Mientras que en épocas pasadas predominaba la creencia en un Dios Creador, que imponía sus leyes a los seres humanos, en épocas recientes parece acentuarse la idea de rechazar la antigua creencia para que sea el propio ser humano el que decida el criterio a utilizar acerca del destino de la humanidad. Si bien la idea de un Dios que interviene en los acontecimientos humanos parece no ser compatible con la realidad, existen leyes naturales que rigen todo lo existente, por lo cual la creencia de tipo religioso mantiene su validez y su vigencia.
En la actualidad, y ante la evidente decadencia que afecta a gran parte del planeta, se advierte la tendencia a reemplazar al orden natural, como referencia para nuestra vida, por criterios humanos que poco o nada lo tienen presente. De ahí que la crisis en realidad implica una decadencia que pareciera afianzarse en el tiempo.
Juan José Sebreli interpreta las diversas revoluciones políticas como intentos concretos de establecer el reemplazo del orden natural, como criterio orientador, por las ideas, creencias y voluntad de los diversos líderes totalitarios. De ahí que tanto durante la Revolución Francesa, como en la Guerra Civil Española, el nazismo y el comunismo, se advirtió una férrea lucha en contra de la Iglesia Católica, como representante de la promoción de Dios y el orden natural, como el principal escollo a vencer por las fuerzas totalitarias. Es por ello que Sebreli concluye que "la Revolución es un fenómeno teológico".
A continuación se transcribe parte de un artículo titulado "Las máscaras de la Revolución" de Ignacio Balcarce, que comenta un libro póstumo de Sebreli ("Revolución"), y que aparece en el diario La Prensa:
LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA
Llegamos al punto en que la ciencia teológica nos puede mostrar quién es la Revolución porque su perfil se va insinuando como renovación de una antigua promesa: seréis como dioses; arquetípica tentación que se recicla históricamente.
El proceso revolucionario va perdiendo las máscaras y se transparenta como un giro antropocentrista, un gran desorden que procura desplazar a Dios, su verdad, su orden y su Iglesia, en dirección al poder fáctico, el dominio del entorno y la naturaleza.
El problema con lo expuesto es que antes, el mundo católico -comenzando por las autoridades eclesiásticas- era consciente de esta situación y hoy ya no.
El cristianismo, aturdido por la avalancha revolucionaria, pasó de la viril resistencia al diálogo y la conciliación con el enemigo. Pero si la esencia de la Revolución es el anticristianismo y su padre es Satanás, no hay conciliación posible y la respuesta debe ser la franca confrontación.
Sólo trato de recordar que la Revolución es un fenómeno teológico que secundariamente tiene sus resonancias políticas, económicas, jurídicas y culturales.
La base revolucionaria es el rechazo a Cristo como Rey de todas las naciones y de todo lo creado. Es ese desplazamiento -ese rechazo de los constructores a la Roca (Hch 4,11)- lo que posiciona al hombre como fuente de toda moral, toda ley y todo gobierno, lo obsesiona con el poder y lo catapulta a todo tipo de excesos, abusos y vicios.
La Revolución es querer construir la ciudad sin Dios. Es edificar el mundo sobre las solas fuerzas humanas. Es la impiedad. Es desobediencia y es caos. Es un montón de consignas seductoras y fórmulas que suenan bien, incluso humanitarias, y sólo nos pueden despeñar a un abismo de perdición. Es apetito de autodestrucción insuflado desde oscuras instancias preternaturales. Es una mentira que proviene del padre de la mentira, enemigo de la Iglesia y del género humano.
(De www.laprensa.com.ar)
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