viernes, 3 de abril de 2026

Rousseau y la voluntad general

Si los seres humanos intentamos revertir etapas de sufrimientos generalizados, o bien acentuar el proceso de adaptación cultural al orden natural, debemos tratar de interpretar la "voluntad aparente" de dicho orden. Como las leyes naturales, que rigen nuestras conductas individuales, no están escritas en ninguna parte, debemos indagar respecto de las mismas como un primer paso para encontrar cierta finalidad del orden natural y de la vida inteligente, ya que el conjunto de "reglas del juego" llevan implícita cierta finalidad aparente. Aun cuando el universo no tenga un sentido o una finalidad, tal como suponen varios pensadores, los seres humanos no tenemos otra alternativa que adaptarnos a las leyes naturales existentes, lo que de por sí conduce a cierta finalidad que el orden natural nos impone a todos los seres humanos.

Esta forma de mirar hacia lo alto ha sido reemplazada parcialmente por una propuesta que apunta a encontrar la "voluntad general" de los integrantes de la sociedad, que por ser una voluntad de las mayorías, implica una especie de "gobierno de las masas" establecido generalmente por líderes políticos capaces de dirigirlas mentalmente, con un llamado explícito a combatir a todo individuo que se oponga a acatar dicha "voluntad", tal el planteamiento establecido principalmente por Jean-Jacques Rousseau.

Suena un tanto absurdo que los seres humanos debemos tratar de comprender, no tanto el orden natural con sus leyes, sino la "voluntad general" del hombre-masa, caracterizado por pensar, creer y actuar imitando todo lo que esté generalizado, o bien acatando la voluntad de algún líder totalitario. Rousseau escribió: "La voluntad general es en cada individuo un acto puro de entendimiento que razona en el silencio de las pasiones sobre lo que el hombre puede exigir de su semejante, y lo que su semejante tiene derecho a exigir de él".

"La voluntad general es siempre recta y siempre tiende a la utilidad pública; pero no se sigue que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud. Con frecuencia hay mucha diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; esta sólo mira al interés común, la otra mira al interés privado, y no es más que una suma de voluntades particulares; pero quitad de estas mismas voluntades los más y los menos que se destruyen entre sí, y queda por suma de las diferencias la voluntad genertal" (Citado en "Rousseau" de Roberto R. Aramayo-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).

Respecto del tema tratado, Bryan Magee escribió: "Según Rousseau, todos los integrantes de una sociedad deberían participar en la aprobación o modificación de una ley mediante una deliberación inicial y una votación final, tal como se hacía en la antigua Grecia o en su Suiza natal. De ese modo, se da voz y voto a lo que denomina «voluntad general», concebida como la expresión de lo que mejor se adecua a las necesidades del conjunto de la sociedad, que por otro lado no necesariamente tiene por qué coincidir con lo deseado por uno mismo (por ejemplo, cuando se exigen sacrificios o peligros)".

"En ese contexto, el pueblo puede delegar la puesta en práctica de esas leyes en la modalidad de gobierno que crea más conveniente (un monarca o un grupo de políticos o militares, por ejemplo), aunque en el fondo la modalidad elegida es secundaria ya que las leyes, al haberlas aprobado el conjunto del pueblo, afectan a todos en igualdad de condiciones y es del todo imposible sustraerse a sus efectos. No obstante Rousseau reconoce que el grueso de la población constituye una masa carente de disciplina, conocimientos y visión de futuro como para que pueda considerarse una fuente de leyes fiable, así que recurre a la figura del «legislador», una persona carismática, capaz de comprender las necesidades y la voluntad del pueblo, y de canalizarlas elaborando una serie de leyes de acuerdo con aquellas".

"La filosofía política de Rousseau ha ejercido una influencia enorme, empezando por los precedentes teóricos que sirvieron de base a la Revolución Francesa y que numerosos países de todo el mundo intentarían llevar a la práctica hasta finales del siglo XX. No obstante, su concepción de democracia es radicalmente diferente a la postulada por Locke, ya que Rousseau aboga por la imposición por la fuerza de la voluntad general en detrimento de la protección y defensa de las libertades individuales defendidas por el filósofo inglés".

"Según los postulados de Rousseau, el individuo no puede bajo ningún concepto desviarse de la voluntad general de manera que la noción de democracia es en todo momento compatible con la idea de la más absoluta ausencia de libertad individual. De este modo, nos encontramos por primera vez en la historia de la filosofía occidental con la formulación de algunos de los fundamentos sobre los que se asentarán los grandes movimientos totalitarios del siglo XX: el comunismo y el fascismo. Ambos, de hecho, sostienen que son sistemas democráticos y que cuentan con el apoyo del conjunto del pueblo, cuando en realidad lo que hacen es negar los derechos individuales. Al mismo tiempo, están dirigidos por una persona fuerte y carismática empeñada en socavar las bases del siatema democrático de tradición anglosajona basado en los principios de Locke" (De "Historia de la Filosofía"-Editorial La Isla SRL-Buenos Aires 1999).

jueves, 2 de abril de 2026

Equilibrio entre razón y emociones

En algunas épocas ha predominado la exaltación a la razón mientras que en otras ha ocurrido algo similar con las emociones, con la esperanza de que alguna vez contemplemos un equilibrio entre ambas. El proceso evolutivo nos ha provisto tanto del razonamiento como del aspecto emocional y es de esperar que alguna vez intentemos compatibilizar tales aspectos de nuestra naturaleza humana. Enrique Rojas escribió: "He observado que, así como en el siglo XVIII la razón fue alzaprimada por la Ilustración y el siglo XIX tuvo como reacción el Romanticismo, no se ha producido a lo largo de este siglo XX una interrelación entre ambos, dando la impresión que siguen direcciones paralelas, pero no convergentes".

