La neurocientífica Rita Levi-Montalcini, fallecida a los 103 años, fue una testigo preferencial del conflictivo siglo XX europeo, atravesando las dos grandes guerras mundiales y el fascismo de su Italia natal. Sus opiniones sobre la vida y la sociedad son de interés para quienes indagamos acerca de los permanentes conflictos humanos y de una posible solución. Al respecto escribió: “¿Representa la perpetuación de las guerras y las matanzas, actividades funestas y exclusivas de nuestra especie, una consecuencia inevitable de una agresividad irreductible y transmitida por vía genética, como afirman los etiólogos y los sociobiólogos, que han gozado en las últimas décadas de amplio consenso? ¿O es que se trata de un resultado de factores no sólo biológicos, sino también sociales y culturales, que en nuestra especie, y sólo en ella, determinan la conducta de los individuos y de las masas?” (De “Elogio de la imperfección”-Ediciones B SA-Barcelona 1989).
Por otra parte, Arthur Koestler escribía acerca de la agresividad del hombre, sosteniendo que tal agresividad depende de un “afán excesivo de trascendencia”. De ahí que, si así fuese, los conflictos se generarían por un afán desmedido de trascendencia individual. En caso de no lograrlo, produciría cierta disconformidad personal y baja autoestima, por lo que la solución para tal conflicto personal habría de buscarla asociándose a grupos con diversas finalidades, incluso finalidades que no favorecen la adaptación ni la supervivencia. Al respecto Koestler escribió: “Uno de los rasgos principales de la condición humana es la necesidad perentoria de identificarse con un grupo social o un sistema de creencias que es ajeno a la razón, a los intereses del individuo e incluso al instinto de conservación…Lo cual nos lleva a la conclusión, en contraste con la opinión preponderante, de que el problema de nuestra especie no es un exceso de agresividad defensiva, sino un afán excesivo de trascendencia”.
Rita Levi-Montalcini opina al respecto: “Este afán de trascendencia, que se pone de manifiesto en la obediencia ciega y es uno de los rasgos principales del comportamiento humano, conduce a la aceptación estúpida. Estas tendencias innatas, más que el instinto agresivo como desahogo del llamado «imperativo territorial», son las responsables de la universalidad de la guerra en todas las sociedades humanas. El mismo autor afirma que «sin lenguaje no habría poesía, pero tampoco habría guerra». Con esta breve frase resume la condición unitaria del hombre. El lenguaje ha dotado al hombre del sistema más eficaz de comunicación para unir a los miembros de las tribus primitivas y, más tarde, a los de las sociedades más avanzadas, pero al mismo tiempo ha hecho que sean sumamente receptivos a los mensajes que proceden del medio circundante”.
“Es así como el lenguaje, supremo privilegio del hombre, que le ha abierto infinidad de horizontes mentales, también le arroja al abismo del oscurantismo cuando la palabra es usada por caudillos fanáticos o cínicos para incitar al odio, o cuando los símbolos provocan reacciones místicas e inhiben las facultades intelectuales del lejano descendiente del Australopithecus” (De “Tiempo de cambios”-Ediciones Península-Barcelona 2005).
El “afán desmedido de trascendencia” se materializa con el ingreso de un individuo a algún sector social o algún movimiento religioso, político o de otro tipo. A partir de ellos busca compartir su importancia y su trascendencia social. Este es el caso de los diversos nacionalismos, que por lo general constituyen una fuente segura de conflictos. Incluso algunos especialistas aducen que la motivación principal de los violadores radica en el hecho de intentar pertenecer al “selecto club de violadores”, un “prestigioso” grupo según la deformada escala de valores que orienta la vida de tales individuos.
Tanto los totalitarismos, como los diversos terrorismos, surgen esencialmente del odio masivo inducido por los ideólogos respectivos. La citada autora agrega: “En las últimas décadas del siglo pasado se han sucedido, en continuo aumento y en todos los continentes, sangrientos conflictos causados por dictadores y caudillos que recurrieron y recurren a «subterfugios momentáneos en la lucha por una hegemonía de corta duración» y fomentan el odio contra otras poblaciones señaladas como distintas o de raza inferior”.
“Un índice de la perversión del comportamiento humano se manifestó con toda su crudeza a propósito de los sucesos del 11 de septiembre de 2001. Mientras miles de personas sucumbían bajo toneladas de escombros de las Torres Gemelas en llamas, en otras partes del planeta los desheredados de la Tierra celebraban esta victoria. ¿Victoria o venganza contra los pueblos de Occidente, a quienes se consideraba culpables de la miseria que asola a los países del Sur?”.
“El regocijo de los desheredados de la Tierra se debía a que, a través de la acción terrorista, se había infligido un duro golpe a quienes consideraban responsables de sus sufrimientos, y por eso estaban ingenuamente convencidos de que la hegemonía terrorista traería el anhelado bienestar. La motivación de los terroristas es diferente. Para ellos, los pueblos de Occidente representan una cultura diametralmente opuesta a sus ideologías”.
