Cada uno de los seres humanos que habitamos el planeta, estamos en este mundo conformados en base al proceso de la evolución biológica junto a la evolución cultural, como una continuidad de aquella. La incidencia de ambos procesos es de aproximadamente el 50% cada uno, al menos según estimaciones. Tales procesos tienen como objetivo la adaptación de todo individuo respecto del orden natural y de la sociedad de la que formamos parte. De ahí que el sentido de la vida humana implica estar asociado principalmente a la evolución cultural, a cargo de los seres humanos, como un principio de supervivencia tanto individual como colectiva. Julian Huxley escribió: “Se han definido la responsabilidad y el destino del hombre, considerándolo como un agente, para el resto del mundo, en la tarea de realizar sus potencialidades inherentes tan completamente como sea posible".
"Es como si el hombre hubiese sido designado, de repente, director general de la más grande de todas las empresas, la empresa de la evolución, y designado sin preguntarle si necesitaba ese puesto, y sin aviso ni preparación de ninguna clase. Más aun: no puede rechazar ese puesto. Precíselo o no, conozca o no lo que está haciendo, el hecho es que está determinando la futura orientación de la evolución en este mundo. Este es su destino, al que no puede escapar, y cuánto más pronto se dé cuenta de ello y empiece a creer en ello, mejor para todos los interesados” (De “Nuevos odres para el vino nuevo”-Editorial Hermes-Buenos Aires 1959).
Mientras que la evolución biológica se desarrolla, muy lentamente, en base a variaciones genéticas y posterior selección natural, la evolución cultural se desarrolla en base a la herencia de información lograda por las generaciones anteriores, previamente seleccionada, aunque no siempre a favor de mayores niveles de adaptación. Friedrich A. Hayek escribió: "En lo que respecta a la evolución cultural, los caracteres transmitidos giran en torno a ciertas normas susceptibles de facilitar la colaboración enre los diferentes actores, normas que el ser humano no recibe por vía genética sino a través de un proceso de aprendizaje. Recurriendo a la terminología actual en el campo de la biología, cabe afirmar que la evolución cultural imita al lamarckismo".
"Los procesos de evolución biológica y cultural comportan algunas otras características. Uno y otro están regidos, por ejemplo, por un mismo tipo de selección: la supervivencia de los más eficaces en el aspecto reproductivo. Esencialmente, la diversificación, la adaptación y la competencia son procesos de especie similar, cualquiera que sean sus concretos mecanismos, especialmente en lo que atañe a los procesos de propagación. Ahora bien, la competencia no sólo constituye la piedra angular de la evolución pasada, sino que es igualmentte imprescindible para que los logros ya alcanzados no inicien procesos de regresión".
"La civilización depende de un elaborado sistema de normas de conducta que no son fruto de una deliberada construcción racional, sino que se han ido desarrollando espontáneamente mediante un proceso de selección evolutiva que desborda cualquier arrogante pretensión de la razón" (De "La fatal arrogancia"-Unión Ediorial SA-Madrid 2020).
Si bien es posible considerar el bien y el mal individual en base a las componentes emocionales de las actitudes humanas, a nivel de la humanidad puede decirse que el bien ha de estar asociado a todo lo que promueva mejoras adaptativas en base a la evolución cultural, mientras que el mal ha de ser todo lo que promueva regresiones inherentes a tal proceso.
Entre las innovaciones culturales que promovieron mayores niveles de adaptación, pueden mencionarse principalmente las que favorecieron el surgimiento de la religión moral, en reemplazo de los diversos paganismos. Mientras que los paganismos, junto a las religiones morales paganizadas, suponen la existencia de un dios o de varios dioses que favorecen a los seres humanos en respuesta a homenajes, pedidos y ofrendas, la religión moral sostiene que un Dios o varios dioses esperan de cada ser humano un comportamiento regido principalmente por la empatía emocional.
El judaísmo es la religión que inaugura el monoteísmo, pero principalmente inaugura la religión moral, que ha de promover las bases de la civilización humana. También en Roma, en épocas de la monarquía, surge una propuesta de religión moral debida a Numa Pompilio, que será influyente en la posterior república y también durante el imperio. De ahí que la aceptación del cristianismo no sólo se debió a la compatibilidad con el estoicismo reinante en Roma, sino también con la antigua religión romana.
Conversación en el Modo IA:
Ante la preguna: ¿Puede considerarse a Numa Pompilio como un precursor de la religión moral?
Se recibe como respuesta:
Sí, Numa Pompilio puede considerarse un precursor fundamental de la religión moral y civil en el mundo antiguo. Mientras que su predecesor Rómulo fundó Roma mediante las armas y la fuerza, la tradición histórica y mitológica posiciona al sabio sabino Numa Pompilio (715–673 a. C.) como el legislador que utilizó la fe no sólo para el culto, sino como la principal herramienta de cohesión social, justicia y control de las costumbres.
A continuación se detallan los argumentos clave de por qué cumple este rol:
1. Institucionalización de la Religión Civil y Moral
Sustitución de la violencia por el temor divino: Numa encontró una Roma habitada por soldados feroces. Al introducir advertencias de los dioses y castigos divinos, logró civilizar a la población apelando a la conciencia moral individual y colectiva, restando protagonismo al poder militar.
El concepto de Pietas: Bajo su guía, la devoción (pietas) dejó de ser sólo un ritual de sacrificios para convertirse en un deber moral hacia la comunidad, la familia y el Estado, sentando las bases éticas del ciudadano romano.
2. Creación de una Estructura Ética a través de los Cultos
El culto a Fides (la Buena Fe): Numa instituyó el culto oficial a la personificación de la fidelidad y la palabra empeñada. Con esto, elevó el cumplimiento de las promesas y los contratos a la categoría de obligación sagrada, lo cual constituyó una enorme reforma moral para el comercio y las relaciones jurídicas de la época.
El Templo de Jano: Este templo regulaba el estado de paz y guerra de la ciudad. Al mantenerlo cerrado durante todo su reinado, educó moralmente al pueblo en la idea de que la convivencia armónica y la diplomacia son preferibles a la agresión armada.
3. Vínculo entre Ley Jurídica y Mandato Sagrado
Leyes divinas para el comportamiento civil: Sus leyes buscaron armonizar la conducta de los ciudadanos con el orden del cosmos. Esto incluyó la limitación de la venta de hijos como esclavos si estaban casados, la prohibición de la violencia injustificada y la delimitación de las fronteras de la propiedad privada protegidas por el dios Término.
Maquiavelo y la religión como orden social: Siglos más tarde, pensadores políticos como Nicolás Maquiavelo en sus «Discursos sobre la primera década de Tito Livio» destacaron que la introducción de la religión por parte de Numa fue lo que verdaderamente permitió la obediencia civil y la grandeza moral duradera de Roma, incluso por encima de las conquistas de Rómulo.
Si te interesa profundizar en el impacto histórico de este monarca, podemos explorar cómo influyeron sus leyes en el posterior Derecho Romano o analizar el mito de la ninfa Egeria como su fuente de inspiración ética.
sábado, 5 de septiembre de 2026
Proteccionismo vs. Libre comercio
En el ámbito de la economía, se denomina "proteccionismo" a la acción del Estado por la cual limita la entrada de bienes y servicios del extranjero. De esa forma tiende a "proteger" a las empresas locales respecto de la competencia extranjera. Tal acción implica cobrar impuestos aduaneros a todo lo que viene del exterior, denominados "aranceles". También puede imponer cuotas de importación y subsidios a empresas locales.
Al proteger a las empresas locales, éstas tienden a debilitarse en cuanto a su capacidad para ofrecer productos de calidad y bajos precios. Quienes se oponen a este proteccionismo ejemplifican la situación en casos hipotéticos como el de un producto extranjero que, al ingresar al país, cuesta $ 50, mientras que las empresas locales venden algo similar por $ 100. La ventaja de la importación radica en que el consumidor local adquiere el producto extranjero y le quedan disponibles $ 50 para comprar otros productos.
Con el dinero ahorrado, podrá comprar productos de otros rubros. Las empresas respectivas se afianzarán absorbiendo empleados que pudieron quedar cesantes en el caso de que las ventas de empresas nacionales se hayan visto desplazadas por artículos importados.
Por lo general, se considera una cuestión de patriotismo la protección mencionada, ya que de esa manera se favorece a la industria nacional. Sin embargo, pocas veces se piensa en el consumidor para quien tal "patriotismo" le genera una importante baja en su disponibilidad monetaria o en su calidad de vida.
En países con muchos años de proteccionismo, se advierte un atraso importante respecto de los países más avanzados tecnológicamente. De ahí que la apertura abrupta de importaciones, la cual requiere de una pronta adaptación, se parece un tanto a la forma rápida utilizada para que un niño aprenda a nadar: se lo tira directamente al agua; y así aprende rápidamente, o bien se ahoga.
A continuación se menciona un extenso artículo referido a este tema:
SOFISMAS ECONÓMICOS
Por Frédéric Bastiat
I. INTRODUCCIÓN
En economía política, hay mucho que aprender y poco que hacer. (BENTHAM)
En este libro intento impugnar algunos de los argumentos que se oponen a la liberación del comercio.
No se trata de una batalla que yo haya entablado contra los proteccionistas. Es más bien la idea de dotar de principios a las personas sinceras que titubean, precisamente porque albergan dudas.
Yo no soy de los que dicen que el proteccionismo encubre intereses. A mí me parece que se ampara en mentiras o, si se quiere, en medias verdades. Demasiada gente tiene miedo a la libertad como para que pensemos que este temor no es sincero.
Pongo el listón muy alto, pero confieso que mi objetivo es que este folleto se convierta en el manual de los hombres convocados a elegir entre dos principios. Cuando no se está muy acostumbrado a la filosofía de la libertad, los sofismas del proteccionismo, en sus múltiples formas, se reproducen una y otra vez en la mente. Para liberar ésta, hace falta un largo proceso de análisis que no todo el mundo tiene tiempo de realizar y, menos aún, los legisladores. Así que intentaré hacerlo yo.
Se me objetará que los beneficios de la libertad deben de estar muy escondidos si sólo resultan evidentes para los profesionales de la economía. Y yo estoy de acuerdo. Nuestros adversarios en la polémica poseen una clara ventaja: ellos pueden expresar en pocas palabras una verdad a medias, pero nosotros, para desmontar esa media verdad, nos vemos obligados a elaborar largas y áridas disertaciones.
Así son las cosas: el proteccionismo beneficia de un modo muy concreto; pero el mal que causa se diluye en una masa sin contornos. Lo primero es sensible para los ojos; lo segundo sólo puede ser percibido por la mente. Justo lo contrario ocurre con la libertad.
Y así sucede con casi todas las cuestiones económicas. Si dices: «esta máquina ha enviado al paro a treinta obreros», o bien: «este millonario fomenta todas las industrias», o más aún: «la conquista de Argelia ha elevado al doble el comercio de Marsella», o finalmente: «el presupuesto asegura la vida de cien mil familias», todo el mundo lo entenderá, puesto que los mensajes son claros, simples y portadores de una verdad. La gente sacará estas conclusiones:
Las máquinas son un mal; el lujo, las conquistas y las cargas impositivas son un bien; y tu teoría tendrá tanto más éxito cuanto que se apoya en hechos irrebatibles.
Sin embargo, nosotros no podemos apoyarnos en una causa con su efecto correspondiente, pues somos conscientes de que dicho efecto, cuando se produce, puede convertirse en causa. Para juzgar una decisión determinada, se hace necesario analizarla a lo largo de una serie sucesiva de resultados, hasta llegar a conocer su efecto definitivo. Y, olvidándonos de las palabras grandilocuentes, debemos limitarnos a razonar.
Pero inmediatamente se produce un clamor que nos tacha de teóricos, de metafísicos, de ideólogos, de utopistas, de seres gobernados por principios, y entonces las cautelas de la gente se vuelven contra nosotros.
Llegados a este punto, ¿qué hacer? Invoquemos la paciencia y la buena fe del lector y pongamos en nuestros razonamientos, si somos capaces, una claridad tan obvia como para que lo verdadero y lo falso se muestren con toda crudeza y la victoria, de una vez por todas, se decante por la restricción o por la libertad.
Debo hacer ahora una observación esencial.
Algunos extractos de este libro se publicaron en el Journal des Economistes.
En una crítica (por cierto, bastante benévola) realizada por el vizconde de Romanet (ver Le Moniteur Industriel de los días 15 y 18 de mayo de 1845) éste me atribuye la idea de la supresión de las aduanas. Pero el señor de Romanet se engaña, pues lo que yo propongo es la supresión del régimen protector. Nosotros no rechazamos los impuestos del gobierno, pero desearíamos, si ello fuera posible, evitar que los gobernados se carguen con impuestos recíprocos. Napoleón dijo: «La aduana no debe ser un instrumento fiscal, sino un medio para proteger la industria.» Bien al contrario, nosotros decimos que la aduana, para los trabajadores, no debe ser un instrumento de rapiña recíproca cuando podría obrar como una aceptable vía de fiscalidad. Nosotros o, mejor (para no involucrar a nadie más en esta lucha) yo me hallo tan lejos de pensar en la supresión de las aduanas, que las considero la clave de la salud de nuestras finanzas, y una opción óptima para que el Tesoro se procure inmensos caudales; y, si se me pregunta la opinión, dada la lentitud con que se difunden las doctrinas económicas sanas y la celeridad con que se acrecienta el presupuesto público, en lo que se refiere a la reforma comercial, pongo más esperanzas en las estrecheces que haya de soportar el Tesoro que en el vigor de las opiniones sensatas.
—Pero —se me dirá—, en resumidas cuentas, ¿qué concluye usted? Y yo no necesito concluir nada. Yo lucho contra los sofismas. Nada más.
—Pero —me replicarán aún— no basta con destruir; hay que construir. Pues creo que destruir un error es edificar la verdad correspondiente.
Tras esto, no me importa declarar mis intenciones. Me gustaría que la opinión pública hiciera sancionar una ley de aduanas concebida más o menos en estos términos:
Los objetos de primera necesidad pagarán un derecho ad valorem de un 5 por ciento; los objetos de conveniencia, un 10 por ciento; y los objetos de lujo, un 15 ó un 20 por ciento.
De momento, estas distinciones se realizan en ámbitos enteramente ajenos a la economía política propiamente dicha, y yo no creo que sean tan útiles y tan justas como se supone comúnmente. Pero esto ya no es de mi incumbencia.
II. IGUALAR LAS CONDICIONES DE PRODUCCIÓN
Dicen que... pero, para que no se me acuse de poner sofismas en boca de los proteccionistas, cedo la palabra a dos de sus más vigorosos atletas.
Es sabido que, en nuestra sociedad, la protección debería ser, simplemente, la representación de la diferencia que hay entre el precio de coste de un artículo que producimos nosotros y el mismo precio de un artículo similar producido por nuestros vecinos... Un derecho protector establecido en estos términos asegura la libre competencia, la cual sólo se verifica si hay igualdad de condiciones y de obligaciones. En las carreras de caballos, se valora el peso que supone cada uno de los jinetes con el fin de igualar las condiciones de la carrera. Sin este trámite, los competidores no podrían participar. En el caso del comercio, si un vendedor puede ofrecer un precio más barato, ese vendedor deja de ser competidor y se convierte en monopolizador. Suprímase la protección que representa la diferencia en el precio de coste: lo extranjero invadirá el mercado y el monopolio será un hecho.
«Cada cual debe desear para él, como para los demás, que la producción del país esté protegida de la competencia extranjera, pues ésta podría ofertar los productos aun precio más bajo.»
Este argumento se repite una y otra vez en los escritos de la escuela proteccionista. Me propongo analizarlo cuidadosamente, así que reclamo atención y la paciencia del lector. Me ocuparé en primer lugar de las desigualdades inherentes a la naturaleza, y luego de las que se derivan de los distintos tipos de tasas.
Vemos aquí, como otras veces, cómo los teóricos de la protección adoptan el punto de vista del productor, en tanto que nosotros nos preocuparemos de los desventurados consumidores, de los cuales aquéllos nunca quieren saber nada. Los proteccionistas comparan el ámbito de la industria con el hipódromo. Pero, en el hipódromo, la carrera es medio y fin a la vez, y el público no se interesa más que por la carrera en sí misma. Cuando se hace galopar a los caballos con el único fin de descubrir al más veloz, comprendo que se les iguale la carga. Pero si el fin que se persigue fuera llevar una noticia importante y urgente, ¿no sería una incoherencia crear obstáculos a quien ofreciese la mayor rapidez? Pues eso se hace con la industria, olvidándose su cometido esencial, que es el bienestar, el cual se sacrifica en aras de una verdadera petición de principios.
Ya que no es posible atraer a nuestros adversarios hacia nuestro punto de vista, situémonos nosotros en el suyo y examinemos la cuestión en la perspectiva de la producción.
Voy a tratar de establecer:
1.° Que nivelar las condiciones del trabajo atenta contra el principio del intercambio.
2.° Que no es verdad que la competencia de las regiones más prósperas perjudique el trabajo de un país.
3.° Que las medidas protectoras no igualan las condiciones de producción.
4.° Que la libertad nivela esas condiciones.
5.° Finalmente, que los países menos restrictivos ganan en los intercambios.
