domingo, 13 de septiembre de 2026

La bondad como base de la evolución cultural

La bondad de los seres humanos puede ser considerada como el principal atributo que ha promovido, y que ha de promover, el avance moral y cultural de la humanidad. En muchas etapas históricas, incluso actualmente en algunos sectores de la sociedad, la bondad natural ha sido vista como una debilidad. También ha sido vista, no como un atributo conformado por el proceso de la evolución biológica, sino como una concesión que Dios otorga sólo a algunos elegidos o a algunos adeptos, lo que pudo haber retrasado en el pasado un avance en el proceso de la evolución cultural a través de la búsqueda de mayores niveles de adaptación al orden natural.

A través de una Breve historia de la bondad, inserta en el libro "Elogio de la bondad", de Adam Phillips y Barbara Taylor (Duomo Ediciones SL-Barcelona 2010), se puede seguir el proceso histórico que tal atributo ha tenido en Occidente, por lo que las siguientes citas provienen del mencionado libro.

Como punto de partida puede considerarse el caso del "buen samaritano". Para promover la empatía emocional respecto de todo habitante del planeta, y no sólo respecto de los integrantes del grupo al que cada uno pertenece, Cristo establece un principio revolucionario para la época, ya que incluso en la actualidad las divisiones entre sectores, religiones o etnias mantienen su vigencia. La universalidad del cristianismo proviene de advertir y acentuar esta actitud para que predominara en todos los seres humanos. “Un hombre se acercó a Jesús y le preguntó: «Pero ¿quien es mi prójimo?». Jesús le respondió contándole la historia de un judío que, yendo de viaje, fue asaltado por unos ladrones, herido y abandonado en la cuneta; los viajeros que pasaron junto a él no le hicieron caso, ni siquiera sus compatriotas de Judea, hasta que al final un vecino de Samaria que pasó por ahí se apiadó de él y lo socorrió con generosidad. Judíos y samaritanos eran enemigos tradicionales y la parábola del buen samaritano fue y sigue siendo la versión simbólica de la bondad cristiana, de la solidaridad que se salta las barreras étnicas y las divisiones sectarias y ve a todas las personas como amigas. Al universalizar la bondad, el cristianismo afirmó su derecho a ser una religión global”.

“La palabra «simpatía» deriva del griego clásico, en que significaba «sentir lo mismo que el otro», y describe el afecto o la solidaridad entre personas no emparentadas”.

“La conducta simpatizante era una conducta expansiva, una conducta para la que la felicidad ajena era la condición sine qua non del propio bienestar. La simpatía era una piedra de toque del sentido de lo humano; la persona incapaz de identificarse emocionalmente con sus semejantes era un ser inhumano, un monstruo”.

Así como el intercambio comercial entre dos personas puede hacerse sin la intermediación del Estado, el vínculo afectivo entre dos personas puede establecerse sin la intermediación de Dios. Sin embargo, algunos predicadores del cristianismo complicaron las cosas cambiando lo que no es más que una reacción afectiva natural. Algunos creían que Dios observaba y anotaba las buenas acciones personales realizadas cotidianamente, por lo cual el amor al prójimo tendía a establecerse pensando en uno mismo, y en la futura vida eterna, antes que en la otra persona. Phillips y Taylor agregan: “La parábola del buen samaritano daba a entender de un modo muy claro que la bondad era una inclinación natural humana, y algunos pensadores cristianos primitivos lo confirmaron. Pero san Agustín y otros Padres de la Iglesia lo negaron con vehemencia, alegando que la caritas [caridad cristiana] procedía únicamente de Dios; que sin Dios no había bondad ni ninguna otra virtud innata. Por culpa de la primera Caída, decía Agustín, la humanidad había perdido toda posibilidad de tener bondad natural. El hombre de Agustín, hundido en el pecado original, era incapaz de sentir caritas sin ayuda divina; abandonados a sí mismos, los hijos de Adán eran egoístas y depravados”.

“Con Agustín, la caritas acabó trascendiendo a la persona. Sin represión y sin sacrificio, la relación del hombre con el hombre era irremediablemente perversa y animal: una concepción pesimista de la humanidad que con la Reforma protestante del siglo XVI se volvió mucho más sombría. Según Martin Lutero, principal portavoz de la Reforma, la naturaleza humana estaba «totalmente podrida» por el pecado original. La corrupción del clero católico ponía de manifiesto la facilidad con que la pompa y el poder apartaban a los individuos de la verdadera religión y los hundían en la depravación absoluta”.

