domingo, 14 de diciembre de 2014

La acción humana

En los inicios de la ciencia económica, se asociaba el valor de un bien al trabajo demandado, o al costo de producción. Sin embargo, para que las descripciones fueran compatibles con el proceso económico, se advirtió que el valor de un bien depende principalmente de lo que el consumidor acepta pagar. Luego, el fabricante decidirá si le conviene, o no, seguir produciendo ante la predisposición observada en los clientes. Ludwig von Mises escribió: “El beneficio del empresario brota de su capacidad para prever, con mayor justeza que los demás, la futura demanda de los consumidores. La empresa con fin lucrativo hállase inexorablemente sometida a la soberanía de los consumidores. Las pérdidas y las ganancias constituyen los resortes gracias a los cuales el imperio de los consumidores gobierna el mercado”.

En una economía en la cual el consumidor elige libremente lo que desea comprar, y sólo es influenciado por la propaganda, es quien decide y orienta la producción. Por el contrario, en una economía planificada, en la cual el consumidor es obligado a aceptar “lo que el Estado decidió producir”, no tiene ninguna posibilidad de orientar la producción. Luego, la ciencia económica es la que describe el comportamiento del hombre en una economía libre y no en aquellas en donde la coerción le induce a aceptar lo que otro decidió producir. “La economía de mercado crea un ambiente que induce a practicar la abstención y a invertir su fruto, el capital acumulado, en aquellos sectores que mejor satisfacen las necesidades más urgentes del consumidor”. “Si no hay personas dispuestas a ahorrar, reduciendo su consumo, faltarán los medios necesarios para efectivamente ampliar las inversiones. Tales medios no pueden ser engendrados mediante imprimir papel moneda o conceder créditos sin más existencia que la escrituraria y contable. La expansión crediticia constituye la principal arma de que dispone el jerarca en su lucha contra la economía de mercado”. (De “La acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).

La acción humana se asocia, en economía, a las decisiones del hombre en un mercado competitivo cuando tiene la posibilidad de elegir libremente. Desde la Escuela Austriaca de Economía se considera al proceso económico como una cuestión vinculada esencialmente al consumidor, y luego al productor. Israel Kirzner expresó: “La visión de Carl Menger fue comprender cómo funciona la economía. La economía funciona porque los consumidores quieren cosas. Y como quieren cosas, entonces actúan. Actúan, escogen, hacen ofertas de compra. Y si un empresario inteligente sabe que los consumidores están haciendo ofertas, ese empresario inteligente puede darse cuenta de que puede obtener beneficio satisfaciendo esas ofertas de compra, satisfaciendo esas demandas. Al hacer eso está actuando como si fuera el agente de los consumidores, dirigiendo los recursos hacia los canales que satisfacen en mayor medida los deseos de los consumidores”.

Como también en psicología social se han establecido teorías de la acción, puede indagarse acerca de una posible coincidencia de ambos puntos de vista, es decir, del económico y del de la psicología social. En caso de que ambos puntos de vista se adapten a la descripción de la realidad, seguramente tendrán puntos coincidentes, incluso con la posterior esperanza de que sean equivalentes o, al menos, compatibles. Posiblemente Mises consideró sólo la psicología individual sin tener en cuenta la “psicología de las actitudes”, quizás poco desarrollada en su tiempo, que no es otra cosa que la psicología social. Al respecto escribió: “Nuestra ciencia se ocupa de la acción humana, no de los fenómenos psicológicos capaces de ocasionar determinadas actuaciones. Es ello precisamente lo que distingue y separa la teoría general de la acción humana, o praxeología, de la psicología”.

Entre los aspectos considerados en ambas descripciones aparecen los conceptos de libertad y de cooperación. Toda teoría de la acción debe describir las decisiones no limitadas o anuladas por otros hombres, por lo que se contempla la situación ideal en la que el hombre está regido por las leyes naturales que gobiernan nuestra propia naturaleza humana. “No hay más libertad que la engendrada por la economía de mercado. No existe gobierno ni constitución que pueda garantizar la libertad si no ampara y defiende las instituciones fundamentales en las que se basa tal organización social. Reemplazarla por la planificación económica implica anular toda libertad. Las gentes, en tal supuesto, sólo gozan de un derecho: el de obedecer” (“La acción humana”).

La teoría de la acción surgida de la psicología social puede sintetizarse en la existencia de la actitud característica en las personas, constituida, a la vez, por las componentes afectivas y cognitivas. Entre las primeras encontramos las que orientan al hombre bajo dos tendencias generales: cooperación y competencia. Con la actitud del amor se responde a la tendencia a la cooperación y mediante el odio y el egoísmo a la tendencia hacia la competencia. La indiferencia completa el conjunto de componentes afectivas básicas, cuyos porcentajes relativos conforman la gran variedad de actitudes individuales.

El segundo punto de coincidencia implica la búsqueda de la cooperación. Así, la tendencia a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias (definición del amor), extrapolada a los intercambios materiales ha de contemplar el beneficio simultáneo de ambas partes intervinientes. Una actitud cooperativa auténtica es la que deriva de un predominante sentimiento afectivo como el mencionado y se hará evidente en todas las circunstancias sociales, ya sean económicas o en simples acciones de comunicación personal. “La sociedad implica acción concertada, cooperación. La sociedad es fruto engendrado por consciente y deliberada conducta. No quiere ello decir que las gentes celebraran un contrato a cuyo amparo fundaran la sociedad humana. Las actuaciones que originan la cooperación social y, a diario, la renuevan no aspiran más que a cooperar y colaborar con los demás al objeto de alcanzar fines personales específicos. Ese complejo de recíprocas relaciones plasmado por dichas concertadas actuaciones se denomina sociedad. Reemplaza una –al menos, imaginable- vida individual aislada por una vida de colaboración. La sociedad es división del trabajo y combinación de esfuerzo. Por ser el hombre animal que actúa, conviértese en animal social”.

Mientras que el cristianismo sugiere “buscar el Reino de Dios y su justicia” ya que “lo demás se dará por añadidura”, objetivo que implica principalmente cumplir con el mandamiento del amor al prójimo, la actitud libre y cooperativa propuesta por Mises sintetiza en forma coincidente lo esencial de la acción humana. Se tiene en cuenta justamente que el mercado es un sistema espontáneo autoorganizado al cual el hombre se debe adaptar, es decir, debe primero adaptarse éticamente a la ley natural mediante la actitud cooperativa, y luego se dará como consecuencia la sociedad definida como el Reino de Dios que, simultáneamente permitirá establecer un orden económico coincidente con la economía de mercado. Si el hombre no adopta una actitud cooperativa, porque tampoco se lo propone, entonces tanto el éxito social como el económico serán limitados.

El matemático Henri Poincaré dijo “Descubrir es elegir”, indicando que lo esencial de la invención matemática no radica en la generación, mediante deducción lógica, de todas las relaciones posibles, algo que podría hacerse actualmente con una computadora, sino en la elección de aquellas relaciones importantes por su generalidad y posterior utilización. También en el ámbito de las decisiones humanas lo importante es la elección de la actitud favorable a la cooperación, ya que las demás también son partes de nuestra naturaleza humana. No caben dudas que el camino de la cooperación es el que a todos conviene.

Una aceptable teoría de la acción, tanto social como económica, debe describir aceptablemente el éxito como el fracaso, es decir, el estado óptimo como el más alejado a ese ideal, junto a los demás estados intermedios. De ahí que lo que “debe ser” sea una meta concreta a alcanzar, mientras que “lo que es” ha de encontrarse como diferencia respecto de lo que “debe ser”. Quienes critican los fundamentos adoptados, por considerar que se parte de lo que el hombre “debe ser” y no de lo que en realidad “es”, se les puede decir que lo que el hombre “debe ser” es una simple optimización de “lo que es”.

En lugar de generalizar resultados estadísticos de la economía para encontrar leyes subyacentes, se parte de principios de la psicología social. Henry Hazlitt escribió: “Un método aplicable a casi todos los problemas es el que denominamos deductivo o apriorístico. Llega a la formulación de conclusiones sin necesidad de recurrir a la observación ni a la experimentación. Consiste en un razonamiento que parte de la experiencia anterior o de principios ya consagrados y llega al esclarecimiento de casos particulares. Sin embargo, se lo puede emplear tanto para ratificar la observación y experimentación como para reemplazarlas” (De “El pensar como ciencia”-Editorial Nova-Buenos Aires 1969).

En realidad, al coincidir los principios psicológicos adoptados por la economía con aquellos resultados logrados en psicología social, se advierte que surgen en realidad de la observación y de la verificación experimental en esta última rama de la ciencia. Uno de ellos es descrito por Gabriel J. Zanotti como sigue: “Acción humana implica el intento deliberado de pasar de un estado menos satisfactorio a otro más satisfactorio (primer axioma). Es decir, la insatisfacción es el incentivo de la acción” (De “Introducción a la Escuela Austriaca de Economía”-Unión Editorial SA-Madrid 2012).

