El liberalismo político tanto como el liberalismo económico (mercado) han sido las tendencias ideológicas que han caracterizado a los países de Occidente. Justamente, H. J. Laski escribió: "El liberalismo ha sido, durante los últimos cuatro siglos, la doctrina por excelencia de la civilización occidental" (De "El liberalismo europeo"-Fondo de Cultura Económica-México 1979).
Siendo la libertad individidual la búsqueda prioritaria de los liberales, no debe dejarse de lado que, asociado a ese valor, ha de existir la responsabilidad individual. De ahí que Viktor Frankl, simbólicamente, propuso que la Estatua de la Libertad en la costa este de los Estados Unidos debería complementarse con una Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste, como el necesario complemento entre libertad y responsabilidad, expresando: “Conocéis la estatua de la libertad. Está en la costa oriental de vuestro país. ¿Qué os parece si erigís aquí, en la costa occidental, una estatua de la responsabilidad?” (De “El hombre doliente”-Editorial Herder SA-Barcelona 1987).
Los fundadores del liberalismo se fueron desligando un tanto de las ideas y costumbres de la Edad Media y de la Iglesia Católica, que pretendía mantener su vigencia, pero no se desligan del cristianismo, como base ética de sus propuestas. Este ha sido el caso del liberalismo político, promovido por John Locke junto a la ética cristiana, y del liberalismo económico, promovido por Adam Smith junto a una ética compatible con la ética cristiana.
Mientras que Locke escribe un libro titulado “La racionalidad del cristianismo”, Smith hace lo propio con la “Teoría de los sentimientos morales”, ya que la libertad, sin una base moral, carece de las ventajas que tal predisposición individual ha de generar en la sociedad. Nicola Abbagnano escribió: “A esta defensa de la tolerancia añade Locke una defensa apologética del cristianismo, reconocido, en su núcleo esencial, como la más razonable y útil de las religiones”.
“En La racionalidad del cristianismo busca precisamente este núcleo, y lo pone en la fe en Cristo como Mesías. El reconocimiento de Cristo como Mesías y el del verdadero Dios, son los únicos artículos de fe necesarios para el cristiano, y constituyen una religión simple, apta para la comprensión de los literatos y de los trabajadores y libre de las sutilezas de los teólogos”.
“Naturalmente la fe en Cristo supone también la obediencia a sus preceptos; pero nadie queda obligado a conocer todos estos preceptos, aunque convendría que todos procurasen aprenderlos y comprenderlos en la Sagrada Escritura. La justificación del cristianismo se basa, según Locke, en su racionabilidad y en su utilidad. Sin él «la parte racional y pensante del género humano» hubiera ciertamente «podido descubrir al único, supremo e invisible Dios»; pero a todo el resto de la humanidad este descubrimiento hubiera permanecido oculto”.
“La revelación cristiana lo ha difundido por todo el mundo. Y, además, ha dado autoridad y fuerza a aquellos preceptos morales, que de lo contrario hubieran sido solamente patrimonio de los filósofos. En otras palabras, el cristianismo ha sido para Locke una nueva, más vasta y más eficaz promulgación de la ley moral y de las verdades fundamentales que rigen la vida humana. La obra de Locke aparecía en 1695, y en 1696 se publicaba la de Toland: Cristianismo no misterioso. Se iniciaba con estas obras la disputa sobre el deísmo, que es el primer gran intento de encerrar la religión dentro de los límites de la razón” (De “Historia de la Filosofía”-Montaner y Simon SA-Barcelona 1955).
En cuanto a Adam Smith, puede decirse que la descripción que hace del aspecto emocional de todo ser humano, resulta enteramente compatible con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”, interpretado como “compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias”. Sin embargo, Smith no hace ninguna referencia a los Evangelios; seguramente para no tener que discutir y padecer la reacción de los teólogos del siglo XVIII, predispuestos a mantener el predominio de los misterios sobre todo lo que resulte evidente y accesible a la razón. Adam Smith escribió: “Nuestra imaginación tan sólo reproduce las impresiones de nuestros propios sentidos, no las ajenas. Por medio de la imaginación, nos ponemos en el lugar del otro, concebimos estar sufriendo los mismos tormentos, entramos, como quien dice, en su cuerpo, y, en cierta medida, nos convertimos en una misma persona, de allí nos formamos una idea de sus sensaciones, y aun sentimos algo que, si bien en menor grado, no es del todo desemejante a ellas”.
“Cuando vemos que un espadazo está a punto de caer sobre la pierna o brazo de otra persona, instintivamente encogemos y retiramos nuestra pierna o brazo; y cuando se descarga el golpe, lo sentimos hasta cierto punto, y también a nosotros nos lastima”.
“Nuestro regocijo por la salvación de los héroes que nos interesan en las tragedias o novelas, es tan sincero, como nuestras aflicciones por su dolor, y nuestra condolencia por su desventura no es menos cierta que la complacencia por su felicidad” (De “Teoría de los Sentimientos Morales”-Fondo de Cultura Económica-México 1941).
Puede sintetizarse la descripción de los sentimientos humanos mediante una frase popular: “Alegría compartida es doble alegría; dolor compartido es medio dolor”. El reciente descubrimiento de las neuronas espejo permite conocer con más precisión el proceso empático, que es la base de la cooperación social establecida a través del mercado, y de la cooperación en general. Adam Smith agrega: “El hombre, consciente de su propia flaqueza y de la necesidad en que está respecto a la ayuda de los demás, se regocija en cuanto advierte que los otros hacen suyas sus propias pasiones, porque así se confirma en esa ayuda; pero se aflige en cuanto advierte lo contrario, porque ve afirmada su oposición”.
“La simpatía aviva la alegría y alivia el dolor. Aviva la alegría dando nuevo motivo de satisfacción, y alivia el dolor insinuando al corazón la casi única sensación agradable que de momento es capaz de albergar”.
“¡Cuán amable nos parece aquel cuyo corazón, lleno de simpatía, refleja todos los sentimientos de aquellos con quien conversa, que se duele de sus calamidades, que resiente las lujurias que han recibido y se alegra con motivo de la buena suerte que los alcanza!”.
“Cuando hacemos nuestra la situación de sus compañeros, participamos en la gratitud que experimentan, e imaginamos el consuelo que necesariamente reciben a causa de la tierna simpatía de un tan afectuoso amigo. Y, por lo contrario, ¡cuán desagradable se muestra aquel cuyo inflexible y obcecado corazón sólo siente para sí, pero es del todo insensible a la felicidad o desgracia ajenas!”.
jueves, 6 de agosto de 2026
martes, 4 de agosto de 2026
El multiculturalismo europeo como utopía
Las masivas inmigraciones de extranjeros que llegaban a la Argentina a finales del siglo XIX y durante el siglo XX, y la posterior mezcla entre las diversas etnias, fue un proceso exitoso por cuanto existía en la mente de todos la idea de una cultura nacional como una instancia superior que habría de permitir la conformación de una sociedad pacífica y pujante.
No todos los grupos tenían la misma predisposición para la mezcla étnica, pero ninguna de ellas intentó imponer sus ideas o creencias a las demás, sino a mantenerlas vivas sin que por ello surgieran conflictos entre las diversas comunidades, no sin ciertas fricciones iniciales, posiblemente.
Desde el punto de vista del proceso de la evolución cultural de la humanidad, se considera como avance cultural toda innovación que favorezca nuestra adaptación al orden natural. Esta tácita aceptación es la que permite la conformación de una cultura universal que se va estableciendo con los diversos aportes de todos los pueblos. Así, si consideramos que el conocimiento científico es el principal factor que promueve tal proceso de adaptación, se advierte que la ciencia experimental se va construyendo con el aporte de todos los pueblos.
El llamado "multiculturalismo", por el contrario, parte de la creencia en que el conjunto de atributos de un pueblo constituye una expresión cultural, sin advertir que algunos atributos poco o nada favorecerán al proceso de adaptación cultural al orden natural. Luego, se declara que no existen culturas superiores ni inferiores, como consecuencia de no valorarlas en función del citado proceso evolutivo. Finalmente se espera que los diversos pueblos convivan, aún sin mezclarse, en una comunidad multicultural en la cual ninguna debería integrarse con las demás, sino que podrían permanecer separadas ya que ninguna de ellas es mejor o peor que otras.
Es posible considerar al multiculturalismo europeo como una nueva utopía por el hecho de ignorar el proceso de adaptación cultural al orden natural y esperar que convivan en paz el zorro y las gallinas dentro del gallinero. El zorro simboliza al Islam, movimiento político expansivo y totalitario que rechaza tanto la amistad como la existencia de los individuos y pueblos "infieles". Las "gallinas" europeas, mientras tanto, son engañadas por el gallo mayor (los dirigentes de la Unión Europea) quien les asegura que tal proceso llegará a un final feliz.
No todos los grupos tenían la misma predisposición para la mezcla étnica, pero ninguna de ellas intentó imponer sus ideas o creencias a las demás, sino a mantenerlas vivas sin que por ello surgieran conflictos entre las diversas comunidades, no sin ciertas fricciones iniciales, posiblemente.
Desde el punto de vista del proceso de la evolución cultural de la humanidad, se considera como avance cultural toda innovación que favorezca nuestra adaptación al orden natural. Esta tácita aceptación es la que permite la conformación de una cultura universal que se va estableciendo con los diversos aportes de todos los pueblos. Así, si consideramos que el conocimiento científico es el principal factor que promueve tal proceso de adaptación, se advierte que la ciencia experimental se va construyendo con el aporte de todos los pueblos.
El llamado "multiculturalismo", por el contrario, parte de la creencia en que el conjunto de atributos de un pueblo constituye una expresión cultural, sin advertir que algunos atributos poco o nada favorecerán al proceso de adaptación cultural al orden natural. Luego, se declara que no existen culturas superiores ni inferiores, como consecuencia de no valorarlas en función del citado proceso evolutivo. Finalmente se espera que los diversos pueblos convivan, aún sin mezclarse, en una comunidad multicultural en la cual ninguna debería integrarse con las demás, sino que podrían permanecer separadas ya que ninguna de ellas es mejor o peor que otras.
Es posible considerar al multiculturalismo europeo como una nueva utopía por el hecho de ignorar el proceso de adaptación cultural al orden natural y esperar que convivan en paz el zorro y las gallinas dentro del gallinero. El zorro simboliza al Islam, movimiento político expansivo y totalitario que rechaza tanto la amistad como la existencia de los individuos y pueblos "infieles". Las "gallinas" europeas, mientras tanto, son engañadas por el gallo mayor (los dirigentes de la Unión Europea) quien les asegura que tal proceso llegará a un final feliz.
lunes, 3 de agosto de 2026
John Locke y la ley natural
Puede afirmarse que toda propuesta filosófica o religiosa debe partir de un "terreno firme", como lo es la ley natural. Pero, como las leyes naturales no vienen escritas en ninguna parte, es imprescindible elegir aquellas leyes asociadas al aspecto de la realidad que se trata de describir. Tampoco se deben adoptar como punto de partida algunas leyes de dudosa validez, como es el caso de las construcciones que, con cierta coherencia lógica, parten desde principios falsos que sólo sirven para engañar a las personas inadvertidas.
