Debido al poder económico y a la influencia que pueden tener algunos medios de comunicación, varios politicos encuentran un justificativo para ejercer ciertos controles y limitaciones a la libertad de prensa, o a la libertad de expresión en general, lo que resulta a veces un pretexto para callar a toda crítica opositora. Marcelo Gioffré expresó: "En el tema de la libertad de expresión, el eje tradicional giraba en torno a una valla, una defensa que protege al individuo frente al Estado gigantesco. La prensa servía para detonar alarmas, para descubrir actos de corrupción, para mostrar lo que los oficialismos no quieren mostrar".
"En los últimos tiempos, sin embargo, en la Latinoamérica de Chávez, Correa, Evo Morales y Kirchner se ha modificado y hasta invertido este eje. Se sostiene que, como los medios son muy grandes, el Estado tiene derecho a interpelarlos, a intervenir con agresividad en la esfera pública y replicar las investigaciones periodísticas sobre corrupción o cualquier opinión que les resulte desagradable".
Por otra parte, Juan José Sebreli agrega: "Hablar sobre la supresión de la libertad de expresión en una dictadura es algo obvio, forma parte de su esencia. No hay dictadura con libertad de expresión, del mismo modo que no hay democracia sin libertad de expresión. El tema más difícil se plantea en la zona ambigua de estas semidemocracias, estos gobiernos que han florecido en América Latina, Venezuela en forma plena, el kirchnerismo más tímidamente en la Argentina".
"Tienen algunos elementos democráticos porque han surgido de elecciones con sufragio universal y representan a una mayoría o a una primera minoría, pero les faltan otros. El voto es un elemento necesario pero no suficiente. Y la libertad de expresión es justamente uno de esos elementos faltantes: se conculca abiertamente en Venezuela o se retacea en el kirchnerismo. No se suprimen, no se cierran los diarios, pero se usan otros resortes".
"En la época del primer peronismo, se usó el recurso de retacear el papel para confeccionar el diario. En aquella época el papel era importado y se compraba con divisas cuya distribución la hacía el Banco Central, que estaba en manos del gobierno. A tal punto llegaba la maquinación que los diarios opositores, La Prensa y La Nación, recibían sólo una mínima dosis de papel para que pudieran publicar quince páginaas con letra minúscula, mientras los diarios oficialistas, como Democracia, tenían cualquier cantidad. Eso era censura. Y al final terminaron por expropiar directamente La Prensa y dársela a la CGT" (De "Conversaciones irreverentes" de Juan José Sebreli y Marcelo Gioffré-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2018).
En la actualidad, en algunos países europeos, se limitan las expresiones opositoras acusándoselas como "promotoras de odio", tal el caso de la reciente propuesta del presidente español, Pedro Sánchez, con el "Hodio", proceso que permitirá a su gobierno encarcelar a opositores si una opinión se considera, por parte del gobierno, como promotora de odio.
Si definimos al odio, siguiendo a Baruch de Spinoza. como la predisposición a alegrarnos del mal ajeno y a entristecernos por su alegría, actitudes que se evidencian con la burla y la envidia, resultan ser los síntomas emocionales que delatan la presencia de individuos que se identifican con el socialismo. Es fácil advertir que desde Marx en adelante, se promueve la "lucha de clases" junto con la promoción de la violencia contra sectores de la sociedad supuestamente "superiores" debido a un mayor nivel económico.
Cuando un socialista acusa a alguien de promover el odio, actúa como el delincuente que se adelanta a la persona decente a quien acusa de "delincuente", ya que no hay mejor defensa que un buen ataque, aunque esté lleno de falsedad.
El odio, como burla y envidia, son síntomas de una reconocida inferioridad, de ahí que no sea justamente el odio lo que caracteriza al demócrata que se opone al totalitario, sino que se trata de una mezcla de asco o repugnancia seguida, eso sí, de cierto temor. Ante los embates de gobiernos como el de España o del Reino Unido, el ciudadano común sólo puede sentir temor a ser enjuiciado y encarcelado por mínimos motivos, acusándoselo de sentir odio cuando en realidad siente repugnancia hacia las injusticias.
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