Debe aclararse que en todo sistema complejo adaptativo, existe una tensión básica que trata de reducir la diferencia entre el objetivo a lograr y lo realmente logrado, constituyendo el origen de la motivación. Puede hacerse un resumen de lo que implica la economía, al menos observada desde la postura de la psicología social:

Economía = Psicología social + Mercado

Ello implica que el hombre en libertad, adaptado a la ley natural, eligiendo la actitud cooperativa, tiende a establecer, entre otros ordenamientos, el sistema autoorganizado espontáneamente conocido como mercado. Al asociarse la ética cooperativa al desarrollo del mercado, surge un dilema similar al de la aparición prioritaria del huevo o de la gallina. Desde algunos ámbitos de la economía se dirá que el desarrollo del mercado favorece la mejora ética (o al menos reduce las posibilidades de corrupción), mientras que desde el resto de las ciencias sociales seguramente se dirá que la mejora ética individual favorecerá el desarrollo del mercado, que no es otra cosa que el desarrollo económico de una nación. Sin resolver el dilema planteado, puede decirse que se habrá dado un paso adelante si al menos podemos vincular ética con desarrollo.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Salvajismo e incivilización

Puede describirse la situación actual de la sociedad argentina como parte de una etapa en que predomina el salvajismo sobre la civilización, ya que el ciudadano común debe tomar toda clase de recaudos para evitar ser victima de algún acto delictivo. Esto no implica que numéricamente predominen los delincuentes sobre las personas decentes, sino que se advierte un notable aumento del porcentaje de delincuentes respecto del total. Si se trata de definir en qué consiste el salvajismo aludido, puede hacerse una síntesis en los siguientes atributos personales de los delincuentes:

a) Viven para el consumo de alcohol y de drogas

b) Se jactan de su grosería y ordinariez

c) Se divierten alentando o participando en peleas callejeras sin motivo aparente

d) Se burlan y provocan a los demás cuando la circunstancia es propicia

e) En acontecimientos deportivos, generan violencia tanto en el triunfo como en la derrota

f) Roban bajo amenazas y se jactan por obtener bienes sin trabajar

g) Cuando cometen un asesinato, sienten orgullo por haberlo realizado

Si bien en todas las sociedades existen individuos con tales características, cuando aumenta su porcentaje relativo, resulta ser un indicio de que ese comportamiento es permitido, tolerado o favorecido por la sociedad. De ahí que el concepto de incivilización puede asignarse a la sociedad y al Estado que, a través de sus instituciones, ampara y estimula el comportamiento salvaje de varios de sus integrantes. El salvajismo resulta ser la violencia inducida por la incivilización.

Respecto del delincuente común, Kate Friedlander escribió: “Lombroso llamó a estos delincuentes «criminales natos», y creyó que representaban un tipo subnormal, una vuelta al «hombre primitivo». Ya en esa época subrayó la similitud entre ciertos aspectos de la mente del criminal nato y la infantil, tales como su gran preocupación por el momento presente, su falta de inhibición, la anulación o paralización de experiencias anteriores o consideraciones prospectivas en razón de motivos momentáneos”.

“Según East y Hubert el delincuente común constituye el 80% de la población de las prisiones. En el presente no se acepta ya la concepción de «criminal nato». Supónese ahora que esos delincuentes son mentalmente normales, es decir, que no presentan señales de deficiencia mental, psicosis, neurosis o enfermedad orgánica del cerebro. Observados en la vida adulta y a nivel de una investigación superficial, podría recogerse la impresión de que han elegido la vida criminal por propia voluntad” (De “Psicoanálisis de la delincuencia juvenil”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1967).

Cuando el marco legal permite que peligrosos delincuentes transiten tranquilamente por las calles, promueve el surgimiento de la “justicia por mano propia”, que es también una forma de salvajismo. De ahí que las leyes permisivas, impuestas por el garanto-abolicionismo, sean también una expresión de salvajismo, ya que lo favorecen en forma directa liberando al delincuente como indirectamente justificando la “justicia espontánea” a la que se ven obligados a recurrir quienes pretenden conservar su propia vida.

Hágase una encuesta, en la época y en el lugar que se quiera, acerca de la aceptación, o no, de un ladrón o de un asesino, ya sea como amigo, conocido, vecino o cercano caminante circunstancial, y se advertirá que mayoritariamente existirá un rechazo ante el temor de ser una nueva victima. De ahí que exista una autoexclusión social del delincuente, favorecida por el marco legal que trata de liberarlo de las penalidades correspondientes.

Como el proceso iniciado en la Argentina tiende a destruir la nación en lo moral, lo social, lo económico, lo educativo, etc., resulta necesario encontrar las motivaciones ideológicas que promueven y favorecen tal tentativa. Todo parece indicar que se origina en el pensamiento de izquierda que culpa al “sistema capitalista” por la exclusión social y los conflictos subsiguientes. De esa forma, se tiene el pretexto adecuado para intentar destruirlo.

En realidad, en nuestro país predomina, por decisión mayoritaria, un intervencionismo económico que apunta mucho más al socialismo que a una economía de mercado, si bien convenga al ideólogo totalitario considerarlo como el gran enemigo que reúne a la oligarquía, la burguesía, la civilización occidental y el imperialismo yankee. Luego, se lo culpa por haber marginado a quienes se convirtieron en delincuentes por obra y gracia de una previa exclusión; y de ahí la “justa reivindicación” que, se supone, se ha de lograr eximiéndolos de las penalidades correspondientes, como las empleadas en todo país civilizado.

La siguiente descripción de la sociedad hace referencia a una sociedad democrática y “capitalista”, aunque en realidad se ajustaría mejor al caso del socialismo que se trata de imponer. José Canton Duarte y María Cortes Arboleda escriben: “Las sociedades modernas están integradas por un grupo central que comprende gobierno, industria, finanzas, ciencia, ingeniería, ejército y enseñanza. Alrededor de este núcleo existe todo un conjunto de consumidores, organizado por quien ocupa el centro. Finalmente, en la periferia, están los marginados, los que no tienen ninguna función significativa”. “En nuestra sociedad, fundamentada en la organización, se pone de manifiesto la importancia de conformarse a las reglas, así como a la tendencia de los grupos organizadores a apoyarse entre sí, para conseguir sus fines. Estos grupos intentarán por todos los medios aislar y neutralizar a individuos y grupos que ofrezcan resistencia, de manera que no puedan acceder al poder; se impide así que dispongan de los medios que les permitirían alcanzar los fines y valores «marginados» que puedan perseguir”.

“Pero, ¿qué se entiende por «individuo marginado»? Aquel que se encuentra fuera o en el límite de la norma, manteniéndose en el seno de la ideología médica o de la judicial, que consiguen abarcarlo, explicarlo y controlarlo. Al presuponer que se trata de personalidades originariamente anormales, son incluidos en el terreno médico o penal, sin que su «desviación» (el rechazo de una serie de valores relativos, propuestos y definidos como absolutos e inmodificables) ponga en evidencia la validez de la norma y de sus límites”.

“Toda sociedad hace de la enfermedad lo que más le conviene, de manera que es posible hablar de una estrecha relación entre psiquiatría y política, porque la psiquiatría defiende los límites de la norma. Si bien la política no cura a los enfermos mentales sí los hace enfermar, ya que formula una definición con un significado político preciso (la definición de enfermedad sirve para mantener intactos los valores de norma que son discutidos)”. “Se da una evidente contradicción en esta doble misión de hombre de ciencia y conservador del orden establecido, dado que el hombre de ciencia debería salvaguardar y curar al enfermo, mientras que el vigilante del orden tiende a salvaguardar y defender al hombre sano. Al «curar» al individuo que se sale de la norma, la principal preocupación suele ser la de su adaptación a la norma y el mantenimiento de los límites de ésta” (De “Marginación e inadaptación social”-Ediciones Iberoamericanas Quórum-Madrid 1986).

No solo se considera a los psiquiatras como “conspiradores sociales” a favor del capitalismo, sino a todo lo que se oponga al socialismo. Este es un fenómeno sociológico universal que depende de la psicología de los individuos antes que de las circunstancias sociales. Ludwig von Mises escribía sobre su Austria natal de principios del siglo XX: “El Partido Socialdemócrata…daba por descontado que todo el mal del mundo brota del capitalismo y que desaparecería con la transición al socialismo. Consideraba al alcoholismo como producto del capital productor de alcohol, la guerra como producto del capital productor de armas, y la prostitución un fenómeno exclusivo de la sociedad burguesa. La religión era simple invención de los curas para doblegar a los proletarios. La escasez de bienes económicos se debía exclusivamente al capitalismo, mientras que el socialismo produciría riquezas insospechadas para todos”.

