Si en la actualidad los partidos nazis, si es que los hay, recibieran el apoyo electoral de un gran porcentaje de votantes, sería un síntoma de peligro real para la civilización. Sin embargo, tal peligro existe por cuanto son los partidos socialistas quienes tienen ese apoyo. El peligro radica en que no existen demasiadas diferencias entre nazis y socialistas, incluso la peligrosidad del socialista es mayor por cuanto utiliza disfraces humanistas, además de que los socialistas (Stalin y Mao, principalmente) produjeron entre 4 y 5 veces más asesinatos que los ocasionados por los nazis.
Si bien muchos creen que no es posible repetir los genocidios producidos por los socialistas durante el siglo XX, todo indica que los actuales líderes socialistas llegarían a tales extremos si las poblaciones respectivas lo permiten. Resulta fácil advertir que, cuando se elimina la propiedad privada, de manera que el Estado tiene el dominio absoluto no sólo de la economía y de la política, sino de la cultura, la educación, el militarismo y todo lo demás, y ese Estado es dominado por un pequeño grupo o por un solo individuo, se crean las condiciones para una gran catástrofe humanitaria como las producidas en el siglo XX por nazis y comunistas.
A continuación se reproduce una nota en la cual se relatan aspectos de las primeras etapas de la Unión Soviética:
ASÍ ALERTÓ LA HIJA DE TOLSTOI EN ABC DEL GENOCIDIO DE STALIN
«¿Podemos llamar socialista a su dictadura?»
ABC publicó en exclusiva esta carta de la hija de Tolstoi en España, donde informaba de que millones de rusos y ucranianos estaban «muriendo en las cárceles y en los campos de concentración»
Este desgarrador documento, que describe los horrores cometidos por el régimen de Stalin, apareció publicado por primera vez en España en el diario ABC, el 26 de abril de 1933. Lo firmaba Alexandra Tolstoi (1884-1979), hija y principal confidente del famoso autor de «Guerra y paz» y «Ana Karenina», que dos años antes había huído de la URSS a Nueva York por la persecución a la que fue sometida por sus ideas políticas: «¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo?», se preguntaba en la misiva.
Aquel año había sido uno de los más oscuros, dramáticos y sangrientos de la historia de la Unión Soviética y Alexandra Tolstoi no pudo callar, tal y como rezaba el título de su escrito, que comenzaba así: «Cuando en 1908, el Gobierno zarista condenó a muerte a algunos revolucionarios, un grito salió de la boca de mi padre: “¡No puedo callarme!”. Y el pueblo ruso, unánime, se unió al grito de protesta contra aquel asesinato. Ahora, cuando millares de seres humanos en el norte del Cáucaso son fusilados o desterrados, y que mi padre ya no vive, siento la imperiosa necesidad de elevar mi débil voz contra las ferocidades bolcheviques».
Eran los años del «Holodomor», como se conoce al periodo entre 1932 y 1933 en el que Stalin provocó la muerte de entre seis y siete millones de ucranianos de hambre. Aproximadamente los mismos que Hitler durante el Holocausto nazi, pero en menos tiempo. El objetivo fue imponer la colectivización de la agricultura a la que los campesinos de Ucrania, conocida entonces como «el granero de Europa», se habían resistido en la década anterior. Una política que acabó después convirtiéndose en una guerra contra toda la población, a la que se le robaba el trigo, el pan y todos los productos comestibles, bajo amenaza de tortura, deportación o muerte. «Con el método del frío se desnuda al koljoziano (granjero) y se le deja en un hangar. A menudo brigadas enteras sufren desnudas. El método del calor es rociar keroseno en los pies y las faldas de las koljosianas (campesinas). Después se apaga y vuelta a empezar», contaba el célebre escritor Mijail Sojolov, en una carta enviada al mismo Stalin para que detuviera estas atrocidades. El líder comunista, por supuesto, hizo caso omiso.
«Esperanza de sobrevivir»
Muchos historiadores consideran que aquella fue una política de exterminio deliberadamente planeada por Stalin para aplastar toda resistencia contra el régimen comunista, suprimir los movimientos nacionalistas e impedir la creación de un Estado ucraniano independiente. De hecho, durante el año en el que Alexandra Tolstoi envió su carta a los periódicos europeos, y que en España publicó ABC, las deportaciones adquirieron dimensiones bíblicas. Centenares de miles de campesinos fueron enviados en programas de colonización a Siberia, en muchos de los cuales la mortandad superó el 70% el primer año. «Cada vez hay más campesinos que huyen a la ciudad porque no tienen esperanza de sobrevivir. Traen a los niños y los que dejan abandonados con la esperanza de que se salven y regresan a morir a sus aldeas», informaba el cónsul italiano en Járkov a su gobierno.
Contra esta barbarie se alzó la hija favorita de Tolstoi en esta carta que casi todos los periódicos españoles en tiempos de la Segunda República se negaron a publicar. «En España no necesitamos hacer propaganda comunista en la prensa, porque allí nos la hacen gratis los periódicos burgueses y capitalistas», había dicho Trotsky antes de marchar al exilio.
Dicha carta, bajo el epígrafe «¡No puedo callarme!», decía lo siguiente:
«Cuando en 1908 el Gobierno zarista condenó a muerte a algunos revolucionarios, un grito salió de la boca de mi padre: “¡No puedo callarme!”. Y el pueblo ruso, unánime, se unió al grito de protesta contra aquel asesinato.
Ahora, cuando millares de seres humanos en el norte del Cáucaso son fusilados o desterrados, y que mi padre ya no vive, siento la imperiosa necesidad de elevar mi débil voz contra las ferocidades bolcheviques, tanto más como que he trabajado doce años con el Gobierno soviético y he visto con mis propios ojos extenderse el terrorismo.
El mundo callaba. Millones de hombres eran desterrados o morían en las cárceles y en los campos de concentración. Miles de ellos eran fusilados en el acto.
Los bolcheviques la emprendieron primero con las clases enemigas, con los creyentes, los religiosos, los profesores, los sabios. Ahora la emprende con los obreros y los campesinos... y el mundo sigue callando.
Desde hace quince años el pueblo ruso padece esclavitud, hambre y frío. El Gobierno bolchevique sigue oprimiéndole y le arrebata su trigo y otros productos, que envía al extranjero porque necesita dinero, no sólo para comprar maquinarias, sino para hacer la propaganda comunista en el mundo entero. Y si los campesinos protestan y ocultan su trigo para sus familias hambrientas... se les fusila.
El pueblo ruso ya no tiene fuerzas para soportar sus padecimientos. La rebeldía late por todas partes: en las fábricas, en los talleres, en los pueblos y hasta en regiones enteras. Los campesinos arruinados y muriéndose de hambre se fugan de Ucrania por millares.
¿Y qué hace mientras tanto el Gobierno soviético? Publica decretos y más decretos para expulsar de Moscú y otras grandes ciudades a miles de habitantes, calmando al propio tiempo a los campesinos rebeldes por medio del destierro y de los fusilamientos.
Desde Iván el Terrible, Rusia no ha contemplado mayores atrocidades. Y ahora cuando los cosacos del Kubán se rebelaron en masa, se ha fusilado a familias enteras y 45.000 personas han sido desterradas a Siberia por orden de Stalin para morir allí abandonadas. ¿Es posible que, ante esto, siga callando el universo? ¿Es posible que aun haya gobiernos capaces de mantener relaciones con esos asesinos, prestándoles ayuda en perjuicio de sus propios países?
¿Es posible que un escritor idealista como Romain Rolland (quien, sin embargo, ha sabido comprender el alma de los grandes pacifistas como Tolstoi y Gandhi) y escritores como Henri Barbusse y Bernard Shaw puedan seguir entonando himnos al paraíso comunista? Así se hacen responsables de la difusión de las teorías bolcheviques, que son una amenaza para el mundo entero y le llevará a la ruina.
¿Es posible que todavía haya quien crea que la sangrienta dictadura de unos cuantos hombres destructores de la cultura, la religión y la moral pueda llamarse socialismo? ¿Quién gritará también “No puedo callarme”, a fin de que todos lo oigan? ¿Dónde estáis, cristianos, verdaderos pacifistas, escritores y trabajadores? ¿Por qué os callais? ¿Aún os hacen falta pruebas, testimonios o cifras? ¿No oís las voces pidiendo socorro? ¿O pensáis que se puede procurar la felicidad de los hombres por la fuerza bruta, las matanzas y la esclavitud de todo un pueblo?
No me dirijo a aquellos cuyas simpatías comunistas se han comprado con dinero extraído al pueblo ruso. Me dirijo a cuantos todavía creen en la fraternidad e igualdad de los hombres: a los cristianos, a los socialistas, a los escritores, a los trabajadores, políticos y sociales, a las mujeres, a las madres. ¡Abrid los ojos! ¡Uníos todos en una protesta unánime contra los verdugos de un pueblo sin defensa!».
(De www.abc.es)
lunes, 10 de agosto de 2026
Ética práctica
Tanto en el ámbito de la filosofía como en el de la religión, encontramos escritos que carecen totalmente de sentido práctico, incluso pareciera que están destinados a ser leídos por especialistas careciendo de interés para el público en general. En el caso de la religión moral, o bíblica, tienden a reemplazar las prédicas evangélicas constituyendo una filosofía antes que una teología. Así, mientras algunos filósofos reclaman por una "filosofía práctica", en el ámbito del cristianismo se reclama una "religión práctica" que contemple una forma de vida, y una visión del mundo, accesibles a todo habitante del planeta, dejando de lado los henredos teológicos que enmascaran totalmente las prédicas originales del Evangelio.
Gran parte de los libros sobre ética, poco o nada mencionan a la ética natural o cristiana. Ello se debe principalmente a que los diversos autores no desean tener conflictos con los predicadores cristianos. También existe un grupo numeroso de autores que, poco adeptos a la religión, la rechazan en forma total, incluida la ética observable y eficaz derivada de la empatía emocional. Incluso desde las autoridades de la Iglesia se rechaza que el cristianismo sea una ética, a pesar de las evidencias de los mandamientos bíblicos. Así, Jorge Bergoglio expresó en Twitter: “Ser cristianos no es ante todo una doctrina o un ideal moral, es la relación viva con el Señor Resucitado” (18/4/21).
Puede decirse que una ética es una forma de vida que apunta hacia algún objetivo concreto, como es el logro de la felicidad, del placer o de la inmortalidad, mientras que la moral ha de ser el grado de aceptación concreta que se le otorga a una ética determinada. En el caso del cristianismo, la ética propuesta apunta hacia la vida eterna, pero el cumplimiento de los mandamientos conduce a la felicidad en primera instancia. Benedetto Croce escribió: "El cristianismo, concibiendo como insociables placer y deber, naturaleza y moralidad, prestó un gran servicio, no sólo al progreso general de la civilización, sino que también muy en particular al de la ética".
"El contraste cristiano de los dos términos [utilidad y moralidad] agita toda la ética moderna, desde el Renacimiento hasta comienzos de la décima nona centuria, y también (salvo algunas excepciones) en tiempos más próximos a nosotros. Y por tal motivo, se disciernen en él las dos direcciones, según que prevalezca uno u otro término del contraste, y se niega la moralidad por la utilidad, resolviéndola en la última, o se niega la utilidad por la moralidad, el placer por el deber. Esta última es la ética rigorista, nacida por filiación directa del cristianismo y de los elementos ascéticos orientales que a él confluyeron; la otra es el utilitarismo, hijo también, aunque espúreo, de la distinción o dilaceración introducida por el cristianismo en la antigua unidad de deber y placer, virtud y felicidad" (De "Filosofía práctica"-Ediciones Anaconda-Buenos Aires 1942).
El citado autor, si bien pareciera buscar lo simple y lo práctico, no logra tal objetivo. La sencillez de la ética se extrae de la evidencia ante la existencia de las cuatro actitudes emocionales básicas: amor, odio, egoísmo e indiferencia. Luego, como la primera produce mejores resultados que las demás, la elegimos para que constituya una ética natural, tal el "Amarás al prójimo como a ti mismo", o bien: Compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias. La actitud que debe predominar en cada uno de nosotros es una predisposición antes que un deber hacia todo ser humano, ya que, generalmente, no todas las personas ofrecen la posibilidad de concretar el ideal implícito en esa predisposición.