"En el tablero de la psicología juegan al ajedrez los sentimientos y la razón, arbitrados por la cultura. El amor inteligente tiene tres notas básicas en su sinfonía: corazón, cabeza y espiritualidad, sin olvidar que lo cotidiano nunca es banal ni insignificante. El mejor amor se echa a perder si no se cuida a base de pequeños detalles" (De "El amor inteligente"-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1997).

Debido a que el amor al prójimo es la base de la ética cristiana, es de interés indagar si en el Nuevo Testamento aparece la confluencia entre razón y emociones o bien se trata de un llamado orientado sólo a la exaltación del aspecto emocional dirigido tanto a Dios como al prójimo. En la actualidad resulta evidente que la empatía emocional ha de estar orientada a los demás seres humanos luego de adquirir una visión del universo lograda mediante la razón. De ahí que lo emocional juega un papel tan importante como lo cognitivo, por lo cual, cuando Cristo propone "amar a Dios con toda la mente, con todas las fuerzas..." seguramente trataba de orientar o despertar en cada ser humano una actitud racional o cognitiva que habría de permitir, posteriormente, la puesta en marcha de la empatía emocional, la cual nos permitirá compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.

Generalmente se considera a un Dios con atributos humanos, por lo cual se establece una especie de "empatía emocional" dirigida a un ser imaginario y perfecto, dejando un tanto de lado la empatía dirigida a seres humanos reales e imperfectos, por lo cual se convierte al cristianismo original en una especie de paganismo con una adhesión similar a la de un líder totalitario con el cual resulta mejor "llevarse bien", dejando de lado la ética bíblica del amor al prójimo, que es el objetivo principal a lograr por todo ser humano.

El aspecto antes considerado genera cierta ineficacia del cristianismo contemporáneo, ya que se asocia, como una virtud importante, un amor desmesurado por un ser perfecto e imaginario en lugar de asociar la virtud a la capacidad de amar a seres imperfectos y reales, como se dijo. Raimundo Lulio escribió: “«Dime, fatuo por amor, ¿qué cosa es maravilla?». Respondió «que amar más las cosas ausentes que las presentes, y amar más las cosas visibles corruptibles que las invisibles e incorruptibles»” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1966).

Mientras que el teísmo propone incluir el amor al ser humano como parte del amor a Dios, el deísmo considera el amor a Dios como una actitud cognitiva, antes que afectiva, que resulta ser el medio necesario para establecer el amor al prójimo. De esta forma, el mandamiento del amor a Dios le brinda a todo individuo un sentido objetivo de la vida y que, bajo una perspectiva científica, implica adaptarse plenamente al orden natural bajo el proceso general de la adaptación cultural. Una vez que el hombre encuentra ese sentido, la aceptación del segundo mandamiento de Cristo (el del amor al prójimo), puede surgir con cierta naturalidad.

En realidad, el amor natural surge de muchas personas sin necesidad de que adopten posturas religiosas o filosóficas definidas, por lo que es oportuno recordar que Cristo vino por los pecadores, y no por los justos. De ahí que la conversión de los pecadores, que son quienes todavía no intentan cumplir con el mandamiento del amor al prójimo, puede surgir del convencimiento previo de la existencia de un orden natural exterior y anterior a la aparición del hombre. En cuanto a los justos, puede decirse que son aquellos individuos que difunden el amor desde las personas cercanas hasta llegar a abarcar toda la humanidad. Abraham Skorka expresó: “El amor es un círculo que se va abriendo, empieza con lo más íntimo, que es la pareja, y después sigue con el amor a los padres, a los hijos, al prójimo. Por medio de esa relación de amor con los demás se puede llegar realmente a Dios. Aquel que quiere «saltar» la relación del hombre e ir directamente a Dios, no llega a ningún lado. Creer en Dios, buscarlo y sentirlo debe conllevar necesariamente el amor al hombre para, a través del hombre, volver a cerrar el círculo y llegar a Dios” (De “Biblia. Diálogo viviente” de Jorge Mario Bergoglio-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2013).

En cuanto al bienestar espiritual derivado de su visión del mundo, Baruch de Spinoza escribió: “Después que la experiencia me hubo enseñado que todo lo que ocurre en la vida ordinaria es vano y fútil; después de haber visto que todo lo que para mí era objeto o motivo de temor no contenía nada bueno ni malo en sí, fuera de los efectos que ejercía sobre mi alma, me decidí finalmente a investigar si no habría algo que fuese un bien verdadero, posible de alcanzar y al cual sólo pudiera entregarse el alma una vez rechazadas todas las demás cosas; más aún, si no había algo cuyo descubrimiento y adquisición me diera el goce eterno de una alegría suprema y continua”.

“Me di cuenta que estaba expuesto a un grandísimo peligro y obligado a buscar, con todas mis fuerzas, un remedio aunque fuera inseguro, como el enfermo atacado de una enfermedad mortal y que prevé una muerte segura si no recurre a un remedio, se ve obligado a buscarlo con todas sus fuerzas aunque sea inseguro, pues constituye su única esperanza”.

