viernes, 26 de junio de 2026

Espiritualidad y Materialismo

Entre los impedimentos para una generalización de la ética bíblica aparece el denominado "espiritualismo" no ligado a dicha ética. Posiblemente ello implique una creencia en espíritus de distintos orígenes que vuelan por el aire o bien las almas de personas que ya no existen. La cuestión esencial, pareciera, implica eludir el cumplimiento de los mandamientos cristianos, incluso considerando como materialistas o ateos a quienes no comparten tales extrañas creencias mientras, al menos, intentan cumplir con aquellos. De ahí que la verdadera espiritualidad, la que se opone al materialismo, ha de ser una que se identifique con la ética elemental y la empatía emocional.

Otra forma de evitar intentar adaptarse al "Amarás al prójimo como a ti mismo", consiste en creerse un auténtico cristiano cumpliendo con el "No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti". Ello implica que, "no haciendo nada", uno estaría realmente cumpliendo con la ética bíblica, lo que resulta absurdo.

Hay quienes, para valorar los atributos éticos de la personalidad, se encargan de denigrar todo lo material, como un automóvil, una buena vestimenta o un buen reloj. Adoptan una postura similar al del fanático a favor de un jugador de fútbol que denigra a otros jugadores de nivel similar para resaltar a su ídolo. El mérito radica en ser mejor que los mejores, ya que ser mejor que lo que poco vale, limita el valor que se quiere resaltar.

Hay quienes son excesivamente materialistas pero, como no pueden competir con materialistas exitosos, adoptan posturas de falsa espiritualidad, aunque en muchos momentos de su vida les surgen reacciones envidiosas que delatan su verdadera personalidad.

Puede decirse que materialista es aquel que prioriza su cuerpo antes que su intelecto o sus emociones. Es por ello que busca la comodidad para su cuerpo, y también el lujo y el poder. Si no tiene ambiciones intelectuales ni tampoco ambiciones emocionales o éticas, tiende a destinar todo su tiempo y toda su mente a lograr objetivos egoístas. Ello no implica que la persona que valora y persiga lo intelectual y lo ético deba renunciar a lo material, ya que lo material también tiene valor. El error surge de la mutilación de la personalidad cuando limita severamente la búsqueda de valores como los intelectuales y los éticos.

Entre los casos históricos en personas que denigraron lo material para exaltar lo espiritual, encontramos a San Francisco de Asís. Si bien dio muestras de positivo valor, su ejemplo no podría dar buenos resultados si gran parte de la sociedad imitara su personalidad. Donald Spoto escribió sobre San Francisco: “Como quizás era de esperar en un converso fervoroso, a sus veintitantos años Francisco adquirió el hábito de castigarse por los medios más extremos: fueron tantas las mortificaciones con que maceró su cuerpo –según sus primeros compañeros- que, así, sano como enfermo, fue austerísimo y apenas o nunca condescendió en darse gusto”. “Muy raras veces consentía en comer viandas cosidas, y cuando las admitía, las componía muchas veces con ceniza o las volvía insípidas a base de agua fría”.

“Otro factor que puede resultar clave en la comprensión de la pobreza que estamos intentando es esta negativa a lo que es llamado por los santos el sensualismo, pero que visto desde un punto de vista menos moral puede ser considerado como la capacidad de una sensibilidad de trabar relación con las cosas del mundo, de quererlas al punto de encontrar en el «darse el gusto» un básico y mínimo modelo educativo, formativo, de los valores de la producción y la cultura. ¿Por qué validar esta búsqueda de una sobriedad extrema, como si el sentido de la vida fuera más la ausencia del ser que su expresión abundante y determinada?”.

Incluso la renuncia franciscana involucra los aspectos intelectuales, por lo que Spoto agrega: “Otro rechazo meritorio, otro pilar en la construcción de la nada sagrada de la miseria: «Mis hermanos que se dejan llevar por la curiosidad de saber, se encontrarán el día de la retribución con las manos vacías. Quisiera más que se fortalecieran en la virtud, para que, al llegar las horas de la tribulación, tuviesen consigo al Señor en su angustia». El saber es también un sensualismo, ya que actúa como potenciador de la efectividad del deseo y ayuda en la lucha por el avance social. La ignorancia, aliada imprescindible de la pobreza, suele ser presentada en muchas circunstancias, como un estado de gracia, como un valioso rechazo de las complejidades en pos de una vida simple, es decir, vacía y pobre. Por otra parte, la vida compleja, capaz de saber y de aceptar esa complejidad que siempre el saber trae aparejada, es descripta como el resultado de haberse apartado del camino de la perfecta simplicidad de la vida pura. La pobreza es también expresión de estos ideales de pureza, ideales que dan lugar a una vida ausente, extática, en donde, para huir de la angustia posible, se recomienda la inmersión en un sacralizado padecimiento constante”.

“A diferencia de los cátaros, los valdenses y otros, Francisco no pretendía imponer a los demás su pobreza radical ni su estilo de vida, a menos que alguien manifestase expresamente su deseo de ingresar a la fraternidad. Pensaba que cada persona debía decidir por sí misma las circunstancias de su fidelidad personal al Evangelio”.

“La gente se percató de inmediato de la diferencia entre Francisco y otros predicadores ambulantes. En la Europa medieval, los sermones públicos trataban sobre todo del juicio final, la penitencia y el riesgo de la condenación eterna, y Roma explotó al máximo el miedo al infierno para mantener a raya a sus creyentes. En casi todos los tímpanos, arquivoltas y chapiteles de las catedrales medievales aparecen demonios torturando a los condenados” (De “Francisco de Asís”-Ediciones B-Barcelona 2004).

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