I. Nivelar las condiciones del trabajo no significa sólo perjudicar algunos intercambios, sino atacar el principio del trueque, que se basa precisamente en esa diversidad o, si se prefiere, en esas desigualdades de climas, de fertilidad, de aptitudes, que se pretendería contrarrestar. Si Guyena envía vino a Bretaña y Bretaña trigo a Guyena, es porque estas provincias poseen distintas condiciones de producción. ¿Hay otra ley para los intercambios internacionales? En la medida que sea, volver contra éstos aquello que los promueve y los explica, es decir, las condiciones desiguales, implica atacarlos en su razón de ser. Si dependiera de los proteccionistas, los hombres se verían reducidos, como el caracol, al aislamiento absoluto. No hay, por lo demás, uno solo de sus sofismas que, sometido a la prueba de las deducciones rigurosas, no se compruebe que conduce a la destrucción y a la nada.
II. No es verdad en realidad que la desigualdad de las condiciones de dos industrias similares determine necesariamente la decadencia de la industria peor dotada. En el hipódromo, si uno de los competidores gana el premio, los demás lo pierden; pero si se emplean dos caballos en la producción de bienes, cada uno producirá según su capacidad, y el hecho de que el más fuerte ofrezca una mayor prestación de servicios no implica que el más débil no aporte nada. El trigo candeal se cultiva en todos los departamentos de Francia, aunque entre ellos existan enormes diferencias en cuanto a la fertilidad; y si por casualidad no se da ese tipo de cultivo en algún departamento, será sencillamente porque a éste no le conviene. Igualmente la analogía nos indicará que, en un régimen de libertad, más allá de similares diferencias, se cultiva trigo candeal en todas las naciones de Europa y, si alguna no lo hace, será porque, en su propio interés, sabrá dar un uso más adecuado a sus tierras, a sus capitales y a su fuerza de trabajo. ¿Y qué razón hay para que, probada la fertilidad de la tierra, ello no disuada a un agricultor de cultivar en el territorio del departamento menos favorable? Sencillamente, que los fenómenos económicos son flexibles y elásticos y que poseen, por así decirlo, recursos de nivelación que, al parecer, pasan enteramente inadvertidos para la escuela proteccionista. Ésta nos acusa de ser sistemáticos, pero es ella la que lo es en grado sumo si el espíritu de sistema consiste en combinar razonamientos sobre un hecho y no sobre un conjunto de hechos. En el ejemplo anterior es la diferencia en el valor de la tierra lo que compensa la diferente fertilidad. Tu terreno produce tres veces más que el mío, pero como te ha costado diez veces más, yo puedo competir contigo: ese es el secreto. Y adviértase que la superioridad en ciertos aspectos conlleva la inferioridad en otros: tu terreno es más fecundo, pero es más caro. De forma que el equilibrio se establece, o tiende a establecerse, no accidentalmente, sino necesariamente. ¿Y puede negarse que sea la libertad lo que mejor favorece esta tendencia?
He hablado de una rama de la agricultura, pero podría hacerlo de una rama de la industria: hay sastres en Quimper, pero eso no quita que los haya en París, aunque deban pagar por su alquiler, sus muebles, sus operarios o su alimentación un precio considerablemente mayor, pues también disponen de una clientela muy diferente y ello es suficiente, no sólo para nivelar la balanza, sino incluso para inclinarla del lado de París.
Cuando se habla entonces de igualar las condiciones del trabajo, haría falta comprobar, al menos, si la libertad no hace ya lo que se pretende reglamentar.
Esta nivelación natural de los fenómenos económicos es tan importante en el asunto que nos ocupa y, al tiempo, tendemos tanto a admirar la sabiduría providencial que preside el gobierno igualitario de la sociedad, que ruego se me permita detenerme un instante.
Los señores proteccionistas argumentan: Tal pueblo tiene sobre nosotros la ventaja del precio más barato del carbón, del hierro, de las máquinas, de los capitales, luego no podemos competir con él.
Esta afirmación habrá de ser examinada desde otras perspectivas, pero ahora quiero volver sobre otra cuestión, como es averiguar si, cuando la superioridad y la inferioridad hacen acto de presencia, ambas llevan consigo el elemento adecuado para alcanzar un justo equilibrio: aquélla, la superioridad, una fuerza descendente; ésta, la inferioridad, una fuerza ascendente.
Tenemos dos países: A y B.
A posee sobre B toda suerte de ventajas. Según los proteccionistas, el trabajo se concentraría en A, mientras B se sume en la más completa inanición. Por otro lado, A vende mucho más de lo que compra y B compra mucho más de lo que vende. Podría responder inmediatamente, pero voy a situarme en el terreno de aquéllos.
Según la hipótesis que contemplamos, el trabajo en A goza de una gran demanda, con lo cual pronto se encarecerá; el hierro, el carbón, la tierra, los alimentos, los capitales, son también muy solicitados en A, de modo que, a su vez, pronto se encarecerán.
Al mismo tiempo, trabajo, hierro, carbón, tierras, alimentos, capitales, todo ello está muy descuidado en B, así que en poco tiempo se abarata.
Eso no es todo. Como A vende constantemente y B compra sin cesar, el dinero se traslada de B a A, hasta abundar aquí y escasear en B.
Pero que el dinero abunde trae consigo que haga falta mucho para comprar cualquier cosa. Así, pues, en A, a la carestía real proveniente de una demanda muy activa, se añade una carestía nominal derivada de la elevada proporción de metales preciosos.
Que el dinero escasee trae consigo que haga falta poco para cada compra. Así, pues, en B, un precio barato nominal acaba combinándose con un precio barato real.
En tales circunstancias, la industria acabará teniendo muchas clases de razones o, mejor, razones elevadas a la cuarta potencia, para marcharse de A e ir a establecerse en B. Mejor aún. En honor a la verdad, debemos decir que la industria, cuya naturaleza rechaza los cambios abruptos, no hubiera aguardado la ocasión propicia, sino que más bien, en un contexto de libertad, desde un primer momento se habría repartido y distribuido entre A y B según la ley de la oferta y de la demanda, es decir, según las leyes de la justicia y de la utilidad. Y cuando afirmo que, si se diera el caso de que la industria llegara a concentrarse en un punto dado, por esta misma razón surgiría en su propio seno una fuerza irresistible de descentralización, no formulo una hipótesis vana.
Escuchemos el discurso dirigido por un fabricante (suprimiré las cifras en que éste apoyó su argumentación) a la cámara de comercio de Manchester:
«En otro tiempo exportábamos tejidos; después esta actividad dejó paso a la exportación de hilos, que son la materia prima de los tejidos; más tarde exportamos máquinas, que son los instrumentos de producción del hilo; más tarde aún, capitales, con los cuales financiamos la fabricación de nuestra máquinas; y, finalmente, exportamos nuestro talento industrial y nuestros obreros, que constituyen la fuente de nuestros capitales. Todos estos elementos de trabajo, uno tras otro, han significado una búsqueda de ventajas allí donde la vida es más barata y fácil, de manera que hoy pueden verse en Prusia, en Austria, en Sajonia, en Suiza o en Italia inmensas fábricas construidas con capitales ingleses, trabajadas por obreros ingleses y dirigidas por ingenieros ingleses.»
Obsérvese que la naturaleza, o mejor aún, la providencia más inteligente, más sabia, más previsora de lo que la estrecha y rígida teoría proteccionista supone, rechaza la concentración de trabajo y el monopolio de lo preferente que dicha teoría considera como un hecho absoluto e irremediable; y establece, por medios tan simples como infalibles, la dispersión, la irradiación, la solidaridad, el progreso simultáneo; cosas todas que las leyes restrictivas paralizan en cuanto que éstas aíslan a los pueblos (cuya natural diversidad trastrocan en obstinada y estéril separación) impidiendo toda nivelación o fusión, neutralizando los contrapesos y atacando (a esos mismos pueblos) a su feliz superioridad o a su desgraciada inferioridad.
III. En tercer lugar, afirmar que el derecho protector iguala las condiciones de producción es mentir para difundir un error. Ningún derecho iguala las condiciones de producción, las cuales, una vez consumada la actuación de aquél, se quedan como estaban. Porque lo que el derecho iguala, a lo sumo, son las condiciones de venta. Tal vez se me acuse de hacer juegos de palabras; en ese caso devuelvo la acusación a mis adversarios, pues son ellos quienes tienen que probar que producción y venta son lo mismo, o podré reprocharles, si no que juegan con las palabras, cuando menos que las confunden.
Permítaseme explicarme a través de un ejemplo. Supongamos que unos comerciantes parisinos se dedican a la producción de naranjas. A los comerciantes les consta que las naranjas de Portugal se venden en París a 10 céntimos, mientras que ellos, a causa de los gastos, de los invernaderos que precisarán, pues el frío amenazará continuamente su cosecha, deberán vender al menos a 1 franco. Entonces reclaman que las naranjas portuguesas sean castigadas con un impuesto de 90 céntimos. Según ellos, con esta medida se igualan las condiciones de producción. Como siempre, la cámara de comercio da por buena la reclamación y publica en la tarifa una carga de 90 céntimos para la naranja extranjera.
Pues bien, afirmo que, con ello, las condiciones de producción no han variado en modo alguno. La medida legislativa no altera el calor de Lisboa ni tampoco la frecuencia o la intensidad de las heladas de París. Pero la fruta se habrá obtenido naturalmente a las orillas del Tajo y artificialmente a las orillas del Sena, lo cual quiere decir que costará mucho más trabajo en el segundo caso. Como se igualan las condiciones de venta, los portugueses tendrán que vender sus naranjas a 1 franco, 90 céntimos del cual se destinarán a hacer frente a la tasa que, evidentemente, terminará siendo pagada por el consumidor francés. Nótese qué final tan absurdo: el país no perderá nada por cada naranja portuguesa adquirida, pues los 90 céntimos que el consumidor paga de más irán a parar al Tesoro, con lo cual habrá un desplazamiento de capital, pero ninguna pérdida. Sin embargo, por cada naranja francesa consumida, se producen 90 céntimos de pérdida o poco menos, pues ese dinero sale del bolsillo del comprador; y en cuanto al vendedor, sabemos que esa cantidad de dinero no se la queda él, pues, como hemos visto, está vendiendo a precio de coste.
Que los proteccionistas saquen las conclusiones.
IV. Si he insistido en la distinción entre las condiciones de producción y las de venta, distinción que, sin duda, les parecerá paradójica a los señores proteccionistas, es porque ello me permite que dichos señores se enfrenten con otra paradoja aún más extraña, y es la siguiente: ¿Queremos ver realmente igualadas las condiciones de producción? Permítaseme la libertad de comercio.
Ocuparnos ahora de esto —se me objetará— sería demasiado, y todo un desafío para la inteligencia. Pero suplico a los señores proteccionistas que, aunque sólo sea por curiosidad, lleguen hasta el final de mi argumentación. No será muy extensa. Y ahora, prosigo con mi ejemplo. Si se me permite suponer, por un momento, que los ingresos medios y diarios de un francés son de 1 franco, se admitirá que, para producir directamente una naranja en Francia, haría falta una jornada de trabajo o su equivalente; mientras que para producir lo que cuesta una naranja portuguesa, bastaría con la décima parte de dicha jornada; y esto se explica porque el sol realiza en Lisboa lo que tiene que hacerse en París a base de trabajo. Ahora bien, resulta evidente que, si es posible producir una naranja o, lo que viene a ser lo mismo, adquirirla, a cambio de una décima parte de una jornada de trabajo, nos hallaríamos, en lo que respecta a dicha producción, exactamente en las mismas condiciones que un productor portugués, excepción hecha de lo que atañe al transporte, que deberá correr a nuestro cargo. De todo lo cual se deduce que, directa o indirectamente, la libertad iguala las condiciones de producción hasta donde éstas pueden igualarse, dado que siempre subsistirá alguna diferencia inevitable, como la que se deriva del transporte.
Y añado que la libertad iguala también las condiciones de usufructo, de satisfacción o de consumo, de todo lo cual nunca se habla, siendo algo esencial, puesto que, en definitiva, el consumo es el objetivo final de todos nuestros esfuerzos industriales. Gracias a la libertad de comercio, podríamos disfrutar del sol portugués igual que los portugueses; o los habitantes de El Havre tendrían a su alcance, como los de Londres, y en las mismas condiciones, las riquezas minerales que la naturaleza ha ubicado en Newcastle.
V. Señores proteccionistas, mi humor persiste en mostrarse paradójico. Pues bien, aún puedo llegar más lejos y afirmo, seguro de lo que digo, que de dos países en desigualdad en cuanto a las condiciones de producción, «el que, por su propia naturaleza, se encuentre en condiciones más desfavorables, tendrá más que ganar con la libertad de comercio». Para probarlo, deberé apartarme un tanto del tono general de mi escrito, cosa que haré, en primer lugar, porque el asunto lo merece, y después, porque así tendré la oportunidad de exponer una ley económica de vital importancia. Esta ley, bien asimilada, tal vez contribuya a atraer a la ciencia tantas sectas que, en la actualidad, buscan en el país de las quimeras la armonía social que no han podido encontrar en la naturaleza. Adelanto la intención de ocuparme de la ley del consumo, pues a casi todos los economistas se les podría reprochar el hecho de tenerla demasiado olvidada.
El consumo es el fin, la causa final de los fenómenos económicos y, por lo tanto, la clave para comprenderlos.
Nada, favorable o desfavorable, es capaz de detener de una forma definitiva al productor. Las ventajas que la naturaleza y la sociedad puedan prodigarle, o los obstáculos que ambas fuerzas puedan poner en su camino, resbalan, por así decirlo, sobre él, tienden insensiblemente a absorberse y a fundirse en la comunidad, considerada ésta desde el punto de vista del consumo. Nos hallamos ante una regla admirable tanto en su causa como en sus efectos, y en torno a ella, a modo de ilustración, bien se podría decir algo así: «No he pasado por el mundo sin pagar mi tributo a la sociedad.»
Toda circunstancia que favorezca el proceso de producción redunda en optimismo por parte del productor, pues el efecto inmediato de aquélla será que dicho productor pueda prestar más servicios a la comunidad y, por lo tanto, reclamar una mayor remuneración. Toda circunstancia que dificulte el proceso de producción causa contrariedad en el productor, pues el efecto inmediato de esa circunstancia será limitar los servicios que pueda prestar el productor y, en consecuencia, también su remuneración.
Hacía falta que el destino del productor lo marcas en los bienes y los males inmediatos que se derivan de unas circunstancias positivas o negativas, para que los productores pusieran todo su empeño en procurarse aquéllas y en evitar éstas.
Del mismo modo, si un trabajador consigue perfeccionar su industria, recoge un beneficio inmediato, por lo cual aquél se siente estimulado para trabajar con inteligencia; es algo razonable, como lo es que todo esfuerzo coronado por el éxito conlleve una recompensa.
Pero yo pienso que los efectos buenos o malos, aunque en sí mismos son inmutables, no lo resultan para el productor. De otra forma, una desigualdad progresiva y, como tal, infinita, se instalaría entre los hombres. Pero es que tales bienes y males, en un momento dado, se diluyen entre la humanidad en general.
¿Cómo llega a ocurrir tal cosa? Me explicaré con algunos ejemplos. Situémonos en el siglo XIII. Los copistas cobran, por su labor, «una remuneración estipulada, en la tabla general de beneficios». Entre los copistas, hay uno que busca y encuentra el medio de multiplicar con rapidez los ejemplares de un mismo texto: inventa la imprenta.
De momento, un hombre se enriquece pero muchos más se empobrecen. A primera vista, por maravilloso que sea el descubrimiento, surgen dudas sobre si considerarlo más perjudicial que útil. Da la impresión de que la imprenta introduce en el mundo algo que ya he señalado: un elemento de desigualdad indefinida. Guttemberg acumula beneficios y, con ellos, propaga su invento, en un proceso sin final que determina la ruina de los copistas. En cuanto al público, el consumidor nota un escaso beneficio, pues Guttemberg se cuida de no bajar el precio de los libros más que lo indispensable para vender sólo un poco por debajo del precio de sus competidores.
Pero el mismo pensamiento que ha dotado de armonía al movimiento de los cuerpos celestes, ha sabido hacerlo también con el mecanismo interno de la sociedad. Vamos a comprobar cómo las ventajas económicas del invento superan lo individual y se extienden, para siempre, al patrimonio común de las masas.
En efecto, los secretos del mecanismo van conociéndose. Guttemberg ya no es el único que imprime. Otros lo imitan y, en principio, se benefician considerablemente, pues obtienen la recompensa de ser los primeros en el proceso de imitación, el eslabón necesario para culminar el notable y definitivo logro hacia el que nos aproximamos. Ganan mucho, pero menos que el inventor, pues la competencia se pone en marcha. El precio de los libros baja paulatinamente y los beneficios de los imitadores de Guttemberg disminuyen a medida que se va alejando el día de la invención, es decir, a medida que la imitación va siendo menos meritoria. En poco tiempo, la nueva industrial lega a su normalización o, dicho en otros términos, la remuneración de los impresores deja de ser excepcional y, como la de los escribas de otro tiempo, llega a quedar estipulada en la tabla general de beneficios: véase la producción, como tal, vuelta al punto de partida. Sin embargo, el inventor no sufre menoscabo, ni deja de materializarse el ahorro de tiempo, de trabajo, de esfuerzo, en la tarea de producir libros. Y tenemos un resultado visible: el barato precio de cada volumen. Y alguien muy concreto puede acceder a un beneficio: el consumidor, que es como decir la sociedad, la humanidad. La actividad impresora, que en lo sucesivo no tendrá ya nada de excepcional, tampoco podrá gozar en el futuro de una remuneración asimismo excepcional. Como personas, es decir, como consumidores, los impresores participan sin duda de las ventajas que el nuevo invento supone para la comunidad. Pero eso es todo, porque, en su calidad de productores, habrán de asumir las condiciones ordinarias del país y verán remunerado su trabajo, pero no la utilidad del invento, que ha pasado a ser herencia común y gratuita de la humanidad en su conjunto.
