La religión natural se caracteriza por promover nuestra adaptación al orden natural, es decir, nuestra adaptación a las diversas leyes naturales que afectan la vida inteligente. De ahí que resulte enteramente compatible con la ciencia experimental, que es precisamente la rama cognitiva que describe las diversas leyes naturales que rigen el universo, incluidos los seres humanos.
Baruch de Spinoza reconoce a las leyes naturales como las leyes que hizo Dios para conformar todo lo existente, identificando a Dios con su obra. Al respecto escribió: “Si examinamos la naturaleza de la ley divina natural, veremos lo siguiente:
1- Que es universal o común a todos los hombres, ya que la hemos deducido de la naturaleza humana en general.
2- Que no exige la fe en las historias, cualesquiera que sean; pues, como esta ley divina natural se comprende por la sola consideración de la naturaleza humana, es cierto que lo mismo la podemos concebir en Adán que en otro hombre cualquiera…
3- Que esta ley divina natural no exige ceremonias, es decir, acciones en sí indiferentes y que sólo se llaman buenas por ser algo establecido o por representar algún bien necesario para la salvación…
4- Vemos, finalmente, que el premio máximo de la ley divina consiste en conocer esa misma ley, es decir, a Dios y en amarlo con verdadera libertad…mientras que la máxima pena consiste en la privación de ésto y en la esclavitud de la carne…”
(Fragmentos del “Tratado teológico-político”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994)
En Spinoza encontramos una versión de la religión natural. Además, puede considerarse como otra versión la asociada a los escritos de los antiguos estoicos. También el cristianismo original puede considerarse como una religión natural, siempre y cuando se dejen de lado los dogmas y los misterios que fueron utilizados para su difusión, y que posteriormente opacaron casi completamente la ética natural, o bíblica, asociada principalmente al “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Tal mandamiento se basa en la empatía emocional, que es la principal ley natural que apunta hacia la supervivencia plena, tanto de todo individuo como de la humanidad.
Si la religión teísta, que supone la existencia de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos, conformando lo sobrenatural, le quitamos todo lo que no sea estrictamente asociado a la promoción de la ética natural, nos queda como resultado la religión deísta, o religión natural. Podemos simbolizar esta idea de la siguiente forma:
Teísmo - Lo sobrenatural = Deísmo
Además de las filosofías mencionadas (estoicismo y spinocismo), que se pueden considerar como “religiones” por cuanto establecen propuestas éticas definidas, es posible encontrar, desde la Psicología social, una formulación independiente del mandamiento que conduce a la empatía emocional. En este caso se recurre a la actitud característica de las personas encontrándose cuatro actitudes básicas, y posibles (amor, odio, egoísmo e indiferencia), de las cuales hemos de elegir la que favorece la empatía mencionada. Así se llega a reencontrar el mandamiento bíblico del “amor al prójimo” interpretándolo como una sugerencia a “compartir penas y alegrías ajenas como propias”.
En la Ética, de Spinoza, aparece una definición precisa del amor, aunque no fue propuesta en una forma notoria o sobresaliente, de la misma manera en que el mandamiento cristiano aparece “escondido” en alguna parte del Antiguo Testamento, aun cuando la adopción de la actitud o predisposición del amor al prójimo sea casi lo único que es accesible a nuestras decisiones y a nuestra comprensión, siendo seguramente el único camino (o el mejor) para una revitalización de individuos y sociedades en decadencia.
La base del cristianismo es su ética, y la base de la ética cristiana es el amor. El declive y la limitación esencial del cristianismo radica en la “interpretación libre” del significado del amor, por lo cual es esencial una definición de tal emoción que sea compatible con la realidad y con el espíritu implícito en las prédicas cristianas. Baruch de Spinoza escribió al respecto: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada”.
También define al odio: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).
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