viernes, 12 de junio de 2026

Formas de anticapitalismo

Entre las diversas formas de anticapitalismo se distinguen aquellas que dudan de su eficacia en su función transformadora de necesidades humanas en bienes y servicios que las satisfagan. Otra de las formas es aquella que pone en duda las cuestiones éticas, como si necesariamente se deberían irrespetar las normas éticas elementales a fin de poder lograr la eficacia antes mencionada. Carlos Moyano Llerena escribió: "La ciencia económica neoclásica, que en la actualidad prevalece en Occidente, considera que las leyes de la economía -que explican el comportamiento humano en ese campo- se fundan en tres principios casi axiomáticos. Ellos son: Primero el utilitarismo que impulsa al hombre a buscar su beneficio personal, excluyendo cualquier motivación altruista. Segundo el racionalismo como guía única para calcular ese beneficio, excluyendo toda influencia de los valores y de los sentimientos. Y tercero el individualismo que exige eliminar cualquier interferencia del Estado en la libre iniciativa personal" (De "El redescubrimiento del mercado"-Varios autores-Asociación de Bancos de la República Argentina-Buenos Aires 1992).

Consideremos la primera objeción: "el utilitarismo que impulsa al hombre a buscar su beneficio personal, excluyendo cualquier motivación altruista".

El proceso de mercado parte del intercambio entre dos individuos que se benefician simultáneamente. De lo contrario, si existiera egoísmo en una de las partes, o en las dos, los intercambios cesarían. Se rompería el vínculo empresario-cliente, ya que el egoísmo implica la búsqueda de un beneficio unilateral. También produciría un beneficio unilateral el altruísmo, por cuanto alguien se perjudicaría para beneficiar a otro. De ahí que la expresión anterior, de la búsqueda de un beneficio unilateral, no debería adjudicarse a la economía de mercado.

Incluso la competencia existente entre empresarios ayuda a limitar los egoísmos personales. Supongamos que en un pueblo existe un solo empresario. Este individuo tiene la posibilidad de vender sus productos al precio que le venga en ganas y a pagar sueldos cuyo monto le venga en ganas; lo que no implica que necesariamente ha de hacerlo. En cambio, si en ese pueblo existen otros cinco empresarios más, ya no tendrá la libertad de vender caro y pagar poco a sus empleados, por cuanto la competencia existente lo obliga a limitar su egoísmo. De ahí que las circunstancias del mercado lo obligan a buscar un beneficio simultáneo con sus clientes.

Segunda objeción: "el racionalismo como guía única para calcular ese beneficio, excluyendo toda influencia de los valores y de los sentimientos".

Esto ya es casi una perversión, suponer que el empresario es un ser insensible y inhumano, carente de sentimientos, que sólo se interesa por el dinero. Entre los empresarios del mundo real existirán personajes insensibles y materialistas en extremo, pero la generalización fácil es algo discriminatorio, propio de los marxistas y de los sectores anticapitalistas que son afines al marxismo, aún cuando lo nieguen. Si esta descalificación fuera real, deberíamos concluir que existe una ley psicológica que indica que los seres humanos con capacidad productiva son seres perversos y que, como añadidura, quienes carecen de capacidad productiva serían los pobres llenos de virtudes.

Entre los empresarios existe un sector que considera a su empresa como una realización personal que lo llena de orgullo y que trata de mantener y expandir. También existe otro sector que sólo ve en su empresa un medio para el logro de dinero en cantidades y que poco o nada le interesa la empresa en sí, y que no tiene inconvenientes en venderla en cualquier momento.

Tercera objeción: "el individualismo que exige eliminar cualquier interferencia del Estado en la libre iniciativa personal".

La no injerencia del Estado, en cuanto a las actividades empresariales, es una necesidad básica de quienes deben tomar decisiones cotidianas para mantener vigente un emprendimiento productivo. La distorsión del proceso del mercado, por parte del Estado, implica por lo general un perjuicio para toda la sociedad, al menos en el largo plazo. El empresariado no tendría inconvenientes acerca de la injerencia del Estado si quienes lo dirigen abandonaran la absurda postura de considerarse "defensores del pueblo respecto de la maldad empresarial" para convertirse en aliados de la producción que a todos beneficia.

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