Confieso que la sabiduría y la belleza de este sistema me conmueve de admiración y de respeto. En él veo el sansimonismo: «A cada uno según su capacidad, a cada capacidad según sus obras.» Veo el comunismo —en esa inclinación de los bienes a convertirse en herencia común de los hombres—; pero uno y otro regidos por la previsión infinita, jamás en manos de la fragilidad, las pasiones y la arbitrariedad de los hombres.
Lo que he dicho de la imprenta podría aplicarse a todos los demás instrumentos de trabajo, desde el clavo y el martillo hasta la locomotora y el telégrafo. La sociedad disfruta de todos porque los usa todos, y los disfruta gratuitamente, porque el resultado de la mera existencia de tales instrumentos es la disminución del precio de las cosas; y esa parte del precio que se evapora, y que representa la intervención del instrumento en el proceso de producción, es, obviamente, la medida en que el producto hace gratuito. Lo que queda por pagar es el trabajo humano, que ciertamente se paga, prescindiendo del resultado debido a la invención, al menos cuando éste haya recorrido —según su destino— el ciclo que he descrito. Supongamos que contrato a un obrero; éste llega con una sierra y, después de que me haya fabricado veinticinco tablas, le abono su jornal de dos francos. Si la sierra no se hubiera inventado, el obrero tal vez no hubiera llegado a producir una sola tabla, pero no por ello hubiera dejado yo de abonarle su jornal. Por lo tanto, la utilidad generada por la sierra es para mí un don gratuito de la naturaleza o, más bien, es una parte de la herencia que, procedente de la inteligencia de nuestros ancestros, he recibido en común con todos los hombres. Si contrato dos obreros agrícolas, uno con un arado y el otro con una pala, el resultado del trabajo de ambos será ciertamente distinto, pero el precio del jornal será el mismo, porque la remuneración no es proporcional a la productividad, sino al esfuerzo, al trabajo exigido.
Pido paciencia al lector y le ruego que esté seguro de que no he perdido de vista la libertad comercial. Y que se preocupe sólo de tener presente esta mi conclusión: La remuneración no guarda relación con las UTILIDADES que el productor aporta al mercado, sino con su trabajo.
Hasta ahora, he tomado mis ejemplos de los inventos humanos. Hablemos a continuación de las ventajas naturales.
En todo proceso de producción intervienen la naturaleza y el ser humano. Pero la porción de productividad que corresponde a la naturaleza siempre es gratuita. La parte que corresponde al trabajo humano se aporta con la intención de producir un objeto con el que comerciar y, por tanto, con el que conseguir una remuneración que, indudablemente, varía en función de la intensidad del trabajo, de la habilidad necesaria, de la rapidez, de la oportunidad, de la necesidad que exista, de la ausencia momentánea de competencia, etc., etc. Pero no es menos cierto que la intervención de las leyes naturales, que son patrimonio de todos, no forma parte del precio del producto.
No tenemos que pagar nada por el aire que respiramos, y eso que nos resulta tan útil que, sin él, dejaríamos de vivir en apenas dos minutos. Y no pagamos nada porque la naturaleza nos lo suministra sin intervención alguna del trabajo humano. Pero si pretendiéramos separar uno de los gases que componen ese aire para realizar, por ejemplo, un experimento, tendríamos que tomarnos una cierta molestia; y en el caso de que se la transfiriésemos a alguien, deberíamos realizar una inversión que hubiéramos podido destinar a cualquier otra cosa. De donde se deduce que todo intercambio se concreta con dichas molestias, con esfuerzos, con trabajos. Ciertamente, no es el oxígeno lo que se paga, pues éste es, por entero, de libre disposición, sino el trabajo que ha costado desprender el gas. Se objetará que aún quedan cosas por pagar, como materiales o aparatos, pero todo ello forma parte del trabajo que se remunera: el coste del carbón empleado representa el trabajo que se ha invertido en extraerlo y transportarlo.
Tampoco pagamos la luz del sol, porque la naturaleza nos la regala. Pero pagamos el gas, el sebo, el aceite, la cera, pues en ellos hay un trabajo humano que remunerar; y obsérvese que lo que se remunera es ese trabajo y no la utilidad, ya que puede darse el caso de que una de las formas de alumbrado señaladas, aunque sea más potente que las otras, resulte más barata; basta para ello que se precise menos trabajo humano para obtenerla.
Cuando el aguador me trae su producto a casa, si yo le pagara en razón de la utilidad absoluta del agua, mi capital no sufriría merma alguna. Pero yo le pago por su trabajo. Y si ese aguador pretendiera cobrarme más, yo podría acudir a otros o, finalmente, en caso de necesidad, iría yo mismo por el agua, la cual no constituye realmente el objeto de mercado, sino que lo constituye el trabajo que gira en torno a ella. Este punto de vista es tan esencial, y las consecuencias que del mismo pueden derivarse tan esclarecedoras en cuanto a la libertad del comercio internacional, que todavía considero necesario expresarlo que pienso mediante algunos ejemplos.
La cantidad de sustancia alimenticia que contienen las patatas no resulta muy cara, porque se puede obtener mucha con poco trabajo. Se paga más por el trigo, pues, para producirlo, la naturaleza exige una gran cantidad de trabajo humano. Es evidente que, si la naturaleza se comportara igual con ambos productos, los precios de éstos tenderían a nivelarse. Pero es imposible que el productor de trigo gane siempre mucho más que el que produce patatas: la ley de la competencia lo impide.
Si, por un feliz milagro, la fertilidad de toda la tierra productiva se acrecentara, las ventajas de ese fenómeno irían a parar no tanto al agricultor como al propio consumidor, pues todo redundaría en una gran abundancia y en precios más baratos, ya que habría menos trabajo invertido por cada kilogramo de trigo producido, y el agricultor debería asumir, a la hora de comerciar, esa menor inversión de trabajo en cada producto. Si, por el contrario, la fecundidad del suelo disminuyera súbitamente, la aportación de la naturaleza en el proceso de producción sería menor, habría que invertir una mayor cantidad de trabajo y, consecuentemente, el producto se encarecería. Creo, pues, que yo tenía razón cuando afirmaba que es en el consumo, es decir, en la humanidad, donde, a largo plazo, se encuentra la resolución de todos los fenómenos económicos. Mientras no se analicen éstos hasta el final, mientras se tengan en consideración solamente los efectos inmediatos, relacionados con un hombre o con una clase de hombres en tanto que productores, no podremos decir que nos hallamos ante verdaderos economistas. Sería como llamar médico a quien, en vez de tener en cuenta todo el organismo a la hora de analizar los efectos de una medicina, se limitara a observar cómo afecta ésta al paladar o a la garganta.
Las regiones tropicales resultan muy favorables para la producción de azúcar o café. Esto quiere decir que la naturaleza realiza la mayor parte de la tarea productiva, quedando reducida al mínimo la intervención del trabajo humano. Pero ¿quién se beneficia de esta ventaja? Desde luego, no aquellas regiones, pues la competencia hace que reciban sólo la remuneración que se deriva del trabajo. La beneficiada es la humanidad, ya que el efecto de la generosidad de la naturaleza es un precio barato que se dispersa por el mundo entero.
Imaginemos un territorio de clima templado en el que el carbón y el hierro se encuentran prácticamente en la superficie de la tierra, resultando muy fácil su explotación. En principio, es lógico que los habitantes de la región se beneficien de su feliz circunstancia. Pero en un momento dado, aparecerá la competencia, el precio del carbón y del hierro bajará extendiéndose así la generosidad de la naturaleza por todo el mundo, y el trabajo humano derivado de la explotación mineral se remunerará según la tabla general de beneficios.
Así es como los bienes naturales y el perfeccionamiento de los procesos de producción se convierten, en virtud de la ley de la competencia, en patrimonio común y gratuito de los consumidores y, en definitiva, de toda la humanidad. Y los países que no posean las ventajas mencionadas podrán prosperar comerciando con los que las posean, puesto que los intercambios se realizan con los trabajos, abstracción hecha de las ventajas naturales que dichos trabajos conlleven; y, evidentemente, son los países más favorecidos los que suman a su trabajo sus propias ventajas naturales, de forma que, como sus productos exigen un menor coste laboral, cuestan menos, es decir, son más baratos. Y si la generosidad de la naturaleza se traduce en precios baratos, de ello podrá beneficiarse tanto el país que produce como el que consume.
De ahí lo absurdo de que un país llegue a rechazar un producto precisamente porque es barato. Es como si dijera: «Desprecio lo que regala la naturaleza. Se me exige una inversión equivalente a 2 para adquirir un producto que me costaría invertir 4. Quien me lo propone se aprovecha de que la naturaleza le hace la mitad del trabajo en el proceso de producción. Pues bien, espero que un cambio climático lo fuerce a exigirme una inversión equivalente a 4 para poder negociar con él en pie de igualdad.»
A es un país privilegiado, mientras que B es un país maltratado por la naturaleza. Yo afirmo que, si comerciaran entre ellos, ambos se beneficiarían, pero sobre todo el país que identificamos como B, puesto que el intercambio no se efectúa con productos sino con valores. Ahora bien, A dispone de más productos por el mismo valor, ya que un producto nace de lo que aportan la naturaleza y el trabajo, en tanto que el valor sólo corresponde a lo que aporta este último. De manera que B comercia con todo a su favor, pues al productor de A sólo le paga su trabajo y obtiene un producto derivado de unas ventajas naturales de las que carece.
Enunciemos la regla general:
El comercio es un trueque de valores. Como el valor queda reducido, en virtud de la competencia, a representar el trabajo, el comercio es, en definitiva, un intercambio de dicho trabajo. Lo que la naturaleza aporta a los productos con los que se comercia se da por ambas partes gratuitamente y por debajo del mercado, de donde se sigue rigurosamente que los cambios realizados con los países más favorecidos por la naturaleza son los más ventajosos.
La teoría, cuyas líneas básicas he intentado plasmar en este capítulo, exigiría un desarrollo mucho más amplio. Aquí me he limitado a examinarla en relación con mi protagonista principal, la libertad comercial. Pero tal vez le baste al lector atento para recoger el germen fecundo de un fruto que, cuando crezca, deberá asfixiar, junto al proteccionismo, el fourierismo, el sansimonismo, el comunismo y todas las escuelas que pretenden excluir del gobierno del mundo la ley de la COMPETENCIA. Considerada desde el punto de vista del productor, la competencia hiere sin duda, a menudo, nuestros intereses individuales e inmediatos; pero si se tiene en cuenta el interés genérico de cualquier actividad, el del bienestar universal, en una palabra, el del consumo, se verá que la competencia juega, en el orden moral, el mismo papel que el equilibrio en el orden material. La competencia es el fundamento del verdadero comunismo, del verdadero socialismo, de esa igualdad de bienestar y de condiciones tan deseada en nuestros días; y si tantos publicistas sinceros, tantos reformadores de buena fe buscan todo esto en la arbitrariedad, es porque no entienden la libertad.
(De elcato.org)
Al proteger a las empresas locales, éstas tienden a debilitarse en cuanto a su capacidad para ofrecer productos de calidad y bajos precios. Quienes se oponen a este proteccionismo ejemplifican la situación en casos hipotéticos como el de un producto extranjero que, al ingresar al país, cuesta $ 50, mientras que las empresas locales venden algo similar por $ 100. La ventaja de la importación radica en que el consumidor local adquiere el producto extranjero y le quedan disponibles $ 50 para comprar otros productos.
Con el dinero ahorrado, podrá comprar productos de otros rubros. Las empresas respectivas se afianzarán absorbiendo empleados que pudieron quedar cesantes en el caso de que las ventas de empresas nacionales se hayan visto desplazadas por artículos importados.
Por lo general, se considera una cuestión de patriotismo la protección mencionada, ya que de esa manera se favorece a la industria nacional. Sin embargo, pocas veces se piensa en el consumidor para quien tal "patriotismo" le genera una importante baja en su disponibilidad monetaria o en su calidad de vida.
En países con muchos años de proteccionismo, se advierte un atraso importante respecto de los países más avanzados tecnológicamente. De ahí que la apertura abrupta de importaciones, la cual requiere de una pronta adaptación, se parece un tanto a la forma rápida utilizada para que un niño aprenda a nadar: se lo tira directamente al agua; y así aprende rápidamente, o bien se ahoga.
A continuación se menciona un extenso artículo referido a este tema:
SOFISMAS ECONÓMICOS
Por Frédéric Bastiat
I. INTRODUCCIÓN
En economía política, hay mucho que aprender y poco que hacer. (BENTHAM)
En este libro intento impugnar algunos de los argumentos que se oponen a la liberación del comercio.
No se trata de una batalla que yo haya entablado contra los proteccionistas. Es más bien la idea de dotar de principios a las personas sinceras que titubean, precisamente porque albergan dudas.
Yo no soy de los que dicen que el proteccionismo encubre intereses. A mí me parece que se ampara en mentiras o, si se quiere, en medias verdades. Demasiada gente tiene miedo a la libertad como para que pensemos que este temor no es sincero.
Pongo el listón muy alto, pero confieso que mi objetivo es que este folleto se convierta en el manual de los hombres convocados a elegir entre dos principios. Cuando no se está muy acostumbrado a la filosofía de la libertad, los sofismas del proteccionismo, en sus múltiples formas, se reproducen una y otra vez en la mente. Para liberar ésta, hace falta un largo proceso de análisis que no todo el mundo tiene tiempo de realizar y, menos aún, los legisladores. Así que intentaré hacerlo yo.
Se me objetará que los beneficios de la libertad deben de estar muy escondidos si sólo resultan evidentes para los profesionales de la economía. Y yo estoy de acuerdo. Nuestros adversarios en la polémica poseen una clara ventaja: ellos pueden expresar en pocas palabras una verdad a medias, pero nosotros, para desmontar esa media verdad, nos vemos obligados a elaborar largas y áridas disertaciones.
Así son las cosas: el proteccionismo beneficia de un modo muy concreto; pero el mal que causa se diluye en una masa sin contornos. Lo primero es sensible para los ojos; lo segundo sólo puede ser percibido por la mente. Justo lo contrario ocurre con la libertad.
Y así sucede con casi todas las cuestiones económicas. Si dices: «esta máquina ha enviado al paro a treinta obreros», o bien: «este millonario fomenta todas las industrias», o más aún: «la conquista de Argelia ha elevado al doble el comercio de Marsella», o finalmente: «el presupuesto asegura la vida de cien mil familias», todo el mundo lo entenderá, puesto que los mensajes son claros, simples y portadores de una verdad. La gente sacará estas conclusiones:
Las máquinas son un mal; el lujo, las conquistas y las cargas impositivas son un bien; y tu teoría tendrá tanto más éxito cuanto que se apoya en hechos irrebatibles.
Sin embargo, nosotros no podemos apoyarnos en una causa con su efecto correspondiente, pues somos conscientes de que dicho efecto, cuando se produce, puede convertirse en causa. Para juzgar una decisión determinada, se hace necesario analizarla a lo largo de una serie sucesiva de resultados, hasta llegar a conocer su efecto definitivo. Y, olvidándonos de las palabras grandilocuentes, debemos limitarnos a razonar.
Pero inmediatamente se produce un clamor que nos tacha de teóricos, de metafísicos, de ideólogos, de utopistas, de seres gobernados por principios, y entonces las cautelas de la gente se vuelven contra nosotros.
Llegados a este punto, ¿qué hacer? Invoquemos la paciencia y la buena fe del lector y pongamos en nuestros razonamientos, si somos capaces, una claridad tan obvia como para que lo verdadero y lo falso se muestren con toda crudeza y la victoria, de una vez por todas, se decante por la restricción o por la libertad.
Debo hacer ahora una observación esencial.
Algunos extractos de este libro se publicaron en el Journal des Economistes.
En una crítica (por cierto, bastante benévola) realizada por el vizconde de Romanet (ver Le Moniteur Industriel de los días 15 y 18 de mayo de 1845) éste me atribuye la idea de la supresión de las aduanas. Pero el señor de Romanet se engaña, pues lo que yo propongo es la supresión del régimen protector. Nosotros no rechazamos los impuestos del gobierno, pero desearíamos, si ello fuera posible, evitar que los gobernados se carguen con impuestos recíprocos. Napoleón dijo: «La aduana no debe ser un instrumento fiscal, sino un medio para proteger la industria.» Bien al contrario, nosotros decimos que la aduana, para los trabajadores, no debe ser un instrumento de rapiña recíproca cuando podría obrar como una aceptable vía de fiscalidad. Nosotros o, mejor (para no involucrar a nadie más en esta lucha) yo me hallo tan lejos de pensar en la supresión de las aduanas, que las considero la clave de la salud de nuestras finanzas, y una opción óptima para que el Tesoro se procure inmensos caudales; y, si se me pregunta la opinión, dada la lentitud con que se difunden las doctrinas económicas sanas y la celeridad con que se acrecienta el presupuesto público, en lo que se refiere a la reforma comercial, pongo más esperanzas en las estrecheces que haya de soportar el Tesoro que en el vigor de las opiniones sensatas.
—Pero —se me dirá—, en resumidas cuentas, ¿qué concluye usted? Y yo no necesito concluir nada. Yo lucho contra los sofismas. Nada más.
—Pero —me replicarán aún— no basta con destruir; hay que construir. Pues creo que destruir un error es edificar la verdad correspondiente.