Si bien este criterio resulta de fácil reconocimiento en varias de las ramas de la ciencia experimental, no ocurre otro tanto en las descripciones humanas y sociales. John Locke escribió: "Así la Ley de la Naturaleza se alza como una norma eterna para todos los hombres, tanto para los legisladores como para los demás. Las normas que elaboran para las acciones de otros hombres, así como sus propias acciones y las de los demás hombres, han de conformarse a la Ley de la Naturaleza, es decir, a la voluntad de Dios" (Citado en "Teoría política moderna" de L. J. Macfarlane-Espasa-Calpe SA-Madrid 1978).
En este breve párrafo se advierte cierta compatibilidad del pensamiento de Locke respecto de la religión natural o deísmo. Ello se debe a que apunta a las leyes naturales como referencia a tener presente en cada acción y en cada pensamiento. También considera a tales leyes como la voluntad de un Creador, o bien la "voluntad" implícita de un orden natural, al cual nos debemos adaptar. Finalmente considera que toda ley humana que provenga del Derecho, debe ser compatible con las leyes naturales. Toda desviación a este criterio, se orienta hacia un gobierno, parcial o total, del hombre sobre el hombre, con resultados negativos para todos.
Si nos preguntamos acerca de cuál ley de la naturaleza nos conducirá hacia el bien propio y el de los demás, mientras que ha de rechazar el mal propio y el de los demás, ella será la empatía emocional, como el principal requisito que todo ser humano debe cumplir a fin de asegurar nuestra supervivencia plena y nuestra plena adaptación al orden natural.
Si adoptamos la predisposición a compatir las penas y las alegrías ajenas como propias, resulta evidente que nuncan haremos el mal a los demás porque, al compartirlo, será nuestro propio mal. Además, buscaremos hacer el bien a los demás ya que, al compartirlo, será nuestro propio bien. Todo esto viene expresado en el "Amarás al prójimo como a ti mismo". De ahí que resulte trágico para la humanidad seguir el ejemplo de la mayoría de los países de la Unión Europea, cuando tratan de destruir el cristianismo, incluso hasta el mínimo rastro de los símbolos cristianos. Y todo ello para favorecer al Islam, que promueve la lucha y hasta la eliminación de los "enemigos de la fe islámica", principalmente judíos y cristianos.
Respecto del pensamiento de John Locke, se menciona una síntesis escrita por Mariano Grondona:
Las bases del Estado
Los hombres van a acordar la formación de un Estado. Ese contrato se renueva constantemente, y el día en que emigramos y nos nacionalizamos en otro país hacemos otro contrato. Lo que funda el paso de la sociedad natural a la sociedad política es que “nadie puede tener poder sobre mí si yo no se lo he dado previamente”.
La base del poder es el consentimiento de los futuros gobernados. Los hombres han acordado formar una sociedad política, sociedad en la que habrá un gobierno y en la cual “la mayoría será capaz de gobernar sobre la minoría”. El argumento de Locke sobre la mayoría es el siguiente: como los individuos son distintos –y ellos son la realidad final de la sociedad- va a haber naturalmente diferencias de opiniones; por lo tanto, si consintieron en vivir juntos han aceptado necesariamente el principio de la mayoría porque si no existiera este principio no podrían vivir juntos. Si todos son iguales ante la ley, tienen que aceptar un principio práctico que les permita tomar decisiones.
Locke casi se resigna a la idea de la mayoría, cuyo alcance es muy limitado, ya que la mayoría no puede tener más poderes que los que el contrato confirió al Estado. No puede tener más derechos que aquellos que fueron transferidos. En Rousseau, la explicación de la mayoría es totalmente distinta. Para Rousseau existe la “voluntad general”, de un individuo colectivo llamado “pueblo”. Cuando la gente vota, según Locke, cada cual está defendiendo sus derechos e intereses como persona individual. En Rousseau, en cambio, lo que prevalece es la voluntad general del grupo, que sería una especie de persona colectiva que tiene una sola voluntad. Cuando votamos, estamos tratando de interpretar qué quiere esa voluntad general.
La mayoría, por serlo, supo interpretarla, tuvo razón, y la minoría se equivocó. La minoría, entonces, debe arrepentirse inmediatamente, con lo cual se restablece el principio de la unanimidad. Para Rousseau todo desvío de la unanimidad es una pérdida para el grupo porque éste debería identificarse con la voluntad general del mismo modo que un individuo se identifica consigo mismo. El que persiste en su disidencia es un traidor. El voto, en Locke, es un expediente práctico. En Rousseau, un sacramento.
¿Por qué se han unido los hombres? Locke lo explica: “Han querido abandonar una condición en la cual, si bien eran libres, estaban llenos de miedo y de peligros”. El estado de naturaleza es una sociedad incómoda, donde nadie conoce exactamente sus derechos y deberes sin ser, por ello, la sociedad cruel de Hobbes. Para abandonar aquella situación se juntan en sociedad unos con otros, “para la mutua preservación de la propiedad”. Aquí Locke utiliza el término “propiedad” en sentido amplio, como una palabra que resume todos los derechos. La sociedad política ha sido fundada, entonces, para reasegurar los derechos individuales. Alguien dijo que Locke imagina al Estado como una sociedad de seguros: nos hemos reunido para lograr que nuestros derechos estuvieran más y no menos protegidos.
Según Locke, el monarca absoluto es un déspota por definición porque en las monarquías absolutas los derechos individuales están sometidos a la voluntad de uno. No sólo los monarcas absolutos pueden ser déspotas, también puede ser despótica una mayoría que excede en sus facultades y no respeta los derechos de cada uno. Así queda planteada la posibilidad de una democracia totalitaria.
Entonces, lo que quiere la gente cuando se une en sociedad es, primero, una ley positiva, algo así como la reglamentación de la ley natural. En el estado de naturaleza existía una ley natural pero nadie sabía bien dónde empezaba y dónde terminaba. La ley positiva sólo tiene por fin fijar y puntualizar la aplicación de la ley natural. Con lo cual queda aceptada la famosa jerarquía de leyes de Santo Tomás de Aquino. Si una ley humana (inferior) va contra la ley natural (superior), no es verdadera “ley”. La sociedad se une además para lograr un juez “indiferente”, alguien imparcial que determine quien tiene razón en un conflicto determinado. Y, en tercer lugar, para que haya una autoridad que ejecute las sentencias de los jueces, que confiera poder a la ley y a quienes la interpretan.
“El hombre en estado de naturaleza tenía todos los poderes. Tenía la Propiedad, es decir el conjunto de sus derechos, y además la facultad de castigar a aquellos que violaran sus derechos”. El hombre cede sólo parcialmente su “propiedad”, para que la ley la reglamente, no para que la viole. El Estado “declara” que los derechos del hombre existen, no los “crea”. Debe reglamentarlos para asegurarlos sin caer –como tantas veces ocurre- en la negación de ellos. La capacidad de “definir” la ley natural sin alterarla, el ciudadano la ha cedido al gobierno. Pero el segundo poder que él tenía (castigar a quien violara sus derechos) lo cede totalmente. El hombre se desarma y ya no puede castigar. El Estado tiene que interpretar la ley mediante un juez frente a cada conflicto y ejecutar su sentencia.
De ahí viene la división de los poderes. Locke está explicando un sistema que tiene dos instituciones: el Rey y el Parlamento. Entonces concede tres poderes al Rey y uno al Parlamento. El poder Legislativo corresponde al Parlamento. Al rey le corresponden el Poder Ejecutivo, el Poder Federativo y el Poder de Prerrogativa. El Poder Federativo es el manejo de las relaciones exteriores, que Locke distingue del Ejecutivo por un viejo pecado inglés.
Da amplísimas facultades “federativas” al rey porque las naciones entre sí siguen en “estado de naturaleza”. Es la sociedad civilizada la que se da el contrato, sin importar qué pase en las otras naciones. No hay un contrato político que haya superado la situación de naturaleza entre las naciones. Lo cual quiere decir que en el concierto de naciones el derecho a castigar sigue descentralizado y cada una aplica la ley como la quiera aplicar. En el pensamiento anglosajón hay algo así como “griegos” y “bárbaros”. “La civilización es para nosotros, y los que no la tienen son bárbaros”. Smith dice que “las relaciones comerciales se pueden hacer de dos maneras: con las naciones civilizadas a través de embajadores, y con el resto, a través de fortalezas”. En cuanto al Poder de Prerrogativa, es el manejo de lo que habitualmente se llama el “estado de necesidad”. Cuando las leyes no han previsto una situación de excepción, queda la rey la facultad de “reserva” que en nuestro país se han adjudicado tantas veces las fuerzas armadas.
Locke habla con un nuevo lenguaje de la tiranía. En Aristóteles, “tirano” era el rey que obraba en función del bien propio y no del bien común. Era la suya una calificación ética. Pero es difícil determinar cuándo se gobierna para el bien común y cuando no. El bien común es una noción difusa en cuyo nombre se han cometido incontables crímenes. El concepto de Locke y los liberales es otro. La “usurpación es el ejercicio de un poder para el cual no se tenía derecho” o para el cual otro tenía derecho. En cambio, “tiranía es el ejercicio del poder más allá del derecho”.
Por lo tanto, si un usurpador es consentido por la comunidad y se maneja dentro de la ley, puede llegar a ser legítimo. Y un rey legítimo, si se sale más allá del derecho, se convierte en tirano. No se dice que sea para el bien o el mal de los ciudadanos. Basta con que tome atribuciones que no le corresponden. Si definimos la libertad como la subordinación a la ley y no a otro individuo, desde el momento que el gobernante atraviesa las barreras de la ley, yo he pasado a estar bajo su voluntad. Yo ya no soy libre, aunque el gobernante me cuide y me dé todo lo que quiero.
Ya esto es despotismo, es tiranía. Tanto es así que cuando Montesquieu analiza las formas de gobierno no habla de tiranía sino de despotismo. Déspota es todo el que “pasa” más allá de la ley. La categoría “tiranía”, que tiene una connotación subjetiva, no le interesa a Montesquieu. El va directamente en contra de la tradición paternalista. Lo que le importa es que no haya déspotas, no si son buenos o malos. Nunca hubieran podido aceptar Locke o Montesquieu, por ejemplo, el “despotismo ilustrado”.
El “depósito liberal”
¿Cuál es el legado de Locke? Estas son las ideas de Locke que pasarán a formar parte del depósito de ideas liberales:
1- Ser libre es estar sujeto a la ley y no a otro individuo. Siempre estamos sujetos, lo crucial es “a qué” estamos sujetos. Si no estamos sujetos a la ley, somos esclavos del déspota o de nuestras pasiones.
2- La ley rige sobre gobernantes y gobernados por igual. Lo que manda en un Estado es el derecho. La ley positiva es un mandato abstracto surgido del Parlamento cuyo deber es interpretar la ley natural. La ley natural consiste en no dañar al otro, pero no existe ninguna ley natural compulsiva que obligue a hacer el bien, a beneficiar al otro. Sí hay, por cierto, una ley “moral” en tal sentido. La obligación de beneficiar viene por el canal religioso-moral, no por el estatal. El Estado es un mínimo de moral: esta idea es fundamental para el liberalismo.
