueblos se intensifica cuando se produce la sustitución de la religión por una ideología populista o totalitaria, cuyos efectos negativos resultan perdurables. Gino Germani escribió: “El reino de la intolerancia va a instaurarse, la fe política toma los caracteres de la religiosa, sus mismas formas exteriores, la terminología, los símbolos religiosos. La rigidez de la creencia política, por la cual no se puede admitir otra verdad distinta de aquella en la que se cree, esa intransigencia es la antitesis de la relatividad de las ideas que constituyó el carácter más particular del siglo XIX […] Después de la estandarización de los productos, la estandarización de las ideas. Nuestro siglo [se refiere al XX] podría con derecho llamarse el «siglo de las camisas», y no se diría en broma que la adopción de las camisas y de los otros símbolos por los partidos puede considerarse un seguro indicio de la transformación que se cumple en las costumbres políticas. El espíritu militar y guerrero que anima las modernas formulaciones políticas señala el pasaje de la lucha política mediante la lucha de ideas a lucha de fuerzas materiales” (De “Gino Germani. Del antifascismo a la sociología” de Ana A. Germani-Taurus-Buenos Aires 2004).
Carlos Alberto Montaner escribió recientemente: “¿Quién ha dicho que hay una crisis inusual en Argentina? Es la misma de siempre. Gasto público excesivo, corrupción galopante, Estado prebendario, clientelismo, incumplimiento de las obligaciones, capitalismo de compadreo, inflación, desabastecimiento, cambio negro de dólares (que aquí, no sé por qué, se llama dólar blue y se prohíbe, pero se tolera, como sucede con la prostitución). El oficial está a 8. El blue, a 15. El pronóstico es que aumentará ese diferencial en la medida en que se prolongue la incertidumbre y se vaya instalando el pánico”.
“¿Por qué, cada cierto tiempo, como si fuera una extraña maldición recurrente, Argentina, pese a su legendaria riqueza natural, se precipita en el caos? Quienes conocemos América Latina palmo a palmo sabemos que la concentración de talento en este país es la mayor de la región. Son los latinoamericanos mejor educados y más informados. Tuvieron casi ochenta años espléndidos, de 1853 a 1930, período en el que crearon una mayoritaria y asombrosamente resistente clase media. No obstante, con altibajos, el país, que fue una de las naciones más prósperas del planeta, comenzó lentamente a involucionar”.
“En la década de los ochenta el ensayista norteamericano Larry Harrison publicó un libro titulado «El subdesarrollo es un estado de la mente». Afirmaba y, a mi juicio, probaba, que alcanzar la prosperidad o vivir en la miseria era el resultado de las creencias, actitudes y valores que suscribían las personas. Había culturas orientadas a crear riquezas y otras que las destruían. Los argentinos, esencialmente producto de la influencia fascista, encarnada «a la criolla» en Juan Domingo Perón, «attaché» militar en la Italia de Benito Mussolini antes de hacerse con el poder y con la historia del país, echaron por la borda las enseñanzas de Juan Bautista Alberdi y de Domingo F. Sarmiento, dos políticos y pensadores liberales de la segunda mitad del siglo XIX, sustituyéndolas por el credo peronista” (De http://infobae.com )
La ausencia de normas éticas proviene de la falta de objetivos en la vida y éstos de la falta de valores que se pretende lograr. Así, en el caso de un científico, el valor que motiva su vida es el conocimiento. De ahí que tenga un objetivo, o una finalidad, que orientará sus acciones. Luego, amoldará su vida a esa finalidad adoptando principios éticos que le facilitarán su logro. Puede decirse que el trío valores-objetivos-principios se presenta, o no, en cada individuo, bajo una similar proporción de cada uno de los componentes. Por ello, toda crisis social implica la ausencia generalizada de valores, de objetivos y de principios.
En el caso general, para llevar una vida feliz, se deberá adoptar un sentido de la vida, valores y ética que sean compatibles con cierta finalidad implícita en el propio orden natural. Cuando ello no se logra, aparece el sinsentido o bien el reemplazo del conocimiento orientador por ideologías que incluso pueden ir en contra de ese sentido. Claude Tresmontant escribió: “Si hay fracaso, la culpa no deberá ser imputada al Universo, ni a la Creación, sino al hombre. Y Teilhard veía en las filosofías del absurdo y en la derelicción los signos inquietantes de un «aburrimiento» que, para él, es el más grande, el único peligro que puede amenazar a la evolución” (De “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1966).
