Existen dos formas erróneas de razonar sobre los distintos grupos sociales, étnicos, religiosos o de cualquier otro orden. El primer error es la "generalización fácil". Con esa denominación podemos señalar al hecho de asociar atributos, buenos o malos, al 100 % de los integrantes de un grupo, cuando en realidad son muy pocos los casos en que ello resulta factible. Muchos razonamientos comienzan con "todos los yanquis", o "todos los judíos", sin tener presente que, en muchos casos, la generalización fácil está bastante lejos del 100 % mencionado.
También cuando sólo decimos "los argentinos", o "los musulmanes", queremos significar "todos los argentinos", o "todos los musulmanes", cuando en realidad resulta más adecuado decir "algunos argentinos" o "muchos argentinos" antes de atribuirles una caracterización determinada. En realidad, no se trata de expresar ideas "políticamente correctas" disfrazándolas adecuadamente, sino que esta última forma debería surgir luego de ser conscientes de que la generalización fácil resulta ser errónea e incluso injusta o agraviante.
La discriminación social proviene generalmente de la generalización fácil, como es el caso de los sicilianos que son caracterizados como "mafiosos" cuando en realidad muchos de ellos, justamente por padecer las tropelías del sector mafioso, son los principales opositores a dicha mafia. Lo lamentable del caso es que al resto de los foráneos no les resulta sencillo distinguir entre buenos o malos, optando por no arriesgarse. Este es el caso de algunos hoteleros italianos, del norte principalmente, que no querían alquilar habitaciones a algunos argentinos
que portaban apellidos coincidentes con el apellido de los fundadores de algunas de las principales familias mafiosas de los EEUU. Esta vez no podría decirse que tales hoteleros eran "discriminadores", pasibles de alguna sanción, sino que actuaban temerosos ante la duda o ante la incapacidad de conocer a un desconocido apenas lo observa por primera vez.
Lo que predomina en la actualidad, en muchos países de Occidente, además de la generalización fácil, es la asignación de la culpabilidad de todos los males existentes a un grupo determinado, como es el caso del hombre blanco, lo que implica una forma acentuada de racismo, admitido como legítimo por la mayoría de la población. Tal discriminación generalizada puede expresarse así:
"Los hombres blancos son culpables de todos los males existentes, hasta que demuestren lo contrario".
Luego, se asocia al hombre blanco, occidental, creador principal de la ciencia experimental, de costumbres judeo-cristianas, promotor del liberalismo económico y político, etc., cierta perversidad intrínseca, asignándole adjetivos como explotador, racista, machista, fascista, imperialista, etc. Como dicho hombre occidental se supone culpable de todos los males existentes, posiblemente pueda entenderse por qué son atacadas todas las instituciones occidentales, como las religiones bíblicas, la ciencia experimental, la economía capitalista, etc.
La gravedad del caso es que tampoco se le permite "demostrar su inocencia" ante su culpabilidad previamente asignada, ya que las creencias opositoras provienen de grupos motivados por el odio, como son la mayor parte de la izquierda política y la mayor parte del Islam, principalmente.
Como ejemplo de esta mentalidad puede mencionarse la siguiente introducción a un libro: "Esta edición de Estúpidos hombres blancos, a diferencia de la primera, no se publica para América del Norte, el continente donde vive la amplia mayoría de los hombres penosamente estúpidos, vergonzosamente blancos y asquerosamente ricos".
Si bien existen defectos morales de todo tipo, esparcidos por todas partes, disponemos de dos formas extremas de limitarlos: la primera forma es la que contempla la posibilidad de una especie de autocastigo que se asigna a sí mismo el que se desvía de una existente, pero oculta, moral natural. Al contemplar esa posibilidad, toda crítica va asociada a la idea de disminuir ese autocastigo.
La segunda forma es la impulsada por quienes desconocen todo posible autocastigo, incluso asocian a los defectos morales un posible camino hacia un aceptable nivel de felicidad. Y de ahí surge la discriminación y la violencia extrema de los indignados ideologizados en contra del hombre blanco y de todo lo que implique "civilización occidental".
En este caso, existe una distorsión adicional ya que se ataca como "grave defecto humano" a la riqueza. Sin embargo, cuando alguien es capaz de producir bienes y servicios de utilidad para el resto de la sociedad, será cada vez más rico (en cuanto al nivel de capital logrado) en cuanto más y mejor sirva al prójimo.
viernes, 24 de abril de 2026
jueves, 23 de abril de 2026
La vigilancia totalitaria
Los totalitarismos se distinguen de las dictaduras o de las tiranías, por promover una vigilancia y un control estricto respecto de lo que cada individuo hace, dice o piensa. Si bien pueden haber dictaduras o tiranías no totalitarias, no existen totalitarismos que no sean dictaduras o tiranías, si bien existe una transición gradual entre ambas formas de dirigir al Estado.
El totalitarismo que actualmente está en plena expansión, en países europeos, ya muestra algunos sîntomas típicos de todo totalitarismo. Así, en el Reino Unido se dan casos como el de una mujer que vive sola y tiene un perro. Pero, como vive en un barrio en donde también habitan muchos musulmanes, está siendo asediada y controlada por quienes la critican por no haberse casado y por tener un perro, ambas cosas mal vistas por los musulmanes.
El control y la vigilancia permanente del habitante común, ejercidos por quienes han adoptado al Islam, se manifiesta también en las "patrullas de la sharúa", es decir, vigilancia a cargo de grupos de islamistas que presionan a los "infieles" a vivir segûn las directivas del Corán. Como predomina la creencia generalizada de que el Corán fue dictado a Mahoma por el mismísimo Dios, o Alá, la peligrosidad de tal totalitarismo es extrema, y lo será todavía más en cuanto los islamistas sean mayoría.
El concepto de "sociedad" está asociado a la idea de seres humanos unidos bajo objetivos comunes. Pero, bajo los sistemas totalitarios, ello no es posible por cuanto un sector se erige en una especie de "gobernante" mental y material sobre el resto. De ahí que tal gobierno se hace efectivo con la colaboración de individuos delatores de quienes se oponen a dicho control social. Así, bajo el régimen totalitario de Perón, en la Argentina se promovió la delación en contra de los opositores al movimiento peronista. El escritor argentino Héctor Bianciotti, de la Academia Francesa, expresó en una entrevista: “Yo creo que estaba al mismo tiempo huyendo del campo y huyendo de la dictadura de Perón, que fue mucho más terrible de lo que la gente cree. No se ha sabido nunca en Europa lo que era la vida cotidiana durante la dictadura de Perón; algo simplemente atroz. Un pueblo convertido en policías los unos de los otros. En delatores” (Reportaje de la Revista “Gente”).
En Cuba, se les preguntaba a los escolares qué habían comido durante las fechas navideñas de manera de detectar la infracción o delito de haber festejado la Navidad aún cuando estaba prohibido por el Estado. En otras circunstancias, el Jefe de manzana tenía (o tiene) la obligación de delatar a sus familiares y vecinos, ante las autoridades estatales, acerca de algún ilícito bajo la pena correspondiente por no hacerlo. Hilda Molina escribió: “Es harto conocido que los regimenes comunistas totalitarios, so pretexto de edificar la sociedad perfecta, socavan las raíces mismas de la estructura y de los valores familiares, se afanan en disolver las familias, e intentan sustituir el amor filial, el amor fraternal…el amor familiar, por un culto ciego al Estado".