3- Todo esto es para que podamos ser más y no menos morales. No lo dice expresamente Locke, pero es una presunción de toda su obra: la presunción de que hay un clima religioso, ético, en la comunidad. Los primeros colonos norteamericanos emigraban para poder ejercer su religión en forma libre. Iban para poder negarse a los placeres libremente, sin que nadie los obligara. Querían libertad para ser “mejores”. En el liberalismo originario hay una poderosa dimensión de religiosidad. Yo le doy al individuo la libertad política porque sé que, por su formación y educación, va a ejercitarla para el bien. Los primeros pensadores liberales escribieron cuando el clima moral dominante era el puritanismo y no, como hoy, el hedonismo.
4- El derecho está por encima del bien. El bien general no se puede definir. No se determina exactamente. El “bien común” es un concepto potencialmente totalitario. El “bien general” es el de una persona jurídica, abstracta, frente a la cual se sacrifican los derechos individuales. Así ocurre cuando se dice “hay libertad, pero esto o aquello, que es muy importante, ha de hacerlo el Estado”. El concepto debería ser inverso: lo que es importante deberían hacerlo los individuos. El bien común es aquello que el poderoso dice que es el bien común. El derecho, el “right”, en cambio, es preciso. Escribe Hayek: “Que haya leyes supone que alguna vez su aplicación hará daño”. Si la ley se aplicara sólo cuando no hiciera daño, no habría ley. Si la aplicación de una ley acarrea un daño, se la aplica igualmente. Si no, sería necesario que alguien dijera cuándo se puede aplicar la ley y cuándo no, con lo cual ella dejaría de regir.
Para el liberalismo no hay entidades colectivas “reales”. Son ficciones. Por eso no hay “good”, hay “goods”. Hay bienes individuales. ¿Y quién juzga fuera de mí lo que es bueno para mí? ¿Porqué otro va a decidir por mí cual sea mi bien? Los bienes que hay son los que cada uno busca. Uno quiere ser santo, otro abogado, otro deportista, etcétera. Y éstos serán sus bienes. Para el liberalismo, la sociedad política es una sociedad en cuanto “asociación”. La “comunidad” es un grupo de sangre en el cual estoy irremediablemente inscripto, aunque no lo quiera. Así es la familia. Si uno entiende la Argentina de esta manera, yo soy irremediablemente argentino, por ejemplo.
La comunidad está antes que yo. La sociedad, en cambio, es un grupo colectivo formado por consenso y que según las reglas que hemos admitido puede deshacerse algún día. Así, si un día la Argentina me cansa yo tomo un avión y me voy a vivir a otro lado. Eso pertenece a mi libertad. “lo que hay” en última instancia no son comunidades sino individuos que establecen entre ellos lazos consensuales a los cuales personificamos indebidamente al hablar de la comunidad. Ella es una “red de lazos”, no un ente aparte.
5- No hay poder legítimo sin consenso. El poder que tú tienes sobre mí existe si yo te lo dí.
6- “Beneficiarse”, si es legal, generalmente implica “beneficiar”. Buscar el beneficio propio no es una idea moral, pero es una realidad conducente. Las personas, para vivir, hacen cosas que las benefician (por ejemplo, toman y cultivan cien acres de tierra), pero el beneficio para sí resulta en un beneficio para los demás. A Smith nada le repugna más que el rico egoísta; lo detesta, pero reconoce que dejarlo hacer da resultados. Al hablar de la “mano invisible”, Smith lamenta que los hombres busquen más de lo que necesitan, pero es esa búsqueda la que genera trabajo para los demás. Dios, en su infinita sabiduría, hace servir las mezquindades de algunos hombres al bien de los demás. El liberal no goza con la ley de la “mano invisible”. La deplora, pero después de describirla científicamente, decide aprovecharla a la espera del progreso moral.
(Extractos de “Los pensadores de la libertad” de Mariano Grondona – Editorial Sudamericana SA – Buenos Aires 1986)
Si bien este criterio resulta de fácil reconocimiento en varias de las ramas de la ciencia experimental, no ocurre otro tanto en las descripciones humanas y sociales. John Locke escribió: "Así la Ley de la Naturaleza se alza como una norma eterna para todos los hombres, tanto para los legisladores como para los demás. Las normas que elaboran para las acciones de otros hombres, así como sus propias acciones y las de los demás hombres, han de conformarse a la Ley de la Naturaleza, es decir, a la voluntad de Dios" (Citado en "Teoría política moderna" de L. J. Macfarlane-Espasa-Calpe SA-Madrid 1978).
En este breve párrafo se advierte cierta compatibilidad del pensamiento de Locke respecto de la religión natural o deísmo. Ello se debe a que apunta a las leyes naturales como referencia a tener presente en cada acción y en cada pensamiento. También considera a tales leyes como la voluntad de un Creador, o bien la "voluntad" implícita de un orden natural, al cual nos debemos adaptar. Finalmente considera que toda ley humana que provenga del Derecho, debe ser compatible con las leyes naturales. Toda desviación a este criterio, se orienta hacia un gobierno, parcial o total, del hombre sobre el hombre, con resultados negativos para todos.
Si nos preguntamos acerca de cuál ley de la naturaleza nos conducirá hacia el bien propio y el de los demás, mientras que ha de rechazar el mal propio y el de los demás, ella será la empatía emocional, como el principal requisito que todo ser humano debe cumplir a fin de asegurar nuestra supervivencia plena y nuestra plena adaptación al orden natural.
Si adoptamos la predisposición a compatir las penas y las alegrías ajenas como propias, resulta evidente que nuncan haremos el mal a los demás porque, al compartirlo, será nuestro propio mal. Además, buscaremos hacer el bien a los demás ya que, al compartirlo, será nuestro propio bien. Todo esto viene expresado en el "Amarás al prójimo como a ti mismo". De ahí que resulte trágico para la humanidad seguir el ejemplo de la mayoría de los países de la Unión Europea, cuando tratan de destruir el cristianismo, incluso hasta el mínimo rastro de los símbolos cristianos. Y todo ello para favorecer al Islam, que promueve la lucha y hasta la eliminación de los "enemigos de la fe islámica", principalmente judíos y cristianos.
Respecto del pensamiento de John Locke, se menciona una síntesis escrita por Mariano Grondona:
Las bases del Estado
Los hombres van a acordar la formación de un Estado. Ese contrato se renueva constantemente, y el día en que emigramos y nos nacionalizamos en otro país hacemos otro contrato. Lo que funda el paso de la sociedad natural a la sociedad política es que “nadie puede tener poder sobre mí si yo no se lo he dado previamente”.
La base del poder es el consentimiento de los futuros gobernados. Los hombres han acordado formar una sociedad política, sociedad en la que habrá un gobierno y en la cual “la mayoría será capaz de gobernar sobre la minoría”. El argumento de Locke sobre la mayoría es el siguiente: como los individuos son distintos –y ellos son la realidad final de la sociedad- va a haber naturalmente diferencias de opiniones; por lo tanto, si consintieron en vivir juntos han aceptado necesariamente el principio de la mayoría porque si no existiera este principio no podrían vivir juntos. Si todos son iguales ante la ley, tienen que aceptar un principio práctico que les permita tomar decisiones.
Locke casi se resigna a la idea de la mayoría, cuyo alcance es muy limitado, ya que la mayoría no puede tener más poderes que los que el contrato confirió al Estado. No puede tener más derechos que aquellos que fueron transferidos. En Rousseau, la explicación de la mayoría es totalmente distinta. Para Rousseau existe la “voluntad general”, de un individuo colectivo llamado “pueblo”. Cuando la gente vota, según Locke, cada cual está defendiendo sus derechos e intereses como persona individual. En Rousseau, en cambio, lo que prevalece es la voluntad general del grupo, que sería una especie de persona colectiva que tiene una sola voluntad. Cuando votamos, estamos tratando de interpretar qué quiere esa voluntad general.
La mayoría, por serlo, supo interpretarla, tuvo razón, y la minoría se equivocó. La minoría, entonces, debe arrepentirse inmediatamente, con lo cual se restablece el principio de la unanimidad. Para Rousseau todo desvío de la unanimidad es una pérdida para el grupo porque éste debería identificarse con la voluntad general del mismo modo que un individuo se identifica consigo mismo. El que persiste en su disidencia es un traidor. El voto, en Locke, es un expediente práctico. En Rousseau, un sacramento.
¿Por qué se han unido los hombres? Locke lo explica: “Han querido abandonar una condición en la cual, si bien eran libres, estaban llenos de miedo y de peligros”. El estado de naturaleza es una sociedad incómoda, donde nadie conoce exactamente sus derechos y deberes sin ser, por ello, la sociedad cruel de Hobbes. Para abandonar aquella situación se juntan en sociedad unos con otros, “para la mutua preservación de la propiedad”. Aquí Locke utiliza el término “propiedad” en sentido amplio, como una palabra que resume todos los derechos. La sociedad política ha sido fundada, entonces, para reasegurar los derechos individuales. Alguien dijo que Locke imagina al Estado como una sociedad de seguros: nos hemos reunido para lograr que nuestros derechos estuvieran más y no menos protegidos.
Según Locke, el monarca absoluto es un déspota por definición porque en las monarquías absolutas los derechos individuales están sometidos a la voluntad de uno. No sólo los monarcas absolutos pueden ser déspotas, también puede ser despótica una mayoría que excede en sus facultades y no respeta los derechos de cada uno. Así queda planteada la posibilidad de una democracia totalitaria.
Entonces, lo que quiere la gente cuando se une en sociedad es, primero, una ley positiva, algo así como la reglamentación de la ley natural. En el estado de naturaleza existía una ley natural pero nadie sabía bien dónde empezaba y dónde terminaba. La ley positiva sólo tiene por fin fijar y puntualizar la aplicación de la ley natural. Con lo cual queda aceptada la famosa jerarquía de leyes de Santo Tomás de Aquino. Si una ley humana (inferior) va contra la ley natural (superior), no es verdadera “ley”. La sociedad se une además para lograr un juez “indiferente”, alguien imparcial que determine quien tiene razón en un conflicto determinado. Y, en tercer lugar, para que haya una autoridad que ejecute las sentencias de los jueces, que confiera poder a la ley y a quienes la interpretan.
“El hombre en estado de naturaleza tenía todos los poderes. Tenía la Propiedad, es decir el conjunto de sus derechos, y además la facultad de castigar a aquellos que violaran sus derechos”. El hombre cede sólo parcialmente su “propiedad”, para que la ley la reglamente, no para que la viole. El Estado “declara” que los derechos del hombre existen, no los “crea”. Debe reglamentarlos para asegurarlos sin caer –como tantas veces ocurre- en la negación de ellos. La capacidad de “definir” la ley natural sin alterarla, el ciudadano la ha cedido al gobierno. Pero el segundo poder que él tenía (castigar a quien violara sus derechos) lo cede totalmente. El hombre se desarma y ya no puede castigar. El Estado tiene que interpretar la ley mediante un juez frente a cada conflicto y ejecutar su sentencia.
De ahí viene la división de los poderes. Locke está explicando un sistema que tiene dos instituciones: el Rey y el Parlamento. Entonces concede tres poderes al Rey y uno al Parlamento. El poder Legislativo corresponde al Parlamento. Al rey le corresponden el Poder Ejecutivo, el Poder Federativo y el Poder de Prerrogativa. El Poder Federativo es el manejo de las relaciones exteriores, que Locke distingue del Ejecutivo por un viejo pecado inglés.
