sábado, 12 de septiembre de 2026

Fe religiosa y diversas interpretaciones

Es frecuente encontrar personas que suponen que la creencia en Dios, en sí misma, es una gran virtud y que la no creencia es el mayor de los defectos, en forma independiente de sus acciones y de sus sentimientos hacia el prójimo. A esta postura podemos denominarla como una "religión cognitiva" que se aleja de la religión moral. Es por ello que no resulta del todo llamativas las noticias del abuso de niños por parte de algunos supuestos difusores del cristianismo, o de lo que ellos entienden como cristianismo.

Mientras que Cristo prioriza el comportamiento ético, algo fácil de reconocer leyendo los Evangelios, San Pablo parece promover una especie de "religión cognitiva", en el sentido de que deifica a Cristo y prioriza la fe antes que el cumplimiento de los mandamientos bíblicos. Will Durant escribió: "Pablo había encontrado un sueño de escatología judaica confinado en la Ley hebrea; lo liberó y lo amplió convirtiéndolo en una fe capaz de mover al mundo. Con la paciencia de un estadista entretejió la ética de los judíos con la metafísica de los griegos y transformó al Jesús de los Evangelios en el Cristo de la Teología. Creó un nuevo misterio, una nueva forma del drama de la resurrección, que absorbería y sobreviviría a todos los demás. Sustituyó la conducta por la fe como prueba de virtud y, en este sentido, inició la Edad Media. Fue un cambio trágico, pero tal vez así lo quería la humanidad; sólo unos pocos santos podían realizar la imitación de Cristo pero muchas eran las almas que podían alzarse a la fe y al valor en la esperanza de la vida eterna".

"El influjo de San Pablo no se sintió inmediatamente. Las comunidades que había fundado eran pequeños islotes en un mar de paganismo. La iglesia de Roma era de Pedro y continuó fiel a su memoria. En el siglo que siguió a su muerte, San Pablo quedó casi olvidado. Pero cuando, pasadas las primeras generaciones cristianas, empezó a perderse la tradición oral de los apóstoles y un crecido número de herejías desordenaban la mente cristiana, las epístolas de San Pablo proporcionaron un sólido armazón para un sistema estable de creencias que uniera a las diseminadas congregaciones en una poderosa iglesia".

"Con todo eso, el hombre que separó al cristianismo del judaísmo siguió siendo tan esencialmente judío por la fuerza de su carácter y su austeridad moral que la Edad Media, al adaptar el paganismo para crear un catolicismo lleno de colorido, no vio en él un espíritu afín, le levantó pocos templos y raras veces esculpió su efigie o hizo uso de su nombre. Pasarían quince siglos antes de que Lutero hiciera de San Pablo el Apóstol de la Reforma y Calvino encontrara en él la tesis de la doctrina de la predestinación. El protestantismo fue el triunfo de San Pablo sobre San Pedro; el fundamentalismo es el triunfo de San Pablo sobre Cristo" (De "César y Cristo"-Tomo II-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1967).

Al nivel de las interpretaciones que a la creencia en Cristo se le da entre la gente, podemos encontrar las siguientes:

1- Creencia en que resucitó a Lázaro, que resucitó luego de su muerte y otras acciones similares como son los milagros. Luego, la vida eterna sería un premio para quienes creen en la veracidad de tales acontecimientos, aunque sin preocuparse demasiado por el cumplimiento de los mandamientos tales como el "Amarás al prójimo como a ti mismo".
2- Creencia en que, si uno le pide milagros que lo favorezcan personalmente, o que favorezcan a otras personas, él los concederá, aún cuando se ignoren los mandamientos bíblicos.
3- Creencia en que cada uno debe cumplir con los mandamientos éticos o, al menos, intentar cumplirlos en todo momento.

La religión de la creencia, o de la fe, presenta varios inconvenientes por cuanto siempre aparecen individuos que aducen ser los “verdaderos” elegidos, conduciendo a importantes divisiones entre las diversas iglesias cristianas. Si la prioridad fuese el cumplimiento de los mandamentos bíblicos, deberían desaparecer los antagonismos existentes. Los predicadores habrían de renunciar a lo que ellos dicen sobre Cristo para priorizar lo que Cristo dijo a los seres humanos.

En nuestra época, el nivel de conocimientos aportado por la ciencia experimental nos permite afirmar, con pocas dudas, que todo lo existente está regido por leyes naturales invariantes, y que estas leyes son accesibles, en principio, a la indagación científica. Desde las diminutas partículas fundamentales, hasta los pequeños organismos y hasta el propio ser humano, todo está regido por dichas leyes. Esta invariancia en el tiempo y el espacio puede advertirse cuando se extrapolan hacia el pasado y hacia lo muy lejano, como es el caso de las leyes de la física, comprobándose que mantienen su validez.

Ello implica que las leyes naturales (como vínculos invariantes entre causas y efectos) constituyen una instancia superior respecto de la cual debería toda religión ser compatible. Aun cuando pueda decirse que la religión tradicional “sólo es verificable en el más allá”, debe tenerse presente que el camino hacia ese “más allá” implica el cumplimiento de mandamientos en el “más acá”. En el caso del cristianismo, los efectos del cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo son verificables observando el grado de felicidad logrado.