Las actitudes básicas del ser humano se hacen evidentes ante la visión ofrecida por la Psicología social, pudiéndose decir que, a través de esta rama de las ciencias sociales, se llega a una efectiva unión entre psicología y religión moral. Así, Jaime E. Giles escribió: “Es peligroso tratar de separar la religión de la ética. Los sistemas religiosos que no reconocen la importancia de la ética caen en el ritualismo, y los sistemas éticos que no se basan en la religión se vuelven impotentes para resolver los problemas básicos del hombre”.
“La psicología y la ética tratan de determinar el motivo de las acciones del hombre. La ética y la psicología se suplementan la una a la otra. La psicología puede colaborar con la ética cristiana, dándole una comprensión más profunda de las prácticas del hombre; la ética cristiana puede ayudar a la psicología, haciéndole reconocer que una adecuada filosofía de la vida y la salud mental no se logran sino respetando ciertas leyes básicas que son por naturaleza morales” (De “Bases bíblicas de la Ética”-Casa Bautista de Publicaciones-Cali 1965).
Gran parte de los libros sobre ética, poco o nada mencionan a la ética natural o cristiana. Ello se debe principalmente a que los diversos autores no desean tener conflictos con los predicadores cristianos. También existe un grupo numeroso de autores que, poco adeptos a la religión, la rechazan en forma total, incluida la ética observable y eficaz derivada de la empatía emocional. Incluso desde las autoridades de la Iglesia se rechaza que el cristianismo sea una ética, a pesar de las evidencias de los mandamientos bíblicos. Así, Jorge Bergoglio expresó en Twitter: “Ser cristianos no es ante todo una doctrina o un ideal moral, es la relación viva con el Señor Resucitado” (18/4/21).
Puede decirse que una ética es una forma de vida que apunta hacia algún objetivo concreto, como es el logro de la felicidad, del placer o de la inmortalidad, mientras que la moral ha de ser el grado de aceptación concreta que se le otorga a una ética determinada. En el caso del cristianismo, la ética propuesta apunta hacia la vida eterna, pero el cumplimiento de los mandamientos conduce a la felicidad en primera instancia. Benedetto Croce escribió: "El cristianismo, concibiendo como insociables placer y deber, naturaleza y moralidad, prestó un gran servicio, no sólo al progreso general de la civilización, sino que también muy en particular al de la ética".
"El contraste cristiano de los dos términos [utilidad y moralidad] agita toda la ética moderna, desde el Renacimiento hasta comienzos de la décima nona centuria, y también (salvo algunas excepciones) en tiempos más próximos a nosotros. Y por tal motivo, se disciernen en él las dos direcciones, según que prevalezca uno u otro término del contraste, y se niega la moralidad por la utilidad, resolviéndola en la última, o se niega la utilidad por la moralidad, el placer por el deber. Esta última es la ética rigorista, nacida por filiación directa del cristianismo y de los elementos ascéticos orientales que a él confluyeron; la otra es el utilitarismo, hijo también, aunque espúreo, de la distinción o dilaceración introducida por el cristianismo en la antigua unidad de deber y placer, virtud y felicidad" (De "Filosofía práctica"-Ediciones Anaconda-Buenos Aires 1942).
El citado autor, si bien pareciera buscar lo simple y lo práctico, no logra tal objetivo. La sencillez de la ética se extrae de la evidencia ante la existencia de las cuatro actitudes emocionales básicas: amor, odio, egoísmo e indiferencia. Luego, como la primera produce mejores resultados que las demás, la elegimos para que constituya una ética natural, tal el "Amarás al prójimo como a ti mismo", o bien: Compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias. La actitud que debe predominar en cada uno de nosotros es una predisposición antes que un deber hacia todo ser humano, ya que, generalmente, no todas las personas ofrecen la posibilidad de concretar el ideal implícito en esa predisposición.
Las actitudes básicas del ser humano se hacen evidentes ante la visión ofrecida por la Psicología social, pudiéndose decir que, a través de esta rama de las ciencias sociales, se llega a una efectiva unión entre psicología y religión moral. Así, Jaime E. Giles escribió: “Es peligroso tratar de separar la religión de la ética. Los sistemas religiosos que no reconocen la importancia de la ética caen en el ritualismo, y los sistemas éticos que no se basan en la religión se vuelven impotentes para resolver los problemas básicos del hombre”.
“La psicología y la ética tratan de determinar el motivo de las acciones del hombre. La ética y la psicología se suplementan la una a la otra. La psicología puede colaborar con la ética cristiana, dándole una comprensión más profunda de las prácticas del hombre; la ética cristiana puede ayudar a la psicología, haciéndole reconocer que una adecuada filosofía de la vida y la salud mental no se logran sino respetando ciertas leyes básicas que son por naturaleza morales” (De “Bases bíblicas de la Ética”-Casa Bautista de Publicaciones-Cali 1965).
sábado, 8 de agosto de 2026
Acerca de los santos
Se puede clasificar a las religiones como integrantes de dos grupos principales; por una parte tenemos la religión moral, en la cual se considera que las actitudes éticas determinarán el éxito posterior en la vida. Por otra parte tenemos las religiones paganas, en las cuales predomina el intercambio de ruegos, ofrendas y pedidos a Dios, o a sus intermediarios, considerando que de ellos dependerá el éxito mencionado.
Mientras que la religión moral resulta compatible con las leyes naturales existentes, las religiones paganas ni siquiera las tienen presentes. Debido a las diferencias mencionadas, existe una lucha permanente entre religiones, con los resultados negativos que es de esperar.
La decadencia del catolicismo se debe, en parte, a que, en lugar de tomar como ejemplo la vida de los santos, se los transforma en seres milagrosos que nos beneficiarán de alguna manera ante nuestros pedidos, casi como si fueran amuletos de la buena suerte. Y quien vea en los santos un ejemplo ético, sobre todas las cosas, sin tener en cuenta algún fenómeno de tipo sobrenatural, posiblemente podrá ser considerado despectivamente como “ateo”, “no creyente”, o con algún calificativo similar.
No resulta evidente que la actitud pagana sea del todo negativa, ya que no es posible determinar con precisión los efectos que tal creencia produce en los diferentes individuos, tal es el caso de las denominadas oraciones. La visión deísta del mundo, compatible con la ciencia experimental, considera la existencia de un orden natural establecido por leyes naturales subyacentes e invariantes, que hacen innecesaria toda posible interrupción. De ahí que descarta la posibilidad del milagro, como una contravención hacia tales leyes, siendo el milagro la interrupción momentánea de la secuencia de causas y efectos por parte de Dios, o bien la alteración de las condiciones iniciales en una secuencia de tal tipo.
Ante la posible existencia de tales intervenciones, el hombre acude a Dios en situaciones de emergencia. Para prevenirlas, lleva imágenes y símbolos religiosos, a veces considerando al propio Cristo como un amuleto de la buena suerte. En este caso, la religión moral no se distingue de un simple paganismo. Algo similar ocurre cuando la oración tiende más a parecerse a un ritual que a un pensamiento inspirado en la idea de Dios. De ahí que Cristo recomendaba: “Cuando recéis, no charléis mucho, como los paganos, que se imaginan que serán atendidos a fuerza de mucho hablar. No os parezcáis a ellos, pues vuestro Padre ya sabe qué os hace falta antes que se lo pidáis” (De “Los Cuatro Evangelios”-Mateo-Ediciones Guadarrama-Madrid 1968).
Se considera a la oración como un pedido a Dios cuya respuesta es el milagro; como si “Dios no supiera qué nos hace falta”. José María Riaza Morales escribió: “Los milagros significan la acogida favorable de una oración, son señales de aprobación, testimonios de benevolencia, advertencias, enseñanzas. Constituyen signos dirigidos por Dios al hombre, un lenguaje divino sobre el fondo de la Naturaleza. «En resumen –se podría decir con el premio Nobel de Medicina Alexis Carrel-, todo sucede como si Dios escuchase al hombre y le transmitiese su respuesta»” (De “Azar, Ley, Milagro”-BAC-Madrid 1964).
Por otra parte, Alexis Carrel escribió: “Fue generalmente admitido que no sólo no existen los milagros, sino que no podían existir. Lo mismo que las leyes de la termodinámica hacen imposible el movimiento continuo, las leyes fisiológicas se oponen a los milagros. Todavía es ésta la actitud de la mayor parte de los fisiólogos y de los médicos. Sin embargo, en vista de los hechos observados durante los últimos cincuenta años, no puede sostenerse esta actitud. Los casos más importantes de curación milagrosa se han registrado en la Oficina Médica de Lourdes. Nuestro concepto actual de la influencia de la oración sobre las lesiones patológicas está basado en la observación de pacientes que han sido curados casi instantáneamente de diversas afecciones, tales como tuberculosis peritoneal, abscesos fríos, osteítis, heridas supurantes, lupus, cáncer, etc. El proceso de la curación varía poco de unos individuos a otros. A menudo, un dolor agudo. Luego, una sensación instantánea de estar curado. En unos segundos, unos minutos, todo lo más unas horas, se cicatrizan las heridas, desaparecen los síntomas patológicos, vuelve el apetito”.
“El milagro se caracteriza principalmente por una extraordinaria aceleración de los procesos de reparación orgánica. No hay duda de que el grado de cicatrización de los defectos anatómicos es mucho más rápido que lo normal. La única condición indispensable para que el fenómeno se produzca es la plegaria. Pero no es necesario que sea el mismo paciente el que rece, ni siquiera que tenga fe religiosa. Basta con que alguien a su alrededor se halle en estado de oración. Estos hechos son profundamente significativos. Muestran la realidad de ciertas relaciones, de naturaleza aún desconocida, entre los procesos psicológicos y orgánicos. Prueban la importancia objetiva de las actividades espirituales, que los higienistas, los médicos, los educadores y los sociólogos han dejado de estudiar casi siempre. Abren al hombre un mundo nuevo” (De “La incógnita del hombre”–Editorial Época SA-México 1967).
En la actualidad, la influencia de la Iglesia es menor a la de otras épocas, por lo que las sugerencias de Erasmo siguen siendo de interés y teniendo plena vigencia. En el siglo XVI se atrevió a sugerir que los sacerdotes podrían casarse, entre otras sugerencias consideradas heréticas para la época. Giovanni Reale y Darío Antiseri escribieron: “Erasmo se opone a la filosofía entendida como construcción de tipo aristotélico-escolástico, centrada sobre problemas metafísicos, físicos y dialécticos. Para Erasmo la filosofía es un conocerse a sí mismo a la manera de Sócrates y de los antiguos: es un conocimiento sapiencial de vida; se trata, sobre todo, de una sabiduría y una práctica de vida cristiana. La sabiduría cristiana no necesita complicados silogismos, y se reduce a pocos libros: los Evangelios y las Cartas de San Pablo. Según Erasmo, «¿qué otra cosa es la doctrina de Cristo, que él mismo denomina ‘renacer’, si no un retorno a la naturaleza bien creada?». Esta filosofía de Cristo, por lo tanto, es un renacer, un volver a la naturaleza bien creada. Los mejores libros paganos contienen «gran cantidad de cosas que concuerdan con la doctrina de Cristo»”.
“La gran reforma religiosa, en opinión de Erasmo de Rotterdam, consiste sólo en esto; quitarse de encima todo aquello que el poder eclesiástico y las disputas de los escolásticos han agregado a la sencillez de las verdades evangélicas, confundiéndolas y complicándolas. Cristo ha indicado el camino más sencillo para la salvación: fe sincera, caridad no hipócrita y esperanza que no decae. Si contemplamos a los grandes santos, veremos que no hicieron otra cosa que vivir con libertad de espíritu la genuina doctrina evangélica. Lo mismo puede comprobarse en los orígenes del monaquismo y en la vida cristiana primitiva” (De “Historia del pensamiento filosófico y científico”-Editorial Herder SA-Barcelona 1988).
