martes, 16 de febrero de 2016

El sentido de la vida a través de la historia

El hombre busca un sentido para su vida para darle significado a sus acciones y a sus pensamientos. Mientras mayor sea la importancia que otorgue a sus proyectos, mayor será el empeño y el esfuerzo que dispondrá para conseguirlos.

Las distintas etapas por las que ha transitado la humanidad están caracterizadas por una visión particular del mundo y, como consecuencia, de un sentido de la vida asociado a esa visión. Luc Ferry escribió: “Todas las grandes filosofías se preguntan cuál es el sentido de nuestras vidas, qué puede constituir, desde dentro, su finalidad última. Spinoza, principalmente, nada sospechoso de ceder a las ilusiones de un sentido trascendente a la vida, insiste en ello sin cesar: existe un objetivo último que los hombres pueden proponerse gracias a la filosofía, a saber, la salvación y la alegría a través de la sabiduría y la inteligencia”.

“Porque la filosofía, en última instancia, no es el arte de disertar, sino una doctrina de la salvación laica, una sabiduría sin Dios, o en todo caso sin Dios en el sentido en que lo entienden las grandes religiones monoteístas, y sin el apoyo de la fe, puesto que es con la lucidez de la razón, con los medios que nosotros tenemos a mano, por decirlo así, debemos alcanzar la verdadera sabiduría” (De “Sobre el amor”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2013).

Para el citado autor, el sentido de la vida actual tiende a establecerse a través de la “revolución del amor”, que emerge de otros grandes principios que le antecedieron. “El primero de esos principios aparece con la Odisea de Homero y el relato de los viajes de Ulises. Podríamos decir que es el principio cósmico o cosmológico. Por decirlo claramente: la finalidad de la vida humana, la finalidad de las aventuras de Ulises es ir del caos inicial a la reconciliación del Cosmos. Ulises va de la guerra (la famosa guerra de Troya) a la paz, del caos a la armonía, del exilio fuera de Ítaca, la ciudad de la que es rey, al regreso «a casa»”.

“Durante todo el tiempo de su vagabundeo, Ulises se ve privado de esa existencia reconciliada con su mundo; se ve obligado a no vivir, por decirlo así, más que en el futuro y en el pasado, en la nostalgia o la esperanza de Ítaca, nunca en el presente de Ítaca, nunca en el amor y el goce de su isla y de los suyos”. “Sólo al recobrar el lugar natural en el orden cósmico puede el héroe, por fin, habitar el presente y abandonar esa tiranía de la nostalgia y la esperanza que, para los griegos, es la negatividad misma, pues el pasado ya no existe y el futuro aún no ha llegado, son figuras de la nada…”.

“Como signo del poder de esta sabiduría, Ulises rechaza la inmortalidad y la eterna juventud que le promete la bella Calipso para que se quede con ella…Prefiere una vida mortal exitosa que una vida inmortal «postiza», «desplazada»…lejos de ver la inmortalidad como una tabla de salvación, lo que Ulises quiere salvar es su vida de mortal y su lugar en el orden del Cosmos”.

El segundo principio es el teológico, el de quienes encuentran el sentido de sus vidas en la religión, siendo guiados por la moral biblíca. Gilles Lipovetsky escribió: “En el principio la moral era Dios. En el Occidente cristiano hasta el alba de la Ilustración, son raros los espíritus que recusan este axioma: Dios es el alfa y el omega de la moral; sólo por su voz se conocen los mandamientos últimos, sólo por la fe reina la virtud. Sin el auxilio de las Sagradas Escrituras y el temor de Dios, no puede haber más que extravíos y vicios, ya que la virtud puramente profana es inconsistente y falsa: la moral, en las épocas premodernas, es de esencia teológica, no se concibe como una esfera independiente de la religión” (De “El crepúsculo del deber”-Editorial Anagrama-Barcelona 1994).

El tercer principio es el humanista, que deja un tanto de lado los dos anteriores. Lipovetsky escribe al respecto: “Los modernos han rechazado esta sujeción de la moral a la religión. El advenimiento de la modernidad no coincide sólo con la edificación de una ciencia liberada de la enseñanza bíblica y un mundo político-jurídico autosuficiente, basado sólo en las voluntades humanas, sino también con la afirmación de una moral desembarazada de la autoridad de la Iglesia y de las creencias religiosas, establecida sobre una base humano-racional, sin recurrir a las verdades reveladas. Este proceso de secularización puesto en marcha en el siglo XVII que consiste en separar la moral de las concepciones religiosas, pensarla como un orden independiente y universal que sólo remite a la condición humana y que tiene prioridad sobre las otras esferas, en especial religiosas, es, sin duda alguna, una de las figuras más significativas de la cultura democrática moderna”.

Para Luc Ferry al humanismo le sigue el principio de la deconstrucción, que implica en realidad una tendencia a alejarse de un sentido de la vida objetivo, escribiendo al respecto: “El cuarto periodo se abre con Schopenhauer y culminará con Nietzsche y Heidegger: es la época de la deconstrucción, de la sospecha radical respecto a todas las ilusiones metafísicas y religiosas en que se basaban, por lo menos a ojos de los «deconstruccionistas», los demás principios”. “¿Qué sentido podemos darle a la vida cuando todos los valores que pretendían asignarle una finalidad superior y exterior a ella han sido demolidos?”.

Ya en pleno siglo XX se instala la mentalidad posmoderna, caracterizada esencialmente por la ausencia de grandes objetivos e ideales favoreciendo la época del vacío existencial, si bien el autor citado supone, en forma optimista, que es una etapa en que el amor constituye el principio imperante; o bien que es el principio propuesto que debería imperar. Lipovetsky escribe al respecto: “La civilización del bienestar consumista ha sido la gran enterradora histórica de la ideología gloriosa del deber. En el curso de la segunda mitad del siglo, la lógica del consumo de masas ha disuelto el universo de las homilías moralizadoras, ha erradicado los imperativos rigoristas y ha engendrado una cultura en la que la felicidad predomina sobre el mandato moral, los placeres sobre la prohibición, la seducción sobre la obligación. A través de la publicidad, el crédito, la inflación de los objetos y los ocios, el capitalismo de las necesidades ha renunciado a la santificación de los ideales en beneficio de los placeres renovados y de los sueños de la felicidad privada. Se ha edificado una nueva civilización que ya no se dedica a vencer el deseo sino a exacerbarlo y desculpabilizarlo: los goces del presente, el templo del yo, del cuerpo y de la comodidad se han convertido en la nueva Jerusalén de los tiempos posmoralistas”.

En la actualidad sigue vigente la afirmación de Marx de que la estructura y la mentalidad adoptada por una sociedad depende del sistema económico de producción y distribución. De ahí que todos los problemas morales asociados a nuestra época deberían ser atribuidos al capitalismo. En realidad, la economía de mercado es la mejor forma de responder y satisfacer a las demandas establecidas por el consumidor. Por ello, si predomina el consumismo y la superficialidad, debemos reprochar más bien a la intelectualidad y a las religiones por no ser capaces de orientar debidamente al individuo permitiéndole encontrar el verdadero sentido de la vida que nos impone el orden natural.

Si la ética es el medio que disponemos para orientarnos hacia determinado sentido de la vida, asociado a una ética de validez objetiva ha de existir también un sentido de la vida objetivo. Y este sentido objetivo puede extraerse de la visión aportada por la ciencia experimental, que Julian Huxley califica como “transhumanismo”, escribiendo al respecto: “Como resultado de mil millones de años de evolución, el universo empieza a tener conciencia de sí mismo y es capaz de comprender algo de su historia pasada y de su posible futuro. Este autoconocimiento cósmico se está realizando en una pequeñísima porción del universo, en unos pocos de nosotros, los seres humanos. Tal vez se haya realizado también en otra parte, como resultado de la evolución de seres vivos conscientes en los planetas de otros sistemas estelares, pero en nuestro planeta nunca se realizó antes”.

“El nuevo modo de comprender el universo ha resultado de la acumulación de nuevos conocimientos, durante los últimos cien años, por psicólogos, biólogos y otros hombres de ciencia, por arqueólogos, antropólogos e historiadores. De acuerdo con él, se han definido la responsabilidad y el destino del hombre considerándolo como un agente, para el resto del mundo, en la tarea de realizar sus potencialidades inherentes tan completamente como sea posible”.

“Es como si el hombre hubiese sido designado, de repente, director general de la más grande de todas las empresas, la empresa de la evolución, y designado sin preguntarle si necesitaba ese puesto, y sin aviso ni preparación de ninguna clase. Más aún: no puede rechazar ese puesto. Precíselo o no, conozca o no lo que está haciendo, el hecho es que está determinando la futura orientación de la evolución en este mundo”.

“Este es su destino, al que no puede escapar, y cuanto más pronto se dé cuenta de ello y empiece a creer en ello, mejor para todos los interesados. A lo que esa ocupación se reduce, es realmente a la realización más completa de las posibilidades humanas, sea por el individuo, sea por la comunidad, o sea por la especie en la aventura de su marcha a lo largo de los corredores del tiempo”.

