domingo, 1 de febrero de 2026

Desde Gramsci a la Teoría crítica y al wokismo

El marxismo original describe a la sociedad capitalista como una organización social constituida por una infraestructura económica y una superestructura cultural. Se supone que tal superestructura cultural sirve para mantener vigente la infraestructura económica. Para cambiar este tipo de organización social, Marx cree que es necesario cambiar, vía revolucionaria, la infraestructura económica, o economía capitalista, reemplazádola por una economía socialista.

A partir de Antonio Gramsci, se supone que, para combatir y destruir la sociedad capitalista, debe primeramente prestarse atención a la superestructura cultural en lugar de intentar la revolución violenta para cambiar primeramente la infraestructura económica. Este es el proceso que prevalecerá en adelante con el objetivo siempre presente de destruir la sociedad capitalista o democrática.

La Teoría crítica, derivada de la Escuela de Frankfurt, se presenta como una continuidad de la postura de Gramsci. Finalmente, el proceso destructor se "perfecciona" mediante el denominado wokismo. En todos estos casos se observan solamente las limitaciones o los defectos visibles de las sociedades democráticas, pero se combate incluso hasta las bases de lo conocido como "cultura o civilización occidental", a la cual se acusa de promover todo tipo de dominaciones con las consiguientes exclusiones sociales.

En el ámbito de la sociología, toda nueva teoría que se presente debería intentar una mejora social que llegara a todos los integrantes de la sociedad. Sin embargo, la mayor parte de las teorías neomarxistas apuntan hacia una finalidad destructiva. George Ritzer escribió: "La mayor parte de la Teoría crítica ha fracasado totalmente en su intento de integrar teoría y práctica. De hecho, una de las críticas más famosas que se dirigen a la Teoría crítica es que adopta formas de expresión tan complejas que las masas no pueden acceder a ella. Además, comprometida con el estudio de la cultura y la superestructura, aborda una serie de cuestiones sumamente esotéricas y apenas se ocupa de las preocupaciones pragmáticas y cotidianas de la mayoría de las personas" (De "Teoría sociológica contemporánea"-McGraw Hill Interamericana de España SA-Madrid 1993).

Cuando se habla en forma positiva de las sociedades democráticas o de la cultura occidental, no implica que no se adviertan las serias deficiencias que se observan cotidianamente. Debe tenerse presente que la base ideológica greco-romana-judeo-cristiana requiere de una previa adaptación a nivel individual y, aún cuando se acepte plenamente dicha base cultural, si no se cumplen con los requisitos, o "mandamientos", inherentes a ella, las crisis y la decadencia vendrán en forma inevitable. De ahí que no debería abandonarse la base cultural occidental para ser reemplazada por alguna variante del marxismo o bien por el Islam.

La Teoría crítica tiende a combatir todo lo que sea "dominación", ya que observa "dominaciones" por todas partes, y a pesar de buscar la propia dominación mental sobre la mayor parte de la población del planeta. Ritzer escribió: "Se hizo evidente que la Unión Soviética, a pesar de su economía socialista, era una sociedad tan opresora, incluso en la era de la perestroika, como la sociedad capitalista. Como las dos sociedades tenían economías diferentes, los pensadores críticos debían buscar en otro lugar la principal fuente de la opresión, y comenzaron a buscarla en la cultura".

"A los aspectos de las preocupaciones de la Escuela de Frankfurt -la racionalidad, la industria de la cultura y la industria del conocimiento- pueden añadirse otros temas, de entre los que destaca el interés por la ideología. Los pensadores críticos entienden por ideología los sistemas de ideas producidos por las élites sociales que suelen ser falsos y cegadores. Todos estos aspectos específicos de la superestructura y la orientación que les dio la Escuela crítica pueden incluirse bajo el encabezamiento «crítica a la dominación»".

Mientras que Marx promovía la violencia revolucionaria en los proletarios del siglo XIX, con la esperanza de que de ellos surgiera la "mano de obra" revolucionaria, para los ideólogos de la Teoría crítica serán las universidades las que deberán cambiar las ideas y creencias de toda sociedad. Es oportuno señalar que los teóricos críticos se lamentaban que las universidades de algunas décadas atrás gozaran de cierta libertad intelectual, de ahí el trabajo de infiltración posterior. George Ritzer agrega: "La Escuela crítica también se interesa por lo que ella denomina la «industria del conocimiento», que hace referencia a las entidades relativas a la producción del conocimiento (por ejemplo, las universidades y los institutos de investigación), que han pasado a ser estructuras autónomas de nuestra sociedad. Su autonomía les ha permitido extender su mandato original. Se han convertido en estructuras opresoras interesadas en extender su influencia por toda la sociedad".

Puede decirse que, si antes las universidades eran "opresoras" ante los críticos, ahora se han convertido en "destructoras" de la sociedad, ya que todo lo que implique marxismo predica alguna forma de odio entre sectores, lo que impide la unión de seres humanos y la formación de una sociedad verdaderamente humana.

Sigue Ritzer: "El análisis crítico de Marx del capitalismo le llevó a confiar en el futuro; sin embargo, la postura que llegan a adoptar muchos teóricos críticos carece de esperanzas. Creen que los problemas del mundo moderno no son específicos del capitalismo, sino que son endémicos de un mundo racionalizado, incluyendo las sociedades socialistas. Ven el futuro, en términos weberianos, como una «jaula de hierro» llena de estructuras cada vez más racionales donde las posibilidades de escapar disminuyen a medida que pasa el tiempo".

