jueves, 2 de abril de 2026

Equilibrio entre razón y emociones

En algunas épocas ha predominado la exaltación a la razón mientras que en otras ha ocurrido algo similar con las emociones, con la esperanza de que alguna vez contemplemos un equilibrio entre ambas. El proceso evolutivo nos ha provisto tanto del razonamiento como del aspecto emocional y es de esperar que alguna vez intentemos compatibilizar tales aspectos de nuestra naturaleza humana. Enrique Rojas escribió: "He observado que, así como en el siglo XVIII la razón fue alzaprimada por la Ilustración y el siglo XIX tuvo como reacción el Romanticismo, no se ha producido a lo largo de este siglo XX una interrelación entre ambos, dando la impresión que siguen direcciones paralelas, pero no convergentes".

"En el tablero de la psicología juegan al ajedrez los sentimientos y la razón, arbitrados por la cultura. El amor inteligente tiene tres notas básicas en su sinfonía: corazón, cabeza y espiritualidad, sin olvidar que lo cotidiano nunca es banal ni insignificante. El mejor amor se echa a perder si no se cuida a base de pequeños detalles" (De "El amor inteligente"-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1997).

Debido a que el amor al prójimo es la base de la ética cristiana, es de interés indagar si en el Nuevo Testamento aparece la confluencia entre razón y emociones o bien se trata de un llamado orientado sólo a la exaltación del aspecto emocional dirigido tanto a Dios como al prójimo. En la actualidad resulta evidente que la empatía emocional ha de estar orientada a los demás seres humanos luego de adquirir una visión del universo lograda mediante la razón. De ahí que lo emocional juega un papel tan importante como lo cognitivo, por lo cual, cuando Cristo propone "amar a Dios con toda la mente, con todas las fuerzas..." seguramente trataba de orientar o despertar en cada ser humano una actitud racional o cognitiva que habría de permitir, posteriormente, la puesta en marcha de la empatía emocional, la cual nos permitirá compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.

Generalmente se considera a un Dios con atributos humanos, por lo cual se establece una especie de "empatía emocional" dirigida a un ser imaginario y perfecto, dejando un tanto de lado la empatía dirigida a seres humanos reales e imperfectos, por lo cual se convierte al cristianismo original en una especie de paganismo con una adhesión similar a la de un líder totalitario con el cual resulta mejor "llevarse bien", dejando de lado la ética bíblica del amor al prójimo, que es el objetivo principal a lograr por todo ser humano.

El aspecto antes considerado genera cierta ineficacia del cristianismo contemporáneo, ya que se asocia, como una virtud importante, un amor desmesurado por un ser perfecto e imaginario en lugar de asociar la virtud a la capacidad de amar a seres imperfectos y reales, como se dijo. Raimundo Lulio escribió: “«Dime, fatuo por amor, ¿qué cosa es maravilla?». Respondió «que amar más las cosas ausentes que las presentes, y amar más las cosas visibles corruptibles que las invisibles e incorruptibles»” (Del “Diccionario del Lenguaje Filosófico” de Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1966).

Mientras que el teísmo propone incluir el amor al ser humano como parte del amor a Dios, el deísmo considera el amor a Dios como una actitud cognitiva, antes que afectiva, que resulta ser el medio necesario para establecer el amor al prójimo. De esta forma, el mandamiento del amor a Dios le brinda a todo individuo un sentido objetivo de la vida y que, bajo una perspectiva científica, implica adaptarse plenamente al orden natural bajo el proceso general de la adaptación cultural. Una vez que el hombre encuentra ese sentido, la aceptación del segundo mandamiento de Cristo (el del amor al prójimo), puede surgir con cierta naturalidad.

En realidad, el amor natural surge de muchas personas sin necesidad de que adopten posturas religiosas o filosóficas definidas, por lo que es oportuno recordar que Cristo vino por los pecadores, y no por los justos. De ahí que la conversión de los pecadores, que son quienes todavía no intentan cumplir con el mandamiento del amor al prójimo, puede surgir del convencimiento previo de la existencia de un orden natural exterior y anterior a la aparición del hombre. En cuanto a los justos, puede decirse que son aquellos individuos que difunden el amor desde las personas cercanas hasta llegar a abarcar toda la humanidad. Abraham Skorka expresó: “El amor es un círculo que se va abriendo, empieza con lo más íntimo, que es la pareja, y después sigue con el amor a los padres, a los hijos, al prójimo. Por medio de esa relación de amor con los demás se puede llegar realmente a Dios. Aquel que quiere «saltar» la relación del hombre e ir directamente a Dios, no llega a ningún lado. Creer en Dios, buscarlo y sentirlo debe conllevar necesariamente el amor al hombre para, a través del hombre, volver a cerrar el círculo y llegar a Dios” (De “Biblia. Diálogo viviente” de Jorge Mario Bergoglio-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2013).

En cuanto al bienestar espiritual derivado de su visión del mundo, Baruch de Spinoza escribió: “Después que la experiencia me hubo enseñado que todo lo que ocurre en la vida ordinaria es vano y fútil; después de haber visto que todo lo que para mí era objeto o motivo de temor no contenía nada bueno ni malo en sí, fuera de los efectos que ejercía sobre mi alma, me decidí finalmente a investigar si no habría algo que fuese un bien verdadero, posible de alcanzar y al cual sólo pudiera entregarse el alma una vez rechazadas todas las demás cosas; más aún, si no había algo cuyo descubrimiento y adquisición me diera el goce eterno de una alegría suprema y continua”.

“Me di cuenta que estaba expuesto a un grandísimo peligro y obligado a buscar, con todas mis fuerzas, un remedio aunque fuera inseguro, como el enfermo atacado de una enfermedad mortal y que prevé una muerte segura si no recurre a un remedio, se ve obligado a buscarlo con todas sus fuerzas aunque sea inseguro, pues constituye su única esperanza”.

“Me ha parecido que estos males provienen de poner totalmente la felicidad o la desdicha en una sola cosa, es decir, en la cualidad del objeto a que estamos ligados por amor. En efecto, lo que no es amado no engendra nunca disputas, ni produce tristeza cuando perece, ni envidia cuando otro lo posee, ni temor ni odio, en una palabra, conmoción alguna del alma. En cambio, sucede todo esto en el amor de las cosas perecederas, como lo son todas aquellas de que hemos hablado. Pero el amor por una cosa eterna e infinita alimenta el alma con una alegría singular y libre de toda tristeza; lo que hace que sea tan deseable y digno de ser buscado con todas nuestras fuerzas” (Del “Tratado de la reforma del entendimiento”-Editorial Tecnos SA-Madrid 1989).

En la visión de Spinoza, el "amor intelectual a Dios" no sólo resulta ser una actitud esencialmente cognitiva, asociada a la razón, sino también emocional. Así, Barrows Dunham sintetiza la actitud de Spinoza considerando que nuestra adaptación al orden natural, previo conocimiento de sus leyes, resulta ser el sentido del "amor intelectual a Dios", escribiendo al respecto: "Halló lo siguiente: el ser veraz con uno mismo, la aceptación del mundo real con todas sus leyes y fuerzas y la descripción de éstas con una precisión comprensiva. Este modo de vida, un ejercicio de la función social del pensador, poseería un valor ilimitado y eterno".

"Por lo tanto, esto dejaba ver que, en su totalidad, el universo podía ser objeto de emociones que se habían supuesto vinculadas exclusivamente a un Dios personal o a un Dios que era tres personas en una" (De "Hérores y Herejes"-Editorial Seix Barral SA-Barcelona 1969).

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