Cuando, desde la neurociencia, se reconoce la existencia de dos sectores diferenciados del cerebro encargados de la búsqueda de placer y de la búsqueda de felicidad, respectivamente, ello nos da un indicio de un sentido de la vida preferencial impuesto por el orden natural. Así, la felicidad, asociada a las emociones, favorece la supervivencia individual y colectiva, mientras que la búsqueda de placer, como algo prioritario, aleja a todo individuo de la "felicidad natural".
Leemos al respecto: "En neurociencia se distingue claramente el placer de la felicidad, ya que ambos estados activan diferentes vías biológicas, utilizan distintos neurotransmisores principales y tienen propósitos evolutivos totalmente opuestos. La confusión entre ambos términos es común debido a la cultura del consumo, pero el cerebro los procesa a través de mecanismos moleculares independientes".
"La paradoja neurobiológica: por qué mucho placer destruye la felicidad. El cerebro cuenta con un mecanismo de protección celular. Cuando experimentamos picos excesivos de placer (mucha dopamina), las neuronas receptoras se defienden de la toxicidad de la sobreexcitación reduciendo el número de sus receptores. A esto se le conoce como regulación a la baja (downregulation).
Como consecuencia directa":
1. Se genera tolerancia: La próxima vez necesitarás un estímulo mucho mayor (más compras, más comida, más pantallas) para sentir el mismo nivel de placer.
2. Se inhibe la felicidad: Biológicamente, la exposición crónica y excesiva a la dopamina actúa como un freno para la serotonina. Por lo tanto, la búsqueda frenética y obsesiva de placer inmediato termina reduciendo la capacidad del cerebro para experimentar paz y felicidad a largo plazo.
(Modo IA).
En cuanto al placer y la alegría (asociada a la felicidad), Martín Seligman escribió: “El placer es la sensación agradable que resulta de la satisfacción de necesidades homeostáticas como el hambre, el deseo sexual y la comodidad física. La alegría designa los sentimientos agradables experimentados cuando se superan los límites de la homeostasis –cuando hacemos algo que supera lo que éramos antes- en una presentación atlética, una manifestación artística, una acción altruista, una conversación estimulante. La alegría, más que el placer, conduce al crecimiento personal y a la felicidad duradera. ¿Por qué, entonces, la mayoría de la gente busca el placer más que la alegría, aun cuando tiene la posibilidad?” (Citado en “Los nuevos Psi” de Catherine Meyer-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2010).
Cuando se habla de una conversión religiosa, debe señalarse que no es otra cosa que la renuncia a la búsqueda de placer para reemplazarla por la búsqueda de alegría, o la renuncia a una vida estética por la adopción de una vida ética. Sören Kierkegaard las considera incompatibles, de ahí el título de su obra “Enten-Eller” (O lo uno, o lo otro), refiriéndose a la incompatibilidad entre una vida y otra. Pablo Da Silveira escribió: “Kierkegaard quería enfrentar a sus lectores a una opción entre dos caminos divergentes, de los cuales solamente uno conducía a la moralidad. Y lo escandaloso era que, en lugar de pronunciarse desde el principio a favor de esta opción, Sören decidió explorar ambas vías hasta sus últimas consecuencias. Así construyó la imagen literariamente genial de una existencia que era al mismo tiempo inmoral y fascinante”.
“El personaje que creó Kierkegaard para describir la vida que se aparta de la moral se llama Juan el Seductor. Juan es un mujeriego refinado e inescrupuloso que sale a la caza de jovencitas y las incita a vivir aventuras perfectas. Su objetivo es «vivir estéticamente», es decir, vivir en una continua búsqueda de experiencias y de sensaciones, manteniéndose en un eterno presente que no se preocupa del tiempo. Se trata de ir de lo interesante a lo interesante, de sumergirse en el ahora, de disolver la vida en una serie de instantes agradables e inconexos. El seductor desconoce el compromiso y la responsabilidad. Busca permanentemente lo nuevo y, cuando lo que tiene entre manos pierde novedad, pasa rápidamente a otra cosa”.
“La otra respuesta consiste en lo que Sören llamaba la «vida ética», cuyo representante, el juez Wilhelm, nunca alcanzó la fama de su rival. «Vivir éticamente» significa vivir con el propósito de construir una vida moralmente buena. Por eso, el hombre que vive éticamente mira su vida como una unidad y se preocupa de su coherencia. Tiene que darse buenas explicaciones acerca de lo que ha hecho y tiene que hacer de su vida una historia con sentido” (De “Historias de filósofos”-Alfaguara-Buenos Aires 1997).
Las actuales sociedades en crisis están constituidas por individuos que están bastante más cerca de una vida estética que de una vida ética. La búsqueda del placer y del ocio, bajo las ideas del posmodernismo y del relativismo moral, y el rechazo de una ética y una finalidad objetivas, impuestas por el orden natural, ponen en evidencia la decadencia de los valores morales requeridos para el logro de un aceptable nivel de felicidad. De ahí que el primer eslabón en la secuencia de causas y efectos, que podrá llevarnos a superar la crisis, o la decadencia, depende esencialmente de la búsqueda individual de la alegría, que ha de ser luego compartida por los demás, y el rechazo paulatino de la búsqueda de placeres y comodidades, al menos como objetivos prioritarios de nuestra vida.
Es posible distinguir, como se dijo, dos tendencias principales que apuntan hacia la búsqueda de la felicidad; que es el objetivo común de todos, o casi todos, los seres humanos. Algunos responden al llamado del "principio de placer" suponiendo que los goces y las comodidades del cuerpo implicarán el mejor camino hacia tal objetivo; otros responden al llamado del "principio de felicidad", suponiendo acertadamente que los vínculos afectivos son el camino que el orden natural nos exige transitar para arribar a mayores grados de felicidad.
Los primeros, motivados por el egoísmo, relegan la moral a un segundo plano, ya que la ética natural se basa esencialmente en la empatía emocional, que poco tienen en cuenta. Los segundos, por el contrario, interpretan que la supervivencia de la humanidad se logrará cumpliendo con la exigencia de que la felicidad individual se ha de lograr simultáneamente con la felicidad de los demás, admitiendo la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.
Estas dos formas extremas de afrontar la vida fueron consideradas por Sören Kierkegaard en su libro "Estética y Ética. En la formación de la personalidad". Al respecto, complementando lo antes mencionado sobre Kierkegaard, Carlos Goñi escribió: "El hombre estético vive de la inmediatez, busca el instante placentero, es hedonista, está pegado a las cosas, no se compromete con nada ni con nadie. Pero desespera necesariamente ante la imposibilidad de encontrar la eternidad en el instante. La única forma de huir del tedio, la inquietud y la inestabilidad propios de esta esfera es optar por una vida ética auténtica".
"El hombre ético, en cambio, está instalado en lo general: actúa como todo el mundo, es el hombre del compromiso matrimonial. El matrimonio refleja claramente esta esfera en que se recupera la sensibilidad estética en un orden más elevado y racional, representa la realización concreta del ideal ético, donde las demandas estéticas legítimas pueden ser llevadas a su plenitud. La existencia ética aporta a la esfera estética un bien del que ésta carecía: la libertad. El hombre auténticamente libre no es el esteta, que vive esclavizado por los placeres, sino el ético, que es capaz de escoger responsablemente" (De "Las narices de los filósofos"-Editorial Ariel SA-Barcelona 2008).
Llevando las cosas al extremo, puede decirse que el hombre estético pareciera poseer solamente sexo, antes que alma, ya que orienta su vida en función exclusiva del placer sexual, considerando como "bueno" todo lo que favorece el logro de su objetivo y "malo" lo que lo impide. El hombre estético traduce toda incomodidad en sufrimiento, por lo que es intolerante ante los pequeños inconvenientes de la vida cotidiana. Además, su capacidad para tolerar o soportar el sufrimiento, es mínima. Pero el mayor inconveniente que presenta es el de carecer de ética, por cuanto centra toda su atención en su propia persona y en su propio cuerpo, ignorando completamente a quienes le rodean y desinteresándose por todo lo que al prójimo le pueda suceder.
Cuando se habla de "conversión religiosa", generalmente se la asocia a la creencia en Dios o a cuestiones de tipo cognitivo o filosófico, mientras que lo esencial es el paso de la vida estética a la vida ética. Éste ha sido el caso de quienes conocieron la frivolidad de la vida estética, con sus ventajas y desventajas, hasta adoptar una vida ética, como fue el caso de San Francisco de Asís, de Blaise Pascal, de Sören Kierkegaard, entre otros.
En el caso de San Francisco, sin embargo, se advierte una tendencia hacia el rechazo exagerado de lo estético, en el sentido considerado. La voluntaria pobreza extrema, proviene de la aversión de las riquezas y las comodidades del cuerpo, que vuelven a tener una importancia vital, aunque esta vez para desdeñarlas. Por el contrario, la vida ética no necesariamente se establece renunciando a toda forma de placer, sino ubicándolo como complemento de lo afectivo o lo emocional.
domingo, 1 de noviembre de 2026
viernes, 30 de octubre de 2026
Acerca del dirigismo en economía
Por lo general, poco se tiene en cuenta que las economías de los países exitosos son favorecidas por los gobiernos de turno, cuando éstos respetan el libre mercado, pero son generadas por la actividad privada, principalmente. De ahí que casi siempre se culpa a los gobiernos por las economías mediocres, proponiendo cambios de tipo intervencionista, buscando mejoras. Sin embargo, toda distorsión del proceso del mercado tiende a empeorar las cosas en lugar de mejorarlas.
