sábado, 11 de octubre de 2014

Éticas y objetivos

De la misma manera en que un empresario establece una estrategia para la producción y venta de un producto, con el objetivo de lograr buenas ganancias, cada ser humano establece su propia estrategia con el objetivo de lograr la felicidad. Puede decirse que existe una cantidad comparable de estrategias como de hombres. Así, la ética individual elegida corresponde a la estrategia mencionada mientras que el objetivo mayoritariamente elegido es el logro de la felicidad. A partir del objetivo y de la estrategia elegida, se establece la acción humana correspondiente, cuya moralidad dependerá de tal elección. Como no todas las estrategias son convincentes, algunos hombres difunden sus éticas personales para compartirlas con los demás, siendo este proceso, de prueba y error, el disponible para adaptarnos a las circunstancias que nos impone la realidad cotidiana.

De todas las éticas posibles, habrá alguna que produzca el mejor resultado. Será también la que mejor nos adapte al orden natural, por lo que podremos denominarla “ética natural”, por cuanto pareciera ser la respuesta que dicho orden requiere de nosotros como pago por el precio impuesto a nuestra supervivencia. Todas las éticas posibles constituyen la respuesta a la pregunta de “cómo somos” los hombres, mientras que la mejor de ellas responderá al “cómo debemos ser”. De ahí que el “cómo debemos ser” sea la optimización del “cómo somos”, obteniéndose por prueba y error y posterior selección artificial.

Si hemos de describir las éticas posibles, puede hacerse una gran simplificación por cuanto casi todas apuntan a tres objetivos básicos, o a una superposición de dos o más de ellos. Entre esos objetivos se encuentra la felicidad y también los disfraces que la encubren:

a) La búsqueda de placeres y sensaciones agradables orientadas al cuerpo y a los sentidos
b) La búsqueda de satisfacciones provenientes del conocimiento y del intelecto
c) La búsqueda de gratificaciones emocionales provenientes de la interacción social

Las éticas destinadas a la búsqueda del placer y las sensaciones agradables, se conocen como éticas hedonistas, cuya figura representativa es Epicuro. Si bien algunos historiadores aducen una injusta y errónea interpretación del filósofo, se lo tomará como referencia siguiendo la tradición. Jaime Balmes escribió: “Sardanápalo creía hacer una cosa que le era muy útil embriagándose de placeres, lo que consideraba como el sumo bien, supuesto que hacía poner en su busto la famosa inscripción, de la cual dijo con verdad Aristóteles que no era de un rey, sino de un buey: «Tengo lo que comí, bebí y gocé; lo demás, ahí queda»”. “Al poner el fin del hombre en los placeres sensibles es trastornar el orden de la naturaleza, tomando los medios por fines y los fines por medios. El placer de la comida se nos ha concedido para impelernos a satisfacer esta necesidad y hacernos el alimento más saludable: no nos alimentamos para sentir placer: sentimos placer para que nos alimentemos”.

“La prueba de que el fin no es el placer sensible, se ve en la limitación de las facultades para gozar: el gastrónomo más voraz está condenado a privarse de muchas cosas, si no quiere morir; y, para la inmensa mayoría de los hombres, los placeres de la mesa se reducen a un círculo mucho más estrecho. Todos los demás goces algo vivos están sujetos a la misma ley: quien la infringe, sufre, si continúa, pierde la salud, y, si se obstina, muere”.

“El epicúreo consecuente debiera hablar de este modo: «mi fin es el placer: ésta es la única regla de mi moral; gozo cuanto puedo; y sólo ceso cuando temo morir: sin este peligro no pondría ningún límite a la sensualidad; los festines, las orgías, los desórdenes de toda clase formarían el tejido de mi vida, y entonces sería yo el hombre moral por excelencia, porque me atendría con rigor al principio de la moralidad: el goce»” (De “Ética”-Editorial TOR-Buenos Aires 1960).

Respecto de la ética orientada a la satisfacción intelectual, el citado autor agrega: “¿La moralidad se fundará en la inteligencia, de suerte que sea moral todo lo que conduzca al desarrollo de las facultades intelectuales, e inmoral lo que a esto se oponga?”. “No cabe duda en que esta opinión no ofrece la repugnante fealdad de las anteriores: el desenvolver las facultades intelectuales es una acción noble, digna del ser que las posee; el sentido moral no se subleva contra quien nos presenta el término del hombre en la esfera intelectual. La contemplación de la verdad es un acto noble, digno de una criatura racional. Sin embargo, esta idea, por sí sola, no nos explica el cimiento de la moralidad: nos agrada la acción de entender, pero todavía preguntamos en qué consiste ese carácter moral de que la inteligencia se reviste, en qué la inmoralidad que con frecuencia la afea y la degrada”.

“Imaginen un filósofo que, dominado por la pasión del saber, no perdona medio ni fatiga para acrecentar sus conocimientos, y que, con el fin de proporcionarse lo que desea, olvida los deberes de su familia y sociedad, y es, además, injusto, reteniendo libros que no le pertenecen, usurpando propiedades de otros para acudir a los gastos de sus experimentos….¿será moral? ¿Le bastará para la moralidad su ardiente pasión por la ciencia? Es evidente que no”. “La combinación de la utilidad con la moralidad nos la indica nuestro deseo innato de ser felices. Respetamos, amamos la belleza moral: éste es un impulso de la naturaleza; pero también esa misma naturaleza nos inspira un irresistible deseo de la felicidad: el hombre no puede desear ser infeliz; los mismos males que se acarrea, los dirige a procurarse bienes o a liberarse de otros males mayores; es decir, a disminuir su infelicidad. Así, la moral no está reñida con la dicha, aun cuando la razón no nos lo enseñara, nos lo indicaría la naturaleza, que nos inspira a un mismo tiempo el amor de la felicidad y el de la moral".

Habiendo mostrado que la búsqueda de placeres y de conocimientos no basta para el logro de la felicidad, queda como alternativa final la búsqueda de los afectos. De ahí que la ética cristiana, o natural, consista en el amor al prójimo como búsqueda prioritaria, sin necesidad de anular los restantes objetivos pero sin permitir que anulen la búsqueda espiritual. De esa manera, la felicidad se identifica con la moralidad.

Adviértase que, por lo general, se siente envidia por quienes poseen todo aquello que no constituye la esencia de la felicidad, como son los medios materiales para lograr placeres y poder, es decir, para alejarse de los demás seres humanos. También se puede sentir envidia por quienes poseen conocimientos, pero casi nunca se la siente por quienes han logrado la felicidad plena, que son las personas simples, predispuestas al vínculo afectivo con todas las personas. De ahí que el sufrimiento asociado a la envidia sea un síntoma de que se ha errado en la elección de la estrategia que nos orientará en la vida. Cuando se la elige bien, desaparece toda posibilidad de sentir envidia. La reserva moral de un individuo, que le permite sobrellevar las adversidades en forma poco conflictiva, implica la adopción preponderante de valores espirituales, o afectivos, dejando de lado aquellos que corresponden a la búsqueda de placeres y comodidades para el cuerpo. De esa forma se libera efectivamente de muchos contratiempos que, amargando la vida del hedonista, para él sólo significan pequeñas incomodidades.

Para conocer la escala de valores predominantes en una persona, podemos observar qué aspectos de su vida sacrifica y cuáles conserva. Esto se hace evidente en las personas con exposición pública, como los políticos. Así, en los países en decadencia moral, el político populista tiende a sacrificar su dignidad y su prestigio mintiendo públicamente y difamando a sus rivales de turno. Hace evidente que en su escala de valores no predominan precisamente los valores éticos, o afectivos. Por el contrario, en los países normales se advierte que los políticos tienden a colaborar con sus ocasionales rivales por cuanto sobreentienden que la patria y sus propios valores éticos deben predominar sobre sus mezquinos intereses personales. José M. Goñi Moreno relata una experiencia vivida en Nueva Zelanda: “Hace quince años se celebraba en Wellington, capital de Nueva Zelanda, la reunión de expertos de la Oficina Internacional del Trabajo. Al inaugurarse las deliberaciones el Primer Ministro neozelandés dijo a los expertos reunidos: «Las realizaciones sociales que ustedes elogian, justifican nuestro orgullo. Pero debemos advertir que esta legislación social fue implantada antes de que nosotros llegásemos al gobierno»”.

“Terminado el discurso se escuchó una voz desde el fondo de la sala: «Pido la palabra en mi carácter de ex Primer Ministro. Es verdad, señores, que nosotros, los laboristas, planeamos el sistema de seguridad social que se aplica en este país. Pero esta es una parte de la verdad. Las realizaciones que ustedes admiran son obra de los conservadores, que se caracterizan por perfeccionar las instituciones que les dejamos»”.

“Y ante la sorpresa de muchos expertos, agregó; «Nosotros también conocemos, señores, la lucha política. Combatimos por el triunfo. Pero después de las elecciones, los neozelandeses somos llamados a colaborar con prescindencia de nuestra militancia, en un esfuerzo de conjunto en bien del país»”. “Me encontraba entre los expertos convocados. Fue la enseñanza más inolvidable que recibí en una reunión internacional. Me parecían increíbles esas palabras. Y desde entonces imaginé que una escena semejante, demostrativa de una auténtica y sincera cultura política, podría vivirse algún día en los niveles dirigentes de la Republica Argentina” (De “La hora decisiva”-A. Peña Lillo Editor-Buenos Aires 1967).