"Los cubanos, prisioneros y al mismo tiempo cómplices del régimen, fuimos testigos y actores conmocionados y atónitos del enfrentamiento entre padres e hijos, hermanos, esposos y demás familiares, por motivos políticos, ideológicos y hasta religiosos. Los verdugos del cariño, entronizados en el poder, transmutaron a los cubanos, proverbialmente devotos de sus familias, en partícipes de hechos tan atroces como delaciones, marginación, discriminación, calumnias, encarcelamientos y ejecución de sus seres queridos, sólo por no identificarse con el gobierno, por discrepar, por objeciones de conciencia o por no ocultar su fe” (De "Mi verdad"-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).
Los gobiernos totalitarios, al promover la delación entre sus súbditos, favorecen el aislamiento y la desconfianza entre ellos, ya que ven en cada individuo a un posible delator de sus actividades o a un posible difamador de su persona. En la URSS incluso se exaltaba, como ejemplo a adoptar, la figura del delator de sus propios padres. Vladimir Bukovski escribió: “Pavlik Morozov [fue un] adolescente ruso al que dieron muerte los campesinos durante la colectivización por haber denunciado a su padre. Pasó a ser el héroe epónimo de la delación, propuesto como ejemplo para toda la juventud soviética” (De “URSS: de la utopía al desastre”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).
El totalitarismo que actualmente está en plena expansión, en países europeos, ya muestra algunos sîntomas típicos de todo totalitarismo. Así, en el Reino Unido se dan casos como el de una mujer que vive sola y tiene un perro. Pero, como vive en un barrio en donde también habitan muchos musulmanes, está siendo asediada y controlada por quienes la critican por no haberse casado y por tener un perro, ambas cosas mal vistas por los musulmanes.
El control y la vigilancia permanente del habitante común, ejercidos por quienes han adoptado al Islam, se manifiesta también en las "patrullas de la sharúa", es decir, vigilancia a cargo de grupos de islamistas que presionan a los "infieles" a vivir segûn las directivas del Corán. Como predomina la creencia generalizada de que el Corán fue dictado a Mahoma por el mismísimo Dios, o Alá, la peligrosidad de tal totalitarismo es extrema, y lo será todavía más en cuanto los islamistas sean mayoría.
El concepto de "sociedad" está asociado a la idea de seres humanos unidos bajo objetivos comunes. Pero, bajo los sistemas totalitarios, ello no es posible por cuanto un sector se erige en una especie de "gobernante" mental y material sobre el resto. De ahí que tal gobierno se hace efectivo con la colaboración de individuos delatores de quienes se oponen a dicho control social. Así, bajo el régimen totalitario de Perón, en la Argentina se promovió la delación en contra de los opositores al movimiento peronista. El escritor argentino Héctor Bianciotti, de la Academia Francesa, expresó en una entrevista: “Yo creo que estaba al mismo tiempo huyendo del campo y huyendo de la dictadura de Perón, que fue mucho más terrible de lo que la gente cree. No se ha sabido nunca en Europa lo que era la vida cotidiana durante la dictadura de Perón; algo simplemente atroz. Un pueblo convertido en policías los unos de los otros. En delatores” (Reportaje de la Revista “Gente”).
En Cuba, se les preguntaba a los escolares qué habían comido durante las fechas navideñas de manera de detectar la infracción o delito de haber festejado la Navidad aún cuando estaba prohibido por el Estado. En otras circunstancias, el Jefe de manzana tenía (o tiene) la obligación de delatar a sus familiares y vecinos, ante las autoridades estatales, acerca de algún ilícito bajo la pena correspondiente por no hacerlo. Hilda Molina escribió: “Es harto conocido que los regimenes comunistas totalitarios, so pretexto de edificar la sociedad perfecta, socavan las raíces mismas de la estructura y de los valores familiares, se afanan en disolver las familias, e intentan sustituir el amor filial, el amor fraternal…el amor familiar, por un culto ciego al Estado".
"Los cubanos, prisioneros y al mismo tiempo cómplices del régimen, fuimos testigos y actores conmocionados y atónitos del enfrentamiento entre padres e hijos, hermanos, esposos y demás familiares, por motivos políticos, ideológicos y hasta religiosos. Los verdugos del cariño, entronizados en el poder, transmutaron a los cubanos, proverbialmente devotos de sus familias, en partícipes de hechos tan atroces como delaciones, marginación, discriminación, calumnias, encarcelamientos y ejecución de sus seres queridos, sólo por no identificarse con el gobierno, por discrepar, por objeciones de conciencia o por no ocultar su fe” (De "Mi verdad"-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).
Los gobiernos totalitarios, al promover la delación entre sus súbditos, favorecen el aislamiento y la desconfianza entre ellos, ya que ven en cada individuo a un posible delator de sus actividades o a un posible difamador de su persona. En la URSS incluso se exaltaba, como ejemplo a adoptar, la figura del delator de sus propios padres. Vladimir Bukovski escribió: “Pavlik Morozov [fue un] adolescente ruso al que dieron muerte los campesinos durante la colectivización por haber denunciado a su padre. Pasó a ser el héroe epónimo de la delación, propuesto como ejemplo para toda la juventud soviética” (De “URSS: de la utopía al desastre”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).
miércoles, 22 de abril de 2026
Consciencia y dignidad
Es posible encontrar y describir una "secuencia virtuosa" que permita una plena adaptación cultural del ser humano al orden natural. El primer paso de tal secuencia estará constituido por cierta obligatoriedad de ser plenamente conscientes del lugar que ocupamos en el universo. Así, debemos tener presente que, al menos por lo que sabemos en la actualidad, somos la única vida inteligente existente en un cosmos con cien mil millones de estrellas por galaxia y con unas cien mil millones de galaxias en el universo. Sin una inteligencia que lo observe y que lo describa, sería el universo un derroche inmenso de complejidad, y sin un objetivo inherente a su existencia.
Una vez que seamos plenamente conscientes de ser una parte importante dentro de todo lo que existe, seguramente ha de surgir en cada uno de nosotros una especie de necesidad de no "desentonar" con ese orden natural. Ello conducirá a conquistar cierta dignidad propia de nuestra especie. De ahí que, al sentirnos partes integrantes de una comunidad de seres inteligentes, será posible mirar a todo ser humano como nuestro igual, regido por leyes naturales similares y ubicados en este universo con una finalidad común.
La actitud cognitiva señalada nos conduce a una postura moral, o emocional, por la cual asociamos a tal dignidad la capacidad de hacer el bien y evitar el mal, adoptando la predisposición a compartir como propias las alegrías y las tristezas de nuestros semejantes. Con ello hemos llegado a una ética natural que permitirá una mejora generalizada en caso de ser aceptada por la mayoría de las personas.
Podemos simbolizar la secuencia virtuosa mencionada, que conduce a una ética natural:
Consciencia -- Dignidad -- Igualdad -- Empatía emocional
Esta secuencia conduce a un resultado compatible con la ética bíblica; ética que ha sido desplazada y oscurecida por misterios y por dogmas de dificil aceptación para una mente racional. Ante los evidentes conflictos que aquejan a gran parte de los habitantes de nuestro planeta, sería necesaria una divulgación de esta sencilla posibilidad que se nos ofrece para llegar a vislumbrar un posible inicio de una etapa de rehabilitación moral.
