sábado, 11 de julio de 2026

La visión apocalíptica

Las descripciones de acontecimientos del presente y del pasado pueden ser verdaderas o falsas, o parcialmente verdaderas o falsas, mientras que las visiones personales del futuro sólo pueden ser interpretadas como acertadas, o no, a medida que ese futuro se vuelve presente. Este es el caso de la visión de San Juan, o bien la profecía de San Juan, acerca del futuro de la humanidad, denominada Apocalipsis, que constituye el último libro del Nuevo Testamento.

Por lo general, se supone que todo lo considerado "apocalíptico" implica tragedias o catástrofes para la humanidad, mientras que en realidad se trata de una visión pesimista en cuanto a las acciones humanas y también optimista en el sentido de que admite un final feliz para una etapa negativa de la humanidad. Lo negativo han sido las Guerras Mundiales tanto como los actuales conflictos armados, y crisis sociales, que afectan a gran parte del planeta. Lo positivo queda materializado con la denomina Segunda Venida de Cristo, acontecimiento que considera la profecía establecida previamente por el propio Cristo. Alfredo Sáenz escribió: "Para muchos el Apocalipsis es un libro absolutamente enigmático y, por tanto, resulta inútil leerlo. Pero cuesta pensar que Dios haya legado a su Iglesia una revelación tan impresionante -Apocalipsis significa descubrimiento, develación- sabiendo que resultaría inaccesible al entendimiento de todos".

"La gloria del cielo, la Nueva Jerusalén, la visión beatífica, abren y cierran las visiones del Apocalipsis. No es, pues, como se atrevió a decir Borges, un libro de «amenazas atroces y de júbilos feroces». Señala Castellani que la esjatología cristiana se compone de dos elementos diversos: el fin catastrófico intrahistórico de la humanidad junto con el fin triunfal extrahistórico. Lo intrahistórico depende de la voluntad del hombre y las intervenciones metahistóricas provienen de Dios" (Del Prólogo de "El Apokalypsis de San Juan" de Leonardo Castellani-Ediciones Vórtice-Buenos Aires 2005).

Si bien, desde una postura teísta, como la del citado autor, se supone que Dios interviene en los acontecimientos humanos, desde la postura deísta, o religión natural, se supone que tanto los conflictos humanos, como su posible solución, dependen sólo de los seres humanos. No es fácil admitir que un Dios que puede intervenir en el mundo, observe el tremendo sufrimiento de gran parte de la humanidad y prolongue en el tiempo una solución que podría haber anticipado mucho antes. El universo está gobernado por leyes naturales invariantes y es el ser humano el que debe adaptarse a las mismas, por lo que el sufrimiento existente es un síntoma de nuestra desadaptación a dichas leyes.

Los milagros, o incluso las alianzas entre Dios y los hombres, a través de los profetas, implica interrupciones de la ley natural, lo que resulta poco convincente, ya que contradice la visión científica que acepta tácitamente la invariabilidad de la ley natural. El milagro, así definido, implica cierta contradicción entre la voluntad aparente de un Creador y una posterior interrupción o corrección de su obra. Incluso parece no existir algo tan poco religioso como pedirle a Dios que interrumpa sus leyes en lugar de intentar adaptarnos a las mismas. Voltaire escribió: “Aquel que no esté iluminado por la fe no puede ver en un milagro sino una contravención a las leyes eternas de la naturaleza. No le parece posible que Dios desordene su propia obra; sabe que todo está unido en el universo por cadenas que nada puede romper. Sabe que siendo Dios inmutable, sus leyes también lo son; y que ninguna rueda de la gran máquina puede detenerse sin que se descomponga toda la naturaleza”.

“Si el Ser eterno, que todo ha previsto, todo ordenado, que gobierna todo por leyes inmutables, se contraría a sí mismo trastornando todas sus leyes, esto no puede ser sino en beneficio de la naturaleza entera. Pero parece contradictorio suponer un caso en el que el creador y el dueño de todo el mundo pueda cambiar el orden del mundo para bien de éste, pues o bien ha previsto la pretendida necesidad que de ello tenía, o no la ha previsto. Si la ha previsto, ha puesto orden desde el comienzo, si no la ha previsto, ya no es Dios” (De "Milagros" en el “Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones”-Librería Hachette SA-Buenos Aires 1959).