Se coincide en que la persona “anormal” es la que no responde o no respeta las normas de convivencia aceptadas mayoritariamente por la sociedad, lo que no implica que la sociedad en conjunto se haya adaptado de la mejor manera a las leyes naturales que rigen nuestra naturaleza humana. Pero en el caso considerado, se está hablando de robos y de asesinatos, y no de costumbres culinarias o culturales típicas que pueden ser aceptadas, o no, sin que por ello alguien deba ser catalogado de marginado o anormal.

Los inconvenientes que afronta una sociedad son observados por todos, aunque interpretados de distinta forma. Así, mientras unos tratan de solucionar tales problemas mejorando éticamente a los integrantes de la sociedad, otros tratan de destruirla para reemplazarla por un “sistema social y económico más justo” (que por lo general empeora las cosas). El sector ideológico de izquierda, que promueve esta posibilidad, tiene muchos adeptos, incluso algunos que han sido, o serán, víctimas de la violencia urbana promovida para favorecer tal destrucción. Puede decirse que la sociedad está conducida ideológicamente por el totalitarismo. Ludwig von Mises escribió: “El triunfo filosófico de las ideas que glorificaban la intervención del Estado, es decir la acción de agentes armados, lo consiguieron Nietzsche y George Sorel. Éstos acuñaron la mayor parte de los eslóganes que guiaron las carnicerías del bolchevismo, del fascismo y del nazismo. Intelectuales que exaltaban el placer del asesinato, escritores que invocaban la censura, filósofos que juzgaban los méritos de un pensador o de un autor no sobre la base del valor de sus aportaciones sino según las hazañas realizadas en el campo de batalla, éstos fueron, en nuestro tiempo, los líderes intelectuales de la perenne lucha contra la idea de la cooperación pacifica entre los hombres” (De “Autobiografía de un liberal”-Union Editorial SA-Madrid 1984).

Por otra parte, Erich Fromm escribió: “El régimen ruso demostró que la planificación centralizada puede hasta crear un grado de regimentación y autoritarismo mayor que el que pueda encontrarse en el capitalismo o en el fascismo”. “Lo que significa que Marx y Engels estaban equivocados al pensar que un cambio legal de la propiedad y una economía planificada bastaban para producir los cambios sociales y humanos que deseaban” (De “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”-Fondo de Cultura Económica-México 1956).

Entre los partidarios de la destrucción del orden social pareciera predominar el odio a la sociedad y a la especie humana sobre el amor hacia sus familiares y hacia ellos mismos. Muestran una moral individual normal que se contrapone a una moral social que tiene muchas deficiencias.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cambio vs. inercia social

Si existe el cambio social, necesariamente ha de existir la oposición a ese cambio, de lo contrario, las sociedades humanas serían bastante distintas a lo que son. Haciendo una analogía con el proceso del movimiento mecánico, puede decirse que al cambio lo produce una fuerza, mientras que la oposición al cambio la constituye la inercia, que es la tendencia a mantener el estado de movimiento actual, es decir, se opone al cambio promovido por dicha fuerza.

Mientras que, en la mecánica, la masa inercial es la oposición que se debe vencer para poner en movimiento a un cuerpo inmóvil, y es también la oposición que se debe vencer para detenerlo cuando está en movimiento, en cuestiones sociales es la propia naturaleza humana, a través de nuestra actitud característica, la que actúa como una inercia social que impide que toda influencia del medio circundante oriente la personalidad en el sentido que se pretende imponer. El cambio se ha de producir cuando la fuerza predomine sobre la oposición.

Mientras que la masa inercial actúa como una respuesta característica y como un vínculo entre estimulo y respuesta, la actitud característica es también una respuesta característica y también un vinculo entre respuesta y estimulo, y que, aunque definida en forma distinta, conceptualmente tiene atributos similares. Ello implica que, si hablamos de cambio social y de actitud, necesariamente debemos incluir la inercia social, que en definitiva es una inercia mental.

Poco sentido tiene estudiar el cambio social sólo desde el punto de vista de la fuerza que intenta producirlo sin tener presente la oposición que necesariamente ha de surgir. En realidad, cuando se busca el cambio social a través del cambio en los valores éticos, o a través de recompensas y castigos, se está apuntando hacia un cambio de actitud. De ahí que, por lo general, se tiene en cuenta el factor responsable de la inercia social, aunque no en una forma explícita.

En los casos en que no se tuvo en cuenta la existencia de la inercia social, es decir, en los intentos abruptos o revolucionarios, por los cuales se intentó cambiar un país socialista en uno capitalista, o a la inversa, no se lograron los resultados esperados. Cuando los cambios fueron lentos, teniendo en cuenta la inercia mental individual, se produjeron mejores resultados que los anteriores (para bien o para mal).

La tendencia a desconocer la inercia social predomina en los movimientos políticos que sostienen que el hombre actúa principalmente por influencia social y muy poco por la herencia genética, como es el caso del marxismo. Igor Kon escribió: “Con frecuencia se comparó la Perestroika con la NEP (Nueva Política Económica). Sin embargo, la NEP postulaba volver a un sistema de motivos y de estímulos bien conocidos, a los que ya se estaba acostumbrado, en el seno de los cuales las personas se educaron y vivieron durante siglos. No se requería para nada una «perestroika» psicológica. La otra política, por el contrario, propuso la elaboración de un nuevo estilo de conducta social –en gran medida, contradictorio- con respecto a la experiencia de vida y a las motivaciones con que se encontraron las dos o tres últimas generaciones”.

“¿Estábamos en condiciones de realizar todo esto? ¿Cuánto tiempo requeriría semejante transformación? Para poder responder a estos interrogantes es necesario superar la imagen idealizada y radiante del «hombre nuevo», del hombre dotado únicamente de virtudes; y, por el contrario, poder mirarse a sí mismo con criticismo y sobriedad, poniendo un especial énfasis en los mecanismos psicológicos de la inercia social, que son los que retardaron el ritmo de la Perestroika y amenazaron su propia esencia” (De “Psicología de la inercia social” en “Angustia por la utopía” de Mario Golder-Ateneo Vigotskiano de la Argentina-Buenos Aires 2002).

Por lo general, se habla de inercia social especialmente en el caso de la persona negligente, que se ampara en el grupo al que pertenece, por lo que tal actitud se ve favorecida en los regimenes totalitarios, y menos en los democráticos. Igor Kon escribió: “El problema clave de la psicología de la Perestroika fue el tema de la conciencia y el sentido de la responsabilidad social. Su diapasón, en cuanto a ese amplio círculo de relaciones sociales, por las cuales el individuo se siente personalmente responsable, y su grado –cuál es la medida de esta responsabilidad- dependerán tanto de las circunstancias objetivas como subjetivas. Como norma, se puede decir que el ser humano se siente responsable sólo de aquellos procesos y aquellas acciones en los cuales toma una participación más o menos activa y mantiene la posibilidad de elección”.

“Cuando en las encuestas sociológicas, por primera vez fue descubierto que los trabajadores sienten mayor responsabilidad por su actividad laboral inmediata que por la dirección de la empresa o por los destinos del país, esto «shokeó» a más de uno. Pero no puede ser de otra manera: «Lo que yo hago por mí mismo depende de mí, mucho más que todo aquello que se resuelve al margen de mí, o donde mi voz es sólo una de tantas». El único modo de elevar el sentido de responsabilidad social va a ser la ampliación de la democracia real y efectiva y la autogestión”.

Los avances en el campo de la neurociencia han permitido conocer con algún detalle los procesos que ocurren en nuestro cerebro y que son los responsables de todo lo que observan los especialistas en psicología social. Tanto la tendencia al cambio como a perpetuar nuestro estado mental se debe a lo que ocurre dentro de nuestro cerebro. Estanislao Bachrach escribió: “Ya hace muchísimos años que está claro para los científicos que las propiedades fisicoquímicas –algo que se puede tocar y medir- de las conexiones neuronales y sus sinapsis se correlacionan con la experiencia subjetiva de lo que describimos como actividad mental. Es decir, lo que tenés o lo que le pasa a tu cerebro afecta de manera directa a tu mente. Por ejemplo, si tenés un derrame cerebral (hardware afectado) en el área del cerebro responsable del habla, seguramente no podrás hablar o tendrás dificultades para hacerlo (software afectado). Sin embargo, nadie sabe con precisión cómo esto ocurre, cómo se traduce de lo material a lo no-material”.

“Pero hoy existen pruebas de un nuevo paradigma, y es que también funciona a la inversa. Es decir, tu actividad mental puede estimular la modificación de conexiones neuronales existentes o la creación de nuevas conexiones neuronales. Utilizando tu software podés alterar y cambiar tu hardware”. “Principio fundamental: con tu mente, tus pensamientos y emociones, y lo que hagas con ellos, podés cambiar mucho de lo que querés” (De “En cambio”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 2014).