Si los objetivos individuales fuesen opuestos a los colectivos, entonces estaríamos en un serio problema. Sin embargo, la actitud cooperativa tiende a producir mayores niveles de felicidad que las actitudes competitivas, o la indiferencia, desapareciendo tal incompatibilidad. Como se dijo, los conflictos sociales se deben principalmente a la ausencia de valores-objetivos-principios, y al reemplazo o sustitución por otros incompatibles con la ley natural, pudiendo hacerse el siguiente esquema:
a) Sociedad sin crisis: valores, objetivos y principios individuales se proyectan a la sociedad
b) Sociedad en crisis: predomina la ausencia de valores, objetivos y principios a nivel individual
c) Profundización de la crisis: se reemplazan valores, objetivos y principios compatibles con la ley natural por ideologías que imponen otros distintos, incompatibles con aquella
Al desconocerse la validez de la religión, se ignoran los mandamientos a ella asociados, sin advertir que las leyes naturales tienen vigencia tanto para los creyentes como para los no creyentes en su existencia. De esa manera se llega al reemplazo de las normas éticas por las leyes hechas por abogados y políticos. Por este camino se ha establecido en la Argentina una especie de experimento social a gran escala por el cual se trata de reinsertar en la sociedad a peligrosos delincuentes, con un alto precio para las victimas inocentes, que están sentenciadas a soportar las acciones de quienes optaron por excluirse de la sociedad y que están motivados por sentimientos de odio y venganza contra el éxito aparente de los demás.
Desde el propio gobierno, junto a los ideólogos que promueven al populismo, se ha establecido que la delincuencia urbana implica una justa venganza desde el delincuente hacia la ciudadanía que, supuestamente, lo excluyó previamente de la sociedad. Se concluye que la desigualdad social es la causa principal de la delincuencia, por lo cual todo empresario, o todo trabajador exitoso, son los grandes culpables de la inseguridad por cuanto crean riquezas (y desigualdad social) y no las comparten con el vago, el irresponsable o el poco asiduo al trabajo productivo. Ante semejante alternativa, quienes captan el mensaje populista, tienen motivos adicionales para autoexcluirse de la sociedad, y estiman conveniente intentar la “justicia social por mano propia” y cada vez que roban, suponen que están tomando aquello que por derecho les pertenece y que les ha sido arrebatado injustamente bajo el amparo de un sistema social y económico excluyente. Cada vez que asesinan, suponen que es un acto de justa venganza, ya que adoptan como referencia un socialismo amplio, sin propiedad privada, de manera que no existiría el robo y tampoco la necesidad de venganza contra quien “no comparte” sus pertenencias con el próximo, ya que tal situación quedaría excluida.
Quienes no le encuentran lógica alguna al hecho de que un delincuente, luego de ser filmado cometiendo un asalto a mano armada, siga en libertad, promoviendo incluso que muchos otros piensen en las ventajas económicas de cometer asaltos similares sin ser detenidos, deben tener presente que se trata de la consecuencia inevitable de la alta aceptación que el ideal del socialismo tiene en jueces y políticos, y que son quienes aplican y hacen las leyes, respectivamente. Suponen que bajo un sistema en el cual el Estado expropia el total de lo producido y lo redistribuye con justicia, es decir, igualitariamente, le ha de tocar casi lo mismo al productor que al vago. Luego, no habrá desigualdad social, no habrá exclusión, ni envidia, ni tampoco habrá necesidad que el delincuente tome un arma para exigir que le sea entregado lo que le corresponde “según sus necesidades”. Tampoco el productor se ha de sentir mal ya que ha producido “según su capacidad”, que es la sugerencia básica del socialismo. Si bien puede resultar fácil convencer al vago acerca de las ventajas del socialismo, ya que podrá vivir igualitariamente a costa del trabajo ajeno, resulta bastante menos sencillo convencer al trabajador de que debe trabajar arduamente para compensar la producción deficitaria de quienes tienen poca predisposición por el trabajo y que ni siquiera se lo han de agradecer, porque la propia “recompensa moral” les tiene que bastar y sobrar.
La igualdad social, entendida como igualdad económica, es un falso valor que tiende a provocar violencia social y severos deterioros económicos, mientras que la igualdad social, entendida como igualdad surgida de aspectos afectivos, como la proveniente del amor al próximo predicado por el cristianismo, constituye el punto de partida para la superación de toda crisis, tanto a nivel individual como colectivo.
