Nuestra actitud predominante proviene de una previa visión que tengamos respecto del mundo en el cual estamos inmersos. En cuanto a lo que más incide en tal actitud, es posible que sea la opinión que tengamos de los seres humanos en general. Así, quien supone que el ser humano es perverso e indisciplinado, mayoritariamente, ha de promover la existencia de un Estado que limite severamente toda libertad individual, suponiendo que de esa forma se protegerá a cada individuo y a toda sociedad.
Esta postura pesimista es propia de los adherentes a los sistemas totalitarios. La realidad pareciera ser tal que la humanidad está compuesta tanto por personas buenas como malas. De ahí que es necesario establecer instituciones que permitan el libre desenvolvimiento de los buenos para facilitar, además, la posterior inserción de quienes están poco adaptados a la vida en sociedad.
Quienes suponen que es el Estado el que debe controlar y dirigir, mental y materialmente, a todo integrante de la sociedad, presupone que en realidad tal Estado ha de estar dirigido por seres humanos "especiales", dotados de virtudes y sabiduría de las que carece el ciudadano común, suponiendo que los seguidores de Marx son las personas indicadas por ser los conocedores de "la verdad revelada" de una vez y para siempre.
Los principales síntomas de la actitud del socialista son la burla y la envidia, lo que se conoce como el odio. Esta actitud es independiente del nivel intelectual y económico de las personas. Mediante la burla denota cierta alegría propia por el sufrimiento ajeno, mientras que con la envidia denota cierto sufrimiento propio ante el éxito ajeno. De ahí que el socialista sea esencialmente un ser antisocial, si bien trata por todos los medios en mostrarse como alguien solidario y con buenas intenciones.
Los procesos revolucionarios se parecen, en cierta forma, a la conformación de una bomba de fisión nuclear, la cual requiere llegar previamente a una "masa crítica", es decir, a cierta cantidad de material fisionable que permite la reacción en cadena posterior. Así, en la sociedad se necesita llegar a una "masa crítica" de adherentes al socialismo para un posterior acceso al poder vía elecciones democráticas. La analogía pierde algo de validez para el acceso al poder vía revoluciones armadas.
La "masa crítica" requiere de participantes tanto activos como inactivos. Nicolás Márquez escribió al respecto: "Por un lado encontramos lo que denominaremos el «progresista activo», que es el ideólogo, el militante consciente, portador de un objetivo concreto. Por el otro, encontramos al «progresista pasivo» (la inmensa mayoría de sus miembros) que son simples adherentes al discurso superficial del progresismo" (De "La mentira oficial"-Mar del Plata 2006).
El camino hacia el socialismo, según Márquez, es el siguiente: "La enmascarada finalidad de los «progresistas activos» consiste entonces en
«destruir» la cultura, las instituciones y los valores tradicionales o naturales, no para generar un gigantesco escombro socio-cultural como un daño per se, sino para, sobre sus ruinas, edificar todo aquello que no se pudo efectuar por la vía armada y la coacción. En cambio, el
«progresista pasivo» (probablemente bienintencionado) no tiene conocimiento sobre estas metas ulteriores, pero resulta involuntariamente funcional a sus retorcidos intereses escondidos por los «progresistas activos», que obran como verdaderos titiriteros. Para estos últimos, el objetivo de plazo inmediato es cambiar todos los paradigmas antedichos y a la postre, modificar las estructuras políticas".
Respecto de la hipocresía socialista, el citado autor escribió: "El «progresista pasivo» se muestra a favor del «amor libre» (siempre y cuando no lo practiquen su mujer y su hija) aplaudiendo efusivamente la novedad del «casamiento gay» (siempre que el contrayente no sea su hijo); en materia criminológica, el «garantismo» se considera «un avance de los derechos humanos» (hasta que le roban la casa e ipso facto peticiona la pena de muerte); mira con antipatía al sistema económico capitalista, pero cuando tiene que emigrar al extranjero en busca de prosperidad, ni se le ocurre escoger un país que no sea capitalista y así, se sirve y disfruta del confort y la tecnología occidental, aunque con entusiasmo repudie a la «sociedad de consumo»".
"Fustiga con virulencia a la Iglesia, hasta que padece una enfermedad o situación grave y se rodea de rosarios y estampas con santos de los más variopintos; en economía abomina del individualismo y pregona un «distribucionismo solidario», hasta que le retienen o confiscan sus depósitos en algún «corralito» bancario y en defensa de su patrimonio, no vacila en impulsar el derrocamiento de un gobierno al que votó y así, se divulgan inacabables declaraciones de principios nunca practicadas con el ejemplo personal, que ratifican la doble faz entre el discurso y el actuar concreto. En torno a este último ejemplo, un viejo chiste decía que «socialista es todo aquel que quiere repartir lo que no le pertenece»".
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