A partir de la aceptación de la ética bíblica, surge el interrogante acerca de si tal ética conduce a la felicidad o bien hacia la infelicidad. Si asociamos el "Amarás al prójimo como a ti mismo" a la actitud por la cual compartiremos las penas y las alegrías ajenas como propias, todo indica que resulta ser el camino a la felicidad; también a la vida eterna si es que tal vida existe. Sin embargo, resulta fácil advertir que son muchos los cristianos que asocian su religión con un camino de sacrificios y sufrimientos. En realidad, no depende de cada uno de nosotros decidir los efectos que seguirán luego de "amar al prójimo" como a uno mismo, ya que tales efectos vienen inscriptos en nuestra naturaleza humana.
Entre los motivos por los cuales se rechaza al cristianismo, encontramos la mencionada asociación de la ética bíblica al sacrificio y el dolor como camino al cielo. Puede decirse que tal postura delata el no cumplimiento de los mandamientos cristianos. De lo contrario, se habría advertido fácilmente que resultan eficaces para el logro de un elevado grado de felicidad. Si ayudar a alguien supone el "mérito" de haberse "sacrificado" haciendo el bien, ello indica que no existió el amor en grado suficiente, o que directamente no existió.
Es oportuno mencionar un escrito al respecto:
RELIGIÓN Y FELICIDAD
Por Juan Arias
Para poder entender la aparente paradoja del binomio felicidad-religión tenemos que olvidarnos por un momento de las Iglesias, donde suele predicarse el amor por el sacrificio y la necesidad del sufrimiento para hacerse partícipes del dolor de Cristo y volver a los orígenes de las religiones. En los albores de las religiones, nadie había osado afirmar lo que escribió el fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, el católico y hoy santo, canonizado por el difunto papa Wojtyla, amigo de la Obra: "Bendito sea el dolor; amado sea el dolor; santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor" (Camino, 208).
No, los hombres que crearon las religiones no lo hicieron con fines masoquistas, para ser infelices, para amar el dolor. Lo hicieron, por el contrario, para que los hombres fueran más felices. El concepto de felicidad de entonces no debía de tener las sutilezas filosóficas y humanísticas de nuestra cultura moderna. Es evidente que no adoraban a sus dioses pidiéndoles, como Escrivá, más dolor y más sacrificio. Aquellos primeros seres humanos, pobladores de un planeta hostil, desconocedores aún de los misteriosos fenómenos del Cosmos, crearon sus dioses para que los defendieran de los peligros; para que los protegiesen de sus miedos; para que bendijeran sus cosechas; para que no perecieran sus hijos pequeños.
El concepto del dolor como parte de la religión nace sobre todo con el cristianismo plasmado por Pablo de Tarso, que elabora la primera teología de la Cruz, la primera teología de la redención, a través del rescate por medio de la crucifixión y muerte del profeta judío Jesús de Nazareth. El dolor y el sufrimiento comienzan a tener un lugar privilegiado entre los cristianos seguidores de Pablo hasta llegar a una especie de canonización del mismo. A partir de entonces, el cristianismo quedaría asociado al sufrimiento, más que a la felicidad.
¿Era esa también la teología de Jesús? Para empezar, Jesús no expuso a sus discípulos, ni a la Magdalena ni a Pedro y sus compañeros pescadores, ninguna teología; ni les pidió que fundaran Iglesia alguna. Jesús era un profeta viajero, sin casa propia, que iba por las aldeas de Galilea y por las ciudades de Judea y escandalizaba a todos, porque mientras su primo Juan Bautista pedía ayunos y penitencias, Jesús, al revés, los llevaba a bodas y banquetes; convertía el agua en vino y multiplicaba los panes, no les dejaba ayunar y hasta les permitía quebrantar el sábado, el día santo de los judíos, para que arrancaran espigas y comieran grano cuando tenían hambre.
Jesús no toleraba el dolor. «Curaba a todos», dicen los evangelistas. A la samaritana le ofrece un agua que quien la bebe «nunca volverá a tener sed». A Jesús no le gustaban las penitencias ni las privaciones. Solía decir que ya tendrían tiempo de sufrir. Como si dijera: la vida tiene ya bastante sufrimiento en sí misma para que vayamos a añadirle penitencias y ayunos de corte religioso.
A Jesús le gustaba repartir felicidad más que penas. Nunca pidió a nadie que se conformase con su suerte. Lo que pedía a la gente era que alzara los ojos y que, en medio de los dolores de la vida, más que a las tinieblas, mirara la luz.
(De "La felicidad invisible" de Juan Arias-Maeva Ediciones-Madrid 2007).
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