“Me ha parecido que estos males provienen de poner totalmente la felicidad o la desdicha en una sola cosa, es decir, en la cualidad del objeto a que estamos ligados por amor. En efecto, lo que no es amado no engendra nunca disputas, ni produce tristeza cuando perece, ni envidia cuando otro lo posee, ni temor ni odio, en una palabra, conmoción alguna del alma. En cambio, sucede todo esto en el amor de las cosas perecederas, como lo son todas aquellas de que hemos hablado. Pero el amor por una cosa eterna e infinita alimenta el alma con una alegría singular y libre de toda tristeza; lo que hace que sea tan deseable y digno de ser buscado con todas nuestras fuerzas” (Del “Tratado de la reforma del entendimiento”-Editorial Tecnos SA-Madrid 1989).

En la visión de Spinoza, el "amor intelectual a Dios" no sólo resulta ser una actitud esencialmente cognitiva, asociada a la razón, sino también emocional. Así, Barrows Dunham sintetiza la actitud de Spinoza considerando que nuestra adaptación al orden natural, previo conocimiento de sus leyes, resulta ser el sentido del "amor intelectual a Dios", escribiendo al respecto: "Halló lo siguiente: el ser veraz con uno mismo, la aceptación del mundo real con todas sus leyes y fuerzas y la descripción de éstas con una precisión comprensiva. Este modo de vida, un ejercicio de la función social del pensador, poseería un valor ilimitado y eterno".

"Por lo tanto, esto dejaba ver que, en su totalidad, el universo podía ser objeto de emociones que se habían supuesto vinculadas exclusivamente a un Dios personal o a un Dios que era tres personas en una" (De "Hérores y Herejes"-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1969).

domingo, 29 de marzo de 2026

Balance de los años 70

Puede decirse que el terrorismo implica acciones como el asesinato generalizado que puede abarcar tanto a culpables como a inocentes, asociando tales valoraciones a los propios terroristas. Así, cuando se coloca una bomba en un lugar público, cualquiera puede inferir que sus efectos destrurán vidas, culpables como inocentes, esta vez según una valoración a partir de otros puntos de vista.

Llama la atención que importantes porcentajes de la sociedad avalen alguna forma de terrorismo, aún sabiendo que la mayor parte de sus víctimas serán inocentes. Este es el caso de los adherentes y admiradores de ERP y Montoneros, quienes iniciaron la violencia de los años 70 previamente a ser formados ideológicamente por autores marxistas, ideología que impera en gran parte de las universidades del mundo y que incluso es promovida, bajo un disfraz cristiano, por sectores de la Iglesia Católica.

A continuación se menciona un artículo al respecto:

BALANCE DE MEDIO SIGLO: GANÓ LA GUERRILLA, NOMÁS

Por Daniel Zolezzi

Fue masiva la concentración en el aniversario número 50 del golpe de Estado que llevó al poder al último régimen militar. A medio siglo del golpe del 76, una verdad salta a la vista. Que, habiendo sido derrotada en las armas, la guerrilla, travestida ahora -ya en partidos, ora en “movimientos”- ha triunfado políticamente y lo festeja en Plaza de Mayo.

En los hechos, una parte ha sido condenada: las Fuerzas Armadas del Estado. Otra ha sido absuelta: la guerrilla que se alzó contra el Estado. Cuyos aburguesados dirigentes forman hoy parte de la clase política o integran el establishment empresarial. Que a esos círculos accedieran gracias a una fortuna habida por secuestros y asesinatos, no levanta en ellos la menor objeción.

MANIQUEISMO

Una maniquea interpretación del derecho ha determinado que iguales hechos constituyen crímenes imprescriptibles -si corrieron a cargo de las Fuerzas Armadas- o disculpables actos de la violencia, cuando los hubiera cometido la guerrilla.

En otras palabras: se les habrá ido la mano, pero eran buenos muchachos.

Y debe señalarse que muchos medios de comunicación les dan cabida para que relaten su actuar, cosa que, algunas veces, hacen con morboso lujo de detalles. Sin que a su jactancia se opongan otra cosa que un silencio que semeja un consentir.

Llegado este punto, conviene aclarar que quien escribe siempre estuvo en contra de dicho golpe de marzo del 76. Porque el decreto 261/75 autorizaba al Ejército a “aniquilar” a la guerrilla. Porque, no casualmente, el ERP -fraternal aliado de los Montoneros- acababa de sufrir un desastre en Monte Chingolo que afectaba seriamente su capacidad de fuego.

Porque, además, faltaba apenas un año para las elecciones presidenciales y, de perder el peronismo, es casi seguro que aquel radicalismo -liderado por Balbín y libre de las infecciones que luego lo afectaron- hubiera seguido aplicando las mismas normas que ordenaban aniquilar la guerrilla.

Dicho lo cual -y con la severa condena que nos merecen los excesos que cometió la represión irregular- seguimos con lo de hoy. Pues se nos pinta a la violencia guerrillera como si hubiera consistido en una resistencia popular contra gobiernos de facto. Y nada hubo de eso. Porque su idea era implantar el marxismo-leninismo. Y actuó con igual o mayor ferocidad durante el gobierno constitucional del 73/76. Así se comportó en Tucumán, Azul, Monte Chingolo, Formosa, Dirección de Sanidad, Villa María y otros cuarteles y reparticiones. Lo cual sucedía durante el peronismo y pese al enorme respaldo electoral del que gozaba.

