jueves, 20 de agosto de 2026

Inteligencia artificial y desocupación tecnológica

La irrupción de la Inteligencia Artificial en el campo laboral, junto con otras innovaciones tecnológicas, tiende a producir, en primera instancia, el reemplazo laboral de quienes no se adaptan a tales innovaciones. Para prever situaciones como la mencionada, es importante haber adquirido previamente, mediante el estudio secundario o universitario, cierto hábito mental que permite aprender rápidamente la manera de adaptarnos a las nuevas tecnologías.

Las distintas formas de vida requieren que todo ser viviente se encamine a lograr mayores niveles de adaptación, es decir, que busquen ser aptos para la vida en un cambiante medio circundante. Con el nombre de “segunda naturaleza” se designa al proceso por el cual el hombre establece innovaciones culturales y tecnológicas que requieren de cada uno de nosotros un posterior esfuerzo de adaptación. E. Donato y Prunera escribió: “Se ha dicho con razón que el hombre, biológicamente considerado, es un callejón sin salida, pero que la inteligencia le abre la salida del callejón en que le colocó la mezquindad de los medios orgánicos o físicos con que la naturaleza le ha dotado. Quiere decirse que el hombre «natural», que a la desnudez de su carne añade la desnudez que supone en él la falta de pelaje abundante y protector, si no fuera por la inteligencia sería uno de los animales más desamparados del orbe. El último gusano, la amiba más insignificante estaría más perfectamente adaptada a «su» medio que el ser humano, pese a su mayor corpulencia y vigor”.

“Pero la misma naturaleza que dio al hombre una carne harto frágil y accesible a todas las hostilidades imaginables de su medio, le dotó también de algo que le separa radicalmente del resto de los organismos vivientes. El hombre hace algo que no hace ningún ser vivo: piensa y razona. Y es esta facultad del pensar la que le fragua el camino de la liberación de la miseria física en que estaría si sólo dispusiera de lo que orgánicamente está en él a la vista. Si el hombre fuera «animal» sin más, sólo podría vivir –como les ocurre a otros animales- en zonas limitadísimas del planeta. Y aun allí, acosado por mil peligros y armado sólo con lo que físicamente posee en cuanto a organismo, estaría menos adaptado al reducido ambiente material de lo que lo está, por ejemplo, el mono, más capaz que él de huir de efectivos ataques de otros animales más fuertes” (Del Prólogo de “La segunda creación del mundo” de Joachim G. Leithäuser-Ediciones Destino-Barcelona 1958).

Puede hacerse una síntesis de los distintos procesos adaptativos:

1- Adaptación biológica al orden natural (Evolución biológica)

2- Adaptación cultural al orden natural (Evolución cultural)

3- Adaptación cultural a la innovación tecnológica (Segunda naturaleza)

Mientras que la biología describe el proceso de adaptación biológica, la antropología y las restantes ciencias sociales describen el proceso de adaptación cultural, quedando principalmente para la historia de la ciencia y de la tecnología la descripción del proceso por el cual aparecen las distintas innovaciones que favorecen y permiten nuestra supervivencia.

Un problema típico surgido de tal innovación es justamente el de la desocupación tecnológica, que ocurre principalmente en sociedades con mercados poco desarrollados. Al surgir una innovación que reduce costos, pero también mano de obra, perjudica en el corto plazo al trabajador reemplazado por una máquina, e incluso en el largo plazo si se trata de sociedades como las mencionadas. Al respecto resulta conveniente citar algún ejemplo, como el de la industria textil inglesa del siglo XVIII. Joachim G. Leithäuser escribió: “John Kay inventó en 1733 el «tiro rápido»….El resultado fue que un tejedor podía fabricar un tejido doble de ancho; que los tejedores, temiendo el paro forzoso, destruyeran los primeros ejemplares de tales aparatos y que, a pesar de todo, después de algunas mejoras técnicas el nuevo invento se extendiera irrefrenablemente a partir de 1760, requiriéndose de las hilaturas mayor cantidad de material para la fabricación. Desde ese momento empezó una carrera de mecanización entre la industria del hilado y la textil: unas veces las rápidas máquinas de tejer exigían más hilo, otras las hilaturas rápidas producían tanto que se hacía necesario acelerar el proceso textil. Pero los obreros, al principio, trataron con toda energía de hacer fracasar la mecanización”.

