Existen dos posturas extremas respecto del cuidado del medio ambiente. Una de ellas considera que debe cuidarse el medio ambiente pensando que su contaminación habrá de perjudicar a los seres humanos. El otro extremo implica cuidar el ambiente sin pensar en la salud de los seres humanos, y que en caso de tener que sacrificar uno de los dos, aceptan sacrificar la vida de los seres humanos. Esta última postura parece ser la imperante entre los políticos europeos de izquierda.
Ante el excesivo calor reinante en Europa, se estima que las elevadas temperaturas producen unas 175.000 muertes anuales, pero la izquierda política trata de desalentar el uso de aires acondicionados para proteger el medio ambiente. Es decir, mientras que el ecologismo democrático trata de proteger al medio ambiente, para que toda posible contaminación o deterioro no afecten a los seres humanos, los izquierdistas tratan de proteger el medio ambiente prioritariamente a la protección de los seres humanos bajo el lema: "Lo que a nosotros enfría, calienta el planeta".
Hace unos años atrás, las subvenciones kirchneristas promovían el derroche de gas y de energía eléctrica, con la consiguiente contaminación ambiental adicional, pero los ecologistas de izquierda no decían nada. Con ello se ponía en evidencia que tampoco el medio ambiente era para ellos lo importante, sino que la promoción de ciertas ideologías políticas estaban detrás de un aparente ecologismo.
La limitación de la población humana es promovida por tales "ecologistas", apoyando el aborto legal y los vínculos homosexuales, ya que éstos no pueden tener hijos. Luego, favorecen el bloqueo de toda tecnología favorable a la agricultura, como el bloqueo de varias formas de generación eléctrica y la oposición a la minería y al consumo de alimentos de origen animal. Con economías nacionales bloqueadas en estos rubros, se garantiza un nivel de pobreza que facilitará la "caída del capitalismo".
Además de los ecologistas opositores a las nuevas técnicas de producción de alimentos, se suma la izquierda política que considera “satánico” todo lo que provenga de los EEUU y, en general, de Occidente, como es el caso de los “organismos genéticamente modificados” o transgénicos. Para compatibilizar ideología con realidad, les resulta de imperiosa necesidad atribuir a toda empresa privada capitalista cierta perversidad intrínseca, como la de ser causante de daños irreparables en el medio ambiente. Guy Sorman escribió: “El atraso es aún más inquietante en las biotecnologías, debido a una verdadera campaña oscurantista capaz de eliminar al país de Pasteur de la carrera por el dominio de lo vivo y privarlo de sus perspectivas económicas. La exagerada campaña contra los OGM [organismos genéticamente modificados], mezcla de antiamericanismo primario, especulaciones proteccionistas miopes y nostalgia de los errores desaparecidos, conduce al exilio a nuestros investigadores y desplaza fuera de Francia a las empresas y los capitales. ¿Quién se sentiría tentado a invertir en Francia, donde los falsos campesinos convertidos en Astérix destruyen los laboratorios de experimentación de las plantas transgénicas, una innovación importante que podría asegurar la provisión alimentaria de las futuras generaciones?...¡Despierta, Claude Bernard, se han vuelto locos!”.
“La anticiencia opera en un mundo conocido, la receta de cocina de toda ideología: escoge terrenos sensibles, difunde informaciones falsas, que supone comprobadas, fabrica explicaciones simplistas que se basan en la interpretación de los hechos y de esta manera seducen a los espíritus temerosos, alérgicos a todo tipo de cambio”.
“Nuestros nuevos milenaristas procuran atemorizarnos erigiéndose en salvadores de la humanidad; lo que les interesa no es evidentemente la verdad, sino el poder que se les escapa. Desde que la historia se bifurcó hacia la libertad política y económica, los frustrados, sin el futuro prometedor que esperaban, se han reciclado en una Francia gruñona y apegada al pasado; ¡para seguirlos sería necesario que el porvenir fuera primitivo a fin de volver a ser deseable!”.
“Frente al terrorismo intelectual, esta enfermedad muy parisiense, frente a la nueva Internacional de los enemigos del progreso, somos demasiado sabios, demasiado educados, demasiado benignos; ha llegado la hora de manifestar nuestra cólera contra aquellos que nos empujan hacia abajo y hacia atrás, aquellos que insultan a la vez el porvenir y la inteligencia” (De “El progreso y sus enemigos”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2002).