Al constituir dicho mandamiento una adaptación del hombre a la elemental ley psicológica de la empatía emocional, se observa que resulta compatible con la instancia superior antes considerada. Por ello Cristo indicaba que “por sus frutos los conoceréis”, como criterio para distinguir entre verdaderos y falsos profetas, es decir, el profeta verdadero tiene en cuenta las leyes naturales mientras que el falso profeta no las tiene en cuenta. Jaime Balmes escribió: “Aquí no hay término medio: o la religión procede de una revelación primitiva, o de una inspiración de la naturaleza: en uno u otro caso hallamos su origen divino: si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha escrito la religión en el fondo de nuestra alma. Es indudable que la religión no puede ser invención humana, y que, a pesar de la desfigurada y adulterada que la vemos en diferentes tiempos y países, se descubre en el fondo del corazón humano un sentimiento descendido de lo alto: a través de las monstruosidades que nos presenta la historia, columbramos la huella de una revelación primitiva” (De “El criterio”-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952).

Muchos predicadores cristianos parecen ignorar la simplicidad de la empatía, la cual nos permite compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. Tal fenómeno psicológico, simple e inmediato, no requiere de una revelación directa desde Dios hacia un enviado. De ahí que, para darle un justificativo al proceso de la revelación, los predicadores aducen que el amor al prójimo implica un proceso mucho más complejo, inaccesible al individuo común y sólo accesible a los “elevados”; los que están vinculados a lo sobrenatural. Por ello establecen luego planteos de tipo filosófico que resultan inaccesibles al hombre común, careciendo de toda utilidad debido a la ambigüedad y oscuridad de sus deducciones.

Mientras que la religión tradicional requiere de la existencia de una interacción entre el hombre y lo sobrenatural, la religión de la evidencia (o religión natural) no se distingue esencialmente de la ciencia experimental, rechazando la hipótesis de lo sobrenatural por cuanto advierte que no hace falta complicar lo simple. Si tenemos en cuenta que la ciencia experimental describe las leyes naturales, o leyes de Dios, constituye una forma directa de conocer a Dios, a través de su obra. De ahí que, en lugar de suponer la existencia de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos y se comunica con algunos hombres a través de lo sobrenatural, supone un mundo ordenado mediante leyes naturales invariantes al cual nos debemos adaptar. Así, el Reino de Dios sobre el hombre es interpretado como el gobierno de Dios a través de las leyes naturales, que se instalará plenamente cuando el hombre se disponga a acatar dichas leyes, es decir, cuando el hombre se decida a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.

A quienes se oponen a la religión natural por cuanto no coincide con sus creencias y opiniones personales, se les puede recordar que tienen todo el derecho a seguir manteniendo y predicando sus ideas. A la vez, se les puede preguntar acerca de cuánto tiempo consideran necesario para hacer que la mayoría de los seres humanos adopten el “mandamiento empático” que permitirá el resurgimiento del hombre. Todo indica que los antagonismos y divisiones que generan las religiones de la fe no tienen solución en ese ámbito, ya que sólo la descripción y el entendimiento de las leyes naturales constituye el camino efectivo y seguro para la supervivencia de la humanidad.

Este planteo resulta inobjetable teniendo presente las propias profecías bíblicas, ya que predicen un cambio importante en el futuro. Si actualmente predomina la religión de la fe y de lo sobrenatural, el cambio importante ha de conducir a la religión de lo evidente y de lo natural. De lo contrario, no ha de haber ningún cambio esencial por lo que tampoco la profecía bíblica ha de ser verdadera (los que promueven la fe en la Biblia no creen entonces en la validez de la profecía apocalíptica por cuanto tampoco creen en el cambio que la ha de justificar).

El filósofo romano Epicteto advirtió hace varios siglos respecto de la diferencia existente entre el conocimiento puramente contemplativo y aquél que nos sugiere acciones accesibles a nuestras decisiones. Debemos distinguir entre religión moral y religión contemplativa. La primera implica priorizar nuestra actitud cooperativa mientras que la segunda implica priorizar nuestra actitud cognitiva. Incluso se ha llegado al extremo de considerar que la virtud del creyente está asociada a la postura filosófica adoptada en lugar de vincularla al cumplimiento de los mandamientos. Se puede ser creyente sin cumplir con los mandamientos, mientras que se puede ser no creyente y cumplir con ellos. Jaime Balmes escribió: “Son muchas y muy varias las religiones que dominan en los diferentes puntos de la Tierra: ¿sería posible que todas fuesen verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido, los cristianos afirman que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta, los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral, los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes, unos y otros se engañan. Luego es un absurdo decir que todas las religiones son verdaderas”.

“Las ideas morales no se nos han dado como objetos de pura contemplación, sino como reglas de conducta: no son especulativas, son eminentemente prácticas: por esto no necesitan del análisis científico para que puedan regir al individuo y a la sociedad. Antes de las escuelas filosóficas había moralidad en los individuos y en los pueblos”.

“Así, pues, al entrar en el examen de la moral, es preciso considerar que se trata de un hecho; las teorías no serán verdaderas si no están acordes con él. La filosofía debe explicarle, no alterarle; pues no se ocupa de un objeto que ella haya inventado y que puede modificar, sino de un hecho que se le da para que lo examine. Por ese motivo, los elementos constitutivos de las ideas morales es necesario buscarlos en la razón, en la conciencia, en el sentido común. Siendo reguladores de la conducta del hombre, no pueden estar en contradicción con los medios perceptivos del humano linaje: debiendo dominar en la conciencia, han de encontrarse en la conciencia misma”.

“La razón, el sentido común, la conciencia, no son exclusivo patrimonio de los filósofos: pertenecen a todos los hombres, por lo que la filosofía moral debe comenzar interrogando al linaje humano, para que de la respuesta pueda sacar qué es lo que se entiende por moral o inmoral, y cuáles son las condiciones constitutivas de estas propiedades” (De “Ética”-Editorial TOR-Buenos Aires 1947).

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