Con el objetivo de dar al cristianismo un fundamento adicional, más allá de una revelación que surgiría de Dios, Tomás de Aquino busca adaptar la filosofía aristotélica para fortalecer las prédicas cristianas. En realidad, puede hablarse de "ética" cuando se establece un mandamiento o una directiva concreta para orientar nuestra actitud característica hacia un sentido determinado. De ahí que no sea del todo adecuado hablar de una "ética aristotélico-tomista", sino de una ética bíblica con diversos fundamentos.
Es oportuno mencionar una síntesis orientadora establecida por Adriana Sesini:
"El eudemonismo racional, sostenido especialmente por Aristóteles, considera que el fin último del hombre debe ser la felicidad (eudaimonía en griego). Y la felicidad se logra mediante el perfeccionamiento de nuestra actividad más noble: la inteligencia, que en su forma más elevada puede llevar a la contemplación del más inteligible de los objetos, que es Dios".
"La moral tomista está basada en la concepción aristotélica, pero corregida y completada en muchos puntos por la ayuda de la Revelación Cristiana, a la que acude Santo Tomás. El Doctor Angélico se aparta de Aristóteles al demostrar:
1) que el fin moral del hombre no es simplemente un ideal, como decía Aristóteles, sino algo obligatorio, impuesto por el mismo Dios, creador y legislador de nuestra naturaleza.
2) que ese fin (de perfección y felicidad) debe ser accesible a todos y no a unos pocos privilegiados, para lo cual considera que no es realizable en la tierra sino en la otra vida.
3) sostiene finalmente que la perfección humana consiste en acercarse a Dios mediante la práctica de las virtudes humanas, pues si sólo lo fuera mediante el conocimiento, como sostiene Aristóteles, la felicidad sería independiente de la virtud, y podrían darse entonces casos de hombres de malas costumbres pero con un elevado entendimiento para concebir fácilmente lo divino y lograr así la felicidad, en tanto que otros buenos y honestos, pero sin cultura, no llegarían nunca a su fin último" (De "Nociones de Filosofía"-Editorial Librería La Nena-Buenos Aires 1963).
La ética cristiana, materializada principalmente en el "Amarás al prójimo como a ti mismo", interpretada como la empatía emocional por la cual hemos de compartir tristezas y alegrías ajenas como propias, no resulta tan compleja como para necesitar de una revelación divina. De ahí la posibilidad de que la religión moral surja desde los seres humanos y no de Dios.
Para Cristo, tal mandamiento, junto al que nos advierte de la existencia de un orden natureal asociado a la idea de Dios, constituyen el camino tanto hacia la felicidad como a la inmortalidad, si ella existiese. De esta manera se dejaría de renunciar a una felicidad "terrestre", como ha ocurrido en otras épocas, con la única esperanza de la vida eterna. El cumplimiento de los mandamientos hacen evidente la posibilidad de la felicidad en esta vida.
La simplicidad de los Evangelios hace a todos accesible la "voluntad" del orden natural, que apunta a nuestra plena supervivencia, mientras que las dificultades filosóficas que surgen de la intermediación de autores como Tomás de Aquino, alejan a gran parte de la sociedad en lugar de acercarnos a la ética bíblica.
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