"Una buena parte de la Teoría crítica (como el grueso de la teoría general de Marx) adopta la forma de análisis crítico. Aunque los teóricos críticos manifiestan también intereses positivos, una de las críticas fundamentales dirigida a la Teoría crítica es que ofrece más críticas que contribuciones positivas. Este permanente negativismo exaspera a muchos estudiosos que creen que la Teoría crítica tiene poco que ofrecer a la teoría sociológica".

sábado, 31 de enero de 2026

Auguste Comte y la religión universal

En algunos pensadores pueden advertirse grandes aciertos junto a grandes errores, opacando éstos a los primeros. Este es el caso de Auguste Comte, fundador de la sociología, quien promovió la idea de considerar a todo lo existente como regido por leyes naturales invariantes, incluyendo a la sociedad y a todo individuo bajo esta forma regulatoria. Comte escribió: “El carácter fundamental de la filosofía positiva es el considerar todos los fenómenos como sujetos a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso y cuya reducción al mínimo número posible son la finalidad de todos nuestros esfuerzos”.

“Sólo el estudio directo del mundo exterior ha podido producir y desarrollar la gran noción de las leyes de la naturaleza que, como consecuencia de su extensión gradual y continua a fenómenos cada vez menos regulares, ha tenido que ser finalmente aplicada incluso al estudio del hombre y de la sociedad, último término de su total generalización”.

"La verdadera libertad no es más que una sumisión racional a las leyes de la naturaleza".

"El progreso debe ser considerado simplemente como el desarrollo del orden; el orden de la naturaleza implica necesariamente el germen de todo progreso positivo. El progreso, pues es esencialmente idéntico al orden, y debe ser considerado como la manifestación del orden".

Orden y progreso es el lema de Brasil por lo cual ambas palabras aparecen en la bandera de ese país, siguiendo las ideas de Auguste Comte.

El gran error de Comte está asociado a su "diseño" de una nueva religión. Georg Ritzer escribió: “Teniendo en cuenta la exagerada concepción comtiana del positivismo, así como la posición que él mismo se atribuía en su sistema, no nos sorprende que en su obra tardía concibiera un grandioso plan para el futuro del mundo. Es en esa parte de su obra donde encontramos las ideas más ridículas y extravagantes”.

“Por ejemplo, sugería la creación de un nuevo calendario positivista de trece meses, cada uno dividido en veintiocho días. Estableció numerosas fiestas para reafirmar el positivismo y sus principios básicos y venerar a sus héroes seculares. Se propuso incluso crear nuevos templos positivistas. Especificó la cantidad de sacerdotes y vicarios que necesitaba cada templo […] Todas estas figuras religiosas debían despreocuparse de la cuestión material: ¡Su subsistencia correría a cuenta de los banqueros!”.

“Aunque no los consideraba como fuerzas revolucionarias, Comte finalmente asignó a algunos miembros de la clase alta, como los banqueros e industriales, papeles cruciales en la nueva sociedad positiva. Especificaba que Europa occidental tendría «dos mil banqueros, cien mil comerciantes, doscientos mil fabricantes y cuatrocientos mil agricultores»”.

“En lo que a otros temas se refiere, Comte animaba a la creación de una biblioteca positivista que incluyera cien libros (que él se ocupó de especificar). Desaconsejaba las lecturas adicionales porque obstaculizaban la meditación, lo que refleja también el aumento progresivo del antiintelectualismo de Comte” (De “Teoría Sociológica Clásica”-McGraw-Hill SA-Madrid 1993).

El aspecto que debe destacarse es la necesidad que advirtió Comte respecto de encontrar o promover una religión de validez universal, debido a los efectos negativos que a lo largo de la historia han provenido de las diversas religiones en conflicto. No advirtió que el cristianismo, desprovisto de los misterios e incoherencias lógicas, puede muy bien considerarse como una religión universal compatible con las leyes naturales que rigen todo lo existente. Pierre Manent escribió al respecto: "Hay que corregir el sistema económico y social al completarlo y coronarlo, no con una organización política antigua o nueva -en su opinión la política es arcaica, sino anárquica-, será con una religión nueva, válida para los espíritus formados en los métodos científicos. Por lo tanto habrá que corregir y completar el poder industrial y financiero con el poder espiritual de académicos, mujeres y proletarios; habrá que corregir y completar el egoísmo con altruismo" (De "Curso de Filosofía Política"-Fondo de Cultura Económica de Argentina SA-Buenos Aires 2003).

jueves, 29 de enero de 2026

¿Ignorancia o perversidad?

Cuando observamos, no sin cierta sorpresa, el apoyo, seguimiento y hasta adoración de personas nefastas para la sociedad, como es el caso de los líderes considerados como los mayores criminales de la historia, algunos aducen que se trata de un problema de ignorancia, mientras que otros suponen que es una cuestión de simple perversidad.

Mientras que Friedrich Hayek asociaba a los socialistas un problema de ignorancia, suponiendo incluso que entre los socialistas existían muy buenas personas, para Ludwig von Mises la adhesión al socialismo implicaba una tendencia, poco santa, a la envidia. En nuestra época, principalmente, con amplias fuentes de información, casi nadie puede negar las diversas catástrofes humanas producidas por los totalitarismos, por lo cual, las adhesiones al socialismo llevan necesariamente cierta dosis de perversidad.

