jueves, 16 de abril de 2026

En busca de la unidad planetaria

Desde tiempos lejanos se viene buscando la unidad de los diversos pueblos que habitan el planeta. Estos intentos unificadores pueden agruparse en dos grupos principales; uno de ellos integrado por líderes o sectores en extremo ambiciosos que buscan el poder mundial sin apenas interesarse por los pueblos dominados. En este agrupamiento podemos encontrar una larga lista que va desde Alejandro Magno al Imperio Romano, al Islam, al Imperio británico, a los nazis y al Imperio Soviético, entre otros. No todos produjeron resultados negativos ya que, parcialmente, algunos favorecieron a los pueblos conquistados.

En el segundo grupo aparece el cristianismo medieval, que apuntaba hacia una unidad planetaria basada en la ética bíblica, si bien la Iglesia Católica en muchas ocasiones abandonó los elevados ideales para buscar un poder similar al de los restantes imperios expansivos y líderes ambiciosos sin límites. Mario Amadeo escribió: "La aparición del cristianismo es el hecho más importante de la historia. Esta afirmación no es sólo el fruto de una creencia religiosa: es también el resultado de una comprobación objetiva. En efecto, ningún acontecimiento histórico -guerra, revolución política, invento o descubrimiento- alteró de tal manera la mentalidad de los hombres como la difusión del mensaje cristiano".

"Demás está decir que las relaciones internacionales se vieron tan profundamente influidas por este hecho trascendental como las demás formas de vida social. La idea de la paternidad universal de Dios -ya no considerado como un creador impasible ni como un ídolo localista- engendró la idea consecuente de la fraternidad natural de los hombres, «hijos de un mismo Padre que está en los cielos». Ya no más exclusivismos fundados en la raza ni en el origen: «ni griegos, ni judíos, ni bárbaros, ni escitas». La idea ecuménica que la Roma de los Césares no había podido realizar adquiría un nuevo y más profundo sentido en la fe triunfante. Veremos en la Edad Media cumplirse el más poderoso intento de traducirla en instituciones del ordenamiento internacional".

"Los setecientos años que transcurren desde la caída de Roma hasta el reflorecimiento medieval son de preparación y espera. Tan sólo en el siglo XII resurge la vida cultural, hasta entonces encerrada en los muros de los monasterios. Y con ella, impregnada de sentido religioso, la idea romana de la unidad. El ecúmeno cristiano de la Edad Media tiene mucho de común con la universalidad imperial de Roma. Pero, al mismo tiempo, revela diferencias sustanciales. En primer lugar, no se funda en el primado de un solo pueblo superior, sino que parte de la igualdad de todos. En segundo lugar, no impone una misma forma de vida a todos los pueblos que abarca, sino que admite, aun teóricamente, su variedad".

"La «República Cristiana» no aspira a convertirse en universo. Intenta realizar el «pluriverso» por el respeto de los caracteres diferenciales y de las modalidades locales. Su fórmula de convivencia internacional podría sintetizarse así: en el espíritu, la unidad; en el cuerpo, la variedad" (De "Por una convivencia internaconal" de Mario Amadeo-Ediciones Cultura Hispánica-Madrid 1956).

En la actualidad tenemos dos ejemplos de religiones "no igualitarias", como son el Islam y el judaísmo. La primera, que intenta imponer sus principios "éticos" o culturales a todo el planeta, en realidad implica principios que en Occidente son mayoritariamente considerados como delitos. Por otra parte, el judaísmo sigue siendo una religión de validez sectorial que trata a los ajenos a sus creencias como extraños, que no se los debe respetar si habitan suelo históricamente judío, como es el caso de los palestinos de Cisjordania.

Si adoptamos la definición de religión como "la unión de los adeptos", llegaremos a la evidente conclusión que la religión será universal (o de validez planetaria) o no será religión. Es decir, tanto el Islam como el judaísmo no actúan como religiones, desde el punto de vista de la definición adoptada, o aceptada.

En la actualidad, el único camino hacia una posible unión de seres humanos y países, proviene de considerar a la ley natural como vínculo que une y que se comparte, que es la ley de Dios, y que resulta accesible al entendimiento y la observación. En este caso, el "Amarás al prójimo como a ti mismo", entendido como "compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias", constituye el principio de entendimiento y unificación de la convulsionada humanidad del siglo XXI.

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