DICTADURA MARXISTA

Lo que el marxismo vino a combatir es a la forma de República que establece nuestra Constitución. A la que procuraba reemplazar por su tiránica concepción del poder. Que, de triunfar, hubiera sido del mismo cuño de las que dictaduras que cubrieron media Europa, multiplicando los horrores del nazismo.

Era la guerra fría. Y la URSS prohijaba a los grupos armados que actuaron en su favor -y al mismo tiempo- en distintas partes del globo. Las Brigadas Rojas actuaban en Italia, Baader Meinhof lo hacia en Alemania y ETA en España sembraban el terror. Entretanto, Sendero Luminoso en Perú y las FARC en Colombia sembraban terror y comerciaban drogas.

La injerencia soviética se traslucía tras algún nombre tan folclórico como el de Montoneros. Ello, aunque se haya hecho lugar común llamar a ese grupo “peronismo de izquierda” y se ponga énfasis en recordar que algunos de sus miembros profesaran la religión católica. Sin que se pongan las cosas en su lugar. Porque que no es peronista quien asesina a verdaderos peronistas -como lo era Rucci- ni es católico quien abraza una ideología definida por el Papado como intrínsecamente perversa.

De paso, que bien se llevaba la guerrilla con el ministro Gelbard, hechura del PC, quien ocupaba la cartera de Economía. A quien Rucci planteaba seria oposición.

Más aún: se olvida, intencionalmente, el carácter elitista que tuvo la guerrilla. Universitarios de clases acomodadas asesinaban a dirigentes obreros como Rucci o Alonso, tildándolos de “traidores” a la clase obrera. Es decir, a una clase a la que ellos no pertenecían y cuyas necesidades no compartían. Elocuente esnobismo. Con igual actitud asesinaron cruelmente a humildes soldados conscriptos que, lejos de rendirse, defendieron sus cuarteles. Odio clasista guiaba a estos militantes autodenominados “clasistas”.

De los cuales, los que fueron detenidos o se refugiaron en el extranjero cobraron indemnizaciones millonarias. Mientras alguna pensión miserable se concede, en el mejor de los casos, a los soldados que los enfrentaron.

DEMONIOS ILUSTRADOS

Mucho podría agregarse. Pero es esencial dejar sentado que, en los años sesenta o setenta, nadie podía ignorar lo que se nos ofrecía bajo la envoltura de “socialismo nacional” o de marxismo a secas. Con mayor razón, si pertenecía, como la mayor parte de los guerrilleros, al sector universitario de la sociedad.

Porque ya hacía mucho que grandes espíritus, atraídos en su momento por la experiencia soviética, habían descubierto aquello en lo que consistía, repudiándola y desenmascarándola urbi et orbi. Que no eran de derecha, precisamente, sino de izquierda como André Malraux, George Orwell o Arthur Koestler. Presentes todos, valga acotarlo, en la guerra civil española, militando del lado republicano. Y combatientes del mismo, los dos primeros.

Nuestra guerrilla no podía ignorar ni su honestidad ni su advertencia, formulada décadas antes de los 70, del infierno que desataba el marxismo cuando llegaba al poder. La verdad no puede demorarse y la justicia no puede persistir en su desvío. Es cierto que hubo uniformados que actuaron mal y que en la guerrilla hubo quien, siendo muy joven, creyó en un relato cuyo fondo no estaba maduro para percibir que era perverso. Pero aquí la violencia que desató el marxismo-leninismo y sólo la purga el estamento al que legalmente le correspondía la defensa del Estado. (Dejo de lado a los apologistas de la corrupción que corrieron de Plaza de Mayo a San José 1111. Asquean y no hacen al fondo de lo que interesa).

Falsear la historia no es gratuito. La Argentina no puede sentarse sobre una ficción. Si es que quiere salir adelante, debe asumir las cosas como fueron y como son. Y actuar consecuentemente.

(De www.laprensa.com.ar)

sábado, 28 de marzo de 2026

Los escritores durante el primer peronismo

Los gobiernos totalitarios predisponen a la sociedad a estar a favor o en contra, ya que actúan como una fuerza efectiva que une a sus adherentes como si fuese una religión pagana, mientras que también une a sus detractores, que ven como un "amigo" a quien comparte una misma adversión o un mismo "enemigo". Así, la grieta social, o división social que se prolonga en el tiempo, se inicia en la Argentina de los años 40 con el arribo del peronismo al poder.

La grieta social, iniciada por el peronismo, se trata de un "cáncer social" que impide toda forma de progreso, ya que es común advertir que en la Argentina lo que hace un gobierno no peronista es luego desarmado por un gobierno peronista, y viceversa, ya que el criterio predominante no es la observancia de los efectos que producen las decisiones gubernamentales, sino que el criterio está orientado por hacer lo contrario a lo que hizo el gobierno del otro lado de la grieta social.

Los relatos de los inicios del peronismo son coincidentes y concuerdan con que se trató de un movimiento totalitario que accede al poder mediante el voto en elecciones libres. Si bien el acceso al poder resultó legítimo, la gestión fue poco o nada democrática. Oscar Hermes Villordo escribió: "A poco del comienzo de la solapada represión y pérdida de libertades individuales que tenían su contrapartida en la asfixiante propaganda del régimen, las nuevas autoridades municipales trasladan a Borges a su modesto cargo de inspector de aves. El episodio es sólo una muestra del trato que recibieron artistas e intelectuales por parte del peronismo".