La perversidad es un síntoma del odio, actitud por la cual tendemos a alegrarnos del mal ajeno y entristecernos por sus éxitos. El síntoma de la alegría por el mal ajeno lleva implícita la tendencia a la burla, mientras que el síntoma de la tristeza por el bien ajeno es la envidia. De ahí que los masivos asesinatos de gente inocente sea del agrado de muchos envidiosos. Recordemos el caso de los atentados islámicos a las torres gemelas de Nueva York y la reacción de una líder socialista en la Argentina (Hebe de Bonafini) quien afirmaba "haber festejado" los atentados (por cuanto murieron algunos miles de sus odiados ciudadanos yankys). Cuando una radioemisora de Buenos Aires preguntaba por la adhesión, o no, a tal expresión de "felicidad", un 55% de encuestados afirmó coincidir con la actitud de dicha líder de Madres de Plaza de Mayo.

El odio está íntimamente ligado a la mentira. Imaginemos un caso extremo en el que una persona llamada Juan Estafador perjudica seriamente a Pedro Inocente. Debido a las penurias de por vida que Juan Estafador produjo en Pedro Inocente, éste sentirá un odio intenso por aquél. Pedro Inocente rechazará toda opinión favorable a Juan Estafador, incluso tratando de difamarlo de alguna manera. De ahí que el odio tiende a generar la mentira y a cambiar la realidad, que son la misma cosa.

Los políticos populistas y los totalitarios, tienden a divulgar mentiras y a crear "enemigos del pueblo" de manera que el pueblo también comience a mentir sobre los sectores odiados. El caso más importante es el de los ricos que serían los culpables de la pobreza de otros, excluyendo otras posibles causas. Entonces, el político se asegura de esa forma haber inoculado a un gran sector de la sociedad de un odio intenso y que, incluso tal sector tendrá la predisposición a creer en todas las mentiras que luego impartirán los políticos mencionados.

Se advierte en un gran porcentaje de la población cierta adversión hacia todo lo que implique un éxito ajeno o a todo que parezca ser un éxito ajeno. Incluso un importante porcentaje de adeptos al fútbol denigra todo lo que hace Liones Messi, por cuanto sus logros les resultan algo casi imposible de "digerir".

Es frecuente advertir, en toda conversación, el nivel de odio existente entre los interlocutores, que puede ser nulo en muchos casos. Todo intercambio de ideas y de información resulta poco fructífero por cuanto el nivel de odio puede parcializar completamente las opiniones tergiversando la realidad objetiva. Este es el caso de los comunistas que afirmaban que el muro de Berlín se había construido para evitar que ciudadanos de occidente "contaminarán" al paraíso soviético; una mentira evidente. De ahí que resulta imposible que un socialista, con un importante nivel de odio, vaya alguna vez a reconocer las ventajas de las sociedades democráticas.

En la actualidad, el odio generalizado está dirigido contra el hombre blanco, occidental, empresario, cristiano, etc. Los socialistas europeos están atentos a cada palabra emitida por tal individuo para acusarlo de fascista o con adjetivos por el estilo. Se advierte una generalizada discriminación moral, que divide a las personas en buenas y malas (a pesar de la vigencia del relativismo moral). Además, esta discriminación adopta la forma de discriminación racial, o étnica, que parece ser la única admitida en estos tiempos.

Para evitar los diversos adjetivos discriminatorios hacia quienes rechazan varios aspectos del Islam, un congresista español expresaba que "nosotros no tenemos absolutamente nada en contra del Islam", sino que la oposición era contra la decapitación, la lapidación, el casamiento con niñas, la misoginia, la ablación genital, el abuso infantil, la poligamia, el uso político del terrorismo, la homofobia, el abuso conjugal, la supremacía del varón, la esclavitud sexual, la yihad, la hiyab, la burka, la sharia, la zoofilia, etc.

miércoles, 28 de enero de 2026

George Soros vs. Karl Popper

Existe cierta confusión acerca de la compatibilidad de las ideas de Karl Popper y una posible aplicación de las mismas por parte de George Soros. En realidad, la propuesta de Popper no difiere esencialmente de lo que proponen los autores liberales, mientras que la propuesta de Soros tiene en cuenta prácticas cercanas al totalitarismo. Recordemos que Soros es un millonario que hace aportes para facilitar el éxito de la propuesta globalista, que apunta a la destrucción de la civilización humana.

La sociedad abierta, propuesta por Popper, implica un conjunto de seres humanos que se unen sin perder su individualidad, incluso acentuando los atributos que los distinguen de sus semejantes. Por el contrario, una sociedad cerrada es aquella en que sus integrantes se "unen" perdiendo su individualidad, renunciando a todo proyecto personal para participar solamente en la búsqueda de objetivos comunes impuestos por el Estado (o por quien, o quienes, lo dirigen).

En el caso del conjunto de los países ocurriría algo similar. El "planeta abierto" implicaría una unión pacífica de los países mediante intercambios comerciales (no exclusivamente), lo que conocemos como globalización. Este proceso queda amparado por una cultura universal construida con el aporte de todos. El "planeta cerrado" implica la unión forzada de los pueblos mediante intercambios poblacionales con diversas "culturas" (buenas o malas) que tienden a reemplazar a la cultura universal tanto como a los atributos, bienestar y potencialidades de los países desarrollados, tal el caso de la invasión colonialista afro-islámica que se abate sobre Europa, principalmente. Este proceso tiende a destruir todo atributo cultural previamente existente (globalismo).

Una sociedad abierta no ha de estar regida por decisiones individuales de algún gobernante, sino por leyes establecidas previamente y que conforman la democracia liberal. En este sentido, el liberalismo adopta una postura compatible con las religiones bíblicas, que consideran que el Reino de Dios implica el gobierno de Dios sobre los hombres a través de las leyes naturales existentes. Por el contrario, las religiones paganas (como el Islam) se basan en el criterio personal impuesto por un líder que ignora completamente toda ley natural existente, principalmente las leyes que rigen el comportamiento humano. Desde este punto de vista, se trata de una negación de la voluntad de Dios, o de la "voluntad" implícita en el espíritu de la ley natural.