En la actualidad, en la mayoría de los sociedades predomina una búsqueda casi interminable de derechos, sin apenas considerar que nuestra actitud, responsable y digna, se va construyendo adoptando como prioritarios ciertos deberes y obligaciones hacia los demás, lo que finalmente conducirá a la materialización efectiva de aquellos derechos anhelados. Simone Weil escribió: "La noción de obligación prima sobre la de derecho, que le es subordinada y relativa. Un derecho no es eficaz por sí mismo, sino únicamente por la obligación a que corresponde; el cumplimiento efectivo de un derecho proviene no de quien lo posee, sino de los otros hombres que se reconocen obligados hacia él. La obligación es eficaz desde que es reconocida. Una obligación que no fuera reconocida por nadie, no perdería nada de la plenitud de su ser. Un derecho que no es reconocido por nadie no es gran cosa" (De "Raíces del existir"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2000).
Una vez que seamos plenamente conscientes de ser una parte importante dentro de todo lo que existe, seguramente ha de surgir en cada uno de nosotros una especie de necesidad de no "desentonar" con ese orden natural. Ello conducirá a conquistar cierta dignidad propia de nuestra especie. De ahí que, al sentirnos partes integrantes de una comunidad de seres inteligentes, será posible mirar a todo ser humano como nuestro igual, regido por leyes naturales similares y ubicados en este universo con una finalidad común.
La actitud cognitiva señalada nos conduce a una postura moral, o emocional, por la cual asociamos a tal dignidad la capacidad de hacer el bien y evitar el mal, adoptando la predisposición a compartir como propias las alegrías y las tristezas de nuestros semejantes. Con ello hemos llegado a una ética natural que permitirá una mejora generalizada en caso de ser aceptada por la mayoría de las personas.
Podemos simbolizar la secuencia virtuosa mencionada, que conduce a una ética natural:
Consciencia -- Dignidad -- Igualdad -- Empatía emocional
Esta secuencia conduce a un resultado compatible con la ética bíblica; ética que ha sido desplazada y oscurecida por misterios y por dogmas de dificil aceptación para una mente racional. Ante los evidentes conflictos que aquejan a gran parte de los habitantes de nuestro planeta, sería necesaria una divulgación de esta sencilla posibilidad que se nos ofrece para llegar a vislumbrar un posible inicio de una etapa de rehabilitación moral.
En la actualidad, en la mayoría de los sociedades predomina una búsqueda casi interminable de derechos, sin apenas considerar que nuestra actitud, responsable y digna, se va construyendo adoptando como prioritarios ciertos deberes y obligaciones hacia los demás, lo que finalmente conducirá a la materialización efectiva de aquellos derechos anhelados. Simone Weil escribió: "La noción de obligación prima sobre la de derecho, que le es subordinada y relativa. Un derecho no es eficaz por sí mismo, sino únicamente por la obligación a que corresponde; el cumplimiento efectivo de un derecho proviene no de quien lo posee, sino de los otros hombres que se reconocen obligados hacia él. La obligación es eficaz desde que es reconocida. Una obligación que no fuera reconocida por nadie, no perdería nada de la plenitud de su ser. Un derecho que no es reconocido por nadie no es gran cosa" (De "Raíces del existir"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2000).
lunes, 20 de abril de 2026
Simone Weil y el desarraigo
"El desarraigo es la pérdida o ruptura de los vínculos afectivos, sociales o culturales con el lugar de origen, familia o comunidad. Genera una crisis de identidad caracterizada por nostalgia e inseguridad, a menudo causada por migración forzada, conflictos o cambios drásticos de entorno" (Google).
Se habla de desarraigo cuando se produce una migración forzada o no voluntaria, mientras que un buen porcentaje de emigrantes de un país se van buscando nuevos y mejores horizontes, si bien es posible que algunos de estos también sufran los mismos padecimientos que quienes se fueron contra su voluntad.
Entre quienes sufren desarraigo dentro de su propia tierra, puede mencionarse a los palestinos de Cisjordania (Sanmaria y Judea para el sector judío expansionista), que son presionados a abandonar su tierra y la de sus antepasados. Es oportuno reproducir parte de una entrevista realizada por un periodista israelí a un palestino de dicha zona. David Grossman escribió: "E.N., al que encontré en otra ocasión en Nablus, me dijo: «Ciertamente os odio. Quizá al principio, sólo me asustaba. Luego ya odié»".
"E.N., 30 años, habitante del campamento de Balata, ha pasado diez años de su vida en prisión (cárceles de Ascalón y Nafja) después de que se le encontrara culpable de pertenecer al Frente Popular para la Liberación Palestina («realmente no llevé a cabo acciones, sólo me enseñaron a disparar»). «Hasta que entré en la cárcel no sabía en absoluto que era palestino. Allí me enseñaron quien era. Ahora tengo opiniones. No creas a aquel que te diga que el palestino no os odia realmente. Entiende: el simple palestino no tiene un carácter fanático y violento, pero vosotros y los que viven bajo vuestro dominio les impulsan al odio. Mírame a mí, por ejemplo, me han quitado diez años de mi vida. A mi padre le expulsaron de Cisjordania en el 68. No había hecho nada, ni siquiera estaba a favor de la OLP, quizá incluso lo contrario; pero quisieron expulsar de aquí a todo aquel que tenía una opinión sobre algo, para que nos quedáramos totalmente sin cabecilla, incluso sin cabecillas que pensaran un poco a favor de ellos»".
"«A mi madre no le permitieron ir a verle durante seis años y a mí, después de la cárcel, no me permitieron construir una casa, ni salir de visita a Jordania, nada. Siempre dicen, ved qué progreso os hemos traído; pero olvidan que en veinte años todo ha progresado. Todo el mundo marca hacia adelante. De acuerdo, nos han ayudado un poco, pero no han querido darnos lo más importante. Cierto, avanzamos algo, pero vean cuánto han avanzado en ese tiempo. Nosotros nos hemos quedado muy por detrás y, si se observa, quizá vea que incluso estamos en situación relativamente peor que antes del 67»".
"«Luego van y dicen que con los jordanos nos fue mal. Quizás sí, pero los jordanos nos quitaron solamente nuestra identidad nacional, y vosotros todo. La identidad nacional y la identidad de cada uno de nosotros que os teme y depende de vosotros para su sustento. Todo nos lo quitaron, nos han convertido en muertos vivientes. A mí ¿qué me queda? Solamente el odio y los pensamientos sobre la siyassah (la política). También esto es lo que os habéis hecho mal, habéis convertido a toda persona de aquí, incluso al labrador más simple, en un político»" (De "El viento amarillo" de David Grossman-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1988).
En épocas de la Segunda Guerra Mundial, la escritora Simone Weil debe abandonar Francia ante la entrada de los nazis a ese país. El siguiente artículo trata acerca de lo expresado por la citada autora respecto del desarraigo:
SIMONE WEIL Y LO QUE LONDRES LE ENSEÑÓ SOBRE EL PERTENECER
Por Clara Huguet Millat
La capital británica jugó un papel imprescindible en una de las obras más relevantes de la autora, donde comprendió el verdadero significado de pertenecer.