“La primera cosa que la especie humana tiene que hacer para prepararse para el cargo cósmico a que se encuentra llamada, consiste en explorar la naturaleza humana, en descubrir cuáles son las posibilidades que se le ofrecen, incluyendo, por supuesto, sus limitaciones, sean inherentes o impuestas por hechos de índole externa. Hemos dado fin, o poco menos, a la exploración geográfica de la Tierra; hemos llevado la exploración científica de la naturaleza, inerte o viva, a un punto en el que sus lineamientos principales ya son claros; pero por lo que a la exploración de la naturaleza humana y sus posibilidades atañe, apenas se ha comenzado. Un vasto Nuevo Mundo de posibilidades inexploradas está esperando su Colón” (De “Nuevos odres para el vino nuevo”-Editorial Hermes-Buenos Aires 1959).

El transhumanismo incorpora parcialmente los distintos principios mencionados, como ocupar nuestro lugar en el cosmos, adoptar la actitud cooperativa del amor, encontrar una ética objetiva conociendo nuestra naturaleza humana, que en realidad ya fue encontrada por el cristianismo, aunque interpretando al amor como la actitud que nos ha de permitir compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, constituyendo la base de la cooperación que imprescindiblemente necesitamos para mantener y afianzar nuestra supervivencia.

domingo, 14 de febrero de 2016

Acción humana y economía

La descripción del comportamiento económico incluye dos aspectos bien diferenciados; por una parte, considera los efectos económicos de la acción humana, tales como la producción y el consumo, y por la otra, tiene presente las causas o motivaciones que generan tales efectos. En el primer caso se establecen modelos matemáticos cuantitativos por cuanto resulta posible asociar entes matemáticos a las diversas variables económicas, mientras que en el segundo caso se hace innecesaria su utilización por cuanto se busca describir los aspectos emocionales y cognitivos individuales que los motivan.

La Escuela Austriaca de Economía es la que presenta una menor predisposición para el uso de las matemáticas por cuanto es también la que mayor predisposición tiene para describir los aspectos psicológicos que subyacen a todo intercambio económico. Ludwig von Mises escribió: “La deficiencia fundamental de todo enfoque cuantitativo de los problemas económicos consiste en desatender el hecho de que no existen relaciones constantes entre las llamadas dimensiones económicas. No existe ni constancia ni continuidad en las evaluaciones y en la formación de las relaciones de intercambio entre varios productos”.

“Aquellos economistas que quieren sustituir la «economía cualitativa» por la «economía cuantitativa» están completamente errados”. “El economista matemático, cegado por la convicción de que la economía se debe interpretar de acuerdo al modelo de la mecánica newtoniana, y de que está abierta al tratamiento por medio de métodos matemáticos, interpreta en forma totalmente errónea el tema de sus investigaciones. Ya no trata sobre la acción humana, sino sobre un mecanismo sin alma misteriosamente impulsado por fuerzas que no permiten un análisis ulterior”.

“El economista matemático elimina de su pensamiento al empresario. No necesita de este promotor y agitador cuya intervención incesante evita que el sistema llegue al estado de perfecto equilibrio y condiciones estáticas”.

“Tal como lo ve el economista matemático, los precios de los factores de producción están determinados por la intersección de dos curvas, no por la acción humana”. “Los economistas matemáticos substituyen los términos definidos de dinero por símbolos algebraicos, tal como se utilizan en el cálculo económico y creen que este procedimiento hace más científico su razonamiento. Tratan sobre el equilibrio de varios símbolos matemáticos como si fuera una entidad verdadera y no una noción limitativa, una simple herramienta mental. Lo que hacen es vano al jugar con símbolos matemáticos, un pasatiempo poco apropiado para transmitir conocimiento alguno. Impresionan profundamente al crédulo profano. De hecho, sólo confunden y embarran lo que los libros de texto de aritmética comercial y contabilidad explican en forma satisfactoria” (De “La acción humana”-Resumen en “Ideas sobre la libertad” Nº 41-Centro de Estudios sobre la Libertad-Buenos Aires Abril 1982).

El valor que el consumidor otorga a un producto, no depende del tiempo de trabajo necesario para su realización ni de su costo total, sino de la posible utilidad o conveniencia personal. De ahí que, para la descripción del comportamiento económico, el valor subjetivo se adapta mejor a la realidad que considerar un valor objetivo, o de producción. Este resulta ser un indicio elocuente de la importancia que se le debe dar a los aspectos psicológicos en la ciencia económica.

Si se considera que las diversas ramas de las ciencias sociales deben ser coherentes y compatibles entre ellas, debe encontrarse una teoría de la acción humana de alcance general, que involucre tanto a la ética como a la economía, o al comportamiento ético del agente económico. Tal teoría puede surgir tanto de la psicología social como de la propia ciencia económica, recordando que el libro básico de Ludwig von Mises se titula precisamente “La Acción humana”, siendo un intento en ese sentido. Jesús Huerta de Soto escribió: “Cabe resaltar el importante resurgir de la ética y del análisis de la justicia como campo de investigación de excepcional trascendencia en el ámbito de los estudios sociales”.

“Quizá una de las aportaciones más importantes de la teoría de la libertad en este siglo haya sido el poner de manifiesto que el análisis consecuencialista de costes y beneficios no es suficiente para justificar la economía de mercado”.

“Desde un punto de vista estratégico, básicamente son las consideraciones de tipo moral las que mueven el comportamiento reformista de los seres humanos, que en muchas ocasiones están dispuestos a realizar importantes sacrificios para perseguir lo que estiman bueno y justo desde el punto de vista moral, comportamiento que es mucho más difícil de asegurar sobre la base de fríos cálculos de costes y beneficios, que poseen además una virtualidad científica muy dudosa” (Del Estudio Preliminar en “Creatividad, capitalismo y justicia distributiva” de Israel M. Kirzner-Ediciones Folio SA-Barcelona 1997).

Es oportuno señalar sintéticamente la visión que desde la psicología social se tiene tanto de la acción humana como de la ética asociada. En primer término se advierten dos tendencias principales que son la cooperación y la competencia. Como el hombre dispone de una respuesta, o actitud, característica, entre sus componentes emotivas se encuentra el amor, que le permite adoptar la tendencia cooperativa, siendo el amor la predisposición a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias. Las actitudes competitivas son el egoísmo y el odio, siendo la restante la indiferencia o negligencia. De ahí que el intercambio comercial que perdura es aquel por el cual se busca un beneficio simultáneo de ambas partes. Luego, la optimización de la actividad económica coincide con la optimización ética (o mejoramiento personal). La competencia en el mercado, por lo tanto, no implica una competencia basada en el egoísmo, sino que surge en quien busca ser más cooperador que los demás.

Generalmente se aduce que el capitalismo se basa en el egoísmo y, por lo tanto, que lo promueve. En realidad, debe decirse que la economía de mercado puede funcionar adecuadamente a pesar del egoísmo de sus actores, lo que es algo diferente. Por ejemplo, si un empresario egoísta trata de pagar salarios muy bajos (inferiores a los del mercado), podrá perder su capital humano ya que sus empleados podrán irse a otra empresa. De ahí que le resulte económicamente más beneficioso elevarlos. De esa manera, el sistema económico tiende a compensar parcialmente los defectos morales. La existencia de valoraciones subjetivas en economía no implica que ellas provengan de un subjetivismo o relativismo moral subyacente. “Una cosa es que las valoraciones, utilidades y costes sean subjetivas, como correctamente pone de manifiesto la ciencia económica, y otra bien distinta es que no existan principios morales de validez objetiva. Es más, estimamos que no sólo es conveniente sino también perfectamente posible el desarrollo de toda una teoría científica sobre los principios morales que hayan de guiar el comportamiento humano en la interacción social”.

Los principios subyacentes a la acción humana fueron considerados por Ludwig von Mises como principios no verificables experimentalmente. Sin embargo, las actitudes básicas del hombre, señaladas antes, son relativamente fáciles de advertir en la vida cotidiana. Al respecto escribió: “El hombre cuenta con una sola herramienta para combatir el error: la razón. El hombre utiliza la razón a fin de elegir entre las satisfacciones incompatibles de los deseos en conflicto”.

“El criterio último para determinar la exactitud o inexactitud de un teorema económico, es únicamente la razón sin ayuda de la experiencia”. “Ya no es posible definir claramente los límites que existen entre el tipo de acción correspondiente al campo mismo de la ciencia económica en el sentido más estricto y otro tipo de acción”. “La teoría general de la acción humana, la praxeología, emerge de la economía política de la escuela clásica. Los problemas económicos o catalácticos se encuentran unidos a una ciencia más general y ya no pueden desligarse de esta conexión. Ningún tratamiento adecuado de los problemas económicos, puede evitar el hecho de partir de actos electivos; la economía se vuelve una parte, si bien la parte más desarrollada hasta la fecha, de una ciencia más universal, la praxeología”.

“La praxeología –y en consecuencia también la economía- es un sistema deductivo. Toma impulso desde el comienzo mismo de sus deducciones, a partir de la categoría de la acción”. “La praxeología es una ciencia teórica y sistemática, no histórica. Sus enunciados y proposiciones no derivan de la experiencia. Son, como aquellas de la lógica y las matemáticas, apriorísticas. No están sujetas a la verificación o falseación en base a la experiencia o a los hechos”.