La posibilidad de ir cambiando parcialmente la estructura de nuestro propio cerebro a partir de las ideas que cotidianamente elaboramos, es el proceso que nos permite condicionar nuestras acciones a partir de nuestro razonamiento. Si bien se ha usado este proceso desde siempre, constituyendo lo esencial de la educación, debe acentuarse esta vez considerando que, en definitiva, son los razonamientos que surgen libremente del propio individuo los que producirán el cambio favorable, y no tanto la información que se trata de imponer del exterior forzando a reemplazar a la existente en nuestra memoria. El proceso educativo tiene éxito cuando, en lugar de imponer por la fuerza o el engaño nuevas ideas, se tiene la habilidad de inducir al individuo a que las cambie por sus propios medios. “Cuando tenés una experiencia, tus neuronas se activan. Dicho científicamente, una cascada de iones circula internamente por la pata de la neurona (axón) y funciona como una corriente eléctrica. En el final del axón esta corriente permite la liberación de neurotransmisores químicos a un lugar muy pequeño –fuera de la neurona- llamado espacio sináptico”.

“Allí estos transmisores se conectan con otras neuronas. Dependiendo de qué neurotransmisor haya sido liberado, esto desencadenará una activación o desactivación de otras neuronas que están en ese camino. Bajo condiciones apropiadas, este «disparo» neuronal fortalece las conexiones entre esas neuronas. ¿Cómo funciona este fortalecimiento? Al principio esas neuronas juntas forman un «piolín» y luego, a partir de sucesivas repeticiones, forman un cable de acero. Las condiciones apropiadas para que este «cable» se forme son: la repetición, es decir, repetir un pensamiento, una emoción o una acción en la vida; la excitación emocional, que ese pensamiento te estimule emocionalmente….”.

“En los últimos años del siglo XX numerosos investigadores desafiaron el dogma del cerebro estático y realizaron varios descubrimientos que demostraron.…. que el cerebro adulto contiene un fantástico poder de neuroplasticidad. Puede recablearse activando cables «dormidos» o desenchufados y creando nuevos cables. O apagar cables y circuitos con actividades aberrantes o negativas para sus dueños, como las que caracterizan, por ejemplo, la depresión”.

En la antigüedad, Sócrates asociaba el mal a la ignorancia y el bien a la sabiduría; y en la Biblia el mal a la mentira y el bien a la verdad, lo que se confirma con los conocimientos aportados por la neurociencia. El tan esperado resurgimiento moral del hombre necesariamente se ha de lograr mediante nuevos intentos educativos que le han de brindar mayores grados de conciencia respecto de cómo funciona nuestra propia naturaleza humana. Convencidos de la veracidad de los resultados de la neurociencia, es posible establecer un nuevo intento, similar a lo que en el pasado se trató de lograr mediante la fe religiosa, que por el momento parece ser un camino agotado.

El conocimiento clave del hombre debe apuntar a la aceptación de que el nivel de felicidad a lograr depende cercanamente del nivel ético adquirido, dependiendo a la vez de nuestras propias decisiones. Luego, el nivel de infelicidad dependerá de nuestro alejamiento de la ética natural, materializándose esta ética en el predominio de la actitud cooperativa sobre otras posibles. Bachrach agrega: “La biología no es tu destino. No estás predestinado a vivir una vida dada por tu genética. Tenés la habilidad de sobreponerte a muchos de los que pueden ser obstáculos que heredaste e influenciar la manera en que tu cerebro y cuerpo funcionan. Para tener éxito no servirán tácticas del miedo, sino una conciencia y atención profunda sobre el hecho de que para sobreponerse a estos circuitos neuronales automáticos llevará una increíble paciencia, esfuerzo y dedicación. Es decir, cambiar comportamientos automáticos demanda un esfuerzo y un compromiso considerables”.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La ingerencia del Estado en la investigación científica

Cuando se habla de la utilidad de la ciencia, por lo general se piensa en las aplicaciones tecnológicas derivadas de la investigación científica. Sin embargo, desde el punto de vista del científico, cuenta más la utilidad cultural que produce en la sociedad. Las discusiones respecto del mejor uso que se le ha de dar a los siempre pocos recursos destinados por el Estado a la investigación, surgen de tales prioridades diferentes. Santiago Ramón y Cajal escribía en las primeras décadas del siglo XX: “La posteridad duradera de las naciones es obra de la ciencia y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los intereses materiales. De esta indiscutible verdad síguese la obligación inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura, desarrollando una política científica, encaminada a generalizar la instrucción y a beneficiar en provecho común todos los talentos útiles y fecundos brotados en el seno de la raza”.

“La política científica implica el empleo simultáneo de estos cuatro modos de acción:

1- Elevar el nivel intelectual de la masa para formar ambiente moral susceptible de comprender, estimular y galardonar al sabio.

2- Proporcionar a las clases sociales más humildes ocasión de recibir en Liceos, Institutos o Centros de enseñanza popular, instrucción general suficiente a fin de que el joven reconozca su vocación y sean aprovechadas, en bien de la nación, todas las elevadas aptitudes intelectuales.

3- Transformar la Universidad, hasta hoy casi exclusivamente consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza profesional, en un Centro de impulsión intelectual, al modo de Alemania, donde la Universidad representa el órgano principal de la producción filosófica, científica e industrial.

4- En fin, formar y cultivar, mediante el pensionado en el extranjero o por otros métodos de selección y contagio natural, un plantel de profesores eméritos, capacitados para descubrir nuevas verdades y para transmitir a la juventud el gusto y la pasión por la investigación original” (De “Los tónicos de la voluntad”-Espasa-Calpe SA-Madrid 1971).

Por otra parte, Bernardo Houssay escribió: “Se puede medir la ilustración y clarividencia de los gobernantes por la importancia que acuerdan a la investigación científica fundamental, por lo que realmente hacen para ayudarla, y por el apoyo y respeto que dispensan a los auténticos hombres de ciencia”. “La investigación científica consiste en un examen incesante de los problemas, sin otro límite que la demostración de la verdad, independientemente de los dogmas religiosos, políticos o de otra clase. Exige libertad de investigación, de expresión y de discusión. La ciencia no se desarrolla bien más que en una atmósfera de libertad, mientras que languidece o entra en decadencia bajo los regímenes de opresión”. “Los gobiernos deben suministrar los recursos necesarios para la enseñanza y la investigación científica, pero jamás deben entrometerse en la vida espiritual y las orientaciones científicas de las universidades o centros de investigación fundamental” (De “La investigación científica”-Editorial Columba-Buenos Aires 1960).

Así como es importante tener presente la opinión pública respecto de la forma en que se conduce un país, es importante tener presente la opinión de la comunidad científica respecto de la marcha de la ciencia. Tal comunidad es un organismo cultural que se va instalando en la sociedad y que se identifica con las creencias comunes a sus integrantes. Michael Polanyi escribió: “Una comunidad que practique eficazmente la libre discusión está, por tanto, entregada a un propósito cuádruple: 1) que existe la verdad; 2) que todos los miembros de la comunidad la desean; 3) que todos se sienten obligados hacia ella, y 4) que se sienten capacitados de buscarla”. “Parece ser que el verdadero propósito de la ciencia no es el progreso del bienestar, sino que ésta es más bien una tarea secundaria añadida como una oportunidad de cumplir sus verdaderos fines en el campo espiritual”.

Las situaciones adversas al libre desarrollo de la ciencia se establecen principalmente bajo gobiernos totalitarios, donde la opinión de la comunidad científica es desplazada por la opinión de la comunidad política, que normalmente es la opinión de un líder que supone conocer de ciencia más que los propios científicos sin nunca antes haberle dedicado un tiempo mínimo. “Aplicar la planificación a la ciencia significa el intento por reemplazar los fines que la ciencia se propone a sí misma, por los fines propuestos a la ciencia por el gobierno en interés del bienestar público. Esto convierte al gobierno en responsable de la aceptación o rechazo finales, por parte del público, de cualquier exigencia particular de la ciencia y de la concesión o negación de su protección a investigaciones científicas especiales, de acuerdo con el bienestar social. Al serles negada justificación e, incluso, realidad a los verdaderos fines de la ciencia, el científico que aún los busca es tenido, naturalmente, por reo de un deseo egoísta para su propio goce. Para el político será lógico y justo intervenir entonces en cuestiones científicas, pretendiendo ser el guardián de intereses superiores abandonados sin razón por los científicos. A un necio le bastará recomendarse a sí mismo a un político para aumentar considerablemente sus posibilidades de ser reconocido como científico…De este modo, la corrupción o el franco servilismo debilitarán y reducirán la verdadera práctica de la ciencia” (De “Ciencia, fe y sociedad”-Taurus Ediciones SA-Madrid 1961).