El surgimiento de las economías dirigidas desde el Estado se establece en Europa en épocas de la Primera Guerra Mundial y posteriores. Tales economías fueron acompañadas de políticas de tipo totalitario, como fueron los casos del fascismo, del nazismo y del comunismo. Fausino Ballvé escribió al respecto: "Durante la guerra del 1914-18 los gobiernos de los países beligerantes y de algunos países neutrales reclamaron de sus parlamentos facultades para intervenir en la vida económica. Las justificaban por los secretos militares, por las prioridades que la guerra exigía y, en los países neutrales, por la necesidad de parar en seco los golpes que el huracán bélico daba a la vida económica normal produciendo escasez y carestía. Terminada la guerra vino la normalización con sus problemas y luego vinieron las crisis".
"Las aguas no querían volver a sus cauces pacíficos y entonces apareció en Alemania la palabra «Planwirtschaf». Olvidando el origen de todo aquel desorden se dijo que la economía moderna era demasiado complicada para andar sola. Era preciso que los «sabios» trazaran planes y que los gobiernos los aplicaran. Sabios no faltaron; tampoco gobiernos deseosos de ampliar su esfera de poder, ni burócratas que especularan sobre las posibilidades de un trabajo tranquilo y bien remunerado en las nuevas oficinas que exigía la intervención económica gubernamental".
"Surgió una catarata de libros sobre la economía dirigida o la planeación económica. Roosevelt ensayó en los Estados Unidos, con resultados absolutamente espectaculares y engañosos, el New Deal. Lord Keynes lanzó su Teoría General de la Ocupación, el interés y el dinero, las escuelas de Economía fabricaron a todo vapor generaciones de economistas pedantes que vieron el cielo abierto en la sin cesar creciente administración pública y el mundo se inundó por el «dirigismo», epidemia que recuerda la pavorosa grippe española que también siguió a la Primera Guerra Mundial".
"Los «dirigistas» o «planeadores», según dicen ellos, quieren salvar la economía libre, aun cuando de hecho son, como lo ha demostrado Friedrich Hayek en su famoso Camino de Servidumbre, las Celestinas del comunismo, aun sin darse cuenta muchos de ellos. Su propósito, según palabras de W. A. Lewis (La planeación económica) es remediar las debilidades de la economía de libre empresa, que consisten en la falta de movilidad de los recursos, la injusta distribución de la riqueza y la incapacidad para hacer frente al comercio internacional. Los remedios que proponen para remediar estas «debilidades» son, en resumen, los impuestos y los subsidios, la intervención en los salarios y en los precios, el control de la moneda y el control del comercio internacional" (De "Diez lecciones de economía"-Victor P. de Zavalía Editor-Buenos Aires 1960).
Entre las justificaciones aducidas por los sectores dirigistas subyace la idea de que los capitalistas y empresarios son "egoístas y explotadores por naturaleza" y que los políticos a cargo del Estado están exentos de tales defectos, algo que constituye una especie de discriminación social latente. Más adelante Ballvé escribe: "Lewis y sus correligionarios proponen la confiscación de los capitales. Quieren sustraer el capital privado, por medio de estas confiscaciones a la economía y entregarlo al gobierno. Y ¿qué hará el gobierno con el dinero? No puede hacer más que una de estas dos cosas: o gastarlo en forma improductiva (aumento de la burocracia y de la policía, obras públicas de fantasía) en cuyo caso la producción se estanca en relación con el aumento de la población, y el nivel de vida baja, o bien emplearlo en la producción directamente o por medio de organizaciones llamadas descentralizadas, lo cual, prácticamente es el socialismo, que es precisamente lo que los dirigistas pretenden querer evitar con sus medidas correctivas de las «debilidades de la economía libre»".
"Dentro de esta línea redistributiva y «para que los pobres no sufran tanto», proponen los dirigistas el control de los precios y de los salarios, pero no de todos, porque esto sería el socialismo que según ellos quieren evitar. Hay a veces artículos de consumo necesario que resultan demasiado caros para los pobres y hay que fijarles precios bajos obligatorios. Pero esto, que es tan simpático en teoría, resulta imposible en la práctica".
"Ningún productor estará dispuesto a sostener una producción incosteable, porque las cosas no son caras por capricho del productor -la libre competencia cuida de evitarlo-, sino por su costo. Si se fijan por el gobierno precios incosteables, el productor, o dejará de producir o habrá que subsidiarlo. Y como los subsidios los paga el gobierno con el dinero del contribuyente, resulta que lo que el consumidor ahorra en el precio lo paga en el impuesto".
"Por otra parte la baratura de un producto invita al despilfarro y entonces se impone el racionamiento. Pero este tampoco resuelve el problema. Cuando hay racionamiento todo el mundo toma su ración íntegra aun cuando no la necesite, y la revende en el mercado negro o la emplea para fines inferiores para alimentar el ganado con el pan del racionamiento de las personas. En Francia, cuando terminó la última guerra, se suprimió el racionamiento del pan, y el gobierno tuvo la sorpresa de ver que, en régimen de mercado libre, los franceses consumían menos pan que en régimen de racionamiento".
Por lo general, los dirigistas tienen como objetivo lograr la igualdad social o económica de la población, en lugar de lograr la reducción de la pobreza. La eliminación de la desigualdad tiende a limitar el sufrimiento de los envidiosos, que lo son por cuanto en su escala de valores sólo cuenta lo material, dejando de lado lo emocional y lo intelectual.
El surgimiento de las economías dirigidas desde el Estado se establece en Europa en épocas de la Primera Guerra Mundial y posteriores. Tales economías fueron acompañadas de políticas de tipo totalitario, como fueron los casos del fascismo, del nazismo y del comunismo. Fausino Ballvé escribió al respecto: "Durante la guerra del 1914-18 los gobiernos de los países beligerantes y de algunos países neutrales reclamaron de sus parlamentos facultades para intervenir en la vida económica. Las justificaban por los secretos militares, por las prioridades que la guerra exigía y, en los países neutrales, por la necesidad de parar en seco los golpes que el huracán bélico daba a la vida económica normal produciendo escasez y carestía. Terminada la guerra vino la normalización con sus problemas y luego vinieron las crisis".
"Las aguas no querían volver a sus cauces pacíficos y entonces apareció en Alemania la palabra «Planwirtschaf». Olvidando el origen de todo aquel desorden se dijo que la economía moderna era demasiado complicada para andar sola. Era preciso que los «sabios» trazaran planes y que los gobiernos los aplicaran. Sabios no faltaron; tampoco gobiernos deseosos de ampliar su esfera de poder, ni burócratas que especularan sobre las posibilidades de un trabajo tranquilo y bien remunerado en las nuevas oficinas que exigía la intervención económica gubernamental".
"Surgió una catarata de libros sobre la economía dirigida o la planeación económica. Roosevelt ensayó en los Estados Unidos, con resultados absolutamente espectaculares y engañosos, el New Deal. Lord Keynes lanzó su Teoría General de la Ocupación, el interés y el dinero, las escuelas de Economía fabricaron a todo vapor generaciones de economistas pedantes que vieron el cielo abierto en la sin cesar creciente administración pública y el mundo se inundó por el «dirigismo», epidemia que recuerda la pavorosa grippe española que también siguió a la Primera Guerra Mundial".
"Los «dirigistas» o «planeadores», según dicen ellos, quieren salvar la economía libre, aun cuando de hecho son, como lo ha demostrado Friedrich Hayek en su famoso Camino de Servidumbre, las Celestinas del comunismo, aun sin darse cuenta muchos de ellos. Su propósito, según palabras de W. A. Lewis (La planeación económica) es remediar las debilidades de la economía de libre empresa, que consisten en la falta de movilidad de los recursos, la injusta distribución de la riqueza y la incapacidad para hacer frente al comercio internacional. Los remedios que proponen para remediar estas «debilidades» son, en resumen, los impuestos y los subsidios, la intervención en los salarios y en los precios, el control de la moneda y el control del comercio internacional" (De "Diez lecciones de economía"-Victor P. de Zavalía Editor-Buenos Aires 1960).
Entre las justificaciones aducidas por los sectores dirigistas subyace la idea de que los capitalistas y empresarios son "egoístas y explotadores por naturaleza" y que los políticos a cargo del Estado están exentos de tales defectos, algo que constituye una especie de discriminación social latente. Más adelante Ballvé escribe: "Lewis y sus correligionarios proponen la confiscación de los capitales. Quieren sustraer el capital privado, por medio de estas confiscaciones a la economía y entregarlo al gobierno. Y ¿qué hará el gobierno con el dinero? No puede hacer más que una de estas dos cosas: o gastarlo en forma improductiva (aumento de la burocracia y de la policía, obras públicas de fantasía) en cuyo caso la producción se estanca en relación con el aumento de la población, y el nivel de vida baja, o bien emplearlo en la producción directamente o por medio de organizaciones llamadas descentralizadas, lo cual, prácticamente es el socialismo, que es precisamente lo que los dirigistas pretenden querer evitar con sus medidas correctivas de las «debilidades de la economía libre»".
"Dentro de esta línea redistributiva y «para que los pobres no sufran tanto», proponen los dirigistas el control de los precios y de los salarios, pero no de todos, porque esto sería el socialismo que según ellos quieren evitar. Hay a veces artículos de consumo necesario que resultan demasiado caros para los pobres y hay que fijarles precios bajos obligatorios. Pero esto, que es tan simpático en teoría, resulta imposible en la práctica".
"Ningún productor estará dispuesto a sostener una producción incosteable, porque las cosas no son caras por capricho del productor -la libre competencia cuida de evitarlo-, sino por su costo. Si se fijan por el gobierno precios incosteables, el productor, o dejará de producir o habrá que subsidiarlo. Y como los subsidios los paga el gobierno con el dinero del contribuyente, resulta que lo que el consumidor ahorra en el precio lo paga en el impuesto".