Erasmo advierte un retorno al paganismo cuando los santos no son considerados como ejemplos, sino como intermediarios para acceder a Dios. Juan Carlos García-Borrón escribe al respecto: “Erasmo subraya que el propósito de la oración es elevar el alma a Dios, e insiste en que sólo hay una relación muy remota entre tal propósito y las fórmulas fijas e invariables, como el recitado de un rosario, a cuya repetición atribuyen los ignorantes un poder mágico. Únicamente las oraciones que aparecen en la Escritura deben ser respetadas en su letra. Y Erasmo va aún más lejos: sin reprobar el culto a los santos y a sus imágenes, ve en éste un derivado del politeísmo pagano y un semillero de supersticiones, de las que habría que limpiarlo y que él fustiga sin consideración” (De “Historia de la Filosofía”-Ediciones del Serbal-Barcelona 1998).
H. A. Enno van Gelder sintetiza la postura adoptada por el ilustre pensador holandés: “Desde el principio de su carrera, Erasmo se alzó en armas contra las vanas disputas de los escolásticos, el formalismo de la Iglesia de su tiempo, la opulencia y el poder temporal del clero, y más tarde, sobre todo, contra los frailes, a los que consideraba sus peores enemigos y cuya vida monástica estimaba inútil”.
“Confiaba en la reconstrucción de la Iglesia con arreglo a su idea del cristianismo primitivo: no una doctrina de redención del pecado y de la muerte, sino una «philosophia Christi» que enseña al hombre a vivir de acuerdo con los mandamientos del amor al prójimo, la misericordia, el dominio de sí mismo y la razón, como enseñaba también lo mejor de la doctrina de los clásicos. No consideraba los sacramentos como vehículos de la gracia. Condenaba la doctrina de la Iglesia de la absolución por medio de la penitencia y de las buenas obras, el culto de los santos y sus reliquias, y la práctica de las peregrinaciones”.
“Sostenía que la única misión del sacerdote era la edificación por la palabra y el ejemplo. Al mismo tiempo, quería conservar los dogmas principales (incluso el poder papal, siempre que se limitase a las materias de fe). Sin embargo, su interpretación de dichos dogmas difería tanto de la profesada por la Iglesia, que las jerarquías, aun después del Concilio de Trento, condenaron sus escritos. Pero sus ideas encontraron un gran eco y siguen vivas todavía, tanto entre los católicos como entre los protestantes liberales” (De la “Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1974).
Observando películas en que se recrean escenas de la antigua Roma, se advierte que las ofrendas y homenajes a la diosa Isis sólo difieren de las ofrendas y homenajes a Cristo en cuanto sólo cambia el destinatario de tales actos. La actitud del creyente es más o menos similar. De ahí surge el interrogante acerca de si Cristo vino a cambiar las actitudes paganas o sólo vino a reemplazar a los "falsos dioses" mientras los seres humanos permanecían sin cambios. Recordemos que Cristo dijo: "..porque Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis".
Es posible que el rezo, o las oraciones, tengan efectos benéficos en las personas; no porque Dios ha escuchado nuestras plegarias, sino porque puede existir cierta influencia positiva a través de comunicaciones de tipo telepático entre el orante y el beneficiado. De ahí los procesos de cicatrización rápida producidos en Lourdes, descriptos por Alexis Carrel.
Mientras que la religión moral resulta compatible con las leyes naturales existentes, las religiones paganas ni siquiera las tienen presentes. Debido a las diferencias mencionadas, existe una lucha permanente entre religiones, con los resultados negativos que es de esperar.
La decadencia del catolicismo se debe, en parte, a que, en lugar de tomar como ejemplo la vida de los santos, se los transforma en seres milagrosos que nos beneficiarán de alguna manera ante nuestros pedidos, casi como si fueran amuletos de la buena suerte. Y quien vea en los santos un ejemplo ético, sobre todas las cosas, sin tener en cuenta algún fenómeno de tipo sobrenatural, posiblemente podrá ser considerado despectivamente como “ateo”, “no creyente”, o con algún calificativo similar.
No resulta evidente que la actitud pagana sea del todo negativa, ya que no es posible determinar con precisión los efectos que tal creencia produce en los diferentes individuos, tal es el caso de las denominadas oraciones. La visión deísta del mundo, compatible con la ciencia experimental, considera la existencia de un orden natural establecido por leyes naturales subyacentes e invariantes, que hacen innecesaria toda posible interrupción. De ahí que descarta la posibilidad del milagro, como una contravención hacia tales leyes, siendo el milagro la interrupción momentánea de la secuencia de causas y efectos por parte de Dios, o bien la alteración de las condiciones iniciales en una secuencia de tal tipo.
Ante la posible existencia de tales intervenciones, el hombre acude a Dios en situaciones de emergencia. Para prevenirlas, lleva imágenes y símbolos religiosos, a veces considerando al propio Cristo como un amuleto de la buena suerte. En este caso, la religión moral no se distingue de un simple paganismo. Algo similar ocurre cuando la oración tiende más a parecerse a un ritual que a un pensamiento inspirado en la idea de Dios. De ahí que Cristo recomendaba: “Cuando recéis, no charléis mucho, como los paganos, que se imaginan que serán atendidos a fuerza de mucho hablar. No os parezcáis a ellos, pues vuestro Padre ya sabe qué os hace falta antes que se lo pidáis” (De “Los Cuatro Evangelios”-Mateo-Ediciones Guadarrama-Madrid 1968).
Se considera a la oración como un pedido a Dios cuya respuesta es el milagro; como si “Dios no supiera qué nos hace falta”. José María Riaza Morales escribió: “Los milagros significan la acogida favorable de una oración, son señales de aprobación, testimonios de benevolencia, advertencias, enseñanzas. Constituyen signos dirigidos por Dios al hombre, un lenguaje divino sobre el fondo de la Naturaleza. «En resumen –se podría decir con el premio Nobel de Medicina Alexis Carrel-, todo sucede como si Dios escuchase al hombre y le transmitiese su respuesta»” (De “Azar, Ley, Milagro”-BAC-Madrid 1964).
Por otra parte, Alexis Carrel escribió: “Fue generalmente admitido que no sólo no existen los milagros, sino que no podían existir. Lo mismo que las leyes de la termodinámica hacen imposible el movimiento continuo, las leyes fisiológicas se oponen a los milagros. Todavía es ésta la actitud de la mayor parte de los fisiólogos y de los médicos. Sin embargo, en vista de los hechos observados durante los últimos cincuenta años, no puede sostenerse esta actitud. Los casos más importantes de curación milagrosa se han registrado en la Oficina Médica de Lourdes. Nuestro concepto actual de la influencia de la oración sobre las lesiones patológicas está basado en la observación de pacientes que han sido curados casi instantáneamente de diversas afecciones, tales como tuberculosis peritoneal, abscesos fríos, osteítis, heridas supurantes, lupus, cáncer, etc. El proceso de la curación varía poco de unos individuos a otros. A menudo, un dolor agudo. Luego, una sensación instantánea de estar curado. En unos segundos, unos minutos, todo lo más unas horas, se cicatrizan las heridas, desaparecen los síntomas patológicos, vuelve el apetito”.
“El milagro se caracteriza principalmente por una extraordinaria aceleración de los procesos de reparación orgánica. No hay duda de que el grado de cicatrización de los defectos anatómicos es mucho más rápido que lo normal. La única condición indispensable para que el fenómeno se produzca es la plegaria. Pero no es necesario que sea el mismo paciente el que rece, ni siquiera que tenga fe religiosa. Basta con que alguien a su alrededor se halle en estado de oración. Estos hechos son profundamente significativos. Muestran la realidad de ciertas relaciones, de naturaleza aún desconocida, entre los procesos psicológicos y orgánicos. Prueban la importancia objetiva de las actividades espirituales, que los higienistas, los médicos, los educadores y los sociólogos han dejado de estudiar casi siempre. Abren al hombre un mundo nuevo” (De “La incógnita del hombre”–Editorial Época SA-México 1967).
En la actualidad, la influencia de la Iglesia es menor a la de otras épocas, por lo que las sugerencias de Erasmo siguen siendo de interés y teniendo plena vigencia. En el siglo XVI se atrevió a sugerir que los sacerdotes podrían casarse, entre otras sugerencias consideradas heréticas para la época. Giovanni Reale y Darío Antiseri escribieron: “Erasmo se opone a la filosofía entendida como construcción de tipo aristotélico-escolástico, centrada sobre problemas metafísicos, físicos y dialécticos. Para Erasmo la filosofía es un conocerse a sí mismo a la manera de Sócrates y de los antiguos: es un conocimiento sapiencial de vida; se trata, sobre todo, de una sabiduría y una práctica de vida cristiana. La sabiduría cristiana no necesita complicados silogismos, y se reduce a pocos libros: los Evangelios y las Cartas de San Pablo. Según Erasmo, «¿qué otra cosa es la doctrina de Cristo, que él mismo denomina ‘renacer’, si no un retorno a la naturaleza bien creada?». Esta filosofía de Cristo, por lo tanto, es un renacer, un volver a la naturaleza bien creada. Los mejores libros paganos contienen «gran cantidad de cosas que concuerdan con la doctrina de Cristo»”.
“La gran reforma religiosa, en opinión de Erasmo de Rotterdam, consiste sólo en esto; quitarse de encima todo aquello que el poder eclesiástico y las disputas de los escolásticos han agregado a la sencillez de las verdades evangélicas, confundiéndolas y complicándolas. Cristo ha indicado el camino más sencillo para la salvación: fe sincera, caridad no hipócrita y esperanza que no decae. Si contemplamos a los grandes santos, veremos que no hicieron otra cosa que vivir con libertad de espíritu la genuina doctrina evangélica. Lo mismo puede comprobarse en los orígenes del monaquismo y en la vida cristiana primitiva” (De “Historia del pensamiento filosófico y científico”-Editorial Herder SA-Barcelona 1988).
Erasmo advierte un retorno al paganismo cuando los santos no son considerados como ejemplos, sino como intermediarios para acceder a Dios. Juan Carlos García-Borrón escribe al respecto: “Erasmo subraya que el propósito de la oración es elevar el alma a Dios, e insiste en que sólo hay una relación muy remota entre tal propósito y las fórmulas fijas e invariables, como el recitado de un rosario, a cuya repetición atribuyen los ignorantes un poder mágico. Únicamente las oraciones que aparecen en la Escritura deben ser respetadas en su letra. Y Erasmo va aún más lejos: sin reprobar el culto a los santos y a sus imágenes, ve en éste un derivado del politeísmo pagano y un semillero de supersticiones, de las que habría que limpiarlo y que él fustiga sin consideración” (De “Historia de la Filosofía”-Ediciones del Serbal-Barcelona 1998).
H. A. Enno van Gelder sintetiza la postura adoptada por el ilustre pensador holandés: “Desde el principio de su carrera, Erasmo se alzó en armas contra las vanas disputas de los escolásticos, el formalismo de la Iglesia de su tiempo, la opulencia y el poder temporal del clero, y más tarde, sobre todo, contra los frailes, a los que consideraba sus peores enemigos y cuya vida monástica estimaba inútil”.
“Confiaba en la reconstrucción de la Iglesia con arreglo a su idea del cristianismo primitivo: no una doctrina de redención del pecado y de la muerte, sino una «philosophia Christi» que enseña al hombre a vivir de acuerdo con los mandamientos del amor al prójimo, la misericordia, el dominio de sí mismo y la razón, como enseñaba también lo mejor de la doctrina de los clásicos. No consideraba los sacramentos como vehículos de la gracia. Condenaba la doctrina de la Iglesia de la absolución por medio de la penitencia y de las buenas obras, el culto de los santos y sus reliquias, y la práctica de las peregrinaciones”.
“Sostenía que la única misión del sacerdote era la edificación por la palabra y el ejemplo. Al mismo tiempo, quería conservar los dogmas principales (incluso el poder papal, siempre que se limitase a las materias de fe). Sin embargo, su interpretación de dichos dogmas difería tanto de la profesada por la Iglesia, que las jerarquías, aun después del Concilio de Trento, condenaron sus escritos. Pero sus ideas encontraron un gran eco y siguen vivas todavía, tanto entre los católicos como entre los protestantes liberales” (De la “Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1974).