En su exilio, Londres mostró a Simone Weil cómo el viaje no es sólo una evasión, sino una forma de comprender el mundo y de valorar lo que se deja atrás.
A veces el viaje reside en un mismo destino. No en esa necesidad de moverse hacia todas partes para descubrir nuevos lugares, sino en quedarse en uno solo y sentirse parte de él. No como una huida ni un consumo, sino para conocer ese lugar al que llamamos hogar y formar parte de él, para arraigarse. Esa es la mirada de Simone Weil, una filósofa francesa del siglo XX, pensadora radical y casi inclasificable, cuya vida estuvo marcada por la intensa búsqueda de verdad y justicia. Su obra gira en torno a la atención, el sufrimiento humano y la necesidad de vaciar el ego para abrirse al mundo.
Entre todas sus ideas surge la premisa fundamental de que el ser humano necesita arraigarse, no sólo a un lugar físico, sino a una historia, a una cultura y a unos vínculos que den sentido a su existencia. Para Weil, sin ese arraigo profundo, moral y espiritual, la vida se vuelve frágil, dispersa y, en última instancia, deshumanizada.
Es por eso que escribió Echar raíces -publicado en 1949 tras su muerte por su amigo Albert Camus- en un Londres que fue el refugio durante su exilio, en medio de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial y una nostálgica Francia ocupada por los nazis.
En este libro, el arraigo aparece como una necesidad fundamental del alma, entendida no sólo como la pertenencia a un lugar, sino como la conexión viva con una comunidad, una tradición y una memoria compartida. Weil sostiene que sólo cuando una persona se siente parte de algo que la trasciende -un tejido cultural, histórico y moral- puede desarrollarse plenamente.
Weil llegó a Londres en 1942, en uno de los momentos más críticos de la guerra. La ciudad aún llevaba las cicatrices del Blitz, manchada de edificios derruidos, barrios enteros marcados por las bombas y una población que vivía entre la amenaza constante y una extraña forma de resistencia cotidiana. En ese contexto, la filósofa se integró en los servicios de Francia Libre, la resistencia francesa fundada en la capital británica por el general De Gaulle, donde participó en debates y proyectos destinados a imaginar la reconstrucción de su país tras la ocupación nazi. Sin embargo, su relación con ese entorno no fue simplemente política.
Fue precisamente esa distancia, no sólo geográfica, sino también emocional, la que permitió que en Londres se gestara una de sus obras más conocidas. En medio de esa vorágine en la que se encontraba el continente, Weil comprendió que la destrucción no era sólo material o institucional, sino también espiritual. En ese Londres vio millones de personas -incluida ella misma- que habían sido arrancadas de sus contextos, de sus tradiciones, de sus formas de vivir. En ese momento, la ciudad, con su mezcla de ruina y continuidad, le ofreció la imagen de un contraste decisivo: incluso bajo el asedio, persistía un tejido invisible de costumbres, memoria y pertenencia.
Desde Londres, Weil pudo pensar el arraigo no como un lujo, sino como una necesidad vital del alma humana. De esta forma, el libro nace como una respuesta al sentimiento de pertenencia visto desde la lejanía, cuando sólo desde lejos, al experimentar la pérdida de un lugar propio, la autora pudo comprender con mayor claridad lo que significa, verdaderamente, habitar el mundo. “El desarraigo es una de las enfermedades más peligrosas de las sociedades humanas”, escribía entre sus líneas.
En junio de 1949, Albert Camus presentó la obra de aquella mujer a la que admiraba en el Bulletin de La Nouvelle Revue Française, afirmando que es “uno de los libros más lúcidos, elevados y hermosos que se han escrito durante mucho tiempo sobre nuestra civilización” y tras la fascinación que le habían causado sus palabras, llegó a afirmar que parecía "imposible imaginar el renacimiento de Europa sin tomar en consideración las sugerencias esbozadas en ella por Simone Weil".
Salvando las distancias del contexto social y político, es probable que todos hayamos percibido estas sensaciones al estar lejos de nuestra tierra. Sólo cuando nos falta ese mar al que estamos acostumbrados, esas montañas que tomamos como patio particular o las calles que han forjado nuestra identidad, valoramos con plenitud todo lo que significan para nosotros, y la influencia que han tenido al forjar nuestro ser. Porque viajar no es sólo acumular puntos en el mapa, sino también conocer nuestro hogar, y entender por qué formamos parte de él y él forma parte de nosotros. (De nationalgeografic.com.es)
Se habla de desarraigo cuando se produce una migración forzada o no voluntaria, mientras que un buen porcentaje de emigrantes de un país se van buscando nuevos y mejores horizontes, si bien es posible que algunos de estos también sufran los mismos padecimientos que quienes se fueron contra su voluntad.
Entre quienes sufren desarraigo dentro de su propia tierra, puede mencionarse a los palestinos de Cisjordania (Sanmaria y Judea para el sector judío expansionista), que son presionados a abandonar su tierra y la de sus antepasados. Es oportuno reproducir parte de una entrevista realizada por un periodista israelí a un palestino de dicha zona. David Grossman escribió: "E.N., al que encontré en otra ocasión en Nablus, me dijo: «Ciertamente os odio. Quizá al principio, sólo me asustaba. Luego ya odié»".
"E.N., 30 años, habitante del campamento de Balata, ha pasado diez años de su vida en prisión (cárceles de Ascalón y Nafja) después de que se le encontrara culpable de pertenecer al Frente Popular para la Liberación Palestina («realmente no llevé a cabo acciones, sólo me enseñaron a disparar»). «Hasta que entré en la cárcel no sabía en absoluto que era palestino. Allí me enseñaron quien era. Ahora tengo opiniones. No creas a aquel que te diga que el palestino no os odia realmente. Entiende: el simple palestino no tiene un carácter fanático y violento, pero vosotros y los que viven bajo vuestro dominio les impulsan al odio. Mírame a mí, por ejemplo, me han quitado diez años de mi vida. A mi padre le expulsaron de Cisjordania en el 68. No había hecho nada, ni siquiera estaba a favor de la OLP, quizá incluso lo contrario; pero quisieron expulsar de aquí a todo aquel que tenía una opinión sobre algo, para que nos quedáramos totalmente sin cabecilla, incluso sin cabecillas que pensaran un poco a favor de ellos»".
"«A mi madre no le permitieron ir a verle durante seis años y a mí, después de la cárcel, no me permitieron construir una casa, ni salir de visita a Jordania, nada. Siempre dicen, ved qué progreso os hemos traído; pero olvidan que en veinte años todo ha progresado. Todo el mundo marca hacia adelante. De acuerdo, nos han ayudado un poco, pero no han querido darnos lo más importante. Cierto, avanzamos algo, pero vean cuánto han avanzado en ese tiempo. Nosotros nos hemos quedado muy por detrás y, si se observa, quizá vea que incluso estamos en situación relativamente peor que antes del 67»".