La escala de valores predominante en la Argentina, acentuada desde la dirigencia política populista, es la que conduce al agravio y la difamación. Incluso resulta frecuente escuchar opiniones en las cuales se evidencia un desacuerdo a que en el fútbol se incorporen tecnologías que eliminen los errores arbitrales y, sobre todo, las trampas realizadas por los jugadores porque, se aduce, ello le quitaría la “picardía” al fútbol. Esto hace recordar las palabras de Jorge Luis Borges: “La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama «viveza criolla»”.

En cierta ocasión, el autor del presente escrito tuvo la oportunidad de hablar con un jugador de fútbol cuya actividad deportiva se remontaba a algunas decenas de años atrás. En tal conversación advirtió, con cierta sorpresa, que el deportista relataba algunas trampas e incorrecciones deportivas jactándose por ello, lejos de arrepentirse. De ahí que, posiblemente, en un país en que una gran parte de sus integrantes trate de demostrar a los demás que es una persona “viva” (inteligente, mentalmente hábil) se deba precisamente a la necesidad de contrarrestar la real ausencia de tal capacidad.

viernes, 10 de octubre de 2014

Confianza y libertad

La confianza es uno de los valores que permite el desarrollo de los pueblos y es el que debe predominar entre sus integrantes en toda acción y actitud. La confianza mutua generalizada surge solamente en sociedades en las que predominan los valores éticos elementales. Por el contrario, en un país en donde los delincuentes son dejados en libertad, a la espera de una pronta “reinserción social”, impera temor y desconfianza. Así, cada ciudadano tiende a protegerse de cualquier desconocido ante la presunción de que pueda asaltarlo o matarlo. De ahí que exista una precautoria marginación social hacia la gente “sospechosa” aunque el gobierno proclame que está promoviendo la inclusión social y la igualdad. Alain Peyrefitte escribió:

“En cuarenta años de observaciones, la actitud de confianza o desconfianza de la persona nos ha aparecido -bajo formas muy diversas- como la médula de las conductas culturales, religiosas, sociales y políticas que influyen decisivamente en el desarrollo”. “Nuestra hipótesis es que el motor del desarrollo radica en último término en la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria e inventiva; a una libertad que conoce sus contrapartidas, sus deberes, sus límites: en síntesis, su responsabilidad, es decir, su capacidad para responder por sí misma. Pero como la práctica de tal libertad es aun exigua en el mundo, es dable temer que la hambruna, la enfermedad y la violencia merodeen largo tiempo en nuestro planeta”.

“Incluso pueden retornar con pleno vigor en zonas que hasta ahora se han librado de esos males por decenios. El progreso perpetuo no existe, los agentes dinámicos de nuestras sociedades pueden ser asfixiados o extenuados, aunque sólo fuera por el peso de un Estado invasivo, de un igualitarismo excesivo, de una reivindicación de «siempre más» cual un derecho adquirido; por el olvido de los deberes, que son la contrapartida indispensable de los derechos; o por la competencia insostenible de pueblos atrasados que, para escapar de la miseria, despliegan sus noveles capacidades de producir mucho más a menor precio e igualmente bien” (De “La sociedad de la confianza”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1996).

La confianza surge como una consecuencia inmediata del nivel moral existente en una sociedad. Mariano Grondona escribió: “En una sociedad en donde imperan comportamientos morales, cada ciudadano cumple sus obligaciones a la espera de que los otros también lo hagan; de tal forma, la sociedad progresa. En una sociedad en donde abundan comportamientos inmorales, la expectativa contraria induce a cada ciudadano a resguardarse, a «cubrirse», contra el inesperado incumplimiento del otro. Si el otro no va a pagar sus impuestos, ¿por qué voy a hacerlo yo por mí y por él? Arrastrada por la desconfianza, la sociedad inmoral anula sus mejores posibilidades”.

Respecto de las diferencias entre países desarrollados y subdesarrollados, agrega: “Como parte de un más amplio fenómeno cultural, la diferencia entre las sociedades desarrolladas y las que no lo son es también una diferencia moral. ¿En qué sentido? En varios. Primero, porque las sociedades desarrolladas sólo exigen una moral media: que cada uno busque sus objetivos individuales sin violar el derecho de los demás. Al proponerse esa meta moderada, en general la alcanzan, mientras las sociedades subdesarrolladas exageran el reclamo moral, exigiendo a sus miembros que todo lo den en nombre de un alto ideal –ya sea la solidaridad, Alá o el Estado- y desdoblándose a partir de ahí entre la moral que se proclama –todo- y la moral efectiva –poco o nada-”.

“La segunda diferencia entre los dos mundos en cuanto a la moral va al corazón del asunto. Se trata nada menos que de lo siguiente: en los países subdesarrollados la moral es por lo general derivada, dependiente de otras influencias culturales como la religión o la ideología. La moral no es en ellos la de cada cual, sino aquella que impone el partido, una iglesia o el Estado. Pero el fenómeno moral consiste precisamente en lo contrario: que cada individuo se sienta obligado, por lo pronto, consigo mismo. La persona auténticamente moral se da sus propias normas, se atiene a ellas. Es … autónoma (del griego autós, ‘uno mismo’, y nomos, ‘ley’). Un ser es autónomo cuando se obliga ante sí mismo aunque nadie lo vea, cuando «ha decidido tener una conciencia», según la expresión de Martin Heidegger”.

“En tal sentido, la vigencia de la moral individual, al margen de una religión o una doctrina oficiales, es un fenómeno estrictamente moderno. Podríamos decir que una sociedad es moderna cuando sus miembros se dictan a sí mismos su código moral, cuando nadie desde afuera y por encima de ellos les dice lo que tienen que hacer. En las sociedades subdesarrolladas, el hecho de que Alguien, con mayúscula, dicte a los demás las normas del comportamiento bloquea el formidable despliegue de energía que nace de la motivación individual. Pero las sociedades desarrolladas existen justamente porque ellas cuentan con esa infinita reserva de energía. Al permitir que cada uno formule «autónomamente» su plan de vida, las sociedades modernas permiten la explosión de las ambiciones y los sueños personales”.

“Imaginemos para ilustrar estas ideas que nos hallamos frente a dos sociedades, una de ellas equipada con la vigencia de una moral y la otra dependiente en cambio de un sistema de castigos exterior a la conciencia de los individuos para lograr que cumplan al menos parte de sus deberes morales. Las ventajas de la primera sociedad serán decisivas. En una sociedad donde la mayoría de los individuos cumple habitualmente con sus obligaciones –trabaja, respeta lo ajeno, paga sus impuestos…- porque cada cual se siente obligado ante sí mismo sin necesidad de que lo vigilen, el Estado puede dar un paso atrás; la libertad, la creatividad individual, resultan posibles. Hay más sociedad y menos Estado. A través del proceso educativo, cada persona se instala entonces dentro de su propio rigor en lo que ella se exige a sí misma aunque nadie la vea, y entonces dar libertad a las personas ya no resulta sinónimo de anarquía sino, por el contrario, de trabajo y productividad. En una sociedad dotada de educación moral, sus miembros piden libertad para llegar a ser más y no menos que lo que son; para ponerse a la altura de sus osados sueños” (De “Bajo el imperio de las ideas morales”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1987).

Cuando existe un nivel moral y de confianza adecuado, aparece el ámbito ideal para la libertad individual, posibilitando que cada uno pueda realizar sus potencialidades personales. Tal es, en definitiva, la tendencia compatible con el liberalismo. Fulton J. Sheen escribe sobre la libertad de elección: “Hay tres definiciones de libertad, dos de ellas son falsas y una es verdadera. La primera definición falsa es: «Libertad es el derecho a hacer cualquier cosa que me agrade». Esta es la doctrina liberal de la libertad, que la reduce a un poder físico más que moral. Por supuesto, somos libres para hacer cualquier cosa que nos dé la gana, por ejemplo: descargar una ametralladora sobre las gallinas del vecino, conducir un automóvil sobre la vereda, llenar el colchón del vecino con hojas de afeitar usadas y clavos, pero ¿debemos hacer estas cosas? Esta clase de libertad, por la que cada cual tiene el derecho de procurar su propio beneficio y gusto, produce confusión y males. No hay liberalismo de esta clase especial sin un mundo de egotismos en conflicto, en el que nadie quiere sumergirse por el bien común”.

Al respecto, puede decirse que el citado autor, quizás sin quererlo, difama al liberalismo e incurre en una mentira, ya que las actitudes antes ejemplificadas y consideradas como “liberales”, se refieren en realidad a una persona inmoral, psíquicamente enferma, que nada tiene que ver con el pensamiento de las figuras representativas del pensamiento liberal, que son quienes promueven los valores de la libertad. Este tipo de difamación gratuita tiende a fortalecer la postura totalitaria que busca anular y reemplazar al liberalismo. Incluso tal libertinaje mencionado ni siquiera podría asignarse al anarquismo, ya que tampoco los ideólogos respectivos promueven una libertad incondicional que habilita a todos a hacer lo que les venga en ganas. De ahí que sea conveniente leer al menos un poco a los autores representativos del liberalismo. Si hemos de valorar toda tendencia del pensamiento por algunos casos concretos observados en la vida diaria, entonces hasta el propio cristianismo podría ser calumniado y difamado; lo que ocurre muchas veces al no tener en cuenta que cristianismo implica lo que su fundador dijo e hizo.