Puede decirse que, si la economía adoptara como base la teoría de la acción de la psicología social, podrá ser considerada también como una rama integrante de las ciencias sociales, lo que no resulta ser una novedad, aunque la anterior opinión de Mises la dejaba alejada del ámbito de la ciencia experimental.

Para evitar este inconveniente, desde la economía se ha propuesto un principio ético aplicable a toda actividad económica ejercida con libertad. Jesús Huerta de Soto escribió: “El planteamiento ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente «lo existente», pasando más bien a concebirse como la manera más conforme a la naturaleza humana de fomentar la creatividad. Es aquí donde la aportación de Kirzner en el campo de la ética social entra de lleno: la concepción del ser humano como un actor creativo hace inevitable aceptar con carácter axiomático que «todo ser humano tiene derecho natural a los frutos de su propia creatividad empresarial». No sólo porque, de no ser así, estos frutos no actuarían como incentivo capaz de movilizar la perspicacia empresarial y creativa del ser humano, sino porque además se trata de un principio universal capaz de ser aplicado a todos los seres humanos en todas las circunstancias concebibles”.

“Parece evidente que si alguien crea algo de la nada, tiene derecho a apropiarse de ello, pues no perjudica a nadie (antes de que se creara no existía aquello que se creó, por lo que su creación no perjudica a nadie y, como mínimo, beneficia al actor creativo, si es que no beneficia también a otros muchos seres humanos)”.

En realidad, el principio de Kirzner ha de ser aplicado a la acción económica y productiva, mientras que el “Amarás al prójimo como a ti mismo” sigue siendo el principio ético de mayor generalidad y que, incluso, orienta también las actividades económicas (o debería orientarlas), esta vez interpretándolo como la actitud por la cual intentamos compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, incluyendo por ello como “prójimo” a quien establece con nosotros algún tipo de intercambio económico.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Auges y crisis en economía

El auge de la economía y la crisis posterior (el ciclo económico), aparecen secuencialmente, como causa y efecto, siempre que el auge haya sido consecuencia de una expansión crediticia “artificial”, es decir, fuera del proceso autorregulado del mercado. Esta es la conclusión a la que arriban los economistas de la Escuela Austriaca. De ahí que recomiendan a los bancos prestar dinero solamente en la cantidad disponible, dejando de lado las posibilidades estadísticas.

Los ciclos económicos han sido definidos como: “Periodos alternantes de alza y baja en los niveles de actividad económica con características similares en la producción, los precios, etc., fluctuantes de un «ciclo» a otro. Estas variaciones cíclicas pueden remontarse a finales del siglo XVIII y, posiblemente, a fechas anteriores. Un ciclo típico consistía en un periodo de expansión, un cambio de tendencia o recesión, un periodo de contracción y un cambio de tendencia hacia arriba o recuperación. Todo el ciclo duraba, generalmente, de cinco a once años. Durante la contracción («depresión») bajaban los precios, la renta nacional y el empleo, y durante la expansión («prosperidad») aumentaban”.

“Han aparecido numerosas y variadas teorías para explicar los ciclos económicos y toda la materia ha sido objeto de un fuerte debate entre los economistas. Una explicación «ecléctica» podría presentarse así: siempre que la demanda total de bienes y servicios sea inferior a la necesaria para mantener la producción a los niveles existentes, el nivel de producción y, por tanto, el empleo, descenderán. Esto puede ser debido a una tendencia de la economía a ahorrar demasiado (a subconsumir), o a crear una escasez del gasto de inversión para cubrir la brecha de la demanda agregada causada por los ahorros planeados (subinversión)” (Del “Diccionario de Economía” de A. Seldon y F.G. Pennance-Ediciones Orbis SA-Barcelona 1983).

Recordemos que los bancos reciben dinero en forma de ahorro, por el cual el ahorrista recibe un interés. Luego el banco otorga préstamos, con ese dinero, cobrando un interés algo mayor, de donde el banco obtiene su ganancia por la intermediación. Como la mayor parte de los ahorristas depositan su dinero a largo plazo, los bancos tienden a prestar una cantidad mayor de dinero que la que realmente ha recibido, ya que pocas veces ocurre que todos los ahorristas concurrirán juntos a retirar sus depósitos, lo que provocaría el quebranto del banco, hecho que sólo ocurre cuando una severa crisis financiera ha llegado. Para evitar estos inconvenientes, los distintos países tienen un Banco Central que apoya a los bancos poco solventes, pero a costa de inyectar dinero que de esa forma perjudica a otros sectores de la economía.

El capital prestado mediante los créditos bancarios es un importante factor de la producción. Si en lugar de ser el producto del esfuerzo y del ahorro, se lo crea prácticamente de la nada, estaríamos en una situación parecida a crear energía en lugar de transformarla a partir de alguna otra forma previamente existente. De ahí que, posiblemente, el proceso autorregulado del mercado tienda a reaccionar ante las perturbaciones ajenas a su funcionamiento de una manera similar a la evidenciada cuando se imprimen billetes a un ritmo superior al del crecimiento de la producción (inflación).

Como ejemplo puede citarse la crisis del 2008 producida esencialmente por el otorgamiento de créditos para la compra de viviendas, en EEUU, cuyos beneficiarios no podían devolver a los bancos. En España, por otra parte, al existir créditos baratos, es decir, con intereses menores a los de un mercado no perturbado o intervenido, permitió el auge de la construcción de viviendas para las cuales no existía la demanda correspondiente, promoviendo de esa forma la severa crisis posterior.

Veamos lo que dice Ludwig von Mises al respecto: “La demanda de créditos por parte del público es una magnitud que depende de la disposición de los bancos para prestar dinero, y los bancos que no se preocupan por su propia solvencia están en posición de expandir el crédito disponible bajando el interés a una tasa menor que la del mercado. Bajar la tasa de interés equivale a aumentar la cantidad de crédito a niveles que erróneamente se consideran justos y normales en las operaciones mercantiles”.

“Los billetes de banco se convierten en medios fiduciarios dentro de una economía de mercado libre de trabas. Los depósitos a la vista son sustitutos monetarios y en tanto su monto exceda las reservas retenidas, son instrumentos fiduciarios y en consecuencia, constituyen un vehículo de expansión crediticia no menor que los billetes de banco. El causante de la expansión crediticia fue el banquero, no la autoridad, pero hoy en día es una práctica del gobierno exclusivamente”.

“Mientras la cuantía de la expansión crediticia que los bancos privados y los banqueros pueden manejar en un mercado libre de trabas se encuentre estrictamente limitada, los gobiernos tendrán como objetivo el mayor monto posible de expansión crediticia. Esta es la principal herramienta en su lucha contra la economía de mercado libre”. “Lo que se necesita para evitar una mayor expansión crediticia es colocar a las operaciones dentro de las reglas dictadas por las leyes civiles y comerciales, obligando a todo individuo o firma cumplir con todas las obligaciones de acuerdo con los términos establecidos en el contrato”.

“Una banca libre es el único método para evitar los peligros inherentes a la artificial expansión crediticia. Sólo una banca libre hubiera protegido a la economía contra las crisis y las depresiones”.

“En la actualidad no hay ningún gobierno que quiera considerar la creación de un programa de banca libre, porque ningún gobierno desea renunciar a lo que estima una fácil fuente de ingresos. Aquellos estadounidenses que lograron deshacerse en dos oportunidades de un banco central tenían conciencia de los peligros de dichas instituciones; fue demasiado desastroso el hecho de no haber visto que los males que ellos trataban de eliminar estaban presentes en todo tipo de injerencia gubernamental en las operaciones bancarias” (De “La acción humana”-Resumen en “Ideas sobre la libertad” Nº 41-Centro de Estudios sobre la Libertad-Buenos Aires Abril 1982).

Si no existiese el Banco Central, los bancos que expanden artificialmente el crédito, podrían terminar cerrando sus puertas ante la imposibilidad de devolver el dinero de los ahorristas. Si bien el Banco Central estatal protege a los ahorristas al auxiliar a los bancos mencionados, permite también que tales prácticas crediticias se mantengan y de esa manera se siga promoviendo la existencia de auges artificiales con las posteriores crisis financieras, que por cierto también producen serios inconvenientes, aunque esta vez involucrando a prácticamente toda la población, y no sólo a los ahorristas de un banco.

Se ha diferenciado el auge artificial (burbuja financiera), creado por la expansión crediticia excesiva, del auge natural, que implica que el crédito bancario está consolidado en base a ahorros concretos y reales. De la misma manera en que un proceso inflacionario enmascara las señales que el mercado brinda a empresarios e inversores, la expansión crediticia artificial tiende también a confundirlos.

Ludwig von Mises agrega: “Para que surja un auge artificioso es condición indispensable un aumento de la cantidad de instrumentos fiduciarios. La reaparición de los periodos de auge seguidos por periodos de depresión, es el resultado inevitable de los repetidos intentos de bajar las elevadas tasas de interés del mercado por medio de la expansión crediticia. No hay forma de evitar el colapso final del auge originado por tal expansión. Entonces existen dos posibilidades, a saber, que la crisis sobrevenga más pronto como resultado del abandono voluntario de una nueva expansión crediticia, o más tarde, como una catástrofe final y total del sistema monetario en cuestión”.