Patricio Lóizaga escribió respecto de Popper: "La aplicación del racionalismo crítico al ámbito práctico se realiza en obras como La sociedad abierta y sus enemigos y La miseria del historicismo. Es deber de la praxis social evitar el sufrimiento, pero no hacer felices a los hombres (buscar esto conduce a formas de autoritarismo, ya que el que lo intenta debe imponer a los demás sus propias valoraciones)".

"A nivel político no se debe buscar la creación del «reino del amor», sino sólo instituciones controladas por la razón. Para Popper, los problemas del mundo actual no son fruto de la perversidad humana, sino consecuencia del deseo de mejorar el mundo: amor mal dirigido. Ahora bien, si la elección por la racionalidad es injustificable, también ha de serlo la elección por la irracionalidad".

"¿Por qué elegir la racionalidad como forma de vida? Siguiendo el método del racionalismo critico: por el análisis de las consecuencias. El irracionalista es dogmático a la fuerza, ya que desdeña el uso de la razón y la crítica, de modo que el racionalismo crítico se convierte en la única actitud que permite el desarrollo de la sociedad abierta, que posibilita el libre ejercicio de las facultades humanas, mientras el irracionalismo o el seudoirracionalismo a la manera platónica fomentan la constitución de sociedades cerradas, en las que un grupo de elegidos puede dictaminar qué es lo bueno para los demás".

"Si bien nuestra sociedad no es la mejor posible, es la mejor que ha existido en la historia humana. Esta imagen optimista popperiana se relaciona con su creencia de que las democracias representativas están en condiciones de defender a los miembros más débiles frente a los más fuertes. Las ideas del falibilismo hallan su aplicación política directa en el tema de la ingeniería social práctica, que permitiría la racionalización y planificación de la sociedad con el objeto de favorecer la libertad de los individuos".

"En el otro extremo del historicismo, que considera que es imposible alterar el curso de la historia, se halla la ingeniería utópica que afirma que sólo a partir de la determinación del Estado ideal es posible trazar planes concretos. La ingeniería social gradual sustentada por Popper se encuentra equidistante de ambos extremos, no plantea fines últimos para la sociedad, sino que se atiene a un plan más modesto: combatir los males" (Del "Diccionario de pensadores contemporáneos"-Emecé Editores España SA-Barcelona 1996).

lunes, 26 de enero de 2026

Cuando los Papas abandonan a sus fieles

En medios de comunicación se menciona que casi 5.000 cristianos en el mundo han sido asesinados, durante el año 2025, por el simple hecho de adherir al cristianismo. La gran maypría de estos asesinatos fueron realizados por adherentes al Islam. Sin embargo, nunca se ha escuchado decir que, tanto el Papa Francisco como León XIV, hayan protestado contra los jerarcas islámicos por tal proceso terrorífico. Por el contrario, aparecieron sonrientes durante algunos encuentros interreligiosos buscando confraternizar con quienes promueven tanto la destrucción del cristianismo como de la civilización occidental.

No todos los recientes Papas se han desinteresado por la religión para priorizar la política, como los antes mencionados, ya que Benedicto XVI sintió la responsabilidad de advertir a las mujeres católicas de no casarse con musulmanes, conociendo de antemano la vida de esclavitud que casi seguramente habrían de llevar.

Todo indica que al actual presidente de EEUU, Donald Trump, le afectan más las miles de pérdidas de vídas cristianas que a las propias autoridades de la Iglesia, que hacen todo lo posible por facilitar la expansión del Islam en Europa y en todo el planeta.

Tanto en política como en religión se corren riesgos de que aparezcan líderes más interesados en sus proyectos personales que por el bienestar y la seguridad de sus dirigidos. La Iglesia ha caído en una especie de paganismo en el cual sólo interesa la trascendencia y la popularidad de Cristo, mientras que apenas existe un interés por que sus mandamienos éticos sean aceptados por los integrantes de la sociedad humana.

No se ha avanzado demasiado desde la Edad Media cuando existían problemas similares. Así, Guillermo de Ockham escribía:

El Papa no tiene poder absoluto ni en las cosas temporales ni en las espirituales

El bien común se ha de preferir al bien particular. Por eso, al poner Cristo a Pedro al frente de las ovejas, lo que principalmente quiso fue atender a las ovejas, no a Pedro. Pero si Pedro hubiese recibido tal plenitud de poder del mismo Cristo, no habría mirado fundamentalmente por sus ovejas, sino por sí mismo y su honor. Queda, pues, claro que Cristo no dio ni a Pedro ni a sus sucesores tal plenitud de poder.

Esto se puede confirmar y apoyar desde la razón de muchas maneras. El gobierno apostólico o papal no fue instituido menos para la utilidad común de los fieles que el gobierno civil (secular) moderado y justo para la utilidad de los súbditos. Gobierno que, según los estudiosos del mundo en materia política, fue instituido para beneficio de los súbditos. Luego el gobierno papal no fue instituido por Cristo para el mismo Papa, sino para los fieles.