"Por otra parte la baratura de un producto invita al despilfarro y entonces se impone el racionamiento. Pero este tampoco resuelve el problema. Cuando hay racionamiento todo el mundo toma su ración íntegra aun cuando no la necesite, y la revende en el mercado negro o la emplea para fines inferiores para alimentar el ganado con el pan del racionamiento de las personas. En Francia, cuando terminó la última guerra, se suprimió el racionamiento del pan, y el gobierno tuvo la sorpresa de ver que, en régimen de mercado libre, los franceses consumían menos pan que en régimen de racionamiento".
Por lo general, los dirigistas tienen como objetivo lograr la igualdad social o económica de la población, en lugar de lograr la reducción de la pobreza. La eliminación de la desigualdad tiende a limitar el sufrimiento de los envidiosos, que lo son por cuanto en su escala de valores sólo cuenta lo material, dejando de lado lo emocional y lo intelectual.
miércoles, 28 de octubre de 2026
Del subdesarrollo al desarrollo, y a la inversa
Puede considerarse como país desarrollado al que tiene una población en la que predomina la gente civilizada respecto de los sectores que pueden ser considerados bárbaros o salvajes. La gente civilizada es aquella en la que predomina una predisposición hacia la cooperación social, mientras que quienes no posean tal actitud, o incluso predisposiciones opuestas a las del hombre civilizado, se caracterizarán como bárbaros o salvajes. El predominio de estos sectores de la población conducirá a la situación de subdesarrollo.
Adviértase que por el momento no se ha tenido presente la situación geográfica de una nación, ya que existen países exitosos con geografías desfavorables para la economía y también países fracasados con medios geográficos favorables. De ahí que se considera al factor humano como la principal causa del desarrollo como del subdesarrollo. Algo simbolizado mediante el título de un libro de Lawrence E. Harrison: "El subdesarrollo está en la mente".
Por lo general, los países avanzan del subdesarrollo al desarrollo. Pero hay excepciones, como es el caso de la Argentina, que estaba en una situación de subdesarrollo en el siglo XIX, con luchas armadas asociadas a cierta barbarie o salvajismo, convirtiéndose en unos 50 años en un país desarrollado, con el predominio del sector civilizado. Sin embargo, durante el siglo XX aparece el peronismo, apoyado por sectores no muy civilizados, iniciando la decadencia hacia el subdesarrollo.
En la actualidad, observando los acontecimientos que se suceden en varios países europeos, se advierte un evidente retroceso que apunta hacia una caída hacia el subdesarrollo. La inmigración masiva, y no selectiva, que tiende a establecer un reemplazo poblacional futuro, resulta ser la principal causa del deterioro, además de una economía que tiende a que el Estado gaste más de lo que recibe, lo que en el largo plazo resulta ser un proceso autodestructivo.
Algunos autores distinguen entre el subdesarrollo absoluto y el subdesarrollo relativo. Así, si un país ha estado alguna vez entre las economías más prósperas del mundo, como la Argentina, ello indica que potencialmente estaríamos en condiciones de repetir tal situación, pero nuestro subdesarrollo relativo es importante por cuanto estamos bastante más abajo, en el lugar 47 entre 193 países (dato de 2023).
Supongamos que otro país puede potencialmente llegar a estar en el puesto 30, pero está en el lugar 35, ello significa que su subdesarrollo relativo es menor que en el caso argentino, ya que estamos en el lugar 47 pudiendo, potencialmente, estar entre los 10 primeros lugares entre los distintos países del mundo. Al respecto, Mariano Grondona escribió: "Según la tesis del economista Julio Olivera, la distinción aristotélica entre acto y potencia genera una visión no convencional del desarrollo".
"Decimos por ejemplo que la Argentina está más desarrollada que Etiopía. Esto es innegable por donde se lo mire, sea por el ingrediente democrático de nuestra vida política, por el alcance de estadísticas sociales como la mortalidad infantil y el enrolamiento en la educación primaria, o por cifras económicas como el producto anual por habitante. Pero esta visión parece simplista cuando se introduce la distinción aristotélica como lo hace Olivera".
"El grado de desarrollo de una Nación debiera medirse, según Olivera, no ya por el nivel que ha alcanzado sino por la proporción de su desarrollo potencial que ha actualizado. Si la Argentina tiene un producto por habitante de 6.050 dólares y Etiopía de sólo 110 dólares por habitante, la cuenta «simplista» sería que la Argentina es 55 veces más desarrollada que Etiopía. Pero si se tiene en cuenta la potencia de desarrollo de ambas naciones, se llega a otra conclusión".
"La Argentina es un país rico en recursos naturales y humanos que allá por los años veinte [del siglo XX] ya figuraba entre las diez primeras en el desarrollo mundial según el producto por habitante".
"Después, anduvo a la deriva por mucho tiempo: hoy [escrito en 1996] figura en el puesto 31 después de haber figurado aún más atrás antes de las tasas de crecimiento que obtuvo a partir de 1991. Etiopia, por su parte, es un país pobre y atrasado. Probablemente haya desarrollado una proporción igual o mayor que su potencia que la Argentina. Lo cual conduce a esta conclusión no convencional: que si el desarrollo ha de medirse por la proporción del desarrollo potencial que cada nación ha realizado, quizás Etiopía no sea menos sino más desarrollada que la Argentina".
"Si bien el análisis de Olivera es exclusivamente económico, su inquietante argumento podría extenderse a las aristas política y cultural del desarrollo. Estamos, al fin y al cabo, ante la parábola evangélica de los talentos: al que recibió más, se le va a exigir más. Si aquel que recibió cinco talentos devuelve seis, se ha portado peor que aquél que, habiendo recibido uno, devuelve dos. En términos absolutos, seis es más que dos. Pero en términos relativos, en relación entre lo que pudo ser y lo que es, en tanto el que devuelve seis talentos sólo hizo crecer su patrimonio en un veinte por ciento, el que devuelve dos lo hizo crecer en un cien por ciento" (De "Textos para pensar"-Varios autores-Editorial Perfil SA-Buenos Aires 1996).
Existe un relato popular por medio del cual se dice que Dios otorgó a la Argentina un extenso territorio, con riquezas de todo tipo. Ante la desigual repartición de riquezas recibidas por otros países, y ante las quejas expuestas, entonces Dios optó por compensar tal distribución, y en el territorio agraciado, puso a los argentinos.....
Adviértase que por el momento no se ha tenido presente la situación geográfica de una nación, ya que existen países exitosos con geografías desfavorables para la economía y también países fracasados con medios geográficos favorables. De ahí que se considera al factor humano como la principal causa del desarrollo como del subdesarrollo. Algo simbolizado mediante el título de un libro de Lawrence E. Harrison: "El subdesarrollo está en la mente".
Por lo general, los países avanzan del subdesarrollo al desarrollo. Pero hay excepciones, como es el caso de la Argentina, que estaba en una situación de subdesarrollo en el siglo XIX, con luchas armadas asociadas a cierta barbarie o salvajismo, convirtiéndose en unos 50 años en un país desarrollado, con el predominio del sector civilizado. Sin embargo, durante el siglo XX aparece el peronismo, apoyado por sectores no muy civilizados, iniciando la decadencia hacia el subdesarrollo.
En la actualidad, observando los acontecimientos que se suceden en varios países europeos, se advierte un evidente retroceso que apunta hacia una caída hacia el subdesarrollo. La inmigración masiva, y no selectiva, que tiende a establecer un reemplazo poblacional futuro, resulta ser la principal causa del deterioro, además de una economía que tiende a que el Estado gaste más de lo que recibe, lo que en el largo plazo resulta ser un proceso autodestructivo.
Algunos autores distinguen entre el subdesarrollo absoluto y el subdesarrollo relativo. Así, si un país ha estado alguna vez entre las economías más prósperas del mundo, como la Argentina, ello indica que potencialmente estaríamos en condiciones de repetir tal situación, pero nuestro subdesarrollo relativo es importante por cuanto estamos bastante más abajo, en el lugar 47 entre 193 países (dato de 2023).
Supongamos que otro país puede potencialmente llegar a estar en el puesto 30, pero está en el lugar 35, ello significa que su subdesarrollo relativo es menor que en el caso argentino, ya que estamos en el lugar 47 pudiendo, potencialmente, estar entre los 10 primeros lugares entre los distintos países del mundo. Al respecto, Mariano Grondona escribió: "Según la tesis del economista Julio Olivera, la distinción aristotélica entre acto y potencia genera una visión no convencional del desarrollo".
"Decimos por ejemplo que la Argentina está más desarrollada que Etiopía. Esto es innegable por donde se lo mire, sea por el ingrediente democrático de nuestra vida política, por el alcance de estadísticas sociales como la mortalidad infantil y el enrolamiento en la educación primaria, o por cifras económicas como el producto anual por habitante. Pero esta visión parece simplista cuando se introduce la distinción aristotélica como lo hace Olivera".
"El grado de desarrollo de una Nación debiera medirse, según Olivera, no ya por el nivel que ha alcanzado sino por la proporción de su desarrollo potencial que ha actualizado. Si la Argentina tiene un producto por habitante de 6.050 dólares y Etiopía de sólo 110 dólares por habitante, la cuenta «simplista» sería que la Argentina es 55 veces más desarrollada que Etiopía. Pero si se tiene en cuenta la potencia de desarrollo de ambas naciones, se llega a otra conclusión".
"La Argentina es un país rico en recursos naturales y humanos que allá por los años veinte [del siglo XX] ya figuraba entre las diez primeras en el desarrollo mundial según el producto por habitante".
"Después, anduvo a la deriva por mucho tiempo: hoy [escrito en 1996] figura en el puesto 31 después de haber figurado aún más atrás antes de las tasas de crecimiento que obtuvo a partir de 1991. Etiopia, por su parte, es un país pobre y atrasado. Probablemente haya desarrollado una proporción igual o mayor que su potencia que la Argentina. Lo cual conduce a esta conclusión no convencional: que si el desarrollo ha de medirse por la proporción del desarrollo potencial que cada nación ha realizado, quizás Etiopía no sea menos sino más desarrollada que la Argentina".
