sábado, 13 de junio de 2026

Entrar al mundo vs. Escapar del mundo

Las estadísticas recientes indican que en la Argentina hubo 5.209 suicidios durante 2025; cifra alarmante que denota una tendencia extrema a escapar de una realidad difícil de soportar. Esto contrasta con la actitud de quienes tienen un firme sentido de la vida y que tratan de adaptarse plenamente al orden natural. En realidad, como lo ha mostrado Emile Durkheim y otros autores, la búsqueda de una escapatoria de la realidad actúa como una enfermedad social que seguramente proviene de una mentalidad generalizada que induce en los integrantes de la sociedad una visión poco compatible con el universo en el que estamos inmersos.

La mentalidad posmoderna, con su relativismo moral, promueve en forma efectiva la idea de una ausencia de leyes naturales impuestas por un Creador, o bien promueve la idea de la inexistencia de un orden natural al que nos debemos adaptar, alejándonos del sentido de la vida básico y necesario para iniciar un proceso de adaptación cultural a dicho orden.

La tarea esencial del psicólogo social consiste en determinar el vínculo existente entre idea y acción posterior, o entre conocimiento o creencia y actitud posterior. Si observa determinado comportamiento, le surge la curiosidad por indagar acerca de las ideas que lo motivaron, o bien, si le resultan conocidas ciertas ideas, indagará acerca de los comportamientos probables que originarán. Mientras que el psicólogo social “podrá mejorar la humanidad”, no podrá, en general, mejorar la salud mental de un individuo determinado.

Nuestra época, denominada “posmoderna”, se caracteriza por el predominio del “hombre light”, que no difiere demasiado del hombre-masa, en el sentido de que reconoce sólo derechos y rechaza obligaciones. Una descripción adecuada de tal tipo de individuo implica conocer su comportamiento social y también las ideas predominantes en la sociedad que conforma.

Se supone, en general, que las ideas determinan comportamientos o que son causa de comportamientos, aunque también es posible suponer que los cambios tecnológicos y científicos inducen hábitos que influyen y conforman las ideas predominantes en una sociedad. Aceptando que existe una mutua vinculación entre ideas y actitudes, la tarea del científico social consiste en descubrir el nexo entre ambas, como se dijo antes. El proceso de adaptación cultural ha de consistir en promover las ideas que favorecen las actitudes cooperativas y desalientan las que promueven comportamientos egoístas, competitivos y negligentes.

En el caso de la Edad Media europea, resulta sencillo conocer ideas y actitudes predominantes por cuanto existió un neto predominio de la Iglesia Católica. El hombre tenía en ese entonces un puesto definido en la sociedad y en el mundo. Su vida tenía un sentido religioso y consideraba que estaba en el mundo de paso hacia una etapa posterior y superior. Seguramente no tendría problemas existenciales, como los del hombre actual, pero tendría limitaciones y carencias materiales, desconocidas para un importante porcentaje de la población actual.

Si se adopta como referencia el pensamiento de quienes consideran como base de sus vidas a una religión moral, puede decirse que el hombre actual se va alejando del pensamiento religioso mientras se siente cada vez más atraído por las novedades de cada siglo. Debido a que tal pensamiento es esencialmente moral, tal alejamiento implica una pérdida progresiva en el proceso de adquisición de valores éticos, llegando tal proceso, en la actualidad, a golpear el interior de la propia Iglesia.

Ciertamente que en toda época han existido crisis variadas; aun así, se advierte un retroceso permanente. Enrique Rojas describe la sociedad posmoderna a partir de su figura central, el hombre light: “Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo. Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin grasa,…..y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones” (De “El hombre light”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2007).

La palabra “sustancia”, que se escribe también “substancia”, significa “lo que está debajo”. De ahí que un hombre sin substancia es alguien que tiene pocas ideas definidas, o bien las que tiene resultan incompatibles con el orden natural, por lo que carece de un adecuado sentido de la vida. Ante esa ausencia de sentido, trata de suplantarlo con el consumismo, sin lograr éxito.

Si pensamos en el lento y complejo proceso de la aparición de la vida inteligente en nuestro planeta, nos sentiríamos sorprendidos si alguien nos dijera que todo ese proceso conduce a un hombre que dedica todo su tiempo y todos sus pensamientos a consumir lo que está disponible en el comercio. El citado autor agrega: “El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente casi todo. Esto es lo grave”.

“Frente a la cultura del instante está la solidez de un pensamiento humanista, frente a la ausencia de vínculos, el compromiso con los ideales. Es necesario superar el pensamiento débil con argumentos e ilusiones lo suficientemente atractivos para el hombre como para que eleven su dignidad y sus pretensiones. Se atraviesa así el itinerario que va de la inutilidad de la existencia a la búsqueda de un sentido a través de la coherencia y del compromiso con los demás, escapando así de la grave sentencia de Thomas Hobbes: «El hombre es un lobo para el hombre»”.

“Hay que conseguir un ser humano que quiere saber lo que es bueno y lo que es malo; que se apoya en el progreso humano y científico, pero que no se entrega a la cultura de la vida fácil, en la que cualquier motivación tiene como fin el bienestar, un determinado nivel de vida o placer sin más. Sabiendo que no hay verdadero progreso humano si éste no se desarrolla con un fondo moral”.

Quienes promueven la diversión como base de la felicidad, se parecen a los filósofos nihilistas, quienes sostienen que la vida humana no tiene sentido, por lo que no vale la pena luchar, recomendando “divertirse”. Esto concuerda con la actitud del hombre light que trata de “divertirse” todo el tiempo por cuanto lleva impresa en su mente la idea de que la vida no tiene sentido. Abelardo Pithod escribió: “El acontecimiento cultural más importante de estos tiempos es la crisis de la cultura cristiana y el alejamiento de las grandes masas de población de las naciones que alguna vez formaron la cristiandad. Es importante entender, entonces, que el anarquismo contemporáneo, cuya esencia es el nihilismo, constituye la revolución total contra lo que quedaba de nuestra cultura tradicional”.

“Un antecedente inmediato fue el existencialismo ateo. Con variantes lo fue también «l’homme revolté» [el hombre rebelde] de Albert Camus (Camus no aceptaba que lo llamaran existencialista pero era ateo). Para este autor la revuelta humana debía ser contra el sinsentido de la vida, oponer al absurdo de la existencia la valentía de la libertad más radical. Si la vida carece de sentido al menos ejerzo mi libre arbitrio plenamente. El absurdo de mi existencia no me esclavizará. Es decir, si nada tiene sentido todo está permitido. Es la anarquía total” (De “Ciclos de Cultura y Ética Social”-CIES Editorial-Buenos Aires 1997).

El indicio de que la vida tiene un sentido objetivo, además de los sentidos particulares que podamos darle, sentido que viene implícito en el propio orden natural, surge del hecho de que no podemos transitar nuestra vida de cualquier manera. Es un caso similar al del camino que tiene señalado un solo sentido de circulación; si no lo respetamos, es posible que nos estrellemos contra la realidad. Y si desconocemos la existencia de esa regla, nos enteraremos de ella cuando tengamos un accidente.

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