Puede mencionarse el caso de la psicología soviética, relatada luego de la caída del comunismo. Leonidas A. Radzijovsky escribió: “Nuestro fin primero es efectuar un diagnóstico de la situación actual. Diagnóstico que nos permita observar los mismos problemas que existen en todas las instituciones sociales de nuestro país: en primer lugar, un total divorcio entre hechos y palabras. Nuestra psicología estudia, y esto ya desde hace muchos años, no a las personas reales, sino a un cierto esquema que refleja, lamentablemente, la ausencia de un diálogo libre y científico, y sí la presencia de «focus» adivinativos, que en un determinado momento se van a corresponder con tal o cual dictado «desde arriba», con tales o cuales clisés ideológicos”. “Como resultado de todo esto, quedan fuera de los límites de análisis de los psicólogos no sólo las distintas formas que adoptan las conductas patológicas, sino también los rasgos que pueden caracterizar toda estructura de personalidad, como ser agresividad, pérdida del sentido de la vida, soledad o integración interpersonal, etc. Por lo visto, las investigaciones psicológicas realizadas bajo nuestros auspicios, en su mayor parte se apoyan fuera de la vida del hombre. Y en esto radica la baja autoridad que detenta nuestra psicología y su bajo nivel científico”.

“A la psicología se le permitía su existencia pero, ¡atención!, como una ciencia puramente «académica» que estudiara sin problemas en nivel individual de la memoria o, si se quiere, cómo el ser humano era capaz de aceptar pasivamente cualquier «ukaz» emanado del correspondiente ministerio o empresa. Voy a mencionar un solo ejemplo: a uno de los directores del Instituto de Fisiología Infantil le llega una indicación desde el Ministerio de Educación para organizar un estudio sobre la cantidad óptima de niños para ocupar un aula, visto desde un punto de vista fisiológico. Pero la indicación ministerial alertaba que esa cantidad no podía ser menor de 35 ¡ni mayor de 36!”. “Recuerdo trabajos dedicados a forjar una imagen del hombre optimista, seguro, afectivo, en el cual eran impensables sentimientos de soledad, inseguridad, búsqueda de sentido a la vida, falta de perspectivas vitales. Eso no podía existir: NO Y NUNCA. Esas situaciones podían existir sólo en aquellas sociedades donde el hombre explota al hombre. Si en alguna situación excepcional, «nuestro personaje» no llegaba a entender el sentido de las cosas y de la vida, pues simplemente había que darle una buena explicación. ¡Y esa era toda la psicología!”.

“Esa mentira era presentada ante nuestra sociedad, por lo que nuestro pobre ciudadano no tenía a dónde dirigirse con sus conflictos. ¡Cómo perdía esta nueva ciencia un real objeto de estudio…!”. “En psicología tuvimos, reconozcámoslo, muchos colegas que, sin generar mentiras científicas, sin embargo se adaptaban a ellas y aceptaban coexistir con ellas. Y esto no se relacionaba sólo con el pasado. No pienso en una persona determinada, no pienso concretamente en alguien que ya no existe y no puede defenderse. Pienso que, para mí, personalmente, lo más sensato, lo más honrado, sería recordar mis propios pecados, y si hay entre nosotros alguien que no haya pecado…restaría sólo envidiarlo”.

El momento de esplendor de la psicología soviética se produjo en la década de los 20, apenas iniciada la etapa socialista. De esa época quedan los nombres de Vigotsky, Luria y Leontiev, principalmente. Luego la psicología fue decayendo a medida que el Estado avanzaba sobre las distintas actividades libres que iban quedando. “El «siglo de oro» de la psicología soviética fue muy corto. Duró sólo cinco o seis años. Y cuando intentamos entender qué es lo áureo en este siglo XX, veremos que faltó esto y aquello, y esto otro, lo de más allá no se consideró, y aquello no se alcanzó…Pero sí existió lo fundamental: existió una atmósfera creativa, había creencias, había ciencia, había algo que rápidamente era realizado y concretado, había trabajo real, más allá de las disputas. Y en el presente, sesenta años después, recordamos esa época. Evidentemente, ese tipo de momento no lo tuvimos. No se repitió esa situación en la biografía social de la psicología” (Citado en “Angustia por la utopía” de Mario Golder-Ateneo Vigotskiano de la Argentina-Buenos Aires 2002).

Puede decirse que un gobierno democrático se comporta como tal, cuando apoya sin interferir tanto a la economía como a la ciencia, actividades que requieren de libertad para desarrollar plenamente sus potencialidades. Por el contrario, un gobierno totalitario se comporta como tal cuando interfiere sin apoyar tanto a la economía como a la ciencia (además de otros atributos). Puede encontrarse un ejemplo en el caso de Enrico Fermi, quien tuvo el apoyo de un físico y político cuando formó el Grupo de Roma, integrado, entre otros, por Emilio Segré, Edoardo Amaldi, Oscar D`Agostino, Franco Rasetti, Bruno Pontecorvo, G.C. Trabacchi, Enrico Persico y Ettore Majorana. Respecto del apoyo estatal, Gerald Holton escribió: “Hubo que tomar la decisión concerniente a la dirección y la magnitud del esfuerzo, y hubo de ser llevada al más alto nivel de gobierno para obtener apoyo financiero y administrativo. Ésta es la principal significación del discurso de Orso Mario Corbino….sobre «Los nuevos objetivos de la física experimental». Corbino –senador del reino de Italia así como profesor de física experimental, y director del Instituto de Física de la Universidad de Roma, en el cual trabajaban Fermi y su grupo- explicó al público, a los hombres de ciencia y al Senado, que la investigación de la física en Italia había de cambiar de dirección a la investigación de la física nuclear” (De “La imaginación científica”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).

Con el avance del fascismo, el grupo se desintegró.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Mérito vs. igualitarismo

Las dos tendencias políticas y económicas en pugna, que son capitalismo y socialismo, son las resultantes de la búsqueda de dos objetivos diferentes. En el primer caso se busca la libertad política y económica basada en el mérito individual mientras que en el segundo caso se busca la igualdad política y económica sin tenerlo en cuenta. El reconocimiento de valores y méritos personales asociados apunta al pleno desarrollo de las potencialidades individuales, mientras que su negación está asociada a quienes tratan de impedir el progreso del que muestra mejores aptitudes laborales o productivas.

Quienes proponen la libertad promueven también la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, que resultan ser las condiciones iniciales para la partida en una hipotética carrera. Debido a las distintas aptitudes individuales, habrá vencedores y perdedores, pero todos tuvieron la ocasión de desarrollar sus potencialidades al máximo. Quienes proponen la igualdad de resultados, tratan de impedir la competencia para proteger al perdedor del sufrimiento moral y para evitar la satisfacción del ganador. El igualitarismo se establece para eliminar las desigualdades reconocidas y no por suponer que los hombres tengan iguales aptitudes personales. Friedrich A. Hayek escribió: “Ha constituido el gran objetivo de la lucha por la libertad conseguir la implantación de la igualdad de todos los seres humanos ante la ley. Esta igualdad ante las normas legales que la coacción estatal hace respetar puede complementarse con una similar igualdad de las reglas que los hombres acatan voluntariamente en sus relaciones con sus semejantes. La extensión del principio de igualdad a las reglas de conducta social y moral es la principal expresión de lo que comúnmente denominamos espíritu democrático, y, probablemente, este espíritu es lo que hace más inofensivas las desigualdades que ineludiblemente provoca la libertad”.

La existencia de excepciones equivale a otorgar ventajas en el punto de partida, siendo el Estado quien debe garantizar que ello no ocurra. La libertad social presupone una igualdad inicial, de lo contrario puede caerse en un sistema de privilegios que termina perjudicando a todos. “La igualdad de los preceptos legales generales y de las normas de conducta social es la única clase de igualdad que conduce a la libertad y que cabe implantar sin destruir la propia libertad. La libertad no solamente nada tiene que ver con cualquier clase de igualdad, sino que incluso produce desigualdades en muchos respectos. Se trata de un resultado necesario que forma parte de la justificación de la libertad individual. Si el resultado de la libertad individual no demostrase que ciertas formas de vivir tienen más éxito que otras, muchas de las razones a favor de tal libertad se desvanecerían” (De “Los fundamentos de la libertad”-Union Editorial SA-Madrid 1975).