"Si bien el análisis de Olivera es exclusivamente económico, su inquietante argumento podría extenderse a las aristas política y cultural del desarrollo. Estamos, al fin y al cabo, ante la parábola evangélica de los talentos: al que recibió más, se le va a exigir más. Si aquel que recibió cinco talentos devuelve seis, se ha portado peor que aquél que, habiendo recibido uno, devuelve dos. En términos absolutos, seis es más que dos. Pero en términos relativos, en relación entre lo que pudo ser y lo que es, en tanto el que devuelve seis talentos sólo hizo crecer su patrimonio en un veinte por ciento, el que devuelve dos lo hizo crecer en un cien por ciento" (De "Textos para pensar"-Varios autores-Editorial Perfil SA-Buenos Aires 1996).
Existe un relato popular por medio del cual se dice que Dios otorgó a la Argentina un extenso territorio, con riquezas de todo tipo. Ante la desigual repartición de riquezas recibidas por otros países, y ante las quejas expuestas, entonces Dios optó por compensar tal distribución, y en el territorio agraciado, puso a los argentinos.....
domingo, 25 de octubre de 2026
Origen de la ética
Existen dos posturas distintas respecto del origen de la ética. En el primer caso se supone que traemos una ética ya "incorporada de fábrica", como una parte importante de nuestra naturaleza humana. Para llevarla a una plenitud, es importante que la razón y la educación despierten algo que ya disponemos de nacimiento en nuestro cerebro.
La ética natural a la cual se hace referencia, ha de apuntar a la supervivencia tanto individual como colectiva, de ahí que la mejor forma de lograrlo implica disponer de una predisposición a compartir penas y alegrías ajenas como propias. De esa manera, nunca se nos ocurrirá hacer el mal a alguien si ese mal podrá ser compartido de alguna forma por uno mismo. La ética bíblica, con el "Amarás al prójimo como a ti mismo", no es otra cosa que la aplicación y exaltación de la empatía emocional, proceso materializado por las neuronas espejo, de relativamente reciente descubrimiento.
Si bien la empatía emocional forma parte de nuestra naturaleza humana, existen diversas posturas que se oponen a su pleno desarrollo, generalmente a través de "éticas" que poco o nada tienen presente a dicha empatía. Entre los mayores opositores aparecen las ideologías totalitarias, como el marxismo y el Islam, que proponen considerar a ciertos sectores de la sociedad como enemigos a los cuales se los debe odiar.
La segunda postura, respecto del origen de la ética, es aquella que considera que es el propio ser humano quien la tiene que conformar, incluso teniendo presente cierta evolución de la misma, lo que conduce al actual reinado del "relativismo moral". De esa manera, no habría un bien ni un mal absolutos y objetivos, sino que tales conceptos dependerían de las opiniones humanas, antes que por los efectos de las distintas actitudes adoptadas.
Mientras que la ética natural y objetiva nos propone un descubrimiento, las éticas que conducen al relativismo moral proponen una invención. Afortunadamente existen algunas experiencias, en neurociencia, que permiten aclarar un tanto las cosas. Si, como se dijo, existe una ética "incorporada de fábrica", que reside en nuestro cerebro, es posible que algún accidente o alguna enfermedad deterioren justamente la parte del cerebro que controla el comportamiento ético, lo que ha de producir un cambio importante en la conducta de los individuos afectados. Tal posibilidad nos indicará que en realidad existe una ética natural provista a través del proceso evolutivo.
Al respecto, Martha C. Nussbaum escribió: "El caso del que parte Damasio es la triste historia de Phineas Gage, un capataz de la construcción que en 1848 sufrió un brutal accidente: una explosión hizo que una barra de hierro atravesara su cerebro. Gage no murió; de hecho, tuvo una asombrosa recuperación. Su conocimiento y su capacidad perceptiva permanecieron inalterados. Pero su vida emocional cambió completamente".
"Parecía un niño, sin ningún sentido estable de lo que era importante y de lo que no lo era. Era errático, inmoderado, obsceno. Parecía que ninguna cosa le importase más que otra. Parecía mostrarse groseramente indiferente a la realidad de su conducta, de manera que no podía hacer buenas elecciones ni sostener buenas relaciones con las personas de su entorno. «Alguna parte del sistema de valores permanece», sintetiza Damasio, y puede ser empleado en términos abstractos, pero está desconectada de las situaciones de la vida real".
"Damasio descubrió por accidente un Gage moderno en un paciente llamado Elliot, que padeció un tumor cerebral benigno. Elliot era extrañamente tranquilo, distante e irónico, indiferente incluso a la intromisión indiscreta en sus asuntos personales, como si tales comentarios no fueran realmente sobre él. No era así antes: había sido un esposo y un padre cariñoso. En ese momento retenía una parte de las funciones cognitivas: era capaz de realizar cálculos, tenía una excelente memoria para fechas y nombres, y capacidad para tratar temas abstractos y asuntos mundanos".
"Después de que se le extirpase el tumor (en una operación que se llevó parte del lóbulo central dañado), disminuyó todavía más su capacidad de preocuparse por las cosas y establecer prioridades. Podía aplicarse obsesivamente a una tarea y realizarla muy bien; pero podía cambiar repentinamente su atención y hacer algo por completo diferente. «Podría decirse que Elliot se había vuelto irracional respecto a la estructura más amplia de la conducta, la que tiene que ver con las prioridades más importantes, mientras que dentro de la estructura más reducida de la conducta, relacionada con tareas subsidiarias, sus acciones eran innecesariamente minuciosas»".
"Los tests normales para determinar el coeficiente intelectual revelaban una inteligencia superior. Pero había dos cosas fuera de lugar: sus emociones y su capacidad para establecer prioridades y tomar decisiones. A Elliot le faltaba algo específico desde el punto de vista emocional: el sentido de que algo importante estaba en juego para él en situaciones que era capaz de narrar con frialdad. «Siempre estaba controlado, siempre describía las escenas como un espectador desapasionado, no implicado en ellas. La sensación de su propio sufrimiento no aparecía por ninguna parte, incluso cuando él era el protagonista»" (De "Paisajes del pensamiento"-Ediciones Paidós Ibérica SA-Barcelona 2008).
La ética natural a la cual se hace referencia, ha de apuntar a la supervivencia tanto individual como colectiva, de ahí que la mejor forma de lograrlo implica disponer de una predisposición a compartir penas y alegrías ajenas como propias. De esa manera, nunca se nos ocurrirá hacer el mal a alguien si ese mal podrá ser compartido de alguna forma por uno mismo. La ética bíblica, con el "Amarás al prójimo como a ti mismo", no es otra cosa que la aplicación y exaltación de la empatía emocional, proceso materializado por las neuronas espejo, de relativamente reciente descubrimiento.
Si bien la empatía emocional forma parte de nuestra naturaleza humana, existen diversas posturas que se oponen a su pleno desarrollo, generalmente a través de "éticas" que poco o nada tienen presente a dicha empatía. Entre los mayores opositores aparecen las ideologías totalitarias, como el marxismo y el Islam, que proponen considerar a ciertos sectores de la sociedad como enemigos a los cuales se los debe odiar.
La segunda postura, respecto del origen de la ética, es aquella que considera que es el propio ser humano quien la tiene que conformar, incluso teniendo presente cierta evolución de la misma, lo que conduce al actual reinado del "relativismo moral". De esa manera, no habría un bien ni un mal absolutos y objetivos, sino que tales conceptos dependerían de las opiniones humanas, antes que por los efectos de las distintas actitudes adoptadas.
Mientras que la ética natural y objetiva nos propone un descubrimiento, las éticas que conducen al relativismo moral proponen una invención. Afortunadamente existen algunas experiencias, en neurociencia, que permiten aclarar un tanto las cosas. Si, como se dijo, existe una ética "incorporada de fábrica", que reside en nuestro cerebro, es posible que algún accidente o alguna enfermedad deterioren justamente la parte del cerebro que controla el comportamiento ético, lo que ha de producir un cambio importante en la conducta de los individuos afectados. Tal posibilidad nos indicará que en realidad existe una ética natural provista a través del proceso evolutivo.
Al respecto, Martha C. Nussbaum escribió: "El caso del que parte Damasio es la triste historia de Phineas Gage, un capataz de la construcción que en 1848 sufrió un brutal accidente: una explosión hizo que una barra de hierro atravesara su cerebro. Gage no murió; de hecho, tuvo una asombrosa recuperación. Su conocimiento y su capacidad perceptiva permanecieron inalterados. Pero su vida emocional cambió completamente".
"Parecía un niño, sin ningún sentido estable de lo que era importante y de lo que no lo era. Era errático, inmoderado, obsceno. Parecía que ninguna cosa le importase más que otra. Parecía mostrarse groseramente indiferente a la realidad de su conducta, de manera que no podía hacer buenas elecciones ni sostener buenas relaciones con las personas de su entorno. «Alguna parte del sistema de valores permanece», sintetiza Damasio, y puede ser empleado en términos abstractos, pero está desconectada de las situaciones de la vida real".
"Damasio descubrió por accidente un Gage moderno en un paciente llamado Elliot, que padeció un tumor cerebral benigno. Elliot era extrañamente tranquilo, distante e irónico, indiferente incluso a la intromisión indiscreta en sus asuntos personales, como si tales comentarios no fueran realmente sobre él. No era así antes: había sido un esposo y un padre cariñoso. En ese momento retenía una parte de las funciones cognitivas: era capaz de realizar cálculos, tenía una excelente memoria para fechas y nombres, y capacidad para tratar temas abstractos y asuntos mundanos".