Tras esto, no me importa declarar mis intenciones. Me gustaría que la opinión pública hiciera sancionar una ley de aduanas concebida más o menos en estos términos:
Los objetos de primera necesidad pagarán un derecho ad valorem de un 5 por ciento; los objetos de conveniencia, un 10 por ciento; y los objetos de lujo, un 15 ó un 20 por ciento.
De momento, estas distinciones se realizan en ámbitos enteramente ajenos a la economía política propiamente dicha, y yo no creo que sean tan útiles y tan justas como se supone comúnmente. Pero esto ya no es de mi incumbencia.
II. IGUALAR LAS CONDICIONES DE PRODUCCIÓN
Dicen que... pero, para que no se me acuse de poner sofismas en boca de los proteccionistas, cedo la palabra a dos de sus más vigorosos atletas.
Es sabido que, en nuestra sociedad, la protección debería ser, simplemente, la representación de la diferencia que hay entre el precio de coste de un artículo que producimos nosotros y el mismo precio de un artículo similar producido por nuestros vecinos... Un derecho protector establecido en estos términos asegura la libre competencia, la cual sólo se verifica si hay igualdad de condiciones y de obligaciones. En las carreras de caballos, se valora el peso que supone cada uno de los jinetes con el fin de igualar las condiciones de la carrera. Sin este trámite, los competidores no podrían participar. En el caso del comercio, si un vendedor puede ofrecer un precio más barato, ese vendedor deja de ser competidor y se convierte en monopolizador. Suprímase la protección que representa la diferencia en el precio de coste: lo extranjero invadirá el mercado y el monopolio será un hecho.
«Cada cual debe desear para él, como para los demás, que la producción del país esté protegida de la competencia extranjera, pues ésta podría ofertar los productos aun precio más bajo.»
Este argumento se repite una y otra vez en los escritos de la escuela proteccionista. Me propongo analizarlo cuidadosamente, así que reclamo atención y la paciencia del lector. Me ocuparé en primer lugar de las desigualdades inherentes a la naturaleza, y luego de las que se derivan de los distintos tipos de tasas.
Vemos aquí, como otras veces, cómo los teóricos de la protección adoptan el punto de vista del productor, en tanto que nosotros nos preocuparemos de los desventurados consumidores, de los cuales aquéllos nunca quieren saber nada. Los proteccionistas comparan el ámbito de la industria con el hipódromo. Pero, en el hipódromo, la carrera es medio y fin a la vez, y el público no se interesa más que por la carrera en sí misma. Cuando se hace galopar a los caballos con el único fin de descubrir al más veloz, comprendo que se les iguale la carga. Pero si el fin que se persigue fuera llevar una noticia importante y urgente, ¿no sería una incoherencia crear obstáculos a quien ofreciese la mayor rapidez? Pues eso se hace con la industria, olvidándose su cometido esencial, que es el bienestar, el cual se sacrifica en aras de una verdadera petición de principios.
Ya que no es posible atraer a nuestros adversarios hacia nuestro punto de vista, situémonos nosotros en el suyo y examinemos la cuestión en la perspectiva de la producción.
Voy a tratar de establecer:
1.° Que nivelar las condiciones del trabajo atenta contra el principio del intercambio.
2.° Que no es verdad que la competencia de las regiones más prósperas perjudique el trabajo de un país.
3.° Que las medidas protectoras no igualan las condiciones de producción.
4.° Que la libertad nivela esas condiciones.
5.° Finalmente, que los países menos restrictivos ganan en los intercambios.
I. Nivelar las condiciones del trabajo no significa sólo perjudicar algunos intercambios, sino atacar el principio del trueque, que se basa precisamente en esa diversidad o, si se prefiere, en esas desigualdades de climas, de fertilidad, de aptitudes, que se pretendería contrarrestar. Si Guyena envía vino a Bretaña y Bretaña trigo a Guyena, es porque estas provincias poseen distintas condiciones de producción. ¿Hay otra ley para los intercambios internacionales? En la medida que sea, volver contra éstos aquello que los promueve y los explica, es decir, las condiciones desiguales, implica atacarlos en su razón de ser. Si dependiera de los proteccionistas, los hombres se verían reducidos, como el caracol, al aislamiento absoluto. No hay, por lo demás, uno solo de sus sofismas que, sometido a la prueba de las deducciones rigurosas, no se compruebe que conduce a la destrucción y a la nada.
II. No es verdad en realidad que la desigualdad de las condiciones de dos industrias similares determine necesariamente la decadencia de la industria peor dotada. En el hipódromo, si uno de los competidores gana el premio, los demás lo pierden; pero si se emplean dos caballos en la producción de bienes, cada uno producirá según su capacidad, y el hecho de que el más fuerte ofrezca una mayor prestación de servicios no implica que el más débil no aporte nada. El trigo candeal se cultiva en todos los departamentos de Francia, aunque entre ellos existan enormes diferencias en cuanto a la fertilidad; y si por casualidad no se da ese tipo de cultivo en algún departamento, será sencillamente porque a éste no le conviene. Igualmente la analogía nos indicará que, en un régimen de libertad, más allá de similares diferencias, se cultiva trigo candeal en todas las naciones de Europa y, si alguna no lo hace, será porque, en su propio interés, sabrá dar un uso más adecuado a sus tierras, a sus capitales y a su fuerza de trabajo. ¿Y qué razón hay para que, probada la fertilidad de la tierra, ello no disuada a un agricultor de cultivar en el territorio del departamento menos favorable? Sencillamente, que los fenómenos económicos son flexibles y elásticos y que poseen, por así decirlo, recursos de nivelación que, al parecer, pasan enteramente inadvertidos para la escuela proteccionista. Ésta nos acusa de ser sistemáticos, pero es ella la que lo es en grado sumo si el espíritu de sistema consiste en combinar razonamientos sobre un hecho y no sobre un conjunto de hechos. En el ejemplo anterior es la diferencia en el valor de la tierra lo que compensa la diferente fertilidad. Tu terreno produce tres veces más que el mío, pero como te ha costado diez veces más, yo puedo competir contigo: ese es el secreto. Y adviértase que la superioridad en ciertos aspectos conlleva la inferioridad en otros: tu terreno es más fecundo, pero es más caro. De forma que el equilibrio se establece, o tiende a establecerse, no accidentalmente, sino necesariamente. ¿Y puede negarse que sea la libertad lo que mejor favorece esta tendencia?
He hablado de una rama de la agricultura, pero podría hacerlo de una rama de la industria: hay sastres en Quimper, pero eso no quita que los haya en París, aunque deban pagar por su alquiler, sus muebles, sus operarios o su alimentación un precio considerablemente mayor, pues también disponen de una clientela muy diferente y ello es suficiente, no sólo para nivelar la balanza, sino incluso para inclinarla del lado de París.
Cuando se habla entonces de igualar las condiciones del trabajo, haría falta comprobar, al menos, si la libertad no hace ya lo que se pretende reglamentar.
Esta nivelación natural de los fenómenos económicos es tan importante en el asunto que nos ocupa y, al tiempo, tendemos tanto a admirar la sabiduría providencial que preside el gobierno igualitario de la sociedad, que ruego se me permita detenerme un instante.
Los señores proteccionistas argumentan: Tal pueblo tiene sobre nosotros la ventaja del precio más barato del carbón, del hierro, de las máquinas, de los capitales, luego no podemos competir con él.
Esta afirmación habrá de ser examinada desde otras perspectivas, pero ahora quiero volver sobre otra cuestión, como es averiguar si, cuando la superioridad y la inferioridad hacen acto de presencia, ambas llevan consigo el elemento adecuado para alcanzar un justo equilibrio: aquélla, la superioridad, una fuerza descendente; ésta, la inferioridad, una fuerza ascendente.
Tenemos dos países: A y B.
A posee sobre B toda suerte de ventajas. Según los proteccionistas, el trabajo se concentraría en A, mientras B se sume en la más completa inanición. Por otro lado, A vende mucho más de lo que compra y B compra mucho más de lo que vende. Podría responder inmediatamente, pero voy a situarme en el terreno de aquéllos.
Según la hipótesis que contemplamos, el trabajo en A goza de una gran demanda, con lo cual pronto se encarecerá; el hierro, el carbón, la tierra, los alimentos, los capitales, son también muy solicitados en A, de modo que, a su vez, pronto se encarecerán.
Al mismo tiempo, trabajo, hierro, carbón, tierras, alimentos, capitales, todo ello está muy descuidado en B, así que en poco tiempo se abarata.
Eso no es todo. Como A vende constantemente y B compra sin cesar, el dinero se traslada de B a A, hasta abundar aquí y escasear en B.
Pero que el dinero abunde trae consigo que haga falta mucho para comprar cualquier cosa. Así, pues, en A, a la carestía real proveniente de una demanda muy activa, se añade una carestía nominal derivada de la elevada proporción de metales preciosos.
Que el dinero escasee trae consigo que haga falta poco para cada compra. Así, pues, en B, un precio barato nominal acaba combinándose con un precio barato real.
En tales circunstancias, la industria acabará teniendo muchas clases de razones o, mejor, razones elevadas a la cuarta potencia, para marcharse de A e ir a establecerse en B. Mejor aún. En honor a la verdad, debemos decir que la industria, cuya naturaleza rechaza los cambios abruptos, no hubiera aguardado la ocasión propicia, sino que más bien, en un contexto de libertad, desde un primer momento se habría repartido y distribuido entre A y B según la ley de la oferta y de la demanda, es decir, según las leyes de la justicia y de la utilidad. Y cuando afirmo que, si se diera el caso de que la industria llegara a concentrarse en un punto dado, por esta misma razón surgiría en su propio seno una fuerza irresistible de descentralización, no formulo una hipótesis vana.
Escuchemos el discurso dirigido por un fabricante (suprimiré las cifras en que éste apoyó su argumentación) a la cámara de comercio de Manchester:
«En otro tiempo exportábamos tejidos; después esta actividad dejó paso a la exportación de hilos, que son la materia prima de los tejidos; más tarde exportamos máquinas, que son los instrumentos de producción del hilo; más tarde aún, capitales, con los cuales financiamos la fabricación de nuestra máquinas; y, finalmente, exportamos nuestro talento industrial y nuestros obreros, que constituyen la fuente de nuestros capitales. Todos estos elementos de trabajo, uno tras otro, han significado una búsqueda de ventajas allí donde la vida es más barata y fácil, de manera que hoy pueden verse en Prusia, en Austria, en Sajonia, en Suiza o en Italia inmensas fábricas construidas con capitales ingleses, trabajadas por obreros ingleses y dirigidas por ingenieros ingleses.»
Obsérvese que la naturaleza, o mejor aún, la providencia más inteligente, más sabia, más previsora de lo que la estrecha y rígida teoría proteccionista supone, rechaza la concentración de trabajo y el monopolio de lo preferente que dicha teoría considera como un hecho absoluto e irremediable; y establece, por medios tan simples como infalibles, la dispersión, la irradiación, la solidaridad, el progreso simultáneo; cosas todas que las leyes restrictivas paralizan en cuanto que éstas aíslan a los pueblos (cuya natural diversidad trastrocan en obstinada y estéril separación) impidiendo toda nivelación o fusión, neutralizando los contrapesos y atacando (a esos mismos pueblos) a su feliz superioridad o a su desgraciada inferioridad.
III. En tercer lugar, afirmar que el derecho protector iguala las condiciones de producción es mentir para difundir un error. Ningún derecho iguala las condiciones de producción, las cuales, una vez consumada la actuación de aquél, se quedan como estaban. Porque lo que el derecho iguala, a lo sumo, son las condiciones de venta. Tal vez se me acuse de hacer juegos de palabras; en ese caso devuelvo la acusación a mis adversarios, pues son ellos quienes tienen que probar que producción y venta son lo mismo, o podré reprocharles, si no que juegan con las palabras, cuando menos que las confunden.
Permítaseme explicarme a través de un ejemplo. Supongamos que unos comerciantes parisinos se dedican a la producción de naranjas. A los comerciantes les consta que las naranjas de Portugal se venden en París a 10 céntimos, mientras que ellos, a causa de los gastos, de los invernaderos que precisarán, pues el frío amenazará continuamente su cosecha, deberán vender al menos a 1 franco. Entonces reclaman que las naranjas portuguesas sean castigadas con un impuesto de 90 céntimos. Según ellos, con esta medida se igualan las condiciones de producción. Como siempre, la cámara de comercio da por buena la reclamación y publica en la tarifa una carga de 90 céntimos para la naranja extranjera.
Pues bien, afirmo que, con ello, las condiciones de producción no han variado en modo alguno. La medida legislativa no altera el calor de Lisboa ni tampoco la frecuencia o la intensidad de las heladas de París. Pero la fruta se habrá obtenido naturalmente a las orillas del Tajo y artificialmente a las orillas del Sena, lo cual quiere decir que costará mucho más trabajo en el segundo caso. Como se igualan las condiciones de venta, los portugueses tendrán que vender sus naranjas a 1 franco, 90 céntimos del cual se destinarán a hacer frente a la tasa que, evidentemente, terminará siendo pagada por el consumidor francés. Nótese qué final tan absurdo: el país no perderá nada por cada naranja portuguesa adquirida, pues los 90 céntimos que el consumidor paga de más irán a parar al Tesoro, con lo cual habrá un desplazamiento de capital, pero ninguna pérdida. Sin embargo, por cada naranja francesa consumida, se producen 90 céntimos de pérdida o poco menos, pues ese dinero sale del bolsillo del comprador; y en cuanto al vendedor, sabemos que esa cantidad de dinero no se la queda él, pues, como hemos visto, está vendiendo a precio de coste.
Que los proteccionistas saquen las conclusiones.
IV. Si he insistido en la distinción entre las condiciones de producción y las de venta, distinción que, sin duda, les parecerá paradójica a los señores proteccionistas, es porque ello me permite que dichos señores se enfrenten con otra paradoja aún más extraña, y es la siguiente: ¿Queremos ver realmente igualadas las condiciones de producción? Permítaseme la libertad de comercio.
Ocuparnos ahora de esto —se me objetará— sería demasiado, y todo un desafío para la inteligencia. Pero suplico a los señores proteccionistas que, aunque sólo sea por curiosidad, lleguen hasta el final de mi argumentación. No será muy extensa. Y ahora, prosigo con mi ejemplo. Si se me permite suponer, por un momento, que los ingresos medios y diarios de un francés son de 1 franco, se admitirá que, para producir directamente una naranja en Francia, haría falta una jornada de trabajo o su equivalente; mientras que para producir lo que cuesta una naranja portuguesa, bastaría con la décima parte de dicha jornada; y esto se explica porque el sol realiza en Lisboa lo que tiene que hacerse en París a base de trabajo. Ahora bien, resulta evidente que, si es posible producir una naranja o, lo que viene a ser lo mismo, adquirirla, a cambio de una décima parte de una jornada de trabajo, nos hallaríamos, en lo que respecta a dicha producción, exactamente en las mismas condiciones que un productor portugués, excepción hecha de lo que atañe al transporte, que deberá correr a nuestro cargo. De todo lo cual se deduce que, directa o indirectamente, la libertad iguala las condiciones de producción hasta donde éstas pueden igualarse, dado que siempre subsistirá alguna diferencia inevitable, como la que se deriva del transporte.
Y añado que la libertad iguala también las condiciones de usufructo, de satisfacción o de consumo, de todo lo cual nunca se habla, siendo algo esencial, puesto que, en definitiva, el consumo es el objetivo final de todos nuestros esfuerzos industriales. Gracias a la libertad de comercio, podríamos disfrutar del sol portugués igual que los portugueses; o los habitantes de El Havre tendrían a su alcance, como los de Londres, y en las mismas condiciones, las riquezas minerales que la naturaleza ha ubicado en Newcastle.
V. Señores proteccionistas, mi humor persiste en mostrarse paradójico. Pues bien, aún puedo llegar más lejos y afirmo, seguro de lo que digo, que de dos países en desigualdad en cuanto a las condiciones de producción, «el que, por su propia naturaleza, se encuentre en condiciones más desfavorables, tendrá más que ganar con la libertad de comercio». Para probarlo, deberé apartarme un tanto del tono general de mi escrito, cosa que haré, en primer lugar, porque el asunto lo merece, y después, porque así tendré la oportunidad de exponer una ley económica de vital importancia. Esta ley, bien asimilada, tal vez contribuya a atraer a la ciencia tantas sectas que, en la actualidad, buscan en el país de las quimeras la armonía social que no han podido encontrar en la naturaleza. Adelanto la intención de ocuparme de la ley del consumo, pues a casi todos los economistas se les podría reprochar el hecho de tenerla demasiado olvidada.
El consumo es el fin, la causa final de los fenómenos económicos y, por lo tanto, la clave para comprenderlos.
Nada, favorable o desfavorable, es capaz de detener de una forma definitiva al productor. Las ventajas que la naturaleza y la sociedad puedan prodigarle, o los obstáculos que ambas fuerzas puedan poner en su camino, resbalan, por así decirlo, sobre él, tienden insensiblemente a absorberse y a fundirse en la comunidad, considerada ésta desde el punto de vista del consumo. Nos hallamos ante una regla admirable tanto en su causa como en sus efectos, y en torno a ella, a modo de ilustración, bien se podría decir algo así: «No he pasado por el mundo sin pagar mi tributo a la sociedad.»