Da amplísimas facultades “federativas” al rey porque las naciones entre sí siguen en “estado de naturaleza”. Es la sociedad civilizada la que se da el contrato, sin importar qué pase en las otras naciones. No hay un contrato político que haya superado la situación de naturaleza entre las naciones. Lo cual quiere decir que en el concierto de naciones el derecho a castigar sigue descentralizado y cada una aplica la ley como la quiera aplicar. En el pensamiento anglosajón hay algo así como “griegos” y “bárbaros”. “La civilización es para nosotros, y los que no la tienen son bárbaros”. Smith dice que “las relaciones comerciales se pueden hacer de dos maneras: con las naciones civilizadas a través de embajadores, y con el resto, a través de fortalezas”. En cuanto al Poder de Prerrogativa, es el manejo de lo que habitualmente se llama el “estado de necesidad”. Cuando las leyes no han previsto una situación de excepción, queda la rey la facultad de “reserva” que en nuestro país se han adjudicado tantas veces las fuerzas armadas.
Locke habla con un nuevo lenguaje de la tiranía. En Aristóteles, “tirano” era el rey que obraba en función del bien propio y no del bien común. Era la suya una calificación ética. Pero es difícil determinar cuándo se gobierna para el bien común y cuando no. El bien común es una noción difusa en cuyo nombre se han cometido incontables crímenes. El concepto de Locke y los liberales es otro. La “usurpación es el ejercicio de un poder para el cual no se tenía derecho” o para el cual otro tenía derecho. En cambio, “tiranía es el ejercicio del poder más allá del derecho”.
Por lo tanto, si un usurpador es consentido por la comunidad y se maneja dentro de la ley, puede llegar a ser legítimo. Y un rey legítimo, si se sale más allá del derecho, se convierte en tirano. No se dice que sea para el bien o el mal de los ciudadanos. Basta con que tome atribuciones que no le corresponden. Si definimos la libertad como la subordinación a la ley y no a otro individuo, desde el momento que el gobernante atraviesa las barreras de la ley, yo he pasado a estar bajo su voluntad. Yo ya no soy libre, aunque el gobernante me cuide y me dé todo lo que quiero.
Ya esto es despotismo, es tiranía. Tanto es así que cuando Montesquieu analiza las formas de gobierno no habla de tiranía sino de despotismo. Déspota es todo el que “pasa” más allá de la ley. La categoría “tiranía”, que tiene una connotación subjetiva, no le interesa a Montesquieu. El va directamente en contra de la tradición paternalista. Lo que le importa es que no haya déspotas, no si son buenos o malos. Nunca hubieran podido aceptar Locke o Montesquieu, por ejemplo, el “despotismo ilustrado”.
El “depósito liberal”
¿Cuál es el legado de Locke? Estas son las ideas de Locke que pasarán a formar parte del depósito de ideas liberales:
1- Ser libre es estar sujeto a la ley y no a otro individuo. Siempre estamos sujetos, lo crucial es “a qué” estamos sujetos. Si no estamos sujetos a la ley, somos esclavos del déspota o de nuestras pasiones.
2- La ley rige sobre gobernantes y gobernados por igual. Lo que manda en un Estado es el derecho. La ley positiva es un mandato abstracto surgido del Parlamento cuyo deber es interpretar la ley natural. La ley natural consiste en no dañar al otro, pero no existe ninguna ley natural compulsiva que obligue a hacer el bien, a beneficiar al otro. Sí hay, por cierto, una ley “moral” en tal sentido. La obligación de beneficiar viene por el canal religioso-moral, no por el estatal. El Estado es un mínimo de moral: esta idea es fundamental para el liberalismo.
3- Todo esto es para que podamos ser más y no menos morales. No lo dice expresamente Locke, pero es una presunción de toda su obra: la presunción de que hay un clima religioso, ético, en la comunidad. Los primeros colonos norteamericanos emigraban para poder ejercer su religión en forma libre. Iban para poder negarse a los placeres libremente, sin que nadie los obligara. Querían libertad para ser “mejores”. En el liberalismo originario hay una poderosa dimensión de religiosidad. Yo le doy al individuo la libertad política porque sé que, por su formación y educación, va a ejercitarla para el bien. Los primeros pensadores liberales escribieron cuando el clima moral dominante era el puritanismo y no, como hoy, el hedonismo.
4- El derecho está por encima del bien. El bien general no se puede definir. No se determina exactamente. El “bien común” es un concepto potencialmente totalitario. El “bien general” es el de una persona jurídica, abstracta, frente a la cual se sacrifican los derechos individuales. Así ocurre cuando se dice “hay libertad, pero esto o aquello, que es muy importante, ha de hacerlo el Estado”. El concepto debería ser inverso: lo que es importante deberían hacerlo los individuos. El bien común es aquello que el poderoso dice que es el bien común. El derecho, el “right”, en cambio, es preciso. Escribe Hayek: “Que haya leyes supone que alguna vez su aplicación hará daño”. Si la ley se aplicara sólo cuando no hiciera daño, no habría ley. Si la aplicación de una ley acarrea un daño, se la aplica igualmente. Si no, sería necesario que alguien dijera cuándo se puede aplicar la ley y cuándo no, con lo cual ella dejaría de regir.
Para el liberalismo no hay entidades colectivas “reales”. Son ficciones. Por eso no hay “good”, hay “goods”. Hay bienes individuales. ¿Y quién juzga fuera de mí lo que es bueno para mí? ¿Porqué otro va a decidir por mí cual sea mi bien? Los bienes que hay son los que cada uno busca. Uno quiere ser santo, otro abogado, otro deportista, etcétera. Y éstos serán sus bienes. Para el liberalismo, la sociedad política es una sociedad en cuanto “asociación”. La “comunidad” es un grupo de sangre en el cual estoy irremediablemente inscripto, aunque no lo quiera. Así es la familia. Si uno entiende la Argentina de esta manera, yo soy irremediablemente argentino, por ejemplo.
La comunidad está antes que yo. La sociedad, en cambio, es un grupo colectivo formado por consenso y que según las reglas que hemos admitido puede deshacerse algún día. Así, si un día la Argentina me cansa yo tomo un avión y me voy a vivir a otro lado. Eso pertenece a mi libertad. “lo que hay” en última instancia no son comunidades sino individuos que establecen entre ellos lazos consensuales a los cuales personificamos indebidamente al hablar de la comunidad. Ella es una “red de lazos”, no un ente aparte.
5- No hay poder legítimo sin consenso. El poder que tú tienes sobre mí existe si yo te lo dí.
6- “Beneficiarse”, si es legal, generalmente implica “beneficiar”. Buscar el beneficio propio no es una idea moral, pero es una realidad conducente. Las personas, para vivir, hacen cosas que las benefician (por ejemplo, toman y cultivan cien acres de tierra), pero el beneficio para sí resulta en un beneficio para los demás. A Smith nada le repugna más que el rico egoísta; lo detesta, pero reconoce que dejarlo hacer da resultados. Al hablar de la “mano invisible”, Smith lamenta que los hombres busquen más de lo que necesitan, pero es esa búsqueda la que genera trabajo para los demás. Dios, en su infinita sabiduría, hace servir las mezquindades de algunos hombres al bien de los demás. El liberal no goza con la ley de la “mano invisible”. La deplora, pero después de describirla científicamente, decide aprovecharla a la espera del progreso moral.
(Extractos de “Los pensadores de la libertad” de Mariano Grondona – Editorial Sudamericana SA – Buenos Aires 1986)
domingo, 2 de agosto de 2026
Crisis europea: ¿espontanea o promovida?
La importante inmigración musulmana y africana no selectiva, en Europa, mejor llamada "invasión", amparada en el "multiculturalismo", resulta ser un proceso altamente negativo y destructivo para varias naciones europeas. Dicho proceso, dada su amplia trascendencia, no parece ser un proceso nacido en forma espontanea, sino promovido por sectores con fuertes medios económicos y políticos.
Al respecto leemos: "El globalismo no es globalización, sino una demoledora ideología que supone el más ambicioso proyecto de ingeniería social y control total en curso. Institucionalizada en organizaciones que, por definición, no tienen ni patria ni territorio ni pueblo, esta ideología pretende parir un régimen político antidemocrático de alcance global. Así la soberanía de las naciones se redistribuye entre organizaciones supranacionales como el Foro Económico Mundial o la ONU con su agenda 2030, liberadas de las limitaciones de los intereses particulares de los pueblos, para coordinar las transformaciones necesarias para nuestra supervivencia. El globalismo también propone nuevas formas de legitimidad basadas en la tecnocracia y la supuesta filantropía de organizaciones como la Fundación Gates, la Open Society de Soros, y la Fundación Rockefeller" (De "Globalismo" de Agustín Laje-HarperEnfoque-Nashville 2024).
El colectivismo en un país implica la existencia de un mando central totalitario que tiende a anular toda acción individual. De ahí que el globalismo puede ser considerado como un colectivismo de naciones con un mando central que tiende a anular toda acción a nivel de los países. Thorsten Polleit escribió:
Desde el inicio, es fácil ver que el globalismo –que también puede ser llamado globalización política– no tiene absolutamente nada que ver con la globalización económica.
Globalización económica significa libre comercio y libre mercado. Se trata de un arreglo que no sólo no necesita de la intervención de los gobiernos y burócratas, funciona mucho mejor sin ellos. Yendo más lejos, se trata de un arreglo que surge naturalmente cuando no hay políticos y burócratas imponiendo obstáculos a las transacciones humanas.
El globalismo es exactamente lo contrario: Se trata de un arreglo que sólo existe por causa de políticos y burócratas. Sería impensable realizar el globalismo si no hubiese políticos y burócratas.
El globalismo es una política internacionalista, implantada por burócratas, que ven el mundo entero como una esfera propicia para su influencia política. El objetivo del globalismo es determinar, dirigir y controlar todas las relaciones entre los ciudadanos de varios continentes por medio de intervenciones y decretos autoritarios.
Ese es el argumento central del globalismo: Lidiar con los problemas cada vez más complejos de este mundo –que van desde crisis económicas hasta la protección del ambiente– requiere un proceso centralizado de toma de decisiones, a nivel mundial. Consecuentemente, las leyes sociales, laborales y reglamentaciones económicas deben ser “armonizadas” alrededor del mundo por un cuerpo burocrático supranacional, con la imposición de legislaciones sociales uniformes y políticas específicas para cada sector de la economía de cada país.
El Estado –Nación– en la condición de representante soberano del pueblo, se tornó obsoleto y debe ser sustituido por un poder político transnacional, globalmente activo e inmune a los deseos del pueblo.
Obviamente, la filosofía detrás de esa mentalidad es puramente socialista-colectivista.
Representa también el pilar de la Unión Europea (UE). En última instancia, el objetivo de la UE es crear un súper-Estado europeo, en el cual las naciones-Estado de Europa se irían disolviendo como cubos de azúcar en una cuchara caliente de té. Fue principalmente de eso que los británicos querían huir.
Al menos para el futuro próximo, este sueño burocrático llegó a su fin. El deseo de imponer una uniformidad se hundió en medio de una dura y difícil realidad política y económica. La UE está pasando por cambios radicales –culminando con una decisión de los británicos de salir de ella– y puede incluso entrar en colapso dependiendo de los resultados electorales en algunos importantes países europeos (Francia, Holanda, Alemania y posiblemente Italia).