"Sin embargo, la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, elige a Borges presidente. Bioy Casares estará junto a él. Las conferencias en el local de la calle México 524 contaron, dada la época, con un oyente más, uniformado y generalmente sentado en las últimas filas del salón, donde bostezaba de aburrimiento o dormía. Se trataba del agente de parada u oficial de policía que estaba allí para informar, aunque no entendiera nada de lo que pasaba".

"La intranquilidad, nacida de la vigilancia, sin embargo, no era de aquellas que producen indiferencia, o al menos marcan un compás de espera en la atención, sino de las que inquietan porque detrás de ella se oculta el miedo, anunciador del peligro. Era una atmósfera inquietante por las consecuencias que podría traer y que los años posteriores a la acción de los escritores en la SADE se encargaron de confirmar".

"Buenos Aires vivía bajo el indiscernible aire que se respira en una dictadura que, aunque haya provocado persecusiones, cárcel, torturas y muertes no puede ser descripta en sus hechos reales sino en su atmósfera, precisamente. El ambiente creado trajo como consecuencia la unión de los escritores, produciendo la saludable paradoja de juntar a aquéllos que, por su natural individualismo e independencia, son reacios a toda asociación. Y esto, a la distancia, sin entrar a considerar otras cuestiones del momento histórico, permite afirmar que el acercamiento se debió a ideas nobles y valiosas, ya que, de lo contrario, la explicación resultaría difícil o imposible".

"Si no se han compartido esos momentos, no se podrá imaginar la exaltación que provocaba «combatir» a Perón desde la SADE, o desde La Prensa o La Nación, para no citar sino a una entidad y a dos diarios que en ese momento dejaron oír sus voces. Una alegría, un júbilo que hacía pensar románticamente en los proscriptos de Rosas (época del pasado argentino que escritores y políticos han elegido para comparar a la de Perón), embargaba a quienes participaban de las reuniones, iban a las conferencias o conversaban en privado. Se olvidaban diferencias en nombre de la cruzada y se escribían páginas de encendido patriotismo y, lo que es mejor, de buena literatura, como ésta de Borges, perteneciente a las palabras que dijo durante la comida de desagravio que se le ofreció en 1946, y que son un retrato del poder omnímodo de Perón y el peronismo: «Las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable por el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor»" (De "Genio y figura de Adolfo Bioy Casares" de Oscar Hermes Villordo-EUDEBA-Buenos Aires 1983).

miércoles, 25 de marzo de 2026

Acerca de Dios y la ley natural

Partiendo de la idea de que los seres humanos hemos sido conformados "a imagen y semejanza de Dios", para confirmar que Dios tiene atributos humanos, se supone que todo individuo, incluso el mismo Dios, han de poseer una actitud característica definida, de tal manera que respondemos de igual manera ante estímulos o circunstancias similares. Tal respuesta típica puede variar en función del tiempo, ya que podemos mejorar o empeorar a través de distintas etapas de nuestra vida. Si le asociamos al Dios antropomorfo cierta actitud o respuesta característica, pensaremos que no cambia en el tiempo, de ahí que Cristo haya expresado que "Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis".

En Psicología social se define la actitud característica como el vínculo entre respuesta y estímulo, simbolizada de la siguiente manera:

Actitud característica = Respuesta / Estímulo

Como una ley natural es considerada como un vinculo invariante entre causa y efecto, si consideramos al mencionado estímulo como causa y a la mencionada respuesta como efecto, encontramos que tal actitud equivale a una ley general a la que estamos sometidos y que incluso un Dios con atributos humanos debería también respetar. De todo esto se hace evidente que existe cierta compatibilidad entre el teísmo (que considera un Dios que interviene en los acontecimentos humanos) y el deísmo, o religión natural (que supone que todo lo existente está regido por leyes naturales no haciendo falta un Dios que las interrumpa o las viole).

Quienes se aferran a la idea de un Dios que responde a los pedidos humanos, tal como lo aceptan cristianos, judíos y musulmanes, parece que todavía no han advertido las catástrofes humanas producidas por las luchas religiosas y el calamitoso estado social y mental del planeta. Si en realidad buscamos una mejora generalizada de la humanidad, debemos admitir que la religión natural, o deísmo, es la "candidata" única que puede orientarnos hacia tal mejora.

Tanto las personas como las cosas, como se dijo, responden de igual manera en iguales circunstancias, de ahí que todo lo existente esté regido por alguna ley natural; tal la visión asociada a la ciencia experimental. Luego, resulta equivalente la postura de quien cree en un universo regido por leyes naturales invariantes a la postura de quien cree en un universo regido por un Dios que posee una actitud característica definida. Esta idea ya fue tenida en cuenta parcialmente por René Descartes. Al respecto, Franklin L. Baumer escribió: “Fuese lo que fuese, Dios seguía siendo, ante todo, «inmutable» para la mayoría en el siglo XVII. Desde luego, en la idea de plenitud hay una sugestión de que Dios actúa de maneras nuevas y distintas, de un Dios fecundo, que crea, generosamente, infinidad de seres y de mundos. Pero para todo el que tomara en serio el nuevo orden de la naturaleza, era esencial que Dios mismo no cambiara, como después querrían hacerle cambiar los hegelianos”.