“El fracaso se percibe en cuanto los bancos se atemorizan ante el ritmo acelerado del auge y comienzan a reducir la expansión crediticia. El cambio en la conducta de los bancos no crea la crisis. Simplemente pone de manifiesto el estrago causado por los errores que cometieron las empresas durante el periodo de auge. La escasez de créditos que marca la crisis no es causada por la reducción de la actividad comercial sino por la abstención de una ulterior expansión crediticia. Esto afecta a todas las empresas; no sólo a las que están definitivamente predestinadas al fracaso, sino también y no en menor grado, a aquellas que se hallan en estado de solvencia y podrían florecer si hubiera un sistema crediticio sano. Como las deudas pendientes no se saldan, los bancos carecen de medios para otorgar créditos aun a las firmas más sólidas. La crisis se generaliza y obliga a todas las ramas de la actividad económica y a todas las firmas a restringir sus operaciones. Pero no hay forma de evitar estas consecuencias, producto del auge precedente”.

“Los precios de los factores de producción –tanto materiales como humanos- han alcanzado un nivel excesivo durante el periodo de auge. Primero deben bajar para que las operaciones comerciales puedan volver a arrojar ganancias. La recuperación y la vuelta a la «normalidad» sólo pueden comenzar cuando los precios y los salarios estén tan bajos que un número suficiente de individuos dé por sentado que ya no bajarán más. Por lo tanto, el único medio de acortar el periodo de mal funcionamiento de las operaciones, es evitar cualquier intento de retrasar la baja de precios y salarios. Todo intento por parte del gobierno o de los sindicatos para evitar o retrasar esta adaptación saludable, solamente prolonga el estancamiento”.

“Fuera del colapso posterior al auge, hay sólo una manera de volver atrás. Debe descender el nivel de los salarios; la gente debe restringir el consumo temporariamente, hasta que sea restituido el capital gastado en malas inversiones. Es totalmente falsa la creencia sustentada por los defensores de la expansión crediticia y la inflación, de que la abstención de una mayor expansión crediticia y de la inflación, perpetuarían la depresión. Los remedios sugeridos por estos autores no harían que el auge durara para siempre. Simplemente perturbarían el proceso de recuperación y agravarían el colapso final”.

“El auge sólo puede mantenerse en tanto la expansión crediticia progrese a pasos cada vez más acelerados y finaliza cuando no se inyectan cantidades suplementarias de medios monetarios en el mercado. Pero no podría durar eternamente, aun cuando la inflación y la expansión crediticia continuaran sin cesar. Tropezaría entonces con las inevitables barreras que impiden la expansión ilimitada del crédito y conduciría al colapso y a la total destrucción del sistema monetario”.

Finalmente se sugiere escuchar la conferencia de Jesús Huerta de Soto ubicada en la siguiente dirección de Internet: https://www.youtube.com/watch?v=puBNiGxDt5g

martes, 9 de febrero de 2016

Argentina-Inglaterra: una relación conflictiva

La época en que se produce el mayor crecimiento de la Argentina está asociada al vínculo comercial establecido con Inglaterra. Sin embargo, un gran sector de la población argentina ve en tal vínculo algo negativo por cuanto también se beneficio Inglaterra. Tal sector, posiblemente, lo hubiese visto como positivo si las ventajas hubiesen sido sólo para nuestro país. En cierta forma se mantiene una actitud similar a la de quienes sostenían que debía exportarse lo más posible importando del exterior lo menos posible buscando un aparente beneficio unilateral. David Downing escribió: “El ferrocarril facilitó el desarrollo de las Pampas, una extensa zona de suelo fértil sin plantaciones que conforma la mayor reserva de riqueza natural de la Argentina. En la década de 1860 se plantaron cosechas de algodón para compensar la escasez provocada por la Guerra Civil Norteamericana, que posteriormente dieron lugar a la lana y los granos. Recién a principios de 1900 se realizaron avances en las técnicas de refrigeración que permitieron el inmenso desarrollo del comercio de carne congelada, que sería el sustento de la economía durante los siguientes cincuenta años”.

“Los británicos compraron gran parte de estos productos agrícolas. Los llevaban hasta muelles británicos en trenes británicos y los transportaban en buques de carga británicos. Por supuesto, entregaban a cambio mercaderías británicas. Los argentinos que querían participar del negocio acudían a bancos británicos en busca de préstamos, volvían a sus hogares en tranvías británicos y bebían agua que les proporcionaba la empresa británica a cargo del servicio. Para 1913 el sesenta por ciento de las inversiones extranjeras en la Argentina eran británicas. No habían podido conquistar el país, pero de esta forma adquirían mayores ganancias y menores inconvenientes”.

“Para el inglés victoriano promedio (de hecho, también para la mentalidad corporativa del siglo XIX), éste era un buen negocio: obtenían los granos y la carne que necesitaban y que los EEUU, con sus crecientes niveles de población, ya no podían proveer. Por su parte, la Argentina conseguía los bienes industriales que no era capaz de producir por sí misma. Los ingleses aumentaban las ganancias y los argentinos, el nivel de infraestructura y la economía. ¿Qué había de malo en esto?” (De “Argentina vs. Inglaterra”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2006).

Puede decirse que la decisión de establecer tales intercambios fue bastante más acertada que la de seguir siendo una atrasada población asediada por malones indígenas que vivían del saqueo, la rapiña y la delincuencia. Sin embargo, posteriormente se advirtió que el comercio internacional resulta más beneficioso cuando se establece en el marco del mercado internacional, en lugar de la cómoda dependencia establecida respecto de un solo país. Luis Alberto Romero escribió: “A lo largo de cuatro décadas, y aprovechando una asociación con Gran Bretaña que era vista como mutuamente beneficiosa, el país había crecido de modo espectacular, multiplicando su riqueza. Los inmigrantes, atraídos para esa transformación, fueron exitosamente integrados en una sociedad abierta, que ofreció abundantes oportunidades para todos, y si bien no faltaron las tensiones y los enfrentamientos, éstos fueron finalmente asimilados y el consenso predominó sobre la contestación”.

“Si las ganancias de los socios extranjeros fueron elevadas –a través de los ferrocarriles y frigoríficos, del transporte marítimo, de la comercialización o del financiamiento-, también lo fueron las del Estado, provenientes fundamentalmente de impuestos a la importación, y las de los terratenientes, quienes, dadas las ventajas comparativas con respecto a otros productores del mundo, optaron por destinar una porción importante de éstas al consumo. Ello explica en parte la magnitud de los gastos realizados en las ciudades, que unos y otros se ocuparon en embellecer imitando a las metrópolis europeas, pero cuyo efecto multiplicador fue muy importante”.

“El ingreso rural se difundió en la ciudad multiplicando el empleo y generando a su vez nuevas necesidades de comercios, servicios y finalmente de industrias, pues en conjunto las ciudades, sumadas a los centros urbanos de las zonas agrícolas, constituyeron un mercado atractivo. El sector industrial alcanzó una dimensión significativa y ocupó a mucha gente. Algunos grandes establecimientos, como los frigoríficos, molinos y algunas fábricas grandes, elaboraban sus productos para la exportación o el mercado interno” (De “Breve historia contemporánea de la Argentina”-Fondo de Cultura Económica-Buenos Aires 2001).

Es oportuno mencionar que los vínculos comerciales fueron establecidos esencialmente con empresas e inversores británicos, y no con el Estado respectivo. H. S. Ferns escribió: “En la solución, o presunta solución, de los problemas creados por la gran afluencia de capital que ya estaba en marcha en 1881, las autoridades políticas londinenses y sus representantes de Buenos Aires no tuvieron ninguna participación. Las autoridades argentinas trataban directamente con los banqueros europeos y con los propietarios de ferrocarriles y empresarios de la Argentina. Cuando la afluencia de capital empezó a disminuir en 1885, la administración del general Roca decidió que debía tomarse alguna medida para restaurar la confianza tan necesaria para inducir a los inversores a comprar títulos argentinos, acciones ferroviarias y documentos similares. Carlos Pellegrini fue enviado a Europa, donde negoció directamente con un comité de banqueros…Ni el gobierno británico ni el Banco de Inglaterra tuvieron injerencia alguna en el acuerdo firmado por Pellegrini para hipotecar los ingresos aduaneros argentinos y no pedir más préstamos monetarios sin el consentimiento de los bancos”.

En cuanto a una crisis que afectó a uno de tales bancos, el Baring Brothers, el citado autor escribe: “La crisis financiera fue obviamente de gran importancia tanto para la comunidad argentina como para la británica. Pero no fue una crisis entre los gobiernos argentino y británico. Estuvieron íntimamente comprometidos en la crisis, pero cada cual contribuyó a la solución dentro de su propia comunidad, y no mediante la confrontación o la negociación recíproca en tanto autoridades soberanas”.