"«Luego van y dicen que con los jordanos nos fue mal. Quizás sí, pero los jordanos nos quitaron solamente nuestra identidad nacional, y vosotros todo. La identidad nacional y la identidad de cada uno de nosotros que os teme y depende de vosotros para su sustento. Todo nos lo quitaron, nos han convertido en muertos vivientes. A mí ¿qué me queda? Solamente el odio y los pensamientos sobre la siyassah (la política). También esto es lo que os habéis hecho mal, habéis convertido a toda persona de aquí, incluso al labrador más simple, en un político»" (De "El viento amarillo" de David Grossman-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1988).
En épocas de la Segunda Guerra Mundial, la escritora Simone Weil debe abandonar Francia ante la entrada de los nazis a ese país. El siguiente artículo trata acerca de lo expresado por la citada autora respecto del desarraigo:
SIMONE WEIL Y LO QUE LONDRES LE ENSEÑÓ SOBRE EL PERTENECER
Por Clara Huguet Millat
La capital británica jugó un papel imprescindible en una de las obras más relevantes de la autora, donde comprendió el verdadero significado de pertenecer.
En su exilio, Londres mostró a Simone Weil cómo el viaje no es sólo una evasión, sino una forma de comprender el mundo y de valorar lo que se deja atrás.
A veces el viaje reside en un mismo destino. No en esa necesidad de moverse hacia todas partes para descubrir nuevos lugares, sino en quedarse en uno solo y sentirse parte de él. No como una huida ni un consumo, sino para conocer ese lugar al que llamamos hogar y formar parte de él, para arraigarse. Esa es la mirada de Simone Weil, una filósofa francesa del siglo XX, pensadora radical y casi inclasificable, cuya vida estuvo marcada por la intensa búsqueda de verdad y justicia. Su obra gira en torno a la atención, el sufrimiento humano y la necesidad de vaciar el ego para abrirse al mundo.
Entre todas sus ideas surge la premisa fundamental de que el ser humano necesita arraigarse, no sólo a un lugar físico, sino a una historia, a una cultura y a unos vínculos que den sentido a su existencia. Para Weil, sin ese arraigo profundo, moral y espiritual, la vida se vuelve frágil, dispersa y, en última instancia, deshumanizada.
Es por eso que escribió Echar raíces -publicado en 1949 tras su muerte por su amigo Albert Camus- en un Londres que fue el refugio durante su exilio, en medio de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial y una nostálgica Francia ocupada por los nazis.
En este libro, el arraigo aparece como una necesidad fundamental del alma, entendida no sólo como la pertenencia a un lugar, sino como la conexión viva con una comunidad, una tradición y una memoria compartida. Weil sostiene que sólo cuando una persona se siente parte de algo que la trasciende -un tejido cultural, histórico y moral- puede desarrollarse plenamente.
Weil llegó a Londres en 1942, en uno de los momentos más críticos de la guerra. La ciudad aún llevaba las cicatrices del Blitz, manchada de edificios derruidos, barrios enteros marcados por las bombas y una población que vivía entre la amenaza constante y una extraña forma de resistencia cotidiana. En ese contexto, la filósofa se integró en los servicios de Francia Libre, la resistencia francesa fundada en la capital británica por el general De Gaulle, donde participó en debates y proyectos destinados a imaginar la reconstrucción de su país tras la ocupación nazi. Sin embargo, su relación con ese entorno no fue simplemente política.
Fue precisamente esa distancia, no sólo geográfica, sino también emocional, la que permitió que en Londres se gestara una de sus obras más conocidas. En medio de esa vorágine en la que se encontraba el continente, Weil comprendió que la destrucción no era sólo material o institucional, sino también espiritual. En ese Londres vio millones de personas -incluida ella misma- que habían sido arrancadas de sus contextos, de sus tradiciones, de sus formas de vivir. En ese momento, la ciudad, con su mezcla de ruina y continuidad, le ofreció la imagen de un contraste decisivo: incluso bajo el asedio, persistía un tejido invisible de costumbres, memoria y pertenencia.
Desde Londres, Weil pudo pensar el arraigo no como un lujo, sino como una necesidad vital del alma humana. De esta forma, el libro nace como una respuesta al sentimiento de pertenencia visto desde la lejanía, cuando sólo desde lejos, al experimentar la pérdida de un lugar propio, la autora pudo comprender con mayor claridad lo que significa, verdaderamente, habitar el mundo. “El desarraigo es una de las enfermedades más peligrosas de las sociedades humanas”, escribía entre sus líneas.
En junio de 1949, Albert Camus presentó la obra de aquella mujer a la que admiraba en el Bulletin de La Nouvelle Revue Française, afirmando que es “uno de los libros más lúcidos, elevados y hermosos que se han escrito durante mucho tiempo sobre nuestra civilización” y tras la fascinación que le habían causado sus palabras, llegó a afirmar que parecía "imposible imaginar el renacimiento de Europa sin tomar en consideración las sugerencias esbozadas en ella por Simone Weil".
Salvando las distancias del contexto social y político, es probable que todos hayamos percibido estas sensaciones al estar lejos de nuestra tierra. Sólo cuando nos falta ese mar al que estamos acostumbrados, esas montañas que tomamos como patio particular o las calles que han forjado nuestra identidad, valoramos con plenitud todo lo que significan para nosotros, y la influencia que han tenido al forjar nuestro ser. Porque viajar no es sólo acumular puntos en el mapa, sino también conocer nuestro hogar, y entender por qué formamos parte de él y él forma parte de nosotros. (De nationalgeografic.com.es)
sábado, 18 de abril de 2026
Nuevos ataques a Occidente
Estando la cultura occidental fundamentada en la cultura greco-romana, bajo una ética judeo-cristiana, todo ataque a dicha cultura se ha materializado, en los últimos tiempos, en una ofensiva impulsada desde la Unión Soviética y también por el Islam, principalmente. Además de los ataques desde fuera de Occidente, resulta conveniente resaltar la existencia de líderes religiosos occidentales, cristianos principalmente, que adoptan posturas favorecedoras de la destrucción de su propia religión. Friedrich Hayek escribió al respecto: “Aquí no sólo se abandonan los principios de Adam Smith y de Hume, de Locke y de Milton. Aquí se abandonan las características más básicas de la civilización desarrollada por los griegos y los romanos y el Cristianismo, es decir, de la civilización occidental. Aquí no se renuncia sólo al liberalismo del siglo XVIII y del XIX, es decir, al liberalismo que completó dicha civilización".
"Aquí se renuncia al individualismo que gracias a Erasmo de Rótterdam, a Montaigne, a Cicerón, a Tácito, a Perícles, a Tucídides, heredó dicha civilización. El individualismo, el concepto de individualismo, que a través de las enseñanzas proporcionadas por los filósofos de la antigüedad clásica, del Cristianismo, del Renacimiento y de la Ilustración nos ha hecho tal y como somos. El socialismo se basa en el colectivismo. El colectivismo niega el individualismo. Y el que niega el individualismo niega la civilización occidental” (Citado en “La Fuerza de la Razón” de Oriana Fallaci-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2004).
