miércoles, 17 de septiembre de 2014

Pseudopatriotismo y populismo

En los seres humanos existen mecanismos psicológicos de compensación que son utilizados para encubrir fallas personales. Así, el complejo de inferioridad reclama la presencia del complejo de superioridad buscando un efecto compensatorio, sin que se busque la verdadera solución del problema, ya que se busca disfrazar un defecto ante la opinión de los demás. Alguien dijo: “Dime de que te jactas y te diré de qué careces”.

Entre las virtudes sociales más valoradas aparece el patriotismo, que puede considerarse como una verdadera estima por los habitantes de una nación. De ahí que tal virtud pueda hacerse extensiva a los extranjeros que vienen a un país y lo adoptan como propio; siendo mayor el mérito porque eligieron una nacionalidad en lugar de haberla heredado.

Lo opuesto al patriotismo es el populismo, ya que el líder populista no sólo rechaza parcialmente la población de su país, sino que promueve antagonismos irreconciliables entre dos bandos en disputa, uno de ellos constituido por sus seguidores. Aunque tampoco pueda decirse que sienta estima por sus seguidores, ya que los usa para fines poco beneficiosos para la nación, incluidos los propios seguidores. Es común, en los distintos populismos, mencionar el “amor” del líder por su pueblo junto al “odio” por el anti-pueblo, sector que, al oponérsele, se lo asocia al odio. Luego se aplica la optimista sentencia de que “el amor siempre triunfa sobre el odio”. Como es un amor ficticio por un sector y un odio efectivo hacia el otro, resulta ser un falso patriotismo. Al carecer el populista de patriotismo, necesita adoptar un disfraz, de donde surge el pseudo-patriotismo, que se confunde a veces con el nacionalismo. La diferencia radica en que el nacionalista auténtico no promueve divisiones internas, sino divisiones respecto del extranjero.

Si bien se considera que la “oposición” al populismo argentino no respondió a las expectativas, como ha sido el caso de los gobiernos militares, tal “oposición” surgió para impedir los efectos del populismo como del totalitarismo, al derrocar la dictadura de Perón y para afrontar la guerrilla marxista de los setenta. Si desde sectores populistas se pretende que no surjan intromisiones militares en la política, debe esperarse también el cese de la indefinida sucesión de populismos. James Neilson escribió: “Las Fuerzas Armadas tardarían más de medio siglo en aprender –si es que lo han aprendido, o si les importa saberlo- que el peor enemigo del populismo es un gobierno populista, mientras que su amigo fiel y valioso es una dictadura que se propone remediar los perjuicios causados. Se alimentan mutuamente: la insensibilidad e ilegitimidad de los regimenes autoritarios despierta el rencor populista, haciendo de la irresponsabilidad una manifestación de fe democrática, mientras que la demagogia populista confiere pátina de legitimidad al avance militar”.

Quienes exaltan su propio patriotismo personal, en lugar de esperar el reconocimiento de los demás, proviene de quienes suponen poseer cierta superioridad ética, que utilizan luego para justificar su falta de capacidad para gobernar. El que posee patriotismo, y accede al gobierno, demuestra esa virtud cumpliendo eficazmente la función pública. “Yrigoyen fijó la agenda política del país para las décadas siguientes. Aún hoy pueden oírse los eslogans que acuñó: vagos, exhortativos, a menudo ininteligibles pero, es evidente, muy atractivos, como la definición de su «movimiento» político como «una ética» o «un sentimiento». En realidad, se asemejó más a un predicador protestante del Medio Oeste norteamericano que a un político en el sentido habitual de la palabra”.

“El aporte de Yrigoyen al fracaso argentino fue notable. Su ejemplo contaminó a muchos dirigentes representativos de las generaciones siguientes, para quienes «el viejo» dejó sentado que la democracia era sinónimo de incapacidad defendida con sermones. Su retórica fatua, tan vaga como portentosa y atiborrada de apotegmas sentenciosos adorados por las nuevas clases medias, su moralismo sensiblero –desconectado por completo de lo que en efecto hicieron los radicales en el poder y empleado sobre todo para ocultar del público su desconcierto ante problemas espinosos-, todo contribuyó a potenciar las características más negativas de la política populista”.

“La política económica de Yrigoyen –y la de los demás gobiernos radicales que le seguirían- era conservadora en el peor sentido de la palabra. Sus ideas eran difusas y su desdén por la economía, manifiesto. Llegó al poder sin propuestas concretas. Para decepción de sus simpatizantes, que habían esperado grandes cambios aunque no estaban muy seguros de cómo serían, se limitó a manejar lo heredado, pero en forma menos disciplinada de modo de dar fe de su sensibilidad social. Esta actitud tibiamente reformista le permitió prolongar el crecimiento iniciado bajo «la oligarquía»: la aceitada máquina siguió funcionando aunque a una velocidad mucho menor que antes”.

Si se desea dar una definición no convencional de “populismo” puede decirse que se trata, no del gobierno del pueblo a través de sus representantes, sino del gobierno de las masas a través del caudillo que hace lo que ellas piden. “La verdadera democracia es aquella en la que el gobierno hace lo que el pueblo quiere” (Perón). James Neilson agrega: “El sucesor de Yrigoyen, largamente esperado, llegó por fin en 1945. Juan Domingo Perón cumpliría a la perfección el papel del gran reivindicador popular. Sería precisamente su tragedia y, por supuesto, la del país también, porque Perón, hombre de talento, pudo haber logrado mucho más. Sin embargo, en vez de tratar de avanzar por los nuevos caminos que se abrían a partir del triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, se limitó a ser instrumento de la voluntad del pueblo tal como la entendió. En verdad, no era un líder sino un seguidor. Durante mucho tiempo no hizo nada que no contara con la aprobación mayoritaria. Cuando, en el tramo final de su primera gestión, intentó oponérsele, resultó extrañamente débil”.

“He aquí la característica más notable de todo populista: hace de la debilidad un sistema, reparte lo disponible y cae en cuanto no queda más para distribuir, asegurando así la perpetuación de su mito. El primer gobierno de Perón es recordado por su asombrosa generosidad: aumentos salariales, legislación laboral avanzada, nuevos «derechos». Actuó como el jefe guerrero que, en una ciudad conquistada, señala a la tropa dónde le conviene saquear, sin preocuparse por conservar una parte para el propio gobierno futuro”.

“Hay quienes creen que, si Perón no se hubiera dedicado a la política, la Argentina hubiera progresado tanto en la posguerra como los EEUU, Europa Occidental y el Lejano Oriente. Para demostrarlo, basta redactar una lista de los errores económicos cometidos por sus dos primeros gobiernos. Sin embargo, no es razonable atribuir las características del peronismo al genio de un solo hombre. El movimiento fue lo que buena parte del país anhelaba que fuera. El problema, pues, no era Perón, que se limitó a dar a su clientela lo que pedía, sino la cultura política que lo había producido. Por cierto, la sociedad que se encolumnó con enorme entusiasmo tras Yrigoyen primero y, quince años más tarde, tras Perón, no manifestaba ningún interés en tener la clase de gobierno que pudiera emular a Australia, Canadá o incluso a Italia. Hubo de comprobar en carne propia, y a un costo tremendo, lo estéril que es el voluntarismo populista. Antes de poder cambiar de rumbo, el país debería beber del cáliz hasta la última gota” (De “El fin de la quimera”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1991).

Se supone que la legitimidad del gobierno populista la da la mayoría electoral, y no las leyes vigentes, la constitución, las leyes económicas y ni siquiera el sentido común. Al resto se lo considera como un desertor, o traidor, a la nación, al no aceptar formar parte de los seguidores del líder populista. Loris Zanatta escribió: “Antes que nada, el populismo evoca una idea de comunidad; no es en absoluto una ideología individualista, sino comunitaria. En segundo lugar, es apolítico e incluso podríamos decir antipolítico, dado que los valores en los que se inspira y sobre los cuales se basa conciernen a la esfera social y solamente a ella. Hasta tal punto que, a los ojos de sus partidarios, un orden social justo se parecerá a la mejor democracia, aun cuando el orden político deba ser abiertamente totalitario”.

“En tercer lugar, el populismo encarna una aspiración de regeneración basada en la voluntad de devolver al pueblo la centralidad y la soberanía que le han sido sustraídas. En cuarto lugar, ambiciona trasplantar los valores de un mundo del pasado que idealiza como un mundo de armonía e igualdad social a la situación actual: en ese sentido, el populismo se presenta como el canal a través del cual un imaginario antiguo, o sea una visión del mundo que proviene de muy lejos y que se habría conservado intacta en el pueblo, se vuelve actual para purificar el mundo moderno. En quinto lugar, el populismo siempre está persuadido de dirigirse a la mayoría del pueblo, o en los casos más extremos a su totalidad. Finalmente, esta visión tiende a emerger en sociedades que se encuentran en fases delicadas y a menudo convulsivas de la modernización o la transformación” (De “El populismo”-Katz Editores-Buenos Aires 2014).

