"El desarraigo es la pérdida o ruptura de los vínculos afectivos, sociales o culturales con el lugar de origen, familia o comunidad. Genera una crisis de identidad caracterizada por nostalgia e inseguridad, a menudo causada por migración forzada, conflictos o cambios drásticos de entorno" (Google).
Se habla de desarraigo cuando se produce una migración forzada o no voluntaria, mientras que un buen porcentaje de emigrantes de un país se van buscando nuevos y mejores horizontes, si bien es posible que algunos de estos también sufran los mismos padecimientos que quienes se fueron contra su voluntad.
Entre quienes sufren desarraigo dentro de su propia tierra, puede mencionarse a los palestinos de Cisjordania (Sanmaria y Judea para el sector judío expansionista), que son presionados a abandonar su tierra y la de sus antepasados. Es oportuno reproducir parte de una entrevista realizada por un periodista israelí a un palestino de dicha zona. David Grossman escribió: "E.N., al que encontré en otra ocasión en Nablus, me dijo: «Ciertamente os odio. Quizá al principio, sólo me asustaba. Luego ya odié»".
"E.N., 30 años, habitante del campamento de Balata, ha pasado diez años de su vida en prisión (cárceles de Ascalón y Nafja) después de que se le encontrara culpable de pertenecer al Frente Popular para la Liberación Palestina («realmente no llevé a cabo acciones, sólo me enseñaron a disparar»). «Hasta que entré en la cárcel no sabía en absoluto que era palestino. Allí me enseñaron quien era. Ahora tengo opiniones. No creas a aquel que te diga que el palestino no os odia realmente. Entiende: el simple palestino no tiene un carácter fanático y violento, pero vosotros y los que viven bajo vuestro dominio les impulsan al odio. Mírame a mí, por ejemplo, me han quitado diez años de mi vida. A mi padre le expulsaron de Cisjordania en el 68. No había hecho nada, ni siquiera estaba a favor de la OLP, quizá incluso lo contrario; pero quisieron expulsar de aquí a todo aquel que tenía una opinión sobre algo, para que nos quedáramos totalmente sin cabecilla, incluso sin cabecillas que pensaran un poco a favor de ellos»".
"«A mi madre no le permitieron ir a verle durante seis años y a mí, después de la cárcel, no me permitieron construir una casa, ni salir de visita a Jordania, nada. Siempre dicen, ved qué progreso os hemos traído; pero olvidan que en veinte años todo ha progresado. Todo el mundo marca hacia adelante. De acuerdo, nos han ayudado un poco, pero no han querido darnos lo más importante. Cierto, avanzamos algo, pero vean cuánto han avanzado en ese tiempo. Nosotros nos hemos quedado muy por detrás y, si se observa, quizá vea que incluso estamos en situación relativamente peor que antes del 67»".
"«Luego van y dicen que con los jordanos nos fue mal. Quizás sí, pero los jordanos nos quitaron solamente nuestra identidad nacional, y vosotros todo. La identidad nacional y la identidad de cada uno de nosotros que os teme y depende de vosotros para su sustento. Todo nos lo quitaron, nos han convertido en muertos vivientes. A mí ¿qué me queda? Solamente el odio y los pensamientos sobre la siyassah (la política). También esto es lo que os habéis hecho mal, habéis convertido a toda persona de aquí, incluso al labrador más simple, en un político»" (De "El viento amarillo" de David Grossman-Aguilar SA de Ediciones-Madrid 1988).
En épocas de la Segunda Guerra Mundial, la escritora Simone Weil debe abandonar Francia ante la entrada de los nazis a ese país. El siguiente artículo trata acerca de lo expresado por la citada autora respecto del desarraigo:
SIMONE WEIL Y LO QUE LONDRES LE ENSEÑÓ SOBRE EL PERTENECER
Por Clara Huguet Millat
La capital británica jugó un papel imprescindible en una de las obras más relevantes de la autora, donde comprendió el verdadero significado de pertenecer.
En su exilio, Londres mostró a Simone Weil cómo el viaje no es sólo una evasión, sino una forma de comprender el mundo y de valorar lo que se deja atrás.