Toda circunstancia que favorezca el proceso de producción redunda en optimismo por parte del productor, pues el efecto inmediato de aquélla será que dicho productor pueda prestar más servicios a la comunidad y, por lo tanto, reclamar una mayor remuneración. Toda circunstancia que dificulte el proceso de producción causa contrariedad en el productor, pues el efecto inmediato de esa circunstancia será limitar los servicios que pueda prestar el productor y, en consecuencia, también su remuneración.
Hacía falta que el destino del productor lo marcas en los bienes y los males inmediatos que se derivan de unas circunstancias positivas o negativas, para que los productores pusieran todo su empeño en procurarse aquéllas y en evitar éstas.
Del mismo modo, si un trabajador consigue perfeccionar su industria, recoge un beneficio inmediato, por lo cual aquél se siente estimulado para trabajar con inteligencia; es algo razonable, como lo es que todo esfuerzo coronado por el éxito conlleve una recompensa.
Pero yo pienso que los efectos buenos o malos, aunque en sí mismos son inmutables, no lo resultan para el productor. De otra forma, una desigualdad progresiva y, como tal, infinita, se instalaría entre los hombres. Pero es que tales bienes y males, en un momento dado, se diluyen entre la humanidad en general.
¿Cómo llega a ocurrir tal cosa? Me explicaré con algunos ejemplos. Situémonos en el siglo XIII. Los copistas cobran, por su labor, «una remuneración estipulada, en la tabla general de beneficios». Entre los copistas, hay uno que busca y encuentra el medio de multiplicar con rapidez los ejemplares de un mismo texto: inventa la imprenta.
De momento, un hombre se enriquece pero muchos más se empobrecen. A primera vista, por maravilloso que sea el descubrimiento, surgen dudas sobre si considerarlo más perjudicial que útil. Da la impresión de que la imprenta introduce en el mundo algo que ya he señalado: un elemento de desigualdad indefinida. Guttemberg acumula beneficios y, con ellos, propaga su invento, en un proceso sin final que determina la ruina de los copistas. En cuanto al público, el consumidor nota un escaso beneficio, pues Guttemberg se cuida de no bajar el precio de los libros más que lo indispensable para vender sólo un poco por debajo del precio de sus competidores.
Pero el mismo pensamiento que ha dotado de armonía al movimiento de los cuerpos celestes, ha sabido hacerlo también con el mecanismo interno de la sociedad. Vamos a comprobar cómo las ventajas económicas del invento superan lo individual y se extienden, para siempre, al patrimonio común de las masas.
En efecto, los secretos del mecanismo van conociéndose. Guttemberg ya no es el único que imprime. Otros lo imitan y, en principio, se benefician considerablemente, pues obtienen la recompensa de ser los primeros en el proceso de imitación, el eslabón necesario para culminar el notable y definitivo logro hacia el que nos aproximamos. Ganan mucho, pero menos que el inventor, pues la competencia se pone en marcha. El precio de los libros baja paulatinamente y los beneficios de los imitadores de Guttemberg disminuyen a medida que se va alejando el día de la invención, es decir, a medida que la imitación va siendo menos meritoria. En poco tiempo, la nueva industrial lega a su normalización o, dicho en otros términos, la remuneración de los impresores deja de ser excepcional y, como la de los escribas de otro tiempo, llega a quedar estipulada en la tabla general de beneficios: véase la producción, como tal, vuelta al punto de partida. Sin embargo, el inventor no sufre menoscabo, ni deja de materializarse el ahorro de tiempo, de trabajo, de esfuerzo, en la tarea de producir libros. Y tenemos un resultado visible: el barato precio de cada volumen. Y alguien muy concreto puede acceder a un beneficio: el consumidor, que es como decir la sociedad, la humanidad. La actividad impresora, que en lo sucesivo no tendrá ya nada de excepcional, tampoco podrá gozar en el futuro de una remuneración asimismo excepcional. Como personas, es decir, como consumidores, los impresores participan sin duda de las ventajas que el nuevo invento supone para la comunidad. Pero eso es todo, porque, en su calidad de productores, habrán de asumir las condiciones ordinarias del país y verán remunerado su trabajo, pero no la utilidad del invento, que ha pasado a ser herencia común y gratuita de la humanidad en su conjunto.
Confieso que la sabiduría y la belleza de este sistema me conmueve de admiración y de respeto. En él veo el sansimonismo: «A cada uno según su capacidad, a cada capacidad según sus obras.» Veo el comunismo —en esa inclinación de los bienes a convertirse en herencia común de los hombres—; pero uno y otro regidos por la previsión infinita, jamás en manos de la fragilidad, las pasiones y la arbitrariedad de los hombres.
Lo que he dicho de la imprenta podría aplicarse a todos los demás instrumentos de trabajo, desde el clavo y el martillo hasta la locomotora y el telégrafo. La sociedad disfruta de todos porque los usa todos, y los disfruta gratuitamente, porque el resultado de la mera existencia de tales instrumentos es la disminución del precio de las cosas; y esa parte del precio que se evapora, y que representa la intervención del instrumento en el proceso de producción, es, obviamente, la medida en que el producto hace gratuito. Lo que queda por pagar es el trabajo humano, que ciertamente se paga, prescindiendo del resultado debido a la invención, al menos cuando éste haya recorrido —según su destino— el ciclo que he descrito. Supongamos que contrato a un obrero; éste llega con una sierra y, después de que me haya fabricado veinticinco tablas, le abono su jornal de dos francos. Si la sierra no se hubiera inventado, el obrero tal vez no hubiera llegado a producir una sola tabla, pero no por ello hubiera dejado yo de abonarle su jornal. Por lo tanto, la utilidad generada por la sierra es para mí un don gratuito de la naturaleza o, más bien, es una parte de la herencia que, procedente de la inteligencia de nuestros ancestros, he recibido en común con todos los hombres. Si contrato dos obreros agrícolas, uno con un arado y el otro con una pala, el resultado del trabajo de ambos será ciertamente distinto, pero el precio del jornal será el mismo, porque la remuneración no es proporcional a la productividad, sino al esfuerzo, al trabajo exigido.
Pido paciencia al lector y le ruego que esté seguro de que no he perdido de vista la libertad comercial. Y que se preocupe sólo de tener presente esta mi conclusión: La remuneración no guarda relación con las UTILIDADES que el productor aporta al mercado, sino con su trabajo.
Hasta ahora, he tomado mis ejemplos de los inventos humanos. Hablemos a continuación de las ventajas naturales.
En todo proceso de producción intervienen la naturaleza y el ser humano. Pero la porción de productividad que corresponde a la naturaleza siempre es gratuita. La parte que corresponde al trabajo humano se aporta con la intención de producir un objeto con el que comerciar y, por tanto, con el que conseguir una remuneración que, indudablemente, varía en función de la intensidad del trabajo, de la habilidad necesaria, de la rapidez, de la oportunidad, de la necesidad que exista, de la ausencia momentánea de competencia, etc., etc. Pero no es menos cierto que la intervención de las leyes naturales, que son patrimonio de todos, no forma parte del precio del producto.
No tenemos que pagar nada por el aire que respiramos, y eso que nos resulta tan útil que, sin él, dejaríamos de vivir en apenas dos minutos. Y no pagamos nada porque la naturaleza nos lo suministra sin intervención alguna del trabajo humano. Pero si pretendiéramos separar uno de los gases que componen ese aire para realizar, por ejemplo, un experimento, tendríamos que tomarnos una cierta molestia; y en el caso de que se la transfiriésemos a alguien, deberíamos realizar una inversión que hubiéramos podido destinar a cualquier otra cosa. De donde se deduce que todo intercambio se concreta con dichas molestias, con esfuerzos, con trabajos. Ciertamente, no es el oxígeno lo que se paga, pues éste es, por entero, de libre disposición, sino el trabajo que ha costado desprender el gas. Se objetará que aún quedan cosas por pagar, como materiales o aparatos, pero todo ello forma parte del trabajo que se remunera: el coste del carbón empleado representa el trabajo que se ha invertido en extraerlo y transportarlo.
Tampoco pagamos la luz del sol, porque la naturaleza nos la regala. Pero pagamos el gas, el sebo, el aceite, la cera, pues en ellos hay un trabajo humano que remunerar; y obsérvese que lo que se remunera es ese trabajo y no la utilidad, ya que puede darse el caso de que una de las formas de alumbrado señaladas, aunque sea más potente que las otras, resulte más barata; basta para ello que se precise menos trabajo humano para obtenerla.
Cuando el aguador me trae su producto a casa, si yo le pagara en razón de la utilidad absoluta del agua, mi capital no sufriría merma alguna. Pero yo le pago por su trabajo. Y si ese aguador pretendiera cobrarme más, yo podría acudir a otros o, finalmente, en caso de necesidad, iría yo mismo por el agua, la cual no constituye realmente el objeto de mercado, sino que lo constituye el trabajo que gira en torno a ella. Este punto de vista es tan esencial, y las consecuencias que del mismo pueden derivarse tan esclarecedoras en cuanto a la libertad del comercio internacional, que todavía considero necesario expresarlo que pienso mediante algunos ejemplos.
La cantidad de sustancia alimenticia que contienen las patatas no resulta muy cara, porque se puede obtener mucha con poco trabajo. Se paga más por el trigo, pues, para producirlo, la naturaleza exige una gran cantidad de trabajo humano. Es evidente que, si la naturaleza se comportara igual con ambos productos, los precios de éstos tenderían a nivelarse. Pero es imposible que el productor de trigo gane siempre mucho más que el que produce patatas: la ley de la competencia lo impide.
Si, por un feliz milagro, la fertilidad de toda la tierra productiva se acrecentara, las ventajas de ese fenómeno irían a parar no tanto al agricultor como al propio consumidor, pues todo redundaría en una gran abundancia y en precios más baratos, ya que habría menos trabajo invertido por cada kilogramo de trigo producido, y el agricultor debería asumir, a la hora de comerciar, esa menor inversión de trabajo en cada producto. Si, por el contrario, la fecundidad del suelo disminuyera súbitamente, la aportación de la naturaleza en el proceso de producción sería menor, habría que invertir una mayor cantidad de trabajo y, consecuentemente, el producto se encarecería. Creo, pues, que yo tenía razón cuando afirmaba que es en el consumo, es decir, en la humanidad, donde, a largo plazo, se encuentra la resolución de todos los fenómenos económicos. Mientras no se analicen éstos hasta el final, mientras se tengan en consideración solamente los efectos inmediatos, relacionados con un hombre o con una clase de hombres en tanto que productores, no podremos decir que nos hallamos ante verdaderos economistas. Sería como llamar médico a quien, en vez de tener en cuenta todo el organismo a la hora de analizar los efectos de una medicina, se limitara a observar cómo afecta ésta al paladar o a la garganta.
Las regiones tropicales resultan muy favorables para la producción de azúcar o café. Esto quiere decir que la naturaleza realiza la mayor parte de la tarea productiva, quedando reducida al mínimo la intervención del trabajo humano. Pero ¿quién se beneficia de esta ventaja? Desde luego, no aquellas regiones, pues la competencia hace que reciban sólo la remuneración que se deriva del trabajo. La beneficiada es la humanidad, ya que el efecto de la generosidad de la naturaleza es un precio barato que se dispersa por el mundo entero.
Imaginemos un territorio de clima templado en el que el carbón y el hierro se encuentran prácticamente en la superficie de la tierra, resultando muy fácil su explotación. En principio, es lógico que los habitantes de la región se beneficien de su feliz circunstancia. Pero en un momento dado, aparecerá la competencia, el precio del carbón y del hierro bajará extendiéndose así la generosidad de la naturaleza por todo el mundo, y el trabajo humano derivado de la explotación mineral se remunerará según la tabla general de beneficios.
Así es como los bienes naturales y el perfeccionamiento de los procesos de producción se convierten, en virtud de la ley de la competencia, en patrimonio común y gratuito de los consumidores y, en definitiva, de toda la humanidad. Y los países que no posean las ventajas mencionadas podrán prosperar comerciando con los que las posean, puesto que los intercambios se realizan con los trabajos, abstracción hecha de las ventajas naturales que dichos trabajos conlleven; y, evidentemente, son los países más favorecidos los que suman a su trabajo sus propias ventajas naturales, de forma que, como sus productos exigen un menor coste laboral, cuestan menos, es decir, son más baratos. Y si la generosidad de la naturaleza se traduce en precios baratos, de ello podrá beneficiarse tanto el país que produce como el que consume.
De ahí lo absurdo de que un país llegue a rechazar un producto precisamente porque es barato. Es como si dijera: «Desprecio lo que regala la naturaleza. Se me exige una inversión equivalente a 2 para adquirir un producto que me costaría invertir 4. Quien me lo propone se aprovecha de que la naturaleza le hace la mitad del trabajo en el proceso de producción. Pues bien, espero que un cambio climático lo fuerce a exigirme una inversión equivalente a 4 para poder negociar con él en pie de igualdad.»
A es un país privilegiado, mientras que B es un país maltratado por la naturaleza. Yo afirmo que, si comerciaran entre ellos, ambos se beneficiarían, pero sobre todo el país que identificamos como B, puesto que el intercambio no se efectúa con productos sino con valores. Ahora bien, A dispone de más productos por el mismo valor, ya que un producto nace de lo que aportan la naturaleza y el trabajo, en tanto que el valor sólo corresponde a lo que aporta este último. De manera que B comercia con todo a su favor, pues al productor de A sólo le paga su trabajo y obtiene un producto derivado de unas ventajas naturales de las que carece.
Enunciemos la regla general:
El comercio es un trueque de valores. Como el valor queda reducido, en virtud de la competencia, a representar el trabajo, el comercio es, en definitiva, un intercambio de dicho trabajo. Lo que la naturaleza aporta a los productos con los que se comercia se da por ambas partes gratuitamente y por debajo del mercado, de donde se sigue rigurosamente que los cambios realizados con los países más favorecidos por la naturaleza son los más ventajosos.
La teoría, cuyas líneas básicas he intentado plasmar en este capítulo, exigiría un desarrollo mucho más amplio. Aquí me he limitado a examinarla en relación con mi protagonista principal, la libertad comercial. Pero tal vez le baste al lector atento para recoger el germen fecundo de un fruto que, cuando crezca, deberá asfixiar, junto al proteccionismo, el fourierismo, el sansimonismo, el comunismo y todas las escuelas que pretenden excluir del gobierno del mundo la ley de la COMPETENCIA. Considerada desde el punto de vista del productor, la competencia hiere sin duda, a menudo, nuestros intereses individuales e inmediatos; pero si se tiene en cuenta el interés genérico de cualquier actividad, el del bienestar universal, en una palabra, el del consumo, se verá que la competencia juega, en el orden moral, el mismo papel que el equilibrio en el orden material. La competencia es el fundamento del verdadero comunismo, del verdadero socialismo, de esa igualdad de bienestar y de condiciones tan deseada en nuestros días; y si tantos publicistas sinceros, tantos reformadores de buena fe buscan todo esto en la arbitrariedad, es porque no entienden la libertad.
(De elcato.org)
viernes, 4 de septiembre de 2026
Bastiat: Lo que se ve y lo que no se ve
Es fácil advertir, acerca del pensamiento sobre cuestiones de economía, la existencia de un pensamiento corto, que contempla efectos de corto plazo, asociado principalmente a políticos populistas y socialistas, y un pensamiento largo, que contempla los efectos en el largo plazo, que resulta capaz de evitar serios problemas económicos en toda sociedad. Así, la excesiva impresión de billetes produce muy buenos efectos en el corto plazo, pero serios problemas en el largo plazo. También la imposición de precios máximos desde el Estado tiende a solucionar efectos en el corto plazo y serios problemas en el largo plazo.
Debido a que las masas tienden también a analizar efectos en el corto plazo, o bien a aceptar las conclusiones de los políticos populistas y socialistas, el pensamiento incompleto goza de bastante popularidad. Ya en el siglo XIX, Frédéric Bastiat advirtió esas diferencias aunque expresándolo en forma algo diferente. Al respecto se mencionan fragmentos escritos por Bastiat:
LO QUE SE VE Y LO QUE NO SE VE
En el ámbito económico, un acto, un hábito, una institución, una ley, no producen sólo un efecto, sino una serie de efectos. De éstos, únicamente el primero es inmediato, y dado que se manifiesta a la vez que su causa, lo vemos. Los demás, como se desencadenan sucesivamente, no los vemos; bastante habrá con preverlos.
La diferencia entre un mal economista y uno bueno se reduce a que, mientras el primero se fija en el efecto visible, el segundo tiene en cuenta el efecto que se ve, pero también aquellos que es preciso prever.
Sin embargo, esta diferencia es enorme, pues casi siempre ocurre que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores resultan funestas, y viceversa.
De donde se sigue que el mal economista procura un exiguo bien momentáneo al que seguirá un gran mal duradero, mientras que el verdadero economista procura un gran bien perdurable a cambio de un mal tan sólo pasajero.
Eso mismo acontece en higiene y en moral. Muchas veces, cuanto más grato es el primer resultado de una costumbre, tanto más amargas serán las imprevistas consecuencias ulteriores, como sucede con la incontinencia, la pereza y la prodigalidad, entendidas como rutina. Así pues, cuando alguien experimenta el efecto que se ve, sin haber aprendido a discernir los que no se ven, se abandona a hábitos funestos, no ya sólo por inclinación, sino por cálculo.
