La unidad pacífica de toda la humanidad ha sido uno de los objetivos buscados desde tiempos remotos, pero gran parte de esa búsqueda ha sido promovida por líderes militares, políticos o religiosos que ponían como condición una previa eliminación, ideológica o material, de toda forma de oposición. Este es el caso, entre otros, del Islam, calificado por Washington Irving como "La religión de la espada" en su libro "Mahoma" (Salvat Editores SA-Barcelona 1986).
El uso de espada, cuchillo o daga, utilizada para degollar "infieles" ha sido algo tradicional, o "cultural", entre los seguidores de Mahoma. Teresa de Ávila comenta algunos anhelos infantiles, como convertirse en una martir cristiana, escribiendo en el siglo XVI: "Juntábame con este mi hermano a tratar qué medio habría para esto. Concertábamos irnos a tierras de moros, pidiendo por amor de Dios para que allá nos descabezacen...". "De que vi que era imposible ir donde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños..." (Del "Libro de la vida"-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1998).
En la actualidad, con el beneplácito de la izquierda política y de la Iglesia Católica, desde Europa se promueve el ingreso irrestricto de musulmanes, muchos de los cuales traen en su mente las enseñanzas del Corán y hasta una daga para hacerlas efectivas. Recientemente, nos enteramos del asesinato de un joven británico, con cinco puñaladas, por un musulmán, lo que produjo masivas reacciones debido incluso a la acción policial favorable al delincuente. Tiempo después, en Irlanda del Norte, se produjeron reacciones ante el accionar de un inmigrante que quiso degollar a un irlandés tomado al azar por el solo hecho, aparentemente, de ser un "infiel" y de raza blanca.
El encubrimiento que se hace respecto de los yihadistas, despierta severas reacciones en sectores de extrema derecha quienes, al no actuar la justicia estatal en defensa del ciudadano local, aplican una "justicia por mano propia". Una "justicia" que por lo general recae en individuos musulmanes o africanos inocentes. Lo que no entienden los promotores europeos del Islam, incluido León XIV, es que sus encubrimientos a delincuentes generan reacciones violentas como las observadas luego de tales actos delictivos.
Todo el que protesta en Europa en favor de su seguridad personal y por la integridad de su nación, es calificado de racista, fascista o algo por el estilo, mientras detienen y hasta acusan de "terroristas" a líderes sociales que se oponen a la violencia promovida por la "cultutra islámica" y el degüello al azar de algunos "infieles".
A pesar de ser el Islam una "religión violenta", o bien no ser otra cosa que una ideología bélica, León XIV promueve un acercamiento entre católicos y musulmanes considerando que el Islam es una "religión de paz". Los promotores del multiculturalismo en Europa consideran que portar cuchillos, por parte de los musulmanes, es una cuestión "cultural" que se debe respetar. León XIV expresó que "los europeos no debían temer al Islam" (aunque nunca se le ha escuchado pedir a los jerarcas islámicos cesar con la yihad, o "guerra santa", y prohibir el degüello de cristianos o infieles en general). Tal pedido implicaría, en realidad, pedirles que abandonen los mandatos del Corán.
Se mencionan algunos párrafos que aparecen en el libro antes mencionado:
LA RELIGIÓN DE LA ESPADA (fragmentos)
Se recurría a la predestinación en apoyo de estas doctrinas beligerantes. Según el Corán, todo acontecimiento estaba predestinado desde la eternidad, y no había forma de evitarlo. Ningún hombre podía morir antes o después de la hora señalada, y cuando llegaba ésta, daba lo mismo que el ángel de la muerte lo encontrara tranquilamente en la cama que en el fragor de la batalla.
Estas fueron las doctrinas y revelaciones que de repente convirtieron al islamismo -una religión que defendía la mansedumbre y la filantropía- en la religión de la violencia y la espada. Este cambio resultaba muy apropiado para los árabes, ya que encajaba con sus costumbres ancestrales y fomentaba sus inclinaciones depredadoras. En la práctica, eran piratas del desierto y no debemos sorprendernos de que, después de esta manifiesta promulgación de la religión de la espada, se pasaran en masa a las líneas del Profeta. Sin embargo, Mahoma no autorizaba la violencia contra los que se resistían a creer, con tal que se sometieran sin resistencia a su poder temporal y aceptaran pagar tributos. Aquí encontramos el primer indicio de la ambición mundana y del deseo de dominio temporal que estaban abriéndose paso en su mente. No obstante, comprobaremos que los tributos obtenidos con este procedimiento quedaban subordinados a su pasión dominante y los dedicaba en gran parte a la propagación de la fe.
Las primeras empresas guerreras de Mahoma reflejaban el oculto resentimiento de que hemos hablado. Tuvieron como objeto las caravanas de La Meca pertenecientes a sus implacables enemigos, los coraixíes. Las tres primeras expediciones fueron dirigidas por Mahoma en persona, pero sin ningún resultado práctico. La cuarta se confió a un musulmán llamado Abdallah Ibn Chahx, que fue enviado con ocho o diez hombres decididos al camino que llevaba hacia el sur de Arabia. Como era el mes santo del Rachab, en que estaba prohibido todo acto de violencia o rapiña, Abdallah recibió órdenes selladas que no debía abrir hasta el tecer día. Las órdenes estaban formuladas en términos vagos pero significativos. Abdallah debía dirigirse al valle de Najla, entre La Meca y Taif (el lugar donde Mahoma había tenido la revelación de los genios), y allí debería vigilar la llegada de una caravana de los coraixíes. "Quizás -añadía astutanente la carta de instrucciones- puedas traernos algunas noticias de ellos".
Abdallah entendió el verdadero significado de la carta y actuó en consecuencia. Al llegar al valle de Najla divisó la caravana, formada por varios camellos cargados de mercancías y dirigida por cuatro hombres. La siguió a cierta distancia y envió a uno de sus hombres, disfrazado de peregrino, para que le diera alcance. Por las palabras de éste, los coraixíes supusieron que sus compañeros eran también peregrinos que se dirigían a La Meca. Además, era el mes de Rachab y en aquellas fechas se podía viajar sin peligro. Sin embargo, en cuanto se detuvieron, Abdallah y sus compañeros cayeron sobre ellos, mataron a uno, y a dos los hicieron presos; el cuarto logró huir. Los vencedores regresaron a Medina con los prisioneros y el botín.
Toda la ciudad de Medina se escandalizó al comprobar la violación del mes santo. Mahoma, comprendiendo que había ido demasiado lejos, dio muestras de estar enojado con Abdallah y se negó a aceptar la parte del botín que le ofrecían. Basándose en la vaguedad de sus instrucciones, insistió en que no había ordenado a Abdallah que derramara sangre ni cometiera ningún acto de violencia durante el mes santo.
Las protestas duraron algún tiempo y encontraron eco en las de los coraixíes de La Meca. Todo ello dio lugar al siguiente pasaje del Corán:
"Te preguntarán por el mes sagrado y querrán saber si pueden hacer la guerra en él. Responde: luchar en ese mes es grave; pero negar a Dios, obstaculizar el camino de Dios, arrojar a los verdadsros creyentes de su sagrado templo y adorar ídolos son pecados mucho más graves que matar en los meses sagrados".
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