martes, 18 de agosto de 2026

Poder y humanidad

La palabra "poder", asociada a los seres humanos, nos da idea de una capacidad para influir sobre sus semejantes. Por lo general, se aduce que la búsqueda de poder está asociada a cierta actitud egoísta. Sin embargo, se puede buscar y poseer poder tanto para hacer el mal como para hacer el bien. Annabelle Hoffs escribió: “El poder era originariamente un término sociológico, pero al descubrir que el poder depende de las emociones, actitudes y motivos inconscientes, se ha buscado en la psicología una clarificación. En psicología, el poder significa la habilidad de afectar, cambiar e influir en otras personas. Por tanto, consideraciones tales como el status, la autoridad y el prestigio resultan centrales en el asunto de poder” (De “El poder del poder”-Editorial Diana SA-México 1986).

Si bien existen y han existido seres humanos con mucho poder, éste resulta pequeño respecto del conjunto de leyes naturales invariantes que, aunque invisibles a los ojos humanos, nos imponen su presencia en cada instante de nuestra vida. Decimos, simbólicamente, que tales leyes son las leyes de Dios establecidas para ejercer dominio sobre los seres humanos. De ahí que William James escribiera: "Dios es real porque produce efectos reales".

Ya es época suficientemente avanzada para que los seres humanos establezcamos una decisión de gran importancia; tal decisión implica nada menos que elegir entre adherir al poder de algunos seres humanos o bien priorizar nuestra atención al poder de Dios ejercido por las leyes mencionadas.

El gobierno pleno de Dios sobre los hombres habrá de comenzar cuando la mayor parte de la humanidad se decida a ello, teniendo en cuenta precisamente las leyes naturales que gobiernan nuestros propios cuerpos y nuestras propias mentes. Esta es la idea y objetivo básico de la Biblia al considerar al Reino de Dios (a través de la ley natural antes que a través de sus enviados) como la meta liberadora de la humanidad respecto del poder humano proclive generalmente al mal.

La búsqueda de poder, por parte de los hombres, generalmente se orienta a lograr cierta trascendencia, es decir, previsto el inevitable fin de nuestras vidas, muchos quieren dejar algún rastro de su personalidad que no se destruya con el paso del tiempo. Esta búsqueda muchas veces contempla sólo fines egoístas. Arthur Koestler escribió: “Uno de los rasgos principales de la condición humana es la necesidad perentoria de identificarse con un grupo social o un sistema de creencias que es ajeno a la razón, a los intereses del individuo e incluso al instinto de conservación. Lo cual nos lleva a la conclusión, en contraste con la opinión preponderante, de que el problema de nuestra especie no es un exceso de agresividad defensiva, sino un afán excesivo de trascendencia”.

Rita Levi-Montalcini opina al respecto: “Este afán de trascendencia, que se pone de manifiesto en la obediencia ciega y es uno de los rasgos principales del comportamiento humano, conduce a la aceptación estúpida. Estas tendencias innatas, más que el instinto agresivo como desahogo del llamado «imperativo territorial», son las responsables de la universalidad de la guerra en todas las sociedades humanas. El mismo autor afirma que «sin lenguaje no habría poesía, pero tampoco habría guerra». Con esta breve frase resume la condición unitaria del hombre. El lenguaje ha dotado al hombre del sistema más eficaz de comunicación para unir a los miembros de las tribus primitivas y, más tarde, a los de las sociedades más avanzadas, pero al mismo tiempo ha hecho que sean sumamente receptivos a los mensajes que proceden del medio circundante” (De “Tiempo de cambios”-Ediciones Península-Barcelona 2005).

Recordemos que las mayores catástrofes humanas han sido promovidas por los diversos totalitarismos (comunismo y nazismo). Bajo tales sistemas políticos, todo individuo estaba gobernado material y mentalmente por un reducido número de personas, o mejor aún, por un solo líder que acumulaba todo el poder posible, constituyendo de esa manera el mayor peligro posible para la supervivencia de todo el grupo social. De ahí que el tan denostado liberalismo siempre ha propuesto "la división de poderes", la "división del trabajo", la "propiedad privada", para evitar toda forma de alta concentración de poder asociada a una alta peligrosidad.

En nuestros días, predominan fuerzas políticas y económicas que apuntan a establecer un gobierno político mundial como una concentración de poder nunca antes vista en la historia. En cierta forma se trata de una nueva forma de colectivismo que tiende a anular el poder de los gobiernos nacionales. De ahí que el globalismo puede ser considerado como un colectivismo de naciones con un mando central que tiende a anular toda acción autónoma a nivel de los países.

Si, en forma individual, nos decidimos a ser guiados y gobernados por las leyes naturales, en lugar de los peligrosos gobiernos humanos, estaremos alcanzando un autogobierno y una libertad plena, a la vez que estamos adoptando el gobierno de Dios sobre cada uno de nosotros. El Reino de Dios comenzará cuando los seres humanos mayoritariamente lo decidamos.

El gobierno de Dios sobre los hombres, como se dijo, depende de cada uno de nosotros adoptando como referencia la empatía emocional, como la principal ley natural que debemos respetar para asegurar nuestra supervivencia plena, tanto individual como colectiva. De ahí que Cristo dijo: "El Reino de Dios está dentro de vosotros".

En épocas pasadas se postulaba un principio físico que sugería que “la naturaleza tiene horror al vacío” (ya que si lo había, habría lugares no ocupados por Dios). En forma análoga, puede decirse que la sociedad tiene horror al vacío de poder y que si no lo llenan los “buenos”, lo llenarán los “malos”.

Si deseamos materializar, en forma simple, lo que debemos hacer para lograr un mayor nivel de adaptación al orden natural, ello implica tener presente que sólo existen cuatro actitudes o predisposiciones básicas, siendo el amor al prójimo la más eficaz. Así, teniendo presente la existencia de la empatía emocional, debemos tratar de compartir penas y alegrías ajenas como propias, que ha de coincidir con el cumplimiento de los mandamientos de Cristo, quien señala que "En estos dos mandamientos están sintetizados la Ley y los profetas".

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