De todo lo cual se deduce claramente que el obispo de Roma -si quiere considerarse el primero entre los obispos- no debe buscar su propio honor diciendo que tiene toda la plenitud de poder sobre todos los fieles, sino que debe buscar la utilidad de los demás de manera que sólo se atribuya aquel poder que se juzgue necesario y útil a los fieles, con lo cual ya no es tal plenitud de poder. Pues ¿qué sentido tiene imponer cargas pesadas e insoportables o apenas llevaderas -sobre todo a débiles e imperfectos, proclives a la impaciencia y a la ira- por un señor que puede ser tonto, temerario, mal intencionado y perverso como el Papa? ¿Y de qué le sirve tener por encima de ellos a quien de iure puede imponerles sobre sus hombros cargas insoportables?

No teniendo, pues, el Papa poder dado por Dios -como ya hemos dicho- para destruir sino para edificar a los fieles, se sigue que el Papa no tiene de Cristo tal plenitud de poder.

Hay más. El Papa -lo mismo que los otros prelados de la Iglesia- no debe dominar sobre el clero tal como lo afirma san Pedro («Apacentad no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño». Luego, no tiene ni en las cosas temporales ni en las espirituales tal plenitud de poder.

(De "La filosofía medieval" de Andrés Martínez Lorca-EMSE EDAPP SL-Buenos Aires 2015).

domingo, 25 de enero de 2026

Religión de la fe y la razón vs. Religión de la evidencia y la razón

Entre las principales formas de religión se encuentran la religión de la fe, o de la creencia, y también la religión que parte de evidencias. Ambas se expanden luego mediante la razón, con sucesivas deducciones a partir del punto de partida. La razón no sólo permite las expansión de ideas sino también una especie de "control de calidad" por cuanto la coherencia lógica de las deducciones resulta ser un requisito necesario, aunque no suficiente para garantizar su compatibilidad con las leyes naturales existentes.

A la religión tradicional, o teísmo, podemos considerarla como la “religión de la creencia”, ya que proclama que la verdad ha sido revelada por el Creador a algunos elegidos que tienen como misión orientar al resto de los hombres con la sabiduría que de Él proviene. Ese resto deberá abstenerse de indagar por su propia cuenta acerca de esa verdad, por cuanto puede contradecirla, debiendo acatarla bajo el riesgo de un posible castigo eterno en caso de desobedecerla.

La religión de la creencia, o de la fe, tiene varios inconvenientes por cuanto siempre aparecen individuos que aducen ser los “verdaderos” elegidos, por lo cual no existe un criterio, inherente a este tipo de religión, capaz de permitirnos adoptar a uno y rechazar al resto, porque todos dicen cosas similares. Este es un caso análogo al de los políticos, que pronuncian palabras semejantes, pero, mientras unos dicen la verdad, los otros mienten. Sin embargo, mirando lo que hacen los gobernantes, podremos finalmente advertir si dijeron o no la verdad (aunque a veces lo sepamos demasiado tarde), mientras que en el caso de la religión resulta casi imposible advertir la veracidad o la falsedad de las promesas realizadas, especialmente cuando se trata acerca de promesas de ultratumba, no así en el caso de las normas éticas sugeridas.

En nuestra época, el nivel de conocimientos aportado por la ciencia experimental nos permite afirmar, con pocas dudas, que todo lo existente está regido por leyes naturales, y que estas leyes son accesibles, en principio, a la indagación científica. Desde las diminutas partículas fundamentales, hasta los pequeños organismos y el propio ser humano, todo está regido por leyes naturales invariantes. Esta invariancia en el tiempo y el espacio puede advertirse cuando se extrapolan, hacia el pasado y hacia lo muy lejano, las leyes de la física, comprobándose que mantienen su validez.

Ello implica que las leyes naturales (como vínculos invariantes entre causas y efectos) constituyen una instancia superior respecto de la cual debe toda religión ser compatible. Aun cuando pueda decirse que la religión tradicional “sólo es verificable en el más allá”, debe tenerse presente que el camino hacia ese “más allá” implica el cumplimiento de mandamientos en el “más acá”. En el caso del cristianismo, los efectos del cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo son verificables observando el grado de felicidad logrado.

Al constituir dicho mandamiento una adaptación del hombre a la elemental ley psicológica de la empatía emocional, se observa que resulta compatible con la instancia superior antes considerada. Por ello Cristo indicaba que “por sus frutos los conoceréis”, como criterio para distinguir entre verdaderos y falsos profetas, es decir, el profeta verdadero tiene en cuenta las leyes naturales mientras que el falso profeta no las tiene en cuenta. Jaime Balmes escribió: “Aquí no hay [término] medio: o la religión procede de una revelación primitiva, o de una inspiración de la naturaleza: en uno u otro caso hallamos su origen divino: si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha escrito la religión en el fondo de nuestra alma. Es indudable que la religión no puede ser invención humana, y que, a pesar de la desfigurada y adulterada que la vemos en diferentes tiempos y países, se descubre en el fondo del corazón humano un sentimiento descendido de lo alto: a través de las monstruosidades que nos presenta la historia, columbramos la huella de una revelación primitiva” (De “El criterio”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952)

Muchos predicadores cristianos parecen ignorar la simplicidad de la empatía emocional, la cual nos permite compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. Tal fenómeno psicológico, simple e inmediato, no requiere de una revelación directa desde Dios hacia un enviado. De ahí que, para darle un justificativo al proceso de la revelación, los predicadores aducen que el amor al prójimo implica un proceso mucho más complejo, inaccesible al individuo común y sólo accesible a los “elevados”; los que están vinculados a lo sobrenatural. Por ello establecen luego planteos de tipo filosófico que resultan inaccesibles al hombre común, careciendo de toda utilidad debido a la ambigüedad y oscuridad de sus deducciones.