A veces el viaje reside en un mismo destino. No en esa necesidad de moverse hacia todas partes para descubrir nuevos lugares, sino en quedarse en uno solo y sentirse parte de él. No como una huida ni un consumo, sino para conocer ese lugar al que llamamos hogar y formar parte de él, para arraigarse. Esa es la mirada de Simone Weil, una filósofa francesa del siglo XX, pensadora radical y casi inclasificable, cuya vida estuvo marcada por la intensa búsqueda de verdad y justicia. Su obra gira en torno a la atención, el sufrimiento humano y la necesidad de vaciar el ego para abrirse al mundo.
Entre todas sus ideas surge la premisa fundamental de que el ser humano necesita arraigarse, no sólo a un lugar físico, sino a una historia, a una cultura y a unos vínculos que den sentido a su existencia. Para Weil, sin ese arraigo profundo, moral y espiritual, la vida se vuelve frágil, dispersa y, en última instancia, deshumanizada.
Es por eso que escribió Echar raíces -publicado en 1949 tras su muerte por su amigo Albert Camus- en un Londres que fue el refugio durante su exilio, en medio de una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial y una nostálgica Francia ocupada por los nazis.
En este libro, el arraigo aparece como una necesidad fundamental del alma, entendida no sólo como la pertenencia a un lugar, sino como la conexión viva con una comunidad, una tradición y una memoria compartida. Weil sostiene que sólo cuando una persona se siente parte de algo que la trasciende -un tejido cultural, histórico y moral- puede desarrollarse plenamente.
Weil llegó a Londres en 1942, en uno de los momentos más críticos de la guerra. La ciudad aún llevaba las cicatrices del Blitz, manchada de edificios derruidos, barrios enteros marcados por las bombas y una población que vivía entre la amenaza constante y una extraña forma de resistencia cotidiana. En ese contexto, la filósofa se integró en los servicios de Francia Libre, la resistencia francesa fundada en la capital británica por el general De Gaulle, donde participó en debates y proyectos destinados a imaginar la reconstrucción de su país tras la ocupación nazi. Sin embargo, su relación con ese entorno no fue simplemente política.
Fue precisamente esa distancia, no sólo geográfica, sino también emocional, la que permitió que en Londres se gestara una de sus obras más conocidas. En medio de esa vorágine en la que se encontraba el continente, Weil comprendió que la destrucción no era sólo material o institucional, sino también espiritual. En ese Londres vio millones de personas -incluida ella misma- que habían sido arrancadas de sus contextos, de sus tradiciones, de sus formas de vivir. En ese momento, la ciudad, con su mezcla de ruina y continuidad, le ofreció la imagen de un contraste decisivo: incluso bajo el asedio, persistía un tejido invisible de costumbres, memoria y pertenencia.
Desde Londres, Weil pudo pensar el arraigo no como un lujo, sino como una necesidad vital del alma humana. De esta forma, el libro nace como una respuesta al sentimiento de pertenencia visto desde la lejanía, cuando sólo desde lejos, al experimentar la pérdida de un lugar propio, la autora pudo comprender con mayor claridad lo que significa, verdaderamente, habitar el mundo. “El desarraigo es una de las enfermedades más peligrosas de las sociedades humanas”, escribía entre sus líneas.
En junio de 1949, Albert Camus presentó la obra de aquella mujer a la que admiraba en el Bulletin de La Nouvelle Revue Française, afirmando que es “uno de los libros más lúcidos, elevados y hermosos que se han escrito durante mucho tiempo sobre nuestra civilización” y tras la fascinación que le habían causado sus palabras, llegó a afirmar que parecía "imposible imaginar el renacimiento de Europa sin tomar en consideración las sugerencias esbozadas en ella por Simone Weil".
Salvando las distancias del contexto social y político, es probable que todos hayamos percibido estas sensaciones al estar lejos de nuestra tierra. Sólo cuando nos falta ese mar al que estamos acostumbrados, esas montañas que tomamos como patio particular o las calles que han forjado nuestra identidad, valoramos con plenitud todo lo que significan para nosotros, y la influencia que han tenido al forjar nuestro ser. Porque viajar no es sólo acumular puntos en el mapa, sino también conocer nuestro hogar, y entender por qué formamos parte de él y él forma parte de nosotros. (De nationalgeografic.com.es)
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