El socialismo, en el cual se prohíben las actividades laborales fuera del Estado, tiende a ser suplantado por el Estado de bienestar, que apunta principalmente a la reducción de las desigualdades económicas antes que a la reducción de la pobreza, que en algunos casos pareciera ser un objetivo secundario. La mentalidad impuesta tiende a llevar a la sociedad a un simulacro de competencia en la cual no hay vencidos ni vencedores, ni premios para los mejores, pero con un reconocimiento a todos los participantes. A veces se establece un sorteo final en que al ganador lo decide el azar y no la posesión de mérito alguno. Alexis de Tocqueville escribió: “Sobre la especie humana se alza un inmenso y tutelar poder que asume la carga de asegurar las necesidades de la gente y cuidar de su destino y desenvolvimiento. El poder en cuestión es absoluto, minucioso, ordenado, previsor y bondadoso. Equivaldría al amor paterno si su misión fuera educar a los hombres en tanto alcanzan la edad adulta, pero, contrariamente, lo que pretende es mantenerlos en una infancia perpetua; es partidario de que el pueblo viva placenteramente a condición de que sólo piense en regocijarse. Convertido en el árbitro y origen de la felicidad de los humanos, el gobernante, con la mejor disposición, actúa y se preocupa de que nada les falte; satisface sus necesidades, facilita sus placeres, cuida de sus preocupaciones más importantes, dirige sus actividades mercantiles, regula el incremento de su patrimonio e interviene en su transmisión hereditaria. ¿Qué resta a las gentes por hacer cuando se les ha ahorrado las inquietudes de pensar y las tribulaciones que la vida comporta?” (De “La Democracia en América”-Fundación Iberdrola-Madrid 2006).

Así como todos los hijos son iguales ante sus padres, afectivamente hablando, todos los ciudadanos son iguales (idealmente) ante el Estado benefactor, o de providencia. Sus “hijos” no tienen que preocuparse por ganar su sustento, ya que sólo deben obedecer. L. Brandeis escribió: “La experiencia debería enseñarnos la oportunidad de extremar las medidas que protegen la libertad, precisamente cuando los gobiernos abrigan propósitos benefactores. El auténtico partidario de la libertad se halla, naturalmente, en guardia para rechazar los ataques a la libertad procedentes de gobernantes perversos. Pero la amenaza preñada de mayores peligros anida en el insidioso actuar de hombres bienintencionados y de probado celo, pero de inteligencia obtusa” (Citado en “Los fundamentos de la libertad”).

Quienes rechazan todo tipo de méritos y privilegios, ya que éstos se oponen al ideal igualitario, promueven la abolición de la herencia a nivel familiar. En ese caso, ante la imposibilidad de dejar algún patrimonio a sus hijos, pocos se habrán de esmerar por lograr riquezas que tarde o temprano irán a manos de quienes administran el Estado benefactor. Friedrich A. Hayek escribió al respecto: “Si queremos hacer el máximo uso de la natural parcialidad de los padres por sus hijos, no debemos impedir la transmisión de la propiedad. Parece cierto que entre las muchas fórmulas existentes para que los ganadores de poder e influencia provean a sus descendientes, la más barata, en el aspecto social, con gran diferencia, es la transmisión de la fortuna. De no existir dicho expediente, los hombres buscarían otras maneras de proveer a sus hijos, tales como colocados en una situación que les proporcionara la renta y el prestigio que una fortuna les hubiera dado, originando con ello un despilfarro de recursos y una injusticia mucho más tangible que la que causa la transmisión del patrimonio familiar. No otra cosa ocurre en el seno de las sociedades que rechazan la institución de la herencia, incluida la comunista. Quienes se oponen a las desigualdades producidas por la herencia deben, por tanto, reconocer que, siendo los hombres como son, se trata del menor de los males, incluso desde el propio punto de vista de los oponentes a la desigualdad”.

La educación ha sido el medio igualador por excelencia, siendo la educación pública la encargada de dar iguales posibilidades a todos los niños y adolescentes. Sin embargo, con el tiempo los requerimientos se fueron incrementando. “La concepción de que a cada individuo se le debe permitir probar sus facultades ha sido ampliamente reemplazada por otra, totalmente distinta, según la cual hay que asegurar a todos el mismo punto de partida e idénticas perspectivas. Esto casi equivale a decir que el gobernante, en vez de proporcionar los mismos medios a todos, debiera tender a controlar las condiciones relevantes para las posibilidades especiales del individuo y ajustarlas a la inteligencia individual hasta asegurar a cada uno las mismas perspectivas que a cualquier otro. Tal adaptación deliberada de oportunidades a fines y capacidades individuales sería, desde luego, opuesta a la libertad y no podría justificarse como medio de hacer mejor uso de todos los conocimientos disponibles, salvo bajo la presunción de que el gobernante conoce mejor que nadie la manera de utilizar las inteligencias individuales”.

“Cuando inquirimos la justificación de dichas pretensiones, encontramos que se apoyan en el descontento que el éxito de algunos hombres produce en los menos afortunados, o, para expresarlo lisa y llanamente, en la envidia. La moderna tendencia a complacer tal pasión disfrazándola bajo el respetable ropaje de justicia social evoluciona hacia una seria amenaza de la libertad. Recientemente se hizo un intento de apoyar dicha pretensión en el argumento de que la meta de toda actuación política debería consistir en eliminar todas las fuentes de descontento. Esto significaría, desde luego, que el gobernante habría de asumir la responsabilidad de que nadie gozara de mayor salud, ni dispusiera de un temperamento más alegre, ni conviviera con esposa más amable, ni engendrara hijos mejor dotados que ningún otro ser humano. Si en verdad todos los deseos no satisfechos implican el derecho a acudir en queja a la colectividad, la responsabilidad individual ha terminado. Una de las fuentes de descontento que la sociedad libre no puede eliminar es la envidia, por muy humana que sea. Probablemente, una de las condiciones esenciales para el mantenimiento de tal género de sociedad es que no patrocinemos la envidia, que no sancionemos sus pretensiones enmascarándolas como justicia social, sino que la tratemos de acuerdo con las palabras de John Stuart Mill: «como la más antisocial y perniciosa de todas las pasiones»”.

En su libro “El conocimiento inútil”, Jean-François Revel expresa: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Recalando un poco más profundamente llegamos a que lo que dirige al mundo en crisis no es la actitud cooperativa del amor, sino actitudes competitivas como el odio, la envidia y el egoísmo, sin dejar de lado la cómplice negligencia. Debe advertirse que debemos distinguir entre la competencia cooperativa, que beneficia a toda la sociedad, de la competencia destructiva, que la perjudica.

Los distintos sistemas políticos y económicos propuestos son aceptados, o no, en la medida en que la gente se identifica emotiva y éticamente con la pasión subyacente que los sustenta. No son los ideales o la razón los que nos mueven a aceptar a unos y a rechazar a otros, sino las componentes afectivas predominantes en nuestra actitud característica. De ahí que los problemas de la política y de la economía recaigan finalmente en las mismas causas que producen los problemas que debe solucionar el científico social, el docente o el religioso, y cuya solución se reduce a encontrar la forma de convencer al hombre de que le conviene adoptar la actitud cooperativa dejando de lado las actitudes competitivas, como el egoísmo o el odio (= burla + envidia). El registro de postulantes para esa misión está abierto; se les desea suerte a todos.

No se ha inventado todavía, ni quizás se lo invente en el futuro, el sistema político y económico que permita que las cosas funcionen bien en la sociedad aun con un considerable porcentaje de la población que padezca serias deficiencias éticas. El camino emprendido por la mayoría, que es el que apunta hacia el Estado de bienestar, lleva sobre sí la deficiencia básica de estar sustentado en la envidia igualitaria. Como se trata del peor de los defectos humanos, nada bueno se puede esperar. Si la crisis no lo afecta del todo, seguramente se debe a que todavía subsisten en la sociedad las actitudes cooperativas.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Lo sobrenatural y las ciencias sociales

En cuestiones de religión existe un problema insalvable, ya que lo que resulta accesible al creyente puede no serlo para quien razona sobre tales temas, ya que se considera que sobrenatural es aquello inaccesible a la razón, o a quienes no tienen fe suficiente. Quien esté habituado a razonar, tratando de encontrarle coherencia lógica a todo, se encuentra ante un muro infranqueable que lo separa de la religión tradicional e, incluso, de quienes suponen estar un escalón más arriba en la escala humana por tener acceso a lo sobrenatural. Miguel Ángel Fuentes escribió: “Conocemos de Dios no sólo su existencia sino sus atributos o cualidades, su esencia íntima (es un solo Dios en tres Personas distintas, es decir es Trinidad), conocemos su plan de salvación sobre los hombres (revelado en la Sagrada Escritura, particularmente en el Nuevo Testamento)”.

“Científicamente alguna de estas verdades no son alcanzables pues sobrepasan la capacidad de nuestro intelecto; estas verdades superiores a nuestra potencia natural son denominadas «misterios intrínsecamente sobrenaturales», y como tales sólo pueden ser conocidos por Dios y por aquél a quien Dios quiera manifestarlos (= revelarlos o des-velarlos). Tal es el caso del misterio de la Trinidad, del pecado original, de la Encarnación de Dios (Jesucristo) y su obra salvadora. La ciencia no puede alcanzarlas con su propio método, pues éste parte de las cosas naturales y con la fuerza que le da la sola razón humana natural. Pero estrictamente hablando la ciencia tampoco puede refutarlas ni contradecirlas puesto que precisamente por definición escapan a su campo”. “De este modo un científico no tiene autoridad para hablar de lo que no es su competencia” (De “Las verdades robadas”-Ediciones del Verbo Encarnado-San Rafael-Mendoza 2008).