“Descartes insistió en la «inmutabilidad de Dios», en sus Principios de filosofía. Sabemos, escribió Descartes, no sólo que Dios es «inamovible por naturaleza» sino que «actúa de una manera que nunca cambia». «Por el hecho de que Dios no está sujeto al cambio y que siempre actúa de la misma manera, podemos llegar al conocimiento de ciertas reglas a las que yo llamo las leyes de la naturaleza»”.

“Es obvia la conexión, en el cerebro de Descartes entran los dos, entre Dios y las leyes de la naturaleza. La inmutabilidad de Dios garantiza la confiabilidad de la naturaleza (considerada como obra de Dios), y por tanto, la certidumbre científica. Esta interconexión también era cierta para Spinoza y Leibniz, aun cuando tenían ideas distintas acerca de Dios y de su relación con la naturaleza. Hasta entonces, el hincapié seguía, claramente, en el ser de Dios, no en su devenir” (De “El pensamiento europeo moderno”-Fondo de Cultura Económica SA-México 1985).

Con respecto al coincidente conjunto de características atribuidas a Dios y al universo. Barrows Dunham escribió: “Con una mirada retrospectiva, podemos ver lo que los contemporáneos de Spinoza no pudieron ver: que el proceso había empezado cuatrocientos años antes, con los trabajos de los escolásticos, que trataron de fijar la doctrina cristiana en un lenguaje todo lo literal que podían dominar y que la propia doctrina podía permitir”.

“Los escolásticos acumularon en este trabajo una serie de definiciones del término «Dios» y, cuando todo acabó, abandonaron este término a medio camino entre la metáfora y la afirmación literal. Habían definido a Dios como un ser que no necesita de nada más para existir, o como un ser que posee todos los atributos posibles (es decir, todo lo que puede ser predicado de Dios), o como un ser cuya naturaleza implica la existencia”.

"Vamos a realizar ahora un sencillo experimento. Podemos preguntar, ¿cuál es el ser que no necesita de nada más para existir? Evidentemente, la respuesta es el universo. Y, ¿cuál es el ser cuya naturaleza implica su existencia? El universo, por supuesto. De este modo, el mensaje del escolasticismo estaba abierto a que se apoderara de él el más simple de los ardides lógicos, la equivalencia: Dios y el universo son idénticos. Tal fue la inferencia que sacó Spinoza del escolasticismo y de la filosofía judía, mediante el método cartesiano. La inferencia era válida sin duda y contenía además esa evidencia geométrica («dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí») que tanto admiraba el siglo XVII. Desde el momento en que los escolásticos describieron a Dios como a un ser perfecto, comenzaron su despersonalización; pero, dado el enorme poder que había tenido la tradición, causó una terrible impresión que Spinoza pusiera al descubierto el resultado. La verdad era que tal resultado había pasado inadvertido por completo para Descartes”.

“Ahora bien, todas las religiones occidentales, consideraban al panteísmo como herejía. El judaísmo necesita un Dios personal para dar solidez a la fe, el cristianismo necesita un Dios personal para dar legitimidad a la autoridad de la Iglesia y la religión mahometana necesita a Alá personal para justificar la misión profética de Mahoma. Así, pues, en las vicisitudes de la ideología, el hecho de que Dios fuera una persona se había convertido en algo enormemente importante para la unidad de la organización. Podría ser cierto (aunque, en realidad, impreciso) decir que los judíos tuvieron su ley, las Iglesias su autoridad y los mahometanos su profeta a partir del universo” (De “Héroes y Herejes”-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1965).

martes, 24 de marzo de 2026

Manteniendo vigente la grieta social

Teniendo presente las versiones que emite la mayoría de los medios masivos de comunicación, en alusión al 24 de Marzo de 1976, se advierte una actitud que pareciera intentar mantener vigente la grieta social existente en el país. Lo que, a mediados del siglo XX, fue la grieta entre peronistas y antiperonistas, en la actualidad pasó a ser una grieta entre socialistas y democráticos.

Tales medios siguen considerando a los terroristas Montoneros y ERP como víctimas inocentes de la maldad militar, mientras que las víctimas inocentes asesinadas por Montoneros y ERP siguen siendo ignoradas como si nunca hubieran existido. Incluso no existen placas recordatorias de ciudadanos argentinos que cayeron bajo las infames balas de quienes quisieron instalar el socialismo cubano-soviético en este país.

Mientras los medios de comunicación sigan promoviendo una "memoria incompleta", seguirá vigente la grieta de quienes nos sentimos burlados ante una sociedad que acepta reivindicaciones de terroristas junto con cuantiosas indemnizaciones luego de iniciar una guerra con proyecciones que apuntaban a una "necesaria" matanza de 1 millón de posibles opositores al socialismo a implantar. Luego, la acción militar impidió la caída de la nación, si bien con métodos poco legales, según concuerdan distintos sectores.