Para entender el populismo debe comenzarse con la pregunta: ¿Qué quieren las masas? Podemos suponer que aspiran a que el gobierno expropie o confisque a las empresas y a sus ganancias, y que el fruto del saqueo sea distribuido entre el pueblo. De esa forma se fomenta la vagancia y se desalienta el trabajo y la inversión. El Estado se convierte en un cáncer que tarde o temprano liquidará al sector productivo, y luego a toda la sociedad. El kirchnerismo, con muchas semejanzas al peronismo, ha entrado en una etapa en la que se comienzan a evidenciar los efectos del consumo artificial promovido a costa de la reducción de las inversiones, lo que implica priorizar el presente sacrificando el futuro; un futuro que comienza a ser presente. Roberto Cachanosky escribió:

“El populismo K ha llevado la situación a un extremo de crisis. Por un lado aumentó el gasto hasta niveles récord (empleados públicos, legión de jubilados que nunca habían aportado al sistema, subsidios, obras públicas innecesarias o que podrían ser financiadas por el sector privado, etc.) y por otro lado ha inducido a que cada vez trabaje menos gente en blanco (los que viven de planes sociales no quieren saber nada de ser contratados en blanco en un trabajo). Puesto de otra forma, un trabajador que está en blanco tiene que mantener a una legión de empleados públicos a nivel nacional, provincial y municipal. Tiene que sostener a millones de jubilados y tiene que bancar a millones de gente que vive de subsidios y no produce nada, es más, muchos empleados estatales no sólo son mantenidos para consumir sino que, además, obstaculizan el trabajo de los pocos que quedamos produciendo. La estrategia es de locos, boicotean a los que producimos para mantenerlos a ellos. En síntesis, tenemos una relación de gente que produce y gente que vive de lo que producen los que trabajamos que hace infinanciable el gasto público” (De http://economiaparatodos.net )

domingo, 14 de septiembre de 2014

Violencia y desigualdad

La violencia depende de varias causas, de ahí que sea un fenómeno complejo y multidisciplinario. Es también un fenómeno social por cuanto casi siempre depende del vínculo entre individuo y sociedad. Adquiere gran importancia cuando la violencia es estimulada desde las instituciones políticas, religiosas o ideológicas. Leemos en un libro de John Gunn: “Soy un primate masculino. Pertenezco al género homo sapiens. Una de mis características especiales es que soy capaz de engendrar mayor violencia y destrucción que cualquier otro tipo de criatura viviente y responsabilizarme por ello. No soy el único responsable de la muerte y destrucción provocada por la violencia que veo a mi alrededor, sino que necesito de ayudantes. Sin el resto de ustedes sólo podría alcanzar un grado mínimo de horror, pero juntos, usted, yo y unos pocos compañeros más, podemos causar, y lo hacemos, verdaderos estragos. Somos destructores, destructores magníficos, repugnantes, poderosos y sin remedio. ¿Por qué?” (De “Violencia en la sociedad humana”-Editorial Psique-Buenos Aires 1978).

La violencia urbana ha adquirido una dimensión preocupante siendo la resultante de una profunda crisis moral que afecta a toda la sociedad. Incluso se observa el caso de padres que castigan severamente a sus pequeños hijos, aumentando notablemente el maltrato infantil. El libertinaje creciente hace que muchos niños nazcan como consecuencia de encuentros fortuitos y ocasionales con la posterior “desaparición” de quien debería hacerse cargo de la paternidad. El niño que no recibe de la sociedad lo que tampoco recibió de su hogar, puede adoptar posteriormente una actitud agresiva hacia el medio social.

También existe una violencia sin otra causa aparente que no sea la necesidad de burlarse y de agredir a otros por el simple “espíritu deportivo”. Desde los medios masivos de comunicación se ha ido avanzando por el camino de la “tinellización” de la sociedad, es decir, de la introducción de la burla a nivel masivo, que es la principal causa de violencia espontánea, no asociada al robo. Quien se burla de todos, se siente por un momento en la cima del mundo, aunque el posterior contacto con la realidad le ha de resultar bastante doloroso.

Otros sostienen que la pobreza es la causa de la violencia. Si ello fuera cierto, todos los pobres deberían ser violentos en tanto que los ricos deberían ser virtuosos, algo que poco tiene que ver con la realidad. Por el contrario, mucha gente pobre, como una respuesta compensatoria, desarrolla valores morales e intelectuales que los hace crecer interiormente. Recordemos, además, que la pobreza voluntaria ha caracterizado la vida de muchos santos, quienes, justamente, optaron por la sencillez material para acentuar sus valores espirituales. San Francisco de Sales escribió: “Dos grandes ventajas tiene tu pobreza, que pueden acrecentar en gran manera su mérito. La primera, es que no te ha venido por elección propia, sino por voluntad de Dios únicamente, pues Él te ha hecho pobre sin que tú lo hayas querido, y es muy agradable a Dios que lo recibamos con gusto y por amor de su voluntad santísima, y cuanto menos hay de nuestro caudal más hay del de Dios, por lo cual una simple y mera aceptación hace que sea sumamente puro cualquier sufrimiento”.

“El segundo privilegio de esta pobreza es ser verdaderamente pobre. Cuando la pobreza es alabada, acariciada, estimada, socorrida y amparada, tiene algo de riqueza, o a lo menos no es enteramente pobre; pero cuando es despreciada, despedida, reprochada y abandonada, entonces es verdaderamente pobre. Tal es, por lo común, la pobreza de los seglares, porque como no son pobres por su elección, sino por necesidad, no se hace mucho caso de su pobreza, y por eso mismo es más pobre que la de los religiosos; bien que ésta tiene, por otra parte, una grande excelencia y es muy apreciable por razón del voto y del fin con que la han abrazado” (De “Introducción a la vida devota”-Ediciones Paulinas-Santiago de Chile 1980).

Desigualdad no es lo mismo que pobreza, ya que, quien se siente inferior a otros, económicamente hablando, es el que siente envidia. Quienes predican la igualdad económica para liberar a muchos del sufrimiento que les impone ese defecto, pretenden que la sociedad cambie de tal manera que los justos se adapten a los pecadores, es decir, a los que incurren en uno de los pecados capitales, como es la envidia. Quienes asocian la felicidad a los valores morales, o afectivos, encuentran que son bastante ricos por cuanto existen unos siete mil millones de seres humanos con los que, al menos potencialmente, pueden establecer algún vínculo afectivo.

Por lo general, quienes asocian la violencia urbana a la desigualdad social, entendida esta última como una desigualdad económica, son los que adoptan la visión marxista de la realidad. René Bertrand-Serret escribió: “Para los sembradores de división que han jurado la ruina de la sociedad, el mito de las clases representa, en efecto, un medio cómodo y un instrumento eficaz y poderoso con vistas a convertir las diferencias en antagonismos y a exacerbarlos en hostilidades irreductibles. Por su intermedio, los burgueses son responsabilizados colectivamente de las faltas presentes y pasadas de algunos de entre ellos; y, a la vez, los obreros son calificados colectivamente por la miseria pasada o presente de una parte de ellos para reclamar de cualquier burgués un crédito eterno. Aquellos cuyo sistema comporta la destrucción de la sociedad y de la civilización actuales, ven su empresa grandemente facilitada por esta división de la sociedad en dos campos opuestos entre los cuales será despedazada para enseguida derrumbarse”.

“Por una parte, bajo el nombre de «clase obrera» está la fracción apta para proporcionar los «grandes batallones» que en razón de su papel es necesariamente el campo de los buenos y de los justos, y debe, además, estar animado por un espíritu de reivindicación implacable. Del otro lado aparece la otra fracción, representada por una colectividad «consciente y organizada» ella también, enemiga jurada y hereditaria de la «clase obrera», y que personifica al mismo tiempo que las imperfecciones e injusticias presentes y pasadas de la sociedad, los principios y valores que importa desacreditar, a fin de eliminarlos después con más facilidad; y el nombre de «clase burguesa» se aplica al campo de los malos, atávica e irremediablemente corrompidos, que nada ni nadie debe salvar de un aniquilamiento merecido, lo cual es, además, condición necesaria para la edificación de la nueva sociedad”.

“Así comprendida y utilizada, la «clase obrera» asume el carácter de una máquina de guerra montada para destruir la forma de sociedad que se ha tenido cuidado de identificar con una burguesía convencional, degradada y corrompida, sin remisión, debido a sus taras incurables. Esta personificación del burgués en el egoísta rico y sibarita, y del obrero en el miserable; esta vocación asignada a una «clase» de gobernar el mundo en nombre de un derecho superior fundado en una fatalidad histórica, no son más que absurdos sofismas que desafían tanto a la verdad y al buen sentido como a la justicia y a la buena fe. Tan groseros como son, sin embargo, cuentan con el favor de algunos que deberían reconocer su impostura y su perversidad para denunciarlas. Llevados por una inclinación enfermiza hacia doctrinas «avanzadas» o por la vana esperanza de amansar al adversario, reservan su hostilidad para los que rechazan esos sofismas”.