Observando películas en que se recrean escenas de la antigua Roma, se advierte que las ofrendas y homenajes a la diosa Isis sólo difieren de las ofrendas y homenajes a Cristo en cuanto sólo cambia el destinatario de tales actos. La actitud del creyente es más o menos similar. De ahí surge el interrogante acerca de si Cristo vino a cambiar las actitudes paganas o sólo vino a reemplazar a los "falsos dioses" mientras los seres humanos permanecían sin cambios. Recordemos que Cristo dijo: "..porque Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis".
Es posible que el rezo, o las oraciones, tengan efectos benéficos en las personas; no porque Dios ha escuchado nuestras plegarias, sino porque puede existir cierta influencia positiva a través de comunicaciones de tipo telepático entre el orante y el beneficiado. De ahí los procesos de cicatrización rápida producidos en Lourdes, descriptos por Alexis Carrel.
jueves, 6 de agosto de 2026
Las bases éticas del liberalismo
El liberalismo político tanto como el liberalismo económico (mercado) han sido las tendencias ideológicas que han caracterizado a los países de Occidente. Justamente, H. J. Laski escribió: "El liberalismo ha sido, durante los últimos cuatro siglos, la doctrina por excelencia de la civilización occidental" (De "El liberalismo europeo"-Fondo de Cultura Económica-México 1979).
Siendo la libertad individidual la búsqueda prioritaria de los liberales, no debe dejarse de lado que, asociado a ese valor, ha de existir la responsabilidad individual. De ahí que Viktor Frankl, simbólicamente, propuso que la Estatua de la Libertad en la costa este de los Estados Unidos debería complementarse con una Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste, como el necesario complemento entre libertad y responsabilidad, expresando: “Conocéis la estatua de la libertad. Está en la costa oriental de vuestro país. ¿Qué os parece si erigís aquí, en la costa occidental, una estatua de la responsabilidad?” (De “El hombre doliente”-Editorial Herder SA-Barcelona 1987).
Los fundadores del liberalismo se fueron desligando un tanto de las ideas y costumbres de la Edad Media y de la Iglesia Católica, que pretendía mantener su vigencia, pero no se desligan del cristianismo, como base ética de sus propuestas. Este ha sido el caso del liberalismo político, promovido por John Locke junto a la ética cristiana, y del liberalismo económico, promovido por Adam Smith junto a una ética compatible con la ética cristiana.
Mientras que Locke escribe un libro titulado “La racionalidad del cristianismo”, Smith hace lo propio con la “Teoría de los sentimientos morales”, ya que la libertad, sin una base moral, carece de las ventajas que tal predisposición individual ha de generar en la sociedad. Nicola Abbagnano escribió: “A esta defensa de la tolerancia añade Locke una defensa apologética del cristianismo, reconocido, en su núcleo esencial, como la más razonable y útil de las religiones”.
“En La racionalidad del cristianismo busca precisamente este núcleo, y lo pone en la fe en Cristo como Mesías. El reconocimiento de Cristo como Mesías y el del verdadero Dios, son los únicos artículos de fe necesarios para el cristiano, y constituyen una religión simple, apta para la comprensión de los literatos y de los trabajadores y libre de las sutilezas de los teólogos”.
“Naturalmente la fe en Cristo supone también la obediencia a sus preceptos; pero nadie queda obligado a conocer todos estos preceptos, aunque convendría que todos procurasen aprenderlos y comprenderlos en la Sagrada Escritura. La justificación del cristianismo se basa, según Locke, en su racionabilidad y en su utilidad. Sin él «la parte racional y pensante del género humano» hubiera ciertamente «podido descubrir al único, supremo e invisible Dios»; pero a todo el resto de la humanidad este descubrimiento hubiera permanecido oculto”.
“La revelación cristiana lo ha difundido por todo el mundo. Y, además, ha dado autoridad y fuerza a aquellos preceptos morales, que de lo contrario hubieran sido solamente patrimonio de los filósofos. En otras palabras, el cristianismo ha sido para Locke una nueva, más vasta y más eficaz promulgación de la ley moral y de las verdades fundamentales que rigen la vida humana. La obra de Locke aparecía en 1695, y en 1696 se publicaba la de Toland: Cristianismo no misterioso. Se iniciaba con estas obras la disputa sobre el deísmo, que es el primer gran intento de encerrar la religión dentro de los límites de la razón” (De “Historia de la Filosofía”-Montaner y Simon SA-Barcelona 1955).
En cuanto a Adam Smith, puede decirse que la descripción que hace del aspecto emocional de todo ser humano, resulta enteramente compatible con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, interpretado como “compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias”. Sin embargo, Smith no hace ninguna referencia a los Evangelios; seguramente para no tener que discutir y padecer la reacción de los teólogos del siglo XVIII, predispuestos a mantener el predominio de los misterios sobre todo lo que resulte evidente y accesible a la razón. Adam Smith escribió: “Nuestra imaginación tan sólo reproduce las impresiones de nuestros propios sentidos, no las ajenas. Por medio de la imaginación, nos ponemos en el lugar del otro, concebimos estar sufriendo los mismos tormentos, entramos, como quien dice, en su cuerpo, y, en cierta medida, nos convertimos en una misma persona, de allí nos formamos una idea de sus sensaciones, y aun sentimos algo que, si bien en menor grado, no es del todo desemejante a ellas”.
“Cuando vemos que un espadazo está a punto de caer sobre la pierna o brazo de otra persona, instintivamente encogemos y retiramos nuestra pierna o brazo; y cuando se descarga el golpe, lo sentimos hasta cierto punto, y también a nosotros nos lastima”.
“Nuestro regocijo por la salvación de los héroes que nos interesan en las tragedias o novelas, es tan sincero, como nuestras aflicciones por su dolor, y nuestra condolencia por su desventura no es menos cierta que la complacencia por su felicidad” (De “Teoría de los Sentimientos Morales”-Fondo de Cultura Económica-México 1941).
Puede sintetizarse la descripción de los sentimientos humanos mediante una frase popular: “Alegría compartida es doble alegría; dolor compartido es medio dolor”. El reciente descubrimiento de las neuronas espejo permite conocer con más precisión el proceso empático, que es la base de la cooperación social establecida a través del mercado, y de la cooperación en general. Adam Smith agrega: “El hombre, consciente de su propia flaqueza y de la necesidad en que está respecto a la ayuda de los demás, se regocija en cuanto advierte que los otros hacen suyas sus propias pasiones, porque así se confirma en esa ayuda; pero se aflige en cuanto advierte lo contrario, porque ve afirmada su oposición”.
“La simpatía aviva la alegría y alivia el dolor. Aviva la alegría dando nuevo motivo de satisfacción, y alivia el dolor insinuando al corazón la casi única sensación agradable que de momento es capaz de albergar”.
“¡Cuán amable nos parece aquel cuyo corazón, lleno de simpatía, refleja todos los sentimientos de aquellos con quien conversa, que se duele de sus calamidades, que resiente las lujurias que han recibido y se alegra con motivo de la buena suerte que los alcanza!”.
“Cuando hacemos nuestra la situación de sus compañeros, participamos en la gratitud que experimentan, e imaginamos el consuelo que necesariamente reciben a causa de la tierna simpatía de un tan afectuoso amigo. Y, por lo contrario, ¡cuán desagradable se muestra aquel cuyo inflexible y obcecado corazón sólo siente para sí, pero es del todo insensible a la felicidad o desgracia ajenas!”.
Siendo la libertad individidual la búsqueda prioritaria de los liberales, no debe dejarse de lado que, asociado a ese valor, ha de existir la responsabilidad individual. De ahí que Viktor Frankl, simbólicamente, propuso que la Estatua de la Libertad en la costa este de los Estados Unidos debería complementarse con una Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste, como el necesario complemento entre libertad y responsabilidad, expresando: “Conocéis la estatua de la libertad. Está en la costa oriental de vuestro país. ¿Qué os parece si erigís aquí, en la costa occidental, una estatua de la responsabilidad?” (De “El hombre doliente”-Editorial Herder SA-Barcelona 1987).
Los fundadores del liberalismo se fueron desligando un tanto de las ideas y costumbres de la Edad Media y de la Iglesia Católica, que pretendía mantener su vigencia, pero no se desligan del cristianismo, como base ética de sus propuestas. Este ha sido el caso del liberalismo político, promovido por John Locke junto a la ética cristiana, y del liberalismo económico, promovido por Adam Smith junto a una ética compatible con la ética cristiana.
Mientras que Locke escribe un libro titulado “La racionalidad del cristianismo”, Smith hace lo propio con la “Teoría de los sentimientos morales”, ya que la libertad, sin una base moral, carece de las ventajas que tal predisposición individual ha de generar en la sociedad. Nicola Abbagnano escribió: “A esta defensa de la tolerancia añade Locke una defensa apologética del cristianismo, reconocido, en su núcleo esencial, como la más razonable y útil de las religiones”.
“En La racionalidad del cristianismo busca precisamente este núcleo, y lo pone en la fe en Cristo como Mesías. El reconocimiento de Cristo como Mesías y el del verdadero Dios, son los únicos artículos de fe necesarios para el cristiano, y constituyen una religión simple, apta para la comprensión de los literatos y de los trabajadores y libre de las sutilezas de los teólogos”.
“Naturalmente la fe en Cristo supone también la obediencia a sus preceptos; pero nadie queda obligado a conocer todos estos preceptos, aunque convendría que todos procurasen aprenderlos y comprenderlos en la Sagrada Escritura. La justificación del cristianismo se basa, según Locke, en su racionabilidad y en su utilidad. Sin él «la parte racional y pensante del género humano» hubiera ciertamente «podido descubrir al único, supremo e invisible Dios»; pero a todo el resto de la humanidad este descubrimiento hubiera permanecido oculto”.
“La revelación cristiana lo ha difundido por todo el mundo. Y, además, ha dado autoridad y fuerza a aquellos preceptos morales, que de lo contrario hubieran sido solamente patrimonio de los filósofos. En otras palabras, el cristianismo ha sido para Locke una nueva, más vasta y más eficaz promulgación de la ley moral y de las verdades fundamentales que rigen la vida humana. La obra de Locke aparecía en 1695, y en 1696 se publicaba la de Toland: Cristianismo no misterioso. Se iniciaba con estas obras la disputa sobre el deísmo, que es el primer gran intento de encerrar la religión dentro de los límites de la razón” (De “Historia de la Filosofía”-Montaner y Simon SA-Barcelona 1955).
En cuanto a Adam Smith, puede decirse que la descripción que hace del aspecto emocional de todo ser humano, resulta enteramente compatible con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, interpretado como “compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias”. Sin embargo, Smith no hace ninguna referencia a los Evangelios; seguramente para no tener que discutir y padecer la reacción de los teólogos del siglo XVIII, predispuestos a mantener el predominio de los misterios sobre todo lo que resulte evidente y accesible a la razón. Adam Smith escribió: “Nuestra imaginación tan sólo reproduce las impresiones de nuestros propios sentidos, no las ajenas. Por medio de la imaginación, nos ponemos en el lugar del otro, concebimos estar sufriendo los mismos tormentos, entramos, como quien dice, en su cuerpo, y, en cierta medida, nos convertimos en una misma persona, de allí nos formamos una idea de sus sensaciones, y aun sentimos algo que, si bien en menor grado, no es del todo desemejante a ellas”.
“Cuando vemos que un espadazo está a punto de caer sobre la pierna o brazo de otra persona, instintivamente encogemos y retiramos nuestra pierna o brazo; y cuando se descarga el golpe, lo sentimos hasta cierto punto, y también a nosotros nos lastima”.
“Nuestro regocijo por la salvación de los héroes que nos interesan en las tragedias o novelas, es tan sincero, como nuestras aflicciones por su dolor, y nuestra condolencia por su desventura no es menos cierta que la complacencia por su felicidad” (De “Teoría de los Sentimientos Morales”-Fondo de Cultura Económica-México 1941).