Esto explica la evolución fatalmente dolorosa de la humanidad, que, cercada en su nacimiento por la ignorancia, se ve obligada a determinar sus actos por las primeras consecuencias de los mismos, pues son las únicas que, en principio, puede captar. Sólo con el tiempo aprende a tomar en consideración las demás. Para ello, cuenta con dos maestros claramente diferenciados, a saber, la experiencia y la previsión. La experiencia enseña con eficacia, pero también con brutalidad: haciendo que los experimentemos, nos instruye acerca de todos los efectos de un acto, y así, a fuerza de quemarnos, necesariamente aprenderemos que el fuego quema. A mí me gustaría poder sustituir ese rudo método por otro más suave: el de la previsión. Con este fin pretendo indagar sobre las consecuencias de algunos fenómenos económicos, poniendo las que no se ven cara a cara con las que se ven.
EL CRISTAL ROTO
Veamos el ejemplo del hombre cuyo atolondrado hijo rompe un cristal. Ante semejante espectáculo, seguro que hasta treinta hipotéticos espectadores sabrían ponerse de acuerdo para ofrecer al atribulado padre un consuelo unánime: «No hay mal que por bien no venga. Así se fomenta la industria. Todo el mundo tiene derecho a la vida. ¿Qué sería de los vidrieros si nadie rompiese cristales?»
Pues bien, en esta formulación subyace toda una teoría en la que conviene percibir un flagrante delito (si bien, en este caso, leve), pero que es exactamente la misma que, por desgracia, gobierna la mayoría de nuestras instituciones económicas.
Suponiendo que haya que gastar seis francos en la reparación del desperfecto, si se mantiene que, gracias a ello, ese dinero ingresa en la industria vidriera, la cual se ve favorecida en tal cantidad, estaré de acuerdo y sin nada que objetar, pues el razonamiento es válido. Vendrá el vidriero, hará su trabajo y cobrará los seis francos, frotándose las manos y bendiciendo en su fuero interno la torpeza del chico. Esto es lo que se ve.
Mas, si por vía de deducción se quiere significar, como sucede con demasiada frecuencia, que es útil romper los cristales porque de este modo circula el dinero fomentando la industria en general, habré de objetar que, siendo cierto que semejante teoría se ocupa de lo que se ve, pasa por alto lo que no se ve.
No se ve que, puesto que nuestro hombre se ha gastado seis francos en una cosa, ya no los podrá gastar en ninguna otra. No se ve que, de no haber tenido que reponer el cristal, habría repuesto, por ejemplo, su calzado, o tal vez habría adquirido un libro para su biblioteca. Es decir, que hubiera dispuesto de seis francos para emplearlos en cualquier cosa.
Hagamos las cuentas de la industria en general.
Con la rotura del cristal, la industria vidriera recibe un estímulo a razón de seis francos: esto es lo que se ve.
De no haberse roto el vidrio, la industria del calzado (o la de cualquier otro ramo) se habría beneficiado de ese dinero: esto es lo que no se ve.
Y si se tomase en consideración lo que no se ve, por ser un hecho negativo, lo mismo que lo que se ve, por ser un hecho positivo, se comprendería que la industria en general, o el conjunto del trabajo nacional, no tiene el menor interés en que se rompan o dejen de romperse los cristales.
Vamos ahora con las cuentas de nuestro ciudadano.
En la primera hipótesis, que es la del vidrio roto, el hombre gasta seis francos y obtiene de nuevo lo que ya poseía.
En la segunda, si el incidente no se hubiera producido, habría invertido los seis francos en calzado y tendría en su poder, además del cristal, un par de zapatos.
Y como el ciudadano forma parte de la sociedad, hay que concluir que, tomada en su conjunto, y calculando el trabajo y su producto, la sociedad ha perdido el valor del vidrio roto.
Consecuencia que, si generalizamos, nos lleva a la inesperada conclusión de que la sociedad pierde el valor de los objetos destruidos inútilmente; o al enunciado, para pasmo de los proteccionistas, de que romper y derrochar no estimulan el trabajo nacional; o a la sencilla afirmación de que la destrucción no conlleva beneficio.
Me gustaría conocer lo que al respecto puedan decir el Moniteur Industrielo los partidarios del buen señor de Saint-Chamans, quien con tanta exactitud calculó lo que ganaría la industria, si ardiese todo París, por las casas que habría que reedificar.
Estoy consternado por desbaratar sus ingeniosas cuentas, cuyo espíritu ha introducido en nuestra legislación. Pero le suplicaría que las echara de nuevo, esta vez teniendo en cuenta lo que no se ve junto a lo que se ve.
Es necesario que el lector considere que en el breve drama que acabo de someter a su atención no hay solamente dos personajes, sino tres. El primero, el ciudadano, representa al consumidor, limitado a un solo goce en lugar de los dos de que disponía antes de la destrucción. El otro, personificado en el vidriero, representa al productor, a quien el accidente fomenta su industria. El último es el zapatero (u otro industrial cualquiera), cuyo trabajo pierde en estímulo otro tanto de lo que el anterior ha ganado y precisamente por la misma causa. Este tercer personaje, a quien se mantiene siempre en la oscuridad y que representa lo que no se ve, es un término necesario del problema. Es el que nos hace comprender el gran absurdo que hay en ver un beneficio en la destrucción. El que nos ha de demostrar en breve que no es menos absurdo esperar un beneficio de la restricción, que, al fin y al cabo, no es más que una destrucción parcial. De manera que, si se examina el fondo de todos los argumentos que en su favor se emplean, no encontraremos más que una paráfrasis del dicho vulgar: ¿qué sería de los vidrieros si nunca se rompiesen los cristales?
(De elcato.org)
Debido a que las masas tienden también a analizar efectos en el corto plazo, o bien a aceptar las conclusiones de los políticos populistas y socialistas, el pensamiento incompleto goza de bastante popularidad. Ya en el siglo XIX, Frédéric Bastiat advirtió esas diferencias aunque expresándolo en forma algo diferente. Al respecto se mencionan fragmentos escritos por Bastiat:
LO QUE SE VE Y LO QUE NO SE VE
En el ámbito económico, un acto, un hábito, una institución, una ley, no producen sólo un efecto, sino una serie de efectos. De éstos, únicamente el primero es inmediato, y dado que se manifiesta a la vez que su causa, lo vemos. Los demás, como se desencadenan sucesivamente, no los vemos; bastante habrá con preverlos.
La diferencia entre un mal economista y uno bueno se reduce a que, mientras el primero se fija en el efecto visible, el segundo tiene en cuenta el efecto que se ve, pero también aquellos que es preciso prever.
Sin embargo, esta diferencia es enorme, pues casi siempre ocurre que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores resultan funestas, y viceversa.
De donde se sigue que el mal economista procura un exiguo bien momentáneo al que seguirá un gran mal duradero, mientras que el verdadero economista procura un gran bien perdurable a cambio de un mal tan sólo pasajero.
Eso mismo acontece en higiene y en moral. Muchas veces, cuanto más grato es el primer resultado de una costumbre, tanto más amargas serán las imprevistas consecuencias ulteriores, como sucede con la incontinencia, la pereza y la prodigalidad, entendidas como rutina. Así pues, cuando alguien experimenta el efecto que se ve, sin haber aprendido a discernir los que no se ven, se abandona a hábitos funestos, no ya sólo por inclinación, sino por cálculo.
Esto explica la evolución fatalmente dolorosa de la humanidad, que, cercada en su nacimiento por la ignorancia, se ve obligada a determinar sus actos por las primeras consecuencias de los mismos, pues son las únicas que, en principio, puede captar. Sólo con el tiempo aprende a tomar en consideración las demás. Para ello, cuenta con dos maestros claramente diferenciados, a saber, la experiencia y la previsión. La experiencia enseña con eficacia, pero también con brutalidad: haciendo que los experimentemos, nos instruye acerca de todos los efectos de un acto, y así, a fuerza de quemarnos, necesariamente aprenderemos que el fuego quema. A mí me gustaría poder sustituir ese rudo método por otro más suave: el de la previsión. Con este fin pretendo indagar sobre las consecuencias de algunos fenómenos económicos, poniendo las que no se ven cara a cara con las que se ven.
EL CRISTAL ROTO
Veamos el ejemplo del hombre cuyo atolondrado hijo rompe un cristal. Ante semejante espectáculo, seguro que hasta treinta hipotéticos espectadores sabrían ponerse de acuerdo para ofrecer al atribulado padre un consuelo unánime: «No hay mal que por bien no venga. Así se fomenta la industria. Todo el mundo tiene derecho a la vida. ¿Qué sería de los vidrieros si nadie rompiese cristales?»
Pues bien, en esta formulación subyace toda una teoría en la que conviene percibir un flagrante delito (si bien, en este caso, leve), pero que es exactamente la misma que, por desgracia, gobierna la mayoría de nuestras instituciones económicas.
Suponiendo que haya que gastar seis francos en la reparación del desperfecto, si se mantiene que, gracias a ello, ese dinero ingresa en la industria vidriera, la cual se ve favorecida en tal cantidad, estaré de acuerdo y sin nada que objetar, pues el razonamiento es válido. Vendrá el vidriero, hará su trabajo y cobrará los seis francos, frotándose las manos y bendiciendo en su fuero interno la torpeza del chico. Esto es lo que se ve.
Mas, si por vía de deducción se quiere significar, como sucede con demasiada frecuencia, que es útil romper los cristales porque de este modo circula el dinero fomentando la industria en general, habré de objetar que, siendo cierto que semejante teoría se ocupa de lo que se ve, pasa por alto lo que no se ve.
No se ve que, puesto que nuestro hombre se ha gastado seis francos en una cosa, ya no los podrá gastar en ninguna otra. No se ve que, de no haber tenido que reponer el cristal, habría repuesto, por ejemplo, su calzado, o tal vez habría adquirido un libro para su biblioteca. Es decir, que hubiera dispuesto de seis francos para emplearlos en cualquier cosa.
Hagamos las cuentas de la industria en general.
Con la rotura del cristal, la industria vidriera recibe un estímulo a razón de seis francos: esto es lo que se ve.
De no haberse roto el vidrio, la industria del calzado (o la de cualquier otro ramo) se habría beneficiado de ese dinero: esto es lo que no se ve.
Y si se tomase en consideración lo que no se ve, por ser un hecho negativo, lo mismo que lo que se ve, por ser un hecho positivo, se comprendería que la industria en general, o el conjunto del trabajo nacional, no tiene el menor interés en que se rompan o dejen de romperse los cristales.
Vamos ahora con las cuentas de nuestro ciudadano.
En la primera hipótesis, que es la del vidrio roto, el hombre gasta seis francos y obtiene de nuevo lo que ya poseía.
En la segunda, si el incidente no se hubiera producido, habría invertido los seis francos en calzado y tendría en su poder, además del cristal, un par de zapatos.
Y como el ciudadano forma parte de la sociedad, hay que concluir que, tomada en su conjunto, y calculando el trabajo y su producto, la sociedad ha perdido el valor del vidrio roto.
Consecuencia que, si generalizamos, nos lleva a la inesperada conclusión de que la sociedad pierde el valor de los objetos destruidos inútilmente; o al enunciado, para pasmo de los proteccionistas, de que romper y derrochar no estimulan el trabajo nacional; o a la sencilla afirmación de que la destrucción no conlleva beneficio.
Me gustaría conocer lo que al respecto puedan decir el Moniteur Industrielo los partidarios del buen señor de Saint-Chamans, quien con tanta exactitud calculó lo que ganaría la industria, si ardiese todo París, por las casas que habría que reedificar.
Estoy consternado por desbaratar sus ingeniosas cuentas, cuyo espíritu ha introducido en nuestra legislación. Pero le suplicaría que las echara de nuevo, esta vez teniendo en cuenta lo que no se ve junto a lo que se ve.
Es necesario que el lector considere que en el breve drama que acabo de someter a su atención no hay solamente dos personajes, sino tres. El primero, el ciudadano, representa al consumidor, limitado a un solo goce en lugar de los dos de que disponía antes de la destrucción. El otro, personificado en el vidriero, representa al productor, a quien el accidente fomenta su industria. El último es el zapatero (u otro industrial cualquiera), cuyo trabajo pierde en estímulo otro tanto de lo que el anterior ha ganado y precisamente por la misma causa. Este tercer personaje, a quien se mantiene siempre en la oscuridad y que representa lo que no se ve, es un término necesario del problema. Es el que nos hace comprender el gran absurdo que hay en ver un beneficio en la destrucción. El que nos ha de demostrar en breve que no es menos absurdo esperar un beneficio de la restricción, que, al fin y al cabo, no es más que una destrucción parcial. De manera que, si se examina el fondo de todos los argumentos que en su favor se emplean, no encontraremos más que una paráfrasis del dicho vulgar: ¿qué sería de los vidrieros si nunca se rompiesen los cristales?
(De elcato.org)
martes, 1 de septiembre de 2026
Aldous Huxley vs. George Orwell
Mientras que existe sólo un camino, o un camino mejor, para construir individuos y sociedades adaptadas al orden natural, existen diversas alternativas para alejarnos de dicho orden. El camino mejor es el de la empatía emocional, que, asociada a la ética cristiana, es atacada en la actualidad por las diversas alternativas destructoras.
Durante el siglo XX aparecen dos libros que vislumbran dos alternativas destructores posibles para el futuro de la humanidad, correspondiendo a la tradicional motivación de la "zanahoria" y del "garrote". En el primer caso tenemos al libro Un mundo Feliz, de Aldous Huxley, en el segundo caso tenemos al libro 1984 , de George Orwell. El primero sostiene que las sociedades futuras serán dominadas, hasta perder su libertad, dándoles a las masas lo que ellas encuentran satisfactorio. El segundo sostiene que serán dominadas por la fuerza, bajo la vigilancia permanente, como han sido los totalitarismos del siglo XX.
En ambos casos se supone que una minoría gobernante genera las situaciones indeseables para la sociedad, sin tener en cuenta que es la propia sociedad la que muchas veces elige y apoya masivamente al "verdugo" que las conducirá hacia la esclavitud y la servidumbre.
En la actualidad observamos una variante distinta, y es la que apunta a destruir la naturaleza humana empezando por los niños y los adolescentes que concurren a establecimientos educacionales. Así, mientras que antes existía el sexo y el género, indisolublemente unidos, es decir, lo biológico unido a lo cultural, en la actualidad se supone que no existe algo como la herencia biológica, sino que tanto lo masculino como lo femenino serían "construcciones sociales", y de ahí surgen conclusiones que confunden a las nuevas generaciones.
Antes se pensaba que el ser humano era un ser racional con emociones. Luego se pensó que era un ser emocional que razona. En la actualidad, con la nueva "educación sexual", se supone que resulta constituir un ser sexualizado, poco vinculado con lo emocional, y desprovisto de toda referencia biológica, aunque sometido a una referencia marxista; ideología que supone que todo ser humano depende esencialmente de la influencia cultural del medio y casi nada de su herencia genética.
A continuación se transcribe un artículo que describe el vínculo entre Huxley y Orwell:
LA CARTA DE HUXLEY A ORWELL: 1984 VS. UN MUNDO FELIZ
Comparaciones entre ambas historias acorde a Huxley
Por Ricardo Lugo
En el mundo de la literatura distópica, dos nombres resuenan con particular fuerza: Aldous Huxley y George Orwell. Ambos escritores británicos ofrecieron visiones inquietantes y proféticas del futuro en sus novelas más conocidas, "Un mundo feliz" (publicada en 1932) y "1984" (publicada en 1949), respectivamente. Menos conocido, sin embargo, es el hecho de que Huxley, fue maestro de francés de Orwell durante un breve período en Eton College, y al ver la publicación de su antiguo alumno, ‘1984’, le escribió una carta para felicitarlo y dar su opinión sobre el futuro distópico que ambos veían acercándose. Antes de analizarla aquí tienen la carta:
Estimado Sr. Orwell:
Fue muy amable de su parte decirle a sus editores que me enviaran una copia de su libro. Llegó mientras yo estaba en medio de un trabajo que requería mucha lectura y consulta de referencias; y dado que mi mala vista me obliga a racionar mi lectura, tuve que esperar mucho tiempo antes de poder embarcarme en 1984.
Estando de acuerdo con todo lo que los críticos han escrito sobre él, no necesito decirle, una vez más, cuán excelente y profundamente importante es el libro. ¿Puedo hablar en cambio de lo que trata el libro: la revolución final? Las primeras insinuaciones de una filosofía de la revolución final — la revolución que va más allá de la política y la economía, y que apunta a la subversión total de la psicología y la fisiología del individuo — se encuentran en el Marqués de Sade, quien se consideraba a sí mismo como el continuador, el consumador, de Robespierre y Babeuf. La filosofía de la minoría gobernante en 1984 es un sadismo que ha sido llevado a su conclusión lógica al ir más allá del sexo y negarlo. Si en realidad la política de la bota en la cara puede continuar indefinidamente, parece dudoso. Mi propia creencia es que la oligarquía gobernante encontrará formas menos arduas y derrochadoras de gobernar y de satisfacer su lujuria por el poder, y estas formas se parecerán a las que describí en Un mundo feliz. Recientemente he tenido la oportunidad de investigar la historia del magnetismo animal y el hipnotismo, y me ha impresionado mucho la forma en que, durante ciento cincuenta años, el mundo se ha negado a tomar en serio los descubrimientos de Mesmer, Braid, Esdaile y otros.
En parte debido al materialismo prevaleciente y en parte debido a la respetabilidad prevaleciente, los filósofos y hombres de ciencia del siglo XIX no estaban dispuestos a investigar los hechos más extraños de la psicología para que los hombres prácticos, como políticos, soldados y policías, los aplicaran en el campo del gobierno. Gracias a la ignorancia voluntaria de nuestros padres, la llegada de la revolución final se retrasó durante cinco o seis generaciones. Otro accidente afortunado fue la incapacidad de Freud para hipnotizar con éxito y su consiguiente menosprecio del hipnotismo. Esto retrasó la aplicación general del hipnotismo a la psiquiatría durante al menos cuarenta años. Pero ahora el psicoanálisis se está combinando con la hipnosis; y la hipnosis se ha vuelto fácil e indefinidamente extensible mediante el uso de barbitúricos, que inducen un estado hipnoide y sugestionable incluso en los sujetos más recalcitrantes.