El citado autor prosigue: “A fin de superar esta confusión en la que cada uno haría lo que le pluguiera, surgió la segunda falsa definición de libertad: «Libertad es el derecho de hacer lo que tenemos que hacer». Esta es la libertad totalitaria, así expuesta y desarrollada para destruir la libertad individual en beneficio de la sociedad. Engels, quien junto con Marx escribió la Filosofía del Comunismo, dijo así: «Una piedra es libre para caer porque tiene que obedecer a la ley de gravedad». Así, el hombre es libre en la sociedad comunista porque debe obedecer a la ley del dictador”.

“El verdadero concepto de libertad es: «Libertad es el derecho de hacer lo que debemos hacer», y ese debemos implica objetivo, finalidad, moralidad y ley de Dios. La verdadera libertad está dentro de la ley, no fuera de ella. Yo soy libre para diseñar un triángulo si le doy a esa figura tres lados, pero no, si procediendo con amplitud de miras le doy cincuenta y siete lados. Yo soy libre para volar con la condición de que obedezca a las leyes de la aeronáutica. Y en el reino espiritual, tengo la mayor libertad posible cuando obedezco a la ley de Dios” (De “El primer amor del mundo”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1953).

Si se considera que la ley natural es la ley de Dios, el liberal la contempla prioritariamente, por cuanto tiende a acatar las descripciones de las leyes naturales establecidas por las distintas ciencias sociales, como la economía. Además, la compatibilidad entre liberalismo y cristianismo se advierte en el hombre occidental cuya civilización se ha establecido a partir del liberalismo, con la democracia política y económica, y del cristianismo, con su ética natural. También confirma tal compatibilidad el hecho de que, las principales figuras totalitarias, atacan tanto al liberalismo como al cristianismo; ataque que implica todo un elogio teniendo en cuenta de donde proviene. Ludwig von Mises escribió:

“Desde tiempos inmemoriales, el Occidente ha valorado la libertad como el bien más precioso. La preeminencia occidental se basó precisamente en su obsesiva pasión por la libertad, ideario social éste totalmente desconocido por los pueblos orientales. La filosofía social de Occidente es, en esencia, la filosofía de la libertad. La historia de Europa, así como la de aquellos pueblos que expatriados europeos y sus descendientes en otras partes del mundo formaron, casi no es más que una continua lucha por la libertad. Un individualismo «a ultranza» caracteriza a nuestra civilización” (De “La Acción Humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).

miércoles, 8 de octubre de 2014

El conductismo social

Mientras que el conductivismo psicológico se caracteriza por utilizar el vínculo E-R (estímulo-respuesta) para la descripción del comportamiento individual, el conductivismo social se caracteriza por utilizarlo a través del concepto de actitud. Mientras que el vínculo E-R, en el primer caso, se aplica al campo de las respuestas de tipo emocional o fisiológico, en el segundo caso se lo aplica a la respuesta completa de un individuo contemplando tanto la interacción social como el aspecto cultural asociado.

El conductivismo de John B. Watson, aplicado al hombre, aparece como una ampliación de su empleo en la descripción de la conducta animal, en la cual no existe la introspección. George H Mead escribió: “Quedaba, sin embargo, el campo de la introspección, de las experiencias que son privadas y que pertenecen al individuo mismo –experiencias comúnmente llamadas subjetivas. ¿Qué había que hacer con ellas? La actitud de John B. Watson fue la de la Reina en «Alicia en el País de las Maravillas»: «¡Cortadles la cabeza!»; tales cosas no existían. No existía la imaginación ni la conciencia” (De “Espíritu, persona y sociedad”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1972).

El conductismo social es el ámbito adecuado tanto para la descripción del individuo como del grupo social. Ello se advierte a partir de la utilización del concepto de actitud, por cuanto implica el vínculo existente entre individuo y grupo social. “En psicología social no construimos la conducta del grupo social en términos de la conducta de los distintos individuos que lo componen; antes bien, partimos de un todo social determinado de compleja actividad social, dentro del cual analizamos (como elementos) la conducta de cada uno de los distintos individuos que lo componen. Es decir, que intentamos explicar la conducta del individuo en términos de la conducta organizada del grupo social, en lugar de explicar la conducta organizada del grupo social en términos de la conducta de los distintos individuos que pertenecen a él”.

En realidad, resulta difícil priorizar al individuo o al grupo social por cuanto sin los primeros no existe el segundo, mientras que si no existe el grupo social, la actitud del individuo prácticamente no puede formarse, excepto a un nivel cultural muy limitado. Gino Germani escribió: “Una actitud se define como una disposición psíquica, para algo o hacia algo, disposición que representa el antecedente interno de la acción y que llega a organizarse en el individuo a través de la experiencia –vale decir, es adquirida- y resulta de la integración de elementos indiferenciados biológicos y de elementos socioculturales específicos” (De “Psicologías del Siglo XX” de Edna Heidbreder-Editorial Paidós-Buenos Aires 1967).

Puede decirse que, mientras el grupo social tiende a formar las componentes afectivas y cognitivas de la actitud característica de cada individuo, tales componentes se proyectan hacia el grupo social para caracterizarlo mediante una especie de actitud característica grupal predominante. Sin embargo, no todo individuo es influenciable de la misma manera por el grupo social ni es influyente de la misma manera sobre el grupo, sino que existe un equilibrio dinámico entre individuo y sociedad. Gino Germani escribe: “Entre otras ventajas, el concepto de actitud presenta la de constituir el nexo entre las dos ramas de que se compone la psicología social actual: la psicología social de los grupos o psicología colectiva, y la psicología social del individuo”.

A partir del punto de vista de las actitudes, puede determinarse el concepto de personalidad. Como cada individuo posee las mismas componentes afectivas y cognitivas básicas que los demás, aunque en distintas proporciones, tales proporciones definirían su personalidad. Germani escribe al respecto: “Un grupo de investigadores interpreta la personalidad simplemente como una colección de actitudes altamente específicas”. “Sus principales autores, Cattel, Woodworth y Thorndike, sostienen que es posible reducir la personalidad a un cierto número mínimo de componentes básicos y uniformes, análogos en todos los hombres”. “El punto de vista común de los autores de esta tendencia es que la personalidad debe considerarse como una función de la sociedad, pero que al mismo tiempo es capaz de trascenderla. Afirman que si, por un lado, ella representa el «aspecto subjetivo de la cultura», por el otro posee la capacidad de trascender las formas culturales para transformarse de simple receptora en creadora de nuevas formas. La tarea de la psicología social consiste justamente en describir y explicar cómo se efectúa este incesante proceso de transmisión y creación de formas culturales a través de la personalidad humana”.

Lo interesante del conductismo social aparece en la forma en que George H. Mead describe la interacción social, para quien el acto psíquico social “es aquel en el que el individuo sirve en su acción como estímulo a la respuesta de otro individuo”. “El carácter más importante de la organización social de la conducta no es que un individuo en el grupo social hace lo que los demás, sino que la conducta de un individuo constituye un estimulo para que otro individuo realice determinado acto, y que a su vez este último acto se transforme en estímulo para una posterior reacción por parte del primer individuo, y así continuando en una interacción sin fin”.

Tal interacción social, denominada por Mead como una “conversación de actitudes”, es la que conforma la individualidad asociada a la personalidad de los seres humanos. Germani agrega: “El surgimiento del «yo» obedece a un proceso de interacción de esta misma naturaleza. Según Mead lo característico del «yo» es su capacidad de erigirse en objeto para sí mismo: en ello reside su esencia, la esencia de la individualidad misma. Esto es lo que lo diferencia de los animales, pues también la razón depende de esta capacidad que tiene el individuo de colocarse en el mismo campo de experiencia que los demás seres, hacia los cuales actúa en la interacción. Con otras palabras, la interacción social –es decir, la sociedad- se traslada en el interior mismo del individuo, y su esencia como ser humano consiste en tal capacidad de interacción consigo mismo”.

Desde el conductismo social se establece también la forma en que un niño va conformando su propia personalidad. Tal proceso ocurre cuando el individuo “asume la actitud o emplea el gesto que otro individuo emplearía, y además responde o tiende a responder a tal gesto. El niño se vuelve gradualmente un ser social a través de su propia experiencia y actúa hacia sí mismo de un modo similar al que emplea cuando se dirige a los demás”.