Puede sintetizarse la descripción de los sentimientos humanos mediante una frase popular: “Alegría compartida es doble alegría; dolor compartido es medio dolor”. El reciente descubrimiento de las neuronas espejo permite conocer con más precisión el proceso empático, que es la base de la cooperación social establecida a través del mercado, y de la cooperación en general. Adam Smith agrega: “El hombre, consciente de su propia flaqueza y de la necesidad en que está respecto a la ayuda de los demás, se regocija en cuanto advierte que los otros hacen suyas sus propias pasiones, porque así se confirma en esa ayuda; pero se aflige en cuanto advierte lo contrario, porque ve afirmada su oposición”.
“La simpatía aviva la alegría y alivia el dolor. Aviva la alegría dando nuevo motivo de satisfacción, y alivia el dolor insinuando al corazón la casi única sensación agradable que de momento es capaz de albergar”.
“¡Cuán amable nos parece aquel cuyo corazón, lleno de simpatía, refleja todos los sentimientos de aquellos con quien conversa, que se duele de sus calamidades, que resiente las lujurias que han recibido y se alegra con motivo de la buena suerte que los alcanza!”.
“Cuando hacemos nuestra la situación de sus compañeros, participamos en la gratitud que experimentan, e imaginamos el consuelo que necesariamente reciben a causa de la tierna simpatía de un tan afectuoso amigo. Y, por lo contrario, ¡cuán desagradable se muestra aquel cuyo inflexible y obcecado corazón sólo siente para sí, pero es del todo insensible a la felicidad o desgracia ajenas!”.
martes, 4 de agosto de 2026
El multiculturalismo europeo como utopía
Las masivas inmigraciones de extranjeros que llegaban a la Argentina a finales del siglo XIX y durante el siglo XX, y la posterior mezcla entre las diversas etnias, fue un proceso exitoso por cuanto existía en la mente de todos la idea de una cultura nacional como una instancia superior que habría de permitir la conformación de una sociedad pacífica y pujante.
No todos los grupos tenían la misma predisposición para la mezcla étnica, pero ninguna de ellas intentó imponer sus ideas o creencias a las demás, sino a mantenerlas vivas sin que por ello surgieran conflictos entre las diversas comunidades, no sin ciertas fricciones iniciales, posiblemente.
Desde el punto de vista del proceso de la evolución cultural de la humanidad, se considera como avance cultural toda innovación que favorezca nuestra adaptación al orden natural. Esta tácita aceptación es la que permite la conformación de una cultura universal que se va estableciendo con los diversos aportes de todos los pueblos. Así, si consideramos que el conocimiento científico es el principal factor que promueve tal proceso de adaptación, se advierte que la ciencia experimental se va construyendo con el aporte de todos los pueblos.
El llamado "multiculturalismo", por el contrario, parte de la creencia en que el conjunto de atributos de un pueblo constituye una expresión cultural, sin advertir que algunos atributos poco o nada favorecerán al proceso de adaptación cultural al orden natural. Luego, se declara que no existen culturas superiores ni inferiores, como consecuencia de no valorarlas en función del citado proceso evolutivo. Finalmente se espera que los diversos pueblos convivan, aún sin mezclarse, en una comunidad multicultural en la cual ninguna debería integrarse con las demás, sino que podrían permanecer separadas ya que ninguna de ellas es mejor o peor que otras.
Es posible considerar al multiculturalismo europeo como una nueva utopía por el hecho de ignorar el proceso de adaptación cultural al orden natural y esperar que convivan en paz el zorro y las gallinas dentro del gallinero. El zorro simboliza al Islam, movimiento político expansivo y totalitario que rechaza tanto la amistad como la existencia de los individuos y pueblos "infieles". Las "gallinas" europeas, mientras tanto, son engañadas por el gallo mayor (los dirigentes de la Unión Europea) quien les asegura que tal proceso llegará a un final feliz.
No todos los grupos tenían la misma predisposición para la mezcla étnica, pero ninguna de ellas intentó imponer sus ideas o creencias a las demás, sino a mantenerlas vivas sin que por ello surgieran conflictos entre las diversas comunidades, no sin ciertas fricciones iniciales, posiblemente.
Desde el punto de vista del proceso de la evolución cultural de la humanidad, se considera como avance cultural toda innovación que favorezca nuestra adaptación al orden natural. Esta tácita aceptación es la que permite la conformación de una cultura universal que se va estableciendo con los diversos aportes de todos los pueblos. Así, si consideramos que el conocimiento científico es el principal factor que promueve tal proceso de adaptación, se advierte que la ciencia experimental se va construyendo con el aporte de todos los pueblos.
El llamado "multiculturalismo", por el contrario, parte de la creencia en que el conjunto de atributos de un pueblo constituye una expresión cultural, sin advertir que algunos atributos poco o nada favorecerán al proceso de adaptación cultural al orden natural. Luego, se declara que no existen culturas superiores ni inferiores, como consecuencia de no valorarlas en función del citado proceso evolutivo. Finalmente se espera que los diversos pueblos convivan, aún sin mezclarse, en una comunidad multicultural en la cual ninguna debería integrarse con las demás, sino que podrían permanecer separadas ya que ninguna de ellas es mejor o peor que otras.
Es posible considerar al multiculturalismo europeo como una nueva utopía por el hecho de ignorar el proceso de adaptación cultural al orden natural y esperar que convivan en paz el zorro y las gallinas dentro del gallinero. El zorro simboliza al Islam, movimiento político expansivo y totalitario que rechaza tanto la amistad como la existencia de los individuos y pueblos "infieles". Las "gallinas" europeas, mientras tanto, son engañadas por el gallo mayor (los dirigentes de la Unión Europea) quien les asegura que tal proceso llegará a un final feliz.
lunes, 3 de agosto de 2026
John Locke y la ley natural
Puede afirmarse que toda propuesta filosófica o religiosa debe partir de un "terreno firme", como lo es la ley natural. Pero, como las leyes naturales no vienen escritas en ninguna parte, es imprescindible elegir aquellas leyes asociadas al aspecto de la realidad que se trata de describir. Tampoco se deben adoptar como punto de partida algunas leyes de dudosa validez, como es el caso de las construcciones que, con cierta coherencia lógica, parten desde principios falsos que sólo sirven para engañar a las personas inadvertidas.
Si bien este criterio resulta de fácil reconocimiento en varias de las ramas de la ciencia experimental, no ocurre otro tanto en las descripciones humanas y sociales. John Locke escribió: "Así la Ley de la Naturaleza se alza como una norma eterna para todos los hombres, tanto para los legisladores como para los demás. Las normas que elaboran para las acciones de otros hombres, así como sus propias acciones y las de los demás hombres, han de conformarse a la Ley de la Naturaleza, es decir, a la voluntad de Dios" (Citado en "Teoría política moderna" de L. J. Macfarlane-Espasa-Calpe SA-Madrid 1978).
En este breve párrafo se advierte cierta compatibilidad del pensamiento de Locke respecto de la religión natural o deísmo. Ello se debe a que apunta a las leyes naturales como referencia a tener presente en cada acción y en cada pensamiento. También considera a tales leyes como la voluntad de un Creador, o bien la "voluntad" implícita de un orden natural, al cual nos debemos adaptar. Finalmente considera que toda ley humana que provenga del Derecho, debe ser compatible con las leyes naturales. Toda desviación a este criterio, se orienta hacia un gobierno, parcial o total, del hombre sobre el hombre, con resultados negativos para todos.
Si nos preguntamos acerca de cuál ley de la naturaleza nos conducirá hacia el bien propio y el de los demás, mientras que ha de rechazar el mal propio y el de los demás, ella será la empatía emocional, como el principal requisito que todo ser humano debe cumplir a fin de asegurar nuestra supervivencia plena y nuestra plena adaptación al orden natural.
Si adoptamos la predisposición a compatir las penas y las alegrías ajenas como propias, resulta evidente que nuncan haremos el mal a los demás porque, al compartirlo, será nuestro propio mal. Además, buscaremos hacer el bien a los demás ya que, al compartirlo, será nuestro propio bien. Todo esto viene expresado en el "Amarás al prójimo como a ti mismo". De ahí que resulte trágico para la humanidad seguir el ejemplo de la mayoría de los países de la Unión Europea, cuando tratan de destruir el cristianismo, incluso hasta el mínimo rastro de los símbolos cristianos. Y todo ello para favorecer al Islam, que promueve la lucha y hasta la eliminación de los "enemigos de la fe islámica", principalmente judíos y cristianos.
Respecto del pensamiento de John Locke, se menciona una síntesis escrita por Mariano Grondona:
Las bases del Estado
Los hombres van a acordar la formación de un Estado. Ese contrato se renueva constantemente, y el día en que emigramos y nos nacionalizamos en otro país hacemos otro contrato. Lo que funda el paso de la sociedad natural a la sociedad política es que “nadie puede tener poder sobre mí si yo no se lo he dado previamente”.
La base del poder es el consentimiento de los futuros gobernados. Los hombres han acordado formar una sociedad política, sociedad en la que habrá un gobierno y en la cual “la mayoría será capaz de gobernar sobre la minoría”. El argumento de Locke sobre la mayoría es el siguiente: como los individuos son distintos –y ellos son la realidad final de la sociedad- va a haber naturalmente diferencias de opiniones; por lo tanto, si consintieron en vivir juntos han aceptado necesariamente el principio de la mayoría porque si no existiera este principio no podrían vivir juntos. Si todos son iguales ante la ley, tienen que aceptar un principio práctico que les permita tomar decisiones.
Locke casi se resigna a la idea de la mayoría, cuyo alcance es muy limitado, ya que la mayoría no puede tener más poderes que los que el contrato confirió al Estado. No puede tener más derechos que aquellos que fueron transferidos. En Rousseau, la explicación de la mayoría es totalmente distinta. Para Rousseau existe la “voluntad general”, de un individuo colectivo llamado “pueblo”. Cuando la gente vota, según Locke, cada cual está defendiendo sus derechos e intereses como persona individual. En Rousseau, en cambio, lo que prevalece es la voluntad general del grupo, que sería una especie de persona colectiva que tiene una sola voluntad. Cuando votamos, estamos tratando de interpretar qué quiere esa voluntad general.
La mayoría, por serlo, supo interpretarla, tuvo razón, y la minoría se equivocó. La minoría, entonces, debe arrepentirse inmediatamente, con lo cual se restablece el principio de la unanimidad. Para Rousseau todo desvío de la unanimidad es una pérdida para el grupo porque éste debería identificarse con la voluntad general del mismo modo que un individuo se identifica consigo mismo. El que persiste en su disidencia es un traidor. El voto, en Locke, es un expediente práctico. En Rousseau, un sacramento.
¿Por qué se han unido los hombres? Locke lo explica: “Han querido abandonar una condición en la cual, si bien eran libres, estaban llenos de miedo y de peligros”. El estado de naturaleza es una sociedad incómoda, donde nadie conoce exactamente sus derechos y deberes sin ser, por ello, la sociedad cruel de Hobbes. Para abandonar aquella situación se juntan en sociedad unos con otros, “para la mutua preservación de la propiedad”. Aquí Locke utiliza el término “propiedad” en sentido amplio, como una palabra que resume todos los derechos. La sociedad política ha sido fundada, entonces, para reasegurar los derechos individuales. Alguien dijo que Locke imagina al Estado como una sociedad de seguros: nos hemos reunido para lograr que nuestros derechos estuvieran más y no menos protegidos.
Según Locke, el monarca absoluto es un déspota por definición porque en las monarquías absolutas los derechos individuales están sometidos a la voluntad de uno. No sólo los monarcas absolutos pueden ser déspotas, también puede ser despótica una mayoría que excede en sus facultades y no respeta los derechos de cada uno. Así queda planteada la posibilidad de una democracia totalitaria.
Entonces, lo que quiere la gente cuando se une en sociedad es, primero, una ley positiva, algo así como la reglamentación de la ley natural. En el estado de naturaleza existía una ley natural pero nadie sabía bien dónde empezaba y dónde terminaba. La ley positiva sólo tiene por fin fijar y puntualizar la aplicación de la ley natural. Con lo cual queda aceptada la famosa jerarquía de leyes de Santo Tomás de Aquino. Si una ley humana (inferior) va contra la ley natural (superior), no es verdadera “ley”. La sociedad se une además para lograr un juez “indiferente”, alguien imparcial que determine quien tiene razón en un conflicto determinado. Y, en tercer lugar, para que haya una autoridad que ejecute las sentencias de los jueces, que confiera poder a la ley y a quienes la interpretan.