Con Donald Trump en la presidencia americana no hay ningún apoyo intelectual de los EUA al proyecto de unificación europea. El cambio de poder y de dirección en Washington disminuyó el poder de influencia de los globalistas –lo que permite alguna esperanza de que una futura política exterior americana sea menos agresiva en términos militares. Trump –al contrario de sus predecesores– al menos no parece querer imponer un nuevo orden mundial. (Escrito en 2017)
Por otro lado, los defensores de la globalización económica tienen motivos para estar preocupados. El gobierno de Trump viene amenazando con medidas proteccionistas -mayormente en la forma de tarifas de importación– para supuestamente estimular el empleo y la producción en los EUA, igualmente con toda la teoría y realidad económica demostrando que el efecto será el opuesto.
Tamaña interferencia en la globalización económica, lo que representaría un retroceso en el tiempo, no sólo sería un ataque a la prosperidad, sino también puede degenerar en conflictos políticos, reencarnando antiguas riñas y contiendas. No es necesario ser así.
Para atacar e incluso aniquilar el globalismo no es necesario atacar y hacer retroceder la globalización económica.
La globalización es Steve Jobs, Jeff Bezos y Michael Dell; el globalismo es George Soros, el CFR, la Comisión Trilateral, los Rockefeller, los Rothschilds y la ONU.
Conclusión
Al paso que el globalismo representa el autoritarismo y la centralización del poder político en escala mundial, la globalización económica –que no es más que la división del trabajo y el libre comercio– representa la descentralización y la libertad, promoviendo una productiva y, aún más importante, pacifica cooperación más allá de las fronteras.
La restricción a la globalización económica –es decir, el proteccionismo– no es más que el miedo de los incapaces ante la inteligencia y las habilidades ajenas. Tal postura, además de moralmente condenable, por ser cobarde, es también extremadamente peligrosa. Como ya advertía Bastiat, si, en vez de permitirnos los beneficios de la libre competencia y del libre comercio, comenzamos a actuar incisivamente para impedir el progreso de otras naciones, no deberíamos sorprendernos cuando buena parte de esa inteligencia y habilidades que combatimos por medio de tarifas y restricciones de importaciones acabe volviéndose contra nosotros en el futuro, produciendo armas para guerras en vez de más y mejores bienes de consumo que ellos quieren y pueden producir, los cuales nosotros queremos voluntariamente consumir.
Como también dijo Bastiat, cuando los bienes dejan de cruzar las fronteras, los ejércitos lo hacen.
Por eso es de extrema importancia salvaguardar la globalización económica.
(Fragmentos de www.mises.org.es)
Al respecto leemos: "El globalismo no es globalización, sino una demoledora ideología que supone el más ambicioso proyecto de ingeniería social y control total en curso. Institucionalizada en organizaciones que, por definición, no tienen ni patria ni territorio ni pueblo, esta ideología pretende parir un régimen político antidemocrático de alcance global. Así la soberanía de las naciones se redistribuye entre organizaciones supranacionales como el Foro Económico Mundial o la ONU con su agenda 2030, liberadas de las limitaciones de los intereses particulares de los pueblos, para coordinar las transformaciones necesarias para nuestra supervivencia. El globalismo también propone nuevas formas de legitimidad basadas en la tecnocracia y la supuesta filantropía de organizaciones como la Fundación Gates, la Open Society de Soros, y la Fundación Rockefeller" (De "Globalismo" de Agustín Laje-HarperEnfoque-Nashville 2024).
El colectivismo en un país implica la existencia de un mando central totalitario que tiende a anular toda acción individual. De ahí que el globalismo puede ser considerado como un colectivismo de naciones con un mando central que tiende a anular toda acción a nivel de los países. Thorsten Polleit escribió:
Desde el inicio, es fácil ver que el globalismo –que también puede ser llamado globalización política– no tiene absolutamente nada que ver con la globalización económica.
Globalización económica significa libre comercio y libre mercado. Se trata de un arreglo que no sólo no necesita de la intervención de los gobiernos y burócratas, funciona mucho mejor sin ellos. Yendo más lejos, se trata de un arreglo que surge naturalmente cuando no hay políticos y burócratas imponiendo obstáculos a las transacciones humanas.
El globalismo es exactamente lo contrario: Se trata de un arreglo que sólo existe por causa de políticos y burócratas. Sería impensable realizar el globalismo si no hubiese políticos y burócratas.
El globalismo es una política internacionalista, implantada por burócratas, que ven el mundo entero como una esfera propicia para su influencia política. El objetivo del globalismo es determinar, dirigir y controlar todas las relaciones entre los ciudadanos de varios continentes por medio de intervenciones y decretos autoritarios.
Ese es el argumento central del globalismo: Lidiar con los problemas cada vez más complejos de este mundo –que van desde crisis económicas hasta la protección del ambiente– requiere un proceso centralizado de toma de decisiones, a nivel mundial. Consecuentemente, las leyes sociales, laborales y reglamentaciones económicas deben ser “armonizadas” alrededor del mundo por un cuerpo burocrático supranacional, con la imposición de legislaciones sociales uniformes y políticas específicas para cada sector de la economía de cada país.
El Estado –Nación– en la condición de representante soberano del pueblo, se tornó obsoleto y debe ser sustituido por un poder político transnacional, globalmente activo e inmune a los deseos del pueblo.
Obviamente, la filosofía detrás de esa mentalidad es puramente socialista-colectivista.
Representa también el pilar de la Unión Europea (UE). En última instancia, el objetivo de la UE es crear un súper-Estado europeo, en el cual las naciones-Estado de Europa se irían disolviendo como cubos de azúcar en una cuchara caliente de té. Fue principalmente de eso que los británicos querían huir.
Al menos para el futuro próximo, este sueño burocrático llegó a su fin. El deseo de imponer una uniformidad se hundió en medio de una dura y difícil realidad política y económica. La UE está pasando por cambios radicales –culminando con una decisión de los británicos de salir de ella– y puede incluso entrar en colapso dependiendo de los resultados electorales en algunos importantes países europeos (Francia, Holanda, Alemania y posiblemente Italia).
Con Donald Trump en la presidencia americana no hay ningún apoyo intelectual de los EUA al proyecto de unificación europea. El cambio de poder y de dirección en Washington disminuyó el poder de influencia de los globalistas –lo que permite alguna esperanza de que una futura política exterior americana sea menos agresiva en términos militares. Trump –al contrario de sus predecesores– al menos no parece querer imponer un nuevo orden mundial. (Escrito en 2017)
Por otro lado, los defensores de la globalización económica tienen motivos para estar preocupados. El gobierno de Trump viene amenazando con medidas proteccionistas -mayormente en la forma de tarifas de importación– para supuestamente estimular el empleo y la producción en los EUA, igualmente con toda la teoría y realidad económica demostrando que el efecto será el opuesto.
Tamaña interferencia en la globalización económica, lo que representaría un retroceso en el tiempo, no sólo sería un ataque a la prosperidad, sino también puede degenerar en conflictos políticos, reencarnando antiguas riñas y contiendas. No es necesario ser así.
Para atacar e incluso aniquilar el globalismo no es necesario atacar y hacer retroceder la globalización económica.
La globalización es Steve Jobs, Jeff Bezos y Michael Dell; el globalismo es George Soros, el CFR, la Comisión Trilateral, los Rockefeller, los Rothschilds y la ONU.
Conclusión
Al paso que el globalismo representa el autoritarismo y la centralización del poder político en escala mundial, la globalización económica –que no es más que la división del trabajo y el libre comercio– representa la descentralización y la libertad, promoviendo una productiva y, aún más importante, pacifica cooperación más allá de las fronteras.
La restricción a la globalización económica –es decir, el proteccionismo– no es más que el miedo de los incapaces ante la inteligencia y las habilidades ajenas. Tal postura, además de moralmente condenable, por ser cobarde, es también extremadamente peligrosa. Como ya advertía Bastiat, si, en vez de permitirnos los beneficios de la libre competencia y del libre comercio, comenzamos a actuar incisivamente para impedir el progreso de otras naciones, no deberíamos sorprendernos cuando buena parte de esa inteligencia y habilidades que combatimos por medio de tarifas y restricciones de importaciones acabe volviéndose contra nosotros en el futuro, produciendo armas para guerras en vez de más y mejores bienes de consumo que ellos quieren y pueden producir, los cuales nosotros queremos voluntariamente consumir.
Como también dijo Bastiat, cuando los bienes dejan de cruzar las fronteras, los ejércitos lo hacen.
Por eso es de extrema importancia salvaguardar la globalización económica.
(Fragmentos de www.mises.org.es)
jueves, 30 de julio de 2026
¿Hacia un colectivismo planetario?
Los colectivismos propuestos por los sistemas totalitarios, como el comunismo, son sociedades que en cierta forma se parecen a un hormiguero o a una colmena. Ante la absurda creencia que siempre los objetivos que busca y benefician a un individuo se oponen necesariamente a beneficiar al resto de la sociedad, se logra cierta justificación para establecer tal tipo de colectivismos.
En realidad, los colectivismos apuntan a unir a los seres humanos mediante vínculos materiales, como es el caso de los medios de producción, en lugar de buscarlos a través de la empatía emocional, como lo propone el cristianismo. Mientras que los vínculos materiales atan a las personas produciendo verdaderas cárceles colectivas, los vínculos emocionales mantienen vigentes las libertades individuales que conllevan a la formación de sociedades verdaderamente humanas.
Los colectivismos resultan ser sociedades artificiales, en el sentido de que son creaciones netamente humanas en las cuales se acentúa el gobierno del hombre sobre el hombre, partiendo de una desigualdad inicial que se mantiene en el tiempo. Por el contrario, las sociedades de individuos vinculados mediante la empatía emocional adoptan como base la principal ley natural que el orden natural ofrece para la supervivencia de la vida inteligente, como también de otros seres vivientes. De ahí aquella búsqueda del Reino de Dios, es decir, la búsqueda del gobierno de Dios sobre los hombres a través de las leyes naturales existentes.
Todo individuo que se rija por las leyes naturales en lugar de las leyes humanas, puede considerarse como alguien que se "autogobierna". De ahí que la ética bíblica, basada en la ley natural, permite tal tipo de autogobierno, que conduce a la libertad individual y colectiva. Debido a estos aspectos, el cristianismo es combatido en Europa por cuanto es la oposición a toda forma de colectivismo de tipo socialista o islámico.
Lamentablemente, la propia Iglesia Católica se ha hecho cómplice del proceso destructivo asociado a los gobiernos socialdemócratas europeos y al Islam. El aumento del porcentaje de musulmanes en Europa y la creciente inmigración no selectiva, apuntan a un reemplazo poblacional que avanza con bastante rapidez.
Mientras que la globalización económica apunta hacia la formación de un mercado mundial, se conoce como "globalismo" la formación de un gobierno con pretensiones planetarias, promovido principalmente por los sectores socialistas con el apoyo del Islam. Con el aumento de la población musulmana, serán en el futuro los partidos políticos islámicos los que triunfarán con el incondicional apoyo de sus adeptos y con una posible ruptura de la sociedad "socialismo-Islam".
Ello implica que, de continuar el proceso destructivo tal como en la actualidad se presenta, al cabo de algunos años, o decenas de años, será el Islam el totalitarismo y colectivismo triunfante, con un importante deterioro de lo que se considera como "civilización" por cuanto el Islam está lejos de ser una "religión de paz" siendo en realidad una ideología política con ambiciones de dominar e imponer sus reglas a toda la humanidad.