¿Cómo hemos llegado a esto? Por lo general se trata de realizar un análisis histórico contemplando la secuencia que va desde el pasado hasta el presente, observando deficiencias y aciertos, tratando de evitar las primeras y repetir los segundos. Sin embargo, todo análisis de este tipo requiere de una interpretación adecuada, que muchas veces está determinada por la ideología predominante en la mente del historiador. Incluso autores cuyas acciones a favor de la nación fueron meritorias, pueden diferir en cuanto a la valoración de los distintos hechos de nuestra historia.
Si bien la historia resulta ser una valiosa fuente de ejemplos, no es necesario ni conveniente adoptarla como única referencia para corregir los errores incurridos en el presente, ya que éstos son esencialmente morales, es decir, que están asociados al trío valores-objetivos-principios. De ahí que ese trío debe ser tomado como principal referencia para orientarnos en cualquier momento de la historia. Sin embargo, es necesario tener presente la historia cuando se trata de adoptar posturas similares a las adoptadas en otras épocas, o en otros países, especialmente cuando produjeron malos resultados.
La tragedia de los pueblos se intensifica cuando se produce la sustitución de la religión por una ideología populista o totalitaria, cuyos efectos negativos resultan perdurables. Gino Germani escribió: “El reino de la intolerancia va a instaurarse, la fe política toma los caracteres de la religiosa, sus mismas formas exteriores, la terminología, los símbolos religiosos. La rigidez de la creencia política, por la cual no se puede admitir otra verdad distinta de aquella en la que se cree, esa intransigencia es la antitesis de la relatividad de las ideas que constituyó el carácter más particular del siglo XIX […] Después de la estandarización de los productos, la estandarización de las ideas. Nuestro siglo [se refiere al XX] podría con derecho llamarse el «siglo de las camisas», y no se diría en broma que la adopción de las camisas y de los otros símbolos por los partidos puede considerarse un seguro indicio de la transformación que se cumple en las costumbres políticas. El espíritu militar y guerrero que anima las modernas formulaciones políticas señala el pasaje de la lucha política mediante la lucha de ideas a lucha de fuerzas materiales” (De “Gino Germani. Del antifascismo a la sociología” de Ana A. Germani-Taurus-Buenos Aires 2004).
Carlos Alberto Montaner escribió recientemente: “¿Quién ha dicho que hay una crisis inusual en Argentina? Es la misma de siempre. Gasto público excesivo, corrupción galopante, Estado prebendario, clientelismo, incumplimiento de las obligaciones, capitalismo de compadreo, inflación, desabastecimiento, cambio negro de dólares (que aquí, no sé por qué, se llama dólar blue y se prohíbe, pero se tolera, como sucede con la prostitución). El oficial está a 8. El blue, a 15. El pronóstico es que aumentará ese diferencial en la medida en que se prolongue la incertidumbre y se vaya instalando el pánico”.
“¿Por qué, cada cierto tiempo, como si fuera una extraña maldición recurrente, Argentina, pese a su legendaria riqueza natural, se precipita en el caos? Quienes conocemos América Latina palmo a palmo sabemos que la concentración de talento en este país es la mayor de la región. Son los latinoamericanos mejor educados y más informados. Tuvieron casi ochenta años espléndidos, de 1853 a 1930, período en el que crearon una mayoritaria y asombrosamente resistente clase media. No obstante, con altibajos, el país, que fue una de las naciones más prósperas del planeta, comenzó lentamente a involucionar”.
“En la década de los ochenta el ensayista norteamericano Larry Harrison publicó un libro titulado «El subdesarrollo es un estado de la mente». Afirmaba y, a mi juicio, probaba, que alcanzar la prosperidad o vivir en la miseria era el resultado de las creencias, actitudes y valores que suscribían las personas. Había culturas orientadas a crear riquezas y otras que las destruían. Los argentinos, esencialmente producto de la influencia fascista, encarnada «a la criolla» en Juan Domingo Perón, «attaché» militar en la Italia de Benito Mussolini antes de hacerse con el poder y con la historia del país, echaron por la borda las enseñanzas de Juan Bautista Alberdi y de Domingo F. Sarmiento, dos políticos y pensadores liberales de la segunda mitad del siglo XIX, sustituyéndolas por el credo peronista” (De http://infobae.com )
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