Las cosas cambian cuando se establecen mercados desarrollados capaces de reabsorber a los trabajadores que perdieron momentáneamente su trabajo, mientras que la reducción de los costos permite al empresario disponer de excedentes para la inversión que permitirá luego generar puestos de trabajo adicionales.

La suerte de los inventores e innovadores no siempre fue la esperada por cuanto, a las protestas por parte de los trabajadores desplazados, se sumaba la competencia feroz de quienes utilizaban sus creaciones a veces sin reconocer derechos de invención, especialmente cuando no eran solicitadas a tiempo las respectivas patentes. Este fue el caso de James Hargreaves, el inventor de la máquina de hilar denominada Jenny. Leonard M. Fanning escribió: “El invento de Hargreaves había surgido por accidente. Un día su hija Jenny, en una travesura infantil, derribó su torno de hilar. Éste cayó de tal forma que el huso, normalmente horizontal, quedó vertical. Continuó girando, y el pobre hilandero pensó: -¿Por qué no instalar una serie de husos verticales, conectados mecánicamente, de manera de poder hilar varios hilos al mismo tiempo?”.

“Con ocho usos verticales, fue el primer mecanismo que hiló más de una hebra en forma simultánea. En un momento aumentó ocho veces su producción. Pero le fue imposible ocultar su secreto. Su gran producción despertó las sospechas y la furia de los hilanderos. Atacaron su casa y destruyeron su nuevo invento. Después de eso Hargreaves abandonó Standhill para radicarse en Nottingham”.

“Imitando los husos verticales de Hargreaves, Richard Arkwright desarrolló el torno de hilar hasta obtener una máquina que no solamente producía de modo múltiple como la «Jenny» de Hargreaves, sino que también fabricaba un hilado superior, fuerte y resistente”. “El 3 de julio de 1769 Arkwright recibió su primera patente y, él también, se trasladó a Nottingham, centro de calcetería”.

“Un año después Hargreaves se presentó a patentar su máquina. Sus máquinas de hilar lograron gran popularidad y superaron en número a las de Arkwright durante casi un cuarto de siglo…Pero su creador no vivió lo suficiente para presenciar el triunfo de su invento, o para disfrutar de las ganancias. Murió en una modesta granja en 1778” (De “Padres de la industria”-Plaza & Janés SA-Buenos Aires 1965).

De casos como este se infiere que no sólo el trabajador común debe adaptarse a la innovación tecnológica a partir de una previa adquisición de conocimientos laborales que lo protejan de la desocupación, sino que también el inventor debe adaptarse a la sociedad en que vive solicitando a tiempo las patentes respectivas y anticipándose a lo que pueda hacer la competencia, especialmente cuando disponga de armas no del todo legales.

Uno de los objetivos perseguidos por la educación técnica actual es la de formar profesionales con una rápida velocidad de adaptación ante las innovaciones, ya que éstas, a su vez, responden a una imperante necesidad de supervivencia empresarial en todo mercado desarrollado y competitivo. En tal aptitud radica principalmente el éxito de la adaptación laboral a la segunda naturaleza. Joseph A. Schumpeter escribió: “La historia del proceso de producción de la industria del hierro y acero, desde el horno de carbón vegetal hasta el tipo actual de alto horno, y la historia del proceso de producción de energía, desde la rueda hidráulica hasta la turbina, y la historia del transporte, desde la silla de postas hasta el aeroplano. La apertura de nuevos mercados, extranjeros o nacionales, y el desarrollo y la organización de la producción, desde el taller de artesanía y la manufactura……ilustran el mismo proceso de mutación industrial –si se me permite usar esta expresión biológica- que revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo ininterrumpidamente lo antiguo y creando continuamente elementos nuevos. Este proceso de destrucción creativa constituye el dato de hecho esencial del capitalismo. En ella consiste en definitiva el capitalismo y toda empresa capitalista tiene que amoldarse a ella para vivir” (De “Capitalismo, socialismo y democracia” (I)-Ediciones Folio-Barcelona 1996).