En realidad, los colectivismos apuntan a unir a los seres humanos mediante vínculos materiales, como es el caso de los medios de producción, en lugar de buscarlos a través de la empatía emocional, como lo propone el cristianismo. Mientras que los vínculos materiales atan a las personas produciendo verdaderas cárceles colectivas, los vínculos emocionales mantienen vigentes las libertades individuales que conllevan a la formación de sociedades verdaderamente humanas.
Los colectivismos resultan ser sociedades artificiales, en el sentido de que son creaciones netamente humanas en las cuales se acentúa el gobierno del hombre sobre el hombre, partiendo de una desigualdad inicial que se mantiene en el tiempo. Por el contrario, las sociedades de individuos vinculados mediante la empatía emocional adoptan como base la principal ley natural que el orden natural ofrece para la supervivencia de la vida inteligente, como también de otros seres vivientes. De ahí aquella búsqueda del Reino de Dios, es decir, la búsqueda del gobierno de Dios sobre los hombres a través de las leyes naturales existentes.
Todo individuo que se rija por las leyes naturales en lugar de las leyes humanas, puede considerarse como alguien que se "autogobierna". De ahí que la ética bíblica, basada en la ley natural, permite tal tipo de autogobierno, que conduce a la libertad individual y colectiva. Debido a estos aspectos, el cristianismo es combatido en Europa por cuanto es la oposición a toda forma de colectivismo de tipo socialista o islámico.
Lamentablemente, la propia Iglesia Católica se ha hecho cómplice del proceso destructivo asociado a los gobiernos socialdemócratas europeos y al Islam. El aumento del porcentaje de musulmanes en Europa y la creciente inmigración no selectiva, apuntan a un reemplazo poblacional que avanza con bastante rapidez.
Mientras que la globalización económica apunta hacia la formación de un mercado mundial, se conoce como "globalismo" la formación de un gobierno con pretensiones planetarias, promovido principalmente por los sectores socialistas con el apoyo del Islam. Con el aumento de la población musulmana, serán en el futuro los partidos políticos islámicos los que triunfarán con el incondicional apoyo de sus adeptos y con una posible ruptura de la sociedad "socialismo-Islam".
Ello implica que, de continuar el proceso destructivo tal como en la actualidad se presenta, al cabo de algunos años, o decenas de años, será el Islam el totalitarismo y colectivismo triunfante, con un importante deterioro de lo que se considera como "civilización" por cuanto el Islam está lejos de ser una "religión de paz" siendo en realidad una ideología política con ambiciones de dominar e imponer sus reglas a toda la humanidad.
miércoles, 29 de julio de 2026
Thomas Sowell escribe acerca de la esclavitud
Entre las contradicciones que se advierten en las sociedades de este siglo XXI, en las cuales se busca aparentemente la paz y la igualdad entre los seres humanos, se combate simultáneamente al cristianismo, como ocurre principalmente en países europeos. Posiblemente no exista otra solución mejor que la que surge de una generalizada aceptación del "Amarás al prójimo como a ti mismo". Esta actitud o predisposición puede surgir también de la evidencia de que todos los seres humanos estamos regidos por iguales leyes naturales y ubicados en nuestro planeta por un proceso evolutivo que está sobre cualquiera de las decisiones y creencias humanas. Sólo nos queda la posibilidad de admitir la instancia superior, que son las leyes naturales surgidas de la voluntad de un Creador, o bien tales leyes por sí solas habrán de constituir tal instancia superior.
Por el contrario, en la actualidad predominan ideas y sugerencias que proponen ubicarse como miembro de algún grupo antagónico a otros grupos o sectores sociales, bajo la absurda creencia de que el orden natural no es otra cosa que un conjunto de leyes que favorecen un eterno conflicto entre opresores y oprimidos, quedando al ser humano la tarea de corregir tal supuesto "error" atribuido al propio orden natural.
A partir de hechos violentos de tipo racial, como los ocurridos en los EEUU algunos años atrás, se advierte la intención de promover mayores disturbios y violencia antes que buscar soluciones pacíficas. Incluso se puede decir que ha surgido, o intensificado, un nuevo racismo; y es el establecido contra los blancos. Se aduce que los blancos, en general, son esclavistas y racistas y que, por ello mismo, deben ser atacados de alguna forma, siempre bajo la idea de una infaltable lucha entre opresores y oprimidos.
Se olvida que un afroamericano fue elegido presidente de EEUU (Barack Obama) con el voto de muchos blancos, que la Guerra Civil del siglo XIX fue causada por el antagonismo entre promotores y abolicionistas de la esclavitud. Se olvida que en los EEUU viven millones de personas de muy distintos orígenes étnicos, por lo que no debería generalizarse como representativo de la actitud de los blancos el accionar irresponsable de algunos policías, de algunos jueces o de sectores minoritarios como el Ku-Klux-Klan.
Respecto de este tema, disponemos de la autorizada opinión del economista afro-americano Thomas Sowell, de quien se transcriben los siguientes párrafos:
ESCLAVITUD
Además de sus propios males en su propio tiempo, la esclavitud ha generado falacias que perduran hasta el día de hoy y provocan confusión en cuanto a muchos temas. El distinguido historiador Daniel J. Boorstin dijo algo que muchos estudiosos conocen muy bien y que, sin embargo, no es conocido por el público en general; señaló que, con la transportación masiva de cautivos africanos al hemisferio occidental, "por primera vez en la historia occidental el estatus de esclavo coincidió con una diferencia racial".
En épocas anteriores, durante siglos, europeos esclavizaron a otros europeos, asiáticos a otros asiáticos, y africanos a otros africanos. Sólo en la época moderna la riqueza y la tecnología permitieron organizar la transportación masiva de gente a través del océano, tanto en caso de esclavos como en el de inmigrantes libres. Los europeos no eran los únicos en transportar masas de seres humanos esclavizados de un continente a otro. Los piratas de la Costa de Berbería, en el norte de África, capturaron y esclavizaron entre 1500 y 1800 a un millón de europeos como mínimo; hubo más europeos convertidos en esclavos en el norte de África que africanos llevados como esclavos a los Estados Unidos y antes, a las colonias que más tarde formaron este país. Además, a los europeos se los continuó vendiendo y comprando en los mercados de esclavos del mundo islámico décadas después de la liberación de los negros en Estados Unidos.
De hecho, la esclavitud fue una institución universal en los países del mundo entero a lo largo de miles de años que registra la historia. Existen evidencias arqueológicas que indican que los seres humanos aprendieron a esclavizar a otros antes de haber aprendido a escribir. Una de las muchas falacias sobre la esclavitud, en concreto, es la que afirma que ésta se basa en principios raciales; se sostiene debido a la simple pero persuasiva práctica de concentrarse sólo en la esclavización de africanos por europeos, como si esto fuera algo esclusivo, y no sólo una parte de una tragedia humana mucho más grande, de carácter universal. El racismo nació de la esclavitud de africanos, sobre todo en Estados Unidos, pero la esclavitud precedió al racismo en miles de años. Europeos habían esclavizado a otros europeos siglos antes de que al primer africano se le hubiera traído como esclavo al hemisferio occidental.
Aunque la esclavitud se aceptara con facilidad como un hecho más en la vida en el mundo entero durante siglos y siglos, en ningún momento llegó a alcanzar una aceptación tan general como en Estados Unidos, país que se basaba sobre principios de igualdad con los que la esclavitud estaba en una contradicción obvia e irreconciliable. La esclavitud estuvo bajo ataques ideológicos a partir de la primera versión de la Declaración de Independencia y varios Estados norteños la prohibieron de inmediato en los primeros años después de independizarse. Incluso en el sur, la ideología de la libertad no dejó de producir su efecto: algunos de los colonos, al ganar su propia libertad de Inglaterra, liberaron por voluntad propia a decenas de miles de esclavos.
La mayoría de los esclavistas sureños, sin embargo, estaban decididos a retener a sus esclavos, para lo cual hubo que crear alguna defensa contra la ideología de la libertad y las omnipresentes críticas de la esclavitud que eran su corolario. Esa defensa fue el racismo. Una defensa así era innecesaria en sociedades no libres, tales como la de Brasil, que importó más esclavos que Estados Unidos pero no desarrolló niveles tan virulento de racismo como en los Estados del sur. Fuera de la civilización occidental no había necesidad alguna de defender la esclavitud, ya que las sociedades no occidentales no veían nada malo en ella. Tampoco en la civilización occidental anterior al siglo XVIII hubo necesidad alguna de defender la esclavitud.
El racismo llegó a ser la justificación de la esclavitud en una sociedad donde no podía justificarla de ninguna otra manera, y los siglos de racismo no se han desvanecido de golpe con la abolición de la esclavitud que lo había originado. Pero la dirección de su causalidad fue diametralmente opuesta a la que indican quienes tratan de presentar que la esclavización de africanos fue resultado del racismo. No obstante, el racismo se convirtió en uno de los duraderos legados de la esclavitud. En qué medida sigue perdurando y cuál es su intensidad el día de hoy es algo que se puede examinar y someter a debate. Pero muchas otras cosas que se consideran legados de la esclavitud sólo se pueden comprobar de manera empírica y no aceptarse como conclusiones previas.
CRIMINALIDAD Y VIOLENCIA
La historia de la criminalidad y violencia entre los negros contradice a muchas creencias difundidas acerca de sus causas. Pobreza, desempleo y discriminación racial se citan con frecuencia entre las causas principales de los brotes de violencia y criminalidad entre los negros. Muchos están convencidos de esto que no ven ninguna necesidad de examinar los hechos históricos.
La criminalidad entre los estadunidenses negros, al igual que entre los estadunidenses blancos, fue disminuyendo en los años anteriores a la década de los sesenta, con sus históricas leyes de derechos civiles y sus programas de Guerra a la pobreza. Pero fue durante la década de los sesenta cuando la tasa de criminalidad tanto entre los negros como entre los blancos comenzaron a dispararse, y fue después de la aprobación de las históricas leyes cuando los negros empezaron a protagonizar disturbios en las ciudades por todo el país.
Varios días después de la aprobación del Voting Rights Act de 1965, en Watts, un barrio de Los Angeles habitado por negros, estalló la primera de los cientos de disturbios que sacudirían las ciudades estadunidenses durante los cuatro años siguientes. Estos disturbios no se producían allí donde los negros todavía eran muy pobres o los más oprimidos, o sea en el sur. De hecho, las ciudades sureñas pocas veces sufrieron a causa de disturbios como los que sacudían a numerosas ciudades del norte y arrasaban con muchos de los barrios negros de esas ciudades. En los disturbios de Watts perecieron 34 personas, pero dos años más tarde, cuando los negros se amotinaron en Detroit, hubo 43 víctimas mortales.
Aunque Detroit fue el lugar de los disturbios más violentos entre todos los que sacudieron casi la totalidad de las ciudades norteñas durante la década de los sesenta, la tasa de pobreza entre la población negra de Detroit apenas llegaba a la mitad de la de los negros a nivel nacional, el número de negros que eran propietarios de sus viviendas era el más alto en el país, y su tasa de desempleo era de 3,4%, es decir, más baja que la de los blancos a nivel nacional. Detroit fue sacudido por disturbios masivos no porque fuese un área de desastre. Se convirtió en área de desastre económico después de esos disturbios, al igual que los barrios negros en muchas otras ciudades por todo el país. Por si fuera poco, en estas ciudades, los barrios sacudidos por los disturbios siguieron siendo zonas de desastre durante décadas, lo que ocasionaba que fuese muy difícil establecer allí cualquier tipo de negocio; esto, a su vez, reducía el acceso tanto a empleos como a lugares de compra, de modo que la clase media, tanto blanca como negra, optó por trasladarse a los suburbios.