La idea de adaptación a la ley natural y al orden natural, ya viene expresada desde la antigüedad. Así, Marco Tulio Cicerón escribió respecto de la ley natural: “El universo entero ha sido sometido a un solo amo, a un solo rey supremo, al Dios todopoderoso que ha concebido, meditado y sancionado esta ley. Desconocerla es huirse a si mismo, renegar de su naturaleza y por ello mismo padecer los castigos más crueles aunque escapara a los suplicios impuestos por los hombres”.

Posiblemente los considerados "milagros" sean acontecimientos o fenómenos naturales con mínimas probabilidades de ocurrencia. De ahí que la concreción de la profecía de Cristo acerca de su Segunda Venida habría de ser un "milagro"; no en el sentido de interrupciones de las leyes naturales, como suponen quienes en forma de creencia inactiva esperan que todo "caiga del cielo". Sería un "milagro" si, a pesar de las creencias generalizadas de tipo teísta, aún así se produzca tal acontecimiento.

Mientras que, desde el deísmo, o religión natural, se prioriza toda información o ideología (como conjunto de ideas) de adaptación al orden natural que ayude a disminuir o eliminar el sufrimiento humano, desde la postura teísta, por el contrario, existe una férrea defensa de ideas que, por el momento, son poco efectivas para eliminar los conflictos humanos, o incluso lo favorecen en forma evidente.

En cuanto al contenido del Apocalipsis, resulta interesante asociarlo a la actualidad por cuanto pareciera ser una época coincidente con la descripción profética, tal el caso de las dos bestias que se ayudan entre sí, como la persecución de los cristianos, la decadencia del cristianisnmo y la entronización de sus enemigos dentro de la propia Iglesia Católica. En cuanto a las dos bestias opositoras, podemos asociarlas al marxismo y el islam, que coinciden en una lucha por eliminar en Occidente todo lo que sea cristiano, empezando por sus símbolos y tradiciones.

Esta tarea destructiva ha sido apoyada ideológicamente tanto por Jorge Bergoglio (Francisco) como por Robert Prevost (León XIV), ambos tratando de establecer vínculos con el marxismo y con el islam, a pesar de la matanza de cristianos en muchos países por musulmanes que encontraron en el Corán las directivas que apuntan a luchar y hasta eliminar a los infieles, especialmente judíos y cristianos. Alfredo Sáenz escribió: "Cristo es también el Guerrero, montado sobre el caballo blanco, que galopa con su túnica salpicada en la sangre de su martirio victorioso, seguido por los ejércitos de los cielos también en caballos blancos, y en cuyo muslo está grabado su nombre: Rey de Reyes y Señor de Señores".

"Frente a Él, el Dragón, el demonio, el abanderado de las fuerzas del mal. Aquel que al comienzo no trepidó en gritar Non Serviam, encabeza ahora la rebelión frontal y terminal, suscitando en la demanda a dos auxiliares: la Fiera del Mar, que será el dominador en el plano político (en la Escritura el mar es símbolo del orden temporal) y la Fiera de la Tierra, que llevará a cabo la falsificación del cristianismo (la tierra es el símbolo de la religión); ambas Fieras en estrecha conexión".

Al menos para muchos, todo esto es simbología. Sin embargo, existe también un gran porcentaje de cristianos que suponen que las imágenes de la visión apocalíptica serán reales, y que por ello deben permanecer, inacción mediante, en una contemplación que espera que sucedan hechos totalmente incompatibles con las leyes naturales, o leyes de Dios. Puede decirse que el ateísmo más eficaz implica rechazar las leyes que conforman todo lo existente, que son las leyes de Dios, aunque supongan ser sus adeptos.

La etapa futura de la humanidad, que favorecerá un resurgimiento generalizado, implicará una adaptación plena del ser humano respecto del orden natural. Como las leyes naturales son invariantes en el espacio y en el tiempo, se las puede asociar a la eternidad. De ahí que tal plena adaptación, de concretarse, pondrá a la humanidad cerca de lo eterno y del espíritu del Creador materializado en dicho orden.

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