La analogía que hace Schumpeter entre economía y biología, al hablar de “mutación industrial”, no es casual, ya que el propio Charles Darwin elabora su teoría de la evolución por selección natural contemplando los procesos del mercado. Edmund Conway escribió: “En 1838, Darwin, inspirado por los escritos de Thomas Malthus, imaginó un mundo en el que los ejemplares más aptos sobrevivían y podían evolucionar en especies nuevas, más sofisticadas y mejores. «Tenía por fin», escribió, «una teoría por la cual trabajar». Y cuando se las observa con atención, las fuerzas que dan forma al mundo natural y a la economía del libre mercado se revelan asombrosamente similares” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2011).

Los avances vertiginosos de la tecnología informática es una consecuencia directa del capitalismo por cuanto, al existir una tenaz competencia entre las empresas, éstas se ven obligadas a investigar y a innovar constantemente para no verse relegadas en el mercado. Resulta ser una lucha por la “supervivencia del más apto”, ya que las mejores sobreviven y las otras desaparecen, o se ven obligadas a reestructurarse. Ello explica el comportamiento de los empresarios que tratan de reducir costos y mejorar la calidad de sus productos. Sin embargo, no son ellos los que dictaminan el éxito o el fracaso de las empresas, ya que son los consumidores quienes dan la espalda a quienes no satisfacen sus demandas, o las satisfacen en menor medida que otras.

Algunos economistas afirman que las crisis económicas sirven para castigar a las empresas ineficientes y que ello resulta finalmente favorable a la economía. Sin embargo, las crisis también producen efectos devastadores a nivel social, por lo que resulta mejor esperar una evolución económica gradual y continua que una asociada a las crisis. Es un caso similar a la evolución de las especies promovida por cataclismos (como la desaparición de los dinosaurios) o bien por la lenta y continua selección derivada de la herencia genética, que se va instalando sin cambios abruptos. Edmund Conway escribió: “El escepticismo acerca de la propuesta [de la destrucción creativa] se ha visto reforzado recientemente debido a los estudios que demuestran que las empresas tienden a reestructurarse y modernizarse más durante un periodo de auge que en tiempos de crisis” (De “50 cosas que hay que saber sobre Economía”-Ariel-Buenos Aires 2011).

La innovación tecnológica trae como consecuencia inmediata la desocupación tecnológica. Sin embargo, es un problema circunstancial y de corto plazo por cuanto, al reducirse los costos (lo que justifica la innovación) el consumidor tendrá dinero disponible para gastarlo en otras necesidades, por lo aparecerán nuevas ofertas de trabajo. Martín Krause escribió: “La nueva inversión desplazaba puestos de trabajo, pero ahora, como resultado de ella, se genera una nueva inversión que crea nuevos puestos de trabajo y absorbe a los trabajadores desplazados”. “En los países que no restringen ese movimiento laboral, el paso de un empleo a otro no demanda mayor tiempo y el desempleo es bajo. Se genera un circuito por el cual se invierte, aumenta la productividad de los trabajadores, crecen las ganancias, bajan los precios de los productos, aumenta el poder adquisitivo y la creación de fuentes de empleo” (De “La Economía explicada a mis hijos”-Aguilar SA de Ediciones-Buenos Aires 2003).

Como ejemplo de innovación tecnológica puede mencionarse el caso de Boeing, empresa pionera en la utilización comercial de aviones a reacción, antes usados sólo para fines militares, cuando arriesgó gran parte de su capital en la realización del 707 cuya inversión inicial fue de “casi el triple de las utilidades medias anuales de los cinco últimos años –aproximadamente la cuarta parte del valor neto de la compañía”. Al tener éxito, “lleva al mundo comercial a la era del jet”. James C. Collins y Jerry I. Porras agregan: “Este modo de actuar no terminó en los años 50 con el 707”. “En 1965, Boeing tomó una de las decisiones más audaces en la historia de los negocios: la de seguir adelante con el jumbo-jet 747, decisión que por poco acaba con la compañía” (De “Empresas que perduran”-Grupo Editorial Norma-Bogotá 2005).