“Ya en 1848 lord Palmerston, en una circular dirigida a las misiones británicas en el extranjero, había afirmado el derecho y la determinación del gobierno británico de proteger a los súbditos británicos contra las injusticias perpetradas por gobiernos extranjeros, pero también aclaró que los súbditos británicos que optaban por prestar dinero a gobiernos extranjeros o invertir en comunidades extranjeras antes que prestar e invertir en Gran Bretaña y sus dependencias lo hacían por su propia cuenta y que «las pérdidas de hombres imprudentes que han depositado una equivocada confianza en la buena fe de gobiernos extranjeros, sería una saludable advertencia para otros»”.

“Más tarde, en 1861, Granville hizo más explícita la política sobre el cobro de deudas: «El gobierno de Su Majestad no está de ninguna manera involucrado en las transacciones privadas con Estados extranjeros. Los contratos de esta índole sólo se conciertan entre la potencia deudora y los capitalistas que se comprometen en estas empresas especulativas y se contentan con afrontar riesgos extraordinarios con la esperanza de grandes ganancias contingentes, el riesgo de complicaciones internacionales, medidas de fuerza, si se adoptaren contra Estados pequeños…sometería a este país a ofensivas acusaciones»” (De “Las relaciones anglo-argentinas 1880-1910” en “La Argentina del ochenta al centenario” de Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1980).

El comercio internacional, cuando se realiza con otro país solamente, se establece una dependencia anormal por cuanto si el país poderoso entra en crisis, la traslada inmediatamente al más débil. Luis Alberto Romero agrega: “Por otra parte, la Primera Guerra Mundial, que había estallado en 1914, permitía vislumbrar el fin del progreso fácil, crecientes dificultades y un escenario económico mucho más complejo, en el que la relación con Gran Bretaña no bastaría ya para asegurar la prosperidad”.

Para superar tales situaciones de dependencia económica, no sólo debe esperarse una mejor actitud del país fuerte, sino que el país débil abandone sus debilidades y defectos. Así como la sobreprotección del niño y del adolescente tiende a limitar su desarrollo futuro, la dependencia económica muy acentuada tiende a limitar las aptitudes para establecer el desarrollo económico pleno. Mahatma Gandhi escribió respecto de los ingleses y del dominio que ejercieron en la India: “Los ingleses no se apoderaron de la India; fuimos nosotros los que se la dimos. No es por sus propias fuerzas como se mantuvieron en la India, sino porque nosotros los retuvimos”.

“En un principio, los ingleses llegaron a la India por razones comerciales. Recuerde usted la Compañía Bahadur. ¿Quién hizo de ella lo que fue después? En esa época, no tenían el menor propósito de establecer un reino. ¿Por quienes fueron ayudados los funcionarios de la Compañía? ¿Quién fue tentado a la vista de su dinero? ¿Quién compró sus bienes? La historia demuestra que fuimos nosotros quienes hicimos todo eso. La perspectiva de hacernos ricos demasiado rápidamente nos hizo recibir con los brazos abiertos a los funcionarios de la Compañía. Les hemos ayudado”.

“Supongamos que yo tuviese el hábito del alcohol y que un comerciante viene a vendérmelo; ¿será a éste o a mí a quien debe acusarse? ¿Perderé el hábito por el hecho de acusar al comerciante? Y si arrojo a uno de ellos ¿no vendrá otro a ocupar su lugar?”.

“Las mismas circunstancias que les dieron la India, les permitieron mantenerse en ella. Algunos ingleses sostienen que ellos han tomado la India por las armas y que la conservan por los mismos medios; ambas afirmaciones son falsas. Somos nosotros los que hemos conservado a los ingleses, y las armas no tienen en eso ningún papel. Se dice que Napoleón llamaba a los ingleses un pueblo de mercachifles. Nada los pinta mejor. Ellos no conservan sus dominios más que para finalidades comerciales; su ejército y su flota, para proteger sus intercambios” (De “La civilización occidental y nuestra independencia”-Editorial Sur SRL-Buenos Aires 1959).

El analista internacional Andrés Cisneros, manifestaba en un programa televisivo que no habrá cambios significativos respecto del conflicto de las Islas Malvinas hasta que la Argentina pueda llegar a ser un país importante en el concierto de las naciones y que convenía, mientras tanto, mantener con Gran Bretaña la mejor de las relaciones posibles.

lunes, 8 de febrero de 2016

La oligarquía vs. el populacho

El abrupto cambio que se produce en la Argentina, desde 1880 hasta 1910, y por el cual uno de los países más pobres y atrasados de Latinoamérica llega a ubicarse en el 7mo lugar entre los países del mundo, fue la obra de una clase dirigente hoy denominada despectivamente como “la oligarquía”. A este periodo de esplendor le sigue una prolongada decadencia debida a la acción de las clases dirigentes posteriores, que se las puede considerar constituidas por diversas formas de “populismo”.

Según los analistas políticos, la aristocracia, que es el gobierno de los mejores, puede decaer a una oligarquía cuando los gobernantes atienden prioritariamente sus objetivos e intereses personales, mientras que la democracia, que es el gobierno del pueblo, puede decaer en una demagogia (o populismo) cuando los gobernantes priorizan sus intereses personales o sectoriales en desmedro de los demás. Platón considera que el “gobierno de pocos” y “según las leyes”, es la aristocracia, mientras que el “gobierno de pocos” y “contra las leyes” es la oligarquía. Aristóteles, por su parte, considera que el “gobierno de pocos”, que busca “el bien común” es la aristocracia, mientras que, cuando busca “el beneficio del gobernante”, es “oligarquía” (De “Introducción a los estudios políticos” de Mario J. López-Editorial Kapeluz SA-Buenos Aires 1971)

De la misma manera en que algunas naciones, para justificar el colonialismo, aducían ser las mejores administradoras, incluso de naciones ajenas, algunos sectores sociales aducen ser los mejores administradores para justificar su dominio sobre el resto. Los colonialismos lograron pobres resultados al impedir el crecimiento de los pueblos conquistados ya que ignoraron la sugerencia de Goethe cuando indicaba que se debía tratar a los demás como creemos que deberían ser para ayudarlos así a ser lo que podrían llegar a ser.

Es oportuno mencionar la propaganda política que alguna vez apareció en las calles de Mendoza durante el siglo XIX. Dardo Pérez Guillhou escribió: “En Mendoza, en oportunidad de la elección de gobernador de Arístides Villanueva, sus partidarios, con fecha 8 de abril de 1870, publican un afiche que será pegado en las paredes de toda la ciudad, conteniendo el programa y pensamiento del «Círculo» del candidato. Círculo al cual pertenece Francisco Civit y dentro del cual crecerá su hijo Emilio”.

“La sinceridad y crudeza del contenido del documento nos obligan a transcribir textualmente varias de sus partes no temiendo caer en excesos porque creemos que hay pocos testimonios en la documentación pública argentina que traduzcan más fielmente el pensamiento de esa generación”,

“Refiriéndose al grupo social al que pertenece el candidato con el subtitulo de «El Círculo» dice: «Perteneciente el señor Villanueva a una de las familias de más lustre por su clase, todas sus relaciones se componen de gente de primera categoría. Entre ellas no figuran personas de baja ralea o de mediana esfera, sino individuos distinguidos por su cuna, su talento, su ilustración y su fortuna que forman la verdadera importancia de la Provincia».
«El círculo del señor Villanueva es la garantía más segura del gobierno de la gente decente y del sometimiento completo del populacho que mientras más corrompido es, mayores pretensiones abriga de igualarse con los caballeros a quienes en justicia corresponde la dirección de la cosa pública, porque jamás puede entregarse en manos de mulatos y de canalla sin hundir al país en la miseria».
«La desmesurada pretensión de la gente baja y las contemporizaciones que con ellos se han tenido amagan el orden público al extremo de no haber ya ni servicio doméstico porque los sirvientes, artesanos y demás gente vil abandonan sus trabajos propios para entregarse a la política como si esta fuera ocupación de gente de su clase. El señor Villanueva y su círculo restablecerán las cosas a su lugar con gran beneficio del país entero»” (De “Emilio Civit” en el libro “La Argentina del ochenta al centenario” de Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1980).

De ese ambiente clasista ha de surgir Emilio Civit, un político que llegó a la gobernación de Mendoza y a ser el único ministro de Julio A. Roca que lo acompañó durante toda su segunda presidencia, siendo Roca la figura más destacada del proceso de transformación nacional mencionado. “Los Civit, y en particular el hijo, supieron elegir como protector a Roca y, formando parte de su imperio, se tornaron prácticamente inexpugnables. Esta circunstancia le dio a nuestro hombre un gran margen de seguridad en sus movimientos y le creó el clima propicio para desarrollar su singular personalidad. La prueba está en qué, cuando advino el sufragio libre y secreto sin fraude, perdió el dominio de la situación; se sustituyeron sus principios liberales por los democráticos, su círculo de notables por los hombres de comité, su control de los registros cívicos por el voto libre, sus derechos individuales por los sociales”.