Es bastante común escuchar en la Argentina que la tierra cultivada con soja “no sirve por cinco años” para cultivar otras variedades agrícolas; tradición oral que ha quedado como un resabio de la información vertida por sectores afines al kirchnerismo cuando se inició la campaña en contra del cultivo intensivo de soja, que finalmente resultó ser el principal generador de divisas del sector exportador. Al respecto, Federico Sturzenegger escribió: “Las transformaciones de la agricultura, que empezaban a despertar la curiosidad de Víctor Trucco y Rogelio Fogante, significaban una revolución total en 4.000 años de agricultura. El cultivo tradicional se basaba en las labranzas o rotación de la tierra y tenía en el uso del arado la expresión más elocuente”.
“Pero esta manera de sembrar tenía daños colaterales de significación: las labranzas van ocasionando pérdidas de la materia orgánica –el humus- de los suelos. El humus es lo que permite la retención del agua de lluvia y, por lo tanto, el que conserva la humedad que la semilla necesita para germinar y la planta para crecer. En definitiva, la agricultura tradicional llevaba a la erosión de los suelos. Para paliar estos efectos nocivos era necesario rotar cultivos agrícolas con ganadería, lo que requería implantar pasturas y dejar de arar por cuatro o cinco años. Pero estos paliativos no eran suficientes para revertir el deterioro. «Mirá los desiertos de Irak», me decía Trucco, «y pensar que allí comenzó la agricultura»”.
“Lo que Trucco y Fogante tenían en mente era una agricultura sin arados, es decir, sin necesidad de roturar la tierra. En esta agricultura se sembraría directamente encima del rastrojo (los restos del cultivo anterior), con la precaución de controlar previamente las malezas existentes, mediante la aplicación de herbicidas adecuados. La diferencia era radical en tres aspectos. Con este mecanismo no se producía la erosión del suelo, que quedaba protegido siempre por una capa de cultivo o sus restos; no se perdía la humedad, con lo cual se podía avanzar hacia zonas más secas, expandiendo la frontera agrícola, y finalmente, en vez de producir una pérdida de materia orgánica, esta se iba incrementando con el tiempo: los restos de cada cosecha depositaban material orgánico en capas, mejorando la calidad del suelo. Si esto funcionaba como se pensaba, en vez de erosionar, esta nueva forma de hacer agricultura iría fabricando suelo y mejorándolo año a año”.
“Trucco y Fogante no fueron los inventores de la «siembra directa», como dieron en llamar al proceso, pero fueron los que la hicieron conocer y los que empujaron a otros a experimentar. Con los resultados iniciales de Trucco y el carisma de Fogante empezaron a evangelizar en toda la pampa húmeda sobre esta nueva técnica. Cuando el grupo creció, crearon, en 1989, la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa (AAPRESID), encargada de transmitir y difundir sus experiencias”.
“La siembra directa, en la práctica, significó transformar en agrícolas tierras que eran consideradas marginales. Como la siembre directa, por su conservación de la humedad, permitía hacer agricultura en lugares donde antes nadie la consideraba siquiera posible, las reuniones en algunos pueblos ganaderos eran recibidas con una mezcla de incredulidad, que a veces les hacía decir: «¿Soja acá? Noooo, no es posible». Pero siempre había un loco que se decidía a probar y, de a poquito, regiones enteras comenzaron a transformarse de ganaderas en agrícolas, lo cual les cambió de manera insospechada su facturación y su rentabilidad”.
“A fines de los años 90, se produjeron dos avances adicionales que se combinarían para dar un impulso absolutamente arrollador al proceso. Por un lado, el desarrollo por parte de la empresa Monsanto del glifosfato, hoy usado como herbicida central de la siembra directa. Por otro, el desarrollo de semillas transgénicas, que modificaban una enzima de la planta de la soja, confiriéndole tolerancia al glifosfato. A partir de estos descubrimientos, la soja modificada genéticamente podía ser tratada con glifosfato sin ser afectada, mientras que las demás plantas presentes –consideradas «malezas» por los agrónomos- morían, todo lo cual produjo un salto fenomenal en la producción de soja”.
“Trucco recuerda que la llegada de la semilla transgénica despertó una pelea, que esta vez lo enfrentó con sus viejos aliados, los ambientalistas. Los ambientalistas se oponían a este tipo de semillas, sin reparar, decía Trucco, que eran las más aptas para esta siembra que, en definitiva, priorizaba lo ambiental: el cuidado de nuestro suelo” (De “Yo no me quiero ir”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2013).
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