Han aparecido recientemente fotos de Robert Prevost (León XIV) apoyando en su juventud un llamado a la paz, promovido por la Unión Soviética, cuando dicho imperio en expansión colocaba misiles y armas nucleares en Cuba. Desde los países occidentales, vía OTAN, establecían bases militares en países europeos para mantener el equilibrio armamentista y asegurar así una paz fundamentada en el temor mutuo; una solución fuera de lo ideal, pero solución provisoria para mantener la paz. Debe advertirse que "la paz" promovida por la URSS en Occidente estaba orientada a favorecer un desequilibrio militar a favor de ese imperio y en contra de Occidente. Los "pacifistas" pro-soviéticos, por lo general, nunca reclamaban contra el armamentismo soviético.
Si bien, con el paso de los años, muchos cambian de opinión sobre cuestiones ideológicas, pareciera que la actitud anti-occidental persistiera en Robert Prevost. En su reciente viaje por países africanos, no se menciona en medios periodísticos que haya expresado, mediante alguna declaración, un malestar por la matanza indiscriminada de cristianos en Nigeria en manos de musulmanes, si bien estos cumplen con mandatos del Corán, tal el hecho de permitir el asesinato de infieles, siendo que el Corán es considerado como una información que Dios le daba en forma directa a Mahoma. Respetuoso con la fe islámica, pero no con la integridad de los cristianos, Prevost ha preferido callar al respecto.
Incluso ha utilizado la palabra "comunión" (entre cristianos y musulmanes) para promover una posible vinculación entre ambos sectores. En cuanto a la palabra "comunión", leemos al respecto: "La comunión es la participación conjunta o unión compartida entre dos o más entes, basada en valores, creencias o acciones comunes. Etimológicamente viene del latín communio («compartir en común») y se asocia estrechamente con el concepto griego koinonía. En el ámbito religioso, representa la unión espiritual entre fieles y con Dios, culminando en la recepción de la Eucaristía".
Fiel a sus convicciones anti-occidentales, se conocen sus críticas a las acciones militares de EEUU e Israel, si bien nunca parece haberse pronunciado en contra del terrorismo impulsado por Irán, principalmente. Incluso sabiendo que tal país ha expresado la intención de "borrar del mapa" a Israel junto a sus pobladores, vía armamento nuclear.
Respecto a la invasión islámica en Europa, promovida por gobiernos socialistas, y por la cual todo símbolo cristiano "ofende" al invasor musulmán, se advierte una tendencia evidente y concreta hacia la destrucción y desaparición del cristianismo en Europa. Lo que llama la atención es que quien apoya una "comunión" entre cristianos y musulmanes, a la vez apoya una inmigración totalmente favorable a la desaparición del cristianismo en Europa.
"Aquí se renuncia al individualismo que gracias a Erasmo de Rótterdam, a Montaigne, a Cicerón, a Tácito, a Perícles, a Tucídides, heredó dicha civilización. El individualismo, el concepto de individualismo, que a través de las enseñanzas proporcionadas por los filósofos de la antigüedad clásica, del Cristianismo, del Renacimiento y de la Ilustración nos ha hecho tal y como somos. El socialismo se basa en el colectivismo. El colectivismo niega el individualismo. Y el que niega el individualismo niega la civilización occidental” (Citado en “La Fuerza de la Razón” de Oriana Fallaci-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2004).
Han aparecido recientemente fotos de Robert Prevost (León XIV) apoyando en su juventud un llamado a la paz, promovido por la Unión Soviética, cuando dicho imperio en expansión colocaba misiles y armas nucleares en Cuba. Desde los países occidentales, vía OTAN, establecían bases militares en países europeos para mantener el equilibrio armamentista y asegurar así una paz fundamentada en el temor mutuo; una solución fuera de lo ideal, pero solución provisoria para mantener la paz. Debe advertirse que "la paz" promovida por la URSS en Occidente estaba orientada a favorecer un desequilibrio militar a favor de ese imperio y en contra de Occidente. Los "pacifistas" pro-soviéticos, por lo general, nunca reclamaban contra el armamentismo soviético.
Si bien, con el paso de los años, muchos cambian de opinión sobre cuestiones ideológicas, pareciera que la actitud anti-occidental persistiera en Robert Prevost. En su reciente viaje por países africanos, no se menciona en medios periodísticos que haya expresado, mediante alguna declaración, un malestar por la matanza indiscriminada de cristianos en Nigeria en manos de musulmanes, si bien estos cumplen con mandatos del Corán, tal el hecho de permitir el asesinato de infieles, siendo que el Corán es considerado como una información que Dios le daba en forma directa a Mahoma. Respetuoso con la fe islámica, pero no con la integridad de los cristianos, Prevost ha preferido callar al respecto.
Incluso ha utilizado la palabra "comunión" (entre cristianos y musulmanes) para promover una posible vinculación entre ambos sectores. En cuanto a la palabra "comunión", leemos al respecto: "La comunión es la participación conjunta o unión compartida entre dos o más entes, basada en valores, creencias o acciones comunes. Etimológicamente viene del latín communio («compartir en común») y se asocia estrechamente con el concepto griego koinonía. En el ámbito religioso, representa la unión espiritual entre fieles y con Dios, culminando en la recepción de la Eucaristía".
Fiel a sus convicciones anti-occidentales, se conocen sus críticas a las acciones militares de EEUU e Israel, si bien nunca parece haberse pronunciado en contra del terrorismo impulsado por Irán, principalmente. Incluso sabiendo que tal país ha expresado la intención de "borrar del mapa" a Israel junto a sus pobladores, vía armamento nuclear.
Respecto a la invasión islámica en Europa, promovida por gobiernos socialistas, y por la cual todo símbolo cristiano "ofende" al invasor musulmán, se advierte una tendencia evidente y concreta hacia la destrucción y desaparición del cristianismo en Europa. Lo que llama la atención es que quien apoya una "comunión" entre cristianos y musulmanes, a la vez apoya una inmigración totalmente favorable a la desaparición del cristianismo en Europa.
jueves, 16 de abril de 2026
En busca de la unidad planetaria
Desde tiempos lejanos se viene buscando la unidad de los diversos pueblos que habitan el planeta. Estos intentos unificadores pueden agruparse en dos grupos principales; uno de ellos integrado por líderes o sectores en extremo ambiciosos que buscan el poder mundial sin apenas interesarse por los pueblos dominados. En este agrupamiento podemos encontrar una larga lista que va desde Alejandro Magno al Imperio Romano, al Islam, al Imperio británico, a los nazis y al Imperio Soviético, entre otros. No todos produjeron resultados negativos ya que, parcialmente, algunos favorecieron a los pueblos conquistados.
En el segundo grupo aparece el cristianismo medieval, que apuntaba hacia una unidad planetaria basada en la ética bíblica, si bien la Iglesia Católica en muchas ocasiones abandonó los elevados ideales para buscar un poder similar al de los restantes imperios expansivos y líderes ambiciosos sin límites. Mario Amadeo escribió: "La aparición del cristianismo es el hecho más importante de la historia. Esta afirmación no es sólo el fruto de una creencia religiosa: es también el resultado de una comprobación objetiva. En efecto, ningún acontecimiento histórico -guerra, revolución política, invento o descubrimiento- alteró de tal manera la mentalidad de los hombres como la difusión del mensaje cristiano".