Germani agrega: “De ningún modo debe confundirse este proceso con la imitación. Mead la critica extensamente, afirmando, entre otras cosas, que ella supone ya la emergencia del «yo» como cumplida. Ejemplos de esta interestimulación se encuentran en el comportamiento del niño hacia la madre, o en el juego. Así, el niño adopta las palabras, los gestos, los tonos de la madre, es decir adopta en sí mismo el papel de ella. En los juegos del niño pequeño la interacción es todavía rudimentaria. En esta fase hay ya una tendencia a asumir un papel; así, el niño juega a ser alguien, policía, indio, etc.”. “En el juego organizado se pasa a un estadio en el que la asunción de un papel ya no se realiza al azar y al arbitrio del individuo, en este caso es necesario respetar ciertas reglas, las cuales establecen claramente el conjunto de respuestas que hay que dar frente a determinadas actitudes. Al tomar el ego cierta actitud se requiere en el alter cierta respuesta definida. Por lo tanto, el niño debe tener la capacidad de incorporar a su propia psique las actitudes de todos los demás incluidos en el juego. Tales actitudes asumen en el juego una especie de unidad organizada y esta organización de las actitudes ajenas, de los papeles ajenos en un todo unitario, es lo que Mead llama característicamente «el otro generalizado»”.

Para establecer la interacción social es necesaria una previa interacción simbólica. Francis A. Merrill escribió: “La interacción de los seres humanos no es como la de las bolas de billar, que chocan entre sí y se repelen, sino que se realiza a través de símbolos significativos comprendidos mutuamente por los participantes. La interacción social se lleva a efecto dentro de un conjunto de expectativas, reglas y normas aprendidas en la infancia a las que el individuo adapta su comportamiento después. La interacción social se caracteriza, por tanto, por «la presencia de actos expresivos por parte de una o más personas, la percepción consciente o inconsciente de esos actos por otras y la observación final de que esos actos expresivos han sido percibidos por otros» (Jurgen Ruesch)”.

“Los entes sociales realizan esta interacción conservando cada uno una personalidad propia y la condición de ente social adquirida a través del contacto con otros individuos de evolución similar. En ese proceso de socialización, el individuo aprende a «asumir el papel del otro» y a ponerse mentalmente en el lugar de aquel ante el que reacciona (George H. Mead). De esta manera, cada uno de ellos sopesa el impacto que producen sus propias palabras o gestos sobre el otro y al suponerse en su sitio se estimula a sí mismo. Consecuentemente, la interacción social no sólo incluye la que tiene lugar entre dos personas, sino también la de cada persona consigo misma” (De “Introducción a la Sociología”-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1967).

Uno de los objetivos de las ciencias sociales es el logro de una visión general que abarque la mayor parte de los fenómenos descriptos, es decir, se trata de establecer una teoría general del individuo y de la sociedad. Se advierte que ello es posible a partir del conductismo social. Así, desde las componentes afectivas de la actitud característica (amor, odio, egoísmo, negligencia) puede extraerse cierta ética natural, constituyendo una teoría de la acción ética. Luego, desde las componentes cognitivas de la actitud característica (referencia en la realidad, en uno mismo, en otro o en lo que todos dicen), y empleando el método de prueba y error de la ciencia experimental, puede extraerse una lógica analógica, constituyendo una teoría del conocimiento. Desde la interacción simbólica y el lenguaje es posible la interacción social y la formación de la personalidad. Luego, la personalidad se proyecta hacia la cultura. Se advierte que, en principio, es posible abarcar varios conceptos asociados al individuo y a la sociedad desde la visión descriptiva emergente del conductismo social. Puede hacerse un resumen:

Actitud característica => Componentes afectivas => Ética natural

Actitud característica => Componentes cognitivas => Lógica analógica

Lenguaje => Interacción simbólica => Interacción social => Personalidad => Cultura

domingo, 5 de octubre de 2014

Gino Germani vs. Arturo Jauretche

La sociología argentina llega a la mayoría de edad, o la comienza, con la llegada al país de Gino Germani, quien huye del fascismo de Mussolini para caer más tarde en las redes del fascismo criollo de Perón. Luego de haber permanecido una treintena de años en el país, finaliza su labor en la Universidad de Harvard. Para sintetizar las diferencias entre ambos totalitarismos, puede decirse que el fascismo fue apoyado por la clase media con ambición de llegar a clase alta, menospreciando a la clase baja, mientras que el peronismo fue apoyado por las clase baja intentando destruir la media y la alta. José M. Goñi Moreno escribió:

“La inclinación de tono agraviante, traducida en el desprecio de ciertos poderosos por los humildes, se reprodujo en la soberbia de la «revancha despreciativa» de algunos repentinamente ascendidos. Y cuando una parte de las manifestaciones peronistas se desataba en el desahogo de las pasiones, ordenando violentamente a los indiferentes a compartir sus ideales, en sectores de grandes ciudades no acostumbradas a tal suerte de desbordes, provocaba reacciones inútiles y contraproducentes en contra del desarrollo de una idea de merecida justicia. Muchos sectores proclives a reconocer un adecuado avance social se definieron en contra por la forma en que se exteriorizaba” (De “La hora decisiva”-Buenos Aires 1967).

En cuanto a la labor del sociólogo, Ana A. Germani escribió: “Germani había hecho de la renovación de las ciencias del hombre su proyecto de vida. El fundador de la Sociología en la Argentina se enfrentaba una vez más con sus temores más profundos. Sus teorizaciones acerca de las contradicciones de los procesos de secularización en sociedades en transición se vieron trágicamente verificados”. “Autoritarismo, crisis de la democracia, contradicciones de la modernidad, fascismos y neofascismos constituyeron las experiencias maduradas del sociólogo entre un exilio y otro. Fueron estas mismas experiencias las que conformaron la materia prima de su vocación sociológica. La obsesión por construir una ciencia social rigurosamente científica, lejos de la retórica y de la ideología, estaba fuertemente ligada a su temor a los estragos de los autoritarismos y los totalitarismos en la sociedad moderna” (De “Gino Germani. Del antifascismo a la Sociología”-Taurus-Buenos Aires 2004).

Los estudios sociológicos, previos a la etapa científica, realizados en el país, podían considerarse como una filosofía social que poco tenía en cuenta al método de la ciencia experimental. Ello no implicaba, sin embargo, que fuesen necesariamente erróneos. La transición hacia la etapa científica fue criticada por cuanto Germani proponía para las ciencias sociales el mismo método aplicado a las ciencias naturales; afirmando la unidad metodológica de la ciencia experimental. Sostiene, además, que la sociología debe fundamentarse, o ser compatible, con la psicología social, en oposición a la tendencia a considerar al fenómeno social prioritario al individual.

“Por sociología Germani entiende «el sistema de las ciencias sociológicas y, como expresión de la tendencia unificadora inherente a toda ciencia, la sociología general. Tanto ésta como las disciplinas sociológicas especiales son ciencias positivas […] Su fundamento metodológico no se diferencia del que rige para el conocimiento científico en general»”. “En las actas del Instituto … se encuentra una declaración de Germani donde expresa su deseo de dedicarse al estudio de «algunos fenómenos de psicología social (sentimientos, opinión colectiva)» de la manera como lo estaba llevando a cabo la sociografía estadounidense”. “En el artículo sobre investigación en opinión pública y actitudes sociales, predomina el concepto psicosocial de actitud, que es un «claro y preciso indicador de su futuro enfoque del estudio de los fenómenos sociales»”.

Arturo Jauretche fue un pensador nacional y popular que apoya a Yrigoyen, en su momento, como a Perón posteriormente. En cuanto a su postura respecto del liberalismo, escribió: “Se trataba de aplicar el análisis a los maestros del liberalismo y descubrir la falacia maliciosa, que señalara Litz, por medio de la cual Adam Smith llegó a ser un conquistador más terrible que Napoleón, conduciendo las doctrinas delante de los mercaderes, para desarmar a los naturales de los países conquistados, como iba el lenguaraz delante de nuestro ejército de línea, entre los salvajes”.

Con un criterio similar podría criticarse a Henry Ford por las muertes producidas por los automóviles, y al propio Cristo por las fechorías de sus aparentes seguidores. Su actitud nacionalista explica el rechazo tanto al extranjero como al supuesto colaborador local. En una carta enviada a Ernesto Sábato expresa: “Nuestras diferencias en este momento dramático son adjetivas con respecto a lo fundamental; pero entretanto, una mano extranjera organiza el cipayaje y los vendepatrias”.

Así como en el ámbito del fútbol encontramos simpatizantes civilizados y también fanáticos “barra-bravas”, en la política encontramos demócratas y también populistas y totalitarios, que son los que promueven la violencia y la desarticulación de países y pueblos. De ahí que el desprecio que Jauretche manifiesta por algunos sectores de la clase media sea similar al que existe desde barra-bravas a simpatizantes de un mismo club. María Ignacia Padilla escribió: “Germani, entre otros sociólogos, sostenía que la existencia de la clase media era un requisito fundamental para el desarrollo económico del país y proclamaba una correlación positiva entre urbanización, sectores medios emergentes y desarrollo económico”. “Significaba el recurso fundamental para la modernización de la Argentina”.