Mientras que la religión tradicional requiere de la existencia de una interacción entre el hombre y lo sobrenatural, la religión de la evidencia (o religión natural) no se distingue esencialmente de la ciencia experimental, rechazando la hipótesis de lo sobrenatural por cuanto advierte que no hace falta complicar lo simple. Si tenemos en cuenta que la ciencia experimental describe las leyes naturales, o leyes de Dios, constituye una forma directa de conocer a Dios, a través de su obra. De ahí que, en lugar de suponer la existencia de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos y se comunica con algunos hombres a través de lo sobrenatural, supone un mundo ordenado mediante leyes naturales invariantes al cual nos debemos adaptar. Así, el Reino de Dios sobre el hombre es interpretado en la religión natural como el gobierno de Dios a través de las leyes naturales, que se instalará plenamente cuando el hombre se disponga a acatar dichas leyes, es decir, cuando el hombre se decida a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias. Esto, como una tendencia, actitud o predisposición general, sin un acatamiento estricto por cuanto la empatía se establece dependiendo siempre de dos o más personas.

A quienes se oponen a la religión natural, por cuanto no coincide con sus creencias y opiniones personales, se les puede recordar que es importante y necesario un resurgimiento moral de los seres humanos debido a los altos porcentajes de sufrimiento existentes en el planeta. Se les puede preguntar acerca de cuánto tiempo consideran necesario para hacer que, con sus creencias, la mayoría de los seres humanos adopten el “mandamiento empático” que permitirá el resurgimiento del hombre. Todo indica que los antagonismos y divisiones que generan las religiones de la fe no tienen solución en ese ámbito, ya que sólo la descripción y el entendimiento de las leyes naturales constituye el camino efectivo y seguro para la supervivencia amplia de la humanidad.

Este planteo resulta inobjetable teniendo presente las propias profecías bíblicas, ya que predicen un cambio importante en el futuro. Si actualmente predomina la religión de la fe y lo sobrenatural, el cambio importante ha de conducir a la religión de lo evidente y de lo natural. De lo contrario, no ha de haber ningún cambio esencial por lo que tampoco la profecía bíblica habría de ser verdadera. De ahí que, los que promueven la fe en la Biblia no creen entonces en la validez de la profecía apocalíptica, por cuanto tampoco creen en cambio alguno.

El filósofo romano Epicteto advirtió hace varios siglos respecto de la diferencia existente entre el conocimiento puramente contemplativo y aquél que nos sugiere acciones accesibles a nuestras decisiones. Debemos distinguir entre religión moral y religión contemplativa. La primera implica priorizar nuestra actitud cooperativa mientras que la segunda implica priorizar nuestra actitud cognitiva. Incluso se ha llegado al extremo de considerar que la virtud del creyente está asociada a la postura filosófica adoptada en lugar de vincularla al cumplimiento de los mandamientos. Se puede ser creyente sin cumplir con los mandamientos, mientras que se puede ser no creyente y cumplir con ellos. Jaime Balmes escribió: “Son muchas y muy varias las religiones que dominan en los diferentes puntos de la Tierra: ¿sería posible que todas fuesen verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido, los cristianos afirman que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta, los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral, los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes, unos y otros se engañan. Luego es un absurdo decir que todas las religiones son verdaderas”.

Desde el punto de vista de la religión natural se sostiene que el resurgimiento moral del hombre no sólo requiere del conocimiento y acatamiento de la ley natural, sino también de una decidida búsqueda de una mejora intelectual, ya que la predisposición a mantener nuestra mente ocupada con pensamientos importantes, deja poco tiempo y lugar para el pensamiento superfluo e incluso negativo hacia los demás. De ahí que el amor a Dios puede interpretarse, no como un proceso empático similar al destinado a los demás seres humanos, sino como “el amor intelectual de Dios” propuesto por Baruch de Spinoza.

El predominio de la religión moral sobre la religión contemplativa implica un todo coherente con la ética y con las ciencias que estudian al hombre. Jaime Balmes escribe al respecto: “Las ideas morales no se nos han dado como objetos de pura contemplación, sino como reglas de conducta: no son especulativas, son eminentemente prácticas: por esto no necesitan del análisis científico para que puedan regir al individuo y a la sociedad. Antes de las escuelas filosóficas había moralidad en los individuos y en los pueblos”.

“Así, pues, al entrar en el examen de la moral, es preciso considerar que se trata de un hecho; las teorías no serán verdaderas si no están acordes con él. La filosofía debe explicarle, no alterarle; pues no se ocupa de un objeto que ella haya inventado y que puede modificar, sino de un hecho que se le da para que lo examine. Por ese motivo, los elementos constitutivos de las ideas morales es necesario buscarlos en la razón, en la conciencia, en el sentido común. Siendo reguladores de la conducta del hombre, no pueden estar en contradicción con los medios perceptivos del humano linaje: debiendo dominar en la conciencia, han de encontrarse en la conciencia misma”.

“La razón, el sentido común, la conciencia, no son exclusivo patrimonio de los filósofos: pertenecen a todos los hombres, por lo que la filosofía moral debe comenzar interrogando al linaje humano, para que de la respuesta pueda sacar qué es lo que se entiende por moral o inmoral, y cuáles son las condiciones constitutivas de estas propiedades” (De “Ética”-Editorial TOR-Buenos Aires 1947).

sábado, 24 de enero de 2026

Las dimensiones humanas

Generalmente, se busca definir una identidad humana, con lo que se favorecería la ubicación personal en la sociedad y en el mundo. Por identidad se entiende "el conjunto único de características, creencias, valores, experiencias y rasgos que una persona desarrolla sobre sí misma". Sin embargo, muchas veces se busca integrar conjuntos humanos que coinciden con nuestros gustos o deseos personales, sintiéndose un individuo como parte integrante de una religión, tendencia política, etnia, nacionalidad, etc. Este es el primer paso para los conflictos sociales que llevan al enfrentamiento entre los distintos subgrupos humanos.