"Demás está decir que las relaciones internacionales se vieron tan profundamente influidas por este hecho trascendental como las demás formas de vida social. La idea de la paternidad universal de Dios -ya no considerado como un creador impasible ni como un ídolo localista- engendró la idea consecuente de la fraternidad natural de los hombres, «hijos de un mismo Padre que está en los cielos». Ya no más exclusivismos fundados en la raza ni en el origen: «ni griegos, ni judíos, ni bárbaros, ni escitas». La idea ecuménica que la Roma de los Césares no había podido realizar adquiría un nuevo y más profundo sentido en la fe triunfante. Veremos en la Edad Media cumplirse el más poderoso intento de traducirla en instituciones del ordenamiento internacional".
"Los setecientos años que transcurren desde la caída de Roma hasta el reflorecimiento medieval son de preparación y espera. Tan sólo en el siglo XII resurge la vida cultural, hasta entonces encerrada en los muros de los monasterios. Y con ella, impregnada de sentido religioso, la idea romana de la unidad. El ecúmeno cristiano de la Edad Media tiene mucho de común con la universalidad imperial de Roma. Pero, al mismo tiempo, revela diferencias sustanciales. En primer lugar, no se funda en el primado de un solo pueblo superior, sino que parte de la igualdad de todos. En segundo lugar, no impone una misma forma de vida a todos los pueblos que abarca, sino que admite, aun teóricamente, su variedad".
"La «República Cristiana» no aspira a convertirse en universo. Intenta realizar el «pluriverso» por el respeto de los caracteres diferenciales y de las modalidades locales. Su fórmula de convivencia internacional podría sintetizarse así: en el espíritu, la unidad; en el cuerpo, la variedad" (De "Por una convivencia internaconal" de Mario Amadeo-Ediciones Cultura Hispánica-Madrid 1956).
En la actualidad tenemos dos ejemplos de religiones "no igualitarias", como son el Islam y el judaísmo. La primera, que intenta imponer sus principios "éticos" o culturales a todo el planeta, en realidad implica principios que en Occidente son mayoritariamente considerados como delitos. Por otra parte, el judaísmo sigue siendo una religión de validez sectorial que trata a los ajenos a sus creencias como extraños, que no se los debe respetar si habitan suelo históricamente judío, como es el caso de los palestinos de Cisjordania.
Si adoptamos la definición de religión como "la unión de los adeptos", llegaremos a la evidente conclusión que la religión será universal (o de validez planetaria) o no será religión. Es decir, tanto el Islam como el judaísmo no actúan como religiones, desde el punto de vista de la definición adoptada, o aceptada.
En la actualidad, el único camino hacia una posible unión de seres humanos y países, proviene de considerar a la ley natural como vínculo que une y que se comparte, que es la ley de Dios, y que resulta accesible al entendimiento y la observación. En este caso, el "Amarás al prójimo como a ti mismo", entendido como "compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias", constituye el principio de entendimiento y unificación de la convulsionada humanidad del siglo XXI.
En el segundo grupo aparece el cristianismo medieval, que apuntaba hacia una unidad planetaria basada en la ética bíblica, si bien la Iglesia Católica en muchas ocasiones abandonó los elevados ideales para buscar un poder similar al de los restantes imperios expansivos y líderes ambiciosos sin límites. Mario Amadeo escribió: "La aparición del cristianismo es el hecho más importante de la historia. Esta afirmación no es sólo el fruto de una creencia religiosa: es también el resultado de una comprobación objetiva. En efecto, ningún acontecimiento histórico -guerra, revolución política, invento o descubrimiento- alteró de tal manera la mentalidad de los hombres como la difusión del mensaje cristiano".
"Demás está decir que las relaciones internacionales se vieron tan profundamente influidas por este hecho trascendental como las demás formas de vida social. La idea de la paternidad universal de Dios -ya no considerado como un creador impasible ni como un ídolo localista- engendró la idea consecuente de la fraternidad natural de los hombres, «hijos de un mismo Padre que está en los cielos». Ya no más exclusivismos fundados en la raza ni en el origen: «ni griegos, ni judíos, ni bárbaros, ni escitas». La idea ecuménica que la Roma de los Césares no había podido realizar adquiría un nuevo y más profundo sentido en la fe triunfante. Veremos en la Edad Media cumplirse el más poderoso intento de traducirla en instituciones del ordenamiento internacional".
"Los setecientos años que transcurren desde la caída de Roma hasta el reflorecimiento medieval son de preparación y espera. Tan sólo en el siglo XII resurge la vida cultural, hasta entonces encerrada en los muros de los monasterios. Y con ella, impregnada de sentido religioso, la idea romana de la unidad. El ecúmeno cristiano de la Edad Media tiene mucho de común con la universalidad imperial de Roma. Pero, al mismo tiempo, revela diferencias sustanciales. En primer lugar, no se funda en el primado de un solo pueblo superior, sino que parte de la igualdad de todos. En segundo lugar, no impone una misma forma de vida a todos los pueblos que abarca, sino que admite, aun teóricamente, su variedad".
"La «República Cristiana» no aspira a convertirse en universo. Intenta realizar el «pluriverso» por el respeto de los caracteres diferenciales y de las modalidades locales. Su fórmula de convivencia internacional podría sintetizarse así: en el espíritu, la unidad; en el cuerpo, la variedad" (De "Por una convivencia internaconal" de Mario Amadeo-Ediciones Cultura Hispánica-Madrid 1956).
En la actualidad tenemos dos ejemplos de religiones "no igualitarias", como son el Islam y el judaísmo. La primera, que intenta imponer sus principios "éticos" o culturales a todo el planeta, en realidad implica principios que en Occidente son mayoritariamente considerados como delitos. Por otra parte, el judaísmo sigue siendo una religión de validez sectorial que trata a los ajenos a sus creencias como extraños, que no se los debe respetar si habitan suelo históricamente judío, como es el caso de los palestinos de Cisjordania.
Si adoptamos la definición de religión como "la unión de los adeptos", llegaremos a la evidente conclusión que la religión será universal (o de validez planetaria) o no será religión. Es decir, tanto el Islam como el judaísmo no actúan como religiones, desde el punto de vista de la definición adoptada, o aceptada.
En la actualidad, el único camino hacia una posible unión de seres humanos y países, proviene de considerar a la ley natural como vínculo que une y que se comparte, que es la ley de Dios, y que resulta accesible al entendimiento y la observación. En este caso, el "Amarás al prójimo como a ti mismo", entendido como "compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias", constituye el principio de entendimiento y unificación de la convulsionada humanidad del siglo XXI.
miércoles, 15 de abril de 2026
Acerca del narcisismo
Puede decirse que el narcisismo es una actitud que implica un egoísmo exagerado. Si imaginamos una "sociedad" en la que predomina netamente tal egoísmo, desaparecería toda cooperación social y todo vínculo emocional entre sus integrantes. De ahí que en lugar de ser una "sociedad" podría denominarse como un simple conjunto o conglomerado de seres humanos.
A lo largo de la historia se ha contemplado la figura de un líder político, militar o religioso caracterizado por la actitud narcisista, ignorando completamente la integridad y la felicidad de los pueblos dominados, que muchas veces son los encargados de subirlos al pedestal del gpbierno absoluto del hombre sobre el hombre. Marcos Aguinis expresó: "La psicopatía es una patología psicológica que consiste en un egoísmo y un narcisismo muy importantes. Ese narcisismo lleva a que uno no sienta culpa ni pena. El narcisista por lo general es una persona muy enamorada de sí misma, que tiene ambición de poder. Ese deseo lleva a que haga cosas que no son absolutamente correctas. Lo hace a pesar de todo, porque desea tener más poder. Aquí nos encontramos con la relación dialéctica entre el poder y la riqueza. El psicópata, por lo general, tiene ambas cosas, pero una sobre la otra".