“Jauretche criticaba enérgicamente a los sectores intermedios porque no se habían hecho cargo de su función histórica debido a su postura «antinacional». Él consideraba que sólo la unión de todas las clases sociales podría vencer los intereses egoístas para que al fin el país pudiera evolucionar”. “Cabe aclarar que Jauretche, cuando habla de estos sectores medios, se refiere a dos subgrupos, que juntos conforman «el medio pelo», y no incluye a la clase alta tradicional ni a gran parte de lo que se entiende por clase media. Por un lado, están los «desclasados» de la alta sociedad o «primos pobres de la oligarquía», que vendrían a ser la tercera generación de inmigrantes, aquellos que no lograron ser parte de la clase alta argentina terrateniente pero siempre añoraron serlo. Su ideología tradicional se entremezcla con una más moderna para definir esta nueva “especie” que aunque no tiene una buena situación económica se empeña en disimularlo. Por el otro, están comprendidos la clase media alta que es la económicamente mejor acomodada, la intelligentzia y la burguesía industrial-comercial de los últimos ascensos”.

“Señala a estos intelectuales que desde la época de Sarmiento asimilaron los valores de la cultura europea como propios llevando al país hacia la dependencia civilizatoria que tanto repudia el autor. A su vez Germani, al describir a la clase media incluye dentro de esta categoría a la clase alta por considerar que, debido a su escasa proporción, no incidiría en los resultados finales; es decir: la clase media es para este autor toda la población excepto la clase obrera”.

Jauretche culpa a sectores de la clase media el fracaso del peronismo, sin advertir que el odio populista nunca puede unir al pueblo, sino sólo a desunirlo. “Buscan, por sobre todas las cosas, «parecer», porque todavía no descubrieron quiénes «son» realmente. Conservan un resabio de las ideologías conservadoras que se confunden con las pautas culturales de la burguesía, y la rapidez del despegue no colabora para nada a la afirmación de la personalidad. Esta desorientación es la causa de la búsqueda de prestigio, entonces la burguesía y la alta clase media copian a los primos pobres porque los confunden con la clase alta, y estos últimos imitan a la clase alta porque simplemente no se reconocen como clase social”.

“Arturo Jauretche se ensaña con estos neófitos porque persiguen el éxito de su propio negocio, son egoístas, ambiciosos, y principalmente porque no cumplen su función conductora dentro del Proyecto Nacional. Despotrica contra el «medio pelo» utilizando todo tipo de adjetivos descalificadores porque lo que realmente condena es la supuesta falta de interés colectivo de este grupo, adjudicándole por esta causa la derrota del «Proyecto Nacional» del año 1955, al cual adhiere. Él considera que este sector fue el más incapacitado para comprender la nueva realidad por su falsa ubicación entre la clase alta y la clase media en general. A diferencia de la clase obrera, que se expresaba en la organización sindical, la burguesía y la clase media alta no formaron un medio de expresión política para defender sus intereses. Tanto fue así que en lugar de aliarse como un todo y pensar en términos nacionalistas, eligieron sus intereses egoístas intentando mantener desesperadamente el status de imagen de la clase alta”.

“Gino Germani sostiene que la clase media actuó en un comienzo junto con las clases bajas por medio del partido radical, y juntos obtuvieron grandes logros al romper con la concentración política y económica de la elite conservadora. Aun valorando estos logros, acepta sus limitaciones al reconocer la capacidad de consentir los golpes militares cuando las necesidades económicas apremiaron”. “A partir de estas consideraciones, podemos decir entonces que por un lado se encuentra Germani, que desde una teoría científica espera que la clase media lleve a cabo su rol estabilizador en el proceso desarrollista, y por el otro Jauretche, que desde el rencor que le produce el final del peronismo por lo que representaba inculpa a este sector social porque no se reconocieron como clase, dividieron a la Argentina, y no defendieron el Proyecto Nacional” (De http://p3.usal.edu.ar ).

Otro punto de desencuentro entre ambas posturas se encuentra en el universalismo de la actitud científica de Gino Germani, para quien los planteamientos de las ciencias sociales tienen similar validez en los distintos pueblos mientras se tengan presentes las particularidades regionales. Por el contrario, la actitud nacionalista-populista asocia lo extranjero a “la colonización pedagógica”, especialmente si proviene de un país por el que se siente cierta adversión. Para el nacional-populista no existe una cultura universal a la cual los distintos pueblos deben realizar aportes, sino que debería buscarse una cultura propia que nos diferencie y nos separe de los demás. Refiriéndose a la figura más importante de la ciencia nacional y de la clase media (Bernardo Houssay), Jauretche escribe:

“Este descubrimiento [del Dr. Alvarado] es técnicamente mucho más importante que el que se atribuyó el Dr. Houssay, producto, como se ha visto de la casualidad y la comprobación ajena. Y lo es mucho más si se lo considera del punto de vista social y nacional”. En cuanto a un matemático peronista, le atribuye haber demostrado algo que la comunidad internacional de matemáticos le reconoce varios años después a un británico, observando conspiraciones y traiciones cipayas en la ciencia como lo hace en política y economía: “En la más extrema pobreza Carlos Biggeri trabajó hasta sus últimas horas en su especialidad”. “Entre sus muchos trabajos había resuelto el llamado «teorema de Fermat», propuesto hace ya más de 300 años” (De “Los profetas del odio”-A. Peña Lillo Editor SRL-Buenos Aires 1973).

jueves, 2 de octubre de 2014

Sin principios ni finalidad

Puede describirse la crisis padecida por una sociedad a partir de la ausencia de principios éticos o, en otras palabras, por la existencia de una situación de anomia generalizada. Así como la anemia es un síntoma de la debilidad corporal de una persona, la anomia es un síntoma de debilidad social. La ausencia de principios, que deberían predominar y respetarse a todo nivel, conlleva a establecer una gran diversidad de normas restrictivas que limitan el libre accionar de todos. Publio Cornelio Tácito escribió: “El Estado más corrompido es el que más leyes tiene”.

La ausencia de normas éticas proviene de la falta de objetivos en la vida y éstos de la falta de valores que se pretende lograr. Así, en el caso de un científico, el valor que motiva su vida es el conocimiento. De ahí que tenga un objetivo, o una finalidad, que orientará sus acciones. Luego, amoldará su vida a esa finalidad adoptando principios éticos que le facilitarán su logro. Puede decirse que el trío valores-objetivos-principios se presenta, o no, en cada individuo, bajo una similar proporción de cada uno de los componentes. Por ello, toda crisis social implica la ausencia generalizada de valores, de objetivos y de principios.

En el caso general, para llevar una vida feliz, se deberá adoptar un sentido de la vida, valores y ética que sean compatibles con cierta finalidad implícita en el propio orden natural. Cuando ello no se logra, aparece el sinsentido o bien el reemplazo del conocimiento orientador por ideologías que incluso pueden ir en contra de ese sentido. Claude Tresmontant escribió: “Si hay fracaso, la culpa no deberá ser imputada al Universo, ni a la Creación, sino al hombre. Y Teilhard veía en las filosofías del absurdo y en la derelicción los signos inquietantes de un «aburrimiento» que, para él, es el más grande, el único peligro que puede amenazar a la evolución” (De “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1966).

Si los objetivos individuales fuesen opuestos a los colectivos, entonces estaríamos en un serio problema. Sin embargo, la actitud cooperativa tiende a producir mayores niveles de felicidad que las actitudes competitivas, o la indiferencia, desapareciendo tal incompatibilidad. Como se dijo, los conflictos sociales se deben principalmente a la ausencia de valores-objetivos-principios, y al reemplazo o sustitución por otros incompatibles con la ley natural, pudiendo hacerse el siguiente esquema:

a) Sociedad sin crisis: valores, objetivos y principios individuales se proyectan a la sociedad
b) Sociedad en crisis: predomina la ausencia de valores, objetivos y principios a nivel individual
c) Profundización de la crisis: se reemplazan valores, objetivos y principios compatibles con la ley natural por ideologías que imponen otros distintos, incompatibles con aquella

Al desconocerse la validez de la religión, se ignoran los mandamientos a ella asociados, sin advertir que las leyes naturales tienen vigencia tanto para los creyentes como para los no creyentes en su existencia. De esa manera se llega al reemplazo de las normas éticas por las leyes hechas por abogados y políticos. Por este camino se ha establecido en la Argentina una especie de experimento social a gran escala por el cual se trata de reinsertar en la sociedad a peligrosos delincuentes, con un alto precio para las victimas inocentes, que están sentenciadas a soportar las acciones de quienes optaron por excluirse de la sociedad y que están motivados por sentimientos de odio y venganza contra el éxito aparente de los demás.

Desde el propio gobierno, junto a los ideólogos que promueven al populismo, se ha establecido que la delincuencia urbana implica una justa venganza desde el delincuente hacia la ciudadanía que, supuestamente, lo excluyó previamente de la sociedad. Se concluye que la desigualdad social es la causa principal de la delincuencia, por lo cual todo empresario, o todo trabajador exitoso, son los grandes culpables de la inseguridad por cuanto crean riquezas (y desigualdad social) y no las comparten con el vago, el irresponsable o el poco asiduo al trabajo productivo. Ante semejante alternativa, quienes captan el mensaje populista, tienen motivos adicionales para autoexcluirse de la sociedad, y estiman conveniente intentar la “justicia social por mano propia” y cada vez que roban, suponen que están tomando aquello que por derecho les pertenece y que les ha sido arrebatado injustamente bajo el amparo de un sistema social y económico excluyente. Cada vez que asesinan, suponen que es un acto de justa venganza, ya que adoptan como referencia un socialismo amplio, sin propiedad privada, de manera que no existiría el robo y tampoco la necesidad de venganza contra quien “no comparte” sus pertenencias con el próximo, ya que tal situación quedaría excluida.