Entre las obras públicas promovidas por Emilio Civit encontramos el Parque Gral. San Martín, de Mendoza, el edificio del Congreso Nacional y la duplicación de la red ferroviaria nacional bajo su ministerio. Uno de los emprendimientos de mayor importancia fue el sistema fluvial argentino con sus puertos y demás. “«Prácticamente, todo el sistema mercante fluvial de la República ha sido concebido y ejecutado durante el gobierno de Roca y mediante el empeño de su ministro Civit» (Braun Menéndez)”. “El país tenía grandes ríos y un extenso litoral fluvial y marítimo pero su riqueza agrícola ganadera no podía ser sacada rápida y económicamente porque no había fácil acceso a las grandes vías de agua. Se efectuó el dragado y canalización del Río de la Plata, los ríos Capitán, Brazo del Paraná de las Palmas, Baradero y Paso Martín García. Paralelamente se iniciaron las obras portuarias en Rosario, Diamante, Concepción, Paraná y Concordia, que se terminaron, y quedaron en construcción adelantada los puertos de San Nicolás, Colón, Gualeguaychú, Gualeguay y Santa Fe. La mesopotamia argentina quedó así vinculada comercialmente a los grandes centros. Se terminaron las obras del puerto de Buenos Aires y del militar o Belgrano”.

Son épocas en que el Estado realiza obras que facilitan la producción en lugar de intervenir los mercados distorsionándolos, como resultó con la práctica populista posterior. La ampliación de la red ferroviaria y la construcción de vías fluviales es también una forma de “intervención estatal en la economía”, aunque en el buen sentido de la expresión.

Las fuerzas democráticas perfeccionan el sistema electoral que facilita el acceso al poder tanto de los mejores como de los peores (caudillos y demagogos), con la esperanza de que el pueblo sabrá elegir lo mejor, lo que no siempre ocurrió. Una vez que el pueblo pudo expresarse legítimamente en las urnas, optó por los simpáticos populistas y relegó a los antipáticos “oligarcas”, incluso sin reconocerles el hecho de haber construido una gran nación. Es una actitud similar a la adoptada respecto a Domingo F. Sarmiento, a quien se lo critica por descalificar al indio y al gaucho, sin tener presente que las escuelas que creó permitieron a los hijos de los gauchos insertarse de una manera efectiva en la nueva nación.

Así como la aristocracia muchas veces degenera en oligarquía, es posible que de la oligarquía mejorada surja la aristocracia. Como se mencionó antes, la denominación de “oligarca” debe asociarse a quien usa el poder en beneficio personal o sectorial, calificativo que no le corresponde a Emilio Civit. De ahí que en su caso, y en el de otros políticos de la época, resulta mejor decir que fueron aristócratas, es decir, los más indicados para ejercer el gobierno. Pérez Guillhou agrega: “Nunca puso sus notables condiciones para ejercer el poder y su dominio de la provincia al servicio de bajas ambiciones personales. Toda su pasión por el progreso material de Mendoza tuvo como contraparte la austeridad en la vida particular y sus últimos días los pasó sufriendo verdaderas privaciones. Nunca buscó su enriquecimiento personal”.

“«Ganaba el tiempo a las horas trabajando a destajo. Solía la luz del día sorprenderlo en la tarea que había empezado la noche anterior, pluma en mano, rodeado de libros esparcidos por el suelo y los ojos cargados de sueño» (Edmundo Correa)”.

“Las fuerzas liberales mendocinas perdieron con su muerte al gran conductor, y el radicalismo, dueño ahora del escenario, elevó a un gran caudillo, José Néstor Lencinas, que nunca tuvo ni el nivel, ni la inteligencia, ni la capacidad de estadista nacional que alcanzó nuestro hombre”.

La vigencia de aristócratas y oligarcas no despertó en sus opositores la búsqueda de una mejora política, sino que, por el contrario, promovió el surgimiento de una discriminación social de sentido opuesto, es decir, que favoreció el odio entre los sectores populares en contra de “los mejores” o de los que intentaban parecer “mejores”. La esencia del peronismo no es la de un movimiento reparador de la política, sino la de un movimiento que intentó reemplazar la antigua aristocracia-oligarquía por la “nueva oligarquía analfabeta”, como alguna vez fue denominada.

Mientras que el fascismo italiano, simpatizante con el “superhombre” de Nietzsche, buscaba el gobierno de los mejores (aunque por caminos erróneos), el peronismo quiso emular al fascismo pero con un cambio importante, por cuanto promovió el gobierno y dominio de las masas sobre el resto. Seymour Martin Lipset, define al peronismo como “el «fascismo» de la clase baja”, escribiendo al respecto: “A diferencia de las tendencias antidemocráticas del ala derecha, que se apoyaban en los estratos más acomodados y tradicionalistas, y de aquellas tendencias que preferimos llamar fascismo «verdadero» -autoritarismo centrista apoyado en las clases medias liberales, fundamentalmente los trabajadores independientes-, el peronismo, en gran parte como los partidos marxistas, se orientó hacia las clases más pobres, principalmente los trabajadores urbanos, pero también hacia la población rural más empobrecida”.

“El peronismo posee una ideología del Estado fuerte, totalmente similar a la abogada por Mussolini. También posee un fuerte contenido populista antiparlamentario, destacando que el poder del partido y el dirigente se derivan directamente del pueblo, y que el parlamento se convierte en gobierno de políticos incompetentes y corrompidos. Comparte con el autoritarismo del ala derecha y centrista una fuerte inclinación nacionalista, y atribuye muchas de las dificultades encaradas por el país a los extranjeros –los financistas internacionales y otros-. Y al igual que las otras dos formas de extremismo, glorifica la posición de las fuerzas armadas” (De “El hombre político”-EUDEBA-Buenos Aires 1963).

En la actualidad, cuando la antigua aristocracia-oligarquía fundadora del país quedó distante en el tiempo, persiste la discriminación social hacia sus “sucesores” (los empresarios, la burguesía), pero no para mejorar la situación de todos, sino para reemplazarlos por la “nueva oligarquía popular”, esta vez bajo el rótulo de “kirchnerismo”.

sábado, 6 de febrero de 2016

No trabajan ni estudian

En las últimas décadas ha aparecido un fenómeno social que no se veía en épocas anteriores, y es el gran porcentaje de jóvenes que no trabajan ni estudian. Este es el efecto inmediato de carecer de objetivos y proyectos para el futuro y, además, de sentir un miedo excesivo a afrontar la vida como corresponde. Víktor Frankl diría, con justa razón, que se trata de un síntoma de la ausencia de un sentido de la vida.

Cuando existe una dosis normal de miedo, tanto a la pobreza como a la inseguridad económica, todo joven se ha de esmerar en prepararse intelectual y laboralmente para afrontar el futuro. No todos tienen predisposición e interés en el estudio, por lo cual una pronta inserción laboral mitigaría parcialmente el problema. Sin embargo, la prohibición a los menores a ejercer actividades laborales favorece el ocio y la vagancia, por lo cual muchos llegan a la mayoría de edad sin saber ningún oficio y sin tener ningún hábito de responsabilidad y trabajo, quedando descalificados para todo posible empleo.

Como todo fenómeno social, este problema depende de la influencia familiar y social recibida como así también de sus características personales hereditarias. Sin embargo, el aumento de los porcentajes de quienes no estudian ni trabajan indica que se trata de los efectos de un cambio en la mentalidad generalizada de la sociedad que involucra a la mayoría. Pareciera que la tendencia a la sobreprotección tanto como a la desprotección familiar, ha ido en aumento en los últimos tiempos, y de ahí un posible indicio de las causas básicas que lo generan. Alejandro Schujman escribió: “La sobreprotección, en un extremo; la desprotección en el otro. Ambas modalidades propician de manera clara un difícil desprendimiento en la adolescencia. Son «agentes transmisores del Ni-Ni»” (De “Generación Ni Ni”-Grupo Editorial Numen-Buenos Aires 2011).

Entre los alumnos secundarios se advierte también actitudes generalizadas que no se presentaban en otras épocas, al menos masivamente; tal el caso de la apatía y la falta de interés por la adquisición de nuevos conocimientos. Pareciera que si no los obligaran sus padres a estudiar, engrosarían las filas de los Ni Ni (Ni estudian ni trabajan). El desgano y la apatía se observa también en las distintas actividades laborales en la cuales todo se hace a “media máquina”.

El miedo a la etapa de la madurez se advierte también en muchos padres que, pareciera, pretenden sentirse adolescentes durante toda la vida. Si se pudiese detener el reloj de la edad, un futbolista posiblemente elegiría los 30 años, mientras que un intelectual quizá los 50 o 60. El problema que se está tratando puede definirse en función de que adolescentes y padres parecen preferir la edad de la adolescencia si tuviesen que detener imaginariamente el reloj de la edad. Sergio Sinay escribió: “Hombres y mujeres cuyos documentos de identidad y cuyas apariencias (mal que les pese) denuncian que han pasado largamente la línea demarcatoria de la mayoría de edad, se niegan a aceptar ese hecho natural de la vida y dan afanosas y penosas batallas por ocultarlo o disimularlo. Se empecinan en conservar actitudes infantiles o adolescentes, expresan pensamientos de una sorprendente linealidad o elementalidad, se vinculan unos con otros (en el plano de la pareja, en el de la amistad, en la paternidad y maternidad, en el deporte, en el ámbito social) de una manera inmadura y utilitaria, carente de responsabilidad y compromiso. Su manera de consumir, las modas a las que se entregan, los fanatismos (deportivos, artísticos, pseudo-espirituales) que los atrapan hacen temer que hayan sido víctimas del virus de la regresión”.

