jueves, 10 de septiembre de 2026

La inusitada defensa de la mentira

Cuando se adhiere a una postura ideológica en forma pasiva y sumisa, hasta el grado de reemplazar con ella, en la mente, a la propia realidad, se cae en una dependencia que incluso conlleva implícito cierto sentido de la vida. Cuando en algunos raros momentos de "iluminación" se vislumbra la posibilidad de que tal ideología no se corresponda con la realidad, de que se trata de una mentira parcial o total, el individuo dependiente tiende a rechazar la verdad de manera de mantener las creencias que le dan cierta base a su personalidad. En ese momento se produce una consciente defensa de la mentira y un rechazo consciente de la verdad. Humberto Maturana R. escribió: “Al declararnos seres racionales vivimos una cultura que desvaloriza las emociones, y no vemos el entrelazamiento cotidiano entre razón y emoción que constituye nuestro vivir humano, y no nos damos cuenta de que todo sistema racional tiene un fundamento emocional”.

“Nunca nos enojamos cuando el desacuerdo es sólo lógico, es decir, cuando el desacuerdo surge de un error al aplicar las coherencias operacionales derivadas de premisas fundamentales aceptadas por todas las personas en desacuerdo. Pero hay otras discusiones en las cuales nos enojamos (es el caso de todas las discusiones ideológicas); esto ocurre cuando la diferencia está en las premisas fundamentales que cada uno tiene. Esos desacuerdos siempre traen consigo un remezón emocional, porque los participantes en el desacuerdo viven su desacuerdo como amenazas existenciales recíprocas. Desacuerdos en las premisas fundamentales son situaciones que amenazan la vida ya que el otro le niega a uno los fundamentos de su pensar y la coherencia racional de su existencia” (De “Emociones y lenguaje en educación y política”-Ediciones Pedagógicas Chilenas SA-Santiago 1994).

Los totalitarismos, por lo general, tienden a basarse en mentiras que encubren la realidad por cuanto las ideologías respectivas carecen de veracidad. Alexander Solyenitsin comentaba acerca de la utilización de la mentira en la Unión Soviética. Ante una pregunta periodística acerca de cómo sus compatriotas podían restarle apoyo a tal situación, Solyenitsin respondió: “Con acciones físicas no, tan sólo: negándose a mentir, no participando personalmente en la mentira. Que cada uno deje de colaborar con la mentira en todos los sitios donde la vea; le obliguen a decirla, escribirla, citarla o firmarla, o sólo a votarla, o sólo a leerla. En nuestro país la mentira se ha convertido no sólo en categoría ética, sino también en un pilar del Estado. Al apartarnos de la mentira, realizamos un acto ético, no político, no enjuiciable penalmente, pero tendría una influencia inmediata en nuestra vida entera” (De “Memorias”-Librería Editorial Argos SA-Barcelona 1977).

Ante la existencia de altos porcentajes de individuos que adhieren al socialismo, a pesar de las catástrofes sociales producidas a lo largo y a lo ancho del mundo, no es de extrañar que nuestra época esté caracterizada por la difusión y la defensa de las mentiras. Jean-Françoise Revel escribió: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. “Cada minuto el hombre contemporáneo tiene una imagen del mundo y de su sociedad en el mundo. Actúa y reacciona en función de esa imagen. No cesa de transformarla o de confirmarla. Cuanto más falsa es, más peligrosas son sus acciones y sus reacciones tanto para él como para los demás”.

“La reivindicación de la «identidad cultural» sirve, por otra parte, a las minorías dirigentes del Tercer Mundo para justificar la censura de la información y el ejercicio de la dictadura. Con el pretexto de proteger la pureza cultural de su pueblo, esos dirigentes lo mantienen al tanto como les es posible en la ignorancia de lo que sucede en el mundo y de lo que éste piensa de ellos. Dejan filtrar, o inventan si es preciso, las informaciones que les permiten disimular sus fracasos y perpetuar sus imposturas. Pero el mismo encarnizamiento que despliegan en interceptar, en falsificar e incluso en confeccionar totalmente la información demuestra hasta qué punto son conscientes de depender de ella; más aún, si cabe, que de la economía o del ejército. ¡Cuántos jefes de Estado de nuestra época han debido su gloria no a lo que hacían, sino a lo que hacían decir!”.

“La destrucción de la información verdadera y la construcción de la información falsa derivan, pues, de análisis muy racionales y perfectamente conformes al «modelo occidental» que se supone que rechazan. Occidente ha comprendido desde hace tiempo que en una sociedad que respira gracias a la circulación de la información, regular esta circulación constituye un elemento determinante del poder. En ese punto, por lo menos, los protectores de la identidad cultural no han tenido ningún reparo en seguir las enseñanzas de la «racionalidad» occidental” (De “El conocimiento inútil”-Editorial Planeta SA-Barcelona 1989).

Entre las mentiras difundidas por quienes intentaban imponer el socialismo en los países de Latinoamérica, aparece la versión de que tales países estaban gobernados por "fascistas" disfrazados de democráticos. De esa manera intentaban establecer cierta legitimidad a las acciones terroristas en casi todo el continente. Además, parecían desconocer el alto grado de similitud entre el fascismo y el socialismo real. Pablo Giussani escribió: “Podríamos haber recorrido de cabo a rabo el Uruguay del gobierno colegiado, la Venezuela de Betancourt, la Argentina de Illia y la Italia de Andreotti sin que nuestra experiencia sensorial de las cosas descubriera el menor indicio de un Estado fascista. Y, sin embargo, había en todos esos países centenares o millares de jóvenes consagrados, sacrificada y abnegadamente, a formas de lucha armada contra el fascismo”.

“El extremismo revolucionario explicaba: el detalle de que el fascismo no se vea no significa que no exista. Lo que ocurre es que está enmascarado. Es una de sus malditas astucias. Estas instituciones democráticas no son sino apariencias, un disfraz del que se sirve para confundir a la gente”.

“El razonamiento, mil veces repetido y mil veces escuchado a lo largo de las últimas dos décadas en todos los ámbitos de la extrema izquierda latinoamericana, continuaba con la presunción de que, si todo el pueblo tomara conciencia del fascismo escondido tras las apariencias democráticas, respondería en masa al llamado a la resistencia” (De “Montoneros. La soberbia armada”-Editorial Sudamericana-Planeta SA-Buenos Aires 1984).

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