“No se contribuye al advenimiento de una sociedad mejor y más justa aceptando la escisión completa y definitoria de la sociedad en dos bloques antagonistas, uno de los cuales –a pesar de su indeterminación-, la «clase obrera», forma una colectividad homogénea a la que reconoce el derecho de mayorazgo sobre el conjunto de la humanidad y se pretende hacer prevalecer por la violencia. Por el contrario, se precipita al mundo en convulsiones y se favorece la instauración de un régimen inhumano y totalitario, acompañado por una civilización pesadamente unitaria, mecanicista y cuantitativa. Es también aceptar, conscientemente o no, los dogmas y los métodos del marxismo, puesto que en la doctrina marxista la pretendida «clase obrera» encuentra, a la vez, su principio de existencia, su misión y los medios de realizarla” (De “El mito marxista de las clases”-Editorial Huemul SA-Buenos Aires 1967).

Al prevalecer en la sociedad el pensamiento marxista, se promueve luego la disminución, o la quita, de penas a los delincuentes por considerar que han sido excluidos previamente de la sociedad por un sistema injusto. El delincuente común pasa así a reemplazar el trabajo sucio que en los setenta realizaban los guerrilleros. En el caso de Montoneros, el “ritual de iniciación” consistía en asesinar a traición a un policía, en la vía pública, para luego robarle el arma y el uniforme, cayendo de esa forma (hasta 1977) unos 372 uniformados en todo el país.

A pesar de la violencia urbana creciente, desde el Estado poco y nada se hace por limitarla por cuanto, se supone, caen muchas personas pertenecientes a la «burguesía», cuya vida es de escaso valor. También caen muchos obreros; sin embargo, como el marxista en realidad trata de utilizarlos para llevar a cabo su labor destructiva, tampoco valora esas vidas. Jorge Bosch escribió: “Llamo contrajusticia al conjunto de normas legales, procedimientos y actuaciones que, bajo apariencia de un espíritu progresista interesado en tratar humanitariamente a los delincuentes, conduce de hecho a la sociedad a un estado de indefensión y propicia de este modo un trato antihumanitario a las personas inocentes. Muchas veces este «humanitarismo» protector de la delincuencia es una expresión de frivolidad: «queda bien» hacer gala de humanitarismo y de preocupación por los marginados que delinquen, sin mostrar el mismo celo en la defensa de las víctimas y sin siquiera preocuparse por reflexionar seriamente y profundamente sobre el tema” (De “Cultura y contracultura”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

Algunos autores estiman que la ampliación de nuestra aptitud empática favorece la erradicación de la violencia, lo que implica adoptar la tendencia promovida por el mandamiento cristiano del amor al prójimo. Steven Pinker escribió: “La capacidad humana para la compasión no es un reflejo provocado automáticamente por la presencia de otro ser vivo. Aunque personas de todas las culturas pueden reaccionar solidariamente ante parientes, amigos y niños pequeños, tienden a contenerse cuando se trata de círculos más amplios de vecinos, desconocidos, forasteros y otros seres sensibles….El filósofo Peter Singer sostiene que, a lo largo de la historia, las personas han ampliado el abanico de personas cuyos intereses valoran como propios. Una cuestión interesante es saber qué amplió el círculo empático. Y una buena hipótesis es la expansión de la cultura” (De “Los ángeles que llevamos dentro”-Paidós-Barcelona 2012).

sábado, 13 de septiembre de 2014

Ciencias sociales vs. religión

Entre quienes adhieren en forma exclusiva a las ciencias sociales, o bien a la religión, existe una competencia destructiva, ya que no reconocen la validez de otra tendencia que no sea la propia. Para los demás, existe entre ambas una competencia cooperativa de la cual se benefician ambas partes, incluso el ciudadano común, ya que existe una disputa similar a la existente en el mercado, en donde, a mayor competencia entre empresarios, mayor beneficio para el consumidor.

Muchos creyentes establecen una relación de tipo afectivo con un ser perfecto e imaginario, el Dios con atributos humanos, en lugar de tratar de establecer un vínculo afectivo con seres imperfectos y reales. Luego, al sentirse “elevados”, miran desde la altura de lo sobrenatural a los simples seres naturales. Al aceptar tal tipo de desigualdad, rechazan todo lo que provenga de la ciencia, mientras que desde la ciencia pocos se atreven a cuestionar lo que resulta accesible sólo a los “elegidos”. De esa manera se acentúa la división entre religiones y entre ciencia y religión. Henri Baruk escribió:

“A cierto número de autores les ha parecido sorprendente ver poner a la orden del día la noción de conciencia moral, noción que consideran ligada a un pasado metafísico y teológico, e inaccesible a los métodos científicos. Para estos autores, la noción de conciencia moral es solamente cuestión de fe y de obediencia dogmática, por lo cual queda fuera de la experiencia y del conocimiento científico. Podría creerse que la certidumbre de la fe es una certeza elevada de golpe al máximo, afirmada sobre una creencia y un impulso afectivo intenso y a priori, por lo cual escapa a toda verificación. Pero en nuestra época de acción y verificación a ultranza, la certidumbre de la fe, por estar colocada en un plano inaccesible y separado de la vida práctica, termina por convertirse en una certidumbre formal que ya no tiene aplicación a la vida. Se efectúa una separación en virtud de la cual, sin discutirse, la certidumbre de la fe no es más que un ideal, una esperanza y, mientras parece ser absoluta, de hecho se la elimina cada vez más de la vida práctica y se halla en un plano cada vez más apartado de la realidad” (De “Psiquiatría moral experimental”-Fondo de Cultura Económica-México 1960).

En cuanto a la visión que podemos actualmente adoptar de la conciencia moral, puede decirse que se trata de un proceso por el cual, al disponer de cierta capacidad para ubicarnos en la situación emotiva de otra persona, a través de la empatía y de las neuronas espejo que la sustentan, podemos ser conscientes del mal que hacemos a otros. De ahí que, en alguna parte de nuestro cerebro, presionará cierta dosis de culpa que tratará de impedirnos otras ocasiones de perjudicar a alguien. Cuando tal proceso fue descubierto por vía intuitiva en épocas pasadas, se le dio un significado religioso, de ahí que se habla de la “voz interior de nuestra conciencia moral”. “Las innumerables experiencias que he realizado, me han demostrado que determinados actos injustos producen conflictos y catástrofes con la misma seguridad con que el bacilo tífico en las manos determina la fiebre tifoidea. En el dominio de los actos de la vida social existen leyes científicas tan rigurosas como en el dominio de la física o de la bacteriología”.

Así como existen enfermedades sin síntomas evidentes o molestos, y que por ello mismo entrañan bastante peligro para la salud, las consecuencias de las fallas morales tienen síntomas difíciles de advertir, por lo cual persisten hasta que, con el tiempo, recaen sobre el individuo los efectos menos pensados y más temidos. “Si nos limitamos a ordenar que no se cometan actos injustos por amor al cielo, muchas personas, si no ven los riesgos que corren, o si creen sacar provecho de sus injusticias, no vacilarán en cometerlas, con la seguridad, aun si son creyentes, de que obtendrán el perdón gracias a diversas ceremonias. El primer monoteísmo consideró que las consecuencias de la conducta se producían en este mundo, y que los acontecimientos de la vida formaban parte de una suerte de experimentación perpetua. Cuando se han arrojado al cielo las consecuencias de los actos, y cuando se ha separado al mundo terrestre injusto del mundo celeste ideal, por eso mismo se ha causado un debilitamiento y una escisión en la noción moral, que no podría menos de agravarse cada vez más en lo sucesivo”.

“Me ha parecido que un acto injusto tiene consecuencias ocultas, pero irremediables y terribles. En primer lugar, determina en quien lo realiza un malestar incoercible, del que trata de desprenderse rechazándolo. Pero este rechazo del juicio moral transforma ese malestar en perturbaciones más terribles y ocultas, mediante el mecanismo de una acusación inconsciente susceptible de trastornar toda la personalidad, y de conducirla a los peores excesos de los odios ciegos, de la agresividad, y de los desencadenamientos inagotables de luchas, calumnias, falsos testimonios y horrores sin fin. Ocurre que una sola personalidad, enferma de las consecuencias de una injusticia que ha cometido, puede prender fuego a toda una sociedad. Claro es que hay que añadir las reacciones de defensa de los miembros que lo rodean. Así nace la guerra, la guerra atroz justificada por todos los infundios, los equívocos, las mentiras, y que atiza por doquier el incendio”. “El rechazo de la conciencia moral…puede determinar psicosis de odio, manías de persecución y aun, una verdadera dislocación de la voluntad y de la personalidad”.