"Después de que se le extirpase el tumor (en una operación que se llevó parte del lóbulo central dañado), disminuyó todavía más su capacidad de preocuparse por las cosas y establecer prioridades. Podía aplicarse obsesivamente a una tarea y realizarla muy bien; pero podía cambiar repentinamente su atención y hacer algo por completo diferente. «Podría decirse que Elliot se había vuelto irracional respecto a la estructura más amplia de la conducta, la que tiene que ver con las prioridades más importantes, mientras que dentro de la estructura más reducida de la conducta, relacionada con tareas subsidiarias, sus acciones eran innecesariamente minuciosas»".
"Los tests normales para determinar el coeficiente intelectual revelaban una inteligencia superior. Pero había dos cosas fuera de lugar: sus emociones y su capacidad para establecer prioridades y tomar decisiones. A Elliot le faltaba algo específico desde el punto de vista emocional: el sentido de que algo importante estaba en juego para él en situaciones que era capaz de narrar con frialdad. «Siempre estaba controlado, siempre describía las escenas como un espectador desapasionado, no implicado en ellas. La sensación de su propio sufrimiento no aparecía por ninguna parte, incluso cuando él era el protagonista»" (De "Paisajes del pensamiento"-Ediciones Paidós Ibérica SA-Barcelona 2008).
sábado, 24 de octubre de 2026
Tocqueville ante el Islam
La inscripción que aparece en la imagen adjunta puede traducirse como: "Las tendencias violentas del Corán son sorprendentes y yo no puedo comprender cómo algún hombre con sentido común podría no verlo".
Muchos también estamos sorprendidos acerca de cómo es posible que figuras importantes de la Iglesia, como León XIV, no adviertan el peligro inminente que para la civilización occidental y mundial presenta el Islam. Alexis de Tocqueville, buen obervador de las diversas sociedades del siglo XIX, conoció de cerca los efectos que producia el Corán en la Argelia de entonces. Como el contenido del libro mencionado no ha variado en lo más mínimo, la validez del análisis de Tocqueville mantiene actualmente su vigencia.
Al respecto leemos:
Las reflexiones de Alexis de Tocqueville sobre el islam se formaron principalmente durante sus lecturas detalladas del Corán (a partir de 1838) y sus viajes a la Argelia colonial francesa en 1841 y 1846, quedando plasmadas en sus notas y correspondencia (recopiladas en obras como "Sobre las religiones").
Principales ideas de Tocqueville sobre el islam
• Visión crítica y severa: Tocqueville consideraba que la religión musulmana mostraba una tendencia a fomentar la guerra y la obediencia ciega al Profeta, viéndola como un retroceso en comparación con los valores del cristianismo.
• Decadencia del mundo musulmán: Atribuía el estancamiento y la decadencia de las sociedades orientales a las características intrínsecas de su fe, en contraste con el dinamismo de la civilización europea.
• Falta de separación entre religión y política: Observaba que el islam no delimitaba claramente la esfera civil/política de la religiosa de la misma manera que el cristianismo occidental, lo que dificultaba el desarrollo de la libertad moderna y el autogobierno secular.
• Contexto colonial: Sus juicios estuvieron atravesados por su mirada eurocéntrica del siglo XIX y por la contradicción de presenciar la expansión de la dominación liberal de Francia en Argelia frente a la realidad de las poblaciones árabes y cabilas. (Modo IA)
Complementando la símtesis anterior, se menciona un artículo al respecto:
ALEXIS DE TOCQUEVILLE FRENTE AL ISLAM
Tras los infames atentados en Paris a inicios de año, los franceses corrieron a librerías y bibliotecas para conseguir un libro escrito en 1763: el "Tratado sobre la Intolerancia" de Voltaire. Uno debiera ser disculpado por pensar que -dado que los perpetradores habían sido musulmanes y las víctimas francesas- quizás quienes debían leer esa obra eran los musulmanes más que los franceses. Pero ya que estos últimos se han mostrado ávidos por los grandes pensadores clásicos que su cultura legó a la humanidad, una buena lectura complementaria sería "Notes sur le Coran et autres textes sur les religions" de Alexis de Tocqueville. La obra les permitirá conocer las impresiones poco complacientes acerca del Islam que albergó este notable escritor y político francés de mediados del siglo XIX. (Existe una traducción al español de Fernando Caro, comentada por Jean-Louis Benoît, editada en Madrid).
El contexto en que Tocqueville lee y toma notas sobre el Corán -1838 en adelante- es uno tal en que varios de sus colegas se declaran admiradores del Islam y en que no pocos académicos europeos (entre ellos muchos judíos) han comenzado a presentar una imagen benigna de esa fe oriental ante sus contemporáneos. Francia acaba de empezar la colonización de Argelia y Tocqueville realiza dos viajes allí, en 1841 y 1846, para conocer en profundidad la cultura y la religión que han entrado en contacto con la suya. Tras su lectura concluye, en palabras de Benoît, “que la religión de Mahoma no sólo tiene una insoportable propensión a multiplicar las llamadas a la guerra y la matanza de infieles, sino que además deja realmente poco espacio a la libertad”, que “históricamente, y por su naturaleza profunda, esta religión daba la espalda al futuro, al progreso y a la democracia”, y que el Islam, “al ir a contracorriente del desarrollo histórico y científico, está condenado por ello a la decadencia porque es incompatible con la democracia que representa el futuro inevitable de las sociedades modernas”.
Entre sus propias anotaciones surgidas de la lectura del Corán, Tocqueville observa la “magnífica recompensa para los que mueren empuñando las armas”, la “violencia del lenguaje de Mahoma principalmente dirigida contra judíos e infieles”, la “autorización y mandato de matar infieles”, la “santidad de la guerra santa, jaleada a la vez con energía y violencia”, y las cruentas condenas a quienes no sigan la fe musulmana: “Todos los infieles serán congregados en el infierno”, “los infieles tendrán las llamas por recompensa” y “el fuego es la morada eterna para los infieles”, entre otras muchas aseveraciones del tipo.
Su primera reacción ante el Corán quedó contenida en una carta enviada a su primo Luis de Kergorlay, en marzo de 1838: “La doctrina de que la fe salva, que el primero de los deberes religiosos es obedecer ciegamente al profeta, que la guerra santa es la primera de todas las buenas obras…, todas estas doctrinas cuyo resultado práctico es obvio, se hallan en cada página y casi en cada palabra del Corán”. Agrega: “Las tendencias violentas y sensuales del Corán chocan de tal modo a la vista que no concibo que escapen a un hombre con sentido común”. Y afirma: “Mahoma ha ejercido sobre la humanidad un poder inmenso que creo, en definitiva, ha sido más perjudicial que provechoso”.
Tocqueville se muestra sorprendido por la simpatía con que algunos de sus coetáneos ven al Islam. “Usted parece tener una cierta debilidad por el islamismo” le responde al conde Josef Arthur de Gobineau en 1843, quién le había confesado lamentar “no haber recurrido nunca a usted para que me pusiera, ceremoniosamente, el turbante en la cabeza, lo que, debo admitirlo, me hubiera halagado especialmente”. En 1855, Gobineau le envía una misiva a Tocqueville desde la embajada de Francia en Teherán, donde trabajaría por tres años, en la que dice que los iraníes son “unos pícaros que parecen nuestros primos y creo que pudiéramos decirnos con cierta justicia: en un futuro próximo seremos así”. Las simpatías pro-islámicas de Gobineau resultan llamativas a la luz de que él fue uno de los fundadores del racismo científico. Cómo sea, Tocqueville le responde: “Los turcos son unos torpes que la naturaleza parece haber destinado exclusivamente a ser engañados y derrotados por todo el mundo. Pero usted vive ahora en medio de una nación musulmana que, si hemos de creer a los viajeros, es inteligente, incluso refinada, ¿qué le arrastra desde hace siglos a esta inexorable decadencia?”.
Ya en 1844, Tocqueville había mencionado la decadencia del mundo islámico en una carta a su amigo Richard Monckton Milnes: “Únicamente me parece que, como Lamartine, usted ha regresado de Oriente un poco más musulmán de lo conveniente. No sé por qué hoy en día muchas mentes tan brillantes muestran esta tendencia. Por mi parte, en mi contacto con el islam he sentido… efectos totalmente opuestos. A medida que he conocido mejor esta religión, mejor he comprendido que sobre todo surge de ella la decadencia que afecta, cada vez más a nuestra vista, al mundo musulmán”.
Alexis de Tocqueville tuvo una virtud y gozó de un beneficio. Su virtud fue su mente privilegiada y un poder de observación desafectado de toda corrección política. Su beneficio fue haber vivido en una época en la que el pensamiento original todavía triunfaba por sobre las convenciones intelectuales reconfortantes y las ilusiones de moda. Tuvo también buena fortuna: el término islamofobia aún no había sido acuñado. De haber divulgado sus ideas sobre el Islam ciento setenta años más tarde, la casta progresista global -esos guardianes del bien pensar-, qué duda cabe, lo hubieran aniquilado. (De diariojudio.com)
Muchos también estamos sorprendidos acerca de cómo es posible que figuras importantes de la Iglesia, como León XIV, no adviertan el peligro inminente que para la civilización occidental y mundial presenta el Islam. Alexis de Tocqueville, buen obervador de las diversas sociedades del siglo XIX, conoció de cerca los efectos que producia el Corán en la Argelia de entonces. Como el contenido del libro mencionado no ha variado en lo más mínimo, la validez del análisis de Tocqueville mantiene actualmente su vigencia.
Al respecto leemos:
Las reflexiones de Alexis de Tocqueville sobre el islam se formaron principalmente durante sus lecturas detalladas del Corán (a partir de 1838) y sus viajes a la Argelia colonial francesa en 1841 y 1846, quedando plasmadas en sus notas y correspondencia (recopiladas en obras como "Sobre las religiones").