“El hombre en estado de naturaleza tenía todos los poderes. Tenía la Propiedad, es decir el conjunto de sus derechos, y además la facultad de castigar a aquellos que violaran sus derechos”. El hombre cede sólo parcialmente su “propiedad”, para que la ley la reglamente, no para que la viole. El Estado “declara” que los derechos del hombre existen, no los “crea”. Debe reglamentarlos para asegurarlos sin caer –como tantas veces ocurre- en la negación de ellos. La capacidad de “definir” la ley natural sin alterarla, el ciudadano la ha cedido al gobierno. Pero el segundo poder que él tenía (castigar a quien violara sus derechos) lo cede totalmente. El hombre se desarma y ya no puede castigar. El Estado tiene que interpretar la ley mediante un juez frente a cada conflicto y ejecutar su sentencia.
De ahí viene la división de los poderes. Locke está explicando un sistema que tiene dos instituciones: el Rey y el Parlamento. Entonces concede tres poderes al Rey y uno al Parlamento. El poder Legislativo corresponde al Parlamento. Al rey le corresponden el Poder Ejecutivo, el Poder Federativo y el Poder de Prerrogativa. El Poder Federativo es el manejo de las relaciones exteriores, que Locke distingue del Ejecutivo por un viejo pecado inglés.
Da amplísimas facultades “federativas” al rey porque las naciones entre sí siguen en “estado de naturaleza”. Es la sociedad civilizada la que se da el contrato, sin importar qué pase en las otras naciones. No hay un contrato político que haya superado la situación de naturaleza entre las naciones. Lo cual quiere decir que en el concierto de naciones el derecho a castigar sigue descentralizado y cada una aplica la ley como la quiera aplicar. En el pensamiento anglosajón hay algo así como “griegos” y “bárbaros”. “La civilización es para nosotros, y los que no la tienen son bárbaros”. Smith dice que “las relaciones comerciales se pueden hacer de dos maneras: con las naciones civilizadas a través de embajadores, y con el resto, a través de fortalezas”. En cuanto al Poder de Prerrogativa, es el manejo de lo que habitualmente se llama el “estado de necesidad”. Cuando las leyes no han previsto una situación de excepción, queda la rey la facultad de “reserva” que en nuestro país se han adjudicado tantas veces las fuerzas armadas.
Locke habla con un nuevo lenguaje de la tiranía. En Aristóteles, “tirano” era el rey que obraba en función del bien propio y no del bien común. Era la suya una calificación ética. Pero es difícil determinar cuándo se gobierna para el bien común y cuando no. El bien común es una noción difusa en cuyo nombre se han cometido incontables crímenes. El concepto de Locke y los liberales es otro. La “usurpación es el ejercicio de un poder para el cual no se tenía derecho” o para el cual otro tenía derecho. En cambio, “tiranía es el ejercicio del poder más allá del derecho”.
Por lo tanto, si un usurpador es consentido por la comunidad y se maneja dentro de la ley, puede llegar a ser legítimo. Y un rey legítimo, si se sale más allá del derecho, se convierte en tirano. No se dice que sea para el bien o el mal de los ciudadanos. Basta con que tome atribuciones que no le corresponden. Si definimos la libertad como la subordinación a la ley y no a otro individuo, desde el momento que el gobernante atraviesa las barreras de la ley, yo he pasado a estar bajo su voluntad. Yo ya no soy libre, aunque el gobernante me cuide y me dé todo lo que quiero.
Ya esto es despotismo, es tiranía. Tanto es así que cuando Montesquieu analiza las formas de gobierno no habla de tiranía sino de despotismo. Déspota es todo el que “pasa” más allá de la ley. La categoría “tiranía”, que tiene una connotación subjetiva, no le interesa a Montesquieu. El va directamente en contra de la tradición paternalista. Lo que le importa es que no haya déspotas, no si son buenos o malos. Nunca hubieran podido aceptar Locke o Montesquieu, por ejemplo, el “despotismo ilustrado”.
El “depósito liberal”
¿Cuál es el legado de Locke? Estas son las ideas de Locke que pasarán a formar parte del depósito de ideas liberales:
1- Ser libre es estar sujeto a la ley y no a otro individuo. Siempre estamos sujetos, lo crucial es “a qué” estamos sujetos. Si no estamos sujetos a la ley, somos esclavos del déspota o de nuestras pasiones.
2- La ley rige sobre gobernantes y gobernados por igual. Lo que manda en un Estado es el derecho. La ley positiva es un mandato abstracto surgido del Parlamento cuyo deber es interpretar la ley natural. La ley natural consiste en no dañar al otro, pero no existe ninguna ley natural compulsiva que obligue a hacer el bien, a beneficiar al otro. Sí hay, por cierto, una ley “moral” en tal sentido. La obligación de beneficiar viene por el canal religioso-moral, no por el estatal. El Estado es un mínimo de moral: esta idea es fundamental para el liberalismo.
3- Todo esto es para que podamos ser más y no menos morales. No lo dice expresamente Locke, pero es una presunción de toda su obra: la presunción de que hay un clima religioso, ético, en la comunidad. Los primeros colonos norteamericanos emigraban para poder ejercer su religión en forma libre. Iban para poder negarse a los placeres libremente, sin que nadie los obligara. Querían libertad para ser “mejores”. En el liberalismo originario hay una poderosa dimensión de religiosidad. Yo le doy al individuo la libertad política porque sé que, por su formación y educación, va a ejercitarla para el bien. Los primeros pensadores liberales escribieron cuando el clima moral dominante era el puritanismo y no, como hoy, el hedonismo.
4- El derecho está por encima del bien. El bien general no se puede definir. No se determina exactamente. El “bien común” es un concepto potencialmente totalitario. El “bien general” es el de una persona jurídica, abstracta, frente a la cual se sacrifican los derechos individuales. Así ocurre cuando se dice “hay libertad, pero esto o aquello, que es muy importante, ha de hacerlo el Estado”. El concepto debería ser inverso: lo que es importante deberían hacerlo los individuos. El bien común es aquello que el poderoso dice que es el bien común. El derecho, el “right”, en cambio, es preciso. Escribe Hayek: “Que haya leyes supone que alguna vez su aplicación hará daño”. Si la ley se aplicara sólo cuando no hiciera daño, no habría ley. Si la aplicación de una ley acarrea un daño, se la aplica igualmente. Si no, sería necesario que alguien dijera cuándo se puede aplicar la ley y cuándo no, con lo cual ella dejaría de regir.
Para el liberalismo no hay entidades colectivas “reales”. Son ficciones. Por eso no hay “good”, hay “goods”. Hay bienes individuales. ¿Y quién juzga fuera de mí lo que es bueno para mí? ¿Porqué otro va a decidir por mí cual sea mi bien? Los bienes que hay son los que cada uno busca. Uno quiere ser santo, otro abogado, otro deportista, etcétera. Y éstos serán sus bienes. Para el liberalismo, la sociedad política es una sociedad en cuanto “asociación”. La “comunidad” es un grupo de sangre en el cual estoy irremediablemente inscripto, aunque no lo quiera. Así es la familia. Si uno entiende la Argentina de esta manera, yo soy irremediablemente argentino, por ejemplo.
La comunidad está antes que yo. La sociedad, en cambio, es un grupo colectivo formado por consenso y que según las reglas que hemos admitido puede deshacerse algún día. Así, si un día la Argentina me cansa yo tomo un avión y me voy a vivir a otro lado. Eso pertenece a mi libertad. “lo que hay” en última instancia no son comunidades sino individuos que establecen entre ellos lazos consensuales a los cuales personificamos indebidamente al hablar de la comunidad. Ella es una “red de lazos”, no un ente aparte.
5- No hay poder legítimo sin consenso. El poder que tú tienes sobre mí existe si yo te lo dí.
6- “Beneficiarse”, si es legal, generalmente implica “beneficiar”. Buscar el beneficio propio no es una idea moral, pero es una realidad conducente. Las personas, para vivir, hacen cosas que las benefician (por ejemplo, toman y cultivan cien acres de tierra), pero el beneficio para sí resulta en un beneficio para los demás. A Smith nada le repugna más que el rico egoísta; lo detesta, pero reconoce que dejarlo hacer da resultados. Al hablar de la “mano invisible”, Smith lamenta que los hombres busquen más de lo que necesitan, pero es esa búsqueda la que genera trabajo para los demás. Dios, en su infinita sabiduría, hace servir las mezquindades de algunos hombres al bien de los demás. El liberal no goza con la ley de la “mano invisible”. La deplora, pero después de describirla científicamente, decide aprovecharla a la espera del progreso moral.
(Extractos de “Los pensadores de la libertad” de Mariano Grondona – Editorial Sudamericana SA – Buenos Aires 1986)
Si bien este criterio resulta de fácil reconocimiento en varias de las ramas de la ciencia experimental, no ocurre otro tanto en las descripciones humanas y sociales. John Locke escribió: "Así la Ley de la Naturaleza se alza como una norma eterna para todos los hombres, tanto para los legisladores como para los demás. Las normas que elaboran para las acciones de otros hombres, así como sus propias acciones y las de los demás hombres, han de conformarse a la Ley de la Naturaleza, es decir, a la voluntad de Dios" (Citado en "Teoría política moderna" de L. J. Macfarlane-Espasa-Calpe SA-Madrid 1978).
En este breve párrafo se advierte cierta compatibilidad del pensamiento de Locke respecto de la religión natural o deísmo. Ello se debe a que apunta a las leyes naturales como referencia a tener presente en cada acción y en cada pensamiento. También considera a tales leyes como la voluntad de un Creador, o bien la "voluntad" implícita de un orden natural, al cual nos debemos adaptar. Finalmente considera que toda ley humana que provenga del Derecho, debe ser compatible con las leyes naturales. Toda desviación a este criterio, se orienta hacia un gobierno, parcial o total, del hombre sobre el hombre, con resultados negativos para todos.
Si nos preguntamos acerca de cuál ley de la naturaleza nos conducirá hacia el bien propio y el de los demás, mientras que ha de rechazar el mal propio y el de los demás, ella será la empatía emocional, como el principal requisito que todo ser humano debe cumplir a fin de asegurar nuestra supervivencia plena y nuestra plena adaptación al orden natural.
Si adoptamos la predisposición a compatir las penas y las alegrías ajenas como propias, resulta evidente que nuncan haremos el mal a los demás porque, al compartirlo, será nuestro propio mal. Además, buscaremos hacer el bien a los demás ya que, al compartirlo, será nuestro propio bien. Todo esto viene expresado en el "Amarás al prójimo como a ti mismo". De ahí que resulte trágico para la humanidad seguir el ejemplo de la mayoría de los países de la Unión Europea, cuando tratan de destruir el cristianismo, incluso hasta el mínimo rastro de los símbolos cristianos. Y todo ello para favorecer al Islam, que promueve la lucha y hasta la eliminación de los "enemigos de la fe islámica", principalmente judíos y cristianos.
Respecto del pensamiento de John Locke, se menciona una síntesis escrita por Mariano Grondona:
Las bases del Estado
Los hombres van a acordar la formación de un Estado. Ese contrato se renueva constantemente, y el día en que emigramos y nos nacionalizamos en otro país hacemos otro contrato. Lo que funda el paso de la sociedad natural a la sociedad política es que “nadie puede tener poder sobre mí si yo no se lo he dado previamente”.
La base del poder es el consentimiento de los futuros gobernados. Los hombres han acordado formar una sociedad política, sociedad en la que habrá un gobierno y en la cual “la mayoría será capaz de gobernar sobre la minoría”. El argumento de Locke sobre la mayoría es el siguiente: como los individuos son distintos –y ellos son la realidad final de la sociedad- va a haber naturalmente diferencias de opiniones; por lo tanto, si consintieron en vivir juntos han aceptado necesariamente el principio de la mayoría porque si no existiera este principio no podrían vivir juntos. Si todos son iguales ante la ley, tienen que aceptar un principio práctico que les permita tomar decisiones.