El antídoto contra el veneno psicológico al que está expuesto el individuo común, consiste en la adopción de un individualismo que lo lleve a sentirse un ciudadano del mundo, renunciando a ser parte de subgrupos con intereses sectoriales y, sobre todo, dejando de ser obedientes incondicionales a los líderes de esos subgrupos de la sociedad. Tanto el marxismo, como algunos grupos islámicos, por ser ideologías incompatibles con la cultura occidental, son los principales promotores del odio y de la violencia destructiva. Sus adeptos, o victimas ideológicas, son quienes mayoritariamente festejaron, y festejan todavía, los diversos atentados terroristas contra personas comunes. La citada autora agrega: “En el siglo XXI irrumpen síndromes letales como el sida, el ébola y una epidemia quizá más mortífera, que se ha llamado «martiriomanía». Este nuevo síndrome difiere de los anteriores en el hecho de que no lo causa un agente externo –virus, bacterias o parásitos-, que podría ser neutralizado con vacunación o terapia farmacológica. Consiste en la devoción total y obediencia ciega a una causa o una ideología con la que se compromete el individuo, jurando cometer el acto suicida y homicida”.
“La «martiriomanía» no se propaga por contacto, sino por un sistema de comunicación oral, el lenguaje, que predispone a millones de individuos a padecer privaciones, sufrimientos y la muerte en nombre de la ideología proclamada”.
“Este siniestro comportamiento de algunas personas, sobre todo jóvenes, se puede atajar, pues el hombre es un primate inteligente y su acción obedece no sólo a un rígido programa genético, sino también a su experiencia y capacidad cognitiva que en él alcanza el máximo desarrollo”. “Para ello la estrategia debe ser similar a la del terrorismo, que consiste en el reclutamiento de jóvenes, pero con fines diametralmente opuestos”.
La violencia social tiende a incrementarse cuando se la promueve desde los propios sectores estatales. Así, desde gran parte del sector judicial se afirma que la violencia urbana resulta “una justa venganza contra una sociedad que excluyó previamente al delincuente”. Se considera al terrorista como “joven idealista”, mientras el Estado indemniza a los familiares del terrorista caído como consecuencia de sus andanzas violentas, mientras que nunca se interesa por las víctimas de esa violencia.
La “gran idea”, promotora de la violencia sin fin, es la que aduce que los pobres carecen totalmente de defectos y que, por lo tanto no deben cambiar ni mejorar en lo más mínimo, mientras que los sectores productivos, por el contrario, carecen totalmente de virtudes, y sólo generan desigualdad social, siendo tal desigualdad la que finalmente promueve la violencia. Una vez instalada esta creencia, no hace falta que alguien dirija la rebelión armada de pobres contra ricos, sino que tal rebelión se ha de dar en forma espontánea, con distintos niveles de violencia, según la habilidad para convencer a las masas que tenga el ideólogo marxista, el fundamentalista islámico o el sacerdote tercermundista.
Finalmente se transcribe un artículo sobre la autora mencionada publicado por el Diario As:
Rita Levi-Montalcini, Premio Nobel de Medicina: “En lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años”
La neuróloga aboga por disfrutar de nuestro periodo vital, aprovechar el tiempo mientras podamos y dar prioridad a nuestra calidad de vida.
En una sociedad como la actual, en la que elementos como la fama, el reconocimiento mediático y la opinión ajena tienen un protagonismo tremendamente importante, muchas personas fallan a la hora de priorizarse a sí mismas y, en última instancia, a su propia vida.
En este peliagudo contexto, los años caen y se agolpan en nuestro DNI con suma rapidez, lo que lleva a las personas afectadas a ver cómo su vida no sólo pasa y se diluye sin haberla disfrutado lo más mínimo, sino habiendo sobrevivido como han podido, sin ni siquiera haber extraído ‘los frutos más sabroso’ que esta trae consigo.
“En lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años”, son las palabras que pronuncia Rita Levi-Montalcini. La neuróloga italiana de origen judío recibió el Premio Nobel de Mediciana en 1986 -compartido con Stanley Cohen- por descubrir el denominado Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), un hallazgo clave a la hora de entender el desarrollo de las cúpulas, los tumores o enfermedades degenerativas.
La neuróloga subraya la necesidad de dar prioridad a la calidad de vida y al bienestar tanto físico como emocional por encima de la mera y tan venerada longevidad. En su reflexión, Levi-Montalcini enfrenta dos conceptos: la supervivencia y el disfrute, defendiendo la importancia de aprovechar el tiempo y disfrutar nuestro periodo vital mientras tenemos la oportunidad de hacerlo.
De esta manera, el pensamiento de Rita Levi-Montalcini se aleja de las convenciones que defienden muchos expertos al día de hoy. Y es que, en lugar de buscar el desarrollo de una vida larga y longeva, la Premio Nobel de Medicina aboga por disfrutar de la vida y ‘añadir vida a los años’, aunque eso traiga consigo, de forma casi inevitable, ‘no añadir años a la vida’. (De as.com)
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