El camino inverso a mirar hacia afuera, a la sociedad, implica mirar hacia dentro, hacia uno mismo advirtiendo la existencia de tres dimensiones básicas que debemos intentar acrecentar. Ello implica que tiene mayor sentido práctico intentar mejorarse uno mismo que intentar mejorar a los demás.

Podemos describir el comportamiento humano considerando los objetivos fijados por distintos individuos para el progreso personal, y que constituyen las tres dimensiones básicas del hombre. Tales dimensiones tendrán como objetivo lograr el Bien, la Verdad y la Belleza, de ahí que apuntarán a la búsqueda del mejoramiento ético, como del intelectual y del corporal o estético. Así como el individuo que busca mejorar en los tres aspectos logrará llegar a ser un hombre integro, o completo, quien desatienda estos aspectos tenderá a ser un hombre "mutilado".

Suponiendo que nos hemos de especializar, por distintas razones, en el desarrollo de uno de los aspectos mencionados, debemos establecer cierta prioridad. De ahí que, contemplando nuestra esencia y nuestra naturaleza humana, debemos considerar el aspecto ético como prioritario, luego el aspecto intelectual y finalmente el estético. Podemos entonces hacer una síntesis de las dimensiones del hombre y los objetivos correspondientes:

1- Ética (la búsqueda del Bien)
2- Intelectualidad (la búsqueda de la Verdad)
3- Estética (la búsqueda de la Belleza)

Lo emocional está asociado al aspecto ético, y constituye el conjunto de valores más importantes del hombre. Wolfgang Goethe, para resaltar la superioridad de los sentimientos respecto del intelecto, dijo: “Lo que yo sé, todos pueden saberlo, pero el corazón es sólo mío”. Por otra parte, el destacado filósofo y matemático René Descartes, quizás justificando su estado de soltero, expresó: “He preferido la verdad a la belleza”.

Podemos caracterizar a todo ser humano, incluso a todo grupo social, mediante estos tres aspectos: ético, intelectual y estético, ya que existe cierta independencia entre los mismos. Esto se debe a que existen personas de reconocida belleza exterior, pero con pocos atributos éticos e intelectuales, o bien personas con reconocida belleza interior, pero con pocos atributos físicos e intelectuales, y así todas las demás posibilidades. El hombre plenamente adaptado al orden natural será el que tenga un desarrollo equilibrado de los tres aspectos.

Siendo la vida espiritual la que caracteriza nuestra esencia humana, la propia naturaleza nos brinda posibilidades a todos para llegar a ser personas íntegras, o a llegar muy cerca de ese ideal. Así, hay veces en que los aspectos afectivos e intelectuales crecen como compensación a una pobre valoración estética por parte del medio social. Tanto Blaise Pascal, como San Francisco de Asís, Baruch de Spinoza y Sören Kierkegaard, poseían una salud precaria, posiblemente tendrían poco atractivo estético y los cuatro vivieron alrededor de los cuarenta años, pero pasan los siglos y sus atractivas personalidades siguen despertando curiosidad. Dijo François Mauriac sobre Pascal: “…al cabo de tres siglos él aún está ahí, vivo, tomando parte en nuestras disputas. Hasta sus mínimos pensamientos nos confunden, entusiasman o incomodan, pero él es comprendido al momento, desde la primera palabra, mucho mejor que en su propio tiempo…”.

Si tuviésemos que elegir una edad óptima para detener el paso del tiempo, un deportista la elegiría entre 25 o 30 años, un científico entre 35 y 45 años, un filósofo quizás algo más, mientras que, quien basa su vida en sus vínculos sociales y afectivos, podrá elegir una edad mayor aún. De ahí que una valoración excesiva de la belleza física hará sentir poco feliz a quien posee una edad que excede a la óptima de su ideal. Lograr el desarrollo equilibrado de nuestras tres dimensiones equivale hacer más intensa nuestra propia vida.

Si tuviésemos que elegir al “modelo de hombre feliz”, quienes viven en la fase estética pensarán en algún millonario que vive lujosamente. En cambio, quienes viven en la fase ética e intelectual, podrán elegir una vida como la del médico Edward Jenner, quien alguna vez habrá podido decir con orgullo: “…con mi vacuna podré salvar 60 millones de vidas por siglo”, ya que esa fue la cantidad estimada de víctimas de la viruela durante el siglo XVIII. Por su obra podemos decir que era “creyente”, en el sentido religioso, aunque no sepamos cuáles eran sus pensamientos al respecto.

La evolución tecnológica y la vida moderna exigen al hombre un mínimo esfuerzo físico en sus actividades cotidianas, mientras que nuestra propia naturaleza requiere de cada uno de nosotros una actividad muscular permanente para el logro de una vida sana. El ejercicio físico y el deporte son necesarios e imprescindibles para el logro de una vida plena; fortalecen al cuerpo y prolongan la vida. Ayudan a embellecer el aspecto exterior como también han de servir para ejercitar la voluntad y la disciplina; aspectos necesarios para nuestro cotidiano vivir. John Locke escribió: “Educar es obtener un alma sana en un cuerpo sano”.