Locke casi se resigna a la idea de la mayoría, cuyo alcance es muy limitado, ya que la mayoría no puede tener más poderes que los que el contrato confirió al Estado. No puede tener más derechos que aquellos que fueron transferidos. En Rousseau, la explicación de la mayoría es totalmente distinta. Para Rousseau existe la “voluntad general”, de un individuo colectivo llamado “pueblo”. Cuando la gente vota, según Locke, cada cual está defendiendo sus derechos e intereses como persona individual. En Rousseau, en cambio, lo que prevalece es la voluntad general del grupo, que sería una especie de persona colectiva que tiene una sola voluntad. Cuando votamos, estamos tratando de interpretar qué quiere esa voluntad general.
La mayoría, por serlo, supo interpretarla, tuvo razón, y la minoría se equivocó. La minoría, entonces, debe arrepentirse inmediatamente, con lo cual se restablece el principio de la unanimidad. Para Rousseau todo desvío de la unanimidad es una pérdida para el grupo porque éste debería identificarse con la voluntad general del mismo modo que un individuo se identifica consigo mismo. El que persiste en su disidencia es un traidor. El voto, en Locke, es un expediente práctico. En Rousseau, un sacramento.
¿Por qué se han unido los hombres? Locke lo explica: “Han querido abandonar una condición en la cual, si bien eran libres, estaban llenos de miedo y de peligros”. El estado de naturaleza es una sociedad incómoda, donde nadie conoce exactamente sus derechos y deberes sin ser, por ello, la sociedad cruel de Hobbes. Para abandonar aquella situación se juntan en sociedad unos con otros, “para la mutua preservación de la propiedad”. Aquí Locke utiliza el término “propiedad” en sentido amplio, como una palabra que resume todos los derechos. La sociedad política ha sido fundada, entonces, para reasegurar los derechos individuales. Alguien dijo que Locke imagina al Estado como una sociedad de seguros: nos hemos reunido para lograr que nuestros derechos estuvieran más y no menos protegidos.
Según Locke, el monarca absoluto es un déspota por definición porque en las monarquías absolutas los derechos individuales están sometidos a la voluntad de uno. No sólo los monarcas absolutos pueden ser déspotas, también puede ser despótica una mayoría que excede en sus facultades y no respeta los derechos de cada uno. Así queda planteada la posibilidad de una democracia totalitaria.
Entonces, lo que quiere la gente cuando se une en sociedad es, primero, una ley positiva, algo así como la reglamentación de la ley natural. En el estado de naturaleza existía una ley natural pero nadie sabía bien dónde empezaba y dónde terminaba. La ley positiva sólo tiene por fin fijar y puntualizar la aplicación de la ley natural. Con lo cual queda aceptada la famosa jerarquía de leyes de Santo Tomás de Aquino. Si una ley humana (inferior) va contra la ley natural (superior), no es verdadera “ley”. La sociedad se une además para lograr un juez “indiferente”, alguien imparcial que determine quien tiene razón en un conflicto determinado. Y, en tercer lugar, para que haya una autoridad que ejecute las sentencias de los jueces, que confiera poder a la ley y a quienes la interpretan.
“El hombre en estado de naturaleza tenía todos los poderes. Tenía la Propiedad, es decir el conjunto de sus derechos, y además la facultad de castigar a aquellos que violaran sus derechos”. El hombre cede sólo parcialmente su “propiedad”, para que la ley la reglamente, no para que la viole. El Estado “declara” que los derechos del hombre existen, no los “crea”. Debe reglamentarlos para asegurarlos sin caer –como tantas veces ocurre- en la negación de ellos. La capacidad de “definir” la ley natural sin alterarla, el ciudadano la ha cedido al gobierno. Pero el segundo poder que él tenía (castigar a quien violara sus derechos) lo cede totalmente. El hombre se desarma y ya no puede castigar. El Estado tiene que interpretar la ley mediante un juez frente a cada conflicto y ejecutar su sentencia.
De ahí viene la división de los poderes. Locke está explicando un sistema que tiene dos instituciones: el Rey y el Parlamento. Entonces concede tres poderes al Rey y uno al Parlamento. El poder Legislativo corresponde al Parlamento. Al rey le corresponden el Poder Ejecutivo, el Poder Federativo y el Poder de Prerrogativa. El Poder Federativo es el manejo de las relaciones exteriores, que Locke distingue del Ejecutivo por un viejo pecado inglés.
Da amplísimas facultades “federativas” al rey porque las naciones entre sí siguen en “estado de naturaleza”. Es la sociedad civilizada la que se da el contrato, sin importar qué pase en las otras naciones. No hay un contrato político que haya superado la situación de naturaleza entre las naciones. Lo cual quiere decir que en el concierto de naciones el derecho a castigar sigue descentralizado y cada una aplica la ley como la quiera aplicar. En el pensamiento anglosajón hay algo así como “griegos” y “bárbaros”. “La civilización es para nosotros, y los que no la tienen son bárbaros”. Smith dice que “las relaciones comerciales se pueden hacer de dos maneras: con las naciones civilizadas a través de embajadores, y con el resto, a través de fortalezas”. En cuanto al Poder de Prerrogativa, es el manejo de lo que habitualmente se llama el “estado de necesidad”. Cuando las leyes no han previsto una situación de excepción, queda la rey la facultad de “reserva” que en nuestro país se han adjudicado tantas veces las fuerzas armadas.
Locke habla con un nuevo lenguaje de la tiranía. En Aristóteles, “tirano” era el rey que obraba en función del bien propio y no del bien común. Era la suya una calificación ética. Pero es difícil determinar cuándo se gobierna para el bien común y cuando no. El bien común es una noción difusa en cuyo nombre se han cometido incontables crímenes. El concepto de Locke y los liberales es otro. La “usurpación es el ejercicio de un poder para el cual no se tenía derecho” o para el cual otro tenía derecho. En cambio, “tiranía es el ejercicio del poder más allá del derecho”.
Por lo tanto, si un usurpador es consentido por la comunidad y se maneja dentro de la ley, puede llegar a ser legítimo. Y un rey legítimo, si se sale más allá del derecho, se convierte en tirano. No se dice que sea para el bien o el mal de los ciudadanos. Basta con que tome atribuciones que no le corresponden. Si definimos la libertad como la subordinación a la ley y no a otro individuo, desde el momento que el gobernante atraviesa las barreras de la ley, yo he pasado a estar bajo su voluntad. Yo ya no soy libre, aunque el gobernante me cuide y me dé todo lo que quiero.
Ya esto es despotismo, es tiranía. Tanto es así que cuando Montesquieu analiza las formas de gobierno no habla de tiranía sino de despotismo. Déspota es todo el que “pasa” más allá de la ley. La categoría “tiranía”, que tiene una connotación subjetiva, no le interesa a Montesquieu. El va directamente en contra de la tradición paternalista. Lo que le importa es que no haya déspotas, no si son buenos o malos. Nunca hubieran podido aceptar Locke o Montesquieu, por ejemplo, el “despotismo ilustrado”.
El “depósito liberal”
¿Cuál es el legado de Locke? Estas son las ideas de Locke que pasarán a formar parte del depósito de ideas liberales:
1- Ser libre es estar sujeto a la ley y no a otro individuo. Siempre estamos sujetos, lo crucial es “a qué” estamos sujetos. Si no estamos sujetos a la ley, somos esclavos del déspota o de nuestras pasiones.
2- La ley rige sobre gobernantes y gobernados por igual. Lo que manda en un Estado es el derecho. La ley positiva es un mandato abstracto surgido del Parlamento cuyo deber es interpretar la ley natural. La ley natural consiste en no dañar al otro, pero no existe ninguna ley natural compulsiva que obligue a hacer el bien, a beneficiar al otro. Sí hay, por cierto, una ley “moral” en tal sentido. La obligación de beneficiar viene por el canal religioso-moral, no por el estatal. El Estado es un mínimo de moral: esta idea es fundamental para el liberalismo.
3- Todo esto es para que podamos ser más y no menos morales. No lo dice expresamente Locke, pero es una presunción de toda su obra: la presunción de que hay un clima religioso, ético, en la comunidad. Los primeros colonos norteamericanos emigraban para poder ejercer su religión en forma libre. Iban para poder negarse a los placeres libremente, sin que nadie los obligara. Querían libertad para ser “mejores”. En el liberalismo originario hay una poderosa dimensión de religiosidad. Yo le doy al individuo la libertad política porque sé que, por su formación y educación, va a ejercitarla para el bien. Los primeros pensadores liberales escribieron cuando el clima moral dominante era el puritanismo y no, como hoy, el hedonismo.
4- El derecho está por encima del bien. El bien general no se puede definir. No se determina exactamente. El “bien común” es un concepto potencialmente totalitario. El “bien general” es el de una persona jurídica, abstracta, frente a la cual se sacrifican los derechos individuales. Así ocurre cuando se dice “hay libertad, pero esto o aquello, que es muy importante, ha de hacerlo el Estado”. El concepto debería ser inverso: lo que es importante deberían hacerlo los individuos. El bien común es aquello que el poderoso dice que es el bien común. El derecho, el “right”, en cambio, es preciso. Escribe Hayek: “Que haya leyes supone que alguna vez su aplicación hará daño”. Si la ley se aplicara sólo cuando no hiciera daño, no habría ley. Si la aplicación de una ley acarrea un daño, se la aplica igualmente. Si no, sería necesario que alguien dijera cuándo se puede aplicar la ley y cuándo no, con lo cual ella dejaría de regir.
Para el liberalismo no hay entidades colectivas “reales”. Son ficciones. Por eso no hay “good”, hay “goods”. Hay bienes individuales. ¿Y quién juzga fuera de mí lo que es bueno para mí? ¿Porqué otro va a decidir por mí cual sea mi bien? Los bienes que hay son los que cada uno busca. Uno quiere ser santo, otro abogado, otro deportista, etcétera. Y éstos serán sus bienes. Para el liberalismo, la sociedad política es una sociedad en cuanto “asociación”. La “comunidad” es un grupo de sangre en el cual estoy irremediablemente inscripto, aunque no lo quiera. Así es la familia. Si uno entiende la Argentina de esta manera, yo soy irremediablemente argentino, por ejemplo.
La comunidad está antes que yo. La sociedad, en cambio, es un grupo colectivo formado por consenso y que según las reglas que hemos admitido puede deshacerse algún día. Así, si un día la Argentina me cansa yo tomo un avión y me voy a vivir a otro lado. Eso pertenece a mi libertad. “lo que hay” en última instancia no son comunidades sino individuos que establecen entre ellos lazos consensuales a los cuales personificamos indebidamente al hablar de la comunidad. Ella es una “red de lazos”, no un ente aparte.
5- No hay poder legítimo sin consenso. El poder que tú tienes sobre mí existe si yo te lo dí.
6- “Beneficiarse”, si es legal, generalmente implica “beneficiar”. Buscar el beneficio propio no es una idea moral, pero es una realidad conducente. Las personas, para vivir, hacen cosas que las benefician (por ejemplo, toman y cultivan cien acres de tierra), pero el beneficio para sí resulta en un beneficio para los demás. A Smith nada le repugna más que el rico egoísta; lo detesta, pero reconoce que dejarlo hacer da resultados. Al hablar de la “mano invisible”, Smith lamenta que los hombres busquen más de lo que necesitan, pero es esa búsqueda la que genera trabajo para los demás. Dios, en su infinita sabiduría, hace servir las mezquindades de algunos hombres al bien de los demás. El liberal no goza con la ley de la “mano invisible”. La deplora, pero después de describirla científicamente, decide aprovecharla a la espera del progreso moral.
(Extractos de “Los pensadores de la libertad” de Mariano Grondona – Editorial Sudamericana SA – Buenos Aires 1986)
domingo, 2 de agosto de 2026
Crisis europea: ¿espontanea o promovida?
La importante inmigración musulmana y africana no selectiva, en Europa, mejor llamada "invasión", amparada en el "multiculturalismo", resulta ser un proceso altamente negativo y destructivo para varias naciones europeas. Dicho proceso, dada su amplia trascendencia, no parece ser un proceso nacido en forma espontanea, sino promovido por sectores con fuertes medios económicos y políticos.