Dentro de la próxima generación, creo que los gobernantes del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que los garrotes y las prisiones, y que la lujuria por el poder puede satisfacerse completamente sugiriendo a las personas que amen su servidumbre tanto como golpeándolas y pateándolas para que obedezcan. En otras palabras, siento que la pesadilla de 1984 está destinada a modularse en la pesadilla de un mundo que se parece más al que imaginé en *Un mundo feliz. El cambio se producirá como resultado de una necesidad sentida de mayor eficiencia. Mientras tanto, por supuesto, puede haber una guerra biológica y atómica a gran escala, en cuyo caso tendremos pesadillas de otros tipos apenas imaginables.
Gracias una vez más por el libro.
Sinceramente suyo,
Aldous Huxley
Más allá de los elogios, Huxley sostiene que el sadismo en "1984", llevado a su conclusión lógica mediante la negación del sexo y la implementación de un control brutal, es una forma de gobierno insostenible a largo plazo. En contraste, Huxley considera que una oligarquía gobernante podría emplear métodos más eficientes y menos desgastantes para ejercer su dominio. En otras palabras, su visión distópica es superior a la de Orwell, o al menos, más acertada.
¿Tiene razón Huxley?
La comparación central en la carta radica en los métodos de control descritos en ambas obras. Orwell describe un estado totalitario que utiliza la violencia, el miedo y la represión para mantener el poder. En contraposición, Huxley sugiere que el futuro del control social se asemejará más a su visión, donde el control se logra a través del condicionamiento infantil y la narco-hipnosis, haciendo que las personas amen su servidumbre en lugar de ser forzadas a obedecer mediante la violencia. Como lector de ambas obras, me siento tentado a concordar con Huxley. Hay momentos en "1984" en los que claramente se percibe la opresión del gobierno. Rara vez se siente que “El Gran Hermano” esté produciendo algún beneficio para su sociedad. Mientras que Huxley ofrece a la población ciencia, avances, felicidad (manipulada por sustancias, por supuesto), orgías y otros beneficios. A través de los mismos, se logra controlar a la población más eficientemente.
¿Por qué concuerdo con Huxley? El criterio que personalmente utilizo para evaluar la calidad de una obra distópica, además de su estructura literaria, es su capacidad para mostrarnos un mundo totalmente nuevo y ficticio, que, sin embargo, resulta extrañamente similar al que habitamos. Y estas visiones distópicas de "1984" y "Un mundo feliz" han demostrado ser sorprendentemente proféticas en varios aspectos. Pienso que Orwell nos hace reflexionar sobre la vigilancia masiva y el control moderno de la información, la moderación de contenido, la recolección de datos, las fake news, la desinformación, las personas (y grupos políticos) sosteniendo dos ideas políticas conflictivas, los ataques de drones y las estrictas leyes de seguridad, todo en nombre de la protección del Estado. Mientras que Huxley nos invita a considerar la promoción y capitalización del placer, el consumo de drogas recreativas para mantener un balance emocional, la cultura del consumismo, el capitalismo como religión, las aplicaciones digitales para conseguir parejas sexuales, la manipulación genética, y los avances en la tecnología de selección de embriones Independientemente de tu opinión sobre estos elementos modernos de la política, concuerdo con Huxley que su método es más efectivo y gradual. Pero esta es la mera opinión de un lector. El futuro dirá qué enfoque prevalecerá.
(De bibliotecando.substack.com)
Durante el siglo XX aparecen dos libros que vislumbran dos alternativas destructores posibles para el futuro de la humanidad, correspondiendo a la tradicional motivación de la "zanahoria" y del "garrote". En el primer caso tenemos al libro Un mundo Feliz, de Aldous Huxley, en el segundo caso tenemos al libro 1984 , de George Orwell. El primero sostiene que las sociedades futuras serán dominadas, hasta perder su libertad, dándoles a las masas lo que ellas encuentran satisfactorio. El segundo sostiene que serán dominadas por la fuerza, bajo la vigilancia permanente, como han sido los totalitarismos del siglo XX.
En ambos casos se supone que una minoría gobernante genera las situaciones indeseables para la sociedad, sin tener en cuenta que es la propia sociedad la que muchas veces elige y apoya masivamente al "verdugo" que las conducirá hacia la esclavitud y la servidumbre.
En la actualidad observamos una variante distinta, y es la que apunta a destruir la naturaleza humana empezando por los niños y los adolescentes que concurren a establecimientos educacionales. Así, mientras que antes existía el sexo y el género, indisolublemente unidos, es decir, lo biológico unido a lo cultural, en la actualidad se supone que no existe algo como la herencia biológica, sino que tanto lo masculino como lo femenino serían "construcciones sociales", y de ahí surgen conclusiones que confunden a las nuevas generaciones.
Antes se pensaba que el ser humano era un ser racional con emociones. Luego se pensó que era un ser emocional que razona. En la actualidad, con la nueva "educación sexual", se supone que resulta constituir un ser sexualizado, poco vinculado con lo emocional, y desprovisto de toda referencia biológica, aunque sometido a una referencia marxista; ideología que supone que todo ser humano depende esencialmente de la influencia cultural del medio y casi nada de su herencia genética.
A continuación se transcribe un artículo que describe el vínculo entre Huxley y Orwell:
LA CARTA DE HUXLEY A ORWELL: 1984 VS. UN MUNDO FELIZ
Comparaciones entre ambas historias acorde a Huxley
Por Ricardo Lugo
En el mundo de la literatura distópica, dos nombres resuenan con particular fuerza: Aldous Huxley y George Orwell. Ambos escritores británicos ofrecieron visiones inquietantes y proféticas del futuro en sus novelas más conocidas, "Un mundo feliz" (publicada en 1932) y "1984" (publicada en 1949), respectivamente. Menos conocido, sin embargo, es el hecho de que Huxley, fue maestro de francés de Orwell durante un breve período en Eton College, y al ver la publicación de su antiguo alumno, ‘1984’, le escribió una carta para felicitarlo y dar su opinión sobre el futuro distópico que ambos veían acercándose. Antes de analizarla aquí tienen la carta:
Estimado Sr. Orwell:
Fue muy amable de su parte decirle a sus editores que me enviaran una copia de su libro. Llegó mientras yo estaba en medio de un trabajo que requería mucha lectura y consulta de referencias; y dado que mi mala vista me obliga a racionar mi lectura, tuve que esperar mucho tiempo antes de poder embarcarme en 1984.
Estando de acuerdo con todo lo que los críticos han escrito sobre él, no necesito decirle, una vez más, cuán excelente y profundamente importante es el libro. ¿Puedo hablar en cambio de lo que trata el libro: la revolución final? Las primeras insinuaciones de una filosofía de la revolución final — la revolución que va más allá de la política y la economía, y que apunta a la subversión total de la psicología y la fisiología del individuo — se encuentran en el Marqués de Sade, quien se consideraba a sí mismo como el continuador, el consumador, de Robespierre y Babeuf. La filosofía de la minoría gobernante en 1984 es un sadismo que ha sido llevado a su conclusión lógica al ir más allá del sexo y negarlo. Si en realidad la política de la bota en la cara puede continuar indefinidamente, parece dudoso. Mi propia creencia es que la oligarquía gobernante encontrará formas menos arduas y derrochadoras de gobernar y de satisfacer su lujuria por el poder, y estas formas se parecerán a las que describí en Un mundo feliz. Recientemente he tenido la oportunidad de investigar la historia del magnetismo animal y el hipnotismo, y me ha impresionado mucho la forma en que, durante ciento cincuenta años, el mundo se ha negado a tomar en serio los descubrimientos de Mesmer, Braid, Esdaile y otros.
En parte debido al materialismo prevaleciente y en parte debido a la respetabilidad prevaleciente, los filósofos y hombres de ciencia del siglo XIX no estaban dispuestos a investigar los hechos más extraños de la psicología para que los hombres prácticos, como políticos, soldados y policías, los aplicaran en el campo del gobierno. Gracias a la ignorancia voluntaria de nuestros padres, la llegada de la revolución final se retrasó durante cinco o seis generaciones. Otro accidente afortunado fue la incapacidad de Freud para hipnotizar con éxito y su consiguiente menosprecio del hipnotismo. Esto retrasó la aplicación general del hipnotismo a la psiquiatría durante al menos cuarenta años. Pero ahora el psicoanálisis se está combinando con la hipnosis; y la hipnosis se ha vuelto fácil e indefinidamente extensible mediante el uso de barbitúricos, que inducen un estado hipnoide y sugestionable incluso en los sujetos más recalcitrantes.
Dentro de la próxima generación, creo que los gobernantes del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que los garrotes y las prisiones, y que la lujuria por el poder puede satisfacerse completamente sugiriendo a las personas que amen su servidumbre tanto como golpeándolas y pateándolas para que obedezcan. En otras palabras, siento que la pesadilla de 1984 está destinada a modularse en la pesadilla de un mundo que se parece más al que imaginé en *Un mundo feliz. El cambio se producirá como resultado de una necesidad sentida de mayor eficiencia. Mientras tanto, por supuesto, puede haber una guerra biológica y atómica a gran escala, en cuyo caso tendremos pesadillas de otros tipos apenas imaginables.
Gracias una vez más por el libro.
Sinceramente suyo,
Aldous Huxley
Más allá de los elogios, Huxley sostiene que el sadismo en "1984", llevado a su conclusión lógica mediante la negación del sexo y la implementación de un control brutal, es una forma de gobierno insostenible a largo plazo. En contraste, Huxley considera que una oligarquía gobernante podría emplear métodos más eficientes y menos desgastantes para ejercer su dominio. En otras palabras, su visión distópica es superior a la de Orwell, o al menos, más acertada.
¿Tiene razón Huxley?
La comparación central en la carta radica en los métodos de control descritos en ambas obras. Orwell describe un estado totalitario que utiliza la violencia, el miedo y la represión para mantener el poder. En contraposición, Huxley sugiere que el futuro del control social se asemejará más a su visión, donde el control se logra a través del condicionamiento infantil y la narco-hipnosis, haciendo que las personas amen su servidumbre en lugar de ser forzadas a obedecer mediante la violencia. Como lector de ambas obras, me siento tentado a concordar con Huxley. Hay momentos en "1984" en los que claramente se percibe la opresión del gobierno. Rara vez se siente que “El Gran Hermano” esté produciendo algún beneficio para su sociedad. Mientras que Huxley ofrece a la población ciencia, avances, felicidad (manipulada por sustancias, por supuesto), orgías y otros beneficios. A través de los mismos, se logra controlar a la población más eficientemente.
¿Por qué concuerdo con Huxley? El criterio que personalmente utilizo para evaluar la calidad de una obra distópica, además de su estructura literaria, es su capacidad para mostrarnos un mundo totalmente nuevo y ficticio, que, sin embargo, resulta extrañamente similar al que habitamos. Y estas visiones distópicas de "1984" y "Un mundo feliz" han demostrado ser sorprendentemente proféticas en varios aspectos. Pienso que Orwell nos hace reflexionar sobre la vigilancia masiva y el control moderno de la información, la moderación de contenido, la recolección de datos, las fake news, la desinformación, las personas (y grupos políticos) sosteniendo dos ideas políticas conflictivas, los ataques de drones y las estrictas leyes de seguridad, todo en nombre de la protección del Estado. Mientras que Huxley nos invita a considerar la promoción y capitalización del placer, el consumo de drogas recreativas para mantener un balance emocional, la cultura del consumismo, el capitalismo como religión, las aplicaciones digitales para conseguir parejas sexuales, la manipulación genética, y los avances en la tecnología de selección de embriones Independientemente de tu opinión sobre estos elementos modernos de la política, concuerdo con Huxley que su método es más efectivo y gradual. Pero esta es la mera opinión de un lector. El futuro dirá qué enfoque prevalecerá.
(De bibliotecando.substack.com)
domingo, 30 de agosto de 2026
La aparente superioridad moral
Entre los partidarios del socialismo podemos encontrar dos actitudes extremas. En el primer caso tenemos a quienes ven en el socialismo una manera de rebajar el poder económico de aquellos a quienes envidian, además de buscar la posibilidad de ocupar un alto cargo en un futuro gobierno de ese tipo. En el otro extremo, tenemos quienes, supuestamente, poseen una superioridad moral respecto de la sociedad, por cuanto tienen las mejores intenciones de ayudar a los pobres, pero no con dinero propio, sino repartiendo lo ajeno.
Respecto del primer grupo, Ludwig von Mises escribió: “No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidiosa malevolencia. Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también, por su parte, padecerán” (De “Liberalismo” de Ludwig von Mises–Editorial Planeta-De Agostini SA–Barcelona 1994).
Respecto de los aparentes "bien intencionados", leemos: "Hay varias maneras de entender lo que resulta fundamental en la idea socialista. En el sentido más global, se puede decir que la idea del socialismo es la de un mundo que no tiene por principio organizador el interés privado. Como, por otra parte, se sabe que el interés privado no es, como se dice, el interés de todo el mundo, sino el de un pequeño grupo de individuos, eso equivale a decir que la idea del socialismo es la de un mundo que no está estructurado por el principio de la búsqueda del lucro máximo para el capital. Lo cual, según mi opinión, incluye dos cosas. La idea del socialismo, por un lado, es la idea de un mundo en que los bienes comunes que todo el mundo necesita para la subsistencia son como máximo la propiedad de la comunidad y con un uso que está en relación con el interés de la mayoría".
"En un mundo en que el agua, la tierra, los medios de producción, la educación, la salud, los transportes, las comunicaciones están, lo más que se puede, al servicio de la mayoría. Lo cual también quiere decir, y a pesar de todo la experiencia lo ha demostrado, la propiedad de la mayoría. Es un primer principio que se nos vuelve perceptible en contrario por lo que hemos conocido desde hace unos veinte o treinta años, es decir, por la manera con que todo lo que se consideraba como propiedad de la mayoría se fue privatizando del todo cada vez más y sometiendo a una lógica del lucro".
"La segunda cuestión que está en el centro del socialismo sería la idea de la asociación, es decir que lo que es común esté lo más posible administrado en formas que son las del ejercicio de un poder de cualquiera o de un poder de la mayoría. El socialismo define así un tejido social en el que tanto las formas de producción industrial como toda una serie de formas económicas y formas de vida que conciernen a la educación, a la salud, la comunicación, se administran en el mejor de los casos en forma asociativa y democrática. En la idea del socialismo de alguna manera está presente la idea de propiedad común de lo que es necesario para todos y, en segundo lugar, la idea de un ejercicio óptimo de una capacidad de cualquiera en formas asociativas" (De "El método de la igualdad" de Jacques Rancière-Ediciones Nueva Visión SAIC-Buenos Aires 2014).
En el escrito anterior está implícita la idea de "distribuir lo ajeno" en lugar de promover una activa y productiva participación individual en la economía de una sociedad. Además, la abolición de la propiedad privada implica necesariamente una excesiva concentración de poder en el Estado que, al ser dominado por un pequeño grupo de socialistas, o por un solo líder, establece las condiciones necesarias para una posible catástrofe social, como las ocurridas bajo los mandos de Mao, Stalin o Hitler. De ahí que la propuesta, supuestamente "bien intencionada", hace recordar aquella expresión que dice que "el camino del infierno está plagado de buenas intenciones". La "idea del socialismo" conduce, tarde o temprano, a situaciones como las que viven los cubanos y otras víctimas de tan nefasto sistema. El colmo del cinismo implica sostener que se tiene cierta "superioridad moral" cuando realmente se promueven situaciones negativas para la mayoría de la población.
En cuanto a la supuesta incompatibilidad de la búsqueda de ambiciones individuales con ventajas sociales, no hace falta tener una gran imaginación si tenemos en cuenta que alguien, que se hace rico plantando y vendiendo papas, por ejemplo, necesariamente ha debido beneficiar a la sociedad con su producción. El éxito empresarial, asociado a sus ganancias, es una medida de la capacidad de una empresa para cooperar con la sociedad.
Respecto del primer grupo, Ludwig von Mises escribió: “No vale la pena hablar demasiado del resentimiento y de la envidiosa malevolencia. Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también, por su parte, padecerán” (De “Liberalismo” de Ludwig von Mises–Editorial Planeta-De Agostini SA–Barcelona 1994).
Respecto de los aparentes "bien intencionados", leemos: "Hay varias maneras de entender lo que resulta fundamental en la idea socialista. En el sentido más global, se puede decir que la idea del socialismo es la de un mundo que no tiene por principio organizador el interés privado. Como, por otra parte, se sabe que el interés privado no es, como se dice, el interés de todo el mundo, sino el de un pequeño grupo de individuos, eso equivale a decir que la idea del socialismo es la de un mundo que no está estructurado por el principio de la búsqueda del lucro máximo para el capital. Lo cual, según mi opinión, incluye dos cosas. La idea del socialismo, por un lado, es la idea de un mundo en que los bienes comunes que todo el mundo necesita para la subsistencia son como máximo la propiedad de la comunidad y con un uso que está en relación con el interés de la mayoría".