"Mientras más poder tiene, no sólo quiere tener más, sino que necesita tener riqueza para conseguir más poder. Y cuando tiene más poder, necesita más riqueza. La mayor cantidad de riqueza le sirve para tener el poder. Uno suele preguntarse por qué si ya tienen tanta riqueza necesitan más. Es porque quiere tener más poder. Es algo que no tiene fin ni límites. Lo mismo sucede con el poder. A veces cabe preguntarse por qué quieren más, si ya son prácticamente emperadores. Es para tener más riqueza que les permita tener más poder" (De https://www.perfil.com/noticias).
Acerca del narcisismo, Ruth Schwarz escribió: "Cristopher Lasch analiza minuciosamente la relación que existe entre la creciente inseguridad en el mundo, su falta de perspectivas de futuro y la glorificación del narcisismo que, según él, subyace en la actualidad a toda la interacción social y se expresa en todos los productos de la cultura".
"Todos los valores de solidaridad, de cooperación sincera, de capacidad de competir con «espíritu deportivo» (sin deseo de aniquilar al rival), de lealtad en los vínculos de trabajo y afecto se han ido deteriorando progresivamente. Además, señala como un factor de extrema gravedad la «degradación de la continuidad humana» a través del deterioro de la calidad de la educación y del vínculo educativo de los padres con los hijos y el desprecio de la ancianidad, resultado de la idolatría de la juventud".
Si bien los síntomas mencionados son atribuidos a la sociedad norteamericana de algunas decenas de años atrás, en la actualidad el diagnóstico sigue teniendo validez, no sólo para los EEUU, sino para otros países occidentales. La citada autora agrega: "De este modo, se puede decir que todos los mandatos sociales que fundamentan al mundo del reconocimiento mutuo han ido cediendo su vigor a un aumento constante de las normas sociales que impulsan al individuo a la búsqueda del goce individual, de una concentración narcisística de sus propios deseos e impulsos".
"Lasch describe cómo el espíritu competitivo se ha ido degradando en los deportes, en una necesidad de triunfo a cualquier costo, al deseo no sólo de vencer al rival, sino de aniquilarlo, lo que se ejemplifica con la violencia creciente en el deporte. Lasch relaciona el culto del narcisismo con el deterioro profundo de las pautas comunitarias que se fundamentaban en una ética racional".
"La imposición forzada a la sociedad de los valores del mundo de la idolatría del poder como realidad casi exclusiva de la interrelación y de la comunicación humanas amenaza profundamente a la salud y al deseo de vivir. El paso del tiempo es cruel con el narcisista; destruye su omnipotencia, le va demostrando su vacío interior, la angustia de no encontrar en sí un significado a su existencia, porque ya no puede integrarla en una continuidad humana. Ello se traduce en una autoobservación angustiosa, en la necesidad de buscar estímulos artificiales para «sentirse vivo», y en el temor de perder tiempo, perder oportunidad, no poder realizarse" (De "Idolatría del poder o reconocimiento"-Grupo Editor Latinoamericano-Buenos Aires 1989).
A lo largo de la historia se ha contemplado la figura de un líder político, militar o religioso caracterizado por la actitud narcisista, ignorando completamente la integridad y la felicidad de los pueblos dominados, que muchas veces son los encargados de subirlos al pedestal del gpbierno absoluto del hombre sobre el hombre. Marcos Aguinis expresó: "La psicopatía es una patología psicológica que consiste en un egoísmo y un narcisismo muy importantes. Ese narcisismo lleva a que uno no sienta culpa ni pena. El narcisista por lo general es una persona muy enamorada de sí misma, que tiene ambición de poder. Ese deseo lleva a que haga cosas que no son absolutamente correctas. Lo hace a pesar de todo, porque desea tener más poder. Aquí nos encontramos con la relación dialéctica entre el poder y la riqueza. El psicópata, por lo general, tiene ambas cosas, pero una sobre la otra".
"Mientras más poder tiene, no sólo quiere tener más, sino que necesita tener riqueza para conseguir más poder. Y cuando tiene más poder, necesita más riqueza. La mayor cantidad de riqueza le sirve para tener el poder. Uno suele preguntarse por qué si ya tienen tanta riqueza necesitan más. Es porque quiere tener más poder. Es algo que no tiene fin ni límites. Lo mismo sucede con el poder. A veces cabe preguntarse por qué quieren más, si ya son prácticamente emperadores. Es para tener más riqueza que les permita tener más poder" (De https://www.perfil.com/noticias).
Acerca del narcisismo, Ruth Schwarz escribió: "Cristopher Lasch analiza minuciosamente la relación que existe entre la creciente inseguridad en el mundo, su falta de perspectivas de futuro y la glorificación del narcisismo que, según él, subyace en la actualidad a toda la interacción social y se expresa en todos los productos de la cultura".
"Todos los valores de solidaridad, de cooperación sincera, de capacidad de competir con «espíritu deportivo» (sin deseo de aniquilar al rival), de lealtad en los vínculos de trabajo y afecto se han ido deteriorando progresivamente. Además, señala como un factor de extrema gravedad la «degradación de la continuidad humana» a través del deterioro de la calidad de la educación y del vínculo educativo de los padres con los hijos y el desprecio de la ancianidad, resultado de la idolatría de la juventud".
Si bien los síntomas mencionados son atribuidos a la sociedad norteamericana de algunas decenas de años atrás, en la actualidad el diagnóstico sigue teniendo validez, no sólo para los EEUU, sino para otros países occidentales. La citada autora agrega: "De este modo, se puede decir que todos los mandatos sociales que fundamentan al mundo del reconocimiento mutuo han ido cediendo su vigor a un aumento constante de las normas sociales que impulsan al individuo a la búsqueda del goce individual, de una concentración narcisística de sus propios deseos e impulsos".
"Lasch describe cómo el espíritu competitivo se ha ido degradando en los deportes, en una necesidad de triunfo a cualquier costo, al deseo no sólo de vencer al rival, sino de aniquilarlo, lo que se ejemplifica con la violencia creciente en el deporte. Lasch relaciona el culto del narcisismo con el deterioro profundo de las pautas comunitarias que se fundamentaban en una ética racional".
"La imposición forzada a la sociedad de los valores del mundo de la idolatría del poder como realidad casi exclusiva de la interrelación y de la comunicación humanas amenaza profundamente a la salud y al deseo de vivir. El paso del tiempo es cruel con el narcisista; destruye su omnipotencia, le va demostrando su vacío interior, la angustia de no encontrar en sí un significado a su existencia, porque ya no puede integrarla en una continuidad humana. Ello se traduce en una autoobservación angustiosa, en la necesidad de buscar estímulos artificiales para «sentirse vivo», y en el temor de perder tiempo, perder oportunidad, no poder realizarse" (De "Idolatría del poder o reconocimiento"-Grupo Editor Latinoamericano-Buenos Aires 1989).
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