A continuación se transcribe un artículo al respecto:

LOS DERECHOS HUMANOS DE UNA HISTORIA MAL CONTADA

Por María Zaldivar

La sociedad argentina recuerda un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, una época signada por la violencia extrema. El terrorismo urbano y rural llevaba adelante el plan de hacerse del poder y, para tal fin, desarrolló miles de acciones que implicaron asesinatos, secuestros extorsivos, bombas callejeras y hasta llegaron a tomar el control de una porción del territorio nacional, en la provincia de Tucumán. Nadie estaba seguro. Si bien el blanco elegido eran las fuerzas del orden, la guerrilla argentina, financiada y entrenada en Cuba, recaudaba dinero capturando empresarios por los que exigía millonarios rescates, mientras sembraba el terror en la población civil en su conjunto. Hubo un promedio de un atentado subversivo cada 4 horas, esto es 6 por día durante una década. 21.700 entre 1969 y 1979 (1.500 homicidios, 1.800 secuestros, más de 5.000 atentados con bombas, tomas de pueblos, izamiento de banderas revolucionarias, miles de heridos, gente mutilada y propiedad privada destruida o ilegalmente apropiada).

Aquellos hechos siguen enfrentándonos por obra de la prédica marxista que distorsionó y envenenó la memoria. La guerra librada en el país para contrarrestar el ataque subversivo nunca fue correctamente explicada. Desde el retorno al sistema democrático de gobierno en 1983, mucho se ha intentado por echar luz sobre esos años, por buscar justicia y por contar lo sucedido. Sin embargo, que cuarenta años después el tema nos mantenga divididos indica que esa revisión no se hizo bien.

Alguna vez se alentó una cierta esperanza en el sentido de encaminarnos hacia una auténtica reconciliación, que no significa entregar banderas, olvidar acontecimientos y ni siquiera dejar de sufrir. Pero para seguir adelante es imprescindible asumir la historia completa y es lo que no se hizo durante las últimas décadas.

Cuando en 1975, las Fuerzas Armadas fueron encomendadas por el Gobierno constitucional peronista a “aniquilar el accionar subversivo”, el país estaba sumido en el terror y la incertidumbre por obra de grupos armados paramilitares extremadamente violentos. El tiempo transcurrido sirve para mirar con perspectiva los acontecimientos. Hoy se hace evidente que nunca se encaró un tratamiento pleno y auténtico de aquellos hechos.

Demandas parciales

Los movimientos de derechos humanos, que se multiplicaron en las últimas décadas, se enfocaron en demandas parciales. Desde entonces, sólo los grupos violentos que se armaron contra el Estado y el orden institucional tuvieron voz. Se escucharon sus reclamos, sus historias y su versión de nuestro pasado reciente con exclusividad. La narrativa los erigió en víctimas y, casi por defecto, a quienes los reprimieron, en victimarios.

Pero la realidad suele ser más compleja que la explicación binaria que se quiso dar a aquella década trágica. Nos hemos cansado de escuchar: “Justicia lenta no es justicia”. Pues verdad a medias tampoco es verdad. Que los terroristas se hayan reivindicado subiéndose al colectivo de las víctimas de la represión es una lectura sesgada y caprichosa de los hechos.

Ellos no son víctimas sino responsables del baño de sangre vivido en la Argentina. Ellos y sus defensores, abogados, organizaciones no gubernamentales y organismos de derechos humanos creados a su alrededor, cobraron millonarias indemnizaciones tras demandar al Estado argentino por sus supuestos padecimientos y por la necesidad, adujeron, de exiliarse en el exterior para salvar sus vidas. Paralelamente, se encargaron de invisibilizar los reclamos de las víctimas del terrorismo que sólo piden memoria de los caídos, verdad sobre los hechos y castigo a quienes perpetraron tales y tantos hechos aberrantes.

Sin embargo, el tiempo pasa y nada parece ordenarse. La política evita el tema y los políticos, con una cobardía vergonzosa, prefieren el silencio incómodo a la verdad histórica.

Del kirchnerismo no puede esperarse sino mala fe, pues ha sido y es una gestión signada por la mentira, la corrupción y el doble discurso y porque, además, muchos de aquellos guerrilleros que participaron entonces del ataque a las instituciones y se beneficiaron con el dinero mal habido que cobraron fungiendo en víctimas, hoy usufructúan cargos de envergadura al calor del Estado. Y si no ellos, padecemos a sus hijos en el gobierno. Pero en el resto del arco político había depositada una expectativa distinta que no sucedió. Y no podremos superar nunca nuestras diferencias mientras se siga consumiendo una versión falaz y recortada de nuestra historia reciente como es el hecho de que cualquier relato inicia en 1976 con el golpe militar, como si antes de esa fecha hubiera reinado la paz.

¿Qué tiene de memoria, de verdadero y de justo un acto que oculta a gremialistas, empresarios, militares y civiles que el terrorismo asesinó? ¿Hay muertos de primera y muertos de segunda? ¿Qué les decimos como sociedad a sus familiares o a los de los sindicalistas como José Ignacio Rucci, asesinado en 1973, a los del empresario italiano Oberdan Sallustro asesinado en 1972, a los de los militares Jorge Ibarzábal (secuestrado en enero de 1974 y asesinado diez meses después) y de Argentino del Valle Larrabure (secuestrado en 1974, torturado y asesinado en 1975)? ¿Cómo se cuenta la historia del juez Jorge Quiroga (asesinado en 1974) o la del profesor Carlos Sacheri, asesinado en1974 a la salida de misa frente a sus cinco pequeños hijos? ¿Son menos condenables los crímenes de la joven de 15 años Paula Lambruschini o del empresario Francisco Soldati y los de miles de víctimas de ese terrorismo que sin piedad sembró de sangre y muerte la historia del siglo XX?