Al asociar los pecados y sus consecuencias a un mundo sobrenatural, y no natural, los creyentes se desligan de las consecuencias de sus acciones. Por el contrario, si se supone que tales fenómenos pertenecen al mundo natural, tarde o temprano los veremos confirmados en el ámbito de las ciencias humanas y sociales. Es posible que, en el futuro, las fallas morales puedan ser consideradas fallas psicológicas y tratadas como tales. “Comparemos con un ejemplo preciso estas dos variedades de certidumbres, la de la fe y la de la ciencia: la religión judía ordena, por ejemplo, lavarse las manos antes de comer. Esta obligación procede, para el creyente, de la fe en la Ley divina, en la Tora, cuyas prescripciones debe cumplir. Pero no sabe por qué debe lavarse las manos. También, a veces, se contenta con un simple gesto simbólico, que consiste en verter un poco de agua sobre los dedos para cumplir el mandamiento, el rito. Examinemos ahora la certidumbre científica. Sabemos, sin sombra de duda, que si tenemos las manos sucias antes de la comida corremos el riesgo, por ejemplo, de contraer la fiebre tifoidea. Por consiguiente, conociendo ese riesgo, tomamos todas las medidas conducentes a evitarlo. Por último, el resultado es el mismo, pero en el segundo caso la consagración práctica de la certidumbre científica es más eficaz”.

En el caso del cristianismo, el amor al prójimo resulta ser la guía y control que nos ha de permitir llevar una vida adaptada al orden natural. Para que sea eficaz, debemos ser capaces, en principio, de llevar una especie de contabilidad personal en la cual hemos de anotar la cantidad de personas de quienes compartimos sus penas y alegrías; la cantidad de personas que nos resultan indiferentes y también con quienes intercambiamos tristeza ajena por alegría propia y alegría ajena por tristeza propia. Si predominan los primeros sobre los últimos, andamos por buen camino. De lo contrario, debemos revertirlo.

Mientras que la empatía aparece en varios escritos sobre ética, existe la tendencia a no entrometerse en la religión tradicional, ya que desde ella se observa todo bajo una perspectiva sobrenatural. De ahí que las cosas se hagan incomprensibles y se pierda la eficacia de la ética predicada por Cristo. Adam Smith escribía en su “Teoría de los sentimientos morales”: “Cuando examino mi conducta y quiero juzgarla, y procuro condenarla o aprobarla, es evidente que yo me divido en cierto modo en dos personas, y que el yo apreciador y juez tiene un objetivo diferente del otro yo, cuya conducta se aprecia y juzga. La primera de estas dos personas reunidas en mí mismo es el espectador, cuyos sentimientos intento aprehender, poniéndome en su lugar y considerando desde él mi conducta; la segunda es el ser mismo que ha obrado, al que llamo yo y cuya conducta intento juzgar desde el punto de vista del espectador”.

La definición del amor, que resulta compatible con la psicología social, resulta ser la respuesta típica de la actitud empática. Fritz Breithaupt escribió: “¿Es la empatía el eslabón que une a la sociedad? Algunos de los autores que analizamos en este libro afirmarían que sí, o de hecho lo afirman en forma explícita como es el caso de Antonio Damasio, Robin Dunbar y Michael Tomasello, aunque por diferentes motivos. De hecho, es difícil imaginar que la empatía no tenga un rol de importancia en el trato social. Un indicio de ello está en el hecho de que los llamados «psicópatas», es decir, aquellas personas que no desarrollaron su capacidad para la empatía, son llamativamente incapaces para vivir en sociedad y conforman un alto porcentaje de los criminales peligrosos” (De “Culturas de la empatía”-Katz Editores-Buenos Aires 2011).

Si desde las ciencias sociales se trata de combatir el mal existente en el mundo, se ha de sugerir el predominio de la actitud del amor ya que se interpreta que todo individuo que realice malas acciones carece de empatía suficiente. Por el momento, su actitud dominante será el odio, el egoísmo o la negligencia, en distintas proporciones. Desde la religión, por el contrario, se trata de hacer intervenir algún tipo de interacción desde lo sobrenatural sobre el mundo real.

Resulta frecuente que un delincuente, o un asesino, tienda a eludir su culpabilidad considerando haber sido afectado por alguna posesión demoníaca. De esa forma se siente una victima inocente de las fuerzas del mal y poco esfuerzo hará por mejorar, descartando un posible mejoramiento. Por el contrario, cuando se considera que ha adoptado una actitud errónea, no podrá librarse de una culpa directa. Miguel Benzo Mestre escribió: “San Pablo llama a Satanás «el dios de este mundo»…y afirma que «nuestra lucha no es contra adversarios de carne y sangre, sino contra los Principados, contra las Potencias, contra los Rectores de este mundo de tinieblas, contra los Espíritus del mal que habitan los espacios celestes»”. “San Pablo atribuye la causa última de toda la corrupción moral del paganismo al orgullo intelectual de sus sabios, que se han negado a reconocer a Dios” (De “Teología para universitarios”-Ediciones Cristiandad-Madrid 1977).

El científico social también puede caer en la categoría de “pagano que se ha negado a reconocer a Dios”, aunque en realidad es el científico el que trata de describir las leyes naturales, o leyes de Dios, en lugar de ignorarlas totalmente atribuyendo al propio Dios decisiones cotidianas que llevan a una visión poco compatible con el mundo real. La falta de entendimiento se debe esencialmente a que el científico adopta como referencia el mundo real mientras que el creyente en lo sobrenatural adopta como referencia los Libros Sagrados escritos por hombres que miran a Dios, y que tienen, por cierto, las limitaciones propias del nivel de conocimientos de la época en que fueron escritos.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Pecados y pecadores

Toda forma de vida avanza y se perfecciona en base al proceso de prueba y error. De ahí que, aun en los mejores casos, la vida de un hombre implica un mejoramiento personal que se va consolidando a partir de una continua corrección de los errores cometidos. Incluso algunas importantes figuras de la cultura universal cometieron serios errores, o pecados, en las primeras etapas de su vida para, posteriormente, ser advertidos por la propia conciencia revirtiendo luego el camino equivocado. La principal tarea de la religión es la conversión desde el pecado a la virtud; ya que sin pecados ni pecadores no sería necesaria. René Fülöp-Miller escribió: “Un niño, que ya no era un niño; un hombre, aunque no completamente un hombre… cometía travesuras más o menos inocentes de un muchacho entregado turbulentamente a los excesos desenfrenados de la juventud. Las malas compañías que frecuentó no dejaron de influir también. Cuando niño solía entrar a hurtadillas en la bodega y despensa de sus padres para poder sobornar a sus compañeros de juego; ahora robaba por el manifiesto deleite de hacer el mal”.

“Un vívido relato de lo que antecede se encuentra en las «Confesiones» de San Agustín: «Había un peral cerca de nuestro viñedo, cargado de fruto, que no tentaba ni por su color ni por su gusto. Para saquearlo, varios de mis perversos amigos llegaron a deshora de la noche, y se apoderaron de grandes cantidades, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas a los cerdos. Fue un acto vil, y tuve gusto en ello, pues mi placer no estuvo en aquellas peras, sino en la ofensa misma, que causaba la compañía de los amigos pecadores»” (De “Santos que conmovieron el mundo”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1946).

Cuando una persona carece de empatía, no puede compartir el sufrimiento de los demás, siendo capaz de hacer daño a otra sin sentir culpa alguna. Incluso hasta puede llegar a sentir cierta alegría por el sufrimiento ajeno. Cuando existe empatía, por el contrario, surge el sentimiento de culpa, ya que aparece, quizás escondida en alguna parte, cierta capacidad para compartir el sufrimiento ajeno. Y si la persona no siente culpa por los males que provoca, ha de ser castigada de alguna forma por la sociedad, o por las penalidades que imponen las leyes, para compensar esa ausencia.

Si bien la empatía tiene un fundamento biológico en las neuronas espejo, la ausencia de culpa podría provenir del mal funcionamiento de tales neuronas. Sin embargo, los afectos, o su carencia, no dependen sólo de nuestra constitución genética heredada, ya que nuestra conducta también depende del condicionamiento producido por la información que tenemos depositada en nuestra memoria. De ahí que muchos pecadores hayan podido convertirse en justos a partir de una reelaboración de las ideas dominantes en su mente.

También la ciencia experimental progresa en base a prueba y error. La experimentación, justamente, es el “detector de error” que compara una hipótesis formulada con la realidad que pretende describirse. De ahí que sorprenda que algunos libros traten acerca de los “errores de los científicos”, ya que resulta tan obvio como hablar de los pecados en los seres humanos, ya que los errores son inherentes tanto a la ciencia como a la naturaleza humana.

De todo esto surge la justificación de cierto principio de tolerancia hacia los errores ajenos, por cuanto cada uno de nosotros también espera tolerancia por los nuestros. Sin embargo, la tolerancia normal se establece cuando se observa que se busca eliminar los errores; de lo contrario estaríamos estableciendo un proceso de facilitación del error ajeno, impidiendo un posible mejoramiento de quien incurre en faltas.

El sentimiento de culpa tiende a proteger a la sociedad de la misma manera en que el miedo tiende a protegernos a nosotros mismos. Mientras que mucho miedo nos paraliza, muy poco miedo nos lleva a autodestruirnos. En forma semejante, mucha culpa nos deprime, pero muy poca culpa nos conduce a una posible destrucción mutua. Marcos Aguinis, personificando la Culpa, escribió: “Mi presencia en una porción del psiquismo humano para equilibrar a otros es, pues, imprescindible para que sobrevivan las sociedades y hasta el mismo planeta. Yo, la Culpa –en dosis adecuadas-, ayudo a controlar, sublimar y razonar impulsos que anhelan su satisfacción inmediata y plena. No digo que estos impulsos sean siempre malos, digo que si no se resignan a un límite dañarán inevitablemente al conjunto. Y este límite no se respeta con sólo mostrarlo, tampoco ha servido de mucho la publicidad del altruismo. Sólo yo, la Culpa, con mis imperfecciones y torpezas, he conseguido detener la masacre primitiva y transformarla en acuerdo fundacional. Es cierto, por otro lado, que yo también debo contenerme, pero sobre la causa de mis desbordes aún tengo secretos que develaré más adelante….” (Del “Elogio de la Culpa”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2009).

