Mientras que, para algunos sectores de la política, Marx estableció una "sociología científica", para otros sectores su labor se pareció más a la de un profeta religioso. En cuanto a su "cientificidad", es necesario resaltar que existe una ciencia compatible con la realidad y una ciencia incompatible, o errónea. De ahí que el carácter de "científica" que tenga una descripción social, no garantiza su veracidad. Así, por ejemplo, en la actualidad existen más de diez teorías físicas acerca de una posible unificación de la mecánica cuántica con la relatividad general. En el mejor de los casos, una de ellas estará acertada (vía experimentación) mientras que las restantes serán erróneas. Si bien todas ellas están realizadas con las exigencias de las ciencias exactas, varias pueden ser erróneas, o incompatibles con la realidad.
Para Marx, el pecado original de la sociedad está asociado a la explotación laboral, y pensaba que en ello radicaban los principales problemas sociales. Para solucionar los problemas existentes, promovió la expropiación y nacionalización de los medios de producción. Sin embargo, no advirtió que, al pertenecer todos esos medios al Estado, surgiría una mayor y acentuada explotación laboral, esta vez ejercida desde el Estado hacia los trabajadores, como ha ocurrido en todo socialismo real.
Marx no basaba sus teorías bajo una observación estricta de causas y efectos, sino que suponía conocer las leyes universales que regirían el destino de la humanidad. Admitía una especie de determinismo económico, o una predestinación, que habría de cumplirse indefectiblemente, y que los seres humanos sólo podríamos adelantar o atrasar ese destino prefijado. Thomas M. Simpson escribió: "El historicismo no es otra cosa que la precaria doctrina del Destino histórico ineluctable. De una manera que puede resultar apropiadamente irónica, Popper ilustra esta doctrina con el mito del pueblo elegido, que podemos resumir entres puntos:
a) Existe un plan de la Historia, establecido por Dios.
b) Existe un ejecutor del plan, que es el pueblo elegido.
c) Existen los conocedores del plan, que son los profetas.
"La formulación de Marx reemplaza el plan divino por un mecanismo causal específico (los cambios en la tecnología productiva) que determina el devenir histórico y la voluntad de sus ejecutores; el pueblo elegido es aquí el proletariado, y Marx es su profeta".
"Marx creía ser el conocedor privilegiado de los designios secretos de la Historia y profesaba una peculiar indiferencia acerca de los medios atroces que atribuía al Gran Demiurgo, porque creía en la bondad intrínseca de sus fines. Como conocedor privilegiado se identificó con la Historia y cayó, ingloriosamente seducido, en la exaltación romántica de la violencia, justificando así hechos históricos que no pueden resistir la evaluación moral. La miseria de la filosofía termina nada menos que con esta frase de George Sand: «El combate o la muerte, la lucha sangrienta o la nada»" (De "Dilemas del conocimiento histórico: argumentaciones y controversias" de Oscar Cornblit-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1992).
Si bien el orden natural nos presiona con sus leyes hacia una posible adaptación plena, tal objetivo sólo se logrará si los seres humanos hacemos todo lo posible por alcanzar ese objetivo. De ahí que no existe un Destino prefijado de antemano. Un Determinismo estricto no parece compatible con la realidad que observamos.
En cuanto a la analogía establecida entre Marx y los profetas, todo parece indicar que no existe comparación posible, ya que los profetas de Israel adoptaban una especie de predicciones condicionales de la forma: Si el hombre se desvía de la voluntad de Dios, entonces ocurrirán cosas malas. Incluso la profecía de la Segunda Venida de Cristo no establece fecha alguna, como era de esperar.
Las profecías bíblicas son interpretadas generalmente como acciones emanadas de Dios cuando decide informar a la humanidad, a través de los profetas, acerca de la conducta que de ella espera, de donde surge la duda respecto del prolongado tiempo transcurrido entre la aparición de los distintos enviados. Aunque también es posible otra interpretación, como que las profecías surgen del hombre inspirado en Dios y que interpreta su aparente voluntad. Albert Nolan escribió: “La profecía no es una predicción, sino una advertencia o una promesa. El profeta advierte a Israel acerca del juicio de Dios y promete la salvación del mismo Dios… Tanto la advertencia como la promesa son condicionales. Dependen de la libre respuesta del pueblo de Israel. Si Israel no cambia, las consecuencias serán desastrosas; pero, si cambia, habrá abundancia de bendiciones. La finalidad práctica de una profecía consiste en persuadir al pueblo para que cambie o se arrepienta. Todo profeta llama a una conversión” (De “¿Quién es este hombre?”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1995).
En la antigüedad no se aceptaba, como fundamento de la ética, otro que no fuera religioso, ya que se suponía que sólo estaban capacitados para ello los intermediarios que Dios elegía para expresar su voluntad respecto de la conducta que esperaba de los seres humanos. Previamente, los profetas de Israel advertían acerca de los efectos que podrían sobrevenir en el futuro si el pueblo no respondía a cierta ética básica. Santiago Kovadloff escribió: "Profetizar no significa adivinar lo venidero, sino inferir sus rasgos esenciales a partir de un conocimiento cabal de la actualidad".
"El profeta no es un visionario. Lo suyo es inferir, de las acciones presentes y pasadas, las consecuencias futuras. No proviene de las nubes su advertencia, ni cae en éxtasis para discernir qué sucederá. Extrae sus conclusiones de las conductas que observa. Es un analista político y no un buceador de las sombras. A la vez, es un teólogo incisivo y realista; articula como nadie el entramado histórico con el trascendental. Su figura es única en el mundo antiguo. Dotada de una actualidad desconcertante. No encontramos, entre los siglos IX y VI previos a Cristo, otra igualmente ganada por ese ideal de ley en el que se aúnan la justicia social, la perspicacia política y la austeridad moral en la gestión pública" (De "Locos de Dios"-Emecé-Buenos Aires 2018).
Si Marx no puede ser considerado como un científico, ni tampooco como un profeta, sólo queda considerarlo como un "hábil agitador de masas", tal la calificación de Ludwig von Mises.
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