En las economías socialistas, por el contrario, se trata de aumentar las fuentes de trabajo a cualquier costo y a mantener incluso las deficitarias, por lo cual resultan ser economías ineficientes. En lugar de estar al servicio del consumidor, es el pueblo el que debe soportar la pesada carga del déficit conjunto de las empresas obsoletas. Recordemos que en el socialismo el vínculo de unión social propuesto no son los afectos, sino los medios de producción, que tienen un significado tan importante como las vacas sagradas para los hindúes, por lo que los resultados económicos pasan a un segundo plano. Vladimir Bukovski escribió respecto de la etapa soviética: “Se permite a los campesinos tener una vaca sin pagar impuestos por ello. Pero, lamentablemente, se les prohíbe producir el forraje. Una equivocación que el Partido corrigió tiempo después: se pudo disponer del forraje, pero no de la vaca, ya que ésta, obsérvese bien, se consideraba como un «medio de producción» y, en el socialismo, los medios de producción no podrían pertenecer a los particulares. Desde entonces ya nadie quiso tener una vaca”.

“La economía de «mando» descansa sobre la obediencia. Una rígida planificación, una burocracia enorme, el poder discrecional del movimiento en materia de promoción o expulsión, crean la ilusión de un control absoluto. En forma paralela, se pierde todo interés en el trabajo, declinan la calificación y la productividad y el mercado negro florece. En la práctica, el gobierno ignora qué es lo que realmente se produce y cómo reglamentar la producción” (De “URSS: de la utopía al desastre”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 1991).

Todas las actividades humanas deben tener como finalidad mejorar nuestro nivel de adaptación al orden natural, lo que involucra tanto a la religión, como a la ciencia y la tecnología. De ahí que la economía de la innovación, el riesgo, la incertidumbre, la competencia y el progreso se encuentre en este camino, mientras que la economía de la planificación centralizada, la seguridad, la certidumbre, la obediencia y el estancamiento se encuentra alejada de la tendencia adaptativa mencionada. Martín Krause escribió: “La competencia es la emulación entre distintas personas para sobrepasarse unas a otras. No es una pelea ni un combate, y por tal razón el uso de terminología militar para describir lo que sucede en el mercado es claramente inapropiado”.

Los distintos actores de la economía se mueven en ella entre dos sentimientos extremos de miedo y euforia. El primero está ligado a la búsqueda de la seguridad, mientras el segundo es el que admite al riesgo. Edmund Conway escribió: “Las economías son, por su misma naturaleza, propensas a los ciclos de auge y crisis: los mercados oscilan de la confianza al pesimismo y los consumidores de la codicia al miedo”.

¿Qué sucede en una sociedad en donde no hay gente optimista que quiera correr riesgos en forma similar al caso de Boeing? Sin gente emprendedora (empresarios) no puede haber desarrollo económico. Y si los hay, no debe haber políticos socialistas que les impidan desarrollar sus potencialidades.

Es conveniente distinguir entre el empresario que pone en riesgo su propio patrimonio a aquellos que, especialmente en el mercado financiero, arriesgan temeraria e ilegalmente los patrimonios ajenos que les son dados para administrar, provocando serios trastornos que afectan las economías nacionales e incluso de todo el planeta. Entre las principales causas de las crisis financieras aparece la codicia desmedida, asociada a la especulación, de quienes buscan optimizar sus ganancias sin apenas importarle los efectos negativos que sus decisiones podrán producir. Tal comportamiento se ve favorecido por una valoración social exagerada tanto de los bienes materiales como del poder económico. Puede decirse que es la propia sociedad la que crea un pedestal imaginario que ha de ser ocupado por los especuladores exitosos y que son confundidos por la sociedad con quienes obtuvieron éxito empresarial a través de la producción de bienes y servicios útiles a la sociedad.

Los mercados financieros funcionan en base a la confianza, o no, de los inversores. De ahí que se trata de esconder parte de la realidad para evitar caídas de las cotizaciones accionarias. Frank Partnoy escribió: “La cobertura de los medios de lo que ocurre en el mercado de acciones sigue siendo tan intensa como siempre; no obstante, los inversores son incapaces de filtrar información que reciben, o de encontrar a alguien que diga la verdad sobre una empresa en particular”. “A los inversores les llevó gran parte del 2002 abandonar la costumbre de comprar acciones por un capricho, mito o rumor. El «crac» del mercado de acciones el año anterior se produjo en cámara lenta, una compañía por vez, hasta que los inversores supieron que les resultaba prácticamente imposible comprender a muchas firmas cuyas acciones habían adquirido” (De “Codicia contagiosa”-Editorial El Ateneo-Buenos Aires 2003).

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