La ineficacia que se advierte en el cristianismo, como religión moral, se debe esencialmente al debilitamiento y oscurecimiento que sus predicadores han impuesto al mandamiento del amor al prójimo. Si uno lo interpreta como un proceso existente en la propia naturaleza humana, como bien lo saben quienes nunca escucharon hablar de Cristo y del cristianismo, las prédicas cristianas vuelven a retomar su eficacia inicial. Si, por el contrario, se hace intervenir a Dios en cada ocasión de nuestra vida cotidiana, se distorsiona la moral cristiana alejándola de la ética natural, que también surgió de otras fuentes ajenas a la religión. Incluso la aceptación del cristianismo por parte del Imperio Romano se debió a la compatibilidad mostrada con el estoicismo, una de las filosofías influyentes en la época. “El estadista romano Cicerón –que no era estoico con carné, pero que acusó la influencia del estoicismo-, en su gran obra ‘De officis’ (44 AC), afirmó que sentir más afecto por la familia que por los extraños era natural. Sin embargo, en otra obra sostuvo que las relaciones cordiales abarcaban toda la sociedad humana y advirtió que las personas que se preocupaban más por sus conciudadanos que por los extranjeros podían «romper la hermandad que une a la humanidad»”.

Adam Phillips y Barbara Taylor agregan: “En 1741, el filósofo escocés David Hume, enfrentado a una escuela filosófica que proclamaba el egoísmo ineludible de la humanidad, perdió la paciencia. Una persona tan necia como para negar la existencia de la bondad –dijo Hume- era sencillamente una persona que había perdido el contacto con la realidad emocional: «ha olvidado los movimientos de su corazón». ¿Cómo es posible que la gente haya acabado por olvidar la bondad y los intensos placeres que procura?”.

“La conducta bondadosa se observa con recelo; las manifestaciones públicas de bondad se desdeñan por moralistas y sentimentales. «Esta es la naturaleza humana», decimos del comportamiento egoísta, ¿qué más podemos esperar? La bondad se ve como un tema de portada de revista o bien como falta de nervio. Los iconos populares de la bondad –la princesa Diana, Nelson Mandela, la madre Teresa de Calcuta- o bien se adoran como si fueran santos o bien se denuncian alegremente llamándoles hipócritas que sólo cultivan sus intereses”.

"La palabra «simpatía» deriva del griego clásico, en que significaba «sentir lo mismo que otro», y describe el afecto o la solidaridad entre personas no emparentadas. Si tanto los egoístas como Hobbes y los benevolentes como Shaftesbury concebían a los individuos como mundos cerrados, los teóricos de la simpatía los consideraban vinculados afectivamente y pensaban que la vida emocional de cada persona evolucionaba influida directamente por los sentimientos de cuantos la rodeaban".

"La subjetividad era impersonal y eso era lo que hacía posible la bondad. En su Tratado de la naturaleza humana (1739-1740), David Hume comparaba la transmisión de sentimientos entre personas con la vibración de las cuerdas del violín: en cada uno resonaban los sufrimientos y alegrías ajenos como si fueran suyos. «Salimos de nosotros mismos» para entrar en el mundo emocional de los demás, decía Hume; o como escribió Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759), «en cierto modo acabamos siendo la misma persona, tal es el origen de nuestros sentimientos comunes»".

"Los egoístas psicológicos habían afirmado que el sentimiento común era una simple derivación del interés por uno mismo y partía de la observación de que cualquier desgracia que pudiera sucederles a los demás, nos podía suceder a nosotros. Smith lo negaba, alegando que este sentimiento común era una proyección imaginaria del yo en el otro: «entramos, por así decirlo, en su cuerpo». A los egoístas que argüían que eso era sólo una forma más compleja de egoismo, Smith replicaba con energía: ¿cómo se puede considerar egoísta una emoción que «no se refiere en absoluto a nada mío», sino «que se concentra totalmente en lo que se relaciona contigo?». Quienes se posicionaban con el egoísmo sufrían una «confusión» en lo relativo a la naturaleza humana, concluía Smith".

Una sociedad natural, o aquella que contempla las leyes naturales que nos rigen, encuentra en la empatía emocional al vínculo que une, o que debería unir, a los integrantes del grupo social. Por el contrario, al intentar reemplazar dicho vínculo por los medios de producción, como lo propone el marxismo, se establece una "sociedad artificial" que apunta hacia un retroceso en el proceso de la evolución cultural.

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