"En un mundo en que el agua, la tierra, los medios de producción, la educación, la salud, los transportes, las comunicaciones están, lo más que se puede, al servicio de la mayoría. Lo cual también quiere decir, y a pesar de todo la experiencia lo ha demostrado, la propiedad de la mayoría. Es un primer principio que se nos vuelve perceptible en contrario por lo que hemos conocido desde hace unos veinte o treinta años, es decir, por la manera con que todo lo que se consideraba como propiedad de la mayoría se fue privatizando del todo cada vez más y sometiendo a una lógica del lucro".
"La segunda cuestión que está en el centro del socialismo sería la idea de la asociación, es decir que lo que es común esté lo más posible administrado en formas que son las del ejercicio de un poder de cualquiera o de un poder de la mayoría. El socialismo define así un tejido social en el que tanto las formas de producción industrial como toda una serie de formas económicas y formas de vida que conciernen a la educación, a la salud, la comunicación, se administran en el mejor de los casos en forma asociativa y democrática. En la idea del socialismo de alguna manera está presente la idea de propiedad común de lo que es necesario para todos y, en segundo lugar, la idea de un ejercicio óptimo de una capacidad de cualquiera en formas asociativas" (De "El método de la igualdad" de Jacques Rancière-Ediciones Nueva Visión SAIC-Buenos Aires 2014).
En el escrito anterior está implícita la idea de "distribuir lo ajeno" en lugar de promover una activa y productiva participación individual en la economía de una sociedad. Además, la abolición de la propiedad privada implica necesariamente una excesiva concentración de poder en el Estado que, al ser dominado por un pequeño grupo de socialistas, o por un solo líder, establece las condiciones necesarias para una posible catástrofe social, como las ocurridas bajo los mandos de Mao, Stalin o Hitler. De ahí que la propuesta, supuestamente "bien intencionada", hace recordar aquella expresión que dice que "el camino del infierno está plagado de buenas intenciones". La "idea del socialismo" conduce, tarde o temprano, a situaciones como las que viven los cubanos y otras víctimas de tan nefasto sistema. El colmo del cinismo implica sostener que se tiene cierta "superioridad moral" cuando realmente se promueven situaciones negativas para la mayoría de la población.
En cuanto a la supuesta incompatibilidad de la búsqueda de ambiciones individuales con ventajas sociales, no hace falta tener una gran imaginación si tenemos en cuenta que alguien, que se hace rico plantando y vendiendo papas, por ejemplo, necesariamente ha debido beneficiar a la sociedad con su producción. El éxito empresarial, asociado a sus ganancias, es una medida de la capacidad de una empresa para cooperar con la sociedad.
sábado, 29 de agosto de 2026
Ciencia vs. Pseudociencia
La ciencia es la actividad cognoscitiva del hombre por medio de la cual describe las diversas leyes naturales que, en conjunto, rigen todo lo existente. Organiza el conocimiento en forma axiomática y verifica sus resultados contrastándolos con la propia realidad. Tiene dos aplicaciones básicas: permite nuestra adaptación cultural al orden natural y brinda el conocimiento que le permite a la tecnología realizar su misión. Karl R. Popper escribió: “Ciertamente, sólo admitiré un sistema como empírico o científico si es capaz de ser contrastado con la experiencia. Un sistema empírico científico debe poder ser refutado por la experiencia” (Citado en “La lógica de la ciencia en la sociología” de W.L. Wallace-Alianza Editorial SA-Madrid 1976).
En la actualidad, mientras resulta evidente una generalizada decadencia cultural, social y moral, no resulta extraña la existencia de una actitud anticientífica en porcentajes importantes de la sociedad, a la vez que tales sectores apoyan posturas pseudocientíficas. Ese es el caso de los divulgadores de la "tierra plana", que se oponen a toda evidencia científica mientras que, a la vez, proponen "teorías" absurdas. En un sentido similar, pero bastante más perjudicial es el caso de los sectores "antivacunas". Rafael Bachiller escribió: "Nadie debería dudar hoy de que las vacunas constituyen la herramienta más eficaz para prevenir las infecciones. Sin embargo, ha sido preciso que los ministros de la Unión Europea hagan un llamamiento conjunto a los Estados miembros para que tomen medidas para revertir la desconfianza creciente que se viene desarrollando entre los ciudadanos hacia los programas de vacunación. De hecho, algunas enfermedades contagiosas, como la tuberculosis y el sarampión, están rebrotando y vuelven a representar un serio peligro por su capacidad para ocasionar un alto número de muertes".
"Las reticencias hacia las vacunas parecen proceder de un artículo publicado por el, hoy tristemente célebre, doctor Andrew Wakefield que en 1998 pretendía relacionar la vacuna trivalente vírica (sarampión, viruela y rubeola) con el autismo y que ocasionó un bulo que se extendió como la pólvora en los medios de comunicación. Los estudios posteriores desmintieron tal relación, el artículo original fue retirado, y el doctor Wakefield fue reconocido como un deshonesto irresponsable -a quien se prohibió volver a ejercer la medicina-. Pero, a pesar de todo ello, nada pudo impedir que se formasen asociaciones abogando por la libertad de vacunación, por el no intervencionismo del Estado en la salud individual, y que reconocían en Wakefield una especie de mesías antivacunas" (De "El universo improbable"-La esfera de los libros-Madrid 2019).
Puede decirse que el desprecio del científico respecto del pseudocientífico es bastante similar al que siente el pseudocientífico respecto de la ciencia en general. Seguramente que hay pseudocientíficos que, por medios fraudulentos tratan de mostrarse como científicos auténticos, que no descreen de la ciencia, pero la gravedad de la situación actual es, principalmente, el anticientificismo. El citado autor agrega: "La llegada del hombre a la Luna, la translación de la Tierra en torno al Sol, la evolución darwiniana, todos los logros científicos encuentran hoy sus grupos de incrédulos que consideran que esos hechos no son más que patrañas y que forman parte de conspiraciones que esconden intenciones ocultas. Estos desconfiados hacen de Internet un medio propicio para la amplificación y difusión de todas sus dudas y especulaciones".
"Junto con los incrédulos a la ciencia, se prodigan hoy los ciudadanos proclives a profesar fe en todo tipo de pseudociencia. Los adeptos a la parapsicología, la astrología, la magnetoterapia, la homeopatía, la criptozoología y un largo estcétera proclaman sin rubor sus principios dogmáticos sin poner a prueba ni demostrar sus explicaciones con los métodos bien establecidos de la ciencia y, por supuesto, sin intentar acceder a la deseable integración entre todas las ciencias a que aspiran los científicos".
"Naturalmente, a la hora de propagar estas falsedades, los impostores cuentan con grandes ventajas sobre los científicos que tratan de propagar su ciencia. Al no necesitar de sus difíciles y precisos experimentos que exige la ciencia actual, la impostura resulta muchísimo más barata; sus términos simplistas suelen ser mucho más fáciles de «explicar» que los difíciles conceptos de la ciencia y, nuevamente, Internet sirve de amplificador de todo tipo de fraudes que rápidamente pueden encontrar eco en todos los rincones del planeta".
A la humildad del sabio se opone la soberbia del ignorante, de ahí la actitud provocadora de los impostores. Rafael Bachiller escribe al respecto: "Cuando en un debate público se enfrenta a un impostor (por ejemplo, un astrólogo), el científico lleva siempre las de perder. Aunque aporte todo tipo de datos, de razonamientos rigurosos, y aunque invoque al método científico, nunca podrá doblegar una fe ciega e irracional. El defensor de una patraña siempre pretende que correspondería a la ciencia demostrar que su creencia no tiene fundamento. ¿No debería corresponder más bien al defensor de una pseudociencia el demostrar el fundamento de sus propuestas mediante técnicas contrastadas?".
En la actualidad, mientras resulta evidente una generalizada decadencia cultural, social y moral, no resulta extraña la existencia de una actitud anticientífica en porcentajes importantes de la sociedad, a la vez que tales sectores apoyan posturas pseudocientíficas. Ese es el caso de los divulgadores de la "tierra plana", que se oponen a toda evidencia científica mientras que, a la vez, proponen "teorías" absurdas. En un sentido similar, pero bastante más perjudicial es el caso de los sectores "antivacunas". Rafael Bachiller escribió: "Nadie debería dudar hoy de que las vacunas constituyen la herramienta más eficaz para prevenir las infecciones. Sin embargo, ha sido preciso que los ministros de la Unión Europea hagan un llamamiento conjunto a los Estados miembros para que tomen medidas para revertir la desconfianza creciente que se viene desarrollando entre los ciudadanos hacia los programas de vacunación. De hecho, algunas enfermedades contagiosas, como la tuberculosis y el sarampión, están rebrotando y vuelven a representar un serio peligro por su capacidad para ocasionar un alto número de muertes".
"Las reticencias hacia las vacunas parecen proceder de un artículo publicado por el, hoy tristemente célebre, doctor Andrew Wakefield que en 1998 pretendía relacionar la vacuna trivalente vírica (sarampión, viruela y rubeola) con el autismo y que ocasionó un bulo que se extendió como la pólvora en los medios de comunicación. Los estudios posteriores desmintieron tal relación, el artículo original fue retirado, y el doctor Wakefield fue reconocido como un deshonesto irresponsable -a quien se prohibió volver a ejercer la medicina-. Pero, a pesar de todo ello, nada pudo impedir que se formasen asociaciones abogando por la libertad de vacunación, por el no intervencionismo del Estado en la salud individual, y que reconocían en Wakefield una especie de mesías antivacunas" (De "El universo improbable"-La esfera de los libros-Madrid 2019).
Puede decirse que el desprecio del científico respecto del pseudocientífico es bastante similar al que siente el pseudocientífico respecto de la ciencia en general. Seguramente que hay pseudocientíficos que, por medios fraudulentos tratan de mostrarse como científicos auténticos, que no descreen de la ciencia, pero la gravedad de la situación actual es, principalmente, el anticientificismo. El citado autor agrega: "La llegada del hombre a la Luna, la translación de la Tierra en torno al Sol, la evolución darwiniana, todos los logros científicos encuentran hoy sus grupos de incrédulos que consideran que esos hechos no son más que patrañas y que forman parte de conspiraciones que esconden intenciones ocultas. Estos desconfiados hacen de Internet un medio propicio para la amplificación y difusión de todas sus dudas y especulaciones".
"Junto con los incrédulos a la ciencia, se prodigan hoy los ciudadanos proclives a profesar fe en todo tipo de pseudociencia. Los adeptos a la parapsicología, la astrología, la magnetoterapia, la homeopatía, la criptozoología y un largo estcétera proclaman sin rubor sus principios dogmáticos sin poner a prueba ni demostrar sus explicaciones con los métodos bien establecidos de la ciencia y, por supuesto, sin intentar acceder a la deseable integración entre todas las ciencias a que aspiran los científicos".
"Naturalmente, a la hora de propagar estas falsedades, los impostores cuentan con grandes ventajas sobre los científicos que tratan de propagar su ciencia. Al no necesitar de sus difíciles y precisos experimentos que exige la ciencia actual, la impostura resulta muchísimo más barata; sus términos simplistas suelen ser mucho más fáciles de «explicar» que los difíciles conceptos de la ciencia y, nuevamente, Internet sirve de amplificador de todo tipo de fraudes que rápidamente pueden encontrar eco en todos los rincones del planeta".
A la humildad del sabio se opone la soberbia del ignorante, de ahí la actitud provocadora de los impostores. Rafael Bachiller escribe al respecto: "Cuando en un debate público se enfrenta a un impostor (por ejemplo, un astrólogo), el científico lleva siempre las de perder. Aunque aporte todo tipo de datos, de razonamientos rigurosos, y aunque invoque al método científico, nunca podrá doblegar una fe ciega e irracional. El defensor de una patraña siempre pretende que correspondería a la ciencia demostrar que su creencia no tiene fundamento. ¿No debería corresponder más bien al defensor de una pseudociencia el demostrar el fundamento de sus propuestas mediante técnicas contrastadas?".
viernes, 28 de agosto de 2026
Acerca de la posverdad
Mientras que la ciencia busca descripciones objetivas, de validez universal, en el ámbito social parecen predominar posturas destructivas que van en sentido contrario, intentando incluso reemplazar la verdad por la mentira. Puede decirse que la verdad implica la exacta descripción de un fenómeno, objeto o proceso. En ese caso ideal, el error o diferencia entre la descripcíón y lo descripto se ha reducido a un mínimo. Por lo general, en el ámbito de la ciencia, nunca se llega a esa situación, si bien en física, a través de la electrodinámica cuántica, la diferencia entre teoría y experimento implica, en una medición, una diferencia recién en el décimo lugar luego de la coma decimal.
Se escucha decir que la ciencia sólo logra resultados provisorios sujetos a revisión permanente, por lo cual se promueve una especie de desconfianza generalizada respecto de sus resultados. Sin embargo, debe aclararse que estos resultados provisorios sólo se asocian a investigaciones recientes, mientras que teorías verificadas tienen una validez fuera de discusión. Por ejemplo, la mecánica newtoniana y el electromagnetismo de Maxwell, dentro de sus límites de aplicación, tienen una validez que permanecerá invariable incluso en un futuro lejano. Rafael Bachiller escribió: "A veces la provisionalidad de la verdad científica es criticada duramente. Nos quejamos de que los científicos dicen un día que la mantequilla o los huevos son malos para la salud y al poco tiempo dicen lo contrario. Sin embargo, este escrutinio permanente de la verdad científica sólo debería considerare de manera positiva, pues refleja la dificultad y el esfuerzo del mundo de la ciencia para alcanzar el mayor acercamiento posible a la verdad. El científico no tiene ningún escrúpulo por reconocer que un estudio previo fue insuficiente y que debemos cambiar nuestras conclusiones a la vista de nuevos datos".
En cuanto a la posverdad, Rafael Bachiller escribió: "Estamos en plena era de la posverdad. Nos alertó en el año 2003 el escritor estadounidense Ralph Keyes en un libro de mucho impacto: La era de la posverdad: deshonestidad y decepción en la vida contemporánea. Desde entonces, el concepto ha ido ganando popularidad hasta que el Diccionario Oxford designó el término como «palabra del año» en 2016. A los científicos este término nos llena de perplejidad y asombro. Por lo que yo humildemente comprendo, la posverdad designa la disorsión de manera emocional de un hecho o de una prueba objetiva".
"Se trata, pues, de verdades a medias, falsas ideas o incluso puras mentiras que circulan de manera impune por nuestra sociedad. En términos políticos, la posverdad se refiere a ciertas interpretaciones emocionales de hechos que son proporcionadas por los políticos sin que sean contrastadas por nadie, ni denunciadas por parte del medio social que las tolera".
"Vemos, pues, cómo los científicos nos encontramos en plena época de lucha contra la posverdad. Resulta descorazonador que, en pleno fragor de la batalla, tras escoger «posverdad» como palabra del año 2016, el siempre acertado Diccionario Oxford declarase palabra del año 2017 a un término muy relacionado con el primero, fake news o falsas noticias, un fenómeno que dota de nuevas dimensiones a esta plaga de posverdad" (De "El universo improbable"-La esfera de los libros SL-Madrid 2019).
Se escucha decir que la ciencia sólo logra resultados provisorios sujetos a revisión permanente, por lo cual se promueve una especie de desconfianza generalizada respecto de sus resultados. Sin embargo, debe aclararse que estos resultados provisorios sólo se asocian a investigaciones recientes, mientras que teorías verificadas tienen una validez fuera de discusión. Por ejemplo, la mecánica newtoniana y el electromagnetismo de Maxwell, dentro de sus límites de aplicación, tienen una validez que permanecerá invariable incluso en un futuro lejano. Rafael Bachiller escribió: "A veces la provisionalidad de la verdad científica es criticada duramente. Nos quejamos de que los científicos dicen un día que la mantequilla o los huevos son malos para la salud y al poco tiempo dicen lo contrario. Sin embargo, este escrutinio permanente de la verdad científica sólo debería considerare de manera positiva, pues refleja la dificultad y el esfuerzo del mundo de la ciencia para alcanzar el mayor acercamiento posible a la verdad. El científico no tiene ningún escrúpulo por reconocer que un estudio previo fue insuficiente y que debemos cambiar nuestras conclusiones a la vista de nuevos datos".
En cuanto a la posverdad, Rafael Bachiller escribió: "Estamos en plena era de la posverdad. Nos alertó en el año 2003 el escritor estadounidense Ralph Keyes en un libro de mucho impacto: La era de la posverdad: deshonestidad y decepción en la vida contemporánea. Desde entonces, el concepto ha ido ganando popularidad hasta que el Diccionario Oxford designó el término como «palabra del año» en 2016. A los científicos este término nos llena de perplejidad y asombro. Por lo que yo humildemente comprendo, la posverdad designa la disorsión de manera emocional de un hecho o de una prueba objetiva".
"Se trata, pues, de verdades a medias, falsas ideas o incluso puras mentiras que circulan de manera impune por nuestra sociedad. En términos políticos, la posverdad se refiere a ciertas interpretaciones emocionales de hechos que son proporcionadas por los políticos sin que sean contrastadas por nadie, ni denunciadas por parte del medio social que las tolera".
"Vemos, pues, cómo los científicos nos encontramos en plena época de lucha contra la posverdad. Resulta descorazonador que, en pleno fragor de la batalla, tras escoger «posverdad» como palabra del año 2016, el siempre acertado Diccionario Oxford declarase palabra del año 2017 a un término muy relacionado con el primero, fake news o falsas noticias, un fenómeno que dota de nuevas dimensiones a esta plaga de posverdad" (De "El universo improbable"-La esfera de los libros SL-Madrid 2019).
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