“Hay un marketing idiotizante que nos quiere a todos jóvenes todo el tiempo, advierte el filósofo iconoclasta y novelista Pascal Bruckner…..Dice Bruckner: «Somos juvenistas. Antes se contemplaba cada edad como etapa de un camino de realización personal: a la niñez le seguía la juventud, pero sólo por unos años, y después la madurez tenía su culto a la plenitud de la persona, y hasta la vejez era deseada y reverenciada. Ahora, de un modo forzado y postizo, hemos abdicado de todas las edades para reducirnos al perverso estado de la inocencia juvenil»” (De “La sociedad que no quiere crecer”-Ediciones B Argentina SA-Buenos Aires 2009).

También en este caso Víktor Frankl nos diría que la sociedad que no quiere crecer resulta ser un síntoma de la ausencia de un sentido de la vida. Sergio Sinay escribe al respecto: “No son unas pocas personas, ni sólo unas cuantas docenas las que han sido inoculadas por el virus del juvenismo, virus que se reproduce con facilidad en los conjuntos humanos en los que se ha borrado la pregunta acerca del sentido de la propia vida, en donde el vacío de sentido repercute en una extendida angustia existencial. De manera inútil pero tentadora, el juvenismo promete mitigar esa angustia y rellenar ese vacío. Hay una pandemia de juvenismo, aunque la Organización Mundial de la Salud no la haya declarado ni haya advertido sobre su peligrosidad para el estado de salud mental, emocional, afectiva y espiritual. Es un fenómeno social lo suficientemente profundo y extendido como para que sus consecuencias afecten a la política, a la cultura, a la familia, a la sexualidad, a la pareja, a la vida comunitaria y también a la economía”.

Este fenómeno se advierte también en la política, que en cierta medida promueve la proliferación de “jóvenes Ni Ni” informándoles que la función del Estado consiste en expropiar la riqueza del sector productivo para una posterior redistribución que permita una “vida digna” a quienes no quieren estudiar ni trabajar. “En la política, el culto a la apariencia –tanto como la irresponsabilidad galopante de gobernantes, funcionarios y opositores- tienen origen (además de entre otras cosas) en la inmadurez colectiva de la sociedad y de sus individuos. Los políticos emergen de esa sociedad, son parte de ella y la representan. Ahí están como ejemplo las actitudes pandillescas, el no hacerse cargo, el juntarse sólo con la barrita de amigos, la falta de respeto por normas básicas (como la Constitución), la pobreza del lenguaje (duele escuchar hablar a la gran mayoría de los políticos o leer sus escritos, cuando se les cae alguno, y con frecuencia se puede escuchar a algún ministro alardear de su propio lenguaje soez con el que califica de «vagos», «nabos» o «tarados» a quienes no piensan como él). Así como el adolescente no acepta normas o busca transgredirlas para afirmar su identidad, la corrupción en la política se ha convertido en una forma de afirmarse en la actividad, de ser aceptado y pertenecer. Sólo que en los políticos (que son mayores de edad), todo esto se acompaña de inmoralidad y ausencia de ética”.

“La cultura está afectada por el juvenismo desde el momento en que gobiernos nacionales o locales creen que ella se mide por kilo o por metro cuadrado, y llaman «eventos culturales» a recitales callejeros que alteran la vida de la ciudad y de miles de ciudadanos, dejando como resultado más basura y ningún mejoramiento en la creatividad, la sensibilidad, el pensamiento, el conocimiento. Miles de adultos que forman parte de ese público salen de allí convencidos de haber asistido a hechos históricos mientras los balances culturales oficiales sólo cuentan cantidades (cuánta gente fue a la feria tal, cuánta al recital cuál, cuantos metros de caño se usaron para el escenario). Un tipo de contabilidad adolescente, en el que la fabulación magnificente se usa para afirmar la identidad. La diferencia está en que mientras los adolescentes se sienten grandes con el dinero de papá, en este caso la pretendida grandiosidad se sostiene con dinero del contribuyente”.

No son pocos los padres que tratan de “adaptarse a sus hijos adolescentes” en lugar de ser esos hijos quienes se deban adaptar a los mayores y a la sociedad. “Para observar de qué modo afecta a la familia esta viruela regresiva de los adultos, basta con observar el abandono afectivo, existencial y ético en el que crecen los verdaderos chicos y adolescentes de esta sociedad. Son hijos huérfanos con padres y madres vivos. Padres y madres que masivamente reducen sus funciones al amiguismo y a la «complicidad» con los hijos (usar las mismas ropas, ir a los mismos recitales o boliches, hablar con el mismo semivocabulario). Padres y madres que, dedicados obsesivamente al culto de su propia juventud perenne y de sus propias urgencias, abandonan la responsabilidad de establecer límites que ayuden a crecer, transmitir valores a través de las actitudes, enseñar modelos vinculares significativos, orientar en materia de prioridades existenciales. Padres y madres que quieren una tarea de crianza «divertida» y que de lo difícil, comprometido o «pesado» se hagan cargo otros (la escuela, los abuelos, el terapeuta, Internet, alguien). Lamentablemente, se puede ser padre o madre adolescente aunque se haya cumplido con largueza la mayoría de edad y aunque se luzca muy respetable en otros ámbitos de la vida”.

El fenómeno social considerado, no difiere esencialmente del problema del “hombre light”, que incluso define lo que muchos historiadores denominan como la “posmodernidad”. Enrique Rojas escribió: “Desde hace ya unos años me preocupan los derroteros por los que se dirige la sociedad opulenta del bienestar en Occidente, y también porque su influencia en el resto de los continentes abre camino, crea opinión y propone argumentos. Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva como bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo”.

“Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin grasas, cerveza sin alcohol […..] y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones” (De “El hombre light”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2007).

Puede decirse que el hombre posmoderno es aquel que tiende a automutilarse espiritualmente, ya que exalta los valores estéticos relegando aquellos afectivos e intelectuales. Para él, no existe el Bien ni la Verdad, por lo cual tampoco se ha de molestar en conquistarlos o, al menos, en acercarse a ellos. Esta actitud tiende a ser promovida por el relativismo moral, cognitivo y cultural, que sirve como base ideológica a aquella mutilación. Armando Roa menciona algunas de las características del hombre posmoderno: “En la ética, preocupa sólo la casuística, resolver en acuerdo al buen sentido o a la opinión mayoritaria cualquier situación concreta, dejando de lado el análisis de principios y teorías. Se aceptan todas las posiciones sin necesidad de justificarlas con rigor racional, y no por respeto al pluralismo, sino porque en cierto modo pareciera que todo da igual y es cuestión de mero agrado o de liberalidad decidirse por esto o por lo otro. En otras palabras, no se trata de un pluralismo en que cada conducta ética busca justificarse en principios, sino en un relativismo cambiante y sin coherencia en la conducta adoptada para las diferentes situaciones; sólo importa lo que es más cómodo en cada una de ellas. Se podría hablar de «éticas de bolsillo», destinadas a resolver sólo el caso individual” (De “Modernidad y posmodernidad”-Editorial Andrés Bello-Santiago de Chile 1995).

martes, 2 de febrero de 2016

Avances y retrocesos de la ética

Mientras que en el ámbito de la ciencia experimental existe la posibilidad de rechazar lo que no se adapta a la realidad, la filosofía tiende a avanzar y a retroceder por cuanto no existe un criterio de selección similar. De ahí que, históricamente, algunas propuestas éticas hayan avanzado basándose en aportes anteriores para luego quedar relegadas al olvido ante el surgimiento de otras descripciones incompatibles con el pasado y con la realidad.

Entre las primeras propuestas encontramos las éticas negativas, que prohibiciones acciones para evitar el mal, aunque sin orientar explícitamente hacia el logro de la felicidad. Este es el caso de los Diez Mandamientos que aparecen en el Antiguo Testamento. También en las prédicas de Buda aparece la tendencia a evitar el sufrimiento sin explicitar el camino hacia la felicidad.

En la antigua Grecia aparecen los sofistas, que niegan la validez objetiva de las propuestas éticas al considerar que sólo tienen validez subjetiva. El relativismo moral tiende a aparecer en distintas épocas promoviendo las crisis sociales que caracterizan las distintas épocas. Tal relativismo tendría validez si un porcentaje cercano al 50% de los familiares de quien es asesinado, lamentaran y sufrieran por tal hecho y el otro 50% se alegrara por ello. O bien, si un porcentaje cercano al 50% sufriera cuando alguien se burla de su persona y otro porcentaje similar se alegrara en similares circunstancias. Como el asesinato y la burla producen efectos indeseados en porcentajes cercanos al 100%, tales acciones se consideran malas por cuanto alejan a las víctimas de la felicidad, e incluso de la vida. De ahí que tales efectos tienen un carácter objetivo que poco depende de la época o del lugar en que acontecen.