Cuando vemos diariamente el caso de algunos animalitos domésticos que muestran una buena dosis de afecto y de sociabilidad, y los comparamos con muchos seres humanos, compartimos aquella expresión que indica que “a medida que conozco mejor al ser humano, quiero más a mi perro”. De ahí que pareciera una sugerencia inútil hacer resaltar en la sociedad el ejemplo de notables hombres del pasado cuando, para una mejora inmediata, bastaría que señalar la presencia de algunos seres del reino animal que muestran aptitudes éticas bastante más elevadas que muchos seres humanos.

Podemos incluso establecer una escala de valores que, posiblemente, reflejará la actualidad ética de muchas sociedades. No es una escala ideal, sino real, ya que refleja los resultados de lo que el hombre busca para su vida:

1- El hombre económico (ser unidimensional que busca y valora el placer o el poder, o ambos).
2- Los animales domésticos (seres bidimensionales que superan éticamente a muchos hombres).
3- El hombre tridimensional (el que logra la integridad humana).

Mientras que el hombre crece buscando algunas, o todas, de las tres dimensiones mencionadas primeramente, los pueblos progresan eligiendo mejorar su nivel cultural, su nivel científico y tecnológico o bien su nivel económico. Incluso podemos decir que lo ético en el individuo se proyecta socialmente en lo cultural, lo intelectual en lo científico, tecnológico, artístico, etc., mientras que la búsqueda de comodidades y seguridad personales promoverán el desarrollo económico de la sociedad. Así, los romanos tenían una mentalidad práctica. Realizan, entre otras obras, 90.000 kilómetros de caminos, haciendo que Roma represente la fase tecnológica de la humanidad. Uno de ellos dijo: “Los griegos y los egipcios construyen monumentos que no tienen utilidad práctica, mientras que Roma construye caminos y acueductos que sirven a todo el pueblo”. Por el contrario, en la Grecia antigua se acentúa la fase intelectual y científica de la humanidad, y en donde, incluso, se desprecian las actividades puramente prácticas. También los pueblos deberán buscar un desarrollo equilibrado entre cultura, ciencia, tecnología y economía, que, como se dijo, resultan de la proyección de los valores individuales como valores sociales.

Generalmente se afirma que las crisis sociales y humanas se deben a un descenso en la búsqueda de valores personales. En esos casos predomina la idea del relativismo moral y cognitivo. Quienes adhieren a tales relativismos consideran que no existe el Bien ni la Verdad en un sentido objetivo. De ahí que, si el Bien y la Verdad son sólo cuestiones convencionales, no merecerían que les dediquemos demasiado tiempo y esfuerzos, ya que sólo adquiriremos atributos de reducida valoración social y de dudosa validez objetiva.

La más importante sugerencia para la mutilación espiritual del hombre proviene del marxismo cuando sostiene que no existen el Bien ni la Verdad objetivos y que todos esos conceptos derivan del sistema económico de producción y distribución vigente en determinada sociedad. Sostiene que todos los atributos del hombre renacerán una vez que se haya establecido el socialismo, al cual se llegará mediante una revolución, es decir, primeramente se siembra el odio, que luego llevará a una lucha entre sectores y finalmente, casi por arte de magia, aparecerá el “hombre nuevo” emergente del socialismo.

Podemos decir que el “homo economicus”, como “especie” predominante en las sociedades en crisis, no sólo lo encontramos en la base del socialismo, sino también en las sociedades de consumo. Posiblemente de ahí surjan las severas críticas al capitalismo, como sistema económico creador del “hombre unidimensional”, que carece de atributos éticos e intelectuales.

En este caso, el error que se comete radica en seguir el pensamiento marxista, ya que atribuye todos los defectos de una sociedad al sistema de producción. Si el individuo típico de la sociedad de consumo no busca su perfeccionamiento ético, intelectual y estético, y tan sólo busca lograr comodidades para su cuerpo, a través de la adquisición de bastante dinero, ello poco tiene que ver con las ventajas operativas que presenta el sistema capitalista de producción y distribución de bienes y servicios.

La economía de mercado es superior, o menos mala, si se prefiere, que la economía planificada. Su función es responder y satisfacer de la mejor manera a las demandas establecidas por el consumidor. Pero la ética que debe imperar en la sociedad debe reflejarse en el tipo de demanda que el consumidor establece. La ética debe tratar de mejorar las actitudes del cliente y del productor, siendo el sistema del mercado un sistema éticamente neutro, que no empeora ni mejora las conductas individuales. Si alguien come o bebe excesivamente, no debe culparse a quienes producen o venden alimentos o bebidas, sino que toda la responsabilidad recae sobre el propio consumidor. Si se atribuye al sistema capitalista la culpabilidad respecto del egoísmo y del materialismo extremo que impera en las sociedades en crisis, se deja de lado la posibilidad de buscar mejoras a nivel individual.

Todo sistema que funcione en base a la libre elección, por parte de los individuos que lo integran, funcionará aceptablemente en cuanto exista en tales individuos una base ética mínima y aceptable. De lo contrario, nunca funcionará adecuadamente. De la misma manera en que se acusa al sistema de mercado por “permitir” los excesos del hombre, podemos incluso cuestionar al propio Creador, o a la propia Naturaleza, por habernos dado libertad de elección por cuanto todavía no somos capaces de adaptarnos plenamente a las leyes naturales establecidas siendo el sufrimiento una medida de esa desadaptación.

Así como no es oportuno decir que el mundo está mal hecho, y que es para el hombre una trampa sin solución ni esperanzas, es posible decir que el capitalismo es un sistema que requiere del individuo el mismo tipo de ética que el necesario para el buen desempeño individual en la sociedad humana surgida libremente a partir de nuestros atributos personales.