La dignidad de un hombre está asociada, entre otros aspectos, a la culpa que puede sentir cuando sus acciones perjudican a otros. La falta de dignidad, por el contrario, surge cuando el individuo no siente el menor remordimiento luego de que sus actitudes o sus acciones ocasionaron algún perjuicio a otra persona. Quien siente culpa, tratará de evitar tal tipo de castigo en contra de si mismo evitando en lo posible perjudicar a otros. Quien no teme la voz de su conciencia, ha deteriorado su esencia social y ha perdido parte de su dignidad, por cuanto, al no existir el castigo interior, poco o ningún esfuerzo realizará para mejorar como persona.

Mientras que en épocas pasadas la influencia entre las personas era directa, las tecnologías informáticas han permitido que la influencia tenga carácter masivo. Los medios de comunicación se han convertido en amplificadores de pecados y de pecadores, sin que se los deba culpar por el mal uso que muchas veces se les da. Como ejemplo puede mencionarse el caso de Damián Szifrón quien manifestó en un programa de televisión (“Almorzando con Mirta Legrand”): “Yo, si hubiese nacido muy pobre, en condiciones infrahumanas, si no tuviera las necesidades básicas cubiertas, creo que sería delincuente más que albañil”. Para estimar un posible efecto de tal expresión, debe tenerse presente que existe un 42,6% de jóvenes del Gran Buenos Aires que vive en la pobreza, mientras que en el país ese porcentaje es del 38,8% (Diario La Nación-Buenos Aires 10/09/14). Luego, si en lugar de optar tales personas por una vida digna, buscando un trabajo decente, siguieran el consejo de tal personaje, aumentaría el delito en forma alarmante. No sólo el daño sería para las víctimas inocentes de la violencia promovida por los izquierdistas, sino que conduciría a la degradación permanente de quien vive en la delincuencia. El pobre es un ser humano que debe ser contemplado como tal antes de ser usado como un simple objeto para combatir a favor de los resentidos que tratan de destruir la sociedad con la intención adicional de destruir el “sistema capitalista”.

Así como es posible realizar una teoría de los pecadores, mediante una clasificación de los mismos según los errores cometidos, resulta mucho más simple establecer una teoría de los pecados. Para ello deben tenerse presente las dos tendencias básicas de las acciones humanas: cooperación y competencia. La primera está exenta de pecado, por cuanto implica compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. De ahí que nadie ha de matar, robar o mentir, a alguien relacionado bajo ese vínculo afectivo.

El pecado está asociado a la presencia de una actitud que impide compartir los estados emotivos ajenos, incluso a veces cambiando las alegrías ajenas por tristeza propia y tristezas ajenas por alegría propia. Ante tal actitud se abren todas las alternativas para perjudicar a los demás e incluso a uno mismo, aunque en un primer momento no se advierta tal posibilidad.

En cuanto a los considerados “pecados capitales”, se los menciona: a) Soberbia, b) Avaricia, c) Lujuria, d) Envidia, e) Gula, f) Cólera y g) Pereza. El primero mencionado, la soberbia, es el único que no permite su corrección, de ahí su gravedad, ya que el soberbio desconoce toda instancia superior, siendo su propio parecer la única referencia que considera válida. Es la actitud del que, cada vez que habla con alguien, parece descender desde un pedestal imaginario al nivel de los simples mortales. Emilio Mira y López escribió: “Hay quien confunde la soberbia con el «orgullo», mas es, en realidad, distinta de él. Es, casi puede decirse, su «bastarda imitación exhibicionista». En efecto, mientras el auténtico orgulloso –autosatisfecho- trata de disimular ese defecto, el soberbio lo escupe ante quien lo contempla: en su voz ahuecada, en sus gestos y ademanes altaneros, en su porte un tanto provocativo y en su actitud despectiva, se manifiesta esta constante agresión previa al ambiente. Cuando se rinde pleitesía al soberbio no nos agradece la sumisión, como hace el vanidoso, pues éste está seguro de su valor y su poder, en tanto aquél, en su intimidad, sabe que solamente es capaz de representarlo”.

“Ahora bien: no cuesta mucho ver que la soberbia representa el último grado o fase del proceso de «autogratificación» que siempre –siempre- se exacerba y destaca como reacción secundaria a una decepción o frustración personal. Si el soberbio «habla fuerte» es porque alguna vez quedó mudo; y es la cólera acumulada en aquella ocasión la que ahora rellena e hincha sus músculos, tensa su quijada, yergue su cabeza y da exceso, a veces ridículo, de amplitud mayestática a sus movimientos. La soberbia es, pues, un «corsé» psíquico; dentro de él, en realidad, se debate un alma insatisfecha que a fuerza de engañarse llegó a creerse valiosa, pero que se siente vulnerable y rodeada de «envidiosos», que solamente existen en su imaginación. Ha sido Alfred Adler quien mejor ha puesto de manifiesto que este proceso de supercompensación del fracaso (la llamada «protesta viril») puede llegar, no sólo a la vanidad sino a la soberbia, pero siempre lleva la inconfundible tensión afectiva, el malestar y la falta de paz que caracteriza la presencia subyacente de la ira” (De “Cuatro gigantes del alma”-Librería “El Ateneo” Editorial- Buenos Aires 1957).

La soberbia va acompañada de la ignorancia. Por ello resulta difícil imaginar que alguien, que conoce los grandes aportes a la ciencia y a la cultura universal, no haya advertido el abismo mental existente entre el innovador y el hombre común. Luego, quien posee una cultura media, raramente ha de mostrar vanidad, orgullo y mucho menos soberbia; seguramente de allí provenga la habitual “humildad del sabio”.

Se considera a Cristo como el salvador del hombre respecto de sus pecados, ya que sus sugerencias éticas implican evitar el castigo mutuo y propio que se infligen los seres humanos. Pero para eludir este flagelo, no basta con “creer” en la validez del cristianismo, sino en cumplir efectivamente con la actitud cooperativa implícita en el “Amarás al prójimo como a ti mismo”.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Sectas coercitivas y totalitarismo

Pueden encontrarse coincidencias entre las sectas religiosas y los movimientos totalitarios, ya que en ambos casos se considera prioritario el abandono de las ideas del pasado para darle lugar a las nuevas. Este procedimiento se conoce como un “lavado de cerebro” y es similar a un cambio de la programación de una computadora; ya que el dispositivo sigue siendo el mismo, pero su comportamiento resulta bastante distinto. En realidad, este método también se utiliza cuando se busca una mejora ética, ya que se sugiere abandonar las ideas erróneas para aceptar las nuevas, más eficaces que las anteriores. De ahí la expresión bíblica de que “no se echa el vino nuevo en odres viejos, porque se pierden ambos”, es decir, para que nuestra mente acepte nuevas ideas, es necesario abandonar una parte importante de las creencias previas.

Como el procedimiento resulta similar, ya sea que se trate de una buena educación o bien de una simple manipulación mental asociada a la pérdida de la libertad individual, los resultados positivos sólo han de provenir de la veracidad de la información transmitida. Si la información transmitida es compatible con el mundo real, se dice que es verídica, mientras que si lo distorsiona seriamente, resulta falsa.

La información verdadera “hereda” en cierta forma la coherencia propia del mundo real, de ahí la expresión de Baruch de Spinoza: “El orden y la conexión de las ideas es el mismo orden y conexión de las cosas”. Por ello, cuando alguien transmite una información incompatible con la realidad, trata de que sea una información coherente, para hacerle creer al interlocutor que se trata de una buena información, es decir, que ha de llevar a buenos resultados. Jean-Marie Abgrall escribió: “La persuasión está basada en la capacidad del persuasor de aprovechar la oportunidad de conmover. Por lo general corresponde a una disposición de ánimo del potencial recluta, quien tiende a «dejarse convencer». Ahora bien, en el caso de las sectas la persuasión es coercitiva: la idea es privar por completo al persuadido de su libre albedrío y enajenarlo en una decisión impuesta”.

“La persuasión que podríamos denominar «normal» plantea como hipótesis el ejercicio del libre albedrío por parte del receptor. Su aplicación está determinada por cuatro criterios: credibilidad del mensaje, consistencia, coherencia y, por último, congruencia. El mensaje debe ser creíble y coherente: debe poderse defender con pruebas, con la lógica, con la demostración. El persuasor debe ser consistente, es decir, sus argumentos no deben variar de un momento a otro. Por último, el «producto» propuesto debe adaptarse al cliente potencial y corresponder a sus necesidades en el instante en que se le hace la propuesta: vender calentadores en el desierto o refrigeradores en el Polo Norte no es congruente”.