Cualesquiera que fueran las causas de estas olas de disturbios, independientemente de si se tratara de factores históricos o de incidentes recientes, con toda evidencia no eran los factores que se han citado hasta lo infinito pero que no son más que falacias. Los peores disturbios de guetos ocurrieron en momentos y lugares precisos cuando y donde se emprendían más acciones para prevenirlos, tales como la promoción de políticas de bienestar social y restricción de la policía. Y a la inversa, los disturbios eran menos destructivos y a veces inexistentes en lugares y momentos en que los funcionarios daban muestras de un enfoque opuesto.
Como ya se ha señalado, las ciudades sureñas sufrieron mucho menos a causa de los disturbios. Entre las norteñas, Chicago fue una de las menos afectadas. Hasta 1967, allí no hubo disturbios. Al año siguiente, cuando los disturbios despertados por el asesinato de Martin Luther King ardían por todo el país, el alcalde de Chicago, Richard J. Daley, dio a su policía la orden de "disparar a matar", que dio origen a muchas críticas y debates públicos, pero la cantidad de muertes a causa de disturbios en Chicago fue apenas una fracción de las ocurridas en ciudades como Detroit, donde se emplearon expresiones más humanas y compasivas y donde las acciones de la policía fueron restringidas.
A nivel de la nación, la mayoría de los disturbios en los guetos urbanos ocurrieron durante la administración de Johnson; en cambio, en los ocho años de la administración de Reagan no hubo un solo disturbio urbano importante. Sin embargo, realidades tan innegables no hacen mella en las creencias en boga, ni entonces, ni ahora. Tanto los políticos como los activistas tienen un gran interés en insistir en falacias raciales, las cuales atribuyen los avances de los negros a políticos y activistas, y echan a otros la culpa de sus regresiones.
(Extractos de "Economía: verdades y mentiras"-Editorial Océano de México SA-México 2011)
Por el contrario, en la actualidad predominan ideas y sugerencias que proponen ubicarse como miembro de algún grupo antagónico a otros grupos o sectores sociales, bajo la absurda creencia de que el orden natural no es otra cosa que un conjunto de leyes que favorecen un eterno conflicto entre opresores y oprimidos, quedando al ser humano la tarea de corregir tal supuesto "error" atribuido al propio orden natural.
A partir de hechos violentos de tipo racial, como los ocurridos en los EEUU algunos años atrás, se advierte la intención de promover mayores disturbios y violencia antes que buscar soluciones pacíficas. Incluso se puede decir que ha surgido, o intensificado, un nuevo racismo; y es el establecido contra los blancos. Se aduce que los blancos, en general, son esclavistas y racistas y que, por ello mismo, deben ser atacados de alguna forma, siempre bajo la idea de una infaltable lucha entre opresores y oprimidos.
Se olvida que un afroamericano fue elegido presidente de EEUU (Barack Obama) con el voto de muchos blancos, que la Guerra Civil del siglo XIX fue causada por el antagonismo entre promotores y abolicionistas de la esclavitud. Se olvida que en los EEUU viven millones de personas de muy distintos orígenes étnicos, por lo que no debería generalizarse como representativo de la actitud de los blancos el accionar irresponsable de algunos policías, de algunos jueces o de sectores minoritarios como el Ku-Klux-Klan.
Respecto de este tema, disponemos de la autorizada opinión del economista afro-americano Thomas Sowell, de quien se transcriben los siguientes párrafos:
ESCLAVITUD
Además de sus propios males en su propio tiempo, la esclavitud ha generado falacias que perduran hasta el día de hoy y provocan confusión en cuanto a muchos temas. El distinguido historiador Daniel J. Boorstin dijo algo que muchos estudiosos conocen muy bien y que, sin embargo, no es conocido por el público en general; señaló que, con la transportación masiva de cautivos africanos al hemisferio occidental, "por primera vez en la historia occidental el estatus de esclavo coincidió con una diferencia racial".
En épocas anteriores, durante siglos, europeos esclavizaron a otros europeos, asiáticos a otros asiáticos, y africanos a otros africanos. Sólo en la época moderna la riqueza y la tecnología permitieron organizar la transportación masiva de gente a través del océano, tanto en caso de esclavos como en el de inmigrantes libres. Los europeos no eran los únicos en transportar masas de seres humanos esclavizados de un continente a otro. Los piratas de la Costa de Berbería, en el norte de África, capturaron y esclavizaron entre 1500 y 1800 a un millón de europeos como mínimo; hubo más europeos convertidos en esclavos en el norte de África que africanos llevados como esclavos a los Estados Unidos y antes, a las colonias que más tarde formaron este país. Además, a los europeos se los continuó vendiendo y comprando en los mercados de esclavos del mundo islámico décadas después de la liberación de los negros en Estados Unidos.
De hecho, la esclavitud fue una institución universal en los países del mundo entero a lo largo de miles de años que registra la historia. Existen evidencias arqueológicas que indican que los seres humanos aprendieron a esclavizar a otros antes de haber aprendido a escribir. Una de las muchas falacias sobre la esclavitud, en concreto, es la que afirma que ésta se basa en principios raciales; se sostiene debido a la simple pero persuasiva práctica de concentrarse sólo en la esclavización de africanos por europeos, como si esto fuera algo esclusivo, y no sólo una parte de una tragedia humana mucho más grande, de carácter universal. El racismo nació de la esclavitud de africanos, sobre todo en Estados Unidos, pero la esclavitud precedió al racismo en miles de años. Europeos habían esclavizado a otros europeos siglos antes de que al primer africano se le hubiera traído como esclavo al hemisferio occidental.
Aunque la esclavitud se aceptara con facilidad como un hecho más en la vida en el mundo entero durante siglos y siglos, en ningún momento llegó a alcanzar una aceptación tan general como en Estados Unidos, país que se basaba sobre principios de igualdad con los que la esclavitud estaba en una contradicción obvia e irreconciliable. La esclavitud estuvo bajo ataques ideológicos a partir de la primera versión de la Declaración de Independencia y varios Estados norteños la prohibieron de inmediato en los primeros años después de independizarse. Incluso en el sur, la ideología de la libertad no dejó de producir su efecto: algunos de los colonos, al ganar su propia libertad de Inglaterra, liberaron por voluntad propia a decenas de miles de esclavos.
La mayoría de los esclavistas sureños, sin embargo, estaban decididos a retener a sus esclavos, para lo cual hubo que crear alguna defensa contra la ideología de la libertad y las omnipresentes críticas de la esclavitud que eran su corolario. Esa defensa fue el racismo. Una defensa así era innecesaria en sociedades no libres, tales como la de Brasil, que importó más esclavos que Estados Unidos pero no desarrolló niveles tan virulento de racismo como en los Estados del sur. Fuera de la civilización occidental no había necesidad alguna de defender la esclavitud, ya que las sociedades no occidentales no veían nada malo en ella. Tampoco en la civilización occidental anterior al siglo XVIII hubo necesidad alguna de defender la esclavitud.
El racismo llegó a ser la justificación de la esclavitud en una sociedad donde no podía justificarla de ninguna otra manera, y los siglos de racismo no se han desvanecido de golpe con la abolición de la esclavitud que lo había originado. Pero la dirección de su causalidad fue diametralmente opuesta a la que indican quienes tratan de presentar que la esclavización de africanos fue resultado del racismo. No obstante, el racismo se convirtió en uno de los duraderos legados de la esclavitud. En qué medida sigue perdurando y cuál es su intensidad el día de hoy es algo que se puede examinar y someter a debate. Pero muchas otras cosas que se consideran legados de la esclavitud sólo se pueden comprobar de manera empírica y no aceptarse como conclusiones previas.
CRIMINALIDAD Y VIOLENCIA
La historia de la criminalidad y violencia entre los negros contradice a muchas creencias difundidas acerca de sus causas. Pobreza, desempleo y discriminación racial se citan con frecuencia entre las causas principales de los brotes de violencia y criminalidad entre los negros. Muchos están convencidos de esto que no ven ninguna necesidad de examinar los hechos históricos.
La criminalidad entre los estadunidenses negros, al igual que entre los estadunidenses blancos, fue disminuyendo en los años anteriores a la década de los sesenta, con sus históricas leyes de derechos civiles y sus programas de Guerra a la pobreza. Pero fue durante la década de los sesenta cuando la tasa de criminalidad tanto entre los negros como entre los blancos comenzaron a dispararse, y fue después de la aprobación de las históricas leyes cuando los negros empezaron a protagonizar disturbios en las ciudades por todo el país.
Varios días después de la aprobación del Voting Rights Act de 1965, en Watts, un barrio de Los Angeles habitado por negros, estalló la primera de los cientos de disturbios que sacudirían las ciudades estadunidenses durante los cuatro años siguientes. Estos disturbios no se producían allí donde los negros todavía eran muy pobres o los más oprimidos, o sea en el sur. De hecho, las ciudades sureñas pocas veces sufrieron a causa de disturbios como los que sacudían a numerosas ciudades del norte y arrasaban con muchos de los barrios negros de esas ciudades. En los disturbios de Watts perecieron 34 personas, pero dos años más tarde, cuando los negros se amotinaron en Detroit, hubo 43 víctimas mortales.
Aunque Detroit fue el lugar de los disturbios más violentos entre todos los que sacudieron casi la totalidad de las ciudades norteñas durante la década de los sesenta, la tasa de pobreza entre la población negra de Detroit apenas llegaba a la mitad de la de los negros a nivel nacional, el número de negros que eran propietarios de sus viviendas era el más alto en el país, y su tasa de desempleo era de 3,4%, es decir, más baja que la de los blancos a nivel nacional. Detroit fue sacudido por disturbios masivos no porque fuese un área de desastre. Se convirtió en área de desastre económico después de esos disturbios, al igual que los barrios negros en muchas otras ciudades por todo el país. Por si fuera poco, en estas ciudades, los barrios sacudidos por los disturbios siguieron siendo zonas de desastre durante décadas, lo que ocasionaba que fuese muy difícil establecer allí cualquier tipo de negocio; esto, a su vez, reducía el acceso tanto a empleos como a lugares de compra, de modo que la clase media, tanto blanca como negra, optó por trasladarse a los suburbios.
Cualesquiera que fueran las causas de estas olas de disturbios, independientemente de si se tratara de factores históricos o de incidentes recientes, con toda evidencia no eran los factores que se han citado hasta lo infinito pero que no son más que falacias. Los peores disturbios de guetos ocurrieron en momentos y lugares precisos cuando y donde se emprendían más acciones para prevenirlos, tales como la promoción de políticas de bienestar social y restricción de la policía. Y a la inversa, los disturbios eran menos destructivos y a veces inexistentes en lugares y momentos en que los funcionarios daban muestras de un enfoque opuesto.