Quienes no le encuentran lógica alguna al hecho de que un delincuente, luego de ser filmado cometiendo un asalto a mano armada, siga en libertad, promoviendo incluso que muchos otros piensen en las ventajas económicas de cometer asaltos similares sin ser detenidos, deben tener presente que se trata de la consecuencia inevitable de la alta aceptación que el ideal del socialismo tiene en jueces y políticos, y que son quienes aplican y hacen las leyes, respectivamente. Suponen que bajo un sistema en el cual el Estado expropia el total de lo producido y lo redistribuye con justicia, es decir, igualitariamente, le ha de tocar casi lo mismo al productor que al vago. Luego, no habrá desigualdad social, no habrá exclusión, ni envidia, ni tampoco habrá necesidad que el delincuente tome un arma para exigir que le sea entregado lo que le corresponde “según sus necesidades”. Tampoco el productor se ha de sentir mal ya que ha producido “según su capacidad”, que es la sugerencia básica del socialismo. Si bien puede resultar fácil convencer al vago acerca de las ventajas del socialismo, ya que podrá vivir igualitariamente a costa del trabajo ajeno, resulta bastante menos sencillo convencer al trabajador de que debe trabajar arduamente para compensar la producción deficitaria de quienes tienen poca predisposición por el trabajo y que ni siquiera se lo han de agradecer, porque la propia “recompensa moral” les tiene que bastar y sobrar.

La igualdad social, entendida como igualdad económica, es un falso valor que tiende a provocar violencia social y severos deterioros económicos, mientras que la igualdad social, entendida como igualdad surgida de aspectos afectivos, como la proveniente del amor al próximo predicado por el cristianismo, constituye el punto de partida para la superación de toda crisis, tanto a nivel individual como colectivo.

¿Cómo hemos llegado a esto? Por lo general se trata de realizar un análisis histórico contemplando la secuencia que va desde el pasado hasta el presente, observando deficiencias y aciertos, tratando de evitar las primeras y repetir los segundos. Sin embargo, todo análisis de este tipo requiere de una interpretación adecuada, que muchas veces está determinada por la ideología predominante en la mente del historiador. Incluso autores cuyas acciones a favor de la nación fueron meritorias, pueden diferir en cuanto a la valoración de los distintos hechos de nuestra historia.

Si bien la historia resulta ser una valiosa fuente de ejemplos, no es necesario ni conveniente adoptarla como única referencia para corregir los errores incurridos en el presente, ya que éstos son esencialmente morales, es decir, que están asociados al trío valores-objetivos-principios. De ahí que ese trío debe ser tomado como principal referencia para orientarnos en cualquier momento de la historia. Sin embargo, es necesario tener presente la historia cuando se trata de adoptar posturas similares a las adoptadas en otras épocas, o en otros países, especialmente cuando produjeron malos resultados.

La tragedia de los pueblos se intensifica cuando se produce la sustitución de la religión por una ideología populista o totalitaria, cuyos efectos negativos resultan perdurables. Gino Germani escribió: “El reino de la intolerancia va a instaurarse, la fe política toma los caracteres de la religiosa, sus mismas formas exteriores, la terminología, los símbolos religiosos. La rigidez de la creencia política, por la cual no se puede admitir otra verdad distinta de aquella en la que se cree, esa intransigencia es la antitesis de la relatividad de las ideas que constituyó el carácter más particular del siglo XIX […] Después de la estandarización de los productos, la estandarización de las ideas. Nuestro siglo [se refiere al XX] podría con derecho llamarse el «siglo de las camisas», y no se diría en broma que la adopción de las camisas y de los otros símbolos por los partidos puede considerarse un seguro indicio de la transformación que se cumple en las costumbres políticas. El espíritu militar y guerrero que anima las modernas formulaciones políticas señala el pasaje de la lucha política mediante la lucha de ideas a lucha de fuerzas materiales” (De “Gino Germani. Del antifascismo a la sociología” de Ana A. Germani-Taurus-Buenos Aires 2004).

Carlos Alberto Montaner escribió recientemente: “¿Quién ha dicho que hay una crisis inusual en Argentina? Es la misma de siempre. Gasto público excesivo, corrupción galopante, Estado prebendario, clientelismo, incumplimiento de las obligaciones, capitalismo de compadreo, inflación, desabastecimiento, cambio negro de dólares (que aquí, no sé por qué, se llama dólar blue y se prohíbe, pero se tolera, como sucede con la prostitución). El oficial está a 8. El blue, a 15. El pronóstico es que aumentará ese diferencial en la medida en que se prolongue la incertidumbre y se vaya instalando el pánico”.

“¿Por qué, cada cierto tiempo, como si fuera una extraña maldición recurrente, Argentina, pese a su legendaria riqueza natural, se precipita en el caos? Quienes conocemos América Latina palmo a palmo sabemos que la concentración de talento en este país es la mayor de la región. Son los latinoamericanos mejor educados y más informados. Tuvieron casi ochenta años espléndidos, de 1853 a 1930, período en el que crearon una mayoritaria y asombrosamente resistente clase media. No obstante, con altibajos, el país, que fue una de las naciones más prósperas del planeta, comenzó lentamente a involucionar”.

“En la década de los ochenta el ensayista norteamericano Larry Harrison publicó un libro titulado «El subdesarrollo es un estado de la mente». Afirmaba y, a mi juicio, probaba, que alcanzar la prosperidad o vivir en la miseria era el resultado de las creencias, actitudes y valores que suscribían las personas. Había culturas orientadas a crear riquezas y otras que las destruían. Los argentinos, esencialmente producto de la influencia fascista, encarnada «a la criolla» en Juan Domingo Perón, «attaché» militar en la Italia de Benito Mussolini antes de hacerse con el poder y con la historia del país, echaron por la borda las enseñanzas de Juan Bautista Alberdi y de Domingo F. Sarmiento, dos políticos y pensadores liberales de la segunda mitad del siglo XIX, sustituyéndolas por el credo peronista” (De http://infobae.com )

martes, 30 de septiembre de 2014

El lenguaje cotidiano y la política

Quien tiene algo que ocultar, en el ámbito de la economía o de la política, trata de reducir la realidad social a un conjunto de frases hechas que la mutila, la distorsiona o la encubre totalmente. Con ese pequeño conjunto de frases se abre camino hasta llegar al poder, manteniéndolo una vez conquistado. Por el contrario, quienes se proponen construir una visión acorde a la realidad, necesitan apoyarse en ideas y conocimientos concretos, a veces difíciles de reducir a frases cortas y determinantes. Construir siempre resulta bastante más difícil que destruir.

La poca predisposición del ciudadano corriente a adquirir conocimientos concretos, le impide dedicar tiempo suficiente a un escrito cuyo tamaño vaya algo más allá del eslogan o del cliché. Incluso piensa que una ideología capaz de revertir una severa crisis moral y social se ha de construir sólo con pequeñas frases que servirán para contrarrestar aquellas vigentes, sostenedoras y promotoras de la crisis en cuestión. Si alguien puede lograr éxito por ese camino, tanto mejor para todos. José Maria Martínez Selva escribió:

“Un aspecto esencial del lenguaje político son los clichés, palabras que encapsulan, con sospechosa brevedad y sencillez, aspectos sociales complejos. Ortega decía al respecto que «los credos políticos, por ejemplo, son aceptados por el hombre medio no en virtud de un análisis y examen directo de su contenido sino merced a que se convierten en frases hechas […] El hombre medio piensa, cree y estima precisamente aquello que no se ve obligado a pensar, creer y estimar por sí mismo en esfuerzo original». El cliché consigue al mismo tiempo facilitar la comunicación y oscurecer la realidad. En cierto sentido, el cliché constituye el lenguaje como ocultación”.

Cuando no se tiene la suficiente habilidad para poner, en boca de todos, frases que constituirán creencias arraigadas, se cae en la mentira evidente y en la negación pública de la realidad, requiriéndose para ello de una buena dosis de cinismo; algo típico en los líderes populistas. “Las ideas adoptan a menudo la forma de un relato o una narración simple que emociona, convence e ilusiona a los votantes. Una breve historia que explica todo y contiene la solución de todos los problemas del momento. Esta narración ficticia puede sustituir a la realidad. Los acontecimientos que no se ven, como es el caso de los venideros, son más proclives a sufrir una elaboración lingüística que los categoriza y disfraza”.