Unos de los primeros filósofos que se dedica a cuestiones éticas fue Sócrates. Además de negar el relativismo moral de los sofistas, considera que el hombre que comete actos que perjudican a los demás lo hace por ignorancia, estableciendo por primera vez un vínculo entre el aspecto afectivo y el cognitivo, lo que será corroborado posteriormente por las investigaciones en neurociencia. Es decir, encuentra un vínculo entre el conocimiento de la naturaleza humana y las acciones interpersonales, mientras que no parece existir un vínculo evidente entre el conocimiento sobre ciencias exactas, por ejemplo, y la moralidad asociada a quienes lo posean. Adela Cortina y Emilio Martínez escriben: “El objetivo último de la búsqueda de la verdad no es la mera satisfacción de la curiosidad, sino la asimilación de los conocimientos necesarios para obrar bien, y de este modo poder alcanzar la excelencia humana, o lo que es lo mismo: la sabiduría, o también: la felicidad o vida buena. Hasta tal punto creía Sócrates que estos conceptos están ligados entre sí, que al parecer sostuvo que nadie que conozca realmente el verdadero bien puede obrar mal. Esta doctrina se llama «intelectualismo moral». Consiste en afirmar que quien obra mal es en realidad un ignorante, puesto que si conociera el bien se sentiría inevitablemente impulsado a obrar bien. De ahí la importancia de la educación de los ciudadanos como tarea ética primordial, puesto que sólo si contamos con ciudadanos verdaderamente sabios podemos esperar que serán buenos ciudadanos” (De “Ética”-Ediciones Akal SA-Madrid 2008).

Platón advierte que el hombre es un ser “tridimensional” por lo que debe alcanzar un desarrollo equilibrado entre sus aspectos afectivo, cognitivo y físico. Adviértase que si se desconocen los primeros dos, el hombre se dedica esencialmente a perseguir comodidades para su cuerpo, por lo cual la sociedad habrá de quedar constituida por hombres mutilados espiritualmente, ya que optaron por anular sus aspectos más importantes. “Son tres las especies o dimensiones que distingue Platón en el alma humana: a) Racional, que es el elemento superior y más excelso, dotado de realidad autónoma y de vida propia; es el componente inteligente, con el que el hombre conoce, y que se caracteriza por su capacidad de razonamiento; b) Irascible, la sede de la decisión y del corazón, fenómenos donde predomina nuestra voluntad; se fundamenta en una fuerza interior que ponemos en acción (o dejamos de hacerlo) cuando se produce un conflicto entre la razón y los deseos instintivos; c) Apetito, también llamada «parte concupiscible». Con ella nos referimos a los deseos, pasiones e instintos”.

Aristóteles considera que toda ética conduce a un objetivo implícito, de donde lo moral es lo que favorece el logro del objetivo y lo inmoral lo que lo aleja de ese logro. “Aristóteles fue el primer filósofo que elaboró tratados sistemáticos de Ética. El más influyente de estos tratados, la «Ética a Nicómaco», sigue siendo reconocido como una de las obras cumbre de la filosofía moral. Allí plantea nuestro autor la cuestión que, desde su punto de vista, constituye la clave de toda investigación ética: ¿Cuál es el fin último de todas las actividades humanas? Suponiendo que «toda arte y toda investigación, toda acción y elección parecen tender a algún bien», inmediatamente nos damos cuenta de que tales bienes se subordinan unos a otros, de modo tal que cabe pensar en la posible existencia de algún fin que todos deseamos por sí mismo, quedando los demás como medios para alcanzarlo. Ese fin –a su juicio- no puede ser otro que la «eudaimonía», la vida buena, la vida feliz”.

Los estoicos, buscando vivir en armonía con las leyes de la naturaleza, distinguen entre lo que es accesible a nuestras decisiones y lo que no lo es, limitando el problema a resolver. “Los estoicos creyeron necesario indagar en qué consiste el orden del universo para determinar cuál debía ser el comportamiento correcto de los seres humanos”. “La propuesta ética de los estoicos puede formularse así: el sabio ideal es aquel que, conociendo que toda felicidad exterior depende del destino, intenta asegurarse la paz interior, consiguiendo la insensibilidad ante el sufrimiento y ante las opiniones de los demás. La imperturbabilidad es, por tanto, el único camino que nos conduce a la felicidad. Con ello se empieza a distinguir entre dos mundos o ámbitos: el de la libertad interior, que depende de nosotros, y el del mundo exterior, que queda fuera de nuestras posibilidades de acción y modificación”.

Con la aparición del cristianismo, se establece una ética natural que indica concretamente cuál debe ser la actitud que debe predominar en todo ser humano: compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, tal el significado del “amarás al próximo como a ti mismo”. Se establece así una ética natural que define lo que debe lograr cada ser humano.

La interpretación del amor en la forma considerada se debió a Baruch de Spinoza, quien, en el siglo XVII, definió tanto al amor como al odio. Se observó, a partir de tal definición, que el “amor a Dios” establecido en el mandamiento cristiano, no implicaba el amor en el sentido considerado, sino que podía interpretarse como una actitud cognitiva que debía fundamentarse en las leyes naturales que rigen todo lo existente. Tal el “amor intelectual de Dios” que fundamenta la vida de Spinoza.

El cristianismo no obtiene los resultados esperados por cuanto los mandamientos mencionados fueron interpretados de muchas formas; incluso bajo complicadas referencias a lo sobrenatural. De esa forma, la religión se fue adaptando a los gustos y necesidades particulares, en lugar de que todo individuo se adaptara a las prédicas cristianas. “El seguimiento de esta moral es el único camino de la felicidad verdadera, pero es un camino abierto a cualquier ser humano, y no sólo a los más capacitados intelectualmente”.

Immanuel Kant agrega un atributo que confirma el carácter absoluto de la moral: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”.

En el siglo XIX surgen algunas posturas que podrían denominarse “contra-éticas” ya que se oponen al cristianismo. Karl Marx aduce que “la religión es el opio de los pueblos” (lo que adormece para hacer daño) por cuanto, supone, que se trata de un medio utilizado por las clases sociales superiores para explotar laboralmente, y con mayor facilidad, a las inferiores. Para Marx, pareciera, la actitud del amor es una “debilidad” del hombre en lugar de ser una fortaleza. Algo similar ocurre con Freidrich Nietzsche. Adela Cortina y Emilio Martínez escriben al respecto: “El heredero de esta transvaloración es el cristianismo, en el que continúa la rebelión de los esclavos de la moral. Por eso el cristianismo es la religión del odio contra los nobles, poderosos y veraces; la victoria de los plebeyos. Aquí la genealogía se revela como una psicología del cristianismo, situando su nacimiento en el resentimiento, en la rebelión contra el dominio de los valores nobles”.

A través de Marx y de Nietzsche vuelve a tener vigencia el relativismo moral. Lenin expresó: “Moral es lo que favorece el advenimiento del socialismo; inmoral lo contrario”, mientras que Nietzsche expresó: “No existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de los fenómenos”. Sin embargo, para muchos filósofos, existe tanto una “ética socialista” como una “ética de Nietzsche”. Los mayores contra-éticos del siglo XIX, Marx y Nietzsche, fueron adoptados como orientadores ideológicos por los totalitarismos del siglo XX. Henri Baruk escribió: “Bajo el título de «nietzscheísmo y carencia de sentimientos humanitarios» he descrito una de las variedades de los trastornos de desarrollo”.

“Estos sujetos son incapaces de sentir amor. Asimismo, son incapaces de sentir simpatía por la humanidad. Pero el hombre nada en el medio social, que es su medio natural. Todo el que se siente extraño a su medio y no puede vivir con él, padece. También encontramos en estos sujetos un sufrimiento agudo, que se vuelve a menudo rencor y odio. Sintiéndose extraños al medio de sus prójimos, tienen la impresión de ser rechazados, excluidos, y de esta manera conciben una violenta aversión por toda la humanidad, a la que desprecian profundamente y a la que quieren someter, dominar, aplastar bajo su bota en un deseo ardiente de compensación y venganza y, en caso de necesidad, de exterminio” (De “Psiquiatría moral experimental”-Fondo de Cultura Económica-México 1960).

Desde la psicología social se consideran dos tendencias generales que motivan el comportamiento social del hombre: cooperación y competencia. También se describe a todo individuo en base a las componentes afectivas y cognitivas de la actitud característica. Entre las primeras encontramos al amor, odio, egoísmo y negligencia. De ahí que debemos elegir la primera para que predomine en toda sociedad la cooperación entre sus integrantes. La ética natural considera “lo que debe ser” como una optimización de “lo que es”.

Para completar la descripción, se consideran las componentes cognitivas que son en realidad las referencias adoptadas por cada individuo para evaluar todo conocimiento adquirido, tales como la propia realidad, uno mismo, otra persona o lo que opina la mayoría. Adoptar a la realidad como referencia, implica tener en cuenta las leyes naturales que rigen todo lo existente, que no es otra cosa que las leyes de Dios. La psicología social, de esta forma, puede considerarse como una continuación de la secuencia mencionada antes, o bien de una síntesis que surge en el siglo XX.