La actitud del religioso que trata de prescindir de los científicos es similar a la del médico que trata de excluir a otros colegas ante los requerimientos de un enfermo. Si se siente tan confiado como para poder resolver los problemas que se le presentan, y los resuelve, entonces resulta aceptable su proceder. Pero, si no los resuelve, y muere su paciente, comete un grave error; por cuanto ha priorizado su orgullo personal sobre la vida del paciente, desvirtuando la ética profesional.

Si desde la religión sobrenatural se logra encauzar a la sociedad por el camino del bien, incluso terminando los conflictos entre religiones, pocas personas tendrán inconvenientes en concederle la supremacía reclamada. Si, por el contrario, sus difusores no aceptan ninguna crítica desde los ámbitos sociales “inferiores”, entonces la cuestión se agrava, ya que negarle a cualquier integrante de una sociedad que opine o critique a una actividad que tiene incidencia sobre su propio grupo social, implica adoptar una postura injustificada.

Cristo predicaba una actitud de humildad, que proviene de una previa predisposición afectiva. Por el contrario, varios de sus “seguidores” muestran cierta soberbia. Manuel M. Carreira Verez comenta las conclusiones de un libro escrito por un astrónomo: “Para el científico que ha vivido con la fe en el poder de la razón, el libro termina como una pesadilla. Ha escalado las montañas de la ignorancia; está a punto de conquistar la cima más elevada; cuando se remonta sobre la última roca, le saluda un grupo de teólogos que están sentados allí desde hace siglos” (De “El creyente ante la ciencia”-Cuadernos BAC-Madrid 1982).

El autor citado parece desconocer que los teólogos se equivocaron cuando combatieron a Galileo Galilei, por promover y difundir el sistema copernicano. Incluso en la actualidad se equivocan seriamente cuando la propia Iglesia Católica acepta o predica una Teología de la Liberación que tiene bastante más de marxista que de cristiana. En lugar de intentar que la gente adopte una actitud cooperativa hacia el prójimo, se preocupa en que crea en misterios sobrenaturales o termine adhiriendo a ideas que condujeron en el pasado a las peores catástrofes sociales de toda la historia.

La religión de mayor aceptación en el futuro, será posiblemente una enteramente compatible con la ciencia. De esa manera se podrá fundamentar la ética natural de una manera convincente. Lo que actualmente se considera sobrenatural, podrá interpretarse como la finalidad aparente del orden natural, o el sentido del universo, que, aunque resulte difícil de definir, no tiene un carácter inaccesible para el razonamiento normal. Miguel Ángel Fuentes escribió: “La religión natural es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos”.

“La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un redentor, etc., y deberes positivos que cumplir, como el descanso del sábado, el ofrecimiento de sacrificios, etc.”.

Puede decirse que, mientras que la religión natural surge del hombre, como parte de los requerimientos que para nuestra supervivencia nos ha impuesto el orden natural, la religión sobrenatural se supone surgida de Dios. Desde un punto de vista económico, puede decirse que una de ellas está demás. Seguramente, la religión del futuro se limitará a orientar al individuo al cumplimiento de los mandamientos éticos; que son simples y elementales para comprender, pero no tanto para ponerlos en práctica. De ahí que se distinga entre el religioso teórico, que a veces se comporta como si Dios no existiera, del religioso práctico, que generalmente se comporta como si Dios existiese. Podemos hacer un esquema de ambas formas religiosas para intentar encontrar alguna equivalencia:

Religión natural (deísmo) = Hombre + Sociedad + Orden natural

Religión sobrenatural (teísmo) = Hombre + Sociedad + Dios personal

En psicología social se considera que la actitud es el vínculo existente entre el individuo y la sociedad. Justamente, el mandamiento del amor al prójimo sugiere la forma en que hemos de orientar nuestra actitud característica como una tendencia que dará sentido a nuestra vida. Como tal actitud puede definirse como una relación entre respuesta y estímulo (A = R/E), puede considerarse que nuestras acciones cotidianas están regidas por una ley natural elemental, además de las que rigen cada una de las partes constitutivas de nuestro cuerpo y de nuestra mente. Luego, como todo lo existente está regido por alguna ley natural invariante, observamos el conjunto del orden natural como si se tratase de un hombre que responde de igual manera en iguales circunstancias, es decir, como si tuviese su propia actitud característica. De ahí provienen las formas humanas con que simbólicamente se personifica al orden natural y se lo designa con el nombre de Dios. Por ello el deísmo adopta la siguiente igualdad:

Universo = Dios = Naturaleza

Si intentamos encontrar alguna semejanza o concordancia con la postura teísta, cabe la siguiente pregunta: ¿está lo sobrenatural regido por leyes? Si se responde afirmativamente, entonces se trata de una postura equivalente a la anterior, y ello sucede cuando se supone que el Dios con atributos humanos tiene una personalidad definida por su propia actitud característica, respondiendo de igual manera en iguales circunstancias. Si se responde que el Dios del teísmo no tiene una actitud definida, entonces no se lo debe caracterizar como a un hombre, y si se responde que lo sobrenatural no está regido por leyes, entonces predomina el caos y ya no debe hablarse de un “orden” sobrenatural. De ahí la inconsistencia de la visión teísta, que puede expresarse mediante la siguiente igualdad:

Universo = Dios + Naturaleza

Si la evolución biológica ha conducido al hombre a disponer del razonamiento, para discernir entre lo que tiene coherencia lógica y lo que no lo tiene, no debemos dejarlo de lado. De todas formas, tal coherencia es un requisito necesario, aunque no suficiente, ya que se requiere una verificación posterior de tipo experimental, ya sea directa o indirecta.

La actitud sugerida por la religión natural, que surge del hombre, resulta equivalente a la sugerida por la religión sobrenatural o revelada, que surgiría de Dios. Aunque la idea de no disponer de alguien a quien invocar en “situaciones de emergencia” hace que a muchos le resulte poco atractiva. Sin embargo, recordemos que Cristo indicaba que lo que salva a los hombres no es una intervención directa de Dios, sino la propia fe. Además, nos advierte que “Dios sabe que os hace falta antes que se lo pidáis”.

Mientras que, para la religión moral, lo que le acontece a una persona depende principalmente de sus atributos éticos, para las religiones paganas depende principalmente de la interacción existente entre el Dios interviniente en los acontecimientos humanos y el adepto. De ahí que la religión natural sea una religión netamente moral mientras que la religión sobrenatural siempre está expuesta a una paganización encubierta, ya que poco sentido tiene “adorar al Dios verdadero” en lugar del “Dios pagano” si la actitud del creyente sigue siendo más o menos la misma.

No es de esperar mejoras significativas en la humanidad mientras la sociedad siga tomando como referencia las necesidades emocionales del envidioso para satisfacerlas mediante el socialismo, o bien tome como referencia las necesidades intelectuales del creyente en lo sobrenatural para satisfacer cierta superioridad social. Con el predominio futuro de la religión natural será posible el renacimiento de una religión estrictamente ética.

Cada religión se considera a sí misma como la verdadera, aunque es conveniente adoptar al propio orden natural como referencia para valorar las distintas aproximaciones, ya que se supone que la religión surge del propio hombre. Luego, el ateo absoluto es el que rechaza el orden natural, mientras que el hereje absoluto es el que trata de reemplazarla por una religión incompatible con dicho orden. De ahí que, desde este punto de vista, la religión sobrenatural puede ser vista como una herejía si se desconoce la ley de Dios o se trata de desplazarla a un lugar secundario.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Del mérito al hiperigualitarismo

Mediante premios se tiende a promover lo deseado, o lo que previamente se ha considerado bueno, mientras que, mediante castigos, se trata de desalentar lo indeseado, o lo que se ha considerado malo. Esta es la forma natural que el hombre dispone para buscar el predominio del bien sobre el mal, siendo la Biblia un libro cuyo contenido describe justamente la lucha histórica entre los contendientes de ambos extremos éticos con una esperanzadora victoria final del primero. Premios y castigos justos; adecuados al mérito o a la culpa, han sido empleados también por otros pueblos, por lo que se trata de una práctica universal; incluso excesivos y desmesurados han formado parte de la historia de los pueblos.