“Los tres primeros criterios están excluidos de la persuasión coercitiva. El producto propuesto puede ser utópico, la demostración aberrante, los argumentos cambiantes; la única condición que debe respetarse es la congruencia. El oportunismo del persuasor lo lleva a adaptar sus palabras a su auditorio y a la situación, sin la menor preocupación por la verdad. Es la congruencia la que le confiere unidad al persuasor, la que hace de él «el dueño de la situación»” (De “Los secuestradores de almas”-Editorial Océano de México SA-México 2005).

Puede decirse que las sectas tienden a establecer manipulaciones mentales a nivel de grupos, dentro de una sociedad, mientras que los movimientos totalitarios tienden a establecer manipulaciones mentales a nivel de países enteros. Mientras que las primeras actúan dentro del ámbito de las religiones, las segundas actúan dentro del ámbito de la política. Las formas de reclutar adeptos resultan, sin embargo, bastante similares. Así, mientras en una secta se promete paz y felicidad para el adepto (algo congruente según el criterio antes mencionado), las utopías políticas prometen paz y felicidad para todos, a través de una sociedad ideal, aunque en ambos casos se llega a una realidad totalmente diferente.

El líder de una banda delictiva seguramente buscará convencer a sus secuaces hablando casi todo el tiempo de “las ventajas” que les reportará la posesión del botín. Una vez que tal idea entra en sus mentes, sólo les quedará obedecer las directivas impartidas, sin cuestionarse demasiado los riesgos afrontados o la validez del procedimiento. “La creencia se opone a la reflexión y al análisis. Ahora bien, el proceso de adoctrinamiento no puede basarse en la lógica. Toda visión en perspectiva, todo examen racional que hiciera el adepto de su situación no podrían menos que llevarlo a cuestionar el sistema en el que se encuentra «enrolado». Por consiguiente, la adhesión a una secta coercitiva conlleva la aceptación implícita y sin reservas de un mito o una fantasía que es el fundamento del pensamiento grupal. El futuro adepto tendrá que creer en la historia que se le relata y aceptar todas las acciones que se deriven de ella. El cuestionamiento de una sola de esas acciones es sinónimo de traición. La conversión exige una sumisión absoluta”.

Los totalitarismos colectivistas, al igual que las sectas, tienden a anular los atributos personales de todo individuo. Por ello se asocia individualismo con egoísmo, como si fuesen una misma actitud. “Para pertenecer al grupo, el adepto debe comportarse de manera idéntica a los otros. Esta imitación hace desaparecer su individualidad. Al reemplazar las indecisiones nacidas del libre albedrío por conductas automáticas inducidas por el ejemplo, la imitación reduce el sentimiento de incertidumbre y lo reemplaza por la urgencia de una misión que cumplir. Se trata de una verdadera remodelación psicológica, típica de las técnicas conductuales, que va creando de manera paulatina una nueva personalidad más adaptada a la dinámica sectaria”.

“La imitación exacerba un deseo de competencia entre los adeptos, quienes deben dedicarse de la manera más rápida y perfecta posible a su realización. Convertido en discípulo modelo, el individuo está listo para la identificación total con el gurú, punto culminante de la creencia y objetivo último de la persuasión coercitiva”.

“Aunque «integración» es el término consagrado, nosotros preferimos usar ya sea el de «asimilación» o el de «fagocitosis», que tienen una connotación biológica. Porque, en efecto, integrar a alguien es considerarlo verdadero miembro de un grupo, pero sin quitarle sus marcas de identidad. En cambio, la integración en la secta va acompañada de la pérdida de esos elementos de identidad”.

En cuanto a una posible definición de secta coercitiva, puede mencionarse la establecida en un congreso científico multidisciplinario reunido en Wisconsin en 1985: “Una secta coercitiva es un movimiento totalitario que se presenta con la fachada de una asociación o grupo religioso, cultural o de otro tipo, y exige de sus miembros una dedicación total y una devoción al grupo más que a ninguna otra persona. Este movimiento emplea técnicas de manipulación, persuasión y control destinadas a cumplir objetivos del dirigente del grupo y que provocan que los adeptos se vuelvan completamente dependientes del grupo, en detrimento del entorno familiar y social”.

Entre los aspectos comunes encontrados en un movimiento totalitario y una secta, pueden citarse los siguientes:

a)Ambos se basan en una ideología globalizante.
b)Son dirigidas por un dictador (gurú) único.
c)El partido único (la secta) transmite la ideología.
d)Se establece el monopolio de la información (la supresión de la información externa).
e)Se posee el monopolio de las armas (el de la estrategia en las sectas).
f)Se posee el monopolio de las decisiones económicas (el trabajo individual para bien del grupo).
g)Se reprime la divergencia (la oposición a la secta).
h)Se lucha contra otras ideologías (la secta diaboliza el exterior).

En cuanto a la propaganda, se advierte una semejanza casi total entre movimiento totalitario y secta. El citado autor la resume en el siguiente listado:

a)Empleo de estereotipos que explotan la tendencia general de los individuos a generalizar y a proyectarse en una fantasía grupal.
b)Sustitución del lenguaje y utilización de palabras particulares destinadas a encubrir la verdad o a obtener un mayor impacto.
c)Control de la información y selección de los hechos e ideas en beneficio exclusivo de quienes están a favor de la ideología defendida.
d)Mentira sistemática y falsificación de la verdad.
e)Repetición hasta el cansancio de la información falsificada para obtener el consentimiento o modificar las ideas.
f)Reafirmación permanente de la forma de pensar totalitaria como la única cierta, y rechazo de las formas divergentes de pensar.
g)Designación de un enemigo representativo sometido al oprobio por parte del grupo, con el papel de chivo expiatorio.
h)Sumisión total a la autoridad y referencia permanente a ella como fuente de verdad.

A partir de lo anterior, puede catalogarse todo populismo, o todo totalitarismo, como una especie de secta coercitiva antes que un movimiento político, caracterizándoselos en función de los objetivos aparentes, de los enemigos “designados”, del líder o gurú, etc. De la misma manera en que resulta poco menos que imposible hacer que a alguien que se le ha lavado el cerebro, en una secta, cambie de opinión a partir de cierto razonamiento lógico, resulta dificultoso el cambio de opinión de quien adhiere a un populismo o a un totalitarismo. Un importante sector de la población argentina, en este sentido, puede considerarse como parte de una gran secta coercitiva peronista, o kirchnerista, que lo domina mentalmente. De ahí que, quizás, una conversión masiva al cristianismo sea el inicio de la recuperación tan esperada.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Nobles y vulgares

En cuanto al significado de “noble” y “vulgar”, puede citarse a José Ortega y Gasset, quien escribió: “Nunca el hombre-masa hubiera apelado a nada fuera de él si la circunstancia no le hubiese forzado violentamente a ello. Como ahora la circunstancia no le obliga, el eterno hombre-masa, consecuente con su índole, deja de apelar y se siente soberano de su vida. En cambio, el hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que, al comienzo, distinguíamos al hombre excelente del hombre vulgar diciendo: que aquel es el que se exige mucho a sí mismo, y éste, el que no se exige nada, sino que se contenta con lo que es y está encantado consigo”. “Es intelectualmente masa el que ante un problema cualquiera se contenta con pensar lo que buenamente encuentra en su cabeza. Es, en cambio, egregio el que desestima lo que halla sin previo esfuerzo en su mente, y sólo acepta como digno de él lo que aún está por encima de él y exige un nuevo estirón para alcanzarlo”.

“Contra lo que suele creerse, es la criatura de selección, y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima como una opresión la necesidad de servir. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman. Esto es la vida como disciplina –la vida noble. La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos”. “«Vivir a gusto es de plebeyo: el noble aspira a ordenación y a ley» (Goethe)” (De “La rebelión de las masas”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1984).

La descripción anterior recuerda la de los Evangelios, donde se divide a los hombres en justos y pecadores. El justo vendría a coincidir con el noble, por cuanto orienta su vida mediante referencias externas, como es la religión, esforzándose por mejorar cada día sirviendo al prójimo de la mejor manera posible. Es representativa de tal personalidad la acción de lavar los pies a otros individuos, símbolo utilizado por Cristo ante sus seguidores para mostrarles la actitud a adoptar. El pecador, por el contrario, es el que no realiza ningún esfuerzo por mejorar ni por servir a los demás. Si bien encontramos a diario personas “que no hacen el mal a nadie”, y que poco esfuerzo hacen por superarse, recordemos que buena persona es la que hace el bien y no la que no hace el mal.

A partir de la analogía descriptiva entre nobles y vulgares, por una parte, y justos y pecadores, por la otra, puede interpretarse la persecución religiosa en contra de los cristianos como un aspecto más del fenómeno general descrito por Ortega y Gasset como “la rebelión de las masas”, que desembocó finalmente en los sistemas totalitarios produciendo las peores catástrofes sociales en toda la historia de la humanidad. Tal fenómeno surge de la negativa esencial de vulgares y pecadores de dejar de serlo; cuando, además, se rebelan y avanzan sobre nobles y justos con intenciones de dominarlos o de reemplazarlos de sus lugares preeminentes en la sociedad. Es el comienzo de la barbarie populista y totalitaria. Justamente, bajo sistemas nazis y comunistas se produjo la persecución sistemática de adeptos religiosos y el reemplazo de religiones por ideologías.

