viernes, 6 de marzo de 2026

Jugando a ser Dios

Los gobiernos totalitarios se caracterizan por la tendencia de los gobernantes a entrometerse en la vida privada de sus gobernados no dejando casi ningún espacio para decisiones personales libres y ni siquiera para pensamientos alejados de lo que impone el Estado. En cambio, una dictadura o una tiranía pueden limitarse a gobernar desde el Estado sin llegar a tales extremos. El líder totalitario se entromete en los detalles que hacen a la vida cotidiana del ciudadano común, con el agravante de que sus seguidores tienden a ejercer por cuanta propia la misma intromisión que se les ha obligado a realizar como una forma de control social.Luigi Sturzo escribió: “La definición del totalitarismo fue dada por Mussolini en el año 1926: «Nada fuera o sobre el Estado, nada contra el Estado, todo dentro del Estado, todo para el Estado». La misma palabra ‘totalitarismo’ nació entonces, y se deriva del concepto fascista del Estado y la vida” (De “¿Subsistirá la democracia?”-Editorial Difusión SA-Buenos Aires 1947).

Debido a que todo lo existente está regido por leyes naturales, Cristo dijo: "Pues aun vuestros cabellos están todos contados", advirtiendo intuitivamente que las leyes de Dios abarcan todo lo existente. De ahí la posibilidad de que los líderes totalitarios, en cierta forma, apunten a someter y a controlar todo lo que piensa, dice o hace el ciudadano común. Mientras que las leyes naturales son benevolentes si podemos adaptarnos a ellas, el control total de un Estado totalitario tiende a imponer una esclavitud mental y material que afecta a todo desdichado que ha sido afectado por tal pérdida de libertad.

A pesar de los nefastos efectos producidos por los principales totalitarismos existentes, o que han existido, como es el caso del fascismo, nazismo, socialismo e Islam, es importante el porcentaje de adeptos a los mismos. Las principales causas de las masivas adhesiones se deben a la ignorancia de quienes poco se informan, o bien de cierta debilidad psicológica ante la prédica de estafadores o bien por cierta perversidad al imaginar que toda la sociedad, a la que odian, será sometida por tal o cual totalitarismo. Jean-François Revel expresó: “No me asombra el fracaso del socialismo. Lo que sí me sorprendió siempre es lo siguiente: ¿Por qué, si es tan evidente que el comunismo es un fracaso, hay tantos individuos de los países democráticos occidentales que quieren el totalitarismo? ¿Por qué el terrorismo que hubo en la Argentina, en Uruguay y en Perú, para imponer un tipo de régimen que cualquiera sabe que es más bárbaro que cualquier democracia por imperfecta que sea? Para resumirlo, mi pregunta de fondo es siempre la misma: ¿Por qué existe la tentación totalitaria?”.

“En realidad, lo que sucede es que en el hombre coexisten, a la vez, la inclinación a la democracia como la inclinación al totalitarismo. ¿Qué es, por lo tanto, la democracia? Un sistema capaz de crear instituciones que tornan imposible la manifestación de la tentación totalitaria. Se ha tenido éxito en desarrollar esas instituciones que establecen contrapesos de poder en las principales democracias occidentales que conocemos. Falta aún desarrollarlas en otros sectores del planeta que están sometidos al totalitarismo o que sufren su amenaza” (Entrevista en “Testimonios de nuestra época” de Germán Sopeña-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1991).

Muchos consideran que es necesario el totalitarismo porque sirve para crear e imponer un orden social, mientras que la libertad asociada a las democracias implican una forma de caos. En este caso no se advierte que siempre están vigentes las leyes naturales, o leyes de Dios, y que, adaptándonos a ellas, evitamos toda forma de caos, además de sentirnos libres al no tener que responder a ninguna ley humana, como son las leyes impuestas por los líderes totalitarios. Las leyes democráticas, por el contrario, tienen presente y son compatibles con las leyes naturales.

Las democracias son relativamente recientes, ya que lo habitual implicaba alguna forma de gobierno autoritario. Aunque había diferencias por cuanto los totalitarismos del siglo XX avasallaron no sólo las libertades para la acción individual sino que incluso limitaron las libertades asociadas al pensamiento. Revel expresó: “En el magnífico libro de Octavio Paz sobre Sor Juana Inés de la Cruz hay una descripción del México colonial del siglo XVII donde se explica muy bien que el virrey español de aquel entonces tenía mucho menos poder que un presidente actual de México. Es cierto que aquél no era un sistema de elección democrática; pero también es cierto que los cabildos o las cortes judiciales eran verdaderos contrapesos al poder central. E incluso Francia de antes de la Revolución, la monarquía no era el poder absoluto que se ha caricaturizado después. Las cortes judiciales –denominadas Parlamentos- disponían de una autonomía muy grande. Fue justamente la independencia del Parlamento de Burdeos la que originó en Montesquieu su idea de la necesaria división de poderes. De allí tomó también Jefferson, el notable defensor norteamericano de la división de poderes, que era un gran lector de Montesquieu”.

“El totalitarismo del siglo XX no es una derivación de otros absolutismos conocidos en la Edad Media o la Edad Antigua. Por el contrario, es un sistema que abolió totalmente la sociedad civil, que quiere determinar hasta los mínimos detalles de la educación o la vida familiar y que, por lo tanto, retira toda autonomía a la sociedad y al individuo, algo que nunca llegó a producirse en siglos anteriores en tal magnitud”.

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