viernes, 14 de agosto de 2026

Arthur Koestler y su renuncia al marxismo

Mientras que el marxismo teórico puede leerse en libros especializados, el marxismo llevado a la práctica se conoce a través de intelectuales como Arthur Koestler, integrante del Partido Comunista alemán, quien alertó respecto a los efectos psicológicos que promueve el marxismo en sus seguidores, mientras que los efectos sociales se conocen a través de disidentes que vivieron bajo regímenes totalitarios, como los rusos Andrei Sajarov y Alexander Solyenitsin.

Existen semejanzas entre los lavados de cerebro que establecen los ideólogos de las sectas religiosas con operaciones similares por parte de los ideólogos marxistas. Entre los objetivos buscados resalta la destrucción de la personalidad auténtica de un individuo para reemplazar en su mente todo los rastros de la realidad para ser reemplazada por la ideología partidaria. La efectividad del método se advierte en el caso de Arthur Koestler, un destacado intelectual al que le llevó unos ocho años advertir los daños personales que le ocasionaba la ideología marxista. Es fácil imaginar que a personas menos predispuestas al razonamiento crítico, les habría de llevar varios años más o incluso la perturbación ideológica podría prolongarse por toda la vida.

Los totalitarismos son conformados por gigantescas sectas ultra-ortodoxas, que dominan mentalmente tanto a seguidores como a extraños con hábiles eslogans repetidos miles de veces. Arthur Koestler escribió: “Fui hacia el comunismo como quien va hacia un manantial de agua fresca y dejé el comunismo como quien se arrastra fuera de las aguas emponzoñadas de un río cubiertas por los restos y desechos de ciudades inundadas y por cadáveres de ahogados. Esta es en suma mi historia desde 1931 a 1938, desde la época en que tenía veintiséis años hasta que cumplí treinta y tres. Las cañas y juncos a que me aferré, y que me salvaron de ser tragado por aquellas turbias aguas, fueron el nacimiento de una nueva fe que, teniendo sus raíces en el fango, es algo esquivo, huidizo, pero tenaz. No puedo definir de otro modo la condición de esa fe, sino diciendo que en mi juventud miraba el universo como un libro abierto, impreso en el lenguaje de ecuaciones físicas y de determinaciones sociales, en tanto que ahora se me manifiesta como un texto escrito con tinta invisible, del cual, en raros momentos de gracia, conseguimos descifrar algún pequeño fragmento”.

“El proceso de degeneración había sido gradual y continuo, pues es posible descubrir ya el germen de la corrupción en la obra de Marx: en el tono cáustico de sus polémicas, en los denuestos dirigidos a los que se le oponían y en considerar como traidores a la clase trabajadora y agentes de la burguesía a los adversarios y disidentes, Marx trató a Proudhon, Düring, Bakunin, Liebknecht, Lasalle exactamente como Stalin trató a Trotski, Bujárin, Zinóviev, Kaméniev y otros, sólo que Marx no tenía poder para hacer matar a sus víctimas”.

“Mientras fui un verdadero creyente, la fe tuvo un efecto paralizador sobre mis facultades creadoras. La doctrina marxista es una droga como el arsénico o la estricnina; droga que, ingerida en pequeñas dosis, determina un efecto estimulante, pero paralizador de las facultades creadoras cuando se la toma en grandes cantidades. La mayor parte de los escritores «con conciencia de clase» del decenio al que me refiero fueron estimulados por la doctrina marxista porque no ingresaron en el partido, sino que permanecieron como simpatizantes de él a una segura distancia. Los pocos que efectivamente tomamos una parte activa en la vida del partido –tales como Víctor Serge, Richard Wright, Ignazio Silone- nos sentimos frustrados mientras permanecimos en él y sólo volvimos a encontrar nuestras verdaderas voces después del rompimiento”.

“Es relativamente fácil explicar cómo una persona con mi historia y antecedentes pudo llegar a convertirse en comunista, pero más difícil es expresar el estado de ánimo que llevó a un joven de veintiséis años a avergonzarse de haber estado en una universidad, a maldecir su propia agilidad mental, la pureza de su dicción en el lenguaje, a considerar los gustos y hábitos civilizados adquiridos como una constante fuente de reproches, y la mutilación intelectual de su personalidad como un fin deseable. Si me hubiera sido posible extirpar esos gustos y hábitos como si se tratara de un forúnculo me habría sometido gustosamente a la operación” (De “Autobiografía” II-Editorial Debate SA-Madrid 2000).

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