El cristianismo tiene como prioridad promover cierta “movilidad social” tratando que el pecador (el hombre-masa) se convierta en un hombre justo (o noble). Los totalitarismos, por el contrario, exaltan los atributos del hombre-masa y niegan los del noble. Crean antagonismos irreconciliables entre ambos hasta que se produce la rebelión de las masas (la revolución). Una vez dominado el Estado, reemplazan a los nobles imponiendo sus caprichos y su ferocidad.

Los totalitarismos se distinguen por el pretexto utilizado para promover el antagonismo contra la nobleza, como fue la raza para los nazis o las clases sociales para el marxismo. Andrea Riccardi escribió: “El articulo 24 del programa del Partido Nacionalsocialista (NSDAP), establecido en 1920, proclamaba «la libertad para todas las confesiones religiosas en el Estado, siempre que éstas no constituyan un peligro para el propio Estado y no perjudiquen la moralidad y el sentido moral de la raza alemana. El partido como tal se declara favorable al cristianismo positivo pero no se vincula, en cuestiones de fe, a ninguna religión». La ambigua «fórmula del cristianismo positivo» terminaría por identificarse con el nacionalsocialismo. En 1937, el ministro encargado de los asuntos eclesiásticos, Hans Kerrl, declaró: «El partido se apoya en el fundamento del cristianismo positivo que es el nacionalsocialismo. Éste nace de la voluntad de Dios, encarnada en la sangre alemana. Decir que el cristianismo consiste en la fe en Cristo, hijo de Dios, me provoca risa. El verdadero cristianismo está representado por el partido, y el pueblo alemán es llamado por el Führer para que practique un cristianismo verdadero y concreto. El Führer es el protagonista de una nueva revelación»”.

En cuanto a la forma de eliminar la influencia de la Iglesia, el citado autor agrega: “Puesto que los estatutos de la Juventud Hitleriana prohibían pertenecer a dos organizaciones, este decreto supuso el fin de las asociaciones juveniles católicas”. “Un decreto de 1935 determinó que ningún periódico tenía derecho a publicar artículos de contenido religioso. Luego de esta medida, la prensa católica dejó de existir”. “El principal objetivo del nacionalsocialismo con respecto a las Iglesias era su eliminación y la sustitución del cristianismo por la fe del nazismo”.

Respecto de la actitud marxista-leninista en la URSS, escribió: “Antes de la Revolución se cree que había en Rusia más de setenta mil iglesias y capillas. En 1939, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, se conservaban abiertas poco más de un centenar de iglesias y había cuatro obispos en actividad”. “La política antirreligiosa continuó incluso cuando el poder soviético estaba bien arraigado, como en los años de Kruschev, y nada tenía que temer de los escasos restos de la ortodoxia rusa completamente bajo control de los organismos de seguridad”. “En un país comunista, las comunidades religiosas no sólo no deben tener un papel social (por lo tanto no pueden desempeñar funciones educativas, caritativas, públicas), sino que deben desaparecer para dejar paso a un modelo de «hombre nuevo» y a una sociedad en la que haya sido desterrada la denominada «alienación religiosa» y se haya practicado y propagado el ateísmo…La religión ha de ser erradicada de la sociedad y de las conciencias. Bucharin, en el «ABC del comunismo», declara: «La religión y el comunismo son incompatibles tanto en la teoría como en la práctica»”.

“Célebre es la carta secreta de Lenin enviada a los miembros del Politburó el 19 de marzo de 1922: «La incautación de los objetos de valor, sobre todo, aquellos que pertenecen a las lauras, a los monasterios y a las iglesias más ricas, debe realizarse con resolución implacable, sin detenerse frente a nada y en el menor tiempo posible. Cuantos más exponentes de la burguesía y del clero reaccionarios consigamos fusilar por este motivo, tanto mejor»” (De “El siglo de los mártires”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 2001).

Durante la Guerra Civil española se cometieron numerosos asesinatos de sacerdotes católicos. Sin embargo, como es propio de los marxistas-leninistas, sólo consideran valiosas las vidas de sus propios combatientes, de ahí que en la actualidad se hagan reclamos sólo por “las víctimas del franquismo”. “El 17 y el 18 de julio de 1936 tuvo lugar el levantamiento militar contra el gobierno republicano: fue el principio de la guerra civil. Se desencadenó una abierta persecución religiosa por parte de los anarquistas, socialistas radicales y comunistas. La escalada de los asesinatos fue impresionante: desde el 18 de julio hasta el final de ese mes, las victimas del clero ascendieron a 861; en agosto a 2.077, con una media de setenta muertes al día. En el otoño los asesinatos continuaron…En julio de 1937 las victimas del clero eran ya 6.500”.

En la Argentina, Juan D. Perón exaltaba el odio colectivo desde las clases sociales más pobres contra la clase media y la “oligarquía”, lo que produjo hechos como la quema de templos católicos por parte de sus seguidores. Mientras que Nerón incendió Roma y culpó a los cristianos, Perón incendió varios templos de Buenos Aires, y de otros puntos del país, culpando a otros. Félix Luna escribió: “Perón echó la culpa de los incendios alternativamente, a los comunistas, a una logia masónica, a los propios católicos o a grupos provocadores: disculpas pueriles, pues las agresiones no hubieran durado un minuto si las autoridades hubieran demostrado la más mínima voluntad de hacer cesar los ataques. En aquella noche medrosa del 16 de junio, ni una mosca se movía en Buenos Aires si Perón no lo autorizaba…”. “Ordenar quemar las iglesias (o dejar que las quemaran, tanto da) fue el error más grueso de Perón en esa pendiente de equivocaciones en la que se deslizaba desde noviembre del año anterior. El espectáculo de aquellos negros muñones, esos ámbitos sagrados llenos de escombros, conmovió profundamente al país, impresionó a los peronistas y, por sobre todo, hizo olvidar a las victimas de los bombardeos [sobre la Casa Rosada y adyacencias]”. “Ahora no se trataba de un club tradicional o de locales partidarios: eran las sedes de la oración y el recogimiento del alma. No se habían lastimado convicciones cívicas sino sentimientos religiosos. Cada una de las iglesias arrasadas por el fuego era un motivo para realimentar los motivos de la oposición y ratificarse en la certeza de que Perón era un Anticristo contra el cual todo estaba permitido” (De “Perón y su tiempo”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).

José Ortega y Gasset definía un país como “invertebrado” cuando era gobernado por vulgares y no por nobles. Su diagnóstico, en la década del 20, lamentablemente se cumplió con la Guerra Civil Española y la aparición en Europa de los distintos totalitarismos. Al respecto escribió: “Si ahora tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”. “Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores” (De “España invertebrada”-Editorial Espasa-Calpe SA-Madrid 1967).

Si cambiamos las palabras “española” por “argentina” y “pueblo español” por “pueblo argentino”, lo anterior sigue teniendo validez. Cuando se le pidió al pueblo elegir entre Cristo y Barrabás, eligió a este último; cuando al pueblo argentino se le pide elegir entre Cristo y Perón, elige a este último. Así nos va.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Naturalismo vs. sobrenaturalismo

Hace unos cuatro siglos, con la irrupción de la ciencia experimental, comienza una etapa en la cual el pensamiento científico rivaliza con el religioso y el filosófico. En adelante, desde la ciencia se los busca reemplazar o bien se los busca fundamentar de mejor manera. La ética religiosa, al buscar una determinada conducta del hombre, se superpone con las ramas humanistas y sociales de la ciencia. De ahí que surjan coincidencias y también disidencias. Jaime Balmes escribió: “Aquí no hay medio; o la religión procede de una revelación primitiva, o de una inspiración de la naturaleza: en uno y otro caso hallamos su origen divino: si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha inscrito la religión en el fondo de nuestra alma” (De “El criterio”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952).

El surgimiento del pensamiento religioso puede describirse considerando las cotidianas relaciones causales que observamos a nuestro alrededor. Los vínculos invariantes entre causas y efectos sugieren la existencia de un Creador de todo lo existente, de donde surge la idea de Dios o, en su momento, de dioses especializados, como creadores o controladores de los distintos ámbitos de la realidad. Cuando a Dios se le asocian atributos humanos, surge la posibilidad de rendirle homenajes, hacerle pedidos, o bien adaptarnos a su aparente voluntad. Incluso se supone que ese Dios elige a algunos hombres para que informen al resto lo que espera de ellos. Con el avance de la ciencia, al advertirse la existencia de un mundo gobernado por leyes naturales, se va consolidando la idea de una adaptación a tales leyes, que coincide esencialmente con el cumplimiento de la voluntad del Creador.