Principales ideas de Tocqueville sobre el islam
• Visión crítica y severa: Tocqueville consideraba que la religión musulmana mostraba una tendencia a fomentar la guerra y la obediencia ciega al Profeta, viéndola como un retroceso en comparación con los valores del cristianismo.
• Decadencia del mundo musulmán: Atribuía el estancamiento y la decadencia de las sociedades orientales a las características intrínsecas de su fe, en contraste con el dinamismo de la civilización europea.
• Falta de separación entre religión y política: Observaba que el islam no delimitaba claramente la esfera civil/política de la religiosa de la misma manera que el cristianismo occidental, lo que dificultaba el desarrollo de la libertad moderna y el autogobierno secular.
• Contexto colonial: Sus juicios estuvieron atravesados por su mirada eurocéntrica del siglo XIX y por la contradicción de presenciar la expansión de la dominación liberal de Francia en Argelia frente a la realidad de las poblaciones árabes y cabilas. (Modo IA)
Complementando la símtesis anterior, se menciona un artículo al respecto:
ALEXIS DE TOCQUEVILLE FRENTE AL ISLAM
Tras los infames atentados en Paris a inicios de año, los franceses corrieron a librerías y bibliotecas para conseguir un libro escrito en 1763: el "Tratado sobre la Intolerancia" de Voltaire. Uno debiera ser disculpado por pensar que -dado que los perpetradores habían sido musulmanes y las víctimas francesas- quizás quienes debían leer esa obra eran los musulmanes más que los franceses. Pero ya que estos últimos se han mostrado ávidos por los grandes pensadores clásicos que su cultura legó a la humanidad, una buena lectura complementaria sería "Notes sur le Coran et autres textes sur les religions" de Alexis de Tocqueville. La obra les permitirá conocer las impresiones poco complacientes acerca del Islam que albergó este notable escritor y político francés de mediados del siglo XIX. (Existe una traducción al español de Fernando Caro, comentada por Jean-Louis Benoît, editada en Madrid).
El contexto en que Tocqueville lee y toma notas sobre el Corán -1838 en adelante- es uno tal en que varios de sus colegas se declaran admiradores del Islam y en que no pocos académicos europeos (entre ellos muchos judíos) han comenzado a presentar una imagen benigna de esa fe oriental ante sus contemporáneos. Francia acaba de empezar la colonización de Argelia y Tocqueville realiza dos viajes allí, en 1841 y 1846, para conocer en profundidad la cultura y la religión que han entrado en contacto con la suya. Tras su lectura concluye, en palabras de Benoît, “que la religión de Mahoma no sólo tiene una insoportable propensión a multiplicar las llamadas a la guerra y la matanza de infieles, sino que además deja realmente poco espacio a la libertad”, que “históricamente, y por su naturaleza profunda, esta religión daba la espalda al futuro, al progreso y a la democracia”, y que el Islam, “al ir a contracorriente del desarrollo histórico y científico, está condenado por ello a la decadencia porque es incompatible con la democracia que representa el futuro inevitable de las sociedades modernas”.
Entre sus propias anotaciones surgidas de la lectura del Corán, Tocqueville observa la “magnífica recompensa para los que mueren empuñando las armas”, la “violencia del lenguaje de Mahoma principalmente dirigida contra judíos e infieles”, la “autorización y mandato de matar infieles”, la “santidad de la guerra santa, jaleada a la vez con energía y violencia”, y las cruentas condenas a quienes no sigan la fe musulmana: “Todos los infieles serán congregados en el infierno”, “los infieles tendrán las llamas por recompensa” y “el fuego es la morada eterna para los infieles”, entre otras muchas aseveraciones del tipo.
Su primera reacción ante el Corán quedó contenida en una carta enviada a su primo Luis de Kergorlay, en marzo de 1838: “La doctrina de que la fe salva, que el primero de los deberes religiosos es obedecer ciegamente al profeta, que la guerra santa es la primera de todas las buenas obras…, todas estas doctrinas cuyo resultado práctico es obvio, se hallan en cada página y casi en cada palabra del Corán”. Agrega: “Las tendencias violentas y sensuales del Corán chocan de tal modo a la vista que no concibo que escapen a un hombre con sentido común”. Y afirma: “Mahoma ha ejercido sobre la humanidad un poder inmenso que creo, en definitiva, ha sido más perjudicial que provechoso”.
Tocqueville se muestra sorprendido por la simpatía con que algunos de sus coetáneos ven al Islam. “Usted parece tener una cierta debilidad por el islamismo” le responde al conde Josef Arthur de Gobineau en 1843, quién le había confesado lamentar “no haber recurrido nunca a usted para que me pusiera, ceremoniosamente, el turbante en la cabeza, lo que, debo admitirlo, me hubiera halagado especialmente”. En 1855, Gobineau le envía una misiva a Tocqueville desde la embajada de Francia en Teherán, donde trabajaría por tres años, en la que dice que los iraníes son “unos pícaros que parecen nuestros primos y creo que pudiéramos decirnos con cierta justicia: en un futuro próximo seremos así”. Las simpatías pro-islámicas de Gobineau resultan llamativas a la luz de que él fue uno de los fundadores del racismo científico. Cómo sea, Tocqueville le responde: “Los turcos son unos torpes que la naturaleza parece haber destinado exclusivamente a ser engañados y derrotados por todo el mundo. Pero usted vive ahora en medio de una nación musulmana que, si hemos de creer a los viajeros, es inteligente, incluso refinada, ¿qué le arrastra desde hace siglos a esta inexorable decadencia?”.
Ya en 1844, Tocqueville había mencionado la decadencia del mundo islámico en una carta a su amigo Richard Monckton Milnes: “Únicamente me parece que, como Lamartine, usted ha regresado de Oriente un poco más musulmán de lo conveniente. No sé por qué hoy en día muchas mentes tan brillantes muestran esta tendencia. Por mi parte, en mi contacto con el islam he sentido… efectos totalmente opuestos. A medida que he conocido mejor esta religión, mejor he comprendido que sobre todo surge de ella la decadencia que afecta, cada vez más a nuestra vista, al mundo musulmán”.
Alexis de Tocqueville tuvo una virtud y gozó de un beneficio. Su virtud fue su mente privilegiada y un poder de observación desafectado de toda corrección política. Su beneficio fue haber vivido en una época en la que el pensamiento original todavía triunfaba por sobre las convenciones intelectuales reconfortantes y las ilusiones de moda. Tuvo también buena fortuna: el término islamofobia aún no había sido acuñado. De haber divulgado sus ideas sobre el Islam ciento setenta años más tarde, la casta progresista global -esos guardianes del bien pensar-, qué duda cabe, lo hubieran aniquilado. (De diariojudio.com)
¿Culpa nuestra o de "ellos"?
Como síntoma de "cómo somos los argentinos", puede mencionarse una evaluación internacional acerca de cuáles son los peores conductores de vehículos a nivel mundial, quedando cuartos detrás de India, Pakistán y Bangladesh, lugares sobrepoblados en donde poco o nada se respetan las reglamentaciones vigentes. Tanpoco en la Argentina se respetan las leyes vigentes, y no sólo las asociadas al tránsito vehicular.
La gravedad del problema no sólo reside en los 47.000 decesos en los últimos 10 años y unos 4.000 en 2025, ya que el egoísmo que está detrás de las conductas que los producen, aparece en todas las instancias de la vida social. Cuando alguien padece de un exceso de egoísmo al conducir un vehículo, ese egoísmo también será parte de su conducta en las demás instancias de su vida.
En lugar de advertir nuestros errores tratando de solucionarlos, en años pasados se decía, desde una propaganda política, que somos "un país con buena gente", lo que generalmente implica, mediante una deducción elemental, que otros países, con "gente mala", nos perjudican de alguna manera. Quizás no exista otro método más eficaz para el fracaso que culpar a los demás por nuestros propios errores. Tomás Bulat escribió: "Si la cuestión no es cómo somos sino cómo estamos, eso nos lleva a enfocarnos en buscar al o los culpables de nuestra situación actual. Tiene que haber una organización, un país, un grupo de corporaciones, algo o alguien que nos somete y nos impide estar como nos merecemos de acuerdo con lo que somos. Así, nada está mal en nosotros, excepto que no luchamos lo suficiente contra las fuerzas demoniacas que nos impiden estar mejor".
"Si en cambio ponemos el énfasis en cómo somos, entonces debemos concentrárnos básicamente en ver qué cosas hacemos mal y empezar a cambiarlas. Porque eso significa que el responsable no está afuera, no es otro que nosotros mismos. En este caso, no hay un gran pueblo destinado a ser grande sino una sociedad discreta con muchos defectos que corregir".
"En el primer caso, toda la fuerza debería concentrarse en pelear contra los enemigos externos que nos impiden estar mejor según los designios de nuestro destino de grandeza. La segunda hipótesis nos lleva por el camino que yo creo que es el correcto: el de la reflexión sobre cómo somos para -aceptación de la dura realidad mediante- poder ajustar lo que debemos corregir" (De "Estamos como somos"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2015).
El problema de las culpas ajenas también afecta a otros países de la región, siendo los intelectuales de izquierda los especialistas en sembrar el odio, a nivel colectivo, contra los supuestos culpables de las limitaciones de nuestros países. Así, Eduardo Galeano escribía al respecto: “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.
“Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital europeo, o más tarde norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder”.