“La apropiación de una palabra o de una expresión feliz y su inserción en el lenguaje cotidiano es de una importancia estratégica vital para el político, que consigue así introducir en la discusión política y en la opinión pública no ya un término sino una forma peculiar de ver la realidad. Se trata de conseguir que se discuta sobre lo que uno quiere que se discuta y en los términos que uno elige. Los vocablos y expresiones que se emplean, sus connotaciones, las ideas y las emociones que evocan son las únicas buenas posibles. El término, el eslogan, describe la perspectiva, la forma de ver el presente y el futuro y la dirección inequívoca en la que se debe caminar. El paso siguiente es la repetición de las palabras o los mensajes para que ocupen un lugar en la mente de la gente, formen parte de su repertorio lingüístico habitual y desempeñen así el papel de configurar sus actitudes y su comportamiento” (De “La gran mentira”-Ediciones Paidós Ibérica SA-Barcelona 2009).

Si se considera al rival político, y a sus ideas, como una parte de la realidad que se pretende tergiversar, surge la tendencia a calumniar al sector opositor. El nivel de mentiras puesto en juego en una contienda política nos dará una idea del nivel de difamación que simultáneamente se empleará. Para la descalificación del adversario se empleará cualquier justificativo que se crea conveniente. Gerardo Vidal Guzmán escribió respecto de Marco Tulio Cicerón: “Su origen plebeyo constituía una grave desventaja en una época en que los honores políticos estaban en buena medida ligados a la pureza de la sangre. Por lo general, el senado y el consulado se nutrían de patricios, y cuando algún plebeyo lograba encumbrarse a esas alturas debía estar dispuesto a soportar comentarios mezquinos y zancadillas «de clase»”. “Cicerón, sin embargo, no se acomplejaba con facilidad. Se cuenta que en una ocasión un patricio de la familia Metello interrumpió uno de sus discursos en el senado gritándole afrentosamente: «¿Quién es tu padre?» Con tal pregunta el orgulloso Metello pretendía recordarle un origen que él consideraba indigno. Cicerón permaneció impasible y se limitó a responder: «Por mi parte, Metello, tendré la delicadeza de no hacerte la misma pregunta. Como sabes, tu madre ha hecho de esa interrogante algo extremadamente delicado..»” (De “Retratos de la antigüedad romana y la primera cristiandad”-Editorial Universitaria-Santiago de Chile 2004).

El humor irónico surge del pueblo como respuesta a la necesidad de contrarrestar las mentiras con las cuales se lo degrada cotidianamente desde el sector político. Martínez Selva escribe: “No estamos indefensos ante este uso manipulador, pues el lenguaje es un instrumento que sirve tanto para manipular como para evitar que nos manipulen”. “El uso de chistes y de motes para encasillar y ridiculizar a los políticos es un ejemplo del empleo del lenguaje desde el gobernado para defenderse del poderoso”.

La utilización del lenguaje, en política, puede apuntar no sólo a la transmisión de información errónea, sino a cierta deformación del razonamiento normal, creándoles a los receptores una visión distorsionada de la realidad que puede servir tanto al gurú de una secta como al líder de un partido populista. Ello se debe a que todo hecho provoca efectos que dependen tanto de la realidad como de la forma en que observamos esa realidad. Walter Lippmann escribió: “Nuestras opiniones cubren inevitablemente un espacio mayor, un lapso más largo, un número mayor de cosas de cuanto podemos observar directamente. Por lo tanto, nacen de lo que los demás nos cuentan y de lo que imaginamos”.

“Sin embargo, ni un testigo ocular trae una imagen verdaderamente natural de una escena. La experiencia parece demostrar que dicho testigo lleva él mismo a la escena parte de lo que después saca de ella, y que, con frecuencia, lo que se toma por el relato auténtico de un hecho es una trasposición del mismo. Hay pocos hechos que simplemente se den a la conciencia; la mayoría parece existir ya, en parte, desde antes. Un relato es la combinación de una realidad y de la percepción de esa realidad, y el papel del observador es siempre selectivo y generalmente creador. Los hechos que vemos dependen de dónde estamos ubicados y de la manera de ver de nuestros ojos”.

“«Para discernir el sentido de las cosas o (dicho de otra manera) para formar hábitos de simple aprehensión de las cosas es necesario introducir: 1º la exactitud y la distinción y 2º la consistencia o estabilidad de significado en lo que de otra manera es vago e impreciso» (John Dewey)” (De “La opinión pública”-Compañía General Fabril Editora SA-Buenos Aires 1964).

La deformación de la realidad no es una cuestión asociada solamente al lenguaje, sino que proviene de problemas psicológicos arraigados. Gordon W. Allport escribió: “Cuando un verdadero paranoico se hace demagogo puede ocurrir algo desastroso. El éxito del demagogo será mayor, por supuesto, si es normal y astuto en todas las otras fases de su liderazgo. Si ocurre así, su sistema de ideas ilusorias parecerá razonable y atraerá a secuaces, especialmente a quienes también tienen ideas paranoides latentes. Pónganse juntos a un número lo bastante grande de paranoicos, o de personas con tendencias paranoides, y resultará de ello una peligrosa multitud” (De “La naturaleza del prejuicio”-EUDEBA-Buenos Aires 1962).

De la misma manera en que en Cuba se describe y explica todo fracaso social o económico, culpando al “imperialismo yankee”, impidiendo toda posibilidad de solución, en la Argentina se trata de describir y explicar la severa crisis en base a la nefasta influencia de los “fondos buitres”. En este caso se hace referencia al ave carroñera que sobrevuela observando la inminente muerte de su futura presa. Además, el buitre, en cuestiones financieras, trata de obtener ganancias exorbitantes. Debido a que el gobierno kirchnerista no tuvo la suficiente habilidad, en su momento, para comprar los bonos argentinos a un precio muy reducido, evitando problemas posteriores, se ha llegado a una situación cuyos efectos tienden a agravarse. Desde el propio gobierno se apoya la disyuntiva “patria o buitres”, asociando la patria al gobierno de turno y los buitres al sector opositor (como adherente a los grupos especuladores). Representa, además, una renuncia implícita a intentar revertir la tendencia decadente del país por cuanto se ha buscado como causa de los problemas a un grupo de inversores sobre los cuales no se tiene control alguno.

El comportamiento “buitre” se ha visto en el país en épocas en que estaba en vigencia la denominada “1050”, una ley que perjudicaba a quienes estaban pagando una vivienda con ajustes por inflación, ya que la deuda se agrandaba en lugar de achicarse con los pagos realizados. Los “buitres”, en ese caso, eran los abogados que “sobrevolaban” a los deudores que podían perder sus viviendas para quedarse con ellas mediante artilugios legales conocidos por tales especialistas. Esta es la forma en que los Kirchner actuaron tratando de lograr poder económico y, posteriormente, político.

El otro aspecto del comportamiento “buitre” implica la búsqueda de ganancias exorbitantes, esta vez con la compra y venta de terrenos que habían sido del Estado. Al respecto, P. A. Mendoza, C. A. Montaner y Á. Vargas Llosa escribieron: “Uno de los muchos «pelotazos» -como dicen en España- que pegaron los K es la compra de 60.000 metros cuadrados de terrenos por el equivalente de 60 céntimos de euro y su venta, al año siguiente, a 50 euros el metro cuadrado, es decir a un precio 72 veces superior. Es así como financiaron su hotel en Cafayate, la localidad de la Patagonia de donde salieron para gobernar el país (y dar más pelotazos que Leo Messi). Otros terrenos, que suman 129.000 metros cuadrados, fueron revendidos también en muy poco tiempo por entre 70 y 80 veces más de lo que les habían costado”. “Como todos aquellos que presiden un sistema de enriquecimiento por la vía del poder político, los K se aseguraron de que muchos allegados también vieran prosperar su situación financiera a velocidad del rayo” (De “Últimas noticias del nuevo idiota iberoamericano”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2014).

Al menos se ha podido llegar a un acuerdo lingüístico entre gobierno y oposición, definiendo al problema como una alternativa del tipo “Patria o buitres”, aunque con una diferente interpretación según el caso; buitres extranjeros para el gobierno y buitres locales para la oposición. Teniendo presente aquella frase que advierte: “Cría cuervos y te comerán los ojos”, puede cambiarse a: “Entrégale todo el poder a los buitres internos y luego resígnate a las consecuencias de tal decisión”.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La revolución interior

En cuestiones humanas y sociales, se entiende por revolución al cambio que se produce en un individuo, o en la sociedad, y por el cual dejan de ser lo que son y comienzan a ser otra cosa. Si se trata de un cambio individual favorecido por una prédica religiosa, se habla entonces de una conversión. Por lo general, se buscan mejoras bajo dos alternativas posibles:

a) A partir de la mejora individual se busca, además, la social
b) A partir de la mejora social se busca, además, la individual

La primera alternativa caracteriza al cristianismo, ya que busca la conversión de pecadores en justos, para que en ellos reine la justicia de Dios a través de sus leyes. Augusto Cury escribió: “Cristo tenía conocimiento de la miseria social del ser humano y de la ansiedad que estaba en la base de su supervivencia. Quería sinceramente aliviar esa carga de ansiedad y tensión que cargamos a lo largo de nuestras vidas. Aunque tenía plena consciencia de la angustia social y del autoritarismo político que las personas vivían en su época, él detectaba una miseria más profunda que la sociopolítica, una miseria presente en lo más íntimo del ser humano y fuente de todas las otras miserias e injusticias humanas”.