Lo sobrenatural se asocia a las intervenciones de Dios cuando interrumpe las leyes naturales, o las cambia momentáneamente, estableciendo milagros o revelaciones. Luego, al no existir coincidencias respecto a la información comunicada a los distintos enviados, aparecen divisiones y antagonismos insalvables, por cuanto las adhesiones a los distintos enviados tienen un carácter sectorial. Por el contrario, la religión que se fundamenta en las leyes naturales “hereda” la universalidad y la objetividad de la ciencia experimental. De ahí que, con la plena vigencia de las diversas religiones reveladas nos aseguramos un futuro con serios conflictos, mientras que es posible eliminarlos adoptando una religión universal, o natural. De esa manera, en lugar de hablar de una religión verdadera y de la falsedad del resto, podemos considerar que las diversas religiones son distintas aproximaciones a la religión natural y universal.

Por lo general, los adeptos a las religiones reveladas suponen que la propia religión es la verdadera, o la mejor, y que las demás no deberían existir. Esta actitud resulta similar a la del nacionalista, que considera que su país es el mejor y que el resto es enemigo, o rival, no debiendo establecerse con él vínculo alguno. Elisabeth Reynaud escribió: “Ese año de 1492 es también el año en que los Reyes Católicos promulgan un decreto que obliga a los judíos a elegir la conversión o el exilio. A partir de entonces se persigue a todo el que no pertenezca a la «raza» española católica y, en primer lugar, a los musulmanes y judíos. Se dictan leyes sobre la pureza de la raza y de la sangre: hay que probar que se desciende de «viejos cristianos», que se es de sangre completamente limpia de «manchas» judías o moras”. “El Gran Tribunal de la Inquisición persigue incluso a los moriscos –los musulmanes conversos- y a los marranos –los judíos convertidos- sospechados ambos de seguir con sus cultos, en secreto” (De “Teresa de Ávila o el placer divino”-Editorial Atlántida SA-Buenos Aires 2000).

La actitud religiosa positiva ha de ser ascendente, lateral e igualitaria. Ascendente en el sentido de que mira a Dios, o al orden natural; lateral en el sentido de que mira al resto de las personas; igualitaria cuando el adepto busca compartir las penas y las alegrías de los demás. Una actitud religiosa con mucha contemplación (ascendente) y poca acción (poco lateral) resulta incompleta. De esta actitud posiblemente surja el desprecio por un mundo imperfecto, considerado sólo como una etapa previa a una vida posterior a la muerte. Surge el enfrentamiento contra la ciencia por cuanto ésta estudia la materia. Se rechaza a la materia por ser despreciable, fría e inerte, opuesta a la vida. Se llega así a la contradicción esencial del “creyente” que rechaza a la creación y a las leyes de Dios, o leyes naturales, incluso rechaza los procesos utilizados para formar la vida inteligente, como es el proceso de adaptación por selección natural.

Como compensación, acentúa la creencia en un orden sobrenatural, para justificar el rechazo previo. La “rebelión del creyente” en contra de Dios, o en contra de sus leyes, se opone a la actitud del científico, que se acerca a Dios a través de la descripción y el entendimiento de sus leyes. Quienes sostienen que sólo hacen falta leyes naturales para conformar al mundo (y no sobrenaturales, accesibles a unos pocos elegidos), serán considerados herejes ante la religión, mientras que, a la vez, quienes desdeñan e ignoran las leyes de Dios, deben ser considerados herejes respecto de Dios. José León Pagano (h) escribió: “La Ilustración llevó, como consecuencia natural, a desembocar en el naturalismo, que no es un sistema o una doctrina concreta, sino una tendencia, orientada a no aceptar nada que esté más allá de la naturaleza, por lo cual nada puede explicarse sino a través de las leyes que la gobiernan. En materia religiosa, el naturalismo rechaza lo sobrenatural y explica los hechos religiosos por la acción de leyes naturales o por el influjo de lo divino, inmanente en la naturaleza” (De “Veinte siglos de herejías”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2004).

En cuanto al naturalismo, José Ferrater Mora escribió: “Naturalismo es la tendencia a aplicar al espíritu las categorías de la naturaleza, a someter el mundo espiritual a las leyes naturales. El naturalismo supone en este caso la negación de la peculiaridad del espíritu y la posibilidad de reducirlo a la naturaleza; reducción de la moral y de la historia a la biología; de la personalidad a la organización fisiológica o psicofisiológica. Se llama, finalmente, naturalismo a la actividad ética que ordena vivir conforme con la naturaleza en el sentido de vivir de acuerdo con una supuesta razón natural, igual en todos los hombres” (Del "Diccionario de Filosofia"-Editorial Ariel SA-Barcelona 1994).

De todas formas, es importante saber cómo funciona el mundo real; si existe lo natural y lo sobrenatural, o si existe sólo lo primero. Lo sobrenatural, además de impedir el control de toda prédica en función de su adecuación a las leyes naturales existentes, implica una inusitada complejidad para quien busque orientarse en la vida. Si lo necesario para adaptarnos al orden natural fuese tan complejo que sólo unos pocos elegidos lo comprendiesen, perderíamos las esperanzas de lograr ese conocimiento, o resignarnos al gobierno mental de los elegidos sobre el resto. Por el contrario, el cristianismo ha podido resumirse en la actitud cooperativa cuyo significado es simple y accesible a toda persona.

Cuando se supone que todo ha de ser necesariamente complejo y que para comprenderlo no basta la razón, sino que es necesaria la fe en lo sobrenatural, se llega a considerar al amor al prójimo bajo una forma confusa, distinta de la actitud natural mencionada. De ahí la poca eficacia del cristianismo tal como se lo predica actualmente. A partir del conocimiento aportado por la física durante el siglo XX, puede comprobarse que la materia es bastante distinta a la supuesta por sus detractores. Lothar Schäfer escribió: “Las partículas elementales pueden existir en estados no materiales, y actuar como si no tuviesen una posición definida en el espacio y en muchos sitios al mismo tiempo. Prácticamente no están en ninguna parte; tienen propiedades de tipo mental, y pueden afectarse mutuamente en forma instantánea y a grandes distancias. En resumen, la realidad física no es lo que parece ser y los componentes microscópicos de las cosas no son simples ediciones en miniatura de los objetos ordinarios de nuestra experiencia consciente, sino que son diferentes en su esencia”.

“La difracción de electrones es una señal de que, cuando son dejados en libertad, las partículas evolucionan hacia formas ondulatorias no-materiales que se esparcen sobre amplias áreas del espacio...La naturaleza de estas ondas es la de ondas de probabilidad. Puesto que las probabilidades son números sin dimensión, las ondas de probabilidad no llevan ninguna masa o energía, sino solamente información sobre relaciones numéricas. Sin embargo, todo el orden visible en el universo está determinado por la interferencia de estas ondas. Las funciones de onda de los átomos, por ejemplo, determinan qué clase de moléculas pueden formar y qué clase de química es posible. Las funciones de onda de las moléculas determinan las interacciones intermoleculares, las cuales son la base de la química de las células vivas” (De “En busca de la realidad divina”-Grupo Editorial Lumen-Buenos Aires 2007).

El hereje (respecto de la religión y no ante las leyes de Dios) de mayor trascendencia en el siglo XX fue Pierre Teilhard de Chardin, quien quiso compatibilizar la religión cristiana con las leyes de la evolución. Lothar Schäfer escribe al respecto: “Las tesis fundamentales de Teilhard son como sigue: la evolución de la vida es esencialmente la evolución de una esfera de la consciencia, la noosfera. Con la aparición de los seres humanos, el proceso ha alcanzado un clímax, pero no su punto final. El proceso todavía continúa; pero, al contrario de sus etapas anteriores, en su etapa actual la fuerza impulsora es la evolución cultural. En los seres humanos, la evolución se ha hecho consciente de sí misma; y la mente la dirige a niveles cada vez más elevados de capacidad mental y en dirección hacia un punto –el Punto Omega-, en el cual la consciencia de la humanidad se fusionará fuera del espacio y el tiempo con la consciencia cósmica, a la que Teilhard concebía como activa en el universo”.

“Esta teoría de la evolución comparte con la ontología de la teoría cuántica el aspecto de la totalidad o integridad de la realidad, las acciones de principios no-materiales y de tipo mental en los procesos fundamentales, y la presunción de una consciencia cósmica fuera del espacio-tiempo. Hay congruencia con la perspectiva cuántica de la evolución, en la cual la selección cuántica de grupos crecientemente complejos de estados virtuales puede llevar, sin una intervención divina directa, a formas de vida con propiedades mentales progresivas”.

Mientras que el naturalismo observa rasgos espirituales en la materia, encontrando en la neurociencia una confirmación de tal visión de la realidad, el sobrenaturalismo busca materializar los aparentes contactos entre el mundo natural y el mundo sobrenatural para confirmar su veracidad. “La vida no puede ser ya considerada en el Universo como un accidente superficial, sino que hemos de considerarla como presionando en todas partes –pronta a brotar por cualquier parte del Cosmos, por la menor resquebrajadura-; una vez aparecida, es incapaz de no utilizar toda oportunidad y todos los medios para llegar al extremo de lo que puede alcanzar exteriormente en cuanto a Complejidad, interiormente en cuanto a Consciencia (Teilhard de Chardin).