Lo anterior, que aparece en el libro “Las venas abiertas de América Latina”, se menciona en el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” de Plinio A. Mendoza, Carlos A. Montaner y A. Vargas Llosa (Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1996), de donde se extraerán los comentarios que siguen. El titulo del Manual resulta un poco chocante, aunque los propios autores confiesan que alguna vez ellos mismos merecieron ese adjetivo, debido precisamente a desconocer aspectos evidentes de la realidad. En cuanto a las expresiones de Galeano, escriben: “A partir de esta espeluznante premisa antropomórfica no es difícil deducir el destino zoológico que nos espera a lo largo del libro: rapaces águilas americanas ferozmente carroñeras, pulpos multinacionales que acaparan nuestras riquezas, o ratas imperialistas cómplices de cualquier inmundicia”.
“La idea tan elemental y simple, tan evidente, de que la riqueza moderna sólo se crea en la buena gestión de las actividades empresariales no le ha pasado por la mente”.
Recordemos que uno de los postulados básicos del marxismo es la existencia de clases sociales cuyos integrantes son todos buenos, o todos malos, según de cuál clase se trate. De ahí que resulta natural suponer que hay países cuyos habitantes son predominantemente buenos y países en donde son predominantemente malos. En estos casos, los malos son los exitosos económicamente hablando y los buenos los menos exitosos. Los autores citados agregan: “Lo que unos tienen –supone-, siempre se lo han quitado a otros. No importa que la experiencia demuestre que lo que a todos conviene no es tener un vecino pobre y desesperanzado, sino todo lo contrario, porque del volumen de las transacciones comerciales y de la armonía internacional van a depender, no sólo nuestra propia salud económica, sino de la de nuestro vecino”.
“Nadie se especializa en perder. Todos (los que hacen bien su trabajo) se especializan en ganar. En 1945, de cada dólar que se exportaba en el mundo, 50 centavos eran norteamericanos; en 1995, de cada dólar que se exporta sólo 20 centavos corresponden a EEUU. Pero eso no quiere decir que algún chupóptero se ha instalado en una desprotegida arteria gringa y lo desangra, puesto que los estadounidenses son cada vez más prósperos, puesto que ha habido una expansión de la producción y del comercio internacional que nos ha beneficiado a todos y ha reducido (saludablemente) la importancia relativa de los EEUU”.
Eduardo Galeano escribió: “La región (América Latina) sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos, que ganan consumiéndolos mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos”.
El trío de autores escribe al respecto: “Supongamos que los evangelios del señor Galeano se convierten en política oficial de América Latina y se cierran las exportaciones del petróleo mexicano o venezolano, los argentinos dejan de vender en el exterior carnes y trigo, los chilenos atesoran celosamente su cobre, los bolivianos su estaño, y colombianos y brasileros se niegan a negociar su café, mientras Ecuador y Honduras hacen lo mismo con el banano. ¿Qué sucede? Al resto del mundo, desde luego, muy poco, porque toda América Latina apenas realiza el 8% de las transacciones internacionales, pero para los países al sur de Río Grande la situación se tornaría gravísima. Millones de personas quedarían sin empleo, desaparecería casi totalmente la capacidad de importación de esas naciones y, al margen de la parálisis de los sistemas de salud por falta de medicinas, se produciría una terrible hambruna por la escasez de alimentos para los animales, fertilizantes para la tierra o repuestos para las máquinas de labranza”.
“Dado que América Latina importa más de lo que exporta, es el resto del planeta el que tiene su sistema circulatorio a merced del aguijón sanguinolento de los hispanoamericanos. De manera que sería posible montar un libro contravenoso en el que apasionadamente se acusara a los latinoamericanos de robarles las computadoras y los aviones a los gringos, los televisores y los automóviles a los japoneses, los productos químicos y las maquinarias a los alemanes y así hasta el infinito”.
La gravedad del problema no sólo reside en los 47.000 decesos en los últimos 10 años y unos 4.000 en 2025, ya que el egoísmo que está detrás de las conductas que los producen, aparece en todas las instancias de la vida social. Cuando alguien padece de un exceso de egoísmo al conducir un vehículo, ese egoísmo también será parte de su conducta en las demás instancias de su vida.
En lugar de advertir nuestros errores tratando de solucionarlos, en años pasados se decía, desde una propaganda política, que somos "un país con buena gente", lo que generalmente implica, mediante una deducción elemental, que otros países, con "gente mala", nos perjudican de alguna manera. Quizás no exista otro método más eficaz para el fracaso que culpar a los demás por nuestros propios errores. Tomás Bulat escribió: "Si la cuestión no es cómo somos sino cómo estamos, eso nos lleva a enfocarnos en buscar al o los culpables de nuestra situación actual. Tiene que haber una organización, un país, un grupo de corporaciones, algo o alguien que nos somete y nos impide estar como nos merecemos de acuerdo con lo que somos. Así, nada está mal en nosotros, excepto que no luchamos lo suficiente contra las fuerzas demoniacas que nos impiden estar mejor".
"Si en cambio ponemos el énfasis en cómo somos, entonces debemos concentrárnos básicamente en ver qué cosas hacemos mal y empezar a cambiarlas. Porque eso significa que el responsable no está afuera, no es otro que nosotros mismos. En este caso, no hay un gran pueblo destinado a ser grande sino una sociedad discreta con muchos defectos que corregir".
"En el primer caso, toda la fuerza debería concentrarse en pelear contra los enemigos externos que nos impiden estar mejor según los designios de nuestro destino de grandeza. La segunda hipótesis nos lleva por el camino que yo creo que es el correcto: el de la reflexión sobre cómo somos para -aceptación de la dura realidad mediante- poder ajustar lo que debemos corregir" (De "Estamos como somos"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2015).
El problema de las culpas ajenas también afecta a otros países de la región, siendo los intelectuales de izquierda los especialistas en sembrar el odio, a nivel colectivo, contra los supuestos culpables de las limitaciones de nuestros países. Así, Eduardo Galeano escribía al respecto: “La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.
“Es América Latina la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital europeo, o más tarde norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder”.
Lo anterior, que aparece en el libro “Las venas abiertas de América Latina”, se menciona en el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” de Plinio A. Mendoza, Carlos A. Montaner y A. Vargas Llosa (Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1996), de donde se extraerán los comentarios que siguen. El titulo del Manual resulta un poco chocante, aunque los propios autores confiesan que alguna vez ellos mismos merecieron ese adjetivo, debido precisamente a desconocer aspectos evidentes de la realidad. En cuanto a las expresiones de Galeano, escriben: “A partir de esta espeluznante premisa antropomórfica no es difícil deducir el destino zoológico que nos espera a lo largo del libro: rapaces águilas americanas ferozmente carroñeras, pulpos multinacionales que acaparan nuestras riquezas, o ratas imperialistas cómplices de cualquier inmundicia”.
“La idea tan elemental y simple, tan evidente, de que la riqueza moderna sólo se crea en la buena gestión de las actividades empresariales no le ha pasado por la mente”.
Recordemos que uno de los postulados básicos del marxismo es la existencia de clases sociales cuyos integrantes son todos buenos, o todos malos, según de cuál clase se trate. De ahí que resulta natural suponer que hay países cuyos habitantes son predominantemente buenos y países en donde son predominantemente malos. En estos casos, los malos son los exitosos económicamente hablando y los buenos los menos exitosos. Los autores citados agregan: “Lo que unos tienen –supone-, siempre se lo han quitado a otros. No importa que la experiencia demuestre que lo que a todos conviene no es tener un vecino pobre y desesperanzado, sino todo lo contrario, porque del volumen de las transacciones comerciales y de la armonía internacional van a depender, no sólo nuestra propia salud económica, sino de la de nuestro vecino”.
“Nadie se especializa en perder. Todos (los que hacen bien su trabajo) se especializan en ganar. En 1945, de cada dólar que se exportaba en el mundo, 50 centavos eran norteamericanos; en 1995, de cada dólar que se exporta sólo 20 centavos corresponden a EEUU. Pero eso no quiere decir que algún chupóptero se ha instalado en una desprotegida arteria gringa y lo desangra, puesto que los estadounidenses son cada vez más prósperos, puesto que ha habido una expansión de la producción y del comercio internacional que nos ha beneficiado a todos y ha reducido (saludablemente) la importancia relativa de los EEUU”.
Eduardo Galeano escribió: “La región (América Latina) sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos, que ganan consumiéndolos mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos”.
El trío de autores escribe al respecto: “Supongamos que los evangelios del señor Galeano se convierten en política oficial de América Latina y se cierran las exportaciones del petróleo mexicano o venezolano, los argentinos dejan de vender en el exterior carnes y trigo, los chilenos atesoran celosamente su cobre, los bolivianos su estaño, y colombianos y brasileros se niegan a negociar su café, mientras Ecuador y Honduras hacen lo mismo con el banano. ¿Qué sucede? Al resto del mundo, desde luego, muy poco, porque toda América Latina apenas realiza el 8% de las transacciones internacionales, pero para los países al sur de Río Grande la situación se tornaría gravísima. Millones de personas quedarían sin empleo, desaparecería casi totalmente la capacidad de importación de esas naciones y, al margen de la parálisis de los sistemas de salud por falta de medicinas, se produciría una terrible hambruna por la escasez de alimentos para los animales, fertilizantes para la tierra o repuestos para las máquinas de labranza”.
“Dado que América Latina importa más de lo que exporta, es el resto del planeta el que tiene su sistema circulatorio a merced del aguijón sanguinolento de los hispanoamericanos. De manera que sería posible montar un libro contravenoso en el que apasionadamente se acusara a los latinoamericanos de robarles las computadoras y los aviones a los gringos, los televisores y los automóviles a los japoneses, los productos químicos y las maquinarias a los alemanes y así hasta el infinito”.
jueves, 22 de octubre de 2026
Choques culturales e inercia mental
Los conflictos entre diferentes pueblos e idiosincracias se producen cuando existe, en una o en ambas partes, cierta predisposición negativa a establecer vínculos o adaptaciones respecto del otro sector. Incluso cuando no existe una predisposición negativa, no debe olvidarse la existencia de cierta inercia mental que impide cambios en pequeños periodos de tiempo. Al igual que en la física, puede decirse que la inercia es la propiedad que mide la oposición a establecer cambios.