Al respecto leemos: "El globalismo no es globalización, sino una demoledora ideología que supone el más ambicioso proyecto de ingeniería social y control total en curso. Institucionalizada en organizaciones que, por definición, no tienen ni patria ni territorio ni pueblo, esta ideología pretende parir un régimen político antidemocrático de alcance global. Así la soberanía de las naciones se redistribuye entre organizaciones supranacionales como el Foro Económico Mundial o la ONU con su agenda 2030, liberadas de las limitaciones de los intereses particulares de los pueblos, para coordinar las transformaciones necesarias para nuestra supervivencia. El globalismo también propone nuevas formas de legitimidad basadas en la tecnocracia y la supuesta filantropía de organizaciones como la Fundación Gates, la Open Society de Soros, y la Fundación Rockefeller" (De "Globalismo" de Agustín Laje-HarperEnfoque-Nashville 2024).
El colectivismo en un país implica la existencia de un mando central totalitario que tiende a anular toda acción individual. De ahí que el globalismo puede ser considerado como un colectivismo de naciones con un mando central que tiende a anular toda acción a nivel de los países. Thorsten Polleit escribió:
Desde el inicio, es fácil ver que el globalismo –que también puede ser llamado globalización política– no tiene absolutamente nada que ver con la globalización económica.
Globalización económica significa libre comercio y libre mercado. Se trata de un arreglo que no sólo no necesita de la intervención de los gobiernos y burócratas, funciona mucho mejor sin ellos. Yendo más lejos, se trata de un arreglo que surge naturalmente cuando no hay políticos y burócratas imponiendo obstáculos a las transacciones humanas.
El globalismo es exactamente lo contrario: Se trata de un arreglo que sólo existe por causa de políticos y burócratas. Sería impensable realizar el globalismo si no hubiese políticos y burócratas.
El globalismo es una política internacionalista, implantada por burócratas, que ven el mundo entero como una esfera propicia para su influencia política. El objetivo del globalismo es determinar, dirigir y controlar todas las relaciones entre los ciudadanos de varios continentes por medio de intervenciones y decretos autoritarios.
Ese es el argumento central del globalismo: Lidiar con los problemas cada vez más complejos de este mundo –que van desde crisis económicas hasta la protección del ambiente– requiere un proceso centralizado de toma de decisiones, a nivel mundial. Consecuentemente, las leyes sociales, laborales y reglamentaciones económicas deben ser “armonizadas” alrededor del mundo por un cuerpo burocrático supranacional, con la imposición de legislaciones sociales uniformes y políticas específicas para cada sector de la economía de cada país.
El Estado –Nación– en la condición de representante soberano del pueblo, se tornó obsoleto y debe ser sustituido por un poder político transnacional, globalmente activo e inmune a los deseos del pueblo.
Obviamente, la filosofía detrás de esa mentalidad es puramente socialista-colectivista.
Representa también el pilar de la Unión Europea (UE). En última instancia, el objetivo de la UE es crear un súper-Estado europeo, en el cual las naciones-Estado de Europa se irían disolviendo como cubos de azúcar en una cuchara caliente de té. Fue principalmente de eso que los británicos querían huir.
Al menos para el futuro próximo, este sueño burocrático llegó a su fin. El deseo de imponer una uniformidad se hundió en medio de una dura y difícil realidad política y económica. La UE está pasando por cambios radicales –culminando con una decisión de los británicos de salir de ella– y puede incluso entrar en colapso dependiendo de los resultados electorales en algunos importantes países europeos (Francia, Holanda, Alemania y posiblemente Italia).
Con Donald Trump en la presidencia americana no hay ningún apoyo intelectual de los EUA al proyecto de unificación europea. El cambio de poder y de dirección en Washington disminuyó el poder de influencia de los globalistas –lo que permite alguna esperanza de que una futura política exterior americana sea menos agresiva en términos militares. Trump –al contrario de sus predecesores– al menos no parece querer imponer un nuevo orden mundial. (Escrito en 2017)
Por otro lado, los defensores de la globalización económica tienen motivos para estar preocupados. El gobierno de Trump viene amenazando con medidas proteccionistas -mayormente en la forma de tarifas de importación– para supuestamente estimular el empleo y la producción en los EUA, igualmente con toda la teoría y realidad económica demostrando que el efecto será el opuesto.
Tamaña interferencia en la globalización económica, lo que representaría un retroceso en el tiempo, no sólo sería un ataque a la prosperidad, sino también puede degenerar en conflictos políticos, reencarnando antiguas riñas y contiendas. No es necesario ser así.
Para atacar e incluso aniquilar el globalismo no es necesario atacar y hacer retroceder la globalización económica.
La globalización es Steve Jobs, Jeff Bezos y Michael Dell; el globalismo es George Soros, el CFR, la Comisión Trilateral, los Rockefeller, los Rothschilds y la ONU.
Conclusión
Al paso que el globalismo representa el autoritarismo y la centralización del poder político en escala mundial, la globalización económica –que no es más que la división del trabajo y el libre comercio– representa la descentralización y la libertad, promoviendo una productiva y, aún más importante, pacifica cooperación más allá de las fronteras.
La restricción a la globalización económica –es decir, el proteccionismo– no es más que el miedo de los incapaces ante la inteligencia y las habilidades ajenas. Tal postura, además de moralmente condenable, por ser cobarde, es también extremadamente peligrosa. Como ya advertía Bastiat, si, en vez de permitirnos los beneficios de la libre competencia y del libre comercio, comenzamos a actuar incisivamente para impedir el progreso de otras naciones, no deberíamos sorprendernos cuando buena parte de esa inteligencia y habilidades que combatimos por medio de tarifas y restricciones de importaciones acabe volviéndose contra nosotros en el futuro, produciendo armas para guerras en vez de más y mejores bienes de consumo que ellos quieren y pueden producir, los cuales nosotros queremos voluntariamente consumir.
Como también dijo Bastiat, cuando los bienes dejan de cruzar las fronteras, los ejércitos lo hacen.
Por eso es de extrema importancia salvaguardar la globalización económica.
(Fragmentos de www.mises.org.es)
Al respecto leemos: "El globalismo no es globalización, sino una demoledora ideología que supone el más ambicioso proyecto de ingeniería social y control total en curso. Institucionalizada en organizaciones que, por definición, no tienen ni patria ni territorio ni pueblo, esta ideología pretende parir un régimen político antidemocrático de alcance global. Así la soberanía de las naciones se redistribuye entre organizaciones supranacionales como el Foro Económico Mundial o la ONU con su agenda 2030, liberadas de las limitaciones de los intereses particulares de los pueblos, para coordinar las transformaciones necesarias para nuestra supervivencia. El globalismo también propone nuevas formas de legitimidad basadas en la tecnocracia y la supuesta filantropía de organizaciones como la Fundación Gates, la Open Society de Soros, y la Fundación Rockefeller" (De "Globalismo" de Agustín Laje-HarperEnfoque-Nashville 2024).
El colectivismo en un país implica la existencia de un mando central totalitario que tiende a anular toda acción individual. De ahí que el globalismo puede ser considerado como un colectivismo de naciones con un mando central que tiende a anular toda acción a nivel de los países. Thorsten Polleit escribió:
Desde el inicio, es fácil ver que el globalismo –que también puede ser llamado globalización política– no tiene absolutamente nada que ver con la globalización económica.
Globalización económica significa libre comercio y libre mercado. Se trata de un arreglo que no sólo no necesita de la intervención de los gobiernos y burócratas, funciona mucho mejor sin ellos. Yendo más lejos, se trata de un arreglo que surge naturalmente cuando no hay políticos y burócratas imponiendo obstáculos a las transacciones humanas.
El globalismo es exactamente lo contrario: Se trata de un arreglo que sólo existe por causa de políticos y burócratas. Sería impensable realizar el globalismo si no hubiese políticos y burócratas.
El globalismo es una política internacionalista, implantada por burócratas, que ven el mundo entero como una esfera propicia para su influencia política. El objetivo del globalismo es determinar, dirigir y controlar todas las relaciones entre los ciudadanos de varios continentes por medio de intervenciones y decretos autoritarios.
Ese es el argumento central del globalismo: Lidiar con los problemas cada vez más complejos de este mundo –que van desde crisis económicas hasta la protección del ambiente– requiere un proceso centralizado de toma de decisiones, a nivel mundial. Consecuentemente, las leyes sociales, laborales y reglamentaciones económicas deben ser “armonizadas” alrededor del mundo por un cuerpo burocrático supranacional, con la imposición de legislaciones sociales uniformes y políticas específicas para cada sector de la economía de cada país.
El Estado –Nación– en la condición de representante soberano del pueblo, se tornó obsoleto y debe ser sustituido por un poder político transnacional, globalmente activo e inmune a los deseos del pueblo.
Obviamente, la filosofía detrás de esa mentalidad es puramente socialista-colectivista.
Representa también el pilar de la Unión Europea (UE). En última instancia, el objetivo de la UE es crear un súper-Estado europeo, en el cual las naciones-Estado de Europa se irían disolviendo como cubos de azúcar en una cuchara caliente de té. Fue principalmente de eso que los británicos querían huir.
Al menos para el futuro próximo, este sueño burocrático llegó a su fin. El deseo de imponer una uniformidad se hundió en medio de una dura y difícil realidad política y económica. La UE está pasando por cambios radicales –culminando con una decisión de los británicos de salir de ella– y puede incluso entrar en colapso dependiendo de los resultados electorales en algunos importantes países europeos (Francia, Holanda, Alemania y posiblemente Italia).
Con Donald Trump en la presidencia americana no hay ningún apoyo intelectual de los EUA al proyecto de unificación europea. El cambio de poder y de dirección en Washington disminuyó el poder de influencia de los globalistas –lo que permite alguna esperanza de que una futura política exterior americana sea menos agresiva en términos militares. Trump –al contrario de sus predecesores– al menos no parece querer imponer un nuevo orden mundial. (Escrito en 2017)
Por otro lado, los defensores de la globalización económica tienen motivos para estar preocupados. El gobierno de Trump viene amenazando con medidas proteccionistas -mayormente en la forma de tarifas de importación– para supuestamente estimular el empleo y la producción en los EUA, igualmente con toda la teoría y realidad económica demostrando que el efecto será el opuesto.
Tamaña interferencia en la globalización económica, lo que representaría un retroceso en el tiempo, no sólo sería un ataque a la prosperidad, sino también puede degenerar en conflictos políticos, reencarnando antiguas riñas y contiendas. No es necesario ser así.
Para atacar e incluso aniquilar el globalismo no es necesario atacar y hacer retroceder la globalización económica.
La globalización es Steve Jobs, Jeff Bezos y Michael Dell; el globalismo es George Soros, el CFR, la Comisión Trilateral, los Rockefeller, los Rothschilds y la ONU.
Conclusión
Al paso que el globalismo representa el autoritarismo y la centralización del poder político en escala mundial, la globalización económica –que no es más que la división del trabajo y el libre comercio– representa la descentralización y la libertad, promoviendo una productiva y, aún más importante, pacifica cooperación más allá de las fronteras.
La restricción a la globalización económica –es decir, el proteccionismo– no es más que el miedo de los incapaces ante la inteligencia y las habilidades ajenas. Tal postura, además de moralmente condenable, por ser cobarde, es también extremadamente peligrosa. Como ya advertía Bastiat, si, en vez de permitirnos los beneficios de la libre competencia y del libre comercio, comenzamos a actuar incisivamente para impedir el progreso de otras naciones, no deberíamos sorprendernos cuando buena parte de esa inteligencia y habilidades que combatimos por medio de tarifas y restricciones de importaciones acabe volviéndose contra nosotros en el futuro, produciendo armas para guerras en vez de más y mejores bienes de consumo que ellos quieren y pueden producir, los cuales nosotros queremos voluntariamente consumir.
Como también dijo Bastiat, cuando los bienes dejan de cruzar las fronteras, los ejércitos lo hacen.
Por eso es de extrema importancia salvaguardar la globalización económica.
(Fragmentos de www.mises.org.es)
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