Como ya se ha señalado, las ciudades sureñas sufrieron mucho menos a causa de los disturbios. Entre las norteñas, Chicago fue una de las menos afectadas. Hasta 1967, allí no hubo disturbios. Al año siguiente, cuando los disturbios despertados por el asesinato de Martin Luther King ardían por todo el país, el alcalde de Chicago, Richard J. Daley, dio a su policía la orden de "disparar a matar", que dio origen a muchas críticas y debates públicos, pero la cantidad de muertes a causa de disturbios en Chicago fue apenas una fracción de las ocurridas en ciudades como Detroit, donde se emplearon expresiones más humanas y compasivas y donde las acciones de la policía fueron restringidas.
A nivel de la nación, la mayoría de los disturbios en los guetos urbanos ocurrieron durante la administración de Johnson; en cambio, en los ocho años de la administración de Reagan no hubo un solo disturbio urbano importante. Sin embargo, realidades tan innegables no hacen mella en las creencias en boga, ni entonces, ni ahora. Tanto los políticos como los activistas tienen un gran interés en insistir en falacias raciales, las cuales atribuyen los avances de los negros a políticos y activistas, y echan a otros la culpa de sus regresiones.
(Extractos de "Economía: verdades y mentiras"-Editorial Océano de México SA-México 2011)
martes, 28 de julio de 2026
San Martín se entrevista con aborígenes
En la segunda década del siglo XIX, cuando el general José de San Martín organiza el Ejército de Los Andes, pide entrevistarse con varios caciques pehuenches en el sur de la provincia de Mendoza. Era su idea pedir el apoyo de tales pueblos en vista a engañar a los españoles, que estaban en Chile, haciéndoles creer que iba a pasar con su ejército por el sur de Mendoza, cuando en realidad habría de hacerlo por el norte y por la provincia de San Juan.
De esa manera, con la información recibida por los españoles, habrían de reunir el grueso de su ejército en el sector sur, esperando a los invasores que habrían de atravesar la cordillera. El detalle importante es el siguiente: si los pehuenches se oponían al paso del Ejército de los Andes por sus tierras, de alguna manera los españoles habrían de enterarse y el plan original no tendría éxito.
Es interesante advertir que muchos aborígenes vivían sin conflictos en pleno siglo XIX, a pesar de las críticas acerca de una supuesta "limpieza étnica" atribuida a los colonizadores españoles. Aunque no siempre los colonizadores actuaron en favor de los aborígenes, como parece haber sido el caso de la explotación laboral socialista de los guaraníes por parte de los curas jesuítas, quienes fueron echados del noroeste argentino y sur paraguayo por orden de las autoridades españolas del siglo XVIII.
También existen difamaciones contra el general Julio A. Roca, quien enfrentó militarmente a ciertos grupos de aborígenes que se negaban a una vida pacífica o civilizada, ya que se dedicaban al robo y a atacar a los pobladores blancos, ocasionando, según los historiadores, unas 50.000 víctimas además de secuestros y otros actos delictivos.
Respecto del encuentro de San Martín con los caciques pehuenches, leemos: "Como parte de su inteligente labor en calidad de gobernador intendente de Cuyo, San Martín cultivó, apenas llegado, en 1814, buenas relaciones con los pehuenches que ocupaban las laderas orientales de la cordillera. Éstos se hallaban en paz desde que el comandante militar de Mendoza, José Francisco de Amigorena, firmara tratados de paz y los respetara escrupulosamente. De tanto en tanto, los caciques llegaban a esa ciudad, visitaban las autoridades y recibían consideraciones y regalos" (De "La guerra de la Frontera" de Miguel Ángel De Marco-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2010).
En una carta dirigida al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredon, San Martín escribe: "He creído del mayor interés tener un parlamento general con los indios pehuenches, con doble objeto, primero, el que si se verifica la expedición a Chile, me permitan el paso por sus tierras, y segundo, el que auxilien el ejército con ganados, caballada y demás que estén a sus alcances, a los precios o cambios que se estipularán; al efecto se hallan reunidos en el Fuerte de San Carlos el gobernador Necuñan y demás caciques, por lo que me veo en la necesidad de ponerme en marcha hacia aquel destino, quedando en el entretanto mandando el ejército el señor brigadier don Bernardo O´Higgins".
El historiador William Miller describe el encuentro: "El día señalado para el parlamento a las ocho de la mañana empezaron a entrar al fuerte cada cacique por separado con sus hombres de guerra, y las mujeres y niños a retaguardia. Los primeros con el pelo suelto, desnudos de medio cuerpo para arriba y pintados hombres y caballos de diferentes colores; es decir, en el estado en que se ponen para pelear con sus enemigos. Cada cacique y sus tropas debían ser precedidos -y esta es una prerrogativa que no perdonan jamás porque creen que es un honor que debe hacérseles- por una partida de caballería de cristianos, tirando tiros en su obsequio. Al llegar a la explanada, las mujeres y niños se separan a un lado, y empiezan a escaramucear al gran galope y otros a hacer bailar sus caballos de un modo sorprendente. El fuerte tiraba cada seis minutos un tiro de Cañón, lo que celebraban golpeándose la boca, y dando espantosos gritos; un cuarto de hora duraba esta especie de torneo, y retirándose donde se hallaban sus mujeres, se mantenían formados, volviéndose a comenzar la misma maniobra que la anterior por otra nueva tribu".
Miguel Ángel De Marco escribió: "Poco después, los caciques se trasladaron al campamentos del Plumerillo, verdadera forja de un ejército profesional como quería San Martín, para enfrentar a los españoles. Sentado en círculo con ellos les habría dicho, palabras más, palabras menos, que los convocaba para reiterarles que los realistas iban a pasar desde Chile con su ejército para matar a todos los indios y robarles a sus mujeres e hijos. Agregó que «como él también era indio», cosa que pudo afirmar por su tez olivácea, bronceada por toda una vida en campaña, iba a acabar con los godos que les habían robado las tierras de sus antepasados. Esa expresión la oyó de sus labios su fiel colaborador, el coronel Manuel Olazábal, quien la registró en sus Memorias".
"En aquellos momentos, el ejército realizaba ejercicios con su acostumbrado lucimiento, mientras la artillería hacía oír su bramido poderoso, «lo que excitó a los indios». San Martín les explicó que debía pasar por el sur pero que para ello necesitaba «la licencia de ustedes, que son los dueños del país». Esperaba que esa noticia llegase a oídos del presidente de la Capitanía General de Chile, Francisco Marcó del Pont, a fin de que debilitase sus tropas trasladando efectivos a esa zona con el objeto, bien difícil, de cubrir todos los pasos de los Andes frente a la incertidumbre de no saber por dónde iban a pasar las tropas libertadoras".
De esa manera, con la información recibida por los españoles, habrían de reunir el grueso de su ejército en el sector sur, esperando a los invasores que habrían de atravesar la cordillera. El detalle importante es el siguiente: si los pehuenches se oponían al paso del Ejército de los Andes por sus tierras, de alguna manera los españoles habrían de enterarse y el plan original no tendría éxito.
Es interesante advertir que muchos aborígenes vivían sin conflictos en pleno siglo XIX, a pesar de las críticas acerca de una supuesta "limpieza étnica" atribuida a los colonizadores españoles. Aunque no siempre los colonizadores actuaron en favor de los aborígenes, como parece haber sido el caso de la explotación laboral socialista de los guaraníes por parte de los curas jesuítas, quienes fueron echados del noroeste argentino y sur paraguayo por orden de las autoridades españolas del siglo XVIII.
También existen difamaciones contra el general Julio A. Roca, quien enfrentó militarmente a ciertos grupos de aborígenes que se negaban a una vida pacífica o civilizada, ya que se dedicaban al robo y a atacar a los pobladores blancos, ocasionando, según los historiadores, unas 50.000 víctimas además de secuestros y otros actos delictivos.
Respecto del encuentro de San Martín con los caciques pehuenches, leemos: "Como parte de su inteligente labor en calidad de gobernador intendente de Cuyo, San Martín cultivó, apenas llegado, en 1814, buenas relaciones con los pehuenches que ocupaban las laderas orientales de la cordillera. Éstos se hallaban en paz desde que el comandante militar de Mendoza, José Francisco de Amigorena, firmara tratados de paz y los respetara escrupulosamente. De tanto en tanto, los caciques llegaban a esa ciudad, visitaban las autoridades y recibían consideraciones y regalos" (De "La guerra de la Frontera" de Miguel Ángel De Marco-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2010).
En una carta dirigida al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredon, San Martín escribe: "He creído del mayor interés tener un parlamento general con los indios pehuenches, con doble objeto, primero, el que si se verifica la expedición a Chile, me permitan el paso por sus tierras, y segundo, el que auxilien el ejército con ganados, caballada y demás que estén a sus alcances, a los precios o cambios que se estipularán; al efecto se hallan reunidos en el Fuerte de San Carlos el gobernador Necuñan y demás caciques, por lo que me veo en la necesidad de ponerme en marcha hacia aquel destino, quedando en el entretanto mandando el ejército el señor brigadier don Bernardo O´Higgins".
El historiador William Miller describe el encuentro: "El día señalado para el parlamento a las ocho de la mañana empezaron a entrar al fuerte cada cacique por separado con sus hombres de guerra, y las mujeres y niños a retaguardia. Los primeros con el pelo suelto, desnudos de medio cuerpo para arriba y pintados hombres y caballos de diferentes colores; es decir, en el estado en que se ponen para pelear con sus enemigos. Cada cacique y sus tropas debían ser precedidos -y esta es una prerrogativa que no perdonan jamás porque creen que es un honor que debe hacérseles- por una partida de caballería de cristianos, tirando tiros en su obsequio. Al llegar a la explanada, las mujeres y niños se separan a un lado, y empiezan a escaramucear al gran galope y otros a hacer bailar sus caballos de un modo sorprendente. El fuerte tiraba cada seis minutos un tiro de Cañón, lo que celebraban golpeándose la boca, y dando espantosos gritos; un cuarto de hora duraba esta especie de torneo, y retirándose donde se hallaban sus mujeres, se mantenían formados, volviéndose a comenzar la misma maniobra que la anterior por otra nueva tribu".
Miguel Ángel De Marco escribió: "Poco después, los caciques se trasladaron al campamentos del Plumerillo, verdadera forja de un ejército profesional como quería San Martín, para enfrentar a los españoles. Sentado en círculo con ellos les habría dicho, palabras más, palabras menos, que los convocaba para reiterarles que los realistas iban a pasar desde Chile con su ejército para matar a todos los indios y robarles a sus mujeres e hijos. Agregó que «como él también era indio», cosa que pudo afirmar por su tez olivácea, bronceada por toda una vida en campaña, iba a acabar con los godos que les habían robado las tierras de sus antepasados. Esa expresión la oyó de sus labios su fiel colaborador, el coronel Manuel Olazábal, quien la registró en sus Memorias".
"En aquellos momentos, el ejército realizaba ejercicios con su acostumbrado lucimiento, mientras la artillería hacía oír su bramido poderoso, «lo que excitó a los indios». San Martín les explicó que debía pasar por el sur pero que para ello necesitaba «la licencia de ustedes, que son los dueños del país». Esperaba que esa noticia llegase a oídos del presidente de la Capitanía General de Chile, Francisco Marcó del Pont, a fin de que debilitase sus tropas trasladando efectivos a esa zona con el objeto, bien difícil, de cubrir todos los pasos de los Andes frente a la incertidumbre de no saber por dónde iban a pasar las tropas libertadoras".
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