jueves, 27 de marzo de 2025

Los atributos de Dios y la simplificación estoica

En la actualidad existe una imperiosa necesidad de encontrar aspectos comunes de nuestro universo para utilizarlos como referencia y vínculo entre las distintas religiones, creencias y filosofías, y, además, como vínculo entre los distintos pueblos. El único “candidato” que presenta tales características es el orden natural y las leyes naturales que lo conforman. Ello significa adoptar como referencia aquellas leyes que han permitido la universalización de la validez de la ciencia experimental.

Algunas religiones han simbolizado al orden natural, con sus leyes naturales invariantes, como un ente realizado “a imagen y semejanza del ser humano”. Pero otros han ido más allá y han considerado tal idealización, no como una simbología, sino como una realidad concreta. De ahí las diversas interpretaciones de los atributos de Dios, de cómo actúa en nuestras vidas, de quienes son sus verdaderos enviados y de lo que espera de cada uno de nosotros.

En cierta forma se ha idealizado a un “Dios mago” que ha construido el universo de la nada y que tiene la posibilidad de interrumpir sus leyes ante los pedidos realizados por los seres humanos. Todo ello da lugar a severos conflictos entre religiones e incluso a severos conflictos dentro de una misma religión. Si la palabra “religión” implica “unir a los adeptos”, puede decirse que casi no existe en el planeta una verdadera religión.

En oposición al “Dios mago”, surge el “Dios sabio”, capaz de establecer leyes físicas que gobiernan el comportamiento de las partículas fundamentales en las cuales va implícito todo el orden natural hasta llegar a la compleja vida inteligente. Cuando los físicos apuntan a realizar una “teoría de todo”, no solamente se refieren a una teoría que incluya las cuatro fuerzas básicas a nivel atómico y nuclear, ya que, de hallarla, implicaría acercarnos a la teoría básica de todo lo existente.

Si bien la postura que propone el “Dios mago”, que crea el universo de la nada, resulta ser algo ciertamente ilógico, la postura del “Dios sabio” identificado con el orden natural, que presupone un universo que no tuvo comienzo y que existe desde siempre, también resulta una postura ilógica; al menos difícil de aceptar por nuestras limitadas mentes.

Si intentamos ponernos de acuerdo en estas cuestiones, seguramente que nunca llegaremos a ningún acuerdo y los conflictos se mantendrán vigentes. Sin embargo, tenemos la posibilidad de adoptar la postura de los antiguos estoicos, quienes distinguían entre lo que es accesible a nuestras decisiones y aquello que no lo es.

Así, los atributos de Dios no dependen de los seres humanos, pero sí depende de nosotros adaptarnos a las leyes naturales que conforman el orden natural. Incluso tampoco debemos preocuparnos por determinar si el universo está bien o está mal hecho. En cualquiera de estos casos la única alternativa concreta implica adaptarnos a las leyes naturales invariantes (luego de haberlas descrito satisfactoriamente). En este caso serían las leyes naturales que rigen nuestras conductas individuales y que son el objeto de estudio de la psicología y de las ciencias sociales.

El cristianismo, como religión moral, fundamenta la ética bíblica en la empatía emocional, sugiriendo u ordenando compartir las penas y las alegrías ajenas como propias, tal el significado del “Amarás al prójimo como a ti mismo”. En realidad implica adoptar una predisposición o actitud hacia tal conducta, en lugar de establecer una práctica imposible de cumplir dada nuestra limitada capacidad de amar y las limitadas oportunidades que muchas veces nos ofrecen los demás.

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