Si bien es posible el cambio social, ha de existir cierta oposición a ese cambio, de lo contrario, las sociedades humanas serían bastante distintas a lo que son. Haciendo una analogía con el proceso del movimiento mecánico, puede decirse que al cambio lo produce una fuerza, mientras que la oposición al cambio la constituye la inercia, que es la tendencia a mantener el estado de movimiento actual, es decir, se opone al cambio promovido por dicha fuerza. El movimiento se produce cuando la fuerza supera a la oposición.
Como ejemplo de choque cultural puede mencionarse el encuentro entre los europeos que llegan en el siglo XVI al norte de América, y los pueblos aborígenes de esa zona, poco predispuestos a los cambios propuestos por los europeos. Mientras que los que llegan atravesando el Océano Atlántico le sugieren a los nativos dedicarse a la agricultura, y no sólo a la caza, éstos rechazan el cambio propuesto para mantener sus tradicionales medios de vida. Alexis de Tocqueville escribió al respecto: "Unas cuantas familias europeas, ocupando puntos muy alejados entre sí, acaban de expulsar definitivamente a los animales salvajes de todo el espacio intermedio que se extiende entre ellas".
"Los indios, que hasta entonces habían vivido en una especie de abundancia, apenas encuentran medios de subsistencia, y aún les resulta más difícil procurarse los objetos con que realizan el intercambio que necesitan. Espantarles la caza es como llevar la esterilidad a los campos de nuestros cultivadores. Pronto los medios de existencia les faltan por completo".
"No son, pues, propiamente hablando, los europeos, quienes echan del territorio a los indígenas de América: es el hambre; feliz distinción que escapó a los antiguos casuistas y que los doctores modernos han descubierto".
"Los indios de América del Norte no tenían más que dos caminos de salvación: la guerra o la civilización; en otras palabras, tenían que acabar con los europeos o convertirse en sus iguales" (De "La democracia en América"-Fundación Iberdrola-Madrid 2006).
En cuanto al rechazo a convertirse en agricultores, Tocqueville escribe: "Muchas veces se ha intentado civilizar a los indios sin quitarles sus costumbres vagabundas; los jesuitas trataron de hacerlo en Canadá, y los puritanos en Nueva Inglaterra. Ni unos ni otros consiguieron resultados duraderos. La civilización nacía en la choza e iba a morir en los bosques. El gran error de estos legisladores de los indios consistió en no comprender que, para llegar a civilizar a un pueblo, lo primero a conseguir es que se fije un lugar, cosa que sólo podría hacer cultivando el suelo; primeramente, pues, había que convertir a los indios en cultivadores".
"No sólo no poseen los indios esa condición indispensable para la civilización, sino que les resulta muy difícil adquirirla. Una vez que los hombres se han entregado a la vida ociosa y aventurera de los cazadores, sienten una repugnancia casi invencible por los trabajos continuos y regulares que exige el cultivo. Este hecho puede observarse en el seno mismo de nuestra sociedad, pero es aún mucho más visible en los pueblos cuyos hábitos cazadores se han convertido en una costumbre nacional".
"Los indios de América del Norte no sólo consideran el trabajo como un mal, sino como un deshonor, y su orgullo lucha contra la civilización casi tan obstinadamente como su pereza".
"No hay indio tan miserable que, bajo su choza de cortezas, no alimente una magnífica idea de su valor individual; considera que cuidar de sus negocios es una ocupación envilecedora; equipara al cultivador con el buey que traza el surco, y en cada una de nuestras artes no ve más que un trabajo de esclavos. No es que haya concebido una elevada idea del poder de los blancos y de la grandeza de su inteligencia, pero aunque admira el resultado de nuestros esfuerzos, desprecia los medios que nos lo han procurado, y aunque se somete a nuestro ascendiente, se sigue creyendo superior a nosotros".
"La caza y la guerra le parecen las dos únicas ocupaciones dignas de un hombre. El indio, hundido en la miseria de sus bosques, alimenta, pues, las mismas ideas, las mismas opiniones que el noble de la Edad Media en su castillo fortificado, y para acabar de parecérsele no le falta más que hacerse conquistador. Así, ¡cosa singular!, es en las selvas del Nuevo Mundo, y no entre los europeos que pueblan sus orillas, donde perviven los antiguos prejuicios de Europa".
Quienes, en la actualidad, les parece bien la llegada de inmigración no selectiva a Europa; inmigración en su mayoría con fines poco civilizados, consideran que los europeos que llegaron a América en el pasado no debieron haberlo hecho, por cuanto "destruyeron" varias culturas primitivas. Esta postura contradictoria es admitida parcialmente por los antropólogos que adhieren al relativismo cultural, por el cual se admite que no existe cultura superior u inferior a otra, sino que sólo son distintas, lo que favorece el actual multiculturalismo que avanza destructivamente sobre varios países europeos.
Si bien es posible el cambio social, ha de existir cierta oposición a ese cambio, de lo contrario, las sociedades humanas serían bastante distintas a lo que son. Haciendo una analogía con el proceso del movimiento mecánico, puede decirse que al cambio lo produce una fuerza, mientras que la oposición al cambio la constituye la inercia, que es la tendencia a mantener el estado de movimiento actual, es decir, se opone al cambio promovido por dicha fuerza. El movimiento se produce cuando la fuerza supera a la oposición.
Como ejemplo de choque cultural puede mencionarse el encuentro entre los europeos que llegan en el siglo XVI al norte de América, y los pueblos aborígenes de esa zona, poco predispuestos a los cambios propuestos por los europeos. Mientras que los que llegan atravesando el Océano Atlántico le sugieren a los nativos dedicarse a la agricultura, y no sólo a la caza, éstos rechazan el cambio propuesto para mantener sus tradicionales medios de vida. Alexis de Tocqueville escribió al respecto: "Unas cuantas familias europeas, ocupando puntos muy alejados entre sí, acaban de expulsar definitivamente a los animales salvajes de todo el espacio intermedio que se extiende entre ellas".
"Los indios, que hasta entonces habían vivido en una especie de abundancia, apenas encuentran medios de subsistencia, y aún les resulta más difícil procurarse los objetos con que realizan el intercambio que necesitan. Espantarles la caza es como llevar la esterilidad a los campos de nuestros cultivadores. Pronto los medios de existencia les faltan por completo".
"No son, pues, propiamente hablando, los europeos, quienes echan del territorio a los indígenas de América: es el hambre; feliz distinción que escapó a los antiguos casuistas y que los doctores modernos han descubierto".
"Los indios de América del Norte no tenían más que dos caminos de salvación: la guerra o la civilización; en otras palabras, tenían que acabar con los europeos o convertirse en sus iguales" (De "La democracia en América"-Fundación Iberdrola-Madrid 2006).
En cuanto al rechazo a convertirse en agricultores, Tocqueville escribe: "Muchas veces se ha intentado civilizar a los indios sin quitarles sus costumbres vagabundas; los jesuitas trataron de hacerlo en Canadá, y los puritanos en Nueva Inglaterra. Ni unos ni otros consiguieron resultados duraderos. La civilización nacía en la choza e iba a morir en los bosques. El gran error de estos legisladores de los indios consistió en no comprender que, para llegar a civilizar a un pueblo, lo primero a conseguir es que se fije un lugar, cosa que sólo podría hacer cultivando el suelo; primeramente, pues, había que convertir a los indios en cultivadores".
"No sólo no poseen los indios esa condición indispensable para la civilización, sino que les resulta muy difícil adquirirla. Una vez que los hombres se han entregado a la vida ociosa y aventurera de los cazadores, sienten una repugnancia casi invencible por los trabajos continuos y regulares que exige el cultivo. Este hecho puede observarse en el seno mismo de nuestra sociedad, pero es aún mucho más visible en los pueblos cuyos hábitos cazadores se han convertido en una costumbre nacional".
"Los indios de América del Norte no sólo consideran el trabajo como un mal, sino como un deshonor, y su orgullo lucha contra la civilización casi tan obstinadamente como su pereza".
"No hay indio tan miserable que, bajo su choza de cortezas, no alimente una magnífica idea de su valor individual; considera que cuidar de sus negocios es una ocupación envilecedora; equipara al cultivador con el buey que traza el surco, y en cada una de nuestras artes no ve más que un trabajo de esclavos. No es que haya concebido una elevada idea del poder de los blancos y de la grandeza de su inteligencia, pero aunque admira el resultado de nuestros esfuerzos, desprecia los medios que nos lo han procurado, y aunque se somete a nuestro ascendiente, se sigue creyendo superior a nosotros".
"La caza y la guerra le parecen las dos únicas ocupaciones dignas de un hombre. El indio, hundido en la miseria de sus bosques, alimenta, pues, las mismas ideas, las mismas opiniones que el noble de la Edad Media en su castillo fortificado, y para acabar de parecérsele no le falta más que hacerse conquistador. Así, ¡cosa singular!, es en las selvas del Nuevo Mundo, y no entre los europeos que pueblan sus orillas, donde perviven los antiguos prejuicios de Europa".
Quienes, en la actualidad, les parece bien la llegada de inmigración no selectiva a Europa; inmigración en su mayoría con fines poco civilizados, consideran que los europeos que llegaron a América en el pasado no debieron haberlo hecho, por cuanto "destruyeron" varias culturas primitivas. Esta postura contradictoria es admitida parcialmente por los antropólogos que adhieren al relativismo cultural, por el cual se admite que no existe cultura superior u inferior a otra, sino que sólo son distintas, lo que favorece el actual multiculturalismo que avanza destructivamente sobre varios países europeos.
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