“Actuaba poco sobre los síntomas: su deseo era atacar las causas fundamentales de los problemas psicosociales de la especie humana. Por eso, al estudiar su propósito más ardiente, comprendemos que su revolución era en lo íntimo del hombre, y no en la política. Un cambio que se inicia en el espíritu humano y se expande por toda su psique renovando su mente, expandiendo su inteligencia, transformando íntimamente la manera en la cual el ser humano se comprende a sí mismo y el mundo que lo rodea, garantizando así un cambio psíquico y social estable”.

“Cristo predicaba que solamente por medio de esa revolución silenciosa e íntima seríamos capaces de vencer la paranoia del materialismo no inteligente y del individualismo y desarrollar los sentimientos más altruistas de la inteligencia, como la solidaridad, la cooperación social, la preocupación por el dolor de los demás, el placer contemplativo, el amor como fundamento de las relaciones sociales” (De “El Maestro de maestros”-Grupo Nelson-Nashville 2008).

El mensaje cristiano excluye otras sugerencias éticas. Y ello se debe a que tiene en cuenta las posibles respuestas del hombre en distintas situaciones y elige la mejor de ellas, o la que mejores resultados produce. Así, supongamos el caso de una persona que sufre algún percance o alguna enfermedad. Las posibles respuestas serán: a) Se comparte ese dolor, b) Se responde con indiferencia, c) Se recibe con alegría. Y ante una situación de alegría: a) Se comparte esa alegría, b) Se responde con indiferencia, c) Se recibe con tristeza.

Adviértase que en ambos casos se han mencionado todas las respuestas posibles que se producirán en las restantes personas, aunque con distintas intensidades emocionales. Como el amor al prójimo implica compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, una vez que se ha enunciado el mandamiento respectivo, resulta ser el único camino para encontrar la felicidad y para cumplir con la aparente voluntad del Creador, o la finalidad implícita en el orden natural. Sin embargo, desde la filosofía y desde las ciencias sociales, al buscarse una ética elaborada por “métodos terrestres”, se deja de lado algo tan simple y evidente. Adviértase que el mandamiento del amor al prójimo es tan fácil de comprender como difícil de poner en práctica, debido precisamente a su generalidad.

Las distintas éticas propuestas son consecuencias de las diversas posturas filosóficas establecidas; de ahí la síntesis enunciada por Wilhelm Dilthey:

1) La metafísica de la razón ética universal y el principio de la acción moral en un Reino de Dios
2) La metafísica de la razón contemplativa y el principio de la negación del mundo
3) La metafísica de las fuerzas conformantes y el principio de la autoconservación
4) La metafísica del materialismo y el principio de la animalidad
(De “Sistema de la ética”-Editorial Nova-Buenos Aires 1973).

La ética cristiana, si bien se adapta a la primera de las posturas mencionadas, puede prescindir de cualquier perspectiva filosófica ya que implica ciertamente una simple elección entre el bien y el mal surgida ante lo evidente y el sentido común.

Al existir en el hombre una tendencia a competir, debe orientarse tal competencia hacia uno mismo, como la del deportista que mejora sus marcas sin pensar tanto en los demás. La competencia constructiva y exitosa exige lo máximo de cada uno, mientras que la competencia destructiva tiene en cuenta al adversario sin tener un parámetro de comparación propio, u objetivo, que le permita superarse cada día. De ahí que sea tan importante el acierto propio como el error o la debilidad del adversario. En cuestiones éticas, tal parámetro de referencia será nuestra capacidad de compartir las penas y las alegrías de los demás.

En nuestra época, se hace necesario despojar de símbolos al mensaje religioso traduciéndolo al lenguaje científico; no para suplantarlo, sino para fortalecerlo. A quienes se oponen a tal alternativa sosteniendo una postura tradicionalista, se les puede preguntar si estiman que los resultados de la difusión actual del cristianismo resultan adecuados a las necesidades de la sociedad.

Las ciencias sociales admiten la posibilidad de esa traducción, tal el caso de la Psicología Social, cuya finalidad es la descripción de los efectos que las distintas ideas o creencias producen. Edwin Hollander escribió: “El carácter distintivo de la Psicología Social surge de dos factores fundamentales: primero, su interés en el individuo como participante en las relaciones sociales; segundo, la singular importancia que atribuye a la comprensión de los procesos de influencia social subyacentes bajo tales relaciones” (De “Principios y métodos de psicología social”-Amorrortu Editores SA-Buenos Aires 1968).

En el caso de la Sociología, existen las dos alternativas mencionadas en un principio, es decir, de describir al individuo partiendo de la sociedad, o bien de describir la sociedad a partir del individuo como instancias previas al cambio. Emile Durkheim, la figura representativa de la primera alternativa, escribió: “La sociedad no es mera suma de individuos, sino que el sistema formado por su asociación representa una realidad que tiene características propias”. Raymond Boudon, por su parte, adhiere a una postura próxima a la adoptada por la Psicología Social, escribiendo: “Para explicar un fenómeno social cualquiera (sea éste atinente a la demografía, a la ciencia política, a la sociología o a cualquier otra ciencia específica), es indispensable reconstruir las motivaciones de los individuos involucrados en el fenómeno en cuestión, y percibir este fenómeno como resultado de la sumatoria de los comportamientos individuales dictados por esas mismas motivaciones” (Citas en “Las nuevas sociologías” de Philippe Corcuff-Siglo Veintiuno Editores-Buenos Aires 2014).

La principal oposición al cambio social por medio de la revolución interior, es la sostenida por los impulsores de revolución social, en la que promueven la violencia entre el sector “inocente” respecto del “culpable”. Se trata que el individuo pierda o renuncie luego a sus objetivos y atributos personales para ser absorbidos por un colectivismo impuesto por la clase social triunfante luego de una ardua contienda. Quienes promueven la revolución social, aducen por lo general la búsqueda de la liberación respecto de algún imperialismo que oprime al individuo. Sin embargo, olvidan los éxitos que en ese sentido obtuvo el Mahatma Gandhi, quien liberó a la India utilizando principalmente métodos pacíficos orientados al individuo. Por el contrario, quienes promovieron el colectivismo lograron como resultado esclavizar a sus propios pueblos en lugar de liberarlos, siendo el precio pagado por contradecir todo lo sugerido por el cristianismo. Alberto Orlandini escribió: “La URSS se comportó de modo imperial, y Fidel tuvo el papel de peón, aportando sangre cubana”. “Los asesores soviéticos vivían separados de la población cubana, habitaban viviendas aisladas que dejó la burguesía, tenían transporte propio, compraban en tiendas para extranjeros, e iban a las playas separadas de la gente, un verdadero apartheid”.

Los imperios que desconocen la naturaleza humana son denominados “gigantes con pies de barro”, por cuanto sus objetivos resultan opuestos a los que vienen implícitos en la ley natural, con el correspondiente sufrimiento padecido por las involuntarias víctimas de la revolución social. El citado autor agrega: “Los sovietólogos estadounidenses se sorprendieron ante el derrumbe de la URSS desde adentro. La caída de la URSS no fue provocada por los servicios de inteligencia de EEUU, se derrumbaron por la errónea concepción de querer dirigir la economía por el Estado, la falta de entusiasmo, creatividad e incentivos de los trabajadores, el déficit habitacional, la miseria de la alimentación, la mala calidad de los electrodomésticos y de los automóviles, la pobreza de la cultura y la corrupción. Las únicas cosas que la URSS producía con calidad eran armas. Desde la época de Stalin se privilegió a los ingenieros y constructores de armamento y aviones” ” (De “Memorias de un médico argentino en Cuba”-Editorial Dunken-Buenos Aires 2014).

Las crisis que afrontan las sociedades actuales se deben principalmente al reemplazo de la búsqueda de una finalidad de la vida por la búsqueda del progreso material. Fulton J. Sheen escribió: “La tercera idea que se está liquidando hoy es el racionalismo, entendido en el sentido de que la finalidad suprema de la vida no es el descubrimiento de su sentido y objetivo, sino solamente el logro de nuevos progresos técnicos para hacer de este mundo una ciudad del hombre que desaloje a la Ciudad de Dios. El racionalismo bien entendido es la razón preocupada por los medios y los fines para llegar a un objetivo; el racionalismo moderno es la razón interesada por los medios con exclusión de los fines. Esto se justificó sobre la base de que el progreso tornaba imposible los fines. El resultado fue que el hombre, en vez de avanzar hacia un ideal, cambió de ideal y llamó al nuevo progreso”.

“La reacción se ha operado y el hombre que abandonó su razón al servicio adecuado del término, descubre que el Estado se ha asegurado su prioridad como razón planificadora, de modo que ahora no hay más razón que la del Estado, lo cual es fascismo, o la razón de clase, que es el comunismo, como hubo antaño la razón de raza, que era el nazismo. Otras manifestaciones de irracionalismo aparecen en el freudismo, que hace del subconsciente el principio determinante de la vida, o el marxismo, que suplanta a la razón por el determinismo histórico, o en la astrología, que culpa a las estrellas” (De “El comunismo y la conciencia occidental”-Editora Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1961).