¿Cómo se puede adherir a la mentira de una historia mal contada? ¿Cómo se construye concordia sobre la falsedad?

A las puertas de una elección presidencial, la Argentina aún arrastra viejos dramas sin resolver que siguen sangrando y que atraviesan a la sociedad en su conjunto. Necesitamos elevarnos de la mezquindad que ha sido la moneda corriente todas estas décadas y estar dispuestos a cargar la mochila de nuestra historia y de nuestros muertos con dignidad, con dolor pero con nobleza.

(De www.laprensa.com.ar)

Actitud socialista

Nuestra actitud predominante proviene de una previa visión que tengamos respecto del mundo en el cual estamos inmersos. En cuanto a lo que más incide en tal actitud, es posible que sea la opinión que tengamos de los seres humanos en general. Así, quien supone que el ser humano es perverso e indisciplinado, mayoritariamente, ha de promover la existencia de un Estado que limite severamente toda libertad individual, suponiendo que de esa forma se protegerá a cada individuo y a toda sociedad.

Esta postura pesimista es propia de los adherentes a los sistemas totalitarios. La realidad pareciera ser tal que la humanidad está compuesta tanto por personas buenas como malas. De ahí que es necesario establecer instituciones que permitan el libre desenvolvimiento de los buenos para facilitar, además, la posterior inserción de quienes están poco adaptados a la vida en sociedad.

Quienes suponen que es el Estado el que debe controlar y dirigir, mental y materialmente, a todo integrante de la sociedad, presupone que en realidad tal Estado ha de estar dirigido por seres humanos "especiales", dotados de virtudes y sabiduría de las que carece el ciudadano común, suponiendo que los seguidores de Marx son las personas indicadas por ser los conocedores de "la verdad revelada" de una vez y para siempre.

Los principales síntomas de la actitud del socialista son la burla y la envidia, lo que se conoce como el odio. Esta actitud es independiente del nivel intelectual y económico de las personas. Mediante la burla denota cierta alegría propia por el sufrimiento ajeno, mientras que con la envidia denota cierto sufrimiento propio ante el éxito ajeno. De ahí que el socialista sea esencialmente un ser antisocial, si bien trata por todos los medios en mostrarse como alguien solidario y con buenas intenciones.

Los procesos revolucionarios se parecen, en cierta forma, a la conformación de una bomba de fisión nuclear, la cual requiere llegar previamente a una "masa crítica", es decir, a cierta cantidad de material fisionable que permite la reacción en cadena posterior. Así, en la sociedad se necesita llegar a una "masa crítica" de adherentes al socialismo para un posterior acceso al poder vía elecciones democráticas. La analogía pierde algo de validez para el acceso al poder vía revoluciones armadas.

La "masa crítica" requiere de participantes tanto activos como inactivos. Nicolás Márquez escribió al respecto: "Por un lado encontramos lo que denominaremos el «progresista activo», que es el ideólogo, el militante consciente, portador de un objetivo concreto. Por el otro, encontramos al «progresista pasivo» (la inmensa mayoría de sus miembros) que son simples adherentes al discurso superficial del progresismo" (De "La mentira oficial"-Mar del Plata 2006).

El camino hacia el socialismo, según Márquez, es el siguiente: "La enmascarada finalidad de los «progresistas activos» consiste entonces en «destruir» la cultura, las instituciones y los valores tradicionales o naturales, no para generar un gigantesco escombro socio-cultural como un daño per se, sino para, sobre sus ruinas, edificar todo aquello que no se pudo efectuar por la vía armada y la coacción. En cambio, el «progresista pasivo» (probablemente bienintencionado) no tiene conocimiento sobre estas metas ulteriores, pero resulta involuntariamente funcional a sus retorcidos intereses escondidos por los «progresistas activos», que obran como verdaderos titiriteros. Para estos últimos, el objetivo de plazo inmediato es cambiar todos los paradigmas antedichos y a la postre, modificar las estructuras políticas".

Respecto de la hipocresía socialista, el citado autor escribió: "El «progresista pasivo» se muestra a favor del «amor libre» (siempre y cuando no lo practiquen su mujer y su hija) aplaudiendo efusivamente la novedad del «casamiento gay» (siempre que el contrayente no sea su hijo); en materia criminológica, el «garantismo» se considera «un avance de los derechos humanos» (hasta que le roban la casa e ipso facto peticiona la pena de muerte); mira con antipatía al sistema económico capitalista, pero cuando tiene que emigrar al extranjero en busca de prosperidad, ni se le ocurre escoger un país que no sea capitalista y así, se sirve y disfruta del confort y la tecnología occidental, aunque con entusiasmo repudie a la «sociedad de consumo»".

"Fustiga con virulencia a la Iglesia, hasta que padece una enfermedad o situación grave y se rodea de rosarios y estampas con santos de los más variopintos; en economía abomina del individualismo y pregona un «distribucionismo solidario», hasta que le retienen o confiscan sus depósitos en algún «corralito» bancario y en defensa de su patrimonio, no vacila en impulsar el derrocamiento de un gobierno al que votó y así, se divulgan inacabables declaraciones de principios nunca practicadas con el ejemplo personal, que ratifican la doble faz entre el discurso y el actuar concreto. En torno a este último ejemplo, un viejo chiste decía que «socialista es todo aquel que quiere repartir lo que no le pertenece»".