Las desigualdades son aceptadas cuando existen méritos, o valores, que las justifican; así, quien más produce y más colabora con la sociedad, tiene méritos para tener más. Rubén H. Zorrilla escribió: “Allí donde el reclamo de igualdad ha sido masivo, no ha tenido como meta la desaparición de todas las desigualdades, sino ha comprendido algunos o varios de estos aspectos específicos. No ha sido, salvo en intelectuales, una aspiración a la igualdad total”. “Esta resignación, tácita o expresa, frente a la desigualdad, ha sido acompañada con la propuesta de que ella debe ser el resultado del mérito” (De “Principios y leyes de la Sociología”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

La existencia de premios y castigos autoinfligidos son parte de nuestra propia naturaleza humana; los que se advierten al sentir felicidad como recompensa a la actitud cooperativa y sufrimiento ante la actitud competitiva y la envidia. De ahí la ventaja de la actitud promovida por el cristianismo al sugerir el amor al prójimo, ya que hace innecesarios premios y castigos adicionales ante la libre acción individual. Como el mencionado mandamiento bíblico pocas veces se cumple estrictamente, será siempre necesario corregir las conductas estimulando lo bueno y desalentando lo malo. El sentimiento de igualdad entre los hombres surge de compartir como propia la tristeza y la alegría que a otro afecta.

En los últimos tiempos, sin embargo, se ha dejado un tanto de lado la búsqueda de la igualdad en el sentido indicado, derivada de lo afectivo y lo emocional, para ser reemplazada por la búsqueda de la igualdad social y económica (igualitarismo). Así, lo deseado, el bien, ha sido desplazado por la “igualdad” y lo no deseado, el mal, por la “desigualdad”, con un significado nuevo para antiguas palabras. Con el igualitarismo se trata de anular la posibilidad de sentir envidia, por lo cual la nueva búsqueda puede considerarse como una tendencia hacia el logro de la felicidad negativa, ya que no se busca tanto lograr la felicidad como evitar el sufrimiento.

La ética del bien y del mal va cediendo terreno a la ética de la igualdad y la desigualdad, siendo la primera compatible con la naturaleza humana y la segunda con el marxismo. Las expresiones del lenguaje corriente van induciendo y reflejando un cambio lento, pero sostenido. Octavio Paz escribió: “En el libro XIII de los Anales, Tzu-Lu pregunta a Confucio: «Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El maestro dijo: La reforma del lenguaje». No sabemos en donde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro. Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa” (De “Solo a dos voces” de Octavio Paz y Julián Ríos-Fondo de Cultura Económica-México 1999).

Puede hacerse una síntesis de las posturas mencionadas para introducir el exceso posterior:

a) Igualdad afectiva o emocional: se busca compartir las penas y las alegrías de los demás como propias. Se corrigen las actitudes mediante estímulos para acentuar el bien y castigos para desalentar el mal.

b) Igualitarismo: como los premios elevan y los castigos rebajan, tienden a producir desigualdades. De ahí que se suprimen los premios que antes se otorgaban a los buenos y los castigos a los malos.

c) Hiperigualitarismo: acentuando la tendencia igualitarista, se llega al extremo de premiar a los malos y castigar a los buenos.

Como se entiende por justicia “dar lo justo a cada uno”, es decir, el premio o el castigo merecido, al desaparecer premios y castigos, desaparece la justicia, al menos en la forma en que antes se la entendía. De ahí que se la reemplace por la “justicia social”, que es aquella situación que implica igualdad social y económica. Gonzalo Fernández de la Mora escribió: “Los demagogos apelan a la envidia porque su universalidad hace que todos los hombres sean víctimas potenciales y porque la invencible desigualdad de las capacidades personales y la irremediable limitación de muchos bienes sociales hacen que, necesariamente, la mayoría sea inferior a ciertas minorías. El cultivo de ese sentimiento de inferioridad envidiosa es la táctica política dominante, por lo menos, en la edad contemporánea. El demagógico fomento de la envidia, como cuanto se refiere a ese sentimiento inconfesable, no se realiza de modo franco, sino encubierto. Un enmascaramiento muy actual de la envidia colectiva es la llamada «justicia social»” (De “La envidia igualitaria”-Sudamericana-Planeta-Barcelona 1984).

Sin premios se debilita el bien, sin castigos se fortalece el mal. Aplíqueselo a la educación, a la seguridad pública o a la economía nacional, y se verá de inmediato cómo se deterioran tales sistemas. Es la fórmula infalible para la decadencia de las instituciones y de la nación.

Hace algunas décadas, el alumno secundario que cometía alguna falta severa, era expulsado de la escuela. De ahí que era poco común enterarse que habían echado a algún alumno por cuanto todos sabían lo que les esperaba. En la actualidad, al abolir sanciones disciplinarias y expulsiones, el deterioro escolar resulta alarmante. Tal es así que muchos buenos alumnos dejan la escuela pública para irse a una privada. Puede decirse que la escuela pública acepta al mal alumno y expulsa al bueno, siendo una inversión total respecto de la justicia tradicional, es decir, la que premiaba al bueno y castigaba al malo, para llegar al hiperigualitarismo educativo, que premia al malo y castiga al bueno.

Recientemente, las autoridades educativas de la provincia de Mendoza emitieron una norma por la cual se habría de admitir, en los establecimientos primarios, la posibilidad de ser abanderado de la escuela a alumnos que hubiesen repetido de curso o hubiesen tenido fallas de conducta, siendo un ejemplo de hiperigualitarismo explícito. La medida fue pronto revocada por el Poder Ejecutivo provincial.

El garantismo y el abolicionismo, en el derecho penal, apuntan a reducir y a eximir de penas a peligrosos delincuentes, lo que implica una segura pena de muerte aplicada a varios inocentes que deberán soportar los efectos del experimento hiperigualitarista; premio a los malos, castigo a los buenos.

En el ámbito de la política y de la economía, mediante el Estado de bienestar, se trata de combatir, no tanto la pobreza, como la desigualdad económica. Para ello el Estado confisca gran parte de las riquezas a quienes las producen para otorgarlas a quienes no; se castiga al que se debe alentar y se premia al que se debe desalentar.

Bajo los sistemas populistas, el periodista que dice la verdad puede ser castigado con la pérdida de su trabajo, mientras que el pseudoperiodista que miente a favor de los gobernantes, ha de ser premiado y halagado. El intelectual que dice la verdad será calumniado y difamado públicamente, mientras que el pseudointelectual que repite palabras del líder populista, será recompensado de varias maneras.

Se considera que la desigualdad social (o económica) es la culpable de todos los males de la sociedad; del bajo rendimiento escolar, de la violencia urbana, de la poca efectividad de la economía, etc. De ahí que la solución obvia vendría por el lado del Estado de bienestar y de las distintas formas de abolicionismo. En realidad, los problemas humanos dependen de las fallas éticas individuales, como vagancia, desinterés, egoísmo, maldad, etc., que se mejoran con una educación adecuada y con la firme voluntad mayoritaria de reincorporar a nuestra mentalidad generalizada los antiguos valores éticos fortalecidos con el estímulo positivo de los premios, desalentando los antivalores con los castigos correspondientes. De ahí la conveniencia de dejar de lado el hiperigualitarismo, que no es otra cosa que la promoción del mal y el desaliento del bien utilizando el antiguo mecanismo de premios y castigos.

Según el criterio vigente, el síntoma de la desigualdad social se observa en el reducido porcentaje de la población que posee el mayor porcentaje de riquezas. Bajo esta estadística no se hace distingo entre el empresario exitoso, que obtuvo su capital productivo trabajando, del político que, mediante robos legales, y sin producir nada, llegó a poseer niveles similares de capital. Sin embargo, la gente pide que se distribuya la riqueza del empresario productivo y no la del político redistribuidor. Incluso se propone como solución la expropiación estatal de los medios de producción para concentrarlos en manos de un tirano como Fidel Castro.

Que el capital productivo esté en pocas manos no significa que un Bill Gates consuma alimentos y vestimenta en cantidades equivalentes al consumo de millones de personas. No debería pensarse que toda persona productiva ha de ser necesariamente un “bicho maligno, devorador de riquezas”. Deberíamos preocuparnos por la gran cantidad de individuos que no tratan de aprender a ganarse la vida por sus propios medios por cuanto están esperanzados de que el Estado de bienestar se encargará de quitarle parte de la producción a las empresas para mantenerlos juntos a sus familias.

Se acepta que ya no deberíamos preocuparnos por acentuar nuestras virtudes morales ni por atenuar nuestros defectos, por cuanto la causa aparente de todos los males de la sociedad es la desigualdad social. Para que exista mayor igualdad social sólo debemos tomarnos el trabajo de elegir en sucesivas elecciones al líder populista que “mejor sepa” redistribuir lo que produce el reducido sector productivo. Se acepta que debemos ignorar todo lo que dice la Biblia o, mejor aun, debemos hacer exactamente todo lo contrario de lo que nos sugiere, ya que se opone totalmente al hiperigualitarismo.