Partiendo de la idea de que los seres humanos hemos sido conformados "a imagen y semejanza de Dios", para confirmar que Dios tiene atributos humanos, se supone que todo individuo, incluso el mismo Dios, han de poseer una actitud característica definida, de tal manera que respondemos de igual manera ante estímulos o circunstancias similares. Tal respuesta típica puede variar en función del tiempo, ya que podemos mejorar o empeorar a través de distintas etapas de nuestra vida. Si le asociamos al Dios antropomorfo cierta actitud o respuesta característica, pensaremos que no cambia en el tiempo, de ahí que Cristo haya expresado que "Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis".
En Psicología social se define la actitud característica como el vínculo entre respuesta y estímulo, simbolizada de la siguiente manera:
Actitud característica = Respuesta / Estímulo
Como una ley natural es considerada como un vinculo invariante entre causa y efecto, si consideramos al mencionado estímulo como causa y a la mencionada respuesta como efecto, encontramos que tal actitud equivale a una ley general a la que estamos sometidos y que incluso un Dios con atributos humanos debería también respetar. De todo esto se hace evidente que existe cierta compatibilidad entre el teísmo (que considera un Dios que interviene en los acontecimentos humanos) y el deísmo, o religión natural (que supone que todo lo existente está regido por leyes naturales no haciendo falta un Dios que las interrumpa o las viole).
Quienes se aferran a la idea de un Dios que responde a los pedidos humanos, tal como lo aceptan cristianos, judíos y musulmanes, parece que todavía no han advertido las catástrofes humanas producidas por las luchas religiosas y el calamitoso estado social y mental del planeta. Si en realidad buscamos una mejora generalizada de la humanidad, debemos admitir que la religión natural, o deísmo, es la "candidata" única que puede orientarnos hacia tal mejora.
Tanto las personas como las cosas, como se dijo, responden de igual manera en iguales circunstancias, de ahí que todo lo existente esté regido por alguna ley natural; tal la visión asociada a la ciencia experimental. Luego, resulta equivalente la postura de quien cree en un universo regido por leyes naturales invariantes a la postura de quien cree en un universo regido por un Dios que posee una actitud característica definida. Esta idea ya fue tenida en cuenta parcialmente por René Descartes. Al respecto, Franklin L. Baumer escribió: “Fuese lo que fuese, Dios seguía siendo, ante todo, «inmutable» para la mayoría en el siglo XVII. Desde luego, en la idea de plenitud hay una sugestión de que Dios actúa de maneras nuevas y distintas, de un Dios fecundo, que crea, generosamente, infinidad de seres y de mundos. Pero para todo el que tomara en serio el nuevo orden de la naturaleza, era esencial que Dios mismo no cambiara, como después querrían hacerle cambiar los hegelianos”.
“Descartes insistió en la «inmutabilidad de Dios», en sus Principios de filosofía. Sabemos, escribió Descartes, no sólo que Dios es «inamovible por naturaleza» sino que «actúa de una manera que nunca cambia». «Por el hecho de que Dios no está sujeto al cambio y que siempre actúa de la misma manera, podemos llegar al conocimiento de ciertas reglas a las que yo llamo las leyes de la naturaleza»”.
“Es obvia la conexión, en el cerebro de Descartes entran los dos, entre Dios y las leyes de la naturaleza. La inmutabilidad de Dios garantiza la confiabilidad de la naturaleza (considerada como obra de Dios), y por tanto, la certidumbre científica. Esta interconexión también era cierta para Spinoza y Leibniz, aun cuando tenían ideas distintas acerca de Dios y de su relación con la naturaleza. Hasta entonces, el hincapié seguía, claramente, en el ser de Dios, no en su devenir” (De “El pensamiento europeo moderno”-Fondo de Cultura Económica SA-México 1985).
Con respecto al coincidente conjunto de características atribuidas a Dios y al universo. Barrows Dunham escribió: “Con una mirada retrospectiva, podemos ver lo que los contemporáneos de Spinoza no pudieron ver: que el proceso había empezado cuatrocientos años antes, con los trabajos de los escolásticos, que trataron de fijar la doctrina cristiana en un lenguaje todo lo literal que podían dominar y que la propia doctrina podía permitir”.
“Los escolásticos acumularon en este trabajo una serie de definiciones del término «Dios» y, cuando todo acabó, abandonaron este término a medio camino entre la metáfora y la afirmación literal. Habían definido a Dios como un ser que no necesita de nada más para existir, o como un ser que posee todos los atributos posibles (es decir, todo lo que puede ser predicado de Dios), o como un ser cuya naturaleza implica la existencia”.
"Vamos a realizar ahora un sencillo experimento. Podemos preguntar, ¿cuál es el ser que no necesita de nada más para existir? Evidentemente, la respuesta es el universo. Y, ¿cuál es el ser cuya naturaleza implica su existencia? El universo, por supuesto. De este modo, el mensaje del escolasticismo estaba abierto a que se apoderara de él el más simple de los ardides lógicos, la equivalencia: Dios y el universo son idénticos. Tal fue la inferencia que sacó Spinoza del escolasticismo y de la filosofía judía, mediante el método cartesiano. La inferencia era válida sin duda y contenía además esa evidencia geométrica («dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí») que tanto admiraba el siglo XVII. Desde el momento en que los escolásticos describieron a Dios como a un ser perfecto, comenzaron su despersonalización; pero, dado el enorme poder que había tenido la tradición, causó una terrible impresión que Spinoza pusiera al descubierto el resultado. La verdad era que tal resultado había pasado inadvertido por completo para Descartes”.
“Ahora bien, todas las religiones occidentales, consideraban al panteísmo como herejía. El judaísmo necesita un Dios personal para dar solidez a la fe, el cristianismo necesita un Dios personal para dar legitimidad a la autoridad de la Iglesia y la religión mahometana necesita a Alá personal para justificar la misión profética de Mahoma. Así, pues, en las vicisitudes de la ideología, el hecho de que Dios fuera una persona se había convertido en algo enormemente importante para la unidad de la organización. Podría ser cierto (aunque, en realidad, impreciso) decir que los judíos tuvieron su ley, las Iglesias su autoridad y los mahometanos su profeta a partir del universo” (De “Héroes y Herejes”-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1965).
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